April 24, 2026

El Diablo Me Ofreció Salvar A Mi Hijo Pero El Precio Fue Mi Alma - Historias De Terror - REDE

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0:05 Me llamo Julián Reyes y escribo esto porque necesito dejar claro lo que hice, sin cambiar nada, sin pedir lástima y sin quitarme responsabilidad. Vivíamos en una casa rentada con pagos atrasados. El camión estaba por perderse y la ferretería apenas se sostenía. Clara, mi esposa, llevaba las cuentas en una libreta y cada semana anotaba una deuda nueva o un pago que no podíamos cubrir. Yo abría el negocio temprano, barría la entrada, acomodaba mercancía y esperaba clientes que casi nunca llegaban. La quiebra no llegó de golpe, llegó por partes, con recibos vencidos, llamadas de cobro y promesas que yo hacía sin saber cómo cumplirlas. Antes de que todo cambiara, ya habíamos despedido a Ramiro, el único empleado que quedaba, no podía pagarle y él aceptó irse sin reclamarme. Ese día cerré la ferretería antes de tiempo porque me dio vergüenza verlo salir con sus cosas en una bolsa. Clara no me reprochó nada, pero dejó de hacer cuentas frente a mí. Sabía que yo entendía los números y también sabía que no tenía solución. Mateo, nuestro hijo, tenía ocho años cuando se enfermó. Primero tuvo fiebre, luego tos y después empezó a respirar con dificultad. Lo llevamos al hospital y lo pasaron a urgencias. Le pusieron oxígeno, le hicieron

1:35 estudios y nos dijeron que tenía una infección fuerte en los pulmones. El médico fue claro, el tratamiento debía empezar pronto, pero una parte no estaba cubierta. Clara se quedó junto a la cama de Mateo, con los ojos hinchados de llorar, mientras yo salí al pasillo a llamar a quien pudiera ayudarnos. Llamé a mis hermanos, a dos primos y a un amigo que antes me había prestado dinero. Algunos no contestaron, otros dijeron que estaban igual o peor. Mi madre ofreció vender cosas de su casa, pero eso no alcanzaba. Yo regresé al estacionamiento con el teléfono en la mano, revisé los mensajes del banco y vi otra llamada perdida de Clara.

2:20 Cuando le marqué, me dijo que Mateo preguntaba por mí y que el médico necesitaba saber si podíamos conseguir el dinero para continuar. No respondí de inmediato. Me subí al camión y manejé hacia el monte. Conocí ese camino desde niño porque cerca de ahí estuvo el rancho que mi padre perdió por deudas. Llegué, apagué el motor y caminé hasta una parte alta. No fui a rezar ni a pedir una señal. Fui porque no podía seguir sentado en el hospital, viendo morir a mi hijo, mientras todos esperaban una respuesta que yo no tenía. Me senté en una piedra y abrí otra vez la foto que Clara me había mandado. Mateo estaba en la cama con una manguera en la nariz y los ojos cerrados. Miré la pantalla hasta que se apagó. Entonces escuché pasos detrás de mí.

3:12 Volté y vi a un hombre parado a poca distancia. Vestía traje negro, camisa blanca y zapatos limpios. No traía agua, sombrero ni polvo en la ropa y el olor a azufre llegó antes de que hablara. Era fuerte, claro y venía de él. Sus ojos tenían un aura roja, fija alrededor de la mirada. Sonrió y vi dientes afilados. El hombre dijo mi nombre completo. Después habló de Mateo, de Clara, de la ferretería y de las deudas. Sabía cantidades, fechas y nombres. Yo me levanté y le pregunté quién era. Él no respondió con un nombre, solo dijo que yo ya lo sabía y que preguntar no iba a salvar a mi hijo. Le ordené que se apartara, pero no se movió. Dijo que podía arreglar mi vida antes de que yo volviera al hospital. Mateo recibiría el tratamiento, las deudas quedarían cubiertas, la renta se pondría al corriente y la ferretería volvería a vender. Todo llegaría con documentos, llamadas, firmas y explicaciones normales. Y nadie podría probar nada extraño.

4:21 Le pregunté qué quería y me contestó sin rodeos. Mi alma. No la tomaría en ese momento, pero vendría por ella después. Clara y Mateo quedarían fuera del cobro, siempre que yo aceptara con voluntad. Yo sería el único obligado. Le pregunté cuándo vendría. Me dijo que no daría fecha, pero que mandaría avisos. y que cuando volviera a verlo sabría que el plazo había terminado. Pensé en Mateo, en Clara esperando una respuesta, y en mi madre ofreciendo vender lo poco que tenía. Pensé en los cobradores, en la casa, en el camión y en la ferretería vacía. El hombre extendió la mano y pidió mi decisión. Acepté. Me tomó la mano derecha, su piel estaba caliente y me apretó con fuerza.

5:09 Sentí una punzada en la palma. luego un ardor profundo y cuando me soltó tenía una marca roja con forma de círculo incompleto miró la señal me dijo que volviera con mi hijo y caminó hacia los árboles después de eso no escuché más pasos el olor a azufre quedó unos segundos en el aire y después se fue bajé al camión con la mano cerrada al encender el celular entraron varias llamadas perdidas de Clara le marqué y me contestó llorando Pero su voz ya no tenía la misma desesperación. Mateo había reaccionado. La fiebre había bajado y el médico quería repetir estudios por el cambio repentino. También me dijo que una trabajadora social había conseguido apoyo para cubrir el tratamiento urgente. Regresé al hospital. Clara me abrazó en cuanto me vio y yo no pude sostenerle la mirada. Me preguntó qué me había pasado en la mano. le dije que me había lastimado en el monte ella estaba agotada y no insistió me senté junto a la cama de Mateo escuché su respiración y guardé la mano marcada debajo de la pierna en los días siguientes todo se acomodó con rapidez Mateo siguió delicado pero los médicos dijeron que respondía bien llegó dinero de un seguro ligado a un crédito viejo un proveedor aceptó surtir la ferretería sin pago inicial Un cliente compró material para una obra y pagó

6:42 por adelantado. El dueño de la casa permitió cubrir la renta atrasada en partes. Clara dijo que Dios nos había ayudado. Yo asentí, pero no repetí sus palabras. Cada solución tenía papeles y firmas, pero todas llegaron después del trato. La marca seguía roja y sensible. La cubría con vendas o con la manga de la camisa. Y cuando Clara preguntaba si dolía, yo decía que era una quemadura. Mateo salió del hospital semanas después, volvió débil, con medicinas y revisiones pendientes. Durante el día atendía la ferretería que ya tenía clientes, y por la noche revisaba puertas, ventanas y cámaras. La casa empezó a respirar tranquila, pero yo no, pues todo lo que mejoraba venía del mismo lugar. El primer aviso llegó poco después. Oí golpes en la puerta principal y bajé con cuidado. Al abrir, encontré un papel doblado en el suelo. Tenía mi nombre completo y una frase escrita con tinta negra. Ya empezaste a apagar. Revisé la cámara de la entrada y la imagen se había cortado justo en ese momento. Guardé el papel, apagué la luz y no se lo conté a Clara. El segundo aviso llegó en la ferretería mientras cerraba la caja. Entre los billetes encontré uno marcado con el mismo círculo incompleto que llevaba en la mano. Lo tomé por una esquina y sentí el calor en el papel y también olía a azufre.

8:15 Me asusté. Fui al patio y lo quemé dentro de una lata. Esa noche Mateo tuvo fiebre. Clara corrió por el termómetro, preparó agua, revisó sus medicinas y llamó al hospital para preguntar qué hacer. La fiebre bajó antes de que amaneciera. pero yo entendí el aviso. No debía destruir nada que viniera de él. Desde entonces, empecé a vivir pendiente de cualquier señal. Revisaba las cámaras antes de dormir. Miraba la puerta cada vez que un carro se detenía afuera y evitaba quedarme solo en el negocio. Clara notó el cambio y me preguntaba qué me pasaba y yo le respondía que estaba cansado. Ella aceptaba la respuesta porque también estaba agotada pero empezó a mirarme con desconfianza. Mateo mejoraba despacio, caminaba poco, tosía cuando se esforzaba y seguía con consultas. Cada mejora suya me daba alivio y al mismo tiempo me recordaba el precio. El tercer aviso llegó en el hospital durante una revisión. Clara llenaba unos papeles y Mateo descansaba junto a ella. Yo levanté la vista hacia el pasillo y vi al hombre del monte. Estaba de pie, con la misma ropa formal, la misma sonrisa y los ojos marcados por ese rojo que yo ya conocía.

9:39 Nadie reaccionó. Él no habló. Solo levantó la mano y me hizo una seña para acercarme. Me puse de pie. Clara me preguntó qué pasaba, pero no le contesté. Caminé hacia el pasillo, entre la gente que esperaba turno. Cuando llegué al lugar donde lo había visto, ya no estaba. Revisé la salida, miré el estacionamiento y regresé con las manos frías. Clara me vio la cara y me pidió la verdad y le dije que hablaríamos en la casa. Ella bajó la mirada, apretó los papeles contra el pecho y no volvió a preguntarme nada en ese momento. Esa noche le conté una parte. Le dije que en el monte me encontré con un hombre que sabía lo de Mateo, las deudas y la ferretería. le dije que me ofrecía arreglarlo todo a cambio de mi alma Clara no se movió me pidió ver la mano le mostré la marca luego saqué el papel del primer aviso lo leyó despacio y cuando terminé de contarle que acepté se apartó de mí no gritó pero me preguntó si Mateo seguía vivo por ese trato y le respondí que sí luego preguntó si ese hombre podía venir por nuestro hijo le dije que había prometido dejarlo fuera del cobro Clara me respondió que una promesa de él no valía nada y no tuve manera de discutirle. Dormimos separados varios días. Mateo escuchó

11:09 una discusión desde la escalera. No entendió todo, pero entendió lo suficiente para cambiar conmigo. Dejó de preguntarme por la marca, aunque la miraba cuando yo no cubría bien la mano. Clara empezó a guardar documentos, recetas y papeles médicos en una carpeta. No me lo dijo. pero estaba preparando a Mateo para cualquier cosa. Busqué ayuda, fui con un sacerdote y le conté todo. Me escuchó con seriedad y sin interrumpirme. Me pidió confesarme, llevar a Clara y a Mateo a misa y dejar de mentir. También me dijo algo que me quitó fuerza. No podía prometerme que el pacto quedara roto solo porque yo tuviera miedo. Salí de la parroquia con la misma marca en la mano y una culpa más clara. También fui con un abogado. Le llevé documentos del seguro, pagos, depósitos y movimientos de la ferretería. Revisó todo y dijo que no veía fraude, falsificación ni delito.

12:11 Todo tenía respaldo legal. Me recomendó descansar y dejar de buscar problemas donde no lo sabía. No le conté lo del diablo, pues habría cerrado la carpeta y me habría mandado con un médico. Después cometí otro error. Volví al monte con dos vecinos y les dije que había visto gente rara cerca del camino y que quería revisar el terreno. Caminamos durante horas, revisamos veredas, basura vieja y rastros de animales. No encontramos al hombre. Mis vecinos se fueron convencidos de que yo estaba nervioso por la enfermedad de Mateo. Esa misma semana murió Ramiro. Ramiro había vuelto a trabajar conmigo cuando el negocio mejoró. Necesitaba empleo y yo necesitaba a alguien de confianza. El accidente ocurrió mientras descargaban material. Un camión lo golpeó contra una barda y la ambulancia llegó tarde para salvarlo. La cámara de la ferretería falló justo en el momento del golpe. Cuando cerré el negocio, encontré otro papel dentro de la caja. Decía que no volviera al monte acompañado. Clara leyó ese papel. Se sentó en la cocina, lo sostuvo con las dos manos y me dijo que yo había metido a todos en algo que no entendía. Le respondí que lo hice para salvar a Mateo.

13:33 Ella me dijo que eso no devolvía la vida de Ramiro, ni garantizaba que el siguiente golpe no cayera sobre nosotros. Esa vez no pude decir nada. Vendí la ferretería poco después. No quería seguir recibiendo dinero de un negocio levantado por el pacto. El comprador pagó rápido, firmé los papeles y le entregué las llaves. Al salir de la notaría, encontré al hombre sentado dentro de mi camión. Subí porque había gente alrededor y no quería provocar un escándalo. Él me dijo que vender el negocio no cambiaba el trato. Mi familia recibió lo prometido. Yo usé cada beneficio y el cobro seguía pendiente. Le ofrecí el dinero, el camión y cualquier cosa que pudiera devolver. Me respondió que yo no había ofrecido cosas, sino mi alma. Le pregunté cuánto tiempo me quedaba. Sonrió y dijo que ya me había avisado suficiente.

14:30 Después bajó del camión. Un vehículo cruzó frente a mí. Volté un momento. Y cuando miré de nuevo, él ya no estaba. El olor a azufre quedó encerrado en la cabina. Desde ese día preparé todo para Clara y Mateo. Dejé papeles, claves, pagos y números de contacto. Clara sabe dónde está cada cosa, también sabe que debe irse con Mateo cuando empiecen los golpes en la puerta. Al principio discutió conmigo, dijo que no quería abandonarme, pero después entendió que quedarse no iba a salvarme. Anoche la marca de mi mano se abrió, no sangró, pero me salió humo de la piel y el olor llenó el cuarto. Clara vio mi mano, abrazó a Mateo y lloró en silencio. Le dije que preparara una bolsa y se fuera con su hermana. Me preguntó si había forma de detenerlo y le dije la verdad.

15:28 No la tenía. Antes de amanecer, escuché pasos afuera. Revisé la cámara. La imagen falló y luego apareció el hombre frente a la puerta. Miró directo al lente y puso la mano sobre el vidrio. Al retirarla, quedó marcada la misma señal incompleta. Clara salió por la puerta trasera con Mateo Desde el carro me escribió que me amaba, pero que no sabía si podía perdonarme. No respondí. Ahora estoy en la sala, la casa huele a azufre y la marca de mi mano arde. Acaban de golpear la puerta. Fueron tres golpes, con pausas iguales. Sé quién está del otro lado. Salvé a mi hijo, pagué mis deudas y recuperé una vida que ya estaba perdida. Pero todo vino de un trato que hice con plena conciencia. Y ahora el diablo viene por mí.