Nov. 1, 2025

Vino A Cobrar Su Ofrenda: Terror En Día De Muertos - Historias De Terror - REDE

Vino A Cobrar Su Ofrenda: Terror En Día De Muertos - Historias De Terror - REDE
Vino A Cobrar Su Ofrenda: Terror En Día De Muertos - Historias De Terror - REDE
REDE (Relatos Desclasificados)
Vino A Cobrar Su Ofrenda: Terror En Día De Muertos - Historias De Terror - REDE
Canal Voces De La Noche: https://bit.ly/3MRYH2Q

0:05 Tenía 12 años cuando ocurrió aquello. Fue en un día de muertos que cayó en jueves en el mismo pueblo donde crecí, un lugar rodeado de cerros y caminos de tierra. Las casas eran pocas, la mayoría hechas de adobe, y el panteón quedaba en lo alto, visible desde cualquier punto. Desde temprano las campanas no dejaron de sonar y el aire tenía un olor raro, difícil de describir. Mi madre se levantó antes del amanecer para preparar la ofrenda más grande que habíamos tenido en casa. Puso una mesa junto a la pared, colocó el mantel blanco, las fotos de los difuntos y las velas nuevas que había comprado en el mercado.

0:47 mi abuela la miraba en silencio y cada tanto decía que ese año no debimos hacer ofrenda llevaba días repitiendo que las noches se habían vuelto inquietas que los animales hacían mucho ruido y que a veces se escuchaban risas de brujas por el camino del arroyo Nadie quería hablar de eso, pero se notaba que algo andaba raro. Mi padre, aunque no creía en nada, dijo que después de las nueve nadie debía salir. Contó que un vecino vio a una mujer descalza caminando por el camino viejo, con el vestido lleno de tierra y el cabello pegado al rostro. Decían que era una bruja que había muerto hace tiempo y que regresaba cada año para buscar ofrendas descuidadas. Cuando cayó la noche, la casa quedó alumbrada por las velas del altar. En la cocina se oía el murmullo de los adultos y el ruido de la leña en el fogón.

1:44 Yo estaba sentado frente a la ofrenda viendo las fotos, cuando noté un resplandor afuera. Era una luz amarillenta detrás del corral, como si alguien hubiera encendido una fogata pequeña. Me quedé quieto, esperando que se apagara, pero la luz comenzó a moverse. Pensé que eran los vecinos hasta que vi que avanzaba hacia los árboles. Salí al patio con la linterna, aunque apenas alumbraba. El aire estaba frío y todo se sentía demasiado callado. La tierra tenía marcas de pisadas, como si alguien hubiera pasado corriendo. Escuché un ruido en el corral, algo que se movía con fuerza, y cuando me acerqué, el burro estaba tirado, con sangre en el cuello.

2:29 Me quedé paralizado, grité por mi madre y mi padre, pero para cuando regresamos ya no había luz ni movimiento. solo el animal echado y las gallinas acorraladas en una esquina frente a la puerta del corral la tierra tenía varias marcas redondas oscuras como si hubieran puesto algo caliente sobre el suelo mi abuela las vio y se persignó Dijo que eran huellas de bruja y que esas cosas no se aparecían sin motivo. Mi madre quiso ignorarla, pero tenía el rostro pálido. El resto de la noche fue larga. Nadie habló y solo se escuchaba el golpeteo del viento en las láminas. Cuando me fui a acostar, todavía sentía la imagen de la luz moviéndose entre los árboles. Cerré los ojos, pero no pude dormir. Escuché pasos sobre el techo, lentos, pesados, y un zumbido constante que venía de arriba. Me tapé con la cobija y recé. Después de un rato, los pasos se detuvieron, pero el zumbido siguió, más suave. como si algo se arrastrara. Antes del amanecer, el burro volvió a moverse y dio un rebuzno débil. Luego se oyó un golpe seco y el corral quedó en silencio. Cuando salió el sol, mi padre lo encontró muerto. Junto a la puerta había una cruz de ceniza marcada en el suelo.

3:51 Nadie entendía de dónde había salido. Mi abuela la borró con un trapo mojado y y dijo que si esa señal aparecía otra vez era porque alguien dentro de la casa estaba marcado. Esa mañana todo parecía fuera de lugar. Las velas del altar tenían la cera corrida, las flores estaban marchitas y el pan se veía reseco, como si hubiera pasado mucho tiempo desde que lo pusimos. Nadie quiso decir nada. Mi madre siguió limpiando en silencio y mi padre se fue al campo como siempre, aunque se notaba inquieto. Yo no podía dejar de pensar en las marcas y en la luz que se movía sola. Por la tarde, cuando el sol empezó a esconderse, volvió ese olor raro.

4:36 No era humo ni a comida, era algo más pesado. Me quedé quieto en el patio mirando hacia los árboles, y por un momento me pareció ver un bulto oscuro moverse entre los matorrales. No supe si era un animal o una persona, pero se quedó parado mirando hacia la casa, pero cuando parpadeé ya no estaba. Esa noche la ofrenda ardía con más fuerza, las velas se movían aunque no entrara aire. Mi abuela dijo que eso significaba que alguien estaba cerca. Mi madre me mandó a dormir temprano, pero yo no pude cerrar los ojos. Cada crujido, cada ruido afuera me hacía pensar que la mujer del camino viejo se había acercado más. Y cuando las campanas del panteón sonaron a lo lejos, supe que algo iba a pasar.

5:24 Los días siguientes se volvieron pesados. No era solo el aire ni el clima, sino algo en el ambiente. que hacía que uno no quisiera salir al patio ni quedarse solo. En el pueblo empezaron a decir que varios animales habían aparecido muertos sin explicación. Algunos aseguraban que era castigo por dejar ofrendas sin rezar o por burlarse de los difuntos. Las campanas del panteón sonaban más seguido y los vecinos empezaron a dormir con las luces encendidas. En mi casa todo se sentía distinto. Las velas del altar se consumían más rápido de lo normal y las flores se marchitaban en un solo día. Mi abuela decía que eso era señal de que alguien se estaba alimentando de la ofrenda.

6:11 Ella insistía en que debíamos barrer la mesa con ramas de pirul. Pero mi madre se negó. Decía que eran cosas de antes, que con rezar bastaba. Mi padre, como siempre, no opinaba. Iba al campo y regresaba tarde, cansado, sin querer hablar del tema. La noche en que todo empeoró fue un domingo. Yo me desperté de golpe porque sentí que algo había caído dentro de la casa. No fue un ruido cualquiera, sonó como si un costal lleno se hubiera desplomado sobre el piso. Escuché que mi padre se levantaba de la cama y agarraba el machete que colgaba en la pared. Me escondí detrás de él mientras caminábamos hacia la sala. La luz del altar apenas alcanzaba a iluminar la esquina, y fue ahí donde la vi. Había una figura agachada junto a la mesa de la ofrenda.

7:04 No parecía una persona normal. Se movía lento, respirando con fuerza como si le costara mantenerse en pie. mi padre alzó el machete pero no alcanzó a acercarse la figura se enderezó de golpe tenía la cabeza cubierta con un trapo sucio y el cuerpo tan delgado que se le marcaban los huesos el color de su piel era oscuro como si estuviera atisnada dio un paso hacia atrás luego otro y de pronto se movió tan rápido que cruzó la puerta y desapareció en la oscuridad El olor que dejó fue el mismo que había sentido la noche del corral, un olor raro, penetrante, que no se iba ni abriendo las ventanas. Mi madre encendió la lámpara y se llevó las manos a la boca. Las velas del altar estaban apagadas, el pan partido por la mitad y las fotos de los difuntos volteadas. La abuela entró rezando y dijo que a las brujas no se les debe seguir, porque se llevan lo que uno más quiere. Mi padre todavía alcanzó a salir al patio, pero ya no había nada, ni pisadas, ni movimiento, solo el viento corriendo entre los árboles. Desde esa madrugada empecé a sentirme mal. No tenía hambre, y aunque mi cuerpo estaba frío, sudaba como si tuviera fiebre.

8:25 Mi madre decía que era el susto, pero yo sabía que no era eso. Por las noches soñaba con una mujer parada junto a mi cama. No se le veía el rostro, solo el cabello largo cayéndole hacia adelante. En el sueño me decía que le diera una vela de la ofrenda. Cuando despertaba, la vela más alta del altar estaba consumida hasta la mitad, aunque nadie la había encendido. Mi madre se asustó y fue hasta el pueblo vecino para ver a una curandera. La mujer la hizo esperar afuera mientras preparaba algo. Le dijo que alguien había cambiado las ofrendas, que el alma de un muerto ajeno estaba reclamando lo que no era suyo. le dio una cubeta con agua bendita y un ramo de albahaca y le ordenó que al anochecer rociara el agua alrededor de la casa sin hablar con nadie sin voltear a ver si algo se movía esa tarde el cielo se puso gris no había viento ni ruido como si todo el campo se hubiera detenido cuando empezó a oscurecer mi madre salió con la cubeta y fue echando el agua alrededor de la casa con cada paso que daba se escuchaba el crujir de las piedras desde mi cuarto la vi pasar por la ventana y justo cuando llegó a la parte del corral el aire cambió los perros empezaron a ladrar al mismo tiempo y del cerro se oyó un chillido agudo como de alguien gritando mi abuela se metió al cuarto y me dijo que no me moviera me tapó

9:56 con una cobija y empezó a rezar en voz baja afuera se oía el viento golpeando las láminas y las velas parpadeaban en ese momento desde mi cama vi una sombra pasar por el pasillo Era baja y caminaba encorvada. Se detuvo frente al altar y se agachó. Sopló las velas una por una hasta dejar la casa a oscuras. El silencio duró unos segundos hasta que escuché cómo arrastraban algo por el suelo, como si movieran una silla o una caja. Después todo se calmó. Mi madre volvió con el rostro blanco, empapada hasta los hombros. Dijo que el agua se le había acabado antes de terminar la vuelta, y que al final del patio había sentido como si alguien le respirara cerca del cuello. Esa noche, mi padre se quedó sentado con el machete sobre las piernas, mirando hacia la puerta. Yo tenía la sensación de que la sombra seguía ahí, dentro de la casa, esperando que nos quedáramos dormidos. Cuando por fin amaneció, las flores del altar estaban negras por las orillas y el agua del vaso tenía una capa delgada, como si alguien la hubiera soplado.

11:09 Durante el día tratamos de seguir la rutina. Mi madre barrió el piso y volvió a encender las velas, pero ninguna prendía bien. La abuela insistió en que esa sombra no se había ido, que las brujas siempre regresan por lo que dejaron incompleto. Yo seguía sintiéndome débil, sin apetito, con los labios secos. Cada vez que cerraba los ojos la veía parada junto a mi cama, sin cara, esperando que le entregara la vela. Esa fue la noche en que supe que lo que había entrado en nuestra casa no era un animal ni un ladrón. Era algo que sabía exactamente lo que quería y aún no lo había conseguido.

11:50 El amanecer de aquel día fue diferente. El aire estaba más frío que nunca y el cielo tenía un color gris opaco, como si el sol no quisiera salir. Cuando mi padre abrió la puerta del patio, se quedó mirando hacia el árbol grande que estaba junto al corral. Las hojas estaban quemadas por la mitad, negras, y el suelo parecía removido, como si alguien hubiera escarbado durante la noche. Nos acercamos despacio. Ahí, entre la tierra húmeda, encontramos pedazos de algo que parecía tela vieja, con mechones de cabello pegados, huesos pequeños y un olor raro muy pesado. Mi padre no dijo nada, solo fue por una pala y una cubeta con cal, y lo enterró detrás del corral, y le echó la cal encima. La abuela rezaba en voz baja mientras mi madre lo miraba desde la puerta con los brazos cruzados. Yo me quedé observando como si algo debajo se estuviera moviendo. Sentía que lo que fuera que había entrado en la casa seguía ahí, escondido y esperando.

12:55 Durante el día no se escuchó ni un solo ruido, ni los pájaros ni los perros del vecino. El silencio se sentía pesado, como si el aire no fluyera. Mi madre trató de seguir la rutina, barrió la sala y cambió las flores del altar, pero las velas no prendían bien, se apagaban solas a los pocos minutos. Yo me sentía débil, sin fiebre, pero sin fuerza. Mi abuela decía que eso era lo que quedaba después de un encuentro, que el cuerpo tardaba en volver a su lugar. Por la tarde, cuando el sol empezó a bajar detrás de los cerros, el viento se levantó. Entraba por las rendijas de las ventanas y movía las cortinas. Escuché murmullos afuera como si alguien hablara abajo, del otro lado del corral. Pensé que eran los vecinos, así que me levanté para mirar. Al asomarme, la vi. Era la misma mujer parada frente al sitio donde habíamos enterrado la tela. Tenía el vestido oscuro y el cabello largo cayéndole sobre los hombros. No se movía, solo miraba hacia la casa. No alcancé a verle el rostro, pero su postura era rígida, como si esperara que alguien saliera.

14:08 Le grité a mi padre, pero cuando salió ya no había nadie. Caminó hasta el corral alumbrando con la linterna y dijo que no había pisadas, solo el polvo levantado. La abuela aseguró que eso no era un cuerpo, que lo que habíamos visto era la sombra que venía a reclamar lo suyo. Dijo que no debimos enterrarlo, que debimos quemarlo y rezar tres días seguidos. Mi madre empezó a llorar en silencio, limpiando con un trapo el altar una y otra vez sin levantar la vista. Esa noche, por primera vez en días, pude dormir. No tuve fiebre ni pesadillas. El aire se sintió limpio, aunque todavía se percibía un olor raro, como si algo se hubiera quedado impregnado en las paredes. mi padre no durmió se quedó sentado en una silla junto a la puerta con el machete apoyado en las piernas esperando escuchar algo cuando amaneció estaba dormido con la cabeza recargada y la vela del altar consumida hasta la base al levantar la ofrenda mi madre encontró que el pan que había sobrado tenía marcas de uñas y las flores estaban marchitas dobladas hacia abajo como si las hubieran tocado con algo calientes la abuela no se sorprendió y dijo que esa mujer no había terminado que volvería cada año a recoger lo que le pertenecía yo la escuchaba sin decir nada para ese tiempo sabía que tenía razón Desde esa noche, cada día de muertos, el

15:42 ambiente de la casa se volvía igual de denso y las velas parpadeaban aunque no hubiera aire. Pasaron los años y nos mudamos del pueblo. Mi padre murió con el tiempo y mi madre siempre evitó hablar de lo ocurrido. Pero yo nunca lo olvidé. Cada vez que se acercan esas fechas, siento el mismo frío en los brazos y el mismo olor de aquella noche. En mi casa actual siempre preparo una ofrenda, sencilla, sin adornos, y dejo una vela aparte, lejos de las fotos, solo para ella. No sé si sigue viniendo. Nunca la volví a ver parada en el patio. pero cada año a la misma hora la flama de esa vela se mueve sola a veces se apaga y vuelve a encenderse pero ya no me asusto pues es como si ya nos conociéramos la abuela decía que hay visitas que no se van nunca solo aprenden a llegar sin que uno las vea, cuando hablo de eso la gente piensa que exagero, dicen que eran historias de mi abuela, que fue coincidencia, pero yo vi lo que enterramos, vi los mechones de cabello pegados a esa tela y vi a la mujer parada sobre ese lugar, eso no lo soñé, desde entonces sé que las brujas no siempre vienen a hacer daño. A veces solo buscan recuperar lo que alguien les quitó. Aquel día de muertos cambió todo. Entendí que no hay rezo ni altar que

17:14 impida que ciertas cosas crucen de un lado al otro cuando llega la fecha. No sé si lo que entró en nuestra casa fue una bruja, un alma o algo que no tiene nombre. Sólo sé que aquella noche dejó una parte suya con nosotros, y que el frío del amanecer siguiente no se me ha ido nunca. Cada año, cuando enciendo la vela, el aire de la casa vuelve a sentirse igual que entonces, pesado, húmedo y con ese olor que no se olvida. No necesito mirar hacia el patio para saber que está ahí. A veces, justo antes de dormirme, me parece escuchar un murmullo leve, como si alguien estuviera rezando. Y es entonces cuando recuerdo las palabras de mi abuela. Hay almas que no se van al panteón.

18:02 No lo cuento para que me crean, sé que suena algo surrealista. El pensar que el alma de una bruja venga a mi casa. Pero así lo viví, y eso fue lo que pasó ese día. A veces siento que ella se llevó a mi padre, pues desde el día de la brujería no volvió a ser el mismo. Pero eso ya no viene al caso. Hay que tener cuidado con nuestras ofrendas y a quien le rezamos, porque no sabemos cuando un alma en pena, una bruja o algún otro ser de bajo astral pueda estar vagando en busca de un alma para llevarse.