Dec. 25, 2025

Un NAHUAL Me Atacó A Mí Y A Mis Compañeros En El Bosque - Historias De Terror - REDE

Un NAHUAL Me Atacó A Mí Y A Mis Compañeros En El Bosque - Historias De Terror - REDE
Un NAHUAL Me Atacó A Mí Y A Mis Compañeros En El Bosque - Historias De Terror - REDE
REDE (Relatos Desclasificados)
Un NAHUAL Me Atacó A Mí Y A Mis Compañeros En El Bosque - Historias De Terror - REDE

¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd

0:05 Me llamo Mateo Ledesma y esto me pasó cuando tenía 25 años. En ese tiempo yo cazaba por costumbre del rancho y por carne para la comida. No era vicio ni juego, era algo que en mi familia se hacía desde siempre. Ese día me junté con Ramón Valenzuela y Eusebio Armenta, dos hombres del mismo rumbo. Con Ramón ya había salido antes, a tirar en temporada, y Eusebio era conocido. por traer buenos perros y saber cazar. Ramón mandaba porque conocía mejor las brechas, sabía por dónde se metían los animales y tomaba las decisiones cuando el monte se ponía difícil. Eusebio era el que iba cuidando a los perros con la vista, revisando huellas, como si fueran herramienta y compañía al mismo tiempo.

0:55 Llevábamos cinco perros de caza, dos eran cafés, de pecho ancho y patas fuertes, de esos que aguantan largas caminatas. Uno era blanco manchado, más alto y más ligero, bueno para correr en los claros, y los otros dos eran negros, pequeños pero rápidos, de esos que se meten donde los demás no entran. Normalmente, en cuanto pisaban rastro, se abrían por delante, olían el suelo, metían la nariz en la hojarasca, y en cuanto levantaban algo, se alborotaban con ladridos y carreras. Ese día caminaban distinto, no se despegaban de nosotros, iban pegados a las botas, olfateaban el aire y se quedaban quietos de golpe, con el lomo duro, como si el monte les estuviera avisando algo que nosotros todavía no entendíamos.

1:45 Yo llevaba mi arma y lo básico para caminar, agua, una cuerda, un encendedor y comida envuelta en una bolsa. Ramón traía su rifle y machete, Y Eusebio además cargaba una bolsa con cosas para curar a los perros si se cortaban, porque a esos animales les pasaba de todo en el monte. El camino empezó como brecha de tierra suelta, con piedras filosas que se metían entre la suela, y luego se fue cerrando. Había ramas bajas que se enganchaban en la ropa y te dejaban hilos de espina en las mangas. En partes el suelo estaba húmedo por un arroyo que corría cerca, y se notaba porque la tierra se pegaba a la bota y dejaba la huella marcada.

2:30 Entramos a una zona donde el monte se hacía más apretado, con troncos caídos y piedras grandes. Ahí se formaba un paso angosto, como un cuello, entre una piedra alta y un tronco viejo. Los perros se frenaron en seco. Eusebio jaló al primero del collar para que avanzara, y el perro dio dos pasos, Se regresó y se quedó mirando hacia adentro, con la cola metida. El blanco manchado levantó el hocico y empezó a olfatear el aire. Ramón siguió de frente y Eusebio lo alcanzó. Pero yo me quedé mirando el suelo, porque ya desde ahí se notaba que no era un tramo normal. En la tierra húmeda vi arañazos largos, parejos. No era marca de garra de perro, porque estaba más profunda y más abiertas. Un poco más adelante, en un tronco a la altura de mi pecho, había surcos recién hechos, profundos, como si algo se hubiera apoyado con fuerza y se hubiera resbalado. Me acerqué lo suficiente para ver que la madera estaba fresca, sin polvo encima, y que los bordes del surco tenían astilla nueva. En ese tramo también nos llegó un olor fuerte, de animal mojado, mezclado con sangre vieja. No era un olor ligero, era como un golpe que venía por ráfagas cuando el aire cambiaba y luego se iba. Eusebio comentó que en esos montes se hablaba de nahuales. No lo dijo para asustar,

4:03 nos dijo que había gente que no regresaba, que a veces encontraban animales abiertos de formas raras y que los perros eran los primeros en sentirlo. Ramón escuchó y siguió caminando porque también era de esos que no se devuelven fácil. Yo me quedé con esa palabra dando vueltas en la cabeza, no por creer en cuentos, sino porque los perros estaban actuando, como cuando saben que hay peligro, solo que más fuerte y más pegado al cuerpo. Seguimos avanzando y el camino se hizo más lento. Había zonas donde tenías que levantar la bota para no enredarte con raíces, y otras donde la piedra estaba lisa y resbalaba. Los perros se iban y se regresaban, como si quisieran salir corriendo, pero no se animaran. En un tramo, el café más grande se detuvo y soltó un gruñido bajo, sin ladrar. Ese perro casi nunca gruñía, era de los que ladran y ya.

5:01 Verlo así, mirando fijo hacia el monte, me puso alerta. Ramón se adelantó unos pasos, Eusebio se quedó a mi lado, y yo traté de escuchar algo. pero lo único que oía era el roce de nuestras botas y el movimiento de las hojas cuando pasaba el aire. Llegamos a un claro pequeño, de esos donde se abre un espacio entre los árboles y entra un poco más de luz. Ahí fue donde lo vi por primera vez de manera clara, aunque no completo. Entre dos troncos, a distancia, apareció una figura alta. No caminaba como animal de cuatro patas. Estaba erguida, con la espalda ancha. Alcancé a distinguir su pelaje negro pegado al cuerpo como si estuviera húmedo. Los brazos se veían largos, demasiado largos para un hombre, y al final se marcó un brillo rápido, como de garras cuando les pega la luz. La cara le quedó medio tapada por las ramas, pero el hocico se alcanzó a dibujar alargado, y los ojos se marcaron como dos puntos fijos mirando hacia nosotros. El perro negro más chico se adelantó por impulso, como hacen cuando creen que tienen rastro. La figura se movió en un solo tramo y se metió entre el monte con una rapidez que me dejó frío. No fue un brinco de coyote ni una carrera de venado. Fue un movimiento directo, pesado y rápido al mismo tiempo. Los perros se juntaron de nuevo con nosotros, inquietos. Ramón decidió

6:32 seguir porque pensó que estábamos cerca de encontrar algo bueno y porque ya habíamos entrado bastante. Yo lo seguí por terco, y Eusebio también. Después de eso, entramos a lo más cerrado, con el olor todavía en el aire, y con los animales caminando pegados a nuestras piernas. Apenas dimos unos pasos más dentro de lo cerrado, los perros por fin se animaron a adelantarse. No corrieron como cuando van tras un rastro claro, avanzaron con el cuerpo bajo y el hocico pegado al suelo, abriéndose poco, pero sin despegarse demasiado. El blanco manchado fue el primero en meterse entre una mata y desapareció un momento. Luego se oyó un chillido corto de esos que salen cuando un animal recibe un golpe que lo apaga de inmediato. Al mismo tiempo tronaron unas ramas como si algo pesado hubiera pasado sobre ellas. El café grande se lanzó hacia adelante y alcanzó a ladrar una vez. Ese ladrido se cortó en un momento y un segundo después lo vi salir de reversa arrastrándose con la panza abierta, dejando una línea brillante en la tierra húmeda.

7:45 Intentó apoyar las patas delanteras, pero se dobló y quedó de lado, y el olor a sangre se hizo fuerte en un instante. El perro negro más chico trató de regresar hacia nosotros, y en el mismo movimiento, algo lo jaló del cuello hacia la maleza. No fue un tirón lento, fue un jalón fuerte que lo levantó de las patas delanteras. El cuerpo desapareció entre hojas y espinas, y lo último que se escuchó fue el rasguño de su collar golpeando las ramas. Ramón levantó el rifle y se movió un paso para buscar un mejor ángulo. Eusebio traía el machete en la mano y con la otra intentaba controlar al negro grande, que temblaba y quería irse. Yo apunté hacia el hueco por donde se habían metido. La vista se me iba a lo que se movía y se me cerraba por la sombra de los árboles. Los perros ya no estaban cazando, estaban tratando de huir, y eso nos dejó a nosotros como estorbos en medio. El blanco manchado reapareció dando pasos cortos, con un costado abierto. Alcanzó a brincar una piedra y cayó de golpe. La sangre se le salía a chorros y en pocos segundos se quedó sin movimiento. El otro café, el más ligero, se metió para seguir a lo que había jalado al perro negro chico.

9:04 Eusebio lo llamó, pero el perro no obedeció, y en eso se oyó otro chillido, más largo, y luego un golpe en la tierra, como cuando algo cae de peso. En ese momento lo vi de frente, en un espacio donde se abría un poco el monte. El Nahual se paró entre dos troncos a pocos metros y la luz alcanzó a tocarle el cuerpo. Era alto, más alto que cualquiera de nosotros, parado en dos patas como un hombre. Tenía el pecho ancho y los hombros levantados, pero la forma no era humana. El pelaje era negro, pegado al lomo como si estuviera húmedo. Los brazos se veían largos, con el codo más abajo de lo normal, y las manos terminaban en garras largas. curvadas, con tierra metida entre las puntas y sangre fresca marcada en las uñas. La cara se le veía completa, hocico largo, labios levantados, colmillos afilados al frente y hacia los lados. Los ojos estaban fijos, sin parpadeo rápido, mirando directo, como si midiera distancias y eligiera a quién enfrentar primero. El negro grande se le fue encima por instinto, alcanzó a morderle el antebrazo, Pero se oyó el choque de dientes contra algo duro y el perro chilló porque la mano con garras se le clavó de inmediato en el lomo. El nahual lo levantó con una sola mano, lo sacudió una vez y lo aventó contra un tronco. El golpe sonó claro y el

10:36 perro cayó sin fuerza, con el cuello torcido. Ramón disparó y yo disparé después. La primera bala pegó en la madera y levantó astillas. La segunda le pasó cerca porque vi cómo el pelaje se abrió con un corte chico en el hombro y salió sangre oscura que se le marcó sobre el negro del pelaje. El Nahual no se cayó ni se dobló. Bajó el cuerpo, se metió entre el monte y volvió a salir por otro lado en menos de un parpadeo. Eusebio avanzó dos pasos para jalar al café que todavía se movía en el suelo. Lo hizo por puro impulso, porque era su perro. En cuanto estiró la mano, el Nahual se le vino de lado, desde una sombra. Lo tumbó de un golpe en el pecho y lo estampó contra el suelo. Eusebio soltó el machete al caer. Alcancé a ver la camisa abrirse con las garras. Eusebio intentó cubrirse con el antebrazo. Y en ese mismo movimiento, el Nahual le clavó una garra en el pecho y lo jaló hacia la maleza. El cuerpo se fue raspando la tierra, las botas dejando surcos. Eusebio alcanzó a moverse una vez más y luego ya no lo vi. Lo único que quedó fue el rastro, tierra removida, sangre en la tierra y un tramo de ropa atorado en una rama. Ramón quiso rodear para meterse tras él.

12:00 Se movió por la derecha pegado a un tronco, buscando disparar desde cerca. Yo lo seguí dos pasos, pero el piso estaba resbaloso por la humedad y por la sangre. Ramón alcanzó a asomarse a un hueco y el Nahual le cayó encima. Lo vi salir de golpe ya encima de Ramón, con el cuerpo encorvado, usando las dos manos como si fueran herramientas. Ramón se fue para atrás, quiso levantar el rifle, y el Nahual le tumbó el arma con un manotazo. Las garras le entraron por el cuello y por el hombro. Ramón se sacudió una vez y cayó de rodillas El Nahual lo jaló como había jalado a Eusebio Arrastrándolo por el mismo monte cerrado, sin esfuerzo Como si pesara poco Me quedé solo con el olor a sangre y el ruido de hojas moviéndose Los cinco perros ya no estaban vivos Los vi uno por uno caer o desaparecer Y el monte se quedó con ellos Intenté retroceder sin darle la espalda Porque el cuerpo me pedía salir corriendo pero también sabía que tropezar ahí era terminar igual. Alcancé a dar dos pasos hacia atrás y sentí un golpe en la pierna. Fue un zarpazo largo que me abrió arriba de la rodilla. La sangre me bajó de inmediato y la pierna se me aflojó. Me mordí la lengua para no gritar y apreté el arma con las dos manos. El Nahual volvió a verse entre dos árboles, en dos patas, con el pecho subiendo y bajando.

13:32 las garras manchadas y los colmillos al aire. Se quedó mirándome como si esperara que yo cayera solo. Yo metí la mano al pantalón, apreté la herida con el trapo que traía, y lo amarré como pude, apretado, pero sin soltar el arma. El trapo se empapó rápido, pero me dio lo suficiente para sostener la pierna. Me eché a correr hacia donde recordaba el camino. Cada paso me dolía como si la pierna se me abriera más. La respiración se me cortó y el pecho me ardía por el esfuerzo. El nahual me siguió por tramos, lo veía asomarse entre los árboles y luego se metía otra vez. En partes escuchaba sus pisadas y en otras solo veía ramas moverse.

14:15 Yo seguí hacia la orilla porque el monte empezó a abrirse poco a poco y la luz se veía más adelante. Tenía una idea clavada. Si lograba salir de lo cerrado, tal vez me dejaba ir, pero si me caía ahí adentro, me quedaba con los demás. El monte empezó a abrirse poco a poco y la luz entró más pareja. Yo seguía corriendo como podía, con la pierna lastimada ardiendo en cada paso. El trapo que me había amarrado se empapó rápido y se me pegó a la piel. Sentía la sangre caliente bajando por la pantorrilla y metiéndose en la bota. A ratos el pie se me resbalaba dentro del zapato por lo mojado y eso me hacía perder fuerza. Al llegar al borde del monte, me apoyé en un tronco para no caer. Me quedé respirando con la boca abierta, tratando de controlar el mareo. Volté hacia los árboles porque sabía que podía estar detrás y lo vi otra vez, ahora más claro y más cerca que antes. Estaba parado entre dos troncos, en dos patas, quieto, con el pecho subiendo y bajando como si también viniera agitado. Tenía los brazos colgando, largos, y al final se le veían las garras extendidas, curvas, con sangre en las puntas. Abrió la boca lo suficiente para que se le vieran los colmillos completos.

15:37 Se quedó en la sombra, sin cruzar al terreno abierto. Yo avancé dando pasos cortos, sin darle la espalda del todo, con el arma apuntada a la altura del pecho. Me temblaban las manos por el cansancio y por el dolor. El Nahual ya no se movió, solo me miró con esos ojos fijos, como si estuviera cuidando el límite del monte. Cuando ya me alejé unos metros, lo seguí viendo entre los árboles, hasta que el camino me lo tapó con un cambio de terreno. Ahí entendí que estaba solo. Ramón y Eusebio ya no iban a salir. Y los cinco perros tampoco. Empecé a caminar rápido hacia el pueblo, con el arma en la mano y la otra presionando la herida cuando el trapo se aflojaba. Cada cierto tramo tenía que apretar de nuevo el nudo, porque se me escurría con la sangre. El camino se me hizo largo. Sentía los muslos pesados y la vista se me nublaba por momentos.

16:37 Me concentré en no tropezar y en mantener la respiración pareja. Cuando por fin vi las primeras casas y el movimiento de gente, me dio un descanso en la cabeza, pero el dolor seguía igual. Entré tambaleándome por la primera calle, dejando gotas de sangre en el suelo. Una persona me vio y se acercó, y luego se juntaron dos más. Me sentaron en una banca afuera de una casa y me revisaron la pierna. Alguien fue por agua y me la acercó a la boca. Otro trajo un trapo limpio y me lo amarró más apretado arriba de la herida, cuidando que no se me fuera la sangre tan rápido. Yo traté de hablar claro porque sabía que me iban a preguntar por los otros dos. Me costaba respirar y tenía la garganta seca, pero dije lo que tenía que decir.

17:27 Les conté que veníamos tres, que entramos con cinco perros y que primero le quitaron la vida a los perros. Les describí cómo los jaló hacia la maleza, cómo salían abiertos y cómo los aventó contra los troncos. Luego dije que a Ramón y a Eusebio les quitaron la vida adentro, en el mismo tramo, y que yo salí corriendo porque me abrieron la pierna y no podía pelear ahí solo. Cuando me preguntaron qué animal había sido, dije la palabra Nahual. porque era la única que encajaba con lo que vi. Les dije que lo vi parado en dos patas, alto, con pelaje negro, garras largas y colmillos afilados, moviéndose entre los árboles. En el pueblo se corrió la voz. Luego llegó gente a preguntar y a mirar la herida. Yo me quedé sentado, con la pierna levantada sobre una silla y el trapo apretado. Alguien revisó el corte y dijo que la garra me había abierto parejo, como con un cuchillo, y que era profundo. Me limpiaron lo que pudieron y me volvieron a amarrar con más cuidado. Yo no me levanté.

18:32 Me quedé ahí hasta que pude sostenerme sin marearme. Después se organizó la búsqueda. Varios hombres del pueblo se juntaron con lámparas, cuerdas y armas. Algunos habían cazado toda su vida y se sentían capaces de entrar. Yo les señalé el rumbo desde lejos porque recordaba el paso estrecho entre las piedras y el tronco y el claro donde lo vimos. No los acompañé, mi pierna no me daba para eso, y en mi cabeza estaba la imagen del Nahual en dos patas, esperando en la línea del monte. Regresaron más tarde con la ropa sucia, raspados en los brazos y la cara seria. Dijeron que encontraron casquillos de bala cerca del claro, manchas secas en hojas y señales de arrastre.

19:19 Hallaron un collar roto de uno de los perros y pelo negro pegado a espinas, pero no pudieron sacar los cuerpos. Los días siguientes fueron de comentarios y de miradas. A mí me tocó cargar con ser el único que regresó caminando. Cada vez que alguien me pedía que lo repitiera, yo decía lo mismo. Tres cazadores entramos, dos murieron, cinco perros murieron y yo salí herido. Mi herida cerró con el tiempo y la cicatriz se me quedó marcada. Desde ese día jamás volví a cazar. Guardé el arma y la dejé donde no la viera a diario. Dejé de salir al monte por gusto. Si tenía que pasar cerca de árboles cerrados, lo hacía por necesidad y me salía rápido.

20:04 Cuando alguien hablaba de ir a cazar, yo ya no me ofrecía. No era flojera ni cambio de gusto. Era miedo real, el mismo que me apretó el pecho. Cuando vi al Nahual parado entre los troncos, sin cruzar al terreno abierto, mirándome como si estuviera decidiendo si me dejaba ir. Ahí se acabó mi cacería.