Nov. 8, 2026

EL PACTO DE DIOS

EL PACTO DE DIOS
EL PACTO DE DIOS
REDE (Relatos Desclasificados)
EL PACTO DE DIOS

0:01 Digan que fue Dios. Hola, Rede. Llevo mucho tiempo queriendo mandarte mi relato. Lo he escrito varias veces y siempre termino quitando partes porque me da vergüenza reconocerlas. Tengo cincuenta y tantos años. Durante una época tuve negocios, propiedades y gente que me buscaba para pedirme consejos. Me invitaban a hablar delante de familias enteras. Querían escuchar cómo había salido adelante. Yo decía que todo se lo debía a Dios. Siempre había un hombre sentado al fondo esperando que terminaran de darle las gracias. Yo sabía a quién se las estaban dando. A finales de los 90 tenía un taller de muebles.

0:42 Hacíamos cocinas, closets y lo que fuera saliendo. Trabajábamos mi hermano, dos muchachos y yo. Me alcanzaba para mantener a mi familia, pero yo quería crecer. Me daba un coraje horrible ver que otros compraban camionetas nuevas, mientras yo seguía reparando la misma. Mi mamá me prestó dinero. Una parte era de sus ahorros y otra de algo que había vendido. Yo le prometí que se lo iba a devolver pronto. Compré material, renté un local más grande y acepté trabajos que todavía no sabía organizar. Hubo clientes que tardaron en pagar y otros a los que yo quedé mal por querer hacer todo al mismo tiempo. Terminé debiendo por varios lados. Mi esposa, Sonia, me pedía que regresáramos al local pequeño antes de perder más.

1:29 yo lo sentía como una humillación. El hombre llegó una tarde en que estaba solo. Traía pantalón de trabajo, camisa clara y unos zapatos cubiertos de polvo. Tendría unos 60 años, aunque después hubo ocasiones en que me pareció mucho mayor. Preguntó si yo podía fabricar muebles para varias propiedades Le dije que sí Me explicó lo que necesitaba sin mirar las muestras Sabía medidas, cantidades y materiales Mientras yo hacía cuentas, caminó hasta el fondo del local Y se quedó frente a un closet que todavía no tenía puertas Le di una cantidad aproximada El hombre regresó y se sentó Con eso todavía vas a seguir debiendo, me dijo Pensé que alguno de los proveedores le había hablado de mí Le pregunté quién lo mandaba Él miró las hojas que yo tenía sobre el escritorio Ahí estaban las cuentas, los anticipos y los pagos atrasados¿ Qué necesitas para que se te quite esa cara? Me preguntó Yo me reí incómodo Le dije que necesitaba clientes que pagaran¿ Y luego? Me preguntó Le hablé de comprar el local De trabajar sin estar pidiendo prestado Y de devolverle su dinero a mi mamá Él siguió esperando Terminé diciéndole lo que de verdad quería tener mucho dinero. Quería que me respetaran y que dejaran de tratarme como al hombre que siempre estaba intentando algo.

2:54 El señor asintió. Eso ya se entiende mejor, me dijo. Y en ese momento, una voz de mujer salió del fondo del taller. Pedía ayuda. Me levanté porque pensé que alguien había entrado por la puerta de atrás. El hombre permaneció sentado. Fui hasta el clóset. Escuché otra voz, más baja, suplicando que no le quitaran algo. Después una tercera se metió entre las otras. Venían de adentro del mueble. Me asomé. Estaba vacío. Las voces continuaban, muy cerca de mi cara. Se encimaban, se apagaban y regresaban como conversaciones escuchadas desde el otro lado de una pared. Me fui hacia atrás y golpeé una tabla. El hombre me llamó desde el escritorio.

3:41 Quise salir a la calle. Al llegar a la puerta, escuché las voces debajo de la mesa donde cortábamos. Me quedé agarrado del marco. El señor seguía mirándome. Ven a sentarte, me pidió. Lo hice porque ya no sabía hacia dónde moverme. Le pregunté qué estaba pasando. Él juntó las manos sobre el escritorio. Las voces se fueron apagando hasta que solamente quedó el ruido de los coches afuera. Yo puedo hacer que te vaya bien, me dijo. Yo estaba sudando. Le pregunté cuánto iba a costarme. El hombre se inclinó hacia mí. Vas a hablar de lo que recibas. Vas a enseñarles a otros cómo vives. Y les vas a decir que te lo dio Dios. Me respondió. Sentí un alivio tan grande que todavía me da vergüenza recordarlo. Después de lo que acababa de escuchar, esperaba algo que pudiera reconocer como peligroso.

4:35 Aquello se parecía a una petición que podía cumplir. Le dije que mi mamá ya hacía eso cada vez que salía a un trabajo. El hombre sonrió.« Pero tú vas a saber a quién le están agradeciendo», me contestó. Ahí estaba el trato. Yo lo entendí. También entendí que había algo muy malo en aquel hombre. Me estaba ofreciendo exactamente lo que acababa de pedir y quería recibir las gracias bajo otro nombre. Pude salir. Pude dejar el taller y buscar a mi esposa. En cambio, le pregunté cuándo empezábamos. Él me extendió la mano. La tomé. Desde el fondo del local se escuchó a muchas personas soltar el aire al mismo tiempo. Me quedé inmóvil, todavía agarrándolo. El señor retiró la mano y se levantó. Antes de salir, me pidió que cumpliera. A la mañana siguiente, recibí una llamada por un pedido grande. La persona que habló conocía mi trabajo porque yo había cotizado meses antes. Me dieron un anticipo.

5:37 Durante las semanas siguientes comenzaron a salir otras cosas. Clientes que me debían pagaron. Aparecieron recomendaciones y conseguí un proveedor dispuesto a darme mejores condiciones. El dinero entró como entre en cualquier negocio. Con pedidos, facturas, llamadas y gente trabajando. Yo trabajé muchísimo. Eso fue lo que utilicé para tranquilizarme. Llegaba cansado. Miraba lo que estábamos entregando y me decía que me lo había ganado. Le pagué a mi mamá. Ella me abrazó llorando. Me dijo que había rezado mucho por mí. Yo escuché un murmullo detrás de ella. Estábamos solos en la cocina. Me separé del abrazo y fui a revisar el patio. El hombre empezó a aparecer de vez en cuando. Entraba al taller. Se sentaba y observaba mientras yo atendía. Nunca me pidió dinero. Si había clientes, esperaba.

6:31 Si alguien hablaba de lo bien que me estaba yendo, levantaba la mirada hacia mí. Yo empecé a decir lo acordado. Lo decía al entregar un mueble, al pagar una deuda, al comprar una herramienta. Mi mamá contó mi historia en un grupo de oración. Me invitaron a dar mi testimonio y acepté. Recuerdo muy bien aquella primera vez. Había unas 30 personas sentadas en sillas de plástico. Yo tenía un papel con lo que iba a decir, pero casi no lo usé. Hablé de las deudas, de mi familia y de cómo se habían abierto las puertas cuando ya no encontraba salida. La gente escuchaba con atención. Al terminar, una señora me tomó las manos y me pidió que rezara por su hijo. Yo miré hacia el fondo. El hombre estaba sentado junto a la pared. No lo había visto llegar.

7:20 Tenía los ojos cerrados y la cabeza ligeramente levantada. Empecé a hablar con la señora. Ella lloró. El hombre abrió los ojos. Desde aquella noche se volvió más fácil. Me invitaban a otros lugares. Algunas personas comenzaron a comprarme porque habían escuchado mi historia. Decían que preferían ayudar a alguien que daba buen ejemplo. Yo también ayudaba. Llevé muebles a una escuela. Pagué arreglos de una casa y compré despensas. Me gustaba que hablaran de eso. Sonia empezó a notar el cambio antes que yo quisiera aceptarlo. Me decía que llegaba a las reuniones hablando de humildad y regresaba enojado porque alguien no me había presentado como yo esperaba. Yo le contestaba que estaba cansado. Cuando quiso saber quién era el hombre que se sentaba al fondo, le dije que era alguien que había ayudado al negocio. Ella quiso saludarlo.

8:14 Él le tomó la mano durante unos segundos. Sonia la retiró y se quedó mirándolo. Esa noche, en la casa, me dijo que no quería que volviera a acercarse a nuestros hijos. Le pregunté por qué. Tardó en contestar. Porque, mientras me agarraba, estaba oyendo a alguien llorar. Me respondió Sonia. Yo fingí no entender. Le dije que había mucha gente y ruido. Ella me miró, esperando que agregara algo más. Me levanté de la mesa. Pasaron años. El taller se convirtió en una empresa. Compré propiedades y empecé a recibir dinero de negocios donde ya casi no tenía que estar presente. La gente me buscaba para hablar de problemas que yo no sabía resolver. Deudas, enfermedades, hijos que se habían ido, matrimonios que estaban acabándose. Yo tenía una respuesta para cada uno porque había aprendido a hablar bonito cuando todos estaban callados.

9:11 Un sacerdote me pidió que dejara de garantizar resultados. Me dijo que mi prosperidad no me daba derecho a prometer que la vida de los demás iba a cambiar como la mía. Me molesté. Después, organicé reuniones por mi cuenta. Alquilamos un salón. Conseguimos sonido y un grupo de personas empezó a ayudarme. Muchos lo hacían de corazón. Yo fui el que empezó a mezclar las cosas. Anuncié proyectos que todavía no estaban bien pensados. Pedí aportaciones. Moví dinero entre cuentas y terminé pagando gastos míos con fondos que habían entregado para ayudar a otras personas. Al principio me decía que lo repondría. Después dejé de llevar una cuenta que pudiera mirar sin sentir vergüenza. El hombre seguía llegando. Siempre encontraba una silla. Una tarde... se acercó a mí mientras recogíamos.

10:02 Me preguntó si estaba contento. Yo acababa de comprar otra propiedad y tenía un viaje preparado con mi familia. Le dije que sí. Él miró hacia donde unas personas se despedían abrazándose. Todavía quieren más. Me dijo... Doña Berta empezó a ir a las reuniones porque su esposo estaba enfermo. Vendía comida por las mañanas y llegaba algunas veces con olor a leña en la ropa. Se sentaba cerca de la salida para poder regresar temprano. Una noche me esperó al terminar. Me explicó que tenía miedo, que el dinero ya no le alcanzaba y que su esposo estaba empeorando. Yo había dado un discurso sobre confiar. Todavía tenía el micrófono en una mano cuando ella me preguntó si de verdad creía que él iba a salir adelante. Pude haberle dicho que no lo sabía. Va a salir doña Berta, yo se lo aseguro, le respondí. Ella se tapó la cara y lloró. Después me entregó una bolsa pequeña. Dentro había dinero y un anillo. Dijo que quería apoyar lo que estábamos construyendo. Yo sabía cuánto le había costado juntarlo.

11:11 Lo acepté. El hombre estaba detrás de ella. Me miraba por encima de su hombro. Esa noche, escuché a Doña Berta dentro de mi casa. Estaba pidiendo que su esposo amaneciera. La voz salía de un cuarto donde guardábamos cajas. Abrí. Las súplicas continuaron entre las cosas apiladas. Podía oírlas cambiar de lugar cuando me movía. Llamé al hombre. Yo no tenía su número. Me escuché llamándolo por el pasillo como si viviera ahí. Apareció en la sala. Estaba sentado. Le pregunté qué le estaba haciendo a la señora. Él se quedó observándome. Le dije que tenía que ayudarla.« Tú me pediste dinero», me respondió. Yo levanté la voz. Le expliqué que el esposo de ella estaba muy mal, que yo le había prometido que iba a mejorar. El hombre inclinó la cabeza.« Eso se lo prometiste tú», me contestó. Me quedé parado frente a él. Las voces seguían en el cuarto.

12:11 Le pedí que se las llevara. Él sonrió. Tú me la trajiste, me dijo. Doña Berta enviudó poco después. Fui a verla. La encontré sentada junto a una mesa, rodeada de trastes que otras personas habían llevado con comida. Cuando me vio, se puso de pie. Yo esperaba un reclamo. Ella me abrazó y me agradeció haber rezado por ellos. Sentí que el estómago se me cerraba. Detrás de la puerta escuché una exhalación larga. El hombre estaba ahí, apoyado contra la pared, mirándonos. Me fui al baño de aquella casa y vomité. Durante los meses siguientes intenté dejar las reuniones.

12:52 Cancelaba una y después aceptaba otra. Me preocupaba perder clientes, recomendaciones y a las personas que seguían entregando dinero. También tenía miedo del hombre. Yo ya le había dado un lugar en cada parte de mi vida. Si alguien me iba a hablar de un éxito mío, Él parecía saberlo antes. Lo vi en una comida familiar, sentado donde mi mamá acostumbraba a rezar antes de comer. Lo encontré en una oficina a la que yo acababa de llegar por primera vez. A veces me despertaban voces suplicando desde los muebles de mi propia recámara. Sonia empezó a dormir en otro cuarto. Una madrugada me encontró arrodillado frente a la puerta del clóset, tapándome los oídos. Yo estaba pidiendo que se callaran. Ella encendió la luz. Las voces siguieron unos segundos. Sonia se quedó inmóvil. Después me hizo levantar. Esa fue la noche en que se lo conté. Le hablé del taller, del trato y de lo que yo había aceptado decir. También tuve que hablarle del dinero. Eso le dolió de una forma que yo nunca había visto. Me preguntó cuánto de lo que había en la casa venía de las aportaciones.

14:05 Yo empecé a explicar que las cuentas se habían mezclado. Ella me interrumpió. Dime cuánto, me pidió Sonia. No pude darle una cifra. Se fue con nuestros hijos unos días después. Dejó varias cosas sobre la cama. Joyas, regalos y las llaves de un coche. Yo recorrí la casa tocando muebles que había querido tener durante años. En cada cuarto escuchaba algo. Lloraban, agradecían, pedían otra oportunidad, reconocía voces de personas a las que había abrazado delante de todos. El hombre llegó esa tarde, me preguntó dónde estaba mi familia, yo lo insulté, él esperó a que terminara, le dije que iba a contar todo, se puso de pie y caminó hasta quedar cerca de mí.

14:55 Nunca le había mirado la boca tanto tiempo, Los labios estaban cerrados. De algún lugar dentro de su cuerpo salió la voz de mi mamá, pidiendo que me cuidaran. Después escuché a Doña Berta. Después a un muchacho que había ido a suplicar por su hermano. Eran voces separadas, encimadas dentro de aquel cuerpo. El hombre respiraba despacio mientras yo intentaba alejarme de él sin caer. Me apoyé en la pared. Él se inclinó hacia mi cara. Y no vayas a decirles que yo te obligué, me dijo. Se fue. Me quedé sentado en el piso hasta que oscureció. La siguiente reunión ya estaba anunciada. Había personas que venían desde lejos.

15:40 Se estaba juntando dinero para otro proyecto y mi nombre aparecía en los papeles. Avisé que iba a hablar. Llegué con una carpeta. El hombre estaba en su lugar de siempre. Lo vi desde la puerta. Por un momento pensé en volver a salir. Tenía el coche afuera y todavía podía inventar una enfermedad, irme a un hotel, seguir aplazándolo. Doña Berta estaba acomodando sillas. Mi mamá había llegado con una vecina. Fui hasta el frente. Hablarme costó más que cualquiera de los discursos anteriores. Tenía la boca seca y me temblaban las hojas. Empecé diciendo que había mentido. Algunas personas pensaron que formaba parte del testimonio. Se quedaron esperando que viniera la parte buena. Les expliqué que había usado dinero de los proyectos para gastos personales y negocios. Les dije que había prometido cosas que yo no podía garantizar. El salón empezó a llenarse de murmullos. Un hombre se levantó a reclamarme.

16:42 Yo seguía hablando porque sabía que si me detenía, podía volver a echarme para atrás. Miré al fondo. El señor estaba sonriendo. Eso me desesperó. Lo señalé. Dije que había hecho un trato con él y que lo había presentado como una bendición. Varias personas volquearon. Él permaneció sentado. La gente empezó a discutir. Unos querían escucharme y otros exigían que les devolviera lo suyo. Alguien intentó quitarme el micrófono. Mi mamá se había quedado de pie junto a su silla. Levantó las manos y empezó a rezar por mí. La reconocí por la manera en que se apretaba los dedos. La había visto hacerlo desde niño. Entonces escuché que le respondían.

17:27 Salió desde el fondo del salón. La voz dijo que ya me había cuidado bastante. Mi mamá bajó las manos. El hombre estaba mirándola. Ella se llevó una mano al pecho. Yo solté el micrófono y fui hacia ella empujando sillas. El ruido se volvió insoportable. Había gritos, preguntas y llanto. Entre todo eso, escuché la misma respiración de muchas personas que había salido del taller cuando le di la mano. Mi mamá se apoyó en mí, la saqué al patio. Cuando volví por la carpeta, el hombre ya se había ido. Las consecuencias llegaron con nombres, cantidades y papeles. Hubo denuncias.

18:08 Personas a las que yo había recibido con abrazos llegaron a buscarme con comprobantes guardados durante años. Vendí propiedades, vehículos y partes del negocio. Entregué lo que pude recuperar. También hubo cosas que ya estaban gastadas y pérdidas que nadie iba a reparar con dinero. Estuve preso. Ahí aprendí a contar lo que había hecho sin empezar por la criatura. como si con eso pudiera ponerme a un lado de mis propias decisiones. Yo había recibido el anillo de Doña Berta. Yo había autorizado los movimientos. Yo había subido a decir que sabía lo que Dios iba a hacer por los demás. Sonia siguió con su vida. Nuestros hijos tardaron mucho en querer hablar conmigo. Mi mamá alcanzó a decirme que lo que más le dolía era haberme creído cuando yo ya sabía que estaba mintiendo. Ahora trabajo reparando muebles para otra persona.

19:04 Me pagan por lo que hago y alcanzo a cubrir mis gastos. Hay gente que todavía me reconoce. Algunos se apartan. Otros me preguntan si de verdad pasó todo aquello o si inventé al hombre para explicar el fraude. Yo les respondo lo que puedo. Sé que les debo más que una historia. Al señor no he vuelto a verlo. Eso no me ha quitado las voces del recuerdo. Todavía reconozco algunas peticiones cuando me despierto durante la noche. Durante años pensé que el precio del trato iba a llegar después, con una enfermedad, una muerte o algo que me quitaran. El precio estuvo entrando desde la primera reunión. Eran personas que se acercaban convencidas de que alguien bueno las estaba escuchando.

19:51 Yo las llevaba hasta él y les enseñaba a darle las gracias. Por eso te mando esto, Rede, porque hubo gente que me escuchó hablar durante horas y casi nadie alcanzó a oírme cuando por fin dije la verdad. Quiero que esta vez quede completa. Yo pedí riqueza, me la dieron, y todavía, cuando intento rezar, tengo que abrir los ojos para dejar de verle la cara.