HOMBRES LAGARTO RIO SECO
0:01 Los hombres del arroyo seco. Nos avisaron de un vaquero que llevaba dos dÃas sin regresar a su casa. HabÃa salido a revisar unos animales y su familia encontró la camioneta abandonada junto a un corral. Era 2010. Nosotros andábamos por las brechas del Bolsón de MapimÃ, en el sector que se conoce como Zona del Silencio. Yo tenÃa grado de cabo. Ãbamos en dos vehÃculos, bajo el mando del Teniente Zamora. Comenzamos a buscar por la tarde. TodavÃa hacÃa calor, pero llevábamos las chamarras encima porque, al bajar el sol, empezaba a sentirse el frÃo. Encontramos al hombre poco antes de oscurecer. Estaba dentro de un cuarto de piedra que utilizaban para guardar alimento. HabÃa trabado la puerta con una tabla.
0:48 Cuando escuchó los motores, comenzó a golpear la puerta desde adentro. El teniente le habló, le dijo quiénes éramos y le pidió que retirara la tabla. Tardó en hacerlo. TenÃa un tobillo muy inflamado, los labios partidos y una botella casi vacÃa junto a él. Mientras nuestro compañero de sanidad lo revisaba, el hombre preguntó si habÃamos visto gente en el arroyo. El teniente quiso saber cuántos eran.« Yo vi tres. Ayer salieron cuando ya estaba oscuro», nos dijo el vaquero.« Pensamos que hablaba de hombres armados». En aquellas brechas uno prestaba atención cuando los habitantes decÃan que habÃa personas desconocidas. Le preguntaron si lo habÃan golpeado. Explicó que se habÃa lastimado al correr. Después se metió al cuarto y pasó ahà las dos noches. El teniente ordenó que lo subiéramos para trasladarlo.
1:41 Para entonces ya habÃa oscurecido. Yo ayudaba a acomodar sus cosas cuando el soldado MejÃa señaló hacia el cauce seco. HabÃa alguien de pie a unos treinta metros. La luz de una lámpara alcanzaba el pecho y una parte de la cara. ParecÃa un hombre cubierto de tierra. El teniente le pidió que se identificara. La figura inclinó la cabeza. Otro de mis compañeros alumbró un poco más a la izquierda y encontró a un segundo individuo, agachado junto a unas piedras. El vaquero comenzó a decir que nos fuéramos. Zamora ordenó que permaneciéramos cerca de los vehÃculos. Volvió a hablarles. El que estaba de pie dio dos pasos. Ahà vi cómo caminaba. Apoyaba primero la parte delantera de los pies.
2:28 Los brazos le colgaban muy separados del cuerpo. MejÃa estaba a mi derecha, junto a la parte trasera del primer vehÃculo. El individuo se agachó y avanzó hacia él. Fue tan rápido que al principio pensé que habÃa tropezado cuesta abajo. Le cayó encima. Escuché el golpe contra la lámina y vi a MejÃa doblarse. El teniente gritó una orden. Casi al mismo tiempo sonaron disparos hacia otra figura que venÃa saliendo del cauce. Yo estaba lo bastante cerca para agarrar a MejÃa del chaleco. Aquello le tenÃa sujeto un brazo. Cuando levantó la cara, lo alumbré de frente. El cuello y la parte baja de la mandÃbula estaban cubiertos de placas pequeñas, opacas. Se separaban al girar la cabeza. La boca se abrÃa muy atrás. Me miró mientras seguÃa jalando a MejÃa. MejÃa cayó junto a la rueda. Lo arrastré hacia mà mientras otro compañero nos ayudaba a levantarlo. El vaquero gritaba desde el vehÃculo. Alumbraban de distintos lados. Entre el polvo vi una figura avanzar usando también las manos.
3:48 Se levantó detrás de una piedra y volvió a quedar erguida. TenÃa más o menos la estatura de un hombre. Escuché al teniente ordenar que subiéramos. Uno de aquellos seres perdió el equilibrio después de varios disparos. Los otros se movieron hacia él y los perdà de vista en el cauce. Subimos a mejÃa entre dos. Yo iba entrando cuando algo se colgó del escalón trasero. Vi los dedos cerrarse sobre el borde. El vehÃculo ya estaba moviéndose. Aquello levantó la cabeza hasta quedar frente a mis rodillas. Le apunté. Recuerdo que miró el arma y después me miró a mÃ. Disparé. Se soltó y cayó hacia atrás. Me quedé sentado en el piso, pegado a MejÃa, mientras la camioneta brincaba sobre la brecha. Ãl se apretaba el muslo con las dos manos.
4:38 TenÃa el pantalón abierto y estaba sangrando. Nuestro compañero de sanidad se acomodó como pudo para atenderlo. Yo le sostenÃa la lámpara Durante un tramo, seguimos viendo movimiento a los lados del camino. Los faros del vehÃculo de atrás alcanzaban figuras bajas entre los arbustos. El teniente reportó por radio la agresión y pidió que nos esperaran con apoyo médico. La respuesta llegó clara. Escuché a nuestros compañeros confirmar dónde iban a recibirnos y me aferré a esa conversación. QuerÃa seguir oyendo voces de gente conocida. Salimos de aquella brecha sin detenernos. MejÃa permaneció consciente. Me preguntaba si todavÃa venÃa.
5:20 Yo miraba hacia atrás antes de contestarle. Cuando llegamos al punto de apoyo, tuvieron que ayudarme a bajarme. HabÃa pasado todo el trayecto apretando el arma y apenas podÃa abrir la mano. Evacuaron a MejÃa y al vaquero. Después nos separaron para que cada uno relatara lo que habÃa visto. Yo describà la cara, la piel del cuello y la mano sobre el escalón. Un compañero dijo que habÃa visto a uno levantarse después de correr apoyado en los cuatro miembros. El teniente nos escuchó sin interrumpir. Al terminar, nos preguntó si alguno habÃa visto que llevaran armas. Todos habÃamos visto cuerpos, manos y caras. Los disparos de aquella noche habÃan salido de nuestro lado después de que atacaron a MejÃa. Volvimos al lugar con más personal al dÃa siguiente. Ya habÃa luz.
6:13 Encontramos sangre junto al vehÃculo abandonado del vaqueo, tierra removida y las cosas que habÃamos dejado tiradas al subir. Revisaron el cauce y las inmediaciones. A mà me tocó permanecer junto a los vehÃculos. Cada vez que alguien se agachaba detrás de una piedra, esperaba verlo salir. El vaquero contó que los habÃa observado acercarse al corral durante las dos noches anteriores. De dÃa, escuchaba animales y motores lejanos. Al oscurecer, empezaban los pasos alrededor del cuarto. Eso fue lo que nos dijo. Nosotros solamente los vimos aquella noche. MejÃa estuvo hospitalizado y tardó en recuperar bien la pierna. Cuando volvió, se levantaba de golpe si alguien movÃa una lámina cerca de donde estaba durmiendo. Yo empecé a hacerlo también. Cumplà otros años de servicio. Después solicité mi baja y regresé con mi familia. Con MejÃa todavÃa hablo. Una vez me preguntó si recordaba la cara. Le dije que sÃ. Ãl estuvo unos segundos callado. Yo la tuve aquÃ, me dijo MejÃa, poniéndose la mano junto a la mejilla. Luego cambió de tema.
7:26 Desde entonces, cuando hablamos de aquella salida, casi siempre empezamos preguntándonos por los demás compañeros. De las caras hablamos poco. la que se quedó junto al detenido. La casa tenÃa un patio de cemento y una capilla pequeña pegada a la cocina. Desde la entrada se veÃa una figura de la Santa Muerte, vestida de blanco, entre flores de plástico y vasos con veladoras. Ahà encontramos a un hombre secuestrado. Lo habÃan mantenido en un cuarto de servicio. Cuando los agentes ministeriales lo sacaron, tuvo que sentarse porque apenas podÃa caminar. Era 2013, en Tamaulipas. Yo era sargento segundo. Nuestro personal estaba dando apoyo y seguridad durante la diligencia. El capitán segundo que llevaba el mando militar nos distribuÃa conforme los agentes iban sacando a los detenidos. A mà me tocó cuidar a uno en el patio. Era un hombre de unos 30 años, con camisa gris. Lo tenÃan esposado y sentado contra el muro. Se habÃa mostrado tranquilo desde que lo sacaron. Miraba mucho hacia la capilla. Le pregunté si tenÃa alguna lesión. Me respondió que estaba bien. Después quiso saber si podÃan llevarle una pequeña figura que estaba sobre una mesa. Le dije que esperara a que terminaran de revisar y registrar sus pertenencias. El hombre sonrió. Ella siempre viene conmigo, me dijo el detenido. Yo seguà pendiente de
8:58 la puerta por donde estaban entrando y saliendo los agentes. Un cabo que estaba conmigo acompañó a otro detenido hacia el vehÃculo. Se quedó cerca de la salida, a unos metros. Entonces, sentà que alguien se habÃa colocado detrás de mi hombro izquierdo. Volté. HabÃa una mujer junto al detenido. Llevaba una tela blanca sobre la cabeza y parte del rostro. Pensé que alguno de los agentes habÃa dejado pasar a una familiar. Me sorprendió encontrarla tan cerca sin haberla escuchado llegar. Le pedà que se apartara. La mujer permaneció inclinada sobre el hombre. Ãl levantó la cara hacia ella. Quise llamar al cabo, pero en ese momento el detenido empezó a ponerse de pie.
9:43 Me acerqué para indicarle que siguiera sentado. Una mano salió entre su hombro y la tela blanca. Me sujetó la muñeca. Sentà algo muy frÃo, duro y delgado. Bajé la mirada. Los dedos estaban cerrados sobre mi brazo. VeÃa las uniones y los huesos pequeños bajo la luz del patio. Me quedé inmóvil. La tela se movió cuando la mujer giró hacia mÃ. Vi una parte de la mandÃbula. Durante un instante, traté de entender dónde terminaba la tela y dónde empezaba la cara. El detenido dio un paso hacia la salida. Yo seguÃa con el brazo detenido. El cabo gritó desde la puerta. Lo escuché correr. Cuando llegó, la presión desapareció.
10:27 El hombre de la camisa gris ya estaba cerca del pasillo. El cabo y uno de los agentes lo detuvieron y lo hicieron volver. Yo me quedé junto al muro. El capitán se acercó y me preguntó qué habÃa pasado. Le dije que habÃa una mujer en el patio. Me pidió que se la señalara. Miré hacia la capilla, la cocina y la puerta de servicio. El cabo comenzó a hablar. Ãl habÃa visto una tela blanca junto al detenido. Desde donde estaba, le pareció que yo discutÃa con una mujer. Por eso, habÃa volteado cuando el hombre se levantó. El capitán pidió que revisaran quiénes habÃan quedado dentro de la casa. Mientras lo hacÃan, me apartó y quiso saber si yo estaba en condiciones de continuar. TenÃa la muñeca helada. La movÃa para recuperar la sensación en los dedos. Le conté lo que habÃa sentido y lo que alcancé a ver.
11:21 El capitán escuchó también al cabo. Después puso a otro compañero con nosotros. La diligencia continuó. Los agentes sacaron armas, bolsas y otros objetos. Todo se fue registrando. El hombre secuestrado seguÃa sentado cerca de la entrada, acompañado por personal que lo estaba atendiendo. Cuando llegó el momento de trasladar al de la camisa gris, lo pusieron de pie. Yo lo vi mirar otra vez hacia su lado izquierdo. Movió la cabeza como dejando pasar a alguien. Después caminó. Me correspondió acompañarlo hasta la salida. Al pasar cerca del hombre liberado, este se pegó contra la pared. Nos pidió que esperáramos.
12:03 Uno de los agentes pensó que se sentÃa mal y le acercó una silla. El hombre seguÃa mirando el espacio junto al detenido. Cuando la camisa gris desapareció detrás del portón, soltó el aire y comenzó a llorar. Más tarde nos pidieron relatar lo ocurrido en el patio. Describimos por separado lo que habÃamos observado. El cabo habÃa visto una figura cubierta de blanco. Yo habÃa visto la mano. Ambos habÃamos estado ahà cuando el detenido intentó alejarse. Los detenidos fueron entregados a la autoridad correspondiente. El hombre secuestrado salió acompañado y lo llevaron a recibir atención. Antes de que lo retiraran, quiso decirnos algo. Señaló la capilla. Contó que los hombres de aquella casa le rezaban todos los dÃas. DecÃan que, mientras ella estuviera con el encargado, nadie iba a poder quitárselo.
12:58 Uno de los agentes le preguntó de quién hablaba. El hombre miró hacia mÃ, de la señora que estaba junto a él. Ahà se pone siempre, respondió el hombre liberado. Yo llevaba un rato frotándome la muñeca. Dejé de hacerlo cuando lo escuché. La señora que salió caminando. Pedà ir al apoyo en una comunidad afectada por las lluvias porque querÃa pasar unos dÃas lejos de la oficina donde estaba asignada. Era cabo de sanidad. Un teniente coronel llevaba tiempo haciendo comentarios sobre mi cuerpo y buscando que me quedara a solas con él después del servicio. Yo procuraba resolver todo por los conductos de trabajo y retirarme acompañada. Cuando salió aquella comisión, me ofrecÃ. Llegamos a una comunidad de la costa de Oaxaca. HabÃan habilitado un puesto de atención en una escuela. Las familias entraban por el patio y esperaban bajo el techo del corredor. El capitán primero médico estaba a cargo de la atención. Yo recibÃa a las personas, tomaba sus datos y ayudaba con lo que se necesitara.
14:08 La mañana en que ocurrió aquello, habÃa una fila larga. Una muchacha llegó acompañando a su mamá. La señora se apoyaba en ella y apenas movÃa una pierna. La sentamos cerca de la entrada. Mientras esperaba, miraba mis manos. Me pidió que le acercara una silla para estirar la pierna. Lo hice y le pregunté desde cuándo le dolÃa. Respondió que llevaba mucho tiempo asÃ. Su hija se quedó detrás, sujetando una bolsa. La señora me preguntó mi nombre. Yo llevaba el apellido en el uniforme, asà que le dije cómo podÃa dirigirse a mÃ. Ella sonrió. Después extendió la mano. Pensé que querÃa apoyarse para acomodarse mejor. Me agarró por encima del guante, alrededor de la muñeca, y me pidió que permaneciera un momento con ella. Al principio fue un agarre normal. Luego apretó. Le dije que necesitaba soltarme para seguir atendiendo. La hija bajó la cabeza. La señora comenzó a mover los labios. Yo traté de retirar el brazo y sentà un dolor que me subió desde el pie hasta la rodilla. Tuve que agarrarme de la silla. La mujer me soltó. Me quedé parada, esperando que pasara. SentÃa la pierna tensa, como si acabara de darme un tirón muy fuerte. Uno de mis compañeros me acercó a otra silla.
15:28 La señora comenzó a levantarse. Su hija quiso ayudarla, pero ella apartó la mano y apoyó ambos pies en el piso. La vi dar unos pasos por el corredor. Yo seguÃa tratando de estirar mi pierna. El capitán salió al escuchar que lo llamaban. Me preguntó si me habÃa caÃdo. Le dije que el dolor habÃa empezado de golpe. Me revisó ahà mismo y después me pidió que pasara al salón donde tenÃa más espacio. Al quitarme la bota, me temblaban los dedos. La señora esperaba cerca de la puerta. La muchacha se habÃa quedado varios metros atrás. El capitán le pidió a un compañero que terminara de atender a la paciente mientras él me revisaba. Cuando intenté ponerme de pie, el dolor me hizo volver a sentarme. PodÃa mover el pie, pero al cargar el peso, sentÃa que se me doblaba la rodilla. Me dieron atención y me retiraron del trabajo de esa mañana. Yo querÃa pensar que era un calambre, alguna mala postura o el cansancio de los dÃas anteriores.
16:29 Lo que me tenÃa alterada era haber visto salir caminando a una persona que acababan de traer casi cargada. Antes de que se fueran, pedà hablar con la hija. La señora se adelantó hacia la entrada. La muchacha permaneció junto a mÃ. Le pregunté qué habÃa estado diciendo su mamá cuando me sostuvo del brazo. Me respondió que no sabÃa. Le pedà que me mirara. TenÃa los ojos llenos de lágrimas. Después comenzó a decir que ella le habÃa pedido muchas veces que dejara de hacerlo. Le pregunté a qué se referÃa. La muchacha se arremangó. TenÃa una mano rÃgida con los dedos que apenas alcanzaba a estirar. Me contó que una vez su mamá habÃa amanecido sin poder abrir una mano.
17:15 Durante la tarde le pidió que se la frotara. Al dÃa siguiente la señora podÃa moverla y ella comenzó con aquellas molestias. La habÃan llevado a revisarse. SeguÃa buscando atención. Eso fue lo que me contó. Yo estaba sentada con una pierna estirada y todavÃa necesitaba ayuda para levantarme. La señora regresó por ella. Al verme hablando con su hija se quedó en la puerta. Me preguntó si ya estaba mejor. Le dije que necesitaba saber qué habÃa hecho cuando me tomó del brazo. La muchacha empezó a pedirle que se fueran. La señora me miró las botas. Usted está joven, se va a recuperar, me dijo. El capitán se acercó al escucharla.
17:58 Le pidió que aclarara lo que estaba diciendo. La mujer contestó que solamente estaba tratando de animarme. El médico quiso revisarla de nuevo. Ella aceptó sentarse, aunque ya podÃa acomodarse sin ayuda. Yo me quedé al otro lado del salón. La vi extender la pierna, doblarla y ponerse de pie cuando se lo pidieron. El capitán me miró después. Ambos la habÃamos visto llegar. Aquella tarde me trasladaron para continuar la revisión. El dolor duró varios dÃas y tardé más en volver a caminar con normalidad. Durante ese tiempo repetà lo ocurrido a los médicos que me atendieron. También les conté lo de la señora y lo que me habÃa dicho su hija. Yo era consciente de cómo sonaba, tenÃa el recuerdo de sus dedos apretándome y de su boca moviéndose mientras yo empezaba a sentir el dolor. Cuando volvimos de la comisión, uno de mis compañeros me entregó unas cosas que habÃa dejado en la escuela. Le pregunté si la muchacha habÃa regresado a buscar atención para su mano.
19:02 Me dijo que sÃ. Fue sola al dÃa siguiente. También preguntó por mÃ. QuerÃa saber si ya podÃa caminar. Mi compañero le respondió que me estaban atendiendo y le preguntó por qué estaba tan preocupada. La muchacha se quedó callada. Después le pidió que me diera un recado. Que no vuelva a dejar que mi mamá la agarre. Regresé al servicio después de recuperarme. Más adelante conseguà otra asignación. TodavÃa atiendo personas que necesitan que la sostenga para levantarse. A veces siento que me tenso antes de ofrecer el brazo. Procuro que la persona no lo note. Las manos en el suelo. La madre de uno de los hombres que encontramos llegó a mi casa. semanas tratando de verlo. Su hijo habÃa ingresado a un grupo que ofrecÃa retiros para dejar adicciones y resolver problemas familiares. Al principio hablaba por teléfono.
20:01 Después comenzaron a contestarle a otras personas. Le decÃan que estaba ocupado. que se encontraba en una etapa importante y que salir podÃa perjudicarlo. La señora fue hasta el lugar. Le permitieron verlo desde una puerta acompañado por dos hombres. Cuando quiso acercarse, dieron por terminada la visita. La denuncia terminó relacionándose con otras familias y con información sobre armas dentro del inmueble. Nos tocó dar apoyo durante un cateo autorizado. Era una propiedad grande en las afueras de una ciudad de Puebla. TenÃa una bodega adaptada, dormitorios y un salón que utilizaban para las reuniones yo era teniente el mando del apoyo militar lo llevaba un capitán segundo la diligencia estaba a cargo de la autoridad ministerial y nosotros acompañábamos y dábamos seguridad entramos por la mañana las primeras personas que salieron traÃan la misma ropa pantalones oscuros y camisas claras caminaban mirando el piso Los agentes fueron separando a quienes dirigÃan el lugar de las personas que estaban ahà internadas.
21:07 Un hombre joven preguntó si ya tenÃa permiso para hablar. Uno de los policÃas le respondió que podÃa hacerlo. Quiso saber si también podÃa sentarse. Ese tipo de preguntas siguió durante toda la entrada. En el salón encontramos a varias personas arrodilladas. TenÃan las manos apoyadas en el suelo. Uno de los responsables del grupo estaba frente a ellas. y les pedÃa que continuaran en silencio. Los agentes lo apartaron. Les dijimos a los demás que podÃan levantarse. Algunos lo hicieron. Otros seguÃan mirando una puerta que quedaba al fondo. Detrás se escuchaba hablar a un hombre. Su voz era pausada. Les decÃa que conservaran la posición y que esperaran instrucciones.
21:52 Uno de los agentes fue hacia la puerta, acompañado por nosotros. Estaba cerrada con llave. Le pidieron al responsable que la abriera. El hombre comenzó a explicar que ahà descansaba el fundador. Le insistieron. Sacó las llaves de la bolsa. Dentro habÃa una cama, una mesa y un sillón con un hombre sentado. TenÃa puesta una camisa abotonada hasta arriba. Le habÃan acomodado las manos sobre los muslos y llevaba una tela debajo de la barbilla. El olor nos alcanzó desde la entrada. El hombre estaba muerto. El médico que acompañaba la diligencia entró después de nosotros y pidió que despejaran el cuarto.
22:36 Yo permanecà junto a la puerta. Desde el salón seguÃan llegando murmullos. Uno de los agentes le preguntó al responsable cuánto tiempo llevaba asÃ. Este respondió que el fundador estaba en un proceso y que solamente debÃan esperar. El policÃa volvió a preguntarle. El hombre bajó la mirada. Empezaron a sacar a las personas del salón. Varias se resistÃan a cruzar la entrada. DecÃan que necesitaban permiso del fundador. El médico nos pidió espacio para trabajar y revisar el entorno del cuerpo. Los agentes comenzaron a registrar el cuarto. Yo estaba esperando a que retiraran a las últimas personas cuando escuché la voz otra vez. Las manos abajo, dijo el hombre.
23:24 Dos personas que estaban en el pasillo se arrodillaron. Una de ellas golpeó el suelo con las rodillas. Volté hacia el cuarto. El cuerpo seguÃa sentado. La tela que tenÃa debajo de la barbilla se movÃa ligeramente. El agente que estaba junto a la mesa también lo habÃa escuchado. Se acercó al médico y le dijo algo en voz baja. El médico volvió a mirar el cuerpo. Yo pude ver los labios separados y la parte hundida de las mejillas. Escuché tomar aire. La voz salió otra vez. Las manos en el suelo. Ordenó. El joven al que habÃamos ayudado a levantarse se soltó de mi brazo y apoyó las palmas sobre el piso. Yo lo sujeté por los hombros.
24:11 Le dije que necesitábamos salir. Me preguntó si habÃa escuchado. Le respondà que sÃ. Entonces empezó a llorar. Los agentes pidieron que sacáramos a todos del pasillo. El capitán dispuso personal para acompañarlos hasta el patio y mantener separados a los responsables. Tardamos mucho en mover a algunos. Un hombre se disculpaba mientras caminaba. Una mujer se detenÃa cada pocos pasos para mirar hacia el cuarto. Los tres que dirigÃan el lugar quedaron detenidos. Se localizaron armas y documentos. También encontraron registros de castigos, dinero y comunicaciones con las familias. Los peritos se hicieron cargo del cuarto. Yo pasé el resto de la diligencia en el patio, ayudando a mantener el orden y acompañando a quienes iban saliendo. El joven que se habÃa arrodillado junto a mà se quedó sentado en una jardinera. TenÃa las palmas raspadas. Me pidió que le avisara cuando sacaran al fundador. Le pregunté si querÃa verlo.
25:13 Comenzó a negar con la cabeza. Me explicó que, cuando el hombre se enfermó, los responsables siguieron llevándolos a escuchar sus instrucciones. Entraban por grupos y se arrodillaban frente a la puerta. A veces permanecÃan ahà durante horas. Me dijo que unos dÃas antes habÃan comenzado a percibir el olor. Aún asÃ, la voz seguÃa hablándoles. Le pregunté si alguna vez habÃan entrado al cuarto. Me respondió que solamente podÃan hacerlo los encargados. Su madre llegó más tarde, lo reconoció desde el portón y comenzó a llamarlo. Ãl se levantó, pero se quedó junto a la jardinera. Miraba hacia el edificio.
25:56 Me acerqué y le dije que podÃa ir con ella. El muchacho me preguntó si yo se lo estaba ordenando. Le respondà que su mamá lo esperaba. SeguÃa sin moverse. Después me tomó de la manga. Lo acompañé hasta el portón. Su madre lo abrazó y él se quedó con las manos a los lados, mirando por encima de su hombro hacia la puerta del salón. Cuando se subió al coche, me pidió que lo cerrara desde afuera. Lo hice. Su mamá se lo llevó esa tarde.
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