LA SACAMOS DE LA CELDA… ¿ENTONCES QUIÉN SE QUEDÓ? Copiar título
0:03 La mujer de la comandancia. Fui policÃa municipal durante seis años. Cuando entré, me tocaban muchos turnos de noche en una comandancia pequeña de Durango. HabÃa un escritorio, dos celdas y una banca para las personas que esperaban a sus familiares. Una madrugada llevamos a una señora que habÃa roto la ventana de un vecino. Le encontraron golpeando el marco con una piedra. El vecino querÃa que pagara el vidrio y su hija quedó en ir por ella cuando consiguiera transporte. Se llamaba Enriqueta. La gente del pueblo acudÃa a verla para pedirle trabajos. Algunos la buscaban por problemas de dinero y otros porque querÃan que alguien regresara a su casa.
0:44 Yo la habÃa visto en el mercado, pero jamás habÃa hablado con ella. Mi compañero Genaro le guardó sus cosas mientras yo anotaba los datos. Llevaba una bolsa de tela, monedas y un collar. La señora nos explicó que habÃa ido a recuperar algo que le pertenecÃa. El vecino le cerró la puerta y por eso rompió el vidrio. Después empezó a pedir que la dejáramos dormir ahÃ. Le dijimos que su hija iba en camino. Se sentó en la celda con la bolsa doblada sobre las rodillas. Las luces del pasillo quedaban encendidas. Yo estaba escribiendo cuando vi moverse su sombra. Se extendÃa sobre la pared del fondo. La señora permanecÃa sentada. Alcé la mirada para comprobar qué estaba haciendo.
1:27 TenÃa la cabeza recargada y los ojos cerrados. La sombra levantó un brazo. Pensé que Genaro habÃa pasado cerca de una lámpara. Lo busqué. Estaba junto a mÃ, revisando los papeles. La sombra se quedó con la mano levantada. Le señalé la pared. Genaro dejó de mover las hojas. La señora abrió los ojos cuando escuchó que nos callábamos. Miró hacia el fondo de la celda y bajó la cabeza. Ahorita no, dijo Enriqueta mirando sus rodillas. El brazo de la sombra descendió. Genaro se acercó a los barrotes y le pidió que se pusiera de pie. La señora lo hizo. Su sombra siguió sentada. Yo me levanté tan rápido que empujé la silla contra la pared. Enriqueta miró hacia donde estábamos. TenÃa los ojos llenos de lágrimas. Le pregunté qué era aquello.
2:19 Me respondió que llevaba años tratando de descansar. Genaro abrió la puerta para sacarla al pasillo. QuerÃa alejarla de aquella pared. La señora caminó hasta la banca de afueras. Sobre el muro quedó la forma oscura de una persona sentada. Después se levantó. Vi cómo cambiaba la posición de la cabeza y cómo se enderezaban los hombros. Genaro cerró la celda. Los dos retrocedimos. La sombra avanzó por la pared hasta la esquina. Una parte se extendió sobre el piso. Enriqueta comenzó a llorar. DecÃa que estaba cansada y que ya habÃa entregado demasiado. Yo me quedé junto a ella. Le pregunté a quién se referÃa. Se quitó el collar y me lo ofreció. Yo lo aparté con la mano. La señora insistió en que me lo quedara. Me dijo que podÃa ayudarme a ganar más, que podÃa conseguirme cosas. Le pedà que guardara el collar. Cuando miré hacia el pasillo, la forma oscura estaba junto a la banca, pegada a la pared. Genaro abrió la puerta de la calle. Entró aire frÃo. Nos quedamos ahà hasta que llegó la hija.
3:31 La mujer nos encontró de pie, con su mamá sentada entre los dos. Pagó lo del vidrio y firmó los papeles. Mientras yo le devolvÃa las pertenencias, Enriqueta volvió a sacar el collar. Su hija le cerró la mano alrededor. Después le puso un suéter y la ayudó a levantarse. Yo miré la pared. La sombra se alargó hacia la puerta mientras ellas caminaban. Genaro también la estaba siguiendo con la vista. La hija nos preguntó si su mamá se habÃa puesto agresiva. Le dije que habÃa pasado algo que necesitábamos contarle. Nos escuchó sin interrumpir. Al terminar, guardó el collar en su propia bolsa y le pidió a Enriqueta que saliera. La señora se agarró de su brazo. Antes de llegar a la puerta, miró dos veces hacia atrás. Su hija también volteó.
4:20 Las acompañamos hasta el coche. Después regresamos al escritorio y terminamos los papeles del vidrio roto. Faltaba menos de una hora para que llegara el relevo. El que ofreció pagar la grúa. La llamada entró cuando ya estaba guardando las herramientas del turno. Un hombre dijo que su papá tenÃa la camioneta atravesada en un canal de riego seco. Nos explicó por dónde entrar y pidió que fuéramos por él. Saqué la grúa del taller y salÃ. Era 2006, al sur de Guanajuato. Llegué después de las 10. Encontré la camioneta inclinada con una rueda metida entre piedras. Un señor mayor estaba sentado sobre un costal a la orilla del camino.
5:05 Le pregunté si se habÃa lastimado. Me dijo que solamente se habÃa asustado. Se llamaba Apolinar. Lo reconocà porque algunas veces habÃa llevado esa camioneta al taller. Alumbré el canal, bajé y revisé dónde podÃa engancharla. Mientras preparaba el cable, don Apolinar me preguntó cuánto iba a tardar. Le dije que unos 20 minutos y todo salÃa bien. Ãl miró hacia el camino. Sáquela como pueda. Yo le pago lo que se dañe, me dijo don Apolinar. Su camioneta estaba bien cuidada. Me sorprendió que me pidiera aquello, pero pensé que querÃa regresar pronto a su casa. Le ofrecà que esperara dentro de la grúa. Se sentó del lado del acompañante, cerró la puerta y subió el vidrio, aunque la noche estaba templada. Yo seguà trabajando Llevaba poco de haber comenzado a jalar cuando escuché un caballo. Alumbré hacia el camino.
6:01 VenÃa un hombre montado, vestido de oscuro. La luz alcanzó los adornos de su pantalón y la hebilla del cinturón. Llevaba un sombrero ancho. Se detuvo a pocos metros de la grúa. Me preguntó si ya iba a sacar la camioneta. Le contesté que sÃ. Yo pago, me dijo el hombre. Sacó una cartera. Le expliqué que el servicio ya lo habÃa solicitado el hijo del dueño y que podÃamos arreglarlo al llegar al taller. El hombre insistió. Mientras hablaba, vi a don Apolinar golpeando el vidrio desde adentro. Me acerqué. Bajó la ventanilla apenas unos centÃmetros. No le reciba dinero. Hágame ese favor. Me pidió don Apolinar. TenÃa la boca temblando.
6:44 Le pregunté si conocÃa al hombre. Antes de que contestara, el caballo se acercó. Don Apolinar subió el vidrio. Yo regresé al control del cable. QuerÃa terminar y salir de ahÃ. El hombre desmontó. De cerca parecÃa más joven de lo que yo habÃa pensado. TendrÃa unos 40 años. Llevaba la ropa cubierta de polvo, pero sus botas se veÃan limpias. Me preguntó cuánto ganaba por un servicio de aquellos. Le di una cantidad aproximada. Se rió por lo bajo. Por eso anda trabajando a estas horas, me dijo. Yo seguà mirando la camioneta mientras salÃa del canal. El hombre caminó junto a mÃ. Me explicó que tenÃa trabajo para alguien con vehÃculo. Pagaba bien y casi nunca pedÃa salir temprano.
7:31 Le pregunté qué habÃa que transportar. Gente que ya quedó conmigo, me respondió. Pensé que hablaba de trabajadores. En aquellos rumbos, muchos contratistas buscaban choferes para llevar cuadrillas al campo. Le dije que podÃa dejar su número en el taller. Sacó varios billetes doblados. Era más dinero del que yo iba a ganar aquella noche. TenÃa 28 años, un hijo pequeño y varias cuentas atrasadas. Por un momento, pensé en lo que podÃa resolver con aquellos billetes. Llévese esto. Luego vemos. Me ofreció. Desde la cabina, escuché a don Apolinar decir mi nombre. Lo habÃa oÃdo cuando hablé por radio con el taller. Me estaba llamando con una desesperación que me hizo apartarme del dinero. Le dije al hombre que necesitaba terminar.
8:22 Ãl guardó los billetes. Durante unos minutos permaneció junto al caballo mirándonos. Saqué la camioneta, la acomodé y aseguré las ruedas sobre la plataforma. Cuando terminé, tenÃa la camisa pegada a la espalda. El hombre se acercó a la ventanilla donde estaba don Apolinar. Tocó el vidrio con los nudillos.« Usted ya sabÃa que iba a venir», le dijo. Don Apolinar se habÃa tapado los ojos con una mano. Yo rodé la grúa. Le pedà al hombre que nos dejara salir porque estaba atravesado frente a la cabina. Me miró. Después señaló a don Apolinar.« Si él ya no puede acompañarme, puede venir usted», me dijo. Le contesté que tenÃa que regresar al taller. Se quedó esperando algo más. Yo abrà mi puerta y subÃ. Don Apolinar me agarró del brazo.
9:14 Me pidió que arrancara. El hombre montó y se apartó hacia la entrada de una parcela. Ahà habÃa un cerco de alambre que yo habÃa visto mientras maniobraba. Los faros lo iluminaban de lado. Vi avanzar el caballo contra el cerco. Esperé el tirón de los postes. El animal salió del otro lado. Durante un momento, alcancé a distinguir las hebras de alambre atravesadas frente a sus patas. Después, el hombre y el caballo continuaron entre los sembradÃos. Metà la velocidad con tanta fuerza que rechinó la palanca. Don Apolinar empezó a llorar. Manejé hasta el taller. Ãl iba agarrado de la manija mirando por el espejo. En el trayecto, me preguntó otra vez si habÃa recibido dinero. Le aseguré que no.
10:01 Entonces me contó que conocÃa a aquel hombre desde hacÃa muchos años. Lo habÃa encontrado cuando perdió una cosecha y debÃa dinero por todas partes. Según me dijo, el hombre le ofreció suficiente para salir del problema. A cambio, don Apolinar se comprometió a acompañarlo cuando fuera a buscarlo. Le pregunté qué significaba acompañarlo. Se quedó callado. Después me dijo que llevaba tiempo tratando de evitarlo. Su hijo llegó al taller poco antes de medianoche. Ayudó a bajarlo de la grúa y me preguntó si habÃa sufrido algún golpe. Le expliqué que estaba muy alterado. Don Apolinar le pidió que lo llevara a su casa. Antes de subir al coche, quiso hablar conmigo a solas. Pensé que iba a pedirme que guardara silencio. Me tomó una mano y me preguntó cuánto le debÃa por el servicio. Le di el precio del taller. Sacó su cartera, contó los billetes y me los entregó. Después me sostuvo la mirada. Yo también creà que me estaba pagando un trabajo, me dijo don Apolinar.
11:12 LOS SOBRES DEL CABELLO Paloma y yo tenÃamos la misma edad y nos conocÃamos desde la secundaria. Ella vivÃa con su esposo y su hija y era una de mis clientas. Mi peluquerÃa estaba en un local que me prestó una tÃa, en un pueblo de Oaxaca, cerca de donde vivÃan mis padres. TenÃa 26 años y llevaba poco tiempo con el negocio. Una señora llamada Selena comenzó a ir los jueves. Se pintaba la raÃz, pedÃa café y se quedaba conversando mientras esperaba. La gente acudÃa a su casa para hacerse limpias. Yo lo sabÃa porque algunas clientas hablaban de ella, aunque Selena casi nunca mencionaba su trabajo. Una tarde me preguntó qué hacÃa con el pelo que cortaba. Le enseñé la bolsa de basura. Me ofreció comprarlo. Dijo que lo utilizaba para unos preparados y que le servÃa si yo lo guardaba limpio, separado de los papeles y los envases. Acepté. No era mucho dinero, pero alcanzaba para comprar champú y algunas cosas del negocio. Al principio recogÃa todo en una bolsa. Después, Selena comenzó a hacerme encargos. QuerÃa que separara el cabello de determinadas personas. Me daba un sobre y escribÃa el nombre antes de entregármelo. Cuando le pregunté para qué lo necesitaba asÃ, dijo que habÃa trabajos personales. Yo debà dejar de hacerlo en ese momento. Sin embargo, ya habÃa aceptado dinero y me daba vergüenza preguntarle más. Uno de los
12:45 sobres llevaba el nombre de Paloma. Cuando fue a despuntarse, guardé su cabello aparte. Selena pasó por el sobre esa misma tarde. Unas semanas después, Paloma regresó a preguntarme si le habÃa puesto algo distinto durante la última visita. Se estaba quedando con mucho pelo en el cepillo. Le expliqué qué productos habÃa usado. Me pidió los nombres para anotarlos y consultarlos cuando fuera a revisarse. Mientras hablaba, yo miraba su cabello y pensaba en el sobe. Esa noche fui a casa de Selena. QuerÃa decirle que ya no iba a guardar nada y pedirle que devolviera lo que habÃa recogido.
13:25 Me recibió en un patio donde tenÃa plantas en cubetas. HabÃa dos mujeres esperando bajo un techo de lámina. Le dije que necesitábamos hablar a solas. Me llevó a un cuarto pequeño. Sobre una mesa tenÃa fotografÃas, listones y varios sobres parecidos a los mÃos. Vi uno abierto con cabello dentro. Al lado estaba una fotografÃa de Paloma con su esposo. Le pregunté qué estaba haciendo. Selena cubrió la mesa con una tela. Me dijo que algunas personas necesitaban ayuda para separarse y otras para mantener una relación. Yo le expliqué que Paloma estaba perdiendo cabello. Selena me miró con atención.
14:08 Después quiso saber quién me lo habÃa contado. Le respondà que ella misma. Entonces ya estás sintiendo. Me dijo Selena. Me dio tanto miedo escucharla que tardé en contestar. Le pedà que detuviera lo que hubiera hecho. Selena se molestó. Dijo que yo habÃa recibido dinero y que ahora pretendÃa hacerme la inocente. Me recordó cada encargo. SabÃa qué dÃas habÃan ido las clientas, quiénes se habÃan cortado el pelo y cuánto me habÃa pagado. Le dije que iba a devolverle todo. Devuélvame lo que quiera. Lo que usted me entregó, ya lo entregó. Me respondió. Pasó junto a mà para abrir la puerta. Cuando salÃ, una de las mujeres que esperaban me miró y apartó la cara. La reconocÃ. Era hermana del esposo de Paloma. Al dÃa siguiente le conté a mi tÃa. Ella me acompañó a devolver el dinero.
15:03 Selena lo recibió sin hacernos pasar. Después fui a buscar a Paloma. Me costó muchÃsimo decirle lo que habÃa hecho. Le hablé de los sobres, de la fotografÃa y de la mujer que habÃa visto en el patio. Paloma se quedó escuchando. Cuando terminé, me preguntó si yo habÃa anotado su nombre. Le dije que Selena lo habÃa escrito. Después, quiso saber si le entregué el cabello sabiendo que era suyo. Tuve que decirle que sÃ. Paloma me pidió que saliera. Nunca pude saber si lo que estaba padeciendo tenÃa alguna relación con aquellos encargos. Ella siguió revisándose y yo dejé de recibir noticias. Su familia tuvo problemas que ya venÃan de antes. Lo que sà hice fue entregar algo suyo a una persona que estaba trabajando a sus espaldas. Selena dejó de ir a mi local. Con el tiempo conseguà más clientas y pude comprar mis propios muebles. Paloma jamás volvió.
16:01 Hace unos años coincidimos en una tienda. Iba con su hija que ya estaba grande. La saludé. Ella me respondió con la cabeza y se fue a formar a otra caja. TodavÃa tengo la peluquerÃa. Cuando termino un corte, recojo el pelo y lo echo directamente en la basura. Los sobres que compré para Selena se quedaron guardados mucho tiempo. Al mudarme de local, los encontré y los tiré. La voz al pie de la torre. En 2012 instalaba antenas para una empresa de internet. Trabajábamos en pueblos donde bastaba una falla para dejar sin servicio a muchas casas y negocios. Mi compañero se llamaba Oscar. Llevábamos casi dos años saliendo juntos.
16:45 Yo hacÃa buena parte del trabajo en altura y él revisaba las conexiones de abajo. Una tarde fuimos a una antena colocada en un cerro de Veracruz. El equipo estaba dentro de un terreno cercado. HabÃa un cuarto pequeño y una torre de unos 12 metros. Llegamos más tarde de lo previsto porque una llanta de la camioneta estaba perdiendo aire. Cuando subÃ, todavÃa se veÃa el pueblo entre los árboles. A mitad del trabajo, descubrimos que habÃamos dejado una pieza en la bodega. Oscar dijo que podÃa ir por ella mientras yo terminaba de revisar lo que tenÃa arriba. Lo vi salir, cerrar el portón con el candado y bajar por el camino. Me quedé acomodando herramientas. TraÃa una lámpara en el casco. Conforme oscureció, su luz comenzó a ser lo único que me permitÃa distinguir los cables y la escalera.
17:34 El viento movÃa las ramas por encima del cuarto. Al rato, escuché pasos. Pensé que Oscar habÃa regresado. Me sorprendió porque calculaba que todavÃa debÃa tardar un poco más, pero seguà trabajando. Escuché su voz desde abajo. Le pregunté si traÃa la pieza. Se quedó callado unos segundos. Después volvió a pedirme que bajara. Terminé de guardar una herramienta y me asomé. Vi una parte de una camisa azul junto al cuarto. Era del mismo color que la que usábamos para trabajar. La cabeza quedaba detrás del techo. Le dije que me alumbrara la parte baja de la escalera porque mi lámpara estaba apuntando hacia el equipo. La voz me respondió que bajara, que él me esperaba ahÃ. Empecé a descender. Iba a la mitad cuando vibró mi teléfono. Me detuve en un descanso, aseguré mis cosas y contesté. Era Oscar. Escuché el ruido de la calle detrás de su voz. Me preguntó cuál de las piezas necesitaba llevar porque habÃa encontrado dos parecidas.
18:36 Yo miraba hacia el cuarto. Le pregunté dónde estaba. Me respondió que seguÃa en la bodega. Le dije que habÃa alguien adentro del terreno. Oscar creyó que habÃa llegado el dueño. Me explicó que el señor tenÃa otra llave. Entonces volvieron a llamarme desde abajo Apúrate, ya tengo que cerrar Me dijo la otra voz Era la voz de Oscar La estaba escuchando también por el teléfono Mi compañero dejó de hablar Le pregunté si habÃa oÃdo Me dijo que sà Durante unos segundos solamente escuché su respiración Después me pidió que regresara al descanso de arriba y esperara Subà Me costó mucho hacerlo despacio SentÃa las manos torpes dentro de los guantes. Desde abajo, escuché que alguien caminaba alrededor de la base. La voz volvió a preguntarme qué estaba haciendo.
19:32 Yo seguÃa con el teléfono contra la oreja. Oscar me dijo que ya iba para allá. Le pedà que no colgara. Se escuchó cerrar una puerta. Después, encendió la camioneta. La persona de abajo comenzó a subir. Oà el golpe de un pie sobre un peldaño. Y luego, el movimiento desapareció. la escalera. Me asomé desde el descanso. Alcancé a ver una mano sujetándose del metal. Debajo habÃa una cabeza inclinada. La luz de mi casco iluminaba el pelo, pero el travesaño me tapaba la cara. Le grité que se detuviera. La persona levantó un poco la cabeza. Soy yo. Dame la mano, me pidió con la voz de Oscar. Mi compañero escuchó aquello desde la camioneta. Me preguntó qué estaba pasando.
20:17 Le dije que estaba subiendo. Oscar comenzó a hablarme muy rápido. QuerÃa saber cuánto faltaba para que llegara a donde estaba yo. El teléfono se me resbalaba entre el guante y la oreja. Lo puse en el bolsillo de la camisa con el altavoz encendido. La mano de abajo subió al siguiente peldaño. Yo retrocedà hasta pegarme contra la estructura. Mi lámpara alumbraba la escalera, pero la cara seguÃa inclinada. Vi los hombros de la camisa azul y una manga recogida. Volvió a pedirme que le diera la mano. Le respondà que esperara. Se quedó inmóvil. Yo escuchaba el motor de la camioneta de Oscar a través del teléfono. Ãl habÃa dejado de preguntarme cosas y repetÃa que ya iba llegando. La persona comenzó a mover la escalera con un hombro. Sentà la vibración en las botas. Me agarré de la estructura Desde el bolsillo, escuché a Oscar tocar el claxon. Casi al mismo tiempo, apareció una luz entre los árboles, abajo en el camino. La cabeza de la escalera giró hacia ella.
21:20 La persona empezó a bajar. Lo hizo muy rápido, aunque yo seguÃa viendo sus manos pasar de un peldaño a otro. Cuando llegó al suelo, rodeó el cuarto y se metió entre los árboles que quedaban dentro del terreno. Oscar llegó al portón. Escuché el candado y lo vi entrar corriendo con una lámpara. Le grité que habÃa alguien detrás del cuarto. Ãl alumbró desde la entrada. Se quedó ahÃ, mirándome a mà y luego hacia los árboles. No quiso dar la vuelta solo. Me pidió que bajara mientras él mantenÃa la luz sobre la escalera. Lo hice con las piernas tan tensas que, al tocar el suelo, tuve que sentarme. Oscar se agachó frente a mÃ. Era él. TraÃa la bolsa de la bodega en una mano y las llaves en la otra. Le pedà que hablara. Me preguntó qué querÃa que dijera. Al escucharlo tan cerca, comencé a llorar. Ãl me ayudó a quitarme los guantes. Uno se me habÃa quedado atorado porque lo llevaba apretado contra la mano. Después recogimos las herramientas que estaban abajo y salimos. TodavÃa quedaban cosas arriba, pero no pude volver a subir esa noche.
22:31 Desde la camioneta llamamos al encargado y le contamos que alguien habÃa entrado al terreno. También le explicamos lo de la voz. Pensó que una persona nos habÃa estado observando para robarnos. Yo habÃa escuchado a mi compañero hablar por teléfono desde la bodega, mientras su misma voz me llamaba desde la escalera. Oscar también la oyó. La reparación se terminó dos dÃas después, con otra cuadrilla. Antes de devolver el material, tuvimos que ir a la oficina. Nos pidieron que escribiéramos lo ocurrido. Oscar se sentó a mi lado y redactó su parte. La leyó varias veces antes de entregarla. En una lÃnea escribió que habÃa escuchado su propia voz pedirle a su compañero que bajara. Luego firmó. Yo firmé debajo.
23:20 El hombre que compraba el pescado Mauro empezó a salir cada vez menos conmigo después de que murió su esposa. Se fue quedando en su casa, atendiendo pequeños trabajos. Yo seguà saliendo solo a aquella presa de Jalisco, en mi lancha pequeña. Una mañana, encontré a un hombre en la orilla. Estaba sentado sobre una piedra, con el pantalón húmedo hasta las rodillas. Me preguntó si llevaba pescado, le enseñé lo poco que habÃa sacado, compró todo sin regatear. Se quedó conversando mientras yo acomodaba las cosas, quiso saber cuánto tiempo llevaba trabajando ahà y por qué salÃa solo. Le hablé de Mauro, el hombre escuchó con atención. Después me preguntó por una parte de la presa que quedaba detrás de unos cerros bajos. Le dije que la conocÃa. Me aseguró que por ahà estaba saliendo bastante pescado. Quedamos en que irÃa a verlo unos dÃas después. Se presentó tres mañanas seguidas.
24:14 Siempre compraba lo que llevaba. Me pagaba en efectivo y permanecÃa junto al agua hasta que yo me iba. A la cuarta visita, me dijo que podÃa comprarme mucho más. Según explicó, tenÃa gente a quien repartirle. Yo vendÃa lo que sacaba entre varias familias de la zona. Algunas semanas alcanzaba para todo, otras tenÃa que pedir fiado. Tener un comprador que se llevara más pescado me convenÃa. Me dio un adelanto. Era suficiente para arreglar una parte del motor que llevaba semanas fallando. Le pregunté dónde vivÃa. Señaló hacia el otro lado de la presa. Yo conocÃa algunos ranchos por ahÃ. Pensé que venÃa caminando desde alguno de ellos.
24:55 Una mañana lo llevé en la lancha para que me mostrara el sitio del que hablaba. Se sentó adelante. Durante el trayecto mantuvo los dedos sobre el borde rozando el agua. Cuando llegamos me indicó dónde detenerme. Aquella mañana saqué más que en las dos anteriores juntas. El hombre iba mirando el pescado mientras lo acomodaba. Me dijo que necesitaba ayuda de alguien que estuviera dispuesto a quedarse con él. Pensé que querÃa contratar a una persona. Le pregunté para qué trabajo. Me respondió que allá habÃa mucho que hacer y que nadie tenÃa por qué pasar hambre. Después mencionó a Mauro.« Tráigalo. Usted dice que ya está cansado de todo», me pidió el hombre.« Eso último se lo habÃa contado yo durante una de nuestras conversaciones». Mi amigo estaba triste, lleno de deudas y hablaba seguido de vender sus cosas para irse.
25:47 Le dije que podÃa comentárselo. El hombre me preguntó si iba a llevarlo. Me incomodó la insistencia. Le respondà que primero tenÃa que hablar con él. Regresamos a la orilla donde lo habÃa encontrado. Mientras yo amarraba la lancha, el hombre se bajó. El agua le llegaba a las rodillas. Le señalé un sitio más seco para que caminara. Ãl siguió hacia adentro. Pensé que se habÃa confundido de lado. Lo llamé. El agua le cubrió la cintura. Le dije que regresara. Volteó hacia mà y me preguntó si iba a llevar a Mauro. Yo estaba soltando otra vez la cuerda para acercarle la lancha. El hombre siguió caminando. Cuando el agua le llegó al cuello, me asusté de verdad.
26:29 Encendà el motor y avancé hacia él. Su cabeza quedó debajo de la superficie. Me asomé desde un costado. Lo vi. Estaba de pie bajo el agua con la cara levantada hacia mÃ. TenÃa los ojos abiertos. Le extendà un remo. Una mano salió y lo agarró. Jalé pensando que necesitaba ayuda para subir. El hombre tiró hacia abajo con tanta fuerza que el remo golpeó contra la orilla de la lancha. Lo solté. SeguÃa mirando su cara bajo el agua cuando lo escuché hablar. El otro se iba a querer quedarse. Me dijo. Me aparté del borde. La lancha se habÃa movido y yo tenÃa los zapatos empapados. Busqué el remo, pero el hombre lo mantenÃa sujeto debajo de la superficie.
27:17 Después su cara comenzó a bajar. La distinguà hasta que el agua dejó de permitirme verla. Di varias vueltas llamándolo. Más tarde pedà ayuda a otros pescadores. Les expliqué que un hombre se habÃa metido y que lo habÃa perdido de vista. Regresamos al sitio. Buscamos durante horas. Yo todavÃa tenÃa parte del adelanto en la casa. Lo guardé durante semanas, esperando que apareciera alguien a reclamarlo. El dinero de las primeras compras ya lo habÃa gastado. El pescado lo habÃamos vendido y comido. Fui a ver a Mauro esa misma tarde. Estaba reparando una puerta en su patio. Me invitó un refresco y me preguntó cómo iba la pesca. Yo llevaba todo el camino pensando en lo cerca que habÃa estado de ofrecerle aquel trabajo. Le conté lo ocurrido. Al principio creyó que hablaba de un accidente. Después le repetà la frase que habÃa escuchado desde el agua. Mauro dejó la herramienta sobre una cubeta. Permanecimos un rato sentados, mirando la puerta que tenÃa a medio arreglar. Ãl terminó por preguntarme si yo pensaba llevarlo. Le dije la verdad. HabÃa considerado ir a buscarlo para que conociera al hombre y ganara algo de dinero. Mauro bajó la cabeza. Después de un momento me pidió que le ayudara a sostener la puerta.
28:36 Pasamos la tarde colocándola. Tiempo después, se fue a trabajar con un primo a otra ciudad. TodavÃa hablamos de vez en cuando. Yo seguà pescando en otras partes de la presa. Nunca encontré a una persona que reclamara el adelanto. El remo se quedó allá. Compré otro en un pueblo cercano y lo pagué con lo que gané vendiendo pescado esa semana.
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