Oct. 28, 2026

LA SACAMOS DE LA CELDA… ¿ENTONCES QUIÉN SE QUEDÓ? Copiar título

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REDE (Relatos Desclasificados)
LA SACAMOS DE LA CELDA… ¿ENTONCES QUIÉN SE QUEDÓ? Copiar título
Hay cosas que ningún policía está preparado para enfrentar… y aquella noche, dentro de una pequeña comandancia de Durango, dos oficiales descubrieron algo que jamás pudieron explicar.Todo comenzó cuando detuvieron a una anciana conocida en el pueblo por sus trabajos de brujería. Parecía una detención sin importancia, hasta que uno de los policías notó algo extraño dentro de la celda.La mujer permanecía completamente inmóvil… pero había algo en aquella habitación que no parecía obedecer las mismas reglas.Lo más inquietante no fue lo que vieron, sino la reacción de la anciana cuando se dio cuenta de que los oficiales también lo estaban viendo.Y esa no es la única historia de esta noche…En una presa de Jalisco, un pescador comenzó a recibir la visita de un misterioso comprador que siempre pagaba bien. Pero aquel hombre tenía un interés muy particular en alguien que ni siquiera conocía.Dos encuentros aparentemente normales que terminaron convirtiéndose en experiencias imposibles de olvidar.🎧 Apaga las luces, ponte los audífonos y acompáñame en estos relatos de terror, brujería y encuentros inexplicables.💬 Cuéntame en los comentarios: ¿Qué habrías hecho tú si hubieras estado en aquella comandancia?Si disfrutas estas historias, suscríbete a REDE y activa la campanita para seguir escuchando nuevos relatos.#RelatosDeTerror #HistoriasDeTerror #Brujeria #RelatosParanormales #REDE

0:03 La mujer de la comandancia. Fui policía municipal durante seis años. Cuando entré, me tocaban muchos turnos de noche en una comandancia pequeña de Durango. Había un escritorio, dos celdas y una banca para las personas que esperaban a sus familiares. Una madrugada llevamos a una señora que había roto la ventana de un vecino. Le encontraron golpeando el marco con una piedra. El vecino quería que pagara el vidrio y su hija quedó en ir por ella cuando consiguiera transporte. Se llamaba Enriqueta. La gente del pueblo acudía a verla para pedirle trabajos. Algunos la buscaban por problemas de dinero y otros porque querían que alguien regresara a su casa.

0:44 Yo la había visto en el mercado, pero jamás había hablado con ella. Mi compañero Genaro le guardó sus cosas mientras yo anotaba los datos. Llevaba una bolsa de tela, monedas y un collar. La señora nos explicó que había ido a recuperar algo que le pertenecía. El vecino le cerró la puerta y por eso rompió el vidrio. Después empezó a pedir que la dejáramos dormir ahí. Le dijimos que su hija iba en camino. Se sentó en la celda con la bolsa doblada sobre las rodillas. Las luces del pasillo quedaban encendidas. Yo estaba escribiendo cuando vi moverse su sombra. Se extendía sobre la pared del fondo. La señora permanecía sentada. Alcé la mirada para comprobar qué estaba haciendo.

1:27 Tenía la cabeza recargada y los ojos cerrados. La sombra levantó un brazo. Pensé que Genaro había pasado cerca de una lámpara. Lo busqué. Estaba junto a mí, revisando los papeles. La sombra se quedó con la mano levantada. Le señalé la pared. Genaro dejó de mover las hojas. La señora abrió los ojos cuando escuchó que nos callábamos. Miró hacia el fondo de la celda y bajó la cabeza. Ahorita no, dijo Enriqueta mirando sus rodillas. El brazo de la sombra descendió. Genaro se acercó a los barrotes y le pidió que se pusiera de pie. La señora lo hizo. Su sombra siguió sentada. Yo me levanté tan rápido que empujé la silla contra la pared. Enriqueta miró hacia donde estábamos. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Le pregunté qué era aquello.

2:19 Me respondió que llevaba años tratando de descansar. Genaro abrió la puerta para sacarla al pasillo. Quería alejarla de aquella pared. La señora caminó hasta la banca de afueras. Sobre el muro quedó la forma oscura de una persona sentada. Después se levantó. Vi cómo cambiaba la posición de la cabeza y cómo se enderezaban los hombros. Genaro cerró la celda. Los dos retrocedimos. La sombra avanzó por la pared hasta la esquina. Una parte se extendió sobre el piso. Enriqueta comenzó a llorar. Decía que estaba cansada y que ya había entregado demasiado. Yo me quedé junto a ella. Le pregunté a quién se refería. Se quitó el collar y me lo ofreció. Yo lo aparté con la mano. La señora insistió en que me lo quedara. Me dijo que podía ayudarme a ganar más, que podía conseguirme cosas. Le pedí que guardara el collar. Cuando miré hacia el pasillo, la forma oscura estaba junto a la banca, pegada a la pared. Genaro abrió la puerta de la calle. Entró aire frío. Nos quedamos ahí hasta que llegó la hija.

3:31 La mujer nos encontró de pie, con su mamá sentada entre los dos. Pagó lo del vidrio y firmó los papeles. Mientras yo le devolvía las pertenencias, Enriqueta volvió a sacar el collar. Su hija le cerró la mano alrededor. Después le puso un suéter y la ayudó a levantarse. Yo miré la pared. La sombra se alargó hacia la puerta mientras ellas caminaban. Genaro también la estaba siguiendo con la vista. La hija nos preguntó si su mamá se había puesto agresiva. Le dije que había pasado algo que necesitábamos contarle. Nos escuchó sin interrumpir. Al terminar, guardó el collar en su propia bolsa y le pidió a Enriqueta que saliera. La señora se agarró de su brazo. Antes de llegar a la puerta, miró dos veces hacia atrás. Su hija también volteó.

4:20 Las acompañamos hasta el coche. Después regresamos al escritorio y terminamos los papeles del vidrio roto. Faltaba menos de una hora para que llegara el relevo. El que ofreció pagar la grúa. La llamada entró cuando ya estaba guardando las herramientas del turno. Un hombre dijo que su papá tenía la camioneta atravesada en un canal de riego seco. Nos explicó por dónde entrar y pidió que fuéramos por él. Saqué la grúa del taller y salí. Era 2006, al sur de Guanajuato. Llegué después de las 10. Encontré la camioneta inclinada con una rueda metida entre piedras. Un señor mayor estaba sentado sobre un costal a la orilla del camino.

5:05 Le pregunté si se había lastimado. Me dijo que solamente se había asustado. Se llamaba Apolinar. Lo reconocí porque algunas veces había llevado esa camioneta al taller. Alumbré el canal, bajé y revisé dónde podía engancharla. Mientras preparaba el cable, don Apolinar me preguntó cuánto iba a tardar. Le dije que unos 20 minutos y todo salía bien. Él miró hacia el camino. Sáquela como pueda. Yo le pago lo que se dañe, me dijo don Apolinar. Su camioneta estaba bien cuidada. Me sorprendió que me pidiera aquello, pero pensé que quería regresar pronto a su casa. Le ofrecí que esperara dentro de la grúa. Se sentó del lado del acompañante, cerró la puerta y subió el vidrio, aunque la noche estaba templada. Yo seguí trabajando Llevaba poco de haber comenzado a jalar cuando escuché un caballo. Alumbré hacia el camino.

6:01 Venía un hombre montado, vestido de oscuro. La luz alcanzó los adornos de su pantalón y la hebilla del cinturón. Llevaba un sombrero ancho. Se detuvo a pocos metros de la grúa. Me preguntó si ya iba a sacar la camioneta. Le contesté que sí. Yo pago, me dijo el hombre. Sacó una cartera. Le expliqué que el servicio ya lo había solicitado el hijo del dueño y que podíamos arreglarlo al llegar al taller. El hombre insistió. Mientras hablaba, vi a don Apolinar golpeando el vidrio desde adentro. Me acerqué. Bajó la ventanilla apenas unos centímetros. No le reciba dinero. Hágame ese favor. Me pidió don Apolinar. Tenía la boca temblando.

6:44 Le pregunté si conocía al hombre. Antes de que contestara, el caballo se acercó. Don Apolinar subió el vidrio. Yo regresé al control del cable. Quería terminar y salir de ahí. El hombre desmontó. De cerca parecía más joven de lo que yo había pensado. Tendría unos 40 años. Llevaba la ropa cubierta de polvo, pero sus botas se veían limpias. Me preguntó cuánto ganaba por un servicio de aquellos. Le di una cantidad aproximada. Se rió por lo bajo. Por eso anda trabajando a estas horas, me dijo. Yo seguí mirando la camioneta mientras salía del canal. El hombre caminó junto a mí. Me explicó que tenía trabajo para alguien con vehículo. Pagaba bien y casi nunca pedía salir temprano.

7:31 Le pregunté qué había que transportar. Gente que ya quedó conmigo, me respondió. Pensé que hablaba de trabajadores. En aquellos rumbos, muchos contratistas buscaban choferes para llevar cuadrillas al campo. Le dije que podía dejar su número en el taller. Sacó varios billetes doblados. Era más dinero del que yo iba a ganar aquella noche. Tenía 28 años, un hijo pequeño y varias cuentas atrasadas. Por un momento, pensé en lo que podía resolver con aquellos billetes. Llévese esto. Luego vemos. Me ofreció. Desde la cabina, escuché a don Apolinar decir mi nombre. Lo había oído cuando hablé por radio con el taller. Me estaba llamando con una desesperación que me hizo apartarme del dinero. Le dije al hombre que necesitaba terminar.

8:22 Él guardó los billetes. Durante unos minutos permaneció junto al caballo mirándonos. Saqué la camioneta, la acomodé y aseguré las ruedas sobre la plataforma. Cuando terminé, tenía la camisa pegada a la espalda. El hombre se acercó a la ventanilla donde estaba don Apolinar. Tocó el vidrio con los nudillos.« Usted ya sabía que iba a venir», le dijo. Don Apolinar se había tapado los ojos con una mano. Yo rodé la grúa. Le pedí al hombre que nos dejara salir porque estaba atravesado frente a la cabina. Me miró. Después señaló a don Apolinar.« Si él ya no puede acompañarme, puede venir usted», me dijo. Le contesté que tenía que regresar al taller. Se quedó esperando algo más. Yo abrí mi puerta y subí. Don Apolinar me agarró del brazo.

9:14 Me pidió que arrancara. El hombre montó y se apartó hacia la entrada de una parcela. Ahí había un cerco de alambre que yo había visto mientras maniobraba. Los faros lo iluminaban de lado. Vi avanzar el caballo contra el cerco. Esperé el tirón de los postes. El animal salió del otro lado. Durante un momento, alcancé a distinguir las hebras de alambre atravesadas frente a sus patas. Después, el hombre y el caballo continuaron entre los sembradíos. Metí la velocidad con tanta fuerza que rechinó la palanca. Don Apolinar empezó a llorar. Manejé hasta el taller. Él iba agarrado de la manija mirando por el espejo. En el trayecto, me preguntó otra vez si había recibido dinero. Le aseguré que no.

10:01 Entonces me contó que conocía a aquel hombre desde hacía muchos años. Lo había encontrado cuando perdió una cosecha y debía dinero por todas partes. Según me dijo, el hombre le ofreció suficiente para salir del problema. A cambio, don Apolinar se comprometió a acompañarlo cuando fuera a buscarlo. Le pregunté qué significaba acompañarlo. Se quedó callado. Después me dijo que llevaba tiempo tratando de evitarlo. Su hijo llegó al taller poco antes de medianoche. Ayudó a bajarlo de la grúa y me preguntó si había sufrido algún golpe. Le expliqué que estaba muy alterado. Don Apolinar le pidió que lo llevara a su casa. Antes de subir al coche, quiso hablar conmigo a solas. Pensé que iba a pedirme que guardara silencio. Me tomó una mano y me preguntó cuánto le debía por el servicio. Le di el precio del taller. Sacó su cartera, contó los billetes y me los entregó. Después me sostuvo la mirada. Yo también creí que me estaba pagando un trabajo, me dijo don Apolinar.

11:12 LOS SOBRES DEL CABELLO Paloma y yo teníamos la misma edad y nos conocíamos desde la secundaria. Ella vivía con su esposo y su hija y era una de mis clientas. Mi peluquería estaba en un local que me prestó una tía, en un pueblo de Oaxaca, cerca de donde vivían mis padres. Tenía 26 años y llevaba poco tiempo con el negocio. Una señora llamada Selena comenzó a ir los jueves. Se pintaba la raíz, pedía café y se quedaba conversando mientras esperaba. La gente acudía a su casa para hacerse limpias. Yo lo sabía porque algunas clientas hablaban de ella, aunque Selena casi nunca mencionaba su trabajo. Una tarde me preguntó qué hacía con el pelo que cortaba. Le enseñé la bolsa de basura. Me ofreció comprarlo. Dijo que lo utilizaba para unos preparados y que le servía si yo lo guardaba limpio, separado de los papeles y los envases. Acepté. No era mucho dinero, pero alcanzaba para comprar champú y algunas cosas del negocio. Al principio recogía todo en una bolsa. Después, Selena comenzó a hacerme encargos. Quería que separara el cabello de determinadas personas. Me daba un sobre y escribía el nombre antes de entregármelo. Cuando le pregunté para qué lo necesitaba así, dijo que había trabajos personales. Yo debí dejar de hacerlo en ese momento. Sin embargo, ya había aceptado dinero y me daba vergüenza preguntarle más. Uno de los

12:45 sobres llevaba el nombre de Paloma. Cuando fue a despuntarse, guardé su cabello aparte. Selena pasó por el sobre esa misma tarde. Unas semanas después, Paloma regresó a preguntarme si le había puesto algo distinto durante la última visita. Se estaba quedando con mucho pelo en el cepillo. Le expliqué qué productos había usado. Me pidió los nombres para anotarlos y consultarlos cuando fuera a revisarse. Mientras hablaba, yo miraba su cabello y pensaba en el sobe. Esa noche fui a casa de Selena. Quería decirle que ya no iba a guardar nada y pedirle que devolviera lo que había recogido.

13:25 Me recibió en un patio donde tenía plantas en cubetas. Había dos mujeres esperando bajo un techo de lámina. Le dije que necesitábamos hablar a solas. Me llevó a un cuarto pequeño. Sobre una mesa tenía fotografías, listones y varios sobres parecidos a los míos. Vi uno abierto con cabello dentro. Al lado estaba una fotografía de Paloma con su esposo. Le pregunté qué estaba haciendo. Selena cubrió la mesa con una tela. Me dijo que algunas personas necesitaban ayuda para separarse y otras para mantener una relación. Yo le expliqué que Paloma estaba perdiendo cabello. Selena me miró con atención.

14:08 Después quiso saber quién me lo había contado. Le respondí que ella misma. Entonces ya estás sintiendo. Me dijo Selena. Me dio tanto miedo escucharla que tardé en contestar. Le pedí que detuviera lo que hubiera hecho. Selena se molestó. Dijo que yo había recibido dinero y que ahora pretendía hacerme la inocente. Me recordó cada encargo. Sabía qué días habían ido las clientas, quiénes se habían cortado el pelo y cuánto me había pagado. Le dije que iba a devolverle todo. Devuélvame lo que quiera. Lo que usted me entregó, ya lo entregó. Me respondió. Pasó junto a mí para abrir la puerta. Cuando salí, una de las mujeres que esperaban me miró y apartó la cara. La reconocí. Era hermana del esposo de Paloma. Al día siguiente le conté a mi tía. Ella me acompañó a devolver el dinero.

15:03 Selena lo recibió sin hacernos pasar. Después fui a buscar a Paloma. Me costó muchísimo decirle lo que había hecho. Le hablé de los sobres, de la fotografía y de la mujer que había visto en el patio. Paloma se quedó escuchando. Cuando terminé, me preguntó si yo había anotado su nombre. Le dije que Selena lo había escrito. Después, quiso saber si le entregué el cabello sabiendo que era suyo. Tuve que decirle que sí. Paloma me pidió que saliera. Nunca pude saber si lo que estaba padeciendo tenía alguna relación con aquellos encargos. Ella siguió revisándose y yo dejé de recibir noticias. Su familia tuvo problemas que ya venían de antes. Lo que sí hice fue entregar algo suyo a una persona que estaba trabajando a sus espaldas. Selena dejó de ir a mi local. Con el tiempo conseguí más clientas y pude comprar mis propios muebles. Paloma jamás volvió.

16:01 Hace unos años coincidimos en una tienda. Iba con su hija que ya estaba grande. La saludé. Ella me respondió con la cabeza y se fue a formar a otra caja. Todavía tengo la peluquería. Cuando termino un corte, recojo el pelo y lo echo directamente en la basura. Los sobres que compré para Selena se quedaron guardados mucho tiempo. Al mudarme de local, los encontré y los tiré. La voz al pie de la torre. En 2012 instalaba antenas para una empresa de internet. Trabajábamos en pueblos donde bastaba una falla para dejar sin servicio a muchas casas y negocios. Mi compañero se llamaba Oscar. Llevábamos casi dos años saliendo juntos.

16:45 Yo hacía buena parte del trabajo en altura y él revisaba las conexiones de abajo. Una tarde fuimos a una antena colocada en un cerro de Veracruz. El equipo estaba dentro de un terreno cercado. Había un cuarto pequeño y una torre de unos 12 metros. Llegamos más tarde de lo previsto porque una llanta de la camioneta estaba perdiendo aire. Cuando subí, todavía se veía el pueblo entre los árboles. A mitad del trabajo, descubrimos que habíamos dejado una pieza en la bodega. Oscar dijo que podía ir por ella mientras yo terminaba de revisar lo que tenía arriba. Lo vi salir, cerrar el portón con el candado y bajar por el camino. Me quedé acomodando herramientas. Traía una lámpara en el casco. Conforme oscureció, su luz comenzó a ser lo único que me permitía distinguir los cables y la escalera.

17:34 El viento movía las ramas por encima del cuarto. Al rato, escuché pasos. Pensé que Oscar había regresado. Me sorprendió porque calculaba que todavía debía tardar un poco más, pero seguí trabajando. Escuché su voz desde abajo. Le pregunté si traía la pieza. Se quedó callado unos segundos. Después volvió a pedirme que bajara. Terminé de guardar una herramienta y me asomé. Vi una parte de una camisa azul junto al cuarto. Era del mismo color que la que usábamos para trabajar. La cabeza quedaba detrás del techo. Le dije que me alumbrara la parte baja de la escalera porque mi lámpara estaba apuntando hacia el equipo. La voz me respondió que bajara, que él me esperaba ahí. Empecé a descender. Iba a la mitad cuando vibró mi teléfono. Me detuve en un descanso, aseguré mis cosas y contesté. Era Oscar. Escuché el ruido de la calle detrás de su voz. Me preguntó cuál de las piezas necesitaba llevar porque había encontrado dos parecidas.

18:36 Yo miraba hacia el cuarto. Le pregunté dónde estaba. Me respondió que seguía en la bodega. Le dije que había alguien adentro del terreno. Oscar creyó que había llegado el dueño. Me explicó que el señor tenía otra llave. Entonces volvieron a llamarme desde abajo Apúrate, ya tengo que cerrar Me dijo la otra voz Era la voz de Oscar La estaba escuchando también por el teléfono Mi compañero dejó de hablar Le pregunté si había oído Me dijo que sí Durante unos segundos solamente escuché su respiración Después me pidió que regresara al descanso de arriba y esperara Subí Me costó mucho hacerlo despacio Sentía las manos torpes dentro de los guantes. Desde abajo, escuché que alguien caminaba alrededor de la base. La voz volvió a preguntarme qué estaba haciendo.

19:32 Yo seguía con el teléfono contra la oreja. Oscar me dijo que ya iba para allá. Le pedí que no colgara. Se escuchó cerrar una puerta. Después, encendió la camioneta. La persona de abajo comenzó a subir. Oí el golpe de un pie sobre un peldaño. Y luego, el movimiento desapareció. la escalera. Me asomé desde el descanso. Alcancé a ver una mano sujetándose del metal. Debajo había una cabeza inclinada. La luz de mi casco iluminaba el pelo, pero el travesaño me tapaba la cara. Le grité que se detuviera. La persona levantó un poco la cabeza. Soy yo. Dame la mano, me pidió con la voz de Oscar. Mi compañero escuchó aquello desde la camioneta. Me preguntó qué estaba pasando.

20:17 Le dije que estaba subiendo. Oscar comenzó a hablarme muy rápido. Quería saber cuánto faltaba para que llegara a donde estaba yo. El teléfono se me resbalaba entre el guante y la oreja. Lo puse en el bolsillo de la camisa con el altavoz encendido. La mano de abajo subió al siguiente peldaño. Yo retrocedí hasta pegarme contra la estructura. Mi lámpara alumbraba la escalera, pero la cara seguía inclinada. Vi los hombros de la camisa azul y una manga recogida. Volvió a pedirme que le diera la mano. Le respondí que esperara. Se quedó inmóvil. Yo escuchaba el motor de la camioneta de Oscar a través del teléfono. Él había dejado de preguntarme cosas y repetía que ya iba llegando. La persona comenzó a mover la escalera con un hombro. Sentí la vibración en las botas. Me agarré de la estructura Desde el bolsillo, escuché a Oscar tocar el claxon. Casi al mismo tiempo, apareció una luz entre los árboles, abajo en el camino. La cabeza de la escalera giró hacia ella.

21:20 La persona empezó a bajar. Lo hizo muy rápido, aunque yo seguía viendo sus manos pasar de un peldaño a otro. Cuando llegó al suelo, rodeó el cuarto y se metió entre los árboles que quedaban dentro del terreno. Oscar llegó al portón. Escuché el candado y lo vi entrar corriendo con una lámpara. Le grité que había alguien detrás del cuarto. Él alumbró desde la entrada. Se quedó ahí, mirándome a mí y luego hacia los árboles. No quiso dar la vuelta solo. Me pidió que bajara mientras él mantenía la luz sobre la escalera. Lo hice con las piernas tan tensas que, al tocar el suelo, tuve que sentarme. Oscar se agachó frente a mí. Era él. Traía la bolsa de la bodega en una mano y las llaves en la otra. Le pedí que hablara. Me preguntó qué quería que dijera. Al escucharlo tan cerca, comencé a llorar. Él me ayudó a quitarme los guantes. Uno se me había quedado atorado porque lo llevaba apretado contra la mano. Después recogimos las herramientas que estaban abajo y salimos. Todavía quedaban cosas arriba, pero no pude volver a subir esa noche.

22:31 Desde la camioneta llamamos al encargado y le contamos que alguien había entrado al terreno. También le explicamos lo de la voz. Pensó que una persona nos había estado observando para robarnos. Yo había escuchado a mi compañero hablar por teléfono desde la bodega, mientras su misma voz me llamaba desde la escalera. Oscar también la oyó. La reparación se terminó dos días después, con otra cuadrilla. Antes de devolver el material, tuvimos que ir a la oficina. Nos pidieron que escribiéramos lo ocurrido. Oscar se sentó a mi lado y redactó su parte. La leyó varias veces antes de entregarla. En una línea escribió que había escuchado su propia voz pedirle a su compañero que bajara. Luego firmó. Yo firmé debajo.

23:20 El hombre que compraba el pescado Mauro empezó a salir cada vez menos conmigo después de que murió su esposa. Se fue quedando en su casa, atendiendo pequeños trabajos. Yo seguí saliendo solo a aquella presa de Jalisco, en mi lancha pequeña. Una mañana, encontré a un hombre en la orilla. Estaba sentado sobre una piedra, con el pantalón húmedo hasta las rodillas. Me preguntó si llevaba pescado, le enseñé lo poco que había sacado, compró todo sin regatear. Se quedó conversando mientras yo acomodaba las cosas, quiso saber cuánto tiempo llevaba trabajando ahí y por qué salía solo. Le hablé de Mauro, el hombre escuchó con atención. Después me preguntó por una parte de la presa que quedaba detrás de unos cerros bajos. Le dije que la conocía. Me aseguró que por ahí estaba saliendo bastante pescado. Quedamos en que iría a verlo unos días después. Se presentó tres mañanas seguidas.

24:14 Siempre compraba lo que llevaba. Me pagaba en efectivo y permanecía junto al agua hasta que yo me iba. A la cuarta visita, me dijo que podía comprarme mucho más. Según explicó, tenía gente a quien repartirle. Yo vendía lo que sacaba entre varias familias de la zona. Algunas semanas alcanzaba para todo, otras tenía que pedir fiado. Tener un comprador que se llevara más pescado me convenía. Me dio un adelanto. Era suficiente para arreglar una parte del motor que llevaba semanas fallando. Le pregunté dónde vivía. Señaló hacia el otro lado de la presa. Yo conocía algunos ranchos por ahí. Pensé que venía caminando desde alguno de ellos.

24:55 Una mañana lo llevé en la lancha para que me mostrara el sitio del que hablaba. Se sentó adelante. Durante el trayecto mantuvo los dedos sobre el borde rozando el agua. Cuando llegamos me indicó dónde detenerme. Aquella mañana saqué más que en las dos anteriores juntas. El hombre iba mirando el pescado mientras lo acomodaba. Me dijo que necesitaba ayuda de alguien que estuviera dispuesto a quedarse con él. Pensé que quería contratar a una persona. Le pregunté para qué trabajo. Me respondió que allá había mucho que hacer y que nadie tenía por qué pasar hambre. Después mencionó a Mauro.« Tráigalo. Usted dice que ya está cansado de todo», me pidió el hombre.« Eso último se lo había contado yo durante una de nuestras conversaciones». Mi amigo estaba triste, lleno de deudas y hablaba seguido de vender sus cosas para irse.

25:47 Le dije que podía comentárselo. El hombre me preguntó si iba a llevarlo. Me incomodó la insistencia. Le respondí que primero tenía que hablar con él. Regresamos a la orilla donde lo había encontrado. Mientras yo amarraba la lancha, el hombre se bajó. El agua le llegaba a las rodillas. Le señalé un sitio más seco para que caminara. Él siguió hacia adentro. Pensé que se había confundido de lado. Lo llamé. El agua le cubrió la cintura. Le dije que regresara. Volteó hacia mí y me preguntó si iba a llevar a Mauro. Yo estaba soltando otra vez la cuerda para acercarle la lancha. El hombre siguió caminando. Cuando el agua le llegó al cuello, me asusté de verdad.

26:29 Encendí el motor y avancé hacia él. Su cabeza quedó debajo de la superficie. Me asomé desde un costado. Lo vi. Estaba de pie bajo el agua con la cara levantada hacia mí. Tenía los ojos abiertos. Le extendí un remo. Una mano salió y lo agarró. Jalé pensando que necesitaba ayuda para subir. El hombre tiró hacia abajo con tanta fuerza que el remo golpeó contra la orilla de la lancha. Lo solté. Seguía mirando su cara bajo el agua cuando lo escuché hablar. El otro se iba a querer quedarse. Me dijo. Me aparté del borde. La lancha se había movido y yo tenía los zapatos empapados. Busqué el remo, pero el hombre lo mantenía sujeto debajo de la superficie.

27:17 Después su cara comenzó a bajar. La distinguí hasta que el agua dejó de permitirme verla. Di varias vueltas llamándolo. Más tarde pedí ayuda a otros pescadores. Les expliqué que un hombre se había metido y que lo había perdido de vista. Regresamos al sitio. Buscamos durante horas. Yo todavía tenía parte del adelanto en la casa. Lo guardé durante semanas, esperando que apareciera alguien a reclamarlo. El dinero de las primeras compras ya lo había gastado. El pescado lo habíamos vendido y comido. Fui a ver a Mauro esa misma tarde. Estaba reparando una puerta en su patio. Me invitó un refresco y me preguntó cómo iba la pesca. Yo llevaba todo el camino pensando en lo cerca que había estado de ofrecerle aquel trabajo. Le conté lo ocurrido. Al principio creyó que hablaba de un accidente. Después le repetí la frase que había escuchado desde el agua. Mauro dejó la herramienta sobre una cubeta. Permanecimos un rato sentados, mirando la puerta que tenía a medio arreglar. Él terminó por preguntarme si yo pensaba llevarlo. Le dije la verdad. Había considerado ir a buscarlo para que conociera al hombre y ganara algo de dinero. Mauro bajó la cabeza. Después de un momento me pidió que le ayudara a sostener la puerta.

28:36 Pasamos la tarde colocándola. Tiempo después, se fue a trabajar con un primo a otra ciudad. Todavía hablamos de vez en cuando. Yo seguí pescando en otras partes de la presa. Nunca encontré a una persona que reclamara el adelanto. El remo se quedó allá. Compré otro en un pueblo cercano y lo pagué con lo que gané vendiendo pescado esa semana.