Vino A Cobrar Su Ofrenda: Terror En Día De Muertos - Historias De Terror - REDE
0:05 TenÃa 12 años cuando ocurrió aquello. Fue en un dÃa de muertos que cayó en jueves en el mismo pueblo donde crecÃ, un lugar rodeado de cerros y caminos de tierra. Las casas eran pocas, la mayorÃa hechas de adobe, y el panteón quedaba en lo alto, visible desde cualquier punto. Desde temprano las campanas no dejaron de sonar y el aire tenÃa un olor raro, difÃcil de describir. Mi madre se levantó antes del amanecer para preparar la ofrenda más grande que habÃamos tenido en casa. Puso una mesa junto a la pared, colocó el mantel blanco, las fotos de los difuntos y las velas nuevas que habÃa comprado en el mercado.
0:47 mi abuela la miraba en silencio y cada tanto decÃa que ese año no debimos hacer ofrenda llevaba dÃas repitiendo que las noches se habÃan vuelto inquietas que los animales hacÃan mucho ruido y que a veces se escuchaban risas de brujas por el camino del arroyo Nadie querÃa hablar de eso, pero se notaba que algo andaba raro. Mi padre, aunque no creÃa en nada, dijo que después de las nueve nadie debÃa salir. Contó que un vecino vio a una mujer descalza caminando por el camino viejo, con el vestido lleno de tierra y el cabello pegado al rostro. DecÃan que era una bruja que habÃa muerto hace tiempo y que regresaba cada año para buscar ofrendas descuidadas. Cuando cayó la noche, la casa quedó alumbrada por las velas del altar. En la cocina se oÃa el murmullo de los adultos y el ruido de la leña en el fogón.
1:44 Yo estaba sentado frente a la ofrenda viendo las fotos, cuando noté un resplandor afuera. Era una luz amarillenta detrás del corral, como si alguien hubiera encendido una fogata pequeña. Me quedé quieto, esperando que se apagara, pero la luz comenzó a moverse. Pensé que eran los vecinos hasta que vi que avanzaba hacia los árboles. Salà al patio con la linterna, aunque apenas alumbraba. El aire estaba frÃo y todo se sentÃa demasiado callado. La tierra tenÃa marcas de pisadas, como si alguien hubiera pasado corriendo. Escuché un ruido en el corral, algo que se movÃa con fuerza, y cuando me acerqué, el burro estaba tirado, con sangre en el cuello.
2:29 Me quedé paralizado, grité por mi madre y mi padre, pero para cuando regresamos ya no habÃa luz ni movimiento. solo el animal echado y las gallinas acorraladas en una esquina frente a la puerta del corral la tierra tenÃa varias marcas redondas oscuras como si hubieran puesto algo caliente sobre el suelo mi abuela las vio y se persignó Dijo que eran huellas de bruja y que esas cosas no se aparecÃan sin motivo. Mi madre quiso ignorarla, pero tenÃa el rostro pálido. El resto de la noche fue larga. Nadie habló y solo se escuchaba el golpeteo del viento en las láminas. Cuando me fui a acostar, todavÃa sentÃa la imagen de la luz moviéndose entre los árboles. Cerré los ojos, pero no pude dormir. Escuché pasos sobre el techo, lentos, pesados, y un zumbido constante que venÃa de arriba. Me tapé con la cobija y recé. Después de un rato, los pasos se detuvieron, pero el zumbido siguió, más suave. como si algo se arrastrara. Antes del amanecer, el burro volvió a moverse y dio un rebuzno débil. Luego se oyó un golpe seco y el corral quedó en silencio. Cuando salió el sol, mi padre lo encontró muerto. Junto a la puerta habÃa una cruz de ceniza marcada en el suelo.
3:51 Nadie entendÃa de dónde habÃa salido. Mi abuela la borró con un trapo mojado y y dijo que si esa señal aparecÃa otra vez era porque alguien dentro de la casa estaba marcado. Esa mañana todo parecÃa fuera de lugar. Las velas del altar tenÃan la cera corrida, las flores estaban marchitas y el pan se veÃa reseco, como si hubiera pasado mucho tiempo desde que lo pusimos. Nadie quiso decir nada. Mi madre siguió limpiando en silencio y mi padre se fue al campo como siempre, aunque se notaba inquieto. Yo no podÃa dejar de pensar en las marcas y en la luz que se movÃa sola. Por la tarde, cuando el sol empezó a esconderse, volvió ese olor raro.
4:36 No era humo ni a comida, era algo más pesado. Me quedé quieto en el patio mirando hacia los árboles, y por un momento me pareció ver un bulto oscuro moverse entre los matorrales. No supe si era un animal o una persona, pero se quedó parado mirando hacia la casa, pero cuando parpadeé ya no estaba. Esa noche la ofrenda ardÃa con más fuerza, las velas se movÃan aunque no entrara aire. Mi abuela dijo que eso significaba que alguien estaba cerca. Mi madre me mandó a dormir temprano, pero yo no pude cerrar los ojos. Cada crujido, cada ruido afuera me hacÃa pensar que la mujer del camino viejo se habÃa acercado más. Y cuando las campanas del panteón sonaron a lo lejos, supe que algo iba a pasar.
5:24 Los dÃas siguientes se volvieron pesados. No era solo el aire ni el clima, sino algo en el ambiente. que hacÃa que uno no quisiera salir al patio ni quedarse solo. En el pueblo empezaron a decir que varios animales habÃan aparecido muertos sin explicación. Algunos aseguraban que era castigo por dejar ofrendas sin rezar o por burlarse de los difuntos. Las campanas del panteón sonaban más seguido y los vecinos empezaron a dormir con las luces encendidas. En mi casa todo se sentÃa distinto. Las velas del altar se consumÃan más rápido de lo normal y las flores se marchitaban en un solo dÃa. Mi abuela decÃa que eso era señal de que alguien se estaba alimentando de la ofrenda.
6:11 Ella insistÃa en que debÃamos barrer la mesa con ramas de pirul. Pero mi madre se negó. DecÃa que eran cosas de antes, que con rezar bastaba. Mi padre, como siempre, no opinaba. Iba al campo y regresaba tarde, cansado, sin querer hablar del tema. La noche en que todo empeoró fue un domingo. Yo me desperté de golpe porque sentà que algo habÃa caÃdo dentro de la casa. No fue un ruido cualquiera, sonó como si un costal lleno se hubiera desplomado sobre el piso. Escuché que mi padre se levantaba de la cama y agarraba el machete que colgaba en la pared. Me escondà detrás de él mientras caminábamos hacia la sala. La luz del altar apenas alcanzaba a iluminar la esquina, y fue ahà donde la vi. HabÃa una figura agachada junto a la mesa de la ofrenda.
7:04 No parecÃa una persona normal. Se movÃa lento, respirando con fuerza como si le costara mantenerse en pie. mi padre alzó el machete pero no alcanzó a acercarse la figura se enderezó de golpe tenÃa la cabeza cubierta con un trapo sucio y el cuerpo tan delgado que se le marcaban los huesos el color de su piel era oscuro como si estuviera atisnada dio un paso hacia atrás luego otro y de pronto se movió tan rápido que cruzó la puerta y desapareció en la oscuridad El olor que dejó fue el mismo que habÃa sentido la noche del corral, un olor raro, penetrante, que no se iba ni abriendo las ventanas. Mi madre encendió la lámpara y se llevó las manos a la boca. Las velas del altar estaban apagadas, el pan partido por la mitad y las fotos de los difuntos volteadas. La abuela entró rezando y dijo que a las brujas no se les debe seguir, porque se llevan lo que uno más quiere. Mi padre todavÃa alcanzó a salir al patio, pero ya no habÃa nada, ni pisadas, ni movimiento, solo el viento corriendo entre los árboles. Desde esa madrugada empecé a sentirme mal. No tenÃa hambre, y aunque mi cuerpo estaba frÃo, sudaba como si tuviera fiebre.
8:25 Mi madre decÃa que era el susto, pero yo sabÃa que no era eso. Por las noches soñaba con una mujer parada junto a mi cama. No se le veÃa el rostro, solo el cabello largo cayéndole hacia adelante. En el sueño me decÃa que le diera una vela de la ofrenda. Cuando despertaba, la vela más alta del altar estaba consumida hasta la mitad, aunque nadie la habÃa encendido. Mi madre se asustó y fue hasta el pueblo vecino para ver a una curandera. La mujer la hizo esperar afuera mientras preparaba algo. Le dijo que alguien habÃa cambiado las ofrendas, que el alma de un muerto ajeno estaba reclamando lo que no era suyo. le dio una cubeta con agua bendita y un ramo de albahaca y le ordenó que al anochecer rociara el agua alrededor de la casa sin hablar con nadie sin voltear a ver si algo se movÃa esa tarde el cielo se puso gris no habÃa viento ni ruido como si todo el campo se hubiera detenido cuando empezó a oscurecer mi madre salió con la cubeta y fue echando el agua alrededor de la casa con cada paso que daba se escuchaba el crujir de las piedras desde mi cuarto la vi pasar por la ventana y justo cuando llegó a la parte del corral el aire cambió los perros empezaron a ladrar al mismo tiempo y del cerro se oyó un chillido agudo como de alguien gritando mi abuela se metió al cuarto y me dijo que no me moviera me tapó
9:56 con una cobija y empezó a rezar en voz baja afuera se oÃa el viento golpeando las láminas y las velas parpadeaban en ese momento desde mi cama vi una sombra pasar por el pasillo Era baja y caminaba encorvada. Se detuvo frente al altar y se agachó. Sopló las velas una por una hasta dejar la casa a oscuras. El silencio duró unos segundos hasta que escuché cómo arrastraban algo por el suelo, como si movieran una silla o una caja. Después todo se calmó. Mi madre volvió con el rostro blanco, empapada hasta los hombros. Dijo que el agua se le habÃa acabado antes de terminar la vuelta, y que al final del patio habÃa sentido como si alguien le respirara cerca del cuello. Esa noche, mi padre se quedó sentado con el machete sobre las piernas, mirando hacia la puerta. Yo tenÃa la sensación de que la sombra seguÃa ahÃ, dentro de la casa, esperando que nos quedáramos dormidos. Cuando por fin amaneció, las flores del altar estaban negras por las orillas y el agua del vaso tenÃa una capa delgada, como si alguien la hubiera soplado.
11:09 Durante el dÃa tratamos de seguir la rutina. Mi madre barrió el piso y volvió a encender las velas, pero ninguna prendÃa bien. La abuela insistió en que esa sombra no se habÃa ido, que las brujas siempre regresan por lo que dejaron incompleto. Yo seguÃa sintiéndome débil, sin apetito, con los labios secos. Cada vez que cerraba los ojos la veÃa parada junto a mi cama, sin cara, esperando que le entregara la vela. Esa fue la noche en que supe que lo que habÃa entrado en nuestra casa no era un animal ni un ladrón. Era algo que sabÃa exactamente lo que querÃa y aún no lo habÃa conseguido.
11:50 El amanecer de aquel dÃa fue diferente. El aire estaba más frÃo que nunca y el cielo tenÃa un color gris opaco, como si el sol no quisiera salir. Cuando mi padre abrió la puerta del patio, se quedó mirando hacia el árbol grande que estaba junto al corral. Las hojas estaban quemadas por la mitad, negras, y el suelo parecÃa removido, como si alguien hubiera escarbado durante la noche. Nos acercamos despacio. AhÃ, entre la tierra húmeda, encontramos pedazos de algo que parecÃa tela vieja, con mechones de cabello pegados, huesos pequeños y un olor raro muy pesado. Mi padre no dijo nada, solo fue por una pala y una cubeta con cal, y lo enterró detrás del corral, y le echó la cal encima. La abuela rezaba en voz baja mientras mi madre lo miraba desde la puerta con los brazos cruzados. Yo me quedé observando como si algo debajo se estuviera moviendo. SentÃa que lo que fuera que habÃa entrado en la casa seguÃa ahÃ, escondido y esperando.
12:55 Durante el dÃa no se escuchó ni un solo ruido, ni los pájaros ni los perros del vecino. El silencio se sentÃa pesado, como si el aire no fluyera. Mi madre trató de seguir la rutina, barrió la sala y cambió las flores del altar, pero las velas no prendÃan bien, se apagaban solas a los pocos minutos. Yo me sentÃa débil, sin fiebre, pero sin fuerza. Mi abuela decÃa que eso era lo que quedaba después de un encuentro, que el cuerpo tardaba en volver a su lugar. Por la tarde, cuando el sol empezó a bajar detrás de los cerros, el viento se levantó. Entraba por las rendijas de las ventanas y movÃa las cortinas. Escuché murmullos afuera como si alguien hablara abajo, del otro lado del corral. Pensé que eran los vecinos, asà que me levanté para mirar. Al asomarme, la vi. Era la misma mujer parada frente al sitio donde habÃamos enterrado la tela. TenÃa el vestido oscuro y el cabello largo cayéndole sobre los hombros. No se movÃa, solo miraba hacia la casa. No alcancé a verle el rostro, pero su postura era rÃgida, como si esperara que alguien saliera.
14:08 Le grité a mi padre, pero cuando salió ya no habÃa nadie. Caminó hasta el corral alumbrando con la linterna y dijo que no habÃa pisadas, solo el polvo levantado. La abuela aseguró que eso no era un cuerpo, que lo que habÃamos visto era la sombra que venÃa a reclamar lo suyo. Dijo que no debimos enterrarlo, que debimos quemarlo y rezar tres dÃas seguidos. Mi madre empezó a llorar en silencio, limpiando con un trapo el altar una y otra vez sin levantar la vista. Esa noche, por primera vez en dÃas, pude dormir. No tuve fiebre ni pesadillas. El aire se sintió limpio, aunque todavÃa se percibÃa un olor raro, como si algo se hubiera quedado impregnado en las paredes. mi padre no durmió se quedó sentado en una silla junto a la puerta con el machete apoyado en las piernas esperando escuchar algo cuando amaneció estaba dormido con la cabeza recargada y la vela del altar consumida hasta la base al levantar la ofrenda mi madre encontró que el pan que habÃa sobrado tenÃa marcas de uñas y las flores estaban marchitas dobladas hacia abajo como si las hubieran tocado con algo calientes la abuela no se sorprendió y dijo que esa mujer no habÃa terminado que volverÃa cada año a recoger lo que le pertenecÃa yo la escuchaba sin decir nada para ese tiempo sabÃa que tenÃa razón Desde esa noche, cada dÃa de muertos, el
15:42 ambiente de la casa se volvÃa igual de denso y las velas parpadeaban aunque no hubiera aire. Pasaron los años y nos mudamos del pueblo. Mi padre murió con el tiempo y mi madre siempre evitó hablar de lo ocurrido. Pero yo nunca lo olvidé. Cada vez que se acercan esas fechas, siento el mismo frÃo en los brazos y el mismo olor de aquella noche. En mi casa actual siempre preparo una ofrenda, sencilla, sin adornos, y dejo una vela aparte, lejos de las fotos, solo para ella. No sé si sigue viniendo. Nunca la volvà a ver parada en el patio. pero cada año a la misma hora la flama de esa vela se mueve sola a veces se apaga y vuelve a encenderse pero ya no me asusto pues es como si ya nos conociéramos la abuela decÃa que hay visitas que no se van nunca solo aprenden a llegar sin que uno las vea, cuando hablo de eso la gente piensa que exagero, dicen que eran historias de mi abuela, que fue coincidencia, pero yo vi lo que enterramos, vi los mechones de cabello pegados a esa tela y vi a la mujer parada sobre ese lugar, eso no lo soñé, desde entonces sé que las brujas no siempre vienen a hacer daño. A veces solo buscan recuperar lo que alguien les quitó. Aquel dÃa de muertos cambió todo. Entendà que no hay rezo ni altar que
17:14 impida que ciertas cosas crucen de un lado al otro cuando llega la fecha. No sé si lo que entró en nuestra casa fue una bruja, un alma o algo que no tiene nombre. Sólo sé que aquella noche dejó una parte suya con nosotros, y que el frÃo del amanecer siguiente no se me ha ido nunca. Cada año, cuando enciendo la vela, el aire de la casa vuelve a sentirse igual que entonces, pesado, húmedo y con ese olor que no se olvida. No necesito mirar hacia el patio para saber que está ahÃ. A veces, justo antes de dormirme, me parece escuchar un murmullo leve, como si alguien estuviera rezando. Y es entonces cuando recuerdo las palabras de mi abuela. Hay almas que no se van al panteón.
18:02 No lo cuento para que me crean, sé que suena algo surrealista. El pensar que el alma de una bruja venga a mi casa. Pero asà lo vivÃ, y eso fue lo que pasó ese dÃa. A veces siento que ella se llevó a mi padre, pues desde el dÃa de la brujerÃa no volvió a ser el mismo. Pero eso ya no viene al caso. Hay que tener cuidado con nuestras ofrendas y a quien le rezamos, porque no sabemos cuando un alma en pena, una bruja o algún otro ser de bajo astral pueda estar vagando en busca de un alma para llevarse.
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