El Día Que Levantamos A La Persona Equivocada En La Carretera - Historias De Terror - REDE
¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd
0:05 Abrà los ojos en el piso de un cuarto que no conocÃa. Estaba acostado sobre tablas de madera, con la espalda rÃgida y las piernas dormidas, pero sin dolor fuerte en la cabeza ni en el cuerpo. OlÃa a humedad, a humo viejo y a hierbas quemadas. Las paredes eran de madera vieja mal ajustadas y por algunas rendijas entraban lÃneas delgadas de luz. El techo estaba bajo, sostenido por vigas oscuras llenas de polvo. No habÃa cama, ni sillas, ni nada que pareciera un lugar donde alguien duerme por gusto. A un lado vi una mesa pequeña con velas derretidas pegadas a la superficie. Junto a las velas habÃa dos botellas de vidrio con un lÃquido oscuro. En la pared colgaba una bolsa de tela gris colgada de un clavo, manchada en varias partes. En una esquina habÃa un balde con agua sucia. Me revisé rápido el cuerpo. No estaba amarrado ni golpeado de gravedad. Me levanté despacio y empecé a seguir con la mano la pared hasta encontrar una puerta de madera, con un picaporte frÃo. Antes de abrir, cerré los ojos para obligarme a recordar cómo habÃa llegado ahÃ.
1:18 Lo último que tenÃa claro en la memoria era la carretera. Iba manejando con mi novia Karen. HabÃamos salido temprano rumbo a un pueblo de la sierra donde Ãbamos a pasar unos dÃas. En el carro llevábamos una bolsa de papas, dos botellas de agua y la maleta en la parte de atrás. Karen iba a mi lado, viendo el mapa en el celular y diciendo que si no nos desviábamos llegarÃamos antes de que oscureciera. La carretera estaba tranquila, casi sin vehÃculos. En un tramo largo, sin casas ni nada alrededor. Vimos a una mujer parada a la orilla con la mano levantada. Llevaba un rebozo negro, un vestido café y una bolsa de tela negra colgada al hombro. Yo dudé, pero Karen me dijo que no la dejara ahÃ. Frené y me orillé. La mujer se acercó al carro y dijo que se llamaba Aurelia, que vivÃa más adelante cerca de un rancho. Karen le abrió la puerta de atrás y la dejó subir. Aurelia se acomodó con dificultad, puso su bolsa de tela a un lado y empezó a platicar despacio, preguntando de dónde éramos y a qué Ãbamos.
2:29 Hablaba como cualquier señora de pueblo. En un momento sacó de la bolsa un manojo de hierbas atadas con hilo y lo levantó hacia mÃ. Dijo que eso quitaba el cansancio, que era bueno para los que manejaban mucho. Yo acerqué la nariz, por compromiso más que por gusto. El olor era fuerte, terroso y amargo. Sentà un sabor raro en la boca, como si me hubiera tragado polvo. La vista se me nubló y las lÃneas de la carretera se hicieron borrosas. Escuché que Karen decÃa algo, pero el sonido ya venÃa lejos. Después de eso, nada. Oscuridad total hasta despertar en el cuarto de madera. Abrà los ojos otra vez, ya en el presente. con la mano en el picaporte lo giré y empujé la puerta se abrió con un rechinido corto y del otro lado habÃa un pasillo estrecho de madera con el mismo olor a humo y humedad salà y cerré la puerta despacio a la derecha vi varias imágenes religiosas colgadas pero estaban volteadas contra la pared mostrando sólo el cartón de atrás debajo un plato metálico sostenÃa restos de velas gastadas Más adelante, de pared a pared, un lazo sostenÃa varias bolsas de tela de diferentes colores, rojas, cafés, grises, algunas bordadas, otras manchadas. En la madera clavado habÃa un papel con varios nombres escritos a mano. No reconocà ninguno, pero ver esa lista me dio una sensación clara de
4:02 que ahà se trabajaba con gente, no con cosas. En una mesa, junto a la pared, habÃa botellas con lÃquidos turbios, platos con restos secos de comida, mezclados con cera y un frasco metálico, lleno de plumas y mechones de cabello. No parecÃa un altar de adorno, se veÃa como mesa de trabajo, de alguien que hace brujerÃa seguido. Seguà por el pasillo hasta una cocina vieja. Vi un fogón apagado, ollas negras por el humo, una mesa con manchas secas color café oscuro. No olÃa a comida fresca. HabÃa una puerta que daba hacia afuera. La abrà y salà a un patio grande de tierra. El patio tenÃa gallineros vacÃos, sin un solo animal. Un corral sin ganado, solo los postes y las rejas. A un lado, un árbol grande con listones amarrados a las ramas y más bolsas de tela colgando. En el suelo se veÃan huellas de botas marcadas en la tierra. Restos de ceniza de fogatas y una cubeta volteada cerca de la pared. Di unos pasos y a unos metros de la puerta vi algo que me cortó el aire, el tenis derecho de Karen. Era el par blanco que siempre usaba para viajar. Estaba sucio, con tierra pegada, y en la parte delantera tenÃa una mancha seca de sangre. Lo recogÃ, pues ahà estaba la prueba de que Karen también habÃa sido llevada a ese rancho y que no habÃa salido bien librada. En ese momento tuve claro que mi única prioridad era encontrarla y sacarla.
5:36 Guardé el tenis contra el pecho y seguà caminando, pero con más cuidado. Entonces escuché voces de mujeres y risas que venÃan del fondo del terreno. Estaban dentro del mismo rancho. Busqué con la vista un sitio para cubrirme y me escondà detrás de una pila de costales junto a un muro bajo. Me agaché y miré por arriba hacia la parte más amplia del terreno, un espacio abierto que parecÃa potrero. En el centro habÃa una mesa larga hecha con tablas. Alrededor estaban seis mujeres. Todas se veÃan como señoras de campo, con vestidos sencillos y reboso. Ninguna traÃa nada teatral, solo tenÃan una expresión dura y concentrada. Sobre la mesa habÃa un hombre acostado, llevaba pantalón de mezclilla, camisa clara y estaba amarrado de pies y manos a la estructura. TenÃa la boca tapada con una tela y se movÃa apenas.
6:33 ReconocÃa a Aurelia en cuanto la vi colocarse en la cabecera de la mesa. Las demás la miraban como si esperaran órdenes. En la mesa habÃa velas encendidas, un recipiente metálico con sangre fresca, fotografÃas, papeles con nombres y una bolsa de tela abierta, de la que salÃan mechones de cabello y pedazos de ropa. Escuché frases sueltas. Una de ellas dijo que ese hombre ya está apagado. Otra dijo que con ese trabajo se va a enfermar alguien. Aurelia comentó que no hay vuelta atrás cuando entregan a alguien al diablo. Hablaban como si estuvieran cumpliendo un encargo. Me pegué más a los costales y miré hacia un lado.
7:18 Al fondo del potrero vi una estructura grande hecha con rejas y tablas, cubierta con una lona. De ahà salÃan quejidos y golpes suaves. Aproveché un momento en que las mujeres se concentraron en la mesa y me movà agachado hasta quedar de lado. Levanté la lona apenas lo necesario para ver. Dentro habÃa un joven de unos veintitantos años, con el ojo morado y las manos atadas. A un lado de él, una señora mayor, muy delgada, estaba casi recostada con las muñecas amarradas. Los dos respiraban con dificultad. El joven me miró, pero no dijo nada. Bajé la lona y ahà entendà que no era el único Ese rancho era un lugar donde almacenaban gente para sus trabajos.
8:04 SabÃa que solo no iba a poder con seis mujeres, que conocÃan el terreno y que ya estaban acostumbradas a hacer eso. Necesitaba a alguien que supiera moverse ahà adentro. Volvà hacia la casa por un lado del potrero, pegado a las bardas y a los corrales. Entré de nuevo por la cocina, crucé el pasillo y empecé a abrir cuartos. En una sala habÃa sillas viejas arrimadas a la pared. En otro cuarto, vi costales apilados con maÃz tirado en el piso. En otro, una mesa con santos arrinconados y veladoras negras gastadas. Al final, empujé la puerta de una recámara más ordenada. Ahà sà habÃa cama tendida, buró, una lámpara y unas botas juntas. En medio del cuarto, vi a un hombre amarrado a una silla, con una tela en la boca. Me acerqué, le quité la tela y empecé a soltar las cuerdas. El hombre respiró hondo, movió los hombros y se presentó como Tomás. Dijo que ese rancho era suyo, que antes tenÃa ganado y trabajaba con su familia, hasta que llegaron esas mujeres ofreciéndose para curar la tierra y ayudar con los animales. Al principio hacÃan limpias y velaciones y él las dejó quedarse en una parte del terreno. Con el tiempo, empezaron a llegar personas de fuera que venÃan a pedirles trabajos para arruinar a alguien, enfermarlo o hundirlo en deudas. En la zona, empezó a hablarse de desaparecidos. Cuando intentó sacarlas, lo amenazaron con hacer
9:37 daño a su familia y luego lo sometieron a la fuerza. Desde entonces, lo mantenÃan amarrado casi todo el tiempo y lo soltaban solo para trabajos pesados. Le conté de Karen y Tomás dijo que sà habÃa visto llegar a una joven inconsciente, que la bajaron de una camioneta vieja entre dos de las brujas y la llevaron a un cuarto en la parte trasera, donde guardaban lo que usaban en trabajos grandes, bolsas de tela con objetos de personas, cajas con fotos y lo necesario para rituales fuertes. HabÃa escuchado que esa misma noche iban a hacer un ritual especial y que necesitaban una joven para eso. También me dijo que, para algunos encargos, las brujas usaban solo fotos, ropa, cabello y tierra de panteón. Pero que cuando el trabajo era más pesado, metÃan personas como el hombre de la mesa y los de la jaula. Le pregunté si habÃa forma de salir. Tomás dijo que al fondo del terreno pasaba un arroyo seco. Si uno llegaba a ese arroyo y lo seguÃa, salÃa a un camino de terracerÃa que, más adelante, conectaba con la carretera. El plan era simple, ir primero por Karen al cuarto trasero, después abrir la jaula y sacar al joven y a la señora, y por último salir todos juntos hacia el arroyo, antes de que las brujas se dieran cuenta. Tomás abrió un cajón del buró y sacó una escopeta vieja y un machete. Revisó la escopeta con rapidez, la cargó y me entregó el machete.
11:11 Dijo que nos moviéramos ya, porque, si esperábamos más, esa noche usarÃan a Karen en el ritual. Salimos de la recámara al pasillo. Avanzamos hacia el fondo de la casa. Tomás conocÃa bien el camino. Empujó una puerta y aparecimos en un cuarto trasero. En el centro habÃa una mesa de madera rodeada de velas apagadas. El piso tenÃa marcas de sal, en forma de cÃrculos y lÃneas. Contra una pared, cajas llenas de bolsas de tela de distintos colores. Y, en la esquina derecha, vi a Karen. sentada en el piso, recargada en la pared, con las manos y los pies amarrados y una venda en los ojos. Corrà hacia ella, guardé el machete debajo del brazo y le quité la venda.
11:59 Parpadeó varias veces hasta enfocarme. Le hablé rápido, le dije mi nombre, que estaba ahÃ, que la habÃan llevado a un rancho de brujas y que tenÃamos que salir. Corté las cuerdas de las manos y de los pies. Cuando intentó levantarse, se tambaleó. La sujeté por los hombros hasta que se afirmó. Estaba asustada, pero entendió que no habÃa tiempo para preguntas. Tomás se asomó a la puerta para revisar el pasillo. Cuando vio que no venÃa nadie, nos indicó que saliéramos. Tomé a Karen por la cintura y la ayudé a caminar. Los tres cruzamos la cocina y salimos de nuevo al patio de tierra. La luz ya empezaba a bajar. Fuimos directo hacia la jaula y el candado seguÃa ahÃ. Metà el machete entre la cadena e hice fuerza con todo el cuerpo. El metal se resistió.
12:50 Tomás se colocó de lado, con la escopeta apuntando hacia la casa. Karen se apoyó en la estructura. Después de varios intentos, el candado se rompió y cayó. Abrà la puerta y el joven se levantó, pero la señora mayor tardó un poco en ponerse de pie. Les dije que venÃamos a sacarlos, que siguieran a Tomás y que guardaran fuerzas para caminar. Tomás se puso al frente porque conocÃa el terreno. Nos dijo que debÃamos cruzar el patio hacia la parte trasera del rancho y buscar la bajada al arroyo. Yo me quedé al lado de Karen vigilando hacia la casa y el potrero. El joven cargó del brazo a la señora y empezamos a caminar rápido pero sin correr para no llamar tanto la atención con los pasos. Cuando Ãbamos a la mitad del patio, escuché un grito. Aurelia estaba parada frente a nosotros, a unos metros. TenÃa el rebozo caÃdo en los hombros y una daga en la mano.
13:49 Nos vio con odio y empezó a llamar a las demás. Desde la zona del ritual salieron varias, algunas con velas encendidas, otras con bolsas con ramas y otras con palos. Tomás levantó la escopeta y disparó al aire. El trueno retumbó en todo el rancho. las mujeres se detuvieron un segundo pero siguieron avanzando y entonces apuntó al suelo frente a ellas y disparó otra vez la tierra se levantó las piedras saltaron varias se cubrieron el rostro y dieron un paso atrás ese momento nos dio los segundos que necesitábamos le grité al joven que no se detuviera y jalea karen hacia el fondo del terreno caminamos a toda velocidad Tomás se movÃa de lado, atento, listo para disparar otra vez si se acercaban. Llegamos al borde del rancho, donde el terreno bajaba hacia el arroyo seco. Descendimos con cuidado.
14:48 El fondo estaba lleno de piedras y tierra suelta. Tomás dijo que si salÃamos por ahÃ, las brujas ya no tenÃan el mismo control sobre lo que hacÃan. Arriba, en la orilla, se veÃan sus siluetas, Gritaban insultos, amenazas, nombres de personas que seguramente habÃan trabajado con ellas. Y nos señalaban con el brazo, pero ninguna bajó al cauce. Avanzamos por el arroyo. El suelo era irregular y cada paso requerÃa esfuerzo. El joven y yo nos turnamos para ayudar a la señora mayor. Karen caminaba a mi lado, pálida pero firme. Tomás iba adelante, marcando el ritmo y escogiendo el lado menos complicado. Caminamos asà un buen trecho hasta que las voces de las brujas se oyeron lejos y el arroyo nos llevó a un camino de terracerÃa. Lo seguimos hasta que vimos la cinta gris de la carretera.
15:43 Salimos a la orilla, llenos de polvo, sucios, con la ropa rota y el cuerpo cansado. Al cabo de un rato pasó un coche. El conductor, al vernos, frenó. Nos miró por la ventana, nos preguntó qué habÃa pasado. Tomás le pidió el teléfono y llamó a la policÃa y a una ambulancia. Nos quedamos ahÃ, sentados en la orilla, hasta que llegaron las patrullas y las ambulancias. Los paramédicos revisaron a la señora, al joven, a Karen y a mÃ. Nos limpiaron las heridas, nos pusieron vendas. Y en la patrulla, ya un poco más tranquilos, contamos lo necesario. el aventón a Aurelia, la hierba que nos hizo desmayarnos, el despertar en el rancho, las brujas, la jaula, el ritual y el escape por el arroyo. Cuando la policÃa llegó al rancho, las brujas ya no estaban. Encontraron la casa revuelta, velas, botellas, bolsas de tela con cosas adentro, fotos y papeles con nombres.
16:45 Tomás declaró que el rancho era suyo. Explicó cómo esas mujeres se habÃan apoderado del lugar y cómo lo habÃan tenido amarrado durante años. Dijo que pensaba recuperar la propiedad por la vÃa legal, aunque sabÃa que no serÃa fácil. Lo que pasó después con él quedó fuera de mi alcance. Yo cerré esa historia con una explicación simple. Aurelia trabajaba con las brujas. ConseguÃa gente en la carretera, la drogaba con las hierbas y la llevaba al rancho. Ahà usaban a esas personas para trabajos que les pedÃan otros. Karen y yo salimos vivos de milagro, y gracias a que Tomás decidió ayudarnos. Desde ese dÃa no volvimos a levantar a nadie en la carretera, no sueño con ellas, no las he visto de nuevo. Lo único que quedó fue la imagen de ese tenis manchado de sangre en el patio y la desconfianza a cualquier persona que se acerque al coche con una bolsa de tela colgada al hombro y una sonrisa que parece amable en medio de la nada.
17:52 Fue algo muy aterrador para nosotros, el salir huyendo de esas brujas. En mi vida habÃa visto brujas, y menos me habÃan tenido secuestrado para usarme como ofrenda para el diablo.
Apple Podcasts
Spotify
Castro
RSS Feed