Dec. 16, 2025

Sierra Negra: Zona Restringida Por Nahuales - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
Sierra Negra: Zona Restringida Por Nahuales - Historias De Terror - REDE

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0:04 Soy Daniel Ortega, y aún recuerdo esa operación en la sierra, como si la trajera pegada al cuerpo. No por miedo, sino porque fue la primera vez que vi a mi unidad apuntarle a algo que no entraba en los reportes normales. Habíamos subido varias veces a zonas complicadas, pero esa vez desde el inicio nos trataron el asunto como amenaza real. No nos mandaron a ver qué había. Nos mandaron a entrar con cuidado, a confirmar y a regresar con información completa. La brecha por donde subimos era angosta, de tierra suelta, con piedra y laderas, donde un resbalón te manda al barranco.

0:46 El monte estaba cerrado, con pinos y matorral alto, y en algunos tramos había lodo pegajoso porque había llovido días antes. Íbamos cargados con casco, chaleco, equipo y el arma siempre al frente. El mando nos traía cortos. Avance por tramos, revisión de costados y nada de caminar confiados. También llevábamos radio en regla y un dron pequeño para revisar cañadas sin meternos primero. En el primer tramo yo iba fijándome en el suelo. El lodo de la orilla te cuenta todo. Ahí vi huellas profundas con dedos largos marcados, separadas más de lo normal. No eran pisadas de bota. Tampoco eran huellas redondas de pezuñas. Eran marcas abiertas con uñas largas clavadas, como si lo que caminó ahí cargara peso y se apoyara con fuerza. Más adelante encontré lo mismo repetido, como si hubiera hecho ese camino varias veces. En varios troncos vi arañazos altos recientes, pues se notaba la madera clara bajo la corteza. No eran rayones viejos de alambre ni marcas de herramienta. Eran líneas irregulares, con la distancia de uñas largas. También había ramas gruesas quebradas, no solo dobladas.

2:04 Eso requiere fuerza, porque una rama de ese grosor no se rompe con el paso de un animal chico. A ratos se metía un olor fuerte a animal mojado, pero no olía a vaca ni a caballo. Era un olor más pesado, mezclado con tierra húmeda. Aparecía en tramos y luego se cortaba. como si el rastro se moviera de un lado a otro del camino. El operador levantó el drone. Cuando nos acercamos a una cañada, la idea era revisar abajo antes de bajar nosotros. En la pantalla se veía monte cerrado, piedras y un arroyo. El drone avanzó bien un momento, giró y empezó a perder señal. Se notó en la imagen que se volvió inestable. El operador intentó corregir, pero el dron dio un giro raro, bajó de golpe y la pantalla se congeló. Luego se oyó un golpe seco a lo lejos, detrás de una loma. El dron había caído. El mando decidió no bajar directo al punto del impacto. Ese lugar quedaba abajo, ciego, con poca salida.

3:12 Ordenó rodear por arriba y acercarnos con vista, tramo por tramo, cuidando no meternos a una trampa natural. Eso nos obligó a salir de la brecha y meternos un poco al monte, bordeando la loma para ganar altura. En ese rodeo escuché ramas gruesas tronando. No fue un crujido leve, fue madera rompiéndose con fuerza. Me volteé de inmediato y vi movimiento entre los pinos. Alcancé a ver una figura grande cruzando agachada con la espalda ancha y el pelo oscuro pegado al cuerpo. Se movía empujando el monte, sin cuidado de hacer ruido. En un movimiento se paró en dos apoyos por un segundo, como si se acomodara para ver mejor.

3:55 Ahí se distinguieron sus brazos largos y manos abiertas con uñas curvas. La cabeza se giró y le vi el hocico y los colmillos largos. No tuve tiempo de pensarlo mucho. La unidad reaccionó por reflejo. Nos abrimos buscando piedras y troncos para cubrirnos y se soltaron ráfagas cortas pero controladas. Yo apunté al centro del cuerpo y disparé. Vi cómo las ramas alrededor saltaron por los impactos. La figura se movió con rapidez y se metió entre los árboles. No se quedó a recibir fuego como una persona acorralada. Tampoco se fue como un animal asustado que huye sin rumbo. Se metió con dirección. Al avanzar unos pasos vi el rastro.

4:39 Ramas partidas, tierra removida y huellas profundas marcándose otra vez en un tramo de lodo. El rumbo iba hacia arriba, hacia una loma. Eso me quedó claro, porque el monte se abrió un poco en esa dirección, y el rastro seguía con la misma línea, como si nos llevara. El mando ordenó no correr detrás. Mantuvimos avance controlado, dos cubriendo y dos moviéndose. Yo iba en el grupo que se movía, atento a los costados. El olor a animal mojado volvió por tramos y se sentía cercano. En un punto vi otra marca en un tronco más reciente que las anteriores, como si hubiera pasado hace poco. Eso me hizo entender que no habíamos llegado tarde, estábamos entrando cuando todavía estaba ahí.

5:29 Seguimos subiendo hacia la loma. La brecha quedaba más abajo y el terreno se volvía piedra suelta con pino bajo. Ahí nadie hablaba de más, solo se pasaban indicaciones cortas por señas y por radio. Yo traía la vista pegada al monte, cuidando no dejar huecos, porque en ese terreno un ataque llega desde un lado y te corta la línea. Antes de llegar al punto donde supuestamente estaba el dron, escuché otro tronido de ramas, más cerca. No vi la figura completa, pero vi el movimiento rápido de algo grande metiéndose por un costado. Ahí entendí lo principal de esa operación.

6:12 Esa cosa estaba en la zona del dron y nos estaba llevando hacia ahí. Y nosotros, con todo el equipo y las armas, íbamos entrando a su terreno por el camino que marcó. Después de eso, el avance cambió por completo. Ya nadie caminaba confiado, pues la figura se había metido hacia la loma y el rastro seguía marcado, como si nos estuviera llevando por un camino escogido. El mando levantó la mano y nos frenó. Nos acomodó por tramos cortos, dos cubriendo y dos moviéndose. con la vista en costados y en la parte baja, porque ahí es donde te cierran sin que veas de dónde salió. La brecha quedó abajo y entramos en un terreno más suelto. La pendiente obligaba a subir de lado, clavando las botas para no resbalar.

7:01 Yo iba mirando el lodo de las orillas y los puntos húmedos donde se marca todo. Ahí vi de nuevo las huellas profundas con dedos largos y uñas clavadas. Lo que me llamó la atención fue fue que no era un rastro parejo como el de un animal que corre. Era un rastro que aparecía, se cortaba, volvía a aparecer más arriba, como si esa cosa se moviera por tramos y nos dejara ver lo suficiente para seguirla. Encontramos más evidencia. En ramas altas había pedazos de tela enganchados, rasgados y estirados, como jalados con fuerza hacia arriba. En una piedra plana había manchas oscuras ya secas, pegadas como costra. En otro punto vi una correa partida con un corte irregular, no limpio, como hecho a tirón. También había marcas en troncos, arañazos recientes y una parte donde la corteza estaba levantada en tiras.

7:58 Todo eso no venía del terreno, venía de algo que había forcejeado ahí. En un tramo el rastro cambió de forma y fue lo que más me sostuvo la atención. Las huellas venían en cuatro apoyos, con marcas delanteras y traseras. y unos metros adelante seguían en dos apoyos con la misma profundidad, como si el peso fuera el mismo, aunque cambiara la postura. Yo lo vi claro en una parte de lodo suave, se marcaban dedos largos y uñas, y el espacio entre una huella y otra era más grande que el de una persona caminando normal. Eso nos obligó a pensar que no estábamos siguiendo a alguien corriendo como humano, era otra cosa. El mando nos hizo ganar un claro chico de esos donde el monte se abre apenas, con piedras regadas y luz entrando por arriba. Ordenó seguridad en círculo y alto breve. No era descanso, era para ubicar el punto exacto donde cayó el dron, y para reorganizar, porque el terreno nos estaba obligando a juntarnos más de lo que queríamos. Yo me quedé mirando la línea de árboles al frente, donde el matorral formaba un pasillo. El olor a animal mojado volvió cargado y de golpe, como si hubiera pasado cerca. En ese momento vi una figura humana entre los árboles. Estaba parada, quieta, viendo hacia nosotros.

9:24 No estaba agachada ni huyendo. Estaba firme. El mando intentó controlarlo con procedimiento, pero la figura no reaccionó como lo haría alguien perdido o un civil. Se quedó un segundo y luego avanzó dos pasos hacia el claro. En esos dos pasos cambió frente a nosotros. El cuerpo se encorvó, los hombros subieron, los brazos se alargaron y las manos se abrieron en garras largas, curvas, como cuchillos. La cara se fue hacia un hocico marcado y la boca se abrió con colmillos largos. Ese cambio fue rápido y directo. Ahí se acabó cualquier duda de lo que teníamos enfrente. No era un animal común cruzándose. Era un Nahual mostrando su verdadera forma. En el mismo instante entraron desde dos lados otros Nahuales, pero no entraron al azar. Entraron donde el terreno los cubría y donde a nosotros nos costaba girar y apuntar por los troncos y las piedras. Uno se fue directo al elemento de atrás y lo tumbó con un golpe al pecho. El compañero quedó doblado, sin aire, con el arma bajando. Otro se lanzó al costado y mordió el antebrazo de un compañero para jalarle el arma.

10:38 Lo agarró con fuerza y lo sacudió como si buscara arrancársela. Yo disparé a corta distancia, apunté al centro del cuerpo del que mordía y le pegué. Cayó de lado, pero se levantó rápido y volvió a entrar, metiéndose entre los troncos. No se detuvo, se movió herido y siguió atacando. El mando ordenó fuego, ráfagas cortas, nada de vaciar cargadores, porque, en monte cerrado, el tiro sin control se va a las ramas y se pierde en nada. Ahí entendimos la diferencia de esa pelea. Nosotros dependíamos de línea de tiro y cobertura. Ellos dependían de velocidad, fuerza y del monte.

11:20 Entraban y salían por huecos donde un humano tarda más en pasar. Sus garras rasgaban el uniforme con un solo manotazo. Sus colmillos buscaban brazos y cuello porque ahí te apagan rápido. Uno se me acercó por un costado, pero alcancé a ver el brillo húmedo de los dientes y la garra levantada. Yo me moví hacia atrás pegado a una piedra y disparé dos veces al torso. Se frenó un segundo, giró y se metió al matorral. En medio del intercambio vi un detalle que amarró todo. El primero, el que se mostró de frente y cambió de forma a la vista. No se lanzó como los otros. Se movía de lado a lado, marcando el rumbo. Y cuando él se desplazaba, los demás ajustaban dirección. Eso era coordinación. Eso era un ataque organizado. En esos minutos hubo heridos. El que recibió el golpe al pecho respiraba con dificultad y no se sostenía bien. El mordido del antebrazo. Perdió fuerza y se le fue el arma. Otro quedó con marcas largas en el brazo por un manotazo. Pero el mando no dejó que el claro se volviera una trampa. Nos ordenó retroceso hacia terreno alto, porque abajo nos cerraban y porque la salida quedaba hacia arriba. Retroceder cargando heridos en pendiente exige mucho orden. Dos se quedaron cubriendo, apuntando a las líneas donde se movían. Otros dos levantamos al compañero del golpe

12:52 en el pecho. Jalándolo del chaleco y metiendo los hombros para subirlo por tramos cortos. Yo agarré al compañero de la mordida en el antebrazo, por la parte de atrás del chaleco, y lo fui jalando, cuidando que no se cayera. Él intentaba caminar, pero el brazo se le iba y el dolor lo rebasaba. Los nahuales siguieron presionando por momentos, atacando rápido y metiéndose al monte. No nos persiguieron en fila como humanos. Nos probaban en los costados. buscando el hueco. El mando mantuvo el fuego medido para frenar cada entrada. En cuanto ganamos altura y tuvimos mejor vista del claro, el ataque bajó. Eso nos dio un respiro real para reorganizar. Arriba, con el terreno a favor, el mando marcó los sectores y nos revisó munición. También confirmó que el punto del dron quedaba por la misma zona donde se estaba moviendo ese grupo. La prioridad se hizo clara. sacar a los heridos vivos y recuperar el dron sin volver a meternos a un punto ciego yo me quedé con el arma lista mirando la línea de árboles porque ya sabía que seguían cerca esperando el momento en que nos separáramos otra vez ya arriba el mando organizó rápido nos acomodó en un punto donde la loma daba vista hacia el claro y hacia la cañada y donde podíamos cubrirnos con piedras y troncos Teníamos a dos heridos que ya no aguantaban

14:23 otra bajada larga, pero también teníamos el dron abajo, y ese aparato era la única evidencia clara de lo que había pasado en la primera caída. El mando decidió partir la unidad. Dos equipos se quedaron cubriendo desde arriba, y otro bajaba solo lo necesario para recuperar el dron y regresar por la misma línea sin desviarse. A mí me tocó bajar con el equipo de recuperación. Antes de movernos, revisamos los cargadores, nos ajustamos el chaleco para que no nos estorbara al subir con peso, y amarramos al herido del brazo para que no se nos fuera en el esfuerzo. El mando marcó la ruta con señales simples y nos recordó que el objetivo era el dron y la salida, no buscar pelea. Bajamos por una línea donde se podía ver hacia abajo sin quedar pegados al barranco Era una bajada inclinada, con piedra suelta y raíces que se usan de apoyo. Y encontramos donde el matorral te raspa la cara y el arma se te quiere enganchar. A la mitad de la bajada, el olor a animal mojado volvió con fuerza. No era un olor que estuviera en todo el monte. Entraba por ráfagas y luego se cortaba. Eso me decía que se movían cerca. No que el monte oliera así. Bajamos en silencio, cuidando no patear piedras, porque en ese terreno una piedra rodando avisa más que un disparo.

15:52 Desde arriba nos cubrían con la vista, y nosotros íbamos por tramos. Uno se movía y el otro cubría. El dron apareció estrellado entre ramas, atorado en un tronco caído. Tenía una pata rota y la cámara llena de tierra. El operador no venía con nosotros, pero yo sabía lo que significaba recuperarlo. Lo primero que hice fue revisar si la tarjeta seguía adentro y si el cuerpo del dron no estaba quebrado en dos. Lo jalé con cuidado para no romperlo más. En ese punto el monte se sentía pesado, como si el ruido se quedara atrapado en las ramas. Cerca de donde cayó el dron encontramos un sitio usado por ellos. No era una cueva ni una casa, era monte acomodado, Había tierra removida como si hubieran escarbado y ramas cruzadas formando un techo para tapar la vista desde arriba.

16:46 El olor ahí era más fuerte. Entre la tierra se veían restos de equipo que era nuestro. Correas cortadas, pedazos de uniforme y partes de un radio quebrado. También vi una placa metálica doblada y una funda vacía. Eso me confirmó que no era algo de un solo día. Ese lugar se usaba para atacar y esconder lo que se llevaban. Yo levanté el dron y me lo pegué al pecho para no traerlo suelto. En ese momento se oyó la carrera pesada. No fue una rama, fue un avance en el monte, con peso. Luego se vieron sombras grandes cruzando entre pinos, bajando desde arriba y metiéndose por el costado.

17:28 Era un movimiento coordinado, pues no llegaban todos por el mismo lugar, se repartían. Uno se paró de frente por un segundo, alto y con el pecho firme. Alcancé a verlo completo. Tenía la espalda ancha, brazos largos y garras abiertas. La cara estaba entre hocico y rostro humano, con colmillos largos marcados. No gritó, no se exaltó. Solo se paró y en cuanto se movió hacia un lado, los otros cambiaron de dirección al mismo tiempo, como si obedecieran. Ese detalle fue el que me terminó de amarrar la idea. de que no era un ataque por impulso, era un ataque con mando. El mando desde arriba cantó por radio la orden de repliegue inmediato, por la ruta marcada. Nosotros no nos quedamos a intercambiar tiros ahí abajo. Disparamos para abrir paso, no para sostener posición en un terreno que ellos dominaban. Yo apunté al torso y disparé ráfagas cortas hacia la sombra que venía más cerca. No esperaba que cayera con el primer impacto. Lo que necesitaba era frenarlo lo suficiente para subir. Empezamos a subir de regreso por la línea. Uno de mi equipo iba adelante, yo iba en medio con el dron, y el otro cubría atrás.

18:45 En un tramo, el último de la fila resbaló con una piedra suelta y en ese segundo un nahual se lanzó sobre él y lo tumbó. No fue un choque leve, lo golpeó con el cuerpo y lo clavó al suelo. Alcancé a ver la garra levantada y la boca abierta cerca del hombro. Dos lo jalaron del chaleco hacia arriba con fuerza, arrastrándolo por la tierra. Yo me acomodé hacia un lado, busqué ángulo y cubrí con disparos cortos al centro del cuerpo del que lo tenía. Le pegué. Se frenó un momento, se movió herido y metió la mano al monte como queriendo agarrarlo otra vez. Volví a disparar, ya más controlado, para obligarlo a retroceder. En cuanto se separó, los dos compañeros siguieron jalando al caído. El compañero caído recuperó el aire y se agarró de una raíz para levantarse.

19:38 No se puso a pelear. Se pegó a la subida y siguió, porque ya sabía que si se quedaba, ahí lo terminaban. Los nahuales siguieron presionando por los costados. No se mostraban completos todo el tiempo. Aparecían cuando el terreno les daba ventaja y se metían cuando les disparábamos. Desde arriba, el equipo de cobertura abrió fuego para frenar el avance y darnos espacio. Eso se sintió en el cambio del combate. Cuando ellos recibían fuego desde arriba, ya no podían entrar con la misma libertad, y eso nos permitió subir rápido. Llegamos al punto alto donde estaban los heridos. El del pecho seguía respirando con dificultad, y el del antebrazo mordido ya traía la mano casi inútil. El mando no dejó que nos quedáramos ahí esperando otro ataque. Marcó la salida hacia el punto de extracción y nos puso en movimiento en cuanto estuvo el equipo junto. La ruta de salida era una combinación de brecha y monte, buscando no meternos a cañadas ciegas. Caminamos rápido pero sin desorden. Los heridos iban al centro, con dos elementos sosteniéndolos por el chaleco y por el brazo bueno. El resto cubríamos los costados y atrás. En un tramo todavía se escucharon carreras pesadas entre los pinos, pero ya más lejos, pero nunca bajamos la guardia. Llegamos al punto de extracción con los heridos y con el dron asegurado. El apoyo tardó por el terreno,

21:09 pero llegó. Subimos sin quedarnos un minuto más. Ya arriba, con el motor levantando tierra, yo me quedé mirando la línea de árboles donde empezó todo. porque desde el aire ese monte se veía igual, como si nada hubiera pasado. A nosotros nos cambiaron de zona después de eso, el área quedó restringida por órdenes superiores, y yo no volví a esa sierra. Lo que sí me quedó claro fue lo que vi de cerca, Nahuales, porque los vi cambiar la forma y pelear con inteligencia desde ese día. Entendí que hay lugares donde el monte tiene su propia forma de defenderse, y que, por más armas y entrenamiento, si entras sin respeto a su terreno, sales con suerte o no sales.