La Reunión Secreta Frente Al Altar: La Iglesia De Las BRUJAS - Historias De Terror - REDE
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0:05 Vivo casi pegado al panteón del pueblo. Desde la ventana de mi cuarto se ve la parte más vieja, las cruces chuecas, las lápidas quebradas y la barda de cemento que rodea todo. Crecà con esa vista. Mientras otros niños veÃan la calle o un patio, yo veÃa tumbas. Al principio me daba curiosidad, luego se volvió algo normal. Me acostumbré a ver pasar cortejos fúnebres, escuchar rezos y ver a la gente entrar con flores y salir con la cara cansada. Con el tiempo el panteón dejó de ser solo paisaje y se volvió parte de mi trabajo. De grande puse un pequeño puesto fijo justo a un lado de la entrada. Vendo flores, veladoras y algunas coronas sencillas.
0:49 No es un negocio grande, pero me alcanza para irla llevando. Llego temprano casi todos los dÃas para alcanzar a la gente que entra en la mañana y me quedo hasta que el encargado cierra el candado de la reja. Por eso conozco bien los horarios, las temporadas y la forma en que se mueve la gente alrededor del cementerio. Los primeros años yo veÃa el panteón como un lugar triste, pero normal. Con los años empecé a notar que habÃa cosas que no entraban en esa idea. No fue por lo que yo vi primero, sino por lo que empecé a escuchar de los vecinos. Unos viven detrás del panteón y otros en la calle de al lado. Varias veces, mientras me compraban flores o velas, contaban que, por la noche, ya con el candado puesto, se veÃan mujeres con rebozos oscuros brincando la barda. DecÃan que las veÃan caer del otro lado y perderse entre las tumbas. Pero no era solo eso, pues otros vecinos hablaban de cantos bajos que se escuchaban a medianoche, pero no eran rezos normales según ellos.
1:56 DecÃan que eran voces de mujeres repitiendo frases que no se alcanzaban a entender, siempre en la parte vieja del panteón. También mencionaban un resplandor rojizo que a veces se levantaba detrás de las cruces, como si alguien prendiera muchas velas juntas o hiciera una fogata pequeña entre las lápidas. Varios coincidÃan en que ese brillo aparecÃa cuando ya no habÃa gente dentro, mucho después de que el encargado se iba a su casa. Lo que más me hizo ruido no fueron solo esas pláticas, sino lo que empecé a encontrar yo mismo en la mañana. Varias veces cuando llegaba a abrir el puesto, veÃa cosas que no dejaba la gente común.
2:40 A un lado del camino principal aparecÃan restos de velas de colores que casi nadie compra para los difuntos. No eran blancas ni moradas, eran rojas, negras, a veces verdes oscuras, gastadas hasta quedar en pedazos pegados a la tierra. También empecé a ver montones de ceniza, acomodados en forma de cÃrculo, no tirados al azar, sino bien formados, como si alguien se hubiera tomado el tiempo de ponerlos asà a propósito. En varias ocasiones encontré botellas de vidrio rotas, con restos de cera por dentro. No eran veladoras comerciales, eran botellas de refresco o de otro tipo, usadas como si fueran portabelas.
3:24 Estaban enterradas a medias cerca de algunas tumbas viejas. El encargado del panteón decÃa que la gente era muy cochina y que se la pasaba tirando basura, pero la forma en que estaban acomodadas esas cosas... No parecÃa simple descuido. Esa combinación de comentarios de los vecinos y esos restos raros me empezó a incomodar. No me reÃa de lo que decÃan. Me daba más desconfianza que curiosidad. Una mañana llegué más temprano de lo normal. TodavÃa no salÃa bien el sol. Abrà el puesto y mientras acomodaba las cubetas con flores, sentà la necesidad de entrar un momento al panteón.
4:06 El encargado ya estaba adentro, barriendo el camino principal, y me dejó pasar sin problema. Caminé hacia la parte vieja, la que se alcanza a ver desde mi ventana. Las lápidas estaban húmedas por el sereno, y las flores de los dÃas anteriores ya estaban marchitas. Fue ahà donde vi algo distinto. Junto a una tumba que casi nadie visita, una lápida vieja partida de una esquina, habÃa un cÃrculo pequeño de carbón, dibujado en el piso de tierra. No era una mancha cualquiera. El carbón formaba un cÃrculo parejo, como un pentagrama bien marcado. En medio del cÃrculo habÃa cera todavÃa blanda, como si la vela se hubiera apagado hacÃa poco. El relleno estaba fresco, pegajoso al tacto. Aunque yo no la toqué con los dedos, solo lo noté por el brillo y la forma en que la luz lo reflejaba. Encima de esa cera, justo en el centro, Estaba una bolsa negra amarrada con un listón rojo. La bolsa era chica, apretada, y daba la impresión de que tenÃa algo compacto adentro. Me incliné un poco para verla mejor.
5:18 No tenÃa dibujos ni sÃmbolos, solo el plástico negro y el listón. En cuanto me acerqué, el olor me pegó directo. No era olor de flores podridas ni de animal muerto al aire libre. OlÃa como a carne guardada demasiado tiempo. Encerrada, mezclada con algo quemado, ese olor denso se me quedaba en la nariz. En ese momento no sentà ganas de hacerme el valiente ni de abrir la bolsa. No me puse a decir que no pasaba nada ni a buscarle una explicación rápida. La vi, respiré ese olor y supe que no querÃa tocarla. Pensé que, si la abrÃa, podÃa encontrar algo que, después, no me iba a poder sacar de la cabeza. Solo me quedé un segundo más, mirando el cÃrculo de carbón, la cera blanda y la bolsa negra con el listón rojo. Luego, sin decir nada, me di la vuelta y regresé hacia la parte más transitada del panteón. Desde ese dÃa me fue imposible ver el cementerio como antes. Desde mi puesto, en lugar de mirar solo la entrada, mi vista se iba seguido hacia la zona vieja. Al dÃa siguiente regresé a esa tumba. La bolsa ya no estaba, el cÃrculo de carbón seguÃa marcado en el piso, y todavÃa quedaban restos de cera pegados a la tierra. Pero no vi el listón ni nada parecido.
6:39 ParecÃa que alguien se habÃa llevado solo la bolsa, con cuidado de no borrar lo demás. En los dÃas que siguieron empecé a notar más detalles. Una mañana, en otra tumba que casi nunca recibe visitas, vi cera fresca pegada a una esquina de la lápida. Sobre esa cera habÃa plumas pegadas, plumas chicas como de gallina, acomodadas sin orden pero incrustadas en la cera todavÃa suave. Cerca de ahÃ, clavados en la tierra, vi pedazos de veladora rota, hundidos a medias, como si alguien hubiera intentado enterrarlos y no se hubiera molestado en cubrirlos bien. A partir de esa bolsa negra y de esos hallazgos, tomé una decisión que nunca dije en voz alta. Decidà vigilar el panteón a mi manera. No me puse a hacer guardias ni a presumirlo con nadie. Simplemente cambié mi forma de observar. Cada mañana, antes de que llegara la gente, recorrÃa con la mirada ciertas tumbas de la parte vieja para ver si habÃa cÃrculos, cera o bolsas nuevas. Cada noche que me tocaba quedarme un poco más tarde en el puesto... Me quedaba unos minutos extra mirando la barda, sobre todo las partes más bajas, para ver si alguien entraba o salÃa cuando ya no deberÃa haber nadie adentro. Fue en esos dÃas cuando empecé a sentir que el panteón se estaba convirtiendo en otra cosa, no solo en un lugar para enterrar muertos, sino en un lugar que alguien estaba usando para hacer cosas que
8:12 no tenÃan nada que ver con rezos ni con despedidas. Pasaron unos dÃas asÃ, hasta que un vecino vino a comprar flores y terminó de amarrar lo que yo ya sospechaba. Ese vecino vive en la calle que queda detrás del panteón. Mientras elegÃa un ramo sencillo, empezó a decir que, en la parte trasera, por donde casi nadie pasa, se veÃan sombras entre las cruces a medianoche. Me dijo que no eran fantasmas. que se notaba que eran mujeres, por la forma del rebozo colgado en la cabeza y en los hombros. Según él, las veÃa agacharse detrás de una tumba, levantarse de golpe y pasar rápido a otra, como si estuvieran revisando algo o buscando un lugar especÃfico. Me aseguró que no era la primera vez que las veÃa, que incluso ya reconocÃa la manera de caminar de una de ellas, porque cojeaba un poco y arrastraba un pie. Mientras lo escuchaba, yo pensaba en la bolsa negra, en los cÃrculos de ceniza y en las velas de colores. Ese comentario me confirmó que no era el único que notaba cosas raras alrededor del cementerio. No se lo dije al vecino, pero en mi cabeza se acomodó todo. Los rumores de las mujeres con reboso, las cosas que yo encontraba temprano y esas sombras que decÃa ver por detrás. Ese mismo dÃa, ya con la idea clavada, decidà entrar al panteón. aprovechando la confianza con el encargado. Le dije que querÃa revisar y limpiar alrededor de unas tumbas viejas, porque mucha gente
9:46 me preguntaba por lugares descuidados y a veces me pagaban por darles una pasada rápida. No era mentira completa, ya lo habÃa hecho antes por unos pesos extra, asà que no sospechó. Me abrió la reja y me dejó moverme sin prisa. Entré por el camino principal, donde están las tumbas nuevas, con mármol limpio, fotos recientes y floreros llenos de agua clara. Pasé por ahà sin detenerme mucho. Todo se veÃa normal. Flores del DÃa de las Madres, coronas de la última semana y veladoras apagadas. Me fui directo a la parte vieja, que es la que se ve desde mi ventana, donde las cruces están oxidadas y las fotos de los muertos ya casi no se distinguen. Ahà las lápidas tienen el cemento partido, las letras borrosas y los mausoleos pequeños. Tienen puertas de fierro entreabiertas o de plano caÃdas. Caminé despacio entre esas tumbas, recordando el lugar donde habÃa visto el cÃrculo de carbón y la bolsa negra dÃas antes. Cuando llegué a esa zona, vi algo nuevo.
10:52 En una lápida agrietada, casi pegada a la parte baja del muro, habÃa una grieta grande. Dentro de esa grieta se alcanzaba a ver algo que no era piedra ni tierra. Me agaché y miré mejor. Era una bolsa de tela enrollada y metida a la fuerza en el hueco. No se veÃa como esas cosas que venden en el mercado para trabajos. Era una bolsa simple de tela de color claro ya manchado, doblada para que cupiera en la rendija. Miré alrededor, pero no habÃa nadie cerca. El encargado estaba lejos, en la parte nueva. y no escuchaba pasos cerca de mÃ. Sentà una tensión en el estómago, pero esta vez no me detuve. Metà los dedos en la grieta y saqué la bolsa con cuidado, tratando de no romperla. La abrà ahà mismo, junto a la lápida. Por dentro no estaba vacÃa, ni tenÃa tierra nada más. Lo primero que vi fue un montón de cabello humano, no mechones sueltos, sino un montón bien junto, amarrado con hilo común de ese que se usa en la casa. Era cabello oscuro con algunos hilos canosos mezclados. Debajo del cabello venÃa un pedazo de cartón recortado a tijera. En el cartón estaba escrito un nombre completo, con letra chueca y dispareja. Lo reconocà de inmediato.
12:14 Era el nombre de una mujer del pueblo, una señora que vive a unas cuantas casas de la mÃa en la misma calle. Seguà revisando el interior de la bolsa. Encontré un clavo oxidado con tierra pegada, como si lo hubieran sacado de algún lado del mismo panteón. También habÃa un pedazo de foto recortada, donde se veÃa solo una parte de una cara, un ojo y media frente, lo suficiente para notar que era una mujer de mediana edad. No era una imagen vieja, el papel aún conservaba brillo. Al leer el nombre en el cartón, sentà un miedo directo. Esa persona no era un desconocido. No era alguien de otro barrio, era una vecina a la que veÃa seguido barrer su banqueta en la mañana. Me vi tentado a sacar todo, hacer bola la bolsa y tirarla lejos, quizá a un basurero, para que eso no siguiera ahà escondido.
13:10 Pero mientras tenÃa la bolsa en las manos, me llegó una idea clara. Si yo movÃa eso, me iba a meter en un problema que no entendÃa y que no me correspondÃa. Pensé en las mujeres de rebozo en los cÃrculos con ceniza y en la bolsa negra con el listón rojo. Doblé de nuevo la bolsa de tela, metà el cabello, el cartón, el clavo y la foto, y la regresé a la grieta de la lápida. La empujé hasta que quedó otra vez escondida. Me levanté, miré rápido a los lados y me salà de la parte vieja sin hacer ruido, con la sensación de que me estaban observando desde algún punto del cementerio. Ese mismo dÃa, en la tarde-noche, un primo pasó a visitarme. A veces venÃa a platicar un rato después de su trabajo y se iba entrada la noche. Me dijo que querÃa caminar un poco, para despejarse, y acepté. Más por no quedarme pensando solo en la bolsa, que por ganas de pasear. Tomamos el camino de siempre y casi sin darnos cuenta, terminamos cerca del panteón. Nos sentamos un momento sobre unas piedras pegados a la barda del lado de la calle. Hablamos de cosas normales, dinero, trabajo y problemas de la familia. En un momento, los dos nos quedamos callados al mismo tiempo, y del lado de adentro del panteón se empezaron a escuchar ruidos que no tenÃan que estar ahà a esa hora.
14:39 Se escucharon pasos y murmullos que se escuchaban hasta donde estábamos nosotros. Luego se escuchó cómo se movÃan piedras pequeñas, como si arrastraran los pies entre las tumbas. También se alcanzó a oÃr algo pesado, arrastrándose un tramo corto, tal vez una tabla o una puerta vieja de mausoleo. Mi primo me dijo en voz baja que habÃa una parte donde la barda era más baja por un desnivel del terreno, que desde ahà se podÃa ver hacia adentro sin necesidad de treparse tanto. Yo ya sabÃa cuál era porque, desde niño, conocÃa cada tramo de ese muro. Caminamos hacia allá sin correr, sin hacer ruido con las suelas, solo avanzando pegados a la pared. Al llegar al punto, nos apoyamos con manos y pies y subimos con cuidado hasta quedar con la cabeza por encima de la barda. Lo que vimos dentro no se parecÃa a un velorio ni a gente que se quedó encerrada. En la parte vieja, alrededor de una cruz grande de cemento, habÃa varias mujeres con rebozos oscuros estaban inclinadas sobre el piso acomodando cosas una de ellas prendÃa velas alrededor de la cruz formando un cÃrculo otra acomodaba algo sobre una tumba cercana moviendo bolsas y botellas yo miraba buscando flores o rosarios y no vi nada de eso solo vi velas de colores bolsas y botellas repartidas sobre la tierra En ese momento entendà que no
16:10 eran visitantes rezando tarde, sino las mismas brujas, de las que llevábamos años oyendo hablar en el pueblo, y que ese panteón era el lugar que habÃan escogido para sus reuniones. Mi primo también lo entendió, porque dejó de hablar y se quedó tan quieto como yo, colgado de la barda, mirando la escena sin atreverse a soltar ni un comentario. Desde arriba de la barda seguimos mirando sin hablar. Las mujeres se fueron acomodando hasta quedar en cÃrculo, alrededor de la cruz grande de cemento. No estaban dispersas por las tumbas, se juntaron bien pegadas a esa cruz, como si ese punto fuera el centro de todo lo que iban a hacer.
16:52 Alcanzaba a contar al menos cinco, todas con rebosos oscuros y faldas largas, que de verdad daban mucho miedo. Se sentÃa una vibra muy pesada. Una de ellas, la que estaba casi frente a la cruz, metió la mano debajo del rebozo y sacó una bolsa de plástico oscura. La sostuvo un momento, como acomodando lo que traÃa dentro, y luego la abrió. En cuanto se paró el plástico, el olor nos llegó hasta donde estábamos mi primo y yo. Sentà que se me cerró la garganta. OlÃa a carne podrida, como cuando se queda algo olvidado varios dÃas, revuelto con humo de leña y un olor rancio. que se quedaba pegado en la nariz. Instintivamente abrà la boca para respirar por ahÃ, pero el aire que entró estaba igual de pesado.
17:40 De la bolsa sacó un animal pequeño ya muerto. Alcancé a distinguir las plumas y el pico colgando hacia un lado. Por el tamaño parecÃa un gallo joven. Lo tomó con las dos manos y lo puso sobre una tabla de madera que otra de las mujeres habÃa colocado junto a una tumba baja. No hubo cuidado de respeto, Solo lo dejaron ahÃ, como parte de su brujerÃa. Otra mujer se acercó con una botella de refresco reutilizada, de esas de plástico transparente. Por dentro traÃa un lÃquido oscuro y espeso. Se paró a un lado de la tabla y empezó a vaciar el contenido sobre el cuerpo del animal. El lÃquido le caÃa en el pecho, en el cuello. Le chorreaba hasta manchar la madera. Mientras hacÃa eso, todas empezaron a murmurar. No eran padres nuestros y no eran aves marÃas.
18:33 Eran frases cortas, en voz baja, con palabras que no alcancé a entender, repetidas una y otra vez con el mismo ritmo. VivÃa en las velas que habÃan encendido. No eran solo blancas, como en los novenarios. Alrededor de la cruz, clavadas en pequeños montones de tierra, habÃa velas rojas y negras, mezcladas con unas pocas blancas. La luz que daba no era pareja, parpadeaba. porque el aire se movÃa entre las tumbas. Entre todas formaban un cuadro de luz en el piso y al mismo tiempo alargaban las sombras de las mujeres sobre las cruces cercanas. Desde donde estaba yo se veÃa una cruz de cemento con la sombra de una de ellas encima, como si la cubriera entera. En un momento la que sostenÃa la botella dejó de vaciar el lÃquido y se hizo a un lado. La que habÃa sacado al gallo levantó la cabeza. Sus labios siguieron moviéndose unos segundos más, pero ya sin sonido claro. Luego se quedó totalmente quieta. Se volteó despacio y miró hacia el lado donde estábamos mi primo y yo, trepados en la barda.
19:44 No fue una mirada perdida al aire. Sentà de inmediato que nos estaba viendo a nosotros. Yo me quedé pegado al cemento, casi sin parpadear. Mi primo también se quedó congelado. La mujer sostuvo la mirada unos segundos. suficientes para que a mà se me secara la boca. Después hizo un gesto leve con la barbilla, como señalando en nuestra dirección. En cuanto hizo eso, las otras dejaron de moverse, bajaron los brazos, dejaron de acomodar cosas en el piso y rompieron el cÃrculo. Una de ellas se separó del grupo y empezó a caminar en lÃnea recta hacia la parte del panteón que quedaba junto a la barda, donde nosotros nos asomábamos. No miraba a los lados, avanzaba directo, con paso firme, como si fuera por nosotros. Ahà fue cuando reaccionamos y nos bajamos de la barda de golpe. Nos dejamos caer más que escalar. Caà con las manos y las rodillas raspadas, pero en ese momento no me importó.
20:44 Nos pegamos de inmediato a la pared del lado de la calle. Sin ponernos de acuerdo, los dos tomamos la decisión de irnos en dirección contraria, a la puerta principal del panteón. para no cruzarnos de frente con nadie que saliera. Empezamos a caminar rápido, con los hombros casi pegados al muro. Mientras avanzábamos, se escuchaba del otro lado cómo crujÃan las piedras al ritmo de unos pasos que parecÃan ir parejo con los nuestros, solo separados por la barda. Cada vez que nosotros acelerábamos, el ruido del otro lado también sonaba más seguido. No volteé a ver hacia atrás en ningún momento, No querÃa comprobar quién venÃa siguiéndonos del lado de adentro.
21:28 Solo pensaba en llegar a la esquina y doblar hacia mi casa. SentÃa la espalda frÃa y las manos entumidas. Mi primo, a mi lado, no hacÃa ningún comentario. Los dos llevábamos la respiración agitada, pero tratábamos de no correr para no llamar más la atención. Cuando por fin llegamos a la esquina, nos separamos. Ãl se fue hacia su colonia y yo seguà derecho hasta mi casa. Abrà la puerta con las manos torpes por el miedo, cerré de inmediato y corrà el seguro. No me hice el valiente para asomarme, tenÃa miedo, porque las brujas nos habÃan visto. Esa noche casi no dormÃ, pues cada ruido de la calle me hacÃa pensar que alguien estaba frente a mi puerta.
22:14 En la madrugada empecé a escuchar golpes suaves en la reja del panteón. No eran golpes fuertes, Eran toques espaciados, como cuando alguien quiere avisar que está ahà sin armar escándalo. Me levanté y fui a mi cuarto. Desde ahÃ, por la ventana, se ve la entrada del cementerio. Dudé un momento, pero al final me animé a mirar por una rendija de la cortina. Afuera, junto a la reja del panteón, estaba una mujer parada, recargada en los barrotes. Llevaba un rebozo oscuro que le tapaba la cabeza y los hombros. No caminaba, no hacÃa gesto de nada. Solo estaba ahÃ, con el cuerpo de frente al panteón, pero la cara hacia las casas, y me dio la impresión de que miraba directo a la fila donde vivo yo. Se quedó asà varios minutos, de los cuales yo no me movà de la cortina. Cuando quise volver a enfocar la vista, ya no la vi, y la reja quedó sola. al dÃa siguiente con el estómago apretado pero con la necesidad de comprobar algo, decidà regresar al panteón de dÃa, usé el mismo pretexto de siempre con el encargado, que querÃa revisar unas tumbas viejas, donde a veces limpiaba por unos cuantos pesos, entré caminando normal, saludé y me fui directo a la zona donde habÃa encontrado la bolsa de tela con el nombre de la vecina, llegué a la lápida de la grieta, revisé con la mano y Pero la
23:44 bolsa ya no estaba. En su lugar quedaba cera pegada en la piedra, restos de velas raspadas y marcas en la tierra, como de algo pesado que arrastraron. La grieta parecÃa más limpia por dentro, como si hubieran metido la mano a sacar todo, y luego hubieran acomodado otra vez la tierra con desorden. Me quedé un rato ahà parado, sin saber si seguir buscando o irme de una vez. Esa misma tarde en la calle empecé a escuchar comentarios en voz baja. Una señora decÃa que la vecina, la del nombre en el cartón, estaba mal desde la mañana, que amaneció con fiebre alta, mareos y dolores que el médico no le explicaba. Otra dijo que seguro le habÃan hecho algo en el panteón, porque la noche anterior unas mujeres anduvieron rondando por ahÃ, Yo escuchaba sin meter mi opinión, pues sabÃa que si abrÃa la boca iba a tener que contar más de la cuenta. No intento decir si fue brujerÃa o no. Yo solo digo lo que vi, y ahÃ, en esa bolsa negra, en un cartón viejo, vi el nombre de esa vecina, escrito en el cartón dentro de una bolsa de tela, escondida en una lápida vieja.
24:59 Vi a las mujeres en cÃrculo alrededor de la cruz, con el gallo sobre la tabla las velas rojas y negras clavadas en montones de tierra y el lÃquido oscuro cayendo sobre el cuerpo del animal y sé que una de ellas me vio a mà y a mi primo trepados en la barda desde esa noche cambiaron varias cosas para mà no volvà a pasar junto al panteón cuando estaba oscuro si tenÃa que ir a la tienda o visitar a alguien daba vuelta por otra calle aunque me tardara más Mantuve mi puesto de flores porque de algo tenÃa que vivir, pero empecé a evitar quedarme hasta que cerraran la reja. Procuraba recoger todo antes de que cayera bien la noche y me iba a mi casa, con la sensación de que en cuanto yo me alejara ellas podÃan empezar a llegar. De vez en cuando todavÃa encuentro restos que no dejan las familias. Un dÃa veo velas gastadas, enterradas a medias en un rincón donde nadie va. Otro dÃa encuentro botellas de vidrio enterradas hasta la mitad, con cera pegada por dentro. A veces veo manchas de cera seca, lejos de las tumbas visitadas, en pedazos de tierra, donde no hay nombres ni flores. Cada cosa que aparece me recuerda que el panteón no se queda vacÃo del todo cuando el encargado se va. Vivo con la idea fija.
26:23 de que las brujas siguen usando ese cementerio para sus reuniones. Antes solo escuchaba rumores de mujeres con reboso brincando la barda. Ahora tengo la imagen clara de lo que hacen ahà adentro. No lo ando contando por todos lados, porque nadie quiere meterse en pleitos con gente asÃ. Pero cada noche que apago la luz de mi cuarto y veo por la ventana la parte vieja del panteón, Sé que hay cosas que pasan ahà y que ya no puedo fingir que no las vi. Ya sé demasiado de lo que sucede en ese lugar. Aún duermo con miedo de que tomen represalias por aquella noche en que las espiamos mi primo y yo. Que quizá en otra tumba, en otra bolsa, pueda tener cosas mÃas y me hagan brujerÃa también a mÃ.
27:10 Las brujas del panteón y sus aquelarres siguen siendo un problema para el pueblo. Solo es daño para la comunidad. Y ahora cada que se enferma alguien de manera extraña, ya sé que son esas brujas. TenÃa 16 años cuando mi tÃa Rosa decidió que yo necesitaba acercarme más a Dios. Asà lo decÃa ella. Yo vivÃa con mis papás y mis dos hermanos en un barrio pegado a una iglesia vieja, de esas que se notan cansadas. Las paredes de afuera tenÃan partes descarapeladas, la pintura original casi ni se distinguÃa, y en la entrada principal siempre olÃa a humedad y cera derretida. Desde niño estaba acostumbrado a ver gente entrar y salir, a escuchar las campanas y las mismas oraciones de siempre, pero nunca me habÃa metido a los grupos que se juntaban después de la misa. En mi casa las cosas iban mal. Mis papás se peleaban por todo, por el dinero, por la comida, por las deudas, por cualquier cosa que se saliera del presupuesto. Yo escuchaba gritos casi a diario, puertas azotadas, y veÃa a mi mamá con los ojos hinchados, cada vez con más frecuencia. Mi papá regresaba de malas del trabajo, aventaba las cosas, y a veces pasaba el resto de la tarde sentado frente a la televisión sin hablar con nadie. Yo me llevaba
28:42 más o menos con mis hermanos, pero cada quien tenÃa sus problemas. No faltaba quien dijera que a nuestra familia le habÃan echado algo o que traÃamos una mala racha. Mi tÃa Rosa repetÃa que lo que faltaba era oración. Mi tÃa pasaba mediodÃa en la iglesia, ayudaba a barrer, acomodaba bancas, se apuntaba en todas las listas para rosarios, novenas y juntas. Un domingo, al terminar la misa, Me tomó del brazo y me dijo que no me fuera todavÃa al atrio, que me querÃa presentar con un grupo especial que rezaba por las familias cuando ya no se podÃa hacer nada más. Lo dijo como si esa fuera la última salida para nosotros. Yo no tenÃa muchas ganas, pero no quise discutir con ella ahà dentro, asà que la seguÃ. Mientras todos salÃan por la puerta principal, mi tÃa me jaló hacia un pasillo lateral. Ese pasillo llevaba a un salón dentro de la misma iglesia. Desde afuera se alcanzaba a ver una puerta entreabierta, pero casi nadie volteaba hacia ahÃ. Al cruzar, sentà el cambio de olor.
29:52 Menos incienso y macera concentrada, mezclada con perfume de señora. El salón era sencillo, pero estaba lleno de detalles que se me quedaron grabados. En una pared habÃa una mesa larga de plástico, blanca, ya maltratada, apoyada contra el muro. Encima estaba una Biblia abierta, con las hojas dobladas en las orillas, como si la usaran diario. A un lado habÃa cuadernos con los bordes sucios, llenos de nombres escritos con pluma, algunos subrayados. HabÃa velas encendidas sobre platos viejos de aluminio, con la cera escurriendo. Encima, casi en la esquina de la mesa, colgaba una imagen del sagrado corazón, chueca, con la esquina inferior despegada de la pared. Debajo de la mesa vi una bolsa de tela oscura, arrugada, donde después me di cuenta que guardaban fotografÃas y papeles. Las sillas eran disparejas, habÃa unas de plástico verde, otras de metal con asiento acolchonado ya hundido, y una que otra banca más chica, pegada a la pared contraria. La luz venÃa de unos focos amarillos colgados en el techo, sin pantallas ni nada, y daba un tono apagado al cuarto.
31:07 La puerta, como ya habÃa visto desde el pasillo, quedaba medio abierta, pero la forma en que estaba acomodada la mesa y la gente hacÃa que, desde afuera, no se viera bien qué pasaba adentro. Adentro estaban las mujeres del grupo. La mayorÃa eran señoras, entre 40 y 60 años, aunque algunas se veÃan más jóvenes de lo que yo recordaba. No concordaba la edad que yo les calculaba con la cara que traÃan. Todas estaban muy arregladas, usaban maquillaje marcado, base, rubor, cejas pintadas y labios bien delineados. Las uñas las traÃan cuidadas, el cabello lo tenÃan teñido sin canas visibles como si acabaran de salir de un salón. La ropa también llamaba la atención, blusas nuevas, pantalones sin manchas y los zapatos limpios.
32:00 Se veÃan más acomodadas ahà que en la calle o en el mercado. donde yo las habÃa visto antes con mandiles gastados. Cuando mi tÃa me presentó, ellas me recibieron con unas sonrisas amplias. Empezaron a decir que era una bendición que un muchacho se acercara a la oración, que los jóvenes casi no querÃan saber de Dios. Yo escuchaba y solo asentÃa con la cabeza. En algún momento, mientras hablaban entre ellas, empecé a poner atención a los comentarios que soltaban sobre sus vidas. Una decÃa que desde que entró al grupo se le habÃa quitado el cansancio de los ojos, que ya no amanecÃa hinchada y que hasta las ojeras se le habÃan desvanecido. Otra presumÃa que las manchas de la cara se le aclararon sin crema cara, que de la nada se le componÃa la piel. Una más aseguraba que se le habÃa dejado de caer el cabello, que lo sentÃa más grueso y fuerte. También hablaban de dinero.
33:01 Una comentó que desde que empezó a orar ahÃ, el negocio le levantó que ahora vendÃa más. Otra dijo que su marido habÃa encontrado trabajo rápido, cuando antes nadie lo contrataba. No hablaban de fe, ni de sentirse más tranquilas por dentro. Hablaban de cuerpo, de cara, de piel más lisa, de cabello brillante y de la cartera más llena. Mi tÃa Rosa pidió que oraran por mÃ. Dijo que en mi casa habÃa muchos pleitos. que yo andaba cargado con eso y que necesitaba que Dios me viera. Las señoras se acercaron, un par me pusieron las manos en la cabeza, otra en los hombros. Empezaron con un padre nuestro, normal, luego un ave MarÃa, pero después la oración cambió. Teresa, la que se notaba que mandaba ahÃ, comenzó a hablar más rápido, mezclando frases de la Biblia con otras que no reconocÃ.
33:56 Mientras seguÃan rezando, empecé a escuchar nombres completos y apellidos de gente que no estaba ahÃ. No eran listas generales, eran personas claras. Reconocà el nombre de una vecina que llevaba meses enferma y que se veÃa cada vez más delgada. También nombraron a un muchacho recién llegado al barrio, el que habÃa tenido un accidente en moto hacÃa poco. Luego escuché el nombre de una señora mayor que casi nunca salÃa de su casa. de la que mi mamá comentaba, que se estaba apagando, sin que los doctores supieran bien qué tenÃa. Ellas decÃan que estaban poniendo en oración a todos ellos, pero el tono no se sentÃa como una petición limpia. Yo, con las manos de esas mujeres sobre mÃ, no sentà calma ni consuelo, sentà una incomodidad seca, como si me hubieran metido a un lugar en el que no debÃa estar. Yo solo era parte de la fila, me aguanté por respeto a mi tÃa, no dije nada y dejé que terminaran. Cuando por fin cerraron la oración, varias se acercaron a mi tÃa para decirle que no me preocupara, que el Señor ya me habÃa visto. Yo solo querÃa salir al atrio, respirar aire fresco y apartarme un poco. Antes de que pudiera moverme hacia la puerta, Teresa se me acercó. Era una señora de mediana estatura, de piel clara, con el cabello teñido de negro parejo y la cara demasiado estirada para la edad que aparentaba
35:27 su cuerpo. Me tomó del antebrazo y me llevó unos pasos aparte, como si quisiera hablar conmigo en confianza. Me dijo que si querÃa que Dios me viera más rápido, tenÃa que llevar una fotografÃa mÃa y un objeto personal en una bolsa para ponerme en manos del Señor. Lo explicó sin rodeos. Me dijo que una foto tamaño infantil servÃa, que no importaba si era reciente o de hacÃa unos meses. Insistió en que la bolsa fuera pequeña, de tela o de plástico, pero que no fuera muy grande para que todo quedara bien junto. Me sugirió que el objeto fuera mi cadena, o una pulsera, o algo que trajera siempre conmigo, porque eso hacÃa más fuerte la petición. Yo no entendà bien por qué necesitaban una foto y una cadena para orar, pero mi tÃa me miraba con cara de aprobación, como si esa fuera una oportunidad que no debÃa desperdiciar. Terminé diciendo que sÃ. Prometà llevar la fotografÃa y el objeto en la próxima reunión. Al salir por fin de la iglesia, sentà el cuerpo pesado. No era cansancio normal. Caminé de regreso a la casa con la sensación clara. de que dentro de ese salón no solo me habÃan conocido, me habÃan señalado, como si me hubieran escogido para algo que todavÃa no sabÃa, pero que ya estaba en marcha. Pasaron unos dÃas antes de que volviera a ese salón. Todo
36:59 el tiempo, desde que salà de la iglesia aquella vez, traÃa en la cabeza lo de la foto y el objeto personal. Mi tÃa Rosa no dejó que se me olvidara, Cada que me veÃa me recordaba que tenÃa que llevar la fotografÃa y la cadena para que según ella Dios se fijara más rápido en mà y en mi familia. Una tarde agarré una foto tamaño infantil que mi mamá tenÃa guardada en una caja, donde salÃa yo con el uniforme de la secundaria y saqué también la cadena que usaba diario. La habÃa traÃdo puesta desde año y medio atrás, regalo de mi papá en uno de los pocos momentos buenos que habÃamos tenido. Metà la foto y la cadena en una bolsa pequeña de plástico transparente, esas que se cierran doblando la orilla, y la guardé en la bolsa del pantalón. Volvimos a la iglesia un dÃa entre semana.
37:52 No era domingo, pero habÃa misa. Mi tÃa se sentó conmigo casi hasta adelante, como siempre. Yo sentÃa la bolsa pegada a mi pierna, recordando a cada rato que traÃa ahà algo mÃo que ella pensaba entregar. Durante la misa, no dejé de mirar a las señoras que habÃa visto en el salón. Algunas estaban dispersas en las bancas, con las manos juntas, pero cuando se paraban se notaba lo mismo. Maquillaje bien puesto, cabellos teñidos, caras más lisas de lo que yo recordaba de años anteriores. Cuando terminó la misa, la gente empezó a salir al atrio. Mi tÃa me miró como preguntando sin palabras si traÃa lo que me habÃa encargado. Asentà y ella se levantó de inmediato. Hicimos el mismo recorrido que la otra vez. Al entrar al salón, sentà que ya no llegaba a un lugar desconocido, pero tampoco era un sitio donde me sintiera tranquilo. Teresa estaba cerca de la mesa de plástico acomodando unos cuadernos. Cuando vio a mi tÃa, se acercó con confianza y mi tÃa le dijo que yo ya traÃa lo suyo. Yo saqué la bolsa transparente de la bolsa del pantalón y se la entregué a mi tÃa Rosa. Ella la miró con aprobación y luego se la dio a Teresa. Teresa tomó la bolsa y la levantó un poco para verla contra la luz amarilla del foco. Revisó la foto, revisó la cadena como si comprobara que todo estuviera en orden.
39:21 No preguntó nada más. Abrió la bolsa, sacó la foto y la cadena y la separó. Luego se agachó, levantó la tela de la parte de abajo de la mesa y sacó una caja de plástico que estaba escondida ahÃ. Era una caja rectangular transparente con una tapa blanca. Al abrirla vi que no estaba vacÃa. Adentro habÃa muchas bolsas parecidas a la mÃa, algunas de plástico, otras de tela doblada, pero todas con algo dentro. También habÃa fotos sueltas, dobladas a la mitad y papeles con nombres completos escritos a mano. En varios se alcanzaban a leer apellidos conocidos del barrio.
40:01 y en algunas esquinas habÃa fechas y edades anotadas con letra apretada. Teresa metió mi cadena en una de las esquinas de la caja sobre otras cosas y dejó mi foto aparte, fuera de la bolsa, sobre un pequeño montón de fotos que tenÃa encima. Luego cerró la tapa sin prisa, volvió a poner la caja debajo de la mesa y se enderezó para seguir en algo rutinario. Ese dÃa el grupo estaba más completo, VeÃa caras que no habÃa visto la primera vez, pero el tipo de mujer se repetÃa. Señoras de mediana edad, con apariencia de estar mejorando en lo fÃsico. Algunas hablaban de sus negocios, otras de sus maridos.
40:45 Una mencionaba que desde que empezó a ir con Teresa se sentÃa más levantada, que ya no se veÃa tan acabada. Yo escuchaba todo, sentado en una de las sillas de plástico. sin saber bien si debÃa sentirme agradecido o con más desconfianza en cuanto consideraron que ya estaban todas las que tenÃan que estar cerraron la puerta del salón el cambio se notó de inmediato el pasillo quedó fuera junto con el ruido de la gente que todavÃa caminaba dentro de la iglesia Apagaron una parte de las luces del techo y dejaron solo dos focos encendidos. También apagaron algunas velas y prendieron otras que tenÃan guardadas en una bolsa de mandado.
41:28 Esas velas eran de color, no blancas como las normales. Las acomodaron alrededor de la mesa. Teresa sacó la caja de plástico, la puso sobre la mesa y la abrió. Esta vez vació parte del contenido. Sacó fotos y papeles, separó algunas bolsas y dejó otras dentro. Puso varias fotos boca arriba, acomodadas una al lado de la otra, formando una fila ordenada. Algunas fotos eran recientes, otras más viejas, desgastadas en las orillas. Yo reconocà de inmediato al menos tres caras. En una de las fotos, aunque estaba algo deslavada, distinguÃa a la vecina que llevaba meses baja de peso.
42:11 TenÃa la misma sonrisa que habÃa mostrado en una fiesta de la colonia, pero en la vida real ya no sonreÃa asÃ. En otra foto apareció el muchacho que habÃa tenido un accidente en moto. En la foto estaba sano, de pie, con una gorra al revés, apoyado en una bicicleta. En otra, vi a una señora mayor que conocÃa desde niño, la que casi no salÃa de su casa, porque se iba quedando en camas. sin que los doctores pudieran decir bien que tenÃa recordé que mi tÃa semanas antes habÃa dicho en la cocina que el grupo de oración ya tenÃa los nombres de ellos puestos en manos del señor en ese momento pensé que se referÃa solo a una lista de intenciones ahora veÃa sus fotos boca arriba rodeadas de velas de color no parecÃan simples peticiones se veÃan como fichas acomodadas para algo más Cuando terminaron de colocar las fotos, las mujeres se pusieron alrededor de la mesa.
43:14 Teresa se colocó en la cabecera, tomó una de las velas, la levantó y empezó a hablar. Ya no era la misma forma de rezar que habÃa escuchado en la misa. Tampoco era un Padre Nuestro ni un Ave MarÃa. Mezclaba frases, pero el contenido era claro. pedÃa que la enfermedad, la tristeza, la vejez y la mala suerte se fueran hacia las personas de las fotos. DecÃa que esas cargas debÃan caer sobre ellos para que las mujeres del cÃrculo recibieran juventud, hombres que las buscaran, clientes en sus negocios, dinero constante y solución a sus problemas. Cada vez que Teresa decÃa una ventaja fÃsica, yo miraba las caras de las señoras, Recordaba cómo se veÃan hacÃa unos años, con manchas en la cara, hinchadas, con canas visibles, y las comparaba con su aspecto actual. Piel más pareja, ojos menos apagados, y cabello sin rastro de canas. Cuando ella mencionaba ojos sin ojeras, yo pensaba en los ojos cansados de la vecina enferma.
44:21 Cuando pedÃa cabello negro y fuerte, recordaba que la señora mayor casi ya no tenÃa fuerzas, ni para levantarse de la cama. Después Teresa bajó un poco la voz, pero su tono siguió firme. Dijo que la belleza no se regalaba, que la juventud se tomaba de algún lado. Aclaró que las personas que aparecÃan en las fotos servÃan para cargar con enfermedades, arrugas, cansancio y fracasos, mientras ellas se limpiaban la cara, se quitaban dolores y ganaban cosas que antes no tenÃan. Lo decÃa tan natural como si fuera algo normal, como si eso fuera un trato establecido. El grupo asentÃa y algunas cerraban los ojos, otras miraban fijo las fotos.
45:05 Yo empecé a buscar mi foto con la mirada, pero no la vi en la mesa al principio, asà que la busqué en la caja negra que seguÃa abierta. Alcancé a ver en el fondo varias fotos de jóvenes apiladas, entre ellas la mÃa. Ya no estaba dentro de la bolsa en la que yo la habÃa traÃdo. Estaba suelta, pegada a otras caras de muchachos y muchachas que conocÃa de vista del barrio o de la escuela en ese momento escuché a Teresa decir que los muchachos daban más fuerza que los que traÃan problemas en casa se soltaba más fácil lo que traÃan por dentro dijo que eran buenos para limpiar la carga de las mujeres de su grupo no mencionó mi nombre todavÃa pero no lo necesitaba Entendà que no solo estaban orando por mÃ, ni por la vecina, ni por el muchacho del accidente. Nos estaban usando como moneda de cambio. Mi fotografÃa y mi cadena ya no eran un simple sÃmbolo. Formaban parte de un intercambio que yo no habÃa aceptado, pero al que ya me habÃan metido. Salà de esa reunión con esa idea clavada en la cabeza, sintiendo que, aunque todavÃa estaba ahà parado, una parte de mà ya estaba sobre esa mesa. junto al resto de las fotos. Yo quise salir corriendo, pero me detuvieron entre todas. Me dijeron que si hablaba sobre esto me saldrÃa muy caro y a mi familia, que
46:36 si decÃa algo irÃan por mà en alguna noche y me irÃa muy mal. Luego todas se rieron con maldad como una risa demonÃaca. Entendà que no eran solo señoras rezando, eran brujas que me querÃan entregar junto a los demás de las fotos. Esa noche en la que todo se reventó empezó como cualquiera de las otras, pero desde que crucé la puerta de la iglesia sentà que no venÃa a lo mismo. Ya conocÃa el camino, la nave larga, las bancas de madera gastada y el altar al fondo, solo que ahora casi no habÃa gente. Un par de señoras rezaban con la cabeza agachada, un señor barrÃa cerca de la entrada y ya se escuchaban menos pasos. Las luces principales seguÃan encendidas, pero se veÃa la iglesia más vacÃa que de costumbre, como si la hubieran apartado para ellas.
47:31 Mi tÃa Rosa me esperaba en una banca de en medio. Me hizo una seña con la mano para que me sentara junto a ella. Me dijo que esa noche iban a hacer una oración más fuerte, que era importante que yo estuviera ahÃ. Yo sentÃa la garganta apretada, pues desde la reunión anterior no dejaba de pensar en las fotos sobre la mesa, en la caja de plástico y en las bolsas con nombres y edades. Aún asÃ, me senté. Las campanas del templo ya se habÃan callado. Solo se escuchaba el eco de algunas puertas al cerrarse a lo lejos y los pasos de quienes se iban. Al cabo de unos minutos, Teresa apareció en el pasillo lateral y le hizo señas a mi tÃa. Ella se levantó rápido y me ordenó que la siguiera. Caminamos hacia el frente, pero esta vez no entramos al salón donde habÃan hecho las otras reuniones. Nos llevaron casi hasta el altar. Varias bancas ya no estaban donde siempre. Las habÃan movido para dejar un espacio libre frente a la mesa del altar principal.
48:35 En ese hueco habÃan colocado una mesa pequeña, también de plástico, con un mantel blanco sencillo. Sobre ella descansaban varias fotos acomodadas en hileras, y desde lejos alcancé a distinguir la mÃa. Las velas del altar principal estaban apagadas. A cambio, habÃan puesto velas alrededor de la mesa pequeña. Eran velas de color, algunas rojas, otras amarillas, clavadas sobre platos y frascos. Detrás de la mesa habÃan colocado una imagen grande, una especie de cuadro apoyado en el piso. que tapaba parte de la vista, desde la puerta principal. Desde la entrada era difÃcil ver qué habÃa encima de la mesa. Todo quedaba escondido en ese cuadro de luz baja y rostros conocidos.
49:25 Las señoras del grupo fueron llegando una por una. VenÃan derechas, con sus mismas caras retocadas, tacones y blusas limpias. Se acomodaron formando un cÃrculo alrededor de la mesa. Teresa me indicó con la mano que me parara a un lado a poca distancia, pero no dentro del cÃrculo. Mi tÃa se colocó entre dos de las señoras. Cuando ya estuvieron todas, Teresa pidió que apagaran algunas luces. Solo dejaron encendidos un par de focos lejanos y las velas. La luz se concentró en la mesa de las fotos. Teresa se colocó frente a mÃ, del otro lado de la mesa. Miró las fotos un momento en silencio y luego alzó la voz.
50:08 Ya no hablaba como en la misa, ni como en las reuniones normales. Su tono era firme y marcado. Empezó a nombrar una por una a las personas de las fotos. DecÃa el nombre completo y, en algunos casos, la edad. Después de cada nombre, pedÃa que la enfermedad, el dolor de huesos, los nervios, la tristeza y el envejecimiento de las mujeres del grupo pasaran al cuerpo de la persona nombrada. Me sentÃa impotente y lleno de coraje. Al escuchar esas palabras,¿ pero qué podÃa hacer? Cada vez que terminaba con esa parte, añadÃa lo que querÃa para ellas. PedÃa piel firme, ausencia de manchas, piernas fuertes, descanso profundo al dormir, buena memoria y atractivo para los hombres. Lo decÃa con claridad y no mencionaba a Dios ni a ningún santo. Solo repetÃa que se cumpliera el trato, que las cargas se movieran a las fotos y los beneficios se quedaran en el cÃrculo.
51:07 Las mujeres respondÃan con murmuros y respiraciones fuertes. Algunas apretaban más las manos de sus compañeras. Yo miraba la escena con la garganta seca. Me fijé en las fotos y algunas tenÃan restos de cera derretida encima, pegada en las esquinas. Otras mostraban manchas oscuras en los bordes, puntos resecos que parecÃan gotas de sangre ya vieja. Eso me hizo entender que lo que estaba viendo no era la primera vez que lo hacÃan. Esas fotos ya habÃan aguantado otras noches como esa, otros rezos y otros tratos. Teresa siguió nombrando personas. Al escuchar los apellidos, me daba cuenta de que muchas eran del mismo barrio. Cada nombre que salÃa de la boca de Teresa venÃa acompañado por una petición de más juventud y más estabilidad para las que estaban en el cÃrculo.
52:00 Nadie dudaba, nadie se oponÃa, ya todo lo tenÃan previsto. En un momento, Teresa bajó la vista y tomó una foto con la mano derecha. La levantó a la altura de su rostro. Aún con la luz baja, reconocà mi propia cara. Era la foto tamaño infantil con el uniforme de la secundaria. Dijo mi nombre completo, mi primer apellido y el segundo. Después soltó una frase que se me quedó marcada. Dijo que yo era un buen intercambio, porque era joven, traÃa problemas en casa y necesitaba que se le quitara de encima mucha carga. Las señoras repitieron mi nombre en voz alta. Varias empezaron a pisar al mismo ritmo, como marcando un paso. El golpe de los zapatos contra el piso se repetÃa parejo alrededor de la mesa y se reÃan de manera distinta. Sentà sudor en las manos, el corazón me latió más rápido, fuerte y casi en el cuello. Me costaba trabajo llenar los pulmones y las piernas me temblaban. La verdad, sentÃa que el piso ya no estaba fijo. Aún asÃ, seguà mirando. No quise cerrar los ojos, pues querÃa ver exactamente qué hacÃan con mi foto.
53:15 Teresa pasó su dedo por la orilla de la fotografÃa, como acariciándola antes de guardarla. Repitió que mi juventud debÃa servir para que se afirmara la salud de ellas, para que se borraran dolores y manchas. Dijo que la tristeza de mi casa, los gritos, las discusiones, todo eso podÃa aprovecharse. Según ella, esa carga se podÃa desprender de mà y pegarse a lo que cada una habÃa decidido soltar de su vida. Di un paso hacia adelante, casi sin pensarlo. Me acerqué lo suficiente para mirar mejor las fotos sobre la mesa. Vi de cerca la cera seca pegada en las orillas, las manchas de sangre en algunos bordes, los dobleces marcados de tanto manipularlas. Al ver mi fotografÃa tan cerca de todo eso, sentà que me estaban pegando a esa mesa para siempre. Pensé en mi cadena, en cómo la habÃan dejado en la caja junto con otras cosas.
54:13 Imaginé mi vida repartida entre ellas, minuto a minuto, hasta que se terminaran de sentir jóvenes a costa mÃa. En ese punto ya no pensé en mi tÃa, ni en la iglesia, ni en el miedo a quedar mal. Solo pensé en salir de ahà con lo que todavÃa pudiera rescatar. Aproveché un segundo en que algunas cerraron los ojos con más fuerza y bajaron la cabeza. Me lancé hacia la mesa, metà la mano sobre las fotografÃas, arranqué la mÃa de la mano de Teresa y la jalé con tanta fuerza que arrastré otras fotos y tiré dos velas. Las llamas se movieron y la cera fresca se regó sobre el mantel.
54:54 Teresa gritó mi nombre, esta vez sin rezos de por medio. Varias mujeres se echaron hacia atrás para no quemarse. Yo rompà mi foto en pedazos frente a ellas. Los trozos cayeron sobre la mesa, manchados de cera tibia. Tiré también algunas fotos más sin querer, pero ya no me detuve a ver cuáles habÃan caÃdo al piso. Las caras de las señoras cambiaron en cuestión de segundos. El maquillaje ya no alcanzaba a tapar lo que aparecÃa. Se les marcaron arrugas en la frente, se les hundieron un poco los cachetes y se les notaron las bolsas bajo los ojos. Las lÃneas alrededor de la boca se hicieron más profundas.
55:35 Sus ojos se abrieron de más, llenos de rabia directa hacia mÃ. Varias apretaron la quijada y una me gritó que lo iba a lamentar. Otra levantó la mano como para venir a detenerme. Pero yo ya me estaba echando para atrás. Me di la media vuelta y caminé rápido hacia el pasillo central. Crucé la nave de la iglesia casi corriendo. Sentà las tablas de las bancas a mi lado, la sombra del altar atrás de mà y el piso frÃo bajo mis tenis. No miré hacia el salón ni hacia la mesa. Salà por la puerta principal y me fui directo a la calle. El aire de afuera me pegó en la cara. mezclado con olor a tierra y a comida de los puestos, que ya estaban cerrando. Desde esa noche jamás volvà a entrar a ese salón ni a pararme con ese grupo. En las semanas siguientes empecé a notar cambios. Algunas de las señoras, que antes se veÃan tan renovadas, comenzaron a mostrarse más cansadas. La piel se les resecó, se les marcaron de nuevo las canas.
56:41 Regresaron los dolores que ellas mismas presumÃan haber dejado atrás. La tÃa Rosa agarró una gripe fuerte que le duró varios dÃas. Después de eso, se alejó poco a poco de las juntas. DecÃa que ya no se sentÃa cómoda, que preferÃa ir solo a las misas normales. Yo pasé meses soñando con la iglesia. Soñaba con la mesa de las fotos, con las velas y con mi cara pegada al mantel. Durante un tiempo, evité cruzar por la puerta principal. Cuando tenÃa que pasar por esa calle, caminaba por la acera de enfrente y aceleraba el paso. Con los dÃas fui recuperando el sueño y el cuerpo se me fue calmando.
57:23 No me llegó ninguna enfermedad rara, ni quedé tirado en una cama como las personas de aquellas fotos, pero esa experiencia se me grabó completa. A veces mi mamá menciona a alguna de esas señoras y dice que se ven desmejoradas. Yo no digo nada, solo pienso en la noche en que las vi repartiendo dolores y años sobre las fotos de los demás. Por eso decidà contar esto, tal cual lo vivÃ. En esa iglesia usaban la oración como máscara, para hacer entregas de personas, brujerÃa a cambio de belleza y beneficios. Yo estuve a nada de quedarme amarrado en esa mesa, y solo por un impulso me alcancé a sacar de ahÃ, aunque me amenazaron y me metieron miedo.
58:09 La verdad no me arrepiento de haber salido corriendo de ahÃ, tirando las cosas a mi paso. Le tengo odio a mi tÃa Rosa y a las mujeres, que yo prefiero llamar brujas porque eso son para mÃ. Y ese señor que mencionaban no creo que sea Dios.
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