Dec. 18, 2025

Me Enamoró Para Entregarme Al Diablo: Familia De Brujas - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 La conocí en un lugar normal, en una salida cualquiera, de esas donde uno va sin esperar nada. Ella fue la que se acercó primero y lo hizo con seguridad, como si ya hubiera decidido que me iba a hablar. Desde ese momento noté que llevaba el control sin esconderlo. Me preguntó mi nombre completo, de qué parte era, si vivía solo o si alguien me esperaba en casa, y hasta mi fecha de nacimiento. A mí me gustó porque era directa y porque no se andaba con rodeos. Esa misma vez se acomodó a mi ritmo, pero sin perder el suyo. Me proponía cosas simples y concretas, ir por un café, caminar un rato y sentarnos en un lugar donde se viera la calle. No hablaba de planes a futuro ni de promesas. Hablaba de lo inmediato y aún así lograba que yo sintiera que ya me conocía. Se reía fácil. pero cuando yo decía algo personal se le ponía la cara seria por segundos, como si lo guardara.

1:08 Me di cuenta de que ponía atención en detalles que casi nadie nota, si traía mi reloj, si mi cartera era vieja, si me mordía las uñas. No era una mirada de cariño, era una mirada de alguien que observa. En los días siguientes me buscó seguido, me mandaba mensajes temprano y también por la tarde, sin exagerar, pero constante. Me decía que le gustaba verme, que le gustaba cómo hablaba, que conmigo se sentía tranquila. Yo me dejé llevar porque la atracción era real y porque su forma de acercarse era firme. Lo que ahora veo claro es que su manera de acercarse siempre tuvo un orden. Me pedía una foto para tenerme y cuando yo le mandaba una, me pedía otra, donde se viera bien mi cara y mi cuello.

1:58 Me pidió una prenda prestada, una sudadera. con la excusa de que le gustaba mi olor. A los pocos días me pidió otra cosa, una gorra, y también se la quedó. Cuando yo intentaba ir a su casa a recoger algo, lo dejaba para después con naturalidad, como si no fuera importante devolverlo rápido. Yo lo tomé como parte del noviazgo. Ella no lo pedía con cara rara, lo pedía sonriendo y yo estaba metido en la emoción de estar con alguien que parecía decidida conmigo. Además, me hacía sentir elegido. Me decía que yo no era como los demás, que conmigo sí podía hacer vida. No lo decía con drama, lo decía como si fuera un hecho y ese tipo de seguridad me gustó. A la semana de estar saliendo, me dijo que quería que conociera a su familia. Me explicó que vivía con ellas, que la casa quedaba retirada y que era mejor ir y volver el mismo día.

2:58 porque de noche se complicaba el camino. Pero me lo dijo como recomendación práctica, no como advertencia. A mí me dio curiosidad, también me dio un poco de nervio, pero acepté. Pensé que era el paso normal, cuando alguien va en serio. El trayecto me hizo entender que de verdad estaba lejos. Al tiendas y gente. Luego se acabaron las calles pavimentadas, después se fueron terminando las casas y al final quedó puro terreno con cercas, monte y una terracería que levantaba polvo. Ella iba tranquila, mirando hacia adelante y cuando yo pregunté si faltaba mucho, me contestó que ya casi. La entrada era una reja vieja y alta con alambre arriba y una cadena con candado. Ella sacó una llave de su bolsa y la abrió sin apuro. eso me llamó la atención porque no era un candado de seguridad era un candado como de límite como de aquí se entra solo si yo quiero pasé y vi un terreno amplio medio descuidado con un patio de cemento un corredor con techo de lámina y una casa de paredes gruesas en una esquina había un montón de leña y en otra un tambor de metal con ceniza y pedazos de madera quemada Olía a humo viejo, a grasa de comida y a un jabón fuerte como de los que se usan para lavar ropa. Al entrar a la sala, el ambiente cambió más.

4:31 No era una casa decorada, era una casa usada para cosas muy específicas. Había altares, velas negras, muchas imágenes religiosas juntas y otras del diablo, con cuernos y muy aterradoras. En una mesa vi un crucifijo grande, veladoras gastadas. un plato con sal y otro con algo negro que parecía carbón molido. En una pared había marcas oscuras, como si hubieran escrito algo con carbón y luego lo hubieran borrado a medias. También vi listones viejos colgados en un clavo y ramas secas amarradas con hilo. Nada de eso estaba escondido. Ahí conocí a su familia. La anciana fue la primera en salir. No caminaba como alguien frágil, caminaba firme. tenía la mirada fija y sus manos se veían fuertes con los nudillos marcados no se presentó con amabilidad me miró de arriba a abajo como si fuera mercancía se fijó en mis manos en mi cuello en mis botas y en mi cara después salió la otra mujer la tía tenía uñas largas el cabello mal acomodado como si se lo hubiera recogido y soltado varias veces sin terminar y se acercó demasiado invadiendo mi espacio sin pedir permiso Se me quedó viendo a la muñeca donde se marca el pulso y luego la garganta como si me diera algo.

5:56 Me hicieron pasar a sentarme. Mi novia, que conmigo era muy suelta, ahí se volvió más callada. Se quedó cerca, de pie, con las manos juntas, y cuando yo me volteé a verla buscándola, bajó la mirada. La anciana me empezó a preguntar lo mismo que ella ya me había preguntado antes. mi nombre completo, mi edad y todas esas cosas personales que yo pensé que era normal hasta ese punto. La tía escuchaba y se sonreía bajito como si le gustaran mis respuestas. Yo contesté por educación, pero conforme avanzaban las preguntas, sentí que no era una visita social. No me estaban conociendo por cariño, me estaban ubicando. Mi novia casi no intervenía, Y cuando la anciana decía algo, la joven se movía rápido para obedecer, traía agua, acomodaba las sillas, abría una puerta del fondo y la cerraba, como si estuviera preparando la casa. Al final, la anciana dijo que me quedara a comer ahí mismo, que ya era tarde para andar yendo y viniendo, y que así conocía bien el lugar. No lo dijo como invitación bonita, lo dijo como una decisión. mi novia me tocó el brazo suave como para empujarme a aceptar y me guió hacia un comedor más adentro yo caminé con ellas y sentí claro que dentro de esa casa las reglas las ponían ellas la última imagen que se me quedó antes de sentarme

7:28 fue a la tía sacando de una bolsa pequeña una llave extra y dejándola sobre la mesa como si la fueran a necesitar en un rato me sentaron a comer como si mi visita estuviera organizada desde antes. La comida era sencilla, frijoles, tortillas y carne en un plato grande al centro, pero el trato se sentía frío. La anciana llevaba el ritmo con órdenes cortas, movía las cosas, señalaba en dónde poner el vaso, cuánto servir y cuándo traer más tortillas. La tía no se quitaba de encima esa mirada de revisión. Me veía las manos, el cuello, la cara...

8:08 como si buscara algo específico, y cada tanto se inclinaba un poco para mirarme de cerca sin pedir permiso. Mi novia se quedó cerca, pero ya no era la misma de la calle. Conmigo, afuera, hablaba rápido y se reía, pero ahí obedecía. Se paraba en cuanto la anciana levantaba la mano, iba por agua, traía sal, recogía los platos, y regresaba sin que nadie tuviera que repetirle. A ratos me miraba un segundo y luego bajaba la vista. En esa mesa entendí que ella no me había llevado por gusto. Me llevó porque se lo ordenaron y estaba cumpliendo. La anciana me volvió a preguntar datos, los mismos de la sala, y agregó otros más. Quiso saber si yo tomaba seguido, si me gustaba trasnochar y cosas así que la verdad no les encontraba sentido. Pero yo contesté lo mínimo, intentando mantener el tono normal. Pero ellas no buscaban una plática.

9:07 Iban confirmando y la tía asentía con la cabeza cuando escuchaba algo que le convenía. En un momento vi la llave extra que la tía había dejado sobre la mesa cerca de su plato. La acomodó con la uña como si cuidara que quedara a la vista. La anciana la vio y no dijo nada, pero esa llave ahí me hizo pensar en una sola cosa. Yo iba a quedarme más tiempo del que había planeado Me ofrecieron una bebida caliente en un vaso. Era un líquido oscuro con olor fuerte y un sabor amargo que se quedaba en la lengua. La anciana me hizo un gesto para que tomara. Yo tomé un trago corto por educación, sin imaginar que me iba a pegar tan rápido. A los pocos minutos empecé a sentir el cuerpo pesado, como si la cabeza se me fuera hacia atrás sola. Las piernas se me aflojaron debajo de la mesa y se me hizo difícil sostener bien el vaso. La anciana me indicó que me recostara un rato para bajar la comida. Mi novia se acercó, me tomó del brazo y me llevó hacia un cuarto del fondo. Caminé como pude, sentía el suelo blando, como si me hundiera en cada paso. Llegamos a una habitación con una cama sencilla y una silla. Ella me ayudó a sentarme y luego a acostarme. Su cara se veía tensa, como si le pesara lo que estaba haciendo, pero siguió.

10:33 Salió y cerró la puerta. El tiempo se me rompió ahí. Me quedé entre sueño y mareo. Volví a reaccionar cuando ya tenía las muñecas y los tobillos amarrados con una cuerda. La cuerda apretaba de verdad. La cama era dura y el cuarto estaba casi vacío, sin adornos, como un lugar que usan para eso y ya. La puerta estaba cerrada con un pasador. Intenté incorporarme, pero el cuerpo todavía estaba torpe. La garganta se me cerraba y la voz apenas me salía. Me quedé escuchando. Afuera se oían pasos en el pasillo y movimientos en el patio, como cuando arrastran madera o acomodan cosas pesadas. Entre esos sonidos se alcanzaba a oír la voz de la anciana, firme, hablando sin rodeos. Dijo que yo ya había entrado por mi voluntad, que la muchacha me había trabajado para llevarme y que esa noche me iban a entregar como ofrenda, en un ritual para el diablo. y la tía se rió como si eso fuera un logro ahí se me acomodó todo en la cabeza de golpe y con claridad la prisa se me metió en el cuerpo aunque todavía me temblaban las manos empecé a frotar la cuerda de una muñeca contra un borde duro de la cama un canto de madera que raspaba me lastimé la piel y me ardió pero la cuerda empezó a aflojar seguí sin parar cuidando no hacer ruido fuerte Después de un rato pude sacar una mano.

12:06 Con esa mano jalé lo que pude de la otra cuerda y logré aflojar lo suficiente para mover la muñeca. Me quedé quieto cuando escuché pasos acercándose al cuarto. El pasador se movió y entró la tía. Traía el cabello igual de desordenado y las uñas largas por delante, como si fueran herramientas. Se me acercó y me agarró del brazo con fuerza. Me dijo que me calmara, que ya estaba hecho y que mi salida ya no dependía de mí. Su cara estaba muy cerca de la mía. Olía a humo y a sudor seco. Luego volteó hacia la puerta como para salir y avisar. Aproveché ese segundo. Metí el hombro y empujé la puerta con fuerza antes de que alcanzara a acomodar bien el pasador. Y salí. La cuerda todavía me colgaba de una muñeca y me golpeaba la mano al correr. El pasillo era angosto y en el suelo había cera derramada, pero seguí hacia donde entraba más luz.

13:07 Al salir vi el patio preparado. Había velas en el suelo puestas en círculo. Había un altar improvisado con madera. una mesa vieja con veladoras y un crucifijo recargado, y marcas en el piso hechas con carbón. La anciana estaba ahí, derecha, como si me hubiera estado esperando. Mi novia estaba de pie a un lado, sosteniendo una bolsa con cosas mías que reconocí de inmediato. mi gorra y mi sudadera doblada, y también la foto que yo le había mandado. La anciana le daba instrucciones sin mirarme, como si yo ya estuviera resuelto y mi novia apretaba la bolsa con las dos manos. La tía salió detrás de mí y se lanzó a agarrarme. Me alcanzó a rozar la camisa, pero se le fue el agarre, porque yo ya iba corriendo hacia el fondo del patio. Busqué la salida de atrás, la parte más baja de la barda. donde se veían cosas arrimadas, madera, láminas y un montón de leña. Me subí como pude, con el cuerpo todavía pesado, y me aventé.

14:12 Caí del otro lado de la barda con la pierna doblada y el tobillo ardiendo, pero me levanté en cuanto sentí que podía apoyar. Seguí corriendo con la cuerda colgando de la muñeca, con la boca seca y el pecho ardiendo, escuchando atrás los pasos y la voz de la tía, llamando a la anciana como si ya estuvieran listos para casarme. Me fui por el mismo rumbo por donde había llegado, porque era el único camino que conocía y porque meterme al monte a oscuras era perderme. La terracería levantaba polvo y se me pegaba en la garganta. La bebida que me dieron todavía me tenía la cabeza lenta, como si el cuerpo quisiera dormirse. Apreté los dientes y seguí cuidando cada pisada para no caer. Me volteé una vez y alcancé a ver a la tía cerca de la barda, moviéndose rápido, y más atrás la figura de la anciana, caminando firme, sin apuro, como si estuviera acostumbrada a ver gente correr. Unos metros adelante apareció una casa con la luz encendida. En el patio había dos perros amarrados. Uno se levantó a ladrar en cuanto me vio, pero la cadena lo frenó. Me fui directo a la puerta y golpeé con la palma abierta varias veces, fuerte, hasta que se prendió una luz dentro. Abrió un hombre ya grande, con linterna en la mano, y en cuanto me vio las muñecas marcadas y la cuerda ensangrentada, me metió sin

15:43 preguntar demasiado. Me sentó en una silla, me acercó agua y me preguntó qué pasó. Le expliqué lo básico, que una muchacha me llevó a una casa cercana, que su familia me amarró. que estaban preparando un ritual para entregarme como ofrenda al diablo y que yo me escapé brincando la barda. Llamó a emergencias y dio su dirección. Su esposa se quedó a un lado viéndome las manos y luego trajo un trapo limpio para apretar donde la cuerda me había abierto la piel. Llegó una patrulla y después otra. Los policías entraron, me pidieron mi nombre completo y me preguntaron por la ubicación. Yo les di el rumbo y les conté lo que alcancé a ver, la reja con candado, la sala con altares, el patio con velas y carbón en el piso, en general todo lo que había visto en esa casa de las brujas. Les describí a las tres mujeres, la anciana, que para ese punto era la mayor de las brujas, la tía de uñas largas y la joven. Les insistí en lo de la bolsa con mis cosas porque eso era fácil de comprobar. Me subieron a una patrulla para ir señalando el camino. En el trayecto, el tobillo se me fue inflamando y la muñeca me ardía, pero seguí consciente. Cuando llegamos a la entrada, la reja estaba cerrada igual que antes. Se acomodaron alrededor, uno al frente y otros a los lados, cuidando el terreno. Se escuchó movimiento adentro, pasos rápidos y una puerta azotando. Pidieron

17:18 refuerzos y esperaron a que llegaran más unidades antes de entrar. Cuando abrieron la reja, la tía intentó salir por atrás, por la zona donde yo había brincado. La alcanzaron antes de que se metiera al terreno. Empezó a gritar que yo era un ladrón, que yo me había metido a su casa. Pero la versión se le cayó cuando un policía vio la cuerda colgando de mi muñeca y cuando yo señalé el cuarto donde me tuvieron, la esposaron ahí mismo. La joven salió al frente llorando, tratando de ponerse detrás de los policías, como queriendo verse protegida. Traía la bolsa apretada contra el pecho, y un policía se la quitó y la revisó. Cuando sacó mi gorra y mi sudadera, y luego la foto, la joven bajó la vista y se quedó quieta. La anciana se quiso encerrar dentro, pero la sacaron. Caminaba firme, con la misma mirada con la que me revisó al llegar, y repetía que esa casa era suya, como si eso le diera permiso para amarrar a alguien. Yo entré con ellos, solo para señalar el cuarto del fondo. El pasador estaba puesto, y la cama tenía marcas en la madera, y en una esquina había pedazos de cuerda vieja. En el patio estaban las velas a medio consumir y la mesa improvisada. Tomaron fotos, aseguraron el lugar y pidieron que nadie tocara nada. Esa noche me llevaron a una clínica. Me limpiaron las muñecas, me

18:49 revisaron el tobillo, me pusieron una venda y me dieron medicamento para el dolor. Al día siguiente fui a declarar con calma. Conté cómo la joven me estuvo pidiendo cosas mías desde el inicio, en cómo insistió en que fuera y cómo me dieron la bebida y desperté amarrado. En los días siguientes me llamaron para ratificar los datos. Entraron los peritos, porque los policías vieron manchas viejas en el patio y zonas removidas en el terreno. En esa revisión sacaron restos enterrados y ropa que no era mía. Con eso ya no hubo manera de que ellas lo acomodaran como un malentendido. El proceso tardó meses. Tuve que ir varias veces a firmar y a responder preguntas. Me quedaron cicatrices en las muñecas y el tobillo tardó en quedar bien.

19:40 Me cambié de zona porque me daba miedo toparme a alguien relacionado con esa casa. La tía y la anciana quedaron detenidas desde esa noche. La joven, que según era mi novia, también quedó detenida porque me llevó, guardó mis cosas y participó en el encierro. Al final hubo sentencia. Esa familia de brujas dejó de estar en la calle. y yo nunca volví a verlas. Desde entonces ya no soy tan confiado con las personas, y tardo mucho en conseguir pareja por el mismo miedo. Y cuando me dicen que vaya a conocer a su familia, se me llena el cuerpo y la mente de miedo, por temor de que me toque otra familia de brujas.