El Diablo Me Ofreció Salvar A Mi Hijo Pero El Precio Fue Mi Alma - Historias De Terror - REDE
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0:05 Me llamo Julián Reyes y escribo esto porque necesito dejar claro lo que hice, sin cambiar nada, sin pedir lástima y sin quitarme responsabilidad. VivÃamos en una casa rentada con pagos atrasados. El camión estaba por perderse y la ferreterÃa apenas se sostenÃa. Clara, mi esposa, llevaba las cuentas en una libreta y cada semana anotaba una deuda nueva o un pago que no podÃamos cubrir. Yo abrÃa el negocio temprano, barrÃa la entrada, acomodaba mercancÃa y esperaba clientes que casi nunca llegaban. La quiebra no llegó de golpe, llegó por partes, con recibos vencidos, llamadas de cobro y promesas que yo hacÃa sin saber cómo cumplirlas. Antes de que todo cambiara, ya habÃamos despedido a Ramiro, el único empleado que quedaba, no podÃa pagarle y él aceptó irse sin reclamarme. Ese dÃa cerré la ferreterÃa antes de tiempo porque me dio vergüenza verlo salir con sus cosas en una bolsa. Clara no me reprochó nada, pero dejó de hacer cuentas frente a mÃ. SabÃa que yo entendÃa los números y también sabÃa que no tenÃa solución. Mateo, nuestro hijo, tenÃa ocho años cuando se enfermó. Primero tuvo fiebre, luego tos y después empezó a respirar con dificultad. Lo llevamos al hospital y lo pasaron a urgencias. Le pusieron oxÃgeno, le hicieron
1:35 estudios y nos dijeron que tenÃa una infección fuerte en los pulmones. El médico fue claro, el tratamiento debÃa empezar pronto, pero una parte no estaba cubierta. Clara se quedó junto a la cama de Mateo, con los ojos hinchados de llorar, mientras yo salà al pasillo a llamar a quien pudiera ayudarnos. Llamé a mis hermanos, a dos primos y a un amigo que antes me habÃa prestado dinero. Algunos no contestaron, otros dijeron que estaban igual o peor. Mi madre ofreció vender cosas de su casa, pero eso no alcanzaba. Yo regresé al estacionamiento con el teléfono en la mano, revisé los mensajes del banco y vi otra llamada perdida de Clara.
2:20 Cuando le marqué, me dijo que Mateo preguntaba por mà y que el médico necesitaba saber si podÃamos conseguir el dinero para continuar. No respondà de inmediato. Me subà al camión y manejé hacia el monte. Conocà ese camino desde niño porque cerca de ahà estuvo el rancho que mi padre perdió por deudas. Llegué, apagué el motor y caminé hasta una parte alta. No fui a rezar ni a pedir una señal. Fui porque no podÃa seguir sentado en el hospital, viendo morir a mi hijo, mientras todos esperaban una respuesta que yo no tenÃa. Me senté en una piedra y abrà otra vez la foto que Clara me habÃa mandado. Mateo estaba en la cama con una manguera en la nariz y los ojos cerrados. Miré la pantalla hasta que se apagó. Entonces escuché pasos detrás de mÃ.
3:12 Volté y vi a un hombre parado a poca distancia. VestÃa traje negro, camisa blanca y zapatos limpios. No traÃa agua, sombrero ni polvo en la ropa y el olor a azufre llegó antes de que hablara. Era fuerte, claro y venÃa de él. Sus ojos tenÃan un aura roja, fija alrededor de la mirada. Sonrió y vi dientes afilados. El hombre dijo mi nombre completo. Después habló de Mateo, de Clara, de la ferreterÃa y de las deudas. SabÃa cantidades, fechas y nombres. Yo me levanté y le pregunté quién era. Ãl no respondió con un nombre, solo dijo que yo ya lo sabÃa y que preguntar no iba a salvar a mi hijo. Le ordené que se apartara, pero no se movió. Dijo que podÃa arreglar mi vida antes de que yo volviera al hospital. Mateo recibirÃa el tratamiento, las deudas quedarÃan cubiertas, la renta se pondrÃa al corriente y la ferreterÃa volverÃa a vender. Todo llegarÃa con documentos, llamadas, firmas y explicaciones normales. Y nadie podrÃa probar nada extraño.
4:21 Le pregunté qué querÃa y me contestó sin rodeos. Mi alma. No la tomarÃa en ese momento, pero vendrÃa por ella después. Clara y Mateo quedarÃan fuera del cobro, siempre que yo aceptara con voluntad. Yo serÃa el único obligado. Le pregunté cuándo vendrÃa. Me dijo que no darÃa fecha, pero que mandarÃa avisos. y que cuando volviera a verlo sabrÃa que el plazo habÃa terminado. Pensé en Mateo, en Clara esperando una respuesta, y en mi madre ofreciendo vender lo poco que tenÃa. Pensé en los cobradores, en la casa, en el camión y en la ferreterÃa vacÃa. El hombre extendió la mano y pidió mi decisión. Acepté. Me tomó la mano derecha, su piel estaba caliente y me apretó con fuerza.
5:09 Sentà una punzada en la palma. luego un ardor profundo y cuando me soltó tenÃa una marca roja con forma de cÃrculo incompleto miró la señal me dijo que volviera con mi hijo y caminó hacia los árboles después de eso no escuché más pasos el olor a azufre quedó unos segundos en el aire y después se fue bajé al camión con la mano cerrada al encender el celular entraron varias llamadas perdidas de Clara le marqué y me contestó llorando Pero su voz ya no tenÃa la misma desesperación. Mateo habÃa reaccionado. La fiebre habÃa bajado y el médico querÃa repetir estudios por el cambio repentino. También me dijo que una trabajadora social habÃa conseguido apoyo para cubrir el tratamiento urgente. Regresé al hospital. Clara me abrazó en cuanto me vio y yo no pude sostenerle la mirada. Me preguntó qué me habÃa pasado en la mano. le dije que me habÃa lastimado en el monte ella estaba agotada y no insistió me senté junto a la cama de Mateo escuché su respiración y guardé la mano marcada debajo de la pierna en los dÃas siguientes todo se acomodó con rapidez Mateo siguió delicado pero los médicos dijeron que respondÃa bien llegó dinero de un seguro ligado a un crédito viejo un proveedor aceptó surtir la ferreterÃa sin pago inicial Un cliente compró material para una obra y pagó
6:42 por adelantado. El dueño de la casa permitió cubrir la renta atrasada en partes. Clara dijo que Dios nos habÃa ayudado. Yo asentÃ, pero no repetà sus palabras. Cada solución tenÃa papeles y firmas, pero todas llegaron después del trato. La marca seguÃa roja y sensible. La cubrÃa con vendas o con la manga de la camisa. Y cuando Clara preguntaba si dolÃa, yo decÃa que era una quemadura. Mateo salió del hospital semanas después, volvió débil, con medicinas y revisiones pendientes. Durante el dÃa atendÃa la ferreterÃa que ya tenÃa clientes, y por la noche revisaba puertas, ventanas y cámaras. La casa empezó a respirar tranquila, pero yo no, pues todo lo que mejoraba venÃa del mismo lugar. El primer aviso llegó poco después. Oà golpes en la puerta principal y bajé con cuidado. Al abrir, encontré un papel doblado en el suelo. TenÃa mi nombre completo y una frase escrita con tinta negra. Ya empezaste a apagar. Revisé la cámara de la entrada y la imagen se habÃa cortado justo en ese momento. Guardé el papel, apagué la luz y no se lo conté a Clara. El segundo aviso llegó en la ferreterÃa mientras cerraba la caja. Entre los billetes encontré uno marcado con el mismo cÃrculo incompleto que llevaba en la mano. Lo tomé por una esquina y sentà el calor en el papel y también olÃa a azufre.
8:15 Me asusté. Fui al patio y lo quemé dentro de una lata. Esa noche Mateo tuvo fiebre. Clara corrió por el termómetro, preparó agua, revisó sus medicinas y llamó al hospital para preguntar qué hacer. La fiebre bajó antes de que amaneciera. pero yo entendà el aviso. No debÃa destruir nada que viniera de él. Desde entonces, empecé a vivir pendiente de cualquier señal. Revisaba las cámaras antes de dormir. Miraba la puerta cada vez que un carro se detenÃa afuera y evitaba quedarme solo en el negocio. Clara notó el cambio y me preguntaba qué me pasaba y yo le respondÃa que estaba cansado. Ella aceptaba la respuesta porque también estaba agotada pero empezó a mirarme con desconfianza. Mateo mejoraba despacio, caminaba poco, tosÃa cuando se esforzaba y seguÃa con consultas. Cada mejora suya me daba alivio y al mismo tiempo me recordaba el precio. El tercer aviso llegó en el hospital durante una revisión. Clara llenaba unos papeles y Mateo descansaba junto a ella. Yo levanté la vista hacia el pasillo y vi al hombre del monte. Estaba de pie, con la misma ropa formal, la misma sonrisa y los ojos marcados por ese rojo que yo ya conocÃa.
9:39 Nadie reaccionó. Ãl no habló. Solo levantó la mano y me hizo una seña para acercarme. Me puse de pie. Clara me preguntó qué pasaba, pero no le contesté. Caminé hacia el pasillo, entre la gente que esperaba turno. Cuando llegué al lugar donde lo habÃa visto, ya no estaba. Revisé la salida, miré el estacionamiento y regresé con las manos frÃas. Clara me vio la cara y me pidió la verdad y le dije que hablarÃamos en la casa. Ella bajó la mirada, apretó los papeles contra el pecho y no volvió a preguntarme nada en ese momento. Esa noche le conté una parte. Le dije que en el monte me encontré con un hombre que sabÃa lo de Mateo, las deudas y la ferreterÃa. le dije que me ofrecÃa arreglarlo todo a cambio de mi alma Clara no se movió me pidió ver la mano le mostré la marca luego saqué el papel del primer aviso lo leyó despacio y cuando terminé de contarle que acepté se apartó de mà no gritó pero me preguntó si Mateo seguÃa vivo por ese trato y le respondà que sà luego preguntó si ese hombre podÃa venir por nuestro hijo le dije que habÃa prometido dejarlo fuera del cobro Clara me respondió que una promesa de él no valÃa nada y no tuve manera de discutirle. Dormimos separados varios dÃas. Mateo escuchó
11:09 una discusión desde la escalera. No entendió todo, pero entendió lo suficiente para cambiar conmigo. Dejó de preguntarme por la marca, aunque la miraba cuando yo no cubrÃa bien la mano. Clara empezó a guardar documentos, recetas y papeles médicos en una carpeta. No me lo dijo. pero estaba preparando a Mateo para cualquier cosa. Busqué ayuda, fui con un sacerdote y le conté todo. Me escuchó con seriedad y sin interrumpirme. Me pidió confesarme, llevar a Clara y a Mateo a misa y dejar de mentir. También me dijo algo que me quitó fuerza. No podÃa prometerme que el pacto quedara roto solo porque yo tuviera miedo. Salà de la parroquia con la misma marca en la mano y una culpa más clara. También fui con un abogado. Le llevé documentos del seguro, pagos, depósitos y movimientos de la ferreterÃa. Revisó todo y dijo que no veÃa fraude, falsificación ni delito.
12:11 Todo tenÃa respaldo legal. Me recomendó descansar y dejar de buscar problemas donde no lo sabÃa. No le conté lo del diablo, pues habrÃa cerrado la carpeta y me habrÃa mandado con un médico. Después cometà otro error. Volvà al monte con dos vecinos y les dije que habÃa visto gente rara cerca del camino y que querÃa revisar el terreno. Caminamos durante horas, revisamos veredas, basura vieja y rastros de animales. No encontramos al hombre. Mis vecinos se fueron convencidos de que yo estaba nervioso por la enfermedad de Mateo. Esa misma semana murió Ramiro. Ramiro habÃa vuelto a trabajar conmigo cuando el negocio mejoró. Necesitaba empleo y yo necesitaba a alguien de confianza. El accidente ocurrió mientras descargaban material. Un camión lo golpeó contra una barda y la ambulancia llegó tarde para salvarlo. La cámara de la ferreterÃa falló justo en el momento del golpe. Cuando cerré el negocio, encontré otro papel dentro de la caja. DecÃa que no volviera al monte acompañado. Clara leyó ese papel. Se sentó en la cocina, lo sostuvo con las dos manos y me dijo que yo habÃa metido a todos en algo que no entendÃa. Le respondà que lo hice para salvar a Mateo.
13:33 Ella me dijo que eso no devolvÃa la vida de Ramiro, ni garantizaba que el siguiente golpe no cayera sobre nosotros. Esa vez no pude decir nada. Vendà la ferreterÃa poco después. No querÃa seguir recibiendo dinero de un negocio levantado por el pacto. El comprador pagó rápido, firmé los papeles y le entregué las llaves. Al salir de la notarÃa, encontré al hombre sentado dentro de mi camión. Subà porque habÃa gente alrededor y no querÃa provocar un escándalo. Ãl me dijo que vender el negocio no cambiaba el trato. Mi familia recibió lo prometido. Yo usé cada beneficio y el cobro seguÃa pendiente. Le ofrecà el dinero, el camión y cualquier cosa que pudiera devolver. Me respondió que yo no habÃa ofrecido cosas, sino mi alma. Le pregunté cuánto tiempo me quedaba. Sonrió y dijo que ya me habÃa avisado suficiente.
14:30 Después bajó del camión. Un vehÃculo cruzó frente a mÃ. Volté un momento. Y cuando miré de nuevo, él ya no estaba. El olor a azufre quedó encerrado en la cabina. Desde ese dÃa preparé todo para Clara y Mateo. Dejé papeles, claves, pagos y números de contacto. Clara sabe dónde está cada cosa, también sabe que debe irse con Mateo cuando empiecen los golpes en la puerta. Al principio discutió conmigo, dijo que no querÃa abandonarme, pero después entendió que quedarse no iba a salvarme. Anoche la marca de mi mano se abrió, no sangró, pero me salió humo de la piel y el olor llenó el cuarto. Clara vio mi mano, abrazó a Mateo y lloró en silencio. Le dije que preparara una bolsa y se fuera con su hermana. Me preguntó si habÃa forma de detenerlo y le dije la verdad.
15:28 No la tenÃa. Antes de amanecer, escuché pasos afuera. Revisé la cámara. La imagen falló y luego apareció el hombre frente a la puerta. Miró directo al lente y puso la mano sobre el vidrio. Al retirarla, quedó marcada la misma señal incompleta. Clara salió por la puerta trasera con Mateo Desde el carro me escribió que me amaba, pero que no sabÃa si podÃa perdonarme. No respondÃ. Ahora estoy en la sala, la casa huele a azufre y la marca de mi mano arde. Acaban de golpear la puerta. Fueron tres golpes, con pausas iguales. Sé quién está del otro lado. Salvé a mi hijo, pagué mis deudas y recuperé una vida que ya estaba perdida. Pero todo vino de un trato que hice con plena conciencia. Y ahora el diablo viene por mÃ.
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