Dec. 29, 2025

La BRUJA De La Garita: Servicio Militar Con Brujería - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Cuando me tocó prestar el servicio militar, me enviaron a un batallón pequeño, en un municipio cercano a mi ciudad. Yo llegué con la idea de que todo sería disciplina y cansancio, y lo fue. Pero también aprendí rápido que el lugar tenía sus propias reglas. Era una zona calurosa, de calles cortas, casas bajas y poca gente afuera a ciertas horas. El batallón quedaba en un borde, donde terminaba el pueblo y empezaba el monte. con un canal de riego que corría cerca, con ramas y matorrales pegados a la orilla. La rutina era siempre parecida, formación temprano, entrenamiento físico, limpieza, patrullaje dentro del perímetro y en caminos cercanos. En los ratos libres uno intentaba recuperar fuerza, lavar el uniforme, arreglar las botas, comer lo que hubiera y dormir lo que se pudiera. Lo que más me marcó fueron los turnos nocturnos, porque ahí el cansancio se sentía distinto, más pesado, y uno se quedaba con la cabeza trabajando sola. Entre todos los puestos de vigilancia, el que más me tocó fue la garita, una torre de ladrillo, levantada en un punto desde donde se veía buena parte del perímetro y más allá, hasta la línea del canal. La garita por dentro era un cuadro apretado, tenía una mesa con la libreta de novedades, una silla que ya estaba floja de tanto uso, el radio, una lámpara, y al fondo un baño pequeño. En una

1:38 esquina guardábamos un termo pequeño con café, porque en la madrugada el cuerpo pedía algo caliente, aunque el ambiente siguiera tibio. Lo que hacía la diferencia era el pasillo exterior. Era angosto, con barandal, y rodeaba la parte alta. como un camino corto para dar vueltas. Ahí me salía cuando el sueño me empezaba a doblar la espalda y las piernas me pedían moverse. A los pocos días cometí el error que me puso bajo la lupa. Me quedé dormido durante un turno. Yo venía cargando entrenamiento, patrullajes y poco descanso, y esa noche el cuerpo se me apagó sentado. La revisión me cayó de sorpresa, porque los superiores subían cuando querían y nunca a una hora fija. Me levantaron con un jalón de realidad. La sanción fue clara y no tuve cómo discutirla.

2:33 Me quitaron un permiso, me cargaron más turnos nocturnos durante una semana y además me metieron entrenamiento físico extra. No fue un regaño de palabra, fue un castigo que se sintió en el cuerpo y en el ánimo. y me dejó con la idea fija de que en la garita no podía permitirme otra falla. Desde ese día empecé a cuidarme más. Me preparaba antes del turno, comía lo que podía y me tomaba el café despacio sin confiarme. Cuando el sueño empezaba a empujarme, me paraba, caminaba en el pasillo, me lavaba la cara, me mojaba la nuca con agua y respiraba el aire de afuera para despejarme. Aún así, el cansancio se acumulaba y a veces se juntaban el calor del día, el sudor en la espalda, el olor a tierra húmeda cerca del canal, y el desgaste de estar alerta tanto tiempo. En esa etapa yo veía a la garita como una prueba, porque cualquier descuido tenía consecuencias.

3:36 Una noche me dejé llevar por una imprudencia, que ya se hacía entre algunos, aunque nadie lo decía No fue una cantidad enorme, pero el efecto me pegó mal por el cansancio. Al principio sentí que me levantaba el ánimo, luego el sueño me cayó de golpe. Me senté un momento pensando que aguantaría y empecé a cabecear. El cuerpo se me fue hacia adelante y el golpe me despertó seco, con coraje conmigo mismo. Me paré rápido porque entendí que, si volvía a dormirme, me iban a hundir con otro castigo. Salí al pasillo exterior para despejarme. La noche estaba clara, la luna alumbraba suficiente para distinguir las formas, y el aire se sentía más fresco que adentro. Desde ahí yo veía una parte del perímetro, la línea oscura del canal, y más lejos, un árbol alto que quedaba fuera de la luz directa del batallón. Ese árbol siempre lo miraba por costumbre, como un punto fijo para mantener la mente ocupada y los ojos abiertos. Pero esa vez vi movimiento arriba.

4:44 No fue un movimiento leve de hojas por el viento. Fue como si algo pesado se hubiera acomodado en la copa. La parte alta del árbol se sacudió con un vaivén corto, y luego se marcó una silueta grande recortada contra el cielo. A esa distancia yo no podía ver plumas sueltas ni detalles finos, pero sí distinguí el tamaño y una forma rara en el cuello. demasiado alargada para un ave común. Me quedé viendo fijo con las manos sobre el barandal, tratando de entender qué estaba parado allá arriba. En ese momento, escuché un zumbido breve. No era un insecto cerca de mi oído. Venía desde el área del árbol, como un sonido compacto, tenso, que duró poco. Casi de inmediato, la silueta se dejó caer hacia los matorrales, como si se hubiera soltado del árbol. Desapareció detrás de los arbustos y la oscuridad se la tragó. Yo seguí mirando el punto, esperando ver si salía el animal, si corría, si volaba, porque el cuerpo me pedía una explicación simple. Pasaron unos segundos y por el mismo sitio salió una mujer. No salió caminando lento, salió con prisa e iba a medio vestir con el cabello suelto y traía una bolsa pequeña pegada al cuerpo. sostenida con fuerza como si no quisiera que se le cayera no vi su rostro con claridad porque se mantuvo fuera de la luz y tomó el

6:15 camino hacia el monte siguiendo la orilla del canal sus pasos se perdieron rápido entre la sombra y la vegetación yo me quedé parado con la cabeza buscando un orden tenía en la garganta el sabor amargo del café mezclado y el pulso acelerado por el susto de no entender lo que acababa de ver En ese instante escuché pasos detrás de mí, firmes, subiendo la escalera. Un superior llegó a la garita para revisar el turno. Me pidió novedades y yo reporté que todo estaba en orden, con la voz controlada, porque venía de una sanción y sabía lo fácil que era quedar marcado como problemático. El resto de la guardia lo hice con los ojos más abiertos que nunca.

7:02 Seguí revisando el perímetro como debía, pero cada cierto rato volteaba hacia el árbol y hacia el camino del canal, con la imagen de la silueta cayendo y la mujer saliendo del matorral metida en la cabeza. Cuando terminó el turno bajé con el mismo recuerdo pegado y desde ese momento supe que en esa garita yo iba a mirar ese punto todas las noches hasta entender qué era lo que se movía ahí. Al día siguiente me levanté todavía con esa escena en la cabeza. En el batallón uno aprende a seguir la rutina, aunque traiga cosas dando vueltas por dentro, así que hice formación, entrenamiento y patrullaje como siempre.

7:46 Pero en cada rato libre se me iba la mirada hacia el lado del canal, como si mi mente quisiera confirmar que no lo imaginé. En el comedor, ya más tranquilo, se lo conté a dos compañeros con los que me llevaba bien. No lo conté como cuento de miedo, lo conté como lo vi. El movimiento en la copa del árbol, el zumbido corto, algo grande cayendo hacia los arbustos y la mujer saliendo a medio vestir. El primero se rió de inmediato, con esa risa que se usa para romper la tensión, y dijo que era el desvelo, que yo venía castigado y ya estaba viendo cosas. Hasta me preguntó qué más le había puesto al café, como si todo se explicara con eso. El otro compañero que era de ese mismo municipio se quedó callado un momento y luego habló distinto. Me dijo que su abuela mencionaba desde que él era niño que cerca del canal se movían brujas por temporadas. Me contó que según su abuela a veces se veían como aves grandes y que antes de bajar se escuchaba un zumbido raro y aparecían mujeres. Y según su abuela si las veías de cerca eran muy aterradoras.

8:57 uñas enormes ojos negros y sonrisa demoníaca también me dijo que esas brujas ya se habían robado bebés en el pueblo algunos años atrás según su abuela después de esa conversación el tema no se murió al contrario empezó a salir en comentarios sueltos una noche mientras limpiábamos el equipo un soldado dijo que durante su guardia escuchó un ruido extraño en la madrugada cerca del canal Lo dijo rápido y ya no quiso hablar más. Otro día después comentó que alcanzó a ver una sombra grande caer hacia los arbustos y que le dio por voltear hacia la garita para ver si el de arriba también lo había notado.

9:41 No era una historia larga, eran detalles cortos que coincidían con lo que yo había visto. Lo que nos terminó de inquietar fue que un compañero amaneció con un rasguño en el antebrazo, largo y limpio como de uña. y juraba que no se había golpeado. No era un tipo que inventara cosas, se veía molesto, no asustado, más bien confundido, y eso pegó más fuerte que cualquier chiste. A partir de ahí, varios empezamos a poner más atención en las noches, no para sentirnos valientes, sino porque ya no era solo lo que yo vi, era una suma de cosas pequeñas que empezaban a parecer el mismo patrón. Yo seguí cumpliendo mi turno en la garita como se debe, reportaba novedades reales, revisaba el perímetro, cuidaba el radio, y cuando todo estaba en calma me asomaba hacia el árbol. No era una obsesión, era una vigilancia extra, como cuando uno se fija en una brecha por donde se puede meter alguien. En mi cabeza ya había dos ideas peleando, una decía que era un animal grande y una mujer pasando por ahí por alguna razón. y la otra decía que eran brujas, brujas reales que estaban frente a nosotros. Llegó el fin de semana y me dieron permiso. Volví a mi casa. El cambio se siente en cuanto te bajas del camión. El ruido de la ciudad, los olores familiares y la cama de siempre. Estuve con mi mamá, comí bien y me sentí humano otra vez. También vi a mi novia. Ella

11:14 me preguntó le conté lo de la garita como una anécdota rara del servicio esperé que se riera pero no lo hizo me dijo que era extraño que eso ocurriera tan cerca de un batallón y me miró como si estuviera tratando de entender si yo lo estaba exagerando le dije que era verdad y me salió la terquedad de querer demostrar que no estaba inventando le dije que la próxima vez que lo viera lo iba a grabar no se lo dije como promesa heroica Lo hice como un impulso tonto, de esos que uno suelta por orgullo. Ahora lo entiendo mejor, pero en ese momento solo pensaba en callar cualquier duda. Regresé al batallón con esa idea metida.

12:01 Los días pasaron y yo me fijaba en la luna sin decirlo, pues mi compañero del pueblo había dicho que en su casa siempre lo relacionaban con noches claras, y la primera vez que yo lo vi también había luna fuerte. Cuando llegó una noche con luna completa, me tocó guardia en la garita. Antes de subir, revisé mi equipo y traía el teléfono cargado, guardado en la bolsa del pantalón. Subí y me puse a hacer lo de siempre, mirar el perímetro, escuchar el radio, dar vueltas en el pasillo para mantenerme despierto. Todo normal, solo que esa noche mi vista regresaba una y otra vez al árbol. En un momento lo vi. La silueta arriba otra vez recortada contra el cielo. No era una rama moviéndose. Era algo pesado acomodado en la copa. Me quedé quieto y saqué el teléfono.

12:56 Empecé a grabar desde el pasillo, cuidando que el superior no me sorprendiera con el aparato en la mano. La cámara alcanzó a captar el árbol con la mancha oscura arriba. Di un paso para mejorar el ángulo y la silueta desapareció. No vi el descenso completo. Solo vi que ya no estaba. Enseguida escuché el zumbido, esta vez más fuerte, y un chillido agudo tan cerca que me hizo apretar el cuello. Volteé por reflejo y ahí estaba, sobre el barandal de la garita, a pocos pasos. No era una sombra ni un reflejo. Era algo físico, apoyado con peso en el metal. Tenía plumas oscuras pegadas al cuerpo, patas con garras marcadas y el cuello largo, demasiado largo para verse natural. La cara se parecía a la forma de una cara humana, pero los rasgos estaban mal, como si no correspondieran, y los ojos se veían negros en la luz de la luna.

13:54 Me miró directo. Yo no tuve tiempo de pensar nada más. Sentí una punzada fuerte en la parte alta de la cabeza, como si me hubieran dado un golpe por dentro. Me mareé y perdí el equilibrio. Caí de lado y el teléfono se me soltó de la mano. En el mismo instante, la cosa se lanzó hacia mí. Sentí las garras en las manos y en la muñeca. Me rasgó la piel y me jaló el brazo. Y el teléfono golpeó el piso, rebotó y quedó destrozado. El uniforme se me rompió en la manga. La verdad, todo pasó rápido. No pude ni defenderme. Yo solo alcancé a cubrirme y a tratar de incorporarme.

14:35 Cuando pude levantar la vista, ya no estaba en el barandal. Alcancé a ver movimiento hacia los arbustos, rumbo al canal, y se perdió entre la oscuridad y el monte. Me quedé unos segundos respirando fuerte, con las manos ardiendo y la muñeca sangrando, mirando el piso donde estaba mi teléfono hecho pedazos. Bajé como pude y me llevaron a la enfermería del batallón. Me limpiaron las manos, me revisaron la muñeca y me pusieron puntos. El dolor se sentía parejo, como un corte profundo, y la piel alrededor se me inflamó rápido. Cuando el superior me llamó para que explicara lo ocurrido, yo dije lo único que podía decir, sin que me tacharan de inestable. Que un animal grande se me había venido encima desde el barandal y que en el forcejeo me lastimó y me rompió el teléfono. Para mi sorpresa el superior no se burló, no me dijo es una bruja, ni me confirmó nada. pero se le notó que ya había escuchado historias parecidas en ese lugar.

15:38 Aún así, me amonestó por distraerme y por exponerme. Me dejó claro que yo no estaba ahí para andar grabando nada. Esa noche, con la muñeca vendada y el uniforme roto, entendí algo sencillo. Por querer probarlo, me puse justo donde no debía, y eso fue lo que me dejó marcado. Después de la noche del barandal, yo dejé el tema por completo. no por valentía ni por ganas de hacerme el fuerte, sino porque entendí que meterme a comprobarlo fue un error. Me curaron la muñeca, me vendaron la mano, y los días siguientes seguí con mis actividades normales. Ya no buscaba el árbol con la mirada, ni me quedaba parado en el pasillo exterior más de lo necesario. En la garita me concentraba en el perímetro, en el radio y en la libreta de novedades. Si volteaba hacia el canal era por rutina, no por andar esperando que apareciera algo.

16:38 Al principio pensé que con eso se iba a cortar todo. La herida cerró, los puntos me los quitaron y el superior ya no volvió a mencionarme el incidente como si fuera mejor dejarlo enterrado y yo también lo dejé enterrado. El problema fue que semanas después empezó otra etapa que me afectó más que el ataque. porque ya no tenía una explicación simple. Una mañana desperté y al cambiarme la camiseta vi moretones en el pecho y en la parte alta de los brazos. No eran golpes pequeños de entrenamiento, eran marcas amplias como si alguien me hubiera apretado fuerte con las manos. Me quedé mirando un buen rato, tratando de recordar en qué momento me pegué, con qué o dónde, pero no encontré nada. Ese día pensé que quizá fue en la noche. que me golpeé dormido o que me recargué en algo duro, pero me quedó la duda. Al tercer día volví a amanecer con marcas, pero esta vez en un costado. En ese punto ya no era casualidad, me molestaba que me doliera el cuerpo sin motivo, y me daba coraje no poder ubicar la causa. No lo dije en voz alta al principio. Aún así, en la semana siguiente vi lo mismo en dos compañeros. Uno traía marcas en el hombro, el otro en el antebrazo, moretones redondos y bien definidos. No eran iguales, pero se parecían en algo, parecían presión, no un golpe. Ahí cambió el ambiente,

18:10 lo que antes eran historias se convirtió en cansancio real. En las noches se empezó a notar que muchos dormíamos ligero, como esperando que algo pasara. Las conversaciones bajaron, Y en los dormitorios, cuando se apagaban las luces, la mayoría se acomodaba rápido y trataba de no moverse demasiado, como si el cuerpo quisiera pasar desapercibido. Fue en ese tiempo cuando empezaron las parálisis nocturnas. A mí me pasó primero una madrugada. Abrí los ojos en mi litera y ahí la miré. Una anciana con la cara arrugada, los ojos negros y unas uñas enormes que me presionaban los brazos. y sentí la presión en el pecho como si se me hubiera sentado encima. Quise levantar los brazos y no pude. Quise girar el cuerpo y no me respondió. Me intenté incorporar y me quedé atrapado, consciente, con el aire corto y mirando a esa bruja. En ese mismo momento escuché el chillido, el mismo sonido agudo que yo había oído en la garita.

19:14 Me dio una sensación de rabia y pánico al mismo tiempo. porque yo estaba despierto y no podía hacer nada. La primera vez duró poco, pero a mí se me hizo eterna. Respiré profundo, cerré los ojos y cuando los abrí ya no estaba. Cuando por fin pude moverme, me levanté sudando con la garganta apretada y me quedé sentado en la cama hasta que salió el sol. En el día estuve de mal humor, irritado con cualquier cosa, porque el cuerpo no descansa cuando duerme con miedo. Esa noche volví a dormir por necesidad y me volvió a pasar. No siempre era igual, pero sí con el mismo patrón. Despertaba la presión en el pecho, el cuerpo inmóvil y el sonido como un recordatorio de la garita. Al amanecer revisaba mi piel buscando marcas nuevas y varias veces las encontraba. Lo peor es que ya no era solo yo. Escuché a otros decir que despertaban sin poder moverse. uno de los más tranquilos del grupo, el que siempre se burlaba de todo.

20:20 Una mañana llegó con la cara pálida y dijo que ya estaba harto, que se sentía como si lo estuvieran molestando dormido. Nadie se rió. En ese punto todos entendimos que el asunto estaba rebasando el terreno de lo normal. Eso iba más allá de nuestra comprensión. Dentro del batallón intentaron soluciones normales, lo único que se podía hacer sin armar un escándalo. Aumentaron los rondines cerca del canal y del monte, revisaban más seguido la zona donde estaba el árbol, mantuvieron luces exteriores encendidas más tiempo y cambiaron los turnos para que la gente no pasara tanto rato sola, sobre todo en la garita. También revisaron las entradas al perímetro, porque oficialmente la explicación seguía siendo que alguien podía estar metiéndose.

21:11 Era lo que podían decir sin mencionar a las brujas. El sacerdote que iba los domingos bendijo el dormitorio y la zona común. Fue algo rápido, sin ceremonia larga. La mayoría lo tomó como un intento de calmar el ambiente. A mí me dio igual. No porque yo fuera valiente, sino porque lo que me estaba pasando no se iba con calma ni con palabras. Las parálisis siguieron y las marcas aparecían y desaparecían. Lo único que cambió es que yo empecé a dormir menos y a vivir más cansado Yo agarré una regla simple para aguantar todo eso. Dejé de hablar del tema, dejé de mirar el árbol y dejé de asomarme al canal si no era necesario. Sentí que si no me metía con las brujas, todo acabaría y me concentré en terminar el servicio. Me repetía que cada día era un día menos. En la garita ya no me quedaba parado afuera por gusto. Hacía mi vigilancia desde adentro lo más posible. Salía solo cuando tenía que moverme.

22:16 y cuando salía no me quedaba con la vista fija en el monte, no iba a provocar nada otra vez, el final llegó sin ceremonia, se cumplió el año y me dieron la salida, volví a mi casa con la muñeca ya cerrada pero con la cicatriz marcada, la primera semana afuera dormí como no había dormido en meses, me despertaba y no tenía presión en el pecho, me cambiaba y no veía moretones nuevos, eso fue lo que me terminó de confirmar que el problema estaba ligado a ese lugar y a esas noches, tiempo después hablé con el compañero que era del pueblo, lo vi ya fuera del servicio en una visita corta que hizo a mi ciudad, me dijo que tras el cambio de personal y las medidas de vigilancia ya no se escuchó tanto sobre las brujas de la garita, Según él, el asunto se apagó porque dejó de haber soldados jóvenes tratando de buscar a las brujas. Yo no volví a ese batallón. No me quedó ninguna necesidad de regresar a buscar explicaciones. Con el tiempo, entendí que lo más peligroso no fue lo que vi en el árbol, sino mi impulso de grabarlo, como si eso no tuviera consecuencias. Hoy, cuando veo la cicatriz de la muñeca, me acuerdo de esa noche en el barandal y de las semanas en que despertaba marcado, o cuando miré a esa bruja arriba de mí. No me quedó un miedo que me siga persiguiendo, me quedó una lección clara.

23:46 Hay lugares donde algo se repite, y meterte por orgullo a probarlo es la forma más rápida de ponerte en medio. Mi abuela murió el año pasado. Tenía más de 90 años y ya era normal que el cuerpo le fallara, pero el final se sintió raro. En los últimos dos meses se deterioró rápido, le subía la fiebre, le temblaban las manos y el dolor la dejaba sin aire. Había noches en las que no lograba dormir, se quedaba sentada en la orilla de la cama, apretando el rosario. Cuando el dolor se le subía, rezaba bajito para no despertar a nadie.

24:35 Mi mamá y yo nos turnamos para cuidarla. Mis tíos iban cuando podían, pero el diario se quedó en la casa. Esa etapa vino con cansancio y con ideas distintas. Unos querían hospital, otros querían que se quedara en su cama. Se discutió por las medicinas, por los turnos y por el dinero. Yo escuchaba esas discusiones mientras le tomaba la temperatura o le limpiaba la frente con una toalla húmeda. Una tarde, en la cocina, yo le calentaba un té. Ella me agarró la muñeca con fuerza para lo flaca que estaba. Me dijo que desde hacía semanas soñaba lo mismo y que el miedo le volvía con un ardor en el brazo, justo donde tenía un punto rojo viejo.

25:20 Luego se quedó callada como si ya no quisiera abrir ese tema. Cuando murió, el funeral fue pesado pero normal. Llegó familia, llegaron vecinos y llegaron señoras de la iglesia. Al regresar a la casa, nos quedamos un rato en la sala. Había café en vasos desechables, pan en una charola y el olor de las flores del velorio. Mi mamá se veía gastada con los ojos rojos. Yo le dije que me quedaba esa noche con ella. La casa era de dos plantas, y el cuarto de mi abuela quedaba arriba, al fondo, donde el piso crujía más. Tenía la cama, el ropero y una silla junto a la ventana.

26:00 Ahí murió, y ahí quedaron sus cosas, porque nadie tenía ánimo de mover nada. Esa noche me dormí cansado, pero con la cabeza inquieta, y en la madrugada escuché un ruido de madera, como cuando alguien empuja una silla. Me senté y esperé. El sonido se repitió, pero más leve. Me levanté. Caminé descalzo hasta el pasillo y vi la línea amarilla por debajo de la puerta del cuarto de mi abuela. La luz estaba prendida y la puerta estaba cerrada. Abrí la puerta y el cuarto estaba intacto, la cama tendida, el ropero cerrado y la silla en su lugar. Apagué el foco y revisé rápido la ventana y el espacio detrás de la puerta, pero no vi a nadie. Cerré y me quedé un momento parado en el pasillo, escuchando.

26:54 Al amanecer le conté a mi mamá. Ella no se rió y me preguntó si el interruptor estaba arriba y si yo lo había apagado bien. Le dije que sí y se quedó seria, como si ya lo esperara. Esa mañana bajé al patio y revisé el centro de carga por si algún apagón había hecho brincar algo, pero todo estaba igual. cambié el foco por otro nuevo y lo dejé bien apretado también dejé la puerta del cuarto con una cinta pegada en la orilla solo para ver si alguien entraba y la despegaba mi mamá no quiso subir conmigo se quedó en la cocina como si le diera miedo pisar ese pasillo al mediodía la cinta seguía intacta y aún así al caer la tarde la luz volvió a prenderse sin tocar nada en los días siguientes pasó otra vez no fue cada noche Fue en momentos distintos.

27:48 Una tarde llegué del mandado y vi la misma línea amarilla. Entré y todo seguía igual. Otra noche, ya acostado, escuché pasos lentos en el pasillo como si alguien caminara arrastrando un poco la suela. Abrí la puerta de mi cuarto y miré hacia el fondo. El pasillo estaba vacío, pero el sonido avanzó dos o tres pasos y luego se cortó. mi mamá empezó a decir que cuando estaba lavando platos o doblando ropa escuchaba un murmullo bajo como un rezo ella reconocía el tono porque mi abuela rezaba así cuando el dolor le apretaba el pecho mi mamá se quedaba quieta con las manos mojadas esperando escuchar otra vez a veces duraba unos segundos y cuando subía a revisar el cuarto estaba cerrado y sin ruido a partir de ahí la casa cambió de ambiente Ya no era solo tristeza por la falta de mi abuela. Se volvió rutina de revisar la casa por los ruidos. Antes de dormir, yo subía, checaba las puertas, apagaba luces y revisaba las ventanas. Me acostaba y me quedaba atento a cualquier movimiento. Una noche, mientras cenábamos, mi mamá me soltó lo que traía guardado.

29:06 Me dijo que su mamá tenía una historia vieja de brujería. y que por eso le daba pavor escuchar rezos donde no debía haber nadie. Y yo recordé un poco sobre esa historia. Me explicó que cuando mi abuela era joven, una mujer la marcó por un pleito de promesas y por la vida de mi abuelo. Me dijo que ese punto rojo del brazo llevaba décadas ahí. Yo recordaba ese punto. De niño lo vi muchas veces cuando ella se arremangaba para tallar ropa. Por eso me pegó escuchar a mi mamá decirlo tan directo, como si al fin estuviera juntando todo. Después de hablarlo, me quedé un rato arriba, mirando el pasillo.

29:47 El foco alumbraba parejo, el piso estaba limpio, todo estaba como siempre. Pero yo ya no estaba tranquilo. Ya no era solo duelo, era un problema amarrado a una historia, que mi abuela se guardó por años. Tomé una decisión simple, me quedé varios días en esa casa, Me quedé porque mi mamá estaba cansada y porque yo quería entender qué pasaba. Esa misma noche, cuando apagué las luces del pasillo, volví a ver la línea amarilla debajo de la puerta del cuarto de mi abuela. Me quedé quieto y supe que para seguir tenía que escuchar por completo lo que mi abuela vivió el día que le dejaron esa marca en el brazo. Lo de la brujería yo no lo inventé ni lo viví en ese tiempo. Esa historia me la contó mi abuela cuando yo era niño, pero no lo recordaba.

30:39 Fue una noche en la que se asustó por un animal afuera y ya no pudo seguir guardándose el tema. Yo estaba en la casa con mis primas. Mi mamá había ido a dejar unas cosas a la cocina y mi abuela se quedó inquieta, caminando de un lado a otro, mirando hacia el patio, como si estuviera esperando que algo cruzara la barda. Cuando se calmó, nos sentó en la mesa y empezó a hablar muy en serio. Dijo que todo había empezado cuando ella tenía 17 años. Vivía con su familia en un pueblo donde la gente se conocía. Eran muchos en la casa, y ella era de las que se levantaban temprano a barrer, a calentar comida y a cuidar a los más pequeños, a lavar ropa y a ir por agua cuando faltaba. Su rutina era la casa, el mandado, la iglesia y ayudar a su mamá. En ese tiempo llegó mi abuelo. Él no era de ahí.

31:38 Andaba por temporadas porque su trabajo era vender ropa y cobrar en abonos. Llegaba con telas y prendas, se ponía en la calle principal o cerca de la iglesia, y la gente se acercaba a ver. Muchos compraban fiado porque así se acostumbraba, y él volvía cada cierto tiempo a cobrar. Mi abuela dijo que lo vio varias veces antes de que él se animara a buscarla. Él no se metió de golpe a la casa porque ahí los hermanos cuidaban, y el papá de mi abuela era estricto. Él se acercó como se hacía antes, hablándole en la salida de misa, mandando recados y preguntando con respeto por la familia. Al inicio no era un romance de película, era un trato de pueblo, verlo, saludar, que la familia lo observe y que el novio visite cuando hay gente en la sala y que se hable claro de boda. Mi abuela dijo que ella se ilusionó porque mi abuelo se veía trabajador.

32:37 y porque a su edad la idea de casarse era el siguiente paso. Se empezó a hablar de fecha, de juntar cosas para la casa y de acomodar el cuarto, y las familias se dieron el visto bueno. Ahí venía el problema real, el que ella no supo a tiempo. Mi abuelo ya traía un compromiso con otra mujer de otro rumbo. No era un compromiso formal de matrimonio, pero era una promesa hecha por fuera, y era con una bruja del pueblo. Esa mujer tenía fama de curar y también de hacer trabajos de brujería. La gente la buscaba cuando alguien se enfermaba, cuando un niño no dormía, o cuando un hombre se iba con otra, y cuando una casa se llenaba de pleitos. Mi abuela dijo que ella no quería creer en eso, pero conocía esa fama, porque en los pueblos se hablaba de brujas y brujería como algo normal. Mi abuelo empezó a faltar por días. Mi abuela lo esperaba y él no llegaba. Luego aparecía como si nada. Se justificaba con el trabajo, con caminos y con clientes. Mi abuela aceptaba porque estaba enamorada y porque la familia ya estaba ilusionada con la boda. Un día cuando ella estaba afuera de su casa sentada en una silla cerca de la puerta, vio a una mujer parada del otro lado de la calle mirándola fijo. No era una mirada de curiosidad, era una mirada pesada, de esas que no se quitan. La mujer cruzó la calle sin saludar,

34:11 traía una bolsa pequeña de tela apretada en la mano, se paró a pocos pasos de mi abuela y dejó caer la bolsa al suelo. La tela se abrió un poco y se alcanzó a ver un animal muerto, amarrado, recién puesto ahí para que se notara. mi abuela dijo que en ese momento le cambió el cuerpo se le apretó la garganta y quiso meterse a la casa la mujer la detuvo agarrándola del brazo le habló pegada en voz baja y mi abuela entendió lo principal esa mujer decía que mi abuelo le había prometido llevársela que la dejó esperando y que ahora se iba a casar como si ella no existiera mi abuela trató de zafarse pero la mujer apretó más y le clavó las uñas con fuerza No fue un arañazo leve, fue una presión dura como queriendo dejarle la señal. Mi abuela gritó por el dolor y sus hermanos salieron de la casa y corrieron hacia ellas. La mujer le soltó el brazo y se fue corriendo. Un hermano la siguió unas calles, pero se perdió en un callejón y no la alcanzó. Cuando regresaron, mi abuela tenía el brazo rojo con unas líneas marcadas y una sensación de ardor que subía hasta el hombro.

35:25 Esa noche el ardor no bajó. Al día siguiente le dio fiebre alta y se puso débil. La familia pensó que se estaba complicando de verdad. Unos decían que era infección por las uñas. Otros decían que era susto. Otros decían que era una señal de algo que no querían nombrar. Mi abuela estuvo varios días en cama, sudando, con la piel caliente y con sueños repetidos. En esos sueños la mujer aparecía cerca de ella, mirándola. como si estuviera esperando que se rindiera, en ese tiempo mi abuelo apareció después de faltar, llegó con una cara seria diciendo que había tenido problemas de trabajo y que por eso no se presentó, cuando vio a mi abuela enferma se hizo el preocupado y empujó la boda, dijo que quería casarse de una vez, que así la cuidaría como debe ser y que nadie iba a meterse con ella, La familia de mi abuela aceptó, porque la veían mal y porque la boda ya estaba planeada.

36:29 Se casaron rápido, con mi abuela todavía débil. Mi abuela dijo que después de casada, mi abuelo negó conocer a la mujer. Lo dijo con la cara firme, pero se le salían detalles. Una vez mencionó un nombre que luego quiso corregir. Otra vez habló de un lugar que mi abuela no le había mencionado. Eran contradicciones pequeñas, pero suficientes para que ella entendiera que él sí sabía quién era esa mujer. Después del matrimonio, empezaron señales en la casa donde vivían. Mi abuela decía que amanecía tierra fina sobre los muebles, aunque ella limpiara bien. También decía que la ropa tendida parecía manchada, como si alguien la hubiera tocado con las manos sucias. y que unos pájaros negros se posaban en el techo y se quedaban ahí, viendo hacia adentro, y lo más constante era el brazo. En la parte donde le clavaron las uñas le quedó un punto rojo que no se iba, y cada vez que ella sentía que la mujer rondaba, ese punto le ardía como si lo estuvieran calentando. Mi abuela buscó ayuda como se buscaba antes, fue con el sacerdote del pueblo y le pidió que bendijera la casa. Le dio agua bendita y ella empezó a limpiar con eso, pasando el trapo en puertas y ventanas.

37:51 También habló con dos señoras mayores del barrio, que tenían fama de brujas y que sabían cuándo había un trabajo hecho con mala intención. Esas señoras le dijeron que se cuidara, que no dejara ropa tirada, que no barriera la tierra hacia adentro, que mantuviera el cuarto limpio y que no se quedara sola en el patio de noche. Mi abuela siguió esos consejos. Con los años, la mujer dejó de aparecer de frente. Mi abuela dijo que eso no significó libertad. Ella siguió soñándola, siguió sintiendo el ardor del brazo en temporadas y siguió viviendo con esa idea de que alguien le guardaba un reclamo que no era suyo. Por eso, cuando yo era niño y ella se asustó aquella noche por el animal afuera, entendí su cara. No era un susto cualquiera, era el mismo miedo viejo, el que venía pegado a esa marca del brazo y a la promesa rota de mi abuelo. Y ahora, con la luz prendida en su cuarto después del funeral, yo estaba viendo cómo ese miedo regresaba a la casa. Lo que mi abuela me contó sobre la marca del brazo me regresó un recuerdo de cuando yo era niño. Fue en vacaciones, una tarde en la cochera con mis primas. Del otro lado de la calle había una barda alta con un árbol.

39:14 Ya estaba oscureciendo, cuando vimos unos ojos brillando desde arriba. El animal movía la cabeza despacio y hacía un sonido repetido, como un llamado. Mis primas gritaron y yo también. Mi mamá salió y dijo que era un animal maligno. Mi abuela llegó detrás, miró hacia el árbol y se puso tensa. Nos metió de golpe, cerró la reja y la puerta y sacó una cubeta. Le echó agua y sal y la tiró en la entrada y en el patio. Luego nos sentó en la mesa y nos contó que eso era una bruja y que no le tuviéramos confianza y que cuando la viéramos nos metiéramos a la casa. Años después, ya en la preparatoria, me quedé varios días en esa casa porque me quedaba cerca la escuela y mi mamá trabajaba.

40:04 Mi abuela me recibió inquieta. y me preguntó si al llegar había visto tierra rara en la puerta o pájaros negros en el techo, pero le dije que no. Mi abuelo estaba en la sala viendo la calle, y cuando mi abuela mencionaba a la mujer, él se quedaba callado o cambiaba el tema. La casa seguía igual, arriba el pasillo largo, el baño y al fondo el cuarto de mis abuelos. Una madrugada me levanté al baño, prendí la luz y vi un rastro de tierra en el piso. desde el pasillo hasta la entrada del baño. Eran pisadas finas, una tras otra, marcadas en línea. Toqué la tierra y estaba fresca. Saqué el celular, tomé una foto y junté un poco en una bolsa pequeña del cajón del baño.

40:52 Luego limpié con papel y eché agua para dejar el piso parejo. Al salir del baño pasé frente al cuarto de mis abuelos y vi la puerta entornada. Me acerqué y alcancé a ver una silueta parada cerca de la cama, del lado de los pies. Estaba quieta, con forma de persona, y en cuanto me quedé mirando, la silueta giró hacia mí y la puerta se cerró de golpe. Toqué y entré. Mis abuelos se despertaron. Mi abuela me preguntó qué pasaba y yo le dije que escuché un golpe y vi a una mujer parada en su cama, pero prendí la luz, revisé rápido el cuarto y estaba vacío. Mi abuelo se acomodó y se volvió a acostar. Mi abuela se quedó sentada con el rosario en la mano y me pidió que me fuera a dormir. Al amanecer le conté a mi mamá. Le mostré la foto y la bolsa con tierra.

41:48 Mi mamá se puso seria y mi abuela dijo que esa tierra era la señal que ella temía desde joven. Mi abuelo escuchó y se salió al patio. Ese mismo día por la noche mi abuelo sufrió un derrame. Se le fue la fuerza de un lado del cuerpo y se le trabó la boca. Lo llevaron al hospital y murió a los pocos días. Mi abuela quedó como vacía. Se mantuvo callada y se apagó por dentro. Después de eso, el punto rojo del brazo, el de la marca vieja, se le abrió como una lesión que no cerraba. Primero fue ardor, luego dolor diario. Fuimos a consulta, le hicieron estudios y llegó un diagnóstico duro. La lesión estaba exactamente donde ella siempre decía que le quedó la señal. Tiempo después, mi mamá encontró un sobre viejo entre los papeles de mi abuelo. Era una carta con reclamos y una amenaza clara.

42:45 Hablaba de una promesa rota y de que esa deuda se cobraba con la vida. El papel estaba amarillento y olía aguardado, y para mí esa carta fue la prueba de que mi abuelo sí dejó algo pendiente con esa bruja. El año pasado mi abuela murió y ahí empezó lo que conté. La luz del cuarto, prendida después del funeral, pasos en el pasillo y el rezo que mi mamá alcanzaba a escuchar. Con la carta en la mano y con lo que yo vi de adolescente decidimos actuar con lo que teníamos. Fuimos con el sacerdote que conocía a mi abuela. Le contamos lo de la carta, lo de la tierra y lo de la luz. Nos dijo que hiciéramos lo básico, misa por mis abuelos. bendición de la casa y cierre del cuarto el sacerdote fue una tarde bendijo la casa y nos dejó agua bendita ese mismo día quemamos la carta en el patio juntamos la ceniza la metimos en una bolsa pequeña y la tiramos lejos donde no vive nadie lavamos el pasillo con agua y sal y cerramos el cuarto de mi abuela. Desde entonces, la luz se quedó apagada. El pasillo amaneció limpio día tras día. Mi mamá volvió a dormir sin despertar, sin levantarse a revisar el cuarto, y la casa volvió a ser una casa normal. Yo me quedé con una idea firme.

44:09 Mi abuela cargó años con un miedo que empezó por la vida de mi abuelo. y por una promesa que él no cumplió. A nosotros nos tocó cerrar ese pendiente de forma limpia, lo único que quedó fue el duelo, y la marca del brazo como la señal más clara de todo lo que ella aguantó, de esa brujería que acabó con ella por causa de mi abuelo y su promesa con esa bruja. Me llamo Iván y les cuento esto que me pasó hace algunos años cuando todavía iba a la facultad y pensaba que mi vida se iba a quedar en el derecho. Vivía en la Ciudad de México, arriba de un cerro. Mi casa era sencilla y mi rutina era la misma. Clases en la mañana y el despacho de mi tío por la tarde. Mi tío llevaba años como abogado, atendía en un local pequeño y yo le ayudaba con lo básico. ordenar expedientes, hacer copias, llevar escritos y acompañarlo cuando había que ir a juzgados. La mayoría de los asuntos eran comunes, terrenos, pensiones, choques y deudas.

45:24 Por eso me llamó la atención cuando una tarde entraron varios vecinos juntos, con prisa y con coraje. Dijeron que habían detenido a una señora llamada Patricia y que la acusaban de quitarle la vida a una muchacha. Según ellos, el caso se estaba cerrando rápido como si desde el inicio ya tuvieran a quién culpar. Hablaban de Patricia con respeto. Decían que la gente la buscaba cuando había enfermedades o problemas fuertes en la casa y que ella ayudaba sin meterse en pleitos. También dijeron que vivía sola y por eso les parecía absurdo el crimen. Traían copias de la carpeta, una nota local impresa y una hoja con firmas pidiendo apoyo.

46:09 Mi tío revisó lo que le pusieron sobre la mesa y preguntó lo esencial. Quién la señaló, qué pruebas había, si existían testigos y en dónde ocurrió todo. Las respuestas venían a medias. Unos decían que la policía llegó directo por ella, otros que alguien la puso en la mira por rencillas viejas. Mi tío dijo que antes de prometer nada tenía que escuchar a Patricia de frente y pidió visita al penal. Fuimos cuando nos dieron entrada y Pasamos revisiones y nos llevaron a un área de entrevistas. Doña Patricia apareció con la cara cansada y la mirada firme. Traía ojeras marcadas y una cortada vieja en la ceja.

46:51 Mi tío se presentó, le explicó que venía por el caso y le pidió que se enfocara en los hechos. Patricia dijo que era inocente y que la estaban usando. Mi tío le pidió datos concretos.¿ Dónde estuvo ese día y quién podía confirmarlo? Patricia respondió lo que recordaba, pero desde ahí no podía comprobar mucho. En medio de la conversación soltó una frase que me dejó tenso. Dijo que ella era bruja. Lo dijo como un dato, sin alzar la voz. Mi tío siguió en lo legal, tomó nota de tiempos y lugares y le pidió que se quedara en lo que sirviera en la carpeta. Patricia explicó que esa fama era lo que la estaba hundiendo, porque cualquiera podía señalarla y mucha gente lo iba a creer. Mi tío alcanzó a detectar huecos, pruebas circunstanciales y un expediente armado con prisa. Salimos con el plan de pedir un aplazamiento, exigir copia de la carpeta y buscar contradicciones en tiempos y declaraciones. Mi tío también quería hablar otra vez con los vecinos. porque a veces ahí sale la pieza que falta.

48:07 Días después nos avisaron que Patricia había sido agredida dentro del penal y la trasladaron a un hospital. Mi tío decidió ir. La encontramos en cama con golpes recientes en brazos y cara y marcas en el cuello. Hablaba despacio. Mi tío le preguntó quién la atacó. Patricia dijo que la querían callar porque la estaban usando para tapar a alguien con poder. Repitió que era bruja y dijo que esa fama la estaba convirtiendo en culpable sin pruebas. Ahí habló del político. Dijo que un político local la buscó para pedirle que se encargara de una muchacha que lo iba a denunciar por abuso y que quería una muerte que pareciera natural. Patricia dijo que se negó. Después de esa negativa, la muchacha apareció muerta y la acusación cayó sobre ella. A mi tío se le notó la tensión.

49:01 porque sonaba a gente moviendo cosas desde fuera. Él le preguntó nombres y fechas, y Patricia le dio lo que recordaba, pero también repitió que lo legal no iba a alcanzarle. Volvimos al día siguiente. Patricia estaba más estable y fue clara. Decía que la iban a matar en cuanto la regresaran al penal. Yo le pregunté por qué no se defendía, si decía ser bruja. Ella me explicó que lo que le servía para hacer trabajos fuertes lo tenía guardado en su casa y que en el hospital solo alcanzaba para cosas pequeñas. Para que lo entendiéramos, me pidió un objeto personal.

49:43 Yo traía un anillo desde la preparatoria, sencillo, de metal liso, y se lo di. Ella lo apretó en la mano, lo acercó a la boca y murmuró muy bajo. Luego empezó a decir cosas de mi vida con exactitud. Cuando empecé a usar el anillo, un pleito fuerte en mi familia, un problema de salud de mi mamá y una decisión que yo guardaba. Eran detalles que nadie fuera de mi casa manejaba. Yo me quedé frío y mi tío también. Mi tío intentó seguir con el tema legal, pero ella repitió que eso no iba a detener lo que venía. En ese momento entró un doctor con dos policías. El doctor autorizó el traslado al penal. Los policías la levantaron con cuidado, pero antes de salir ella volteó hacia mí y dijo que lo lamentaba. Al salir recordé el anillo y vi que ella se lo había quedado. No entendí por qué me lo decía y al salir al estacionamiento y buscar el anillo no estaba. Ella se lo había quedado.

50:50 Me quedé junto al carro viendo a mi tío encender el motor con una sensación clara. Esa mujer se llevó mi anillo y dejó un pendiente conmigo. Al día siguiente de la visita al hospital, llegué al despacho temprano. Mi tío ya estaba ahí, con el teléfono en la mano. Me dijo que del penal le avisaron que Patricia murió al volver a su celda. No le dieron explicación, solo que pasó adentro y que el traslado del hospital ya estaba asentado. Le pregunté si podíamos pedir un informe para el expediente. Mi tío me frenó. Me dijo que ese asunto ya no se iba a mover, que había gente metida y que lo más seguro era apartarse. Me pidió guardar la carpeta y avisarles a los vecinos que él ya no podía seguir con el caso. No me lo dijo como amenaza, me lo dijo porque entendió. Cuando un pleito deja de ser legal y se vuelve un problema personal para gente con poder. Me fui con la cabeza revuelta.

51:53 En la tarde, ya en mi casa, intenté estudiar y no pude. Traía el mismo pensamiento dando vueltas. Patricia se quedó con mi anillo a propósito y se lo llevó hasta el final. Esa noche me acosté temprano, y cuando ya estaba a punto de dormirme, escuché una voz de mujer en el pasillo que da al patio. La voz dijo mi nombre, despacio, como si estuviera parada del otro lado de la pared. No era la voz de mi mamá ni de una vecina, A los segundos la ubiqué y se me apretó el estómago. Era la voz de la bruja. Me levanté y caminé hasta la ventana del patio. Corrí un poco la cortina. Vi un bulto encorvado cruzando rápido, pegado a la sombra del árbol. No alcancé a ver la cara, pero la forma del cuerpo era clara. Hombros encogidos, cabeza baja y paso corto. Me regresé al cuarto y cerré la puerta. No desperté a mis papás. Me quedé sentado un buen rato. esperando escuchar algo más. Al día siguiente me repetí que podía ser cualquier persona en el patio, pero esa idea no me duró. Esa noche, al abrir la puerta de mi cuarto, me pegó un olor fuerte, como carne echada a perder. Prendí la luz y vi una silueta encorvada parada en una esquina de espaldas. No era una sombra, era un cuerpo quieto. Me quedé parado con las manos frías. La silueta se movió y apareció más cerca, a pocos pasos. Ahí le vi la cara

53:26 y era Patricia. Tenía la piel hinchada, el labio partido y los ojos muy abiertos. Me habló con la misma voz del pasillo y dijo una frase corta, que ya podía verme. Después de eso, la figura desapareció y el olor bajó en segundos. Esa noche me dormí tarde y desperté varias veces pendiente de cualquier ruido. Los días siguientes me afectaron en lo normal. En la facultad no me concentraba, me quedaba viendo las hojas sin entender. En el despacho ya no quise ir, y en mi casa empecé a evitar el pasillo del patio en la noche. Me bañaba rápido, dejaba la puerta del cuarto abierta y me daba vueltas en la cama, hasta que el sueño me ganaba por cansancio.

54:11 Volví a escuchar la voz una vez más cerca del pasillo, y eso me terminó de empujar. Le conté a mi mamá que desde el caso del despacho estaba durmiendo mal y que yo había visto a la bruja en mi cuarto. Mi mamá no se burló. Me dijo que una señora conocida de la familia sabía de una espiritista en otra ciudad, una mujer que atendía problemas de muertos pegados a personas. Fui solo. La espiritista me recibió en una sala sencilla y me pidió que le contara todo desde el principio. Se lo conté todo en orden y me preguntó cómo era el anillo y si lo usaba diario. Le dije que sí, que era liso y que lo traía siempre.

54:55 Me explicó algo claro. Patricia usó el anillo como puente para amarrarse a mí. Me dijo que no se trataba de suerte ni de su gestión. Se trataba de un trabajo hecho a la fuerza, usando un objeto personal. Por eso pudo hablarme en mi casa y por eso pude verla. Me aclaró que esas manifestaciones fuertes, el olor y la aparición, fueron para obligarme a buscar ayuda y para dejarme claro que el vínculo estaba activo. Le pregunté qué quería ella de mí. La mujer se quedó en silencio un rato, como concentrándose, y luego me lo dijo directo, que solo quería venganza contra el político que la mandó callar. Me explicó que la bruja ya muerta no se movía libre, que ahora se pegaba a mí y solo podía acercarse a lugares donde yo estuviera. Por eso necesitaba que yo me acercara a la esposa de ese político, porque esa mujer era el punto más accesible para golpearlo sin ponerse frente a él. Le pregunté qué pasaba si yo me negaba.

56:00 Me dijo que el amarre podía durar años y que me iba a desgastar con sueño malo, nervios y problemas en lo cotidiano. hasta que yo cediera o hasta que alguien lo cortara de raíz. También me dejó otra cosa clara. En mi casa ya no tenía por qué seguir apareciéndose como al inicio, porque ya logró que yo buscara a alguien que entendiera el problema. A partir de ese momento, la presión se iba a notar, sobre todo cuando yo estuviera cerca de la persona objetivo. Salí de ahí con la garganta seca, En el camino de regreso entendí que ya no era solo miedo, era un problema con una meta definida y yo estaba en medio sin haberlo pedido.

56:43 Después de ir con la espiritista yo seguí yendo a la facultad como si nada, pero ya no estaba igual. En mi casa dejaron de pasar las cosas fuertes, el olor ya no apareció y no volví a verla en el cuarto, pero yo caminaba con la idea de que Patricia seguía pegada a mí. cada vez que pensaba en el anillo, sentía una presión en el estómago, porque entendí que ese objeto fue el gancho para la brujería. Unas semanas después, vi una convocatoria en la facultad. Era para un programa de asesoría jurídica gratuita, coordinado por el municipio, con estudiantes que iban a atender casos de gente de bajos recursos. Pedían papeles, una entrevista y disponibilidad. Leí el nombre de la responsable del programa y sentí un frío de golpe. Era la esposa del político del que Patricia habló en el hospital. Me quedé parado viendo el anuncio.

57:41 Esa noche pensé en no meterme, pero la advertencia que me dieron fue clara. Si yo no me acercaba al objetivo, el vínculo podía durar años. Yo no quería vivir así, así que preparé mis documentos y fui a la entrevista. Me preguntaron por mi experiencia y por qué quería entrar. Contesté con lo básico, que quería aprender, que ya había trabajado con expedientes en el despacho de mi tío y que podía sostener un ritmo pesado. A la semana me avisaron que quedé. La oficina del programa estaba en una zona céntrica. Había un letrero, una recepción, sillas junto a la pared y una fila de gente con carpetas, recibos y cartas de bancos. Adentro nos acomodaron en escritorios compartidos.

58:31 El trabajo era real, deudas, casas en riesgo y trámites atorados. Yo me metí de lleno porque quería que la esposa del político se acercara a mí y porque quería que aquello terminara. Tomaba casos complicados, armaba escritos, buscaba pruebas de pago, hacía listas de requisitos para que la gente no diera vueltas. Cuando faltaba un documento, yo mismo iba por la firma o por el sello. No lo hacía por lucirme, lo hacía porque sentía que me estaban empujando desde atrás. La esposa del político llegaba una vez por semana, se reunía con el coordinador, preguntaba números, revisaba que la oficina se viera ordenada y saludaba a algunas personas. Desde la primera vez que entró, a mí me empezó un dolor de cabeza directo, como un golpe interno. sentía un escalofrío en la espalda siempre en el mismo punto y una presión en el estómago me pasaba cada vez que ella estaba cerca y se me quitaba cuando se iba el día que pasó todo ella se acercó a mi escritorio porque el coordinador le dijo que yo estaba llevando varios asuntos me pidió que le explicara un caso de una señora con atrasos en el pago de su casa Yo tenía el expediente abierto y empecé a hablar de fechas, notificaciones y lo que íbamos a solicitar para frenar el embargo.

59:56 Mientras hablaba, sentí la espalda pesada, como si alguien se pegara a mí. No volteé y seguí hablando. La esposa del político se quedó rígida, la mirada se le fue hacia arriba y la cabeza se le echó un poco para atrás. Luego se fue completa hacia atrás con todo y silla y cayó de lado. Dos compañeros corrieron y entre los dos batallaron para levantarla, porque el cuerpo se le puso duro, como si todo se le hubiera amarrado. Ella alcanzó a gritar que una bruja se la quería llevar y señaló hacia un espejo que estaba detrás de mí. Cuando volteé en el espejo vi una figura encorvada pegada a mi espalda. Era la misma forma que vi cruzar el patio de mi casa. No le vi el rostro bien, vi el cuerpo y supe que era aquella bruja. En ese mismo instante, la mujer empezó a torcerse con fuerza.

1:00:51 El cuello giró de golpe y se oyó un tronido claro. Después de eso, la mujer quedó inmóvil en el piso. La oficina se volvió un desorden. Alguien llamó a emergencias y el coordinador empezó a pedir nombres y a ordenar que desalojaran el área. La gente gritaba y lloraba. Yo me quedé sentado sin hablar, con las manos temblando. Yo entendí lo que pasó. No me lo tuvieron que explicar. Yo fui el puente para que esa bruja ejecutara su venganza. No regresé al programa y tampoco volví a clases. Me enfermé y me quedé en cama varios días. Cuando pude salir, volví con la espiritista y le conté todo. Le dije que ya no quería seguir con eso, que se acabara.

1:01:39 Ella me dijo que el vínculo ya había cumplido lo que buscaba y que era el momento de cortarlo, con alguien que se dedicara a eso. Me mandó con una mujer de otra zona. Fui con esa mujer y le conté la historia completa sin cambiar nada. Me pidió que describiera el anillo y le contara cuando se lo di a la bruja y lo que vi en mi cuarto. Hizo un trabajo corto, directo, sin explicaciones largas, y me dijo que me fuera a mi casa y que no buscara más. Esa noche dormí como no lo hacía en muchos días. No volvió el olor, y no volví a escuchar la voz en el pasillo, ni volví a ver a la bruja. La presión en la espalda se fue, lo que se quedó fue la culpa. Yo dejé derecho, me alejé de las oficinas, de programas y de casos donde se mezcla la ley con la gente que manda.

1:02:34 Hasta hoy, cuando recuerdo el espejo y ese tronido, lo único que tengo claro es que yo me acerqué para librarme y alguien murió frente a mí por esa decisión. Me llamo Javier y soy parte del Ejército de México. Las historias que quiero contarles a continuación son algunas que han ocurrido en un mismo lugar, la selva Lacandona. Nuestra misión en la selva era una simple operación de reconocimiento. Recuerdo que nos habían asignado patrullar una región específica, cerca de una comunidad lacandona, para asegurarnos de que no hubiera actividades ilícitas o la presencia de grupos hostiles. A simple vista, no parecía una misión que nos llevaría a un peligro inusual, pero había algo que desde el principio me incomodaba. Mientras nos adentrábamos en la selva, empecé a notar lo distinto que se sentía el ambiente, sobre todo porque había algo que a todos llamó la atención, y esto fue que, en todo el rato en el que estuvimos ahí, nos movíamos en fila, en un terreno fangoso que dificultaba avanzar.

1:03:50 Al caer la tarde, decidimos hacer un campamento improvisado. Era necesario descansar antes de continuar, pero desde que comenzamos a instalar nuestras cosas, hubo señales de que algo no estaba bien. El primer indicio fue la ausencia de fauna. En cualquier selva, incluso en la más densa, escuchas animales, pájaros, insectos, hasta algún reptil. Pero allí, en ese punto exacto, no se oía nada. A veces, en estas situaciones, prefieres no darle voz a lo que te está asustando para no hacerlo más real. La primera noche pasó sin incidentes. Hubo nervios, pero después de tantas misiones, uno aprende a lidiar con eso.

1:04:33 Recuerdo que estábamos en guardia, dos de nosotros vigilando mientras el resto descansaba. Cerca de la medianoche comenzamos a escuchar algo. Era un ruido bajo, como un zumbido en el aire, un sonido. Al principio pensé que eran insectos, pero rápidamente me di cuenta de que no se trataba de eso. Era un sonido que parecía provenir desde dentro de la selva misma, casi como si viniera desde el suelo o los árboles. El lugar se sentía incómodo. No lo vi. Ninguno de nosotros lo hizo. Pero, poco a poco, ese zumbido se transformó en algo más. Unos destellos, apenas perceptibles, comenzaron a aparecer entre los árboles. Luces muy suaves que iban y venían como si estuvieran tratando de evitar que las notáramos por completo. Nadie dijo una palabra, pero estábamos atentos.

1:05:25 Uno de mis compañeros, el que estaba de guardia conmigo, señaló hacia un punto en la densa vegetación. Era algo que se movía entre las sombras. La primera impresión que tuve fue que se trataba de un animal, tal vez un jaguar, por el modo en que se deslizaba entre los arbustos. Pero había algo en su forma que no era del todo animal. No pude distinguirlo bien al principio, porque se mantenía a cierta distancia, como si estuviera evaluándonos. Intenté calmarme, pero aquella cosa comenzó a acercarse. Lo que vi entonces fue una figura alta, más alta de lo que cualquier animal en la selva podría ser. Caminaba erguida, pero de una forma extraña, como si no estuviera completamente acostumbrada a moverse en dos piernas. Su cuerpo era delgado, casi esquelético, y su piel, si se le puede llamar así, parecía reflectar la poca luz que había, creando destellos metálicos que me hicieron pensar que no pertenecía a este planeta.

1:06:27 Sus movimientos eran lentos, calculados, y mientras avanzaba hacia nosotros, el zumbido en el aire se intensificaba, haciéndome sentir un dolor agudo en los oídos. Estábamos congelados, incapaces de reaccionar. Verlo de cerca fue como ver algo que desafía todo lo que crees saber sobre el mundo. No era humano, eso estaba claro. Sus extremidades eran demasiado largas. y su cabeza, alargada, carecía de rasgos faciales que pudieran considerarse normales, solo unos ojos. No emitía ningún sonido, pero sentía como si intentara comunicarse de alguna forma. Era una presencia incómoda, y su cercanía provocaba una presión en el pecho, una sensación de asfixia que nos hizo retroceder. Y luego, tan rápido como había aparecido, desapareció.

1:07:22 No en el sentido de que se alejó, sino que simplemente dejó de estar allí. No sé cómo describirlo de otra manera. Un segundo estaba frente a nosotros y al siguiente ya no estaba. El zumbido en el aire también desapareció. No dijimos nada después de eso. Estábamos demasiado aturdidos, demasiado asustados para hablar. Nos quedamos despiertos el resto de la noche, con los ojos bien abiertos. esperando que esa cosa volviera, pero no lo hizo, o al menos no de la manera en que lo esperábamos. A la mañana siguiente abandonamos el campamento. Ni mi compañero y yo podíamos explicar lo que había sucedido, pero sabíamos que no podíamos quedarnos más tiempo en ese lugar mientras recogíamos nuestras cosas. En el suelo, justo donde habíamos visto a la criatura, había unas marcas.

1:08:16 No eran huellas de ningún animal que conociéramos. Eran círculos, pequeños y perfectos, alineados de una manera que parecía seguir un patrón. No se parecía a nada que hubiera visto antes. Nadie quería hablar de lo que había pasado. Nos limitamos a cumplir con nuestra misión. Mi compañero y yo sabíamos que habíamos presenciado algo que escapaba a nuestra comprensión. no se lo contamos a nuestros superiores ni a nadie más era más fácil pensar que habíamos alucinado o que el cansancio nos había jugado una mala pasada pero en el fondo los dos sabíamos la verdad aquello no era de este mundo con el tiempo intenté racionalizar la experiencia buscar explicaciones más terrenales pero cada vez que lo hago me encuentro volviendo a esos ojos esos puntos oscuros que parecían atravesarme No sé qué era esa criatura, pero estoy convencido de que no era algo que pertenezca a este planeta.

1:09:16 A veces me pregunto si todavía sigue ahí, en algún rincón perdido de la selva, esperando a que alguien más se adentre lo suficiente como para verlo. Lo único que sé es que no quiero volver a encontrarme con ello nunca más. Otra experiencia que jamás he podido olvidar ocurrió algunos años después, en otra misión en la selva Lacandona. Después de la primera vez que viví algo inexplicable, pensé que ya nada podría sorprenderme. Había aprendido a ignorar ciertos miedos y seguir adelante. Si bien en otras ocasiones había tratado de racionalizar lo que había visto o experimentado, en esta ocasión no había lugar para la duda. Lo que vi fue el mismísimo diablo. Todo comenzó con algunas charlas entre mis compañeros. Llevábamos días en la selva y, como suele ocurrir en esos lugares aislados, las historias empezaron a circular para matar el tiempo. Uno de los más jóvenes del grupo contó algo que le había dicho un lugareño.

1:10:22 En esa región, el diablo solía aparecerse. Según la leyenda, no era raro que los soldados se toparan con una criatura mitad hombre mitad cabra. que acechaba entre los árboles, vigilando y provocando el miedo en quienes lo encontraban. Algunos decían que tenía una pata de gallo, otros aseguraban que sus ojos brillaban como brasas, y que cualquier hombre que lo viera quedaría marcado para siempre. Y me reí de esas historias. Después de todo, siempre había sido escéptico, incluso después de lo que había vivido antes. Pensé que eran solo mitos locales para asustar a los nuevos. mi turno de guardia llegó una noche tranquila, todo estaba callado, salvo por los ruidos usuales de la selva, insectos, hojas moviéndose con el viento, el crujido ocasional de una rama, nada fuera de lo normal, alrededor de la medianoche comencé a sentir algo raro, era esa misma sensación que había tenido años atrás, una presión en el aire como si algo invisible estuviera empujando contra mi pecho, algo estaba mal, pero no podía saber qué. Mi corazón comenzó a acelerarse aunque intentaba mantener la calma. Mi entrenamiento me había preparado para muchas cosas, pero no para esto. Un ruido suave pero constante se empezó a escuchar, como si algo estuviera arrastrándose entre los arbustos, muy cerca de donde estaba. Lo primero

1:11:53 que pensé fue que se trataba de un animal, tal vez un felino o algún otro depredador. Tomé mi arma y me preparé sin encender la linterna, confiando en mis ojos para ver en la oscuridad. El sonido continuó, pero no pude ver nada moviéndose en el suelo, justo cuando comenzaba a pensar que tal vez solo era el viento. Escuché otro ruido, esta vez más arriba, en los árboles. Levanté la mirada. Entre las ramas de un árbol cercano, una figura estaba agazapada, como si me estuviera observando desde las alturas. A pesar de la oscuridad, pude distinguir que no era un animal normal. Era más alto de lo que cualquier criatura en la selva podría ser. Al principio pensé que, tal vez, era algún tipo de mono o algo similar, pero su forma no era la de un animal.

1:12:46 Era una figura humanoide, con una cabeza que parecía tener cuernos, y un cuerpo cubierto de una especie de pelaje corto y oscuro. Lo que me llamó más la atención fue que una de sus patas no era como la de un humano o un animal común. Una de sus extremidades tenía forma de pata de gallo, con garras afiladas que brillaban débilmente bajo la luz de la luna. Sentí un frío aterrador recorrer mi cuerpo. Noté que sus ojos estaban fijos en mí. No se movía, solo me observaba desde lo alto, y en ese momento comprendí que estaba ante algo mucho más peligroso de lo que jamás había enfrentado. No sé cuánto tiempo estuve congelado en el lugar, incapaz de reaccionar, pero en un instante, de puro instinto, levanté mi arma y disparé. No lo pensé dos veces. El sonido del disparo retumbó en la selva, y por un segundo la figura pareció desvanecerse entre las ramas, como si se hubiera esfumado. Pero no desapareció del todo. Ya no podía verlo. Sentía su presencia. Era como si estuviera todavía ahí.

1:13:54 observándome desde algún lugar oculto, esperando el momento perfecto para atacar. Me quedé allí, inmóvil, con el corazón latiéndome en los oídos, convencido de que en cualquier momento aquello volvería a aparecer. No lo hizo, pero sabía que no se había ido. Cuando mis compañeros llegaron, alertados por el disparo, no supe cómo explicarles lo que había sucedido. Revisamos el área, pero no encontramos nada. Ni huellas, ni rastros, ni señales de que algo hubiera estado allí. Para ellos todo lo había imaginado. Decían que tal vez un animal que se movía rápido entre los árboles. Pero yo sabía lo que había visto.

1:14:36 Desde esa noche no volví a ser el mismo. Incluso después de regresar de la misión, algo había cambiado en mí. Los sueños comenzaron poco después. Cada vez que cerraba los ojos, veía esa figura entre los árboles. esos ojos rojos brillando en la oscuridad. En mis sueños, esa criatura no desaparecía después de disparar. Se lanzaba sobre mí, con una velocidad imposible, y cada vez que me atrapaba, despertaba empapado en sudor frío. No puedo explicarlo de ninguna otra manera. Lo que vi en la selva aquella noche no era un animal, no era humano, no era de este mundo. Estoy convencido de que vi al diablo. o algo muy cercano a lo que describen como el diablo en las leyendas. Y aunque pasen los años, esa imagen sigue persiguiéndome, recordándome que en la oscuridad de la selva hay cosas que no podemos comprender, y que no todos los horrores pueden ser enfrentados con una simple arma. Esta anécdota no la viví personalmente, pero la escuché de boca de un superior durante una de nuestras misiones en la selva lacandona. Era de esos tipos a los que todos respetaban. No solo por su rango, sino por su carácter. Siempre parecía tener todo bajo control.

1:15:58 Alguien en quien podías confiar cuando las cosas se ponían difíciles. Una noche, mientras hacíamos guardia, me contó una historia que no se parecía en nada a lo que había escuchado antes. Él estaba convencido de que en esa selva habitaban criaturas que no eran de este mundo. Y la historia que me narró fue la razón por la que creía eso. Todo ocurrió durante una de sus primeras misiones en la selva, muchos años antes de que yo entrara al servicio. Me contó que, desde el primer día, sintió que algo andaba mal. No era solo la sensación usual de estar en un lugar inhóspito o la constante presión de la misión. Decía que, desde que se adentraron en la espesura de la selva, sentía que algo lo miraba. La selva puede ser un lugar intimidante para cualquiera, pero con el tiempo esa sensación se hizo más fuerte y pronto no fue el único que comenzó a notar cosas raras. El equipo completo estaba inquieto.

1:16:58 Algunas noches mientras acampaban, escuchaban ruidos extraños alrededor de sus tiendas. No eran los típicos sonidos de animales que uno espera en la selva. Eran susurros como voces, pero tan distantes que era imposible entender lo que decían. Otras veces, algunos afirmaban haber visto sombras moverse entre los árboles, figuras grandes que desaparecían tan rápido como aparecían. Para cuando se dieron cuenta, todo el grupo estaba en alerta, nerviosos sin saber exactamente qué les acechaba. Mi superior siempre se mostró escéptico. Decía que no creía en fantasmas ni en historias de aparecidos.

1:17:40 Él era de los que confiaban más en la lógica y en lo que podía ver y tocar. habían acampado cerca de un claro, después de un día agotador de patrullaje. La noche era tranquila, y todos se fueron a dormir temprano, esperando reponer fuerzas para la jornada siguiente. Mi superior, como siempre, fue el último en dormir, asegurándose de que todo estuviera en orden. Pero poco después de quedarse dormido, algo lo despertó bruscamente. Me contó que al principio pensó que era uno de sus compañeros haciendo ruido fuera de la tienda, pero cuando abrió los ojos sintió que algo no estaba bien. Intentó moverse, pero se dio cuenta de que algo lo estaba sujetando por las piernas. Desconcertado, intentó gritar, pero su voz no salía. Sentía que algo lo arrastraba fuera de su tienda. Lo que ocurrió después es lo que lo dejó marcado para siempre. Al ser arrastrado fuera de su tienda, pudo ver lo que lo estaba acechando. Una criatura que nunca había visto antes. algo que no se parecía a nada de este mundo. Me lo describió como una mezcla entre humano y animal, con el cuerpo cubierto de un pelaje oscuro y ojos brillantes que lo miraban con una mirada que solo podría describir como hambrienta. Tenía una forma humanoide, pero sus facciones eran como de una bestia, como si estuviera frente a un animal salvaje que había tomado la forma de un hombre. Era un Nahual, estaba convencido de ello.

1:19:13 La criatura lo arrastró por el suelo, alejándolo de las tiendas y de sus compañeros, como si quisiera llevárselo a algún lugar apartado, tal vez para matarlo o algo peor. Desesperado, mi superior luchó con todas sus fuerzas, pero era como si la criatura tuviera una fuerza sobrehumana. En un último intento por salvarse, logró sacar su cuchillo y lo clavó en la pierna de la criatura. El Nahual soltó un aullido que resonó por toda la selva, y soltó a mi superior. La criatura desapareció entre los árboles en cuestión de segundos, dejando solo el eco de su grito en el aire. Sus compañeros, al escuchar el ruido, salieron corriendo, encontrándolo tirado en el suelo, herido y en estado de shock.

1:20:00 Al revisar la zona, no encontraron rastro alguno de la criatura, ni huellas, ni sangre, nada. Era como si todo hubiera sido un mal sueño, excepto por el hecho de que mi superior tenía marcas visibles en las piernas, como si algo lo hubiera agarrado con garras. Los médicos que lo examinaron no pudieron explicar las heridas, y aunque él intentó contar lo que había ocurrido, nadie le creyó del todo. Para ellos solo había sido una alucinación provocada por el cansancio y la tensión de la misión, pero mi superior estaba convencido de lo que había visto. Decía que, desde aquel día, nunca volvió a sentirse solo en la selva.

1:20:41 Siempre que regresaba, sentía que algo lo vigilaba desde las sombras, como si el Nahual lo hubiera marcado de alguna manera, como si la criatura aún lo estuviera buscando, esperando el momento para terminar lo que había comenzado.