Oct. 29, 2026

HOMBRES LAGARTO RIO SECO

HOMBRES LAGARTO RIO SECO
HOMBRES LAGARTO RIO SECO
REDE (Relatos Desclasificados)
HOMBRES LAGARTO RIO SECO

0:01 Los hombres del arroyo seco. Nos avisaron de un vaquero que llevaba dos días sin regresar a su casa. Había salido a revisar unos animales y su familia encontró la camioneta abandonada junto a un corral. Era 2010. Nosotros andábamos por las brechas del Bolsón de Mapimí, en el sector que se conoce como Zona del Silencio. Yo tenía grado de cabo. Íbamos en dos vehículos, bajo el mando del Teniente Zamora. Comenzamos a buscar por la tarde. Todavía hacía calor, pero llevábamos las chamarras encima porque, al bajar el sol, empezaba a sentirse el frío. Encontramos al hombre poco antes de oscurecer. Estaba dentro de un cuarto de piedra que utilizaban para guardar alimento. Había trabado la puerta con una tabla.

0:48 Cuando escuchó los motores, comenzó a golpear la puerta desde adentro. El teniente le habló, le dijo quiénes éramos y le pidió que retirara la tabla. Tardó en hacerlo. Tenía un tobillo muy inflamado, los labios partidos y una botella casi vacía junto a él. Mientras nuestro compañero de sanidad lo revisaba, el hombre preguntó si habíamos visto gente en el arroyo. El teniente quiso saber cuántos eran.« Yo vi tres. Ayer salieron cuando ya estaba oscuro», nos dijo el vaquero.« Pensamos que hablaba de hombres armados». En aquellas brechas uno prestaba atención cuando los habitantes decían que había personas desconocidas. Le preguntaron si lo habían golpeado. Explicó que se había lastimado al correr. Después se metió al cuarto y pasó ahí las dos noches. El teniente ordenó que lo subiéramos para trasladarlo.

1:41 Para entonces ya había oscurecido. Yo ayudaba a acomodar sus cosas cuando el soldado Mejía señaló hacia el cauce seco. Había alguien de pie a unos treinta metros. La luz de una lámpara alcanzaba el pecho y una parte de la cara. Parecía un hombre cubierto de tierra. El teniente le pidió que se identificara. La figura inclinó la cabeza. Otro de mis compañeros alumbró un poco más a la izquierda y encontró a un segundo individuo, agachado junto a unas piedras. El vaquero comenzó a decir que nos fuéramos. Zamora ordenó que permaneciéramos cerca de los vehículos. Volvió a hablarles. El que estaba de pie dio dos pasos. Ahí vi cómo caminaba. Apoyaba primero la parte delantera de los pies.

2:28 Los brazos le colgaban muy separados del cuerpo. Mejía estaba a mi derecha, junto a la parte trasera del primer vehículo. El individuo se agachó y avanzó hacia él. Fue tan rápido que al principio pensé que había tropezado cuesta abajo. Le cayó encima. Escuché el golpe contra la lámina y vi a Mejía doblarse. El teniente gritó una orden. Casi al mismo tiempo sonaron disparos hacia otra figura que venía saliendo del cauce. Yo estaba lo bastante cerca para agarrar a Mejía del chaleco. Aquello le tenía sujeto un brazo. Cuando levantó la cara, lo alumbré de frente. El cuello y la parte baja de la mandíbula estaban cubiertos de placas pequeñas, opacas. Se separaban al girar la cabeza. La boca se abría muy atrás. Me miró mientras seguía jalando a Mejía. Mejía cayó junto a la rueda. Lo arrastré hacia mí mientras otro compañero nos ayudaba a levantarlo. El vaquero gritaba desde el vehículo. Alumbraban de distintos lados. Entre el polvo vi una figura avanzar usando también las manos.

3:48 Se levantó detrás de una piedra y volvió a quedar erguida. Tenía más o menos la estatura de un hombre. Escuché al teniente ordenar que subiéramos. Uno de aquellos seres perdió el equilibrio después de varios disparos. Los otros se movieron hacia él y los perdí de vista en el cauce. Subimos a mejía entre dos. Yo iba entrando cuando algo se colgó del escalón trasero. Vi los dedos cerrarse sobre el borde. El vehículo ya estaba moviéndose. Aquello levantó la cabeza hasta quedar frente a mis rodillas. Le apunté. Recuerdo que miró el arma y después me miró a mí. Disparé. Se soltó y cayó hacia atrás. Me quedé sentado en el piso, pegado a Mejía, mientras la camioneta brincaba sobre la brecha. Él se apretaba el muslo con las dos manos.

4:38 Tenía el pantalón abierto y estaba sangrando. Nuestro compañero de sanidad se acomodó como pudo para atenderlo. Yo le sostenía la lámpara Durante un tramo, seguimos viendo movimiento a los lados del camino. Los faros del vehículo de atrás alcanzaban figuras bajas entre los arbustos. El teniente reportó por radio la agresión y pidió que nos esperaran con apoyo médico. La respuesta llegó clara. Escuché a nuestros compañeros confirmar dónde iban a recibirnos y me aferré a esa conversación. Quería seguir oyendo voces de gente conocida. Salimos de aquella brecha sin detenernos. Mejía permaneció consciente. Me preguntaba si todavía venía.

5:20 Yo miraba hacia atrás antes de contestarle. Cuando llegamos al punto de apoyo, tuvieron que ayudarme a bajarme. Había pasado todo el trayecto apretando el arma y apenas podía abrir la mano. Evacuaron a Mejía y al vaquero. Después nos separaron para que cada uno relatara lo que había visto. Yo describí la cara, la piel del cuello y la mano sobre el escalón. Un compañero dijo que había visto a uno levantarse después de correr apoyado en los cuatro miembros. El teniente nos escuchó sin interrumpir. Al terminar, nos preguntó si alguno había visto que llevaran armas. Todos habíamos visto cuerpos, manos y caras. Los disparos de aquella noche habían salido de nuestro lado después de que atacaron a Mejía. Volvimos al lugar con más personal al día siguiente. Ya había luz.

6:13 Encontramos sangre junto al vehículo abandonado del vaqueo, tierra removida y las cosas que habíamos dejado tiradas al subir. Revisaron el cauce y las inmediaciones. A mí me tocó permanecer junto a los vehículos. Cada vez que alguien se agachaba detrás de una piedra, esperaba verlo salir. El vaquero contó que los había observado acercarse al corral durante las dos noches anteriores. De día, escuchaba animales y motores lejanos. Al oscurecer, empezaban los pasos alrededor del cuarto. Eso fue lo que nos dijo. Nosotros solamente los vimos aquella noche. Mejía estuvo hospitalizado y tardó en recuperar bien la pierna. Cuando volvió, se levantaba de golpe si alguien movía una lámina cerca de donde estaba durmiendo. Yo empecé a hacerlo también. Cumplí otros años de servicio. Después solicité mi baja y regresé con mi familia. Con Mejía todavía hablo. Una vez me preguntó si recordaba la cara. Le dije que sí. Él estuvo unos segundos callado. Yo la tuve aquí, me dijo Mejía, poniéndose la mano junto a la mejilla. Luego cambió de tema.

7:26 Desde entonces, cuando hablamos de aquella salida, casi siempre empezamos preguntándonos por los demás compañeros. De las caras hablamos poco. la que se quedó junto al detenido. La casa tenía un patio de cemento y una capilla pequeña pegada a la cocina. Desde la entrada se veía una figura de la Santa Muerte, vestida de blanco, entre flores de plástico y vasos con veladoras. Ahí encontramos a un hombre secuestrado. Lo habían mantenido en un cuarto de servicio. Cuando los agentes ministeriales lo sacaron, tuvo que sentarse porque apenas podía caminar. Era 2013, en Tamaulipas. Yo era sargento segundo. Nuestro personal estaba dando apoyo y seguridad durante la diligencia. El capitán segundo que llevaba el mando militar nos distribuía conforme los agentes iban sacando a los detenidos. A mí me tocó cuidar a uno en el patio. Era un hombre de unos 30 años, con camisa gris. Lo tenían esposado y sentado contra el muro. Se había mostrado tranquilo desde que lo sacaron. Miraba mucho hacia la capilla. Le pregunté si tenía alguna lesión. Me respondió que estaba bien. Después quiso saber si podían llevarle una pequeña figura que estaba sobre una mesa. Le dije que esperara a que terminaran de revisar y registrar sus pertenencias. El hombre sonrió. Ella siempre viene conmigo, me dijo el detenido. Yo seguí pendiente de

8:58 la puerta por donde estaban entrando y saliendo los agentes. Un cabo que estaba conmigo acompañó a otro detenido hacia el vehículo. Se quedó cerca de la salida, a unos metros. Entonces, sentí que alguien se había colocado detrás de mi hombro izquierdo. Volté. Había una mujer junto al detenido. Llevaba una tela blanca sobre la cabeza y parte del rostro. Pensé que alguno de los agentes había dejado pasar a una familiar. Me sorprendió encontrarla tan cerca sin haberla escuchado llegar. Le pedí que se apartara. La mujer permaneció inclinada sobre el hombre. Él levantó la cara hacia ella. Quise llamar al cabo, pero en ese momento el detenido empezó a ponerse de pie.

9:43 Me acerqué para indicarle que siguiera sentado. Una mano salió entre su hombro y la tela blanca. Me sujetó la muñeca. Sentí algo muy frío, duro y delgado. Bajé la mirada. Los dedos estaban cerrados sobre mi brazo. Veía las uniones y los huesos pequeños bajo la luz del patio. Me quedé inmóvil. La tela se movió cuando la mujer giró hacia mí. Vi una parte de la mandíbula. Durante un instante, traté de entender dónde terminaba la tela y dónde empezaba la cara. El detenido dio un paso hacia la salida. Yo seguía con el brazo detenido. El cabo gritó desde la puerta. Lo escuché correr. Cuando llegó, la presión desapareció.

10:27 El hombre de la camisa gris ya estaba cerca del pasillo. El cabo y uno de los agentes lo detuvieron y lo hicieron volver. Yo me quedé junto al muro. El capitán se acercó y me preguntó qué había pasado. Le dije que había una mujer en el patio. Me pidió que se la señalara. Miré hacia la capilla, la cocina y la puerta de servicio. El cabo comenzó a hablar. Él había visto una tela blanca junto al detenido. Desde donde estaba, le pareció que yo discutía con una mujer. Por eso, había volteado cuando el hombre se levantó. El capitán pidió que revisaran quiénes habían quedado dentro de la casa. Mientras lo hacían, me apartó y quiso saber si yo estaba en condiciones de continuar. Tenía la muñeca helada. La movía para recuperar la sensación en los dedos. Le conté lo que había sentido y lo que alcancé a ver.

11:21 El capitán escuchó también al cabo. Después puso a otro compañero con nosotros. La diligencia continuó. Los agentes sacaron armas, bolsas y otros objetos. Todo se fue registrando. El hombre secuestrado seguía sentado cerca de la entrada, acompañado por personal que lo estaba atendiendo. Cuando llegó el momento de trasladar al de la camisa gris, lo pusieron de pie. Yo lo vi mirar otra vez hacia su lado izquierdo. Movió la cabeza como dejando pasar a alguien. Después caminó. Me correspondió acompañarlo hasta la salida. Al pasar cerca del hombre liberado, este se pegó contra la pared. Nos pidió que esperáramos.

12:03 Uno de los agentes pensó que se sentía mal y le acercó una silla. El hombre seguía mirando el espacio junto al detenido. Cuando la camisa gris desapareció detrás del portón, soltó el aire y comenzó a llorar. Más tarde nos pidieron relatar lo ocurrido en el patio. Describimos por separado lo que habíamos observado. El cabo había visto una figura cubierta de blanco. Yo había visto la mano. Ambos habíamos estado ahí cuando el detenido intentó alejarse. Los detenidos fueron entregados a la autoridad correspondiente. El hombre secuestrado salió acompañado y lo llevaron a recibir atención. Antes de que lo retiraran, quiso decirnos algo. Señaló la capilla. Contó que los hombres de aquella casa le rezaban todos los días. Decían que, mientras ella estuviera con el encargado, nadie iba a poder quitárselo.

12:58 Uno de los agentes le preguntó de quién hablaba. El hombre miró hacia mí, de la señora que estaba junto a él. Ahí se pone siempre, respondió el hombre liberado. Yo llevaba un rato frotándome la muñeca. Dejé de hacerlo cuando lo escuché. La señora que salió caminando. Pedí ir al apoyo en una comunidad afectada por las lluvias porque quería pasar unos días lejos de la oficina donde estaba asignada. Era cabo de sanidad. Un teniente coronel llevaba tiempo haciendo comentarios sobre mi cuerpo y buscando que me quedara a solas con él después del servicio. Yo procuraba resolver todo por los conductos de trabajo y retirarme acompañada. Cuando salió aquella comisión, me ofrecí. Llegamos a una comunidad de la costa de Oaxaca. Habían habilitado un puesto de atención en una escuela. Las familias entraban por el patio y esperaban bajo el techo del corredor. El capitán primero médico estaba a cargo de la atención. Yo recibía a las personas, tomaba sus datos y ayudaba con lo que se necesitara.

14:08 La mañana en que ocurrió aquello, había una fila larga. Una muchacha llegó acompañando a su mamá. La señora se apoyaba en ella y apenas movía una pierna. La sentamos cerca de la entrada. Mientras esperaba, miraba mis manos. Me pidió que le acercara una silla para estirar la pierna. Lo hice y le pregunté desde cuándo le dolía. Respondió que llevaba mucho tiempo así. Su hija se quedó detrás, sujetando una bolsa. La señora me preguntó mi nombre. Yo llevaba el apellido en el uniforme, así que le dije cómo podía dirigirse a mí. Ella sonrió. Después extendió la mano. Pensé que quería apoyarse para acomodarse mejor. Me agarró por encima del guante, alrededor de la muñeca, y me pidió que permaneciera un momento con ella. Al principio fue un agarre normal. Luego apretó. Le dije que necesitaba soltarme para seguir atendiendo. La hija bajó la cabeza. La señora comenzó a mover los labios. Yo traté de retirar el brazo y sentí un dolor que me subió desde el pie hasta la rodilla. Tuve que agarrarme de la silla. La mujer me soltó. Me quedé parada, esperando que pasara. Sentía la pierna tensa, como si acabara de darme un tirón muy fuerte. Uno de mis compañeros me acercó a otra silla.

15:28 La señora comenzó a levantarse. Su hija quiso ayudarla, pero ella apartó la mano y apoyó ambos pies en el piso. La vi dar unos pasos por el corredor. Yo seguía tratando de estirar mi pierna. El capitán salió al escuchar que lo llamaban. Me preguntó si me había caído. Le dije que el dolor había empezado de golpe. Me revisó ahí mismo y después me pidió que pasara al salón donde tenía más espacio. Al quitarme la bota, me temblaban los dedos. La señora esperaba cerca de la puerta. La muchacha se había quedado varios metros atrás. El capitán le pidió a un compañero que terminara de atender a la paciente mientras él me revisaba. Cuando intenté ponerme de pie, el dolor me hizo volver a sentarme. Podía mover el pie, pero al cargar el peso, sentía que se me doblaba la rodilla. Me dieron atención y me retiraron del trabajo de esa mañana. Yo quería pensar que era un calambre, alguna mala postura o el cansancio de los días anteriores.

16:29 Lo que me tenía alterada era haber visto salir caminando a una persona que acababan de traer casi cargada. Antes de que se fueran, pedí hablar con la hija. La señora se adelantó hacia la entrada. La muchacha permaneció junto a mí. Le pregunté qué había estado diciendo su mamá cuando me sostuvo del brazo. Me respondió que no sabía. Le pedí que me mirara. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Después comenzó a decir que ella le había pedido muchas veces que dejara de hacerlo. Le pregunté a qué se refería. La muchacha se arremangó. Tenía una mano rígida con los dedos que apenas alcanzaba a estirar. Me contó que una vez su mamá había amanecido sin poder abrir una mano.

17:15 Durante la tarde le pidió que se la frotara. Al día siguiente la señora podía moverla y ella comenzó con aquellas molestias. La habían llevado a revisarse. Seguía buscando atención. Eso fue lo que me contó. Yo estaba sentada con una pierna estirada y todavía necesitaba ayuda para levantarme. La señora regresó por ella. Al verme hablando con su hija se quedó en la puerta. Me preguntó si ya estaba mejor. Le dije que necesitaba saber qué había hecho cuando me tomó del brazo. La muchacha empezó a pedirle que se fueran. La señora me miró las botas. Usted está joven, se va a recuperar, me dijo. El capitán se acercó al escucharla.

17:58 Le pidió que aclarara lo que estaba diciendo. La mujer contestó que solamente estaba tratando de animarme. El médico quiso revisarla de nuevo. Ella aceptó sentarse, aunque ya podía acomodarse sin ayuda. Yo me quedé al otro lado del salón. La vi extender la pierna, doblarla y ponerse de pie cuando se lo pidieron. El capitán me miró después. Ambos la habíamos visto llegar. Aquella tarde me trasladaron para continuar la revisión. El dolor duró varios días y tardé más en volver a caminar con normalidad. Durante ese tiempo repetí lo ocurrido a los médicos que me atendieron. También les conté lo de la señora y lo que me había dicho su hija. Yo era consciente de cómo sonaba, tenía el recuerdo de sus dedos apretándome y de su boca moviéndose mientras yo empezaba a sentir el dolor. Cuando volvimos de la comisión, uno de mis compañeros me entregó unas cosas que había dejado en la escuela. Le pregunté si la muchacha había regresado a buscar atención para su mano.

19:02 Me dijo que sí. Fue sola al día siguiente. También preguntó por mí. Quería saber si ya podía caminar. Mi compañero le respondió que me estaban atendiendo y le preguntó por qué estaba tan preocupada. La muchacha se quedó callada. Después le pidió que me diera un recado. Que no vuelva a dejar que mi mamá la agarre. Regresé al servicio después de recuperarme. Más adelante conseguí otra asignación. Todavía atiendo personas que necesitan que la sostenga para levantarse. A veces siento que me tenso antes de ofrecer el brazo. Procuro que la persona no lo note. Las manos en el suelo. La madre de uno de los hombres que encontramos llegó a mi casa. semanas tratando de verlo. Su hijo había ingresado a un grupo que ofrecía retiros para dejar adicciones y resolver problemas familiares. Al principio hablaba por teléfono.

20:01 Después comenzaron a contestarle a otras personas. Le decían que estaba ocupado. que se encontraba en una etapa importante y que salir podía perjudicarlo. La señora fue hasta el lugar. Le permitieron verlo desde una puerta acompañado por dos hombres. Cuando quiso acercarse, dieron por terminada la visita. La denuncia terminó relacionándose con otras familias y con información sobre armas dentro del inmueble. Nos tocó dar apoyo durante un cateo autorizado. Era una propiedad grande en las afueras de una ciudad de Puebla. Tenía una bodega adaptada, dormitorios y un salón que utilizaban para las reuniones yo era teniente el mando del apoyo militar lo llevaba un capitán segundo la diligencia estaba a cargo de la autoridad ministerial y nosotros acompañábamos y dábamos seguridad entramos por la mañana las primeras personas que salieron traían la misma ropa pantalones oscuros y camisas claras caminaban mirando el piso Los agentes fueron separando a quienes dirigían el lugar de las personas que estaban ahí internadas.

21:07 Un hombre joven preguntó si ya tenía permiso para hablar. Uno de los policías le respondió que podía hacerlo. Quiso saber si también podía sentarse. Ese tipo de preguntas siguió durante toda la entrada. En el salón encontramos a varias personas arrodilladas. Tenían las manos apoyadas en el suelo. Uno de los responsables del grupo estaba frente a ellas. y les pedía que continuaran en silencio. Los agentes lo apartaron. Les dijimos a los demás que podían levantarse. Algunos lo hicieron. Otros seguían mirando una puerta que quedaba al fondo. Detrás se escuchaba hablar a un hombre. Su voz era pausada. Les decía que conservaran la posición y que esperaran instrucciones.

21:52 Uno de los agentes fue hacia la puerta, acompañado por nosotros. Estaba cerrada con llave. Le pidieron al responsable que la abriera. El hombre comenzó a explicar que ahí descansaba el fundador. Le insistieron. Sacó las llaves de la bolsa. Dentro había una cama, una mesa y un sillón con un hombre sentado. Tenía puesta una camisa abotonada hasta arriba. Le habían acomodado las manos sobre los muslos y llevaba una tela debajo de la barbilla. El olor nos alcanzó desde la entrada. El hombre estaba muerto. El médico que acompañaba la diligencia entró después de nosotros y pidió que despejaran el cuarto.

22:36 Yo permanecí junto a la puerta. Desde el salón seguían llegando murmullos. Uno de los agentes le preguntó al responsable cuánto tiempo llevaba así. Este respondió que el fundador estaba en un proceso y que solamente debían esperar. El policía volvió a preguntarle. El hombre bajó la mirada. Empezaron a sacar a las personas del salón. Varias se resistían a cruzar la entrada. Decían que necesitaban permiso del fundador. El médico nos pidió espacio para trabajar y revisar el entorno del cuerpo. Los agentes comenzaron a registrar el cuarto. Yo estaba esperando a que retiraran a las últimas personas cuando escuché la voz otra vez. Las manos abajo, dijo el hombre.

23:24 Dos personas que estaban en el pasillo se arrodillaron. Una de ellas golpeó el suelo con las rodillas. Volté hacia el cuarto. El cuerpo seguía sentado. La tela que tenía debajo de la barbilla se movía ligeramente. El agente que estaba junto a la mesa también lo había escuchado. Se acercó al médico y le dijo algo en voz baja. El médico volvió a mirar el cuerpo. Yo pude ver los labios separados y la parte hundida de las mejillas. Escuché tomar aire. La voz salió otra vez. Las manos en el suelo. Ordenó. El joven al que habíamos ayudado a levantarse se soltó de mi brazo y apoyó las palmas sobre el piso. Yo lo sujeté por los hombros.

24:11 Le dije que necesitábamos salir. Me preguntó si había escuchado. Le respondí que sí. Entonces empezó a llorar. Los agentes pidieron que sacáramos a todos del pasillo. El capitán dispuso personal para acompañarlos hasta el patio y mantener separados a los responsables. Tardamos mucho en mover a algunos. Un hombre se disculpaba mientras caminaba. Una mujer se detenía cada pocos pasos para mirar hacia el cuarto. Los tres que dirigían el lugar quedaron detenidos. Se localizaron armas y documentos. También encontraron registros de castigos, dinero y comunicaciones con las familias. Los peritos se hicieron cargo del cuarto. Yo pasé el resto de la diligencia en el patio, ayudando a mantener el orden y acompañando a quienes iban saliendo. El joven que se había arrodillado junto a mí se quedó sentado en una jardinera. Tenía las palmas raspadas. Me pidió que le avisara cuando sacaran al fundador. Le pregunté si quería verlo.

25:13 Comenzó a negar con la cabeza. Me explicó que, cuando el hombre se enfermó, los responsables siguieron llevándolos a escuchar sus instrucciones. Entraban por grupos y se arrodillaban frente a la puerta. A veces permanecían ahí durante horas. Me dijo que unos días antes habían comenzado a percibir el olor. Aún así, la voz seguía hablándoles. Le pregunté si alguna vez habían entrado al cuarto. Me respondió que solamente podían hacerlo los encargados. Su madre llegó más tarde, lo reconoció desde el portón y comenzó a llamarlo. Él se levantó, pero se quedó junto a la jardinera. Miraba hacia el edificio.

25:56 Me acerqué y le dije que podía ir con ella. El muchacho me preguntó si yo se lo estaba ordenando. Le respondí que su mamá lo esperaba. Seguía sin moverse. Después me tomó de la manga. Lo acompañé hasta el portón. Su madre lo abrazó y él se quedó con las manos a los lados, mirando por encima de su hombro hacia la puerta del salón. Cuando se subió al coche, me pidió que lo cerrara desde afuera. Lo hice. Su mamá se lo llevó esa tarde.