Aug. 18, 2025

NAHUALES ATACAN PUEBLO EN MÉXICO Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:02 Éramos tres amigos. Esa tarde habíamos subido con la intención de cortar leña y aprovechar el día antes de que oscureciera, y el primero en escuchar los quejidos fue Julián. Dejó de caminar y levantó la mano para que nos calláramos. Yo también lo escuché enseguida, un lamento largo, como de alguien que sollozaba adentro de las piedras. Nos quedamos mirando la pared de roca, buscando de dónde salía aquel sonido. Entonces vimos una grieta amplia que formaba una especie de cueva. Las ramas la cubrían a medias. Decidimos entrar. La cueva no era muy profunda. A un costado había pieles de animales extendidas en el suelo. Eran de res, de chivo y hasta de perro, curtidas de manera tosca, todavía con restos de grasa y un olor fuerte que llenaba toda la cueva. Estaban puestas como si fueran cobijas, una encima de otra. seguimos avanzando unos pasos en la parte más honda encontramos ceniza regada en círculos y unos huesos pequeños acomodados en el suelo como si hubieran sido colocados a propósito no vimos personas ni rastro de quien hubiera hecho aquello Julián dijo que seguro algún anciano del monte se metía allí a dormir Esa noche regresamos a nuestras casas.

1:23 Ayudé a mi padre en la parcela, pero no pude evitar que me doliera el cuerpo con un cansancio raro. Pensé que era por la caminata. Días después me dio fiebre, un ardor en la garganta y una debilidad que no me dejaba ni levantarme bien. Lo curioso es que mis dos amigos pasaban por lo mismo. Dolores que aparecían sin razón y que no se quitaban con remedios caseros. Los días siguientes fueron pesados. La fiebre me tenía en cama, y cuando logré salir otra vez, me encontré con que a mis amigos les pasaba lo mismo. Julián se miraba más apagado y cansado. Martín también se quejaba de dolores de cabeza y mareos. Era extraño que los tres estuviéramos igual después de aquella tarde en la cueva. Pasó una semana y las cosas comenzaron a ponerse más raras. Una tarde me encontré con Julián en el camino del río.

2:20 Me contó que una noche despertó con un ruido en su cuarto. Pensó que era una rata, pero cuando prendió la lámpara vio que en medio de la habitación estaba una serpiente negra. Lo extraño era que los ojos del animal eran rojos, brillaban como brasas y no se apartaban de él. Julián intentó espantarla, pero la víbora no retrocedía. Trató de morderlo. Gritó tan fuerte que sus padres entraron corriendo. Cuando encendieron las luces, la serpiente se deslizó por debajo de la cama y desapareció. Buscaron por toda la casa, pero no encontraron nada. Días después, fue Martín quien me buscó para contarme que, al ir por leña detrás de su casa, se le había lanzado un perro que no reconocía.

3:08 Era grande, con el lomo lleno de cicatrices y el hocico babeando. El animal se le fue encima sin razón. Martín alcanzó a cubrirse con los brazos, pero el perro le mordió la manga y lo arrastró contra la tierra. En ese momento apareció su padre con una pala y logró ahuyentarlo a golpes. Martín me enseñó el brazo. Tenía marcas rojas, aunque la mordida no alcanzó a romperle la piel. Se veía preocupado y me confesó que desde ese día escuchaba aullidos cerca de la casa, siempre de noche, aunque sus perros no ladraban. Yo traté de convencerlo de que tal vez solo estaba sugestionado, pero en el fondo sabía que lo que me contaba se parecía demasiado a lo de Julián. A mí me pasó poco después. Una madrugada desperté porque las gallinas del corral se alborotaban. salí con la lámpara y vi un montón de plumas en el suelo el gallo estaba tirado con el cuello torcido como si lo hubieran retorcido con fuerza me quedé mirando sin saber qué hacer y en ese momento sentí un zumbido cerca del oído una sombra pasó rozándome y cuando alcé la lámpara vi un murciélago enorme mucho más grande que cualquiera que hubiera visto antes el animal voló en círculo sobre mí bajaba cada vez más como si quisiera pegarme en la cara le lancé piedras pero no se iba lo raro era que en el aire hacía un chillido

4:39 cuando por fin se perdió en el monte regresé al corral con las manos temblando a la mañana siguiente fui con mis amigos y les conté lo que había visto los tres coincidimos en que algo estaba mal desde el día en que entramos a esa cueva Esa noche, antes de acostarme, recordé que la ropa seguía en el tendedero y salía al patio para meterla. El aire estaba frío. La luz de la luna iluminaba lo suficiente para distinguir las prendas colgadas, y mientras las iba descolgando, noté, junto al árbol que estaba en la parte más lejana del patio, la silueta de una persona. Creía al principio que podría tratarse de un vecino, tal vez alguien perdido que se había equivocado de casa. Pero esa figura no hacía nada, solo permanecía quieta, con la cabeza en dirección hacia mí.

5:32 Me quedé con una camisa entre las manos, sin atreverme a moverme demasiado, y le pregunté qué quería, pero no me dijo nada. Lo único que pasó fue que la persona empezó a caminar en mi dirección. Los pasos eran lentos, uno tras otro, sin pausa. No se detenía aunque yo volvía a preguntar quién era, hasta que el miedo me hizo correr de vuelta a la puerta. La empujé con fuerza, la cerré y aseguré el pasador. En ese instante los golpes comenzaron. Primero fueron fuertes, contra la madera, haciéndola vibrar como si alguien la empujara con todo su peso. Luego escuché cómo movían la chapa intentando abrirla. Desde adentro sólo podía ver la puerta sacudirse con cada golpe. Me pegué contra la pared, conteniendo la respiración, sintiendo cómo cada impacto recorría toda la casa. Los golpes se hicieron más intensos, repetidos, desesperados, hasta que parecía que la puerta no aguantaría mucho. después de un último movimiento en la chapa todo se detuvo esperé un rato sin atreverme a moverme me acerqué a la ventana para asomarme con cuidado hacia el patio afuera no había nadie el tendedero seguía con la ropa colgando a medio recoger y el árbol estaba quieto bajo la luz de la luna El ruido en la puerta había despertado a todos. Escuché cómo se abrían las puertas de los cuartos, y en segundos mis papás y mis dos

7:02 hermanos menores aparecieron en el pasillo, asustados y preguntando qué estaba pasando. Yo seguía asustado. Les conté lo que había visto en el patio, que mientras recogía la ropa había notado a una persona parada junto al árbol. que cuando le hablé no respondió y comenzó a caminar hacia mí sin detenerse y que apenas alcancé a meterme cuando los golpes en la puerta comenzaron mi papá escuchó sin interrumpirme y mi mamá se llevó la mano a la boca muy preocupada alguien había querido forzar la puerta mi papá pidió que no perdiéramos tiempo y aseguró que lo mejor era revisar cada acceso de la casa todos nos movimos de rápido revisando puertas y ventanas una por una el cerrojo de la cocina fue empujado dos veces para confirmar que quedara bien firme en las habitaciones aseguramos las trancas y en la sala corrimos las cortinas para que nada pudiera verse desde afuera Mis hermanos no dejaban de voltear hacia las ventanas, como si en cualquier momento fueran a ver a esa figura pegada contra los vidrios. Mi mamá iba detrás de ellos, procurando mantenerlos cerca, y yo me sentía cada vez más extraño. El cansancio me recorría el cuerpo como si me hubiera pasado un día entero trabajando.

8:22 La frente se me calentaba y los escalofríos me obligaban a frotarme los brazos mientras trataba de seguirles el paso. Mi papá volvió a la sala y pidió que nadie se separara. Dijo que no sabía quién podía haber estado rondando, pero que era mejor mantenernos juntos. Me quedé recargado en la pared tratando de calmarme. Aunque me aumentaba mucho la pesadez, no era solo el susto, también un malestar que me hacía difícil mantenerme de pie mucho rato. Afuera no se oía nada, después de revisar cada puerta y cada ventana. Mi papá pidió que nos reuniéramos en la sala. Nadie quería regresar a los cuartos. Nos sentamos juntos con la lámpara encendida sobre la mesa de centro, porque mi papá había apagado todas las demás luces. Dijo que era mejor no llamar la atención hacia afuera. El resplandor era tenue, apenas suficiente para vernos las caras. Mis hermanos estaban pegados a mi mamá, cada uno de un lado suyo. No hablaban mucho, solo murmuraban preguntas que mi mamá contestaba acariciándoles el cabello y pidiéndoles que guardaran silencio. Yo me sentía cansado, con la frente húmeda y con un calor muy fuerte que me daba escalofríos. El cuerpo me pesaba más de lo normal y me costaba mantener la vista fija en algún punto. Cada tanto me limpiaba el sudor con la manga, pero volvía. Mi mamá me miró varias veces de reojo hasta que se acercó más. Me tomó de la cara

9:52 con ambas manos y dijo que estaba muy pálido. Tocó mi frente con la palma y tenía temperatura. Le dijo a mi papá que me estaba dando fiebre. Él solo respondió que no había mucho que hacer en ese momento más que mantenernos tranquilos y esperar a que la noche pasara. La prioridad era cuidarnos de lo que había afuera. Permanecimos en silencio un buen rato, cada quien escuchando los ruidos de la casa. Yo intentaba recargarme en la pared para no sentir tanto la debilidad. En ese estado, cualquier sonido me ponía tenso. primero fueron pasos suaves casi imperceptibles que parecían venir del patio trasero después se escucharon rodeando la casa caminando alrededor lentos como si alguien estuviera dando vueltas para revisar cada rincón todos los escuchamos mi mamá abrazó a mis hermanos con más fuerza Y mi papá levantó la mano para que nadie hablara. Nadie se atrevió a moverse hacia la ventana. Preferimos quedarnos quietos, escuchando cómo esos pasos se acercaban por un lado, luego por otro, como si rodearan toda la construcción. Se escuchaba cómo se hundía la hierba y se arrastraban pequeñas piedras. Eran pasos humanos, no había duda, alguien estaba allá afuera. Mis hermanos apenas respiraban y mi mamá murmuró en voz baja que no hicieran ruido. Mi papá se quedó con la mirada fija en la puerta, como si esperara que en cualquier momento alguien intentara entrar otra vez. Yo cerraba los ojos a

11:26 ratos porque la fiebre me mareaba. Pero volvía a abrirlos de golpe cuando escuchaba un nuevo ruido más fuerte. Los pasos siguieron por varios minutos, dando vueltas completas alrededor de la casa. Era como si la figura quisiera asegurarse de que estuviéramos adentro, atrapados, sin salida. cuando por fin comenzaron a desvanecerse poco a poco en dirección al patio nadie habló me recargué más fuerte contra la pared porque sentía que el cansancio me vencía el sudor me corría por la frente y me nublaba la vista la boca me sabía amarga y el estómago me dio un vuelco repentino traté de aguantarlo pero el malestar me dobló hacia adelante antes de poder avisar a mi mamá vomité en el piso Mi mamá se levantó de inmediato para sostenerme mientras yo trataba de apartarme de la mancha en el suelo.

12:21 Mis hermanos empezaron a llorar, asustados no solo por lo que pasaba afuera, sino también por verme así. Yo apenas podía mantenerme en pie, con la garganta ardiendo y las piernas temblando. Sentía que el cuerpo no me respondía. Mi papá... Fue por un trapo y agua para limpiar, mientras mi mamá me sentaba en una silla y me sostenía la frente con la mano. Miré hacia la ventana cerrada y me imaginé a esa figura parada de nuevo, observando, esperando, quizá escuchando todo lo que pasaba dentro de la casa. Esa idea me hizo sentir aún más débil, como si lo que estaba afuera también tuviera algo que ver con lo que me estaba ocurriendo por dentro. El vómito me dejó con el cuerpo flojo. apenas sostenido por los brazos de mi papá que evitaban que cayera al suelo. Mi mamá corrió a traer una cubeta mientras me miraba muy preocupada.

13:17 El ruido que hice, junto con mi aspecto, provocó que mis hermanos se soltaran a llorar. Yo apenas podía mantener los ojos abiertos. El peso en el pecho me aplastaba cada vez más. Alcancé a decir que me costaba respirar, que sentía como si cada minuto hacía que me costara mantenerme despierto. El sudor me corría por toda la cara y mis labios temblaban mientras trataba de explicarme. Mi papá. Me sujetaba, pero su mirada iba constantemente hacia las ventanas, aún preocupado por lo que podría haber afuera. Mi mamá empapó un trapo en agua y me lo colocó en la frente, pasándolo suavemente como si con eso pudiera detener el avance de la fiebre. El frío del paño me alivió un poco, aunque aumentaba mi debilidad. Ella intentaba darme palabras de calma. Mis hermanos se mantenían abrazados a sus piernas, escondiendo los rostros contra ella. Entonces se escucharon pasos arriba del techo que se arrastraban lentamente por encima de la casa.

14:20 El crujir de la madera acompañaba cada pisada, como si alguien estuviera caminando con calma sobre nosotros. El sonido era demasiado definido para confundirlo con un animal. Cada uno de nosotros lo escuchó, y rápido nos quedamos callados. Mi papá estaba de pie sosteniendo una lámpara en la mano, pensando entre abrir la puerta y salir o esperar a que eso pasara. Los pasos continuaron unos segundos más, despacio, como si la figura quisiera recorrer todo el techo. El crujido se movía de un extremo al otro. Cada sonido parecía retumbar en mi cabeza, acompañado del dolor en el pecho que me hacía difícil respirar. Nadie hablaba. Nadie se movía.

15:06 Todos estábamos atentos a lo que pasaba. los pasos en el techo se detuvieron de golpe como si quien los hacía hubiera quedado quieto justo encima de nosotros pasaron unos segundos en silencio hasta que comenzaron los brincos eran golpes violentos como si algo pesadísimo cayera una y otra vez sobre el techo con la intención de derribarlo el crujido de las tablas resonaba en toda la estructura y cada impacto hacía vibrar las paredes y las ventanas como si la casa entera se sacudiera Mis hermanos chillaron al principio, pero mi mamá los abrazó con tanta fuerza que apenas lograron contener los sollozos, pegando sus rostros contra su pecho para no mirar hacia arriba. Yo me mantenía casi recostado sobre la pared, temblando entre fiebre y miedo, escuchando cómo cada golpe retumbaba. Mi papá sujetaba la lámpara en alto, con los ojos fijos en el techo. Nadie se movió, nadie intentó hablar. Lo único que estaba eran esos brincos, repetidos con furia, que parecían recorrer todo el techo como si algo buscara el punto exacto para romperlo. De repente, los brincos comenzaron a espaciarse. El peso sobre el techo se fue moviendo con más calma, hasta que poco a poco se quedó callado todo. No se escuchó un solo paso, alejándose ni un arrastre. Mis hermanos, aún aferrados a mi mamá, terminaron quedándose dormidos sobre su regazo. Yo luché por mantener

16:37 los ojos abiertos, pero el cuerpo me pesaba demasiado. Entre fiebre y cansancio, el sueño me ganó, y me quedé dormido en la sala junto a ellos. Mis papás no pudieron cerrar los ojos, se quedaron despiertos, en silencio, vigilando cada rincón de la casa. Mi papá nos soltó la lámpara en toda la noche, y mi mamá acariciaba las cabezas de mis hermanos mientras de vez en cuando me tocaba la frente para comprobar que siguiera respirando con normalidad, hasta que se comenzaron a ver la luz del sol. Mi fiebre, sumada al vómito de la noche anterior, los preocupaba demasiado. Acordaron llevarme al médico de inmediato, y no solo a mí, sino también a mis hermanos, porque ninguno de los dos quería dejarlos solos después de lo que había pasado. La casa quedó atrás, cerrada y asegurada. El médico me revisó con calma, como si nada de lo que yo había vivido en la noche anterior tuviera relación con mis síntomas. Escuchó los detalles que mis papás le contaron, la fiebre repentina, el vómito, el cansancio extremo. Después de revisarme y tomarme la temperatura, dijo que lo más probable era una infección leve, quizá algo viral. Me recetó medicamento para bajar la fiebre y me indicó reposo, asegurando que con eso en pocos días me sentiría mejor. Tomé la primera dosis en cuanto llegamos a casa, y con el paso de las horas noté cierto alivio. El calor en la frente comenzó a disminuir y los escalofríos se hicieron

18:10 más llevaderos. El estómago todavía me dolía, pero ya no me revolvía como antes. Los días transcurrieron lentos, pero seguros. Poco a poco recuperé fuerzas. La fiebre desapareció del todo y pude levantarme a caminar por la casa sin sentirme agotado. Una tarde, cuando ya me sentía lo suficientemente fuerte, me reuní con mis amigos. Quería desahogarme y contarles lo que había pasado. Nos sentamos en una banca junto al campo de fútbol y, mientras ellos hablaban de cosas normales, yo empecé a narrar lo que había vivido con mi familia aquella noche. Les describí cómo vi la figura parada junto al árbol. cómo caminó hacia mí en silencio, los golpes contra la puerta, los pasos rodeando la casa y luego el peso sobre el techo. Hablé también de la fiebre que me debilitaba y del miedo que nos había mantenido despiertos hasta el amanecer. Ellos escuchaban atentos, sorprendidos, sin interrumpirme.

19:11 Uno de ellos incluso se tapó los brazos como si al imaginarlo sintiera un escalofrío real. Al terminar, quedaron unos segundos callados, hasta que Julián dijo que entendía mi miedo porque algo parecido le había pasado a él, aunque de una manera distinta, cuando estuvo con su abuelo. Explicó que una noche lo había acompañado a visitar a unos familiares en un rancho, Cuando ya iban de regreso, la camioneta en la que viajaban se ponchó a mitad del camino. Revisaron y se dieron cuenta de que no tenían llanta extra. La carretera estaba desierta y a esa hora lo único que podían hacer era esperar a que pasara alguien para pedirles raite hasta el pueblo más cercano. Se quedaron dentro de la camioneta, con las luces apagadas para no gastar batería.

20:02 Fue entonces cuando escucharon a lo lejos el ladrido de un perro. Al principio sonaba lejano, como si viniera de alguna casa distante, pero con cada minuto parecía acercarse más. El sonido se repetía, como si el animal estuviera persiguiendo algo. El eco se iba acercando con demasiada rapidez, hasta que parecía estar rodeándolos. La camioneta estaba varada en medio de la nada, y no había razón para que un perro anduviera solo por esa zona. Su abuelo le pidió que no se bajara, que permaneciera quieto y en silencio. Los ladridos continuaron cada vez más fuertes, a tal grado que llegaron a escucharlos justo junto al camino. Dijo que en medio del silencio, de la nada, el perro apareció en el camino. No lo habían visto venir por ningún lado, ni escuchado entre los matorrales, simplemente estaba ahí, de frente a ellos, con los ojos brillando en la oscuridad. Apenas tuvieron tiempo de reaccionar cuando el animal se lanzó directamente contra su abuelo. El golpe fue brutal. El perro lo tiró hacia atrás y de inmediato lo mordió en la pierna izquierda, enterrando los colmillos. Su abuelo gritó de dolor y trató de apartarlo a manotazos, pero el animal no cedía.

21:19 La sangre comenzó a mancharle el pantalón en cuestión de segundos. Julian contó que entró en pánico al ver aquello, pero que no se quedó quieto. Salió corriendo hacia ellos y comenzó a patear al perro con todas sus fuerzas. Le dio varias patadas en el costado, en el lomo, incluso en la cabeza, pero nada parecía detenerlo. Cada golpe solo provocaba que el perro mordiera con más rabia, sacudiendo la pierna del abuelo como si quisiera arrancarla. El abuelo trataba de zafarse empujando con las manos, pero el dolor lo tenía paralizado. Desesperado, buscó algo alrededor que pudiera servirle. Sus manos tropezaron con un palo grueso tirado en la orilla del camino, tal vez una rama seca. Sin pensarlo lo agarró y con toda la fuerza que le quedaba le dio un golpe en la cabeza del perro. El impacto fue tan fuerte que el animal soltó de inmediato la pierna del abuelo y cayó al suelo, pero no se quedó quieto. comenzó a convulsionar de manera violenta, revolcándose sobre la tierra seca, pateando el aire y sacudiendo el cuerpo como si estuviera sufriendo un ataque. Julián lo miraba, sin saber si volvería a levantarse, y aprovechó esos segundos para ayudar a su abuelo. Lo tomó del brazo y lo arrastró hasta la camioneta. Con esfuerzo lograron entrar, y apenas cerraron las puertas con seguro, se desplomaron en los asientos, respirando cansados. Desde dentro vieron cómo el perro seguía retorciéndose

22:54 en el suelo. El abuelo sangraba, la tela del pantalón se había desgarrado y la mordida se veía profunda. Julián pensaba en lo peor, pero antes de poder reaccionar, el animal se quedó quieto de golpe. No hubo un movimiento más, como si la vida se le hubiera escapado en un instante. El silencio volvió a rodearlos. Solo escuchaban la respiración agitada de ambos dentro de la camioneta. El abuelo se sujetaba la pierna con las dos manos para contener la sangre. Mientras Julián buscaba algo con que presionar la herida, entonces el perro se levantó. Dijo que lo vio pararse despacio, tambaleándose primero como si no tuviera fuerzas. Pero pronto se enderezó por completo y sacudió la cabeza, mirando fijamente hacia la camioneta. Los ojos del animal brillaban con un resplandor extraño, reflejando la luz de la luna. Julián aseguró que nunca había visto un perro con esa expresión. En lugar de huir, se quedó quieto frente a la camioneta. Se quedó inmóvil unos segundos gruñendo bajo, hasta que de pronto comenzó a ladrar con furia. Rodeó el vehículo caminando lento, raspando las patas contra la tierra, marcando cada movimiento como si estuviera acercándolos.

24:12 El abuelo trataba de no perder el conocimiento, pero sus ojos seguían atentos a cada paso del animal. Julián, con el palo todavía en la mano, temblaba dentro de la cabina. El perro ladraba sin parar, golpeando con el cuerpo en ocasiones contra las puertas, como si buscara abrirse paso. La camioneta temblaba levemente con cada embestida. Durante minutos enteros, el perro rodeó la camioneta, ladrando y gruñendo sin darles un respiro. Julián decía que sentía como el aire dentro del vehículo se volvía sofocante. que el miedo era tan grande que le costaba respirar. Dijo que el perro no dejaba de ladrar, rodeando la camioneta una y otra vez, golpeando las puertas con el cuerpo, mostrando los colmillos ensangrentados. Su abuelo apenas podía moverse por la herida en la pierna, pero mantenía la vista fija en el animal, como si no quisiera perder detalle de lo que hacía. El mismo, con el palo todavía en las manos, sentía que nada de lo que hiciera iba a servir. Ya lo había golpeado con todas sus fuerzas, y ni siquiera eso había detenido a la bestia. Julián contó que en un momento pensó que nunca se iría, que estarían la noche atrapados en esa camioneta hasta que alguien los encontrara. El abuelo intentaba mantenerse despierto.

25:35 apretando la herida con un trapo viejo que encontraron en la guantera pero la sangre seguía tiñendo la tela Julián no sabía si debía preocuparse más por la pierna o por el animal que no se movía del lado de afuera entonces los ladridos se detuvieron el silencio fue tan repentino que les pareció raro Julián se asomó con cuidado por la ventana del copiloto y notó que el perro ya no estaba. Miró hacia el frente, hacia los costados, incluso hacia atrás, y nada. El animal había desaparecido sin dejar rastro, como si nunca hubiera existido. Entre los arbustos que estaban a unos metros de distancia, distinguió la silueta de un hombre. Era una figura completamente oscura. No se le alcanzaba a ver ningún rasgo. Ni ojos, ni boca, ni ropa, nada. Era como una sombra espesa con forma humana, de pie, mirándolos directamente. Julián se quedó paralizado mirando a la figura. Su abuelo también lo vio. Apenas pudo girar la cabeza. El hombre no se movía de inmediato, pero su sola presencia llenaba el lugar de una sensación insoportable.

26:48 No emitía sonido, no respiraba fuerte ni hacía gestos. Solo estaba ahí, como si siempre hubiera estado, como si se hubiera dejado ver hasta ese momento a propósito. Después de unos segundos, la figura comenzó a moverse. Caminó despacio, en dirección a los arbustos que bordeaban el camino. Las ramas se abrían a su paso, pero no se escuchaba ningún crujido, como si ni siquiera pesara. Caminó hasta que se perdió entre los matorrales. No volteó, no se detuvo. Simplemente se internó en la oscuridad y desapareció. Cuando ya no pudieron verlo más, todo quedó callado. El abuelo, con voz temblorosa, apenas alcanzó a decir que no bajara, que no hiciera nada hasta que amaneciera. Julián obedeció. Encendieron las luces interiores de la camioneta, pero ni con eso se sintieron más seguros.

27:44 Él mantenía el palo en las manos, temblando, mientras miraba hacia todos lados tratando de asegurarse de que el perro no regresara. El abuelo luchaba por no desvanecerse, presionando la pierna herida con todas sus fuerzas. Las horas que siguieron fueron interminables. Nadie pasó por el camino, ni un solo vehículo que pudiera auxiliarlos. Julián contó que apenas podía mantener los ojos abiertos, que el cansancio lo vencía. Pero cada vez que parpadeaba, lo único que veía en su mente era la silueta del hombre en la orilla del camino. Cuando amaneció, revisaron otra vez el camino, y ni rastro del perro ni de la figura. Solo quedaban las huellas en la tierra junto a la camioneta, marcas confusas de patas que se mezclaban con pisadas más grandes, como si ambas hubieran estado allí al mismo tiempo. El abuelo decidió que debían esperar todavía hasta que alguien pasara, porque la llanta seguía destruida. Fue hasta casi una hora después de amanecer, que un camión de carga pasó por el camino y les dio raite hasta el pueblo, donde pudieron llevar al abuelo a un médico. La herida se infectó, pero sobrevivió.

28:59 Dijo que lo que pasó aquella noche del camino no terminó ahí. Que su abuelo, a pesar de haber sobrevivido a la mordida, la herida tardó semanas en cerrar. Y aunque los médicos le dieron antibióticos y lo revisaron varias veces, algo lo había cambiado. Pasaba largas horas sentado en el corredor de su rancho. Durante esos días, Julián pasaba las tardes con él ayudándolo en lo que podía. Le preparaba café, le llevaba las vendas limpias y lo acompañaba a cambiar los vendajes cuando la herida le dolía más de lo normal. El abuelo hablaba poco, pero en ocasiones murmuraba frases que lo incomodaban. Decía que lo que los había atacado no era un perro común, que aquello tenía algo humano detrás, como si los ladridos y la furia hubieran sido solo una máscara para esconder otra cosa. julián confesó que al principio intentaba no darle importancia pensando que los delirios podían deberse al dolor o a la fiebre que lo había acompañado unos días pero sabía que su abuelo estaba lúcido consciente de cada palabra y lo miraba con la seriedad de alguien que sabe perfectamente lo que está diciendo. Los vecinos empezaron a notar el cambio. Algunos se acercaban a preguntar por su salud, y otros evitaban el rancho, como si presentaran una incomodidad inexplicable al pasar cerca. Y aunque nadie lo decía en voz alta, Julián alcanzó a escuchar

30:32 un par de comentarios entre susurros, que lo que había mordido al abuelo no era un animal cualquiera, que esas cosas pasaban en el monte desde hacía mucho y que era mejor no hablar demasiado. Pasaron varios días. Julián contó que eran casi las once. Él estaba en el rancho, guardando unas herramientas, y su abuelo ya se había ido a acostar. La luna estaba alta, iluminando lo suficiente para ver el terreno, y el aire soplaba con fuerza, moviendo las ramas de los mezquites. De pronto, los perros del vecino comenzaron a ladrar de manera descontrolada, como si algo los hubiera enloquecido. Al principio pensó que podría tratarse de algún gato u otro animal, pero pronto reconoció ese mismo ladrido que había escuchado en el camino semanas antes. Era idéntico.

31:26 y antes de que pudiera reaccionar, escuchó un golpe contra el portón del rancho. Corrió hacia la casa para avisarle a su abuelo, pero él ya estaba despierto, con una escopeta en las manos. El perro apareció de nuevo. Julián lo vio con sus propios ojos. Estaba parado justo en medio del corral, mostrando los colmillos con la boca manchada de sangre. Los ojos brillaban con un reflejo extraño, y el gruñido que emitía no era de un animal normal. Era más grave, como si viniera de un pecho humano. El abuelo, con la escopeta temblando en sus manos, le dijo que se metiera en la casa y cerrara todas las ventanas. Julián obedeció a medias, porque, aunque entró, se quedó mirando por una rendija, como el perro comenzaba a dar vueltas alrededor de la casa. del mismo modo que había rodeado la camioneta aquella noche. Los ladridos retumbaban entre las paredes del rancho, y cada vez que el animal golpeaba con el cuerpo contra las tablas, parecía que todo se estremecía. Los gallos, encerrados en el gallinero, comenzaron a alborotarse, y el ganado en los corrales se movían con miedo.

32:36 como si sintieran que algo malo estaba pasando. El abuelo disparó, el ruido se escuchó muy fuerte y Julián lo vio caer de rodillas por el retroceso, sosteniéndose con dificultad por la pierna herida. El balazo resonó en todo el monte, pero el perro no huyó. El disparo le dio en el costado, eso era evidente, porque la sangre oscura bajó por el pelaje. Aún así, la bestia no retrocedió. Se quedó de pie, mirándolos, con los dientes descubiertos, gruñendo más fuerte, como si la herida solo lo hubiera enfurecido más. Julián contó que sintió un miedo que lo paralizó por completo. No entendía cómo era posible que siguiera vivo después de un disparo directo. Su abuelo recargó la escopeta, pero antes de que pudiera apuntar otra vez, el perro saltó hacia los corrales. Las vacas mugieron desesperadas. Los caballos relinchaban golpeando con las patas contra las puertas. Desde la ventana, Julián alcanzó a ver cómo el animal destrozaba un becerro pequeño.

33:40 hundiéndole los colmillos en el cuello mientras sacudía el cuerpo con violencia. La sangre se mezclaba con la tierra. El abuelo gritaba insultos mientras intentaba disparar de nuevo, pero el perro era rápido, se movía de un lado a otro atacando sin miedo, como si cada bala lo atravesara sin causarle el daño suficiente para detenerlo. La noche se llenó de alaridos de animales, del eco de los disparos y de los ladridos cada vez más intensos. Julián dijo que se quedó congelado, viendo todo desde dentro de la casa, porque el terror lo había vencido. Cada vez que el perro volteaba hacia ellos, sentía que lo estaba viendo directamente a él, que lo reconocía, como si supiera que era el mismo que lo había golpeado con el palo en el camino. Después todo quedó calmado. El perro desapareció de nuevo entre los matorrales, del mismo modo en que lo había hecho aquella vez en la carretera. El corral estaba destrozado, con animales muertos y sangre esparcida por todas partes. El abuelo se dejó caer en una silla, respirando con dificultad, mientras repetía una y otra vez que eso no era un perro. A los días siguientes, la noticia corrió por el pueblo. Los vecinos fueron a ver los destrozos en el rancho, y muchos aseguraron que lo que habían visto en los corrales no lo había hecho un animal común.

35:07 Las mordidas eran demasiado grandes, demasiado profundas, y el daño a los animales no tenía explicación. Algunos decían que era obra de un Nahual, otros que era un castigo por algo que el abuelo había hecho en el pasado. Nadie se atrevía a decirlo de frente. Julián terminó su relato, dijo que desde entonces no había vuelto a dormir tranquilo, que cada ladrido en la distancia lo hacía recordar aquella noche en el rancho, y que lo peor era que aunque habían pasado semanas, todavía soñaba con la figura del hombre oscuro entre los arbustos. caminando lentamente hasta desaparecer. Cuando Julián terminó de hablar, nos quedamos un rato en silencio, sentados en la banca junto al campo de fútbol, con el sol cayendo detrás de los árboles y el polvo en el aire. Yo miraba sus manos todavía tensas con los nudillos marcados y pensaba en la forma en que había descrito al perro, en la mordida, en la sangre, en la figura del hombre oscuro entre los arbustos. Sentí un cosquilleo en la nuca que no venía del aire de la tarde, sino de la coincidencia con lo que había pasado en mi casa, con los golpes en la puerta, con los pasos sobre el techo y con la fiebre que me dejó tirado en la sala. No estaba inventando, lo vi en su cara. tampoco era solo su miedo, era la certeza de quien reconoce un peligro y lo vuelve a encontrar donde menos lo espera. Martín tomó aire y dijo que a él no le había pasado nada

36:39 raro en estos días, que lo único fue el ataque del perro la vez pasada. recordé sus brazos llenos de raspones y la forma en que miraba hacia atrás como si esperara ver salir una jauría del monte dijo que desde entonces había procurado llegar temprano a su casa y que se mantenía atento cuando anochecía que ponía una lámpara cerca de la puerta y que evitaba caminar solo por el bordo. No agregó más, pero en sus ojos había cansancio. No quería admitir que cada ladrido a lo lejos le movía la respiración, igual que a nosotros. Les pedí que me dejaran ordenar lo que traía en la cabeza. Les dije que ya no podía llamarle casualidad a que Julián encontrara un perro que no se rendía ni con un golpe ni con un balazo. A que yo viera una figura plantada junto al árbol del fondo como si me esperara, y a que Martín hubiera sentido que lo perseguían aquella noche en el canal. Les dije que había puntos que se repetían, vueltas alrededor, golpes en puertas y cercas, pasos arriba de las casas, animales alterados, ladridos con un tono que no correspondía. Los tres sabíamos que todo empezó después de entrar a la cueva. Martín propuso regresar a la cueva de día, con calma, sin hacer tonterías, solo para reconocer el lugar con más atención y ver si había entrada de animales o si algún punto conducía más profundo.

38:06 Juliana sentía sin hablar mucho, y yo sentí que esa decisión nos daba al menos una dirección y no solo miedo. Los días siguientes confirmaron que lo nuestro no era aislado. Comenzaron a llegar noticias de ataques en ranchos que no estaban cerca entre sí. Una mañana, el carnicero dijo que a un vecino le encontraron dos chivas degolladas, tiradas junto al mezquite del potrero, con las barrigas abiertas y sin rastros de huellas claras alrededor. En la tarde supimos que a Don Tadeo le tumbaron una puerta de madera en el gallinero y le arrancaron tres gallos de un jalón, sin destrozar el resto, como si algo hubiera entrado por lo que quería y luego se hubiera ido sin perder tiempo.

38:53 Dos días después corrió el rumor de una yegua lastimada en el muslo, con marcas de dientes que no coincidían con las de un puma ni con las de un perro grande. En la tienda se hablaba en voz baja y al salir a la calle se notaban grupos parados en las esquinas con la mirada puesta en las veredas. Los hombres del pueblo comenzaron a juntarse para cazar a la criatura que estaba atacando el ganado de diferentes ranchos. No se pusieron de acuerdo en una sola versión, pero sí en el plan. Verificaron que las lámparas funcionaran, revisaron escopetas y rifles viejos, consiguieron municiones, prepararon cuerdas, colocaron campanas pequeñas en algunas entradas y acordaron puntos de reunión en los linderos. Formaron parejas para cubrir tramos del canal y del monte. Y en las noches se daban vueltas por los corrales con cuidado, sin anunciar demasiado su presencia. Mi papá salió dos veces con un primo y con el vecino de enfrente, y al volver se sentaba en la mesa sin ganas de cenar, con las manos sucias de polvo y las botas marcadas de barro, y apenas dijo que habían encontrado rastros mezclados, marcas de patas y de algo más que parecía pie, aunque nadie quiso afirmar nada frente a todos. Esa misma semana aparecieron trampas de hierro en dos potreros, cebadas con vísceras y con costales de alimento roto. Alguien dijo que detectaron ojos brillando entre los matorrales cuando alumbraron con la lámpara, que escucharon un resoplido

40:24 corto y una carrera que no supieron seguir entre las piedras. Otro contó que vieron sombras bajar por un filo del cerro y que al llegar al punto no hallaron más que ramas quebradas y pasto aplastado. No abrí la boca para repetir lo de la cueva, solo escuché, porque la mitad de la gente estaba dispuesta a quedarse de guardia toda la noche, y la otra mitad solo esperaba que la temporada pasara y las cosas regresaran a un orden posible. Nosotros tres volvimos a vernos sin avisarle a nadie más. Nos sentamos sobre la loza del kiosco cuando el sol bajaba y tomamos la decisión de ir a la cueva el sábado, temprano, con linternas nuevas y agua suficiente, sin separar al grupo ni perder de vista la entrada. Martín insistió en que si encontrábamos madrigueras o restos de comida de algún animal grande... Lo mejor sería regresar de inmediato, porque no pensaba arriesgarse a un encuentro que no pudiéramos manejar.

41:25 Julián dijo que no quería tocar nada, que solo quería mirar y confirmar que el aire frío que sentí aquella vez no era imaginación. Y yo añadí que llevaríamos una libreta para anotar la ubicación, la hora y cualquier detalle útil. porque si había relación con lo que estaba pasando afuera, debíamos tener datos claros. Mientras tanto, el pueblo no se quedaba quieto. El sábado anterior, en la madrugada, sonaron dos disparos hacia el lado del potrero viejo, y luego se escucharon gritos que pedían luz. Al amanecer, se supo que habían matado a un perro flaco que llevaba días apareciéndose detrás de las casas, pero el cuerpo no coincidía con los daños en el ganado. El hocico no tenía la distancia entre colmillos que dejaron las mordidas en la yegua, y además el animal estaba lleno de sarna y parecía más un perro callejero que una bestia, capaz de tumbar un corral de una embestida. La tensión aumentó porque algunos creyeron que se trataba de culpar a lo primero que se moviera con tal de calmar a la gente. Mi papá esa noche no durmió y, aunque no me dijo palabras de más, se le notaba el peso del cansancio cuando amaneció. Yo lo miraba de reojo desde el corredor, recordando cómo nos mantuvo a todos en la sala la noche de los golpes en el techo. y entendí que lo que ocurría en mi casa no era ajeno a lo que estaba encendiendo a los demás. En la escuela

42:55 los chismes pasaron de la risa al murmullo serio, y hubo quien dejó de ir a entrenar en la tarde para no regresar de noche por la terracería. En esos días volví a pensar en la figura del árbol del fondo, en los pasos alrededor de mi casa, en el peso medido sobre el techo, en el vómito que me dejó sin fuerza y sin buscar explicaciones que no pudiera sostener. Decidimos que antes de ir a la cueva pasaríamos por el rancho del abuelo de Julián para ver con nuestros ojos los corrales reparados, los clavos nuevos, las tablas cambiadas y el sitio exacto del primer disparo. Julián aceptó llevarnos a media mañana, cuando su abuelo suele sentarse en el corredor, y yo propuse anotar el trayecto desde el pueblo hasta el punto donde se descompuso la camioneta aquella noche. Si la criatura se movía por esa franja entre veredas y bordos, había que dibujar el mapa que compartía nuestros tres caminos.

43:54 Las noches siguientes mantuvieron el patrón. Se escuchaban perros ponerse nerviosos en barrios completos y después un bajón repentino en los ladridos, como si una sola llamada bastara para cortarles el impulso. Hubo hombres que regresaron de la guardia con la ropa manchada de sangre de animal y con los ojos abiertos de más, jurando que vieron moverse algo grande detrás de los nopales y que al alumbrar dos veces ya no estaba. En la tienda empezaron a pedir más vendas, más agua oxigenada y alambre para reforzar puertas. Las familias guardaron a los niños temprano. Los maestros acortaron una práctica.

44:36 y a partir de las nueve el pueblo parecía recostado detrás de sus propias paredes todo eso crecía como una raíz en el mismo terreno donde nosotros tres ya sabíamos que estaba enterrada la causa no nos engañamos con palabras bonitas aceptamos que la cueva era el inicio de nuestra línea y que aunque no pudiéramos demostrarlo con otra cosa que no fueran hechos teníamos que volver a verla con los ojos limpios sin el descuido de la primera vez Ese sábado salimos temprano rumbo a la cueva con la mochila cargada de agua, la libreta y dos lámparas nuevas que había comprado en la tienda. Caminamos por el mismo cauce seco del arroyo, siguiendo las piedras hasta que llegamos al punto exacto donde, semanas antes, habíamos entrado por primera vez.

45:23 Julián fue el primero en agacharse para mirar hacia adentro, y Martín lo siguió sin decir nada. Yo me quedé unos segundos afuera, mirando el monte alrededor, con el recuerdo del aire frío en la espalda la primera vez. Adentro, la cueva parecía distinta. No había huellas recientes en el polvo del piso, ni pieles pegadas en las paredes como las que jurábamos haber visto la primera ocasión. Solo un charco de agua en el centro, reflejando la luz de nuestras lámparas y manchas oscuras de humedad en las piedras. Caminamos hasta el ensanchamiento, donde antes nos había parecido que había raspones, pero ahora no había nada que pudiera señalarse con claridad. Era una cueva común, sin rastro de animales ni señales extrañas. Nos quedamos ahí un rato, en silencio, como esperando que algo sucediera, pero no pasó nada. Martín fue el primero en hablar. Dijo que quizá habíamos exagerado, que la tensión de todo lo que estaba pasando nos había hecho imaginar más de la cuenta. Yo no supe qué decir. Salimos sin tocar nada, con una sensación amarga en el pecho, como si la ausencia de señales fuera en realidad otra confirmación de que algo andaba mal. regresamos al pueblo al mediodía y nos separamos cada quien a su casa la tarde se fue en calma con el aire caluroso y los gallos cantando en los corrales pero en la noche la casa de don ramiro se incendió

46:55 se levantó una llamarada que se veía desde varios puntos del pueblo y en cuestión de minutos los hombres corrieron con cubetas de agua el fuego había consumido buena parte del techo de lámina cuando lograron controlarlo pero las paredes quedaron ennegrecidas y el olor a humo se extendió en toda la calle esa misma noche después de apagar las últimas brasas don ramiro reunió a los vecinos en el patio de su casa para contar lo que había vivido su voz estaba ronca y la ropa todavía manchada de hollín pero sus palabras no celaron a todos dijo que antes de que empezara el incendio había visto a un nahual contó que la primera vez lo notó en su terreno cerca de la milpa era una figura grande de hombros anchos y con un andar extraño mitad humano mitad animal al principio creyó que era algún borracho cruzando por ahí pero pronto entendió que no era un hombre normal los perros de la casa comenzaron a ladrar con desesperación como nunca antes y el aire se llenó de un olor a tierra mojada y carne quemada el ser lo acechó afuera primero se acercaba despacio bordeando los árboles deteniéndose cuando él lo alumbraba con la lámpara como si jugara con la distancia Don Ramiro alcanzó a ver unos ojos brillantes reflejarse entre las ramas, y cada vez que parpadeaba le parecían más grandes. Se metió a la casa y cerró la puerta, pero los perros seguían ladrando con furia,

48:28 golpeando las cadenas con tal fuerza que casi se soltaban. Desde adentro escuchó cómo las pisadas rodeaban la vivienda. No eran pasos ligeros ni de un animal de cuatro patas. Eran pesados, firmes, con la cadencia de un hombre caminando. El crujir de la tierra le confirmaba que aquello estaba ahí, dando vueltas, probando las entradas. Don Ramiro tomó el rifle de caza que guardaba en un rincón y lo cargó con manos temblorosas. Su corazón le retumbaba en el pecho, pero sabía que no podía quedarse quieto esperando. El primer golpe contra la puerta lo sacudió todo. la madera vibró como si la hubieran pateado con una fuerza brutal don ramiro disparó a través de la ventana sin pensarlo y el eco del balazo retumbó en la milpa escuchó un gruñido ronco profundo que no era de hombre ni de animal Después, silencio. Pensó que había dado en el blanco, pero no se atrevió a salir. Pasaron unos segundos y el ruido volvió, esta vez más cerca. El ser comenzó a golpear las paredes, raspando con uñas largas, dejando marcas en los tablones. Don Ramiro apuntaba en todas direcciones, disparando cada vez que escuchaba un ruido. Los vecinos dijeron después que oyeron hasta cuatro balazos esa noche. El Nahual entró.

49:51 La puerta se vino abajo con un empujón que la lanzó contra la pared. Don Ramiro lo vio con claridad por primera vez, una figura negra, alta, con el cuerpo cubierto de pelaje en algunas partes y piel humana en otras. el rostro deformado entre hocico y mandíbula. Avanzaba encorvado, pero cada paso hacía crujir el suelo. Don Ramiro disparó de frente, a pocos metros, pero el ser apenas retrocedió un instante antes de volver a avanzar. Desesperado, retrocedió hasta el comedor. donde una lámpara de aceite ardía sobre la mesa. El ser lanzó un zarpazo que le rozó el brazo, abriendo la carne, y el dolor lo hizo tambalear. En su intento por mantener la distancia, golpeó la mesa sin querer y la lámpara cayó al suelo. El aceite se derramó y de inmediato el fuego prendió en las tablas secas.

50:45 Las llamas se extendieron rápido, iluminando la figura del Nahual que, por primera vez, retrocedió ante el fuego. El humo llenó la casa en segundos. Don Ramiro, con el brazo sangrando y el rifle descargado, apenas alcanzó a salir tambaleando por la puerta trasera. Atrás de él, el fuego consumía todo. los vecinos lo encontraron afuera tirado en el suelo jadeando mientras las llamas envolvían el techo y hacían crujir las vigas cuando terminó de contarlo el silencio fue total nadie se atrevía a interrumpirlo todos lo mirábamos con los ojos abiertos tratando de procesar lo que había dicho don ramiro juraba que lo que había visto no era un hombre disfrazado ni un animal rabioso sino un nahual de verdad uno de esos que las historias antiguas siempre mencionaban pero que ahora se mostraba sin esconderse el humo seguía saliendo de los restos de su casa y el olor a madera quemada se impregnó en nuestras ropas mientras escuchábamos su relato.

51:48 El incendio de la casa de Don Ramiro quedó marcado como un antes y un después en el pueblo. No era la primera vez que se hablaba de Nahuales, ni la primera ocasión en que el ganado aparecía muerto en circunstancias extrañas, pero nunca nadie había visto de frente a una criatura de esas y mucho menos dentro de su propia casa. La gente, esa misma noche, comenzó a juntarse en grupos pequeños, murmurando en las calles, comentando entre dientes lo que habían escuchado. La mayoría repetía las palabras de Don Ramiro, que aquello tenía forma de hombre y de bestia al mismo tiempo, que sus ojos parecían encendidos y que ni los disparos lo habían detenido. Al día siguiente, con la luz del sol iluminando las ruinas de la casa, los hombres más decididos comenzaron a organizarse. Se reunieron en la plaza con las escopetas colgadas al hombro y las lámparas listas. La mayoría tenía el rostro tenso, porque sabían que lo que iban a buscar no era un animal cualquiera.

52:53 algunos se ofrecieron de inmediato para salir esa misma noche al monte pero la verdad es que fueron pocos los que se animaron el miedo podía más que la curiosidad la mayoría prefería quedarse en sus casas cuidando a la familia y sólo un grupo reducido aceptó salir seis hombres en total entre ellos un primo de julián y un tío de martín se dividieron las tareas Unos iban a recorrer los bordes de los potreros, otros el canal seco y los matorrales cercanos, colocaron trampas de hierro en varios puntos, cebadas con carne podrida, y avisaron que si alguien escuchaba disparos debía correr a ayudar. Esa noche partieron entre las sombras, con las lámparas encendidas y los rifles cargados. El pueblo entero quedó en silencio, pendiente de cualquier señal que pudiera llegar desde el monte. Mientras tanto, Julián me contó algo que no había dicho antes. Después de que ayudó a apagar el incendio de la casa de don Ramiro, había regresado a su rancho junto con su abuelo. El viejo todavía cojeaba un poco por la mordida en la pierna, aunque ya caminaba mejor gracias a las vendas, pero se movía con lentitud. Julián lo acompañó durante todo el trayecto, caminando despacio, y justo cuando ya estaban cerca de su casa, notaron algo en la distancia. El perro. Estaba parado en medio del camino, inmóvil, observándolos. Julián dijo que lo reconoció

54:24 al instante, aunque esta vez no se acercó de inmediato. El simple hecho de verlo de pie, quieto, bastó para que ambos sintieran un vacío en el estómago. no lo pensaron demasiado, echaron a correr como pudieron, el abuelo arrastrando la pierna herida, Julián jalándolo del brazo con todas sus fuerzas, el animal no los persiguió en ese momento, solo los dejó correr, como si disfrutara viéndolos luchar por llegar a la seguridad de la casa, cuando por fin lograron entrar y cerraron la puerta con tranca, los dos respiraban con desesperación, Julián alcanzó a mirar por la ventana y ahí estaba de nuevo, en el patio, caminando alrededor de la casa, gruñendo bajo, como si quisiera entrar. El abuelo tomó la escopeta y se quedó de pie junto a la ventana, esperando el momento preciso. El perro golpeaba las paredes con el cuerpo, igual que lo había hecho antes, y los ladridos eran tan fuertes que hacían vibrar los vidrios. Fue entonces cuando el animal se lanzó de lleno contra la puerta.

55:31 El golpe retumbó en toda la casa. El abuelo apuntó con firmeza y disparó justo en el momento en que el perro intentaba entrar. El estruendo del disparo fue tan fuerte que Julián quedó aturdido unos segundos. Cuando volvió a escuchar con claridad, todo estaba callado. Un silencio profundo cubrió el rancho y el perro ya no estaba. No hubo más ladridos, no hubo más golpes, nada. Julián decía que fue como si aquel disparo lo hubiera borrado de golpe, como si nunca hubiera existido. Buscó con la lámpara en todo el patio y no encontró ni una huella fresca, solo el olor a pólvora dentro de la casa y el humo que todavía salía del cañón del rifle. El abuelo se sentó en la silla, temblando, con la escopeta todavía entre las manos. Cuando Julián terminó de contarme eso, yo ya no tenía dudas, no podía tratarse de uno solo.

56:27 No era el mismo perro que lo había atacado en el camino con su abuelo, ni el mismo que destrozó los corrales en el rancho, ni el que acechó en mi casa, ni el que don Ramiro había visto convertirse en sombra dentro de su vivienda. Todo apuntaba a que eran varios. Varios nahuales rondaban nuestro pueblo y cada uno se manifestaba en lugares distintos, atacando cuando menos se les esperaba. Esa idea me revolvía el estómago. Si se tratara de uno solo, con el tiempo podían darle caza, acorralarlo entre varios hombres y ponerle fin. Pero si eran varios, el asunto era más grave. Y peor aún, nadie sabía cuántos eran, dónde se escondían ni qué buscaban exactamente. Algunos ancianos aseguraban que se trataba de Nahuales que habían vivido siempre en la región, que antes solo se aparecían en lugares apartados, pero que ahora habían decidido mostrarse más seguido porque algo los había despertado. Otros decían que era un castigo por las ofensas de la gente. por no respetar las tierras, por abrir huecos donde no debían. Las mujeres rezaban más seguido y colocaban veladoras frente a las imágenes de los santos, pidiendo protección para sus casas y sus hijos. Al poco tiempo comenzaron las ceremonias religiosas. El sacerdote del pueblo, avisado por las familias, Organizó rezos en la iglesia y procesiones en las calles principales. En las noches, grupos de mujeres

57:57 caminaban con velas encendidas, entonando cánticos mientras pedían a Dios que protegiera al pueblo. El eco de las oraciones llenaba el aire, y aunque muchos encontraban consuelo en la fe, otros miraban con desconfianza. sabiendo que aquello que rondaba en los potreros no se iba a detener con rezos. La policía local también fue llamada. Llegaron dos patrullas desde la cabecera municipal, con agentes que al principio se burlaban de lo que escuchaban. Decían que todo eran exageraciones, que seguramente se trataba de coyotes, lobos o hasta de perros asilvestrados. Pero, cuando vieron los corrales destrozados, las vacas con mordidas imposibles y la casa de don Ramiro reducida a cenizas, dejaron de reírse. Aún así, no podían hacer mucho más que dar rondines en las calles principales y decirle a la gente que no saliera de noche. Por su parte, los hombres siguieron colocando trampas en los terrenos. Algunas eran simples lazos de mecate, otras eran cepos de hierro oxidados que habían estado guardados desde hacía años. En las entradas a los potreros colgaron campanas para que sonaran si algo pasaba por ahí de madrugada. Incluso algunos comenzaron a clavar estacas alrededor de sus casas. convencidos de que, así, evitarían que los animales se acercaran demasiado. Las noches, lejos de volverse más tranquilas, se llenaron de tensión. Cada ladrido lejano hacía

59:29 que la gente se asomara por las ventanas. Cada crujido en la tierra levantaba sospechas. Las familias dormían con lámparas de aceite encendidas, y más de uno mantenía un machete o un rifle cerca de la cama. El pueblo entero parecía contener la respiración, esperando el siguiente ataque, y yo, escuchando todo eso, sabía que la pesadilla apenas comenzaba, porque ya no era cuestión de un solo Nahual, sino de varios, y cada uno parecía elegir a quién atormentar y cuándo hacerlo. Nadie estaba a salvo, y el miedo se había convertido en parte de la vida diaria en nuestro pueblo. Con el paso de los días, el pueblo se fue llenando de trampas, rondines y rezos. Hombres armados vigilaban los corrales, las mujeres encendían velas cada noche, y nadie salía solo después del anochecer. La tensión era tan grande que hasta el aire parecía distinto. Pero, tal vez por esa misma seguridad reforzada, poco a poco dejaron de escucharse los ladridos extraños y los pasos en los techos. No hubo más ataques, ni animales muertos en los corrales, ni incendios repentinos en las casas. Los nahuales, al menos por un tiempo, dejaron de mostrarse.