El Demonio Prometió Volver Cuando Terminara El Turno - Historias De Terror - REDE
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0:05 Me llamo Mateo Rivas, tengo 68 años y trabajé como velador durante más de 30 años. Lo que recuerdo ocurrió en una bodega que llevaba varios años sin actividad. El dueño, Ernesto Salazar, todavÃa conservaba el lugar y pagaba vigilancia. Yo conocÃa las entradas, la oficina del fondo y la caseta donde se guardaban las llaves y la bitácora. Aquella noche llegué antes de iniciar el turno. El guardia de la tarde me informó que Salazar seguÃa en la oficina, y antes de retirarse me entregó las llaves y me recordó que el dueño habÃa prohibido las visitas. Fui hasta el fondo, toqué la puerta y escuché la voz de Salazar. Me dijo que necesitaba estar solo y que no esperaba a nadie. Hablaba con claridad, asà que le aseguré que nadie entrarÃa sin su autorización. Las primeras horas transcurrieron sin problemas. Revisé el portón, las puertas y las ventanas. Anoté el recorrido y regresé a la caseta. Llevaba una linterna, un radio y el rosario de madera de mi esposa. Cerca de la medianoche, las luces empezaron a parpadear. Pensé en una falla eléctrica, pero el problema continuó. Salà con la linterna y al cruzar la puerta sentà un frÃo que me entumeció los dedos.
1:26 Poco después llegó el olor a azufre. Primero fue leve, luego se volvió tan intenso que tuve que cubrirme la nariz. Revisé el suelo y la entrada, pero no encontré humo, fuego ni derrames. Mientras buscaba el origen, una niebla baja comenzó a entrar por debajo del portón. La calle permanecÃa despejada, y dentro del terreno, la niebla avanzaba hasta cubrirme las rodillas. Regresé a la caseta e intenté usar el radio. pero solo escuché interferencia. Entonces oà pasos frente a la entrada. Tomé la linterna, salà y alumbré hacia el portón. Un hombre estaba de pie dentro de la propiedad, pero no escuché que abriera y la cadena seguÃa en su sitio.
2:13 VestÃa de manera formal, llevaba un sombrero oscuro y mantenÃa las manos quietas. Sus ojos eran rojos y el color no cambiaba bajo la luz. Le pregunté quién era y cómo habÃa entrado. Respondió que buscaba a Ernesto Salazar por un asunto pendiente. Le pedà una identificación. Avanzó unos pasos y se detuvo cuando se lo ordené. Luego explicó que necesitaba llegar a la oficina. Le informé que el dueño no esperaba visitas, que habÃa prohibido cualquier entrada y que su nombre no aparecÃa en la bitácora. Ãl contestó que Salazar conocÃa el motivo de su visita y que no era necesario registrarlo. Abrà el cuaderno y revisé las anotaciones, pero no habÃa visitas programadas, por eso le ordené que se retirara. El hombre miró la bitácora y preguntó si pensaba detenerlo por una lÃnea escrita en una hoja. Le respondà que ese cuaderno indicaba quién podÃa entrar y que durante mi turno yo debÃa cumplir la orden del dueño.
3:19 El hombre avanzó otro paso. Le ordené que se detuviera y obedeció. Entonces explicó que no habÃa ido por dinero ni por documentos. HabÃa ido por el alma de Ernesto Salazar, porque el plazo de un acuerdo habÃa terminado. Lo dijo sin elevar la voz. Me coloqué entre él y la oficina. Mantuve la linterna dirigida a su rostro y le repetà que no podÃa pasar. Al inclinar la cabeza, el sombrero se movió y dejó ver dos formas duras debajo de la tela. NacÃan sobre la frente y se curvaban hacia atrás. Sentà miedo, pero moverme habrÃa dejado libre el camino. Saqué el rosario del bolsillo y lo sujeté con la mano izquierda.
4:03 El diablo afirmó que Salazar habÃa aceptado esas condiciones años atrás, que habÃa recibido lo prometido y que ahora debÃa cumplir. Añadió que mi presencia no formaba parte del acuerdo. Le contesté que yo no podÃa comprobar lo que decÃa. Mi responsabilidad era la bodega. El dueño seguÃa adentro y nadie llegarÃa hasta él, sin permiso, mientras yo estuviera de guardia. En ese momento, las luces se apagaron. La linterna continuó encendida, aunque con menos fuerza, y las sombras de los postes y de la caseta comenzaron a moverse sobre el suelo. No seguÃan la dirección de la luz. Se extendieron por el patio, rodearon mis botas y se cerraron alrededor de mis tobillos. Sentà presión en las piernas e intenté retroceder, pero no pude moverme. El hombre volvió a pedirme que lo dejara pasar y aseguró que todo terminarÃa en cuanto yo abriera el camino. Le respondà que no podÃa conceder una autorización que no tenÃa. Las sombras apretaron con más fuerza.
5:10 Dijo que yo era un empleado viejo y solo, y añadió que podÃa apartarme, terminar el turno y evitar problemas. Le expliqué que apartarme también significaba permitirle la entrada. El diablo afirmó que una orden humana no podÃa limitarlo. Le contesté que si eso fuera cierto ya habrÃa cruzado el patio. El hecho de que siguiera pidiendo permiso demostraba que necesitaba mi aceptación. El hombre guardó silencio. La niebla aumentó y las sombras se levantaron del suelo hasta formar cuerpos sin rostro. Una se colocó detrás de mÃ, otra quedó junto a la caseta y una tercera avanzó hacia la oficina. Le ordené que las detuviera. Respondió que lo harÃa si yo autorizaba su paso. Me negué y repetà que no estaba en la bitácora. La figura que avanzaba hacia la oficina volvió hacia mÃ. Las tres extendieron los brazos. y una sujetó mi hombro, otra apretó mi brazo y la tercera quedó frente a mi cara. El rosario se tensó entre mis dedos y varias cuentas se clavaron en la palma, pero no lo solté. El hombre anunció que esa era su última petición. PodÃa dejarme inmóvil, entrar y terminar el asunto antes de que alguien notara lo ocurrido. Le respondà que si cruzaba por la fuerza quedarÃa claro que nunca habÃa recibido mi permiso. Antes de que contestara, un golpe
6:41 sonó en la oficina. Los dos miramos hacia el fondo. Desde detrás de la puerta, Ernesto Salazar preguntó quién estaba en el patio. Le respondà a Salazar que habÃa un visitante sin identificación en el patio y que insistÃa en llegar hasta la oficina. Tardó en contestar. Luego me ordenó mantener la puerta cerrada y evitar que el hombre pasara. Le pregunté si lo conocÃa y admitió que sÃ, aunque se negó a explicar el acuerdo. El diablo escuchó la conversación, aseguró que la orden llegaba tarde y dijo que Salazar conocÃa la fecha del cobro, pero intentaba usarme para ganar tiempo.
7:25 Le contesté que la prohibición acababa de ser confirmada y que mientras yo siguiera encargado del lugar debÃa cumplirla. El hombre levantó una mano y las sombras volvieron a sujetarme. Una me apretó el cuello y las otras me inmovilizaron los brazos. Afirmó que podÃa matarme sin acercarse y que nadie relacionarÃa mi muerte con una visita que no aparecÃa en ningún registro. movà la mano hasta alcanzar la mesa de la caseta busqué el bolÃgrafo y anoté en la bitácora que un hombre sin identificación habÃa pedido acceso que buscaba a Ernesto Salazar y que su entrada habÃa sido rechazada la letra quedó temblorosa aunque podÃa leerse el diablo preguntó para qué escribÃa si nadie creerÃa lo ocurrido le respondà que mi obligación era registrar los hechos no convencer a quien leyera el informe. La presión aumentó, sentà mareo y apoyé una rodilla en el suelo. El rosario se cayó de mi mano y varias cuentas se soltaron. El hombre se acercó, la niebla se abrió y pude ver los cuernos bajo el sombrero. Sus ojos continuaban rojos y las sombras respondÃan a sus movimientos. Dijo que Salazar habÃa recibido años de prosperidad a cambio de su alma. y que ahora querÃa desconocer las condiciones. Le contesté que una
8:56 deuda no anulaba mi responsabilidad. Insistió en que yo protegÃa a un hombre que habÃa aceptado el trato por voluntad propia. Le aclaré que no protegÃa sus decisiones, protegÃa una puerta bajo mi cuidado. Si Salazar habÃa cometido un error, tendrÃa que responder por él, pero yo no iba a colaborar para sacarlo de la oficina. ni autorizar una entrada que el propio dueño habÃa prohibido. Las sombras me soltaron de golpe, caà de lado, recuperé el aire, recogà el rosario y guardé las cuentas en el bolsillo. El diablo señaló que mi autoridad duraba mientras conservara las llaves, y mi nombre siguiera escrito como responsable del turno. Después llegarÃa otro guardia, Yo firmarÃa mi salida y él volverÃa a pedir acceso.
9:51 Le respondà que todavÃa estaba a cargo y que mi decisión no cambiarÃa. Entonces se quitó el sombrero. Los cuernos nacÃan a ambos lados de la frente y se curvaban hacia atrás. Me explicó que respetarÃa mi autoridad durante ese turno, porque no podÃa cruzar una propiedad vigilada sin el permiso de quien estuviera a cargo. Le ordené que se retirara Ãl afirmó que regresarÃa en cuanto terminara mi responsabilidad, y retrocedió hacia la niebla. Su cuerpo dejó de verse primero, luego desapareció el rojo de sus ojos. Las sombras cayeron sobre el piso, las luces volvieron a encenderse y el frÃo disminuyó, aunque el olor a azufre permaneció cerca del portón.
10:41 Recuperé la fuerza en las piernas. Fui a la oficina y pregunté si Salazar estaba bien. Respondió que sÃ, pero no abrió. Le informé que el diablo volverÃa cuando terminara mi turno. Salazar guardó silencio. Luego me pidió que no entregara las llaves, pero le recordé que el relevo llegarÃa al amanecer y que yo no podÃa quedarme de manera indefinida. Contestó que sà entregaba el puesto. El hombre tendrÃa otra oportunidad de entrar. Respondió que debÃa mantener mi nombre en la bitácora hasta encontrar una salida. Le pedà que abriera la oficina para abandonar juntos la bodega. Se negó y dijo que el acuerdo lo alcanzarÃa al cruzar el portón.
11:29 Entonces le pregunté por qué habÃa ido a ese lugar si sabÃa que el plazo terminaba esa noche. Admitió que buscaba refugio y esperaba que la presencia de un guardia retrasara al diablo. Le dije que me habÃa puesto en peligro sin advertirme, que yo habÃa aceptado cuidar una propiedad, no enfrentar una deuda que podÃa costarme la vida. Salazar reconoció que tenÃa razón, pero añadió que si me hubiera contado la verdad, yo no habrÃa aceptado el turno. explicó que años atrás el hombre le ofreció dinero para salvar su negocio y que a cambio aceptó entregar su alma en la fecha fijada. Recibió el dinero y dejó pasar los años, convencido de que encontrarÃa una salida. Cuando comprendió que no la tenÃa, decidió encerrarse en la bodega, porque el diablo necesitaba autorización para entrar. Le pregunté si habÃa pensado en lo que podÃa ocurrirme. Admitió que solo habÃa pensado en ganar tiempo, Regresé a la caseta con el rosario en el bolsillo y la bitácora abierta sobre la mesa.
12:38 Los pasos volvieron al otro lado del portón. En la oficina, Salazar abrÃa cajones y rompÃa papeles. Pasaron varias horas, el radio continuó sin funcionar y el frÃo se mantuvo junto a la entrada. Cada vez que me acercaba al portón, el olor a azufre aumentaba. No volvà a ver al diablo, pero su presencia seguÃa ahÃ. Yo querÃa que llegara el amanecer. Aunque sabÃa que el relevo no resolverÃa el problema, solo trasladarÃa la responsabilidad a otra persona. Antes de que terminara la noche, pregunté si habÃa encontrado una salida. Respondió que no, ninguna cláusula anulaba el cobro. Le dije que permanecer más tiempo tampoco cambiarÃa nada. Ãl aceptó que solo estaba retrasando el momento y me pidió unas horas adicionales, pero no le prometà quedarme. Al amanecer llegó el relevo, un guardia joven que conocÃa la bodega. Le expliqué que Salazar seguÃa en la oficina, que nadie tenÃa autorización para acercarse y que yo aún conservaba las llaves. Le mostré la anotación y antes de que pudiera preguntar, la niebla comenzó a entrar por debajo del portón y el frÃo volvió a cubrir el patio. El diablo apareció con el sombrero puesto y la mirada fija en la oficina. y le pidió al nuevo guardia permiso para pasar el joven me miró pero yo todavÃa no habÃa firmado mi salida asà que le indiqué que no respondiera desde el fondo Salazar golpeó
14:09 la puerta y me pidió que continuara en el puesto y ofreció pagarme más le respondà que el dinero no resolvÃa nada que permanecer ahà solo retrasarÃa la visita y que ya me habÃa expuesto sin avisarme Salazar me pidió perdón y dijo que no querÃa morir El relevo retrocedió al ver que las sombras empezaban a moverse alrededor del diablo. Después se negó a recibir las llaves. El hombre de los ojos rojos me recordó que mi turno habÃa terminado, pero le contesté que aún no habÃa entregado el puesto. Admitió que yo seguÃa a cargo, pero señaló que tendrÃa que soltar las llaves en algún momento. PodÃa quedarme una hora o un dÃa, pero la deuda seguirÃa vigente y Salazar continuarÃa encerrado. Desde la oficina, el dueño escuchó esas palabras y permaneció callado. Después, me ordenó terminar el turno y autorizó al nuevo guardia permitir la entrada. Respondió que ya me habÃa usado para retrasar el cobro y que no usarÃa a otro. El acuerdo era suyo y debÃa enfrentarlo.
15:15 El relevo seguÃa negándose a tomar las llaves. Por eso, Salazar repitió la autorización y pidió que quedara escrita. Abrà la bitácora. Anoté que el propietario permitÃa el acceso del diablo y leà la frase en voz alta. El joven aceptó recibir el puesto después de escuchar la orden de Salazar. Firmé mi salida y entregué las llaves. El diablo cruzó el patio sin mirarme. Las sombras avanzaron detrás de él y el olor a azufre llenó otra vez la bodega. Se detuvo frente a la oficina. Salazar abrió desde dentro y lo vi pálido. con varios papeles en una mano. No pidió ayuda ni intentó cerrar. El hombre entró, la puerta se cerró y las luces se apagaron. El relevo y yo esperamos junto a la caseta. No escuchamos gritos ni golpes, solo un movimiento breve dentro de la oficina y luego silencio. Llamamos a Salazar varias veces, pero no respondió.
16:14 El joven intentó abrir y la llave no giró. Antes de marcharme, revisé la bitácora y debajo de nuestras firmas habÃa una frase que ninguno habÃa escrito. El propietario habÃa concedido el acceso y la deuda quedaba cobrada. Dejé el cuaderno abierto, guardé el rosario roto y salà por el portón. El frÃo habÃa desaparecido, pero el olor a azufre seguÃa dentro de la bodega.
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