Aug. 3, 2025

El Niño Que Se Aparece En La RANCHERÍA Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:02 Desde hace años vivimos solos en el rancho. Esa tarde regresábamos de revisar el sistema de riego que pasa por la línea del canal, y al entrar al terreno mi esposa se detuvo. Señaló hacia el campo entre los surcos más cercanos a la orilla, donde, según ella, había un niño. Me dijo que estaba parado junto a las cañas, descalzo, con la ropa pegada como si se hubiera caído al canal o salido de la lluvia, aunque ese día no llovió. alcancé a ver una figura pequeña entre los tallos pero en lo que caminamos hacia allá se metió entre las hileras del trigo y ya no lo vimos más no escuchamos que corriera no se escuchó nada revisamos el borde del terreno le chiflamos varias veces y mi esposa lo llamó por si respondía pero el campo se quedó en silencio pensamos que podía ser hijo de algún jornalero perdido aunque no habíamos visto niños en semanas. De todos modos, fuimos a la Casa de los Santos, que queda al otro lado del trigal, y también hablamos con Doña Martina, que vive cerca de la carretera. Ninguno había visto niños ni escuchado nada. Esa noche no dejé que se apagara la lámpara del porche. A las dos de la madrugada, ya sin sueño, escuché pasos sobre la tierra suelta justo afuera de la ventana. Me levanté sin hacer ruido. Salí con la lámpara. El perro no ladró, aunque me siguió pegado a la pierna. Caminé despacio hacia la orilla del trigal,

1:34 alumbrando por donde pude. No vi a nadie. Di la vuelta por la parte trasera del establo, pero todo estaba igual. Cuando bajé la lámpara al nivel del suelo, vi una marca. Era una huella pequeña, descalza, hundida en la parte húmeda junto al tambo. No estaba borrosa ni corrida por el agua, parecía reciente. Me agaché a verla mejor, era del tamaño de un pie de niño. Me quedé quieto un momento, esperando que se escuchara algo más, pero no pasó nada. El perro solo olfateó la tierra y luego regresó hacia la casa. Yo me quedé un rato más, alumbrando los alrededores, hasta que sentí frío en la nuca y decidí volver adentro.

2:17 No le dije nada a mi esposa al despertar, solo le pregunté si seguía pensando en el niño que vio en el trigal. Me dijo que sí, que le daba vueltas en la cabeza, que sentía que no lo había imaginado. Le contesté que a lo mejor era uno de esos que cruzan por las parcelas y se pierden entre los cultivos, pero ni yo mismo me creí lo que dije. Esa mañana, al salir el sol, regresé al lugar donde estaba la huella. La tierra ya se había secado, pero todavía se marcaba débilmente el contorno. No había otras huellas cerca, solo esa. A partir de ese día, comencé a salir cada tarde a revisar la cerca del trigal antes de que oscureciera.

3:01 Me fijaba si había ramas rotas, si el trigo se veía pisado, todo se veía normal. Después de la primera vez, pasaron dos días sin que viéramos nada. Yo seguía haciendo las vueltas normales del rancho, pero cada tarde, antes de que cayera el sol, me asomaba al trigal. A los días al anochecer, ahí estaba otra vez, entre las cañas, parado, casi inmóvil. No caminaba como antes, solo estaba ahí, mirando hacia la casa. Llamé a mi esposa sin gritar, y ella también lo vio desde el porche. Tomó el celular para grabar, pero cuando apuntó ya no estaba. Revisamos las imágenes y no se veía nada. Pensamos que tal vez se agachaba o se perdía entre el trigo, pero no escuchamos ningún movimiento. Al día siguiente lo volvimos a ver, casi a la misma hora. Esa vez sí se movía.

3:54 Caminaba entre los surcos como si conociera el terreno. Con los brazos sueltos, la cabeza agacha. Nunca se le veía la cara con claridad, siempre había sombra o lo tapaban las cañas. Volví a intentar acercarme. Caminé lento, sin encender la lámpara, guiándome con la luz que quedaba del atardecer. Me fui por la línea donde lo habíamos visto y logré quedarme a unos ocho metros de él. Era un niño flaco, con la ropa pegada al cuerpo, llena de barro. como si lo hubieran sacado de una zanja. El niño volteó despacio, pero su cara no se veía bien. Parecía borrosa o inflamada, como si tuviera la piel hinchada. Me quedé viéndolo. No supe qué hacer. Cuando bajé la mirada para ver por dónde podía avanzar, y luego la levanté otra vez, ya no estaba. Esa noche, las gallinas no durmieron.

4:47 Se amontonaron en una esquina del corral y no dejaron de cacarear. Me levanté varias veces para revisar y todo parecía en orden, pero el ruido seguía. Pensamos que podría haber un tlacuache o una víbora, pero no encontramos nada. En la mañana, al ir por agua, el pozo sacó líquido turbio. no tenía color de tierra ni de óxido era más como cuando se revuelca el fondo y se alborotan los restos revisé la bomba las tuberías los filtros todo estaba igual sin fallas dejamos correr el agua varios minutos pero no se aclaró del todo mi esposa me dijo que había soñado con el niño dijo que lo vio parado junto a la cama mirándonos que no parpadeaba Le pregunté si había escuchado algo más, si habló o se acercó. Me dijo que no. Solo se quedó mirándolo hasta que se despertó. Ese día no salimos al campo.

5:45 Nos quedamos limpiando la casa, echando agua bendita que teníamos guardada. Esa tarde volvimos a verlo, más lejos que las otras veces, casi al borde del canal. Solo un instante. El perro lo olió primero. Se quedó mirando hacia allá, con el lomo levantado. Cuando caminamos al punto ya no estaba, solo el trigo movido como si alguien hubiera pasado caminando muy despacio. Al día siguiente mi esposa se levantó temprano como siempre. Mientras barría la cocina me llamó con la voz baja. Fui a ver y me señaló el piso. Había huellas pequeñas y mojadas que entraban por la puerta trasera y se detenían frente al fogón. Eran huellas descalzas con los dedos bien marcados en el piso frío. Revisé toda la casa. Cerraduras, ventanas, puertas.

6:36 Todo estaba en su sitio. No había rastro de entrada forzada ni vidrios rotos. Las puertas seguían atrancadas por dentro. Pensé en el perro, pero estaba amarrado afuera y no tenía forma de haber entrado sin que oyéramos. Mi esposa se quedó callada mientras pasaba el trapeador. Esa tarde no comimos tranquilos. El perro no ladraba, pero se notaba raro, como tenso. En la noche lo solté para que rondara el patio, pero no se movió del rincón. Lo miré por la ventana un buen rato y seguía echado con la cabeza baja. Cada tanto miraba el reloj y escuchaba si algo se movía. A las tres de la madrugada me dio sed. Me levanté sin hacer ruido. Bajé por agua con la luz del pasillo apagada. La cocina estaba oscura, pero había luz de luna entrando por la rendija de la puerta. Cuando crucé el marco, sentí que había alguien más.

7:31 El niño estaba de pie junto a la estufa. Tenía la ropa pegada al cuerpo, chorreando agua y lodo. El piso estaba encharcado. Me miraba sin parpadear. Me quedé quieto, con el vaso en la mano. El perro no hizo ningún ruido. Me di la vuelta sin quitarle la vista. Extendí la mano hasta la pared y encendí la luz. En ese instante ya no estaba. La cocina seguía mojada, pero el niño había desaparecido. La silla junto a la mesa estaba caída de lado. Algo la había tumbado. Me quedé ahí unos segundos sin moverme. Luego subí de nuevo y cerré la puerta del cuarto con seguro. No le dije nada a mi esposa. Me acosté mirando el techo sin poder dormir. En la mañana bajé otra vez. La cocina estaba limpia. Secamos todo. Mi esposa no preguntó nada, pero se notaba que lo presentía. Ya no tenía que explicarle.

8:26 Después del desayuno, fui a darme un baño. Al entrar al baño, vi marcas de barro en la regadera. No eran huellas completas, pero sí rastros. Había lodo en la coladera y gotas secas en la pared. yo no me había bañado desde el día anterior y mi esposa tampoco el baño se mantenía cerrado con tranca por dentro y no habíamos escuchado nada raro en la noche lavé todo sin decir nada esa tarde no salimos cerramos las puertas temprano le pusimos un costal de tierra a la trasera dejamos la lámpara cargando me senté en la sala con el machete cerca no esperábamos una aparición pero sabíamos que algo no estaba bien Esa mañana le dije a mi esposa que teníamos que hablar con alguien. No sabíamos con quién, pero no podíamos seguir callando lo que pasaba. Nos subimos a la camioneta y fuimos hasta el otro lado del ejido, donde vivía don Evaristo, el padre de una iglesia. Le contamos lo que habíamos visto, lo del niño en el trigal, lo del barro dentro de la casa, lo que mi esposa soñó. No se burló, no dijo que estuviéramos locos, solo se quedó viéndonos con los ojos entrecerrados. Dijo que hace más de 30 años hubo una crecida fuerte por el arroyo del noroeste. Llovió varios días y el lodo arrastró casas, animales y gente. Varios cuerpos nunca se recuperaron. Muchos tenían la creencia de que esas personas no pudieron descansar después de fallecer en ese accidente. Nos recomendó ir al trigal,

10:00 al lugar donde más lo habíamos visto, llevar una cruz de madera y rezar. Comencé a rezar despacio, sin saber qué rezar. Solo dije palabras como pude. No supimos cuánto tiempo estuvimos ahí. El viento no se movía. El trigal estaba quieto. No comimos esa noche. Solo tomamos café y nos quedamos sentados en la cocina. Mi esposa colocó una mantita encima como si fuera una cuna. Dormimos con la puerta cerrada y una vela en cada esquina del cuarto. Yo no dormí, solo me quedé viendo la luz moviéndose en la pared. En la madrugada creí oír un suspiro del otro lado de la casa, pero no me levanté.

10:42 Al día siguiente, el agua del pozo salió clara. Revisé el sistema por costumbre, pero no encontré lodo ni ramas atrapadas. Las gallinas no se amontonaron en el rincón. Se pasearon como siempre, sin levantar la cabeza ni correr al mínimo ruido. Por primera vez en semanas se sentía como antes. Durante los siguientes días seguimos igual. Pero una noche, mientras cerraba la puerta trasera, cuando bajé la mirada, vi una huella pequeña, descalza, clavada en el barro seco junto al marco de la puerta. No estaba fresca, pero era reciente. No me asusté. No llamé a mi esposa. Solo me quedé viéndola un rato.

11:24 Después tomé un trapo húmedo y la limpié sin decir nada. Al día siguiente, mi esposa salió a cortar ramas de guásima para el té y me llamó desde la cerca. Fui a ver qué pasaba. Me señaló un punto en medio del trigal. Había un solo surco que se notaba más hundido que los demás, como si algo hubiera caminado por ahí sin apurarse, como si el peso se hubiera ido dejando poco a poco. No había más marcas. En la noche, mientras cenábamos, escuchamos un tronido suave por la parte de atrás, como cuando alguien pisa madera vieja. Me levanté despacio, abrí la puerta, pero no vi nada. Solo el patio mojado, la cerca intacta y la silla de mimbre que usamos para dejar la ropa del tendedero. Cerré con seguro y volví a sentarme. Mi esposa me preguntó si había algo. Le dije que no. Terminamos de cenar y lavamos los trastes. Al acostarnos, ella prendió una veladora pequeña y la puso en la ventana. Y así se ha mantenido la casa, con apariciones leves de ese niño, solo con huellas o ruidos, ya no es como antes, pero su presencia siempre está en la casa.