Aug. 1, 2026

El Demonio Prometió Volver Cuando Terminara El Turno - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Me llamo Mateo Rivas, tengo 68 años y trabajé como velador durante más de 30 años. Lo que recuerdo ocurrió en una bodega que llevaba varios años sin actividad. El dueño, Ernesto Salazar, todavía conservaba el lugar y pagaba vigilancia. Yo conocía las entradas, la oficina del fondo y la caseta donde se guardaban las llaves y la bitácora. Aquella noche llegué antes de iniciar el turno. El guardia de la tarde me informó que Salazar seguía en la oficina, y antes de retirarse me entregó las llaves y me recordó que el dueño había prohibido las visitas. Fui hasta el fondo, toqué la puerta y escuché la voz de Salazar. Me dijo que necesitaba estar solo y que no esperaba a nadie. Hablaba con claridad, así que le aseguré que nadie entraría sin su autorización. Las primeras horas transcurrieron sin problemas. Revisé el portón, las puertas y las ventanas. Anoté el recorrido y regresé a la caseta. Llevaba una linterna, un radio y el rosario de madera de mi esposa. Cerca de la medianoche, las luces empezaron a parpadear. Pensé en una falla eléctrica, pero el problema continuó. Salí con la linterna y al cruzar la puerta sentí un frío que me entumeció los dedos.

1:26 Poco después llegó el olor a azufre. Primero fue leve, luego se volvió tan intenso que tuve que cubrirme la nariz. Revisé el suelo y la entrada, pero no encontré humo, fuego ni derrames. Mientras buscaba el origen, una niebla baja comenzó a entrar por debajo del portón. La calle permanecía despejada, y dentro del terreno, la niebla avanzaba hasta cubrirme las rodillas. Regresé a la caseta e intenté usar el radio. pero solo escuché interferencia. Entonces oí pasos frente a la entrada. Tomé la linterna, salí y alumbré hacia el portón. Un hombre estaba de pie dentro de la propiedad, pero no escuché que abriera y la cadena seguía en su sitio.

2:13 Vestía de manera formal, llevaba un sombrero oscuro y mantenía las manos quietas. Sus ojos eran rojos y el color no cambiaba bajo la luz. Le pregunté quién era y cómo había entrado. Respondió que buscaba a Ernesto Salazar por un asunto pendiente. Le pedí una identificación. Avanzó unos pasos y se detuvo cuando se lo ordené. Luego explicó que necesitaba llegar a la oficina. Le informé que el dueño no esperaba visitas, que había prohibido cualquier entrada y que su nombre no aparecía en la bitácora. Él contestó que Salazar conocía el motivo de su visita y que no era necesario registrarlo. Abrí el cuaderno y revisé las anotaciones, pero no había visitas programadas, por eso le ordené que se retirara. El hombre miró la bitácora y preguntó si pensaba detenerlo por una línea escrita en una hoja. Le respondí que ese cuaderno indicaba quién podía entrar y que durante mi turno yo debía cumplir la orden del dueño.

3:19 El hombre avanzó otro paso. Le ordené que se detuviera y obedeció. Entonces explicó que no había ido por dinero ni por documentos. Había ido por el alma de Ernesto Salazar, porque el plazo de un acuerdo había terminado. Lo dijo sin elevar la voz. Me coloqué entre él y la oficina. Mantuve la linterna dirigida a su rostro y le repetí que no podía pasar. Al inclinar la cabeza, el sombrero se movió y dejó ver dos formas duras debajo de la tela. Nacían sobre la frente y se curvaban hacia atrás. Sentí miedo, pero moverme habría dejado libre el camino. Saqué el rosario del bolsillo y lo sujeté con la mano izquierda.

4:03 El diablo afirmó que Salazar había aceptado esas condiciones años atrás, que había recibido lo prometido y que ahora debía cumplir. Añadió que mi presencia no formaba parte del acuerdo. Le contesté que yo no podía comprobar lo que decía. Mi responsabilidad era la bodega. El dueño seguía adentro y nadie llegaría hasta él, sin permiso, mientras yo estuviera de guardia. En ese momento, las luces se apagaron. La linterna continuó encendida, aunque con menos fuerza, y las sombras de los postes y de la caseta comenzaron a moverse sobre el suelo. No seguían la dirección de la luz. Se extendieron por el patio, rodearon mis botas y se cerraron alrededor de mis tobillos. Sentí presión en las piernas e intenté retroceder, pero no pude moverme. El hombre volvió a pedirme que lo dejara pasar y aseguró que todo terminaría en cuanto yo abriera el camino. Le respondí que no podía conceder una autorización que no tenía. Las sombras apretaron con más fuerza.

5:10 Dijo que yo era un empleado viejo y solo, y añadió que podía apartarme, terminar el turno y evitar problemas. Le expliqué que apartarme también significaba permitirle la entrada. El diablo afirmó que una orden humana no podía limitarlo. Le contesté que si eso fuera cierto ya habría cruzado el patio. El hecho de que siguiera pidiendo permiso demostraba que necesitaba mi aceptación. El hombre guardó silencio. La niebla aumentó y las sombras se levantaron del suelo hasta formar cuerpos sin rostro. Una se colocó detrás de mí, otra quedó junto a la caseta y una tercera avanzó hacia la oficina. Le ordené que las detuviera. Respondió que lo haría si yo autorizaba su paso. Me negué y repetí que no estaba en la bitácora. La figura que avanzaba hacia la oficina volvió hacia mí. Las tres extendieron los brazos. y una sujetó mi hombro, otra apretó mi brazo y la tercera quedó frente a mi cara. El rosario se tensó entre mis dedos y varias cuentas se clavaron en la palma, pero no lo solté. El hombre anunció que esa era su última petición. Podía dejarme inmóvil, entrar y terminar el asunto antes de que alguien notara lo ocurrido. Le respondí que si cruzaba por la fuerza quedaría claro que nunca había recibido mi permiso. Antes de que contestara, un golpe

6:41 sonó en la oficina. Los dos miramos hacia el fondo. Desde detrás de la puerta, Ernesto Salazar preguntó quién estaba en el patio. Le respondí a Salazar que había un visitante sin identificación en el patio y que insistía en llegar hasta la oficina. Tardó en contestar. Luego me ordenó mantener la puerta cerrada y evitar que el hombre pasara. Le pregunté si lo conocía y admitió que sí, aunque se negó a explicar el acuerdo. El diablo escuchó la conversación, aseguró que la orden llegaba tarde y dijo que Salazar conocía la fecha del cobro, pero intentaba usarme para ganar tiempo.

7:25 Le contesté que la prohibición acababa de ser confirmada y que mientras yo siguiera encargado del lugar debía cumplirla. El hombre levantó una mano y las sombras volvieron a sujetarme. Una me apretó el cuello y las otras me inmovilizaron los brazos. Afirmó que podía matarme sin acercarse y que nadie relacionaría mi muerte con una visita que no aparecía en ningún registro. moví la mano hasta alcanzar la mesa de la caseta busqué el bolígrafo y anoté en la bitácora que un hombre sin identificación había pedido acceso que buscaba a Ernesto Salazar y que su entrada había sido rechazada la letra quedó temblorosa aunque podía leerse el diablo preguntó para qué escribía si nadie creería lo ocurrido le respondí que mi obligación era registrar los hechos no convencer a quien leyera el informe. La presión aumentó, sentí mareo y apoyé una rodilla en el suelo. El rosario se cayó de mi mano y varias cuentas se soltaron. El hombre se acercó, la niebla se abrió y pude ver los cuernos bajo el sombrero. Sus ojos continuaban rojos y las sombras respondían a sus movimientos. Dijo que Salazar había recibido años de prosperidad a cambio de su alma. y que ahora quería desconocer las condiciones. Le contesté que una

8:56 deuda no anulaba mi responsabilidad. Insistió en que yo protegía a un hombre que había aceptado el trato por voluntad propia. Le aclaré que no protegía sus decisiones, protegía una puerta bajo mi cuidado. Si Salazar había cometido un error, tendría que responder por él, pero yo no iba a colaborar para sacarlo de la oficina. ni autorizar una entrada que el propio dueño había prohibido. Las sombras me soltaron de golpe, caí de lado, recuperé el aire, recogí el rosario y guardé las cuentas en el bolsillo. El diablo señaló que mi autoridad duraba mientras conservara las llaves, y mi nombre siguiera escrito como responsable del turno. Después llegaría otro guardia, Yo firmaría mi salida y él volvería a pedir acceso.

9:51 Le respondí que todavía estaba a cargo y que mi decisión no cambiaría. Entonces se quitó el sombrero. Los cuernos nacían a ambos lados de la frente y se curvaban hacia atrás. Me explicó que respetaría mi autoridad durante ese turno, porque no podía cruzar una propiedad vigilada sin el permiso de quien estuviera a cargo. Le ordené que se retirara Él afirmó que regresaría en cuanto terminara mi responsabilidad, y retrocedió hacia la niebla. Su cuerpo dejó de verse primero, luego desapareció el rojo de sus ojos. Las sombras cayeron sobre el piso, las luces volvieron a encenderse y el frío disminuyó, aunque el olor a azufre permaneció cerca del portón.

10:41 Recuperé la fuerza en las piernas. Fui a la oficina y pregunté si Salazar estaba bien. Respondió que sí, pero no abrió. Le informé que el diablo volvería cuando terminara mi turno. Salazar guardó silencio. Luego me pidió que no entregara las llaves, pero le recordé que el relevo llegaría al amanecer y que yo no podía quedarme de manera indefinida. Contestó que sí entregaba el puesto. El hombre tendría otra oportunidad de entrar. Respondió que debía mantener mi nombre en la bitácora hasta encontrar una salida. Le pedí que abriera la oficina para abandonar juntos la bodega. Se negó y dijo que el acuerdo lo alcanzaría al cruzar el portón.

11:29 Entonces le pregunté por qué había ido a ese lugar si sabía que el plazo terminaba esa noche. Admitió que buscaba refugio y esperaba que la presencia de un guardia retrasara al diablo. Le dije que me había puesto en peligro sin advertirme, que yo había aceptado cuidar una propiedad, no enfrentar una deuda que podía costarme la vida. Salazar reconoció que tenía razón, pero añadió que si me hubiera contado la verdad, yo no habría aceptado el turno. explicó que años atrás el hombre le ofreció dinero para salvar su negocio y que a cambio aceptó entregar su alma en la fecha fijada. Recibió el dinero y dejó pasar los años, convencido de que encontraría una salida. Cuando comprendió que no la tenía, decidió encerrarse en la bodega, porque el diablo necesitaba autorización para entrar. Le pregunté si había pensado en lo que podía ocurrirme. Admitió que solo había pensado en ganar tiempo, Regresé a la caseta con el rosario en el bolsillo y la bitácora abierta sobre la mesa.

12:38 Los pasos volvieron al otro lado del portón. En la oficina, Salazar abría cajones y rompía papeles. Pasaron varias horas, el radio continuó sin funcionar y el frío se mantuvo junto a la entrada. Cada vez que me acercaba al portón, el olor a azufre aumentaba. No volví a ver al diablo, pero su presencia seguía ahí. Yo quería que llegara el amanecer. Aunque sabía que el relevo no resolvería el problema, solo trasladaría la responsabilidad a otra persona. Antes de que terminara la noche, pregunté si había encontrado una salida. Respondió que no, ninguna cláusula anulaba el cobro. Le dije que permanecer más tiempo tampoco cambiaría nada. Él aceptó que solo estaba retrasando el momento y me pidió unas horas adicionales, pero no le prometí quedarme. Al amanecer llegó el relevo, un guardia joven que conocía la bodega. Le expliqué que Salazar seguía en la oficina, que nadie tenía autorización para acercarse y que yo aún conservaba las llaves. Le mostré la anotación y antes de que pudiera preguntar, la niebla comenzó a entrar por debajo del portón y el frío volvió a cubrir el patio. El diablo apareció con el sombrero puesto y la mirada fija en la oficina. y le pidió al nuevo guardia permiso para pasar el joven me miró pero yo todavía no había firmado mi salida así que le indiqué que no respondiera desde el fondo Salazar golpeó

14:09 la puerta y me pidió que continuara en el puesto y ofreció pagarme más le respondí que el dinero no resolvía nada que permanecer ahí solo retrasaría la visita y que ya me había expuesto sin avisarme Salazar me pidió perdón y dijo que no quería morir El relevo retrocedió al ver que las sombras empezaban a moverse alrededor del diablo. Después se negó a recibir las llaves. El hombre de los ojos rojos me recordó que mi turno había terminado, pero le contesté que aún no había entregado el puesto. Admitió que yo seguía a cargo, pero señaló que tendría que soltar las llaves en algún momento. Podía quedarme una hora o un día, pero la deuda seguiría vigente y Salazar continuaría encerrado. Desde la oficina, el dueño escuchó esas palabras y permaneció callado. Después, me ordenó terminar el turno y autorizó al nuevo guardia permitir la entrada. Respondió que ya me había usado para retrasar el cobro y que no usaría a otro. El acuerdo era suyo y debía enfrentarlo.

15:15 El relevo seguía negándose a tomar las llaves. Por eso, Salazar repitió la autorización y pidió que quedara escrita. Abrí la bitácora. Anoté que el propietario permitía el acceso del diablo y leí la frase en voz alta. El joven aceptó recibir el puesto después de escuchar la orden de Salazar. Firmé mi salida y entregué las llaves. El diablo cruzó el patio sin mirarme. Las sombras avanzaron detrás de él y el olor a azufre llenó otra vez la bodega. Se detuvo frente a la oficina. Salazar abrió desde dentro y lo vi pálido. con varios papeles en una mano. No pidió ayuda ni intentó cerrar. El hombre entró, la puerta se cerró y las luces se apagaron. El relevo y yo esperamos junto a la caseta. No escuchamos gritos ni golpes, solo un movimiento breve dentro de la oficina y luego silencio. Llamamos a Salazar varias veces, pero no respondió.

16:14 El joven intentó abrir y la llave no giró. Antes de marcharme, revisé la bitácora y debajo de nuestras firmas había una frase que ninguno había escrito. El propietario había concedido el acceso y la deuda quedaba cobrada. Dejé el cuaderno abierto, guardé el rosario roto y salí por el portón. El frío había desaparecido, pero el olor a azufre seguía dentro de la bodega.