Una BRUJA Que Se Comía La Vida De Los Soldados - Historias De Terror - REDE
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0:05 Me llamó Javier y hace un tiempo me pasó algo, cuando era soldado en un cuartel de provincia. No lo cuento para entretener a nadie, lo cuento porque casi me cuesta la vida, y porque si no lo hubiera vivido en carne propia serÃa de los que se burlan de estas cosas. En ese entonces yo tendrÃa unos 22 años y estaba destinado en un pueblo chico, de esos donde el cuartel es casi lo único que se ve en forma de autoridad. y donde el movimiento baja en cuanto se mete el sol. Nuestro cuartel estaba en la orilla del pueblo, cerca de una carretera angosta, que en la noche se quedaba casi sola. Adentro todo era rutina, formaciones, guardias, limpieza, rondines y entrenamiento, y otra vez lo mismo al dÃa siguiente.
0:56 Nos dejaban salir un rato cuando se podÃa, pero siempre era al mismo lugar. Afuera, frente al portón principal, estaba una tienda con techo de lámina, donde vendÃan refrescos, cigarros, galletas y comida sencilla. Un poco más adelante, hacia la derecha, quedaba una cantina pequeña con mesas de plástico y música. Eso era todo. Las mismas calles, las mismas paredes descarapeladas y el mismo polvo en el aire. Yo estaba lejos de mi familia y ganaba poco. Mi dÃa se resumÃa en obedecer órdenes, aguantar calor y tratar de no pensar mucho. Aún asÃ, con el paso de las semanas, me acomodé a esa vida porque no habÃa de otra. Los ratos de salida eran la única parte del dÃa que sentÃa más ligera. SalÃamos de dos o tres, comprábamos alguna cosa en la tienda, nos sentábamos un momento en la banqueta y luego regresábamos. Mis compañeros más cercanos eran RamÃrez, que siempre andaba de bromista, Ortega, que era más serio y venÃa de rancho, y el Güero, que en realidad no era tan güero, pero asà le decÃan desde la escuela, según él. Yo conocà a la muchacha una tarde de calor, al salir del cuartel para comprar un refresco. Recuerdo bien ese dÃa, porque el uniforme se me pegaba al cuerpo por el sudor, y yo solo pensaba en tomar algo frÃo.
2:23 Cuando crucé el portón la vi recargada en una barda, casi frente a la tienda. TenÃa un vestido sencillo, limpio y el cabello negro recogido en una coleta. La cara se le veÃa agradable, sin maquillaje pesado y una sonrisa tranquila que no parecÃa falsa. No era una belleza de revista, pero a mà se me hizo una muchacha bonita, normal, de esas que uno ve y se imagina platicando. Yo pasé junto a ella, entré a la tienda, compré mi refresco y al salir la encontré todavÃa ahÃ, mirándome. No era una mirada perdida, estaba claramente puesta en mÃ. Me dijo con voz tranquila que si era nuevo en el cuartel, que nunca me habÃa visto. Le contesté que tenÃa pocos meses ahÃ. Me empezó a preguntar de dónde era, si tenÃa familia lejos y cuánto tiempo me pensaba quedar. Hablaba con confianza, sin pena, como si ya me conociera de antes.
3:21 Eso me sorprendió, porque casi nadie se ponÃa a conversar asà con nosotros, menos una mujer joven, sola, parada frente al cuartel. Desde esa vez, empecé a verla seguido. Cada vez que me daban salida al cruzar el portón, ahà estaba. A veces sentada en la banqueta, a veces recargada otra vez en la barda, pero siempre cerca de la tienda. Yo sentÃa que me esperaba, caminábamos por la misma calle polvosa dábamos vuelta a la esquina y nos sentábamos en una banquita bajo un poste de luz platicábamos de cosas sencillas del calor, del pueblo de cómo era estar ahà adentro cuando yo le preguntaba dónde vivÃa o con quién vivÃa cambiaba el tema se le notaba que no querÃa entrar en detalles sobre su propia vida pero en cambio me sacaba mucha información a mà me preguntaba de mi infancia si extrañaba a mi mamá, si me sentÃa solo en el cuartel y si alguna vez habÃa tenido miedo en servicio. Con poco tiempo empezó a tocarme con mucha confianza.
4:26 Me tomaba la mano, a veces se acomodaba junto a mÃ, y apoyaba la cabeza en mi hombro. Otras veces me ponÃa la mano en el pecho, sobre el uniforme, como si quisiera sentir los latidos. No lo hacÃa de manera brusca, al contrario, lo hacÃa con tanta naturalidad que yo terminaba creyendo que era normal. Para mÃ, en ese momento, era una especie de novia improvisada en medio de una vida monótona y cansada. Lo raro que yo no quise ver al principio fue cómo me sentÃa al volver al cuartel después de estar con ella. Yo podÃa haber pasado una hora sentado, sin caminar casi nada, y aún asà regresaba agotado.
5:09 La boca se me quedaba seca, la piel se me enfriaba como si me hubiera metido a un cuarto con aire acondicionado fuerte, aunque allá afuera el calor no bajaba. SentÃa un cansancio que se me metÃa en los brazos y las piernas. La primera semana lo atribuà al entrenamiento, a las desveladas o a la comida del cuartel, que no siempre llenaba como debÃa. Con los dÃas empecé a notar un cambio en el uniforme. El pantalón me quedaba más flojo, el cinturón lo tenÃa que ajustar un agujero más, y la camisa se me veÃa menos apretada. A simple vista, cualquiera dirÃa que estaba bajando de peso por estar en el servicio, pero la velocidad del cambio no era normal.
5:54 Yo me veÃa en el espejo por las mañanas y me notaba un poco más flaco, pero como uno se acostumbra a verse diario, no le di tanta importancia. SentÃa sueño casi todo el tiempo. HabÃa guardias en las que me costaba mantener los ojos abiertos y dolores de cabeza que aparecÃan sin aviso y se quedaban como una presión constante. Quienes de verdad se dieron cuenta primero fueron mis compañeros. RamÃrez empezó a decir, medio en broma y medio en serio, que cada vez que salÃa con mi novia regresaba como si hubiera corrido varios kilómetros. Ortega, que no era de chistes, me dijo una tarde que traÃa los labios casi morados y la cara muy pálida El güero me comentó que se me miraban hundidos los ojos, como cuando alguien se enferma fuerte. Un dÃa, mientras nos cambiábamos de uniforme, salió el tema directo. Me preguntaron si seguÃa viendo a la misma mujer de siempre, la que se paraba frente al cuartel.
6:52 Les dije que sÃ, que solo salÃa con ella, que sà que tenÃa de malo. Entonces vino la parte que me molestó. Según ellos, la mujer que me esperaba fuera del cuartel no parecÃa una muchacha joven. DecÃan que se veÃa como una mujer mayor, muy flaca, con la piel apagada y las ojeras profundas. Ortega incluso aseguró que la habÃa visto encorvada, con la mirada fija y pesada, como si estuviera enojada. Yo me reà al principio porque ante mis ojos no era asÃ. Les dije que estaban ciegos, que la mujer era joven, que se veÃa bien y que lo único que pasaba es que no soportaban que alguien me hiciera caso a mÃ. y no a ellos RamÃrez siguió con las bromas pero Ortega no se rió venÃa de un rancho y empezó a decir que en su pueblo contaban cosas de mujeres que se comen a los hombres no como comida sino robándoles la fuerza poco a poco hasta dejarlos en los huesos me enojé de verdad y les contesté que no fueran ridÃculos que no vivÃamos en un cuento viejo que yo la veÃa bien y que para mà era una mujer normal Desde ese dÃa, cada vez que salÃa y la veÃa, sentÃa ganas de demostrarme a mà mismo que mis amigos estaban exagerando. Asà que la empecé a buscar más, casi en cada salida.
8:17 Ella seguÃa igual de atenta, con la misma sonrisa tranquila, con la misma manera de ponerme la mano en el pecho, como si me estuviera midiendo los latidos. La noche en que empecé a aceptar que algo se estaba saliendo de control, llegó sin aviso como cualquier dÃa común. volvà de estar con ella más cansado de lo normal habÃamos estado sentados en la misma banca de siempre recuerdo que en un momento me puso la mano justo sobre el corazón presionando un poco y sentà que la respiración se me cortaba no fue un piquete fue una presión constante fuerte que me obligó a enderezarme y hacer un esfuerzo para jalar aire ella retiró la mano como si nada y Siguió platicando y yo dejé pasar el momento para no parecer débil.
9:06 Al regresar al cuartel, me metà directo al baño para lavarme la cara. El espejo era plano, sin marco y pegado a la pared. Me miré y ahà fue donde el golpe me cayó completo. Me vi muy flaco, más de lo que yo pensaba. Los pómulos marcados, los ojos hundidos, la piel de la cara estirada como si hubiera pasado meses enfermo. El cuello se me veÃa delgado, me quedé un buen rato observándome, con el agua corriendo. Ese fue el primer momento en que pensé con claridad que mi estado empeoraba cada vez que la veÃa, y que lo que estaba pasando ya no se podÃa explicar solo con desveladas y calor, aunque todavÃa no me atrevÃa a ponerle la palabra que mis amigos ya habÃan dicho, brujerÃa. Después de esa noche frente al espejo ya no pude hacerme tonto.
9:57 Me veÃa demasiado flaco para el tiempo que llevaba en el cuartel. Aún asÃ, no dejé de salir a verla. Me decÃa a mà mismo que solo necesitaba descansar más, comer mejor y que el cuerpo se iba a recuperar solo. La verdad era otra. Cuando pasaba un dÃa sin verla, la cabeza me latÃa, sentÃa vacÃo en el pecho y soñaba con su cara parada frente al portón. Esa necesidad de verla me empujaba a buscarla. aunque ya entendÃa que mi salud iba para abajo, las noches se volvieron pesadas, habÃa veces que despertaba a medias con la sensación de tener un peso en el pecho, querÃa mover los brazos y las piernas y me costaba trabajo, respiraba corto, como si alguien me apretara por dentro, Al dÃa siguiente, cuando me cambiaba la camisa, veÃa marcas rojas en el pecho y en el cuello, como dedos, o como si me hubieran apretado con fuerza mientras dormÃa. Me levantaba con las piernas débiles, con la espalda cansada, y el desayuno del cuartel ya no me sabÃa igual. Lo que antes me llenaba, ahora me caÃa pesado, y aún asà seguÃa perdiendo peso.
11:09 En las salidas con ella se repitió la misma rutina. aunque ahora habÃa un detalle nuevo. Ya no nos quedábamos solo en la banca del poste. Después de un rato, ella me decÃa que fuéramos a platicar más tranquilos, a una casa donde, según ella, vivÃa una tÃa que casi nunca estaba. La casa quedaba a cierta distancia del cuartel, por una calle con menos casas y más terreno baldÃo. Era una construcción sencilla, con la pintura caÃda, el portón viejo y un patio pequeño lleno de tierra. adentro las paredes estaban manchadas de humedad con pocos muebles y una cama vieja en un cuarto casi vacÃo yo me sentaba al borde de la cama y ella se acomodaba junto a mà o se me acercaba hasta quedar frente a frente me tocaba el pecho el cuello y la nuca sus manos estaban frÃas frÃas de verdad aunque afuera el calor seguÃa igual conforme pasaban los minutos el sueño me caÃa encima la cabeza me zumbaba No con ruido fuerte, pero sà con una sensación constante que no se quitaba.
12:18 HabÃa veces que sentÃa que si cerraba los ojos ya no los iba a poder abrir con la misma facilidad. En lugar de alejarme me quedaba porque ella me hablaba suave. Me decÃa que ahà afuera nadie me entendÃa, que con ella yo podÃa estar tranquilo. Una de esas tardes Ortega decidió seguirme sin avisarme. Yo no lo supe en el momento. Me lo contó después. Dijo que salió unos minutos después que yo, que mantuvo distancia para que no lo viera y que me vio entrar con ella a esa casa. Según él, la puerta quedó apenas entornada y por ahà alcanzó a ver el interior. Me describió lo que vio y su versión no era la misma que la mÃa.
13:01 Según Ortega, yo estaba acostado en la cama casi sin moverme con los brazos a los lados. Encima de mÃ, dijo, No se veÃa una muchacha joven, sino una mujer muy flaca, con la espalda encorvada, el cabello desarreglado y la piel pegada al hueso. La describió con la boca pegada a mi pecho, como si estuviera succionando algo mientras yo tenÃa la mirada perdida. Sintió una impresión fuerte y se regresó al cuartel a buscar a los demás. Cuando llegó, habló con RamÃrez y con el güero. Les dijo que ya no se trataba de chismes ni de celos, que lo que estaba pasando no era normal. Entre los tres tomaron la decisión de seguirme la próxima vez, los tres juntos, y entrar a la casa costara lo que costara. Ortega fue al dormitorio, sacó una bolsa simple de tela donde guardaba cosas personales, y metió sal, un poco de tierra y pedazos de carbón. Dijo que en su pueblo a las brujas se les enfrentaba asÃ, con sal y tierra.
14:03 No armaron altar ni nada raro, solo prepararon eso y se pusieron de acuerdo. El que estuviera más cerca de mà me iba a jalar de la cama, otro iba a tirar sal y el tercero iba a estar listo para ayudar. Yo no sabÃa nada de ese plan. Para mÃ, el siguiente dÃa de salida fue igual que los otros. La encontré frente al cuartel en el mismo lugar de siempre. La seguà y caminamos por la misma calle polvosa. Cruzamos por el mismo tramo donde el pavimento se acababa y entramos a la casa. Desde que puse un pie adentro, sentà más pesado el cuerpo. El aire se sentÃa espeso, no olÃa a nada en particular, pero me costaba llenarme los pulmones. Ella me llevó directo al cuarto de la cama.
14:49 Me senté. Luego me recosté, porque me dijo que me veÃa muy cansado. TenÃa razón. Los brazos me pesaban como si trajera un costal encima. se colocó a la altura de mi pecho, primero sentada, luego inclinada sobre mÃ. Yo la seguÃa viendo como una muchacha joven, pero ya no tan clara como al principio, pues al acercarse notaba que la piel se veÃa más reseca, como agrietada en algunas partes, las manos se le veÃan más huesudas, con las venas marcadas y las uñas más largas de lo normal. Me puso la mano justo sobre el corazón y empezó a apretar. Cada vez que apretaba, yo sentÃa que el aire se me escapaba de golpe. Quise incorporarme, pero el cuerpo no me respondió como debÃa. Las piernas no me obedecÃan y los brazos se sentÃan amarrados a la cama. Mi respiración se volvió corta, rápida, como la de alguien que acaba de correr, pero yo estaba acostado. En ese punto, escuché la puerta de la casa abrirse con fuerza. Se oyó el ruido seco de la madera pegando con la pared.
15:58 Después escuché los pasos apresurados y las voces de mis compañeros. Oà mi nombre, oà que le gritaban a ella que se quitara. Yo apenas podÃa voltear la cabeza. Sentà como unas manos me tomaron por debajo de los brazos y me jalaron hacia arriba, mientras otra persona se acercaba a ella. De pronto comenzó a caerme sal en el uniforme, en el pecho y en el cuello. También vi como Ortega lanzaba puñados hacia donde estaba ella. sobre su ropa y sobre el piso que rodeaba la cama ahà fue cuando la vi como realmente era la cara ya no era la de la muchacha tranquila de la banqueta la piel se veÃa llena de arrugas profundas los ojos hundidos con un brillo oscuro que no tenÃa nada de normal La boca se veÃa alargada, con dientes irregulares y largos. El cabello, que antes yo veÃa recogido y limpio, ahora se veÃa pegado, enmarañado, como si estuviera sucio desde hacÃa mucho. La ropa ya no parecÃa un vestido sencillo, sino trapos viejos pegados al cuerpo.
17:04 Cuando la sal le cayó encima, lanzó un grito fuerte y claro que rebotó en las paredes de la casa. Se encogió, se llevó las manos a la cara y se hizo a un lado como pudo. Se levantó de la cama con dificultad, tambaleándose, como si las piernas no le respondieran bien. Empujó a RamÃrez con un brazo, se abrió paso hacia la puerta y salió de la casa caminando rápido, pero descompuesta, como si cada paso le doliera. Mis amigos no la siguieron. El güero me tenÃa agarrado por los hombros para que no me cayera otra vez. SentÃa el corazón agitado, un mareo fuerte y una debilidad.
17:44 que me dejaba colgando del cuerpo de ellos. Me llevaron al cuartel casi cargando. Me acostaron en mi cama y avisaron a los superiores que me sentÃa muy mal. Los médicos me revisaron, me tomaron la presión, me hicieron preguntas sobre lo que habÃa comido, sobre si habÃa tenido diarrea, fiebre o algún otro sÃntoma. Lo único que encontraron fue debilidad general y una pérdida de peso rápida. Me dejaron varios dÃas en cama, Yo dormÃa muchas horas seguidas, despertaba sudado, comÃa poco y volvÃa a dormirme. Las piernas me dolÃan, el pecho también, como si hubiera recibido golpes internos. Con los dÃas, el cuerpo empezó a responder mejor. Recuperé un poco de fuerza, pude levantarme de la cama sin ayuda y caminar por el dormitorio. Lo que ya no vi fue a la mujer frente al cuartel. Ningún compañero volvió a verla parada en la barda ni cerca de la tienda.
18:44 Entre nosotros quedamos en no hablar del tema con los oficiales. SabÃamos que nadie nos iba a creer y que solo se iban a reÃr de lo que contamos. La historia se quedó entre RamÃrez, Ortega, el güero y yo. Una semana después empezó a correr un rumor en el pueblo. DecÃan que habÃan encontrado el cuerpo de una mujer sola cerca de un arroyo en las orillas del pueblo. Comentaban que era una señora muy flaca, de aspecto descuidado, que vivÃa apartada y que la gente la relacionaba con brujerÃa desde hacÃa años. Yo no fui a verla, la verdad, no querÃa. Me bastó con escuchar la descripción para entender de quién hablaban y no necesitaba más pruebas. Hoy puedo decir que llevo una vida normal, dentro de lo que cabe. Trabajo, como y duermo, pero me canso más rápido que otros de mi edad. Subir escaleras me agota más de lo que deberÃa, y cada vez que me miro el pecho en un espejo, siento que esa parte del cuerpo nunca volvió a ser la misma. Hay una zona que se ve hundida, como si ahà faltara carne. Me llamo Javier, fui soldado en aquel cuartel, y estuve a punto de entregar la vida, en manos de una bruja que yo veÃa como muchacha. Ella ya no está, pero lo que me quitó se quedó asà para siempre.
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