Exmilitares Contra Brujas En La Sierra De Sinaloa - Historias De Terror - REDE
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0:05 ConducÃamos por la brecha rumbo al pueblo cuando esto pasó. El camino era angosto y las ramas se cerraban sobre el cofre, como si el monte quisiera tragarse la camioneta. Llevábamos más de una hora avanzando, entre lodazales sin señal de radio, regresando de un turno de vigilancia en la mina. Yo iba al volante y Camargo dormÃa con el fusil en las piernas. En ese tipo de trayectos uno se acostumbra al ruido del motor, al golpeteo del lodo, al silencio de la sierra. Pero esa noche el aire se sentÃa distinto, pesado, como si lo que venÃa adelante no perteneciera al mismo camino. En la siguiente curva los faros iluminaron a una mujer parada justo en medio de la brecha.
0:52 Frené tan fuerte que la camioneta derrapó y se fue de lado. El motor siguió rugiendo unos segundos mientras el polvo se levantaba frente a los faros. Pero la mujer no se movió. Estaba desnuda, con el cuerpo cubierto de tierra seca y el cabello pegado al rostro. TenÃa los brazos colgando a los costados, los pies firmes sobre el suelo y la cabeza ligeramente ladeada, como si escuchara algo que nosotros no. Apagué el motor por reflejo. Camargo despertó de golpe. Tomó el arma y apuntó hacia el parabrisas. Le hice seña de que bajara el cañón y abrà la puerta. Afuera, el ambiente olÃa raro y el aire parecÃa más denso, como si faltara oxÃgeno. Caminé despacio con la linterna encendida y me acerqué a la mujer. Su piel era pálida bajo la capa de tierra. Los pies estaban ennegrecidos, llenos de grietas. como si hubiera caminado kilómetros descalza.
1:53 Me detuve a un metro. No hablaba. Solo respiraba despacio, con el pecho apenas moviéndose. Intenté preguntarle si necesitaba ayuda, pero levantó la cabeza y sonrió. No era una sonrisa normal. TenÃa los dientes afilados, finos como si los hubiera limado uno por uno. Su expresión no mostraba miedo ni dolor, sino algo más cercano a la burla. una calma que no correspondÃa a alguien perdido en el monte Camargo rodeó la camioneta apuntando hacia los costados detrás de la mujer la luz de la linterna reveló huellas frescas en el lodo marcadas hacia el barranco se hundÃan profundo como si alguien las hubiera hecho con fuerza no habÃa otras pisadas cerca y cuando di un paso atrás la mujer giró la cabeza completamente hacia un lado sin mover el cuerpo y siguió sonriendo la linterna tembló en mi mano sentà una presión rara en el pecho no por miedo sino por la sensación de que algo no estaba bien desde mucho antes de verla Le hice la señal a Camargo de regresar. Subimos sin hablar. Encendà el motor y di marcha atrás para tomar el desvÃo. Cuando la camioneta dio la vuelta, la luz de los faros iluminó el borde del barranco. Pero ella ya no estaba. En su lugar, una cuerda gruesa colgaba de una rama, moviéndose apenas con el aire. ParecÃa vieja, llena de nudos y terminaba perdida
3:24 entre la maleza. Camargo no dijo una palabra. Seguimos avanzando hasta dejar atrás el tramo, pero al mirar por el retrovisor, vi algo que me hizo acelerar. Una figura quieta en el mismo sitio donde la habÃamos visto, más atrás, parada justo frente a la huella que habÃa dejado la camioneta. Solo distinguà la forma del cabello, cayendo hacia adelante, y los brazos extendidos. No quise detenerme. Llevábamos años acostumbrados a ver cosas raras, en caminos de servicio, luces, sombras, animales muertos puestos como advertencia. Pero esto tenÃa otra intención. No era un susto, era un aviso. A los pocos kilómetros Camargo rompió el silencio y dijo que habÃa escuchado historias viejas sobre esa zona, que los locales la llamaban el barranco de las mujeres, porque en los años de la militarización habÃan desaparecido soldados y campesinos. Algunos aseguraban haber visto mujeres en medio del camino, con la mirada fija y una sonrisa aterradora. Los viejos decÃan que aparecÃan después de que alguien morÃa, o cuando alguien iba a morir pronto.
4:39 No respondÃ, solo pensé en los dientes afilados, en esa sonrisa quieta y en los pies negros. Todo lo demás quedaba en segundo plano. El monte seguÃa cerrado y la brecha sin fin. a la distancia la luz de la mina se veÃa como una mancha débil en el horizonte conocÃamos bien el terreno y sabÃamos que el barranco quedaba a menos de un kilómetro al sur del camino principal nadie se acercaba ahà era un sitio donde los perros no ladraban y las radios se quedaban sin señal cuando por fin llegamos al tramo de piedra la camioneta empezó a fallar los faros parpadearon y el motor toció un par de veces antes de estabilizarse en el suelo un rastro de huellas iba del borde del camino hacia la maleza eran las mismas marcas que habÃamos visto antes bajé a revisar con la linterna y noté que las huellas terminaban justo donde empezaba la cuerda como si alguien hubiera bajado por ahà hace unos minutos Camargo me llamó desde la camioneta, nervioso, diciendo que nos siguiéramos. Subà y seguimos el trayecto, hasta encontrar el viejo puesto de resguardo militar.
5:52 Era lo único habitable en esa zona. SabÃamos que estaba abandonado desde hacÃa años, pero ofrecÃa paredes, techo y un generador viejo. Decidimos quedarnos ahà a pasar la noche. Durante el trayecto final, no volvimos a hablar. la sierra entera parecÃa escuchar las sombras de los árboles se estiraban sobre el cofre y el camino desaparecÃa por momentos entre los matorrales lo único constante era el olor extraño y un aire espeso mientras manejaba pensé en lo que habÃamos visto no podÃa sacar de mi cabeza esa sonrisa habÃa algo en su mirada que no era de esta tierra como si detrás de esos ojos alguien más nos observaba recordé un rumor que corrÃa entre los hombres del batallón cuando servÃamos en la región hablaban de las del barranco mujeres que salÃan en los caminos después de un enfrentamiento o cuando habÃa muerto cerca Nadie sabÃa si eran reales, pero los más viejos decÃan que si las veÃas no debÃas quedarte quieto, ni hablarles, ni mirarlas de frente. Apreté el volante y traté de convencerme de que era una persona perdida, una enferma, una loca del monte, pero en el fondo supe que no. Esa sonrisa no pertenecÃa a un ser humano.
7:18 Llegamos al puesto, poco antes del amanecer. Era una construcción cuadrada, de lámina oxidada y muros agrietados, perdida entre los árboles. HabÃa servido como base de observación en nuestros años de servicio, pero desde hacÃa tiempo estaba fuera de uso. La puerta principal seguÃa colgada por una sola bisagra, y el viento la empujaba con un chirrido lento. todo el lugar tenÃa un aire de abandono y el ambiente olÃa raro encendimos las linternas y entramos las paredes estaban cubiertas de polvo y las literas metálicas oxidadas se inclinaban hacia un costado en el piso habÃa restos de cuerda pedazos de lona y una caja de madera con clavos viejos Dejamos las mochilas junto a la entrada y revisamos los cuartos. Camargo fue hacia la parte trasera, donde antes estaba el depósito de suministros. Al poco rato, regresó sosteniendo una chaqueta militar vieja.
8:21 En la manga aún se distinguÃa el parche del batallón 53. La extendió sobre la mesa y alumbró la etiqueta interior. El nombre estaba escrito con tinta deslavada, pero se alcanzaba a leer. Pérez C. Reconocà ese nombre al instante. HabÃa sido parte de nuestro pelotón. Desaparecido en la sierra durante una práctica nocturna, justo en esta misma zona. Se organizó una búsqueda de tres dÃas y nunca se halló rastro de él. Ver esa prenda aquà me dejó helado. Camargo me miró sin decir nada, pero entendió lo que pasaba por mi cabeza. Dobló la chaqueta con cuidado y la colocó sobre un escritorio oxidado. decidimos quedarnos a descansar unas horas cerramos la puerta con un tubo de hierro atravesado entre los picaportes nadie en su sano juicio pasaba por esa brecha a esas horas pero ambos sabÃamos que en esa sierra la gente no era el único peligro Mientras comÃamos algo de los vÃveres, observé las paredes. HabÃa marcas negras trazadas con tierra o carbón. Algunas formaban lÃneas torcidas, otras parecÃan números mal escritos. En el suelo, varios trozos de cuerda con nudos apretados. No eran sogas de trabajo ni amarres comunes. Los nudos se repetÃan con un patrón extraño, simétrico, como si tuvieran un propósito. afuera el aire se mantenÃa
9:53 inmóvil ni siquiera se escuchaban los insectos el lugar tenÃa una calma antinatural decidimos turnarnos para montar guardia me tocó la primera mitad de la noche me senté cerca de la puerta con el fusil entre las piernas escuchando los crujidos del techo viejo por momentos parecÃa que algo se movÃa sobre la lámina pero se detenÃa cada vez que apuntaba la linterna hacia arriba Pasada la medianoche, un ruido raro rompió el silencio. VenÃa del techo, justo encima de donde dormÃa Camargo. Era un arrastre lento, como si algo pasara las manos por encima de la lámina. Me puse de pie y alumbré hacia arriba. Lo que vi me paralizó.
10:37 Una mano delgada se asomaba por el borde del techo, los dedos largos, pálidos y con uñas sucias, pero se movió hacia atrás con lentitud hasta desaparecer. Desperté a Camargo de un empujón y salimos a revisar. Afuera no habÃa viento, ni huellas, ni señal de nadie. Solo algunas ramas rotas y la cuerda tirada en el suelo. La misma que habÃamos visto dentro con los mismos nudos. Tomé uno de los trozos y lo guardé en la mochila. De regreso al interior, Camargo estaba inquieto. Me dijo que ese puesto tenÃa mala fama desde siempre. que incluso antes de desaparecer, Pérez y su grupo ya se hablaba de cosas raras.
11:21 Contó que algunos soldados aseguraban haber visto mujeres caminando con una figura extraña, descalzas, cerca del barranco. No le respondÃ, solo me quedé observando la puerta, pensando en la mujer que habÃamos visto horas antes. No podÃa ser coincidencia, ni la cuerda, ni el nombre, ni este lugar. Todo apuntaba a lo mismo, pero todavÃa no sabÃa a qué. El resto de la noche se hizo eterno y no dormimos. Los ruidos seguÃan apareciendo por momentos, como si algo rodeara la estructura. Al intentar asomarme por una rendija, alcancé a ver un movimiento entre los árboles. Una figura encorvada, con el cabello colgando, que se movÃa con torpeza. No logré distinguir si era un animal o una persona, pero al enfocar la linterna ya no estaba. Cerramos las rendijas con tablas sueltas y esperamos que amaneciera. El ambiente adentro se volvió más pesado, como si el aire costara respirarlo. Camargo se mantuvo en silencio, observando la chaqueta sobre la mesa.
12:31 Yo seguÃa pensando en los nudos, en la cuerda, en la mujer. Todo tenÃa un patrón. Antes del amanecer, mientras recogÃamos nuestras cosas, un golpe seco nos hizo girar. Algo habÃa caÃdo sobre el cofre de la camioneta. Corrimos afuera y apuntamos las linternas. En el centro del capó, una mano humana colgaba atada con una cuerda. Era pequeña, los dedos largos y la piel grisácea. La cuerda tenÃa los mismos nudos que los fragmentos del suelo. Camargo retrocedió unos pasos. Quise tomarla, pero al tocar la cuerda noté que estaba húmeda como recién usada. La dejé caer y no dijimos nada.
13:15 Subimos a la camioneta y arrancamos sin mirar atrás. mientras el motor encendÃa la puerta de lámina golpeó con fuerza cerrándose sola en el retrovisor las luces de la linterna reflejaron algo en la pared interior del puesto una sombra alargada con el cabello cayendo hacia adelante no podÃa ser la mÃa ni la de camargo porque ya estábamos fuera avanzamos por el sendero de piedras rumbo al cerro el camino estaba cubierto de ramas como si nadie lo hubiera usado en años por momentos el ruido del motor parecÃa ahogarse en el aire espeso camargo revisó el mapa pero la brújula giraba sin detenerse como si el metal del tablero la confundiera conduje en silencio pues no hacÃa falta hablar los dos sabÃamos que aquello no era una coincidencia la chaqueta con el nombre del desaparecido las marcas en las paredes la cuerda con nudos idénticos y ahora esa mano colgada del motor todo estaba conectado con las historias de los soldados que no regresaron a medida que subÃamos la vegetación se abrÃa el amanecer apenas clareaba entre los árboles y desde arriba se veÃa el barranco extendiéndose como una herida en medio del monte esa zona era la misma donde Pérez y su grupo habÃan desaparecido Le dije a Camargo que lo mejor era salir de ahÃ, por la ruta del cerro y conectar con la carretera principal,
14:45 aunque fuera más larga. Asintió sin discutir. Lo conocÃa desde hacÃa años. Cuando no hablaba era porque estaba tan asustado como yo. Durante el ascenso algo llamó mi atención. En la parte baja del parabrisas, justo en la orilla, una cuerda fina se movÃa con el viento. TenÃa los mismos nudos que todas las demás. La arranqué de un tirón y la arrojé por la ventana. Quedó colgando en el aire unos segundos antes de caer al camino. En la distancia el cielo se volvió gris y el monte parecÃa cerrarse de nuevo. HabÃamos dormido una sola noche en ese puesto, pero sentÃa como si hubiéramos estado ahà semanas. No quise mirar atrás, no por miedo a lo que pudiera ver, sino porque temÃa reconocer que algo de ese lugar habÃa quedado con nosotros. Subimos por el camino de tierra, mientras el sol apenas asomaba entre las ramas. El aire olÃa raro, espeso, como si el monte se hubiera cerrado sobre sà mismo.
15:47 Las hojas crujÃan bajo las botas, y cada paso levantaba un polvo fino, que parecÃa flotar sin disiparse. Llevábamos casi una hora avanzando cuesta arriba, siguiendo la vieja ruta que conectaba con la carretera principal. el cerro quedaba justo al borde del barranco donde se habÃan perdido tantos hombres a medida que subÃamos el silencio se hacÃa más profundo ni los pájaros se oÃan camargo caminaba unos metros adelante con el fusil colgado al pecho miraba hacia los lados como si esperara algo yo sólo querÃa dejar atrás aquel tramo y no volver nunca pero la sensación de que nos observaban no desaparecÃa entre unas piedras algo brilló con la luz de la linterna me agaché y saqué una chapa militar oxidada enterrada a medio palmo La limpié con el pulgar y sentà un vacÃo en el estómago al leer el nombre. Perecé. Era el mismo de la chaqueta que encontramos en el puesto. La guardé en el bolsillo sin decir nada. No querÃa confirmar en voz alta lo que ya entendÃa. que todo lo que habÃamos visto estaba conectado seguimos avanzando hasta llegar a una parte del cerro donde la vegetación se abrÃa un poco entre los árboles se alcanzaba a ver una fogata débil rodeada por piedras la luz era tan tenue que al principio pensé que era un reflejo pero luego distinguà tres figuras inmóviles paradas alrededor
17:21 del fuego nos acercamos agachados las linternas apagadas sólo la claridad del fuego nos guiaba cuando estuvimos lo bastante cerca vi que eran tres mujeres cubiertas de lodo con el cabello pegado al rostro y los pies hundidos en la tierra no hablaban sólo miraban las llamas como si esperaran una señal entonces una de ellas levantó la cabeza y sonrió la luz del fuego reveló unos dientes afilados iguales a los de la mujer que habÃamos visto en la carretera Su sonrisa era lenta, segura, y me recorrió el cuerpo un escalofrÃo. Era la misma mirada y el mismo gesto.
18:03 Camargo levantó el fusil, pero le hice seña de que esperara. No sabÃa por qué, tal vez por miedo a provocar algo peor. Observé el suelo frente a las mujeres. AhÃ, junto a la fogata, habÃa un cuerpo con uniforme militar. El tejido estaba podrido, pero el color verde se distinguÃa. TenÃa el parche del batallón 53, el nuestro. La piel del rostro estaba oscura, sin rasgos. En el pecho, una de las mujeres colocaba una mano humana atada con una cuerda. la cuerda tenÃa los mismos nudos que habÃamos visto en el puesto y en la soga del barranco el fuego se movió como si respirara y el cuerpo pareció contraerse me quedé quieto conteniendo la respiración entonces escuchamos un ruido extraño detrás de nosotros un golpe seco como si algo hubiera caÃdo entre los árboles Camargo giró el fusil y se escucharon pasos entre la maleza rápidos desordenados Apunté la linterna, pero no logré ver nada claro, solo movimiento de sombras.
19:11 No podÃa saber si eran más mujeres o algo que se arrastraba entre los arbustos. La figura que sonreÃa dio un paso adelante. Sus pies no hicieron ruido al tocar la tierra. levantó la cabeza otra vez y vi que los ojos no tenÃan brillo sólo una opacidad aterradora dijo algo pero no se entendió sonaba a un murmullo ahogado como si hablara bajo el agua camargo disparó y el fogonazo iluminó todo el claro y por un segundo vi cómo las tres mujeres se encorvaban hacia el fuego y no parecÃan heridas asà que corrimos sin esperar respuesta el descenso fue una locura la tierra se hundÃa bajo las botas y las ramas nos golpeaban la cara atrás el fuego seguÃa encendido sentÃa la respiración caliente de camargo detrás de mà y el sonido de las piedras cayendo por el barranco No volteamos, solo bajamos hasta que el terreno se niveló y el monte se abrió hacia el valle.
20:16 El aire seguÃa raro, espeso, con esa sensación que precede a una tormenta. Seguimos corriendo hasta que la camioneta apareció entre los árboles. Subimos y arranqué sin mirar hacia atrás. En el retrovisor el cerro se veÃa quieto, pero las copas de los árboles parecÃan moverse en direcciones contrarias, como si algo las empujara desde abajo. cuando el camino nos devolvió a terreno firme la luz del amanecer empezó a filtrarse entre las nubes no hablamos durante todo el trayecto solo se oÃa el motor y el golpeteo de las piedras contra el chasis ya en el pueblo fuimos directo a la comandancia Contamos lo ocurrido y pedimos que enviaran una patrulla. El jefe de la policÃa nos miró con escepticismo, pero aceptó acompañarnos. Volvimos con ellos al mediodÃa. El camino estaba igual, pero en el cerro ya no habÃa nada, ni fogata, ni cuerpo, ni cuerda. El suelo, sin embargo, tenÃa un cÃrculo de tierra más clara, como si alguien hubiera barrido el lugar o encendido una hoguera grande y después cubierto las cenizas. no habÃa huellas ni olor ni rastro de humo uno de los policÃas encontró restos de tela entre las piedras un fragmento de chaqueta militar con un parche semi quemado lo sostuvo unos segundos y luego lo guardó en una bolsa sin decir palabra nos miramos con camargo sabiendo que no encontrarÃan más aun asà nos
21:48 quedamos varias horas recorriendo el área Yo sentÃa la mirada de alguien sobre la nuca, pero no habÃa nadie, solo monte, viento y el mismo aire espeso de siempre. Esa noche dormimos en un cuarto rentado en la orilla del pueblo. Me desperté varias veces, el lugar estaba en silencio, pero tenÃa la sensación de que algo se movÃa fuera de la ventana. A la mañana siguiente, cuando salÃ, la chapa militar de Pérez estaba sobre el tablero de la camioneta. Estoy seguro de que la habÃa guardado en el bolsillo interno de mi chamarra y nadie más la pudo haber puesto ahÃ. La tomé y la guardé otra vez. No le conté a Camargo. Encendà el motor y nos alejamos del pueblo rumbo a la carretera. En el espejo lateral, el cerro se veÃa a lo lejos, cubierto de neblina.
22:43 Durante unos segundos creà distinguir una silueta entre los árboles, inmóvil, mirando hacia nosotros. Luego, el camino se perdió entre las curvas. Pasaron los dÃas. Volvà a mi rutina, a los turnos de seguridad, a las noches frente a la mina. Pero, de vez en cuando, el ambiente volvÃa a oler raro, y el aire se quedaba quieto, sin viento. En esos momentos, recordaba la sonrisa de aquella mujer en medio del fuego, con los dientes afilados, reflejando la luz como cuchillas. Nunca más regresé a esa zona. Nadie del batallón volvió a mencionarla, pero cada vez que paso por un tramo solitario y el aire se vuelve espeso, siento que algo me acompaña.
23:28 No se escucha, no se ve, pero ahà está. Y entonces, sin saber por qué, vuelvo a mirar el tablero de la camioneta, esperando no ver otra vez la chapa del compañero Pérez. Después de dejar el ejército, trabajé unos años en seguridad privada. En ese tiempo participé en varios operativos complicados, pero ninguno me dejó tan marcado como el del Cerro de la Cruz, un sitio al que todavÃa evito mirar cuando paso por la carretera. Según la gente del pueblo, ese cerro estaba maldito desde hacÃa décadas. Nosotros no creÃamos en eso, pues éramos hombres acostumbrados a ver cosas peores.
24:16 Nos contrataron a seis exmilitares para vigilar un terreno que un empresario de Sinaloa acababa de comprar. Dijo que en las últimas semanas habÃan desaparecido cabras y vacas y que los peones se negaban a subir después del atardecer. aseguraban que se escuchaban lamentos que veÃan luces moverse entre los árboles y que los perros salÃan huyendo con el pelo erizado pensamos que eran cuentos de rancho llegamos poco antes de la medianoche las camionetas se detuvieron a medio camino porque el sendero se volvÃa de piedra A partir de ahÃ, subimos a pie, cargando equipo de comunicación, linternas tácticas y rifles con mira térmica. La primera impresión del lugar fue extraña.
25:04 No corrÃa viento, no se oÃa ni un insecto, y el aire tenÃa un olor espeso, como si algo se estuviera pudriendo debajo de la tierra. Ãramos hombres con experiencia y nadie se asustaba fácil. HabÃamos estado en enfrentamientos reales donde el miedo se maneja, no se evita. Pero ahà arriba la sensación era distinta. No era miedo a morir, era como si el cuerpo sintiera que no debÃa estar ahÃ. El terreno era irregular, lleno de piedras negras. Avanzábamos en formación cerrada, separados por unos tres metros con los radios abiertos. yo iba detrás de ramÃrez que encabezaba el grupo a los pocos minutos de iniciar el recorrido los radios comenzaron a emitir ruido estático intentamos cambiar la frecuencia pero la interferencia seguÃa pensamos que podÃa ser alguna falla del relieve o la humedad hasta que escuchamos un chasquido fuerte como si algo hubiera golpeado una de las antenas. Los perros que llevábamos se escondieron bajo las camionetas y comenzaron a gemir.
26:14 Eso fue lo que más nos inquietó. Los animales no le tienen miedo al monte, pero ese dÃa se acurrucaron y no quisieron salir. RamÃrez avisó por radio que habÃa detectado movimiento a unos 30 metros entre los árboles. Detuvimos la marcha y formamos un semicÃrculo. encendimos las linternas al mismo tiempo apuntando hacia el punto que señalaba por un momento no vimos nada luego entre los troncos aparecieron tres figuras estaban de pie muy quietas mirando hacia nosotros a simple vista parecÃan ancianas flacas con la piel ceniza y el cabello pegado al rostro como si acabaran de salir de un rÃo una de ellas inclinó la cabeza hacia un lado y pude ver que le faltaban dientes Las otras dos respiraban con un sonido áspero, como si tuvieran los pulmones llenos de polvo. No hicimos ruido, solo mantuvimos el apuntador firme. No parecÃa una amenaza, pero habÃa algo antinatural en la forma en que estaban de pie, sin moverse y sin pestañear. Cuando di un paso hacia adelante, las tres giraron al mismo tiempo y se internaron en el monte.
27:27 Lo hicieron rápido y en silencio, sin romper ramas ni levantar hojas. RamÃrez decidió seguirlas. Avanzamos detrás de él, alumbrando el camino. El terreno se volvió más difÃcil, lleno de grietas y piedras filosas. Cada paso retumbaba como si camináramos sobre huecos. Las luces comenzaron a fallar una por una. Primero la de Gómez, luego la mÃa. La oscuridad era casi total. Solo se oÃan nuestras respiraciones y el crujido de las botas. Fue entonces cuando escuchamos el grito. No era de animal, era un alarido largo, con voz de mujer, pero con un tono que no parecÃa humano. VenÃa de varios puntos a la vez, rebotando entre las rocas. RamÃrez gritó mi nombre, y luego se escuchó un breve quejido, como si alguien hubiera recibido un golpe en el pecho.
28:25 le apuntamos con las linternas pero ya no estaba su arma seguÃa recargada contra un árbol avanzamos unos metros buscándolo llamándolo por radio sin respuesta el canal estaba muerto solo ruido intenté marcar la frecuencia de emergencia pero el transmisor no encendÃa la pantalla mostraba una interferencia que parecÃa moverse como si fueran sombras en el monitor En cuestión de segundos nos quedamos sin comunicación y con un hombre menos. Los demás formamos perÃmetro. Nadie se movÃa sin una orden. Repartimos las linternas que quedaban y revisamos el área. El suelo estaba marcado con huellas pequeñas, no humanas, como patas.
29:09 En el aire flotaba un olor fuerte, mezcla de tierra húmeda, orina y carne vieja. Seguimos avanzando con precaución y a lo lejos se escuchaban pasos, pero nunca vimos quién los hacÃa. En un punto del camino, la linterna de cota iluminó algo colgando de una rama. Un pedazo de tela vieja con manchas oscuras y un nudo en la punta. No era ropa de trabajo ni trapo viejo. ParecÃa parte de un vestido antiguo, lleno de tierra. El ambiente se volvió más pesado. SentÃamos el aire espeso, difÃcil de respirar. En el horizonte, sobre el cerro, se veÃa una luz pálida, como si hubiera una fogata oculta entre las piedras. Cota.
29:53 Dijo que tal vez eran los peones haciendo alguna broma, pero nadie rió, nadie se movió sin revisar antes el flanco. Me agaché para ver el suelo, la tierra estaba revuelta con marcas circulares. En medio del lodo habÃa huesos pequeños y entre ellos lo que parecÃa ser una figura de barro con tres cabezas. Cuando la toqué con la punta del fusil, se desmoronó como si estuviera seca desde hacÃa años. El ruido regresó a los radios. Era una voz distorsionada, como la de RamÃrez, repitiendo una palabra una y otra vez, aunque no la entendimos. Volté hacia Gómez, pero su rostro estaba pálido. Dijo que habÃa visto movimiento detrás de mÃ.
30:37 giré la linterna y vi una de las ancianas parada entre los árboles observándonos desde la sombra no corrÃa ni se ocultaba sólo nos miraba detrás de ella las otras dos avanzaban lentamente alineadas como si marcaran una formación contraria a la nuestra El grito volvió a escucharse, más fuerte, y esta vez resonó dentro del pecho, no en el aire. Las linternas se apagaron todas al mismo tiempo, y lo último que vi, antes de que todo quedara oscuro, fue la cara de Gómez apuntando hacia arriba, con los ojos fijos y el fusil temblando en sus manos. yo todavÃa no sabÃa qué estaba enfrentando esa noche pero entendà que nada de lo que habÃamos aprendido en el ejército nos iba a servir en ese lugar avanzamos en formación cerrada guiándonos con las linternas que aún funcionaban el terreno se volvÃa más rocoso y las huellas de ramÃrez eran claras como si hubiera caminado sin rumbo seguÃan un camino que no aparecÃa en el mapa. El suelo cambió de color, las piedras eran negras y brillaban bajo la luz, cubiertas por un polvo gris que parecÃa ceniza reciente. En varias de ellas habÃa marcas talladas, sÃmbolos repetidos que ninguno reconoció.
31:58 Eran lÃneas entrecruzadas, hechas con precisión, no con herramientas improvisadas. En el centro de aquella zona encontramos un espacio circular donde la tierra estaba removida. HabÃa cenizas frescas y restos de animales calcinados. El olor era insoportable, una mezcla de carne podrida y grasa quemada. A un lado, junto a una piedra grande, vimos una bolsa pequeña amarrada con hilo rojo. Uno del grupo la abrió con la punta de su daga. Adentro habÃa cabello humano mezclado con pedazos de tela quemada y algo que parecÃa hueso molido. No era material viejo, pues todavÃa olÃa a humo. Nadie dijo nada, pero todos sabÃamos que ese lugar no era una simple cueva de animales.
32:47 pérez que habÃa trabajado en inteligencia murmuró que aquello parecÃa un sitio de rituales tenÃa la voz tensa y nadie le respondió pero todos lo pensamos no habÃamos llegado a ese punto por casualidad seguimos las huellas y lo encontramos ramÃrez estaba sentado sobre una roca con la espalda recta y la mirada fija hacia el cielo la linterna iluminó su cara y lo primero que noté fue que tenÃa la piel empapada en sudor sus labios se movÃan pero sin emitir sonido me acerqué despacio y lo llamé por su nombre pero no reaccionó le toqué el hombro y su cuerpo estaba helado Cuando Cota intentó levantarlo, RamÃrez empezó a murmurar una frase corta, la misma una y otra vez.
33:35 No era español ni ninguna lengua conocida, sonaba como un rezo maldicho, entrecortado. Intentamos revisarlo, no tenÃa heridas, pero sus ojos se movÃan rápido, como si siguiera algo invisible. Lo sujetamos por los brazos y comenzamos a bajarlo, pero se resistÃa con una fuerza que no parecÃa humana. Golpeaba el aire y repetÃa la frase más alto, sin respirar entre palabras. Gómez revisó las cámaras térmicas. La pantalla mostraba tres siluetas caminando alrededor de nosotros. Las figuras se movÃan lento, como midiendo la distancia. Pero al alumbrar con las linternas, el espacio estaba vacÃo. No habÃa nadie. apuntamos hacia todos los puntos marcados y la lectura térmica seguia cambiando de posicion como si nos rodearan los radios volvieron a fallar pero esta vez no hubo estática sino una voz que sonaba en todas las frecuencias era una voz femenina ronca hablando rápido no distinguÃamos las palabras pérez intentó apagar el transmisor pero no respondÃa y de pronto uno de los fusiles se disparó solo disparó sin que nadie lo tocara el proyectil pegó contra una piedra y el eco retumbó por todo el cerro el sonido del disparo pareció activar algo de entre los árboles se escucharon risas cortas y secas seguidas de pasos rápidos no sabÃamos si eran animales o
35:09 personas pero venÃan de todos lados cota gritó que nos retiráramos y formamos lÃnea ramÃrez seguÃa inconsciente asà que lo cargamos entre dos yo iba cubriendo la retaguardia el camino de regreso se veÃa distinto las marcas en el suelo ya no coincidÃan con las del ascenso los árboles parecÃan cerrarse y el aire era más espeso como si el monte estuviera vivo Al mirar hacia atrás, vi a las tres figuras. Estaban ahÃ, a unos cuarenta metros. Las mismas ancianas. Caminaban en lÃnea recta, despacio, con el cuerpo torcido y los brazos caÃdos. Una de ellas parecÃa sostener algo colgando de la mano, pero no alcanzaba a distinguir qué era.
35:55 Nos movÃamos rápido, pero el terreno nos obligaba a bajar con cuidado. En varias zonas se escuchaban ramas rompiéndose, aunque no habÃa viento, y en cierto punto el aire cambió de temperatura y empezó a oler a humo fresco. Un resplandor naranja se encendió detrás de nosotros, como si el fuego hubiera prendido de repente. Giré para ver. La zona del cÃrculo estaba ardiendo. Las piedras negras reflejaban el fuego como espejos. en medio de las llamas las tres figuras seguÃan de pie inmóviles sin quemarse aceleramos la marcha hasta llegar a las camionetas las luces delanteras parpadeaban los faros se encendÃan y apagaban solos como si alguien los controlara Intentamos encender el motor, pero no respondÃa. Pérez revisó la baterÃa.
36:46 Estaba bien, y el tablero marcaba energÃa, pero la llave no giraba. Las linternas comenzaron a fallar. Solo una quedaba encendida. Detrás de nosotros se oÃan pasos, no de personas, sino algo más pesado, como si alguien arrastrara los pies por el suelo. Gómez apuntó al matorral y disparó tres veces. No se escuchó impacto. El monte seguÃa igual, pero entre los árboles se movÃa algo. No corrÃa. Giraba en cÃrculos, acercándose cada vez más. El ruido era constante. Una mezcla de respiraciones y crujidos, la verdad, parecÃa que el cerro entero estuviera vivo. RamÃrez, aún apoyado contra la camioneta, abrió los ojos de golpe y gritó. No fue una voz humana, sonó más grave, como si saliera de otra garganta. Nos apartamos instintivamente, el cuerpo le temblaba, y de su boca salÃa un hilo de sangre, pero no parecÃa herido. RepetÃa la misma frase que antes, más rápido, mientras sus ojos se iban volteando hacia atrás. Intentamos sujetarlo, pero comenzó a golpear el suelo con la cabeza. Kota trató de ponerle una venda en la frente, pero él se lanzó hacia atrás, como si alguien lo hubiera empujado. Lo arrastramos a la parte trasera de la camioneta y lo sujetamos con las correas de carga. Los pasos seguÃan acercándose. Se escuchaban risas entre los árboles, risas viejas y cansadas, pero con tono
38:19 de burla. La luz de la linterna se apagó y quedamos a oscuras. Solo se veÃa el resplandor del fuego a lo lejos. Fue entonces cuando una de las puertas de la camioneta se cerró sola con un golpe seco. Nadie la habÃa tocado. y el sonido retumbó como si el metal hubiera sido golpeado con fuerza. En eso, el motor se encendió por sà mismo. Pérez gritó que subiéramos, pero antes de arrancar miré por el retrovisor. Las tres figuras estaban de pie al borde del camino, observándonos sin moverse. No corrÃan, no se escondÃan, solo nos miraban. El motor rugió, las llantas giraron con tanta fuerza que levantaron piedras. Bajamos a toda velocidad, sin mirar atrás. El ruido del monte se fue apagando poco a poco, pero el aire seguÃa oliendo a humo y a carne quemada. Nadie habló durante el descenso, y RamÃrez seguÃa inconsciente, respirando por la boca.
39:21 Lo único que se escuchaba dentro de la camioneta era el sonido del motor y el golpeteo constante, de algo en la cajuela como si alguien tocara desde adentro. El amanecer nos encontró a medio camino del pueblo. El motor habÃa arrancado a empujones y bajamos sin detenernos, con el sol apenas asomando entre los cerros. Nadie hablaba. RamÃrez iba en la parte trasera, atado con las correas de carga. no despertó en todo el trayecto su respiración entrecortada como si le costara mantenerse vivo cada tanto se movÃa pero sin abrir los ojos cuando llegamos al hospital rural lo bajamos entre todos los doctores no supieron qué decir pues no tenÃa heridas no tenÃa golpes ni signos de intoxicación simplemente su cuerpo se fue apagando hasta quedar inmóvil murió esa misma noche sin una causa clara la noticia se corrió rápido entre nosotros algunos quisieron volver a sinaloa para seguir trabajando y otros dejaron el grupo yo no pude pues habÃa algo que no encajaba necesitaba entender que habÃamos visto en ese cerro asà que dos dÃas después volvà al pueblo pregunté en la tienda en la gasolinera y con los mismos hombres que nos habÃan ayudado a subir el equipo Nadie querÃa hablar. Solo una mujer mayor, la que vivÃa al lado de la iglesia, se atrevió a contarme lo que sabÃa. Dijo que el terreno donde habÃamos
40:55 estado pertenecÃa antes a una mujer llamada MarÃa de los Olivos, una curandera que vivÃa sola con sus dos hijas. La gente del pueblo la buscaba para curar, pero también la temÃa. DecÃan que preparaba remedios con partes de animales y que cuando alguien se enfermaba sin razón era porque MarÃa lo habÃa señalado con brujerÃa. Un año de sequÃa hizo que el rÃo del valle se secara. Algunos hombres juraron que ella habÃa tirado algo al agua y la acusaron de envenenarla. La arrastraron junto con sus hijas hasta la plaza del pueblo y nadie las defendió. Las golpearon y las llevaron al cerro. Dicen que las colgaron en una cueva, una encima de otra, y luego les prendieron fuego. El cura se negó a enterrarlas, asà que los cuerpos quedaron en el mismo sitio, bajo las piedras negras que ahora cubren el terreno. Desde entonces, los animales desaparecen, las luces se ven por las noches, y los peones dicen escuchar tres voces cantando, cuando el aire sopla hacia el rÃo. Mientras la mujer hablaba, yo solo podÃa pensar en lo que habÃamos visto. las tres figuras que se movÃan al mismo ritmo las marcas en las piedras y la bolsa con cabello todo coincidÃa era marÃa y sus hijas una alta otra encorvada y una más joven con el rostro cubierto las mismas siluetas que vimos aquella noche Volvà al hotel
42:27 con la cabeza revuelta. Quise dormir, pero no pude, pues cada vez que cerraba los ojos veÃa a RamÃrez sentado sobre la roca, mirando hacia arriba. Lo escuchaba murmurar esa frase incomprensible, esa voz que no era suya. Encendà la televisión para distraerme, pero justo cuando la pantalla prendió, escuché algo detrás de la puerta. Tres golpes suaves, pausados, uno tras otro. Me quedé inmóvil. A la mañana siguiente regresé a Sinaloa e intenté seguir con mi vida. El grupo se disolvió en cuestión de semanas. Pérez perdió la vista del ojo derecho después de un accidente en carretera. Dijo que algo le cruzó enfrente, una silueta delgada justo antes del impacto. Cota empezó a tener ataques de sueño. Lo encontraron dormido dentro de su camioneta con las manos cubiertas de tierra. Gómez se quitó la vida. Lo encontraron colgado en su patio con una cuerda trenzada de cabello humano.
43:31 Yo sigo vivo, pero desde entonces las cosas cambiaron. No importa dónde viva, el ruido es el mismo. Tres pasos afuera, una pausa, y luego el sonido de uñas rascando la puerta. A veces se escucha más lejos, otras justo al otro lado de la pared. Lo curioso es que siempre pasa a la misma hora, entre la una y las dos de la mañana. He intentado ignorarlo. He dormido con la televisión encendida, con música, con luz, pero el sonido siempre regresa. Hace un mes, al salir temprano, noté algo en la entrada de la casa. Era una bolsa con cabello y dientes humanos. La tiré, pero desde ese dÃa el olor a humo se metió en el cuarto. Es un olor leve, como de fogata apagada, que no se va ni con ventanas abiertas. No le conté a nadie, en el trabajo me notan cansado, dicen que me veo pálido, pero no entienden.
44:29 A veces sueño que sigo ahà arriba, con el fusil en la mano, escuchando el grito. Todo ocurre igual, subimos en formación, RamÃrez da la alerta, las linternas se apagan y el monte se queda mudo. Solo que ahora, cada vez que sueño con esa noche, hay un detalle nuevo. En la última vez, vi mi propio cuerpo tirado entre las piedras, con la linterna prendida sobre el pecho. Intenté evitar la carretera del Cerro de la Cruz, pero es inevitable. Cada vez que viajo al norte, tengo que pasar cerca. Desde el parabrisas se ve el cerro a lo lejos, con su forma de cruz marcada en la piedra. No importa la hora ni la temporada, siempre parece oscuro incluso a pleno dÃa. Una tarde, hace apenas dos semanas, me detuve en el acotamiento. No sé por qué lo hice, tal vez para comprobar que todo aquello habÃa quedado atrás.
45:27 apagué el motor y bajé el aire estaba inmóvil se escuchaba el zumbido de los cables eléctricos nada más miré hacia la cima y por un instante me pareció ver tres figuras quietas recortadas contra el cielo no se movÃan pero su posición era la misma que recuerdo Una alta, otra encorvada y la más joven en medio con la cabeza inclinada. No quise seguir mirando. Subà al carro y arranqué, pero en el espejo retrovisor seguÃan ahÃ, como si me observaran mientras el camino se extendÃa frente a mÃ. Esa imagen se me quedó grabada. Desde entonces no duermo bien.
46:08 Cuando cierro los ojos, escucho las mismas voces distorsionadas que salÃan de los radios aquella noche. Repeticiones cortas, sin sentido, como rezos sin pausa. Y a veces las palabras se mezclan con mi nombre. No me considero supersticioso. Soy un hombre de entrenamiento y disciplina. Pero después de lo que vi, no me queda duda. No todo lo que existe se puede explicar con lógica. Hay lugares que conservan lo que el tiempo no puede borrar, y el Cerro de la Cruz es uno de ellos. Cada vez que paso por ahÃ, reduzco la velocidad sin querer. Miro hacia arriba, buscando esas siluetas, y aunque el cielo esté despejado y el sol ilumine la piedra, siempre distingo tres cuerpos parados en lo alto, inmóviles, mirando hacia mÃ. Nunca me gustaron los cerros del norte.
47:05 No por miedo, sino porque allá el silencio pesa. No hay grillos, no hay viento, ni pájaros. Solo el sonido de tus botas golpeando la piedra y el eco que se pierde en las barrancas. En esos lugares el aire se siente denso, y hasta el olor de la tierra parece distinto. Ya no estaba en activo, pero un exteniente me llamó para ofrecerme un trabajo civil. Me dijo que era simple, recuperar los restos de una avioneta desaparecida en la sierra de Choix. No habrÃa riesgo, solo rastreo y señalización. Me ofreció buen dinero y acepté, aunque en el fondo lo hice por otra razón. Extrañaba el movimiento, la disciplina, el sonido metálico del equipo y la sensación de andar en operativo. No lo dije, pero lo necesitaba. Ãramos seis en total, todos viejos conocidos del Batallón 64. El exteniente que era el lÃder de la operación, el agente Moreno, el agente Castañeda, el agente Rivas, el agente Hernández y yo.
48:14 Moreno era cuidadoso, de los que no avanzan sin revisar terreno tres veces. Castañeda era lo contrario, confiado y supersticioso. Siempre llevaba una medalla de San Miguel colgada del cuello. Rivas y Hernández solo seguÃan órdenes y eran buenos compañeros. El exteniente no habÃa perdido el tono de mando ni la mirada seca. HabÃa envejecido, pero seguÃa caminando como si cargara tropa. Nos reunimos en los mochis al amanecer. Revisamos mochilas, lámparas, radios, armas cortas y equipo de rastreo. La camioneta vieja que conseguimos apenas logró llegar al pueblo de Choix y habrÃa que entrar a la sierra. Nadie quiso acompañarnos al cerro.
49:01 Cuando preguntamos por guÃas, todos se negaron. Solo un anciano sin dientes se acercó y nos dijo que el monte estaba cerrado. No lo dijo con miedo, sino con resignación. Castañeda soltó una risa nerviosa y dijo que los viejos del norte siempre tienen historias de brujas. El exteniente no comentó nada. Subimos igual. Dejamos el vehÃculo en un arroyo seco y seguimos a pie con todo el peso en la espalda. El calor se volvió insoportable, el sudor empapaba las camisetas y el aire sabÃa a polvo. a cada paso las piedras soltaban un sonido hueco como si debajo hubiera cavidades después de dos horas la luz empezó a caer sin aviso encendimos las lámparas frontales y el monte se volvió una masa de sombras y los árboles parecÃan más juntos de lo que recordaba El aire cambió, traÃa un olor a leña húmeda recién apagada. El silencio se volvió más grueso, casi palpable. Ordené hacer una pausa mientras los demás revisaban equipo. Noté algo a la orilla del camino.
50:10 una fogata encendida hacÃa poco las brasas aún brillaban y a su alrededor habÃa figuras pequeñas de barro acomodadas en cÃrculo eran toscas del tamaño de una mano con forma humana algunas tenÃan los brazos levantados otras parecÃan agachadas lo extraño era que cada una tenÃa un nombre tallado con navaja en la base me agaché para mirar mejor la primera que tomé tenÃa el nombre de castañeda Me quedé inmóvil. Lo llamé y se acercó. Al verla, se le borró la sonrisa. Dijo que debÃa ser coincidencia, pero la voz le tembló. Moreno encendió otra lámpara y alumbró las demás figuras.
50:54 También tenÃan nombres, aunque ninguno coincidÃa con nosotros. El exteniente se acercó, las observó un momento y ordenó seguir sin tocar nada. Nadie discutió. La subida se volvió más lenta, pues el camino se angostó y los árboles cerraron el paso. A cada minuto el aire olÃa más a humo, aunque no habÃa fuego cerca. El cielo se habÃa puesto tan oscuro que las lámparas apenas iluminaban unos metros. Llegamos al punto donde acamparÃamos. Un claro rodeado de pinos. El exteniente dio la orden de instalar tiendas y repartir turnos de guardia. Me tocó el primero. Mientras los demás se recostaban, limpié el rifle y revisé el perÃmetro. la fogata era pequeña el fuego casi azul por la humedad de la madera y el humo subÃa recto pasaron veinte minutos sin novedad luego escuché pasos entre las piedras no eran animales eran unos pasos pesados marcados y con ritmo humano Apagué la lámpara y levanté la mira térmica. Entre los árboles vi tres figuras moviéndose despacio, en lÃnea recta. Al principio pensé que eran lugareños, pero no tenÃan calor corporal. La pantalla las mostraba frÃas, sin contorno de temperatura. Caminaban descalzas, con los brazos colgando y el cabello cubriéndoles el rostro. No hablaban y tampoco hacÃan ruido al pisar. El corazón me latÃa con fuerza. Movà el lente para asegurarme. No eran reflejos.
52:29 Estaban a unos 30 metros, avanzando hacia el campamento. Traté de avisar por radio, pero solo salió estática. ajuste la frecuencia y entonces escuché una voz muy baja que decÃa mi nombre era femenina pero no reconocÃa a nadie la voz se cortó con un crujido seco como si el aparato se hubiera partido volvà la vista a la mira las tres figuras se habÃan detenido frente a una roca grande estaban de pie mirando hacia mà el fuego alumbraba lo justo para distinguir el brillo en sus rostros un brillo húmedo como si estuvieran cubiertas de lodo la del centro levantó la mano y me señaló el cuerpo me respondió solo tensión sudor respiración entrecortada pensé en disparar pero no lo hice algo en el aire me lo impidió Una sensación que no era miedo, sino una especie de orden silenciosa.
53:28 Parpadeé y las tres habÃan desaparecido. El monte volvió a quedarse quieto. El fuego chispeó y se apagó. Me quedé inmóvil, mirando la roca donde habÃan estado. El suelo tenÃa huellas pequeñas, como de pies descalzos recién marcados. No las toqué. Esperé el amanecer sin cerrar los ojos. No volvà al cambio de guardia. Cuando el sol salió, nadie preguntó por qué la fogata estaba apagada, ni por qué tenÃa las manos llenas de tierra. Todos se movÃan despacio, con la vista baja, como si hubieran escuchado lo mismo durante la noche. Nadie habló y ni hacÃa falta. El monte seguÃa callado y aunque el dÃa era claro, sentÃa que algo respiraba ahÃ, al mismo ritmo que nosotros. Cada uno recogió su equipo con movimientos lentos, como si el cuerpo no terminara de despertar.
54:24 castañeda estaba pálido con las manos temblando tenÃa los labios partidos y el cuello empapado en sudor frÃo no quiso desayunar sólo dijo que soñó con una mujer parada junto a la fogata mirándolo sin moverse y que le pidió que devuelva lo que se llevó no supo explicar a qué se referÃa pero todos sentimos que esa frase no era invención suya avanzamos cuesta arriba el cerro se veÃa más espeso y los árboles estaban tan juntos que el aire no corrÃa el silencio seguÃa igual que en la noche sin un solo sonido No habÃa insectos, ni aves, ni viento. Solo el ruido de nuestras botas hundiéndose en la tierra húmeda. El sol pegaba desde arriba, pero el calor no se sentÃa natural. Era pesado como si el aire estuviera detenido. Y cada respiración costaba trabajo. El terreno se volvió más complicado. La pendiente estaba cubierta de raÃces y a veces parecÃa que el suelo se movÃa bajo las suelas. Moreno decÃa que el GPS seguÃa marcando bien, pero todos sabÃamos que algo estaba mal. En una hora apenas avanzamos unos cuantos metros. En medio del monte, entre ramas secas, encontramos una zona abierta. Era un claro lleno de ceniza. La tierra estaba negra, como si hubiera habido un incendio tiempo atrás. El exteniente ordenó revisar. escarbamos con
55:58 las bayonetas hasta encontrar huesos pequeños y pedazos de metal fundido en medio una insignia oxidada del ejército al limpiarla con un trapo reconocà el número batallón el mismo al que habÃamos pertenecido años atrás Nadie dijo una palabra, pues no habÃa forma de que algo nuestro estuviera en ese cerro, tan lejos del cuartel. Sentà un golpe en el estómago. Ese número me regresó al 2009, a la redada en San Javier, a la orden que nunca debimos cumplir. Entramos en un rancho de noche buscando armas y solo habÃa mujeres. A tres de ellas las acusaron de preparar curaciones para los del narco. El capitán no quiso escuchar y ordenó quemar la choza para evitar contaminación. Recuerdo el grito de una, el olor a queroseno y las sombras corriendo dentro del fuego.
56:57 Nadie habló de eso otra vez. Nos hicieron firmar un informe donde decÃa que fue un enfrentamiento, pero lo dejamos atrás o eso creÃmos. El exteniente rompió el silencio y dijo que la insignia debÃa ser coincidencia, que no habÃa que darle vueltas. Guardó el pedazo de metal en su mochila y ordenó seguir. Pero Castañeda ya no caminaba igual, se quedaba atrás, mirando el suelo, como si escuchara voces ahÃ. Le pregunté si estaba bien y solo repitió que ellas sabÃan quiénes éramos, pero nadie lo entendió. A media tarde se detuvo sin aviso, se arrodilló y empezó a escarbar con las manos, sin decir nada. Las uñas se le llenaron de barro y sangre. Moreno intentó detenerlo, pero lo empujó con fuerza. Gritaba que tenÃa que sacarla, que si no lo hacÃa, se la iban a llevar. SeguÃa escarbando hasta que golpeó algo duro. Era una figura de barro, más grande que las de la noche. tenÃa tres rostros unidos por la cabeza y una base con letras grabadas el ex teniente la tomó y leyó no han pagado nadie habló y el aire se volvió más denso se escuchó un ruido bajo como si la tierra se quejara castañeda se alejó respirando agitado y empezó a golpear su casco contra un árbol El exteniente lo sujetó y le dio una bofetada para hacerlo reaccionar. Ordenó replegarnos y dijo
58:31 que bajarÃamos al pueblo antes de que oscureciera, que la avioneta ya no importaba. Empacamos rápido y emprendimos el descenso, pero al poco tiempo el GPS marcó el mismo punto de nuevo. Lo reiniciamos, pero nada cambió. Caminábamos, pero el aparato seguÃa repitiendo la misma ubicación. A los 20 minutos regresamos al mismo claro con ceniza, como si el cerro nos regresara por dentro. Moreno se persignó y nadie dijo nada. El ex teniente decidió guiarse por el sol, pero el cielo estaba cubierto de nubes bajas. Seguimos bajando sin saber hacia dónde. Los árboles parecÃan repetirse, los troncos tenÃan las mismas grietas. Empecé a notar que el olor del aire cambiaba.
59:21 Ya no olÃa a tierra, sino a humo fresco, como si algo ardiera cerca. De pronto escuchamos risas. No eran fuertes, pero se entendÃan claras, y voces de mujeres mezcladas con un zumbido leve. VenÃan del barranco, el sonido se extendÃa como si saliera del fondo del cerro. Nos quedamos quietos, y Castañeda fue el único que caminó hacia el borde. se asomó y se quedó paralizado dijo que las veÃa que estaban abajo con los ojos abiertos cubiertas de lodo hasta el cuello mirándolo fijo se echó hacia atrás cayó de rodillas vomitó y le temblaban las manos el ex teniente le gritó que se apartara del borde pero castañeda se levantó de golpe y corrió cuesta abajo gritaba que tenÃa que salir que las voces lo estaban llamando lo seguimos pero el monte se cerró la visibilidad cayó de golpe todo se volvió bruma lo escuchamos un par de veces y luego nada moreno y yo corrimos hasta que encontramos sus botas tiradas junto a un tronco estaban limpias secas como si nunca las hubiera usado a un lado una figura pequeña de barro fresca con su nombre tallado el ex teniente la tomó con las manos temblando y la arrojó al monte dijo que si nos quedábamos más tiempo terminarÃamos igual volvimos al campamento antes de que oscureciera
1:00:53 nadie hablaba y al llegar habÃa tres figuras nuevas alineadas en fila y cada una tenÃa las iniciales de los que quedábamos vivos el exteniente las pateó pero no se desmoronaron el barro estaba seco firme como si llevaran años ahà Esa noche no se habló de dormir, nos quedamos sentados mirando las figuras con el fuego débil, alumbrando las sombras de los árboles. El monte parecÃa moverse con la respiración de todos, y ninguno querÃa cerrar los ojos. SabÃamos que al amanecer algo más iba a cambiar, pero nadie tenÃa valor para preguntar qué. El amanecer del tercer dÃa llegó sin ruido. El cielo estaba cubierto de una neblina gris que olÃa a tierra mojada. El exteniente no se movÃa.
1:01:42 Lo llamé dos veces sin respuesta. Al acercarme noté que tenÃa los ojos abiertos y el rostro cubierto por una capa fina de polvo gris como ceniza. No habÃa heridas ni signos de lucha. Solo estaba tieso, con la boca entreabierta, como si hubiera intentado gritar. Moreno se acercó, le revisó el pulso y negó con la cabeza. No habÃa rastro de pelea ni huellas alrededor. ParecÃa que las brujas lo habÃan apagado mientras dormÃa. Recogimos lo poco que quedaba, mochilas, cantimploras y las armas. Nadie querÃa quedarse un minuto más. El plan era claro, bajar al pueblo por cualquier ruta.
1:02:25 Moreno cargó el GPS y lo revisó tres veces. Marcaba la misma coordenada que en la noche. Reiniciamos el aparato, pero seguÃa igual. Caminamos durante horas y siempre regresábamos al mismo arroyo seco. Las piedras del camino se veÃan idénticas. Incluso las ramas caÃdas parecÃan no cambiar de lugar. Era como si el cerro se doblara sobre sà mismo. A media mañana el calor se volvió insoportable, el aire pesaba y cada paso dejaba una huella que se borraba en segundos. Me di cuenta de que los pasos hacÃan eco doble, como si alguien caminara detrás de mÃ, copiando el ritmo exacto.
1:03:07 Me detuve y el eco también. Miré a Moreno y no dijo nada, pero lo entendió. Seguimos sin hablar, acelerando el paso. A veces el eco sonaba más cerca, a veces más lejos. El monte parecÃa moverse. Los árboles estaban demasiado juntos y los troncos tenÃan grietas que no estaban antes. Cada tanto veÃamos sombras que cruzaban el camino. No tenÃan forma humana exacta. Eran cuerpos oscuros que se deslizaban sin tocar el suelo. Moreno juraba verlas con claridad. DecÃa que eran tres, que caminaban al lado, una a cada orilla y una atrás. Yo preferà no mirar. El exteniente habÃa muerto en silencio y temÃa que nosotros siguiéramos el mismo orden.
1:03:56 Decidimos cambiar la dirección, subir un poco, buscar altura. Pensamos que si veÃamos el horizonte podrÃamos ubicar la salida. Trepamos por una vereda angosta con piedras resbalosas. Las botas hundÃan el barro, y a mitad del ascenso, Moreno señaló algo frente a nosotros. Era una figura humana recostada entre raÃces, y nos acercamos despacio. Era castañeda, o lo que quedaba de él. Su cuerpo estaba cubierto de una capa dura de barro gris, como si lo hubieran moldeado ahà mismo. El rostro apenas era reconocible, pero los ojos estaban abiertos y la piel mezclada con la tierra. En su pecho, hundida en el lodo, estaba la insignia del Batallón 64, la misma que habÃamos encontrado el dÃa anterior. Moreno retrocedió. Yo me quedé mirando la insignia un momento antes de taparla con tierra. Dije en voz baja que no tenÃa sentido seguir.
1:04:58 El sol estaba oculto detrás de las nubes y no sabÃamos si era mañana o tarde. Moreno insistió en seguir subiendo, decÃa que si encontrábamos señal podrÃamos pedir rescate. Lo dejé ir adelante, caminamos unos 20 minutos por una pendiente llena de piedras sueltas. Escuchaba su respiración cada vez más fuerte y, de pronto, el sonido se cortó. Lo llamé por radio, pero nada. Aceleré el paso. Lo perdà de vista al doblar una curva. Al igual que a Rivas y a Hernández. Cuando llegué a la cima, los busqué con la lámpara. Pero no habÃa nadie. Solo el viento moviendo las ramas secas.
1:05:41 En el suelo, justo donde debÃan estar, habÃa unas figuras de barro fresco y húmedo, con sus caras bien marcadas. En la base, sus nombres tallados con precisión. No grité, pues no tenÃa sentido. Miré alrededor y vi lo que antes no habÃa notado. La cima entera estaba cubierta de cruces de hierro oxidado. HabÃa decenas, tal vez más. Algunas tenÃan placas viejas con nombres borrados. En una de ellas logré leer algo entre el óxido. Ejército Mexicano, 2009. La verdad, me quedé quieto. No habÃa duda. aquellas cruces eran los restos del operativo ese era el lugar donde habÃan enterrado a las tres mujeres que quemamos la tierra negra las figuras los nombres grabados todo coincidÃa nosotros habÃamos vuelto al mismo sitio sin saberlo el cerro no era una trampa natural era el lugar que habÃamos dejado marcado el aire se detuvo y escuché pasos alrededor No eran ecos, eran pasos reales, blandos, sobre el barro. Sentà como algo me rozó el brazo. OlÃa a humo viejo. Giré con el arma levantada. Frente a mà estaban ellas, las tres brujas.
1:06:59 Eran idénticas a como las recordaba entre las llamas. El cabello pegado, la piel gris, los ojos abiertos y secos. No se movÃan, solo me miraban. No sé cuánto tiempo pasó. Cerré los ojos esperando el disparo o el golpe, pero no hubo nada. Cuando los abrÃ, el cerro estaba vacÃo. No habÃa cruces, ni cuerpos, ni sombras, solo el ruido del viento. Bajé la mirada y vi que mis botas estaban cubiertas de barro hasta los tobillos. Después de eso, no recuerdo cómo salÃ. Solo sé que desperté al pie del cerro, junto a un camino de terracerÃa. TenÃa el cuerpo cubierto de lodo y las manos llenas de tierra húmeda.
1:07:42 De los seis que subimos, cinco se quedaron en el cerro. Solo yo bajé. Y un campesino me encontró. Dijo que me vio caminar solo desde la madrugada. Me dio agua y me preguntó si venÃa del cerro. Le dije que sÃ. Bajó la mirada y respondió que desde el incendio del 2009 nadie subÃa allá. Que los soldados que quemaron a las mujeres quedaron malditos. Le pedà que no dijera nada y no insistió. Caminé hasta llegar a la carretera. Un camión de carga me llevó hasta los mochis. No miré atrás. Cuando llegué al cuarto donde me hospedaba, lo primero que hice fue revisar las botas. Estaban secas, limpias, pero el piso tenÃa marcas de lodo fresco. Han pasado varios años, dejé el norte y no volvà a hablar con nadie del batallón. En la temporada de lluvias, el agua corre por la calle, formando charcos frente a mi casa. A veces, cuando amanece, encuentro pequeñas figuras de barro junto a la puerta.
1:08:46 Cada año son más detalladas. Primero eran simples, luego empezaron a tener forma humana. Ahora, una de ellas tiene mi nombre grabado con precisión. No las toco, las dejo donde están y con los dÃas se deshacen con la lluvia, pero siempre regresan cuando vuelve el agua. No necesito volver al cerro, pues ellas ya saben en dónde vivo.
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