La Posesión Que Nadie Pudo Detener - Historias De Terror - REDE
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0:05 Lo peor que he visto en mi vida no fue un accidente ni una balacera, fue lo que pasó con mi hermana mayor dentro de nuestra casa. Cuento esto ya como adulto, pero cada vez que recuerdo esos dÃas vuelvo a tener 13 años. Mi hermana Claudia tenÃa 17 cuando empezó todo y desde entonces mi familia ya no volvió a ser la misma. VivÃamos en una colonia común en una casa chica de bloques. Mi papá manejaba un camión urbano y casi siempre llegaba tarde y cansado. Mi mamá limpiaba casas ajenas y cocinaba para vender. Yo dormÃa en una cama individual junto a un ropero viejo. Claudia tenÃa su propio cuarto con una mesa para estudiar y sus cuadernos acomodados.
0:52 Claudia era la que hacÃa sentir orgullosos a mis papás. Sacaba buenas calificaciones, casi no salÃa, y querÃa estudiar enfermerÃa. En la casa habÃa fe, sin exagerar. Ãbamos a misa algunas veces al año. En la sala colgaba un crucifijo sobre la televisión y en una esquina una imagen de la Virgen. Cuando algún familiar enfermaba, mi mamá encendÃa una vela y les rezaba. Un tiempo antes de que Claudia empezara a cambiar, vi en la tele un reportaje de una muchacha europea atendida por médicos y sacerdotes. Hablaron de exorcismos y de que murió joven. Me quedó claro que no todo era cine, que también existÃan casos reales donde nadie se ponÃa de acuerdo si era enfermedad o algo más.
1:42 Cuando empezó el problema con mi hermana, nadie pensó en eso. Al principio parecÃa cansancio. Claudia empezó a dormir mal. De noche yo escuchaba sus pasos en el pasillo, la llave del baño o el chorro de agua en la cocina. En la mañana se sentaba frente al plato y comÃa dos o tres cucharadas, pues decÃa que no le daba hambre y ya tenÃa ojeras marcadas. Mi mamá pensó que era estrés por la escuela y mi papá decÃa que se estaba poniendo de mal carácter. Con las semanas, el cambio dejó de parecer normal. Claudia se miraba al espejo con fastidio, se jalaba el cabello, dejaba los cuadernos tirados.
2:22 Cuando mi mamá le pedÃa ayuda, contestaba con desprecio y empezó a hablarme cortante. Antes me explicaba las tareas, ahora cerraba la puerta de su cuarto y me mandaba lejos. Mis papás pensaron en depresión, asà que la llevaron al centro de salud. El médico la revisó y al final dijo que tenÃa los nervios alterados. Le recetó pastillas para dormir y vitaminas. No hubo mejorÃa. Claudia empezó a bajar de peso más rápido. En la mesa se quedaba viendo la comida como si le molestara. Y las palabras cambiaron. Un dÃa mi mamá le llamó la atención por llegar tarde de la escuela. Claudia la insultó con groserÃas que nunca le habÃamos escuchado. No eran solo malas palabras, eran frases directas para humillarla. Le echó en cara cosas del pasado, un embarazo perdido y una relación que habÃa ocultado. Yo estaba en la puerta y vi como a mi mamá se le borró la expresión y mi papá solo alcanzó a ordenarle que se callara. Empecé a notar otra cosa cuando Claudia pasaba frente al crucifijo de la sala y Se quedaba viéndolo con una expresión de coraje. A veces soltaba una risa corta y seguÃa su camino. En las noches, desde mi cuarto, empecé a oÃr una voz grave que venÃa del cuarto de mi hermana. No era su voz normal.
3:46 Sonaba más baja y más fuerte, como si hablara con alguien. Varias veces me levanté y me acerqué a la puerta, pero el murmullo seguÃa. Una noche la abrà despacio. La luz estaba apagada. pero vi la silueta de Claudia recostada. TenÃa los ojos abiertos mirando al techo. Sin voltear hacia mÃ, dijo con esa voz grave que todos en esa casa le pertenecÃamos. Sentà que las piernas se me aflojaban y cerré la puerta. El momento que rompió cualquier explicación sencilla fue una discusión en la cocina. Mi papá le reclamó por faltar a clases. Le dijo que él no estaba manejando tantas horas para que ella tirara su futuro. Claudia se le puso enfrente, y mi papá queriendo calmarla, le puso una mano en el hombro, pero ella lo empujó con una sola mano. Lo vi irse hacia atrás, chocar con la mesa y con una silla que se volteó, se cayó al piso y se golpeó el brazo. Se levantó sobándose y la miró con miedo, aunque intentó disimularlo.
4:54 Mi papá siempre fue un hombre robusto, y Claudia en ese momento parecÃa un hilo, asà que, de verdad, ese empujón no tenÃa sentido. Después de eso, la casa cambió más. Claudia casi no limpiaba su cuarto, la ropa se amontonaba en el suelo, y los platos sucios se quedaban junto a la cama. DormÃa de dÃa y se mantenÃa despierta de noche. Una tarde, mi mamá me pidió que barriera el cuarto. Entré con la escoba y empecé a quitar cosas del camino. Para acomodar mejor la cama, levanté el colchón para estirar la sábana. Entre el colchón y la base sentà algo duro. Vi una bolsa de tela pequeña, bien amarrada con hilo. La tomé. Era de tela oscura, vieja.
5:41 La abrà con cuidado y adentro habÃa cabello enredado. Cabellos largos y negros hechos bola. HabÃa pedazos de uñas, unas enteras y otras quebradas, y un puño de tierra oscura, apretada. También encontré un papel doblado. Lo abrà y vi un nombre escrito con pluma y una fecha debajo. No era el nombre de mi hermana ni de nadie de la familia. Me sudaron las manos, pues yo ya habÃa escuchado a señoras del barrio hablar de bolsas con cabello y uñas que se usan para hacer daño. En mi cabeza se juntó todo, el insomnio, la forma en que miraba el crucifijo, la voz grave, el empujón a mi papá y ahora esa bolsa. Volvà a guardar todo en la misma bolsa y la volvà a amarrar. La verdad no supe qué hacer, pensé en enseñársela a mi mamá, pensé en tirarla, pensé en quemarla, pero al final me ganó el miedo. La regresé al mismo lugar, debajo del colchón, como si no la hubiera visto. Esa noche la voz grave volvió a sonar en el cuarto de mi hermana. Mis papás ya discutÃan y mi mamá lloraba en la cocina, pues hablaban de llevar a Claudia con otro médico, de buscar un especialista.
7:01 Yo todavÃa querÃa creer que todo tenÃa arreglo con doctores y medicinas, pero cada vez que recordaba la bolsa de tela, la fuerza de Claudia y esa frase de que todos en la casa le pertenecÃamos, sentÃa que algo se habÃa metido en nuestra vida y no pensaba irse por las buenas. Lo que vino después de encontrar la bolsa debajo del colchón ya no tuvo nada de normal. Pasaron unas semanas en las que mi hermana siguió desvelándose, comiendo casi nada y contestando con más rabia. En la escuela empezaron a llamar a mi mamá porque Claudia faltaba o llegaba en un estado en el que ni siquiera prestaba atención. Algunas veces se quedaba dormida en el salón, otras se levantaba sin permiso y se salÃa. La orientadora escolar habló con mis padres y les dijo que la veÃa muy mal, que necesitaba más ayuda que la de un médico general.
7:57 Mis papás decidieron llevarla con un psiquiatra que les recomendaron. Yo fui con ellos a la primera consulta. Recuerdo la sala de espera con revistas viejas, el olor a desinfectante y la mirada nerviosa de mi mamá. El psiquiatra era un señor de bata blanca que hablaba pausado. Les hizo muchas preguntas. Le preguntó a Claudia desde cuándo no dormÃa bien, si escuchaba voces o si veÃa cosas que los demás no veÃan. También le preguntó a mi mamá si en la familia habÃa antecedentes de enfermedad mental, suicidios o adicciones. Luego le preguntó a mi papá si en la casa habÃa violencia. Y también le preguntó por el consumo de alcohol o drogas. Claudia contestaba a ratos. A veces se quedaba callada. mirando un punto en la pared del consultorio.
8:50 Cuando el psiquiatra le preguntó si escuchaba voces, ella soltó una risa que no era la de antes y dijo que sÃ, que la voz que la acompañaba era la única que valÃa la pena. El doctor anotó todo en una hoja y al final dijo que veÃa un cuadro complicado. que podÃa tratarse de un trastorno psicótico o una mezcla de depresión fuerte con episodios de alucinaciones. Nos explicó, con términos que casi no entendÃ, que el cerebro a veces se desajusta y que las personas pierden contacto con la realidad. Le recetó medicamentos más fuertes, pastillas para la noche, gotas para el dÃa y algo para controlar la ansiedad. En la casa, mi mamá puso un frasco en la alacena con las pastillas marcadas por horarios. Se aseguraba de que Claudia se las tomara. A veces se las metÃa casi a la boca con un poco de agua porque Claudia no querÃa. Mi papá insistÃa en que tenÃamos que seguir las indicaciones del médico al pie de la letra, y lo hicimos. Durante unos dÃas parecÃa que estaba más tranquila.
9:59 DormÃa unas horas seguidas, pero no tardó en empeorar. Empezó a arrancarse mechones de cabello. Yo llegaba a su cuarto y veÃa pequeños montones de pelo en el piso y sobre la almohada. Sus brazos estaban llenos de lÃneas rojas, unas frescas, otras ya cicatrizadas. HabÃa noches en las que de repente se levantaba de la cama y se pegaba la cabeza contra la pared. Yo corrÃa a avisar a mis papás. Entre los tres las sujetábamos. Mi mamá lloraba mientras le pedÃa que se calmara. y mi papá ponÃa el brazo entre la frente de Claudia y la pared para amortiguar los golpes. A pesar de que su cuerpo se veÃa cada vez más delgado, la fuerza que tenÃa en esos ataques era impresionante. El vómito se volvió casi diario.
10:49 HabÃa dÃas en que solo habÃa probado un poco de sopa, y aún asà terminaba inclinada sobre el sanitario, con arcadas largas. Se le marcaban los huesos de la clavÃcula y la ropa le colgaba, En los ojos llevaba un cansancio que yo no habÃa visto en nadie. El episodio que quebró la idea de que todo se iba a resolver con medicinas ocurrió una tarde en la sala. Estábamos los cuatro viendo la televisión, sin ponerle atención a nada. Claudia se quedó viendo la imagen de la Virgen que colgaba en la pared, a un lado del crucifijo. Al principio pensé que estaba distraÃda, pero luego empezó a sonreÃr de una forma rara, como de burla. No despegó la vista de la imagen y de repente escupió hacia arriba. La saliva salió con fuerza y pegó cerca del marco. Mi mamá dio un brinco en el sillón. En ese momento, la voz de Claudia cambió frente a nosotros. La escuché insultar a mi mamá con palabras que nunca le habÃa oÃdo, palabras pesadas y directas. Le dijo que era inútil, que lo que rezaba no servÃa. y que todo lo que habÃa perdido en la vida era un castigo merecido. Después empezó a decir frases en un idioma que no conocÃamos.
12:08 No sonaba a inglés ni a nada que yo hubiera escuchado. Eran palabras cortas, duras, como órdenes. Yo me quedé helado y mi papá se paró de golpe. La tomó de los hombros y le gritó que parara. Ella lo miró con desprecio y siguió murmurando en ese idioma. Esa misma noche mi papá dijo que asà ya no podÃamos seguir. Comentó que los médicos eran necesarios, pero que habÃa cosas que ellos no explicaban. Mi mamá, entre sollozos, recordó al padre de la parroquia y decidieron hablar con él. Un par de dÃas después acompañé a mi papá a la iglesia. Esperamos a que terminara de atender a unas señoras y luego nos hizo pasar a su oficina. Ahà mi papá le contó todo desde el principio. El insomnio, las groserÃas, las cosas que Claudia sabÃa del pasado, los ataques de fuerza, el escupitajo frente a la imagen y las palabras en ese idioma extraño. También habló del psiquiatra y de los medicamentos.
13:12 El padre escuchó con atención sin apresurarlo. Hizo preguntas concretas. si Claudia habÃa consumido drogas, o si alguien en la familia habÃa hecho brujerÃa, y si los médicos habÃan dado algún diagnóstico claro. Dijo que muchos casos se trataban solo con doctores, pero que habÃa situaciones en las que lo espiritual también estaba involucrado. No usó palabras fantásticas, solo dijo que a veces el mal se mete donde encuentra entrada. Al final aceptó ir a la casa a hacer oraciones y ver la reacción de mi hermana. La primera visita del sacerdote ocurrió un sábado por la tarde. Recuerdo el olor a incienso que traÃa impregnado en la ropa. Entró a la recámara de Claudia con una Biblia en la mano, una cruz de madera sencilla y una botella pequeña con agua bendita. Nos pidió que nos quedáramos ahÃ. Claudia estaba recostada, mirando el techo. TenÃa los ojos hundidos y los labios resecos.
14:15 El padre empezó a leer en voz alta. Eran pasajes que yo habÃa escuchado alguna vez en misa, pero en ese cuarto sonaban distintos. Cuando roció unas gotas de agua bendita sobre la frente de Claudia, ella reaccionó como si le hubieran echado agua hirviendo. Gritó con una voz grave que no parecÃa salir de su cuerpo. Empezó a retorcerse en la cama, a patalear. El padre siguió leyendo, levantó la cruz y la acercó. Claudia lanzó un insulto directo contra él. Le dijo que se largara de la casa, que esa casa ya tenÃa dueño. Mi papá se colocó a la altura de las piernas de Claudia. Yo me puse del otro lado. Entre los dos tratamos de sujetarla, pero sentà la fuerza en sus piernas, en sus rodillas y en los intentos por zafarse. La verdad, era como tratar de contener a alguien más pesado. Mi mamá sostenÃa una de sus manos, pero se la soltaba de golpe.
15:14 Claudia apretaba los dientes y las venas del cuello se le marcaban. La sesión duró casi una hora, pero al final Claudia quedó agotada, sudada, con la respiración agitada. El padre dijo que volverÃa. En las siguientes visitas la escena se repitió, pero cada vez más intensa. Algo que no se me olvida es el olor. Apenas el sacerdote empezaba a rezar, el cuarto se llenaba de un olor fuerte a drenaje o a azufre. VenÃa de ninguna parte y de todos lados. AbrÃamos la ventana, revisábamos el baño, la coladera, pero todo estaba limpio. Sin embargo, el olor seguÃa durante las oraciones y luego se iba. También empezó a pasar que las luces parpadeaban, el foco de la recámara se encendÃa y apagaba por segundos. Mi papá revisó las conexiones y no encontró fallas. En medio de las lecturas se escuchaban golpes en la pared, como si alguien golpeara con el puño del otro lado, pero no tenÃamos vecinos pegados en ese muro. En una de esas sesiones, el sacerdote cambió el tono, dejó de lado las lecturas generales y se dirigió directo a lo que hablaba a través de Claudia y le ordenó que dijera su nombre. Yo estaba sosteniendo los tobillos de mi hermana, Cuando escuché la respuesta, salió de su garganta un nombre corto, pronunciado con una voz profunda que hacÃa vibrar el cuarto. Nunca habÃa escuchado
16:46 ese nombre. El padre lo repitió en voz alta, lo incluyó en las oraciones y le ordenó que se fuera. Desde ese momento, Claudia empezó a retorcerse todavÃa más. Se arqueó hacia atrás. Las manos se le torcieron y apretó los dientes. De su boca salÃa baba que le caÃa sobre el cuello y la almohada. La última sesión llegó cuando mi hermana ya parecÃa una sombra. TenÃa la piel amarillenta, los pómulos marcados, los ojos hundidos. Aún asÃ, cuando el padre abrió la Biblia y empezó a leer, Ella volvió a mostrar esa fuerza desproporcionada. Gritó otra vez el mismo nombre, insultó al sacerdote, a mis padres y a Dios. Sus respiraciones eran rápidas y cortas. De pronto, el cuerpo se le tensó completo. Vi cómo se arqueó hasta quedar casi apoyada solo en la cabeza y los pies. Luego, de un segundo a otro, se soltó. Sus músculos se relajaron y el cuerpo cayó sobre el colchón como si le hubieran cortado los hilos. Su mirada se quedó fija en un punto, con los ojos abiertos, pero sin brillo. Dejé de sentir movimiento en las piernas. Mi papá se inclinó sobre ella, le habló y le movió los hombros. Mi mamá gritó su nombre y la sacudió. El padre siguió rezando, pero yo ya no veÃa reacción en Claudia. Llamaron a una ambulancia, llegaron dos paramédicos, le pusieron el estetoscopio en el pecho, revisaron el pulso y miraron la hora. Pero
18:19 uno de ellos dijo que ya no habÃa nada que hacer. Se llevaron el cuerpo al hospital para el reporte. Más tarde llegaron familiares y vecinos. Unos decÃan que habÃa sido culpa de los medicamentos, otros que la iglesia se habÃa tardado en intervenir. Escuché comentarios de todo tipo. Yo no discutà con nadie, solo sabÃa lo que habÃa vivido. La voz grave saliendo de la boca de mi hermana, su fuerza imposible en la cama. el olor a azufre que aparecÃa en cada oración, y aquella bolsa de tela con cabello, uñas y tierra que yo habÃa encontrado y vuelto a esconder. Con el tiempo, la casa se volvió más silenciosa. El cuarto de Claudia quedó casi igual, con el uniforme colgado detrás de la puerta y los cuadernos en la mesa.
19:08 Mi mamá se fue apagando. Pasaba gran parte del dÃa sentada en la orilla de la cama de mi hermana, mirando la pared. Lloraba sin hacer ruido. Mi papá empezó a tomar más seguido. Se sentaba cerca de la ventana de la sala, con un vaso en la mano y veÃa hacia la calle, como si esperara algo que nunca llegaba. Hoy ya no veo cosas moverse ni escucho voces en la casa, pero cada vez que pienso en esos dÃas, siento lo mismo que sentà entonces. No logramos ponernos de acuerdo si fue una enfermedad que no se supo tratar o si algo más se metió en mi hermana. Yo digo que fue una posesión demonÃaca por todo lo que pasó y el nombre extraño que salió de su boca, pero sà me cuesta trabajo creer que sea eso. Lo único que tengo claro es que fui testigo de cada paso, desde las pastillas del psiquiatra hasta la última oración del padre, y que esa historia se quedó grabada en mà como la marca más pesada que me dejó la adolescencia.
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