Nov. 28, 2025

El Día Que Levantamos A La Persona Equivocada En La Carretera - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Abrí los ojos en el piso de un cuarto que no conocía. Estaba acostado sobre tablas de madera, con la espalda rígida y las piernas dormidas, pero sin dolor fuerte en la cabeza ni en el cuerpo. Olía a humedad, a humo viejo y a hierbas quemadas. Las paredes eran de madera vieja mal ajustadas y por algunas rendijas entraban líneas delgadas de luz. El techo estaba bajo, sostenido por vigas oscuras llenas de polvo. No había cama, ni sillas, ni nada que pareciera un lugar donde alguien duerme por gusto. A un lado vi una mesa pequeña con velas derretidas pegadas a la superficie. Junto a las velas había dos botellas de vidrio con un líquido oscuro. En la pared colgaba una bolsa de tela gris colgada de un clavo, manchada en varias partes. En una esquina había un balde con agua sucia. Me revisé rápido el cuerpo. No estaba amarrado ni golpeado de gravedad. Me levanté despacio y empecé a seguir con la mano la pared hasta encontrar una puerta de madera, con un picaporte frío. Antes de abrir, cerré los ojos para obligarme a recordar cómo había llegado ahí.

1:18 Lo último que tenía claro en la memoria era la carretera. Iba manejando con mi novia Karen. Habíamos salido temprano rumbo a un pueblo de la sierra donde íbamos a pasar unos días. En el carro llevábamos una bolsa de papas, dos botellas de agua y la maleta en la parte de atrás. Karen iba a mi lado, viendo el mapa en el celular y diciendo que si no nos desviábamos llegaríamos antes de que oscureciera. La carretera estaba tranquila, casi sin vehículos. En un tramo largo, sin casas ni nada alrededor. Vimos a una mujer parada a la orilla con la mano levantada. Llevaba un rebozo negro, un vestido café y una bolsa de tela negra colgada al hombro. Yo dudé, pero Karen me dijo que no la dejara ahí. Frené y me orillé. La mujer se acercó al carro y dijo que se llamaba Aurelia, que vivía más adelante cerca de un rancho. Karen le abrió la puerta de atrás y la dejó subir. Aurelia se acomodó con dificultad, puso su bolsa de tela a un lado y empezó a platicar despacio, preguntando de dónde éramos y a qué íbamos.

2:29 Hablaba como cualquier señora de pueblo. En un momento sacó de la bolsa un manojo de hierbas atadas con hilo y lo levantó hacia mí. Dijo que eso quitaba el cansancio, que era bueno para los que manejaban mucho. Yo acerqué la nariz, por compromiso más que por gusto. El olor era fuerte, terroso y amargo. Sentí un sabor raro en la boca, como si me hubiera tragado polvo. La vista se me nubló y las líneas de la carretera se hicieron borrosas. Escuché que Karen decía algo, pero el sonido ya venía lejos. Después de eso, nada. Oscuridad total hasta despertar en el cuarto de madera. Abrí los ojos otra vez, ya en el presente. con la mano en el picaporte lo giré y empujé la puerta se abrió con un rechinido corto y del otro lado había un pasillo estrecho de madera con el mismo olor a humo y humedad salí y cerré la puerta despacio a la derecha vi varias imágenes religiosas colgadas pero estaban volteadas contra la pared mostrando sólo el cartón de atrás debajo un plato metálico sostenía restos de velas gastadas Más adelante, de pared a pared, un lazo sostenía varias bolsas de tela de diferentes colores, rojas, cafés, grises, algunas bordadas, otras manchadas. En la madera clavado había un papel con varios nombres escritos a mano. No reconocí ninguno, pero ver esa lista me dio una sensación clara de

4:02 que ahí se trabajaba con gente, no con cosas. En una mesa, junto a la pared, había botellas con líquidos turbios, platos con restos secos de comida, mezclados con cera y un frasco metálico, lleno de plumas y mechones de cabello. No parecía un altar de adorno, se veía como mesa de trabajo, de alguien que hace brujería seguido. Seguí por el pasillo hasta una cocina vieja. Vi un fogón apagado, ollas negras por el humo, una mesa con manchas secas color café oscuro. No olía a comida fresca. Había una puerta que daba hacia afuera. La abrí y salí a un patio grande de tierra. El patio tenía gallineros vacíos, sin un solo animal. Un corral sin ganado, solo los postes y las rejas. A un lado, un árbol grande con listones amarrados a las ramas y más bolsas de tela colgando. En el suelo se veían huellas de botas marcadas en la tierra. Restos de ceniza de fogatas y una cubeta volteada cerca de la pared. Di unos pasos y a unos metros de la puerta vi algo que me cortó el aire, el tenis derecho de Karen. Era el par blanco que siempre usaba para viajar. Estaba sucio, con tierra pegada, y en la parte delantera tenía una mancha seca de sangre. Lo recogí, pues ahí estaba la prueba de que Karen también había sido llevada a ese rancho y que no había salido bien librada. En ese momento tuve claro que mi única prioridad era encontrarla y sacarla.

5:36 Guardé el tenis contra el pecho y seguí caminando, pero con más cuidado. Entonces escuché voces de mujeres y risas que venían del fondo del terreno. Estaban dentro del mismo rancho. Busqué con la vista un sitio para cubrirme y me escondí detrás de una pila de costales junto a un muro bajo. Me agaché y miré por arriba hacia la parte más amplia del terreno, un espacio abierto que parecía potrero. En el centro había una mesa larga hecha con tablas. Alrededor estaban seis mujeres. Todas se veían como señoras de campo, con vestidos sencillos y reboso. Ninguna traía nada teatral, solo tenían una expresión dura y concentrada. Sobre la mesa había un hombre acostado, llevaba pantalón de mezclilla, camisa clara y estaba amarrado de pies y manos a la estructura. Tenía la boca tapada con una tela y se movía apenas.

6:33 Reconocía a Aurelia en cuanto la vi colocarse en la cabecera de la mesa. Las demás la miraban como si esperaran órdenes. En la mesa había velas encendidas, un recipiente metálico con sangre fresca, fotografías, papeles con nombres y una bolsa de tela abierta, de la que salían mechones de cabello y pedazos de ropa. Escuché frases sueltas. Una de ellas dijo que ese hombre ya está apagado. Otra dijo que con ese trabajo se va a enfermar alguien. Aurelia comentó que no hay vuelta atrás cuando entregan a alguien al diablo. Hablaban como si estuvieran cumpliendo un encargo. Me pegué más a los costales y miré hacia un lado.

7:18 Al fondo del potrero vi una estructura grande hecha con rejas y tablas, cubierta con una lona. De ahí salían quejidos y golpes suaves. Aproveché un momento en que las mujeres se concentraron en la mesa y me moví agachado hasta quedar de lado. Levanté la lona apenas lo necesario para ver. Dentro había un joven de unos veintitantos años, con el ojo morado y las manos atadas. A un lado de él, una señora mayor, muy delgada, estaba casi recostada con las muñecas amarradas. Los dos respiraban con dificultad. El joven me miró, pero no dijo nada. Bajé la lona y ahí entendí que no era el único Ese rancho era un lugar donde almacenaban gente para sus trabajos.

8:04 Sabía que solo no iba a poder con seis mujeres, que conocían el terreno y que ya estaban acostumbradas a hacer eso. Necesitaba a alguien que supiera moverse ahí adentro. Volví hacia la casa por un lado del potrero, pegado a las bardas y a los corrales. Entré de nuevo por la cocina, crucé el pasillo y empecé a abrir cuartos. En una sala había sillas viejas arrimadas a la pared. En otro cuarto, vi costales apilados con maíz tirado en el piso. En otro, una mesa con santos arrinconados y veladoras negras gastadas. Al final, empujé la puerta de una recámara más ordenada. Ahí sí había cama tendida, buró, una lámpara y unas botas juntas. En medio del cuarto, vi a un hombre amarrado a una silla, con una tela en la boca. Me acerqué, le quité la tela y empecé a soltar las cuerdas. El hombre respiró hondo, movió los hombros y se presentó como Tomás. Dijo que ese rancho era suyo, que antes tenía ganado y trabajaba con su familia, hasta que llegaron esas mujeres ofreciéndose para curar la tierra y ayudar con los animales. Al principio hacían limpias y velaciones y él las dejó quedarse en una parte del terreno. Con el tiempo, empezaron a llegar personas de fuera que venían a pedirles trabajos para arruinar a alguien, enfermarlo o hundirlo en deudas. En la zona, empezó a hablarse de desaparecidos. Cuando intentó sacarlas, lo amenazaron con hacer

9:37 daño a su familia y luego lo sometieron a la fuerza. Desde entonces, lo mantenían amarrado casi todo el tiempo y lo soltaban solo para trabajos pesados. Le conté de Karen y Tomás dijo que sí había visto llegar a una joven inconsciente, que la bajaron de una camioneta vieja entre dos de las brujas y la llevaron a un cuarto en la parte trasera, donde guardaban lo que usaban en trabajos grandes, bolsas de tela con objetos de personas, cajas con fotos y lo necesario para rituales fuertes. Había escuchado que esa misma noche iban a hacer un ritual especial y que necesitaban una joven para eso. También me dijo que, para algunos encargos, las brujas usaban solo fotos, ropa, cabello y tierra de panteón. Pero que cuando el trabajo era más pesado, metían personas como el hombre de la mesa y los de la jaula. Le pregunté si había forma de salir. Tomás dijo que al fondo del terreno pasaba un arroyo seco. Si uno llegaba a ese arroyo y lo seguía, salía a un camino de terracería que, más adelante, conectaba con la carretera. El plan era simple, ir primero por Karen al cuarto trasero, después abrir la jaula y sacar al joven y a la señora, y por último salir todos juntos hacia el arroyo, antes de que las brujas se dieran cuenta. Tomás abrió un cajón del buró y sacó una escopeta vieja y un machete. Revisó la escopeta con rapidez, la cargó y me entregó el machete.

11:11 Dijo que nos moviéramos ya, porque, si esperábamos más, esa noche usarían a Karen en el ritual. Salimos de la recámara al pasillo. Avanzamos hacia el fondo de la casa. Tomás conocía bien el camino. Empujó una puerta y aparecimos en un cuarto trasero. En el centro había una mesa de madera rodeada de velas apagadas. El piso tenía marcas de sal, en forma de círculos y líneas. Contra una pared, cajas llenas de bolsas de tela de distintos colores. Y, en la esquina derecha, vi a Karen. sentada en el piso, recargada en la pared, con las manos y los pies amarrados y una venda en los ojos. Corrí hacia ella, guardé el machete debajo del brazo y le quité la venda.

11:59 Parpadeó varias veces hasta enfocarme. Le hablé rápido, le dije mi nombre, que estaba ahí, que la habían llevado a un rancho de brujas y que teníamos que salir. Corté las cuerdas de las manos y de los pies. Cuando intentó levantarse, se tambaleó. La sujeté por los hombros hasta que se afirmó. Estaba asustada, pero entendió que no había tiempo para preguntas. Tomás se asomó a la puerta para revisar el pasillo. Cuando vio que no venía nadie, nos indicó que saliéramos. Tomé a Karen por la cintura y la ayudé a caminar. Los tres cruzamos la cocina y salimos de nuevo al patio de tierra. La luz ya empezaba a bajar. Fuimos directo hacia la jaula y el candado seguía ahí. Metí el machete entre la cadena e hice fuerza con todo el cuerpo. El metal se resistió.

12:50 Tomás se colocó de lado, con la escopeta apuntando hacia la casa. Karen se apoyó en la estructura. Después de varios intentos, el candado se rompió y cayó. Abrí la puerta y el joven se levantó, pero la señora mayor tardó un poco en ponerse de pie. Les dije que veníamos a sacarlos, que siguieran a Tomás y que guardaran fuerzas para caminar. Tomás se puso al frente porque conocía el terreno. Nos dijo que debíamos cruzar el patio hacia la parte trasera del rancho y buscar la bajada al arroyo. Yo me quedé al lado de Karen vigilando hacia la casa y el potrero. El joven cargó del brazo a la señora y empezamos a caminar rápido pero sin correr para no llamar tanto la atención con los pasos. Cuando íbamos a la mitad del patio, escuché un grito. Aurelia estaba parada frente a nosotros, a unos metros. Tenía el rebozo caído en los hombros y una daga en la mano.

13:49 Nos vio con odio y empezó a llamar a las demás. Desde la zona del ritual salieron varias, algunas con velas encendidas, otras con bolsas con ramas y otras con palos. Tomás levantó la escopeta y disparó al aire. El trueno retumbó en todo el rancho. las mujeres se detuvieron un segundo pero siguieron avanzando y entonces apuntó al suelo frente a ellas y disparó otra vez la tierra se levantó las piedras saltaron varias se cubrieron el rostro y dieron un paso atrás ese momento nos dio los segundos que necesitábamos le grité al joven que no se detuviera y jalea karen hacia el fondo del terreno caminamos a toda velocidad Tomás se movía de lado, atento, listo para disparar otra vez si se acercaban. Llegamos al borde del rancho, donde el terreno bajaba hacia el arroyo seco. Descendimos con cuidado.

14:48 El fondo estaba lleno de piedras y tierra suelta. Tomás dijo que si salíamos por ahí, las brujas ya no tenían el mismo control sobre lo que hacían. Arriba, en la orilla, se veían sus siluetas, Gritaban insultos, amenazas, nombres de personas que seguramente habían trabajado con ellas. Y nos señalaban con el brazo, pero ninguna bajó al cauce. Avanzamos por el arroyo. El suelo era irregular y cada paso requería esfuerzo. El joven y yo nos turnamos para ayudar a la señora mayor. Karen caminaba a mi lado, pálida pero firme. Tomás iba adelante, marcando el ritmo y escogiendo el lado menos complicado. Caminamos así un buen trecho hasta que las voces de las brujas se oyeron lejos y el arroyo nos llevó a un camino de terracería. Lo seguimos hasta que vimos la cinta gris de la carretera.

15:43 Salimos a la orilla, llenos de polvo, sucios, con la ropa rota y el cuerpo cansado. Al cabo de un rato pasó un coche. El conductor, al vernos, frenó. Nos miró por la ventana, nos preguntó qué había pasado. Tomás le pidió el teléfono y llamó a la policía y a una ambulancia. Nos quedamos ahí, sentados en la orilla, hasta que llegaron las patrullas y las ambulancias. Los paramédicos revisaron a la señora, al joven, a Karen y a mí. Nos limpiaron las heridas, nos pusieron vendas. Y en la patrulla, ya un poco más tranquilos, contamos lo necesario. el aventón a Aurelia, la hierba que nos hizo desmayarnos, el despertar en el rancho, las brujas, la jaula, el ritual y el escape por el arroyo. Cuando la policía llegó al rancho, las brujas ya no estaban. Encontraron la casa revuelta, velas, botellas, bolsas de tela con cosas adentro, fotos y papeles con nombres.

16:45 Tomás declaró que el rancho era suyo. Explicó cómo esas mujeres se habían apoderado del lugar y cómo lo habían tenido amarrado durante años. Dijo que pensaba recuperar la propiedad por la vía legal, aunque sabía que no sería fácil. Lo que pasó después con él quedó fuera de mi alcance. Yo cerré esa historia con una explicación simple. Aurelia trabajaba con las brujas. Conseguía gente en la carretera, la drogaba con las hierbas y la llevaba al rancho. Ahí usaban a esas personas para trabajos que les pedían otros. Karen y yo salimos vivos de milagro, y gracias a que Tomás decidió ayudarnos. Desde ese día no volvimos a levantar a nadie en la carretera, no sueño con ellas, no las he visto de nuevo. Lo único que quedó fue la imagen de ese tenis manchado de sangre en el patio y la desconfianza a cualquier persona que se acerque al coche con una bolsa de tela colgada al hombro y una sonrisa que parece amable en medio de la nada.

17:52 Fue algo muy aterrador para nosotros, el salir huyendo de esas brujas. En mi vida había visto brujas, y menos me habían tenido secuestrado para usarme como ofrenda para el diablo.