Oct. 15, 2025

LA SECTA RELIGIOSA De MÉXICO: LA LUZ DEL MUNDO Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:03 No digo esto para ofender a nadie ni para cuestionar creencias. Lo hago porque necesito contar lo que viví junto a mi hermana. Siento que es una historia que se debe de contar por todo lo que implica. Hay cosas que uno no se imagina que puedan pasar dentro de su propia casa. Menos cuando vienen disfrazadas de fe. Cuando mi madre murió hace ya tres años, todo se desacomodó en mi casa. Mi padre trató de mantenernos unidos, pero el vacío que dejó ella era demasiado grande. Yo tenía 22 años y mi hermana, Taideh, apenas 18. Éramos muy distintas desde siempre. Yo me quedé en casa ayudando a papá con el trabajo y los quehaceres, mientras ella buscaba cualquier excusa para salir, para conocer gente nueva. Todo comenzó cuando Taideh empezó a ir a unas reuniones en Guadalajara. Decía que había conocido a unos muchachos que asistían a una iglesia llamada La Luz del Mundo. Yo no había escuchado mucho sobre eso, solo sabía que era una comunidad religiosa grande, muy organizada y que tenía templos en varios lugares. Ella me contó que la habían invitado a un evento de jóvenes y que se sentía muy bien ahí, que la trataban como si fuera parte de una familia. Mi papá no le puso peros. Pensó que después de todo lo que habíamos pasado, cualquier cosa que la ayudara a sentirse mejor estaba bien.

1:33 Las primeras semanas fueron tranquilas. Venía contenta, con folletos y canciones que escuchaba en el celular. A veces repetía frases que le habían enseñado, cosas sobre pureza, obediencia y fe verdadera. Yo la escuchaba sin darle mucha importancia. Era su manera de distraerse. Pero poco a poco fue cambiando. Dejó de maquillarse, guardó la ropa que antes usaba para salir con sus amigas y empezó a vestirse con faldas largas y blusas cerradas. Decía que Dios no aprobaba la vanidad, que debíamos cuidar el cuerpo como templo. Cuando papá le preguntó si eso era necesario, ella le respondió diciéndole que pronto lo entendería, que las cosas del espíritu no eran para discutirlas. Lo más raro fue su manera de hablar. Empezó a usar palabras que no eran suyas, frases que parecían ensayadas. cuando comía cerraba los ojos y murmuraba oraciones muy largas antes de probar bocado si alguien la interrumpía se molestaba y se iba a su cuarto yo trataba de acercarme pero cada vez era más difícil decía que yo no entendía que seguía ciega que todavía no había recibido la verdadera luz Me dolía escucharla así, como si ya no fuera mi hermana, como si me hablara una desconocida usando su voz.

2:56 Con el tiempo dejó de salir con nosotros los domingos. Decía que tenía compromisos con la iglesia, que debía asistir a las vigilias y a los estudios bíblicos. Regresaba tarde, cansada, con los ojos enrojecidos, pero insistía en que estaba bien, que su alma estaba más viva que nunca. Yo trataba de creerle, aunque me costaba no notar lo distante que se había vuelto. Empezó a mirar a mi padre con cierta condescendencia, como si lo compadeciera por no ser parte de lo que ella consideraba la verdad. Ya no lo abrazaba, solo lo saludaba con la cabeza y se encerraba a leer su Biblia hasta la madrugada. Una noche, mientras lavaba los platos, escuché a papá decirle que estaba preocupado. Le pidió que no se alejara tanto, que no confiara ciegamente en personas que acababa de conocer. Ella le respondió que no eran personas, que era el pueblo escogido por Dios y que nosotros éramos quienes necesitábamos ayuda. Después cerró la puerta de su cuarto y no volvió a salir hasta el día siguiente. Yo fui detrás de ella, pero mi papá me detuvo. Me dijo que le diera espacio, que tal vez era solo una etapa. A la semana siguiente comenzó a faltar a la escuela y a pasar más tiempo en Guadalajara. Al principio decía que se quedaba en casa de unas amigas del grupo, pero nunca me dio direcciones ni apellidos. Cuando regresaba, traía nuevos panfletos y libros.

4:28 Yo intenté hablar con ella una noche, le dije que la extrañaba, que papá estaba preocupado, que las cosas en casa ya no eran las mismas. Me miró con los ojos muy abiertos y me dijo que debía prepararme, que pronto llegaría el día en que la luz separaría a los elegidos de los que se resistieran a creer. Luego me abrazó y me pidió que no tuviera miedo, que cuando todo pasara me acordaría de sus palabras. No entendí qué quiso decir. Mi papá dejó de insistir y yo empecé a dormir mal. Cada vez que la escuchaba rezar a medianoche, sentía que algo no estaba bien. Las oraciones ya no eran las mismas, parecían cantos, con frases repetidas una y otra vez. A veces creí escuchar más voces con ella, pero cuando me acercaba a su puerta, todo quedaba en silencio. Esa fue la primera vez que sentí miedo, aunque todavía no sabía por qué. Con el paso de los meses, Taideh comenzó a viajar cada fin de semana a Guadalajara. Decía que eran reuniones importantes, que debía asistir para servir en el templo y aprender sobre las enseñanzas del apóstol. Al principio mi padre se mostraba tranquilo, pensaba que eran simples convivencias religiosas, pero pronto empezó a notar que su hija vivía más allá de la casa, en un mundo que ya no compartía con nosotros. Llevaba una maleta pequeña y salía los viernes por la tarde, regresando

5:58 hasta el domingo en la noche, casi siempre agotada y con una sonrisa que no parecía normal. Un día, mientras desayunábamos, papá le preguntó si sabía algo sobre el líder de esa iglesia. Había leído su nombre en las noticias, Nahazón Joaquín García. Lo habían arrestado años atrás en Estados Unidos por delitos graves. No dio detalles, solo dijo que el juicio había sido grande y que mucha gente lo seguía defendiendo. Taideh dejó de comer en cuanto escuchó el nombre. Dijo que todo era mentira, que los medios eran manejados por enemigos de la fe, que el apóstol había sido víctima de una persecución. Le temblaba la voz mientras lo decía.

6:42 Se había alterado mucho, estaba enojada por eso. Papá se quedó callado unos segundos. Luego encendió el televisor y buscó una nota sobre el caso en YouTube. En la pantalla apareció una imagen del hombre, vestido con traje claro, entrando a una corte. El presentador hablaba de las acusaciones, de las denuncias y de los años que llevaba el proceso. No se mostraban escenas fuertes. solo la información oficial y la cantidad de seguidores que todavía lo defendían. Yo miré a mi hermana y noté que tenía los ojos fijos, sin pestañear. Cuando el noticiero terminó, se levantó de la mesa y se fue sin decir nada. Desde entonces no volvió a comer con nosotros. Esa misma noche, mi padre me pidió que buscara información en internet. Pasamos casi una hora leyendo artículos y comunicados. Había notas de periódicos nacionales y extranjeros, reportajes con fechas recientes y testimonios de exmiembros.

7:42 Todo hablaba del mismo hombre y del poder que tenía sobre sus seguidores. Mi papá me dijo que no quería perder a su hija en eso, que había algo extraño en la manera en que la trataban. como si la estuvieran aislando poco a poco. Taideh, en cambio, comenzó a mostrarse más distante. Ya no respondía cuando la llamábamos, y si lo hacía, era solo para decir que estaba orando o que debía prepararse para la próxima reunión. Cada vez que la intentábamos cuestionar, citaba frases de memoria. Decía que los tiempos eran difíciles, que solo quienes permanecieran firmes serían dignos de ver el nuevo reino. Si le preguntábamos de qué hablaba, decía que no podíamos entenderlo porque aún no habíamos recibido la luz. Yo empecé a observarla con más atención.

8:31 Se levantaba antes del amanecer, se arrodillaba frente a una pequeña mesa donde tenía una Biblia abierta y un cuaderno lleno de anotaciones. Movía los labios sin emitir sonido. A veces murmuraba nombres y repetía la misma frase varias veces. como si rezara o como si estuviera respondiendo a alguien que no podíamos escuchar. Cuando terminaba, salía al patio y miraba hacia el cielo con los brazos levantados. Una madrugada la escuché llorar mientras repetía que el apóstol había sido injustamente encarcelado y que su espíritu seguía guiando a los fieles desde lejos. Papá trató de hablar con ella de nuevo.

9:11 Le dijo que no tenía nada en contra de su fe, pero que no quería verla tan fanatizada. Ella lo interrumpió, diciéndole que el diablo se disfrazaba de familia para distraer a los elegidos. Lo dijo sin elevar la voz, pero con una seguridad que lo dejó callado. Luego volvió a encerrarse. Yo me quedé con él en la cocina sin saber qué decir. Con el tiempo, los fines de semana de Taideh se hicieron más largos. A veces no regresaba en tres o cuatro días. Decía que el espíritu la había llamado a servir y que debía obedecer. Su ropa cambió todavía más. Empezó a usar un velo blanco para cubrirse el cabello y hablaba de jerarquías dentro del grupo. Mencionaba títulos, cargos y tareas, como si fuera parte de una organización más que de una iglesia. En la casa se sintió su ausencia. El lugar donde dormía olía a aceite y a incienso. Tenía estampas pegadas en la pared y papeles escritos con versículos. Una noche me atreví a revisar su mesa.

10:16 En el cuaderno encontré oraciones copiadas una y otra vez, todas dedicadas al mismo hombre. En la parte inferior de una página había escrito con letras grandes,« El apóstol es el ungido del Señor, no puede ser tocado por la justicia del hombre».« No quise mostrarle eso a mi padre», dijo que había conocido a muchos fanáticos en su vida. pero que lo de su hija era distinto, que la estaban manipulando. Lo vi pasar varias noches leyendo reportajes y buscando testimonios de personas que habían salido del grupo. Algunos contaban historias de control, de aislamiento, de cómo los alejaban de sus familias. Mi papá estaba enojado y después se quedaba mirando la puerta de su cuarto, esperando escucharla volver.

11:05 La última semana de abril, cuando regresó de Guadalajara, Taide ya no saludó. Pasó directo al baño, se lavó las manos varias veces y luego se encerró a rezar. Durante la madrugada la escuché murmurar de nuevo, pero esta vez no estaba sola. Se oían más voces, muy bajas, como si alguien la acompañara. Cuando me acerqué, la puerta vibraba. No entendí las palabras, pero las repeticiones eran tan constantes que me dieron escalofríos. Desde entonces dejó de ser la misma. Un sábado por la mañana decidí ir a Guadalajara para entender qué estaba pasando. No se lo dije a mi padre porque sabía que intentaría detenerme. Solo tomé un autobús y me guié con la dirección que había visto en uno de los folletos que Taideh dejaba sobre la mesa.

11:55 Quedaba en una zona bastante transitada, pero al acercarme noté que el edificio destacaba de todo lo demás. Era enorme, blanco, con una estructura que recordaba a una catedral moderna, aunque sin cruces ni imágenes conocidas. Afuera había personas vestidas con ropa muy formal. Las mujeres llevaban faldas largas, velos blancos y blusas cerradas. Los hombres usaban trajes y camisas claras. Todos caminaban con pasos ordenados, saludándose entre ellos con una sonrisa. En la entrada principal me recibió una joven que me llamó hermana sin conocerme. Me preguntó si venía por primera vez y me ofreció acompañarme. Dijo que dentro había una reunión especial y que ese día hablaban del amor al apóstol.

12:43 Su tono era amable, pero no natural. Caminaba erguida con los ojos atentos a todo lo que pasaba alrededor. Sentí que me observaban desde varios lados, aunque nadie se acercaba. Cuando entré al recinto, el silencio era casi total. Decenas de personas estaban de pie, mirando hacia un escenario con cortinas doradas. En el centro había una enorme fotografía de un hombre con traje claro, el mismo que había visto en las noticias. Debajo de la imagen había flores, velas y un letrero que decía, El siervo de Dios vive en nuestros corazones. Las bancas estaban llenas, los asistentes no hablaban entre sí, solo murmuraban oraciones al unísono. Vi a varias mujeres jóvenes con los ojos cerrados, repitiendo frases sin detenerse.

13:34 Algunos hombres caminaban entre las filas, dando indicaciones en voz baja. Todo parecía perfectamente calculado, como si cada persona tuviera un papel que cumplir. No era como una iglesia común. No había espontaneidad. Era una disciplina fría. Me senté en la última banca y traté de pasar desapercibida. En el altar principal apareció un grupo de hombres vestidos de blanco. Uno de ellos tomó un micrófono y comenzó a hablar sobre el sufrimiento del apóstol y la fidelidad que debía mantenerse a pesar de las calumnias. Cada frase que decía era seguida por un coro de respuestas. No eran aplausos, sino oraciones repetidas. A mi alrededor todos bajaban la cabeza y levantaban las manos cuando él pronunciaba el nombre de Nazón Joaquín.

14:23 sentí un nudo en la garganta no entendía cómo podían venerar a un hombre acusado públicamente y hacerlo con tanta entrega a lo lejos vi a Taideh estaba de pie junto a otras muchachas llevaban velos blancos y sostenían cuadernos en las manos sus rostros estaban serios sin expresión cuando la reconocí levanté la mano para llamarla pero ella no reaccionó mantuvo la mirada fija hacia el frente como si no me viera Me quedé observándola un rato, esperando algún gesto, pero nada cambió. Después del discurso, varios jóvenes comenzaron a recoger ofrendas en sobres sellados. Uno de ellos se acercó a mí y me ofreció uno. Le dije que solo había ido a acompañar a mi hermana, pero insistió. Dijo que era un acto de amor, que aunque no tuviera dinero, podía escribir mi nombre y dejarlo en el altar. Me pareció extraño, pero acepté el sobre solo para evitar más atención.

15:23 Cuando terminó la reunión, me acerqué a un grupo de mujeres que parecían encargadas de organizar a las jóvenes. Una de ellas me preguntó si pertenecía a alguna congregación. Le dije que no, que solo había ido por curiosidad. Me respondió con una sonrisa y me pidió que no tomara fotos ni grabara nada. que había gente malintencionada que luego tergiversaba lo que pasaba ahí. Me retiré despacio. Antes de salir, escuché a dos muchachos hablar sobre los hermanos mayores. Decían que eran los encargados de cuidar a las nuevas integrantes, especialmente a las más jóvenes, y de guiarlas en su crecimiento espiritual. También mencionaron algo sobre servicios especiales, donde solo podían entrar quienes tuvieran autorización. No entendí del todo, pero por la forma en que lo decían supe que no era algo común. Vi a una de las encargadas llevarse a tres muchachas por una puerta lateral. Ninguna hablaba, y una de ellas parecía llorar en silencio. Busqué a Taideh en el pasillo, pero no la encontré. Le pregunté a una señora si la había visto y me respondió que las hermanas en servicio no podían ser interrumpidas. Me quedé parada un rato en la salida, mirando cómo la gente se despedía entre abrazos y frases. Todos hablaban con el mismo tono, con las mismas palabras. Había algo inquietante en esa uniformidad, como si todos hubieran dejado de pensar por

16:53 sí mismos. Cuando por fin vi a mi hermana salir, ya era de noche. Llevaba el velo puesto y tenía una expresión tranquila. Le pregunté si podía regresar conmigo a casa, pero dijo que no. que debía quedarse unos días más. Me aseguró que estaba bien, que todo lo que hacían era por amor a Dios. Le insistí, pero su mirada no cambió. Dijo que el apóstol los necesitaba unidos y que pronto el mundo entero entendería su propósito. No discutí. Solo la abracé, aunque ella no me correspondió. Caminé hacia la calle. Cuando subí al autobús, vi el templo alejarse por la ventana. Las luces blancas lo hacían brillar entre los edificios, como una fortaleza. En el asiento de al lado, una mujer que también venía de ahí lloraba en silencio con las manos juntas. Quise hablarle, pero se bajó antes de que pudiera hacerlo. Esa noche, de regreso a la casa...

17:50 Sentí que había cruzado un límite. Mi hermana ya no era parte de nuestra vida cotidiana. Cada fin de semana se quedaba más tiempo en Guadalajara y cuando volvía traía la mirada más perdida. Yo intentaba no preocupar a papá, pero dentro de mí sabía que algo muy serio se estaba gestando allá adentro. Algo que no tenía que ver con religión, sino con control. El problema estalló una tarde de junio. Papá regresó del trabajo con la cara tensa. Llamó a Taideh para hablar con ella en la cocina. Yo me quedé cerca fingiendo que limpiaba la mesa, pero escuchaba cada palabra. Le preguntó por qué no había ido a su trabajo desde hacía más de una semana. Ella le respondió con tranquilidad que ya no trabajaría más, que había tomado la decisión de servir tiempo completo a la iglesia.

18:41 Dijo que el Señor la había llamado y que no podía rechazar esa oportunidad. Papá se levantó del asiento tan rápido que el banco se movió. Le dijo que eso no era un llamado divino, que lo que estaban haciendo era aprovecharse de ella, quitándole la independencia y la vida que tenía. Ella no se alteró al principio, pero luego comenzó a gritarle que no entendía nada, que el trabajo en el mundo no valía lo que valía servir al apóstol. Nunca la habíamos visto así. Cuando él le pidió que pensara en su futuro, le respondió que su futuro estaba asegurado en la fe y que si su familia se oponía, entonces el enemigo se había metido en nuestra casa. Esa noche casi no dormimos. Papá se quedó sentado en la sala mirando hacia la puerta del cuarto de ella sin animarse a entrar. Me dijo que sentía haber sido demasiado duro, pero que no sabía cómo traerla de vuelta a la realidad.

19:41 Yo lo entendía, pero cada intento nuestro parecía empujarla más lejos. Intenté hablar con Taideh al día siguiente. Llevé un té a su cuarto y le pregunté si podía acompañarla a sus reuniones para conocer mejor lo que hacía. Me miró con desconfianza. Dijo que no quería que fuera, que los corazones tibios contaminaban el servicio de los verdaderos fieles. Me quedé parada un momento, sin saber qué responder. Siempre sacaba ese tipo de tonterías. No se podía hablar con ella. Luego tiró el té al lavabo y cerró la puerta con llave. Una semana después, comenzaron a aparecer en las noticias imágenes de marchas y manifestaciones en Guadalajara. Multitudes vestidas de blanco caminaban por las calles con pancartas que decían Inocente, Apóstol de Dios y La Luz No Se Apaga. En los noticieros mostraban declaraciones de los organizadores, quienes aseguraban que las acusaciones contra su líder eran eran una prueba enviada por Dios para fortalecer la fe del pueblo. Papá se llevó las manos a la cabeza al ver eso. Decía que era increíble que tanta gente defendiera hasta a alguien acusado de cosas tan graves. Yo también lo vi por televisión, y entre la multitud, en una toma rápida, reconocí a Taideh.

21:01 Llevaba el velo blanco y sostenía una pancarta. Sonreía y gritaba entre los demás. Corría a decirle a papá, pero él ya lo había visto. Se quedó callado, con la vista fija en la pantalla. No dijo nada, solo apagó la televisión y salió al patio a fumar. Los días siguientes, en el pueblo, todos hablaban del tema. Algunos lo hacían con burla. En la tienda, las vecinas me preguntaban si era cierto que mi hermana aparecía en las marchas, que si se había metido en esa iglesia tan polémica. No sabía qué contestar. Decía que solo estaba participando en actividades religiosas, pero ni yo misma lo creía. Algunos se reían y decían que tarde o temprano volvería con la cabeza baja.

21:49 Me decían que tuviera cuidado, que esos grupos lavaban el cerebro. Papá empezó a recibir comentarios en su trabajo. Un compañero le mostró un video donde se veía a Taideh cantando con otras mujeres frente a un templo, defendiendo al apóstol. Le dijeron que debía ponerle un alto antes de que fuera demasiado tarde. Días después me llamó, y su tono era distinto, casi autoritario. Me dijo que no intentara contactarla más, que estaba ocupada sirviendo en la obra. Le pedí que al menos me dijera si estaba bien, y respondió que no debía preocuparme por su bienestar físico, sino por el mío espiritual. Luego cortó la llamada. Papá quiso ir por ella, pero no sabíamos en qué casa se quedaba exactamente. Solo teníamos la dirección del templo. Y ahí no daban información personal de los miembros. Decidimos esperar unos días, pensando que tal vez regresaría. Lo hizo, pero ya no como antes.

22:52 Llegó con la cabeza cubierta, sin maquillaje, sin su celular. Dijo que había entregado todo para servir con pureza. Papá quiso abrazarla, pero ella se apartó. Le dijo que su misión era obedecer y que pronto él entendería. En el pueblo, la gente empezó a murmurar. Algunos nos veían con burla. Había quienes decían que la habían engañado, y otros que tal vez nosotros no habíamos sido lo bastante firmes para mantenerla cerca. Cada comentario pesaba más que el anterior. En la tienda ya evitaban hablar cuando entrábamos y una vecina le dijo a papá que rezaría por ella, lo cual lo irritó todavía más. Yo seguía intentando mantener el contacto, aunque cada palabra suya parecía una pared hablaba con frases repetidas mencionando a los hermanos mayores y diciendo que el apóstol se comunicaba con los fieles a través de sueños tontería tras tontería ya no hablábamos ni del trabajo ni de cosas normales todo giraba en torno a la iglesia Cuando la veía rezar frente a la ventana, murmurando nombres que no reconocía, comprendí que ya no podía alcanzarla. Un día comenzaron de repente las llamadas. En una llamada preguntó si en esa casa vivía la familia de Taideh. Pensé que era alguien de la iglesia, así que respondí que sí.

24:17 La persona agradeció y colgó sin decir más. No le di importancia, pero al día siguiente volvió a sonar el teléfono. Esta vez era otra voz, un hombre que preguntó si mi padre seguía trabajando en el taller y a qué hora solía estar en casa. Me pareció raro. Le pregunté quién hablaba, pero también colgó. A partir de entonces, las llamadas se repitieron. Algunas veces escuchaba respiraciones largas antes de que cortaran. En otras, decían frases cortas como,« Sabemos que Dios los está probando» o« La familia también debe servir». Al principio pensé que era casualidad, que quizás se trataba de algún error, pero cuando una de esas voces mencionó nuestra dirección exacta, supe que no era casual. Le conté a papá y su cara se tensó. Dijo que ellos debían tener acceso a los datos de los miembros, que probablemente Taideh les había dado información. Esa noche apagamos el teléfono de la casa, pero al día siguiente comenzaron los mensajes por redes sociales. Llegaban desde cuentas sin foto, con nombres religiosos. Algunos eran versículos, otros advertencias sobre no oponerse al propósito del apóstol. Papá se alteró tanto que le subió la presión. Tuvo que ir al médico y le dijeron que debía descansar. Pasaba los días con un dolor constante en el pecho. Llamamos a Taidé para decirle que papá estaba enfermo. Atendió con tono frío. Le pedí que

25:50 viniera que él la necesitaba. Me contestó que no podía, que el apóstol había pedido a los servidores mantenerse apartados del mundo durante un tiempo de purificación. Le dije que era su padre, que no podía dejarlo solo, pero repitió que la obediencia venía antes que los lazos terrenales. Luego colgó. Me quedé mirando el teléfono sin poder creerlo. Me pidió que no volviera a llamarla, que ya no la reconocía como la misma muchacha que había criado. Su salud empeoró rápido, dormía poco, comía menos y pasaba las noches frente al televisor viendo las noticias sobre ese caso. En un noticiero, entrevistaban a exmiembros de la iglesia. Contaban cómo los habían presionado para entregar dinero, propiedades y hasta separarse de sus familias.

26:40 Decían que todo se hacía con la promesa de obtener un lugar en el cielo. Algunos mencionaban manipulación emocional y otros castigos para quienes desobedecían órdenes directas. Papá veía eso. Repitiendo que eso era exactamente lo que le habían hecho a su hija. Yo no sabía qué más hacer. Así que una mañana busqué el número de un periodista que aparecía en los reportajes. Lo llamé y le conté brevemente nuestra situación. Me escuchó con atención, pero su respuesta me dejó helada. Dijo que tuviera cuidado, que esas organizaciones tenían contactos en todos lados, que era común que llamaran o visitaran a las familias que se oponían. Me preguntó si alguien ya había ido a nuestra casa. Le dije que no, solo las llamadas. Me pidió que no diera más datos personales y que evitara viajar sola a Guadalajara. Antes de colgar, me dijo que no confiara en nadie que se presentara como parte de la congregación, ni siquiera si decía venir en nombre de mi hermana. Sentía que alguien nos observaba todo el tiempo. Por las noches se escuchaban autos que pasaban despacio frente a la casa. Papá decía que eran casualidades, pero yo notaba cómo se ponía pálido cada vez que sonaba el teléfono. Llegó a desconectarlo por completo. Vivíamos con las cortinas cerradas, casi sin hablar. Una tarde, cuando regresaba del mandado, encontré un sobre en el buzón. No tenía remitente,

28:12 solo una frase escrita a mano.« El Señor llama también a los que dudan». Lo abrí y había un folleto con el rostro del apóstol y un texto que hablaba del perdón para las familias que se resistían. Lo guardé sin mostrárselo a papá para no alterarlo más, pero empecé a sentir miedo. No era normal que supiera nuestra dirección. A los pocos días mi papá tuvo una crisis. Se desmayó mientras intentaba levantarse de la cama. Lo llevé al hospital y el médico dijo que era un cuadro de agotamiento, presión alta y estrés severo. Me pidió que lo mantuviera alejado de situaciones tensas. Cuando volvió a casa, estaba más débil.

28:54 Intentaba mantenerse firme. Yo volví a intentar comunicarme con Taideh, aunque sabía que sería inútil. Le envié un mensaje diciéndole que papá estaba mal. Contestó muchas horas después con una frase corta.« Oraré por él si el apóstol lo permite». Le pedí que viniera, pero ya no respondió. Pasé las noches leyendo todo lo que encontraba sobre ese grupo. En varios artículos mencionaban a personas que habían logrado salir. Decían que lo más difícil era romper el miedo, que los hacían sentir culpables si se alejaban. Algunos contaban que les decían que el castigo de Dios caería sobre sus familias.

29:34 Cuanto más leía, más comprendía que Taideh estaba atrapada en algo más aterrador. El periodista volvió a llamarme una semana después. Me preguntó si las llamadas continuaban. Le dije que sí, aunque menos frecuentes. Me pidió que grabara cualquier mensaje o número que se repitiera, pero que no contestara más. Antes de colgar, me dijo que había recibido amenazas por investigar el caso y que si algo me parecía fuera de lugar, debía avisar a las autoridades locales. Desde entonces dejé de dormir tranquila. Cada vez que el teléfono sonaba me asustaba. Papá mejoró un poco con el tratamiento, pero su ánimo no volvió a ser el mismo. Pasaba los días mirando el portón como esperando que su hija regresara caminando. Yo ya no sabía si volvería. En mi interior algo me decía que lo que nos estaba rodeando iba más allá de una simple religión. Era una red que se extendía sin descanso, y nosotros estábamos justo en el centro. Taideh volvió a casa a finales de julio. No avisó. Solo apareció en la puerta con una maleta pequeña y una carpeta blanca en la mano. Cuando la vi, me quedé impactada.

30:49 Estaba más delgada, con el rostro hundido y los ojos rodeados de ojeras oscuras. Su piel parecía seca, como si hubiera pasado semanas sin dormir bien. Vestía igual que siempre desde que se unió al grupo. Falda larga, blusa cerrada y el velo blanco cubriéndole la cabeza. Dijo que venía unos días para dar testimonio a su familia y mostrar que la fe podía vencer la enfermedad. Mi papá, que seguía débil, intentó recibirla con calma. Le ofreció asiento y café, pero ella se negó. Dijo que el cuerpo no necesitaba placer, solo disciplina. Se sentó en la orilla del sillón y comenzó a hablar de la pureza, de la obediencia y de la promesa del apóstol. Cada frase la terminaba mirando al techo, como si esperara una señal. Durante el día se mantuvo reservada. Ayudó un poco en la cocina y leyó su Biblia en silencio, pero por las noches se encerraba en su cuarto. Desde ahí se escuchaban rezos largos, murmuraban nombres, fechas, y en algunos momentos su voz subía, quebrada, como si estuviera llorando. Una madrugada me levanté al baño y al pasar por su puerta escuché como golpeaba el piso con algo. Me quedé un momento escuchando. Decía que el siervo debía ser glorificado y que la oscuridad no debía tocarlo. A la mañana siguiente, cuando salió de su cuarto, me saludó con una sonrisa leve. Le pregunté si había

32:19 dormido y respondió que no necesitaba descanso cuando el alma estaba en servicio. Intenté preguntarle si pensaba quedarse más tiempo, pero cambió de tema. Dijo que debía purificar la casa porque había energías contrarias a la luz. Esa misma tarde, limpió con agua bendita el pasillo y el comedor, rezando mientras lo hacía. Papá la observaba desde su silla. En su cuarto, sobre la cómoda, noté varios marcos con fotos. Al principio creí que eran retratos comunes, pero cuando me acerqué vi que todas mostraban al mismo hombre, el líder de su iglesia. En una de ellas aparecía rodeado de flores blancas, en otra con un fondo dorado y una inscripción que decía, el apóstol del Señor guía de las almas puras. Había colocado velas a los lados, como si fuera un altar. También encontré hojas sueltas con frases escritas a mano. Algunas decían, la obediencia es vida, el cuerpo no me pertenece, el mundo será purgado. Todo estaba ordenado con cuidado, sin una sola mancha, como si le dedicara horas a mantenerlo limpio. Papá quiso hablar con ella esa noche.

33:33 Yo estaba en la cocina cuando escuché su voz temblorosa llamándola por su nombre. Le dijo que lo único que pedía era tener a su hija de vuelta, que no quería discutir de religión. Taideh se levantó de su silla despacio, lo miró fijo y le dijo que no era su hija, que su sangre ya había sido consagrada al Señor. Papá trató de acercarse, pero ella retrocedió. Le gritó que la incredulidad era una forma de posesión y que él tenía la mirada corrompida. Su voz fue tan fuerte que los vecinos debieron escucharla. Yo entré corriendo, la tomé del brazo y le pedí que se calmara, pero su cuerpo temblaba.

34:14 Tenía los ojos brillantes y la respiración agitada. Papá se quedó quieto, sin fuerzas. Me pidió en voz baja que la dejara sola, que ya no valía la pena discutir. Ella regresó a su cuarto y cerró la puerta. Desde dentro se escucharon los rezos otra vez, más intensos. Esa noche papá no cenó. Se quedó sentado mirando el suelo, murmurando que lo había perdido todo. Me fui a dormir con un peso en el pecho. En medio de la oscuridad, oía la voz de Taideh rezando sin parar. A ratos se interrumpía y luego seguía como si alguien le respondiera. A eso de las tres de la mañana, escuché un golpe dentro de su cuarto, como si algo pesado hubiera caído.

34:57 Me levanté, pero no me atreví a tocar su puerta. Su voz seguía, entrecortada, mezclando rezos con frases que no comprendía. Cuando amaneció, el pasillo olía a cera quemada. Ella estaba arrodillada frente a las fotos del líder, con las manos en alto y los labios moviéndose sin sonido. Me miró sin expresión y dijo que había pasado la noche intercediendo por nuestras almas. Luego se levantó y se fue al patio, donde permaneció bajo el sol con los ojos cerrados durante horas. Esa noche, mientras mi papá dormía, decidí poner llave a mi puerta, no porque pensara que ella me haría daño, sino porque su comportamiento me incomodaba. Escuché pasos en el pasillo, lentos, como si caminara descalza. Se detuvo frente a mi cuarto.

35:47 Pude oír su respiración del otro lado. No tocó. Solo se quedó ahí un momento. Después, el sonido se alejó hasta desaparecer. Desde entonces, cada vez que el viento movía las cortinas o el piso crujía, sentía el corazón acelerarse. No sabía si debía tenerle miedo a lo que la iglesia le había hecho o a lo que ella misma se estaba convirtiendo. Esa madrugada... me despertó un olor fuerte a humo. Al principio pensé que era algún vecino quemando basura, pero cuando miré por la ventana vi un resplandor naranja en el patio. Me levanté despacio y abrí la cortina. Taideh estaba ahí, arrodillada frente a una cubeta metálica. Tenía el velo puesto y sostenía un manojo de papeles que iba echando al fuego uno por uno. Me quedé mirándola, Repetía la misma frase una y otra vez, algo sobre purificación de la carne y del nombre. De vez en cuando levantaba los brazos y miraba al cielo como si esperara una señal. El fuego crepitaba y el humo le rodeaba el cuerpo. No parecía estar en sí. Cuando terminó, vertió un poco de agua sobre las brasas y recogió las cenizas con cuidado. Luego las metió en una bolsa y entró a la casa. Caminó por el pasillo. Se detuvo frente al cuarto de papá. Puso la mano sobre la puerta y murmuró algo antes de irse al suyo.

37:14 El olor a humo seguía impregnado en la casa. Papá buscaba unos documentos que guardaba en el cajón del mueble del comedor. Eran papeles importantes, actas, certificados, la escritura del terreno. No los encontraba. Revisó todo y nada apareció. También faltaban su reloj, una cadena de oro y un sobre con dinero. Al principio pensó que los había cambiado de lugar, pero la forma en que Taideh evitaba mirarlo lo hizo sospechar. Le preguntó directamente si había tomado algo y ella respondió que esas cosas materiales ya no eran necesarias, que el señor proveería lo que fuera justo. Papá se enojó y le gritó que eso era robar. Ella lo miró sin pestañear y dijo que había liberado al hogar de la avaricia.

38:04 Después se encerró. Ese mismo día ella se fue. A las semanas fui a Guadalajara. Quería ver a Taideh. No podía quedarme viendo cómo todo se derrumbaba. Tomé el primer autobús y llegué al anochecer. Busqué la dirección del templo donde la había visto meses atrás. Había gente entrando y saliendo, todos con la misma expresión serena, todos con el mismo atuendo blanco. No me acerqué. Me quedé al otro lado de la calle hasta que vi a una mujer que salía con un niño de la mano. llevaba el velo doblado sobre el hombro como si ya no le importara me acerqué y le pregunté si pertenecía a la luz del mundo dudó un momento pero cuando le dije que buscaba a mi hermana bajó la voz y me pidió que la acompañara a la esquina la mujer me dijo que ya no formaba parte del grupo que se había salido definitivamente. Me miró con desconfianza antes de seguir hablando.

39:04 Explicó que no todos los miembros sabían lo que pasaba dentro, que la mayoría eran personas buenas, creyentes, sinceras, pero que los líderes tenían más poder del que mostraban. Contó que muchas muchachas jóvenes eran enviadas a servicios especiales, donde las obligaban a obedecer órdenes sin saber para qué servían realmente. Dijo que algunos eran usados para trasladar dinero o documentos, otros para convencer a familias enteras de entregar sus bienes. Mencionó incluso que había quienes terminaban involucrados en delitos sin darse cuenta, todo en nombre del apóstol. Le pregunté si conocía a alguien llamado Taideh. Dijo que no, pero que el grupo era tan grande que era imposible saberlo todo.

39:53 Antes de irse, me advirtió que no siguiera investigando sola, que esa iglesia tenía ojos en todos lados y que si me acercaba demasiado podía terminar vigilada. Me quedé parada en la banqueta viendo cómo se alejaba. En ese momento entendí que lo que le había pasado a mi hermana no era un simple cambio de fe. No se trataba solo de religión, sino de poder. Caminé un rato por las calles cercanas al templo. Desde afuera se escuchaban cantos y rezos. Me quedé mirando a un grupo de jóvenes que entraban con cajas de cartón. Una mujer mayor los supervisaba. Llevaban el mismo uniforme blanco y no hablaban entre ellos.

40:34 Antes de regresar a la terminal, compré un café y me senté en una banca. No podía dejar de pensar en las palabras de aquella mujer. Si lo que decía era cierto, Taideh podía estar siendo usada sin saberlo. Recordé las cenizas que guardó en una bolsa, los documentos desaparecidos y sus frases sobre purificación del hogar. Llegué a casa de madrugada. Papá estaba despierto, sentado en la sala. Tenía los ojos rojos de cansancio. Le conté lo que había averiguado. Me escuchó sin interrumpir. Cuando terminé, solo dijo que ya no la reconocía, que lo peor no era perder los papeles ni el dinero, sino ver cómo su propia hija se había convertido en alguien capaz de obedecer órdenes ciegamente.

41:20 Pasaron varios días antes de que reuniera valor para hablar con Taideh. Desde que había regresado, evitaba cualquier conversación larga. Comía en silencio y se encerraba en su cuarto apenas terminaba. Yo sabía que, si quería hacerla reaccionar, debía hablarle sin discutir. Una tarde, mientras tendía la ropa, la vi sentada en el patio leyendo su Biblia. Me acerqué y le dije que papá estaba peor, que su salud se deterioraba cada día y que él solo quería verla regresar a la vida que tenía antes. Levantó la mirada con calma y me respondió que el sufrimiento de los débiles era parte de la voluntad divina. Le pedí que regresara conmigo a Guadalajara para hablar con alguien que pudiera orientarla, pero se negó.

42:10 Dijo que no necesitaba orientación humana, que el apóstol era el único capaz de guiar su espíritu. Intenté insistir. Le dije que no todo podía reducirse a obediencia. Me miró y dijo que esas memorias eran distracciones del enemigo. que el amor terrenal solo alejaba de la salvación. En ese momento comprendí que ya no hablaba conmigo. Todo lo que decía sonaba repetido, aprendido de memoria. Intenté abrazarla, pero se apartó. Dijo que no debía tocarla, que la pureza no debía contaminarse. Entró a la casa. Al día siguiente salí temprano para visitar a una conocida que vivía en Guadalajara y que había trabajado con un familiar de uno de los miembros de la iglesia. Me dijo que podía contarme más sobre lo que ocurría dentro de la comunidad. El lugar donde vivían algunos fieles estaba en una zona tranquila de la ciudad.

43:07 Eran casas compartidas por familias que habían dejado todo para servir. Las ventanas estaban cubiertas con cortinas gruesas y, en las entradas, había letreros con frases bíblicas. La mujer me contó que la vida allí seguía reglas estrictas. Despertaban a las 5 de la mañana para orar. Luego tenían horas de estudio y trabajo voluntario. No podían usar sus teléfonos libremente. Los dispositivos se guardaban en una oficina y solo se entregaban durante ciertos horarios, siempre supervisados. Quienes rompían las normas eran reprendidos públicamente en las reuniones. También mencionó que las mujeres más jóvenes eran asignadas a hogares de servicio, donde se encargaban de cocinar y limpiar para los líderes. No podían salir sin permiso, y si alguien se quejaba, le decían que la rebeldía era pecado. Todo sonaba a un sistema cerrado, donde cada persona perdía poco a poco su identidad. Yo escuchaba en silencio, tratando de imaginar a mi hermana dentro de ese ambiente. Mientras hablábamos, miré una noticia. Era un reportaje sobre nuevos testimonios de exmiembros que habían denunciado abusos y coerción dentro del grupo. El periodista explicaba que varios jóvenes afirmaban haber sido manipulados emocionalmente para cumplir órdenes en nombre del líder. Mostraban imágenes de marchas, templos y declaraciones de defensores que negaban todo. No daban detalles gráficos, pero

44:41 bastaba con ver los rostros de las víctimas para sentir que había algo oscuro detrás de todo eso. La mujer dijo que muchas personas tenían miedo de hablar, que algunos habían recibido amenazas después de dejar el grupo. Me pidió que, si mi hermana seguía adentro, no la enfrentara de forma directa, porque eso solo reforzaría su lealtad hacia ellos. Me recomendó buscar apoyo psicológico y, si era necesario, denunciar cualquier intento de contacto invasivo. Regresé a la casa. Mi papá dormía cuando llegué. En el cuarto de Taideh, la luz estaba prendida. Toqué la puerta y me dejó pasar. La habitación olía a incienso. En el escritorio tenía nuevas fotos del líder y varios papeles escritos con frases. Le pregunté qué significaban y me respondió que eran votos de obediencia. Dijo que el mundo estaba a punto de ser purificado y que quienes se oponían a la iglesia no merecían el perdón.

45:43 Le dije que no podía hablar así. que no todo era blanco o negro, pero me miró con un desprecio. Dijo que yo también estaba perdida y que solo el apóstol tenía autoridad para juzgar. Me pidió que saliera de su cuarto. Cerré la puerta y me quedé un momento en el pasillo, ya me estaba cansando de ella. El primer citatorio llegó a finales de agosto. Era un sobre sellado con el nombre de mi padre en letras grandes. Adentro había una notificación del Ministerio Público que pedía su presencia para aclarar una investigación relacionada con transferencias de dinero a cuentas religiosas. Papá lo leyó tres veces sin entender.

46:24 Decía que su nombre aparecía vinculado a movimientos bancarios realizados desde una cuenta compartida con su hija. Al principio creyó que era un error, pero el documento incluía su número de identificación y la dirección de la casa. Cuando volteó a verme, le noté una cara bien decepcionante. Me dio lástima ver a mi papá así. Esa misma tarde llegaron dos agentes. Dijeron que no lo estaban acusando de nada, solo necesitaban verificar algunos datos. Mencionaron que varias transferencias habían salido a nombre de distintos feligreses de la luz del mundo. y que entre esos registros aparecía el nombre de Taideh junto al suyo. Yo no sabía qué responder. Les conté que ella formaba parte de esa iglesia, que vivía entre Guadalajara y nuestra casa, pero que no teníamos control sobre sus actividades. Los hombres tomaron nota y se marcharon. Papá se encerró en su cuarto. Esa noche no quiso cenar.

47:25 me dijo que temía perderlo todo que los papeles que habían desaparecido seguramente habían sido usados para abrir cuentas o mover dinero sin su consentimiento no quería pensar mal de su hija pero las pruebas eran demasiado claras me mostró el citatorio otra vez ahí estaba su firma aunque él juraba no haber firmado nada dijo que tal vez ella había tenido acceso a sus documentos aquella noche del fuego en el patio Los días siguientes llegaron nuevos avisos, esta vez a mi nombre también. Eran citaciones para rendir declaración. Al parecer, varias cuentas habían recibido depósitos irregulares disfrazados de donaciones religiosas. Los montos no eran grandes, pero suficientes para levantar sospechas. Yo no entendía cómo era posible. No teníamos dinero.

48:15 Apenas alcanzaba para pagar los medicamentos de mi papá. Todo apuntaba a que alguien había usado nuestros datos. Llamé a Taideh. Contestó al tercer intento. Su voz sonaba tranquila, incluso alegre. Le conté lo del citatorio y le pedí que nos ayudara a aclararlo. Respondió que no nos preocupáramos, que pronto todo sería entendido, que lo que estaba ocurriendo era parte del plan del Señor. Le pedí que hablara claro, pero solo repitió que el oro debía ser probado con fuego. ni siquiera entendí qué quiso decir decía puras incoherencias dijo que el apóstol no permitiría que la luz fuera manchada por mentiras humanas luego cortó la llamada papá cayó en una depresión profunda pasaba los días sentado frente a la ventana mirando la calle sin decir palabra dejó de afeitarse y apenas comía Cuando intentaba hablarle de Taideh, me pedía que no lo hiciera, que prefería pensar que ella estaba muerta antes que creer que había sido capaz de involucrarlo en algo así. Yo traté de entender lo que estaba pasando.

49:23 Leí artículos de investigación que hablaban sobre redes financieras dentro de la organización. Los medios explicaban que usaban a los feligreses para mover dinero disfrazado de donaciones voluntarias. A los miembros más fieles se les pedía abrir cuentas y entregar sus datos, con la promesa de que todo era para sostener la obra de Dios. Algunos ni siquiera sabían cuánto dinero se movía a su nombre. Otros eran presionados para firmar documentos que luego desaparecían. Cada nota que leía me hacía pensar en Taideh, en la carpeta blanca que trajo aquella vez, en los papeles que quemó, en las frases que repetía sobre purificación y obediencia. Todo encajaba. había sido utilizada o tal vez convencida para participar en algo que ella creía sagrado. Y nosotros habíamos quedado arrastrados por sus actos.

50:18 Una mañana recibí una llamada de un número desconocido. Era ella. Me dijo que no podía decir dónde estaba, pero que pronto todo sería aclarado. Le pedí que regresara, que papá la necesitaba, que lo que estaba pasando era grave. Guardó silencio unos segundos y luego dijo que los justos debían ser probados, que el mundo no entendería lo que se revelaría en poco tiempo. Le rogué que no siguiera repitiendo esas frases. que sólo hablara como mi hermana. Respondió que ya no era mi hermana, que pertenecía al cuerpo espiritual del apóstol, y que cuando la verdad saliera a la luz, todos los nombres serían limpiados. Después de eso no volvió a llamar. Pasaron semanas sin saber de ella. En los noticieros se hablaba cada vez más de investigaciones contra líderes locales de la iglesia, acusados de usar donaciones para lavar dinero.

51:15 La policía detuvo a varios administradores que, según los reportes, coordinaban transferencias entre estados. Todo parecía demasiado grande, demasiado organizado. Papá apenas reaccionaba. Lo único que decía era que quería que todo terminara. Le habían pedido presentarse de nuevo a declarar, pero el médico le prohibió viajar por su estado de salud. Yo fui en su lugar. Expliqué todo lo que sabíamos, mostré los mensajes y las llamadas. Me dijeron que no éramos los únicos, que había decenas de familias en la misma situación. Algunas habían perdido sus casas, otras sus negocios. Todas tenían algo en común, un hijo o una hija dentro de la iglesia. Al regresar a casa, lo encontré dormido en la sala, con el citatorio sobre las piernas.

52:04 Me senté a su lado y lo miré en silencio. Afuera caía la tarde, y por primera vez en mucho tiempo, la casa estaba completamente en calma. Pasó unos días sin noticias de Taideh. No hubo llamadas, ni mensajes, ni rumores que nos dieran alguna pista. Su cuarto permaneció cerrado, igual que el día en que desapareció. Una mañana de julio, mientras limpiaba la mesa, escuché el noticiero local. El conductor hablaba de un operativo realizado en Guadalajara. Mencionó que las autoridades habían detenido a varios miembros de una organización religiosa vinculada con casos de fraude y complicidad en delitos financieros.

52:46 Entre los nombres leídos en voz alta, escuché el de mi hermana. Me quedé quieta. El periodista mostró imágenes del arresto. Allí estaba Taideh. Caminaba rodeada de agentes con las manos esposadas al frente. Tenía el mismo velo blanco de siempre, aunque ahora se veía sucio y arrugado. Decían que los detenidos eran acusados de formar parte de una red que movía dinero bajo la fachada de donaciones religiosas. Hablaban de transferencias internacionales, cuentas compartidas y lavado de fondos provenientes de los fieles También mencionaban que algunos de los arrestados aseguraban haber obedecido órdenes directas de líderes locales Llamé a papá de inmediato Tardó en levantarse y cuando le mostré la noticia se quedó mirando la pantalla sin pestañear. Trató de decir algo, pero se le quebró la voz. Luego empezó a llorar. Dijo que prefería verla viva, aunque fuera tras las rejas antes que seguir sin saber dónde estaba. Me abrazó con torpeza como si buscara apoyo para no desplomarse.

53:53 Días después, los noticieros ampliaron la información. Decían que varios detenidos habían declarado que no sabían lo que firmaban, que los habían convencido de entregar sus datos personales para fortalecer la obra del Señor. Algunos aseguraban que se les pedía obediencia total y que cuestionar era considerado pecado. Los fiscales hablaban de manipulación psicológica y control social. Cuanto más escuchaba, Más entendía que Taideh había sido una pieza más de una estructura diseñada para someter. Papá fue empeorando. No quiso volver al hospital. Los meses evité leer más noticias, aunque el tema seguía apareciendo en los medios. Decían que el proceso sería largo, que la mayoría de los involucrados permanecería en prisión preventiva mientras continuaban las investigaciones. Entendí que lo que destruye no es la fe en sí, sino la gente que la convierte en herramienta de poder. No culpo a Dios ni a la creencia, culpo a los que usan su nombre para enfermar la mente de los demás, para obligarlos a entregar su vida como sacrificio disfrazado de devoción.