Nov. 5, 2026

LA MASCARA DEL REPTILIANO

LA MASCARA DEL REPTILIANO
LA MASCARA DEL REPTILIANO
REDE (Relatos Desclasificados)
LA MASCARA DEL REPTILIANO

0:01 La mujer de la máscara de madera. Mi abuela me contó esto cuando yo tenía 25 años. Había sacado dos monedas de oro de una bolsa de tela y me las puso en la mano para ayudarme con el enganche de mi casa. Yo sabía que guardaba dinero. En la familia siempre habíamos tenido buenos ingresos. Se compraban terrenos, se abrían negocios y los gastos grandes se resolvían entre todos. Nunca me había detenido a preguntar de dónde había salido lo primero. Aquella tarde lo hice. Mi abuela recogió una de las monedas, la volteó entre sus dedos y me dijo que se la había llevado Eliseo. En mi casa le decíamos tío Eliseo, aunque era sobrino de mi abuela, hijo de una hermana suya. Yo lo había visto algunas veces, un señor de pocas palabras, ya con el bigote blanco, que llegaba sin avisar y se quedaba conversando con ella en el patio.¿ Y por qué te sigue trayendo dinero?

0:58 Le pregunté. Mi abuela cerró la bolsa, porque una noche fui a ayudar a su mujer. Me contestó. Pensé que hablaba de una enfermedad. Después me dijo que había recibido a una criatura en el cerro y que la madre se había puesto una máscara para que ella pudiera acercarse. Ahora ya pasé de los 60. Mi abuela tenía 82 cuando se sentó a contármelo. Lo que sigue es lo que me dijo aquella tarde. Eliseo tenía 22 años cuando empezó a perderse. Subía al cerro por leña y de cacería. Si encontraba algún conejo, regresaba con él. Si no, bajaba cargando ramas secas. Siempre llegaba con algo. Mi abuela lo quería mucho. Lo había cuidado de pequeño y conocía sus modos.

1:46 Era trabajador, pero de carácter difícil. Comía, contestaba lo necesario y se iba antes de que alguien pudiera hacerle demasiadas preguntas. Un día salió temprano y no regresó. Su familia empezó a buscarlo a la mañana siguiente. Recorrieron veredas, preguntaron en los terrenos vecinos y llamaron su nombre cerca de los barrancos. Mi abuela llevó comida a los hombres que salieron a buscarlo. Al cuarto día apareció solo. Llegó sin la carga de leña, con la ropa sucia y una expresión que mi abuela nunca le había visto. Lo sentaron en la cocina. Le dieron agua, caldo y un lugar donde acostarse. Cuando le preguntaban dónde había estado, se quedaba mirando un punto de la pared. Abría la boca, pero terminaba cerrándola. A veces movía la cabeza como si estuviera tratando de quitarse una imagen.

2:37 Durante varios días comió apenas. Mi abuela pensó que alguien le había hecho algo. Intentó hablar con él a solas, despacio, mientras le remendaba la camisa. Eliseo le pidió que lo dejara descansar. Tardó semanas en volver a sus labores. Después, desapareció otra vez. Esta vez fueron tres días. Volvieron a buscarlo, con más enojo y el mismo miedo. Al regresar, traía un atado de leña y hasta saludó desde lejos.¿ Dónde te metiste? Le preguntó mi abuela.— En el monte, tía— le respondió Eliseo. Fue lo único que quiso decir. Desde entonces empezó a faltar una noche, luego dos. La familia se cansó de discutir con él. Pensaban que veía a alguna mujer y que le daba vergüenza contar con quién. Además, regresaba cambiado. Se reía, se sentaba a platicar. Una tarde ayudó a mi abuela a reparar un techo sin que ella tuviera que pedírselo. Con el tiempo dejaron de salir a buscarlo. Hasta que una de esas ausencias se alargó.

3:51 Pasaron semanas, luego meses. Preguntaron otra vez, pero ya nadie sabía por dónde empezar. Mi abuela se hizo a la idea de que se había ido a trabajar lejos. Lo decía para tranquilizar a su hermana. aunque por dentro también temía que estuviera muerto. Llevaba más de seis meses sin aparecer cuando llegó a su puerta una tarde fría. Mi abuela estaba guardando ropa. Lo vio en el patio y soltó lo que tenía en las manos. Eliseo había adelgazado, pero se veía limpio. Traía una bolsa al hombro y estaba tan apurado que apenas dejó que lo abrazara.— Necesito que venga conmigo, tía— le dijo Eliseo. Primero dime dónde andabas, le reclamó mi abuela. Él miró hacia la calle. Mi mujer va a tener a su criatura. Necesito que me ayude, le respondió. Mi abuela pensó en su amiga Casimira. Casimira era partera. Mi abuela la había acompañado algunas veces. Calentaba agua, lavaba trapos, sostenía la lámpara y se quedaba cuidando a las mujeres. Vamos por Casimira, le dijo. Eliseo negó enseguida.

5:05 A usted sí me la va a dejar acercar. De usted ya le he hablado, le contestó. Mi abuela se molestó. Muchacho, yo le ayudo a Casimira. Yo sola no sé atender eso. Eliseo empezó a llorar. Eso la detuvo. Le tomó las manos y le dijo que su mujer estaba sola, que los dolores habían empezado antes de lo que esperaban. y que ya no podía hacerla caminar. Mi abuela quiso preguntar dónde estaba. Él le respondió que en un refugio del cerro. Ella volvió a insistir en buscar a Casimira. Eliseo se lo rogó otra vez. Dijo que no podía llevar más gente, que su mujer estaba asustada y que solamente había aceptado porque se trataba de ella. Mi abuela me contó que se quedó mirándolo un rato. Luego buscó unas sábanas limpias. trapos, jabón y una cobija. Él cargó la bolsa y salieron.

6:02 Caminaron hasta que terminó de oscurecer. Al principio siguieron una vereda conocida. Después Eliseo dobló hacia un cauce seco y empezó a escoger piedras para que ella pudiera apoyar los pies. Mi abuela llevaba una lámpara. Le temblaba la luz cada vez que tenía que agarrarse de su sobrino. Durante el camino volvió a pedirle explicaciones. Él le prometió que hablarían cuando su mujer estuviera bien. Llegaron a unas peñas cubiertas de raíces. Había una entrada baja, cerrada con tablas. La puerta estaba hecha con madera de distintos tamaños, sujeta a un marco metido entre las piedras. Eliseo retiró un travesaño.

6:44 Antes de abrir, habló hacia adentro. Mi abuela escuchó una respuesta baja y un gemido. Él se volvió hacia ellas.« Por favor, no se me asuste. Ella no le va a hacer daño», le dijo Eliseo. Mi abuela se detuvo.«¿ Por qué me dices eso?», le preguntó. Él abrió la puerta. Adentro había una luz amarilla, agua en un recipiente y unas prendas colgadas de una cuerda. El aire entraba por las separaciones de las tablas. Al fondo, sobre ramas acomodadas y cubiertas con un petate y cobijas, estaba la mujer. Mi abuela vio primero la máscara. Era de madera pintada, como las que se usaban para una danza. Tenía mejillas rosadas y una boca pequeña, fija, ligeramente sonriente. Una cinta la sujetaba detrás de la cabeza. El resto del cuerpo estaba cubierto a medias con una sábana. Al moverse, dejó descubierto un brazo y parte del vientre. Mi abuela soltó la bolsa. La piel tenía un tono cenizo, con placas pequeñas que se juntaban en los pliegues. Sobre el vientre se estiraban y se separaban apenas cuando venía el dolor.

7:57 Ella siempre me lo describió con las mismas palabras, cuero de lagarto. La mujer apretó una cobija entre las manos. La máscara seguía sonriendo. Mi abuela dio un paso hacia la salida. Eliseo se puso junto a ella.— Es mi mujer, tía. Míreme a mí tantito— le pidió. Ella lo agarró de la camisa.—¿ Qué me trajiste a ver?— le preguntó mi abuela. Él tenía la cara mojada. Le dijo que lo perdonara, que debió contarle antes, pero que había pensado que no lo acompañaría. Desde el petate, la mujer pronunció el nombre de mi abuela. Lo dijo con dificultad. Eliseo explicó que llevaba mucho tiempo hablándole de ella. Su mujer y la familia de ella sabían quién lo había cuidado y a quién pensaba acudir si necesitaba ayuda. Mi abuela volvió a mirar el petate. La mujer estaba intentando incorporarse. Se sostenía del borde de la cobija y el dolor le hacía golpear suavemente la máscara contra la piedra de atrás. Eliseo corrió a ayudarla. Mi abuela me dijo que eso fue lo que la hizo entrar, verlo arrodillarse, acomodarle algo bajo la espalda y pedirle perdón por haberse tardado. Le temblaban las manos mientras sacaba sus cosas. Cubrió mejor las ramas, extendió una sábana y pidió que acercara la luz. Eliseo obedecía antes de que terminara de hablar. La mujer se

9:28 quedó mirando a mi abuela por los agujeros de la máscara. Voy a ayudarle con lo que sé, le dijo mi abuela. Ella inclinó un poco la cabeza. Fue una noche larga. Mi abuela recordaba la humedad en sus rodillas, el olor del agua calentándose cerca de la entrada y el ruido de la cinta de la máscara cuando la mujer movía la cabeza. Le preguntó a Eliseo por qué la llevaba puesta. Él respondió que se la había puesto por ella. Había pensado que si le cubría la cara. podría acercarse con menos miedo. Se concentró en lo que reconocía de las veces que había acompañado a Casimira. Esperar junto a la mujer, limpiarle el sudor, acomodarla cuando necesitaba moverse y tener con qué recibir a la criatura. Eliseo iba por agua, sostenía la lámpara y regresaba de inmediato a su lado. En un momento, la mujer sujetó a mi abuela del antebrazo.

10:26 Ella sintió la presión y estuvo a punto de soltarse. Después notó que la mano temblaba, la dejó quedarse. La criatura nació pasada la medianoche. Mi abuela me contó que la recibió sobre una tela, que escuchó un llanto corto y ronco y que Eliseo se quedó de rodillas, mirando sin atreverse a tocar. Tuvo que llamarlo dos veces para que alcanzara la cobija. Cuando por fin la madre tuvo al niño cerca, su sobrino bajó la cabeza hasta apoyarla sobre el hombro de ella. Mi abuela se sentó en una piedra. Tenía la falda mojada y las manos tan cansadas que le costó sostener el vaso que Eliseo le dio.

11:08 Él quiso abrazarla. Mi abuela le pidió que primero atendiera a su mujer. Esperaron hasta que la vio más tranquila. Después Eliseo se sentó junto a su tía cerca de la puerta y empezó a contarle dónde había pasado aquellos meses. La primera vez que desapareció había seguido una pieza de casa entre las peñas. Encontró una abertura que no conocía y avanzó pensando que saldría del otro lado del cerro. Terminó en un paso bajo con agua acumulada. Intentando volver, se lastimó una pierna y perdió la orientación. Lo encontraron los de adentro, así les decía Eliseo. Le dieron agua, le limpiaron la herida y lo dejaron descansar. Él había tenido tanto miedo que pasó buena parte de esos días creyendo que iban a matarlo. Cuando pudo regresar al pueblo, no sabía cómo contarlo. Mi abuela recordó entonces cómo se quedaba mirando la pared cada vez que intentaban preguntarle. Eliseo dijo que volvió por voluntad propia. Quería comprobar que lo que recordaba era cierto. También quería ver otra vez a la mujer que lo había cuidado. Después empezó a buscar pretextos para regresar. Mi abuela le preguntó dónde estaba aquel lugar.

12:27 Él señaló hacia el fondo de la cueva. A un costado había una hendidura entre las piedras, parcialmente tapada con una manta. Le explicó que aquello era un refugio cercano a la salida. El lugar donde vivían estaba mucho más allá. Había un paso que se llenaba de agua durante las lluvias. Cuando el nivel bajaba, se podía cruzar. Ellos conocían el cerro y esperaban el momento en que volvía a quedar abierto. Mi abuela le preguntó si pasaba meses encerrado bajo tierra. Eliseo le dijo que al otro lado había cielo. Describió una hondonada profunda entre paredes de piedra, con una abertura grande por arriba. Desde las partes altas parecía una barranca llena de vegetación. Abajo había árboles y casas metidas en la roca. Las entradas eran bajas. Frente a varias, había analizado piedras donde se sentaban durante las horas de sol.

13:23 En algunos huecos colocaban tapas redondas de barro para regular la luz y el aire. El agua corría por canales angostos que pasaban cerca de las viviendas. Las partes húmedas estaban cubiertas de plantas que él no conocía. Algunas tenían hojas anchas, casi negras por arriba y rojizas por debajo. Le impresionaba cómo cambiaba la luz. Por la mañana solamente alcanzaba ciertos sitios. Más tarde una franja iluminaba el centro de la hondonada y todos empezaban a moverse de otra manera. Sacaban cosas a secar, cambiaban de lugar los recipientes y se sentaban donde la piedra se había calentado. Mi abuela quiso saber si vivían como animales. Eliseo miró hacia el petate antes de responder. Le contó que tenían familias, que trabajaban y que cuidaban a sus viejos. Había unos que hablaban como ellos y otros a los que apenas conseguía entender.

14:18 También le dijo que sabían de lugares muy lejanos. Según lo que le habían contado, había más de su gente en otras partes de la tierra, incluso al otro lado del mar. Se conocían entre algunos grupos y de otros solamente conservaban historias. Dicen que llevan millones de años aquí, tía. Desde antes de que hubiera gente como nosotros, le contó Eliseo a mi abuela. Ella le preguntó si eso se lo habían enseñado o solamente se lo decían. Él respondió que había visto marcas, dibujos y cosas guardadas que le mostraban para explicarle su pasado. No sabía leer todo aquello. Había aprendido lo que podían contarle con palabras. Mi abuela se quedó escuchando el agua calentarse junto a la entrada.

15:05 Después preguntó por qué habían salido si su mujer estaba así. Eliseo le explicó que llevaban días en el refugio. Él quería acercarse al pueblo, avisar que estaba vivo y conseguir algunas cosas. Habían pensado seguir cuando ella se sintiera descansada. Los dolores empezaron ahí. Cuando comprendió que necesitaba ayuda, pensó en su tía. Mi abuela lo regañó por lo que le quedaba de aquella madrugada, por haber dejado que lo buscaran. por tener a su madre meses sin noticias y por llevarla hasta allá sin decirle lo que iba a encontrar. Eliseo la escuchó con la cabeza baja. Después le pidió que no llevara a nadie. Mi abuela miró a la mujer dormitando sobre las cobijas. Antes de salir, se acercó a revisar cómo estaba acomodada. La máscara seguía puesta. Por debajo se escuchó una palabra de agradecimiento. Eliseo acompañó a su tía hasta que comenzó el camino que ella conocía.

16:05 No quiso alejarse más de su mujer. Mi abuela regresó a casa al amanecer. Le dolían las piernas. Lavó la ropa, guardó sus cosas y pasó el día sentada diciendo que se sentía cansada. A Casimira le contó que había tenido que ayudar a una mujer muy lejos y que había hecho lo que pudo. La partera le hizo preguntas. Mi abuela respondió solamente algunas. Lo demás quedó guardado dentro de la familia. Eliseo volvió tiempo después. Fue directo a verla y dejó una moneda amarilla sobre la mesa. Mi abuela pensó que era una pieza vieja sin mucho valor. Él le pidió que la llevara con alguien que supiera de eso. Cuando consiguió cambiarla, recibió más dinero del que esperaba. Le reclamó a su sobrino en la siguiente visita. Le dijo que ella había ido porque lo quería y porque había una mujer necesitando ayuda. Eliseo respondió que su mujer también lo sabía. La moneda era de ella y de los suyos.

17:04 Después siguió llevando una o dos cada cierto tiempo. A veces pasaban meses. Otras volvía antes y se quedaba a comer, hablando de cosas pequeñas. Mi abuela preguntaba por su mujer y por la criatura. Él decía que estaban bien. Con los años, el dinero ayudó a comprar un terreno y a empezar un negocio. Después vinieron otros. Mi abuela guardaba algunas monedas y cambiaba otras cuando hacía falta. Así había empezado una parte de lo que yo siempre había dado por normal. El tío Eliseo envejeció. Cuando yo lo conocí, ya tenía el pelo blanco y se sentaba despacio. Recuerdo que mi abuela le acercaba comida sin preguntarle si quería.

17:48 Yo nunca había sabido dónde vivía. Aquel día, con las monedas en la mano, Empecé a entender por qué en mi familia las respuestas sobre él siempre eran tan cortas. Mi abuela me pidió que lo guardara como un asunto nuestro. Le preocupaba que alguien quisiera salir al cerro a buscarlo por el oro. Yo le hice muchas preguntas, por la puerta, por el lugar al otro lado de la cueva, y por la mujer que había mantenido cubierta la cara durante todo el parto. Mi abuela contestó lo que recordaba. Luego recogió la bolsa de tela y volvió a meterla en su ropero. Yo todavía tenía una moneda en la mano cuando me acordé de algo que no me había dicho.« Abuela,¿ y el bebé?¿ Cómo era el bebé cuando nació?», le pregunté.« Igual que su madre, con aquel mismo cuero de lagarto», me respondió mi abuela.«¿ Entonces no era de mi tío?», le pregunté.« De Eliseo no podía ser, hija. Él mismo me dijo que eso entre ellos y nosotros no se podía».

18:53 Cuando conoció a la mujer, ella ya estaba esperando al niño, me contestó mi abuela.