La BRUJA Que MALDIJO A Toda Una Colonia Historias De Terror - REDE
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0:02 Me llamo Juan, y antes de empezar quiero pedir un amén a quien escuche esto. Lo hago como medida de protección, porque no estoy inventando nada. Lo que voy a contar ocurrió en la colonia donde crecÃ. Vivà mi niñez en una colonia conocida de la ciudad. Las casas estaban tan pegadas que los techos parecÃan tocarse. Las calles eran estrechas y llenas de baches. Para cualquiera podÃa ser un barrio común. Pero yo sé que dentro de esas casas también habÃa cosas que nadie se atrevÃa a decir. A un lado de mi casa vivÃa doña Estela. Era una mujer mayor, de cabello recogido en un chongo que siempre parecÃa despeinado y con un rostro duro, lleno de arrugas profundas que le marcaban la frente y la boca. Pasaba casi todo el dÃa en la ventana de su sala, mirando lo que sucedÃa en la calle. Si una vecina salÃa con ropa nueva, ella lo comentaba en voz alta. Si un hombre llegaba tarde del trabajo, decÃa que seguramente andaba de vago.
1:06 Si los niños jugaban cerca de su puerta, los regañaba como si fueran suyos. No habÃa forma de cruzar frente a su casa sin recibir una mirada o un comentario. Todos en la colonia la conocÃan por metiche. Siempre opinaba de lo que no le correspondÃa y lo hacÃa con un tono que no era consejo, sino crÃtica. A las señoras jóvenes les decÃa que no sabÃan cocinar, a los muchachos les advertÃa que iban a terminar en la cárcel, y a los niños los llamaba maleducados. Desde que me acuerdo, aprendà a evitarla. Cuando me veÃa, me decÃa que parecÃa desnutrido, que algún dÃa me iba a enfermar por andar tan flaco. Nunca sonaba como preocupación, sino como burla. habÃa vecinos que cruzaban la calle hacia la otra banqueta para no pasar frente a su ventana otros bajaban la voz al hablar cuando ella estaba cerca los chismes en el barrio eran seguidos decÃan que habÃa venido de un rancho donde ya la conocÃan por hacer cosas raras otros aseguraban que varias familias habÃan tenido desgracias después de discutir con ella En mi casa, mi madre me decÃa que no creyera en esas cosas, pero yo notaba que hasta ella se ponÃa incómoda cuando la vecina aparecÃa de repente. Los rumores se hacÃan más grandes cuando ocurrÃan cosas extrañas en la colonia.
2:29 De un dÃa para otro aparecÃan gallinas muertas en los patios, perros que se enfermaban sin razón o gatos que desaparecÃan. Las señoras decÃan entre ellas que todo era culpa de doña Estela, que sus palabras traÃan mala suerte. Yo no podÃa asegurarlo, pero empecé a notar que habÃa una coincidencia. Cada vez que ella discutÃa con alguien, algo malo le pasaba a esa familia poco después. Una vez no podÃa dormir por el calor, asà que salà al patio trasero a tomar aire. Todo estaba en silencio, salvo por el ladrido ocasional de un perro a lo lejos. Fue entonces cuando escuché una voz que venÃa del otro lado de la barda y un aleteo fuerte. Me acerqué despacio y miré por un hueco entre los bloques. Ahà estaba Doña Estela, en su patio, iluminada por un foco colgado. Frente a ella habÃa un gallo amarrado de las patas, que intentaba soltarse aleteando con fuerza. Ella lo sujetaba con una cuerda en el cuello y lo mantenÃa quieto. Alrededor del animal habÃa trazado un cÃrculo de sal. MovÃa las manos lentamente mientras decÃa palabras en un idioma que no conocÃa. su voz sonaba grave como si la garganta la apretara el gallo chillaba desesperado pero ella seguÃa con los ojos clavados en el animal sin mostrar cansancio yo me quedé inmóvil mirando cada detalle el brillo de las plumas del gallo
4:00 bajo la luz amarilla las sombras que se formaban en las paredes y la expresión de concentración de la vecina en un momento levantó la cabeza Me aparté y corrà hacia dentro de mi casa. Cerré la puerta despacio, respirando agitado, y me tiré en la cama con el corazón acelerado. Esa noche no dormà nada. Ella seguÃa en su ventana como siempre, lanzando comentarios venenosos que parecÃan más maldiciones que simples crÃticas. Le decÃa a una señora que sus hijos acabarÃan como rateros, a un joven que nunca encontrarÃa trabajo, y a una muchacha que la belleza no le durarÃa ni dos años no habÃa dÃa en que no soltara algo hiriente sobre todo contra los niños como si disfrutara lo extraño era que poco después de esos pleitos siempre pasaba algo una familia discutÃa con ella y al dÃa siguiente un burro amanecÃa enfermo tirado en el corral sin poder levantarse otra vecina le reclamaba por hablar mal de su hija y a la semana el refrigerador de su casa se descomponÃa los vecinos empezaban a notar esas coincidencias yo escuchaba esas pláticas a escondidas porque a mi edad ya entendÃa que la gente no exageraba cuando hablaba de desgracias alrededor de esa mujer En mi casa nos tocó vivirlo de manera directa. Una noche mi perro estuvo inquieto como nunca. Se llamaba Bruno, un animal mestizo que siempre
5:33 dormÃa junto a la puerta. Esa vez se quedó ladrando sin parar hacia la calle con el hocico levantado. Yo me levanté varias veces para callarlo, pero apenas me volvÃa a acostar seguÃa ladrando con más fuerza. Era como si le estuviera ladrando algo que no podÃa ver. Me asomé y noté que su atención estaba fija en la ventana de Doña Estela. Ella estaba ahÃ, con los ojos abiertos mirando en la oscuridad. No se movÃa ni un poco, solo observaba. Al amanecer, Bruno amaneció con heridas en el lomo. Eran como rasguños largos, marcados de forma irregular. No habÃa forma de que hubiera pasado por un alambre de púas porque nunca salÃa de la casa en la noche. Mi madre intentó curarlo con agua y jabón, pero los cortes parecÃan más profundos de lo normal. Desde entonces, Bruno se volvió nervioso. Ya no querÃa acercarse a la reja de la calle. Y cada vez que Doña Estela se asomaba, se escondÃa bajo la mesa con el rabo entre las patas.
6:34 Después de ese incidente, los rumores del barrio aumentaron. Empezaron a desaparecer gallinas. Algunas amanecÃan sin cabeza, tiradas en los patios con las plumas regadas. Otras simplemente ya no estaban cuando la gente iba a darles de comer. Los gatos eran encontrados muertos, tirados en las banquetas como si hubieran caÃdo desde un techo. Recuerdo haber visto uno frente a mi casa, con el cuello torcido y los ojos abiertos, sin señal de que lo hubieran atropellado. A nadie le parecÃa normal, pero todos preferÃan barrerlo y olvidarlo rápido. Algunos vecinos empezaron a decir que, en las noches, se escuchaban aleteos grandes sobre los techos, como si aves enormes volaran muy bajo. Yo mismo escuché un batir de alas una madrugada, tan fuerte que las láminas del techo de mi cuarto vibraron.
7:27 Salà a la ventana y alcancé a distinguir una sombra que cruzaba el cielo, más grande que cualquier pájaro que hubiera visto. Era imposible confundirlo con una paloma o un murciélago, porque el sonido de las alas era pesado y el movimiento lento, como el de algo más grande. Los niños ya no jugaban tan tarde en la calle porque las madres los metÃan temprano. No era solo miedo a la delincuencia como en otros barrios, sino un miedo dirigido, como si todos supieran que una sola persona era la causa de esa incomodidad. Y aún asÃ, nadie se atrevÃa a enfrentarse a ella directamente. Doña Estela seguÃa apareciendo en su ventana, con los brazos cruzados, como si todo lo que sucedÃa fuera parte de algo que solo ella controlaba. Cada vez que escuchaba sus pasos arrastrados frente a mi casa, se me erizaba la piel. Cuando cruzaba la calle y me encontraba con ella, me entraba un escalofrÃo que no podÃa explicar.
8:28 No hacÃa falta que dijera nada, bastaba con que me mirara. En las noches, cuando intentaba dormir, recordaba lo que habÃa visto en su patio con el gallo amarrado y pensaba en Bruno gimiendo bajo la mesa. Era imposible no relacionar cada animal muerto, cada ruido extraño con lo que ella hacÃa en silencio. Una tarde, cuando mi madre salió a barrer la banqueta, HabÃa hojas secas amontonadas por el viento y un poco de tierra arrastrada por la lluvia de la noche anterior. Apenas empezó a juntar la basura, doña Estela salió a su ventana y le gritó que no fuera cochina, que siempre echaba la mugre frente a su casa.
9:08 Mi madre se defendió. diciendo que estaba limpiando lo suyo y que la basura venÃa de la calle, no de nosotros. Fue suficiente para que la vecina alzara más la voz y empezara a acusarla de ser desordenada y de no saber llevar su casa. El intercambio duró apenas unos minutos. Esa misma semana mi madre empezó a enfermar. Primero eran dolores leves en el estómago, que ella pensaba que eran por algo que habÃa comido. Después las molestias aumentaron hasta convertirse en retorcijones que no la dejaban ni dormir. En un par de dÃas ya no podÃa levantarse bien de la cama y cualquier cosa que probaba la vomitaba. Mi padre decidió llevarla al médico, pero después de varios análisis y revisiones no encontraron una causa clara. No habÃa infección, no habÃa parásitos, nada que justificara que estuviera tan mal.
10:03 La enfermedad de mi madre coincidió demasiado con la pelea, y yo lo notaba. Recordaba los rumores que circulaban en la colonia, esos que decÃan que doña Estela hacÃa trabajos con muñecos y que tenÃa cosas enterradas en su patio. Algunos hablaban de velas negras y de figuras de trapo atravesadas con alfileres. Al principio me resistÃa a creer en eso. Pero cada dÃa que veÃa a mi madre debilitada mientras la vecina seguÃa asomada en su ventana como si nada, me costaba más pensar que era coincidencia. No fui el único que lo pensó. En la colonia habÃa familias que preferÃan mantenerse bien con doña Estela antes de buscarle problemas.
10:45 Varias señoras le llevaban tortillas recién hechas o guisos de comida, según decÃan, para quedar bien. Algunos hombres le ayudaban a cargar cosas pesadas o a reparar sus ventanas. No lo hacÃan por amabilidad, sino por miedo. HabÃa una especie de acuerdo. Mejor tenerla contenta que sufrir después alguna desgracia. Se veÃa en la forma en que la saludaban exageradamente o en cómo se esforzaban por complacerla cuando pedÃa un favor. Mientras mi madre seguÃa enferma, yo empecé a tener sueños que no me dejaban descansar. Eran siempre parecidos. En ellos aparecÃa mi cuarto iluminado por la luz de la calle y de pronto se abrÃa la ventana sin que yo pudiera moverme.
11:29 entraban pájaros negros grandes con alas que golpeaban contra las paredes volaban en cÃrculos sobre mi cama revoloteando tan cerca que sentÃa el viento de sus alas en la cara a veces se posaban en los muebles y me miraban fijo con los ojos brillantes hasta que me despertaba con el corazón acelerado los sueños se repetÃan varias veces a la semana Me levantaba y tenÃa la sensación de que algo seguÃa dentro del cuarto, aunque al encender la luz no hubiera nada. Era imposible no relacionarlos con todo lo que estaba ocurriendo. Bruno también parecÃa sentirlo. En esas noches se quedaba sentado frente a la puerta de mi cuarto, gimiendo bajo, como si supiera que algo querÃa entrar. La situación en mi casa se volvió insoportable. Mi padre estaba desesperado buscando remedios, mi madre no mejoraba y yo no podÃa dejar de pensar en la vecina. No habÃa pruebas, pero cada detalle me hacÃa sentir que la enfermedad de mi madre estaba conectada con esa discusión en la banqueta.
12:36 El barrio lo sabÃa también porque algunos vecinos me preguntaban cómo seguÃa mi mamá y de inmediato decÃan que ojalá no fuera lo que todos pensaban. Era claro que todos tenÃan la misma sospecha. Las semanas pasaban y la imagen de Doña Estela seguÃa fija en su ventana, mirando como siempre con la misma calma frÃa que la caracterizaba. Verla ahà tan tranquila mientras mi madre se consumÃa en la cama me daba mucho coraje. No podÃa hacer nada, y eso era lo que más me pesaba. La idea de que doña Estela tenÃa que ver con todo me carcomÃa. No habÃa pruebas que pudiera mostrar. Esperé a que la colonia quedara en silencio. Ya era de madrugada. Subà a la azotea de mi casa con cuidado, apoyando los pies despacio para no hacer ruido. Desde ahà tenÃa una vista directa hacia el patio de Doña Estela. Me acomodé detrás de una fila de botes de agua y me quedé mirando.
13:35 El patio estaba iluminado por una luz débil. Doña Estela habÃa colocado tres velas negras en el suelo, formando un triángulo alrededor de un cÃrculo de cenizas. En medio habÃa puesto un plato de barro con restos de hierbas secas que ardÃan lentamente, despidiendo un humo espeso que se elevaba recto antes de dispersarse en el aire. El olor era fuerte, amargo. Desde donde estaba alcanzaba a sentir como ese humo se colaba hasta mi nariz, haciéndome toser en silencio. Ella se movÃa despacio. sostenÃa fotografÃas en las manos y las acercaba una por una al fuego primero quemó la de un hombre que no reconocà luego la de una mujer que parecÃa vecina del barrio cuando lanzó la tercera al fuego sentà que el estómago se me encogÃa era una foto de mi madre La reconocà por la blusa azul con flores que habÃa usado en una fiesta familiar. Vi cómo el papel se retorcÃa y las llamas consumÃan la imagen mientras doña Estela decÃa palabras que no entendÃa. Sus movimientos eran repetitivos, como si cada paso estuviera ensayado. Con la mano derecha hacÃa gestos sobre las llamas dibujando figuras en el aire, y con la izquierda esparcÃa polvo oscuro dentro del cÃrculo. A su lado tenÃa un costal pequeño del que de vez en cuando sacaba objetos extraños, huesos pequeños, ramitas secas y algo que parecÃa un muñeco de trapo.
15:05 Lo colocaba todo con cuidado dentro del cÃrculo, como si cada cosa tuviera un lugar preciso. Me quedé quieto, mirando cada cosa. El fuego iluminaba su rostro de manera desigual, resaltando las arrugas profundas y la dureza de su mirada. No parecÃa la vecina metiche que todos veÃan en la ventana. De repente, levantó la cabeza. Sus ojos quedaron fijos hacia la azotea. No supe si realmente me habÃa visto. Pero volteó justo en el lugar donde yo estaba escondido. Me agaché de inmediato y contuve la respiración. Permanecà asà varios minutos. Cuando me atrevà a asomar otra vez, ella seguÃa ahÃ, quieta, con los ojos abiertos mirando al frente, como si supiera que alguien la miraba. No recuerdo cuánto tiempo estuve escondido hasta que se apagaron las velas. Solo sé que cuando bajé de la azotea, mis manos estaban frÃas y me temblaban los dedos. Entré a la casa sin hacer ruido y cerré con llave. Me tiré en la cama, pero me quedé despierto escuchando cada sonido de la madrugada, convencido de que habÃa cometido un error al espiarla. Fue entonces cuando escuché pasos alrededor de mi cama. Eran pasos lentos que rodeaban la habitación como si alguien estuviera caminando en cÃrculos a mi alrededor. Me levanté, encendà la luz y no habÃa nadie. El suelo estaba vacÃo, la puerta cerrada.
16:33 Me tapé con la cobija hasta el cuello, respirando rápido, sin atreverme a apagar la luz. Bruno estaba junto a la puerta, gruñendo bajo, con el pelo erizado. Nunca lo habÃa visto asÃ. Con el tiempo, lo que empezó en mi casa se fue extendiendo al resto de la colonia. Los vecinos comenzaron a sufrir desgracias de formas distintas, siempre repentinas, siempre inexplicables. ParecÃa que cada familia tenÃa algo que contar. Lo extraño era que todo pasaba después de algún pleito o de algún comentario de doña Estela. Recuerdo a don Alfredo, que tenÃa una miscelánea en la esquina. Era de los pocos que se atrevÃa a contestarle cuando ella se metÃa en lo que no le importaba. Una mañana discutieron por qué doña Estela le reclamó que dejaba su basura en la calle. Ãl le respondió con groserÃas y le cerró la ventana. A la semana el negocio empezó a ir mal.
17:31 El refrigerador dejó de funcionar, la mercancÃa se echó a perder y los clientes dejaron de llegar. En pocos meses tuvo que cerrar la tienda. Luego pasó con los hermanos Morales. Uno de ellos, después de una borrachera, le gritó a Doña Estela que se metiera en su casa y dejara de vigilar la vida de los demás. Esa misma semana, el hermano mayor se cayó de arriba de su casa cuando estaba reparando el tinaco. Se rompió una pierna y quedó con muletas durante meses. Las desgracias no paraban. Una niña del barrio empezó a tener fiebre todas las noches sin que los doctores pudieran curarla. Su madre habÃa discutido con la vecina dÃas antes por un chisme que se regó entre las señoras. Otra familia perdió a dos gallinas que amanecieron degolladas en el patio. Un hombre que tenÃa un carrito de tacos vio como un incendio repentino le consumió la lona y parte de su puesto. En las tardes ya no se escuchaban las risas de los niños jugando en la calle. Las señoras hablaban bajito, cuidando que ella no las escuchara. Los hombres regresaban del trabajo en silencio, cerraban las puertas y evitaban mirar hacia la casa de la vecina. SeguÃa apareciendo en la ventana cada mañana, con los brazos cruzados y la mirada dura. HacÃa comentarios que parecÃan inocentes, pero todos sabÃamos que escondÃan veneno. Algunos intentaron enfrentarla.
18:59 Don Chuy, un vecino mayor, la encaró una tarde frente a varios. Le dijo que dejara de estar molestando al barrio y que todos sabÃan lo que hacÃa. Esa noche su hijo menor tuvo una crisis extraña, convulsiones sin explicación. Terminaron llevándolo al hospital y regresó dÃas después más débil que nunca. Don Chuy nunca volvió a levantarle la voz. Mi madre seguÃa enferma y yo no podÃa dejar de pensar que la foto que habÃa visto quemar en su patio tenÃa algo que ver. Lo peor era ver cómo los demás vecinos, que antes parecÃan tan valientes, ahora se doblaban con facilidad para mantenerla contenta. Algunos incluso la buscaban de manera directa. Le llevaban comida, pan dulce, tortillas, fruta.
19:48 Otros le ofrecÃan favores, reparar una puerta, pintar una reja. cargarle las bolsas del mandado. Pasaba las noches pensando en cómo una sola persona podÃa controlar a tanta gente. Me preguntaba qué más podÃa hacer, hasta dónde llegaban sus alcances. Una madrugada, cuando ya habÃa logrado dormirme después de dar vueltas en la cama, desperté con una sensación extraña. No fue un ruido lo que me levantó, sino el peso que sentÃa en el pecho. Era como si alguien estuviera sentado sobre mÃ, impidiéndome respirar. Abrà los ojos con dificultad y lo primero que vi fue una figura parada en la esquina de mi cuarto. Era una silueta encorvada, cubierta con un rebozo oscuro que apenas dejaba ver su rostro.
20:35 Lo único que resaltaba eran sus ojos, brillando en la oscuridad. Intenté moverme, pero el cuerpo no me respondÃa. SentÃa como el aire se me escapaba poco a poco, y el corazón me latÃa con tanta fuerza que pensé que me iba a reventar en el pecho. Quise gritar, pero la voz se me atoró. No salÃa. La figura permanecÃa ahÃ, sin hacer un solo movimiento, como esperando que yo me ahogara en mi propio miedo. El peso sobre mà era insoportable hasta que logré mover un brazo. En ese instante la figura desapareció. Me quedé levantado en la cama jadeando con el sudor empapándome. La habitación estaba en silencio, la puerta cerrada y la ventana intacta. Encendà la lámpara y no habÃa nada. No pude volver a dormir. Me quedé sentado hasta que la luz del sol ya se miraba por mi ventana. Cuando por fin me levanté para ir al baño, sentà ardor en el costado. Me levanté la playera y descubrà tres rasguños largos marcados en la piel, como si me hubieran arañado con uñas. No eran superficiales.
21:44 Se notaba que habÃan abierto un poco la carne y todavÃa escurrÃan gotas de sangre seca. Fui a la cocina y mi madre estaba ahÃ, recargada en la mesa, tratando de preparar café a pesar de lo débil que se encontraba. Cuando me vio, levanté la playera para mostrarle las marcas. Sus ojos se abrieron con espanto y se llevó las manos a la boca. Empezó a rezar de inmediato, murmurando oraciones rápidas mientras se persignaba una y otra vez. Su voz temblaba. Me senté frente a ella mientras repetÃa las plegarias. Mi madre me dijo que debÃa cuidarme, que habÃa cosas que buscaban dañarnos y que era necesario protegerse con fe.
22:27 Aunque no mencionó a Doña Estela, no hacÃa falta que lo hiciera. Ambos sabÃamos a quién estaba señalando. Ese dÃa no pude concentrarme en nada. Cada vez que me miraba los rasguños en el espejo, recordaba los ojos brillantes que habÃa visto en mi cuarto. Eran idénticos a los de Doña Estela cuando levantó la vista aquella noche en su patio, cuando yo la observaba desde la azotea. No podÃa quitarme de la cabeza la idea de que ahora ya no solo estaba detrás de mi madre, sino también de mÃ. Salà a la calle por la tarde para despejarme, pero el barrio seguÃa igual de enrarecido. Los vecinos caminaban rápido, evitando cruzarse con su ventana. Ella estaba ahÃ, como siempre, con los brazos cruzados, mirando. Cuando volteé hacia su casa, tuve la impresión de que me sonreÃa apenas. Una mueca que no duró ni un segundo. Esa noche me costó más trabajo dormir. Cerré bien la puerta de mi cuarto, puse una silla contra ella y dejé la lámpara encendida.
23:31 Aún asÃ, el miedo no se iba. El ardor de los rasguños seguÃa latente, recordándome lo que habÃa pasado horas antes. Me acosté con el rosario de mi madre en la mano, repitiendo en silencio las mismas oraciones que la habÃa escuchado decir en la cocina. Después de la noche en que desperté con los rasguños en la piel, entendà que ya no podÃa quedarme callado. No se trataba solo de mi madre, ni de los vecinos que habÃan sufrido cosas parecidas. Ahora era yo el que estaba marcado. Decidà hablar con alguien que pudiera orientarme, porque cargarlo solo me estaba afectando. En la colonia vivÃa don Laureano, un hombre mayor que rondaba los 70 años. HabÃa trabajado toda su vida como albañil y tenÃa fama de ser respetado por todos. La gente lo buscaba cuando habÃa problemas, porque, aunque no era curandero, conocÃa oraciones y costumbres antiguas que, según decÃan, servÃan de protección.
24:31 Una tarde fui a su casa, cuando le conté lo que habÃa estado pasando. Al final me dijo que con gente como doña Estela no se debÃa hablar directamente, porque eso solo empeoraba las cosas. Según él, mientras más atención se le diera a su enojo, más fuerza tomaba. Me recomendó que me protegiera con lo básico, agua bendita en mi cuarto, rezar al dormir y al despertar, y llevar siempre un rosario colgado al cuello. Me entregó uno que guardaba en un cajón, con cuentas gastadas por el uso. Lo tomé y lo guardé en el bolsillo, como si en ese momento ya me diera un poco de alivio. Don Laureano me advirtió que la protección servÃa, pero que debÃa ser constante. No le des entrada con miedo, me dijo.
25:18 Esas palabras se me quedaron grabadas, aunque sabÃa que el miedo era imposible de apartar cuando la veÃa de frente. Desde ese dÃa empecé a seguir sus consejos. Rocà agua bendita en las esquinas de mi cuarto. Recé todas las noches con el rosario en la mano y traté de no quedarme a oscuras cuando estaba solo. Aún asÃ, la tensión no disminuÃa. Cada vez que salÃa a la calle y cruzaba la mirada con doña Estela, notaba algo distinto. Ya no era la vecina criticona que señalaba los defectos de todos. Ahora me observaba con una sonrisa sarcástica, apenas dibujada en los labios. PodÃa verla desde la ventana, quieta, con los brazos cruzados, esperando a que yo levantara la vista para mostrarme esa sonrisa que no duraba más de un instante, pero que me dejaba con miedo. Lo que más me desconcertaba era cómo ella seguÃa actuando como si nada.
26:14 Se mantenÃa en su ventana con la misma rutina de siempre, vigilando, diciendo comentarios hirientes, criticando a cualquiera que pasara frente a su casa. Su comportamiento no habÃa cambiado. El consejo de don Laureano me habÃa servido, pero no dejaba de pensar que, mientras doña Estela estuviera ahÃ, mirando desde su ventana, nunca Ãbamos a estar tranquilos. Una madrugada estaba acostado, con el rosario en la mano y la lámpara encendida junto a la cama. Bruno, echado en la esquina otra vez, no dormÃa. Se mantenÃa atento, levantando la cabeza cada pocos segundos, como si esperara escuchar un ruido. De pronto, las láminas del techo crujieron. Primero un golpe, después un arrastre lento, como si algo caminara sobre la azotea. Me quedé quieto, conteniendo la respiración hasta que escuché un aleteo pesado, distinto al de cualquier ave que conociera. Tomé la lámpara de mano y aunque las piernas me temblaban, subà las escaleras hacia la azotea. Al abrir la puerta que daba al techo, un viento helado me golpeó la cara. La lámpara iluminó un rincón donde estaba agachada una figura imposible de confundir.
27:30 Era mitad mujer, mitad ave, con el cuerpo encorvado y las alas extendidas, tan oscuras que absorbÃan la luz. TenÃa uñas largas y curvas, como garras, y el cabello enmarañado caÃa sobre su rostro. Sus ojos brillaban en la oscuridad con la misma intensidad que habÃa visto aquella noche en mi cuarto. Quité la lámpara con una mano y con la otra sostuve la botella de agua bendita que don Laureano me habÃa dado. La criatura emitió un chillido agudo, un sonido que me dañó un poco los oÃdos. Las alas se agitaron con violencia, levantando polvo y basura de la azotea. Sentà que si no hacÃa algo en ese momento, me arrancarÃa la vida. Grité una oración y lancé el agua bendita hacia ella. El lÃquido brilló al contacto con el aire y cayó sobre su piel como si fueran brasas encendidas. La figura chilló con un alarido desgarrador, tan fuerte que retumbó en las paredes y despertó a varios perros del barrio, que empezaron a ladrar. La criatura se retorció, sacudiendo las alas, mientras un humo blanco salÃa de su cuerpo en las zonas donde el agua la habÃa tocado.
28:41 Yo seguà arrojando lo que quedaba de agua, repitiendo oraciones como podÃa, temblando sin control. Con un salto, la figura se lanzó hacia el borde de la azotea. Sus alas se desplegaron y se elevó unos metros antes de caer en la calle. la vi correr agachada tambaleándose como un animal herido hasta que desapareció me quedé en la azotea paralizado con el pecho ardiendo y las manos temblando bruno ladraba sin descanso abajo como si todavÃa pudiera sentirla cerca No dormà nada esa noche. Me quedé sentado en la cama con la lámpara encendida hasta que amaneció. Al dÃa siguiente, doña Estela apareció golpeada, con moretones en el rostro y quemaduras en los brazos. DecÃa que se habÃa caÃdo en su casa, pero nadie le creyó. Los vecinos la vieron arrastrarse hasta su puerta y encerrarse sin decir nada más.
29:35 Desde ese momento ya no volvió a asomarse a la ventana. pasaron los dÃas y se le fue acabando la fuerza no salió más a la calle no aceptó la ayuda de nadie y dejó de hablar con los vecinos murió sola en su casa tiempo después la noticia no sorprendió a nadie la gente la mencionaba apenas como si su nombre todavÃa pudiera traer desgracia yo nunca volvà a verla pero las marcas en mi piel tardaron semanas en borrarse por eso antes de terminar vuelvo a pedir un amén No lo hago como costumbre. Lo hago porque temo que su nombre siga pesando en el aire, como si todavÃa buscara a quien mirar desde la ventana.
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