Dec. 2, 2025

Una BRUJA Que Se Comía La Vida De Los Soldados - Historias De Terror - REDE

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0:05 Me llamó Javier y hace un tiempo me pasó algo, cuando era soldado en un cuartel de provincia. No lo cuento para entretener a nadie, lo cuento porque casi me cuesta la vida, y porque si no lo hubiera vivido en carne propia sería de los que se burlan de estas cosas. En ese entonces yo tendría unos 22 años y estaba destinado en un pueblo chico, de esos donde el cuartel es casi lo único que se ve en forma de autoridad. y donde el movimiento baja en cuanto se mete el sol. Nuestro cuartel estaba en la orilla del pueblo, cerca de una carretera angosta, que en la noche se quedaba casi sola. Adentro todo era rutina, formaciones, guardias, limpieza, rondines y entrenamiento, y otra vez lo mismo al día siguiente.

0:56 Nos dejaban salir un rato cuando se podía, pero siempre era al mismo lugar. Afuera, frente al portón principal, estaba una tienda con techo de lámina, donde vendían refrescos, cigarros, galletas y comida sencilla. Un poco más adelante, hacia la derecha, quedaba una cantina pequeña con mesas de plástico y música. Eso era todo. Las mismas calles, las mismas paredes descarapeladas y el mismo polvo en el aire. Yo estaba lejos de mi familia y ganaba poco. Mi día se resumía en obedecer órdenes, aguantar calor y tratar de no pensar mucho. Aún así, con el paso de las semanas, me acomodé a esa vida porque no había de otra. Los ratos de salida eran la única parte del día que sentía más ligera. Salíamos de dos o tres, comprábamos alguna cosa en la tienda, nos sentábamos un momento en la banqueta y luego regresábamos. Mis compañeros más cercanos eran Ramírez, que siempre andaba de bromista, Ortega, que era más serio y venía de rancho, y el Güero, que en realidad no era tan güero, pero así le decían desde la escuela, según él. Yo conocí a la muchacha una tarde de calor, al salir del cuartel para comprar un refresco. Recuerdo bien ese día, porque el uniforme se me pegaba al cuerpo por el sudor, y yo solo pensaba en tomar algo frío.

2:23 Cuando crucé el portón la vi recargada en una barda, casi frente a la tienda. Tenía un vestido sencillo, limpio y el cabello negro recogido en una coleta. La cara se le veía agradable, sin maquillaje pesado y una sonrisa tranquila que no parecía falsa. No era una belleza de revista, pero a mí se me hizo una muchacha bonita, normal, de esas que uno ve y se imagina platicando. Yo pasé junto a ella, entré a la tienda, compré mi refresco y al salir la encontré todavía ahí, mirándome. No era una mirada perdida, estaba claramente puesta en mí. Me dijo con voz tranquila que si era nuevo en el cuartel, que nunca me había visto. Le contesté que tenía pocos meses ahí. Me empezó a preguntar de dónde era, si tenía familia lejos y cuánto tiempo me pensaba quedar. Hablaba con confianza, sin pena, como si ya me conociera de antes.

3:21 Eso me sorprendió, porque casi nadie se ponía a conversar así con nosotros, menos una mujer joven, sola, parada frente al cuartel. Desde esa vez, empecé a verla seguido. Cada vez que me daban salida al cruzar el portón, ahí estaba. A veces sentada en la banqueta, a veces recargada otra vez en la barda, pero siempre cerca de la tienda. Yo sentía que me esperaba, caminábamos por la misma calle polvosa dábamos vuelta a la esquina y nos sentábamos en una banquita bajo un poste de luz platicábamos de cosas sencillas del calor, del pueblo de cómo era estar ahí adentro cuando yo le preguntaba dónde vivía o con quién vivía cambiaba el tema se le notaba que no quería entrar en detalles sobre su propia vida pero en cambio me sacaba mucha información a mí me preguntaba de mi infancia si extrañaba a mi mamá, si me sentía solo en el cuartel y si alguna vez había tenido miedo en servicio. Con poco tiempo empezó a tocarme con mucha confianza.

4:26 Me tomaba la mano, a veces se acomodaba junto a mí, y apoyaba la cabeza en mi hombro. Otras veces me ponía la mano en el pecho, sobre el uniforme, como si quisiera sentir los latidos. No lo hacía de manera brusca, al contrario, lo hacía con tanta naturalidad que yo terminaba creyendo que era normal. Para mí, en ese momento, era una especie de novia improvisada en medio de una vida monótona y cansada. Lo raro que yo no quise ver al principio fue cómo me sentía al volver al cuartel después de estar con ella. Yo podía haber pasado una hora sentado, sin caminar casi nada, y aún así regresaba agotado.

5:09 La boca se me quedaba seca, la piel se me enfriaba como si me hubiera metido a un cuarto con aire acondicionado fuerte, aunque allá afuera el calor no bajaba. Sentía un cansancio que se me metía en los brazos y las piernas. La primera semana lo atribuí al entrenamiento, a las desveladas o a la comida del cuartel, que no siempre llenaba como debía. Con los días empecé a notar un cambio en el uniforme. El pantalón me quedaba más flojo, el cinturón lo tenía que ajustar un agujero más, y la camisa se me veía menos apretada. A simple vista, cualquiera diría que estaba bajando de peso por estar en el servicio, pero la velocidad del cambio no era normal.

5:54 Yo me veía en el espejo por las mañanas y me notaba un poco más flaco, pero como uno se acostumbra a verse diario, no le di tanta importancia. Sentía sueño casi todo el tiempo. Había guardias en las que me costaba mantener los ojos abiertos y dolores de cabeza que aparecían sin aviso y se quedaban como una presión constante. Quienes de verdad se dieron cuenta primero fueron mis compañeros. Ramírez empezó a decir, medio en broma y medio en serio, que cada vez que salía con mi novia regresaba como si hubiera corrido varios kilómetros. Ortega, que no era de chistes, me dijo una tarde que traía los labios casi morados y la cara muy pálida El güero me comentó que se me miraban hundidos los ojos, como cuando alguien se enferma fuerte. Un día, mientras nos cambiábamos de uniforme, salió el tema directo. Me preguntaron si seguía viendo a la misma mujer de siempre, la que se paraba frente al cuartel.

6:52 Les dije que sí, que solo salía con ella, que sí que tenía de malo. Entonces vino la parte que me molestó. Según ellos, la mujer que me esperaba fuera del cuartel no parecía una muchacha joven. Decían que se veía como una mujer mayor, muy flaca, con la piel apagada y las ojeras profundas. Ortega incluso aseguró que la había visto encorvada, con la mirada fija y pesada, como si estuviera enojada. Yo me reí al principio porque ante mis ojos no era así. Les dije que estaban ciegos, que la mujer era joven, que se veía bien y que lo único que pasaba es que no soportaban que alguien me hiciera caso a mí. y no a ellos Ramírez siguió con las bromas pero Ortega no se rió venía de un rancho y empezó a decir que en su pueblo contaban cosas de mujeres que se comen a los hombres no como comida sino robándoles la fuerza poco a poco hasta dejarlos en los huesos me enojé de verdad y les contesté que no fueran ridículos que no vivíamos en un cuento viejo que yo la veía bien y que para mí era una mujer normal Desde ese día, cada vez que salía y la veía, sentía ganas de demostrarme a mí mismo que mis amigos estaban exagerando. Así que la empecé a buscar más, casi en cada salida.

8:17 Ella seguía igual de atenta, con la misma sonrisa tranquila, con la misma manera de ponerme la mano en el pecho, como si me estuviera midiendo los latidos. La noche en que empecé a aceptar que algo se estaba saliendo de control, llegó sin aviso como cualquier día común. volví de estar con ella más cansado de lo normal habíamos estado sentados en la misma banca de siempre recuerdo que en un momento me puso la mano justo sobre el corazón presionando un poco y sentí que la respiración se me cortaba no fue un piquete fue una presión constante fuerte que me obligó a enderezarme y hacer un esfuerzo para jalar aire ella retiró la mano como si nada y Siguió platicando y yo dejé pasar el momento para no parecer débil.

9:06 Al regresar al cuartel, me metí directo al baño para lavarme la cara. El espejo era plano, sin marco y pegado a la pared. Me miré y ahí fue donde el golpe me cayó completo. Me vi muy flaco, más de lo que yo pensaba. Los pómulos marcados, los ojos hundidos, la piel de la cara estirada como si hubiera pasado meses enfermo. El cuello se me veía delgado, me quedé un buen rato observándome, con el agua corriendo. Ese fue el primer momento en que pensé con claridad que mi estado empeoraba cada vez que la veía, y que lo que estaba pasando ya no se podía explicar solo con desveladas y calor, aunque todavía no me atrevía a ponerle la palabra que mis amigos ya habían dicho, brujería. Después de esa noche frente al espejo ya no pude hacerme tonto.

9:57 Me veía demasiado flaco para el tiempo que llevaba en el cuartel. Aún así, no dejé de salir a verla. Me decía a mí mismo que solo necesitaba descansar más, comer mejor y que el cuerpo se iba a recuperar solo. La verdad era otra. Cuando pasaba un día sin verla, la cabeza me latía, sentía vacío en el pecho y soñaba con su cara parada frente al portón. Esa necesidad de verla me empujaba a buscarla. aunque ya entendía que mi salud iba para abajo, las noches se volvieron pesadas, había veces que despertaba a medias con la sensación de tener un peso en el pecho, quería mover los brazos y las piernas y me costaba trabajo, respiraba corto, como si alguien me apretara por dentro, Al día siguiente, cuando me cambiaba la camisa, veía marcas rojas en el pecho y en el cuello, como dedos, o como si me hubieran apretado con fuerza mientras dormía. Me levantaba con las piernas débiles, con la espalda cansada, y el desayuno del cuartel ya no me sabía igual. Lo que antes me llenaba, ahora me caía pesado, y aún así seguía perdiendo peso.

11:09 En las salidas con ella se repitió la misma rutina. aunque ahora había un detalle nuevo. Ya no nos quedábamos solo en la banca del poste. Después de un rato, ella me decía que fuéramos a platicar más tranquilos, a una casa donde, según ella, vivía una tía que casi nunca estaba. La casa quedaba a cierta distancia del cuartel, por una calle con menos casas y más terreno baldío. Era una construcción sencilla, con la pintura caída, el portón viejo y un patio pequeño lleno de tierra. adentro las paredes estaban manchadas de humedad con pocos muebles y una cama vieja en un cuarto casi vacío yo me sentaba al borde de la cama y ella se acomodaba junto a mí o se me acercaba hasta quedar frente a frente me tocaba el pecho el cuello y la nuca sus manos estaban frías frías de verdad aunque afuera el calor seguía igual conforme pasaban los minutos el sueño me caía encima la cabeza me zumbaba No con ruido fuerte, pero sí con una sensación constante que no se quitaba.

12:18 Había veces que sentía que si cerraba los ojos ya no los iba a poder abrir con la misma facilidad. En lugar de alejarme me quedaba porque ella me hablaba suave. Me decía que ahí afuera nadie me entendía, que con ella yo podía estar tranquilo. Una de esas tardes Ortega decidió seguirme sin avisarme. Yo no lo supe en el momento. Me lo contó después. Dijo que salió unos minutos después que yo, que mantuvo distancia para que no lo viera y que me vio entrar con ella a esa casa. Según él, la puerta quedó apenas entornada y por ahí alcanzó a ver el interior. Me describió lo que vio y su versión no era la misma que la mía.

13:01 Según Ortega, yo estaba acostado en la cama casi sin moverme con los brazos a los lados. Encima de mí, dijo, No se veía una muchacha joven, sino una mujer muy flaca, con la espalda encorvada, el cabello desarreglado y la piel pegada al hueso. La describió con la boca pegada a mi pecho, como si estuviera succionando algo mientras yo tenía la mirada perdida. Sintió una impresión fuerte y se regresó al cuartel a buscar a los demás. Cuando llegó, habló con Ramírez y con el güero. Les dijo que ya no se trataba de chismes ni de celos, que lo que estaba pasando no era normal. Entre los tres tomaron la decisión de seguirme la próxima vez, los tres juntos, y entrar a la casa costara lo que costara. Ortega fue al dormitorio, sacó una bolsa simple de tela donde guardaba cosas personales, y metió sal, un poco de tierra y pedazos de carbón. Dijo que en su pueblo a las brujas se les enfrentaba así, con sal y tierra.

14:03 No armaron altar ni nada raro, solo prepararon eso y se pusieron de acuerdo. El que estuviera más cerca de mí me iba a jalar de la cama, otro iba a tirar sal y el tercero iba a estar listo para ayudar. Yo no sabía nada de ese plan. Para mí, el siguiente día de salida fue igual que los otros. La encontré frente al cuartel en el mismo lugar de siempre. La seguí y caminamos por la misma calle polvosa. Cruzamos por el mismo tramo donde el pavimento se acababa y entramos a la casa. Desde que puse un pie adentro, sentí más pesado el cuerpo. El aire se sentía espeso, no olía a nada en particular, pero me costaba llenarme los pulmones. Ella me llevó directo al cuarto de la cama.

14:49 Me senté. Luego me recosté, porque me dijo que me veía muy cansado. Tenía razón. Los brazos me pesaban como si trajera un costal encima. se colocó a la altura de mi pecho, primero sentada, luego inclinada sobre mí. Yo la seguía viendo como una muchacha joven, pero ya no tan clara como al principio, pues al acercarse notaba que la piel se veía más reseca, como agrietada en algunas partes, las manos se le veían más huesudas, con las venas marcadas y las uñas más largas de lo normal. Me puso la mano justo sobre el corazón y empezó a apretar. Cada vez que apretaba, yo sentía que el aire se me escapaba de golpe. Quise incorporarme, pero el cuerpo no me respondió como debía. Las piernas no me obedecían y los brazos se sentían amarrados a la cama. Mi respiración se volvió corta, rápida, como la de alguien que acaba de correr, pero yo estaba acostado. En ese punto, escuché la puerta de la casa abrirse con fuerza. Se oyó el ruido seco de la madera pegando con la pared.

15:58 Después escuché los pasos apresurados y las voces de mis compañeros. Oí mi nombre, oí que le gritaban a ella que se quitara. Yo apenas podía voltear la cabeza. Sentí como unas manos me tomaron por debajo de los brazos y me jalaron hacia arriba, mientras otra persona se acercaba a ella. De pronto comenzó a caerme sal en el uniforme, en el pecho y en el cuello. También vi como Ortega lanzaba puñados hacia donde estaba ella. sobre su ropa y sobre el piso que rodeaba la cama ahí fue cuando la vi como realmente era la cara ya no era la de la muchacha tranquila de la banqueta la piel se veía llena de arrugas profundas los ojos hundidos con un brillo oscuro que no tenía nada de normal La boca se veía alargada, con dientes irregulares y largos. El cabello, que antes yo veía recogido y limpio, ahora se veía pegado, enmarañado, como si estuviera sucio desde hacía mucho. La ropa ya no parecía un vestido sencillo, sino trapos viejos pegados al cuerpo.

17:04 Cuando la sal le cayó encima, lanzó un grito fuerte y claro que rebotó en las paredes de la casa. Se encogió, se llevó las manos a la cara y se hizo a un lado como pudo. Se levantó de la cama con dificultad, tambaleándose, como si las piernas no le respondieran bien. Empujó a Ramírez con un brazo, se abrió paso hacia la puerta y salió de la casa caminando rápido, pero descompuesta, como si cada paso le doliera. Mis amigos no la siguieron. El güero me tenía agarrado por los hombros para que no me cayera otra vez. Sentía el corazón agitado, un mareo fuerte y una debilidad.

17:44 que me dejaba colgando del cuerpo de ellos. Me llevaron al cuartel casi cargando. Me acostaron en mi cama y avisaron a los superiores que me sentía muy mal. Los médicos me revisaron, me tomaron la presión, me hicieron preguntas sobre lo que había comido, sobre si había tenido diarrea, fiebre o algún otro síntoma. Lo único que encontraron fue debilidad general y una pérdida de peso rápida. Me dejaron varios días en cama, Yo dormía muchas horas seguidas, despertaba sudado, comía poco y volvía a dormirme. Las piernas me dolían, el pecho también, como si hubiera recibido golpes internos. Con los días, el cuerpo empezó a responder mejor. Recuperé un poco de fuerza, pude levantarme de la cama sin ayuda y caminar por el dormitorio. Lo que ya no vi fue a la mujer frente al cuartel. Ningún compañero volvió a verla parada en la barda ni cerca de la tienda.

18:44 Entre nosotros quedamos en no hablar del tema con los oficiales. Sabíamos que nadie nos iba a creer y que solo se iban a reír de lo que contamos. La historia se quedó entre Ramírez, Ortega, el güero y yo. Una semana después empezó a correr un rumor en el pueblo. Decían que habían encontrado el cuerpo de una mujer sola cerca de un arroyo en las orillas del pueblo. Comentaban que era una señora muy flaca, de aspecto descuidado, que vivía apartada y que la gente la relacionaba con brujería desde hacía años. Yo no fui a verla, la verdad, no quería. Me bastó con escuchar la descripción para entender de quién hablaban y no necesitaba más pruebas. Hoy puedo decir que llevo una vida normal, dentro de lo que cabe. Trabajo, como y duermo, pero me canso más rápido que otros de mi edad. Subir escaleras me agota más de lo que debería, y cada vez que me miro el pecho en un espejo, siento que esa parte del cuerpo nunca volvió a ser la misma. Hay una zona que se ve hundida, como si ahí faltara carne. Me llamo Javier, fui soldado en aquel cuartel, y estuve a punto de entregar la vida, en manos de una bruja que yo veía como muchacha. Ella ya no está, pero lo que me quitó se quedó así para siempre.