Dec. 9, 2025

El Maestro Que Rompió El Pacto: La Noche Del NAHUAL - Historias De Terror - REDE

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0:05 Cuando me llamaron de la supervisión para avisarme del cambio, ya sabía qué significaba. En la ciudad estaban cerrando grupos, y los últimos en la lista íbamos saliendo uno por uno. Me dijeron que ya no había horas para mí ahí, pero quedaba una vacante en un pueblo apartado, casi en la orilla del municipio. Si quería seguir trabajando, tenía que aceptar. No tenía muchas opciones, así que dije que sí. Solo me dieron el nombre del pueblo, la clave de la escuela y la orden de presentarme con el director el lunes. El fin de semana guardé mi ropa, unas cuantas libretas, algunos libros y una linterna que siempre traía desde la normal.

0:47 Metí todo en una maleta y en una mochila. El lunes temprano tomé el camión hacia la cabecera municipal y de ahí una camioneta vieja que llevaba gente y costales hacia las comunidades. El camino de terracería estaba lleno de baches y polvo. A los lados se veían cerros secos, parcelas abandonadas y unas pocas casas sueltas. Yo iba sentado con la mochila entre las piernas, sintiendo cómo me alejaba de todo lo conocido. Cuando el chofer gritó el nombre del pueblo, bajé con la maleta y miré alrededor. Eran pocas casas de adobe y de bloc sin pintar, techos de lámina, patios de tierra con gallinas y perros flacos.

1:30 Las calles eran solo brechas marcadas por las llantas. Pregunté por la escuela y me señalaron hacia el fondo. Caminé hasta ver la malla ciclónica. Eran dos salones largos de concreto y a un lado una caseta pequeña que servía de dirección. El patio tenía una asta bandera y unas llantas enterradas como juegos. Entré a la oficina. El director estaba detrás de un escritorio con papeles amontonados. Levantó la vista, me pidió el oficio y lo leyó rápido. Sacó un cuaderno de control, un manojo de llaves y me dijo qué grupo me tocaba. Cuando ya me iba a salir, soltó la frase que se me quedó grabada. Dijo que ahí los maestros no duraban mucho, que casi todos terminaban pidiendo cambio. No explicó por qué, y yo tampoco pregunté.

2:21 Solo asentí y guardé el cuaderno en la mochila, pero me fui al patio con la sensación de que faltaba una parte de la historia. La casa donde me iba a quedar estaba a unas calles de la escuela. Pertenecía a una familia que se había ido a la ciudad. Por fuera era sencilla, con paredes de bloc sin aplanar y techo de láminas. Por dentro tenía un cuarto con una cama individual, un buró, un ropero viejo, una mesa con dos sillas, una cocina con estufa de gas y una tarja pegada a la pared. El baño estaba al fondo. Detrás había un patio de tierra con un árbol y una cerca de alambre y tablas viejas. No era cómoda, pero tenía lo básico y, sobre todo, estaba en silencio.

3:09 Ese mismo día conocí a los alumnos. Caminé de la casa a la escuela con la mochila al hombro. Algunos muchachos me miraban desde lejos. Al entrar al salón, el ruido bajó. Me paré frente al pizarrón, escribí mi nombre y les dije de dónde venía. Les pedí que, uno por uno, dijeran el suyo. Mientras pasaba lista, noté que varios volteaban seguido hacia la ventana, donde se veía el cerro. No era una mirada curiosa, era una atención partida entre la clase y algo que estaba allá arriba. Los padres que llegaban a dejar a sus hijos se quedaban cerca de la puerta, recargados en la malla o parados en el patio. Nadie se acercó a presentarse conmigo ni a preguntar por las tareas, solo observaban. La única que se aproximó fue una mujer mayor de pelo canoso y reboso oscuro.

4:01 Me dio la mano, se presentó y me entregó una servilleta doblada. Me dijo que ahí llevaba tortillas y frijoles para que tuviera que cenar esa noche. Le agradecí, pero antes de irse me miró serio y me recomendó que, en la noche, cerrara bien las puertas y ventanas, porque en ese pueblo la gente ya no andaba en la calle cuando se hacía oscuro. Me lo dijo en tono de advertencia. Cuando terminó la jornada, regresé a la casa. Acomodé mi ropa en el ropero, puse los libros sobre la mesa y dejé la linterna en el buró En la tarde calenté las tortillas y los frijoles, cené solo y escuché los ruidos del pueblo, voces lejanas, un radio encendido y niños jugando. Al anochecer lavé los trastes, apagué la luz de la cocina y revisé puertas y ventanas.

4:53 Cerré la entrada principal con el pasador, aseguré las ventanas del cuarto y de la sala y miré un momento hacia el patio. Apenas se distinguía la silueta del árbol y la cerca. Me acosté con la linterna a un lado. Al principio escuché lo normal, grillos, un perro ladrando a lo lejos, un vehículo que todavía pasó por la calle principal. Poco a poco esos ruidos se fueron apagando y el pueblo se quedó en un silencio raro. Estaba viendo el techo cuando escuché los pasos. Eran pasos pesados sobre la tierra de la calle, como si algo grande avanzara despacio. Se acercaron hasta detenerse frente a la casa. Sentí cómo se me aceleraba el corazón. Luego, escuché un golpe fuerte en la parte de atrás, en el patio y el ruido de tierra movida. Pensé en la cerca. Pues sonó como si algo hubiera caído del otro lado, no como si hubieran abierto la puerta. Me levanté, me puse los zapatos y tomé la linterna. Caminé despacio hasta la ventana del cuarto que daba al patio. La cortina era delgada y detrás se veía una sombra grande junto al árbol.

6:04 Levanté un poco la tela y encendí la linterna apuntando hacia afuera. El rayo de luz dio en el lomo de un animal negro con el pelo grueso. En cuanto la luz lo tocó, se volteó hacia la ventana y vi dos ojos rojos mirándome directo. Tenía cabeza de perro, pero el tamaño era mucho mayor que cualquier perro que yo hubiera visto. El hocico era alargado y cuando abrió la boca se le vieron dientes largos y las patas terminaban en garras que raspaban la pared. El animal se acercó más a la casa. Escuché cómo las garras rayaban el cemento. Por un momento se levantó en dos patas, apoyado en la pared, y quedó casi a la altura del marco de la ventana. Esa postura no correspondía a un perro normal. Ahí entendí que lo que estaba viendo no era un animal cualquiera. Apagué la linterna de golpe y me pegué a la pared. El animal empezó a recorrer el patio. Se oían sus pasos sobre la tierra, sus resoplidos junto a la puerta trasera y golpes contra la cerca. Lanzaba gruñidos bajos que se escuchaban dentro del cuarto.

7:12 Estuvo así varios minutos, dando vueltas alrededor de la casa. Yo no me moví, solo seguía cada ruido, esperando que en cualquier momento se lanzara contra una ventana. Al final, escuché otra vez un impulso fuerte en la cerca y luego los pasos alejándose por la calle, cada vez más lejanos hasta que se perdieron. No volví a acostarme. Me senté en la orilla de la cama con la linterna encendida y esperé a que amaneciera. Cuando entró la luz del día por las rendijas, sentía más cansancio que sueño. Me bañé rápido, me vestí y fui a la escuela. Al entrar al salón, varios alumnos me miraron fijo. Un muchacho más grande, que se sentaba hasta atrás, me sostuvo la mirada y me preguntó, como si fuera lo más normal, si había escuchado al perro del cerro. En ese momento entendí que lo que para mí había sido la primera noche, para ellos era algo conocido desde hacía tiempo. Después de esa primera noche entendí que no había llegado a un pueblo tranquilo. Pensé que tal vez no volvería a aparecer, que lo que había visto podía ser algo aislado, pero no fue así. Las noches siguientes se parecieron mucho. Me acostaba con la linterna al lado, cerraba todo. Revisaba la puerta dos o tres veces y aún así, cuando el pueblo ya estaba en silencio, empezaba a escuchar los mismos pasos pesados en la calle. Eran lentos, marcados, como si esa cosa disfrutara acercarse sin prisa. Se detenían frente a

8:42 la casa y luego venía el golpe en la cerca y el ruido de tierra movida en el patio. Ya no necesitaba asomarme para reconocerlo. Lo escuchaba rasguñar la puerta trasera, recorrer el patio y respirar pegado a la pared del cuarto. Algunas veces se paraba justo bajo la ventana y se oía como las garras raspaban el cemento. Otras veces daba vueltas, golpeaba la cerca y gruñía. No siempre lo veía, pero lo sentía ahí. El miedo ya no me dejaba dormir, pero con los días se mezcló con algo más. Quería entender qué era y por qué venía directo a la casa del maestro. Una de esas mañanas, cuando por fin se fue y salió el sol, decidí revisar bien el patio.

9:29 Me agaché junto al árbol y vi que la tierra estaba toda removida. No eran solo marcas de patas, había huellas claras. Algunas parecían de perro, grandes, con las marcas de las garras bien hundidas, pero entre esas pisadas se veían otras distintas. Eran más alargadas, con forma de pie humano. Se distinguían los dedos y la planta. En algunos puntos se veía como una huella de perro quedaba encima de una huella humana, como si se hubieran mezclado. Me quedé un rato viendo eso sin saber qué pensar. Un perro normal no deja ese tipo de rastro. Pero un hombre tampoco deja marcas de garras. Ahí fue cuando la palabra Nahual empezó a dar vueltas en mi cabeza. No como cuento, sino como explicación directa a lo que tenía delante. Alguien del pueblo que estaba haciendo eso a propósito y que tomaba la forma de ese animal gigante para espantarme. Ese mismo día, al salir de clases, fui a buscar a la mujer que me había llevado tortillas y frijoles la primera noche. Su casa quedaba cerca de la entrada del pueblo.

10:40 Tenía un corredor con sillas de madera y macetas en el suelo. Me vio llegar y me invitó a sentarme. No di rodeos, le conté todo. El animal enorme, los ojos rojos, la forma en que se paraba en dos patas, los rasguños en la puerta... la respiración pegada a la pared y las huellas mezcladas del patio. Ella bajó la voz en cuanto mencioné las huellas humanas. Me dijo que en el pueblo se hablaba desde hacía años de un Nahual que salía cuando llegaba un maestro nuevo. Según ella, no era la primera vez que la escuela recibía a alguien de fuera. Varios profesores habían durado semanas, otros apenas unos días. Escuchaban ruidos, veían cosas, se enfermaban de nervios y terminaban pidiendo su cambio. Me aclaró que muchos en el pueblo creían que ese Nahual no era un espíritu ni una leyenda, sino un hombre de carne y hueso, alguien de ahí mismo. Me señaló con la mano hacia un lado del pueblo. Me dijo que la mayoría pensaba en la misma persona. un hombre con tierras, ganado y trato con casi todos, que además era el presidente del comité de padres. Comentó que no le gustaba que los muchachos siguieran estudiando, porque para él era mejor que se quedaran en el campo, trabajando. Según ella, desde que se empezó a hablar de la secundaria, también empezaron los problemas con los maestros. A partir de ese día me fijé

12:12 más en él. Lo veía caminar por el pueblo con sombrero y camisa remangada, hablando con unos y con otros. La gente lo respetaba, pero se notaba cierta distancia. Cuando se mencionaba cualquier arreglo para la escuela, su nombre salía siempre, aunque casi nunca se presentaba en las reuniones. Sabía moverse, sabía imponer su presencia sin levantar la voz. Eso encajaba con la imagen de alguien que quería controlar lo que pasaba en el pueblo, incluyendo la escuela. Con esa sospecha en la cabeza, tomé una decisión. Si quería descubrir qué estaba pasando, no podía seguir encerrado en la casa, esperando a que el animal viniera a buscarme. Tenía que verlo desde otro lugar. Un día, en la salida, le pedí a uno de los padres que me prestara un machete.

13:04 con la excusa de que quería revisar la escuela de noche, por si se metía gente al patio. Me lo prestó sin hacer muchas preguntas. En la tarde cerré bien la casa, puse seguro a la puerta, dejé todo acomodado como si fuera a quedarme ahí, pero antes de que se hiciera de noche me fui al salón. El salón donde trabajaba tenía ventana hacia el cerro, y desde ahí se veía el camino de tierra que salía del pueblo hacia las tierras de cultivo. y una zona con piedras grandes y árboles. Apagué la luz del salón, me quedé junto a la ventana, con la lámpara apagada en la mano y el machete recargado en la pared. Escuché cómo el pueblo iba apagando sus ruidos, un radio lejano, voces que se metían a las casas y un perro ladrando. Pero después, casi nada.

13:56 Tardó un rato, pero al final vi movimiento en el camino. Una figura humana venía caminando desde el pueblo hacia las piedras. No llevaba lámpara. Se movía como quien conoce bien cada tramo del suelo. Lo vi llegar a una parte donde crecían arbustos y había rocas grandes. Ahí se agachó. De lejos se alcanzaba a notar que se quitaba la camisa, el pantalón y se quedaba en ropa interior. Luego sacó algo oscuro, una piel y se la fue colocando encima, acomodándola sobre su cuerpo. me esforcé por no perder detalle la figura empezó a encorvarse a apoyarse primero en manos y pies hasta quedar en cuatro extremidades el cuerpo se hizo más ancho y más bajo en cuestión de minutos ya no parecía un hombre sino el mismo perro enorme que yo había visto en mi patio lo vi moverse un poco como si probara su propio peso y después arrancar a correr rumbo al pueblo exactamente hacia el lado donde quedaba mi casa no fui detrás de él por el mismo camino aproveché que la casa estaba vacía y que el animal iba directo allá salí del salón encendí la lámpara solo lo necesario para ver el piso y tomé el machete caminé por las calles hasta llegar a la esquina desde donde se alcanzaba a ver parte de mi patio se escuchaban los golpes contra la puerta y los gruñidos que ya reconocía sentí miedo pero ya no

15:27 era el mismo miedo de las primeras noches Esta vez tenía claro contra qué estaba lidiando. Encendí la lámpara con toda la potencia y la apunté hacia el patio. El rayo de luz dio directo en el animal que estaba parado sobre dos patas frente a la ventana del cuarto. Se volteó hacia mí y otra vez vi los ojos rojos, las garras largas, el cuerpo enorme y el hocico abierto. En lugar de esconderme, empecé a gritar el nombre de varios vecinos, pidiendo que salieran. que vieran lo que estaba entrando a la casa del maestro. Varias puertas se abrieron casi de inmediato. Algunos hombres salieron con lámparas, palos y una escopeta de cacería. El perro intentó brincar la cerca para huir hacia el cerro, pero uno de los vecinos alcanzó a apuntar y disparó. El tiro le dio en una de las patas traseras y el animal cayó de lado, se revolcó en la tierra, lanzó un gruñido más fuerte y como pudo disparó. Corrió cojeando hacia el cerro, dejando un rastro claro de sangre en el suelo. Los hombres no se quedaron conformes con verlo huir. Decidieron seguir el rastro, y claro que yo fui con ellos. Caminamos detrás de las gotas de sangre que marcaban el camino hacia la misma zona de piedras y árboles que yo había observado desde el salón. Cuando llegamos, ya no había ningún perro.

16:52 En el suelo, tirado boca arriba, estaba el presidente del comité de padres, sangrando de la pierna, en el mismo lugar donde el animal había recibido el disparo. A un lado se veían su ropa y una piel oscura, hecha bola sobre la tierra. Nadie fingió sorpresa, y algunos hombres empezaron a reclamarle ahí mismo. Le echaron en cara a los maestros que se habían ido, el miedo que había metido en la escuela, la forma en que había detenido a los muchachos. para que siguieran trabajando en sus tierras. No hubo discusiones largas. Uno de ellos sacó el teléfono, llamó a la cabecera municipal y pidió que viniera la patrulla.

17:34 Cuando llegaron los policías, se lo llevaron herido, sin que nadie intercediera por él. Ese hombre no volvió al pueblo y desde esa noche las cosas cambiaron. El Nahual dejó de aparecer y las noches se hicieron otra vez silenciosas, pero ya sin pasos pesados. ni los rasguños en la puerta. Yo terminé el ciclo escolar completo, y con el tiempo se inscribieron más alumnos y se abrió otro grupo. La escuela dejó de ser un lugar de paso para maestros asustados, pero aún así, cuando recuerdo ese año, lo primero que me viene a la mente no son los exámenes ni las juntas, sino aquellos ojos rojos pegados al vidrio de la ventana. La primera vez que entendí que, en ese pueblo, alguien estaba dispuesto a convertirse en Nahual con tal de sacar al maestro.