EL PACTO DE DIOS
0:01 Digan que fue Dios. Hola, Rede. Llevo mucho tiempo queriendo mandarte mi relato. Lo he escrito varias veces y siempre termino quitando partes porque me da vergüenza reconocerlas. Tengo cincuenta y tantos años. Durante una época tuve negocios, propiedades y gente que me buscaba para pedirme consejos. Me invitaban a hablar delante de familias enteras. QuerÃan escuchar cómo habÃa salido adelante. Yo decÃa que todo se lo debÃa a Dios. Siempre habÃa un hombre sentado al fondo esperando que terminaran de darle las gracias. Yo sabÃa a quién se las estaban dando. A finales de los 90 tenÃa un taller de muebles.
0:42 HacÃamos cocinas, closets y lo que fuera saliendo. Trabajábamos mi hermano, dos muchachos y yo. Me alcanzaba para mantener a mi familia, pero yo querÃa crecer. Me daba un coraje horrible ver que otros compraban camionetas nuevas, mientras yo seguÃa reparando la misma. Mi mamá me prestó dinero. Una parte era de sus ahorros y otra de algo que habÃa vendido. Yo le prometà que se lo iba a devolver pronto. Compré material, renté un local más grande y acepté trabajos que todavÃa no sabÃa organizar. Hubo clientes que tardaron en pagar y otros a los que yo quedé mal por querer hacer todo al mismo tiempo. Terminé debiendo por varios lados. Mi esposa, Sonia, me pedÃa que regresáramos al local pequeño antes de perder más.
1:29 yo lo sentÃa como una humillación. El hombre llegó una tarde en que estaba solo. TraÃa pantalón de trabajo, camisa clara y unos zapatos cubiertos de polvo. TendrÃa unos 60 años, aunque después hubo ocasiones en que me pareció mucho mayor. Preguntó si yo podÃa fabricar muebles para varias propiedades Le dije que sà Me explicó lo que necesitaba sin mirar las muestras SabÃa medidas, cantidades y materiales Mientras yo hacÃa cuentas, caminó hasta el fondo del local Y se quedó frente a un closet que todavÃa no tenÃa puertas Le di una cantidad aproximada El hombre regresó y se sentó Con eso todavÃa vas a seguir debiendo, me dijo Pensé que alguno de los proveedores le habÃa hablado de mà Le pregunté quién lo mandaba Ãl miró las hojas que yo tenÃa sobre el escritorio Ahà estaban las cuentas, los anticipos y los pagos atrasados¿ Qué necesitas para que se te quite esa cara? Me preguntó Yo me reà incómodo Le dije que necesitaba clientes que pagaran¿ Y luego? Me preguntó Le hablé de comprar el local De trabajar sin estar pidiendo prestado Y de devolverle su dinero a mi mamá Ãl siguió esperando Terminé diciéndole lo que de verdad querÃa tener mucho dinero. QuerÃa que me respetaran y que dejaran de tratarme como al hombre que siempre estaba intentando algo.
2:54 El señor asintió. Eso ya se entiende mejor, me dijo. Y en ese momento, una voz de mujer salió del fondo del taller. PedÃa ayuda. Me levanté porque pensé que alguien habÃa entrado por la puerta de atrás. El hombre permaneció sentado. Fui hasta el clóset. Escuché otra voz, más baja, suplicando que no le quitaran algo. Después una tercera se metió entre las otras. VenÃan de adentro del mueble. Me asomé. Estaba vacÃo. Las voces continuaban, muy cerca de mi cara. Se encimaban, se apagaban y regresaban como conversaciones escuchadas desde el otro lado de una pared. Me fui hacia atrás y golpeé una tabla. El hombre me llamó desde el escritorio.
3:41 Quise salir a la calle. Al llegar a la puerta, escuché las voces debajo de la mesa donde cortábamos. Me quedé agarrado del marco. El señor seguÃa mirándome. Ven a sentarte, me pidió. Lo hice porque ya no sabÃa hacia dónde moverme. Le pregunté qué estaba pasando. Ãl juntó las manos sobre el escritorio. Las voces se fueron apagando hasta que solamente quedó el ruido de los coches afuera. Yo puedo hacer que te vaya bien, me dijo. Yo estaba sudando. Le pregunté cuánto iba a costarme. El hombre se inclinó hacia mÃ. Vas a hablar de lo que recibas. Vas a enseñarles a otros cómo vives. Y les vas a decir que te lo dio Dios. Me respondió. Sentà un alivio tan grande que todavÃa me da vergüenza recordarlo. Después de lo que acababa de escuchar, esperaba algo que pudiera reconocer como peligroso.
4:35 Aquello se parecÃa a una petición que podÃa cumplir. Le dije que mi mamá ya hacÃa eso cada vez que salÃa a un trabajo. El hombre sonrió.« Pero tú vas a saber a quién le están agradeciendo», me contestó. Ahà estaba el trato. Yo lo entendÃ. También entendà que habÃa algo muy malo en aquel hombre. Me estaba ofreciendo exactamente lo que acababa de pedir y querÃa recibir las gracias bajo otro nombre. Pude salir. Pude dejar el taller y buscar a mi esposa. En cambio, le pregunté cuándo empezábamos. Ãl me extendió la mano. La tomé. Desde el fondo del local se escuchó a muchas personas soltar el aire al mismo tiempo. Me quedé inmóvil, todavÃa agarrándolo. El señor retiró la mano y se levantó. Antes de salir, me pidió que cumpliera. A la mañana siguiente, recibà una llamada por un pedido grande. La persona que habló conocÃa mi trabajo porque yo habÃa cotizado meses antes. Me dieron un anticipo.
5:37 Durante las semanas siguientes comenzaron a salir otras cosas. Clientes que me debÃan pagaron. Aparecieron recomendaciones y conseguà un proveedor dispuesto a darme mejores condiciones. El dinero entró como entre en cualquier negocio. Con pedidos, facturas, llamadas y gente trabajando. Yo trabajé muchÃsimo. Eso fue lo que utilicé para tranquilizarme. Llegaba cansado. Miraba lo que estábamos entregando y me decÃa que me lo habÃa ganado. Le pagué a mi mamá. Ella me abrazó llorando. Me dijo que habÃa rezado mucho por mÃ. Yo escuché un murmullo detrás de ella. Estábamos solos en la cocina. Me separé del abrazo y fui a revisar el patio. El hombre empezó a aparecer de vez en cuando. Entraba al taller. Se sentaba y observaba mientras yo atendÃa. Nunca me pidió dinero. Si habÃa clientes, esperaba.
6:31 Si alguien hablaba de lo bien que me estaba yendo, levantaba la mirada hacia mÃ. Yo empecé a decir lo acordado. Lo decÃa al entregar un mueble, al pagar una deuda, al comprar una herramienta. Mi mamá contó mi historia en un grupo de oración. Me invitaron a dar mi testimonio y acepté. Recuerdo muy bien aquella primera vez. HabÃa unas 30 personas sentadas en sillas de plástico. Yo tenÃa un papel con lo que iba a decir, pero casi no lo usé. Hablé de las deudas, de mi familia y de cómo se habÃan abierto las puertas cuando ya no encontraba salida. La gente escuchaba con atención. Al terminar, una señora me tomó las manos y me pidió que rezara por su hijo. Yo miré hacia el fondo. El hombre estaba sentado junto a la pared. No lo habÃa visto llegar.
7:20 TenÃa los ojos cerrados y la cabeza ligeramente levantada. Empecé a hablar con la señora. Ella lloró. El hombre abrió los ojos. Desde aquella noche se volvió más fácil. Me invitaban a otros lugares. Algunas personas comenzaron a comprarme porque habÃan escuchado mi historia. DecÃan que preferÃan ayudar a alguien que daba buen ejemplo. Yo también ayudaba. Llevé muebles a una escuela. Pagué arreglos de una casa y compré despensas. Me gustaba que hablaran de eso. Sonia empezó a notar el cambio antes que yo quisiera aceptarlo. Me decÃa que llegaba a las reuniones hablando de humildad y regresaba enojado porque alguien no me habÃa presentado como yo esperaba. Yo le contestaba que estaba cansado. Cuando quiso saber quién era el hombre que se sentaba al fondo, le dije que era alguien que habÃa ayudado al negocio. Ella quiso saludarlo.
8:14 Ãl le tomó la mano durante unos segundos. Sonia la retiró y se quedó mirándolo. Esa noche, en la casa, me dijo que no querÃa que volviera a acercarse a nuestros hijos. Le pregunté por qué. Tardó en contestar. Porque, mientras me agarraba, estaba oyendo a alguien llorar. Me respondió Sonia. Yo fingà no entender. Le dije que habÃa mucha gente y ruido. Ella me miró, esperando que agregara algo más. Me levanté de la mesa. Pasaron años. El taller se convirtió en una empresa. Compré propiedades y empecé a recibir dinero de negocios donde ya casi no tenÃa que estar presente. La gente me buscaba para hablar de problemas que yo no sabÃa resolver. Deudas, enfermedades, hijos que se habÃan ido, matrimonios que estaban acabándose. Yo tenÃa una respuesta para cada uno porque habÃa aprendido a hablar bonito cuando todos estaban callados.
9:11 Un sacerdote me pidió que dejara de garantizar resultados. Me dijo que mi prosperidad no me daba derecho a prometer que la vida de los demás iba a cambiar como la mÃa. Me molesté. Después, organicé reuniones por mi cuenta. Alquilamos un salón. Conseguimos sonido y un grupo de personas empezó a ayudarme. Muchos lo hacÃan de corazón. Yo fui el que empezó a mezclar las cosas. Anuncié proyectos que todavÃa no estaban bien pensados. Pedà aportaciones. Movà dinero entre cuentas y terminé pagando gastos mÃos con fondos que habÃan entregado para ayudar a otras personas. Al principio me decÃa que lo repondrÃa. Después dejé de llevar una cuenta que pudiera mirar sin sentir vergüenza. El hombre seguÃa llegando. Siempre encontraba una silla. Una tarde... se acercó a mà mientras recogÃamos.
10:02 Me preguntó si estaba contento. Yo acababa de comprar otra propiedad y tenÃa un viaje preparado con mi familia. Le dije que sÃ. Ãl miró hacia donde unas personas se despedÃan abrazándose. TodavÃa quieren más. Me dijo... Doña Berta empezó a ir a las reuniones porque su esposo estaba enfermo. VendÃa comida por las mañanas y llegaba algunas veces con olor a leña en la ropa. Se sentaba cerca de la salida para poder regresar temprano. Una noche me esperó al terminar. Me explicó que tenÃa miedo, que el dinero ya no le alcanzaba y que su esposo estaba empeorando. Yo habÃa dado un discurso sobre confiar. TodavÃa tenÃa el micrófono en una mano cuando ella me preguntó si de verdad creÃa que él iba a salir adelante. Pude haberle dicho que no lo sabÃa. Va a salir doña Berta, yo se lo aseguro, le respondÃ. Ella se tapó la cara y lloró. Después me entregó una bolsa pequeña. Dentro habÃa dinero y un anillo. Dijo que querÃa apoyar lo que estábamos construyendo. Yo sabÃa cuánto le habÃa costado juntarlo.
11:11 Lo acepté. El hombre estaba detrás de ella. Me miraba por encima de su hombro. Esa noche, escuché a Doña Berta dentro de mi casa. Estaba pidiendo que su esposo amaneciera. La voz salÃa de un cuarto donde guardábamos cajas. AbrÃ. Las súplicas continuaron entre las cosas apiladas. PodÃa oÃrlas cambiar de lugar cuando me movÃa. Llamé al hombre. Yo no tenÃa su número. Me escuché llamándolo por el pasillo como si viviera ahÃ. Apareció en la sala. Estaba sentado. Le pregunté qué le estaba haciendo a la señora. Ãl se quedó observándome. Le dije que tenÃa que ayudarla.« Tú me pediste dinero», me respondió. Yo levanté la voz. Le expliqué que el esposo de ella estaba muy mal, que yo le habÃa prometido que iba a mejorar. El hombre inclinó la cabeza.« Eso se lo prometiste tú», me contestó. Me quedé parado frente a él. Las voces seguÃan en el cuarto.
12:11 Le pedà que se las llevara. Ãl sonrió. Tú me la trajiste, me dijo. Doña Berta enviudó poco después. Fui a verla. La encontré sentada junto a una mesa, rodeada de trastes que otras personas habÃan llevado con comida. Cuando me vio, se puso de pie. Yo esperaba un reclamo. Ella me abrazó y me agradeció haber rezado por ellos. Sentà que el estómago se me cerraba. Detrás de la puerta escuché una exhalación larga. El hombre estaba ahÃ, apoyado contra la pared, mirándonos. Me fui al baño de aquella casa y vomité. Durante los meses siguientes intenté dejar las reuniones.
12:52 Cancelaba una y después aceptaba otra. Me preocupaba perder clientes, recomendaciones y a las personas que seguÃan entregando dinero. También tenÃa miedo del hombre. Yo ya le habÃa dado un lugar en cada parte de mi vida. Si alguien me iba a hablar de un éxito mÃo, Ãl parecÃa saberlo antes. Lo vi en una comida familiar, sentado donde mi mamá acostumbraba a rezar antes de comer. Lo encontré en una oficina a la que yo acababa de llegar por primera vez. A veces me despertaban voces suplicando desde los muebles de mi propia recámara. Sonia empezó a dormir en otro cuarto. Una madrugada me encontró arrodillado frente a la puerta del clóset, tapándome los oÃdos. Yo estaba pidiendo que se callaran. Ella encendió la luz. Las voces siguieron unos segundos. Sonia se quedó inmóvil. Después me hizo levantar. Esa fue la noche en que se lo conté. Le hablé del taller, del trato y de lo que yo habÃa aceptado decir. También tuve que hablarle del dinero. Eso le dolió de una forma que yo nunca habÃa visto. Me preguntó cuánto de lo que habÃa en la casa venÃa de las aportaciones.
14:05 Yo empecé a explicar que las cuentas se habÃan mezclado. Ella me interrumpió. Dime cuánto, me pidió Sonia. No pude darle una cifra. Se fue con nuestros hijos unos dÃas después. Dejó varias cosas sobre la cama. Joyas, regalos y las llaves de un coche. Yo recorrà la casa tocando muebles que habÃa querido tener durante años. En cada cuarto escuchaba algo. Lloraban, agradecÃan, pedÃan otra oportunidad, reconocÃa voces de personas a las que habÃa abrazado delante de todos. El hombre llegó esa tarde, me preguntó dónde estaba mi familia, yo lo insulté, él esperó a que terminara, le dije que iba a contar todo, se puso de pie y caminó hasta quedar cerca de mÃ.
14:55 Nunca le habÃa mirado la boca tanto tiempo, Los labios estaban cerrados. De algún lugar dentro de su cuerpo salió la voz de mi mamá, pidiendo que me cuidaran. Después escuché a Doña Berta. Después a un muchacho que habÃa ido a suplicar por su hermano. Eran voces separadas, encimadas dentro de aquel cuerpo. El hombre respiraba despacio mientras yo intentaba alejarme de él sin caer. Me apoyé en la pared. Ãl se inclinó hacia mi cara. Y no vayas a decirles que yo te obligué, me dijo. Se fue. Me quedé sentado en el piso hasta que oscureció. La siguiente reunión ya estaba anunciada. HabÃa personas que venÃan desde lejos.
15:40 Se estaba juntando dinero para otro proyecto y mi nombre aparecÃa en los papeles. Avisé que iba a hablar. Llegué con una carpeta. El hombre estaba en su lugar de siempre. Lo vi desde la puerta. Por un momento pensé en volver a salir. TenÃa el coche afuera y todavÃa podÃa inventar una enfermedad, irme a un hotel, seguir aplazándolo. Doña Berta estaba acomodando sillas. Mi mamá habÃa llegado con una vecina. Fui hasta el frente. Hablarme costó más que cualquiera de los discursos anteriores. TenÃa la boca seca y me temblaban las hojas. Empecé diciendo que habÃa mentido. Algunas personas pensaron que formaba parte del testimonio. Se quedaron esperando que viniera la parte buena. Les expliqué que habÃa usado dinero de los proyectos para gastos personales y negocios. Les dije que habÃa prometido cosas que yo no podÃa garantizar. El salón empezó a llenarse de murmullos. Un hombre se levantó a reclamarme.
16:42 Yo seguÃa hablando porque sabÃa que si me detenÃa, podÃa volver a echarme para atrás. Miré al fondo. El señor estaba sonriendo. Eso me desesperó. Lo señalé. Dije que habÃa hecho un trato con él y que lo habÃa presentado como una bendición. Varias personas volquearon. Ãl permaneció sentado. La gente empezó a discutir. Unos querÃan escucharme y otros exigÃan que les devolviera lo suyo. Alguien intentó quitarme el micrófono. Mi mamá se habÃa quedado de pie junto a su silla. Levantó las manos y empezó a rezar por mÃ. La reconocà por la manera en que se apretaba los dedos. La habÃa visto hacerlo desde niño. Entonces escuché que le respondÃan.
17:27 Salió desde el fondo del salón. La voz dijo que ya me habÃa cuidado bastante. Mi mamá bajó las manos. El hombre estaba mirándola. Ella se llevó una mano al pecho. Yo solté el micrófono y fui hacia ella empujando sillas. El ruido se volvió insoportable. HabÃa gritos, preguntas y llanto. Entre todo eso, escuché la misma respiración de muchas personas que habÃa salido del taller cuando le di la mano. Mi mamá se apoyó en mÃ, la saqué al patio. Cuando volvà por la carpeta, el hombre ya se habÃa ido. Las consecuencias llegaron con nombres, cantidades y papeles. Hubo denuncias.
18:08 Personas a las que yo habÃa recibido con abrazos llegaron a buscarme con comprobantes guardados durante años. Vendà propiedades, vehÃculos y partes del negocio. Entregué lo que pude recuperar. También hubo cosas que ya estaban gastadas y pérdidas que nadie iba a reparar con dinero. Estuve preso. Ahà aprendà a contar lo que habÃa hecho sin empezar por la criatura. como si con eso pudiera ponerme a un lado de mis propias decisiones. Yo habÃa recibido el anillo de Doña Berta. Yo habÃa autorizado los movimientos. Yo habÃa subido a decir que sabÃa lo que Dios iba a hacer por los demás. Sonia siguió con su vida. Nuestros hijos tardaron mucho en querer hablar conmigo. Mi mamá alcanzó a decirme que lo que más le dolÃa era haberme creÃdo cuando yo ya sabÃa que estaba mintiendo. Ahora trabajo reparando muebles para otra persona.
19:04 Me pagan por lo que hago y alcanzo a cubrir mis gastos. Hay gente que todavÃa me reconoce. Algunos se apartan. Otros me preguntan si de verdad pasó todo aquello o si inventé al hombre para explicar el fraude. Yo les respondo lo que puedo. Sé que les debo más que una historia. Al señor no he vuelto a verlo. Eso no me ha quitado las voces del recuerdo. TodavÃa reconozco algunas peticiones cuando me despierto durante la noche. Durante años pensé que el precio del trato iba a llegar después, con una enfermedad, una muerte o algo que me quitaran. El precio estuvo entrando desde la primera reunión. Eran personas que se acercaban convencidas de que alguien bueno las estaba escuchando.
19:51 Yo las llevaba hasta él y les enseñaba a darle las gracias. Por eso te mando esto, Rede, porque hubo gente que me escuchó hablar durante horas y casi nadie alcanzó a oÃrme cuando por fin dije la verdad. Quiero que esta vez quede completa. Yo pedà riqueza, me la dieron, y todavÃa, cuando intento rezar, tengo que abrir los ojos para dejar de verle la cara.
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