La Bruja Que Robaba Gallinas Historias De Terror - REDE
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0:01 en un rancho de Sinaloa. Las gallinas estaban desapareciendo. Primero fueron dos en la casa de don Rogelio, luego tres más en el corral de la familia Cárdenas, y después alguien dijo que hasta diez habÃan faltado en la semana. Lo raro no era solo la cantidad, sino la forma. Nadie encontraba rastros, ni sangre, ni plumas regadas en el suelo, ni huellas de algún animal que hubiera escarbado. Al amanecer, simplemente faltaban las aves y los corrales quedaban limpios, como si nunca hubieran estado ahÃ. La gente del lugar, acostumbrada a hablar de todo lo que ocurrÃa, empezó a suponer que podÃan ser robos, pero la idea no tenÃa sentido.
0:44 Nadie escuchaba ruidos durante la noche, y los perros no ladraban, lo que resultaba todavÃa más extraño. En el rancho, los animales siempre se alteraban con cualquier movimiento, y más aún si alguien se acercaba a los corrales. Pero en esas madrugadas, el silencio era total, como si nada se hubiera movido. En una de las casas, la familia de don Eusebio decidió que no podÃan quedarse de brazos cruzados. Cada dÃa les faltaban más gallinas, y aquello ya representaba una pérdida grande. Era su manera de vivir, de tener alimento y algo para vender, y si seguÃa asÃ, pronto se quedarÃan sin nada.
1:24 Acordaron que se turnarÃan para vigilar durante la noche, atentos a cualquier movimiento en el corral. La primera noche el hijo mayor se quedó despierto junto a la ventana que daba directo al patio. Afuera el monte parecÃa contener la respiración, solo el canto de los grillos llenaba el aire. Se mantuvo en vela hasta que el sueño lo venció, y al amanecer, aunque no habÃa visto nada, otra gallina habÃa desaparecido. La segunda noche, la madre fue la que tomó el turno. Preparó café para espantar el sueño y se sentó junto a la lámpara de petróleo apagada, mirando en la penumbra hacia el corral. El aire era pesado y solo de vez en cuando se escuchaba algún búho en la distancia.
2:08 Esperó con paciencia, pero tampoco vio nada fuera de lo común. Cuando salió a revisar al amanecer, faltaban dos aves más. La tercera noche, todos decidieron mantenerse despiertos. Nadie querÃa seguir perdiendo animales sin entender por qué. Colocaron sillas cerca de la ventana, apagaron todas las luces para no delatarse, y desde el interior miraban en silencio hacia el corral. La luna estaba alta, iluminando apenas lo suficiente para distinguir las siluetas de las gallinas que dormÃan en el gallinero. Alrededor de las tres de la madrugada, algo distinto ocurrió. No fueron ruidos ni sombras, sino los propios animales los que empezaron a comportarse de manera extraña. Primero, una gallina se levantó y caminó hasta la puerta del corral. Después, otra la siguió, y luego otra más, hasta que en cuestión de minutos todas las aves se acomodaron una detrás de otra, formando una fila perfecta. No emitÃan un solo cacareo, como si algo las hubiera silenciado por completo. La familia se miró entre sÃ, sorprendida, sin atreverse a moverse ni a hablar.
3:20 Nadie los empujaba, nadie abrÃa la puerta, pero el orden con el que se colocaban parecÃa guiado por una mano invisible. Cada gallina avanzaba despacio, con calma, y tomaba su lugar detrás de la que iba adelante. Era un comportamiento imposible de explicar, porque ni siquiera de dÃa, con comida de por medio, lograban un orden tan exacto. El padre se levantó de su asiento, pero no abrió la puerta. Se quedó observando con los ojos bien abiertos cómo todas las aves esperaban quietas frente a la salida, como si estuvieran bajo órdenes. Pasaron varios minutos en los que nadie supo qué hacer. No escucharon pasos, no vieron sombras, sólo el movimiento de las gallinas que permanecÃan inmóviles mirando hacia afuera.
4:06 Cuando salió el sol al dÃa siguiente y fueron a revisar, el corral estaba vacÃo. Todas las gallinas habÃan desaparecido. Ni una sola pluma quedó en el suelo, ni marcas en la tierra que indicaran hacia dónde se habÃan ido. Decidieron que no podÃan dejarlo asÃ. Algo anormal estaba ocurriendo en su rancho, y no pensaban permitir que continuara. Prepararon mejor la vigilancia para la noche siguiente, convencidos de que lo que estaban enfrentando no era un robo común ni un ataque de animales salvajes. Algo distinto, invisible y desconocido rondaba los corrales, y ya no se trataba de simples desapariciones.
4:47 Era como si las gallinas obedecieran a una fuerza que nadie podÃa ver. La noche siguiente, la familia se preparó mejor. Nadie querÃa repetir lo que habÃan visto, ni mucho menos amanecer otra vez con el corral vacÃo. Sacaron lámparas de petróleo y linternas de mano. Las revisaron para asegurarse de que tuvieran suficiente combustible y pilas. y se sentaron desde temprano alrededor de la ventana que daba al patio. El aire olÃa a tierra seca y a monte dormido, y los grillos acompañaban con su canto constante. Nadie hablaba, apenas susurraban entre sà para no perder la atención en el corral. Pasada la medianoche, cuando el cansancio empezaba a pesar en los párpados, un ruido los sacudió a todos. No fue fuerte ni violento, pero sà distinto. Un aleteo apagado, como si las gallinas hubieran batido las alas al mismo tiempo, aunque sin el alboroto habitual. Los tres hijos se enderezaron en sus asientos y la madre alzó la lámpara para alumbrar, pero no vieron nada extraño. El corral permanecÃa quieto. las aves en sus palos, aparentemente tranquilas. El padre frunció el ceño y apretó el palo que llevaba en las manos, convencido de que algo estaba ahà aunque no se mostrara.
6:06 El silencio que siguió fue espeso. De pronto, lo imposible comenzó a repetirse. Una gallina bajó del palo y caminó hacia la puerta. Después otra la siguió, y luego otra más. Una tras otra, todas comenzaron a moverse con pasos lentos, rÃgidos, acomodándose en fila frente a la salida. No emitÃan un cacareo, ni un aleteo, ni un ruido siquiera. Avanzaban despacio, con la cabeza baja, como si una fuerza invisible las estuviera arrastrando hacia el mismo punto. El padre, decidido a romper aquel patrón, se levantó y golpeó con fuerza las láminas del corral con el palo que llevaba en la mano.
6:48 El ruido metálico resonó en la madrugada, pero las gallinas no reaccionaron. Ni un salto, ni un cacareo de susto. Nada. ParecÃa que no lo escuchaban, que no existÃan en el mismo espacio. La madre, nerviosa, pidió que volvieran a la casa, pero nadie se movió. El miedo los habÃa clavado a todos en su sitio. Cuando las aves estuvieron completamente formadas frente a la puerta, El hijo menor, que temblaba con la lámpara en la mano, se atrevió a alumbrarlas directamente. Fue entonces cuando lo notaron. Los ojos de las gallinas no eran normales. No tenÃan pupilas, no brillaban con el reflejo de la luz. Estaban completamente en blanco, como si hubieran quedado ciegas o como si miraran algo que los demás no podÃan ver. El padre retrocedió un paso sin soltar el palo. La visión lo dejó helado, y de inmediato todos comenzaron a sentir que algo no estaba bien en el aire. Era como si el mismo corral hubiera cambiado de peso, como si lo invisible se hubiera sentado sobre él. De repente, la hija mayor, que también alumbraba con una linterna, apuntó hacia la cerca del corral y soltó un grito ahogado. Toda la familia miró hacia allá y quedó paralizada por el espanto. Las gallinas ya no estaban en fila. Todas, absolutamente todas, estaban colgadas de la cerca.
8:13 Estaban prendidas de las patas, una al lado de la otra, como si alguien las hubiera colocado allà en cuestión de segundos. La piel de las aves temblaba levemente y el pecho subÃa y bajaba porque seguÃan vivas. No hacÃan ruido, no cacareaban, no agitaban las alas. Solo permanecÃan inmóviles, colgadas, con los ojos en blanco y la respiración pesada que se escuchaba desde donde la familia estaba parada. Nadie habÃa abierto la puerta del corral. Nadie habÃa tocado los candados. Y aún asÃ, en un instante, todas habÃan aparecido ahà afuera, suspendidas en silencio como si el mundo hubiera obedecido a una orden que ellos no escucharon. La madre se cubrió la boca con la mano, los hijos se quedaron quietos con las lámparas temblando en sus dedos, y el padre apretó los dientes sin saber si debÃa acercarse o retroceder. Lo único que tenÃan claro en ese momento era que lo que ocurrÃa en ese corral no tenÃa explicación humana, y que estaban enfrentando algo que no se podÃa nombrar sin que la voz se quebrara. El miedo los dejó clavados en el suelo, sabiendo que esa noche, en su propio rancho, habÃa algo que se estaba llevando a sus animales y que nada, ni ruido ni fuerza, parecÃa capaz de detenerlo.
9:39 Mientras todos observaban a las gallinas colgadas de la cerca, un aire helado recorrió el patio. No era una corriente común, de esas que bajan de los cerros en la madrugada, sino un frÃo distinto, tan repentino que les caló los huesos y les erizó la piel. La madre abrazó a los hijos menores sin dejar de mirar hacia el corral, como si temiera que moverse pudiera provocar algo peor. El padre apretó con más fuerza el palo que tenÃa en las manos, sintiendo que ese viento no era natural. De pronto, desde el monte cercano, se escuchó un murmullo extraño. Al principio parecÃa un silbido largo, sostenido, como si alguien soplara a través de un carrizo en la lejanÃa. Después se volvió más nÃtido, repitiéndose en un mismo tono que parecÃa recorrer los árboles. Era un sonido agudo, persistente, que hacÃa retumbar el silencio del rancho de una forma antinatural. Lo más inquietante fue la reacción de los perros. Siempre habÃan sido los primeros en ladrar cuando alguien pasaba por el camino o cuando los coyotes se acercaban a la milpa, pero esa noche no levantaron la cabeza. Permanecieron echados en el suelo con las orejas pegadas contra el cráneo y los ojos fijos en la tierra, como si supieran que algo más poderoso los obligaba a callar. El silencio de los animales pesaba más que el propio silbido. El padre, sintiendo que algo se avecinaba, mandó a los hijos a
11:10 meterse en la casa. La voz le salió seca, cortada, pero firme. Los niños no se movieron. Se quedaron paralizados mirando hacia la cerca, incapaces de reaccionar con las lámparas aún encendidas en las manos. La madre quiso jalarlos, pero tampoco pudo. Todos estaban hipnotizados por lo que ocurrÃa frente a sus ojos. Entonces, entre los árboles que rodeaban el corral, vieron pasar una sombra. Era alargada, se movÃa con rapidez y parecÃa dar vueltas alrededor de los gallineros. No era un animal común. Su forma no se distinguÃa del todo, pero la manera en que se deslizaba entre los troncos dejaba claro que no caminaba como una persona ni corrÃa como un coyote. Era algo más, algo que parecÃa rodearlos, estudiarlos, acechando con calma. En ese momento, como si un mismo impulso las hubiera sacudido. Todas las gallinas comenzaron a agitarse al mismo tiempo, sus cuerpos colgando de la cerca se estremecÃan, las alas se abrÃan y cerraban con golpes sordos, y el aire se llenó de un batir seco que no producÃa ningún cacareo. Era como si una sola voluntad las hubiera invadido, moviéndolas sin control. De pronto cayeron todas al suelo.
12:31 Una tras otra se soltaron de la cerca y quedaron esparcidas en el patio, revolcándose apenas. SeguÃan vivas, respiraban de manera lenta y pesada, pero sus ojos permanecÃan en blanco, fijos en un punto invisible. El suelo se llenó de cuerpos temblorosos, de aves que parecÃan dormidas y despiertas al mismo tiempo. atrapadas en un trance que la familia no entendÃa el padre no lo pensó más corrió hacia ellas apartando las que estaban más cerca de la puerta del corral y a empujones las fue metiendo de nuevo adentro no sabÃa si aquello servirÃa pero sentÃa que no podÃa dejarlas tiradas frente a esa sombra que los rodeaba con fuerza cerró la puerta y atravesó una tranca de madera asegurándola como si eso pudiera contener algo que no era de este mundo después de eso nadie habló volvieron a la casa cerraron las ventanas y apagaron las lámparas pero no pudieron dormir el silbido seguÃa sonando a lo lejos recorriendo los cerros entrando por las rendijas como un aire frÃo cada tanto se hacÃa más fuerte como si se acercara y luego se alejaba otra vez el padre se quedó sentado toda la noche con el palo en la mano los ojos fijos en la puerta mientras los hijos se encogÃan bajo las cobijas sin pegar los ojos Al amanecer, con el canto de los gallos del vecino y los primeros rayos de luz, se armaron de valor para salir al patio. El corral parecÃa intacto, la tranca seguÃa en
14:03 su sitio y la puerta cerrada, pero cuando se acercaron se encontraron con una imagen que les heló la sangre. Todas las gallinas estaban muertas dentro del corral. No estaban revueltas ni tiradas al azar. Estaban alineadas en el suelo, una junto a la otra, formando un orden imposible. Cada cuerpo con el cuello estirado, los ojos en blanco y las alas pegadas, como si alguien las hubiera acomodado cuidadosamente en esa posición. La madre se llevó las manos a la cara para no gritar. los hijos se abrazaron entre sà temblando y el padre sintió que la rabia lo quemaba por dentro Aquello no podÃa ser un robo ni una enfermedad. No habÃa huellas de depredadores, ni rastros de ataque, ni señales de envenenamiento. Era algo del monte, algo invisible que habÃa reclamado a los animales como si fueran suyos.
14:57 La noticia no tardó en correr. Los vecinos llegaron al rato, algunos para ayudar a enterrar a las aves y otros para mirar con sus propios ojos lo ocurrido. Muchos no quisieron acercarse al corral, y los más viejos murmuraban que no se trataba de un animal común. Desde entonces, varias familias comenzaron a encerrar a sus gallinas en jaulas pequeñas dentro de las casas, convencidos de que ahà estarÃan más seguras. Pero aún asÃ, de vez en cuando, alguna aparecÃa afuera, colgada en la cerca con los ojos en blanco.
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