LA SECTA RELIGIOSA De MÉXICO: LA LUZ DEL MUNDO Historias De Terror - REDE
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0:03 No digo esto para ofender a nadie ni para cuestionar creencias. Lo hago porque necesito contar lo que vivà junto a mi hermana. Siento que es una historia que se debe de contar por todo lo que implica. Hay cosas que uno no se imagina que puedan pasar dentro de su propia casa. Menos cuando vienen disfrazadas de fe. Cuando mi madre murió hace ya tres años, todo se desacomodó en mi casa. Mi padre trató de mantenernos unidos, pero el vacÃo que dejó ella era demasiado grande. Yo tenÃa 22 años y mi hermana, Taideh, apenas 18. Ãramos muy distintas desde siempre. Yo me quedé en casa ayudando a papá con el trabajo y los quehaceres, mientras ella buscaba cualquier excusa para salir, para conocer gente nueva. Todo comenzó cuando Taideh empezó a ir a unas reuniones en Guadalajara. DecÃa que habÃa conocido a unos muchachos que asistÃan a una iglesia llamada La Luz del Mundo. Yo no habÃa escuchado mucho sobre eso, solo sabÃa que era una comunidad religiosa grande, muy organizada y que tenÃa templos en varios lugares. Ella me contó que la habÃan invitado a un evento de jóvenes y que se sentÃa muy bien ahÃ, que la trataban como si fuera parte de una familia. Mi papá no le puso peros. Pensó que después de todo lo que habÃamos pasado, cualquier cosa que la ayudara a sentirse mejor estaba bien.
1:33 Las primeras semanas fueron tranquilas. VenÃa contenta, con folletos y canciones que escuchaba en el celular. A veces repetÃa frases que le habÃan enseñado, cosas sobre pureza, obediencia y fe verdadera. Yo la escuchaba sin darle mucha importancia. Era su manera de distraerse. Pero poco a poco fue cambiando. Dejó de maquillarse, guardó la ropa que antes usaba para salir con sus amigas y empezó a vestirse con faldas largas y blusas cerradas. DecÃa que Dios no aprobaba la vanidad, que debÃamos cuidar el cuerpo como templo. Cuando papá le preguntó si eso era necesario, ella le respondió diciéndole que pronto lo entenderÃa, que las cosas del espÃritu no eran para discutirlas. Lo más raro fue su manera de hablar. Empezó a usar palabras que no eran suyas, frases que parecÃan ensayadas. cuando comÃa cerraba los ojos y murmuraba oraciones muy largas antes de probar bocado si alguien la interrumpÃa se molestaba y se iba a su cuarto yo trataba de acercarme pero cada vez era más difÃcil decÃa que yo no entendÃa que seguÃa ciega que todavÃa no habÃa recibido la verdadera luz Me dolÃa escucharla asÃ, como si ya no fuera mi hermana, como si me hablara una desconocida usando su voz.
2:56 Con el tiempo dejó de salir con nosotros los domingos. DecÃa que tenÃa compromisos con la iglesia, que debÃa asistir a las vigilias y a los estudios bÃblicos. Regresaba tarde, cansada, con los ojos enrojecidos, pero insistÃa en que estaba bien, que su alma estaba más viva que nunca. Yo trataba de creerle, aunque me costaba no notar lo distante que se habÃa vuelto. Empezó a mirar a mi padre con cierta condescendencia, como si lo compadeciera por no ser parte de lo que ella consideraba la verdad. Ya no lo abrazaba, solo lo saludaba con la cabeza y se encerraba a leer su Biblia hasta la madrugada. Una noche, mientras lavaba los platos, escuché a papá decirle que estaba preocupado. Le pidió que no se alejara tanto, que no confiara ciegamente en personas que acababa de conocer. Ella le respondió que no eran personas, que era el pueblo escogido por Dios y que nosotros éramos quienes necesitábamos ayuda. Después cerró la puerta de su cuarto y no volvió a salir hasta el dÃa siguiente. Yo fui detrás de ella, pero mi papá me detuvo. Me dijo que le diera espacio, que tal vez era solo una etapa. A la semana siguiente comenzó a faltar a la escuela y a pasar más tiempo en Guadalajara. Al principio decÃa que se quedaba en casa de unas amigas del grupo, pero nunca me dio direcciones ni apellidos. Cuando regresaba, traÃa nuevos panfletos y libros.
4:28 Yo intenté hablar con ella una noche, le dije que la extrañaba, que papá estaba preocupado, que las cosas en casa ya no eran las mismas. Me miró con los ojos muy abiertos y me dijo que debÃa prepararme, que pronto llegarÃa el dÃa en que la luz separarÃa a los elegidos de los que se resistieran a creer. Luego me abrazó y me pidió que no tuviera miedo, que cuando todo pasara me acordarÃa de sus palabras. No entendà qué quiso decir. Mi papá dejó de insistir y yo empecé a dormir mal. Cada vez que la escuchaba rezar a medianoche, sentÃa que algo no estaba bien. Las oraciones ya no eran las mismas, parecÃan cantos, con frases repetidas una y otra vez. A veces creà escuchar más voces con ella, pero cuando me acercaba a su puerta, todo quedaba en silencio. Esa fue la primera vez que sentà miedo, aunque todavÃa no sabÃa por qué. Con el paso de los meses, Taideh comenzó a viajar cada fin de semana a Guadalajara. DecÃa que eran reuniones importantes, que debÃa asistir para servir en el templo y aprender sobre las enseñanzas del apóstol. Al principio mi padre se mostraba tranquilo, pensaba que eran simples convivencias religiosas, pero pronto empezó a notar que su hija vivÃa más allá de la casa, en un mundo que ya no compartÃa con nosotros. Llevaba una maleta pequeña y salÃa los viernes por la tarde, regresando
5:58 hasta el domingo en la noche, casi siempre agotada y con una sonrisa que no parecÃa normal. Un dÃa, mientras desayunábamos, papá le preguntó si sabÃa algo sobre el lÃder de esa iglesia. HabÃa leÃdo su nombre en las noticias, Nahazón JoaquÃn GarcÃa. Lo habÃan arrestado años atrás en Estados Unidos por delitos graves. No dio detalles, solo dijo que el juicio habÃa sido grande y que mucha gente lo seguÃa defendiendo. Taideh dejó de comer en cuanto escuchó el nombre. Dijo que todo era mentira, que los medios eran manejados por enemigos de la fe, que el apóstol habÃa sido vÃctima de una persecución. Le temblaba la voz mientras lo decÃa.
6:42 Se habÃa alterado mucho, estaba enojada por eso. Papá se quedó callado unos segundos. Luego encendió el televisor y buscó una nota sobre el caso en YouTube. En la pantalla apareció una imagen del hombre, vestido con traje claro, entrando a una corte. El presentador hablaba de las acusaciones, de las denuncias y de los años que llevaba el proceso. No se mostraban escenas fuertes. solo la información oficial y la cantidad de seguidores que todavÃa lo defendÃan. Yo miré a mi hermana y noté que tenÃa los ojos fijos, sin pestañear. Cuando el noticiero terminó, se levantó de la mesa y se fue sin decir nada. Desde entonces no volvió a comer con nosotros. Esa misma noche, mi padre me pidió que buscara información en internet. Pasamos casi una hora leyendo artÃculos y comunicados. HabÃa notas de periódicos nacionales y extranjeros, reportajes con fechas recientes y testimonios de exmiembros.
7:42 Todo hablaba del mismo hombre y del poder que tenÃa sobre sus seguidores. Mi papá me dijo que no querÃa perder a su hija en eso, que habÃa algo extraño en la manera en que la trataban. como si la estuvieran aislando poco a poco. Taideh, en cambio, comenzó a mostrarse más distante. Ya no respondÃa cuando la llamábamos, y si lo hacÃa, era solo para decir que estaba orando o que debÃa prepararse para la próxima reunión. Cada vez que la intentábamos cuestionar, citaba frases de memoria. DecÃa que los tiempos eran difÃciles, que solo quienes permanecieran firmes serÃan dignos de ver el nuevo reino. Si le preguntábamos de qué hablaba, decÃa que no podÃamos entenderlo porque aún no habÃamos recibido la luz. Yo empecé a observarla con más atención.
8:31 Se levantaba antes del amanecer, se arrodillaba frente a una pequeña mesa donde tenÃa una Biblia abierta y un cuaderno lleno de anotaciones. MovÃa los labios sin emitir sonido. A veces murmuraba nombres y repetÃa la misma frase varias veces. como si rezara o como si estuviera respondiendo a alguien que no podÃamos escuchar. Cuando terminaba, salÃa al patio y miraba hacia el cielo con los brazos levantados. Una madrugada la escuché llorar mientras repetÃa que el apóstol habÃa sido injustamente encarcelado y que su espÃritu seguÃa guiando a los fieles desde lejos. Papá trató de hablar con ella de nuevo.
9:11 Le dijo que no tenÃa nada en contra de su fe, pero que no querÃa verla tan fanatizada. Ella lo interrumpió, diciéndole que el diablo se disfrazaba de familia para distraer a los elegidos. Lo dijo sin elevar la voz, pero con una seguridad que lo dejó callado. Luego volvió a encerrarse. Yo me quedé con él en la cocina sin saber qué decir. Con el tiempo, los fines de semana de Taideh se hicieron más largos. A veces no regresaba en tres o cuatro dÃas. DecÃa que el espÃritu la habÃa llamado a servir y que debÃa obedecer. Su ropa cambió todavÃa más. Empezó a usar un velo blanco para cubrirse el cabello y hablaba de jerarquÃas dentro del grupo. Mencionaba tÃtulos, cargos y tareas, como si fuera parte de una organización más que de una iglesia. En la casa se sintió su ausencia. El lugar donde dormÃa olÃa a aceite y a incienso. TenÃa estampas pegadas en la pared y papeles escritos con versÃculos. Una noche me atrevà a revisar su mesa.
10:16 En el cuaderno encontré oraciones copiadas una y otra vez, todas dedicadas al mismo hombre. En la parte inferior de una página habÃa escrito con letras grandes,« El apóstol es el ungido del Señor, no puede ser tocado por la justicia del hombre».« No quise mostrarle eso a mi padre», dijo que habÃa conocido a muchos fanáticos en su vida. pero que lo de su hija era distinto, que la estaban manipulando. Lo vi pasar varias noches leyendo reportajes y buscando testimonios de personas que habÃan salido del grupo. Algunos contaban historias de control, de aislamiento, de cómo los alejaban de sus familias. Mi papá estaba enojado y después se quedaba mirando la puerta de su cuarto, esperando escucharla volver.
11:05 La última semana de abril, cuando regresó de Guadalajara, Taide ya no saludó. Pasó directo al baño, se lavó las manos varias veces y luego se encerró a rezar. Durante la madrugada la escuché murmurar de nuevo, pero esta vez no estaba sola. Se oÃan más voces, muy bajas, como si alguien la acompañara. Cuando me acerqué, la puerta vibraba. No entendà las palabras, pero las repeticiones eran tan constantes que me dieron escalofrÃos. Desde entonces dejó de ser la misma. Un sábado por la mañana decidà ir a Guadalajara para entender qué estaba pasando. No se lo dije a mi padre porque sabÃa que intentarÃa detenerme. Solo tomé un autobús y me guié con la dirección que habÃa visto en uno de los folletos que Taideh dejaba sobre la mesa.
11:55 Quedaba en una zona bastante transitada, pero al acercarme noté que el edificio destacaba de todo lo demás. Era enorme, blanco, con una estructura que recordaba a una catedral moderna, aunque sin cruces ni imágenes conocidas. Afuera habÃa personas vestidas con ropa muy formal. Las mujeres llevaban faldas largas, velos blancos y blusas cerradas. Los hombres usaban trajes y camisas claras. Todos caminaban con pasos ordenados, saludándose entre ellos con una sonrisa. En la entrada principal me recibió una joven que me llamó hermana sin conocerme. Me preguntó si venÃa por primera vez y me ofreció acompañarme. Dijo que dentro habÃa una reunión especial y que ese dÃa hablaban del amor al apóstol.
12:43 Su tono era amable, pero no natural. Caminaba erguida con los ojos atentos a todo lo que pasaba alrededor. Sentà que me observaban desde varios lados, aunque nadie se acercaba. Cuando entré al recinto, el silencio era casi total. Decenas de personas estaban de pie, mirando hacia un escenario con cortinas doradas. En el centro habÃa una enorme fotografÃa de un hombre con traje claro, el mismo que habÃa visto en las noticias. Debajo de la imagen habÃa flores, velas y un letrero que decÃa, El siervo de Dios vive en nuestros corazones. Las bancas estaban llenas, los asistentes no hablaban entre sÃ, solo murmuraban oraciones al unÃsono. Vi a varias mujeres jóvenes con los ojos cerrados, repitiendo frases sin detenerse.
13:34 Algunos hombres caminaban entre las filas, dando indicaciones en voz baja. Todo parecÃa perfectamente calculado, como si cada persona tuviera un papel que cumplir. No era como una iglesia común. No habÃa espontaneidad. Era una disciplina frÃa. Me senté en la última banca y traté de pasar desapercibida. En el altar principal apareció un grupo de hombres vestidos de blanco. Uno de ellos tomó un micrófono y comenzó a hablar sobre el sufrimiento del apóstol y la fidelidad que debÃa mantenerse a pesar de las calumnias. Cada frase que decÃa era seguida por un coro de respuestas. No eran aplausos, sino oraciones repetidas. A mi alrededor todos bajaban la cabeza y levantaban las manos cuando él pronunciaba el nombre de Nazón JoaquÃn.
14:23 sentà un nudo en la garganta no entendÃa cómo podÃan venerar a un hombre acusado públicamente y hacerlo con tanta entrega a lo lejos vi a Taideh estaba de pie junto a otras muchachas llevaban velos blancos y sostenÃan cuadernos en las manos sus rostros estaban serios sin expresión cuando la reconocà levanté la mano para llamarla pero ella no reaccionó mantuvo la mirada fija hacia el frente como si no me viera Me quedé observándola un rato, esperando algún gesto, pero nada cambió. Después del discurso, varios jóvenes comenzaron a recoger ofrendas en sobres sellados. Uno de ellos se acercó a mà y me ofreció uno. Le dije que solo habÃa ido a acompañar a mi hermana, pero insistió. Dijo que era un acto de amor, que aunque no tuviera dinero, podÃa escribir mi nombre y dejarlo en el altar. Me pareció extraño, pero acepté el sobre solo para evitar más atención.
15:23 Cuando terminó la reunión, me acerqué a un grupo de mujeres que parecÃan encargadas de organizar a las jóvenes. Una de ellas me preguntó si pertenecÃa a alguna congregación. Le dije que no, que solo habÃa ido por curiosidad. Me respondió con una sonrisa y me pidió que no tomara fotos ni grabara nada. que habÃa gente malintencionada que luego tergiversaba lo que pasaba ahÃ. Me retiré despacio. Antes de salir, escuché a dos muchachos hablar sobre los hermanos mayores. DecÃan que eran los encargados de cuidar a las nuevas integrantes, especialmente a las más jóvenes, y de guiarlas en su crecimiento espiritual. También mencionaron algo sobre servicios especiales, donde solo podÃan entrar quienes tuvieran autorización. No entendà del todo, pero por la forma en que lo decÃan supe que no era algo común. Vi a una de las encargadas llevarse a tres muchachas por una puerta lateral. Ninguna hablaba, y una de ellas parecÃa llorar en silencio. Busqué a Taideh en el pasillo, pero no la encontré. Le pregunté a una señora si la habÃa visto y me respondió que las hermanas en servicio no podÃan ser interrumpidas. Me quedé parada un rato en la salida, mirando cómo la gente se despedÃa entre abrazos y frases. Todos hablaban con el mismo tono, con las mismas palabras. HabÃa algo inquietante en esa uniformidad, como si todos hubieran dejado de pensar por
16:53 sà mismos. Cuando por fin vi a mi hermana salir, ya era de noche. Llevaba el velo puesto y tenÃa una expresión tranquila. Le pregunté si podÃa regresar conmigo a casa, pero dijo que no. que debÃa quedarse unos dÃas más. Me aseguró que estaba bien, que todo lo que hacÃan era por amor a Dios. Le insistÃ, pero su mirada no cambió. Dijo que el apóstol los necesitaba unidos y que pronto el mundo entero entenderÃa su propósito. No discutÃ. Solo la abracé, aunque ella no me correspondió. Caminé hacia la calle. Cuando subà al autobús, vi el templo alejarse por la ventana. Las luces blancas lo hacÃan brillar entre los edificios, como una fortaleza. En el asiento de al lado, una mujer que también venÃa de ahà lloraba en silencio con las manos juntas. Quise hablarle, pero se bajó antes de que pudiera hacerlo. Esa noche, de regreso a la casa...
17:50 Sentà que habÃa cruzado un lÃmite. Mi hermana ya no era parte de nuestra vida cotidiana. Cada fin de semana se quedaba más tiempo en Guadalajara y cuando volvÃa traÃa la mirada más perdida. Yo intentaba no preocupar a papá, pero dentro de mà sabÃa que algo muy serio se estaba gestando allá adentro. Algo que no tenÃa que ver con religión, sino con control. El problema estalló una tarde de junio. Papá regresó del trabajo con la cara tensa. Llamó a Taideh para hablar con ella en la cocina. Yo me quedé cerca fingiendo que limpiaba la mesa, pero escuchaba cada palabra. Le preguntó por qué no habÃa ido a su trabajo desde hacÃa más de una semana. Ella le respondió con tranquilidad que ya no trabajarÃa más, que habÃa tomado la decisión de servir tiempo completo a la iglesia.
18:41 Dijo que el Señor la habÃa llamado y que no podÃa rechazar esa oportunidad. Papá se levantó del asiento tan rápido que el banco se movió. Le dijo que eso no era un llamado divino, que lo que estaban haciendo era aprovecharse de ella, quitándole la independencia y la vida que tenÃa. Ella no se alteró al principio, pero luego comenzó a gritarle que no entendÃa nada, que el trabajo en el mundo no valÃa lo que valÃa servir al apóstol. Nunca la habÃamos visto asÃ. Cuando él le pidió que pensara en su futuro, le respondió que su futuro estaba asegurado en la fe y que si su familia se oponÃa, entonces el enemigo se habÃa metido en nuestra casa. Esa noche casi no dormimos. Papá se quedó sentado en la sala mirando hacia la puerta del cuarto de ella sin animarse a entrar. Me dijo que sentÃa haber sido demasiado duro, pero que no sabÃa cómo traerla de vuelta a la realidad.
19:41 Yo lo entendÃa, pero cada intento nuestro parecÃa empujarla más lejos. Intenté hablar con Taideh al dÃa siguiente. Llevé un té a su cuarto y le pregunté si podÃa acompañarla a sus reuniones para conocer mejor lo que hacÃa. Me miró con desconfianza. Dijo que no querÃa que fuera, que los corazones tibios contaminaban el servicio de los verdaderos fieles. Me quedé parada un momento, sin saber qué responder. Siempre sacaba ese tipo de tonterÃas. No se podÃa hablar con ella. Luego tiró el té al lavabo y cerró la puerta con llave. Una semana después, comenzaron a aparecer en las noticias imágenes de marchas y manifestaciones en Guadalajara. Multitudes vestidas de blanco caminaban por las calles con pancartas que decÃan Inocente, Apóstol de Dios y La Luz No Se Apaga. En los noticieros mostraban declaraciones de los organizadores, quienes aseguraban que las acusaciones contra su lÃder eran eran una prueba enviada por Dios para fortalecer la fe del pueblo. Papá se llevó las manos a la cabeza al ver eso. DecÃa que era increÃble que tanta gente defendiera hasta a alguien acusado de cosas tan graves. Yo también lo vi por televisión, y entre la multitud, en una toma rápida, reconocà a Taideh.
21:01 Llevaba el velo blanco y sostenÃa una pancarta. SonreÃa y gritaba entre los demás. CorrÃa a decirle a papá, pero él ya lo habÃa visto. Se quedó callado, con la vista fija en la pantalla. No dijo nada, solo apagó la televisión y salió al patio a fumar. Los dÃas siguientes, en el pueblo, todos hablaban del tema. Algunos lo hacÃan con burla. En la tienda, las vecinas me preguntaban si era cierto que mi hermana aparecÃa en las marchas, que si se habÃa metido en esa iglesia tan polémica. No sabÃa qué contestar. DecÃa que solo estaba participando en actividades religiosas, pero ni yo misma lo creÃa. Algunos se reÃan y decÃan que tarde o temprano volverÃa con la cabeza baja.
21:49 Me decÃan que tuviera cuidado, que esos grupos lavaban el cerebro. Papá empezó a recibir comentarios en su trabajo. Un compañero le mostró un video donde se veÃa a Taideh cantando con otras mujeres frente a un templo, defendiendo al apóstol. Le dijeron que debÃa ponerle un alto antes de que fuera demasiado tarde. DÃas después me llamó, y su tono era distinto, casi autoritario. Me dijo que no intentara contactarla más, que estaba ocupada sirviendo en la obra. Le pedà que al menos me dijera si estaba bien, y respondió que no debÃa preocuparme por su bienestar fÃsico, sino por el mÃo espiritual. Luego cortó la llamada. Papá quiso ir por ella, pero no sabÃamos en qué casa se quedaba exactamente. Solo tenÃamos la dirección del templo. Y ahà no daban información personal de los miembros. Decidimos esperar unos dÃas, pensando que tal vez regresarÃa. Lo hizo, pero ya no como antes.
22:52 Llegó con la cabeza cubierta, sin maquillaje, sin su celular. Dijo que habÃa entregado todo para servir con pureza. Papá quiso abrazarla, pero ella se apartó. Le dijo que su misión era obedecer y que pronto él entenderÃa. En el pueblo, la gente empezó a murmurar. Algunos nos veÃan con burla. HabÃa quienes decÃan que la habÃan engañado, y otros que tal vez nosotros no habÃamos sido lo bastante firmes para mantenerla cerca. Cada comentario pesaba más que el anterior. En la tienda ya evitaban hablar cuando entrábamos y una vecina le dijo a papá que rezarÃa por ella, lo cual lo irritó todavÃa más. Yo seguÃa intentando mantener el contacto, aunque cada palabra suya parecÃa una pared hablaba con frases repetidas mencionando a los hermanos mayores y diciendo que el apóstol se comunicaba con los fieles a través de sueños tonterÃa tras tonterÃa ya no hablábamos ni del trabajo ni de cosas normales todo giraba en torno a la iglesia Cuando la veÃa rezar frente a la ventana, murmurando nombres que no reconocÃa, comprendà que ya no podÃa alcanzarla. Un dÃa comenzaron de repente las llamadas. En una llamada preguntó si en esa casa vivÃa la familia de Taideh. Pensé que era alguien de la iglesia, asà que respondà que sÃ.
24:17 La persona agradeció y colgó sin decir más. No le di importancia, pero al dÃa siguiente volvió a sonar el teléfono. Esta vez era otra voz, un hombre que preguntó si mi padre seguÃa trabajando en el taller y a qué hora solÃa estar en casa. Me pareció raro. Le pregunté quién hablaba, pero también colgó. A partir de entonces, las llamadas se repitieron. Algunas veces escuchaba respiraciones largas antes de que cortaran. En otras, decÃan frases cortas como,« Sabemos que Dios los está probando» o« La familia también debe servir». Al principio pensé que era casualidad, que quizás se trataba de algún error, pero cuando una de esas voces mencionó nuestra dirección exacta, supe que no era casual. Le conté a papá y su cara se tensó. Dijo que ellos debÃan tener acceso a los datos de los miembros, que probablemente Taideh les habÃa dado información. Esa noche apagamos el teléfono de la casa, pero al dÃa siguiente comenzaron los mensajes por redes sociales. Llegaban desde cuentas sin foto, con nombres religiosos. Algunos eran versÃculos, otros advertencias sobre no oponerse al propósito del apóstol. Papá se alteró tanto que le subió la presión. Tuvo que ir al médico y le dijeron que debÃa descansar. Pasaba los dÃas con un dolor constante en el pecho. Llamamos a Taidé para decirle que papá estaba enfermo. Atendió con tono frÃo. Le pedà que
25:50 viniera que él la necesitaba. Me contestó que no podÃa, que el apóstol habÃa pedido a los servidores mantenerse apartados del mundo durante un tiempo de purificación. Le dije que era su padre, que no podÃa dejarlo solo, pero repitió que la obediencia venÃa antes que los lazos terrenales. Luego colgó. Me quedé mirando el teléfono sin poder creerlo. Me pidió que no volviera a llamarla, que ya no la reconocÃa como la misma muchacha que habÃa criado. Su salud empeoró rápido, dormÃa poco, comÃa menos y pasaba las noches frente al televisor viendo las noticias sobre ese caso. En un noticiero, entrevistaban a exmiembros de la iglesia. Contaban cómo los habÃan presionado para entregar dinero, propiedades y hasta separarse de sus familias.
26:40 DecÃan que todo se hacÃa con la promesa de obtener un lugar en el cielo. Algunos mencionaban manipulación emocional y otros castigos para quienes desobedecÃan órdenes directas. Papá veÃa eso. Repitiendo que eso era exactamente lo que le habÃan hecho a su hija. Yo no sabÃa qué más hacer. Asà que una mañana busqué el número de un periodista que aparecÃa en los reportajes. Lo llamé y le conté brevemente nuestra situación. Me escuchó con atención, pero su respuesta me dejó helada. Dijo que tuviera cuidado, que esas organizaciones tenÃan contactos en todos lados, que era común que llamaran o visitaran a las familias que se oponÃan. Me preguntó si alguien ya habÃa ido a nuestra casa. Le dije que no, solo las llamadas. Me pidió que no diera más datos personales y que evitara viajar sola a Guadalajara. Antes de colgar, me dijo que no confiara en nadie que se presentara como parte de la congregación, ni siquiera si decÃa venir en nombre de mi hermana. SentÃa que alguien nos observaba todo el tiempo. Por las noches se escuchaban autos que pasaban despacio frente a la casa. Papá decÃa que eran casualidades, pero yo notaba cómo se ponÃa pálido cada vez que sonaba el teléfono. Llegó a desconectarlo por completo. VivÃamos con las cortinas cerradas, casi sin hablar. Una tarde, cuando regresaba del mandado, encontré un sobre en el buzón. No tenÃa remitente,
28:12 solo una frase escrita a mano.« El Señor llama también a los que dudan». Lo abrà y habÃa un folleto con el rostro del apóstol y un texto que hablaba del perdón para las familias que se resistÃan. Lo guardé sin mostrárselo a papá para no alterarlo más, pero empecé a sentir miedo. No era normal que supiera nuestra dirección. A los pocos dÃas mi papá tuvo una crisis. Se desmayó mientras intentaba levantarse de la cama. Lo llevé al hospital y el médico dijo que era un cuadro de agotamiento, presión alta y estrés severo. Me pidió que lo mantuviera alejado de situaciones tensas. Cuando volvió a casa, estaba más débil.
28:54 Intentaba mantenerse firme. Yo volvà a intentar comunicarme con Taideh, aunque sabÃa que serÃa inútil. Le envié un mensaje diciéndole que papá estaba mal. Contestó muchas horas después con una frase corta.« Oraré por él si el apóstol lo permite». Le pedà que viniera, pero ya no respondió. Pasé las noches leyendo todo lo que encontraba sobre ese grupo. En varios artÃculos mencionaban a personas que habÃan logrado salir. DecÃan que lo más difÃcil era romper el miedo, que los hacÃan sentir culpables si se alejaban. Algunos contaban que les decÃan que el castigo de Dios caerÃa sobre sus familias.
29:34 Cuanto más leÃa, más comprendÃa que Taideh estaba atrapada en algo más aterrador. El periodista volvió a llamarme una semana después. Me preguntó si las llamadas continuaban. Le dije que sÃ, aunque menos frecuentes. Me pidió que grabara cualquier mensaje o número que se repitiera, pero que no contestara más. Antes de colgar, me dijo que habÃa recibido amenazas por investigar el caso y que si algo me parecÃa fuera de lugar, debÃa avisar a las autoridades locales. Desde entonces dejé de dormir tranquila. Cada vez que el teléfono sonaba me asustaba. Papá mejoró un poco con el tratamiento, pero su ánimo no volvió a ser el mismo. Pasaba los dÃas mirando el portón como esperando que su hija regresara caminando. Yo ya no sabÃa si volverÃa. En mi interior algo me decÃa que lo que nos estaba rodeando iba más allá de una simple religión. Era una red que se extendÃa sin descanso, y nosotros estábamos justo en el centro. Taideh volvió a casa a finales de julio. No avisó. Solo apareció en la puerta con una maleta pequeña y una carpeta blanca en la mano. Cuando la vi, me quedé impactada.
30:49 Estaba más delgada, con el rostro hundido y los ojos rodeados de ojeras oscuras. Su piel parecÃa seca, como si hubiera pasado semanas sin dormir bien. VestÃa igual que siempre desde que se unió al grupo. Falda larga, blusa cerrada y el velo blanco cubriéndole la cabeza. Dijo que venÃa unos dÃas para dar testimonio a su familia y mostrar que la fe podÃa vencer la enfermedad. Mi papá, que seguÃa débil, intentó recibirla con calma. Le ofreció asiento y café, pero ella se negó. Dijo que el cuerpo no necesitaba placer, solo disciplina. Se sentó en la orilla del sillón y comenzó a hablar de la pureza, de la obediencia y de la promesa del apóstol. Cada frase la terminaba mirando al techo, como si esperara una señal. Durante el dÃa se mantuvo reservada. Ayudó un poco en la cocina y leyó su Biblia en silencio, pero por las noches se encerraba en su cuarto. Desde ahà se escuchaban rezos largos, murmuraban nombres, fechas, y en algunos momentos su voz subÃa, quebrada, como si estuviera llorando. Una madrugada me levanté al baño y al pasar por su puerta escuché como golpeaba el piso con algo. Me quedé un momento escuchando. DecÃa que el siervo debÃa ser glorificado y que la oscuridad no debÃa tocarlo. A la mañana siguiente, cuando salió de su cuarto, me saludó con una sonrisa leve. Le pregunté si habÃa
32:19 dormido y respondió que no necesitaba descanso cuando el alma estaba en servicio. Intenté preguntarle si pensaba quedarse más tiempo, pero cambió de tema. Dijo que debÃa purificar la casa porque habÃa energÃas contrarias a la luz. Esa misma tarde, limpió con agua bendita el pasillo y el comedor, rezando mientras lo hacÃa. Papá la observaba desde su silla. En su cuarto, sobre la cómoda, noté varios marcos con fotos. Al principio creà que eran retratos comunes, pero cuando me acerqué vi que todas mostraban al mismo hombre, el lÃder de su iglesia. En una de ellas aparecÃa rodeado de flores blancas, en otra con un fondo dorado y una inscripción que decÃa, el apóstol del Señor guÃa de las almas puras. HabÃa colocado velas a los lados, como si fuera un altar. También encontré hojas sueltas con frases escritas a mano. Algunas decÃan, la obediencia es vida, el cuerpo no me pertenece, el mundo será purgado. Todo estaba ordenado con cuidado, sin una sola mancha, como si le dedicara horas a mantenerlo limpio. Papá quiso hablar con ella esa noche.
33:33 Yo estaba en la cocina cuando escuché su voz temblorosa llamándola por su nombre. Le dijo que lo único que pedÃa era tener a su hija de vuelta, que no querÃa discutir de religión. Taideh se levantó de su silla despacio, lo miró fijo y le dijo que no era su hija, que su sangre ya habÃa sido consagrada al Señor. Papá trató de acercarse, pero ella retrocedió. Le gritó que la incredulidad era una forma de posesión y que él tenÃa la mirada corrompida. Su voz fue tan fuerte que los vecinos debieron escucharla. Yo entré corriendo, la tomé del brazo y le pedà que se calmara, pero su cuerpo temblaba.
34:14 TenÃa los ojos brillantes y la respiración agitada. Papá se quedó quieto, sin fuerzas. Me pidió en voz baja que la dejara sola, que ya no valÃa la pena discutir. Ella regresó a su cuarto y cerró la puerta. Desde dentro se escucharon los rezos otra vez, más intensos. Esa noche papá no cenó. Se quedó sentado mirando el suelo, murmurando que lo habÃa perdido todo. Me fui a dormir con un peso en el pecho. En medio de la oscuridad, oÃa la voz de Taideh rezando sin parar. A ratos se interrumpÃa y luego seguÃa como si alguien le respondiera. A eso de las tres de la mañana, escuché un golpe dentro de su cuarto, como si algo pesado hubiera caÃdo.
34:57 Me levanté, pero no me atrevà a tocar su puerta. Su voz seguÃa, entrecortada, mezclando rezos con frases que no comprendÃa. Cuando amaneció, el pasillo olÃa a cera quemada. Ella estaba arrodillada frente a las fotos del lÃder, con las manos en alto y los labios moviéndose sin sonido. Me miró sin expresión y dijo que habÃa pasado la noche intercediendo por nuestras almas. Luego se levantó y se fue al patio, donde permaneció bajo el sol con los ojos cerrados durante horas. Esa noche, mientras mi papá dormÃa, decidà poner llave a mi puerta, no porque pensara que ella me harÃa daño, sino porque su comportamiento me incomodaba. Escuché pasos en el pasillo, lentos, como si caminara descalza. Se detuvo frente a mi cuarto.
35:47 Pude oÃr su respiración del otro lado. No tocó. Solo se quedó ahà un momento. Después, el sonido se alejó hasta desaparecer. Desde entonces, cada vez que el viento movÃa las cortinas o el piso crujÃa, sentÃa el corazón acelerarse. No sabÃa si debÃa tenerle miedo a lo que la iglesia le habÃa hecho o a lo que ella misma se estaba convirtiendo. Esa madrugada... me despertó un olor fuerte a humo. Al principio pensé que era algún vecino quemando basura, pero cuando miré por la ventana vi un resplandor naranja en el patio. Me levanté despacio y abrà la cortina. Taideh estaba ahÃ, arrodillada frente a una cubeta metálica. TenÃa el velo puesto y sostenÃa un manojo de papeles que iba echando al fuego uno por uno. Me quedé mirándola, RepetÃa la misma frase una y otra vez, algo sobre purificación de la carne y del nombre. De vez en cuando levantaba los brazos y miraba al cielo como si esperara una señal. El fuego crepitaba y el humo le rodeaba el cuerpo. No parecÃa estar en sÃ. Cuando terminó, vertió un poco de agua sobre las brasas y recogió las cenizas con cuidado. Luego las metió en una bolsa y entró a la casa. Caminó por el pasillo. Se detuvo frente al cuarto de papá. Puso la mano sobre la puerta y murmuró algo antes de irse al suyo.
37:14 El olor a humo seguÃa impregnado en la casa. Papá buscaba unos documentos que guardaba en el cajón del mueble del comedor. Eran papeles importantes, actas, certificados, la escritura del terreno. No los encontraba. Revisó todo y nada apareció. También faltaban su reloj, una cadena de oro y un sobre con dinero. Al principio pensó que los habÃa cambiado de lugar, pero la forma en que Taideh evitaba mirarlo lo hizo sospechar. Le preguntó directamente si habÃa tomado algo y ella respondió que esas cosas materiales ya no eran necesarias, que el señor proveerÃa lo que fuera justo. Papá se enojó y le gritó que eso era robar. Ella lo miró sin pestañear y dijo que habÃa liberado al hogar de la avaricia.
38:04 Después se encerró. Ese mismo dÃa ella se fue. A las semanas fui a Guadalajara. QuerÃa ver a Taideh. No podÃa quedarme viendo cómo todo se derrumbaba. Tomé el primer autobús y llegué al anochecer. Busqué la dirección del templo donde la habÃa visto meses atrás. HabÃa gente entrando y saliendo, todos con la misma expresión serena, todos con el mismo atuendo blanco. No me acerqué. Me quedé al otro lado de la calle hasta que vi a una mujer que salÃa con un niño de la mano. llevaba el velo doblado sobre el hombro como si ya no le importara me acerqué y le pregunté si pertenecÃa a la luz del mundo dudó un momento pero cuando le dije que buscaba a mi hermana bajó la voz y me pidió que la acompañara a la esquina la mujer me dijo que ya no formaba parte del grupo que se habÃa salido definitivamente. Me miró con desconfianza antes de seguir hablando.
39:04 Explicó que no todos los miembros sabÃan lo que pasaba dentro, que la mayorÃa eran personas buenas, creyentes, sinceras, pero que los lÃderes tenÃan más poder del que mostraban. Contó que muchas muchachas jóvenes eran enviadas a servicios especiales, donde las obligaban a obedecer órdenes sin saber para qué servÃan realmente. Dijo que algunos eran usados para trasladar dinero o documentos, otros para convencer a familias enteras de entregar sus bienes. Mencionó incluso que habÃa quienes terminaban involucrados en delitos sin darse cuenta, todo en nombre del apóstol. Le pregunté si conocÃa a alguien llamado Taideh. Dijo que no, pero que el grupo era tan grande que era imposible saberlo todo.
39:53 Antes de irse, me advirtió que no siguiera investigando sola, que esa iglesia tenÃa ojos en todos lados y que si me acercaba demasiado podÃa terminar vigilada. Me quedé parada en la banqueta viendo cómo se alejaba. En ese momento entendà que lo que le habÃa pasado a mi hermana no era un simple cambio de fe. No se trataba solo de religión, sino de poder. Caminé un rato por las calles cercanas al templo. Desde afuera se escuchaban cantos y rezos. Me quedé mirando a un grupo de jóvenes que entraban con cajas de cartón. Una mujer mayor los supervisaba. Llevaban el mismo uniforme blanco y no hablaban entre ellos.
40:34 Antes de regresar a la terminal, compré un café y me senté en una banca. No podÃa dejar de pensar en las palabras de aquella mujer. Si lo que decÃa era cierto, Taideh podÃa estar siendo usada sin saberlo. Recordé las cenizas que guardó en una bolsa, los documentos desaparecidos y sus frases sobre purificación del hogar. Llegué a casa de madrugada. Papá estaba despierto, sentado en la sala. TenÃa los ojos rojos de cansancio. Le conté lo que habÃa averiguado. Me escuchó sin interrumpir. Cuando terminé, solo dijo que ya no la reconocÃa, que lo peor no era perder los papeles ni el dinero, sino ver cómo su propia hija se habÃa convertido en alguien capaz de obedecer órdenes ciegamente.
41:20 Pasaron varios dÃas antes de que reuniera valor para hablar con Taideh. Desde que habÃa regresado, evitaba cualquier conversación larga. ComÃa en silencio y se encerraba en su cuarto apenas terminaba. Yo sabÃa que, si querÃa hacerla reaccionar, debÃa hablarle sin discutir. Una tarde, mientras tendÃa la ropa, la vi sentada en el patio leyendo su Biblia. Me acerqué y le dije que papá estaba peor, que su salud se deterioraba cada dÃa y que él solo querÃa verla regresar a la vida que tenÃa antes. Levantó la mirada con calma y me respondió que el sufrimiento de los débiles era parte de la voluntad divina. Le pedà que regresara conmigo a Guadalajara para hablar con alguien que pudiera orientarla, pero se negó.
42:10 Dijo que no necesitaba orientación humana, que el apóstol era el único capaz de guiar su espÃritu. Intenté insistir. Le dije que no todo podÃa reducirse a obediencia. Me miró y dijo que esas memorias eran distracciones del enemigo. que el amor terrenal solo alejaba de la salvación. En ese momento comprendà que ya no hablaba conmigo. Todo lo que decÃa sonaba repetido, aprendido de memoria. Intenté abrazarla, pero se apartó. Dijo que no debÃa tocarla, que la pureza no debÃa contaminarse. Entró a la casa. Al dÃa siguiente salà temprano para visitar a una conocida que vivÃa en Guadalajara y que habÃa trabajado con un familiar de uno de los miembros de la iglesia. Me dijo que podÃa contarme más sobre lo que ocurrÃa dentro de la comunidad. El lugar donde vivÃan algunos fieles estaba en una zona tranquila de la ciudad.
43:07 Eran casas compartidas por familias que habÃan dejado todo para servir. Las ventanas estaban cubiertas con cortinas gruesas y, en las entradas, habÃa letreros con frases bÃblicas. La mujer me contó que la vida allà seguÃa reglas estrictas. Despertaban a las 5 de la mañana para orar. Luego tenÃan horas de estudio y trabajo voluntario. No podÃan usar sus teléfonos libremente. Los dispositivos se guardaban en una oficina y solo se entregaban durante ciertos horarios, siempre supervisados. Quienes rompÃan las normas eran reprendidos públicamente en las reuniones. También mencionó que las mujeres más jóvenes eran asignadas a hogares de servicio, donde se encargaban de cocinar y limpiar para los lÃderes. No podÃan salir sin permiso, y si alguien se quejaba, le decÃan que la rebeldÃa era pecado. Todo sonaba a un sistema cerrado, donde cada persona perdÃa poco a poco su identidad. Yo escuchaba en silencio, tratando de imaginar a mi hermana dentro de ese ambiente. Mientras hablábamos, miré una noticia. Era un reportaje sobre nuevos testimonios de exmiembros que habÃan denunciado abusos y coerción dentro del grupo. El periodista explicaba que varios jóvenes afirmaban haber sido manipulados emocionalmente para cumplir órdenes en nombre del lÃder. Mostraban imágenes de marchas, templos y declaraciones de defensores que negaban todo. No daban detalles gráficos, pero
44:41 bastaba con ver los rostros de las vÃctimas para sentir que habÃa algo oscuro detrás de todo eso. La mujer dijo que muchas personas tenÃan miedo de hablar, que algunos habÃan recibido amenazas después de dejar el grupo. Me pidió que, si mi hermana seguÃa adentro, no la enfrentara de forma directa, porque eso solo reforzarÃa su lealtad hacia ellos. Me recomendó buscar apoyo psicológico y, si era necesario, denunciar cualquier intento de contacto invasivo. Regresé a la casa. Mi papá dormÃa cuando llegué. En el cuarto de Taideh, la luz estaba prendida. Toqué la puerta y me dejó pasar. La habitación olÃa a incienso. En el escritorio tenÃa nuevas fotos del lÃder y varios papeles escritos con frases. Le pregunté qué significaban y me respondió que eran votos de obediencia. Dijo que el mundo estaba a punto de ser purificado y que quienes se oponÃan a la iglesia no merecÃan el perdón.
45:43 Le dije que no podÃa hablar asÃ. que no todo era blanco o negro, pero me miró con un desprecio. Dijo que yo también estaba perdida y que solo el apóstol tenÃa autoridad para juzgar. Me pidió que saliera de su cuarto. Cerré la puerta y me quedé un momento en el pasillo, ya me estaba cansando de ella. El primer citatorio llegó a finales de agosto. Era un sobre sellado con el nombre de mi padre en letras grandes. Adentro habÃa una notificación del Ministerio Público que pedÃa su presencia para aclarar una investigación relacionada con transferencias de dinero a cuentas religiosas. Papá lo leyó tres veces sin entender.
46:24 DecÃa que su nombre aparecÃa vinculado a movimientos bancarios realizados desde una cuenta compartida con su hija. Al principio creyó que era un error, pero el documento incluÃa su número de identificación y la dirección de la casa. Cuando volteó a verme, le noté una cara bien decepcionante. Me dio lástima ver a mi papá asÃ. Esa misma tarde llegaron dos agentes. Dijeron que no lo estaban acusando de nada, solo necesitaban verificar algunos datos. Mencionaron que varias transferencias habÃan salido a nombre de distintos feligreses de la luz del mundo. y que entre esos registros aparecÃa el nombre de Taideh junto al suyo. Yo no sabÃa qué responder. Les conté que ella formaba parte de esa iglesia, que vivÃa entre Guadalajara y nuestra casa, pero que no tenÃamos control sobre sus actividades. Los hombres tomaron nota y se marcharon. Papá se encerró en su cuarto. Esa noche no quiso cenar.
47:25 me dijo que temÃa perderlo todo que los papeles que habÃan desaparecido seguramente habÃan sido usados para abrir cuentas o mover dinero sin su consentimiento no querÃa pensar mal de su hija pero las pruebas eran demasiado claras me mostró el citatorio otra vez ahà estaba su firma aunque él juraba no haber firmado nada dijo que tal vez ella habÃa tenido acceso a sus documentos aquella noche del fuego en el patio Los dÃas siguientes llegaron nuevos avisos, esta vez a mi nombre también. Eran citaciones para rendir declaración. Al parecer, varias cuentas habÃan recibido depósitos irregulares disfrazados de donaciones religiosas. Los montos no eran grandes, pero suficientes para levantar sospechas. Yo no entendÃa cómo era posible. No tenÃamos dinero.
48:15 Apenas alcanzaba para pagar los medicamentos de mi papá. Todo apuntaba a que alguien habÃa usado nuestros datos. Llamé a Taideh. Contestó al tercer intento. Su voz sonaba tranquila, incluso alegre. Le conté lo del citatorio y le pedà que nos ayudara a aclararlo. Respondió que no nos preocupáramos, que pronto todo serÃa entendido, que lo que estaba ocurriendo era parte del plan del Señor. Le pedà que hablara claro, pero solo repitió que el oro debÃa ser probado con fuego. ni siquiera entendà qué quiso decir decÃa puras incoherencias dijo que el apóstol no permitirÃa que la luz fuera manchada por mentiras humanas luego cortó la llamada papá cayó en una depresión profunda pasaba los dÃas sentado frente a la ventana mirando la calle sin decir palabra dejó de afeitarse y apenas comÃa Cuando intentaba hablarle de Taideh, me pedÃa que no lo hiciera, que preferÃa pensar que ella estaba muerta antes que creer que habÃa sido capaz de involucrarlo en algo asÃ. Yo traté de entender lo que estaba pasando.
49:23 Leà artÃculos de investigación que hablaban sobre redes financieras dentro de la organización. Los medios explicaban que usaban a los feligreses para mover dinero disfrazado de donaciones voluntarias. A los miembros más fieles se les pedÃa abrir cuentas y entregar sus datos, con la promesa de que todo era para sostener la obra de Dios. Algunos ni siquiera sabÃan cuánto dinero se movÃa a su nombre. Otros eran presionados para firmar documentos que luego desaparecÃan. Cada nota que leÃa me hacÃa pensar en Taideh, en la carpeta blanca que trajo aquella vez, en los papeles que quemó, en las frases que repetÃa sobre purificación y obediencia. Todo encajaba. habÃa sido utilizada o tal vez convencida para participar en algo que ella creÃa sagrado. Y nosotros habÃamos quedado arrastrados por sus actos.
50:18 Una mañana recibà una llamada de un número desconocido. Era ella. Me dijo que no podÃa decir dónde estaba, pero que pronto todo serÃa aclarado. Le pedà que regresara, que papá la necesitaba, que lo que estaba pasando era grave. Guardó silencio unos segundos y luego dijo que los justos debÃan ser probados, que el mundo no entenderÃa lo que se revelarÃa en poco tiempo. Le rogué que no siguiera repitiendo esas frases. que sólo hablara como mi hermana. Respondió que ya no era mi hermana, que pertenecÃa al cuerpo espiritual del apóstol, y que cuando la verdad saliera a la luz, todos los nombres serÃan limpiados. Después de eso no volvió a llamar. Pasaron semanas sin saber de ella. En los noticieros se hablaba cada vez más de investigaciones contra lÃderes locales de la iglesia, acusados de usar donaciones para lavar dinero.
51:15 La policÃa detuvo a varios administradores que, según los reportes, coordinaban transferencias entre estados. Todo parecÃa demasiado grande, demasiado organizado. Papá apenas reaccionaba. Lo único que decÃa era que querÃa que todo terminara. Le habÃan pedido presentarse de nuevo a declarar, pero el médico le prohibió viajar por su estado de salud. Yo fui en su lugar. Expliqué todo lo que sabÃamos, mostré los mensajes y las llamadas. Me dijeron que no éramos los únicos, que habÃa decenas de familias en la misma situación. Algunas habÃan perdido sus casas, otras sus negocios. Todas tenÃan algo en común, un hijo o una hija dentro de la iglesia. Al regresar a casa, lo encontré dormido en la sala, con el citatorio sobre las piernas.
52:04 Me senté a su lado y lo miré en silencio. Afuera caÃa la tarde, y por primera vez en mucho tiempo, la casa estaba completamente en calma. Pasó unos dÃas sin noticias de Taideh. No hubo llamadas, ni mensajes, ni rumores que nos dieran alguna pista. Su cuarto permaneció cerrado, igual que el dÃa en que desapareció. Una mañana de julio, mientras limpiaba la mesa, escuché el noticiero local. El conductor hablaba de un operativo realizado en Guadalajara. Mencionó que las autoridades habÃan detenido a varios miembros de una organización religiosa vinculada con casos de fraude y complicidad en delitos financieros.
52:46 Entre los nombres leÃdos en voz alta, escuché el de mi hermana. Me quedé quieta. El periodista mostró imágenes del arresto. Allà estaba Taideh. Caminaba rodeada de agentes con las manos esposadas al frente. TenÃa el mismo velo blanco de siempre, aunque ahora se veÃa sucio y arrugado. DecÃan que los detenidos eran acusados de formar parte de una red que movÃa dinero bajo la fachada de donaciones religiosas. Hablaban de transferencias internacionales, cuentas compartidas y lavado de fondos provenientes de los fieles También mencionaban que algunos de los arrestados aseguraban haber obedecido órdenes directas de lÃderes locales Llamé a papá de inmediato Tardó en levantarse y cuando le mostré la noticia se quedó mirando la pantalla sin pestañear. Trató de decir algo, pero se le quebró la voz. Luego empezó a llorar. Dijo que preferÃa verla viva, aunque fuera tras las rejas antes que seguir sin saber dónde estaba. Me abrazó con torpeza como si buscara apoyo para no desplomarse.
53:53 DÃas después, los noticieros ampliaron la información. DecÃan que varios detenidos habÃan declarado que no sabÃan lo que firmaban, que los habÃan convencido de entregar sus datos personales para fortalecer la obra del Señor. Algunos aseguraban que se les pedÃa obediencia total y que cuestionar era considerado pecado. Los fiscales hablaban de manipulación psicológica y control social. Cuanto más escuchaba, Más entendÃa que Taideh habÃa sido una pieza más de una estructura diseñada para someter. Papá fue empeorando. No quiso volver al hospital. Los meses evité leer más noticias, aunque el tema seguÃa apareciendo en los medios. DecÃan que el proceso serÃa largo, que la mayorÃa de los involucrados permanecerÃa en prisión preventiva mientras continuaban las investigaciones. Entendà que lo que destruye no es la fe en sÃ, sino la gente que la convierte en herramienta de poder. No culpo a Dios ni a la creencia, culpo a los que usan su nombre para enfermar la mente de los demás, para obligarlos a entregar su vida como sacrificio disfrazado de devoción.
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