Dec. 15, 2025

Las Ancianas Que Bajaban Del Cerro: Brujas En El Rancho - Historias De Terror - REDE

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0:05 Vivo en un pueblo pequeño, rodeado de cerros y caminos de tierra, donde la mayoría se conoce y cualquier cambio se nota rápido. No es un lugar donde pasen cosas fuera de lo común, por eso cualquier detalle distinto se vuelve tema de conversación. Desde hace tiempo comenzaron a verse ancianas que no eran del lugar. No llegaron juntas ni el mismo día, pero con el paso de las semanas se volvió común verlas caminando por los mismos caminos, casi siempre en grupos pequeños, dos o tres como mucho. No preguntaban por nadie ni parecían buscar algo, simplemente caminaban. Eran mujeres muy viejas, encorvadas, con la espalda doblada hacia adelante, el cabello largo y descuidado, completamente canoso en algunas, oscuro en otras, pero siempre sucio. Tenían las uñas largas, gruesas y amarillentas, tanto que desde lejos se alcanzaban a notar cuando movían las manos al caminar. Lo que más llamaba la atención era su sonrisa. Sonreían sin motivo claro, mostrando los dientes, incluso cuando nadie les hablaba. Al principio nadie les dio importancia. En el pueblo siempre pasa gente de fuera y se asume que se va. Hay personas que cruzan para llegar a otros lugares, o que se quedan unos días y siguen su camino. Con ellas se pensó lo mismo, pero ellas no se fueron. Pasaron los días

1:36 y seguían ahí. Se les empezó a ver más seguido cerca del cerro. caminando por los alrededores de los corrales, deteniéndose a observar a los animales. No pedían agua ni comida, no entraban a las casas, solo pasaban de largo. Poco después comenzaron a aparecer animales muertos. Al principio fueron gallinas. Las encontraban abiertas del pecho, tiradas cerca de los corrales. Luego aparecieron perros, algunos todavía con vida, pero con heridas largas y profundas en el lomo y en el cuello. no parecían mordidas de otros animales. Eran cortes, hechos con algo filoso. Yo vi uno de esos cuerpos, estaba rígido, con la piel abierta de forma limpia, como si alguien hubiera pasado algo afilado con fuerza. Desde ese momento supe que algo no cuadraba, aunque todavía nadie lo decía en voz alta. Los animales seguían apareciendo en distintos puntos, no siempre en el mismo lugar. pero siempre cerca del cerro o de los caminos por donde caminaban las ancianas. Aún así, nadie las señaló directamente. Algunos decían que podían ser personas de fuera, otros que quizá eran animales salvajes. Las ancianas seguían pasando por las calles del pueblo con la misma calma, sonriendo, como si no hubiera pasado nada. En esos mismos días empezaron a verse luces en el cerro. La primera vez

3:07 pensé que era fuego de alguien que había subido, pero no era así. Eran bolas de fuego, redondas, bien definidas, de un color anaranjado intenso. No titilaban como una fogata. Subían, bajaban y a veces se quedaban quietas en el aire antes de apagarse. No explotaban ni hacían ruido. Simplemente aparecían y desaparecían. Las vi más de una vez y no fui el único. pues varias personas del pueblo las vieron desde distintos puntos. Las luces no bajaban al pueblo ni se acercaban a las casas. Siempre se quedaban en el cerro, como si marcaran un lugar específico. A veces aparecía una sola, otras veces eran dos, pero nunca fueron muchas. Las ancianas seguían caminando con tranquilidad, incluso cuando las luces estaban visibles.

4:02 No miraban hacia el cerro cuando aparecían y no mostraban sorpresa ni reacción alguna. Con el paso de los días, los animales muertos comenzaron a aparecer más cerca de las casas, ya no solo en los corrales de la orilla, sino dentro del pueblo. Una mañana apareció un perro muerto frente a una casa, tirado a un lado del camino. Tenía el cuello abierto y marcas profundas en el costado. La gente empezó a cerrar las puertas más temprano y ya no dejaban a los animales sueltos por la noche. Yo empecé a fijarme más en las ancianas. Antes solo las veía pasar, pero ahora las observaba. Noté que siempre caminaban despacio, pero nunca parecían cansadas. Nunca se apoyaban en nada. Sus pasos eran firmes y cuando alguien se cruzaba en su camino, no se hacían a un lado. Pasaban rozando a las personas, sonriendo, mostrando los dientes. Una tarde, mientras caminaba por una de las calles de tierra, me crucé con dos de ellas.

5:05 Venían de frente. Al pasar junto a mí, una giró un poco la cabeza y me miró directo. Sus ojos estaban bien abiertos, su sonrisa era amplia, y pude ver sus uñas de cerca. Eran más largas de lo que pensé. No me dijo nada y no hizo ningún gesto más, solo siguió caminando. Esa misma tarde volvieron a verse las bolas de fuego en el cerro. Estuvieron ahí más tiempo de lo normal, suspendidas e inmóviles. Nadie subió a ver qué era, nadie se acercó. El cerro empezó a quedarse vacío, los caminos que llevaban hacia arriba dejaron de usarse. Pero aún así, las ancianas seguían bajando al pueblo todos los días, caminando por las mismas calles, con la misma calma, como si el pueblo fuera suyo, y como si supieran que nadie iba a detenerlas. Con el paso del tiempo, los ataques dejaron de ser solo a animales. El primer caso fue un vecino que apareció herido cerca del camino que sube al cerro. Llegó caminando como pudo, con la ropa rasgada y manchas de sangre secas en los brazos. Tenía cortes largos en los antebrazos y en la espalda. No eran heridas pequeñas, eran profundas y estaban hechas en la misma dirección, como si alguien hubiera pasado algo filoso con fuerza.

6:30 Alcanzó a decir que habían sido las viejas, que se le habían acercado riéndose y que cuando intentó apartarse lo atacaron con las uñas. Dijo que no gritaban, que solo se reían mientras lo lastimaban. Yo lo vi después sentado en una silla frente a su casa, vendado de forma improvisada. Estaba débil y pálido. Apenas podía mantener los ojos abiertos, pero nadie discutió lo que dijo. Sus heridas no parecían producto de una pelea normal ni de una caída, pues eran demasiado limpias y profundas. A partir de ese día, el ambiente en el pueblo cambió. La gente empezó a hablar en voz baja. Las puertas se cerraban más temprano y las personas dejaron de salir por la noche. Desde entonces empecé a poner más atención en las ancianas. Ya no solo las veía de lejos, como algo que estaba ahí sin importancia. Empecé a observarlas con más cuidado. Algunas se acercaban demasiado cuando alguien pasaba junto a ellas. Se detenían, giraban un poco el cuerpo y sonreían. No pedía nada, no decía nada, solo se quedaban mirando. Una de ellas me sostuvo la mirada durante varios segundos, tenía los ojos abiertos de más y la sonrisa fija sin mover un solo músculo. No parecía confundida ni enferma, parecía segura, como si supiera exactamente lo que estaba haciendo. Sus uñas eran

8:01 tan largas que se doblaban un poco al caminar y raspaban la tela de su ropa. Las bolas de fuego comenzaron a verse más seguido. No todas las noches, pero aparecían con más frecuencia que antes. A veces coincidían con la presencia de las ancianas cerca del cerro. Otras veces aparecían después de que alguien salía herido. No rodeaban el pueblo ni causaban daños directos, pero estaban ahí, visibles y suspendidas en el aire. No se movían rápido y no se apagaban de golpe. simplemente se quedaban flotando durante varios minutos antes de desaparecer. Nadie subía al cerro ya. Los caminos quedaron casi vacíos, pues incluso de día la gente evitaba pasar por ahí. Conforme pasaron los días, los encuentros con las ancianas se volvieron más tensos. Ya no caminaban solo por la orilla del pueblo, pasaban por las calles centrales cerca de las casas. A veces se detenían frente a una puerta cerrada. y se quedaban ahí unos segundos antes de seguir. No tocaban y solo se quedaban paradas sonriendo.

9:09 La verdad, la gente prefería no asomarse. Una tarde vi a una de ellas de cerca. Estaba parada junto a un corral vacío. Observaba el interior como si esperara algo, pero cuando me acerqué un poco más, giró lentamente la cabeza. Su sonrisa era amplia, Pude ver bien sus dientes y el brillo en sus ojos, y sus uñas estaban manchadas de algo oscuro. No me habló, dio un paso hacia mí y luego otro. Retrocedí sin decir nada. Ella se quedó quieta y después siguió caminando como si nada. Días después apareció un cuerpo. Era de una persona del pueblo.

9:52 Lo encontraron cerca del cerro, en un punto donde antes solían pasar animales. Las heridas eran claras, profundas, de algo filoso, como garras o uñas largas. Había cortes en el pecho, en el cuello y en los brazos. No había señales de defensa y no parecía que hubiera intentado correr. Cuando vi el cuerpo, sentí un nudo en el estómago. Ya no quedaba duda de nada. No eran accidentes ni animales. Alguien estaba atacando a la gente. Esa noche, varias personas se reunieron. Pero no fue una reunión organizada ni tranquila. La gente llegó por su cuenta con la cara tensa.

10:34 Nadie hablaba fuerte. No se discutía si las ancianas eran responsables, pues eso ya estaba claro. Se habló del cerro, de las luces y de los ataques. Alguien dijo que no se podía seguir esperando. Y otro dijo que tarde o temprano alguien más iba a aparecer muerto. A partir de eso, varios decidieron que había que subir al cerro. No se habló de cómo, ni de cuándo con exactitud, y no hubo un plan detallado. Solo fue una decisión tomada por cansancio y miedo. Yo escuché todo sin decir mucho, pues sabía que tarde o temprano iba a pasar. Las ancianas seguían caminando por el pueblo con la misma tranquilidad. Las bolas de fuego seguían apareciendo en el cerro. Y ahora ya había un muerto. Esa noche me costó dormir. Desde mi casa se alcanzaba a ver una de las luces suspendida en el cerro. No se movía, y pensé en las sonrisas, en las uñas, en las heridas del vecino y en el cuerpo que habían encontrado. Tenía claro que lo que venía después no iba a ser sencillo y que ya no había forma de evitarlo. No fue una decisión tranquila ni bien pensada. Fue reacción al miedo y al coraje acumulado durante días. Después del cuerpo encontrado cerca del cerro, nadie habló de esperar más. Subimos varios hombres del pueblo, algunos armados con lo que tenían a la mano.

12:04 No hubo discursos ni promesas. Cada quien sabía por qué iba. Yo iba con ellos y caminamos por el sendero que siempre usamos para subir con animales o cortar leña. Esa noche el camino era el mismo, pero se sentía distinto, más pesado. Avanzamos en silencio, Cuidando no hace ruido innecesario. Conforme subíamos, apareció la primera bola de fuego. Estaba suspendida a cierta altura, iluminando apenas el terreno. No se movía rápido y no reaccionó a nuestra presencia. Seguimos avanzando y apareció otra más adelante. La luz anaranjada hacía visibles las piedras y los árboles. Pero nadie dijo nada y continuamos hasta llegar a una parte más abierta del cerro. donde el terreno se aplana un poco, y ahí las vimos.

12:57 Las ancianas estaban juntas, no se escondían ni intentaban huir. Estaban paradas mirándonos, sonriendo como siempre. Sus cuerpos encorvados no parecían débiles. Sus manos colgaban a los lados y las uñas se distinguían con claridad bajo la luz. Nadie habló durante varios segundos, y ellas tampoco. Solo nos observaban, pero sus sonrisas no cambiaron. Cuando se acercaron lo hicieron rápido, mucho más rápido de lo que parecía posible por su edad. No caminaron, ellas corrieron y atacaban directo con las manos, arañando con las uñas. No intentaban empujar primero, ellas iban directo a cortar. Y se reían mientras lo hacían. No gritaban, solo se reían. Y esa risa fue lo que más me impactó. No era nerviosa ni descontrolada. Era constante y demoníaca.

13:51 Todo se volvió desordenado. Gritos, caídas y golpes contra el suelo. Sentí el primer corte en el brazo y luego otro en el costado. El dolor fue inmediato. Caí al suelo por el impacto y me quedé sin aire. Desde ahí, vi cómo algunos retrocedían y otros intentaban ayudar a los que caían. Las ancianas se movían rápido entre nosotros, pero no parecían cansarse ni perder la coordinación. Eso sí me sorprendió, y sentí miedo por enfrentarnos a algo desconocido. Intenté incorporarme y sentí un dolor fuerte en la pierna. Me arrastré hacia atrás usando los brazos. La tierra estaba húmeda y resbalosa.

14:32 Vi como una de las ancianas cayó al suelo después de recibir un golpe fuerte. No se levantó. Su cuerpo quedó torcido, con la boca abierta y los ojos fijos. Nadie la remató, pero no hizo falta. Otra cayó poco después, golpeada en el pecho, y tampoco se movió. Sus cuerpos no desaparecieron ni se transformaron. Quedaron ahí, inmóviles, como cualquier otro cuerpo. Las que quedaron comenzaron a retroceder. No corrieron de inmediato. Dieron pasos lentos hacia atrás, sin dejar de sonreír. Hasta que se internaron entre los árboles y las piedras del cerro. Pero no las seguimos. En eso, las bolas de fuego comenzaron a apagarse una por una. No explotaron ni hicieron ruido. Simplemente se desvanecieron hasta que quedó solo la oscuridad. El silencio que quedó después fue pesado. Solo se escuchaban gemidos y respiraciones agitadas. Algunos hombres no se movían, otros estaban sentados en el suelo sosteniéndose las heridas. Me quedé ahí unos minutos tratando de recuperar el aliento. Sentía la sangre correr por el costado y el brazo. Dos hombres se acercaron y me ayudaron a levantarme. Bajamos despacio, cuidando a los heridos. Regresé al pueblo ya de madrugada.

15:53 me recostaron en una cama y me limpiaron las heridas como pudieron algunos no regresaron y nadie habló mucho de ellos ese día pues no había fuerzas para hacerlo pasaron los días y las ancianas no volvieron a verse no aparecieron más por los caminos ni por las calles del pueblo y las bolas de fuego no volvieron a verse en el cerro el cerro quedó vacío y nadie volvió a subir Los caminos se fueron cerrando solos, y con el tiempo la gente empezó a caminar otra vez por el pueblo, pero el cerro quedó apartado. Los animales dejaron de aparecer muertos. Aún así, nadie se acercaba al cerro sin necesidad. Mis heridas cerraron con el paso de las semanas, pero las cicatrices quedaron. Algunas duelen cuando cambia el clima, otras solo están ahí, visibles. Cuando recuerdo esa noche, las sonrisas y las uñas vuelven a mi cabeza con claridad.

16:54 No fueron historias exageradas ni malentendidos. No fueron animales ni accidentes. Fueron ancianas que atacaron al pueblo, caminaron por nuestras calles, mataron animales y personas y dejaron marcas que no se borran. Yo sigo viviendo aquí y el pueblo sigue en pie, pero nadie volvió a mirar el cerro de la misma forma. Con el paso de los meses, el pueblo volvió poco a poco a su ritmo habitual, aunque nunca del todo. La gente regresó a los caminos conocidos, pero siempre evitando el cerro. Nadie puso cercas ni avisos, pero no hizo falta, pues el lugar quedó marcado sin necesidad de palabras. Los niños crecieron escuchando versiones incompletas, historias cortadas que los adultos no terminaban de contar. Yo seguí con mi vida. volví al trabajo y a las tareas diarias algunas noches despertaba con el recuerdo de las risas y los cortes pero con el tiempo aprendí a seguir adelante las cicatrices se quedaron como prueba de lo ocurrido no intenté ocultarlas pero tampoco las mostré con orgullo solo estaban ahí nunca volvimos a encontrar rastros de las ancianas y como no hubo denuncias ni búsquedas el pueblo se cerró sobre lo ocurrido y siguió adelante A veces, cuando paso cerca del cerro y el viento sopla desde arriba, recuerdo las sonrisas y las uñas, y sigo caminando sin voltear. No porque tenga miedo, sino porque sé que algunas cosas no necesitan ser revisadas

18:27 otra vez. Vivo en una casa rentada desde hace un tiempo. y la dueña es una mujer muy mayor que habita la casa contigua. Desde el inicio noté que observaba con atención constante, no saludaba ni entablaba conversación, y pasaba gran parte del día sentada cerca de la entrada, casi siempre inmóvil, con la vista fija hacia la calle o hacia mi puerta. Nunca la vi recibir visitas, siempre estaba acompañada por varios gatos, que entraban y salían de su casa sin restricción alguna.

19:10 Cruzaban el patio, se subían a las bardas y se quedaban quietos durante largos periodos, como si esperaran algo. Su casa permanecía cerrada casi todo el tiempo, con las ventanas cubiertas y la puerta apenas entreabierta, lo suficiente para que los animales entraran y salieran. Desde ahí salía un olor permanente que no correspondía a basura ni a humedad. Era un olor pesado que se quedaba suspendido en el aire. y que el viento arrastraba hasta mi entrada sin desaparecer del todo. Con el paso de los días comencé a notar ruidos dentro de su casa, durante la noche. No eran ruidos constantes, sino intermitentes, pasos lentos que se desplazaban de un cuarto a otro, golpes secos contra las paredes y maullidos prolongados que no sonaban normales, como si los animales se quejaran o respondieran a algo que no podía ver.

20:06 Algunas noches, al mirar hacia su casa, veía luces moverse detrás de las ventanas cubiertas. No iluminaban hacia afuera ni se proyectaban como focos comunes, solo cambiaban de intensidad y se desplazaban lentamente, como si alguien caminara con una luz en la mano o como si algo se moviera adentro sin una fuente clara. No seguían un patrón fijo y no coincidían con horarios específicos. Aparecían y desaparecían sin aviso. Conforme pasaron las semanas, los gatos comenzaron a comportarse de forma distinta. Dejaron de merodear solo su casa y empezaron a reunirse frente a la mía. Se sentaban en fila o se acomodaban cerca de la puerta, mirando directamente hacia el interior, durante largos periodos. No maullaban ni se peleaban, simplemente observaban. Al abrir la puerta se dispersaban con rapidez, pero regresaban poco después, ocupando casi el mismo lugar. Algunas veces los encontré sobre el techo o caminando por el borde de las ventanas, dejando huellas visibles en el polvo.

21:14 No era una presencia aislada, era constante y repetida, y empezó a incomodarme porque no respondía a un comportamiento normal de animales callejeros. Después aparecieron las primeras marcas en mis ventanas. Eran rasguños largos, hechos con algo duro y delgado. que no rompían el vidrio pero quedaban visibles a la luz del día. Al principio pensé que podían ser ramas o algún animal, pero las marcas se repetían en distintos puntos y no seguían una dirección aleatoria. Aparecieron también en la puerta y en las paredes cercanas, siempre a una altura similar.

21:54 Cada mañana encontraba nuevas líneas, algunas más profundas que otras. como si alguien pasara algo afilado con cuidado y sin prisa. No había restos alrededor ni señales de forcejeo, solo las marcas limpias y bien definidas. Al mismo tiempo, el olor comenzó a intensificarse dentro de mi casa. No provenía de ningún objeto ni de la cocina, simplemente estaba ahí, sobre todo en las habitaciones más cercanas a la pared que compartía con la casa de la dueña. Ventilar no ayudaba. pues el olor entraba y se quedaba. Me provocaba dificultad para dormir y una sensación constante de incomodidad física, como presión en el pecho, aunque podía seguir con mis actividades diarias.

22:42 Empecé a revisar cerraduras y ventanas cada noche, no por miedo inmediato, sino por una sensación práctica de que algo estaba cambiando alrededor de mi casa. Una noche escuché pasos cerca de mis ventanas, no venían de adentro, sino del exterior. Eran lentos y arrastrados, se detenían y continuaban, como si alguien rodeara la casa sin intención de entrar. Me acerqué con cuidado y miré hacia afuera. Vi a la anciana de pie frente a una de las ventanas, erguida con una postura firme que no correspondía a su edad. Tenía las manos apoyadas sobre el vidrio y levantó la cara lentamente hasta quedar mirando hacia adentro. Luego sonrió. No fue una sonrisa exagerada ni acompañada de gestos. Fue amplia y sostenida, sin cambiar de expresión. Luego pasó las uñas por el vidrio, despacio, produciendo un sonido agudo y continuo sin intentar romperlo. No gritó ni dijo palabra alguna. Se limitó a rasgar el vidrio varias veces, siempre con el mismo movimiento, y después se retiró caminando con calma hacia su casa. Permanecí inmóvil durante varios minutos, escuchando como sus pasos se alejaban. Esa noche no dormí. Los gatos se quedaron alrededor de la casa hasta el amanecer, y los ruidos no regresaron. pero el olor se mantuvo. Al revisar las ventanas, vi que las marcas eran más profundas que las anteriores y que

24:14 estaban concentradas justo donde ella había apoyado las manos. A partir de ese momento, entendí que lo que ocurría en la casa de al lado ya no estaba contenido ahí. Mi casa había sido incluida de forma directa y deliberada. No se trataba de coincidencias ni de ruidos aislados. Algo había cambiado en la relación entre ambas casas, y la situación ya no se limitaba a observar ni a escuchar desde la distancia. Esa certeza práctica se quedó conmigo y marcó el inicio de lo que vendría después. Los ruidos dejaron de concentrarse únicamente en la casa de al lado y comenzaron a rodear la mía de forma clara. Ya no venían solo de una dirección, se escuchaban detrás de las paredes cerca del techo y alrededor del patio los rasguños aparecían casi todas las noches primero en las ventanas y después en la puerta y en las paredes cercanas siempre a la misma altura no eran golpes ni intentos de entrada eran líneas precisas que se repetían con constancia cada mañana encontraba nuevas marcas y las anteriores se veían más profundas como si hubieran sido repasadas Una noche volví a ver la parada frente a una de mis ventanas.

25:33 La anciana estaba completamente erguida, con una postura recta y firme, que no correspondía a su edad ni a su cuerpo. Permaneció inmóvil durante varios segundos y luego levantó la cara hasta quedar mirándome a través del vidrio. Luego sonrió de una forma sostenida que no correspondía a ninguna interacción normal. No movió los labios ni cambió la expresión, solo mantuvo la sonrisa fija. Después apoyó las uñas sobre el vidrio y comenzó a rasgarlo sin intentar romperlo. El sonido fue constante y metódico. Un chirrido largo que se repetía una y otra vez, como si marcara territorio con calma. No dijo nada ni mostró prisa. rasgó el vidrio durante varios minutos y luego se retiró caminando despacio hacia su casa no la seguí ni intenté hablarle permanecí dentro escuchando como sus pasos se alejaban y como los gatos comenzaban a moverse alrededor de mi casa esa noche el olor dentro se intensificó y era el mismo que salía de su casa ahora presente en todas las habitaciones incluso en las que no daban hacia la pared compartida Ventilar no ayudó.

26:47 El olor entró y se quedó, pesado y persistente, provocando dificultad para dormir y una presión continua en el pecho, que no desapareció con el paso de las horas. Con el paso de los días, los gatos comenzaron a aparecer dentro del patio, aunque permaneciera cerrado. Los encontraba caminando cerca de la puerta, subidos a las bardas o sentados frente a las ventanas, mirando hacia adentro, con la misma quietud de siempre. En varias ocasiones encontré restos de animales pequeños cerca de la entrada, pedazos dispersos que no correspondían a ningún ataque común. No había sangre regada ni señales de pelea, solo restos colocados cerca del umbral, como si alguien los dejara ahí, de forma deliberada. El acoso se volvió diario y evidente. Ya no se trataba de ruidos lejanos ni de coincidencias aisladas. Todo ocurría alrededor repetición. Las marcas aparecían, el olor se intensificaba, los gatos se concentraban en mi casa y la anciana se presentaba, cuando la situación parecía calmarse como si comprobara que yo seguía ahí. Empecé a vivir con el cuerpo en tensión constante, pues dormía poco y mal. Revisaba las puertas y ventanas varias veces por noche, no por miedo inmediato, sino por una necesidad práctica de confirmar que seguían cerradas. Durante el día, la anciana continuaba

28:18 sentada frente a su casa, observando. No parecía afectada por nada de lo que ocurría por la noche. Su expresión era neutra, pero cuando cruzábamos miradas, mantenía los ojos fijos más tiempo del normal. No hubo discusión ni confrontación. Todo se sostuvo en silencio. La gente del rumbo evitaba acercarse a su casa y nadie parecía notar lo que ocurría o prefería no hacerlo. Yo seguía con mis actividades diarias, pero cada acción se veía atravesada por la expectativa de lo que ocurriría al caer la noche. Una madrugada desperté con el sonido de uñas recorriendo la pared exterior, no la ventana, la pared misma. El sonido se movía de un extremo a otro, lento y constante. No hubo golpes ni intentos de entrar, solo el recorrido persistente. Me quedé quieto escuchando hasta que el sonido se detuvo. Cuando amaneció encontré nuevas marcas en el revoque, líneas largas y paralelas que no estaban ahí el día anterior. Esa mañana sentí el cansancio acumulado de varios días sin descanso real y entendí que la situación ya me estaba afectando físicamente. Esa misma tarde encontré a uno de los gatos dentro de la casa. La puerta estaba cerrada. No escuché ruidos ni golpes.

29:42 El animal estaba quieto, sentado cerca de la pared que daba a la casa de la anciana. Al verme, se levantó y salió por el patio sin correr. Revisé todo y no encontré una entrada clara. Pero el olor volvió a intensificarse esa noche, y el sonido de pasos regresó, ahora dentro del patio, rodeando la casa. En ese punto, dejé de esperar que la situación se resolviera sola. No se había detenido ni disminuido. Al contrario, cada día se volvía más cercana y más directa. No estaba enfrentando algo que pudiera ignorar, ni manejar con simples precauciones. El desgaste se acumulaba y la presión constante en el cuerpo no desaparecía.

30:27 Recordé entonces a una mujer del rumbo, de la que se decía que ayudaba en casos como este. Decían que era bruja, otros curandera. La verdad no sabía cómo decirle, pero me acordé de ella. Esa noche, mientras escuchaba nuevamente los ruidos alrededor de la casa, tomé la decisión definitiva de ir a buscarla al día siguiente. Al día siguiente salí temprano y fui a buscar a la mujer de la que había escuchado hablar. Vivía en una casa sencilla, en una calle poco transitada, lejos del lugar donde rentaba. No había símbolos visibles ni objetos llamativos en la entrada.

31:08 Me recibió con calma y me dejó pasar sin hacer preguntas innecesarias. Me senté frente a ella y le conté todo desde el principio, como era la dueña de la casa contigua. Los ruidos, los olores, las marcas y la forma en que comenzó a acercarse. Escuchó sin interrumpir, hizo preguntas concretas y no mostró sorpresa ni duda en ningún momento. Cuando terminé, me dijo que el problema no estaba en mi casa, sino en lo que fue llamado desde la otra. Me explicó que había formas simples de cerrar ese tipo de situaciones, cuando todavía no se habían extendido más allá del lugar donde empezaron. Me indicó preparar un líquido usando ingredientes comunes, fáciles de conseguir, y me explicó con claridad cómo mezclarlos y para qué servía cada uno. No los nombró como objetos especiales, ni les dio un significado simbólico.

32:03 Solo me dijo cómo funcionaban juntos. Me explicó en dónde debía colocar el líquido dentro de la casa y en qué puntos no podía faltar. Antes de despedirme, me advirtió que el paso final requería sangre mía, poca pero necesaria para cerrar el proceso. La verdad me dio miedo y se me hizo extraño. Pero si una poca de sangre era el costo por dormir bien y deshacerme de esa bruja, tomaría la decisión de hacerlo, así que acepté sin discutir. Regresé a mi casa con todo lo necesario y seguí las instrucciones exactamente como me fueron dadas. Preparé el líquido con cuidado, evitando cambiar cantidades o pasos. Usé una bolsa pequeña para guardar lo que sobró. Recorrí la casa colocando el líquido en los puntos indicados y siempre atento a no omitir ninguno. Cuando llegó el momento, mezclé la sangre como me fue señalado. Fue poca cantidad, suficiente para cumplir con el cierre. No sentí mareo ni dolor prolongado, solo una molestia breve que desapareció rápido. Esa noche el ambiente se sintió distinto desde temprano. No escuché los ruidos habituales ni percibí movimiento de gatos alrededor de la casa. El olor seguía presente pero más débil, como si estuviera perdiendo fuerza.

33:30 Me mantuve despierto, atento, esperando. Ya no sentía la misma presión constante en el pecho, pero no bajé la guardia. Cerca de la medianoche escuché pasos afuera. Eran lentos y arrastrados, iguales a otras noches, así que me acerqué a una ventana y la vi. La anciana estaba de pie frente a la casa, pero no se acercó como antes. Se detuvo justo en el límite del terreno, sin cruzarlo. Su postura seguía siendo firme, pero su expresión era distinta. Ya no sonreía, su cara se veía tensa y sus ojos recorrían la casa, como si midiera cada punto. Levantó las manos y permaneció ahí durante un largo rato, inmóvil, como si esperara una respuesta que no llegó. No aparecieron los gatos, no hubo luces en su casa ni ruidos detrás de ella, y después de un tiempo bajó las manos, dio media vuelta y se retiró caminando despacio hacia su casa. No volvió esa noche, tampoco hubo ruidos posteriores ni nuevas marcas.

34:38 Permanecí despierto hasta el amanecer, atento a cualquier cambio. Cuando salió el sol, revisé la casa. Todo estaba en su lugar. Las marcas antiguas seguían visibles, pero no había líneas recientes y el olor casi había desaparecido. Miré hacia la casa contigua y noté que la puerta estaba cerrada por completo. Las ventanas seguían cubiertas, pero no se percibía movimiento alguno. Pasó el día y nadie entró ni salió. y los gatos no aparecieron. Pregunté de forma discreta a algunos vecinos, y nadie la había visto desde la noche anterior. Al día siguiente, la situación se repitió. La casa seguía cerrada, sin ruidos, sin luces y sin olor. Los días pasaron y la ausencia se volvió definitiva. Con el paso del tiempo, recuperé el descanso. Dormía sin interrupciones y los ruidos no regresaron.

35:35 El patio permaneció vacío y los animales no volvieron a aparecer. Las marcas en ventanas y paredes siguieron ahí como prueba de lo ocurrido, pero no se repitieron ni se extendieron. No hubo nuevas señales ni intentos de acercamiento, y la casa volvió a sentirse como un espacio propio, sin vigilancia ni presión constante. No regresé con la mujer que me ayudó, ni busqué explicaciones adicionales, Lo que tenía que hacerse ya se había hecho y el resultado era claro. La situación terminó de forma concreta y sin consecuencias posteriores. No hubo enfrentamientos ni despedidas. La anciana simplemente desapareció del lugar y con ella se fue todo lo que había traído consigo.

36:23 Sigo viviendo en la misma casa. La experiencia no se repitió ni se transformó en otra cosa. No hubo fenómenos activos ni advertencias pendientes. Lo ocurrido quedó atrás, limitado a ese periodo específico. Desde entonces, la casa de al lado permanece cerrada y en silencio, y mi vida continúa sin volver a cruzarse con algo parecido. Con el paso de las semanas, empecé a notar cambios más claros en mi rutina. La sensación de vigilancia desapareció por completo, y pude moverme dentro de la casa sin esa necesidad constante de estar atento a los ruidos exteriores. Las noches volvieron a ser silenciosas de una forma normal, sin pasos, sin rasguños y sin movimientos alrededor del patio. El olor terminó por desaparecer del todo, primero en las habitaciones y después en los espacios cercanos a la pared que compartía con la otra casa.

37:22 Ventilaba por costumbre, pero ya no era necesario. Un día decidí acercarme a la casa contigua con más calma. La observé desde fuera durante varios minutos. Seguía cerrada, sin señales de que alguien hubiera regresado. La maleza empezó a crecer cerca de la entrada y los restos de comida que antes aparecían para los gatos ya no estaban. Nadie preguntó por la anciana ni mencionó su nombre. Para los vecinos simplemente dejó de vivir ahí. No hubo rumores ni explicaciones largas, solo su ausencia. Con el tiempo, mandé a reparar algunas de las ventanas marcadas. No todas. Dejé un par de líneas visibles como recordatorio de lo ocurrido. No por miedo, sino por claridad. Necesitaba saber que eso tuvo un inicio y un final. No volví a experimentar nada parecido después.

38:18 No hubo sueños recurrentes, ni recuerdos que interfirieran con mi vida diaria. Lo que pasó se quedó limitado a ese periodo y no se extendió más allá. Sigo viviendo en la misma casa, sin volver a cruzarme con algo similar. La situación no se repitió ni cambió de forma. Fue un problema concreto, tratado de forma directa y resuelto sin consecuencias posteriores. Desde entonces entendí que algunas cosas no necesitan explicación extensa, solo una acción correcta en el momento adecuado, y así quedó. Nací, crecí y aún vivo en una pequeña ranchería de San Luis Potosí, donde parece que se ha detenido el tiempo. Nunca me llamó la atención mudarme a la ciudad como muchos lo hacían, como lo siguen haciendo.

39:18 El rancho es mi vida y aquí me han de enterrar. Por mi condición humilde nunca aprendí a leer ni a escribir. Por lo mismo me dediqué a trabajar. Desde los cinco años ayudaba en la casa. Sé cocinar. De hecho, soy cocinera. Cuando hay alguna fiesta, me piden que prepare el mole, el arroz y la barbacoa. Sé trabajar la tierra porque ya desde los ocho años andaba en la siembra. Pero, sobre todo, una cosa, sé rezar. Eso lo aprendí de mi madre. Ella era la rezandera no solo de nuestro rancho. La mandaban llamar de otras partes para que rezara el rosario, especialmente cuando había un difunto. Quizá cualquiera lo podía hacer.

40:01 Pero no solo se trataba de rezar por rezar, no era una costumbre o una tradición. Era una ayuda, una necesidad para que el espíritu del muerto no se quedara atrapado en este mundo. También era muy importante realizar bien el novenario, para conseguir el eterno descanso de los seres queridos, sobre todo los que habían tenido una muerte violenta o habían sido malas personas. Se tenía que conseguir el perdón por medio de los rezos. Siendo niña y a través de mi madre entendí el poder de la oración. Mi mamá tampoco sabía leer. Mi abuela, como había sido curandera y rezandera, le había enseñado a rezar, a levantar la sombra, a recuperar el alma después de un susto y muchas cosas así, que solo una buena rezandera podía hacer, sobre todo en esos tiempos. Cuando era muy niña no entendía qué era todo eso. Hasta los nueve años comencé a ponerle atención a lo que hacía mi mamá. Cuando la mandaban llamar para rezarle a una persona, primero preguntaba el motivo de la muerte. Después se lavaba muy bien las manos y se recogía el cabello. Se ponía a decir algunas oraciones mientras se vestía de negro. Agarraba su rosario con cuentas de madera. Luego salíamos deprisa, aunque a mí me dejaba encargada con una comadre suya. Tendría tal vez diez años cuando empecé a acompañar a mi mamá a rezarle a los muertos. Era todo un ritual y debería

41:31 seguir siendo así. Quizá para esto se debe de tener un don. Si es así, yo lo tenía, porque miraba cosas que los demás no podían ver, ni siquiera mi mamá. Una mañana nos llegó un rumor. Se sabía que en uno de los muchos ranchos había una persona embrujada. Se encontraba muy enferma y nadie sabía lo que tenía, o al menos eso era lo que decían los familiares. Sabíamos que pronto le hablarían a mi mamá. No le gustaban ese tipo de difuntos porque podían tener la cosa mala. Por eso hacía todo por evitarlos, solo que a veces era imposible. Me acuerdo que días después fue la primera vez que acompañé a mi mamá. Fuimos a rezarle a una señora de ese rancho vecino. Lo tengo bien grabado.

42:19 Fueron a pedirle el favor. Aunque se acostumbraban tres días de velación, solo sería esa noche porque el cuerpo de la señora, según los propios familiares, ya olía muy mal. Mi mamá, sospechando que pudiera ser la embrujada, les preguntó cuál era el motivo de la muerte. Para saber qué clase de rezos añadir, Las personas no le supieron dar razón, alegando que no había ido con ningún médico. Después de pensarlo un poco, les dijo que iría. No quería que yo la acompañara solo, que ya me lo había prometido. Serían como las ocho de la noche cuando salimos. Caminamos por una vereda que cortaba el monte. Lo hicimos como por veinte minutos. Mi mamá se notaba muy nerviosa. Por lo mismo, todo el tiempo fuimos en silencio. Yo, al contrario de ella, tenía emoción de acompañarla por primera vez.

43:11 Supe que ya íbamos a llegar al velorio porque, a lo lejos, allá entre la oscuridad, se escuchaba el llanto de las mujeres. Cuando llegamos, unos hombres que se encontraban tomando frente a una fogata, saludaron y nos hicieron pasar a un cuarto apenas alumbrado con una lámpara de petróleo. Esto lo digo con todo respeto. El olor a muerto era evidente. No se podía identificar a las personas porque vestían de negro. Sobre todo las mujeres que iban a rezar. Además traían puesto un velo sobre la cara. Tal vez los familiares de la difunta eran muy humildes porque el cuerpo no estaba en una caja. Se encontraba sobre una mesa.

43:52 Solamente tenía dos veladoras al lado de los pies. En el suelo, a un lado de ella, había una cruz hecha de cal. Tenía unas cuantas flores, un vaso de agua y una veladora. Por el lado de la cabeza estaba una cruz blanca. Tenía el nombre de la difunta con letras negras, bastante grandes. Las lloronas guardaron silencio y mi mamá comenzó a rezar. El ambiente era muy raro. Las personas rezaban deprisa como si ya quisieran terminar. ya que me acostumbré a la oscuridad me di cuenta que al inicio de cada misterio el cuerpo de la muerta se estremecía aunque la señora se encontraba envuelta en una sábana blanca podía ver sus movimientos yo me acuerdo que volteaba a ver a las demás mujeres para saber si también ellas la veían como se movía pero todas rezaban agachadas algunas confundidas entre la oscuridad del cuarto Durante el rosario, escuchaba un sollozo en medio de los padres nuestros y las aves marías. Me di cuenta que quien lo hacía era una señora que se encontraba a un lado de la muerta. Esa señora ni siquiera rezaba, se tapaba la cara con sus manos y lloraba. No sé por qué me llamaba tanto la atención si estábamos en un velorio.

45:10 Como a la hora se terminó el rosario, antes de despedirnos pasamos a dar el pésame a los dolidos. y para que mi mamá se pusiera de acuerdo con los familiares la hora que sería el inicio del novenario la noche siguiente. Fuimos abrazando a las personas al llegar con la señora que estaba muy junto al cuerpo de la difunta. Mi mamá se pasó de largo, yo sí me acerqué con ella para abrazarla, toqué su hombro, se quitó las manos de la cara, luego lentamente volteó a verme, pude darme cuenta de su tristeza, pero además miré que estaba demasiado pálida, sin brillo en sus ojos. Al intentar abrazarla, solo abracé el aire porque ya no estaba. sorprendida busqué para todas partes no estaba fue como si hubiera desaparecido en ese momento más que asustarme me quedé intrigada sin saber que había sucedido al voltear a ver a la mujer muerta miré que era ella esa señora entonces si me asusté en eso las mujeres comenzaron a llorar de nuevo como si se hubieran puesto de acuerdo me hice paso entre los bultos negros para estar junto a mi mamá la tomé del brazo y ya no la solté Salimos deprisa porque el olor era muy fuerte. Nos ofrecieron un café caliente con un tamal. Aunque si lo aceptamos, mi mamá les dijo que tenía prisa por retirarse. Entonces nos prestaron un jarro. Mientras todas las mujeres de negro comenzaron a salir, se nos acercó una señora, al parecer

46:41 hermana de la difunta. Le pidió de favor a mi mamá si se podía quedar a acompañar el cuerpo en lo que les daban de cenar a los asistentes. Mi mamá aceptó. Aunque no me lo dijo en ese momento, las personas cuando mueren en circunstancias extrañas no se deben quedar solos durante el velorio, porque según las creencias llega el diablo y se lleva el alma, en algunos casos e incluso hasta el cuerpo. Entramos de nuevo a ese cuarto oscuro. Ya no había nadie, pero sí una sensación de que alguien nos miraba. Mi mamá se puso a rezar en voz baja. Yo no le quitaba la vista al cuerpo de la señora, aunque me daba miedo que se volviera a mover. Después de una hora nos retiramos.

47:25 Apenas nos habíamos metido al monte, me preguntó qué me había pasado. Todavía asustada, le dije de la mujer que se había desaparecido. Algo sorprendida comentó cual mujer, porque ella no la había visto. Al contarle que esa señora resultó ser la muerta, me pidió que caminara deprisa. Mientras lo hacíamos, yo sentía que alguien venía detrás de nosotras. No me pude aguantar y volteé. A lo lejos se alcanzaba a distinguir un bulto negro que venía a toda prisa. Era la silueta de una de aquellas mujeres que se cubrían hasta la cabeza. Sentí que la sangre se fue y se me resecó la garganta. Como pude le dije a mi mamá que alguien venía. Entonces también volteó. Luego de unos segundos me aseguró que no veía a nadie. Apunté con mi dedo para decirle que ahí estaba esa mujer.

48:20 Yo la podía ver. Me agarró de la mano. Me pidió que caminara sin voltear y así lo hicimos hasta llegar a la casa. Antes de entrar, no sé por qué lo hice. Volté de nueva cuenta y ahí venía un poco más cerca de nosotros. Ni aún así pude verle la cara. Apenas logramos cerrar la puerta, mi mamá comenzó a buscar unas hierbas que siempre usaba después de rezarle a un difunto. porque era necesario barrernos para eliminar las malas energías y deshacernos del muerto si es que se nos hubiera pegado. En eso estaba cuando comenzaron a tocar la puerta. Nos quedamos en silencio, no podía imaginarme otra cosa, era esa mujer la que nos seguía. Nos barrimos deprisa con aquellas hierbas hasta que dejaron de tocar.

49:08 Esa noche me enseñé a hacer unas oraciones de liberación para que nos la hiciéramos mutuamente. Porque la difunta esa que acabábamos de visitar al parecer sí era aquella señora que había sido embrujada. Estar cerca de una persona así siempre resultaba peligroso. Esa noche no dormí bien. Me desperté varias veces porque creí oír que tocaban la puerta así como lo había hecho esa mujer. Me quedaba despierto un rato. Cuando me lograba dormir me volvía a suceder. A media mañana se presentaron de nuevo esos hombres para hacer el recordatorio del novenario. Ya por la noche no me quise quedar sola mientras mi mamá se iba a rezar el primer rosario. La verdad tenía miedo por lo que habíamos visto.

49:57 Le insistí tanto hasta que estuvo de acuerdo en que la acompañara. Antes de salir nos pusimos unos escapularios benditos. De nueva cuenta, caminamos rumbo a aquel rancho, esta vez temerosas no solo de lo que podría haber en esa casa donde se había velado a la embrujada, también por lo que nos podía salir por el camino al regresar. A manera de precaución, ahora sí nos llevamos una pequeña lámpara. Cuando llegamos a ese rancho, pensábamos que nos habíamos equivocado de horario porque no había gente, solo tres familiares. Nos pasaron al mismo cuarto donde la habían velado. Ahí donde estaba la cruz de cal, esa que servía para retener la sombra del difunto por nueve días entre nosotros, mientras su alma luchaba por ganar el cielo. Ahí adentro todavía se podía sentir una extraña sensación. Mi mamá comenzó a rezar.

50:53 Solamente estábamos nosotras dos solas porque ni los familiares nos acompañaron. Ellos se ocuparon de sus cosas. Cuando iniciamos con la señal de la cruz, La mesa donde habían puesto el cuerpo de la señora la noche anterior crujió muy fuerte. De igual manera que, durante el velorio, en cada misterio la mesa se movía, y al iniciar las letanías comenzamos a escuchar pasos sobre el techo. Tal vez era mi miedo, pero yo sentía mucho frío. Mi mamá rezaba casi sin parpadear. Yo, en cambio, no me podía concentrar. Cuando se rezó el último padre nuestro, la veladora se apagó. No nos quedamos en penumbras porque la lámpara de gas estaba prendida. Después de pronunciar el amén, todo quedó en silencio. Un silencio que daba miedo. Al salir, estaban los familiares esperándonos. Le agradecieron a mi mamá por los rezos y le dijeron que la esperaban para el segundo rosario. Yo quería que les dijera que no iba a poder. Ella solamente movió su cabeza de manera positiva. Todavía no entrábamos al monte y ya estábamos nerviosas. encendimos la lámpara luego comenzamos a rezar mientras nos íbamos introduciendo por esa vereda mi mamá decía unas oraciones especiales para ahuyentar los malos espíritus yo le contestaba con fuerte voz eso sí siempre volteando para todas partes con temor de ver aquella mujer de negro cuando nos faltaban unos 30 metros para llegar a la casa

52:25 entonces la vi era el mismo bulto negro que venía detrás de nosotros Por ir rezando no nos habíamos dado cuenta que ya la traíamos muy cerca. Casi a gritos le dije a mi mamá y corrimos. De nueva cuenta nos tocó la puerta, así o más insistente que la noche anterior, y dejó de hacerlo cuando terminábamos de barrernos con las hierbas. Parte de la noche nos la pasamos rezando, porque eso ya era para tener cuidado. Al siguiente día le pedí que ya no fuéramos a esa casa. Me contestó muy firme que la difunta nos necesitaba. No estaba bien que nos negáramos a rezarle, porque tal vez estaba luchando con el maligno. Con esa angustia se llegó la tercera noche del novenario. Muy a mi pesar fuimos la tercera, la cuarta, la quinta noche. La verdad ya se me había hecho eterno el novenario. porque en cada uno de esos rosarios que rezamos sucedieron cosas de verdad inquietantes. Escuchábamos voces y ruidos extraños. No preguntábamos por qué los familiares no entraban. Nos imaginábamos que era por miedo. Por si fuera poco, de regreso a casa siempre nos había seguido esa mujer por el monte, aunque extrañamente nunca nos había alcanzado.

53:46 Una mañana llegó una señora conocida de mamá a visitarnos. Entre pláticas salió el tema de la señora embrujada. Le dijo que uno de sus familiares, sin especificar quién le había hecho el daño para quedarse con el rancho, estaba tan infectado el cuerpo que contrataron a unas personas para que la velaran, otras para que le rezaran, y por último también para que la fueran a enterrar. al enterarnos de eso mi mamá dudaba si continuar cuando decidió que lo haría me pidió que ya no la acompañara porque cada vez se ponía más peligroso y siniestro le dije que no la iba a dejar sola la sexta noche fue diferente durante el rosario me di cuenta que esa señora apareció estaba parada en uno de los rincones por más que lo intentaba no podía saber quién era solo estaba ahí sin moverse me acuerdo que era tanto mi miedo que estaba sudando mi mamá rezó hasta terminar era evidente que ella no la miraba cuando salimos estábamos confundidos porque no se había escuchado nada más Al decirle que ahí estaba esa mujer, comenzó a dudar. Podría ser la bruja que estaba molesta porque le estábamos rezando a la señora que le había hecho un trabajo. O era la muerta y algo nos quería decir. Igual que siempre, esa mujer nos siguió por todo el camino. Solo que esta vez la escuchábamos que venía rezando el rosario. No sabíamos si lo hacía a manera de burla o con qué fin.

55:18 Entramos a la casa y ella se quedó junto a la puerta hasta que terminó de rezar. Luego no se escuchó más. Todavía nos faltaban tres rosarios más para terminar. Mi mamá me pidió que fuera fuerte porque, a pesar de todo lo que estaba sucediendo, íbamos a rezar todo el novenario. Teníamos que hacerlo. Ella sentía que era su deber. Por algo la habían mandado llamar. Los rosarios siete y ocho de verdad que estuvieron fuertes no dejaban rezar a mi mamá. En una ocasión le arrancaron el rosario de las manos cuando apenas íbamos en el segundo misterio. Así fue literalmente. De hecho, yo pude verlo. En otra, se le partió en pedazos, aún teniéndolo entre las dos manos.

56:04 Lo bueno era que se lo sabía de memoria. Por eso nunca se detenía. Seguía rezando hasta terminar. Lo más fuerte que a mí me pasó durante esos dos rosarios fue que me estiraron los cabellos. Lo hicieron hasta en dos ocasiones. Haciendo un esfuerzo, lo ignoré lo más que pude, pensando que ya estábamos a punto de lograrlo. El último rosario lo hizo durante el día, porque al terminar se levantaría la cruz de cal y se llevaría al panteón para regarla sobre la tumba. Así con la luz del sol estábamos más tranquilas. Además, por lo menos, yo estaba contenta de que ya íbamos a terminar. Llegamos al rancho y todo era diferente, creíamos que ya no se sentiría aquella presencia pero no fue así, estaba más fuerte que nunca, ni siquiera ese día estuvieron los familiares, ellos nos miraban desde la distancia. Se mostraban nerviosos. Tal vez también a ellos les surgía terminar con eso. Apenas nos persignamos para empezar, a mi mamá le vino una fuerte tos que no la dejaba hablar, sabiendo que eso no era normal. Después de unos minutos me hizo una seña para que yo rezara.

57:16 Al principio me temblaba la voz de los nervios que tenía. Luego del primer misterio, recé con más confianza. Todo el rosario, mi mamá estuvo tosiendo de una manera escandalosa. Cuando parecía que se ahogaba, volteaba a verla. Ella me decía con señas que continuara. Después de terminar el rosario, mi mamá dejó de toser. Ya más tranquila, ella continuó. Hizo todo un rito para recoger la cruz de cal porque en ella decía que iba la sombra de la difunta. Salimos de ese cuarto bastante cansadas. Los familiares le pidieron de favor que ella fuera al panteón a dejarla. porque ellos no podían sin tantas preguntas así lo hicimos de nuevo caminamos por una vereda todavía más estrecha cuando estuvimos frente a la tumba de esa mujer había una sensación extraña revisamos varias veces porque era un lugar abandonado y seco para nada era una tumba reciente estaba llena de maleza crecida y las pocas flores que tenía se encontraban secas solo que no había duda ahí estaba la cruz blanca con su nombre aquella que se encontraba en el velorio.

58:25 Mi mamá me pidió que no me distrajera y que no dejara de rezar. Mientras tanto, ella fue regando la cal sobre la tierra. Igualmente, colocamos el vaso de agua y la veladora. Casi para terminar, escuché una voz muy cerca de mi oído. Fue tan inesperado que volteé asustada, pero no había nadie. Lo recuerdo perfectamente. Una mujer me dijo, reza por mí. Cuando por fin terminamos, nos encaminamos rumbo a la salida. Desconcertada me di cuenta que, por cada tumba que pasaba, escuchaba que me pedían que rezara o que les prendiera una veladora. Pero yo no veía a nadie. Estaba temblando de miedo. En ese momento no le dije a mi mamá. Lo hice hasta que estuvimos en casa.

59:10 Ella sorprendida me aseguró que eran las ánimas del purgatorio que me pedían que les ayudara. Desde ese momento también yo me convertí en rezandera, porque mi mamá me dijo que yo tenía un don. A partir de ahí no solo iba a algunos velorios yo sola, en ocasiones me paraba afuera del panteón y les rezaba un rosario a todos los difuntos. De hecho, hoy muchos años después todavía lo hago. Esto me sucedió hace más de 60 años. Mi mamá ya hace tiempo que falleció y yo ocupé su lugar por muchos años. Aunque en la actualidad hay muchas mujeres que rezan, ya no se utilizan los conocimientos ni la sabiduría de las viejas rezanderas.