Dec. 1, 2025

La Reunión Secreta Frente Al Altar: La Iglesia De Las BRUJAS - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Vivo casi pegado al panteón del pueblo. Desde la ventana de mi cuarto se ve la parte más vieja, las cruces chuecas, las lápidas quebradas y la barda de cemento que rodea todo. Crecí con esa vista. Mientras otros niños veían la calle o un patio, yo veía tumbas. Al principio me daba curiosidad, luego se volvió algo normal. Me acostumbré a ver pasar cortejos fúnebres, escuchar rezos y ver a la gente entrar con flores y salir con la cara cansada. Con el tiempo el panteón dejó de ser solo paisaje y se volvió parte de mi trabajo. De grande puse un pequeño puesto fijo justo a un lado de la entrada. Vendo flores, veladoras y algunas coronas sencillas.

0:49 No es un negocio grande, pero me alcanza para irla llevando. Llego temprano casi todos los días para alcanzar a la gente que entra en la mañana y me quedo hasta que el encargado cierra el candado de la reja. Por eso conozco bien los horarios, las temporadas y la forma en que se mueve la gente alrededor del cementerio. Los primeros años yo veía el panteón como un lugar triste, pero normal. Con los años empecé a notar que había cosas que no entraban en esa idea. No fue por lo que yo vi primero, sino por lo que empecé a escuchar de los vecinos. Unos viven detrás del panteón y otros en la calle de al lado. Varias veces, mientras me compraban flores o velas, contaban que, por la noche, ya con el candado puesto, se veían mujeres con rebozos oscuros brincando la barda. Decían que las veían caer del otro lado y perderse entre las tumbas. Pero no era solo eso, pues otros vecinos hablaban de cantos bajos que se escuchaban a medianoche, pero no eran rezos normales según ellos.

1:56 Decían que eran voces de mujeres repitiendo frases que no se alcanzaban a entender, siempre en la parte vieja del panteón. También mencionaban un resplandor rojizo que a veces se levantaba detrás de las cruces, como si alguien prendiera muchas velas juntas o hiciera una fogata pequeña entre las lápidas. Varios coincidían en que ese brillo aparecía cuando ya no había gente dentro, mucho después de que el encargado se iba a su casa. Lo que más me hizo ruido no fueron solo esas pláticas, sino lo que empecé a encontrar yo mismo en la mañana. Varias veces cuando llegaba a abrir el puesto, veía cosas que no dejaba la gente común.

2:40 A un lado del camino principal aparecían restos de velas de colores que casi nadie compra para los difuntos. No eran blancas ni moradas, eran rojas, negras, a veces verdes oscuras, gastadas hasta quedar en pedazos pegados a la tierra. También empecé a ver montones de ceniza, acomodados en forma de círculo, no tirados al azar, sino bien formados, como si alguien se hubiera tomado el tiempo de ponerlos así a propósito. En varias ocasiones encontré botellas de vidrio rotas, con restos de cera por dentro. No eran veladoras comerciales, eran botellas de refresco o de otro tipo, usadas como si fueran portabelas.

3:24 Estaban enterradas a medias cerca de algunas tumbas viejas. El encargado del panteón decía que la gente era muy cochina y que se la pasaba tirando basura, pero la forma en que estaban acomodadas esas cosas... No parecía simple descuido. Esa combinación de comentarios de los vecinos y esos restos raros me empezó a incomodar. No me reía de lo que decían. Me daba más desconfianza que curiosidad. Una mañana llegué más temprano de lo normal. Todavía no salía bien el sol. Abrí el puesto y mientras acomodaba las cubetas con flores, sentí la necesidad de entrar un momento al panteón.

4:06 El encargado ya estaba adentro, barriendo el camino principal, y me dejó pasar sin problema. Caminé hacia la parte vieja, la que se alcanza a ver desde mi ventana. Las lápidas estaban húmedas por el sereno, y las flores de los días anteriores ya estaban marchitas. Fue ahí donde vi algo distinto. Junto a una tumba que casi nadie visita, una lápida vieja partida de una esquina, había un círculo pequeño de carbón, dibujado en el piso de tierra. No era una mancha cualquiera. El carbón formaba un círculo parejo, como un pentagrama bien marcado. En medio del círculo había cera todavía blanda, como si la vela se hubiera apagado hacía poco. El relleno estaba fresco, pegajoso al tacto. Aunque yo no la toqué con los dedos, solo lo noté por el brillo y la forma en que la luz lo reflejaba. Encima de esa cera, justo en el centro, Estaba una bolsa negra amarrada con un listón rojo. La bolsa era chica, apretada, y daba la impresión de que tenía algo compacto adentro. Me incliné un poco para verla mejor.

5:18 No tenía dibujos ni símbolos, solo el plástico negro y el listón. En cuanto me acerqué, el olor me pegó directo. No era olor de flores podridas ni de animal muerto al aire libre. Olía como a carne guardada demasiado tiempo. Encerrada, mezclada con algo quemado, ese olor denso se me quedaba en la nariz. En ese momento no sentí ganas de hacerme el valiente ni de abrir la bolsa. No me puse a decir que no pasaba nada ni a buscarle una explicación rápida. La vi, respiré ese olor y supe que no quería tocarla. Pensé que, si la abría, podía encontrar algo que, después, no me iba a poder sacar de la cabeza. Solo me quedé un segundo más, mirando el círculo de carbón, la cera blanda y la bolsa negra con el listón rojo. Luego, sin decir nada, me di la vuelta y regresé hacia la parte más transitada del panteón. Desde ese día me fue imposible ver el cementerio como antes. Desde mi puesto, en lugar de mirar solo la entrada, mi vista se iba seguido hacia la zona vieja. Al día siguiente regresé a esa tumba. La bolsa ya no estaba, el círculo de carbón seguía marcado en el piso, y todavía quedaban restos de cera pegados a la tierra. Pero no vi el listón ni nada parecido.

6:39 Parecía que alguien se había llevado solo la bolsa, con cuidado de no borrar lo demás. En los días que siguieron empecé a notar más detalles. Una mañana, en otra tumba que casi nunca recibe visitas, vi cera fresca pegada a una esquina de la lápida. Sobre esa cera había plumas pegadas, plumas chicas como de gallina, acomodadas sin orden pero incrustadas en la cera todavía suave. Cerca de ahí, clavados en la tierra, vi pedazos de veladora rota, hundidos a medias, como si alguien hubiera intentado enterrarlos y no se hubiera molestado en cubrirlos bien. A partir de esa bolsa negra y de esos hallazgos, tomé una decisión que nunca dije en voz alta. Decidí vigilar el panteón a mi manera. No me puse a hacer guardias ni a presumirlo con nadie. Simplemente cambié mi forma de observar. Cada mañana, antes de que llegara la gente, recorría con la mirada ciertas tumbas de la parte vieja para ver si había círculos, cera o bolsas nuevas. Cada noche que me tocaba quedarme un poco más tarde en el puesto... Me quedaba unos minutos extra mirando la barda, sobre todo las partes más bajas, para ver si alguien entraba o salía cuando ya no debería haber nadie adentro. Fue en esos días cuando empecé a sentir que el panteón se estaba convirtiendo en otra cosa, no solo en un lugar para enterrar muertos, sino en un lugar que alguien estaba usando para hacer cosas que

8:12 no tenían nada que ver con rezos ni con despedidas. Pasaron unos días así, hasta que un vecino vino a comprar flores y terminó de amarrar lo que yo ya sospechaba. Ese vecino vive en la calle que queda detrás del panteón. Mientras elegía un ramo sencillo, empezó a decir que, en la parte trasera, por donde casi nadie pasa, se veían sombras entre las cruces a medianoche. Me dijo que no eran fantasmas. que se notaba que eran mujeres, por la forma del rebozo colgado en la cabeza y en los hombros. Según él, las veía agacharse detrás de una tumba, levantarse de golpe y pasar rápido a otra, como si estuvieran revisando algo o buscando un lugar específico. Me aseguró que no era la primera vez que las veía, que incluso ya reconocía la manera de caminar de una de ellas, porque cojeaba un poco y arrastraba un pie. Mientras lo escuchaba, yo pensaba en la bolsa negra, en los círculos de ceniza y en las velas de colores. Ese comentario me confirmó que no era el único que notaba cosas raras alrededor del cementerio. No se lo dije al vecino, pero en mi cabeza se acomodó todo. Los rumores de las mujeres con reboso, las cosas que yo encontraba temprano y esas sombras que decía ver por detrás. Ese mismo día, ya con la idea clavada, decidí entrar al panteón. aprovechando la confianza con el encargado. Le dije que quería revisar y limpiar alrededor de unas tumbas viejas, porque mucha gente

9:46 me preguntaba por lugares descuidados y a veces me pagaban por darles una pasada rápida. No era mentira completa, ya lo había hecho antes por unos pesos extra, así que no sospechó. Me abrió la reja y me dejó moverme sin prisa. Entré por el camino principal, donde están las tumbas nuevas, con mármol limpio, fotos recientes y floreros llenos de agua clara. Pasé por ahí sin detenerme mucho. Todo se veía normal. Flores del Día de las Madres, coronas de la última semana y veladoras apagadas. Me fui directo a la parte vieja, que es la que se ve desde mi ventana, donde las cruces están oxidadas y las fotos de los muertos ya casi no se distinguen. Ahí las lápidas tienen el cemento partido, las letras borrosas y los mausoleos pequeños. Tienen puertas de fierro entreabiertas o de plano caídas. Caminé despacio entre esas tumbas, recordando el lugar donde había visto el círculo de carbón y la bolsa negra días antes. Cuando llegué a esa zona, vi algo nuevo.

10:52 En una lápida agrietada, casi pegada a la parte baja del muro, había una grieta grande. Dentro de esa grieta se alcanzaba a ver algo que no era piedra ni tierra. Me agaché y miré mejor. Era una bolsa de tela enrollada y metida a la fuerza en el hueco. No se veía como esas cosas que venden en el mercado para trabajos. Era una bolsa simple de tela de color claro ya manchado, doblada para que cupiera en la rendija. Miré alrededor, pero no había nadie cerca. El encargado estaba lejos, en la parte nueva. y no escuchaba pasos cerca de mí. Sentí una tensión en el estómago, pero esta vez no me detuve. Metí los dedos en la grieta y saqué la bolsa con cuidado, tratando de no romperla. La abrí ahí mismo, junto a la lápida. Por dentro no estaba vacía, ni tenía tierra nada más. Lo primero que vi fue un montón de cabello humano, no mechones sueltos, sino un montón bien junto, amarrado con hilo común de ese que se usa en la casa. Era cabello oscuro con algunos hilos canosos mezclados. Debajo del cabello venía un pedazo de cartón recortado a tijera. En el cartón estaba escrito un nombre completo, con letra chueca y dispareja. Lo reconocí de inmediato.

12:14 Era el nombre de una mujer del pueblo, una señora que vive a unas cuantas casas de la mía en la misma calle. Seguí revisando el interior de la bolsa. Encontré un clavo oxidado con tierra pegada, como si lo hubieran sacado de algún lado del mismo panteón. También había un pedazo de foto recortada, donde se veía solo una parte de una cara, un ojo y media frente, lo suficiente para notar que era una mujer de mediana edad. No era una imagen vieja, el papel aún conservaba brillo. Al leer el nombre en el cartón, sentí un miedo directo. Esa persona no era un desconocido. No era alguien de otro barrio, era una vecina a la que veía seguido barrer su banqueta en la mañana. Me vi tentado a sacar todo, hacer bola la bolsa y tirarla lejos, quizá a un basurero, para que eso no siguiera ahí escondido.

13:10 Pero mientras tenía la bolsa en las manos, me llegó una idea clara. Si yo movía eso, me iba a meter en un problema que no entendía y que no me correspondía. Pensé en las mujeres de rebozo en los círculos con ceniza y en la bolsa negra con el listón rojo. Doblé de nuevo la bolsa de tela, metí el cabello, el cartón, el clavo y la foto, y la regresé a la grieta de la lápida. La empujé hasta que quedó otra vez escondida. Me levanté, miré rápido a los lados y me salí de la parte vieja sin hacer ruido, con la sensación de que me estaban observando desde algún punto del cementerio. Ese mismo día, en la tarde-noche, un primo pasó a visitarme. A veces venía a platicar un rato después de su trabajo y se iba entrada la noche. Me dijo que quería caminar un poco, para despejarse, y acepté. Más por no quedarme pensando solo en la bolsa, que por ganas de pasear. Tomamos el camino de siempre y casi sin darnos cuenta, terminamos cerca del panteón. Nos sentamos un momento sobre unas piedras pegados a la barda del lado de la calle. Hablamos de cosas normales, dinero, trabajo y problemas de la familia. En un momento, los dos nos quedamos callados al mismo tiempo, y del lado de adentro del panteón se empezaron a escuchar ruidos que no tenían que estar ahí a esa hora.

14:39 Se escucharon pasos y murmullos que se escuchaban hasta donde estábamos nosotros. Luego se escuchó cómo se movían piedras pequeñas, como si arrastraran los pies entre las tumbas. También se alcanzó a oír algo pesado, arrastrándose un tramo corto, tal vez una tabla o una puerta vieja de mausoleo. Mi primo me dijo en voz baja que había una parte donde la barda era más baja por un desnivel del terreno, que desde ahí se podía ver hacia adentro sin necesidad de treparse tanto. Yo ya sabía cuál era porque, desde niño, conocía cada tramo de ese muro. Caminamos hacia allá sin correr, sin hacer ruido con las suelas, solo avanzando pegados a la pared. Al llegar al punto, nos apoyamos con manos y pies y subimos con cuidado hasta quedar con la cabeza por encima de la barda. Lo que vimos dentro no se parecía a un velorio ni a gente que se quedó encerrada. En la parte vieja, alrededor de una cruz grande de cemento, había varias mujeres con rebozos oscuros estaban inclinadas sobre el piso acomodando cosas una de ellas prendía velas alrededor de la cruz formando un círculo otra acomodaba algo sobre una tumba cercana moviendo bolsas y botellas yo miraba buscando flores o rosarios y no vi nada de eso solo vi velas de colores bolsas y botellas repartidas sobre la tierra En ese momento entendí que no

16:10 eran visitantes rezando tarde, sino las mismas brujas, de las que llevábamos años oyendo hablar en el pueblo, y que ese panteón era el lugar que habían escogido para sus reuniones. Mi primo también lo entendió, porque dejó de hablar y se quedó tan quieto como yo, colgado de la barda, mirando la escena sin atreverse a soltar ni un comentario. Desde arriba de la barda seguimos mirando sin hablar. Las mujeres se fueron acomodando hasta quedar en círculo, alrededor de la cruz grande de cemento. No estaban dispersas por las tumbas, se juntaron bien pegadas a esa cruz, como si ese punto fuera el centro de todo lo que iban a hacer.

16:52 Alcanzaba a contar al menos cinco, todas con rebosos oscuros y faldas largas, que de verdad daban mucho miedo. Se sentía una vibra muy pesada. Una de ellas, la que estaba casi frente a la cruz, metió la mano debajo del rebozo y sacó una bolsa de plástico oscura. La sostuvo un momento, como acomodando lo que traía dentro, y luego la abrió. En cuanto se paró el plástico, el olor nos llegó hasta donde estábamos mi primo y yo. Sentí que se me cerró la garganta. Olía a carne podrida, como cuando se queda algo olvidado varios días, revuelto con humo de leña y un olor rancio. que se quedaba pegado en la nariz. Instintivamente abrí la boca para respirar por ahí, pero el aire que entró estaba igual de pesado.

17:40 De la bolsa sacó un animal pequeño ya muerto. Alcancé a distinguir las plumas y el pico colgando hacia un lado. Por el tamaño parecía un gallo joven. Lo tomó con las dos manos y lo puso sobre una tabla de madera que otra de las mujeres había colocado junto a una tumba baja. No hubo cuidado de respeto, Solo lo dejaron ahí, como parte de su brujería. Otra mujer se acercó con una botella de refresco reutilizada, de esas de plástico transparente. Por dentro traía un líquido oscuro y espeso. Se paró a un lado de la tabla y empezó a vaciar el contenido sobre el cuerpo del animal. El líquido le caía en el pecho, en el cuello. Le chorreaba hasta manchar la madera. Mientras hacía eso, todas empezaron a murmurar. No eran padres nuestros y no eran aves marías.

18:33 Eran frases cortas, en voz baja, con palabras que no alcancé a entender, repetidas una y otra vez con el mismo ritmo. Vivía en las velas que habían encendido. No eran solo blancas, como en los novenarios. Alrededor de la cruz, clavadas en pequeños montones de tierra, había velas rojas y negras, mezcladas con unas pocas blancas. La luz que daba no era pareja, parpadeaba. porque el aire se movía entre las tumbas. Entre todas formaban un cuadro de luz en el piso y al mismo tiempo alargaban las sombras de las mujeres sobre las cruces cercanas. Desde donde estaba yo se veía una cruz de cemento con la sombra de una de ellas encima, como si la cubriera entera. En un momento la que sostenía la botella dejó de vaciar el líquido y se hizo a un lado. La que había sacado al gallo levantó la cabeza. Sus labios siguieron moviéndose unos segundos más, pero ya sin sonido claro. Luego se quedó totalmente quieta. Se volteó despacio y miró hacia el lado donde estábamos mi primo y yo, trepados en la barda.

19:44 No fue una mirada perdida al aire. Sentí de inmediato que nos estaba viendo a nosotros. Yo me quedé pegado al cemento, casi sin parpadear. Mi primo también se quedó congelado. La mujer sostuvo la mirada unos segundos. suficientes para que a mí se me secara la boca. Después hizo un gesto leve con la barbilla, como señalando en nuestra dirección. En cuanto hizo eso, las otras dejaron de moverse, bajaron los brazos, dejaron de acomodar cosas en el piso y rompieron el círculo. Una de ellas se separó del grupo y empezó a caminar en línea recta hacia la parte del panteón que quedaba junto a la barda, donde nosotros nos asomábamos. No miraba a los lados, avanzaba directo, con paso firme, como si fuera por nosotros. Ahí fue cuando reaccionamos y nos bajamos de la barda de golpe. Nos dejamos caer más que escalar. Caí con las manos y las rodillas raspadas, pero en ese momento no me importó.

20:44 Nos pegamos de inmediato a la pared del lado de la calle. Sin ponernos de acuerdo, los dos tomamos la decisión de irnos en dirección contraria, a la puerta principal del panteón. para no cruzarnos de frente con nadie que saliera. Empezamos a caminar rápido, con los hombros casi pegados al muro. Mientras avanzábamos, se escuchaba del otro lado cómo crujían las piedras al ritmo de unos pasos que parecían ir parejo con los nuestros, solo separados por la barda. Cada vez que nosotros acelerábamos, el ruido del otro lado también sonaba más seguido. No volteé a ver hacia atrás en ningún momento, No quería comprobar quién venía siguiéndonos del lado de adentro.

21:28 Solo pensaba en llegar a la esquina y doblar hacia mi casa. Sentía la espalda fría y las manos entumidas. Mi primo, a mi lado, no hacía ningún comentario. Los dos llevábamos la respiración agitada, pero tratábamos de no correr para no llamar más la atención. Cuando por fin llegamos a la esquina, nos separamos. Él se fue hacia su colonia y yo seguí derecho hasta mi casa. Abrí la puerta con las manos torpes por el miedo, cerré de inmediato y corrí el seguro. No me hice el valiente para asomarme, tenía miedo, porque las brujas nos habían visto. Esa noche casi no dormí, pues cada ruido de la calle me hacía pensar que alguien estaba frente a mi puerta.

22:14 En la madrugada empecé a escuchar golpes suaves en la reja del panteón. No eran golpes fuertes, Eran toques espaciados, como cuando alguien quiere avisar que está ahí sin armar escándalo. Me levanté y fui a mi cuarto. Desde ahí, por la ventana, se ve la entrada del cementerio. Dudé un momento, pero al final me animé a mirar por una rendija de la cortina. Afuera, junto a la reja del panteón, estaba una mujer parada, recargada en los barrotes. Llevaba un rebozo oscuro que le tapaba la cabeza y los hombros. No caminaba, no hacía gesto de nada. Solo estaba ahí, con el cuerpo de frente al panteón, pero la cara hacia las casas, y me dio la impresión de que miraba directo a la fila donde vivo yo. Se quedó así varios minutos, de los cuales yo no me moví de la cortina. Cuando quise volver a enfocar la vista, ya no la vi, y la reja quedó sola. al día siguiente con el estómago apretado pero con la necesidad de comprobar algo, decidí regresar al panteón de día, usé el mismo pretexto de siempre con el encargado, que quería revisar unas tumbas viejas, donde a veces limpiaba por unos cuantos pesos, entré caminando normal, saludé y me fui directo a la zona donde había encontrado la bolsa de tela con el nombre de la vecina, llegué a la lápida de la grieta, revisé con la mano y Pero la

23:44 bolsa ya no estaba. En su lugar quedaba cera pegada en la piedra, restos de velas raspadas y marcas en la tierra, como de algo pesado que arrastraron. La grieta parecía más limpia por dentro, como si hubieran metido la mano a sacar todo, y luego hubieran acomodado otra vez la tierra con desorden. Me quedé un rato ahí parado, sin saber si seguir buscando o irme de una vez. Esa misma tarde en la calle empecé a escuchar comentarios en voz baja. Una señora decía que la vecina, la del nombre en el cartón, estaba mal desde la mañana, que amaneció con fiebre alta, mareos y dolores que el médico no le explicaba. Otra dijo que seguro le habían hecho algo en el panteón, porque la noche anterior unas mujeres anduvieron rondando por ahí, Yo escuchaba sin meter mi opinión, pues sabía que si abría la boca iba a tener que contar más de la cuenta. No intento decir si fue brujería o no. Yo solo digo lo que vi, y ahí, en esa bolsa negra, en un cartón viejo, vi el nombre de esa vecina, escrito en el cartón dentro de una bolsa de tela, escondida en una lápida vieja.

24:59 Vi a las mujeres en círculo alrededor de la cruz, con el gallo sobre la tabla las velas rojas y negras clavadas en montones de tierra y el líquido oscuro cayendo sobre el cuerpo del animal y sé que una de ellas me vio a mí y a mi primo trepados en la barda desde esa noche cambiaron varias cosas para mí no volví a pasar junto al panteón cuando estaba oscuro si tenía que ir a la tienda o visitar a alguien daba vuelta por otra calle aunque me tardara más Mantuve mi puesto de flores porque de algo tenía que vivir, pero empecé a evitar quedarme hasta que cerraran la reja. Procuraba recoger todo antes de que cayera bien la noche y me iba a mi casa, con la sensación de que en cuanto yo me alejara ellas podían empezar a llegar. De vez en cuando todavía encuentro restos que no dejan las familias. Un día veo velas gastadas, enterradas a medias en un rincón donde nadie va. Otro día encuentro botellas de vidrio enterradas hasta la mitad, con cera pegada por dentro. A veces veo manchas de cera seca, lejos de las tumbas visitadas, en pedazos de tierra, donde no hay nombres ni flores. Cada cosa que aparece me recuerda que el panteón no se queda vacío del todo cuando el encargado se va. Vivo con la idea fija.

26:23 de que las brujas siguen usando ese cementerio para sus reuniones. Antes solo escuchaba rumores de mujeres con reboso brincando la barda. Ahora tengo la imagen clara de lo que hacen ahí adentro. No lo ando contando por todos lados, porque nadie quiere meterse en pleitos con gente así. Pero cada noche que apago la luz de mi cuarto y veo por la ventana la parte vieja del panteón, Sé que hay cosas que pasan ahí y que ya no puedo fingir que no las vi. Ya sé demasiado de lo que sucede en ese lugar. Aún duermo con miedo de que tomen represalias por aquella noche en que las espiamos mi primo y yo. Que quizá en otra tumba, en otra bolsa, pueda tener cosas mías y me hagan brujería también a mí.

27:10 Las brujas del panteón y sus aquelarres siguen siendo un problema para el pueblo. Solo es daño para la comunidad. Y ahora cada que se enferma alguien de manera extraña, ya sé que son esas brujas. Tenía 16 años cuando mi tía Rosa decidió que yo necesitaba acercarme más a Dios. Así lo decía ella. Yo vivía con mis papás y mis dos hermanos en un barrio pegado a una iglesia vieja, de esas que se notan cansadas. Las paredes de afuera tenían partes descarapeladas, la pintura original casi ni se distinguía, y en la entrada principal siempre olía a humedad y cera derretida. Desde niño estaba acostumbrado a ver gente entrar y salir, a escuchar las campanas y las mismas oraciones de siempre, pero nunca me había metido a los grupos que se juntaban después de la misa. En mi casa las cosas iban mal. Mis papás se peleaban por todo, por el dinero, por la comida, por las deudas, por cualquier cosa que se saliera del presupuesto. Yo escuchaba gritos casi a diario, puertas azotadas, y veía a mi mamá con los ojos hinchados, cada vez con más frecuencia. Mi papá regresaba de malas del trabajo, aventaba las cosas, y a veces pasaba el resto de la tarde sentado frente a la televisión sin hablar con nadie. Yo me llevaba

28:42 más o menos con mis hermanos, pero cada quien tenía sus problemas. No faltaba quien dijera que a nuestra familia le habían echado algo o que traíamos una mala racha. Mi tía Rosa repetía que lo que faltaba era oración. Mi tía pasaba mediodía en la iglesia, ayudaba a barrer, acomodaba bancas, se apuntaba en todas las listas para rosarios, novenas y juntas. Un domingo, al terminar la misa, Me tomó del brazo y me dijo que no me fuera todavía al atrio, que me quería presentar con un grupo especial que rezaba por las familias cuando ya no se podía hacer nada más. Lo dijo como si esa fuera la última salida para nosotros. Yo no tenía muchas ganas, pero no quise discutir con ella ahí dentro, así que la seguí. Mientras todos salían por la puerta principal, mi tía me jaló hacia un pasillo lateral. Ese pasillo llevaba a un salón dentro de la misma iglesia. Desde afuera se alcanzaba a ver una puerta entreabierta, pero casi nadie volteaba hacia ahí. Al cruzar, sentí el cambio de olor.

29:52 Menos incienso y macera concentrada, mezclada con perfume de señora. El salón era sencillo, pero estaba lleno de detalles que se me quedaron grabados. En una pared había una mesa larga de plástico, blanca, ya maltratada, apoyada contra el muro. Encima estaba una Biblia abierta, con las hojas dobladas en las orillas, como si la usaran diario. A un lado había cuadernos con los bordes sucios, llenos de nombres escritos con pluma, algunos subrayados. Había velas encendidas sobre platos viejos de aluminio, con la cera escurriendo. Encima, casi en la esquina de la mesa, colgaba una imagen del sagrado corazón, chueca, con la esquina inferior despegada de la pared. Debajo de la mesa vi una bolsa de tela oscura, arrugada, donde después me di cuenta que guardaban fotografías y papeles. Las sillas eran disparejas, había unas de plástico verde, otras de metal con asiento acolchonado ya hundido, y una que otra banca más chica, pegada a la pared contraria. La luz venía de unos focos amarillos colgados en el techo, sin pantallas ni nada, y daba un tono apagado al cuarto.

31:07 La puerta, como ya había visto desde el pasillo, quedaba medio abierta, pero la forma en que estaba acomodada la mesa y la gente hacía que, desde afuera, no se viera bien qué pasaba adentro. Adentro estaban las mujeres del grupo. La mayoría eran señoras, entre 40 y 60 años, aunque algunas se veían más jóvenes de lo que yo recordaba. No concordaba la edad que yo les calculaba con la cara que traían. Todas estaban muy arregladas, usaban maquillaje marcado, base, rubor, cejas pintadas y labios bien delineados. Las uñas las traían cuidadas, el cabello lo tenían teñido sin canas visibles como si acabaran de salir de un salón. La ropa también llamaba la atención, blusas nuevas, pantalones sin manchas y los zapatos limpios.

32:00 Se veían más acomodadas ahí que en la calle o en el mercado. donde yo las había visto antes con mandiles gastados. Cuando mi tía me presentó, ellas me recibieron con unas sonrisas amplias. Empezaron a decir que era una bendición que un muchacho se acercara a la oración, que los jóvenes casi no querían saber de Dios. Yo escuchaba y solo asentía con la cabeza. En algún momento, mientras hablaban entre ellas, empecé a poner atención a los comentarios que soltaban sobre sus vidas. Una decía que desde que entró al grupo se le había quitado el cansancio de los ojos, que ya no amanecía hinchada y que hasta las ojeras se le habían desvanecido. Otra presumía que las manchas de la cara se le aclararon sin crema cara, que de la nada se le componía la piel. Una más aseguraba que se le había dejado de caer el cabello, que lo sentía más grueso y fuerte. También hablaban de dinero.

33:01 Una comentó que desde que empezó a orar ahí, el negocio le levantó que ahora vendía más. Otra dijo que su marido había encontrado trabajo rápido, cuando antes nadie lo contrataba. No hablaban de fe, ni de sentirse más tranquilas por dentro. Hablaban de cuerpo, de cara, de piel más lisa, de cabello brillante y de la cartera más llena. Mi tía Rosa pidió que oraran por mí. Dijo que en mi casa había muchos pleitos. que yo andaba cargado con eso y que necesitaba que Dios me viera. Las señoras se acercaron, un par me pusieron las manos en la cabeza, otra en los hombros. Empezaron con un padre nuestro, normal, luego un ave María, pero después la oración cambió. Teresa, la que se notaba que mandaba ahí, comenzó a hablar más rápido, mezclando frases de la Biblia con otras que no reconocí.

33:56 Mientras seguían rezando, empecé a escuchar nombres completos y apellidos de gente que no estaba ahí. No eran listas generales, eran personas claras. Reconocí el nombre de una vecina que llevaba meses enferma y que se veía cada vez más delgada. También nombraron a un muchacho recién llegado al barrio, el que había tenido un accidente en moto hacía poco. Luego escuché el nombre de una señora mayor que casi nunca salía de su casa. de la que mi mamá comentaba, que se estaba apagando, sin que los doctores supieran bien qué tenía. Ellas decían que estaban poniendo en oración a todos ellos, pero el tono no se sentía como una petición limpia. Yo, con las manos de esas mujeres sobre mí, no sentí calma ni consuelo, sentí una incomodidad seca, como si me hubieran metido a un lugar en el que no debía estar. Yo solo era parte de la fila, me aguanté por respeto a mi tía, no dije nada y dejé que terminaran. Cuando por fin cerraron la oración, varias se acercaron a mi tía para decirle que no me preocupara, que el Señor ya me había visto. Yo solo quería salir al atrio, respirar aire fresco y apartarme un poco. Antes de que pudiera moverme hacia la puerta, Teresa se me acercó. Era una señora de mediana estatura, de piel clara, con el cabello teñido de negro parejo y la cara demasiado estirada para la edad que aparentaba

35:27 su cuerpo. Me tomó del antebrazo y me llevó unos pasos aparte, como si quisiera hablar conmigo en confianza. Me dijo que si quería que Dios me viera más rápido, tenía que llevar una fotografía mía y un objeto personal en una bolsa para ponerme en manos del Señor. Lo explicó sin rodeos. Me dijo que una foto tamaño infantil servía, que no importaba si era reciente o de hacía unos meses. Insistió en que la bolsa fuera pequeña, de tela o de plástico, pero que no fuera muy grande para que todo quedara bien junto. Me sugirió que el objeto fuera mi cadena, o una pulsera, o algo que trajera siempre conmigo, porque eso hacía más fuerte la petición. Yo no entendí bien por qué necesitaban una foto y una cadena para orar, pero mi tía me miraba con cara de aprobación, como si esa fuera una oportunidad que no debía desperdiciar. Terminé diciendo que sí. Prometí llevar la fotografía y el objeto en la próxima reunión. Al salir por fin de la iglesia, sentí el cuerpo pesado. No era cansancio normal. Caminé de regreso a la casa con la sensación clara. de que dentro de ese salón no solo me habían conocido, me habían señalado, como si me hubieran escogido para algo que todavía no sabía, pero que ya estaba en marcha. Pasaron unos días antes de que volviera a ese salón. Todo

36:59 el tiempo, desde que salí de la iglesia aquella vez, traía en la cabeza lo de la foto y el objeto personal. Mi tía Rosa no dejó que se me olvidara, Cada que me veía me recordaba que tenía que llevar la fotografía y la cadena para que según ella Dios se fijara más rápido en mí y en mi familia. Una tarde agarré una foto tamaño infantil que mi mamá tenía guardada en una caja, donde salía yo con el uniforme de la secundaria y saqué también la cadena que usaba diario. La había traído puesta desde año y medio atrás, regalo de mi papá en uno de los pocos momentos buenos que habíamos tenido. Metí la foto y la cadena en una bolsa pequeña de plástico transparente, esas que se cierran doblando la orilla, y la guardé en la bolsa del pantalón. Volvimos a la iglesia un día entre semana.

37:52 No era domingo, pero había misa. Mi tía se sentó conmigo casi hasta adelante, como siempre. Yo sentía la bolsa pegada a mi pierna, recordando a cada rato que traía ahí algo mío que ella pensaba entregar. Durante la misa, no dejé de mirar a las señoras que había visto en el salón. Algunas estaban dispersas en las bancas, con las manos juntas, pero cuando se paraban se notaba lo mismo. Maquillaje bien puesto, cabellos teñidos, caras más lisas de lo que yo recordaba de años anteriores. Cuando terminó la misa, la gente empezó a salir al atrio. Mi tía me miró como preguntando sin palabras si traía lo que me había encargado. Asentí y ella se levantó de inmediato. Hicimos el mismo recorrido que la otra vez. Al entrar al salón, sentí que ya no llegaba a un lugar desconocido, pero tampoco era un sitio donde me sintiera tranquilo. Teresa estaba cerca de la mesa de plástico acomodando unos cuadernos. Cuando vio a mi tía, se acercó con confianza y mi tía le dijo que yo ya traía lo suyo. Yo saqué la bolsa transparente de la bolsa del pantalón y se la entregué a mi tía Rosa. Ella la miró con aprobación y luego se la dio a Teresa. Teresa tomó la bolsa y la levantó un poco para verla contra la luz amarilla del foco. Revisó la foto, revisó la cadena como si comprobara que todo estuviera en orden.

39:21 No preguntó nada más. Abrió la bolsa, sacó la foto y la cadena y la separó. Luego se agachó, levantó la tela de la parte de abajo de la mesa y sacó una caja de plástico que estaba escondida ahí. Era una caja rectangular transparente con una tapa blanca. Al abrirla vi que no estaba vacía. Adentro había muchas bolsas parecidas a la mía, algunas de plástico, otras de tela doblada, pero todas con algo dentro. También había fotos sueltas, dobladas a la mitad y papeles con nombres completos escritos a mano. En varios se alcanzaban a leer apellidos conocidos del barrio.

40:01 y en algunas esquinas había fechas y edades anotadas con letra apretada. Teresa metió mi cadena en una de las esquinas de la caja sobre otras cosas y dejó mi foto aparte, fuera de la bolsa, sobre un pequeño montón de fotos que tenía encima. Luego cerró la tapa sin prisa, volvió a poner la caja debajo de la mesa y se enderezó para seguir en algo rutinario. Ese día el grupo estaba más completo, Veía caras que no había visto la primera vez, pero el tipo de mujer se repetía. Señoras de mediana edad, con apariencia de estar mejorando en lo físico. Algunas hablaban de sus negocios, otras de sus maridos.

40:45 Una mencionaba que desde que empezó a ir con Teresa se sentía más levantada, que ya no se veía tan acabada. Yo escuchaba todo, sentado en una de las sillas de plástico. sin saber bien si debía sentirme agradecido o con más desconfianza en cuanto consideraron que ya estaban todas las que tenían que estar cerraron la puerta del salón el cambio se notó de inmediato el pasillo quedó fuera junto con el ruido de la gente que todavía caminaba dentro de la iglesia Apagaron una parte de las luces del techo y dejaron solo dos focos encendidos. También apagaron algunas velas y prendieron otras que tenían guardadas en una bolsa de mandado.

41:28 Esas velas eran de color, no blancas como las normales. Las acomodaron alrededor de la mesa. Teresa sacó la caja de plástico, la puso sobre la mesa y la abrió. Esta vez vació parte del contenido. Sacó fotos y papeles, separó algunas bolsas y dejó otras dentro. Puso varias fotos boca arriba, acomodadas una al lado de la otra, formando una fila ordenada. Algunas fotos eran recientes, otras más viejas, desgastadas en las orillas. Yo reconocí de inmediato al menos tres caras. En una de las fotos, aunque estaba algo deslavada, distinguía a la vecina que llevaba meses baja de peso.

42:11 Tenía la misma sonrisa que había mostrado en una fiesta de la colonia, pero en la vida real ya no sonreía así. En otra foto apareció el muchacho que había tenido un accidente en moto. En la foto estaba sano, de pie, con una gorra al revés, apoyado en una bicicleta. En otra, vi a una señora mayor que conocía desde niño, la que casi no salía de su casa, porque se iba quedando en camas. sin que los doctores pudieran decir bien que tenía recordé que mi tía semanas antes había dicho en la cocina que el grupo de oración ya tenía los nombres de ellos puestos en manos del señor en ese momento pensé que se refería solo a una lista de intenciones ahora veía sus fotos boca arriba rodeadas de velas de color no parecían simples peticiones se veían como fichas acomodadas para algo más Cuando terminaron de colocar las fotos, las mujeres se pusieron alrededor de la mesa.

43:14 Teresa se colocó en la cabecera, tomó una de las velas, la levantó y empezó a hablar. Ya no era la misma forma de rezar que había escuchado en la misa. Tampoco era un Padre Nuestro ni un Ave María. Mezclaba frases, pero el contenido era claro. pedía que la enfermedad, la tristeza, la vejez y la mala suerte se fueran hacia las personas de las fotos. Decía que esas cargas debían caer sobre ellos para que las mujeres del círculo recibieran juventud, hombres que las buscaran, clientes en sus negocios, dinero constante y solución a sus problemas. Cada vez que Teresa decía una ventaja física, yo miraba las caras de las señoras, Recordaba cómo se veían hacía unos años, con manchas en la cara, hinchadas, con canas visibles, y las comparaba con su aspecto actual. Piel más pareja, ojos menos apagados, y cabello sin rastro de canas. Cuando ella mencionaba ojos sin ojeras, yo pensaba en los ojos cansados de la vecina enferma.

44:21 Cuando pedía cabello negro y fuerte, recordaba que la señora mayor casi ya no tenía fuerzas, ni para levantarse de la cama. Después Teresa bajó un poco la voz, pero su tono siguió firme. Dijo que la belleza no se regalaba, que la juventud se tomaba de algún lado. Aclaró que las personas que aparecían en las fotos servían para cargar con enfermedades, arrugas, cansancio y fracasos, mientras ellas se limpiaban la cara, se quitaban dolores y ganaban cosas que antes no tenían. Lo decía tan natural como si fuera algo normal, como si eso fuera un trato establecido. El grupo asentía y algunas cerraban los ojos, otras miraban fijo las fotos.

45:05 Yo empecé a buscar mi foto con la mirada, pero no la vi en la mesa al principio, así que la busqué en la caja negra que seguía abierta. Alcancé a ver en el fondo varias fotos de jóvenes apiladas, entre ellas la mía. Ya no estaba dentro de la bolsa en la que yo la había traído. Estaba suelta, pegada a otras caras de muchachos y muchachas que conocía de vista del barrio o de la escuela en ese momento escuché a Teresa decir que los muchachos daban más fuerza que los que traían problemas en casa se soltaba más fácil lo que traían por dentro dijo que eran buenos para limpiar la carga de las mujeres de su grupo no mencionó mi nombre todavía pero no lo necesitaba Entendí que no solo estaban orando por mí, ni por la vecina, ni por el muchacho del accidente. Nos estaban usando como moneda de cambio. Mi fotografía y mi cadena ya no eran un simple símbolo. Formaban parte de un intercambio que yo no había aceptado, pero al que ya me habían metido. Salí de esa reunión con esa idea clavada en la cabeza, sintiendo que, aunque todavía estaba ahí parado, una parte de mí ya estaba sobre esa mesa. junto al resto de las fotos. Yo quise salir corriendo, pero me detuvieron entre todas. Me dijeron que si hablaba sobre esto me saldría muy caro y a mi familia, que

46:36 si decía algo irían por mí en alguna noche y me iría muy mal. Luego todas se rieron con maldad como una risa demoníaca. Entendí que no eran solo señoras rezando, eran brujas que me querían entregar junto a los demás de las fotos. Esa noche en la que todo se reventó empezó como cualquiera de las otras, pero desde que crucé la puerta de la iglesia sentí que no venía a lo mismo. Ya conocía el camino, la nave larga, las bancas de madera gastada y el altar al fondo, solo que ahora casi no había gente. Un par de señoras rezaban con la cabeza agachada, un señor barría cerca de la entrada y ya se escuchaban menos pasos. Las luces principales seguían encendidas, pero se veía la iglesia más vacía que de costumbre, como si la hubieran apartado para ellas.

47:31 Mi tía Rosa me esperaba en una banca de en medio. Me hizo una seña con la mano para que me sentara junto a ella. Me dijo que esa noche iban a hacer una oración más fuerte, que era importante que yo estuviera ahí. Yo sentía la garganta apretada, pues desde la reunión anterior no dejaba de pensar en las fotos sobre la mesa, en la caja de plástico y en las bolsas con nombres y edades. Aún así, me senté. Las campanas del templo ya se habían callado. Solo se escuchaba el eco de algunas puertas al cerrarse a lo lejos y los pasos de quienes se iban. Al cabo de unos minutos, Teresa apareció en el pasillo lateral y le hizo señas a mi tía. Ella se levantó rápido y me ordenó que la siguiera. Caminamos hacia el frente, pero esta vez no entramos al salón donde habían hecho las otras reuniones. Nos llevaron casi hasta el altar. Varias bancas ya no estaban donde siempre. Las habían movido para dejar un espacio libre frente a la mesa del altar principal.

48:35 En ese hueco habían colocado una mesa pequeña, también de plástico, con un mantel blanco sencillo. Sobre ella descansaban varias fotos acomodadas en hileras, y desde lejos alcancé a distinguir la mía. Las velas del altar principal estaban apagadas. A cambio, habían puesto velas alrededor de la mesa pequeña. Eran velas de color, algunas rojas, otras amarillas, clavadas sobre platos y frascos. Detrás de la mesa habían colocado una imagen grande, una especie de cuadro apoyado en el piso. que tapaba parte de la vista, desde la puerta principal. Desde la entrada era difícil ver qué había encima de la mesa. Todo quedaba escondido en ese cuadro de luz baja y rostros conocidos.

49:25 Las señoras del grupo fueron llegando una por una. Venían derechas, con sus mismas caras retocadas, tacones y blusas limpias. Se acomodaron formando un círculo alrededor de la mesa. Teresa me indicó con la mano que me parara a un lado a poca distancia, pero no dentro del círculo. Mi tía se colocó entre dos de las señoras. Cuando ya estuvieron todas, Teresa pidió que apagaran algunas luces. Solo dejaron encendidos un par de focos lejanos y las velas. La luz se concentró en la mesa de las fotos. Teresa se colocó frente a mí, del otro lado de la mesa. Miró las fotos un momento en silencio y luego alzó la voz.

50:08 Ya no hablaba como en la misa, ni como en las reuniones normales. Su tono era firme y marcado. Empezó a nombrar una por una a las personas de las fotos. Decía el nombre completo y, en algunos casos, la edad. Después de cada nombre, pedía que la enfermedad, el dolor de huesos, los nervios, la tristeza y el envejecimiento de las mujeres del grupo pasaran al cuerpo de la persona nombrada. Me sentía impotente y lleno de coraje. Al escuchar esas palabras,¿ pero qué podía hacer? Cada vez que terminaba con esa parte, añadía lo que quería para ellas. Pedía piel firme, ausencia de manchas, piernas fuertes, descanso profundo al dormir, buena memoria y atractivo para los hombres. Lo decía con claridad y no mencionaba a Dios ni a ningún santo. Solo repetía que se cumpliera el trato, que las cargas se movieran a las fotos y los beneficios se quedaran en el círculo.

51:07 Las mujeres respondían con murmuros y respiraciones fuertes. Algunas apretaban más las manos de sus compañeras. Yo miraba la escena con la garganta seca. Me fijé en las fotos y algunas tenían restos de cera derretida encima, pegada en las esquinas. Otras mostraban manchas oscuras en los bordes, puntos resecos que parecían gotas de sangre ya vieja. Eso me hizo entender que lo que estaba viendo no era la primera vez que lo hacían. Esas fotos ya habían aguantado otras noches como esa, otros rezos y otros tratos. Teresa siguió nombrando personas. Al escuchar los apellidos, me daba cuenta de que muchas eran del mismo barrio. Cada nombre que salía de la boca de Teresa venía acompañado por una petición de más juventud y más estabilidad para las que estaban en el círculo.

52:00 Nadie dudaba, nadie se oponía, ya todo lo tenían previsto. En un momento, Teresa bajó la vista y tomó una foto con la mano derecha. La levantó a la altura de su rostro. Aún con la luz baja, reconocí mi propia cara. Era la foto tamaño infantil con el uniforme de la secundaria. Dijo mi nombre completo, mi primer apellido y el segundo. Después soltó una frase que se me quedó marcada. Dijo que yo era un buen intercambio, porque era joven, traía problemas en casa y necesitaba que se le quitara de encima mucha carga. Las señoras repitieron mi nombre en voz alta. Varias empezaron a pisar al mismo ritmo, como marcando un paso. El golpe de los zapatos contra el piso se repetía parejo alrededor de la mesa y se reían de manera distinta. Sentí sudor en las manos, el corazón me latió más rápido, fuerte y casi en el cuello. Me costaba trabajo llenar los pulmones y las piernas me temblaban. La verdad, sentía que el piso ya no estaba fijo. Aún así, seguí mirando. No quise cerrar los ojos, pues quería ver exactamente qué hacían con mi foto.

53:15 Teresa pasó su dedo por la orilla de la fotografía, como acariciándola antes de guardarla. Repitió que mi juventud debía servir para que se afirmara la salud de ellas, para que se borraran dolores y manchas. Dijo que la tristeza de mi casa, los gritos, las discusiones, todo eso podía aprovecharse. Según ella, esa carga se podía desprender de mí y pegarse a lo que cada una había decidido soltar de su vida. Di un paso hacia adelante, casi sin pensarlo. Me acerqué lo suficiente para mirar mejor las fotos sobre la mesa. Vi de cerca la cera seca pegada en las orillas, las manchas de sangre en algunos bordes, los dobleces marcados de tanto manipularlas. Al ver mi fotografía tan cerca de todo eso, sentí que me estaban pegando a esa mesa para siempre. Pensé en mi cadena, en cómo la habían dejado en la caja junto con otras cosas.

54:13 Imaginé mi vida repartida entre ellas, minuto a minuto, hasta que se terminaran de sentir jóvenes a costa mía. En ese punto ya no pensé en mi tía, ni en la iglesia, ni en el miedo a quedar mal. Solo pensé en salir de ahí con lo que todavía pudiera rescatar. Aproveché un segundo en que algunas cerraron los ojos con más fuerza y bajaron la cabeza. Me lancé hacia la mesa, metí la mano sobre las fotografías, arranqué la mía de la mano de Teresa y la jalé con tanta fuerza que arrastré otras fotos y tiré dos velas. Las llamas se movieron y la cera fresca se regó sobre el mantel.

54:54 Teresa gritó mi nombre, esta vez sin rezos de por medio. Varias mujeres se echaron hacia atrás para no quemarse. Yo rompí mi foto en pedazos frente a ellas. Los trozos cayeron sobre la mesa, manchados de cera tibia. Tiré también algunas fotos más sin querer, pero ya no me detuve a ver cuáles habían caído al piso. Las caras de las señoras cambiaron en cuestión de segundos. El maquillaje ya no alcanzaba a tapar lo que aparecía. Se les marcaron arrugas en la frente, se les hundieron un poco los cachetes y se les notaron las bolsas bajo los ojos. Las líneas alrededor de la boca se hicieron más profundas.

55:35 Sus ojos se abrieron de más, llenos de rabia directa hacia mí. Varias apretaron la quijada y una me gritó que lo iba a lamentar. Otra levantó la mano como para venir a detenerme. Pero yo ya me estaba echando para atrás. Me di la media vuelta y caminé rápido hacia el pasillo central. Crucé la nave de la iglesia casi corriendo. Sentí las tablas de las bancas a mi lado, la sombra del altar atrás de mí y el piso frío bajo mis tenis. No miré hacia el salón ni hacia la mesa. Salí por la puerta principal y me fui directo a la calle. El aire de afuera me pegó en la cara. mezclado con olor a tierra y a comida de los puestos, que ya estaban cerrando. Desde esa noche jamás volví a entrar a ese salón ni a pararme con ese grupo. En las semanas siguientes empecé a notar cambios. Algunas de las señoras, que antes se veían tan renovadas, comenzaron a mostrarse más cansadas. La piel se les resecó, se les marcaron de nuevo las canas.

56:41 Regresaron los dolores que ellas mismas presumían haber dejado atrás. La tía Rosa agarró una gripe fuerte que le duró varios días. Después de eso, se alejó poco a poco de las juntas. Decía que ya no se sentía cómoda, que prefería ir solo a las misas normales. Yo pasé meses soñando con la iglesia. Soñaba con la mesa de las fotos, con las velas y con mi cara pegada al mantel. Durante un tiempo, evité cruzar por la puerta principal. Cuando tenía que pasar por esa calle, caminaba por la acera de enfrente y aceleraba el paso. Con los días fui recuperando el sueño y el cuerpo se me fue calmando.

57:23 No me llegó ninguna enfermedad rara, ni quedé tirado en una cama como las personas de aquellas fotos, pero esa experiencia se me grabó completa. A veces mi mamá menciona a alguna de esas señoras y dice que se ven desmejoradas. Yo no digo nada, solo pienso en la noche en que las vi repartiendo dolores y años sobre las fotos de los demás. Por eso decidí contar esto, tal cual lo viví. En esa iglesia usaban la oración como máscara, para hacer entregas de personas, brujería a cambio de belleza y beneficios. Yo estuve a nada de quedarme amarrado en esa mesa, y solo por un impulso me alcancé a sacar de ahí, aunque me amenazaron y me metieron miedo.

58:09 La verdad no me arrepiento de haber salido corriendo de ahí, tirando las cosas a mi paso. Le tengo odio a mi tía Rosa y a las mujeres, que yo prefiero llamar brujas porque eso son para mí. Y ese señor que mencionaban no creo que sea Dios.