Las Ancianas Que Bajaban Del Cerro: Brujas En El Rancho - Historias De Terror - REDE
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0:05 Vivo en un pueblo pequeño, rodeado de cerros y caminos de tierra, donde la mayorÃa se conoce y cualquier cambio se nota rápido. No es un lugar donde pasen cosas fuera de lo común, por eso cualquier detalle distinto se vuelve tema de conversación. Desde hace tiempo comenzaron a verse ancianas que no eran del lugar. No llegaron juntas ni el mismo dÃa, pero con el paso de las semanas se volvió común verlas caminando por los mismos caminos, casi siempre en grupos pequeños, dos o tres como mucho. No preguntaban por nadie ni parecÃan buscar algo, simplemente caminaban. Eran mujeres muy viejas, encorvadas, con la espalda doblada hacia adelante, el cabello largo y descuidado, completamente canoso en algunas, oscuro en otras, pero siempre sucio. TenÃan las uñas largas, gruesas y amarillentas, tanto que desde lejos se alcanzaban a notar cuando movÃan las manos al caminar. Lo que más llamaba la atención era su sonrisa. SonreÃan sin motivo claro, mostrando los dientes, incluso cuando nadie les hablaba. Al principio nadie les dio importancia. En el pueblo siempre pasa gente de fuera y se asume que se va. Hay personas que cruzan para llegar a otros lugares, o que se quedan unos dÃas y siguen su camino. Con ellas se pensó lo mismo, pero ellas no se fueron. Pasaron los dÃas
1:36 y seguÃan ahÃ. Se les empezó a ver más seguido cerca del cerro. caminando por los alrededores de los corrales, deteniéndose a observar a los animales. No pedÃan agua ni comida, no entraban a las casas, solo pasaban de largo. Poco después comenzaron a aparecer animales muertos. Al principio fueron gallinas. Las encontraban abiertas del pecho, tiradas cerca de los corrales. Luego aparecieron perros, algunos todavÃa con vida, pero con heridas largas y profundas en el lomo y en el cuello. no parecÃan mordidas de otros animales. Eran cortes, hechos con algo filoso. Yo vi uno de esos cuerpos, estaba rÃgido, con la piel abierta de forma limpia, como si alguien hubiera pasado algo afilado con fuerza. Desde ese momento supe que algo no cuadraba, aunque todavÃa nadie lo decÃa en voz alta. Los animales seguÃan apareciendo en distintos puntos, no siempre en el mismo lugar. pero siempre cerca del cerro o de los caminos por donde caminaban las ancianas. Aún asÃ, nadie las señaló directamente. Algunos decÃan que podÃan ser personas de fuera, otros que quizá eran animales salvajes. Las ancianas seguÃan pasando por las calles del pueblo con la misma calma, sonriendo, como si no hubiera pasado nada. En esos mismos dÃas empezaron a verse luces en el cerro. La primera vez
3:07 pensé que era fuego de alguien que habÃa subido, pero no era asÃ. Eran bolas de fuego, redondas, bien definidas, de un color anaranjado intenso. No titilaban como una fogata. SubÃan, bajaban y a veces se quedaban quietas en el aire antes de apagarse. No explotaban ni hacÃan ruido. Simplemente aparecÃan y desaparecÃan. Las vi más de una vez y no fui el único. pues varias personas del pueblo las vieron desde distintos puntos. Las luces no bajaban al pueblo ni se acercaban a las casas. Siempre se quedaban en el cerro, como si marcaran un lugar especÃfico. A veces aparecÃa una sola, otras veces eran dos, pero nunca fueron muchas. Las ancianas seguÃan caminando con tranquilidad, incluso cuando las luces estaban visibles.
4:02 No miraban hacia el cerro cuando aparecÃan y no mostraban sorpresa ni reacción alguna. Con el paso de los dÃas, los animales muertos comenzaron a aparecer más cerca de las casas, ya no solo en los corrales de la orilla, sino dentro del pueblo. Una mañana apareció un perro muerto frente a una casa, tirado a un lado del camino. TenÃa el cuello abierto y marcas profundas en el costado. La gente empezó a cerrar las puertas más temprano y ya no dejaban a los animales sueltos por la noche. Yo empecé a fijarme más en las ancianas. Antes solo las veÃa pasar, pero ahora las observaba. Noté que siempre caminaban despacio, pero nunca parecÃan cansadas. Nunca se apoyaban en nada. Sus pasos eran firmes y cuando alguien se cruzaba en su camino, no se hacÃan a un lado. Pasaban rozando a las personas, sonriendo, mostrando los dientes. Una tarde, mientras caminaba por una de las calles de tierra, me crucé con dos de ellas.
5:05 VenÃan de frente. Al pasar junto a mÃ, una giró un poco la cabeza y me miró directo. Sus ojos estaban bien abiertos, su sonrisa era amplia, y pude ver sus uñas de cerca. Eran más largas de lo que pensé. No me dijo nada y no hizo ningún gesto más, solo siguió caminando. Esa misma tarde volvieron a verse las bolas de fuego en el cerro. Estuvieron ahà más tiempo de lo normal, suspendidas e inmóviles. Nadie subió a ver qué era, nadie se acercó. El cerro empezó a quedarse vacÃo, los caminos que llevaban hacia arriba dejaron de usarse. Pero aún asÃ, las ancianas seguÃan bajando al pueblo todos los dÃas, caminando por las mismas calles, con la misma calma, como si el pueblo fuera suyo, y como si supieran que nadie iba a detenerlas. Con el paso del tiempo, los ataques dejaron de ser solo a animales. El primer caso fue un vecino que apareció herido cerca del camino que sube al cerro. Llegó caminando como pudo, con la ropa rasgada y manchas de sangre secas en los brazos. TenÃa cortes largos en los antebrazos y en la espalda. No eran heridas pequeñas, eran profundas y estaban hechas en la misma dirección, como si alguien hubiera pasado algo filoso con fuerza.
6:30 Alcanzó a decir que habÃan sido las viejas, que se le habÃan acercado riéndose y que cuando intentó apartarse lo atacaron con las uñas. Dijo que no gritaban, que solo se reÃan mientras lo lastimaban. Yo lo vi después sentado en una silla frente a su casa, vendado de forma improvisada. Estaba débil y pálido. Apenas podÃa mantener los ojos abiertos, pero nadie discutió lo que dijo. Sus heridas no parecÃan producto de una pelea normal ni de una caÃda, pues eran demasiado limpias y profundas. A partir de ese dÃa, el ambiente en el pueblo cambió. La gente empezó a hablar en voz baja. Las puertas se cerraban más temprano y las personas dejaron de salir por la noche. Desde entonces empecé a poner más atención en las ancianas. Ya no solo las veÃa de lejos, como algo que estaba ahà sin importancia. Empecé a observarlas con más cuidado. Algunas se acercaban demasiado cuando alguien pasaba junto a ellas. Se detenÃan, giraban un poco el cuerpo y sonreÃan. No pedÃa nada, no decÃa nada, solo se quedaban mirando. Una de ellas me sostuvo la mirada durante varios segundos, tenÃa los ojos abiertos de más y la sonrisa fija sin mover un solo músculo. No parecÃa confundida ni enferma, parecÃa segura, como si supiera exactamente lo que estaba haciendo. Sus uñas eran
8:01 tan largas que se doblaban un poco al caminar y raspaban la tela de su ropa. Las bolas de fuego comenzaron a verse más seguido. No todas las noches, pero aparecÃan con más frecuencia que antes. A veces coincidÃan con la presencia de las ancianas cerca del cerro. Otras veces aparecÃan después de que alguien salÃa herido. No rodeaban el pueblo ni causaban daños directos, pero estaban ahÃ, visibles y suspendidas en el aire. No se movÃan rápido y no se apagaban de golpe. simplemente se quedaban flotando durante varios minutos antes de desaparecer. Nadie subÃa al cerro ya. Los caminos quedaron casi vacÃos, pues incluso de dÃa la gente evitaba pasar por ahÃ. Conforme pasaron los dÃas, los encuentros con las ancianas se volvieron más tensos. Ya no caminaban solo por la orilla del pueblo, pasaban por las calles centrales cerca de las casas. A veces se detenÃan frente a una puerta cerrada. y se quedaban ahà unos segundos antes de seguir. No tocaban y solo se quedaban paradas sonriendo.
9:09 La verdad, la gente preferÃa no asomarse. Una tarde vi a una de ellas de cerca. Estaba parada junto a un corral vacÃo. Observaba el interior como si esperara algo, pero cuando me acerqué un poco más, giró lentamente la cabeza. Su sonrisa era amplia, Pude ver bien sus dientes y el brillo en sus ojos, y sus uñas estaban manchadas de algo oscuro. No me habló, dio un paso hacia mà y luego otro. Retrocedà sin decir nada. Ella se quedó quieta y después siguió caminando como si nada. DÃas después apareció un cuerpo. Era de una persona del pueblo.
9:52 Lo encontraron cerca del cerro, en un punto donde antes solÃan pasar animales. Las heridas eran claras, profundas, de algo filoso, como garras o uñas largas. HabÃa cortes en el pecho, en el cuello y en los brazos. No habÃa señales de defensa y no parecÃa que hubiera intentado correr. Cuando vi el cuerpo, sentà un nudo en el estómago. Ya no quedaba duda de nada. No eran accidentes ni animales. Alguien estaba atacando a la gente. Esa noche, varias personas se reunieron. Pero no fue una reunión organizada ni tranquila. La gente llegó por su cuenta con la cara tensa.
10:34 Nadie hablaba fuerte. No se discutÃa si las ancianas eran responsables, pues eso ya estaba claro. Se habló del cerro, de las luces y de los ataques. Alguien dijo que no se podÃa seguir esperando. Y otro dijo que tarde o temprano alguien más iba a aparecer muerto. A partir de eso, varios decidieron que habÃa que subir al cerro. No se habló de cómo, ni de cuándo con exactitud, y no hubo un plan detallado. Solo fue una decisión tomada por cansancio y miedo. Yo escuché todo sin decir mucho, pues sabÃa que tarde o temprano iba a pasar. Las ancianas seguÃan caminando por el pueblo con la misma tranquilidad. Las bolas de fuego seguÃan apareciendo en el cerro. Y ahora ya habÃa un muerto. Esa noche me costó dormir. Desde mi casa se alcanzaba a ver una de las luces suspendida en el cerro. No se movÃa, y pensé en las sonrisas, en las uñas, en las heridas del vecino y en el cuerpo que habÃan encontrado. TenÃa claro que lo que venÃa después no iba a ser sencillo y que ya no habÃa forma de evitarlo. No fue una decisión tranquila ni bien pensada. Fue reacción al miedo y al coraje acumulado durante dÃas. Después del cuerpo encontrado cerca del cerro, nadie habló de esperar más. Subimos varios hombres del pueblo, algunos armados con lo que tenÃan a la mano.
12:04 No hubo discursos ni promesas. Cada quien sabÃa por qué iba. Yo iba con ellos y caminamos por el sendero que siempre usamos para subir con animales o cortar leña. Esa noche el camino era el mismo, pero se sentÃa distinto, más pesado. Avanzamos en silencio, Cuidando no hace ruido innecesario. Conforme subÃamos, apareció la primera bola de fuego. Estaba suspendida a cierta altura, iluminando apenas el terreno. No se movÃa rápido y no reaccionó a nuestra presencia. Seguimos avanzando y apareció otra más adelante. La luz anaranjada hacÃa visibles las piedras y los árboles. Pero nadie dijo nada y continuamos hasta llegar a una parte más abierta del cerro. donde el terreno se aplana un poco, y ahà las vimos.
12:57 Las ancianas estaban juntas, no se escondÃan ni intentaban huir. Estaban paradas mirándonos, sonriendo como siempre. Sus cuerpos encorvados no parecÃan débiles. Sus manos colgaban a los lados y las uñas se distinguÃan con claridad bajo la luz. Nadie habló durante varios segundos, y ellas tampoco. Solo nos observaban, pero sus sonrisas no cambiaron. Cuando se acercaron lo hicieron rápido, mucho más rápido de lo que parecÃa posible por su edad. No caminaron, ellas corrieron y atacaban directo con las manos, arañando con las uñas. No intentaban empujar primero, ellas iban directo a cortar. Y se reÃan mientras lo hacÃan. No gritaban, solo se reÃan. Y esa risa fue lo que más me impactó. No era nerviosa ni descontrolada. Era constante y demonÃaca.
13:51 Todo se volvió desordenado. Gritos, caÃdas y golpes contra el suelo. Sentà el primer corte en el brazo y luego otro en el costado. El dolor fue inmediato. Caà al suelo por el impacto y me quedé sin aire. Desde ahÃ, vi cómo algunos retrocedÃan y otros intentaban ayudar a los que caÃan. Las ancianas se movÃan rápido entre nosotros, pero no parecÃan cansarse ni perder la coordinación. Eso sà me sorprendió, y sentà miedo por enfrentarnos a algo desconocido. Intenté incorporarme y sentà un dolor fuerte en la pierna. Me arrastré hacia atrás usando los brazos. La tierra estaba húmeda y resbalosa.
14:32 Vi como una de las ancianas cayó al suelo después de recibir un golpe fuerte. No se levantó. Su cuerpo quedó torcido, con la boca abierta y los ojos fijos. Nadie la remató, pero no hizo falta. Otra cayó poco después, golpeada en el pecho, y tampoco se movió. Sus cuerpos no desaparecieron ni se transformaron. Quedaron ahÃ, inmóviles, como cualquier otro cuerpo. Las que quedaron comenzaron a retroceder. No corrieron de inmediato. Dieron pasos lentos hacia atrás, sin dejar de sonreÃr. Hasta que se internaron entre los árboles y las piedras del cerro. Pero no las seguimos. En eso, las bolas de fuego comenzaron a apagarse una por una. No explotaron ni hicieron ruido. Simplemente se desvanecieron hasta que quedó solo la oscuridad. El silencio que quedó después fue pesado. Solo se escuchaban gemidos y respiraciones agitadas. Algunos hombres no se movÃan, otros estaban sentados en el suelo sosteniéndose las heridas. Me quedé ahà unos minutos tratando de recuperar el aliento. SentÃa la sangre correr por el costado y el brazo. Dos hombres se acercaron y me ayudaron a levantarme. Bajamos despacio, cuidando a los heridos. Regresé al pueblo ya de madrugada.
15:53 me recostaron en una cama y me limpiaron las heridas como pudieron algunos no regresaron y nadie habló mucho de ellos ese dÃa pues no habÃa fuerzas para hacerlo pasaron los dÃas y las ancianas no volvieron a verse no aparecieron más por los caminos ni por las calles del pueblo y las bolas de fuego no volvieron a verse en el cerro el cerro quedó vacÃo y nadie volvió a subir Los caminos se fueron cerrando solos, y con el tiempo la gente empezó a caminar otra vez por el pueblo, pero el cerro quedó apartado. Los animales dejaron de aparecer muertos. Aún asÃ, nadie se acercaba al cerro sin necesidad. Mis heridas cerraron con el paso de las semanas, pero las cicatrices quedaron. Algunas duelen cuando cambia el clima, otras solo están ahÃ, visibles. Cuando recuerdo esa noche, las sonrisas y las uñas vuelven a mi cabeza con claridad.
16:54 No fueron historias exageradas ni malentendidos. No fueron animales ni accidentes. Fueron ancianas que atacaron al pueblo, caminaron por nuestras calles, mataron animales y personas y dejaron marcas que no se borran. Yo sigo viviendo aquà y el pueblo sigue en pie, pero nadie volvió a mirar el cerro de la misma forma. Con el paso de los meses, el pueblo volvió poco a poco a su ritmo habitual, aunque nunca del todo. La gente regresó a los caminos conocidos, pero siempre evitando el cerro. Nadie puso cercas ni avisos, pero no hizo falta, pues el lugar quedó marcado sin necesidad de palabras. Los niños crecieron escuchando versiones incompletas, historias cortadas que los adultos no terminaban de contar. Yo seguà con mi vida. volvà al trabajo y a las tareas diarias algunas noches despertaba con el recuerdo de las risas y los cortes pero con el tiempo aprendà a seguir adelante las cicatrices se quedaron como prueba de lo ocurrido no intenté ocultarlas pero tampoco las mostré con orgullo solo estaban ahà nunca volvimos a encontrar rastros de las ancianas y como no hubo denuncias ni búsquedas el pueblo se cerró sobre lo ocurrido y siguió adelante A veces, cuando paso cerca del cerro y el viento sopla desde arriba, recuerdo las sonrisas y las uñas, y sigo caminando sin voltear. No porque tenga miedo, sino porque sé que algunas cosas no necesitan ser revisadas
18:27 otra vez. Vivo en una casa rentada desde hace un tiempo. y la dueña es una mujer muy mayor que habita la casa contigua. Desde el inicio noté que observaba con atención constante, no saludaba ni entablaba conversación, y pasaba gran parte del dÃa sentada cerca de la entrada, casi siempre inmóvil, con la vista fija hacia la calle o hacia mi puerta. Nunca la vi recibir visitas, siempre estaba acompañada por varios gatos, que entraban y salÃan de su casa sin restricción alguna.
19:10 Cruzaban el patio, se subÃan a las bardas y se quedaban quietos durante largos periodos, como si esperaran algo. Su casa permanecÃa cerrada casi todo el tiempo, con las ventanas cubiertas y la puerta apenas entreabierta, lo suficiente para que los animales entraran y salieran. Desde ahà salÃa un olor permanente que no correspondÃa a basura ni a humedad. Era un olor pesado que se quedaba suspendido en el aire. y que el viento arrastraba hasta mi entrada sin desaparecer del todo. Con el paso de los dÃas comencé a notar ruidos dentro de su casa, durante la noche. No eran ruidos constantes, sino intermitentes, pasos lentos que se desplazaban de un cuarto a otro, golpes secos contra las paredes y maullidos prolongados que no sonaban normales, como si los animales se quejaran o respondieran a algo que no podÃa ver.
20:06 Algunas noches, al mirar hacia su casa, veÃa luces moverse detrás de las ventanas cubiertas. No iluminaban hacia afuera ni se proyectaban como focos comunes, solo cambiaban de intensidad y se desplazaban lentamente, como si alguien caminara con una luz en la mano o como si algo se moviera adentro sin una fuente clara. No seguÃan un patrón fijo y no coincidÃan con horarios especÃficos. AparecÃan y desaparecÃan sin aviso. Conforme pasaron las semanas, los gatos comenzaron a comportarse de forma distinta. Dejaron de merodear solo su casa y empezaron a reunirse frente a la mÃa. Se sentaban en fila o se acomodaban cerca de la puerta, mirando directamente hacia el interior, durante largos periodos. No maullaban ni se peleaban, simplemente observaban. Al abrir la puerta se dispersaban con rapidez, pero regresaban poco después, ocupando casi el mismo lugar. Algunas veces los encontré sobre el techo o caminando por el borde de las ventanas, dejando huellas visibles en el polvo.
21:14 No era una presencia aislada, era constante y repetida, y empezó a incomodarme porque no respondÃa a un comportamiento normal de animales callejeros. Después aparecieron las primeras marcas en mis ventanas. Eran rasguños largos, hechos con algo duro y delgado. que no rompÃan el vidrio pero quedaban visibles a la luz del dÃa. Al principio pensé que podÃan ser ramas o algún animal, pero las marcas se repetÃan en distintos puntos y no seguÃan una dirección aleatoria. Aparecieron también en la puerta y en las paredes cercanas, siempre a una altura similar.
21:54 Cada mañana encontraba nuevas lÃneas, algunas más profundas que otras. como si alguien pasara algo afilado con cuidado y sin prisa. No habÃa restos alrededor ni señales de forcejeo, solo las marcas limpias y bien definidas. Al mismo tiempo, el olor comenzó a intensificarse dentro de mi casa. No provenÃa de ningún objeto ni de la cocina, simplemente estaba ahÃ, sobre todo en las habitaciones más cercanas a la pared que compartÃa con la casa de la dueña. Ventilar no ayudaba. pues el olor entraba y se quedaba. Me provocaba dificultad para dormir y una sensación constante de incomodidad fÃsica, como presión en el pecho, aunque podÃa seguir con mis actividades diarias.
22:42 Empecé a revisar cerraduras y ventanas cada noche, no por miedo inmediato, sino por una sensación práctica de que algo estaba cambiando alrededor de mi casa. Una noche escuché pasos cerca de mis ventanas, no venÃan de adentro, sino del exterior. Eran lentos y arrastrados, se detenÃan y continuaban, como si alguien rodeara la casa sin intención de entrar. Me acerqué con cuidado y miré hacia afuera. Vi a la anciana de pie frente a una de las ventanas, erguida con una postura firme que no correspondÃa a su edad. TenÃa las manos apoyadas sobre el vidrio y levantó la cara lentamente hasta quedar mirando hacia adentro. Luego sonrió. No fue una sonrisa exagerada ni acompañada de gestos. Fue amplia y sostenida, sin cambiar de expresión. Luego pasó las uñas por el vidrio, despacio, produciendo un sonido agudo y continuo sin intentar romperlo. No gritó ni dijo palabra alguna. Se limitó a rasgar el vidrio varias veces, siempre con el mismo movimiento, y después se retiró caminando con calma hacia su casa. Permanecà inmóvil durante varios minutos, escuchando como sus pasos se alejaban. Esa noche no dormÃ. Los gatos se quedaron alrededor de la casa hasta el amanecer, y los ruidos no regresaron. pero el olor se mantuvo. Al revisar las ventanas, vi que las marcas eran más profundas que las anteriores y que
24:14 estaban concentradas justo donde ella habÃa apoyado las manos. A partir de ese momento, entendà que lo que ocurrÃa en la casa de al lado ya no estaba contenido ahÃ. Mi casa habÃa sido incluida de forma directa y deliberada. No se trataba de coincidencias ni de ruidos aislados. Algo habÃa cambiado en la relación entre ambas casas, y la situación ya no se limitaba a observar ni a escuchar desde la distancia. Esa certeza práctica se quedó conmigo y marcó el inicio de lo que vendrÃa después. Los ruidos dejaron de concentrarse únicamente en la casa de al lado y comenzaron a rodear la mÃa de forma clara. Ya no venÃan solo de una dirección, se escuchaban detrás de las paredes cerca del techo y alrededor del patio los rasguños aparecÃan casi todas las noches primero en las ventanas y después en la puerta y en las paredes cercanas siempre a la misma altura no eran golpes ni intentos de entrada eran lÃneas precisas que se repetÃan con constancia cada mañana encontraba nuevas marcas y las anteriores se veÃan más profundas como si hubieran sido repasadas Una noche volvà a ver la parada frente a una de mis ventanas.
25:33 La anciana estaba completamente erguida, con una postura recta y firme, que no correspondÃa a su edad ni a su cuerpo. Permaneció inmóvil durante varios segundos y luego levantó la cara hasta quedar mirándome a través del vidrio. Luego sonrió de una forma sostenida que no correspondÃa a ninguna interacción normal. No movió los labios ni cambió la expresión, solo mantuvo la sonrisa fija. Después apoyó las uñas sobre el vidrio y comenzó a rasgarlo sin intentar romperlo. El sonido fue constante y metódico. Un chirrido largo que se repetÃa una y otra vez, como si marcara territorio con calma. No dijo nada ni mostró prisa. rasgó el vidrio durante varios minutos y luego se retiró caminando despacio hacia su casa no la seguà ni intenté hablarle permanecà dentro escuchando como sus pasos se alejaban y como los gatos comenzaban a moverse alrededor de mi casa esa noche el olor dentro se intensificó y era el mismo que salÃa de su casa ahora presente en todas las habitaciones incluso en las que no daban hacia la pared compartida Ventilar no ayudó.
26:47 El olor entró y se quedó, pesado y persistente, provocando dificultad para dormir y una presión continua en el pecho, que no desapareció con el paso de las horas. Con el paso de los dÃas, los gatos comenzaron a aparecer dentro del patio, aunque permaneciera cerrado. Los encontraba caminando cerca de la puerta, subidos a las bardas o sentados frente a las ventanas, mirando hacia adentro, con la misma quietud de siempre. En varias ocasiones encontré restos de animales pequeños cerca de la entrada, pedazos dispersos que no correspondÃan a ningún ataque común. No habÃa sangre regada ni señales de pelea, solo restos colocados cerca del umbral, como si alguien los dejara ahÃ, de forma deliberada. El acoso se volvió diario y evidente. Ya no se trataba de ruidos lejanos ni de coincidencias aisladas. Todo ocurrÃa alrededor repetición. Las marcas aparecÃan, el olor se intensificaba, los gatos se concentraban en mi casa y la anciana se presentaba, cuando la situación parecÃa calmarse como si comprobara que yo seguÃa ahÃ. Empecé a vivir con el cuerpo en tensión constante, pues dormÃa poco y mal. Revisaba las puertas y ventanas varias veces por noche, no por miedo inmediato, sino por una necesidad práctica de confirmar que seguÃan cerradas. Durante el dÃa, la anciana continuaba
28:18 sentada frente a su casa, observando. No parecÃa afectada por nada de lo que ocurrÃa por la noche. Su expresión era neutra, pero cuando cruzábamos miradas, mantenÃa los ojos fijos más tiempo del normal. No hubo discusión ni confrontación. Todo se sostuvo en silencio. La gente del rumbo evitaba acercarse a su casa y nadie parecÃa notar lo que ocurrÃa o preferÃa no hacerlo. Yo seguÃa con mis actividades diarias, pero cada acción se veÃa atravesada por la expectativa de lo que ocurrirÃa al caer la noche. Una madrugada desperté con el sonido de uñas recorriendo la pared exterior, no la ventana, la pared misma. El sonido se movÃa de un extremo a otro, lento y constante. No hubo golpes ni intentos de entrar, solo el recorrido persistente. Me quedé quieto escuchando hasta que el sonido se detuvo. Cuando amaneció encontré nuevas marcas en el revoque, lÃneas largas y paralelas que no estaban ahà el dÃa anterior. Esa mañana sentà el cansancio acumulado de varios dÃas sin descanso real y entendà que la situación ya me estaba afectando fÃsicamente. Esa misma tarde encontré a uno de los gatos dentro de la casa. La puerta estaba cerrada. No escuché ruidos ni golpes.
29:42 El animal estaba quieto, sentado cerca de la pared que daba a la casa de la anciana. Al verme, se levantó y salió por el patio sin correr. Revisé todo y no encontré una entrada clara. Pero el olor volvió a intensificarse esa noche, y el sonido de pasos regresó, ahora dentro del patio, rodeando la casa. En ese punto, dejé de esperar que la situación se resolviera sola. No se habÃa detenido ni disminuido. Al contrario, cada dÃa se volvÃa más cercana y más directa. No estaba enfrentando algo que pudiera ignorar, ni manejar con simples precauciones. El desgaste se acumulaba y la presión constante en el cuerpo no desaparecÃa.
30:27 Recordé entonces a una mujer del rumbo, de la que se decÃa que ayudaba en casos como este. DecÃan que era bruja, otros curandera. La verdad no sabÃa cómo decirle, pero me acordé de ella. Esa noche, mientras escuchaba nuevamente los ruidos alrededor de la casa, tomé la decisión definitiva de ir a buscarla al dÃa siguiente. Al dÃa siguiente salà temprano y fui a buscar a la mujer de la que habÃa escuchado hablar. VivÃa en una casa sencilla, en una calle poco transitada, lejos del lugar donde rentaba. No habÃa sÃmbolos visibles ni objetos llamativos en la entrada.
31:08 Me recibió con calma y me dejó pasar sin hacer preguntas innecesarias. Me senté frente a ella y le conté todo desde el principio, como era la dueña de la casa contigua. Los ruidos, los olores, las marcas y la forma en que comenzó a acercarse. Escuchó sin interrumpir, hizo preguntas concretas y no mostró sorpresa ni duda en ningún momento. Cuando terminé, me dijo que el problema no estaba en mi casa, sino en lo que fue llamado desde la otra. Me explicó que habÃa formas simples de cerrar ese tipo de situaciones, cuando todavÃa no se habÃan extendido más allá del lugar donde empezaron. Me indicó preparar un lÃquido usando ingredientes comunes, fáciles de conseguir, y me explicó con claridad cómo mezclarlos y para qué servÃa cada uno. No los nombró como objetos especiales, ni les dio un significado simbólico.
32:03 Solo me dijo cómo funcionaban juntos. Me explicó en dónde debÃa colocar el lÃquido dentro de la casa y en qué puntos no podÃa faltar. Antes de despedirme, me advirtió que el paso final requerÃa sangre mÃa, poca pero necesaria para cerrar el proceso. La verdad me dio miedo y se me hizo extraño. Pero si una poca de sangre era el costo por dormir bien y deshacerme de esa bruja, tomarÃa la decisión de hacerlo, asà que acepté sin discutir. Regresé a mi casa con todo lo necesario y seguà las instrucciones exactamente como me fueron dadas. Preparé el lÃquido con cuidado, evitando cambiar cantidades o pasos. Usé una bolsa pequeña para guardar lo que sobró. Recorrà la casa colocando el lÃquido en los puntos indicados y siempre atento a no omitir ninguno. Cuando llegó el momento, mezclé la sangre como me fue señalado. Fue poca cantidad, suficiente para cumplir con el cierre. No sentà mareo ni dolor prolongado, solo una molestia breve que desapareció rápido. Esa noche el ambiente se sintió distinto desde temprano. No escuché los ruidos habituales ni percibà movimiento de gatos alrededor de la casa. El olor seguÃa presente pero más débil, como si estuviera perdiendo fuerza.
33:30 Me mantuve despierto, atento, esperando. Ya no sentÃa la misma presión constante en el pecho, pero no bajé la guardia. Cerca de la medianoche escuché pasos afuera. Eran lentos y arrastrados, iguales a otras noches, asà que me acerqué a una ventana y la vi. La anciana estaba de pie frente a la casa, pero no se acercó como antes. Se detuvo justo en el lÃmite del terreno, sin cruzarlo. Su postura seguÃa siendo firme, pero su expresión era distinta. Ya no sonreÃa, su cara se veÃa tensa y sus ojos recorrÃan la casa, como si midiera cada punto. Levantó las manos y permaneció ahà durante un largo rato, inmóvil, como si esperara una respuesta que no llegó. No aparecieron los gatos, no hubo luces en su casa ni ruidos detrás de ella, y después de un tiempo bajó las manos, dio media vuelta y se retiró caminando despacio hacia su casa. No volvió esa noche, tampoco hubo ruidos posteriores ni nuevas marcas.
34:38 Permanecà despierto hasta el amanecer, atento a cualquier cambio. Cuando salió el sol, revisé la casa. Todo estaba en su lugar. Las marcas antiguas seguÃan visibles, pero no habÃa lÃneas recientes y el olor casi habÃa desaparecido. Miré hacia la casa contigua y noté que la puerta estaba cerrada por completo. Las ventanas seguÃan cubiertas, pero no se percibÃa movimiento alguno. Pasó el dÃa y nadie entró ni salió. y los gatos no aparecieron. Pregunté de forma discreta a algunos vecinos, y nadie la habÃa visto desde la noche anterior. Al dÃa siguiente, la situación se repitió. La casa seguÃa cerrada, sin ruidos, sin luces y sin olor. Los dÃas pasaron y la ausencia se volvió definitiva. Con el paso del tiempo, recuperé el descanso. DormÃa sin interrupciones y los ruidos no regresaron.
35:35 El patio permaneció vacÃo y los animales no volvieron a aparecer. Las marcas en ventanas y paredes siguieron ahà como prueba de lo ocurrido, pero no se repitieron ni se extendieron. No hubo nuevas señales ni intentos de acercamiento, y la casa volvió a sentirse como un espacio propio, sin vigilancia ni presión constante. No regresé con la mujer que me ayudó, ni busqué explicaciones adicionales, Lo que tenÃa que hacerse ya se habÃa hecho y el resultado era claro. La situación terminó de forma concreta y sin consecuencias posteriores. No hubo enfrentamientos ni despedidas. La anciana simplemente desapareció del lugar y con ella se fue todo lo que habÃa traÃdo consigo.
36:23 Sigo viviendo en la misma casa. La experiencia no se repitió ni se transformó en otra cosa. No hubo fenómenos activos ni advertencias pendientes. Lo ocurrido quedó atrás, limitado a ese periodo especÃfico. Desde entonces, la casa de al lado permanece cerrada y en silencio, y mi vida continúa sin volver a cruzarse con algo parecido. Con el paso de las semanas, empecé a notar cambios más claros en mi rutina. La sensación de vigilancia desapareció por completo, y pude moverme dentro de la casa sin esa necesidad constante de estar atento a los ruidos exteriores. Las noches volvieron a ser silenciosas de una forma normal, sin pasos, sin rasguños y sin movimientos alrededor del patio. El olor terminó por desaparecer del todo, primero en las habitaciones y después en los espacios cercanos a la pared que compartÃa con la otra casa.
37:22 Ventilaba por costumbre, pero ya no era necesario. Un dÃa decidà acercarme a la casa contigua con más calma. La observé desde fuera durante varios minutos. SeguÃa cerrada, sin señales de que alguien hubiera regresado. La maleza empezó a crecer cerca de la entrada y los restos de comida que antes aparecÃan para los gatos ya no estaban. Nadie preguntó por la anciana ni mencionó su nombre. Para los vecinos simplemente dejó de vivir ahÃ. No hubo rumores ni explicaciones largas, solo su ausencia. Con el tiempo, mandé a reparar algunas de las ventanas marcadas. No todas. Dejé un par de lÃneas visibles como recordatorio de lo ocurrido. No por miedo, sino por claridad. Necesitaba saber que eso tuvo un inicio y un final. No volvà a experimentar nada parecido después.
38:18 No hubo sueños recurrentes, ni recuerdos que interfirieran con mi vida diaria. Lo que pasó se quedó limitado a ese periodo y no se extendió más allá. Sigo viviendo en la misma casa, sin volver a cruzarme con algo similar. La situación no se repitió ni cambió de forma. Fue un problema concreto, tratado de forma directa y resuelto sin consecuencias posteriores. Desde entonces entendà que algunas cosas no necesitan explicación extensa, solo una acción correcta en el momento adecuado, y asà quedó. NacÃ, crecà y aún vivo en una pequeña rancherÃa de San Luis PotosÃ, donde parece que se ha detenido el tiempo. Nunca me llamó la atención mudarme a la ciudad como muchos lo hacÃan, como lo siguen haciendo.
39:18 El rancho es mi vida y aquà me han de enterrar. Por mi condición humilde nunca aprendà a leer ni a escribir. Por lo mismo me dediqué a trabajar. Desde los cinco años ayudaba en la casa. Sé cocinar. De hecho, soy cocinera. Cuando hay alguna fiesta, me piden que prepare el mole, el arroz y la barbacoa. Sé trabajar la tierra porque ya desde los ocho años andaba en la siembra. Pero, sobre todo, una cosa, sé rezar. Eso lo aprendà de mi madre. Ella era la rezandera no solo de nuestro rancho. La mandaban llamar de otras partes para que rezara el rosario, especialmente cuando habÃa un difunto. Quizá cualquiera lo podÃa hacer.
40:01 Pero no solo se trataba de rezar por rezar, no era una costumbre o una tradición. Era una ayuda, una necesidad para que el espÃritu del muerto no se quedara atrapado en este mundo. También era muy importante realizar bien el novenario, para conseguir el eterno descanso de los seres queridos, sobre todo los que habÃan tenido una muerte violenta o habÃan sido malas personas. Se tenÃa que conseguir el perdón por medio de los rezos. Siendo niña y a través de mi madre entendà el poder de la oración. Mi mamá tampoco sabÃa leer. Mi abuela, como habÃa sido curandera y rezandera, le habÃa enseñado a rezar, a levantar la sombra, a recuperar el alma después de un susto y muchas cosas asÃ, que solo una buena rezandera podÃa hacer, sobre todo en esos tiempos. Cuando era muy niña no entendÃa qué era todo eso. Hasta los nueve años comencé a ponerle atención a lo que hacÃa mi mamá. Cuando la mandaban llamar para rezarle a una persona, primero preguntaba el motivo de la muerte. Después se lavaba muy bien las manos y se recogÃa el cabello. Se ponÃa a decir algunas oraciones mientras se vestÃa de negro. Agarraba su rosario con cuentas de madera. Luego salÃamos deprisa, aunque a mà me dejaba encargada con una comadre suya. TendrÃa tal vez diez años cuando empecé a acompañar a mi mamá a rezarle a los muertos. Era todo un ritual y deberÃa
41:31 seguir siendo asÃ. Quizá para esto se debe de tener un don. Si es asÃ, yo lo tenÃa, porque miraba cosas que los demás no podÃan ver, ni siquiera mi mamá. Una mañana nos llegó un rumor. Se sabÃa que en uno de los muchos ranchos habÃa una persona embrujada. Se encontraba muy enferma y nadie sabÃa lo que tenÃa, o al menos eso era lo que decÃan los familiares. SabÃamos que pronto le hablarÃan a mi mamá. No le gustaban ese tipo de difuntos porque podÃan tener la cosa mala. Por eso hacÃa todo por evitarlos, solo que a veces era imposible. Me acuerdo que dÃas después fue la primera vez que acompañé a mi mamá. Fuimos a rezarle a una señora de ese rancho vecino. Lo tengo bien grabado.
42:19 Fueron a pedirle el favor. Aunque se acostumbraban tres dÃas de velación, solo serÃa esa noche porque el cuerpo de la señora, según los propios familiares, ya olÃa muy mal. Mi mamá, sospechando que pudiera ser la embrujada, les preguntó cuál era el motivo de la muerte. Para saber qué clase de rezos añadir, Las personas no le supieron dar razón, alegando que no habÃa ido con ningún médico. Después de pensarlo un poco, les dijo que irÃa. No querÃa que yo la acompañara solo, que ya me lo habÃa prometido. SerÃan como las ocho de la noche cuando salimos. Caminamos por una vereda que cortaba el monte. Lo hicimos como por veinte minutos. Mi mamá se notaba muy nerviosa. Por lo mismo, todo el tiempo fuimos en silencio. Yo, al contrario de ella, tenÃa emoción de acompañarla por primera vez.
43:11 Supe que ya Ãbamos a llegar al velorio porque, a lo lejos, allá entre la oscuridad, se escuchaba el llanto de las mujeres. Cuando llegamos, unos hombres que se encontraban tomando frente a una fogata, saludaron y nos hicieron pasar a un cuarto apenas alumbrado con una lámpara de petróleo. Esto lo digo con todo respeto. El olor a muerto era evidente. No se podÃa identificar a las personas porque vestÃan de negro. Sobre todo las mujeres que iban a rezar. Además traÃan puesto un velo sobre la cara. Tal vez los familiares de la difunta eran muy humildes porque el cuerpo no estaba en una caja. Se encontraba sobre una mesa.
43:52 Solamente tenÃa dos veladoras al lado de los pies. En el suelo, a un lado de ella, habÃa una cruz hecha de cal. TenÃa unas cuantas flores, un vaso de agua y una veladora. Por el lado de la cabeza estaba una cruz blanca. TenÃa el nombre de la difunta con letras negras, bastante grandes. Las lloronas guardaron silencio y mi mamá comenzó a rezar. El ambiente era muy raro. Las personas rezaban deprisa como si ya quisieran terminar. ya que me acostumbré a la oscuridad me di cuenta que al inicio de cada misterio el cuerpo de la muerta se estremecÃa aunque la señora se encontraba envuelta en una sábana blanca podÃa ver sus movimientos yo me acuerdo que volteaba a ver a las demás mujeres para saber si también ellas la veÃan como se movÃa pero todas rezaban agachadas algunas confundidas entre la oscuridad del cuarto Durante el rosario, escuchaba un sollozo en medio de los padres nuestros y las aves marÃas. Me di cuenta que quien lo hacÃa era una señora que se encontraba a un lado de la muerta. Esa señora ni siquiera rezaba, se tapaba la cara con sus manos y lloraba. No sé por qué me llamaba tanto la atención si estábamos en un velorio.
45:10 Como a la hora se terminó el rosario, antes de despedirnos pasamos a dar el pésame a los dolidos. y para que mi mamá se pusiera de acuerdo con los familiares la hora que serÃa el inicio del novenario la noche siguiente. Fuimos abrazando a las personas al llegar con la señora que estaba muy junto al cuerpo de la difunta. Mi mamá se pasó de largo, yo sà me acerqué con ella para abrazarla, toqué su hombro, se quitó las manos de la cara, luego lentamente volteó a verme, pude darme cuenta de su tristeza, pero además miré que estaba demasiado pálida, sin brillo en sus ojos. Al intentar abrazarla, solo abracé el aire porque ya no estaba. sorprendida busqué para todas partes no estaba fue como si hubiera desaparecido en ese momento más que asustarme me quedé intrigada sin saber que habÃa sucedido al voltear a ver a la mujer muerta miré que era ella esa señora entonces si me asusté en eso las mujeres comenzaron a llorar de nuevo como si se hubieran puesto de acuerdo me hice paso entre los bultos negros para estar junto a mi mamá la tomé del brazo y ya no la solté Salimos deprisa porque el olor era muy fuerte. Nos ofrecieron un café caliente con un tamal. Aunque si lo aceptamos, mi mamá les dijo que tenÃa prisa por retirarse. Entonces nos prestaron un jarro. Mientras todas las mujeres de negro comenzaron a salir, se nos acercó una señora, al parecer
46:41 hermana de la difunta. Le pidió de favor a mi mamá si se podÃa quedar a acompañar el cuerpo en lo que les daban de cenar a los asistentes. Mi mamá aceptó. Aunque no me lo dijo en ese momento, las personas cuando mueren en circunstancias extrañas no se deben quedar solos durante el velorio, porque según las creencias llega el diablo y se lleva el alma, en algunos casos e incluso hasta el cuerpo. Entramos de nuevo a ese cuarto oscuro. Ya no habÃa nadie, pero sà una sensación de que alguien nos miraba. Mi mamá se puso a rezar en voz baja. Yo no le quitaba la vista al cuerpo de la señora, aunque me daba miedo que se volviera a mover. Después de una hora nos retiramos.
47:25 Apenas nos habÃamos metido al monte, me preguntó qué me habÃa pasado. TodavÃa asustada, le dije de la mujer que se habÃa desaparecido. Algo sorprendida comentó cual mujer, porque ella no la habÃa visto. Al contarle que esa señora resultó ser la muerta, me pidió que caminara deprisa. Mientras lo hacÃamos, yo sentÃa que alguien venÃa detrás de nosotras. No me pude aguantar y volteé. A lo lejos se alcanzaba a distinguir un bulto negro que venÃa a toda prisa. Era la silueta de una de aquellas mujeres que se cubrÃan hasta la cabeza. Sentà que la sangre se fue y se me resecó la garganta. Como pude le dije a mi mamá que alguien venÃa. Entonces también volteó. Luego de unos segundos me aseguró que no veÃa a nadie. Apunté con mi dedo para decirle que ahà estaba esa mujer.
48:20 Yo la podÃa ver. Me agarró de la mano. Me pidió que caminara sin voltear y asà lo hicimos hasta llegar a la casa. Antes de entrar, no sé por qué lo hice. Volté de nueva cuenta y ahà venÃa un poco más cerca de nosotros. Ni aún asà pude verle la cara. Apenas logramos cerrar la puerta, mi mamá comenzó a buscar unas hierbas que siempre usaba después de rezarle a un difunto. porque era necesario barrernos para eliminar las malas energÃas y deshacernos del muerto si es que se nos hubiera pegado. En eso estaba cuando comenzaron a tocar la puerta. Nos quedamos en silencio, no podÃa imaginarme otra cosa, era esa mujer la que nos seguÃa. Nos barrimos deprisa con aquellas hierbas hasta que dejaron de tocar.
49:08 Esa noche me enseñé a hacer unas oraciones de liberación para que nos la hiciéramos mutuamente. Porque la difunta esa que acabábamos de visitar al parecer sà era aquella señora que habÃa sido embrujada. Estar cerca de una persona asà siempre resultaba peligroso. Esa noche no dormà bien. Me desperté varias veces porque creà oÃr que tocaban la puerta asà como lo habÃa hecho esa mujer. Me quedaba despierto un rato. Cuando me lograba dormir me volvÃa a suceder. A media mañana se presentaron de nuevo esos hombres para hacer el recordatorio del novenario. Ya por la noche no me quise quedar sola mientras mi mamá se iba a rezar el primer rosario. La verdad tenÃa miedo por lo que habÃamos visto.
49:57 Le insistà tanto hasta que estuvo de acuerdo en que la acompañara. Antes de salir nos pusimos unos escapularios benditos. De nueva cuenta, caminamos rumbo a aquel rancho, esta vez temerosas no solo de lo que podrÃa haber en esa casa donde se habÃa velado a la embrujada, también por lo que nos podÃa salir por el camino al regresar. A manera de precaución, ahora sà nos llevamos una pequeña lámpara. Cuando llegamos a ese rancho, pensábamos que nos habÃamos equivocado de horario porque no habÃa gente, solo tres familiares. Nos pasaron al mismo cuarto donde la habÃan velado. Ahà donde estaba la cruz de cal, esa que servÃa para retener la sombra del difunto por nueve dÃas entre nosotros, mientras su alma luchaba por ganar el cielo. Ahà adentro todavÃa se podÃa sentir una extraña sensación. Mi mamá comenzó a rezar.
50:53 Solamente estábamos nosotras dos solas porque ni los familiares nos acompañaron. Ellos se ocuparon de sus cosas. Cuando iniciamos con la señal de la cruz, La mesa donde habÃan puesto el cuerpo de la señora la noche anterior crujió muy fuerte. De igual manera que, durante el velorio, en cada misterio la mesa se movÃa, y al iniciar las letanÃas comenzamos a escuchar pasos sobre el techo. Tal vez era mi miedo, pero yo sentÃa mucho frÃo. Mi mamá rezaba casi sin parpadear. Yo, en cambio, no me podÃa concentrar. Cuando se rezó el último padre nuestro, la veladora se apagó. No nos quedamos en penumbras porque la lámpara de gas estaba prendida. Después de pronunciar el amén, todo quedó en silencio. Un silencio que daba miedo. Al salir, estaban los familiares esperándonos. Le agradecieron a mi mamá por los rezos y le dijeron que la esperaban para el segundo rosario. Yo querÃa que les dijera que no iba a poder. Ella solamente movió su cabeza de manera positiva. TodavÃa no entrábamos al monte y ya estábamos nerviosas. encendimos la lámpara luego comenzamos a rezar mientras nos Ãbamos introduciendo por esa vereda mi mamá decÃa unas oraciones especiales para ahuyentar los malos espÃritus yo le contestaba con fuerte voz eso sà siempre volteando para todas partes con temor de ver aquella mujer de negro cuando nos faltaban unos 30 metros para llegar a la casa
52:25 entonces la vi era el mismo bulto negro que venÃa detrás de nosotros Por ir rezando no nos habÃamos dado cuenta que ya la traÃamos muy cerca. Casi a gritos le dije a mi mamá y corrimos. De nueva cuenta nos tocó la puerta, asà o más insistente que la noche anterior, y dejó de hacerlo cuando terminábamos de barrernos con las hierbas. Parte de la noche nos la pasamos rezando, porque eso ya era para tener cuidado. Al siguiente dÃa le pedà que ya no fuéramos a esa casa. Me contestó muy firme que la difunta nos necesitaba. No estaba bien que nos negáramos a rezarle, porque tal vez estaba luchando con el maligno. Con esa angustia se llegó la tercera noche del novenario. Muy a mi pesar fuimos la tercera, la cuarta, la quinta noche. La verdad ya se me habÃa hecho eterno el novenario. porque en cada uno de esos rosarios que rezamos sucedieron cosas de verdad inquietantes. Escuchábamos voces y ruidos extraños. No preguntábamos por qué los familiares no entraban. Nos imaginábamos que era por miedo. Por si fuera poco, de regreso a casa siempre nos habÃa seguido esa mujer por el monte, aunque extrañamente nunca nos habÃa alcanzado.
53:46 Una mañana llegó una señora conocida de mamá a visitarnos. Entre pláticas salió el tema de la señora embrujada. Le dijo que uno de sus familiares, sin especificar quién le habÃa hecho el daño para quedarse con el rancho, estaba tan infectado el cuerpo que contrataron a unas personas para que la velaran, otras para que le rezaran, y por último también para que la fueran a enterrar. al enterarnos de eso mi mamá dudaba si continuar cuando decidió que lo harÃa me pidió que ya no la acompañara porque cada vez se ponÃa más peligroso y siniestro le dije que no la iba a dejar sola la sexta noche fue diferente durante el rosario me di cuenta que esa señora apareció estaba parada en uno de los rincones por más que lo intentaba no podÃa saber quién era solo estaba ahà sin moverse me acuerdo que era tanto mi miedo que estaba sudando mi mamá rezó hasta terminar era evidente que ella no la miraba cuando salimos estábamos confundidos porque no se habÃa escuchado nada más Al decirle que ahà estaba esa mujer, comenzó a dudar. PodrÃa ser la bruja que estaba molesta porque le estábamos rezando a la señora que le habÃa hecho un trabajo. O era la muerta y algo nos querÃa decir. Igual que siempre, esa mujer nos siguió por todo el camino. Solo que esta vez la escuchábamos que venÃa rezando el rosario. No sabÃamos si lo hacÃa a manera de burla o con qué fin.
55:18 Entramos a la casa y ella se quedó junto a la puerta hasta que terminó de rezar. Luego no se escuchó más. TodavÃa nos faltaban tres rosarios más para terminar. Mi mamá me pidió que fuera fuerte porque, a pesar de todo lo que estaba sucediendo, Ãbamos a rezar todo el novenario. TenÃamos que hacerlo. Ella sentÃa que era su deber. Por algo la habÃan mandado llamar. Los rosarios siete y ocho de verdad que estuvieron fuertes no dejaban rezar a mi mamá. En una ocasión le arrancaron el rosario de las manos cuando apenas Ãbamos en el segundo misterio. Asà fue literalmente. De hecho, yo pude verlo. En otra, se le partió en pedazos, aún teniéndolo entre las dos manos.
56:04 Lo bueno era que se lo sabÃa de memoria. Por eso nunca se detenÃa. SeguÃa rezando hasta terminar. Lo más fuerte que a mà me pasó durante esos dos rosarios fue que me estiraron los cabellos. Lo hicieron hasta en dos ocasiones. Haciendo un esfuerzo, lo ignoré lo más que pude, pensando que ya estábamos a punto de lograrlo. El último rosario lo hizo durante el dÃa, porque al terminar se levantarÃa la cruz de cal y se llevarÃa al panteón para regarla sobre la tumba. Asà con la luz del sol estábamos más tranquilas. Además, por lo menos, yo estaba contenta de que ya Ãbamos a terminar. Llegamos al rancho y todo era diferente, creÃamos que ya no se sentirÃa aquella presencia pero no fue asÃ, estaba más fuerte que nunca, ni siquiera ese dÃa estuvieron los familiares, ellos nos miraban desde la distancia. Se mostraban nerviosos. Tal vez también a ellos les surgÃa terminar con eso. Apenas nos persignamos para empezar, a mi mamá le vino una fuerte tos que no la dejaba hablar, sabiendo que eso no era normal. Después de unos minutos me hizo una seña para que yo rezara.
57:16 Al principio me temblaba la voz de los nervios que tenÃa. Luego del primer misterio, recé con más confianza. Todo el rosario, mi mamá estuvo tosiendo de una manera escandalosa. Cuando parecÃa que se ahogaba, volteaba a verla. Ella me decÃa con señas que continuara. Después de terminar el rosario, mi mamá dejó de toser. Ya más tranquila, ella continuó. Hizo todo un rito para recoger la cruz de cal porque en ella decÃa que iba la sombra de la difunta. Salimos de ese cuarto bastante cansadas. Los familiares le pidieron de favor que ella fuera al panteón a dejarla. porque ellos no podÃan sin tantas preguntas asà lo hicimos de nuevo caminamos por una vereda todavÃa más estrecha cuando estuvimos frente a la tumba de esa mujer habÃa una sensación extraña revisamos varias veces porque era un lugar abandonado y seco para nada era una tumba reciente estaba llena de maleza crecida y las pocas flores que tenÃa se encontraban secas solo que no habÃa duda ahà estaba la cruz blanca con su nombre aquella que se encontraba en el velorio.
58:25 Mi mamá me pidió que no me distrajera y que no dejara de rezar. Mientras tanto, ella fue regando la cal sobre la tierra. Igualmente, colocamos el vaso de agua y la veladora. Casi para terminar, escuché una voz muy cerca de mi oÃdo. Fue tan inesperado que volteé asustada, pero no habÃa nadie. Lo recuerdo perfectamente. Una mujer me dijo, reza por mÃ. Cuando por fin terminamos, nos encaminamos rumbo a la salida. Desconcertada me di cuenta que, por cada tumba que pasaba, escuchaba que me pedÃan que rezara o que les prendiera una veladora. Pero yo no veÃa a nadie. Estaba temblando de miedo. En ese momento no le dije a mi mamá. Lo hice hasta que estuvimos en casa.
59:10 Ella sorprendida me aseguró que eran las ánimas del purgatorio que me pedÃan que les ayudara. Desde ese momento también yo me convertà en rezandera, porque mi mamá me dijo que yo tenÃa un don. A partir de ahà no solo iba a algunos velorios yo sola, en ocasiones me paraba afuera del panteón y les rezaba un rosario a todos los difuntos. De hecho, hoy muchos años después todavÃa lo hago. Esto me sucedió hace más de 60 años. Mi mamá ya hace tiempo que falleció y yo ocupé su lugar por muchos años. Aunque en la actualidad hay muchas mujeres que rezan, ya no se utilizan los conocimientos ni la sabidurÃa de las viejas rezanderas.
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