Dec. 22, 2025

Operativo Contra BRUJAS En El Pueblo - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Me llamo Iván Salgado y aún recuerdo cuando pasó. Fue una misión real, en un ejido pegado a la sierra y porque desde ese día ya no leo un rastro como antes. Nos mandaron por una serie de reportes que se juntaron en pocos días y ya no podían tratarse como pleito de vecinos. En el mismo tramo de brechas se repitieron tres cosas. Animales apareciendo sin piel en los bordes de los corrales. Perros que no regresaron. y un hombre que salió a buscar ganado y ya no regresó. La gente del ejido pidió que alguien revisara lo que estaba pasando, porque el monte estaba empezando a comerse a las personas, eso era lo que decían. Llegamos en dos unidades, y nos recibió el comisario con dos hombres mayores, que conocían cada brecha. El ejido estaba separado, con patios amplios, corrales de madera vieja y cercos reparados con alambre. A un lado se escuchaba el arroyo y del otro estaba el monte cerrado, pegado a las últimas casas. Había una brecha principal que se perdía entre los cerros. Nos guiaron primero al corral más afectado. En el suelo se veían remiendos recientes, tierra removida y tablas cambiadas. El dueño del corral nos explicó que en una noche amaneció un animal tirado, que lo dejaron como si lo hubieran trabajado con alguna daga.

1:29 y que después de eso empezó a encerrar más temprano, a reforzar con madera y a dejar una lámpara prendida. Revisé el cerco con calma y vi marcas en dos tablas, como uñas o garras que se clavaron y jalaron. En la esquina del corral, donde el alambre estaba más flojo, había lodo seco con pisadas mezcladas. No eran pisadas claras todavía, pero sí se veía el sentido de salida hacia el arroyo. le pedí al comisario que me llevara al punto en donde encontraron el primer animal, y al tramo por donde el hombre se metió al monte cuando salió a buscar sus animales y se perdió. La gente del ejido hablaba en voz baja, diciendo que los animales se alborotaban sin razón, que se escuchaban golpes en los corrales, como si alguien empujara desde afuera, y que cerca del agua se miraba una figura moverse entre los árboles, Eso último lo anoté como dato, pero me concentré en lo que podía comprobar.

2:30 Bajamos al arroyo por un sendero angosto detrás de las casas. Ahí el terreno cambió y el lodo se puso más blando. En una orilla encontré huellas de animal marcadas, largas, profundas y separadas como si hubiera corrido. El peso se notaba en cómo se hundía y en la forma en que despedazaba la orilla. Seguí ese rastro unos metros y el detalle que me dejó frío apareció ahí. En el mismo lodo y en la misma línea empezaron huellas humanas descalzas. No eran huellas viejas. La marca estaba fresca, con el borde limpio. Los dedos quedaron definidos y la profundidad era parecida a la de un cuerpo que venía con prisa, cargando el peso hacia adelante. La parte que no me cuadró fue el cambio. Pues no vi señal de que alguien se hubiera detenido. No vi un rodeo de huellas que explicara que salió del agua y volvió a entrar.

3:29 Y no vi un tramo sin huellas que sugiriera un salto largo. El rastro iba de animal a humano, como si las huellas fueran de lo mismo que iba corriendo. Le pedí a uno de los míos que caminara a un lado sin pisar encima y que marcara con ramas los puntos donde el rastro cambiaba. También mandé a otro a revisar la orilla contraria para ver si aparecía un segundo rastro paralelo, pero no apareció, y todo apuntaba a un solo recorrido que entraba hacia una zona de piedras y matorral bajo. El comisario señaló una construcción abandonada cerca del arroyo, a unos minutos siguiendo la orilla. Era una estructura vieja, paredes revocadas, techo caído, en muy mal estado, y la gente la evitaba. porque según decían, ahí se juntaban vagos, y porque el monte se la estaba tragando.

4:23 No me interesó el motivo social, me interesó que el rastro se dirigía directo hacia ese punto. Nos acercamos con cuidado y revisamos por fuera primero. En la entrada había tierra removida y huellas que se cruzaban, algunas humanas y otras de animal. También había ramas rotas, a una altura que no correspondía a un animal chico. En una pared vi manchas viejas de humo, señal de que alguien había prendido fuego ahí en días recientes. Volté a ver el ejido desde esa distancia y entendí el problema. La construcción estaba lo suficientemente cerca como para vigilar corrales y lo suficientemente cubierta como para esconderse sin que lo vieran desde las casas. Si el responsable se movía desde ahí, podía acercarse al arroyo. al monte y a los patios, sin cruzar por la brecha principal. Con esa lectura tomé una decisión simple. Organicé a mi gente en dos grupos. Uno se quedó cubriendo el ejido con instrucciones claras de no dejar que ningún civil saliera solo hacia el monte y de mantenerse cerca de los corrales donde se repitieron los ataques.

5:34 El otro grupo, conmigo, se quedó en el borde del arroyo y en la entrada de la construcción. sin meterse todavía al interior, cuidando las líneas de vista y revisando cualquier movimiento en la orilla. Antes de separarnos, repetí el punto de referencia, para que todos lo tuvieran en la cabeza. El arroyo como línea de tránsito, la construcción abandonada como posible escondite, y la brecha de regreso como salida más probable. Con la vigilancia ya puesta, desde ese momento dejé de pensar en un simple depredador. y empecé a tratarlo como algo que podía moverse con cabeza fría, con intención, y con una ventaja que todavía no entendía. La vigilancia empezó a rendir fruto cuando la brecha del arroyo dejó de verse vacía. Yo estaba con el grupo que cubría la entrada de la construcción abandonada, a unos metros del agua, cuidando la orilla y el paso hacia el monte. Y en el lado del ejido, quedaron dos elementos y el comisario atentos a los corrales por si el movimiento se intentaba por atrás primero vi dos figuras en la brecha recortadas entre los troncos caminaban rápido sin hablar mirando hacia los corrales como revisando el punto antes de acercarse no iban de paseo pues en el modo en que se movían se notaba que conocían el terreno uno iba un paso adelante y el otro se quedaba más pegado al arroyo como queriendo cubrir los lados Los dejé avanzar lo

7:04 suficiente para confirmar que no eran pobladores que venían a curiosear. Cuando estuvieron a una distancia donde ya se les podía marcar el alto con control, hice la señal al grupo y nos abrimos en abanico, sin correr y sin meternos todavía al carrizal. Les marqué el alto en voz fuerte y clara. El que iba adelante se detuvo apenas un segundo, volteó hacia la construcción y luego hacia el monte. El otro, el de la orilla, se quedó más cerca del agua, como si esperara que yo me fuera directo tras el primer hombre. El que iba adelante tomó la decisión de huir hacia el monte. Se metió por la parte de piedras y matorral bajo, justo donde el rastro del día anterior se hacía confuso. El de la orilla se empezó a mover paralelo al arroyo, pegado al carrizo, buscando perderse entre el monte. En ese momento dividí al equipo, tal como lo habíamos planeado. Dos elementos se fueron por la orilla para intentar cortar al segundo, y yo me fui con otros dos, por el que se metió al monte.

8:12 No lo perdimos de vista al principio. Corría como hombre con pasos largos, levantando grava y empujando ramas con el hombro. Traía ropa oscura y una gorra. Lo seguíamos a distancia corta, cuidando no caer en una zanja o en una piedra floja. El terreno ahí nos engañaba porque parecía parejo y de repente se abría en una bajada. Yo llevaba la lámpara apuntando hacia abajo para ver por dónde pisábamos, pero alcancé a alzarla lo suficiente cuando lo vi frenar. El sujeto se encorvó, como si se le hubiera cerrado el aire. Puso una mano en la tierra y luego la otra.

8:53 La espalda se le levantó de un modo que no correspondía a una caída. La ropa se le estiró y se le abrió en la parte alta, como si el cuerpo se hubiera ensanchado por debajo. Lo vi apoyar el peso en cuatro puntos y el movimiento siguiente ya no fue de persona. Se impulsó hacia adelante pegado al suelo, con las piernas dobladas avanzando con fuerza. No fue una ilusión rápida, la lámpara le pegó directo, cuando salió del matorral a un tramo con menos ramas. En ese claro corto lo vi como un animal grande, del tamaño de un perro pero más grande, con el lomo alto y la cabeza que terminaba en hocico, con colmillos afilados y garras largas en las patas, y con una proporción rara en las patas traseras, como si tuvieran más empuje de lo normal. En la parte del cuello se le marcaba una línea de piel sin pelo, como si hubiera zonas donde el pelo no terminaba de cubrir. La respiración era fuerte y el cuerpo se movía con rapidez. El animal giró hacia el ejido. Esa fue la intención clara, pues no siguió huyendo hacia la sierra. Intentó abrirse paso hacia donde estaban los corrales. Ahí entendí que el objetivo no era solo escapar, era regresar al punto donde tenía ventaja.

10:15 Le cerramos el paso como pudimos en ese tramo. Uno de los míos se adelantó para bloquear la salida hacia la brecha y el animal se le fue encima. El golpe fue directo al cuerpo. Vi cómo lo tumbó con el empujón y lo arrastró un tramo corto en el lodo. Mi compañero quedó en el suelo, aturdido, con la lámpara girando y alumbrando al cielo. Actuamos para detenerlo y proteger al que estaba abajo. No hubo tiempo para otra cosa. Disparamos a las patas, buscando frenar, no rematar. Pero el animal alcanzó a girar y retrocedió con una herida clara. La sangre cayó en gotas gruesas sobre las piedras y se mezcló con el agua que corría por la orilla.

11:00 Se metió hacia la construcción abandonada, usando el mismo camino por donde habíamos encontrado las huellas. Yo levanté a mi compañero del suelo. Tenía la boca llena de tierra y un golpe en el costado, pero estaba consciente y podía moverse. Le pasé la lámpara al otro para que no perdiéramos al herido y seguimos a distancia, sin meternos al interior de la construcción de golpe. Mientras eso ocurría, por el radio me avisaron del segundo sujeto. Los dos que fueron por la orilla lo alcanzaron a ver de cerca por un instante, antes de que se metiera al carrizal. Era humano, flaco, con la cara sudada y la mirada fija hacia adelante.

11:41 Tenía las manos con uñas largas y rotas, como uñas trabajadas contra tierra y piedra. La ropa la traía mojada a la altura de la cintura, como si hubiera cruzado el arroyo o se hubiera metido al agua para tapar el rastro. Cuando se metió entre los carrizos, desapareció en un laberinto de ramas verdes. Mis elementos intentaron rodear por la orilla, pero el terreno ahí se vuelve puro canal y maleza, y cada paso falso te hunde hasta la rodilla. Nos concentramos en el herido porque ya lo teníamos contenido por el terreno. La construcción estaba cerca, con paredes que permitían cerrar entradas. Lo rodeamos por fuera primero, cuidando que no saliera por una ventana o por el lado del arroyo.

12:29 En la entrada se escuchaban movimientos, piedras rodando, como si alguien arrastrara el cuerpo por el suelo. Entramos con cuidado, con lámparas al frente y con pasos cortos. En el primer cuarto no había nadie. En el segundo, atrás de un muro caído, lo vimos. Ya no estaba en cuatro patas, con esa forma humanoide y aterradora. en la que lo vimos convertirse estaba humano tirado sobre el costado con sangre en la boca y en el pecho respirando apenas la cara estaba sucia la ropa rota en la espalda y en los hombros y los brazos tenían raspones recientes como de atravesar matorrales con el cuerpo desnudo intentó levantarse y se le fue el aire se le marcó una tensión en la espalda y en los brazos como si buscara volver a encorvarse pero no lo dejamos Entre varios lo aseguramos con amarres simples, sin golpes innecesarios, y le hicimos una revisión rápida de manos y cintura por si traía arma.

13:30 Pero no traía arma de fuego. Traía una daga de trabajo, corta y manchada. La traía pegada al cuerpo como herramienta. Lo sacamos al patio para tenerlo a la vista y evitar que se escondiera en un rincón oscuro. Le cubrimos la herida para que no se desangrara y lo mantuvimos sentado, con control en los brazos y en los hombros. No hubo discursos, solo se le trató como detenido y como herido. Les pedí que reforzaran el perímetro, porque el que huyó conocía el terreno y podría volver por su amigo, y si llegaba convertido en ese animal aterrador, podría causarnos daño y algunas bajas. y porque yo ya había visto que esa noche el terreno podía cambiar de un segundo a otro.

14:17 Con el detenido asegurado en el patio de la construcción, lo primero fue cerrar el área para que el que se escapó no intentara regresar por él o por lo que hubiera adentro. Dejé a dos elementos cuidando la entrada principal y la parte de atrás donde el muro estaba caído y se podía salir por una abertura. También pedí por radio que el grupo de elegido se mantuviera en su lugar, porque en ese momento la prioridad era que ningún civil se acercara a mirar. Ese tipo de lugares se vuelve peligroso cuando la gente se junta y empieza a caminar por el lugar, y si esa bestia llegaba, podría causar daño a los civiles. Entré con otros dos y revisé cuarto por cuarto. La construcción era vieja, pero estaba usada. En el primer cuarto había un fogón con ceniza reciente y ramas a medio quemar. A un lado había cuerdas enrolladas y dos dagas de trabajo, de esas que se usan para cortar cuero o carne, con el filo gastado. En una esquina estaban dos cubetas con agua sucia y grasa flotando, como si hubieran enjuagado algo ahí.

15:28 El piso tenía manchas viejas y otras más frescas, oscuras que no eran de tierra. En el segundo cuarto colgaban pieles frescas para escurrir. Algunas eran de chivo y otras más grandes de res. Estaban acomodadas de una manera aterradora. Debajo había huesos con restos de carne y moscas concentradas en un punto, señal de que eso no llevaba mucho tiempo ahí. En un rincón encontré ropa manchada, doblada de cualquier forma, pero guardada. pantalones, una camisa, un pedazo de manta y una gorra similar a la que yo había visto en el primero que huyó al monte. Me quedé con ese detalle porque amarraba con lo que habíamos visto en la persecución. En el tercer cuarto, detrás de un muro con humedad, estaba lo que subió el caso. Era una libreta escolar de las comunes con letras apretadas. No tenía dibujos ni claves raras. Tenía nombres reales de elegido y de ranchos cercanos. Algunos nombres tenían una marca al lado, como una línea, y otros tenían dos marcas. También había un par de apellidos repetidos, lo que me indicó que no era una lista al azar. Era gente ubicada por familia o por zona. Saqué fotos y anoté la ubicación exacta donde estaba la libreta. También tomé las dagas y la ropa como evidencia. No cargamos pieles ni huesos, porque no íbamos a poder mover todo sin contaminar, pero dejamos

16:59 el lugar sellado con vigilancia, hasta que llegara quien debía levantar el registro completo. Regresé al patio para revisar al detenido con calma. Ya sentado, se veía más humano que cuando lo levantamos entre el escombro, pero el cuerpo traía señales que no cuadraban con alguien que solo estaba en el monte por trabajo. Tenía raspones profundos en la espalda y costillas, como si hubiera pasado por matorrales sin protección. Las uñas las traía partidas hasta la carne, no por una caída, sino por desgaste repetido. El olor era fuerte, como animal mojado, y no se le quitaba con el agua que le echamos para limpiarle sangre de la cara.

17:42 La respiración le iba y venía por ratos, como si el pecho todavía estuviera trabajando distinto y aún no alcanzara respiración bien. Le hice preguntas cortas y él contestó que conocía el monte, que se movía por esos rumbos desde joven, que a veces ayudaba con animales porque sabía cortar y curtir, y que lo acusaban por envidia, porque no le caía bien a algunos. Cuando le mencioné la libreta, se le tensó la mandíbula y volteó hacia la puerta de la construcción, como si quisiera ver si seguía ahí. Me dijo que no era suya, que cualquiera pudo dejarla ahí. No explicó por qué estaba tan cerca de las pieles, ni por qué su ropa olía igual que el lugar. Pedí que lo subieran a la unidad con cuidado, con control, porque estaba herido y porque no íbamos a dejar que volviera a encorvarse para intentar otra vez el cambio a esa bestia demoníaca. Lo trasladamos a la cabecera municipal, donde lo entregamos a la autoridad correspondiente y dejamos constancia formal de lo que encontramos en la construcción. Se acentuó el registro del sitio, el estado del detenido, lo asegurado y la lista de nombres. No me extendí en interpretaciones en el documento.

19:00 Me limité a hechos verificables, persecución, agresión, detención y evidencia en el lugar. Al mismo tiempo, el comisario se quedó con la tarea de avisar a las personas que aparecían en la libreta. Se les dijo que no salieran solos, que evitaran el arroyo por unos días y que mantuvieran el ganado encerrado por la noche. Eso no fue por miedo teatral, fue por prevención real, porque el que se escapó conocía todo el terreno y porque ya había demostrado que podía acercarse sin ser visto. La diferencia se notó rápido en el patrón. Después de esa noche dejaron de aparecer animales sin piel en ese ejido. y los perros ya no amanecen muertos. El arroyo volvió a ser solo arroyo, con agua y piedras, sin marcas nuevas en las orillas.

19:53 La gente seguía con cuidado, pero el trabajo se estabilizó, que era lo que buscaban, y del otro Nahual que se escapó, no volvió a haber rastro claro. Revisamos orillas, preguntamos en ranchos cercanos, y se hicieron recorridos por brechas, pero el carrizal y el monte se lo tragaron. Aún así, el cambio real fue que el daño se cortó de raíz al asegurar la construcción y al detener al Nahual herido, que era el que traía el vínculo directo con ese punto. Yo me fui de esa misión con el hombro adolorido por el golpe que me dio el animal cuando tumbó a mi compañero y por el esfuerzo de cargarlo en un terreno malo. Ese dolor me duró semanas, pero lo que no se me quitó Fue la certeza simple que me acompaña desde entonces. Ese día vi un rastro pasar de animal a humano en el mismo lodo, y vi un cuerpo cambiar a la vista en el mismo terreno.

20:52 Desde ahí, cuando alguien me habla de Nahuales, ya no lo tomo como cuento, pues me tocó presenciar uno. Lo tomo como un riesgo, que si se presenta, se enfrenta con hechos, con control y con la mente fría. Me mandaron con un grupo pequeño, a un pueblo con denuncias de desapariciones y amenazas. También daban el dato de brujas, que atemorizaban al pueblo, que se llevaban niños y usaban animales para rituales. La orden fue apoyar a la autoridad local, revisar la zona señalada y ubicar responsables. Entramos por la carretera principal, y en las primeras calles vi puertas cerradas, cortinas moviéndose y personas mirando desde dentro. En la plaza había pocos puestos abiertos y el tránsito era mínimo. Varias personas al vernos se metían a su casa o se retiraban hacia los callejones. El comisario nos recibió en la comandancia, una construcción simple con un patio al frente y una barda.

22:05 Me explicó que las denuncias se habían acumulado y que la comunidad estaba cuidando cada palabra. Dijo que el miedo estaba concentrado. en un grupo de mujeres a las que el pueblo llamaba brujas. Lo relacionó con hechos repetidos, corrales abiertos durante la noche, animales muertos en la orilla del pueblo, ruidos y risas en las ventanas, y bolsas dejadas en los patios, después de que alguien hablaba con la policía o con gente de fuera. También me dijo que había señales de brujería en ciertos puntos del pueblo, pentagramas en el piso y restos de rituales. Yo empecé por ordenar la información. Pedí un listado con nombre completo de cada desaparecido, domicilio, oficio, último lugar donde se le vio y quién lo vio por última vez. Revisé también qué se había buscado y qué no, para no repetir recorridos. Salieron tres casos recientes y dos anteriores que seguían sin cierre. En un caso, el hombre trabajaba en un rancho y regresaba por un camino de tierra que bordea un arroyo. En otro, una pareja salió a revisar los animales por un terreno baldío y ya no volvió a su casa. En el tercero, un joven salió a llevar una herramienta a un rancho cercano y desapareció en el mismo tramo. Los dos casos viejos repetían la misma zona, con versiones menos claras porque pasó más tiempo y porque varias familias ya se habían

23:37 movido del pueblo. Le pedí al comisario que me marcara en un croquis las entradas del pueblo. los caminos de terracería y los puntos donde habían encontrado señales. Hicimos una lista de personas que si podían aportar datos directos, familiares, el dueño de la tienda que ve pasar gente todo el día y dos trabajadores del rancho que conocían bien el terreno. No necesitaba que todos hablaran ese día, necesitaba ubicar un patrón de movimiento y un lugar constante. Con esa base salimos a revisar el tramo señalado por varias familias. Caminamos desde el punto donde se acaba el asfalto y empieza la tierra suelta. Revisé el suelo, los bordes del camino y las zonas donde alguien puede esconderse sin ser visto desde lejos. Vi huellas recientes de varias personas, con suelas distintas y marcas de paso repetido por una línea estrecha pegada al borde. En un punto había ramas cortadas a mano a la altura del pecho, lo suficiente para abrir un paso lateral hacia el monte. Ese corte era limpio y reciente por el color de la madera. Metida en el monte, había una casa vieja junto a unos corrales abandonados. Era una casa de bloc, con techo de lámina, un cuarto principal y un espacio pequeño al fondo. La puerta estaba cerrada con alambre y dentro había cera pegada en el piso y restos de velas negras consumidas. En

25:09 una esquina vi ceniza acomodada en círculo y piedras pequeñas colocadas alrededor delimitando un sitio de trabajo. También vi pisadas recientes en el polvo con entrada y salida por el mismo lado. En el fondo, entre basura vieja, había botellas recientes y basura nueva. Eso me dijo que el lugar no estaba abandonado, solo estaba evitado por el pueblo. Alrededor de la entrada, en una rama baja, encontré una bolsa pequeña de tela. amarrada con hilo negro. Se veía hecha a mano, apretada, y colgaba a la altura de la vista. La guardé como evidencia sin abrirla ahí, y más adelante, cerca del arroyo, vi dos puntos con tierra removida y piedras encima. La forma era similar en ambos, un hoyo pequeño, tapado y cubierto con lo que había alrededor. Marqué referencias visibles para ubicarlos después y anoté la distancia aproximada al camino.

26:09 porque esos puntos podrían ser usados otra vez. Antes de regresar, revisé la cobertura del radio y la señal de teléfono en el camino. En parte se escuchaba bajo y en otras se perdía la comunicación. Eso era importante para el siguiente paso, porque no quería que alguien se quedara sin contacto si había movimiento en el monte. También revisé accesos, por donde puede entrar un vehículo sin dejar marcas claras y por donde se puede salir caminando sin pasar por el camino principal. Vi un tramo donde el monte se abre y permite entrar por detrás de la construcción sin pisar el camino de terracería. Regresamos al pueblo y organicé el trabajo, para no depender de que la gente se animara o no. Establecí rondines cortos, siempre en grupo, por los accesos principales. Coloqué dos puntos de observación discretos, uno con vista al inicio del camino de terracería y otro desde una loma, donde se alcanzaba a ver el techo de la construcción sin acercarse. Pedí que se registrara cualquier vehículo extraño, cualquier persona que caminara hacia el arroyo y cualquier movimiento que se repitiera por el mismo borde del camino o por la misma vereda. También hablé con dos familias para que me describieran con detalle como encontraron sus patios cuando amanecieron con amenazas. Me señalaron dónde dejaron bolsas,

27:40 dónde hallaron las puertas abiertas y qué objetos estaban movidos. Con eso definí una regla simple. Si aparecía otra bolsa en una casa, se avisaba de inmediato y se fotografiaba antes de moverla. Cerré esa primera jornada con un objetivo claro, identificar quién se mueve por el tramo del arroyo y quién usa la construcción. Si esas mujeres estaban ligadas a las desapariciones, iban a aparecer en un patrón de movimiento. Si alguien más estaba usando el miedo del pueblo como protección, también iba a dejar rastro. Yo necesitaba ese rastro para avanzar con hechos y para que el caso se sostuviera cuando llegara el momento de actuar. Seguí el plan que dejé armado desde que revisamos el arroyo y la construcción vieja.

28:31 Dos elementos observaron el inicio del camino de terracería y otros se colocaron en la loma con vista al techo de lámina. Yo me movía entre esos puntos para confirmar lo que se anotaba y para ver con mis ojos el movimiento en la zona. El comisario se quedó con la instrucción de avisarme si aparecía otra bolsa en alguna casa, porque ese detalle ya se repetía. y la gente lo ligaba a amenazas, a corrales abiertos y a animales desaparecidos. En una salida posterior desde la loma, vi a dos mujeres caminando juntas por la orilla del arroyo, fuera del camino principal. Iban pegadas al monte y avanzaban con cuidado.

29:15 Se detuvieron antes de llegar al agua y voltearon hacia la construcción y hacia el tramo donde el camino se abre. Luego caminaron hasta una zona de piedras planas, donde el agua pasa más lento. Una se agachó, levantó dos piedras y colocó algo debajo. La otra se quedó de pie, cuidando el borde del monte y el camino, girando la cabeza como si estuviera escuchando. Ese detalle me llamó la atención, porque mientras una hacía el trabajo, la otra se comportaba como vigilancia. bajé con el grupo por un costado. Avanzamos a paso parejo, juntos, usando el terreno para acercarnos sin quedar en medio del camino. Ya cerca sonó un golpe fuerte en la lámina de la construcción. En ese mismo momento, los perros de un rancho cercano empezaron a ladrar con fuerza.

30:06 Ese ruido cubrió el instante en que las mujeres se levantaron y tomaron una vereda angosta hacia el cerro, pegadas a los árboles. El golpe no sonó por accidente, sonó como aviso, y me quedó claro que el ruido era parte del método. Levantar alarma, hacer que el ambiente se mueva y aprovecharlo para salir. Me quedé con el punto del arroyo. Bajo la piedra principal había una bolsa pequeña enterrada a poca profundidad, amarrada con hilo. La tierra pegada al nudo estaba húmeda y el tejido tenía manchas oscuras como de sangre seca. Tomé fotografías del sitio antes de moverla y marqué el lugar con una referencia sencilla para ubicarlo después. Guardé la bolsa en evidencia y anoté el lugar y la descripción. Con guantes la abrí en una superficie limpia. Dentro traía tierra compacta y un pedazo de tela anudada, apretado como si fuera un amarre. Olía a humedad y a tierra. Por el tipo de nudo y el hilo parecía preparada con intención. como si el amarre tuviera que quedar firme para aguantar el traslado. Alrededor del arroyo, revisé el suelo y encontré huellas recientes entre el agua y la parte trasera de la construcción. Eran pisadas de suela lisa, distintas a las botas del grupo. También vi marcas cortas de arrastre sobre tierra seca, como si hubieran jalado algo ligero hacia la hierba y luego lo hubieran levantado.

31:38 En ese tramo, el cerro baja la comunicación por radio, así que trabajamos por partes y regresando siempre al mismo punto para reunirnos. Ese orden ayudó a que nadie se dispersara y a que las marcas quedaran documentadas sin que el propio movimiento del grupo las borrara. Regresamos al pueblo por la misma ruta. En una calle lateral se me acercó una vecina. Se quedó pegada a la pared de su casa y me habló rápido. cuidando que nadie la oyera desde la esquina. Dijo que, durante la noche anterior, una persona pasó por su calle, se detuvo frente a su puerta y dejó una bolsa parecida junto al umbral.

32:19 Al día siguiente, encontró su gallinero abierto y había animales muertos. También me señaló una esquina del patio en donde encontró ceniza tirada en una línea corta, como si alguien la hubiera aventado con la mano. La vecina no quería guardar eso otra vez, porque ya lo había visto en otras casas y ya sabía lo que venía después. Ese fue el cambio real. Cuando la gente vio que estábamos levantando evidencia y que no nos íbamos a ir rápido, empezaron a hablar de hechos concretos. Ese testimonio empujó a otros. Dos hombres se acercaron al comisario y señalaron un tramo donde habían visto a esas mujeres caminar hacia el monte, Uno reconoció a una bruja por la forma de caminar porque cojeaba de una pierna. El otro mencionó que las vio comprar velas en la tienda del centro y salir por la calle queda al terreno abandonado. Una señora agregó que después de que una familia habló de más con la autoridad local, esas mujeres pasaron frente a su casa y se quedaron mirando la puerta. Al amanecer apareció una bolsa en el patio. detrás de unas macetas amarrada con hilo negro después de eso se escuchaban pasos en el techo y rasguños de uñas largas en las ventanas eso lo hacían para asustar a sus víctimas y de cierta forma crear miedo en el pueblo el comisario me confirmó dos amenazas recientes con el mismo método en una casa

33:52 golpearon la puerta y dejaron una bolsa en el patio junto a la entrada en otra casa dejaron la bolsa cerca del corral Pero, en ambos casos, al día siguiente el corral amaneció abierto y faltaban animales. El patrón era constante. Bolsa, aviso desde la construcción o desde el monte. Y luego, el daño para obligar a la gente a quedarse callada y a evitar que sus familiares dieran nombres. Con lo visto en el arroyo y con los reportes del pueblo, ajusté el plan para el siguiente paso. Definí el borde del arroyo y la parte trasera de la construcción como zona de control porque ahí se puede avanzar con visibilidad y se puede cerrar el paso al camino y a la vereda del monte. Pedí a la autoridad local presencia visible en las calles donde aparecieron bolsas y les pedí que cualquier objeto encontrado se fotografiara antes de moverlo para que se levantara con orden y quedara registrado. Cerré la jornada con una idea clara. Ya tenía forma de operación, puntos de colocación y un sistema de aviso. Lo siguiente era ubicarlas en movimiento otra vez y detenerlas en un punto donde el terreno ya no las ayudara. Volvimos a vigilar el área con el plan ya definido desde el día anterior. La loma seguía siendo el punto para ver el techo de lámina sin exponernos, y el borde del arroyo era el lugar donde podíamos movernos sin quedar atrapados

35:23 por la maleza. El comisario mantuvo presencia visible en las calles donde habían aparecido bolsas, no para asustar al pueblo, sino para que la gente entendiera que esta vez sí había seguimiento. En una de esas vigilancias vimos movimientos cerca de la construcción vieja. Eran dos mujeres, entraron por la parte trasera, por donde la hierba estaba aplastada desde días antes. No caminaban por el camino principal, se metían por el borde, pegadas al monte, y eso coincidía con las huellas que habíamos documentado en el arroyo. Nos movimos en dos grupos para cerrarles el paso de regreso al pueblo y el paso al monte. No avanzamos corriendo, avanzamos con distancia corta.

36:11 cuidando que nadie se quedara atrás y cuidando el terreno, porque esa zona tiene piedras sueltas y había que tener cuidado. Cuando las tuvimos cerca, pude observar su rostro y su físico. Estaban algo arrugadas de la cara, tenían el cuerpo encorvado y unas uñas enormes como garras. Una de ellas metió la mano a su ropa como para sacar algo y tirarlo al suelo. La sujetamos en ese momento. Fue un forcejeo corto. Se resistió con fuerza y con mañas, tratando de soltarse y de girar para llevarse las manos al frente. Entre dos la controlamos y la aseguramos. La otra mujer se metió entre los árboles y se perdió en el terreno.

36:53 La alcanzamos a ver por unos metros y luego dejó de verse. Esa salida la tenía aprendida. porque entró justo por la vereda que habíamos localizado el día anterior, la que conecta con el cerro sin tocar el camino de terracería. A la detenida le hicimos revisión completa en el lugar, con el comisario como testigo. Traía hilo enrollado, una navaja pequeña y dos bolsas pequeñas como las que ya habíamos levantado en el arroyo. También traía una hoja de papel doblada, era una lista de nombres y apellidos del pueblo, eran nombres reales. La trasladamos a la comandancia sin dar más vueltas, porque no me convenía quedarme en el terreno con una persona detenida mientras otra seguía suelta. Se reía de una manera demoníaca y decía casi gritando que también nosotros le pertenecíamos a su amo y que él vendría por nosotros.

37:50 La verdad sentí algo en mí, un escalofrío que me recorrió el cuerpo. Al llegar, el comisario avisó a la autoridad correspondiente para el inicio formal del procedimiento. Mientras se hacía el registro, yo pedí que se reuniera a dos familias que ya habían denunciado, para que ratificaran lo que habían dicho y para que identificaran a la bruja. Con la detenida asegurada y con el trámite en marcha, regresamos a la construcción vieja, con el comisario y con una persona del pueblo, que aceptó señalar el cuarto, donde esas brujas se metían y hacían los rituales y sacrificios. Esa persona no iba por gusto, se notaba que tenía miedo, y el ver a la bruja se sentía aún más, pero entendía que era necesario para terminar con esa pesadilla.

38:43 Entramos por la puerta principal y revisamos todo de forma ordenada, cuarto por cuarto, sin revolver cosas sin sentido. En el cuarto principal encontramos velas, restos de cera en el suelo y una esquina con ceniza acomodada, igual que la primera vez. En el cuarto del fondo había una bolsa grande de ropa y en una caja había pertenencias sueltas, restos de algún ritual y huesos. Ahí salió lo importante. En esa caja estaban pertenencias de una persona reportada como desaparecida. No era una suposición. Era un cinturón con una hebilla reconocible, un llavero con una figura metálica y una camisa con una reparación en la manga que la familia había descrito.

39:30 También encontramos una identificación doblada dentro de una bolsa pequeña, protegida del agua como si quisieran guardarla sin que se destruyera. Se levantó todo como evidencia y me enfoqué en lo que cerraba el círculo. Esas pertenencias no llegaron solas a ese cuarto. En el área cercana al arroyo, revisamos de nuevo los dos puntos de tierra removida que yo había marcado desde la primera salida. Esta vez, con apoyo y con más cuidado, abrimos uno de los puntos. No era un entierro profundo, era un escondite. Adentro había ropa envuelta en tela y un par de botas. No encontramos un cuerpo ahí. Encontramos objetos y ropa guardada como si fueran trofeos o como si fueran prueba de control sobre alguien.

40:19 Eso bastó para reforzar el vínculo con las desapariciones, porque las familias reconocieron parte de esas prendas. De regreso a la comandancia, varias personas del pueblo se animaron a declarar lo que habían visto. A las brujas caminando arriba de los techos, como rasgaban las ventanas para causar miedo y las risas demoníacas cuando aparecían. La bruja detenida quedó entregada a la autoridad correspondiente. con el registro de lo asegurado, con evidencia y con testimonios. El comisario mantuvo vigilancia en el tramo del arroyo y en la construcción, y yo dejé instrucciones claras al grupo para que no se descuidara la zona en los días siguientes, porque cuando se detiene a una persona en un caso así, lo común es que alguien intente mover o retirar lo que queda». La otra bruja no volvió a aparecer en el pueblo durante el tiempo que permanecimos ahí. La gente lo notó rápido y también se notó por otro hecho. Dejaron de aparecer bolsas en los patios y dejaron de amanecer animales muertos.

41:26 Y las desapariciones de personas y de bebés ya no siguieron. En los días siguientes ya no se reportaron nuevas desapariciones en el tramo del arroyo. Los puestos de la plaza abrieron más seguido y las familias salieron a buscar agua o leña sin la misma vigilancia entre vecinos. No se arregló la vida del pueblo de golpe, pero se cortó el patrón de amenaza que los tenía callados. Yo cierro este recuerdo con algo sencillo. Ese pueblo llevaba tiempo bajo la presión de esas brujas y todo lo que hacían para meter miedo al pueblo. Las amenazas, brujería en los patios... corrales con animales muertos y gente desaparecida. La detención y los hallazgos cortaron la forma en que esas mujeres se movían y se protegían con el miedo. El trabajo terminó con evidencia real, una responsable bajo custodia y una zona vigilada hasta que el pueblo volvió a caminar con más normalidad.

42:26 Jamás volví al pueblo, pero no volví a escuchar nada sobre esas brujas en ningún reporte. Le soy sincero, esas palabras que me dijo la bruja me dejaron marcado para siempre. No sé bien a qué amo se refería. Desde ese día siempre vivo alerta para que no me tomen por sorpresa las brujas. Solo unas cuantas veces he contado esta historia. porque no me gusta recordar. Me sucedió en el año 2002, cuando ya contaba con 20 años. Menciono esto para aclarar que no era un niño que se podía dejar sugestionar por cualquier cosa que le asustara. Aunque no vivía en una ciudad, ya había terminado mi preparatoria. En ese tiempo vivía en unas rancherías muy cerca de Bustamante, Nuevo León. Estaba acostumbrado a la vida sencilla y tranquila, sin tantos autos, negocios, ni gente como en cualquier ciudad cercana. Durante las noches, el único sonido era el de los pocos animales que teníamos.

43:38 Lo más preocupante que podía pasar era escuchar aullar a los coyotes, pero ya ni eso lo tomábamos en cuenta. En ocasiones recibíamos la visita de algunos familiares que teníamos en Nuevo Laredo o que llegaban de Monterrey, pero era muy esporádicamente. Mi primo llamado Héctor era quien más nos frecuentaba. Aún así nos veíamos cada año. Recuerdo que sería un diciembre casi en vísperas de la Navidad, cuando Héctor llegaría de visita. Sabíamos que solo se quedaría cuatro días porque iba a pasar las fiestas de fin de año en su casa con mis tíos. Era costumbre que cuando me visitaba se quedaba a dormir en mi cuarto. sabiendo con anterioridad que iría nos preparábamos poníamos una cama extra para él y mi mamá le hacía una cena de todos mis primos era con quien más confianza tenía además era de mi edad y teníamos gustos afines muchas veces llegamos a amanecer platicando de nuestras cosas y hasta guardábamos uno que otro secreto llegó el 22 de diciembre por la mañana como a eso de las 10 Héctor entró al rancho Solo traía una pequeña mochila a la espalda. Era un sábado.

44:51 Desde que lo vi a lo lejos se me hizo extraño. Parecía que venía hablando solo. Movía las manos y la boca. Después de que se instaló, me acompañó a darle de comer a los animales. Algo raro le noté. Por eso me le quedaba viendo. Actuaba extraño. En ocasiones se veía distraído. Luego cambiaba y se mostraba ansioso. Muchas veces llegué a verlo que volteaba asustado hacia donde no había nadie. De vez en cuando manoteaba como si se espantara algunos insectos, pero nada volaba junto a él. Había algo más. Al estar a mi lado se sentía una mala vibra, como si portara algún mal. Otra cosa extraña que sucedía era que me parecía un poco más alto. Además venía subido de peso. También parecía un poco más moreno. porque siempre había sido más blanco que yo. No le hice ningún comentario sobre eso porque ya tenía casi un año que no lo miraba y en ese tiempo la gente cambia.

45:53 Ya por la tarde y por la confianza que le tenía, le pregunté qué le pasaba. Llegué a pensar que se encontraba enfermo porque sudaba demasiado. Nos encaminamos a unos corrales, lejos de cualquier mirada. Me dijo que había algo importante que me quería contar. Le puse atención porque se miraba preocupado. Primero volteó para todos lados como para cerciorarse de que nadie nos estuviera escuchando. Luego me comentó que días anteriores había jugado a la ouija por primera vez y había contactado a un espíritu que por un descuido se le había metido. Lo malo era que ese espíritu pertenecía de un brujo. Al principio me reí, primero porque yo no sabía lo que era eso, pero también porque se escuchaba como una broma. Ahí en la ranchería se hablaba de aparecidos, de la llorona, hasta del charro negro. Pero ya a mi edad no creía en esos cuentos y estaba seguro que él tampoco. Por eso dudaba que me estuviera hablando en serio. Pero esta vez parecía ser diferente. Mi primo era otro. Sin dejar de mirarme y bastante serio, me dijo que todo lo que me había contado era verdad. Además, necesitaba de mi ayuda. Por eso había ido a verme.

47:11 Algo que me llamaba la atención en él era que parpadeaba de manera inusual. Cerraba los ojos para luego irlos abriendo lentamente. Yo seguía pensando en que era una broma. Estuve de acuerdo en ayudarlo. Para que nadie se enterara, ya en la noche hablaríamos con más calma como siempre. Nos pusimos de acuerdo y quedamos en eso. Ese sábado 22 en la noche, después de cenar algo, nos salimos a platicar un rato afuera. Era una costumbre que teníamos en el rancho. Tomamos una vereda que conducía al monte. Mientras fumábamos un cigarro, íbamos platicando de todo aquello que decía que le pasaba y que me empezaba a intrigar. Para empezar, le pedí que me explicara a lo que había jugado, porque no me quedaba en claro qué tenía que ver eso con los espíritus. Me explicó a detalle la función de esa tabla y lo que había logrado hacer con ella.

48:08 Le entendí perfectamente, pero no me cabía en la cabeza que un espíritu se le hubiera metido. Eso me parecía imposible, y se lo hice saber. Me contó que una noche junto con dos amigos se metieron a un panteón cuando ya pasaban de las tres, y ahí sobre la lápida de una tumba utilizaron la tabla de los muertos. Rápidamente contactaron con un espíritu que resultó ser ese brujo. Después de la invocación, cuando ese espíritu se hizo presente, escucharon muchos gritos a su alrededor. No supo cómo manejar la situación y eso lo había aprovechado el brujo para salirse de la ouija, pero no se iba a quedar en el aire. Por eso se le había metido, por ser el más débil de todos. Lo terrible de todo eso era que, al parecer, el brujo era un Nahual y ahora se quería manifestar a través de su cuerpo, pero en forma de un animal. Otra cosa que me explicó fue que no había tenido tiempo de cerrar la sesión, y eso era todavía más terrible porque otros espíritus se podrían salir en cuanto la volviera a abrir y se podían meter en las personas que estuvieran presentes. Escuchar todo aquello, aparte de ponerme nervioso, hizo que no tomara en cuenta que cada vez nos alejábamos más de nuestro rancho. Lo hicimos tanto que se perdió de nuestra vista la única luz que teníamos afuera de la casa. Seguimos caminando porque mi primo no paraba de hablar. Hubo un momento que se me perdió el sendero que llevábamos. Por fin minutos

49:41 después nos detuvimos en medio de todo ese monte. Entonces Héctor abrió un morral que no me había dado cuenta que traía y sacó una tabla para mostrármela. No tenía que preguntar nada, supe al instante que esa era la ouija. con la que podía hablar con los muertos e invocar esos espíritus malignos que mencionaba. Aunque yo seguía sin creer en eso, nada más de verla me causó un fuerte escalofrío. Entonces supe que podría estar diciendo la verdad. En mi inocencia se me figuraba que iban a salir volando fantasmas o espíritus visibles nada más al exponerla, pero Héctor me explicó que no era así. Se tenía que abrir sesión y después invocar a los espíritus. Me dijo que algo que no se debía hacer con la ouija era jugar uno solo. Por eso me pidió que lo acompañara. Él me diría lo que tenía que hacer. Solamente íbamos a cerrar sesión, era todo. Él pensaba que, con eso, quedaba liberado de ese espíritu y volvería a la normalidad. En ese momento, sentía algo raro. Sentía miedo de estar parado en medio del monte, frente a mi primo que no dejaba de hablarme de cosas por demás extrañas. ni siquiera me imaginaba que existiera algo así nada más de verme me pidió que no tuviera miedo de su moral sacó una bolsa pequeña con sal y formó un círculo de regular tamaño ahí puso la tabla era la primera vez que veía una cosa como esa estaba llena de letras

51:14 y números entonces se sentó en la tierra también sacó dos velas las encendió y me pidió que me sentara frente a él Ya no sabía qué hacer. Todo aquello era tan extraño que ahora sí me tenía dudando. Yo sabía que no debía hacerlo. Aún así, me senté. Ya asustado, le pregunté si no me iba a pasar nada. Porque él había comentado que saldrían espíritus para entrar en las personas. Mi primo solo movió su cabeza de manera negativa. Fue todo. Todavía no iniciaba, pero varias veces había estado a punto de salir corriendo de ahí. No sé por qué no lo hacía. Héctor era mi primo. Desde pequeños estábamos acostumbrados a hacer algunas travesuras o aventuras arriesgadas. Pero ya meternos en esas cosas era hacer algo prohibido a lo que no estaba acostumbrado. Colocó sus dedos en un triángulo y me pidió que yo también lo hiciera. Lo dudé un poco.

52:14 Antes de hacerlo me iba a persignar pero Héctor me dijo que no hiciera eso. Al poner los dedos sentí como si algo entrara en mí. Algo que no lo podría explicar con simples palabras. Héctor seguramente sabía que yo lo sentía y lo que me estaba pasando. porque me dijo que no quitara los dedos del triángulo porque rompería el contacto. Y eso también era peligroso, no solo para él, también lo era para mí. Sentí que se me erizó toda la piel. Algo me recorrió hasta la nuca cuando lo escuché invocar a los espíritus. Lo hacía con una fuerza y una seguridad que me daba a entender que ya lo había hecho muchas veces y no una, como me había asegurado. Yo no sabía qué hacer. Tuve esa sensación de sentir que no era mi primo Héctor quien estaba sentado frente a mí, sino el mismísimo demonio. Entonces ya no me pude mover. Algo como una fuerza me lo impedía. Después de varios intentos de preguntar si se encontraba algún espíritu, el puntero se movió hasta la palabra sí.

53:19 Yo no despegaba la vista de esa tabla extraña. Si esto hubiera ocurrido en otra ocasión, pensaría que era mi primo el que la estaba moviendo. Para aumentar mi temor, ya sabía que no era así. Héctor preguntó si era un demonio en específico, pero prefiero no pronunciarlo. A lo que, de nueva cuenta, el triángulo de manera sorprendente respondió que sí. Entonces, mi primo dibujó una sonrisa que casi me hiela la sangre. No entendía por qué estaba invocando a un demonio y no al espíritu de brujo. Comencé a sospechar que tenía malas intenciones conmigo. Si fuera así, no entendía el por qué. Él y yo siempre nos habíamos llevado bien. A partir de ahí me miró a los ojos y ya no se movió. Así comenzaron a correr los segundos. Todo transcurría en una terrible calma. Lo sabía. Algo iba a suceder.

54:14 Mientras tanto, Héctor se mostraba inerte. Era como si se hubiera quedado hipnotizado o tal vez congelado. Con temor le hablé varias veces, pero no me respondió. Me di cuenta que no parpadeaba. Parecía que ni siquiera estaba respirando. Entonces más me asusté. Comencé a sentir que algo o alguien se encontraba detrás de mí. Sentía su mirada, pero me hice el fuerte para no voltear, porque aquello seguramente no sería nada bueno. Ya no podía ocultar mi miedo. Forzaba contra mis manos para soltar ese triángulo. pero parecía que me encontraba pegado. Mi primo comenzó a mover la boca, como si quisiera enseñarme los dientes. A veces lo hacía de manera rápida. Luego empezó a sacar la lengua como si fuera una serpiente y le escurría mucha saliva. Le volví a hablar para decirle que no era gracioso, pero no contestaba. Después comenzó a mover los ojos para todas partes.

55:15 Mirarlo con el resplandor de las velas resultaba en serio macabro. No supe cómo, pero fui retirando mis manos del triángulo sin ningún problema. No dejaba de ver a mi primo que, al parecer, le estaban creciendo las orejas. Recordé lo que me había dicho, que el espíritu que se le había metido era de un brujo nahual. Entonces caí en cuenta que se estaba comenzando a transformar. Me levanté lentamente teniendo sobre mí la dura mirada de Héctor que me iba siguiendo con sus ojos muy oscuros. Comenzó a temblar como si estuviera recibiendo una descarga eléctrica y sus ojos se pusieron en blanco. No supe hacia dónde ni cómo, pero corrí de una manera desesperada. Entendía que mi primo al terminar de convertirse en un animal, el que fuera, me atacaría.

56:06 Mientras corría, trataba de encontrar la luz que me indicara que para allá se encontraba mi rancho, pero todo era una tremenda oscuridad. Varias veces me paré para ubicarme, pero aquel monte que estaba acostumbrado a recorrer casi todos los días me parecía totalmente desconocido. Muchas veces me pregunté hacia dónde había corrido, porque miraba nopaleras muy altas y cactus que nunca antes había visto. Muy a lo lejos lo escuché gritar. Era tan perturbador que por instinto corrí de nuevo. Ayudado apenas con la luz de la luna, fui esquivando los matorrales que parecían atravesarse mi adrede en mi camino y no me permitían avanzar tan rápido como yo lo deseaba.

56:49 Pero ni así me detenía. A mis 20 años nunca había estado tan asustado, casi a punto de llorar. En mi mente formaba la imagen de cómo estaría mi primo después de convertirse en perro o en cualquier otro deforme animal. Lo peor era saber que, seguramente, me andaría buscando entre el monte para atacarme. Me seguía preguntando por qué quería dañarme, si siempre nos quisimos como hermanos. Cuando ya no pude correr más, me detuve, tenía que hacerlo o iba a reventar. No me podía dar el lujo de sentarme a descansar. Volteaba para todos lados creyendo que de pronto se me presentaría el Nahual o en lo que estuviera transformado mi primo Héctor. Ya que tomé un poco de aire, me dispuse a seguir caminando. Con suerte encontraría el rancho. Eso no me aseguraba que estaría a salvo, pero por lo menos estaría con mi familia y ya entre todos sabríamos qué hacer para defendernos. Solo había avanzado unos metros. En eso miré una sombra que venía directo a mí. No me iba a esperar averiguar quién era. Sin pensarlo, volví a correr, sin importarme que al hacerlo me pusiera en evidencia.

58:01 Sólo que, por más que corriera aquello que me seguía, no se me despegaba. Cuando creía que lo había perdido, volvía a aparecer y yo volvía a correr, perdiéndome cada vez más. De pronto, lo escuché gruñir como a dos metros y corrí cuanto pude. Esta vez sabía que iba a gastar mis últimas fuerzas. Después no quería imaginar lo que me sucedería. Como nunca le pedía a Dios que me brindara otra oportunidad de vivir, pero sentía que no lo iba a hacer porque no miraba la luz de mi rancho por ninguna parte y ese animal tarde o temprano terminaría por alcanzarme. Después de correr muchos minutos caí al suelo, ya no podía más. Nunca creí verme así, derrotado, expuesto y decidido a pasar lo que fuera, sin siquiera luchar.

58:49 Entonces me levanté para hacer el último esfuerzo. No sé cómo le hice, pero me subí a un árbol bastante grande para que aquel ser no me encontrara tan fácil, aunque era evidente que esa criatura podía ver entre la oscuridad. No habían pasado tantos minutos cuando aquella criatura, Nahual o lo que fuera, apareció. Se aceleró mi corazón cuando lo miré aproximarse. Estaba tan horrible que no puedo asegurar si era un animal o un demonio. Cuando lo miré pasar de largo, creí que lo podría lograr, porque, al parecer, esa criatura no tenía suficiente olfato para detectarme. Eso podría ser una ventaja para mí. Mi idea era quedarme ahí hasta que amaneciera de ser posible, y ya con la luz del sol, sería más fácil llegar a mi casa.

59:38 Ahí seguí trepado por interminables minutos, en una ocasión que volteé hacia atrás. Muy a lo lejos miré la luz de mi rancho. En ese momento quise bajarme y arrancarme corriendo hacia allá. Y lo hubiera intentado, pero desistí de hacerlo al mirar que aquella criatura venía de regreso. Volvió a pasar muy cerca, por eso lo puedo describir. Además de sus grandes orejas, tenía cuernos. Estaba cubierto de un pelaje oscuro que fácil podría pasar desapercibido entre el monte. Algo perturbador era el sonido que hacía. Parecía que iba roncando muy fuerte. Sus patas estaban tan largas que eso le ayudaba para dar enormes y pesadas zancadas. Me costaba creer que mi primo se hubiera convertido en eso. Nuevamente se perdió entre la oscuridad, pero seguía rondándome. Aunque no lo miraba, sentía su presencia. Pasó el tiempo muy despacio.

1:00:36 Aquellos terribles sonidos que hacía no se volvieron a escuchar. Al mirar que se disipaba la oscuridad, me llegó una luz de esperanza. Por primera vez estuve seguro que volvería al rancho con mi gente. Solo era cuestión de caminar en línea recta, y en menos de cuarenta minutos estaría allá. Con dificultad bajé del árbol y con cautela comencé a caminar hacia donde se encontraba mi casa. Mentiría si dijera que caminaba tranquilo y confiado. Al contrario, mis nervios no me dejaban. Además, estaba rasguñado, traía algunas raspaduras que me ardían y me temblaban las piernas. Todo el camino que me pareció eterno fui volteando para todas partes. A mitad del camino me topé con el sitio donde mi primo había puesto la tabla ouija. Fue un impacto aún siendo de día. Me quise regresar pensando que por ahí podría estar aquel ser pero me contuve. En el lugar todavía se encontraba el círculo de sal. No me detuve porque el simple hecho de recordar lo que había visto ahí hacía apenas unas cuantas horas. Hizo que me volviera aquel terror que había sentido. Entonces, corrí con todas mis fuerzas hasta llegar a mi casa. Como no encontré a nadie, llegué a pensar lo peor. Tal vez mi primo, al no encontrarme, había arremetido contra ellos. Pero, minutos después, apareció mi familia, que me andaban buscando entre el monte pensando que pudiera haberme pasado algo malo. Después de tomar un

1:02:08 poco de agua y aire, les conté lo sucedido. No lo podían creer. Se les hacía imposible que Héctor hubiera hecho una cosa tan mala. Mi papá junto con algunos conocidos agarraron sus machetes y se fueron a recorrer el monte, pero no encontraron nada. Más tarde se fue a Bustamante para hablarle por teléfono a su hermano y preguntar si ya había llegado Héctor a su casa. Como a las dos horas regresó, trayendo la extraña noticia que Héctor no había podido venir al rancho porque se había sentido mal. Mi papá no se atrevió a contarle a su hermano todo lo que había sucedido por acá. Mi familia no podía dudar lo que les decía, porque ellos también habían visto a mi primo en el rancho y hasta habían convivido con él. Llegamos a la conclusión de que no era Héctor sino el diablo el que había estado en el rancho. Pero por más que buscábamos el motivo, no encontramos una respuesta. Lo extraño fue que mi primo jamás volvió a visitarnos. Nosotros nunca supimos por qué. Yo nunca le hablé por teléfono porque la verdad le agarré miedo.

1:03:15 Eso sí, nuestras familias se distanciaron y ellos nunca preguntaron por qué. Termino de contar esta historia diciendo que me tuvieron que llevar a curar de espanto con una señora que vivía en un pueblo cercano. Por extraño que parezca, Ella creía más en los Nahuales que en el demonio. Por eso estaba segura que lo que se me apareció esa noche era una criatura de esas. Me barrió con unas hierbas y con un huevo de gallina. Al vaciarlo en un vaso con agua, todo lo que salió era negro. Además, se formó una cosa extraña. Fue necesario ir en más de una ocasión para poder expulsar todo lo malo que traía.

1:03:56 recordé aquella fuerza que recibí al tocar la ouija por mucho tiempo me daba miedo andar entre el monte aún siendo de día hasta que por fin pude superarlo nahualo demonio lo que haya sido no importa lo cierto es que me dejó marcado para siempre el día de hoy ya no vivo en ese lugar