Oct. 21, 2025

Nahuales En Rebelión: La Bruja Que Quiso Domarlos - Hitorias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Tenía 14 años cuando ocurrió lo que nunca he podido olvidar. Vivíamos en un rancho a las afueras de Puebla, rodeados de cerros, milpas y caminos de tierra. Mis padres trabajaban todo el día en el campo y mis dos hermanos menores y yo ayudábamos en lo que podíamos. La casa era amplia, de adobe y teja, con un patio donde dormían los animales y un corral que colindaba con el monte. En ese tiempo la vida parecía tranquila, madrugábamos con el canto de los gallos y nos dormíamos cuando el viento apagaba la última lámpara de petróleo. mi madre tenía costumbres firmes cada noche rociaba agua bendita en las esquinas de la casa y esparcía una mezcla de sal y ceniza frente a la puerta decía que servía para mantener alejados a los que caminaban entre dos mundos nunca lo decía en voz alta pero todos sabíamos a qué se refería en el pueblo contaban historias de criaturas mitad hombre mitad animal que bajaban de los cerros cuando no había luna Algunos las llamaban Nahuales, otros decían que eran hombres que habían hecho pacto con el diablo para transformarse. Lo cierto es que nadie salía de noche. Esa era una regla no escrita, repetida por generaciones. mi madre solía advertirnos antes de dormir que no debíamos mirar hacia el monte después de medianoche a esa hora decía la vista podía cruzarse

1:35 con lo que no debía verse yo escuchaba sus palabras pero la curiosidad siempre me ganaba y pensaba que sólo eran cuentos para niños a veces me asomaba por la ventana del cuarto aunque apenas alcanzaba a ver el reflejo pálido del gallinero Todo parecía normal hasta aquella noche de viento cuando los perros comenzaron a ladrar con una furia que no había escuchado nunca. El aire entraba por las rendijas y movía las láminas del techo. El sonido era como si alguien caminara sobre ellas. Mi hermano menor dormía profundamente, pero yo me senté en la cama con el corazón latiendo fuerte. Desde el corral llegaban golpes secos, gruñidos y el chillido de un animal herido. Me levanté despacio con los pies descalzos sobre el suelo frío y caminé hasta la ventana. Las cortinas eran viejas y el viento las movía como si respiraran. Afuera no se veía la luna y el cielo estaba cubierto, solo una lámpara colgada en el gallinero. daba un reflejo amarillento sobre la tierra húmeda entre las sombras distinguí movimiento primero creí que era una vaca escapada pero entonces vi cómo una figura enorme se levantaba en dos patas Medía más del doble de un hombre, tenía el cuerpo cubierto de pelo oscuro y el lomo ancho como el de un toro. Las garras golpeaban la tierra levantando polvo, y los ojos brillaban con un resplandor

3:07 rojizo que se reflejaba en la oscuridad antes de que le diera la luz de la lámpara. No podía creer lo que veía. Sentí que las piernas me temblaban sin control. Aquella cosa giró la cabeza y olfateó el aire. El gruñido que soltó me heló la sangre, pues sonaba profundo. Intenté despertar a mi hermano, pero apenas pude mover los labios. En ese momento, uno de los perros lanzó un chillido desgarrador. Quise correr, pero mis pies no respondían. Me quedé viendo cómo el animal era arrastrado hacia el rincón oscuro del corral. El viento se detuvo de golpe y todo quedó en silencio, salvo por la respiración de aquella bestia. Avanzó lento hacia la casa y cada paso hacía vibrar los cristales. La lámpara del gallinero parpadeó y se apagó, y ya solo quedaban los ojos rojos moviéndose en la oscuridad. Me agaché y me metí bajo la cama, tapando la boca con las manos. Escuché el crujir de la madera del ventanal.

4:13 Algo se había apoyado sobre el marco. Vi como unas garras largas y negras se deslizaban por la pared, dejando tres marcas profundas. El olor que entró por la rendija era una mezcla de tierra, sangre y animal mojado. Sentí que mi corazón iba a reventar, pero la bestia permaneció quieta unos segundos, respirando fuerte, hasta que de pronto se alejó. Los perros dejaron de ladrar, solo se oía el golpeteo del viento en las láminas. Pasaron minutos, o quizá horas, antes de que me atreviera a salir de mi escondite. Mis manos estaban entumidas y tenía los ojos llenos de lágrimas.

4:54 Me quedé sentado en el suelo, hasta que vi entrar la primera luz del amanecer por los huecos del techo. Salí al patio con mi madre, que ya estaba preparando el fogón. y cuando vió las huellas palideció eran marcas grandes hundidas en la tierra como si algo pesadísimo hubiera caminado por ahí y en el marco de la ventana seguían las tres líneas negras y junto al corral los restos del perro destrozado Mi madre no preguntó nada, solo tomó un puño de sal y lo dejó caer en la entrada. Luego dijo con voz baja que ya nos habían olido. El resto del día transcurrió con una calma forzada.

5:36 Mi padre llegó del campo al mediodía y ella le contó lo que encontró. Vi cómo se miraban en silencio, como si supieran más de lo que decían. Esa noche mi madre duplicó la sal, roció agua bendita por toda la casa y cerró las ventanas con tablas. Nos dijo que no debíamos dormir cerca de las rendijas, ni hablar si escuchábamos ruidos afuera. Esa fue la primera vez que entendí que las advertencias no eran cuentos. Lo que había visto no era un animal del monte, ni una sombra del viento. Era algo que caminaba como hombre y gruñía como lobo. Y aunque esa noche la casa quedó sellada, todos sabíamos que tarde o temprano volvería. Cuando amaneció, mi padre salió con varios hombres del pueblo para seguir las huellas que habían quedado marcadas en la tierra húmeda. Yo los vi alejarse desde la puerta, con machetes al cinto, lámparas colgadas del hombro y una escopeta vieja. decían que había que descubrir si se trataba de un animal real o de lo otro de esos seres que sólo se mencionaban entre murmullos cuando se caía la noche las huellas eran alargadas con dedos gruesos y marcas profundas de garras tenían forma humana pero eran demasiado grandes y pesadas Mi padre decía que ningún hombre podría hundir tanto el suelo.

7:01 El rastro se dirigía hacia los cerros del oriente, donde hace años había funcionado una mina abandonada. Todos sabían que aquel lugar tenía fama de maldito. Los burros que se acercaban morían y los pocos que habían entrado por curiosidad salieron enfermos o no regresaron. Aún así, los hombres siguieron el camino, decididos a probar su valor. yo me quedé en casa con mi madre y mis hermanos pero el ambiente se sentía raro como si el aire fuera más pesado los perros no se movían de la sombra del corredor y las vacas no quisieron salir del corral mi madre no soltaba su rosario repetía una oración que parecía no terminar nunca y miraba hacia los cerros con el ceño apretado pero pasó el mediodía sin noticias al caer la tarde regresaron los hombres cansados y con las ropas llenas de tierra decían que el rastro se había perdido al llegar a la zona de piedras pero que antes de regresar uno de ellos juró haber visto una figura parada sobre una roca quieta mirándolos desde lo alto no era un animal pues tenía la postura de un hombre pero el cuerpo cubierto de pelo y una cabeza grande, que se movía de un lado a otro como si los contara, pero nadie quiso acercarse más. Esa noche el rancho se sintió distinto, el aire tenía un olor extraño,

8:33 entre humedad y carne rancia, las vacas dejaron de dar leche y los perros que siempre dormían junto a la cerca se escondieron bajo el carro de herramientas. Mi madre nos prohibió salir siquiera al patio. Colocó una cubeta con brasas junto a la puerta y le echó hierbas secas que hacían humo espeso y oloroso. Decía que servía para alejar al Nahual. Yo intenté dormir, pero no pude, pues tenía la cabeza llena de preguntas y el corazón latiendo con fuerza. A eso de las doce, el viento empezó a colarse por las rendijas y escuché como los perros ladraban a lo lejos, y luego se callaban de golpe, como si algo les hubiera arrancado el aire. Me senté en la cama y el reloj del comedor marcaba las 12.40.

9:23 Me acerqué despacio a la ventana, moví un poco la cortina y miré hacia afuera. El corral estaba oscuro, apenas iluminado por una lámpara que colgaba del tejabán, pero entre las sombras distinguí un movimiento. Primero un reflejo, luego una silueta. Era la misma figura de aquella noche. Pero ahora podía verla con más claridad. Caminaba erguida, lenta, con los brazos colgando y los dedos tan largos que casi rozaban el suelo. El pecho ancho se expandía con cada respiración, y el sonido que salía de su garganta era un gruñido grave y ronco, casi humano. La criatura se detuvo frente a la cerca, olfateaba el aire, movía la cabeza de un lado a otro como un perro que busca rastro. Luego bajó el hocico y comenzó a oler el suelo. En ese instante entendí que me estaba buscando. No sé por qué, pero lo sentí y mi cuerpo entero se tensó. Quise retroceder pero no podía apartar la vista. De pronto levantó el rostro y los ojos se encendieron de un rojo intenso y se quedaron fijos en mí. El miedo me paralizó.

10:41 La verdad, sentí que el pecho me ardía y sin pensarlo solté un grito que me salió del alma. Mi madre corrió al cuarto y me abrazó. Mi padre despertó sobresaltado y fue directo al armario por el rifle. Ella se lo arrebató antes de que pudiera cargarlo, y le gritó que no debía salir, que eso no era un animal, que las balas no servían contra lo que no tiene alma. Mi padre respondió furioso, y dijo que no pensaba dejar que algo rondara su casa mientras dormíamos. En ese momento, el ruido afuera se volvió insoportable. Algo golpeaba las paredes del corral. Las vacas bramaban y los caballos pateaban las tablas.

11:21 Las gallinas chillaban como si las estuvieran arrancando de los nidos. Mi padre empujó la puerta y salió, pero cuando la abrió, el aire se apagó y todo quedó en calma. Afuera solo había tierra removida, huellas frescas y marcas de garras en la pared del granero. Mi madre salió detrás de él con una lámpara, temblando. Miró las marcas, hizo la señal de la cruz y dijo que ya no era seguro quedarse. Entramos sin hablar y mi padre, pálido, empezó a clavar tablas en todas las ventanas, una por una. Hasta que no quedó ni una rendija abierta. Puso una cruz de madera sobre la puerta y la roció con agua bendita. Esa noche nadie durmió, solo escuchábamos el sonido del viento rozando las tejas. Cerca del amanecer, cuando todo parecía calmarse, me acerqué a una de las rendijas que habían quedado mal selladas. a lo lejos sobre la loma que daba al cerro vi una silueta humana caminando desnuda bajo la luna la piel le brillaba por el lodo seco la espalda arqueada y los brazos colgando avanzaba despacio como si llevara algo invisible encima no sé si fue la luz o mi imaginación pero por un instante juraría que me miró antes de internarse en la oscuridad del monte Dos noches después, el rancho volvió a llenarse de miedo.

12:49 Los perros desaparecieron sin dejar rastro. Solo quedaron los collares rotos y rastros de sangre seca en la tierra. En la madrugada, las gallinas fueron destrozadas dentro del gallinero. Las plumas quedaron pegadas en las paredes y el olor era insoportable. Mi padre dijo que esa vez no se quedaría cruzado de brazos. Pasó todo el día preparando trampas con alambres, machetes afilados y un par de lámparas de queroseno. También colocó anzuelos grandes, amarrados con cadenas en los rincones del corral, convencido de que si volvía esa bestia, la haría caer viva o muerta. La noche cayó con una calma tensa y nadie hablaba. Mi madre rezaba frente a la mesa, los labios secos de tanto repetir las mismas oraciones, y mi padre permanecía en el corredor con el rifle sobre las piernas. En el aire se sentía una humedad rara, como si el monte estuviera respirando. Yo me acosté junto a mis hermanos, pero el sueño no llegaba. Escuchábamos pasos lejanos, ramas que se quebraban y un sonido continuo de tierra removida.

13:58 A eso de la medianoche, la quietud se rompió con un ruido seco, seguido de un grito que no parecía humano. Los perros de las casas vecinas comenzaron a ladrar, y enseguida se callaron todos al mismo tiempo. Mi madre se levantó de golpe. nos cubrió con las cobijas y dijo que nadie debía moverse el aire dentro del cuarto se volvió espeso podía escucharse el latido de mi propio corazón y entre esos intervalos los pasos pesados de algo que caminaba afuera luego oí la voz de mi padre primero gritando mi nombre y después el de un vecino el tono era de desesperación después se escuchó el disparo del rifle pero mi madre se aferró a nosotros temblando El olor del queroseno llenó la casa y el viento sopló tan fuerte que una de las lámparas del pasillo se apagó.

14:55 Y por unos segundos todo quedó en penumbra. Mi padre tardó en regresar, pero cuando por fin entró, traía la cara pálida y las manos manchadas de sangre. Tiró el rifle sobre la mesa y se sentó, sin decir una palabra. Mi madre le preguntó qué había pasado. Pero solo murmuró que lo que encontró no era un animal. Dijo que era un hombre del pueblo, desnudo, cubierto de lodo, con el cuerpo lleno de rasguños y los ojos brillando en la oscuridad. Nos aseguró que lo había visto moverse a cuatro patas. Antes de que el disparo lo derribara, nadie le creyó del todo. Pensaron que la oscuridad y el miedo le habían jugado una mala pasada. Pero al amanecer, cuando los vecinos fueron a ver el cuerpo, confirmaron que las huellas alrededor eran iguales a las del monstruo, enormes, con dedos largos y marcas de garras. El hombre tenía la espalda abierta, como si la piel se hubiera desgarrado desde dentro, y las manos deformadas, con uñas negras y duras.

16:01 Algunos juraron que el cuerpo se movía, incluso muerto, como si todavía respirara. Mi padre mandó cerrar el corral y cubrir el cadáver con costales hasta que llegaran las autoridades del pueblo vecino. La verdad, ninguno de los hombres quiso tocarlo, pero un anciano dijo que lo dejaran en el monte, que enterrar a un Nahual era llamar su alma de regreso. mi madre lo miró con ojos vacíos y repitió que debíamos irnos antes del anochecer ese día empacamos todo lo que pudimos mi madre dobló las cobijas guardó los santos y apagó las velas que habían quedado ardiendo y cerró la puerta principal con una cadena antes de salir mi madre tomó un puño de sal y lo dejó caer sobre el umbral diciendo que donde pisa un nahual no vuelve a crecer nada el camión que nos sacó del pueblo era de un conocido llevábamos pocas cosas ropa, maíz seco y unas gallinas que mi madre se negó a dejar mientras avanzábamos por el camino de terracería miré por la ventanilla hacia los cerros el sol apenas salía y en la ladera del monte entre la neblina vi una figura de hombre caminando desnudo con la espalda arqueada avanzaba despacio pero firme siguiendo el camino por donde habíamos pasado Los ojos eran los mismos que me miraron aquella primera noche.

17:29 No sé si lo imaginé, pero juraría que sonreía. El camión siguió su marcha, levantando polvo, y yo no volví a mirar atrás. Pasamos el día entero viajando hasta llegar a otro pueblo donde teníamos parientes. Ahí vivimos un tiempo, aunque nunca volvimos a sentirnos seguros. Por las noches, cuando el cielo se nublaba y el viento soplaba desde el monte, los perros se quedaban callados, como si reconocieran algo en el aire. Han pasado muchos años, pero todavía escucho aquella respiración en mis sueños. A veces despierto con el cuerpo sudado y el corazón acelerado, convencido de que está cerca, caminando bajo la ventana. oliendo la tierra donde alguna vez viví no sé si murió esa noche o si el disparo solo lo hizo cambiar de forma pero cada luna llena me recuerda que algunos hombres no dejan de ser bestias aunque les quiten la piel