AQUEL REPTILIANO NOS DEJÓ SALIR… PERO ¿POR QUÉ? ⭐
0:02 El agua debajo del cerro Mi tÃo vivÃa en una comunidad del sur de Veracruz. La casa de mi abuela habÃa quedado a su cargo, y yo acostumbraba pasar ahà parte de mis vacaciones, incluso después de empezar a trabajar. Me gustaba levantarme con el ruido de las mujeres que pasaban vendiendo pan, desayunar en el corredor y acompañarlo a hacer mandados. Ãl conocÃa a todo el mundo. Si salÃamos por una cosa, regresábamos varias horas después. La comunidad se abastecÃa de un nacimiento que estaba al pie de un cerro. Una manguera gruesa llevaba el agua hasta un depósito. Cuando bajaba la presión, los vecinos se organizaban para revisar el tramo.
0:43 Aquella vez, el agua llevaba dos dÃas llegando apenas. Mi tÃo quedó de ir con un muchacho que sabÃa reparar las uniones. Yo me ofrecÃa acompañarlos. HabÃa llovido durante la madrugada, pero por la mañana el cielo estaba despejado. Salimos después de desayunar. El muchacho se llamaba Abel. Llevaba herramientas en una mochila y un rollo de manguera sobre el hombro. Mi tÃo cargaba una lámpara y comida envuelta en un trapo. Yo iba tomando fotografÃas de los árboles y preguntando cuánto faltaba. La entrada al nacimiento estaba entre unas piedras cubiertas de raÃces. Desde afuera se escuchaba correr el agua. HabÃa que agacharse para pasar. Después el techo subÃa y permitÃa caminar de pie.
1:28 Mi tÃo encendió su lámpara. Abel llevaba otra. Yo guardé el teléfono porque tenÃa las manos húmedas y me daba miedo que se me cayera. Al principio vimos la manguera siguiendo una pared sujeta con alambre en algunos puntos. El suelo tenÃa zonas resbalosas y otras cubiertas de grava. Encontramos una unión separada antes de llegar al lugar de donde tomaban el agua. Abel se arrodilló para revisarla. Mi tÃo siguió unos pasos y alumbró hacia una parte más profunda. Yo fui detrás. HabÃa una poza. Se veÃa el fondo cerca de nuestros pies, y después todo se volvÃa oscuro. El techo estaba más bajo sobre el agua. Escuché un ruido parecido al de una persona que se aclara la garganta.
2:12 Pensé que Abel se habÃa acercado. Volté. SeguÃa trabajando junto a la entrada. El ruido volvió a salir desde el otro lado de la poza. Mi tÃo bajó un poco la lámpara. Pregunté si podÃa haber alguien adentro. Me tocó el brazo y me hizo quedarme junto a él. Entonces, vi una mano apoyada en una piedra. Al principio me pareció una raÃz. Los dedos estaban separados y terminaban en uñas oscuras. Después, la mano cambió de posición y apareció un brazo. HabÃa alguien agachado bajo la parte baja del techo. Mi tÃo mantuvo la luz apuntando al agua, de modo que solamente alcanzábamos a ver una parte. TenÃa los hombros descubiertos y la espalda muy encorvada. La piel era clara, grisácea, con zonas oscuras alrededor de las articulaciones. Yo pensé en una persona que estuviera viviendo ahÃ. Le pregunté a mi tÃo si necesitaba ayuda. Ãl me apretó el brazo. La figura levantó la cabeza. La cara tenÃa proporciones humanas, pero la frente terminaba en unos relieves duros sobre los ojos.
3:16 Donde debÃa estar la nariz habÃa dos aberturas pequeñas. La boca se extendÃa demasiado hacia los lados. Se quedó mirándonos. Sentà que las piernas se me estaban aflojando. Mi tÃo dio un paso hacia atrás y me llevó con él. La figura salió un poco más. Se apoyó sobre los dedos y acomodó las piernas debajo del cuerpo. TendrÃa el tamaño de una persona adulta. Lo que recuerdo con mayor claridad es su respiración. Cada vez que soltaba el aire, se le movÃa una parte del cuello debajo de la mandÃbula. Abel nos llamó desde la unión Yo intenté contestarle, pero mi tÃo habló primero Recoge tus cosas, ya nos vamos Le dijo mi tÃo a Abel El muchacho se levantó y alumbró hacia nosotros Su luz alcanzó de lleno a la figura Abel soltó una maldición La lámpara se le movió y durante un momento vimos solamente el techo Cuando volvió a bajarla, aquello estaba más cerca de la orilla Mi tÃo levantó la mano libre con la palma hacia delante Ya vamos saliendo, dijo mi tÃo. Me impresionó que le hablara como si esperara que entendiera. Retrocedimos hasta donde estaba Abel. Ãl habÃa conseguido poner sus herramientas en la mochila, pero dejó el tramo nuevo de manguera sobre una piedra.
4:35 Se lo señalé. Mi tÃo me jaló hacia el paso de salida. En ese momento, escuchamos agua corriendo con más fuerza. Yo lo atribuà a que la unión seguÃa abierta. Después, vi que la poza estaba cubriendo una piedra que, al entrar, se encontraba seca. Mi tÃo se dio cuenta también. Nos ordenó caminar. La luz de afuera se veÃa pequeña al final del paso. Abel iba delante, yo en medio y mi tÃo atrás. Me tropecé con una piedra y tuve que apoyar una mano en el suelo. Al voltear, vi la figura junto a mi tÃo. Estaba agachada sobre una saliente a la altura de su hombro. Le puso una mano delante. Mi tÃo se detuvo. Yo grité porque pensé que iba a agarrarlo. La figura golpeó dos veces la piedra que tenÃa a un lado. Luego se quedó mirando hacia el paso por donde pretendÃamos salir. Escuchamos un golpe de agua. El tramo más bajo comenzó a llenarse. Mi tÃo me hizo levantar y nos llevó hacia una abertura lateral que yo habÃa tomado por una sombra. Abel alumbró y vimos una pendiente de piedras. Subimos por ahÃ. yo iba sujetándome de las raÃces que salÃan de una grieta tenÃa lodo hasta las rodillas y estaba llorando sin hacer ruido la pendiente nos llevó a otra salida más arriba de la primera afuera habÃa empezado a llover otra vez nos quedamos bajo unos árboles recuperando el aire Abel se sentó en el suelo y se cubrió la cara con
6:06 las manos mi tÃo fue el último en salir me revisó las rodillas y me preguntó si me habÃa pegado en la cabeza Yo le pedà que me dijera qué habÃa adentro. Tardó en contestarme. Yo lo he visto otras veces, me dijo mi tÃo. Abel levantó la cara. Mi tÃo contó que, cuando era joven, habÃa entrado con otros hombres para acomodar la toma. HabÃan visto una figura parecida cerca de la poza. Desde entonces, procuraba revisar solamente lo necesario y salÃa. Le pregunté por qué habÃa hablado con aquello.¿ Por qué se me quedó enfrente? Me contestó mi tÃo. Quise saber si creÃa que nos habÃa impedido salir por donde estaba subiendo el agua. Miró hacia la abertura. Yo entendà que por ahà no pasáramos. Me respondió. Regresamos a la comunidad empapados. Mi tÃo explicó a los vecinos que la unión estaba dañada y que el nacimiento habÃa crecido con la lluvia. También dijo que ya no llevaran gente a trabajar hasta que bajara el agua. Abel se fue a su casa. Esa noche tuve que contarle lo ocurrido a mi abuela porque me negué a dormir sola. Ella escuchó sin interrumpirme. Cuando terminé, le preguntó a mi tÃo por qué me habÃa llevado hasta la poza. Ãl se quedó callado. La reparación se hizo dÃas después, con más personas y sin avanzar hasta donde nosotros habÃamos llegado. Yo estaba de regreso en la ciudad cuando mi tÃo me
7:38 avisó que el agua ya estaba funcionando. Con los años pusieron otra toma en un sitio más accesible. El nacimiento siguió ahÃ. TodavÃa visito a mi familia. Mi tÃo ya camina despacio y pasa buena parte de la mañana sentado en el corredor. Una vez le pregunté si seguÃa pensando en aquella mano que le habÃa cerrado el paso. Me dijo que sÃ. Yo también. Cuando recuerdo la cara, me cuesta dormir. Cuando recuerdo el agua llenando la salida, me acuerdo de que mi tÃo habÃa estado a punto de meternos por ahÃ. Las dos cosas me quedaron juntas. El banco de Don Benigno Don Benigno arreglaba zapatos en un local cerca de la primaria donde yo estudiaba. Mi papá le llevaba sus botas de trabajo. Las dejaba por la mañana y, cuando salÃa, pasaba a recogerlas. Si yo iba con él, don Benigno me daba un pedazo de cuero para recortar o me dejaba pegar unas tiras que, después, usaba como pulseras. El taller tenÃa un olor que todavÃa recuerdo. Pegamento, piel húmeda y el café que calentaba en una parrilla pequeña.
8:54 HabÃa un banco de madera junto a la puerta. Yo me sentaba ahà mientras los adultos platicaban. Cuando entré a secundaria, empecé a ayudarle algunas tardes. BarrÃa, acomodaba pares y apuntaba nombres en una libreta. Ãl me daba dinero los viernes y me enseñaba a trabajar sin echar a perder las cosas. Era paciente. También era reservado. Si alguien le preguntaba de dónde era, contestaba con el nombre de un pueblo que yo nunca conocÃ. TenÃa un hijo que lo visitaba los domingos y le llevaba comida. Usaba camisas de manga larga incluso durante el calor. Yo le habÃa visto unas manchas gruesas cerca de las muñecas. Pensaba que eran por el trabajo.
9:35 Sus manos estaban llenas de marcas y las uñas parecÃan demasiado duras para cortarlas. Un dÃa le pregunté si le dolÃan. Me dijo que a veces se le abrÃan con el frÃo y cambió de tema. Lo que pasó fue durante una tarde de diciembre. El negocio de al lado guardaba cajas y material de plástico. Empezó a salir humo por la parte trasera. Al principio creÃmos que estaban quemando basura. Después alguien gritó que habÃa fuego. Don Benigno me mandó sacar la libreta y una caja con zapatos terminados. Ãl fue hacia el cuarto de atrás donde tenÃa herramientas y algunas pertenencias. Yo dejé la caja en la banqueta. Cuando volvÃ, el humo ya estaba entrando por arriba de la pared.
10:21 Le grité que saliera. Lo escuché toser. Me tapé la boca con la manga y avancé hasta la cortina que separaba el taller del cuarto. Don Benigno estaba inclinado junto a una silla intentando cargar una caja pequeña. TenÃa la camisa abierta del cuello. Tomé la caja pequeña con una mano y con la otra lo agarré del brazo. Al levantar la cara, vi que uno de sus ojos estaba cubierto por una pelÃcula clara que se recorrió hacia un lado. Me quedé quieto. La piel que tenÃa debajo de la oreja estaba separada en relieves pequeños, como las escamas de algunos animales, pero más opacos. Se extendÃan hacia el cuello y se perdÃan debajo de la camisa. Don Benigno me vio mirarlo. Se llevó una mano a la cara. Ayúdanme a salir, me pidió Don Benigno. Lo jalé del brazo.
11:09 Afuera habÃa gente con cubetas. Un vecino me quitó la caja de las manos y otra persona nos hizo alejarnos de la entrada. Don Benigno seguÃa tosiendo. TenÃa la cara inclinada y se cubrÃa el cuello con la camisa. Una señora quiso revisarlo. Ãl se apartó un poco y buscó con la mirada el banco de madera. Lo senté ahÃ. Me pidió que sacara un sombrero que guardaba detrás del mostrador. Fui por él antes de que llegaran los bomberos. Cuando regresé, habÃa dejado de toser. Le entregué el sombrero. Se lo acomodó muy abajo y permaneció con las manos sobre las rodillas. Yo me quedé junto a él. Su hijo llegó después. Era un hombre al que yo habÃa visto muchas veces.
11:51 Se acercó, le preguntó cómo estaba y después me miró. Don Benigno le hizo una seña pequeña. El hijo se quitó la chamarra y se la puso sobre los hombros. Me preguntó si yo estaba bien. Le dije que sÃ. Mi papá fue por mà cuando se enteró del incendio. Quiso saber si habÃa respirado humo y me llevó a casa. Le conté casi todo. Las cajas, la tos, cómo habÃamos salido. Lo del ojo y el cuello me lo guardé. Pasé varios dÃas pensando que el humo me habÃa hecho ver mal. Busqué en unas revistas de mi hermana fotografÃas de enfermedades de la piel. Encontré cosas que se parecÃan a las manchas de las manos, pero seguÃa recordando aquel movimiento sobre el ojo. El taller quedó cerrado varias semanas. Cuando volvió a abrir, fui con mi papá. Don Benigno estaba sentado en su lugar de siempre. Se habÃa puesto una camisa limpia y tenÃa el sombrero colgado en un clavo. Nos recibió como cualquier tarde. Mi papá le dejó unas botas.
12:50 Luego tuvo que ir a comprar una pieza para el coche y me pidió que lo esperara ahÃ. Don Benigno y yo nos quedamos solos. Me preguntó por la escuela. Le contesté. Después puso sobre el mostrador la caja que habÃa intentado salvar del incendio. Dentro guardaba fotografÃas, unos papeles y herramientas pequeñas envueltas en tela. Me dijo que eran cosas de su esposa. Yo estaba mirando sus manos. Ãl se dio cuenta. Ese dÃa te asustaste conmigo, me dijo Don Benigno. Sentà que me ardÃa la cara. Le respondà que habÃa visto algo raro. Don Benigno mantuvo los dedos apoyados en el borde de la caja. Ya sé, me contestó.
13:35 Esperé que me explicara. Ãl guardó las fotografÃas y se quedó mirándome. TenÃa la misma expresión con la que me esperaba cuando yo rompÃa una suela y querÃa inventarle una excusa. Le pregunté si le dolÃa. Bajó un poco la cabeza. A veces, me respondió Don Benigno. Seguimos trabajando juntos hasta que entré a la preparatoria. Yo podÃa haber dejado de ir. Mi mamá me insistÃa en que aprovechara las tardes para estudiar. Volvà porque él me habÃa tratado bien desde niño. Durante los años siguientes, observé cosas que antes se me habÃan pasado. La forma en que descansaba las manos dentro de una cubeta de agua. El cuidado con el que se ponÃa crema en el cuello. La facilidad con la que distinguÃa un zapato por el olor del material. Cada una tenÃa una explicación posible. Aquel ojo seguÃa siendo otra cosa. Don Benigno envejeció, empezó a ver menos y su hijo se lo llevó a vivir con él. Cerraron el local después de que terminó de entregar los trabajos pendientes Yo ya tenÃa familia cuando murió Fui al velorio con mi papá Su hijo nos recibió y me agradeció haber ido Al despedirnos me puso una mano en el hombro Me dijo que su papá me habÃa tenido mucho cariño El banco de madera terminó en mi casa Me lo dieron cuando vaciaron el taller porque yo habÃa preguntado por él Ahora lo uso para sentarme a limpiar los zapatos de mis hijos El muchacho del costal rojo Empecé a entrenar box
15:12 después de que un compañero de trabajo me invitó. TenÃa veintitantos años. Pasaba el dÃa sentado y me gustó llegar a un lugar donde terminaba demasiado cansado para seguir pensando en pendientes. El gimnasio estaba arriba de una refaccionaria. HabÃa que subir por unas escaleras angostas y, al entrar, te llegaba el olor de las vendas húmedas y el piso recién trapeado. El entrenador se llamaba Ernesto. Era exigente, pero cuidaba mucho con quien te ponÃa a trabajar. A los nuevos nos hacÃa practicar bastante antes de dejarnos subir con alguien. Por eso me confié cuando empezó a llegar aquel muchacho.
15:53 Se presentó como Rubén. TendrÃa mi edad. Era callado y casi siempre entrenaba al fondo, junto a un costal rojo que estaba más duro que los demás. Lo golpeaba sin hacer demasiado ruido con la boca. Apenas respiraba entre una combinación y otra. Yo pensaba que venÃa de otro gimnasio. Una tarde me tocó ayudarlo con unos ejercicios. Le sostuve un cojÃn para que practicara golpes al cuerpo. Sentà una fuerza que me hizo retroceder varios pasos. Le pedà que bajara un poco. Rubén se disculpó. ParecÃa avergonzado. Después de eso empezamos a saludarnos. Me preguntaba por mi trabajo y alguna vez compartimos agua porque se le habÃa olvidado su botella.
16:40 Lo raro vino una noche en que habÃa poca gente. Ernesto nos puso a trabajar juntos arriba del ring. Me explicó que serÃa suave para practicar distancia y movimientos. Rubén llevaba un protector bucal oscuro. Se lo habÃa acomodado varias veces antes de subir. Durante los primeros minutos todo fue normal. Yo alcanzaba a tocarlo y él se retiraba. Sus golpes se detenÃan antes de llegar con fuerza. Ernesto estaba mirando desde un costado. En una salida me movà tarde y lo golpeé de frente. Sentà el impacto en el guante.
17:21 Rubén dio un paso atrás. El protector cayó al piso. Yo iba a disculparme cuando levantó la cara. TenÃa la boca abierta de una forma que me hizo pensar que le habÃa lastimado la mandÃbula. Las comisuras se habÃan extendido hacia atrás y se veÃa una parte húmeda, oscura en ambos lados. Se llevó una mano al rostro. Los dientes de abajo parecÃan inclinados hacia adentro. Detrás alcancé a distinguir otros pequeños, muy juntos, donde yo no esperaba ver dientes. Rubén levantó los ojos. La mirada me dio más miedo que la boca. Se quedó observándome sin parpadear y después avanzó.
18:04 Yo levanté los guantes, Ernesto entró al ring gritando su nombre, Rubén lo apartó con un brazo y me alcanzó contra las cuerdas, tenÃa la cara tan cerca que pude ver pequeñas zonas de piel gruesa junto a la nariz, me habló, dijo algo que no entendà porque la voz se le habÃa vuelto áspera. Ernesto se metió entre nosotros, le apoyó las dos manos en el pecho y empezó a hablarle despacio. Yo aproveché para salir por el otro lado. Me bajé del ring y fui hasta la escalera. HabÃa otro compañero junto a la puerta, mirando hacia arriba sin entender qué pasaba. Le pedà que saliera conmigo. Nos quedamos en el descanso. Desde ahÃ, escuchamos al entrenador repetir que ya habÃa terminado, que se sentara. Después hubo silencio. Rubén salió del ring varios minutos más tarde. Llevaba una toalla sobre la cara.
18:57 Pasó junto a nosotros y bajó las escaleras. Yo me pegué a la pared para dejarlo pasar. OlÃa muy fuerte, como una mezcla de sudor y ropa guardada en un lugar húmedo. Ernesto nos pidió que volviéramos. Dijo que Rubén habÃa tenido un problema y que era mejor dejarlo descansar. Le pregunté qué le habÃa pasado en la boca. El entrenador me miró.¿ Qué alcanzaste a verle? Me preguntó Ernesto. Se lo describÃ. Mi compañero estaba oyendo. Ãl habÃa visto solamente el empujón y la manera en que Rubén se me habÃa ido encima. Ernesto me dijo que podÃa irme, que hablarÃamos al dÃa siguiente. Yo recogà mis cosas y salà todavÃa con las vendas puestas. En mi casa no podÃa cerrar los ojos sin volver a ver la parte húmeda que habÃa aparecido junto a su boca. Pensé que le habÃa provocado una lesión. También pensé que me estaba confundiendo por el susto. Al dÃa siguiente, busqué al entrenador para pedirle el teléfono de Rubén. QuerÃa saber si estaba bien.
20:00 Ernesto se negó a dármelo. Nos quedamos hablando a solas antes de que llegaran los demás. Le insistà en que habÃa visto algo más que una herida. El entrenador se sentó en el borde del ring. Me contó que conocÃa a Rubén desde hacÃa unos meses. HabÃa llegado recomendado por una persona a la que le debÃa favores. Una vez lo habÃa visto perder el control y le habÃa pedido que entrenara separado. Yo le pregunté por qué me habÃa puesto con él. Ernesto se quedó mirando sus propias manos. Llevaba tiempo tranquilo, me respondió. Eso fue lo que más me enojó. PodÃa aceptar haberme encontrado con algo que ningún me entendiera. Me costó mucho más aceptar que él ya habÃa tenido motivos para preocuparse. Dejé de ir a ese gimnasio.
20:49 Rubén me buscó una tarde a la salida del trabajo. Me estaba esperando al otro lado de la calle. Se veÃa como siempre. TenÃa los labios cerrados y una mochila colgada de un hombro. Me pidió hablar. Yo me quedé junto a la entrada del edificio. Me dijo que sentÃa lo ocurrido y que habÃa dejado de entrenar con Ernesto. Le pregunté qué le habÃa visto. Rubén bajó la mirada. Eso es lo que yo no querÃa que pasara, me respondió. Esperé un momento. Ãl parecÃa querer decir algo más, pero terminó alejándose. Nunca volvà a verlo. SeguÃa haciendo ejercicio en otro lugar. Tardé bastante en volver a trabajar con un compañero.
21:33 Durante meses, cuando alguien se quitaba el protector bucal, yo miraba hacia otro lado. Ahora entreno de vez en cuando con mi sobrino. Si me pide que suba con él, lo hago. También le digo que se baje en cuanto se siente incómodo, aunque alguien se burle. Ernesto era la persona en la que yo habÃa confiado para aprender a reconocer un peligro. Aquella noche tuve que aprender a desconfiar de él también. La sala que dejaron vacÃa. Trabajé en un cine de una sola sala cuando todavÃa vivÃa con mis papás. Estaba cerca del mercado. TenÃa butacas reparadas muchas veces y un vestÃbulo donde se mezclaban el olor de las palomitas y el desinfectante. Yo vendÃa dulces. Después de la última función, ayudaba a recoger vasos y bolsas. El encargado de mantenimiento se llamaba Ciro. ConocÃa cada puerta del edificio.
22:31 Si una lámpara fallaba o una butaca se aflojaba, él sabÃa dónde guardaban la pieza para arreglarla. La primera vez que le hablé del hombre de la sala, pensé que estaba escondiendo a alguien. HabÃamos terminado de limpiar. Yo fui a buscar una escoba que habÃa dejado junto a la primera fila y vi una cabeza asomándose detrás de la pantalla. Solamente duró un momento. ParecÃa la de un hombre sin cabello. Le avisé a Ciro. Ãl fue hasta la puerta lateral, la abrió y se quedó escuchando. Después me dijo que ya podÃa irme. A la mañana siguiente quise saber qué habÃa encontrado. Me contestó que seguramente habÃa visto a alguien del personal. Yo conocÃa a todos los que trabajábamos ahÃ.
23:15 Ciro se dio cuenta de que su respuesta no me habÃa convencido y empezó a preguntarme por unos pedidos de la dulcerÃa. Pasaron varias semanas. Durante una función se oyó un ruido fuerte detrás de la pantalla, como si hubieran arrastrado algo por el suelo. Algunas personas se rieron, otras se quejaron porque pensaron que era una falla. Cuando terminó, Ciro me pidió que recogiera solamente hasta la mitad de la sala. Le pregunté por qué. Me dijo que habÃa una filtración adelante. Me acerqué de todos modos porque un niño habÃa dejado un suéter sobre una butaca. Escuché respirar a alguien detrás de la pantalla. Me detuve. Por el espacio de abajo vi una mano apoyada en el suelo.
24:00 Era ancha, con dedos largos y uñas oscuras. La mano se retiró. Ciro apareció junto a mà y me llevó hacia el pasillo. Le dije que habÃa una persona escondida. Ya sé, me contestó Ciro. Discutimos porque yo querÃa que llamara a alguien. Ãl insistÃa en que saliéramos primero. Aquella noche me acompañó hasta la parada. Me contó que habÃa visto a aquel hombre varias veces. Se metÃa por la parte trasera del edificio donde habÃa un patio lleno de cosas viejas. Ciro habÃa intentado hablarle y le habÃa dejado ropa en una silla. Le pregunté si estaba enfermo. Me dijo que tenÃa el cuerpo extraño y que preferÃa que yo me mantuviera lejos. Pensé en alguien viviendo en la calle.
24:47 Aquello me dio tristeza, pero también me molestó que me hubieran dejado limpiar sola sin avisarme. La situación cambió cuando el dueño encontró basura y restos de comida en un cuarto de atrás. Se enojó mucho, mandó cambiar un candado y pidió que revisaran el edificio. También habÃa un problema de insectos. Contrató a unas personas para hacer una limpieza general y nos avisaron que el cine estarÃa cerrado un dÃa. Ciro insistió en revisar primero todos los espacios. El dueño le respondió que eso era precisamente lo que iban a hacer. Yo llegué por la mañana para guardar la mercancÃa de la dulcerÃa. Escuché golpes dentro de la sala. Uno de los trabajadores salió pidiendo una lámpara. HabÃa encontrado algo detrás de la pantalla y pensaba que era un animal grande.
25:38 Ciro entró corriendo. Yo fui detrás hasta la puerta. HabÃan movido unas tablas. En el hueco entre la pared y una estructura de madera habÃa alguien encogido. Vio una espalda desnuda y una pierna doblada de una manera muy extraña. El trabajador levantó una barra para apartar una tabla. La figura se volvió. La luz le dio en la cara. TenÃa los ojos muy separados, cubiertos por un brillo opaco. La boca era pequeña mientras estaba cerrada, pero al abrirla se extendió hacia ambos lados de la cara. Uno de los hombres retrocedió y tropezó con una butaca. Ciro gritó que dejaran de mover cosas. La figura subió por la estructura.
26:21 Lo hizo sujetándose con las manos y los pies. Vi las plantas abiertas sobre una viga y los dedos apretarse alrededor de la madera. Me salà de la sala. Afuera, otro trabajador estaba hablando por teléfono. DecÃa que habÃa un hombre viviendo dentro del edificio y que se estaba poniendo agresivo. Ciro salió después. TraÃa polvo en la camisa y un brazo raspado. Le pregunté qué habÃa pasado. Me pidió que abriera la puerta del patio trasero. Ãl mismo habÃa cambiado el candado por orden del dueño y llevaba las llaves. Lo acompañé porque estaba temblando. Al abrir, vimos el pequeño espacio lleno de sillas rotas y pedazos de madera. Ciro se apartó y me hizo quedar junto a la pared.
27:07 Escuchamos algo moverse arriba. La figura salió por una abertura alta. Bajó primero un brazo, después la cabeza, y por último dejó caer el cuerpo sobre unas tablas. Era más delgada de lo que yo habÃa pensado. TenÃa zonas de piel dura en los hombros y una franja de relieves pequeños a lo largo de la espalda. Se quedó agachada, respirando. Ciro puso en el suelo una camisa y un pantalón que habÃa sacado de una bolsa. Me llevó de regreso al vestÃbulo. Yo querÃa seguir mirando. Ãl me pidió que lo dejara. La policÃa llegó cuando el patio ya estaba vacÃo. Los trabajadores contaron lo que habÃan visto. Uno insistÃa en que habÃa sido un hombre con alguna enfermedad. Otro hablaba de un animal. Yo dije lo de las manos y los pies sobre la viga. Ciro confirmó que llevaba tiempo encontrándolo ahÃ. El dueño estaba furioso con él. Durante los dÃas siguientes, revisaron las entradas y taparon los huecos. Encontraron ropa, botellas y un lugar donde alguien se habÃa acomodado para dormir.
28:13 Ciro dejó el trabajo poco después. Me dijo que ya no querÃa discutir con el dueño. Seguimos hablando durante algunos años. Una vez le pregunté si, de verdad, habÃa sabido cómo era aquella persona antes de que la alumbraran detrás de la pantalla. Me dijo que la habÃa visto de cerca una madrugada. Quise saber por qué le habÃa dejado ropa. Porque estaba desnudo, me contestó Ciro. El cine cerró tiempo después. Yo fui a recoger unas cosas de la dulcerÃa y caminé hasta la puerta de la sala. OlÃa a encierro. Pensé en las veces que habÃa oÃdo movimiento y habÃa seguido recogiendo vasos, convencida de que estaba sola. También pensé en los trabajadores apartando tablas con aquella barra. TodavÃa me cuesta decidir qué parte me da más miedo. Conservo una fotografÃa del vestÃbulo. Salimos varias compañeras con el uniforme y Ciro está detrás, haciendo una mueca porque le habÃan pedido que se acercara. Cada vez que la veo, recuerdo que fue el único que llevó una camisa al patio antes de abrir la puerta. Los perros dejaron de ladrar. Mi papá salÃa a cazar con dos vecinos cuando yo era joven.
29:34 Casi siempre regresaban con poco y se quedaban más tiempo platicando que recorriendo el monte. Yo empecé a acompañarlos porque querÃa que me trataran como a uno de ellos. Me gustaba preparar las cosas desde la tarde y escuchar cómo discutÃan por dónde convenÃa caminar. lo que pasó fue cerca de unos sembradÃos en una zona donde habÃa canales y cañaverales un vecino habÃa perdido varias gallinas otro encontró una cabra lastimada decÃan que podÃa tratarse de perros que andaban en grupo mi papá ofreció ir a revisar fuimos él un vecino llamado Ventura y yo llevábamos dos perros que conocÃan bien aquel terreno yo cargaba una lámpara y una mochila salimos cuando todavÃa habÃa claridad Revisamos un corral, seguimos una vereda y después nos metimos por un costado del cañaveral.
30:27 Los perros iban delante. Al principio olfateaban todo. Se metÃan y regresaban levantando tierra. Después se quedaron quietos. Uno empezó a gruñir con la cabeza baja. Ventura pensó que habÃan encontrado al animal. Mi papá me pidió que alumbrara hacia una parte donde la caña se movÃa. Escuchamos algo arrastrarse. Luego vimos una figura. Estaba inclinada entre las plantas, con los brazos cerca del suelo. Yo creà que era una persona recogiendo algo. Mi papá bajó el arma y le gritó. La figura se quedó inmóvil. Ventura llamó a los perros. Uno retrocedió y se pegó a sus piernas. El otro seguÃa mirando hacia la caña, pero ya habÃa dejado de gruñir.
31:14 Aquello levantó el cuerpo. Era alto como un hombre, aunque tenÃa las piernas muy dobladas. La luz le pegaba en el abdomen y en una parte del pecho. ParecÃa desnudo. Mi papá volvió a hablarle. La figura se movió hacia nosotros. Ventura disparó. El ruido me dejó un zumbido en los oÃdos. Vi que el cuerpo daba un golpe contra la caña y después volvÃa a levantarse. Mi papá disparó también cuando aquello avanzó. Yo retrocedà con la lámpara. Uno de los perros salió corriendo. El otro se quedó detrás de Ventura llorando. La figura cayó sobre las manos. Empezó a moverse por el suelo con una rapidez que me costó seguir con la luz. Se metió entre las plantas y escuchamos los tallos romperse. Mi papá me agarró de la mochila y me hizo quedarme junto a él. Ventura querÃa seguirlo. Yo estaba intentando decirles que habÃa aparecido una persona. Los tres escuchamos un tejido. VenÃa de unos metros adelante. Mi papá caminó despacio. Ventura fue a su lado y yo detrás, alumbrando entre los dos. Encontramos sangre sobre unas hojas. HabÃa algo agachado junto a una pequeña salida de agua. La lámpara le dio en un brazo. Vi una mano apoyada sobre el concreto. TenÃa dedos largos y una uña gruesa que se habÃa partido. La piel del brazo estaba dividida en zonas duras, superpuestas. Después levantó la cara. Sus ojos reflejaron la luz. La boca estaba abierta y se movÃa
32:46 como si intentara tomar aire. Mi papá levantó el arma. Aquello alzó una mano delante de la cara. Fue un movimiento que yo habÃa hecho muchas veces cuando alguien me apuntaba con la lámpara. Mi papá se quedó quieto. Ventura gritó que disparara. La figura se echó hacia atrás entrando por la salida del canal. Alcanzamos a ver un hombro y después se perdió bajo el borde. Ventura avanzó. Mi papá lo detuvo del brazo. Discutieron unos segundos. Yo seguÃa alumbrando el hueco, esperando que volviera a salir. Mi papá dijo que nos Ãbamos. Ventura querÃa esperar. Terminamos regresando por la vereda. El perro que se habÃa quedado caminaba tan cerca de nosotros que nos tropezábamos con él. El otro apareció junto a la camioneta. Durante el trayecto, Ventura insistió en que aquello habÃa estado a punto de atacarnos. Mi papá manejaba sin contestarle. Yo miraba mis manos. TenÃa tierra debajo de las uñas porque me habÃa caÃdo al retroceder y apenas entonces me di cuenta. Al llegar a casa, mi mamá preguntó qué habÃa pasado. Mi papá dijo que necesitaba hablar con ella. Yo me quedé en la cocina.
33:56 Los escuché discutir en voz baja. Mi mamá salió a revisarme y después fue por agua para mi papá. A la mañana siguiente regresaron al lugar con otros vecinos. Yo pedà acompañarlos. Encontramos las hojas manchadas y el concreto raspado cerca de la salida. Revisaron el canal desde distintos puntos. Mi papá explicó que podÃan haber lastimado a alguien. Uno de los vecinos fue a avisar a las autoridades del pueblo. Durante varios dÃas preguntaron por personas desaparecidas o heridas en los alrededores. Al menos eso fue lo que mi papá me contó después. Nunca supe de un hallazgo relacionado con nosotros. Ventura seguÃa diciendo que habÃan tirado contra un animal. Yo lo escuché asegurar que habÃa visto un hocico. No era la cara que yo recordaba. Mi papá empezó a dejar las armas guardadas. TodavÃa acompañó alguna vez a sus amigos a recorrer terrenos, pero dejó de llevarme. Una tarde, mientras limpiábamos unas herramientas, me preguntó qué habÃa visto en el canal.
34:59 Le conté lo de la mano. Ãl dejó la lija sobre la mesa. Yo también vi que se tapó la cara, me dijo mi papá. Esperé que siguiera hablando. Me preguntó si yo habÃa escuchado palabras. Le contesté que solamente un quejido. Asintió y volvió al trabajo. Mi papá murió muchos años después. En sus cosas encontramos fotografÃas de aquellas salidas, casi todas de hombres sentados junto a una camioneta, con termos y bolsas de comida. Yo salgo en una, muy joven, sosteniendo a uno de los perros. Mis hijos me preguntaron si disfrutaba ir con él. Les dije que sÃ. TodavÃa me gustan los recuerdos de las mañanas, de los caminos y de mi papá preparando café antes de salir. Cuando me preguntan por qué dejamos de ir, les cuento que, una vez, le disparamos a algo que, después, se cubrió la cara con una mano. Esa es la parte que mi papá tampoco pudo dejar atrás. El niño que no se quitaba los calcetines. Di clases durante varios años en una primaria de una ciudad pequeña. Como pasa en muchas escuelas, también nos tocaba organizar festivales, acompañar a los equipos y resolver cosas que tenÃan poco que ver con la materia del dÃa.
36:19 El niño del que voy a hablar llegó a mi grupo a mitad del ciclo escolar. Se llamaba DarÃo. Su mamá me explicó que habÃan cambiado de casa por el trabajo de su esposo. Me entregó sus papeles y preguntó si podÃa avisarle cuando el niño tuviera alguna dificultad para integrarse. DarÃo era tranquilo. HacÃa las tareas y procuraba sentarse cerca de la puerta. Lo primero que noté fue que usaba los calcetines muy arriba. Si se le bajaban, se detenÃa a acomodarlos, incluso en mitad de un juego. Pensé que le daba vergüenza alguna marca. Durante las clases de educación fÃsica, preferÃa quedarse con los zapatos puestos. Cuando organizamos una actividad con agua en el patio, pidió ayudarme a repartir los vasos en lugar de participar. Yo lo dejé. Los problemas empezaron con otros niños. Me dijeron que DarÃo tenÃa los pies raros. Uno aseguró que habÃa visto cómo se le despegaba la piel. Hablé con ellos sobre las burlas. También llamé a su mamá. Ella me agradeció y dijo que su hijo tenÃa un problema de la piel que empeoraba cuando se ponÃa nervioso. Le ofrecà hacer ajustes para las actividades.
37:27 La señora se quedó mirándome un momento antes de decir que sÃ. Por esas fechas, estábamos preparando un encuentro deportivo con otra escuela. DarÃo querÃa participar porque se llevaba bien con dos compañeros del equipo. Yo pensé que serÃa bueno para él. La tarde del encuentro habÃa familias, vendedores y niños corriendo entre las canchas. Yo estaba ayudando a organizar los turnos. Uno de mis alumnos llegó a buscarme. Me dijo que DarÃo se habÃa metido a los vestidores y que varios muchachos mayores lo estaban siguiendo. Fui con él. Los encontré junto a una banca. DarÃo estaba sentado, encogido, mientras un adolescente sostenÃa uno de sus zapatos. Otro llevaba un teléfono levantado. Les pedà que se apartaran. Uno se rió y dijo que solamente querÃan verlo bien. DarÃo tenÃa un calcetÃn a medio quitar. Vi el pie. Los dedos eran largos y estaban unidos cerca de la base por una piel tensa. Sobre el empeine tenÃa zonas de relieves pequeños, duros, con un brillo apagado. Al levantar la mirada, vi otra franja parecida detrás de su rodilla. Me quedé un segundo sin reaccionar. DarÃo se dio cuenta. Lo que recuerdo de su cara es la vergüenza. Le quité el zapato al muchacho y me puse delante del niño. Pedà a otro maestro que llamara a los padres de los adolescentes. El del teléfono se resistÃa a guardarlo. Lo hice salir del vestidor mientras mi compañero buscaba al responsable del grupo. Después
39:00 me arrodillé frente a DarÃo. TenÃa las manos apretadas sobre el calcetÃn. Le dije que se lo acomodara, que yo iba a esperar afuera de la puerta. Ãl me agarró de la manga. Me pidió que me quedara. Asà que me senté en la otra orilla de la banca mirando hacia la entrada mientras se vestÃa. Cuando terminó, llamé a su mamá. Ella llegó con su esposo. DarÃo se fue directo a abrazarla. El papá quiso saber quién lo habÃa tocado. Se lo expliqué y lo acompañé. a hablar con los otros adultos. Hubo una discusión larga. Revisaron el teléfono en presencia de sus responsables y acordaron borrar lo que habÃan grabado. Yo vi un fragmento antes de que lo quitaran. DarÃo salÃa intentando cubrirse. La grabación me dio más vergüenza que miedo.
39:49 Durante los dÃas siguientes estuve pendiente de él. Volvió a clases y siguió sentándose cerca de la puerta. Una tarde se quedó mientras sus compañeros salÃan. Me preguntó si yo querÃa que lo cambiaran de grupo. Le dije que no. DarÃo se frotó los ojos con la manga. Cuando levantó la cara vi pasar una pelÃcula clara sobre uno de ellos. Fue un movimiento rápido, horizontal, que se perdió junto a la nariz. Sentà el impulso de acercarme. Ãl bajó la cabeza enseguida. Me acordé del muchacho con el teléfono. Me quedé en mi silla. Le dije que me avisara si alguien volvÃa a molestarlo y que su lugar seguÃa siendo el mismo. DarÃo guardó el cuaderno en la mochila. Su mamá me pidió una cita al terminar la semana. Vino sola.
40:38 Me preguntó qué habÃa visto en los vestidores. Se lo conté con cuidado, tratando de describirlo sin ponerle un nombre. La señora me escuchó hasta el final. Yo quise preguntarle por el ojo. Ella se adelantó.¿ Mi hijo hizo algo que lastimara a alguien? Me preguntó su mamá. Le respondà que no. Asintió y empezó a guardar unas hojas que habÃa traÃdo. Le dije que DarÃo podÃa seguir participando en las actividades que quisiera, con los ajustes que necesitara. La señora se quedó sentada. Después se limpió la cara con un pañuelo. Nunca me explicó qué tenÃa. Yo tampoco encontré una manera de preguntar sin hacerle sentir que estaba pidiéndole que exhibiera a su hijo. DarÃo terminó el ciclo conmigo.
41:25 Participó en una ceremonia al final del año. Leyó unas palabras frente a las familias y se equivocó en una parte. Sus compañeros lo ayudaron a seguir. Su mamá me tomó una fotografÃa con él. En ella aparezco con una mano sobre su hombro. Ãl está sonriendo y lleva el uniforme acomodado con un cuidado que ahora reconozco. Lo vi algunas veces después. Creció, cambió de voz y dejó de esconderse detrás de su mamá cuando me saludaba. Hace unos años me lo encontré en una tienda. Iba con su papá. Me reconoció primero y vino a darme la mano. Ya era un hombre joven. Me preguntó si todavÃa daba clases.
42:06 Hablamos un rato junto a los carritos de compra. Antes de irse, me agradeció lo de aquella tarde. Yo le respondà que cualquier maestro debÃa haber hecho lo mismo. DarÃo me miró con una expresión muy seria. Me dijo que eso era lo que su mamá siempre le habÃa repetido. Sigo sin saber cómo explicar lo que vi en sus pies y en su ojo. Puedo decir que me recordó a un reptil. También puedo decir que, durante un instante, sentà la misma curiosidad que los muchachos que lo habÃan encerrado. TodavÃa me incomoda acordarme. La fotografÃa de fin de curso sigue guardada con las de otros grupos. Cuando la encuentro, miro al niño sonriendo junto a mà y agradezco haberme quedado sentado mientras se ponÃa el calcetÃn. La caja que respiraba.
43:04 El almacén donde trabajaba recibÃa muebles usados, aparatos y mercancÃa que después se repartÃa en distintos negocios. HabÃa semanas en que casi todo eran refrigeradores. Otras llegaban mesas, colchones o cajas que nosotros solamente descargábamos y acomodábamos. Yo llevaba el control de entrada durante el turno de la tarde. El dueño conocÃa a muchos compradores. A veces recibÃa cosas fuera del horario normal y nos pagaba un extra por esperar. La caja llegó en una camioneta con remolque. Era de madera, reforzada por fuera. TenÃa unas aberturas pequeñas en los costados y una lona sujeta sobre la tapa. Los dos hombres que la llevaron dijeron que contenÃa un animal. Yo les pregunté de qué clase. Uno respondió que era peligroso y que debÃamos dejarlo tranquilo. El dueño habló con ellos aparte.
43:56 Después me pidió que les ayudara a acomodar la caja en una bodega vacÃa. Me preocupó que dejaran un animal ahà encerrado. El lugar se calentaba mucho y no tenÃa una instalación para cuidarlo. Los hombres dijeron que pasarÃan por él más tarde. Les pregunté si necesitaba agua. El más alto me contestó que ya llevaba. La caja pesaba bastante. Al moverla, escuchamos un golpe desde dentro. Uno de mis compañeros soltó una esquina y recibió un regaño. Después, oÃmos respirar. Era una respiración agitada, demasiado parecida a la de una persona. El dueño me pidió que terminara el registro y cerrara aquella bodega. Durante la siguiente hora, fui dos veces hasta la puerta. La primera, escuché movimiento. La segunda, oà un sonido bajo como un quejido. Mi compañero decÃa que podÃa ser un felino. Yo habÃa ayudado a transportar animales alguna vez y sabÃa que los ruidos podÃan engañar. Lo que me hizo abrir fue escuchar una palabra. Al principio creÃa haberla confundido. Me acerqué a una de las rendijas. Desde dentro salió una voz ronca. Pidió agua. Me fui de espaldas.
45:09 Llamé a mi compañero. Ãl se acercó sin creerme y golpeó la tapa con los nudillos. Algo golpeó desde dentro. Después volvió a escucharse la palabra. Mi compañero salió de la bodega diciendo que tenÃamos que avisar. Buscamos al dueño. Se habÃa ido a cenar con los hombres. Lo llamé. Le dije que habÃa alguien dentro de la caja. Se quedó callado unos segundos y después me ordenó que saliera de ahÃ. Yo insistÃ. Le dije que estaba pidiendo agua. El dueño empezó a gritar. Me recordó que aquella mercancÃa estaba bajo su responsabilidad y que los hombres sabÃan lo que hacÃan. Colgué. Mi compañero querÃa irse. Yo miraba la caja pensando que podÃa haber una persona secuestrada a unos metros de mi escritorio. Llamé a la policÃa y expliqué dónde estábamos. También dije que habÃa un animal o una persona encerrada y que necesitábamos ayuda para saber qué hacer.
46:07 Me pidieron que esperara y me mantuviera alejado. Fui a buscar una botella de agua. La caja estaba cerrada con herrajes y un seguro exterior. HabÃa herramientas en el almacén, pero me dio miedo abrir de golpe. Destapé una abertura lateral que estaba cubierta con un pedazo de lona. Alumbré con el teléfono. Vi una parte de una pierna. La piel era oscura, gruesa, marcada en pequeñas secciones. HabÃa una cuerda alrededor de lo que parecÃa un tobillo. Movà la luz. Un ojo se acercó a la abertura. Solté el teléfono. Desde el suelo, la luz iluminó el borde de la caja y una mano que se habÃa apoyado por dentro.
46:48 TenÃa dedos muy largos. La voz volvió a pedir agua. Ya no pude seguir pensando solamente en un animal. Le acerqué la botella a la abertura. La mano salió lo suficiente para agarrarla, pero los dedos temblaban y el plástico cayó. Yo recogà la botella y vertà un poco por el borde tratando de que pudiera tomar. Escuché como tragaba. Mi compañero estaba en la puerta diciéndome que regresáramos a la oficina. Entonces escuchamos entrar la camioneta. Los hombres habÃan vuelto con el dueño. Uno vino directo hacia nosotros. Vio la abertura descubierta y empezó a insultarme. Me preguntó si habÃa abierto la caja. Le dije que ya habÃa llamado a la policÃa.
47:32 El hombre me agarró de la camisa. El dueño se metió entre nosotros y le dijo que esperara. Dentro de la caja empezó un movimiento fuerte. La madera crujió. El hombre soltó mi camisa y se volvió hacia su compañero. Hablaron de cargarla otra vez. Yo me fui hacia la oficina. Mi compañero me siguió. Desde ahÃ, llamé de nuevo para avisar que querÃan llevársela. Los hombres estaban discutiendo con el dueño. Uno de ellos buscaba algo dentro de la camioneta. Mi compañero me dijo que si las sacaban ya no podrÃamos hacer nada. Yo tenÃa la vista puesta en el seguro. No voy a decir que lo pensé bien. Me acerqué mientras ellos estaban en el remolque y levanté el cierre exterior.
48:16 Después corrÃ. La tapa se movió. Escuché a los hombres gritar y algo cayó al piso. Desde la puerta de la oficina vi salir un brazo, una cabeza y después un cuerpo encogido. Estaba desnudo. TenÃa zonas de piel clara en el abdomen y otras más oscuras sobre los hombros. La cabeza era alargada hacia atrás y la boca estaba abierta. Uno de los hombres intentó acercarse con un palo. La figura se le fue encima. El hombre cayó contra unas cajas. Yo me encerré con mi compañero. Escuchamos golpes y una carrera. Luego hubo silencio. Cuando nos atrevimos a mirar, la puerta del patio estaba abierta. Una hoja de lámina habÃa quedado doblada contra la pared. La figura ya no estaba. Uno de los hombres tenÃa un brazo lastimado. El otro se habÃa ido en la camioneta. El dueño me gritaba que acababa de arruinarlo. La patrulla llegó poco después. Yo enseñé la caja y expliqué la llamada. el agua y la manera en que habÃa salido. Mi compañero confirmó lo que alcanzó a ver. Los policÃas preguntaban dónde estaba la persona.
49:28 Yo trataba de explicarles la piel y las manos. Tomaron nuestros datos. También hablaron con el dueño y con el hombre que seguÃa ahÃ. Yo perdà el trabajo. Durante un tiempo tuve miedo de que me buscaran. Cambié mis horarios y me quedé unas semanas con un hermano. Presenté por escrito lo que habÃa ocurrido, incluyendo la amenaza y el origen de la caja. Nunca me dieron una explicación sobre lo que habÃa transportado. Mi compañero y yo seguimos en contacto. Ãl dejó el almacén poco después. A veces hemos hablado de la figura saliendo y de lo rápido que se movió por el patio. También recordamos la cuerda del tobillo.
50:08 El dueño me dijo aquella noche que habÃa soltado algo que podÃa matar a una persona. Yo todavÃa pienso en eso. Pero cuando sueño con la bodega, casi siempre estoy frente a la rendija, con una botella en la mano, escuchando a alguien pedir agua desde adentro. El visitante de la cama de al lado. Mi papá estuvo hospitalizado varias semanas por un problema del corazón. Mi hermano y yo nos turnábamos para acompañarlo porque mi mamá también necesitaba descansar. A mà me tocaban casi siempre las noches. Aprendà a dormir sentado, a despertar cuando se acercaba alguien y a guardar el teléfono para que la luz no molestara a los pacientes.
50:57 El cuarto tenÃa dos camas separadas por una cortina. El paciente de al lado cambiaba. Durante unos dÃas habÃa alguien. Después quedaba vacÃo hasta que llegaba otra persona. Mi papá empezó a hablarme de un hombre antes de que yo lo viera. DecÃa que se acercaba de madrugada y se quedaba mirando. Le pregunté si era un enfermero. Mi papá dijo que llevaba una chamarra oscura y que parecÃa estar buscando a alguien. Yo pensé que podÃa ser un familiar desvelado. Le comenté a una enfermera. Me pidió que avisara si volvÃa a pasar. Aquella noche, la cama de al lado estaba vacÃa. Yo estaba cabeceando cuando escuché que movÃan la cortina.
51:39 Abrà los ojos. HabÃa un hombre sentado en la silla que quedaba junto a la otra cama. Era delgado, con el cabello pegado a la frente. Llevaba una chamarra cerrada y unos pantalones demasiado largos. Me preguntó si mi papá podÃa levantarse solo. Creà que era un trabajador del hospital al que yo no conocÃa. Le contesté que necesitaba ayuda. Después preguntó si dormÃa profundamente. Algo en la manera de decirlo me hizo incorporarme. Le pregunté a quién estaba esperando. El hombre miró hacia la cama vacÃa y dijo que venÃa por un familiar. Mi papá se habÃa despertado. Lo estaba observando con la cara muy tensa. Me pidió agua.
52:21 Mientras lo ayudaba, el hombre se levantó. Al pasar junto a la luz, vi que tenÃa una zona extraña en el cuello, como una superficie de pequeñas piezas duras. Pensé que podÃa ser una lesión. Se quedó demasiado cerca de mi papá. Le pregunté si buscaba a alguien en particular. El hombre apoyó una mano en el barandal de la cama. Sus dedos eran anchos en las puntas y las uñas se extendÃan sobre la piel de una manera que yo nunca habÃa visto. Mi papá me apretó el brazo. El hombre inclinó la cara. La nariz era muy plana. TenÃa unos pliegues oscuros alrededor de la boca y los ojos parecÃan cubiertos por una humedad espesa. Le pedà que se apartara.
53:04 Volteó hacia mÃ. Se quedó mirándome con la cabeza ligeramente inclinada. Después sonrió. La boca se abrió lo suficiente para que yo viera unas encÃas muy oscuras y dientes pequeños, apretados. Yo habÃa dejado el timbre junto a la almohada de mi papá. Lo busqué con la mano sin dejar de mirar al hombre. Ãl se acercó otro poco. Mi papá empezó a decir mi nombre. Apreté el timbre varias veces. El hombre abrió la boca junto a su cara. Vi que el cuello se le ensanchaba al tomar aire. Me metà entre los dos y empujé el barandal con la cadera. Le grité que saliera. La enfermera llegó cuando él se estaba apartando. Le preguntó qué hacÃa ahÃ. El hombre bajó la cabeza y caminó hacia la puerta. La enfermera intentó detenerlo para pedirle sus datos, pero él siguió. Yo le dije que fuera por seguridad. Otra persona del personal apareció en el pasillo. Alcancé a ver al hombre doblar hacia un área donde habÃa más habitaciones. Me quedé con mi papá.
54:05 Estaba muy asustado. Me sujetaba la muñeca y repetÃa que era el mismo que habÃa visto otras noches. La enfermera regresó con un compañero. Le conté todo. Me preguntaron si habÃa intentado robarnos. Yo negué con la cabeza y traté de describir lo que habÃa hecho junto a la cara de mi papá. La enfermera me escuchó sin reÃrse. Le dije también lo de las manos. Ella se quedó pensando antes de contestar que habÃa notado algo raro al verlo pasar, pero que habÃa ido mirando su chamarra para tratar de reconocerlo. Seguridad revisó distintas áreas. Nos preguntaron por la ropa, por la dirección que habÃa tomado y por cualquier otro detalle que recordáramos. Nunca me dijeron haberlo encontrado. Nos cambiaron de lugar cuando hubo posibilidad. Mi hermano llegó temprano y yo me fui a dormir a la casa. Al acostarme, sentà que me faltaba el aire. Me levanté varias veces a abrir la ventana. SabÃa que estaba respirando, pero tenÃa la sensación de que alguien se me estaba acercando a la cara.
55:09 Mi papá tardó en volver a dormir tranquilo. Durante las noches siguientes, me pidió que dejara la silla pegada a su cama. Si yo me levantaba al baño, querÃa que avisara a alguien. Mi hermano pensaba que el hombre podÃa haber sido un paciente confundido. Yo le dije que eso no explicaba lo que habÃa visto en el cuello. Discutimos porque él creyó que yo estaba empeorando el miedo de mi papá. Después habló a solas con él. Cuando salió, me pidió que nos organizáramos para que siempre hubiera alguien despierto durante una parte de la noche. Le pregunté qué le habÃa dicho. Mi hermano respondió que nuestro papá habÃa visto al hombre inclinado sobre otros pacientes antes de que nosotros lo encontráramos en el cuarto. Yo sabÃa que mi papá habÃa estado desvelado y enfermo. También sabÃa lo que acababa de pasarme. No tuve una manera de separar una cosa de la otra. Finalmente le dieron de alta. Lo llevamos a casa un domingo. Mi mamá habÃa lavado las cortinas y preparado comida que él pudiera comer sin dificultad.
56:13 Durante los primeros dÃas se quedó en un cuarto cerca del baño. Yo pensaba que al estar en su cama iba a sentirse seguro. La primera noche me llamó desde la puerta. QuerÃa saber quién se quedarÃa con él. Dormà en un colchón sobre el suelo. Mi hermano hizo lo mismo otras noches y después fuimos quitando esa costumbre poco a poco. Mi papá mejoró. Volvió a salir a caminar y empezó a discutir con nosotros por cosas normales, como si ya podÃa manejar o cuánto tiempo debÃa descansar. A veces todavÃa hablaba del hospital. Una tarde, mientras yo le cortaba el cabello en el patio, me preguntó si aquel hombre me habÃa parecido una persona. Dejé de mover las tijeras.
56:59 Le dije que, de lejos, sÃ. Mi papá sintió Siguió mirando hacia adelante mientras yo terminaba. Murió años después por su enfermedad. Para entonces llevaba mucho tiempo durmiendo solo otra vez. Mi hermano y yo conservamos la costumbre de quedarnos cerca cuando alguien de la familia está hospitalizado. Yo puedo dormir sentado y con ruido. Lo que todavÃa me despierta de inmediato es escuchar que alguien corre una cortina junto a una cama. Mi hermana quiso casarse con él. Mi hermana conoció a Aldo en un curso al que iba por las tardes. Al principio lo mencionaba de vez en cuando.
57:44 Después empezó a llevarlo a las comidas de los domingos. En mi familia nos cayó bien. Era atento. Ayudaba a recoger y escuchaba a mi papá contar las mismas historias sin interrumpirlo. Si mi hermana se quedaba trabajando, él le llevaba algo de comer. Yo soy su hermano mayor. HabÃamos crecido muy unidos y me daba gusto verla tranquila después de una relación que habÃa terminado mal. Aldo tenÃa algunas costumbres que nos parecÃan raras. Evitaba quedarse a dormir cuando habÃa mucha gente. Durante las comidas usaba servilletas para limpiarse constantemente el cuello. Si hacÃa demasiado calor, se apartaba un rato y regresaba con la camisa cambiada. Mi hermana decÃa que tenÃa un problema de la piel. Lo aceptamos. Una vez se cortó una mano ayudando a mover un vidrio.
58:31 Yo fui por el botiquÃn y, al regresar, mi hermana ya lo habÃa llevado al baño. Me pidió que dejara las cosas junto a la puerta. Escuché a Aldo decir que estaba bien. Pensé que le daba vergüenza que lo hubieran lastimado. Cuando anunciaron que iban a casarse, ayudé con varias cosas. Lleve sillas, recogà unos papeles y fui con él a buscar una pieza para el coche que usarÃa. Pasamos bastante tiempo juntos. Por eso, lo que vi el dÃa de la boda me afectó tanto. La celebración iba a ser en una casa grande de un familiar. HabÃan puesto mesas en el patio y dejado unos cuartos para que se cambiaran. Yo llegué temprano con mi hermana. Aldo estaba en otra habitación terminando de vestirse. Su primo lo habÃa acompañado, pero salió a resolver algo con la música.
59:21 Mi hermana me pidió que llevara una bolsa con objetos que él habÃa olvidado. Toqué la puerta. Aldo dijo que esperara. Yo me quedé en el pasillo. Escuché que algo de vidrio se rompÃa. Después lo oà respirar con fuerza. Le pregunté si se habÃa cortado. No me contestó enseguida. Volvà a tocar y la puerta se abrió unos centÃmetros porque no estaba bien cerrada. Lo vi frente al espejo. TenÃa la camisa abierta. La piel del pecho era muy distinta de la de su cara. HabÃa zonas oscuras divididas en pequeñas placas que se extendÃan hacia los hombros. Se estaba presionando una parte del cuello con un paño húmedo. Cuando volteó, vi que la piel junto a la oreja estaba levantada.
1:00:06 Debajo aparecÃa una superficie grisácea que se movÃa con su respiración. Aldo dio un paso hacia mÃ. Yo dejé caer la bolsa. Me fui hacia atrás golpeándome con la pared del pasillo. Ãl se detuvo en la puerta. Me dijo mi nombre. La voz era la suya. Eso me asustó tanto como lo que acababa de verle. Le pregunté qué le pasaba. Aldo sostuvo el paño contra su cuello y miró hacia el otro extremo del pasillo. Mi hermana apareció corriendo. Se puso entre nosotros y me pidió que bajara la voz. Yo le señalé la camisa. Ella miró a Aldo y lo hizo entrar de nuevo al cuarto. Me quedé afuera escuchando que hablaban. Quise ir por mi papá. Mi hermana abrió antes de que me moviera. Me pidió que pasara.
1:00:57 Aldo estaba sentado en una silla. Se habÃa abotonado la camisa hasta arriba. TenÃa el rostro inclinado y sostenÃa el paño entre las manos. Yo permanecà junto a la puerta. Mi hermana se sentó a su lado. Le pregunté si ya sabÃa. Me respondió que sÃ. Le pregunté desde cuándo. Me dijo que desde antes de comprometerse. Estaba a punto de empezar a gritar cuando ella me pidió que la mirara. Conocà esa forma de hablarme. La usaba cuando éramos jóvenes y yo intentaba decidir por ella. Le pregunté si alguien la estaba obligando a casarse. Mi hermana se molestó. Yo le pedà que nos casáramos, me contestó. Miré a Aldo.
1:01:41 Ãl seguÃa en la silla con los hombros encogidos. Le exigà que me dijera qué era. Se llevó una mano al cuello. Vi que los dedos terminaban en unas uñas muy duras, distintas de las que yo recordaba. Mi hermana le sostuvo la muñeca. Aldo me dijo que entendÃa que me hubiera asustado. Quise saber si le habÃa hecho daño alguna vez. Mi hermana contestó antes que él. Dijo que no y me pidió que dejara de hablar de ella como si no estuviera presente. La discusión duró bastante. Yo hacÃa preguntas que ellos no contestaban del modo que esperaba. Mi hermana decÃa que habÃa cosas que tampoco sabÃa explicar.
1:02:22 Aldo se limitaba a hablar de su vida con ella y de lo que intentaba mantener en privado. Yo querÃa una respuesta que me permitiera llamar a alguien y detener la boda. También estaba viendo a mi hermana, consciente, enojada conmigo y perfectamente capaz de salir del cuarto si querÃa. Le pedà hablar a solas. Aldo se quedó dentro. Nos fuimos a una habitación del otro lado del pasillo. Le dije que me daba miedo. Mi hermana empezó a llorar. Me contó que habÃa pasado mucho tiempo temiendo que yo lo viera de aquella manera y reaccionara asÃ. Le pregunté si podÃa dormir tranquila con él. Se secó la cara. SÃ, por eso quiero vivir con él, me respondió mi hermana.
1:03:08 Me pidió que la acompañara ese dÃa. También me dijo que, si necesitaba irme, lo entenderÃa. Yo me senté en la cama. Desde el patio llegaban voces y el ruido de las mesas que estaban acomodando. Mi mamá apareció para preguntar por qué tardábamos. Mi hermana dijo que se le habÃa manchado una parte del vestido y que estábamos arreglándolo. Mi mamá nos creyó. La boda se hizo. Aldo salió vestido, peinado y con la misma cara con la que llevaba meses entrando a nuestra casa. Yo estuve observándolo durante la ceremonia. Cada vez que se tocaba el cuello me ponÃa tenso. Mi hermana me buscó al salir. Me abrazó y se quedó unos segundos conmigo. Yo pude haber contado lo que habÃa visto. Elegà esperar. Durante los meses siguientes, visité su casa más de lo normal. Mi hermana se dio cuenta y terminó diciéndome que estaba bien. Una tarde, Aldo me pidió que saliera con él al patio. Hablamos mientras acomodaba unas macetas. Me dijo que no esperaba que olvidara lo ocurrido.
1:04:15 Solamente me pidió que, si tenÃa una preocupación por mi hermana, se la dijera a ella. Lo miré trabajar. HabÃa pasado tantas horas imaginándolo de otra manera que me costaba verlo moviendo tierra con una pala pequeña. Le pregunté si en su familia habÃa más personas como él. Aldo se quedó quieto. Me contestó que habÃa parientes a los que preferÃa mantener lejos. No quiso hablar más. Esa respuesta me preocupó durante mucho tiempo. Mi hermana me dijo después que ella ya conocÃa algunos de esos problemas y que habÃan decidido con quién querÃan relacionarse.
1:04:56 Han pasado años, siguen juntos, se han peleado por dinero, por trabajo y por familiares, como otras parejas que conozco. Mi hermana me ha llamado para desahogarse y Aldo también me ha pedido ayuda para preparar algunas sorpresas. Yo sigo recordando el cuarto antes de la boda. Hay dÃas en que puedo sentarme a comer con él sin pensar en otra cosa. En otros, un gesto junto al cuello me devuelve todo. Mi esposa sabe que ocurrió algo que me cuesta contar. Mi hermana sabe que todavÃa me da miedo. Hace poco, ayudé a Aldo a sacar unas cajas de una bodega. Se le rompió un guante y quedó descubierta una parte de la mano. Los dos la vimos. él empezó a quitárselo muy despacio yo busqué otro par en una bolsa y se lo pasé seguimos trabajando
Apple Podcasts
Spotify
Castro
RSS Feed