El Niño Que Se Aparece En La RANCHERÍA Historias De Terror - REDE
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0:02 Desde hace años vivimos solos en el rancho. Esa tarde regresábamos de revisar el sistema de riego que pasa por la lÃnea del canal, y al entrar al terreno mi esposa se detuvo. Señaló hacia el campo entre los surcos más cercanos a la orilla, donde, según ella, habÃa un niño. Me dijo que estaba parado junto a las cañas, descalzo, con la ropa pegada como si se hubiera caÃdo al canal o salido de la lluvia, aunque ese dÃa no llovió. alcancé a ver una figura pequeña entre los tallos pero en lo que caminamos hacia allá se metió entre las hileras del trigo y ya no lo vimos más no escuchamos que corriera no se escuchó nada revisamos el borde del terreno le chiflamos varias veces y mi esposa lo llamó por si respondÃa pero el campo se quedó en silencio pensamos que podÃa ser hijo de algún jornalero perdido aunque no habÃamos visto niños en semanas. De todos modos, fuimos a la Casa de los Santos, que queda al otro lado del trigal, y también hablamos con Doña Martina, que vive cerca de la carretera. Ninguno habÃa visto niños ni escuchado nada. Esa noche no dejé que se apagara la lámpara del porche. A las dos de la madrugada, ya sin sueño, escuché pasos sobre la tierra suelta justo afuera de la ventana. Me levanté sin hacer ruido. Salà con la lámpara. El perro no ladró, aunque me siguió pegado a la pierna. Caminé despacio hacia la orilla del trigal,
1:34 alumbrando por donde pude. No vi a nadie. Di la vuelta por la parte trasera del establo, pero todo estaba igual. Cuando bajé la lámpara al nivel del suelo, vi una marca. Era una huella pequeña, descalza, hundida en la parte húmeda junto al tambo. No estaba borrosa ni corrida por el agua, parecÃa reciente. Me agaché a verla mejor, era del tamaño de un pie de niño. Me quedé quieto un momento, esperando que se escuchara algo más, pero no pasó nada. El perro solo olfateó la tierra y luego regresó hacia la casa. Yo me quedé un rato más, alumbrando los alrededores, hasta que sentà frÃo en la nuca y decidà volver adentro.
2:17 No le dije nada a mi esposa al despertar, solo le pregunté si seguÃa pensando en el niño que vio en el trigal. Me dijo que sÃ, que le daba vueltas en la cabeza, que sentÃa que no lo habÃa imaginado. Le contesté que a lo mejor era uno de esos que cruzan por las parcelas y se pierden entre los cultivos, pero ni yo mismo me creà lo que dije. Esa mañana, al salir el sol, regresé al lugar donde estaba la huella. La tierra ya se habÃa secado, pero todavÃa se marcaba débilmente el contorno. No habÃa otras huellas cerca, solo esa. A partir de ese dÃa, comencé a salir cada tarde a revisar la cerca del trigal antes de que oscureciera.
3:01 Me fijaba si habÃa ramas rotas, si el trigo se veÃa pisado, todo se veÃa normal. Después de la primera vez, pasaron dos dÃas sin que viéramos nada. Yo seguÃa haciendo las vueltas normales del rancho, pero cada tarde, antes de que cayera el sol, me asomaba al trigal. A los dÃas al anochecer, ahà estaba otra vez, entre las cañas, parado, casi inmóvil. No caminaba como antes, solo estaba ahÃ, mirando hacia la casa. Llamé a mi esposa sin gritar, y ella también lo vio desde el porche. Tomó el celular para grabar, pero cuando apuntó ya no estaba. Revisamos las imágenes y no se veÃa nada. Pensamos que tal vez se agachaba o se perdÃa entre el trigo, pero no escuchamos ningún movimiento. Al dÃa siguiente lo volvimos a ver, casi a la misma hora. Esa vez sà se movÃa.
3:54 Caminaba entre los surcos como si conociera el terreno. Con los brazos sueltos, la cabeza agacha. Nunca se le veÃa la cara con claridad, siempre habÃa sombra o lo tapaban las cañas. Volvà a intentar acercarme. Caminé lento, sin encender la lámpara, guiándome con la luz que quedaba del atardecer. Me fui por la lÃnea donde lo habÃamos visto y logré quedarme a unos ocho metros de él. Era un niño flaco, con la ropa pegada al cuerpo, llena de barro. como si lo hubieran sacado de una zanja. El niño volteó despacio, pero su cara no se veÃa bien. ParecÃa borrosa o inflamada, como si tuviera la piel hinchada. Me quedé viéndolo. No supe qué hacer. Cuando bajé la mirada para ver por dónde podÃa avanzar, y luego la levanté otra vez, ya no estaba. Esa noche, las gallinas no durmieron.
4:47 Se amontonaron en una esquina del corral y no dejaron de cacarear. Me levanté varias veces para revisar y todo parecÃa en orden, pero el ruido seguÃa. Pensamos que podrÃa haber un tlacuache o una vÃbora, pero no encontramos nada. En la mañana, al ir por agua, el pozo sacó lÃquido turbio. no tenÃa color de tierra ni de óxido era más como cuando se revuelca el fondo y se alborotan los restos revisé la bomba las tuberÃas los filtros todo estaba igual sin fallas dejamos correr el agua varios minutos pero no se aclaró del todo mi esposa me dijo que habÃa soñado con el niño dijo que lo vio parado junto a la cama mirándonos que no parpadeaba Le pregunté si habÃa escuchado algo más, si habló o se acercó. Me dijo que no. Solo se quedó mirándolo hasta que se despertó. Ese dÃa no salimos al campo.
5:45 Nos quedamos limpiando la casa, echando agua bendita que tenÃamos guardada. Esa tarde volvimos a verlo, más lejos que las otras veces, casi al borde del canal. Solo un instante. El perro lo olió primero. Se quedó mirando hacia allá, con el lomo levantado. Cuando caminamos al punto ya no estaba, solo el trigo movido como si alguien hubiera pasado caminando muy despacio. Al dÃa siguiente mi esposa se levantó temprano como siempre. Mientras barrÃa la cocina me llamó con la voz baja. Fui a ver y me señaló el piso. HabÃa huellas pequeñas y mojadas que entraban por la puerta trasera y se detenÃan frente al fogón. Eran huellas descalzas con los dedos bien marcados en el piso frÃo. Revisé toda la casa. Cerraduras, ventanas, puertas.
6:36 Todo estaba en su sitio. No habÃa rastro de entrada forzada ni vidrios rotos. Las puertas seguÃan atrancadas por dentro. Pensé en el perro, pero estaba amarrado afuera y no tenÃa forma de haber entrado sin que oyéramos. Mi esposa se quedó callada mientras pasaba el trapeador. Esa tarde no comimos tranquilos. El perro no ladraba, pero se notaba raro, como tenso. En la noche lo solté para que rondara el patio, pero no se movió del rincón. Lo miré por la ventana un buen rato y seguÃa echado con la cabeza baja. Cada tanto miraba el reloj y escuchaba si algo se movÃa. A las tres de la madrugada me dio sed. Me levanté sin hacer ruido. Bajé por agua con la luz del pasillo apagada. La cocina estaba oscura, pero habÃa luz de luna entrando por la rendija de la puerta. Cuando crucé el marco, sentà que habÃa alguien más.
7:31 El niño estaba de pie junto a la estufa. TenÃa la ropa pegada al cuerpo, chorreando agua y lodo. El piso estaba encharcado. Me miraba sin parpadear. Me quedé quieto, con el vaso en la mano. El perro no hizo ningún ruido. Me di la vuelta sin quitarle la vista. Extendà la mano hasta la pared y encendà la luz. En ese instante ya no estaba. La cocina seguÃa mojada, pero el niño habÃa desaparecido. La silla junto a la mesa estaba caÃda de lado. Algo la habÃa tumbado. Me quedé ahà unos segundos sin moverme. Luego subà de nuevo y cerré la puerta del cuarto con seguro. No le dije nada a mi esposa. Me acosté mirando el techo sin poder dormir. En la mañana bajé otra vez. La cocina estaba limpia. Secamos todo. Mi esposa no preguntó nada, pero se notaba que lo presentÃa. Ya no tenÃa que explicarle.
8:26 Después del desayuno, fui a darme un baño. Al entrar al baño, vi marcas de barro en la regadera. No eran huellas completas, pero sà rastros. HabÃa lodo en la coladera y gotas secas en la pared. yo no me habÃa bañado desde el dÃa anterior y mi esposa tampoco el baño se mantenÃa cerrado con tranca por dentro y no habÃamos escuchado nada raro en la noche lavé todo sin decir nada esa tarde no salimos cerramos las puertas temprano le pusimos un costal de tierra a la trasera dejamos la lámpara cargando me senté en la sala con el machete cerca no esperábamos una aparición pero sabÃamos que algo no estaba bien Esa mañana le dije a mi esposa que tenÃamos que hablar con alguien. No sabÃamos con quién, pero no podÃamos seguir callando lo que pasaba. Nos subimos a la camioneta y fuimos hasta el otro lado del ejido, donde vivÃa don Evaristo, el padre de una iglesia. Le contamos lo que habÃamos visto, lo del niño en el trigal, lo del barro dentro de la casa, lo que mi esposa soñó. No se burló, no dijo que estuviéramos locos, solo se quedó viéndonos con los ojos entrecerrados. Dijo que hace más de 30 años hubo una crecida fuerte por el arroyo del noroeste. Llovió varios dÃas y el lodo arrastró casas, animales y gente. Varios cuerpos nunca se recuperaron. Muchos tenÃan la creencia de que esas personas no pudieron descansar después de fallecer en ese accidente. Nos recomendó ir al trigal,
10:00 al lugar donde más lo habÃamos visto, llevar una cruz de madera y rezar. Comencé a rezar despacio, sin saber qué rezar. Solo dije palabras como pude. No supimos cuánto tiempo estuvimos ahÃ. El viento no se movÃa. El trigal estaba quieto. No comimos esa noche. Solo tomamos café y nos quedamos sentados en la cocina. Mi esposa colocó una mantita encima como si fuera una cuna. Dormimos con la puerta cerrada y una vela en cada esquina del cuarto. Yo no dormÃ, solo me quedé viendo la luz moviéndose en la pared. En la madrugada creà oÃr un suspiro del otro lado de la casa, pero no me levanté.
10:42 Al dÃa siguiente, el agua del pozo salió clara. Revisé el sistema por costumbre, pero no encontré lodo ni ramas atrapadas. Las gallinas no se amontonaron en el rincón. Se pasearon como siempre, sin levantar la cabeza ni correr al mÃnimo ruido. Por primera vez en semanas se sentÃa como antes. Durante los siguientes dÃas seguimos igual. Pero una noche, mientras cerraba la puerta trasera, cuando bajé la mirada, vi una huella pequeña, descalza, clavada en el barro seco junto al marco de la puerta. No estaba fresca, pero era reciente. No me asusté. No llamé a mi esposa. Solo me quedé viéndola un rato.
11:24 Después tomé un trapo húmedo y la limpié sin decir nada. Al dÃa siguiente, mi esposa salió a cortar ramas de guásima para el té y me llamó desde la cerca. Fui a ver qué pasaba. Me señaló un punto en medio del trigal. HabÃa un solo surco que se notaba más hundido que los demás, como si algo hubiera caminado por ahà sin apurarse, como si el peso se hubiera ido dejando poco a poco. No habÃa más marcas. En la noche, mientras cenábamos, escuchamos un tronido suave por la parte de atrás, como cuando alguien pisa madera vieja. Me levanté despacio, abrà la puerta, pero no vi nada. Solo el patio mojado, la cerca intacta y la silla de mimbre que usamos para dejar la ropa del tendedero. Cerré con seguro y volvà a sentarme. Mi esposa me preguntó si habÃa algo. Le dije que no. Terminamos de cenar y lavamos los trastes. Al acostarnos, ella prendió una veladora pequeña y la puso en la ventana. Y asà se ha mantenido la casa, con apariciones leves de ese niño, solo con huellas o ruidos, ya no es como antes, pero su presencia siempre está en la casa.
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