Nahuales En Rebelión: La Bruja Que Quiso Domarlos - Hitorias De Terror - REDE
¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd
0:05 TenÃa 14 años cuando ocurrió lo que nunca he podido olvidar. VivÃamos en un rancho a las afueras de Puebla, rodeados de cerros, milpas y caminos de tierra. Mis padres trabajaban todo el dÃa en el campo y mis dos hermanos menores y yo ayudábamos en lo que podÃamos. La casa era amplia, de adobe y teja, con un patio donde dormÃan los animales y un corral que colindaba con el monte. En ese tiempo la vida parecÃa tranquila, madrugábamos con el canto de los gallos y nos dormÃamos cuando el viento apagaba la última lámpara de petróleo. mi madre tenÃa costumbres firmes cada noche rociaba agua bendita en las esquinas de la casa y esparcÃa una mezcla de sal y ceniza frente a la puerta decÃa que servÃa para mantener alejados a los que caminaban entre dos mundos nunca lo decÃa en voz alta pero todos sabÃamos a qué se referÃa en el pueblo contaban historias de criaturas mitad hombre mitad animal que bajaban de los cerros cuando no habÃa luna Algunos las llamaban Nahuales, otros decÃan que eran hombres que habÃan hecho pacto con el diablo para transformarse. Lo cierto es que nadie salÃa de noche. Esa era una regla no escrita, repetida por generaciones. mi madre solÃa advertirnos antes de dormir que no debÃamos mirar hacia el monte después de medianoche a esa hora decÃa la vista podÃa cruzarse
1:35 con lo que no debÃa verse yo escuchaba sus palabras pero la curiosidad siempre me ganaba y pensaba que sólo eran cuentos para niños a veces me asomaba por la ventana del cuarto aunque apenas alcanzaba a ver el reflejo pálido del gallinero Todo parecÃa normal hasta aquella noche de viento cuando los perros comenzaron a ladrar con una furia que no habÃa escuchado nunca. El aire entraba por las rendijas y movÃa las láminas del techo. El sonido era como si alguien caminara sobre ellas. Mi hermano menor dormÃa profundamente, pero yo me senté en la cama con el corazón latiendo fuerte. Desde el corral llegaban golpes secos, gruñidos y el chillido de un animal herido. Me levanté despacio con los pies descalzos sobre el suelo frÃo y caminé hasta la ventana. Las cortinas eran viejas y el viento las movÃa como si respiraran. Afuera no se veÃa la luna y el cielo estaba cubierto, solo una lámpara colgada en el gallinero. daba un reflejo amarillento sobre la tierra húmeda entre las sombras distinguà movimiento primero creà que era una vaca escapada pero entonces vi cómo una figura enorme se levantaba en dos patas MedÃa más del doble de un hombre, tenÃa el cuerpo cubierto de pelo oscuro y el lomo ancho como el de un toro. Las garras golpeaban la tierra levantando polvo, y los ojos brillaban con un resplandor
3:07 rojizo que se reflejaba en la oscuridad antes de que le diera la luz de la lámpara. No podÃa creer lo que veÃa. Sentà que las piernas me temblaban sin control. Aquella cosa giró la cabeza y olfateó el aire. El gruñido que soltó me heló la sangre, pues sonaba profundo. Intenté despertar a mi hermano, pero apenas pude mover los labios. En ese momento, uno de los perros lanzó un chillido desgarrador. Quise correr, pero mis pies no respondÃan. Me quedé viendo cómo el animal era arrastrado hacia el rincón oscuro del corral. El viento se detuvo de golpe y todo quedó en silencio, salvo por la respiración de aquella bestia. Avanzó lento hacia la casa y cada paso hacÃa vibrar los cristales. La lámpara del gallinero parpadeó y se apagó, y ya solo quedaban los ojos rojos moviéndose en la oscuridad. Me agaché y me metà bajo la cama, tapando la boca con las manos. Escuché el crujir de la madera del ventanal.
4:13 Algo se habÃa apoyado sobre el marco. Vi como unas garras largas y negras se deslizaban por la pared, dejando tres marcas profundas. El olor que entró por la rendija era una mezcla de tierra, sangre y animal mojado. Sentà que mi corazón iba a reventar, pero la bestia permaneció quieta unos segundos, respirando fuerte, hasta que de pronto se alejó. Los perros dejaron de ladrar, solo se oÃa el golpeteo del viento en las láminas. Pasaron minutos, o quizá horas, antes de que me atreviera a salir de mi escondite. Mis manos estaban entumidas y tenÃa los ojos llenos de lágrimas.
4:54 Me quedé sentado en el suelo, hasta que vi entrar la primera luz del amanecer por los huecos del techo. Salà al patio con mi madre, que ya estaba preparando el fogón. y cuando vió las huellas palideció eran marcas grandes hundidas en la tierra como si algo pesadÃsimo hubiera caminado por ahà y en el marco de la ventana seguÃan las tres lÃneas negras y junto al corral los restos del perro destrozado Mi madre no preguntó nada, solo tomó un puño de sal y lo dejó caer en la entrada. Luego dijo con voz baja que ya nos habÃan olido. El resto del dÃa transcurrió con una calma forzada.
5:36 Mi padre llegó del campo al mediodÃa y ella le contó lo que encontró. Vi cómo se miraban en silencio, como si supieran más de lo que decÃan. Esa noche mi madre duplicó la sal, roció agua bendita por toda la casa y cerró las ventanas con tablas. Nos dijo que no debÃamos dormir cerca de las rendijas, ni hablar si escuchábamos ruidos afuera. Esa fue la primera vez que entendà que las advertencias no eran cuentos. Lo que habÃa visto no era un animal del monte, ni una sombra del viento. Era algo que caminaba como hombre y gruñÃa como lobo. Y aunque esa noche la casa quedó sellada, todos sabÃamos que tarde o temprano volverÃa. Cuando amaneció, mi padre salió con varios hombres del pueblo para seguir las huellas que habÃan quedado marcadas en la tierra húmeda. Yo los vi alejarse desde la puerta, con machetes al cinto, lámparas colgadas del hombro y una escopeta vieja. decÃan que habÃa que descubrir si se trataba de un animal real o de lo otro de esos seres que sólo se mencionaban entre murmullos cuando se caÃa la noche las huellas eran alargadas con dedos gruesos y marcas profundas de garras tenÃan forma humana pero eran demasiado grandes y pesadas Mi padre decÃa que ningún hombre podrÃa hundir tanto el suelo.
7:01 El rastro se dirigÃa hacia los cerros del oriente, donde hace años habÃa funcionado una mina abandonada. Todos sabÃan que aquel lugar tenÃa fama de maldito. Los burros que se acercaban morÃan y los pocos que habÃan entrado por curiosidad salieron enfermos o no regresaron. Aún asÃ, los hombres siguieron el camino, decididos a probar su valor. yo me quedé en casa con mi madre y mis hermanos pero el ambiente se sentÃa raro como si el aire fuera más pesado los perros no se movÃan de la sombra del corredor y las vacas no quisieron salir del corral mi madre no soltaba su rosario repetÃa una oración que parecÃa no terminar nunca y miraba hacia los cerros con el ceño apretado pero pasó el mediodÃa sin noticias al caer la tarde regresaron los hombres cansados y con las ropas llenas de tierra decÃan que el rastro se habÃa perdido al llegar a la zona de piedras pero que antes de regresar uno de ellos juró haber visto una figura parada sobre una roca quieta mirándolos desde lo alto no era un animal pues tenÃa la postura de un hombre pero el cuerpo cubierto de pelo y una cabeza grande, que se movÃa de un lado a otro como si los contara, pero nadie quiso acercarse más. Esa noche el rancho se sintió distinto, el aire tenÃa un olor extraño,
8:33 entre humedad y carne rancia, las vacas dejaron de dar leche y los perros que siempre dormÃan junto a la cerca se escondieron bajo el carro de herramientas. Mi madre nos prohibió salir siquiera al patio. Colocó una cubeta con brasas junto a la puerta y le echó hierbas secas que hacÃan humo espeso y oloroso. DecÃa que servÃa para alejar al Nahual. Yo intenté dormir, pero no pude, pues tenÃa la cabeza llena de preguntas y el corazón latiendo con fuerza. A eso de las doce, el viento empezó a colarse por las rendijas y escuché como los perros ladraban a lo lejos, y luego se callaban de golpe, como si algo les hubiera arrancado el aire. Me senté en la cama y el reloj del comedor marcaba las 12.40.
9:23 Me acerqué despacio a la ventana, movà un poco la cortina y miré hacia afuera. El corral estaba oscuro, apenas iluminado por una lámpara que colgaba del tejabán, pero entre las sombras distinguà un movimiento. Primero un reflejo, luego una silueta. Era la misma figura de aquella noche. Pero ahora podÃa verla con más claridad. Caminaba erguida, lenta, con los brazos colgando y los dedos tan largos que casi rozaban el suelo. El pecho ancho se expandÃa con cada respiración, y el sonido que salÃa de su garganta era un gruñido grave y ronco, casi humano. La criatura se detuvo frente a la cerca, olfateaba el aire, movÃa la cabeza de un lado a otro como un perro que busca rastro. Luego bajó el hocico y comenzó a oler el suelo. En ese instante entendà que me estaba buscando. No sé por qué, pero lo sentà y mi cuerpo entero se tensó. Quise retroceder pero no podÃa apartar la vista. De pronto levantó el rostro y los ojos se encendieron de un rojo intenso y se quedaron fijos en mÃ. El miedo me paralizó.
10:41 La verdad, sentà que el pecho me ardÃa y sin pensarlo solté un grito que me salió del alma. Mi madre corrió al cuarto y me abrazó. Mi padre despertó sobresaltado y fue directo al armario por el rifle. Ella se lo arrebató antes de que pudiera cargarlo, y le gritó que no debÃa salir, que eso no era un animal, que las balas no servÃan contra lo que no tiene alma. Mi padre respondió furioso, y dijo que no pensaba dejar que algo rondara su casa mientras dormÃamos. En ese momento, el ruido afuera se volvió insoportable. Algo golpeaba las paredes del corral. Las vacas bramaban y los caballos pateaban las tablas.
11:21 Las gallinas chillaban como si las estuvieran arrancando de los nidos. Mi padre empujó la puerta y salió, pero cuando la abrió, el aire se apagó y todo quedó en calma. Afuera solo habÃa tierra removida, huellas frescas y marcas de garras en la pared del granero. Mi madre salió detrás de él con una lámpara, temblando. Miró las marcas, hizo la señal de la cruz y dijo que ya no era seguro quedarse. Entramos sin hablar y mi padre, pálido, empezó a clavar tablas en todas las ventanas, una por una. Hasta que no quedó ni una rendija abierta. Puso una cruz de madera sobre la puerta y la roció con agua bendita. Esa noche nadie durmió, solo escuchábamos el sonido del viento rozando las tejas. Cerca del amanecer, cuando todo parecÃa calmarse, me acerqué a una de las rendijas que habÃan quedado mal selladas. a lo lejos sobre la loma que daba al cerro vi una silueta humana caminando desnuda bajo la luna la piel le brillaba por el lodo seco la espalda arqueada y los brazos colgando avanzaba despacio como si llevara algo invisible encima no sé si fue la luz o mi imaginación pero por un instante jurarÃa que me miró antes de internarse en la oscuridad del monte Dos noches después, el rancho volvió a llenarse de miedo.
12:49 Los perros desaparecieron sin dejar rastro. Solo quedaron los collares rotos y rastros de sangre seca en la tierra. En la madrugada, las gallinas fueron destrozadas dentro del gallinero. Las plumas quedaron pegadas en las paredes y el olor era insoportable. Mi padre dijo que esa vez no se quedarÃa cruzado de brazos. Pasó todo el dÃa preparando trampas con alambres, machetes afilados y un par de lámparas de queroseno. También colocó anzuelos grandes, amarrados con cadenas en los rincones del corral, convencido de que si volvÃa esa bestia, la harÃa caer viva o muerta. La noche cayó con una calma tensa y nadie hablaba. Mi madre rezaba frente a la mesa, los labios secos de tanto repetir las mismas oraciones, y mi padre permanecÃa en el corredor con el rifle sobre las piernas. En el aire se sentÃa una humedad rara, como si el monte estuviera respirando. Yo me acosté junto a mis hermanos, pero el sueño no llegaba. Escuchábamos pasos lejanos, ramas que se quebraban y un sonido continuo de tierra removida.
13:58 A eso de la medianoche, la quietud se rompió con un ruido seco, seguido de un grito que no parecÃa humano. Los perros de las casas vecinas comenzaron a ladrar, y enseguida se callaron todos al mismo tiempo. Mi madre se levantó de golpe. nos cubrió con las cobijas y dijo que nadie debÃa moverse el aire dentro del cuarto se volvió espeso podÃa escucharse el latido de mi propio corazón y entre esos intervalos los pasos pesados de algo que caminaba afuera luego oà la voz de mi padre primero gritando mi nombre y después el de un vecino el tono era de desesperación después se escuchó el disparo del rifle pero mi madre se aferró a nosotros temblando El olor del queroseno llenó la casa y el viento sopló tan fuerte que una de las lámparas del pasillo se apagó.
14:55 Y por unos segundos todo quedó en penumbra. Mi padre tardó en regresar, pero cuando por fin entró, traÃa la cara pálida y las manos manchadas de sangre. Tiró el rifle sobre la mesa y se sentó, sin decir una palabra. Mi madre le preguntó qué habÃa pasado. Pero solo murmuró que lo que encontró no era un animal. Dijo que era un hombre del pueblo, desnudo, cubierto de lodo, con el cuerpo lleno de rasguños y los ojos brillando en la oscuridad. Nos aseguró que lo habÃa visto moverse a cuatro patas. Antes de que el disparo lo derribara, nadie le creyó del todo. Pensaron que la oscuridad y el miedo le habÃan jugado una mala pasada. Pero al amanecer, cuando los vecinos fueron a ver el cuerpo, confirmaron que las huellas alrededor eran iguales a las del monstruo, enormes, con dedos largos y marcas de garras. El hombre tenÃa la espalda abierta, como si la piel se hubiera desgarrado desde dentro, y las manos deformadas, con uñas negras y duras.
16:01 Algunos juraron que el cuerpo se movÃa, incluso muerto, como si todavÃa respirara. Mi padre mandó cerrar el corral y cubrir el cadáver con costales hasta que llegaran las autoridades del pueblo vecino. La verdad, ninguno de los hombres quiso tocarlo, pero un anciano dijo que lo dejaran en el monte, que enterrar a un Nahual era llamar su alma de regreso. mi madre lo miró con ojos vacÃos y repitió que debÃamos irnos antes del anochecer ese dÃa empacamos todo lo que pudimos mi madre dobló las cobijas guardó los santos y apagó las velas que habÃan quedado ardiendo y cerró la puerta principal con una cadena antes de salir mi madre tomó un puño de sal y lo dejó caer sobre el umbral diciendo que donde pisa un nahual no vuelve a crecer nada el camión que nos sacó del pueblo era de un conocido llevábamos pocas cosas ropa, maÃz seco y unas gallinas que mi madre se negó a dejar mientras avanzábamos por el camino de terracerÃa miré por la ventanilla hacia los cerros el sol apenas salÃa y en la ladera del monte entre la neblina vi una figura de hombre caminando desnudo con la espalda arqueada avanzaba despacio pero firme siguiendo el camino por donde habÃamos pasado Los ojos eran los mismos que me miraron aquella primera noche.
17:29 No sé si lo imaginé, pero jurarÃa que sonreÃa. El camión siguió su marcha, levantando polvo, y yo no volvà a mirar atrás. Pasamos el dÃa entero viajando hasta llegar a otro pueblo donde tenÃamos parientes. Ahà vivimos un tiempo, aunque nunca volvimos a sentirnos seguros. Por las noches, cuando el cielo se nublaba y el viento soplaba desde el monte, los perros se quedaban callados, como si reconocieran algo en el aire. Han pasado muchos años, pero todavÃa escucho aquella respiración en mis sueños. A veces despierto con el cuerpo sudado y el corazón acelerado, convencido de que está cerca, caminando bajo la ventana. oliendo la tierra donde alguna vez vivà no sé si murió esa noche o si el disparo solo lo hizo cambiar de forma pero cada luna llena me recuerda que algunos hombres no dejan de ser bestias aunque les quiten la piel
Apple Podcasts
Spotify
Castro
RSS Feed