Cuerpos Usados En BRUJERÍA Llegan A La MORGUE Historias De Terror - REDE Título 3
¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd
0:04 Era de noche cuando recibimos tres cuerpos al mismo tiempo. Los peritos los llevaron directo desde un operativo. HabÃan sido hallados en circunstancias que todos relacionamos de inmediato con el crimen organizado. Estamos acostumbrados a la sangre, a la descomposición, a los olores más fuertes, pero esa vez el olor era diferente. penetrante, como a carne quemada mezclada con combustible. No era un simple aroma de cuerpos dañados por fuego. Era algo más espeso, que se pegaba en la garganta. Ãramos cuatro los que estábamos de turno esa noche. Carla, Luis, Teresa y yo. Cuando los peritos dejaron las bolsas negras sobre las planchas, nos miramos entre nosotros. El doctor mayor, encargado de la morgue esa semana, nos reunió antes de comenzar.
0:55 Nos indicó que lo que Ãbamos a procesar debÃa manejarse con absoluta discreción. Nadie debÃa comentar nada fuera del área, ni siquiera entre conocidos. Esas palabras viniendo de él fueron suficientes para confirmarnos que aquello no era un ingreso normal. El silencio se volvió más pesado cuando jalamos las cremalleras de las bolsas. El sonido metálico de cada cierre parecÃa retumbar en la sala. El olor se intensificó al abrir la primera, obligándonos a cubrirnos mejor con cubrebocas. Nadie habló. Solo se escuchaban nuestras respiraciones tensas y el zumbido constante de las lámparas fluorescentes. Recuerdo con claridad ese momento, los tres cuerpos alineados, la luz blanca sobre ellos y nosotros cuatro observando sin atrevernos a decir una palabra. El primer cuerpo era el de un hombre adulto. Apenas retiramos la bolsa, el olor a quemado se volvió insoportable. Las quemaduras eran visibles en el torso y en las extremidades, con zonas donde la piel se habÃa desprendido dejando carne oscura y endurecida.
2:04 El fuego no lo habÃa consumido por completo, pero sà habÃa dejado marcas que recorrÃan gran parte del cuerpo, como si hubiera sido expuesto directamente a las llamas durante un tiempo prolongado. Al iniciar la revisión, notamos múltiples cortaduras distribuidas por todo el cuerpo. eran cortes de diferente profundidad algunos superficiales otros tan hondos que habÃan alcanzado músculo estaban en brazos piernas espalda y abdomen como si lo hubieran marcado de manera sistemática sin intención de matarlo en el momento sino de hacerlo sufrir el detalle que más nos impactó fue la ausencia del órgano reproductor La amputación era evidente, hecha de forma irregular y quedó asentada en el reporte médico.
2:52 En silencio, cada uno de nosotros entendió lo que significaba. Un acto de humillación que iba más allá de la violencia común. También notamos la falta de seis dedos, uno en cada mano y cuatro en los pies. Los cortes eran limpios. probablemente hechos con herramienta filosa. Esos faltantes fueron registrados con precisión porque dejaban claro que se trataba de una tortura intencional, paso por paso. Al final, la causa de muerte no fue ninguna de esas lesiones. El golpe contundente en la cabeza habÃa fracturado el cráneo, terminando con su vida. La fuerza aplicada habÃa sido brutal, suficiente para hundirle el hueso. Yo lo miraba con la experiencia de años en la morgue, pero incluso asà no pude apartar la idea de que aquello no era un simple homicidio.
3:45 Era un acto de tortura sistemática, diseñado para quebrar al hombre mucho antes de matarlo. Lo que tenÃamos frente a nosotros era el registro fÃsico del sufrimiento prolongado, Algo que iba más allá de la violencia común que solÃamos recibir. El segundo cuerpo correspondÃa a una mujer. Al abrir la bolsa, el olor se mezcló con el del primero, creando un ambiente casi insoportable dentro de la sala. Las quemaduras eran extensas en brazos y piernas. La piel estaba ennegrecida en algunas partes y en otras desprendida, dejando áreas de tejido rojizo y expuesto. al revisar la cavidad oral notamos la ausencia de la lengua no se trataba de una pérdida accidental la extracción era evidente hecha con un corte limpio era un detalle difÃcil de registrar en el informe sin que nos asustara HabÃa sido mutilada en vida y todos lo sabÃamos. Además, presentaba múltiples golpes en el rostro y el tórax. El pómulo derecho estaba fracturado, los labios hinchados y partidos, y las marcas en el pecho revelaban impactos contundentes, probablemente con un objeto duro. La causa de muerte tenÃa un disparo en la cabeza a corta distancia. El orificio de entrada, pequeño y preciso, se encontraba en la frente.
5:07 La salida en la parte posterior del cráneo con el daño correspondiente. No habÃa duda de que ese habÃa sido el final de un tormento que ya era suficiente para quebrar a cualquiera. Carla, que pocas veces mostraba debilidad en el trabajo, se cubrió la boca con la tenerse, pero no pudo evitar las náuseas. Dio un paso atrás y apartó la vista, respirando con dificultad. Fue un gesto que nos confirmó lo que sentÃamos todos. Ese crimen habÃa sido de una brutalidad. El tercer cuerpo pertenecÃa a otro hombre. Desde el inicio se notaba que habÃa recibido más fuego que los anteriores. La piel estaba casi por completo carbonizada, con grandes zonas endurecidas y quebradizas. El olor que desprendÃa era más fuerte. Al revisar con cuidado, encontramos lo más perturbador.
6:00 El pecho estaba completamente abierto en la zona del corazón. No era un daño producto del fuego ni de un accidente. El corte era claro, hecho con una herramienta filosa que habÃa dejado la cavidad torácica expuesta. Era evidente que lo habÃan abierto de manera intencional. La piel alrededor del pecho mostraba quemaduras profundas, lo que nos llevó a la conclusión de que habÃa sido quemado mientras aún vivÃa. El tejido presentaba signos de haber reaccionado al calor, algo que no ocurre en un cuerpo ya sin vida. Ese detalle quedó registrado con precisión en el informe. La causa de muerte quedó establecida en el reporte. El corte en el pecho, con pérdida masiva de sangre y órganos vitales comprometidos, fue un final inmediato, pero después de un sufrimiento que no puedo describir. Esa autopsia fue particularmente difÃcil de procesar, no por el procedimiento en sà al que estamos entrenados. Recuerdo cómo ninguno de nosotros levantó la voz durante la revisión.
7:07 Solo trabajamos en silencio. Estamos acostumbrados a cuerpos dañados, a muertes violentas, pero lo que veÃamos superaba la violencia habitual. Cuando terminamos con los procedimientos iniciales, los tres cuerpos fueron colocados en la cámara de refrigeración. Cada uno en una gaveta distinta. Fue un trabajo lento y cuidadoso, porque el estado de los cadáveres hacÃa que todo pareciera más pesado, más difÃcil de manipular. Una vez que cerramos la puerta de acero, el silencio volvió a adueñarse del lugar. Al acomodar los informes, escuchaba a mis compañeros hablar en voz baja. Jamás habÃamos visto un caso tan macabro. Yo habÃa trabajado con cuerpos baleados, desmembrados o con mutilaciones evidentes. Pero esa combinación de fuego, cortes y tortura nos habÃa dejado con una sensación que ninguno podÃa ignorar. Teresa, que era la más supersticiosa del grupo, murmuró que aquello parecÃa brujerÃa. lo dijo casi entre dientes pero todos la escuchamos nadie respondió aunque noté que Carla la miró de reojo como si quisiera decirle que no hablara de esas cosas ahà dentro yo intenté mantenerme profesional concentrado en los papeles y en los detalles médicos. Pero la incomodidad ya estaba en mÃ.
8:28 Era como si los tres cuerpos siguieran presentes en la sala, aún estando tras la puerta cerrada. Desde entonces, comenzaron a ocurrir sucesos extraños, pequeños detalles que se sumaron uno tras otro. Al principio ninguno quiso admitirlo abiertamente. Lo atribuÃamos al cansancio, al estrés o a las imágenes que todavÃa nos perseguÃan en la mente. Carla fue la primera en hablar. No lo dijo en tono de broma ni como un desahogo ligero, sino con un miedo real en su rostro, ese tipo de miedo que no se inventa. Lo confesó una tarde cuando estábamos los cuatro reunidos en la sala de descanso antes de iniciar el turno. bajó la voz y miró hacia la puerta como si temiera que alguien más pudiera escucharla contó que en su casa una madrugada despertó con la sensación de que habÃa alguien en su cuarto no fue un sueño insistió abrió los ojos de golpe porque sintió la respiración pesada de alguien que no estaba ahà antes y al mirar hacia la puerta lo vio dijo que era el mismo hombre que habÃamos recibido en la morgue el que tenÃa el pecho abierto y las quemaduras en todo el cuerpo. Lo describió igual a como lo habÃamos visto sobre la mesa, con la piel carbonizada, la cavidad del pecho expuesta y los ojos hundidos, aunque en su relato agregó algo que a mà me heló la sangre. Respiraba.
9:56 Lo escuchó jadeando, como si cada inhalación fuera un esfuerzo, como si siguiera vivo y sufriendo. Carla gritó. Encendió la luz de inmediato y la figura desapareció en un segundo. No hubo ruido de pasos ni sombra moviéndose, simplemente ya no estaba. Nos juró que no habÃa sido un sueño porque el grito lo escuchó su hermana, que entró corriendo a su cuarto al verla tan alterada. La encontró temblando, con el foco encendido y los ojos llenos de lágrimas. Desde esa madrugada, Carla dijo que ya no podÃa dormir tranquila. Cada pequeño sonido en su casa la hacÃa pensar que volverÃa a verlo. Confesó que no soportaba quedarse sola en las noches y que, incluso, habÃa comenzado a dormir en el cuarto de su hermana para no sentir la presión de esa presencia. Luis trató de tranquilizarla diciéndole que eran imágenes que se nos quedaban en la mente, que después de ver tanta violencia era normal que el cerebro jugara con nosotros. Pero la manera en que Carla lo relató lo habÃa visto tan claramente como si estuviera despierta a plena luz del dÃa. Yo me quedé en silencio, porque yo también habÃa pensado en ese cuerpo más de una vez, incluso fuera de la morgue. Recordaba la forma en que lo encontramos, el pecho abierto, las quemaduras, la crueldad evidente, y no me resultaba imposible imaginarlo de pie, respirando en
11:27 la oscuridad. Teresa, que siempre ha sido la más creyente en cosas sobrenaturales, se santiguó y le dijo a Carla que esas almas no descansaban, que la manera en que habÃan muerto las dejaba errantes. Carla bajó la cabeza y no respondió. Esa noche trabajamos como siempre, pero ya no era lo mismo. Y aunque intentamos continuar con el trabajo normal... Ninguno pudo quitarse la idea de encima. Cada vez que pasábamos frente a la cámara de refrigeración, era inevitable mirar de reojo hacia dónde estaban esos tres cuerpos. Dos dÃas después de lo que contó Carla, Luis nos contó que en la madrugada despertó de golpe en su casa, pero no pudo moverse. Dijo que habÃa escuchado antes de la parálisis de sueño y al inicio pensó que se trataba de eso. Al abrir los ojos, frente a él estaba la mujer sin lengua, la misma que habÃamos recibido junto a los otros dos cuerpos. Luis la describió inclinándose sobre él, con el rostro demacrado y los ojos hundidos, la piel marcada por los golpes que todavÃa recordábamos en la autopsia.
12:38 Dijo que sentÃa la presión de su cuerpo sobre el suyo, que estaba encima de su pecho y lo hacÃa más difÃcil respirar. Lo que más lo alteró fue la sensación de que intentaba acercar la boca a su cara, como si quisiera pasarle aire o absorber el suyo. Luis repitió varias veces que, aunque la mujer no tenÃa lengua, sintió claramente su respiración caliente, húmeda, como si de verdad estuviera viva. Estuvo asÃ, atrapado, incapaz de moverse. Con la figura de esa mujer pegada a su rostro, solo podÃa mirar como la cavidad de la boca se abrÃa y cerraba, y escuchaba un sonido sordo, como un intento de hablar que nunca se completaba. Cuando al fin logró liberarse del cuerpo invisible que lo sujetaba, despertó empapado en sudor con el corazón acelerado. Corrió al baño a lavarse la cara, temblando, y al mirarse en el espejo notó algo que lo dejó aún más asustado. TenÃa marcas rojas en el cuello, como si unas manos lo hubieran presionado. Nos mostró esas marcas en el trabajo, y aunque ya estaban difuminadas, todavÃa se alcanzaban a ver. Teresa volvió a santiguarse y repitió que esos muertos no estaban en paz. Luis dijo que no habÃa podido volver a dormir solo desde esa noche.
13:59 SentÃa que, en cualquier momento, volverÃa a verla, inclinándose sobre él. Yo lo escuchaba en silencio, y aunque trataba de buscarle una explicación lógica, no la encontraba. Las coincidencias eran demasiado exactas. Carla habÃa visto al hombre del pecho abierto, y Luis habÃa sentido a la mujer sin lengua. Eran los mismos cuerpos que habÃamos recibido juntos. los mismos que estaban guardados en la cámara de refrigeración. A partir de entonces, el ambiente en la morgue cambió del todo. Ya no éramos solo trabajadores lidiando con la violencia de afuera. Ahora, cada uno comenzaba a cargar con algo más oscuro, algo que nos seguÃa hasta nuestras casas. Al dÃa siguiente, en el trabajo, a Teresa le pasó algo. Era noche de guardia. Y ella se habÃa quedado terminando papeleo en la oficina principal cuando escuchó un ruido que no reconoció. Al principio pensó que era una puerta mal cerrada, pero después escuchó un quejido.
15:01 Era débil, pero se repetÃa, como un lamento que se colaba desde la cámara de refrigeración. Teresa contó que intentó ignorarlo, pero el sonido se hacÃa más insistente. Tomó las llaves con manos temblorosas y se acercó al área frÃa, obligándose a pensar que todo tenÃa una explicación lógica, quizá algún escape de aire o un movimiento en las gavetas. Pero cuando estuvo frente a las puertas metálicas, lo que escuchó no fue un quejido, sino algo distinto. Juró que lo que llegó a sus oÃdos fue una risa contenida, como si alguien estuviera burlándose detrás de esas planchas de acero. Dijo que sintió que las piernas se le doblaban, pero aún asà abrió una de las puertas para comprobar. Al iluminar con su lámpara, vio que uno de los cuerpos tenÃa los ojos abiertos. Estaban secos, hundidos, pero claramente dirigidos hacia ella, como si llevara horas esperándola. Teresa aseguró que no pudo gritar, que el miedo fue tan grande que lo único que hizo fue soltar los papeles que llevaba en la mano y salir corriendo hacia la oficina. Los documentos quedaron regados por el pasillo y ella no regresó por ellos hasta que llegó el relevo en la mañana.
16:19 Nos confesó que esa fue la última vez que aceptó quedarse en un turno nocturno. Desde ese dÃa pidió trabajar solo en el turno matutino, sin importar si eso significaba más carga de trabajo o menos paga. Mientras hablaba, sus ojos se humedecieron y su voz temblaba. Era evidente que no estaba inventando nada. Nosotros sabÃamos que Teresa era exagerada para algunas cosas, pero nunca la habÃamos visto tan seria ni con ese miedo marcado en la cara. Carla y Luis se quedaron en silencio y yo mismo sentà un nudo en el estómago. Desde entonces, el ambiente en cada turno se volvió insoportable. El simple sonido del metal, el eco de un pasillo o el crujido de una puerta eran suficientes para ponernos a todos en alerta. Nadie querÃa quedarse solo en ningún cuarto y cada quien buscaba compañÃa aunque fuera para llenar un formato. Yo entendà en ese momento que aquello que vivÃamos no eran coincidencias. Me habÃa tocado escuchar lo que les pasó a ellos tres. A mà no me habÃa pasado nada directamente como a ellos, pero yo seguÃa intentando mantenerme al margen, convencido de que todo debÃa tener una explicación. Era más fácil pensar que se trataba de cansancio, del impacto psicológico de haber recibido cuerpos tan violentados. que aceptar que algo imposible estaba ocurriendo en la morgue. Eso cambió la noche en que me tocó quedarme solo organizando los registros. Eran cerca de las diez,
17:53 y yo estaba en la mesa de acero, llenando un formato sobre las huellas dactilares de los tres cadáveres. HabÃa dejado las bolsas abiertas solo lo necesario para trabajar rápido. El aire frÃo de la cámara parecÃa más intenso de lo normal, como si el frÃo viniera directamente de ellos, no de los refrigeradores. Mientras escribÃa, sentà un escalofrÃo que me recorrió de los pies a la cabeza. No era la tÃpica sensación de estar en un cuarto helado. Era algo fÃsico, como si alguien hubiera pasado una mano helada por mi espalda. Me detuve, levanté la vista y Y ahà estaban los tres, quietos, cada uno en su gaveta con los cuerpos inmóviles bajo la sábana. No habÃa nada raro, pero la sensación no me dejaba. Seguà trabajando, forzándome a no mirar más de lo necesario, hasta que llegó el momento de terminar con las huellas. Tomé las tintas y las fichas y me acerqué al primero de los cuerpos.
18:54 Al inclinarme para manipular la mano rÃgida, sentà un tirón fuerte en la bata. Fue tan real y brusco que solté los instrumentos de golpe. El ruido metálico retumbó en el cuarto y el corazón me golpeaba el pecho como nunca. Miré hacia abajo, incrédulo, y vi claramente que los dedos del cadáver estaban enredados en la tela, apretando. No grité. Apenas pude reaccionar. Juro que sentà la presión, como si la mano tuviera vida y me estuviera sujetando de verdad. Instintivamente jalé hacia atrás, pero no lograba soltarme. La fuerza no era mucha, pero el terror me bloqueaba. Lo único que hice fue hacer un fuerte tirón y salà de la cámara tambaleándome, con las manos sudadas y el estómago revuelto.
19:46 Cerré la puerta metálica de un golpe sin atreverme a mirar de nuevo hacia adentro. Me quedé apoyado en la pared del pasillo, respirando agitado, tratando de convencerme de que aquello habÃa sido un movimiento involuntario del rigor mortis. HabÃa sido un jalón consciente, una acción dirigida hacia mÃ. No regresé a terminar el papeleo esa noche. Dejé los instrumentos tirados en el suelo y las fichas sin llenar. Lo único que quise fue esperar a que llegara el relevo para alargarme de ahÃ. Después de eso, entendà lo que mis compañeros ya sabÃan. Los muertos que habÃamos recibido no estaban en reposo. Después de lo que cada uno habÃa vivido, llegó un punto en que ya no podÃamos seguir fingiendo.
20:32 Empezamos a reunirnos en la pequeña sala de descanso, con las luces encendidas y las puertas bien cerradas, como si eso nos diera algo de seguridad. Ya no hablábamos de rutina o de trabajo, lo único que querÃamos era compartir lo que nos estaba pasando. Fue en esas pláticas donde descubrimos que todos habÃamos tenido experiencias distintas, pero siempre ligadas directamente a los tres cuerpos que habÃan llegado juntos. En ese momento no hubo risas, ni intentos de justificarlo con explicaciones cientÃficas. Todos sabÃamos que no era coincidencia, que lo que nos estaba persiguiendo habÃa empezado el dÃa que recibimos esos cadáveres. No podÃamos hablar de espÃritus en una morgue sin arriesgarnos a quedar en ridÃculo, o peor aún, a perder el trabajo. Aquello parecÃa brujerÃa, algo le habÃan hecho a los cuerpos. No eran simples muertos, habÃa algo más.
21:29 El modo en que habÃan sido torturados, los cortes, las quemaduras, la lengua arrancada, el pecho abierto. Todo se sentÃa más a un ritual que un crimen. Carla fue la que se atrevió a decirlo en voz alta. Con los ojos bien abiertos y las manos apretadas contra sus rodillas, dijo que lo mejor era deshacernos rápido de esos cuerpos, entregarlos, moverlos, hacer lo que fuera para sacarlos de nuestra cámara. Luis asintió enseguida, como si al fin alguien hubiera puesto en palabras lo que él pensaba. Teresa se persignó y dijo que esos cadáveres no debieron llegar nunca a nuestras manos.
22:10 Yo escuchaba en silencio y por primera vez pensé en algo que no tenÃa nada que ver con el trabajo forense. No eran solo informes, autopsias y causas de muerte. Lo que vivÃamos estaba por encima de eso. Las noches que siguieron fueron las peores que recuerdo en esa morgue. Ahora se manifestaba en todo el lugar, en cada esquina, en cada aparato que dejaba de funcionar justo cuando más lo necesitábamos. Los equipos comenzaron a fallar de una manera que nunca habÃa visto. Los focos parpadeaban sin razón, incluso los recién cambiados. Más de una vez nos quedamos en oscuridad durante segundos eternos, hasta que la luz volvÃa de golpe, blanca y áspera.
22:54 Las lámparas de mano se apagaban de repente, y al revisarlas no encontrábamos nada malo en las baterÃas. Las cámaras de refrigeración, los paneles daban lecturas absurdas. A veces marcaban temperaturas imposibles, mucho más bajas de lo que era seguro, y otras aparecÃan alarmas de sobrecalentamiento. Cuando el técnico vino a revisarlas, dijo que todo estaba en orden, que tal vez eran errores de calibración. Pero nosotros sabÃamos que no era asÃ. Lo sentÃamos cada vez que nos acercábamos a esas gavetas. El doctor mayor no tardó en darse cuenta de que algo raro pasaba con nosotros. Una noche nos reunió y nos regañó, diciendo que nos estábamos dejando llevar por los nervios, que en el trabajo forense no habÃa espacio para supersticiones ni miedos infantiles. Sus palabras no sirvieron de nada. Ãl no estaba ahà cuando las luces se apagaban, ni cuando los golpes sonaban en medio de la madrugada.
23:54 Luis fue el que más se alteró. Aseguró que estando solo en la sala de refrigeración, escuchó golpes claros dentro de una de las cámaras. Lo describió como patadas fuertes, repetidas, como si alguien estuviera intentando salir desde adentro. Dijo que el metal vibraba con cada impacto. Carla y yo lo miramos en silencio. Nadie se atrevió a abrir para comprobarlo. Ni Luis mismo, que era el que habÃa oÃdo los golpes, quiso acercarse de nuevo. Ya no se trataba de sombras, suspiros o visiones en sueños. Ahora eran ruidos fÃsicos, materiales, que cualquiera podÃa escuchar si estaba lo suficientemente cerca. Y eso significaba que lo que habitaba en esos cuerpos estaba cada vez más presente, cada vez más fuerte en la morgue.
24:43 Carla llegaba con los ojos hundidos y la piel pálida. como si llevara noches enteras sin dormir. DecÃa que apenas podÃa descansar un par de horas porque despertaba de golpe, convencida de que alguien estaba parado en su cuarto. HabÃa dejado de arreglarse como antes, ya no se pintaba ni se peinaba con cuidado. Luis comenzó a llegar tarde. Al principio lo justificaba con el tráfico o con que se le hacÃa tarde en el transporte. Pero después nos confesó que simplemente ya no querÃa estar solo en su casa. DecÃa que cada rincón le recordaba la sensación de tener encima a la mujer sin lengua. PreferÃa dar vueltas por la ciudad o esperar en una cafeterÃa antes que encerrarse en silencio. Teresa fue la que peor lo llevó. Se enfermó del estómago, perdió peso en cuestión de semanas. Nos decÃa que soñaba con cenizas y fuego, que cada noche la despertaba la misma imagen, los cuerpos quemados mirándola desde el fondo de la cámara. A veces se quedaba en la sala de descanso con las manos en el vientre, temblando, y repetÃa que sentÃa como si hubiera tragado humo. Yo también me volvà más irritable, con la mente fija en esos cadáveres incluso cuando estaba lejos de ellos. Mi familia empezó a notarlo. Me decÃan que contestaba de mala manera, que estaba distraÃdo todo el tiempo. No podÃa concentrarme en otra cosa. Una tarde, mientras el doctor mayor estaba ocupado
26:13 en la oficina principal, decidimos revisar de nuevo los cuerpos. No lo dijimos abiertamente, pero todos tenÃamos la misma necesidad. Buscar algo que nos diera una idea, cualquier detalle que explicara lo que estaba pasando. Abrimos las gavetas una por una y corrimos las sábanas. El olor a quemado salió de inmediato, más penetrante que la primera vez. ParecÃa que en lugar de disminuir con los dÃas, la peste se hacÃa más fuerte. En las zonas de piel chamuscada, donde antes solo veÃamos manchas irregulares, ahora resaltaban formas claras. Nos inclinamos con cuidado, alumbrando con la lámpara, y ahà estaban.
26:56 CÃrculos incompletos, triángulos mal trazados, y lÃneas cruzadas que parecÃan haberse hecho con fuego directo sobre la carne. Yo me quedé congelado, tratando de recordar si esas marcas estaban desde el inicio o si habÃan cambiado con el tiempo. Teresa aseguró que nunca las habÃamos observado con tanto detalle. Lo cierto es que no eran quemaduras comunes. Se notaba un patrón, un orden que no tenÃa nada que ver con un accidente ni con simple tortura. Eran sÃmbolos grabados en la piel con intención. Carla dijo que parecÃan marcas de rituales. Lo dijo mirando el pecho abierto del tercer cuerpo, como si esa cavidad expuesta fuera la prueba más clara de que alguien habÃa hecho algo más que matar a esas personas.
27:46 El silencio en la sala fue largo. Nadie se atrevÃa a responder. Yo solo sentÃa el corazón golpeando fuerte, con la idea fija de que lo que cargábamos no eran simples cadáveres, sino restos de un trabajo oscuro. Cuando por fin el doctor mayor se enteró de lo que hablábamos en secreto, reaccionó con enojo. Nos llamó a los cuatro a su oficina y nos regañó como si fuéramos niños. DecÃa que estábamos inventando cosas, que la morgue no era lugar para supersticiones ni chismes de pueblo. Nos ordenó que todos los reportes se entregaran limpios, sin mencionar nada extraño, únicamente las causas de muerte que correspondÃan según el dictamen médico.
28:29 Nos quedamos callados, aceptando sus palabras, porque sabÃamos que discutir con él era inútil. Aún asÃ, esperábamos al menos que intentara escucharnos. En cambio, solo nos trató de nerviosos y exagerados. Pero esa misma noche ocurrió algo que le cambió el semblante para siempre. Yo estaba en el pasillo ordenando material cuando lo vi salir de su oficina con el rostro blanco y el cuerpo temblando. llevaba todavÃa la pluma en la mano y un par de hojas. Caminaba rápido, como si quisiera alejarse lo más pronto posible de ese lugar. Lo alcanzamos en la sala principal y le preguntamos qué habÃa pasado. Nos dijo que, mientras firmaba documentos, habÃa sentido claramente un aliento caliente detrás de su oÃdo. No fue una corriente de aire ni una ilusión. Era un soplido directo, húmedo, acompañado de la sensación de que alguien estaba inclinado sobre él.
29:28 Dijo que se habÃa volteado de golpe y no habÃa nadie. Solo los tres cuerpos en las gavetas, en el mismo cuarto donde habÃamos visto y sentido tantas cosas. Esa noche, el doctor mayor no volvió a reÃrse de lo que contábamos. HabÃa vivido en carne propia lo que nosotros llevábamos dÃas soportando. Desde entonces ya no nos llamó exagerados. Con lo que habÃamos visto y vivido, ya nadie podÃa seguir pensando que esos cadáveres eran vÃctimas comunes. Era como si cada uno de ellos hubiera elegido a alguien entre nosotros para manifestarse. El hombre del pecho abierto con Carla, la mujer sin lengua con Luis, los ojos abiertos frente a Teresa y la mano que me sujetó a mÃ. Los cuatro estábamos marcados, vinculados de una manera que no entendÃamos, pero que nos mantenÃa atados a esa morgue, lo aceptáramos o no. Lo que tenÃamos enfrente ya no era solo trabajo forense, eran restos que cargaban consigo algo más oscuro, y nosotros habÃamos quedado atrapados dentro de ello. Pasaron varios dÃas antes de que al fin se diera la orden de retirar los cuerpos.
30:39 Nosotros fingimos alivio frente al doctor mayor, manteniendo el mismo rostro serio de siempre, pero por dentro sentÃamos que nos quitaban un peso imposible de cargar. El traslado se hizo de madrugada, como muchos otros, pero esa vez ninguno de nosotros quiso quedarse cerca de la cámara. Vimos a los peritos meter las bolsas negras en las camillas y subirlas a la camioneta. Cuando la puerta del vehÃculo se cerró y la camioneta se perdió en la distancia, nos quedamos parados en silencio como si esperáramos que algo sucediera de golpe. No pasó nada. Esa noche fue la primera en semanas que las luces no parpadearon y que las cámaras no dieron lecturas extrañas. Con la salida de esos cuerpos, los fenómenos comenzaron a disminuir poco a poco. Ya no hubo suspiros, ni golpes dentro de las gavetas, ni miradas clavadas desde el fondo de la cámara. El ambiente seguÃa siendo pesado, pero no como antes. Aún asÃ, el recuerdo quedó vivo en cada uno de nosotros, grabado con la misma fuerza que un trauma. Han pasado años desde aquel caso y todavÃa lo considero el más aterrador de mi vida en la morgue. He visto muertos en todo tipo de condiciones, baleados, quemados, destazados.
31:56 He aprendido a mantener la calma y a trabajar con frialdad, porque esa es la única manera de resistir en este oficio. Pero lo de esos tres cuerpos fue diferente. Los muertos pueden dar miedo por la brutalidad con la que llegan, pero esos traÃan algo más. No eran solo restos de personas asesinadas, eran vehÃculos de algo oscuro, como si hubieran sido usados para contenerlo. Cada corte, cada quemadura, cada mutilación parecÃa un sello, y cuando los recibimos fue como si esas marcas hubieran abierto un camino hacia nosotros. aprendà que los muertos no siempre llegan solos que a veces traen consigo algo más algo que ni la ciencia ni la experiencia pueden explicar y lo peor de todo es que no necesitas creer en ello para que te alcance TenÃa 29 años y trabajaba como médico forense en la morgue de la ciudad. Mi turno era el de la tarde-noche, cuando la mayorÃa de la gente ya dormÃa y yo debÃa quedarme entre informes, autopsias pendientes y el silencio helado de las cámaras de refrigeración. Era un trabajo rutinario, aunque pesado para la mayorÃa. Con el tiempo me acostumbré a las horas interminables rodeado de cuerpos. las primeras horas de la tarde solÃan pasarse rápido entre el papeleo y la revisión
33:28 de ingresos el tiempo se alargaba después de las nueve de la noche a esas horas la morgue era un lugar demasiado grande para tan poca gente Aquella noche parecÃa igual a todas. Yo estaba sentado frente al escritorio archivando documentos cuando escuché un suspiro. Fue tan nÃtido que me quedé inmóvil con el bolÃgrafo en la mano. Pensé que tal vez me habÃa confundido, que era el ruido de las cañerÃas, pero el sonido habÃa sido claro, prolongado, como la exhalación de alguien que estaba justo detrás de la puerta metálica de la cámara. Dejé lo que hacÃa y me levanté asustado. Caminé hacia la cámara de refrigeración y empujé la pesada puerta. El aire frÃo salió de golpe, envolviéndome con ese olor particular, mezcla de desinfectante. Encendà la linterna y avancé entre los compartimientos, iluminando uno por uno.
34:25 El cristal de una de las gavetas estaba empañado desde dentro, con pequeñas gotas que resbalaban despacio, como si alguien hubiera exhalado contra él una y otra vez. Me acerqué, observando el fenómeno con la linterna fija. En el interior estaba el cuerpo de un hombre que yo mismo habÃa recibido dos dÃas antes. HabÃa muerto en un accidente automovilÃstico, con múltiples fracturas y un golpe en la cabeza que lo dejó irreconocible. No habÃa duda. Estaba sin vida cuando lo ingresamos, y yo mismo habÃa firmado el acta. Me quedé ahÃ, paralizado, mirando cómo las gotas seguÃan formándose en el vidrio. No habÃa explicación lógica para eso. Traté de convencerme de que era un simple error de temperatura o un fallo en la humedad del compartimiento. Cerré la puerta con fuerza y regresé al escritorio intentando retomar el papeleo. Esa misma noche, cuando ya estaba por terminar el turno, pasé otra vez frente a la cámara de refrigeración. No tenÃa intención de detenerme, pero algo me obligó a mirar de reojo hacia los compartimientos.
35:32 El mismo cristal estaba empañado de nuevo. Me quedé inmóvil unos segundos, dudando si debÃa ignorarlo o acercarme. Finalmente decidà abrirlo, tratando de quitarme la duda. Me puse los guantes, tomé la lámpara de mano y jalé la manija metálica. El aire frÃo salió de golpe y con la luz enfocada en el interior confirmé que el cadáver seguÃa ahÃ, rÃgido, frÃo al tacto, sin un solo signo vital. Nada que indicara movimiento ni reacción. Lo extraño estaba en el vidrio. Al iluminar bien, me di cuenta de que en la parte interna habÃa marcas circulares, como si un dedo hubiera pasado sobre el vapor. No eran simples manchas, tenÃan forma, trazos que se repetÃan una y otra vez en el mismo lugar. Sentà un escalofrÃo. Me incomodó tanto que cerré el compartimiento con rapidez. Anoté lo sucedido en mi libreta personal, sin saber si algún dÃa me atreverÃa a registrarlo en los informes oficiales. No querÃa que pensaran que estaba loco o exagerando, pero necesitaba dejar constancia de que lo habÃa visto.
36:43 Al dÃa siguiente, mientras revisábamos ingresos nuevos, se lo conté a un compañero. Me escuchó con una sonrisa como si no me tomara en serio y me dijo que a veces los gases de los cuerpos provocaban ruidos, que incluso podÃan mover un poco los brazos o las piernas y que el vapor en los cristales no era raro. Agregó que si uno se fijaba demasiado, terminaba imaginando cosas que no estaban ahÃ, que ya le habÃa pasado a él, puras cosas que se sugestionó. Asentà en silencio, sin discutir, Era más fácil aceptar su explicación frente a él, aunque dentro de mà sabÃa que lo que vi no tenÃa nada que ver con simples gases. Nadie me iba a convencer de que un cuerpo en descomposición podÃa dejar marcas como las que yo observé, con cÃrculos bien definidos sobre el vapor. Ese dÃa salà de la morgue con un mal presentimiento. Caminé hacia la calle con la sensación de que no estaba dejando atrás solo cadáveres, sino algo más que permanecÃa observándome desde el interior de esas cámaras frÃas.
37:51 Al segundo dÃa de mi turno llegué con la idea de revisar los compartimientos. QuerÃa comprobar que todo hubiera quedado en orden. que lo de la noche anterior no fuera más que un error de mi percepción. Apenas entré, caminé directo hacia la cámara, abrà la pesada puerta y pasé la linterna por cada cristal. Todos estaban secos y limpios, sin rastro de vapor, excepto uno, el mismo de siempre. Ahà estaba otra vez la condensación, empañando el vidrio. Me acerqué despacio y noté algo distinto. Esta vez no eran simples cÃrculos o marcas vagas. Eran huellas de manos, completas, marcadas desde dentro, con los dedos extendidos y pegados al cristal.
38:36 Sentà un peso en el estómago al verlas. Abrà el compartimiento. Salió el aire frÃo. Con la linterna iluminé al cadáver. SeguÃa rÃgido, con la piel pálida y las fracturas visibles bajo las vendas. Lo toqué con guantes, comprobando lo obvio. No habÃa signos vitales, nada de movimiento, pero habÃa algo que me heló más que el frÃo mismo. La mandÃbula estaba abierta, como si hubiera intentado respirar. Yo lo habÃa visto antes con la boca cerrada y estaba seguro de eso. Me quedé un rato junto al cuerpo, tratando de buscarle una explicación lógica. Lo primero que pensé fue en reportarlo, pero no dije nada. SabÃa que nadie me iba a tomar en serio. Me dirÃan lo mismo de siempre. Gases, rigor mortis, ilusión. No querÃa volver a escuchar las risas de mis compañeros. Dejé el cuerpo en su lugar y traté de seguir con mi trabajo. Pasada la medianoche, estaba frente al escritorio, escribiendo un informe. Cuando escuché un golpe fuerte en la cámara, me levanté rápido y corrà hasta allá.
39:43 Abrà la puerta y enfoqué con la linterna. El vidrio del mismo compartimiento tenÃa ahora una grieta fina en una esquina. No estaba ahà antes. Me quedé un buen rato mirando esa grieta, sin atreverme a abrir. Al final, decidà que no podÃa dejarlo ahà dentro. Saqué el cuerpo con esfuerzo y lo coloqué en la mesa de autopsias, cubriéndolo con una sábana limpia. Quise moverlo a otro compartimiento, pero todos los demás estaban ocupados, asà que lo dejé ahÃ, en medio de la sala, bajo la luz blanca, como si me vigilara incluso a través de la tela. Esa fue la primera vez que sentà que lo que ocurrÃa no era una simple coincidencia. sino algo que iba a seguir manifestándose sin importar cuánto lo negara. Esa madrugada, mientras trataba de concentrarme en el escritorio, escuché un ruido extraño que venÃa del área de autopsias. Era un sonido de arrastre metálico, como cuando una mesa pesada se mueve sobre el suelo.
40:47 Me quedé quieto unos segundos, convencido de que habÃa sido mi imaginación. Pero volvió a sonar, más claro, y esta vez no tuve duda. Me levanté despacio y caminé hacia la sala. Empujé la puerta y encendà la lámpara de mano. Lo primero que vi fue la mesa de autopsias ligeramente movida, unos centÃmetros fuera de donde la habÃa dejado. Lo supe porque esa mesa siempre la acomodo en el mismo lugar, alineada con los mosaicos del piso. Nadie más tenÃa acceso a esa sala durante mi turno. La puerta habÃa permanecido cerrada con llave, y aún asà la mesa estaba desplazada.
41:27 Me acerqué con mucho cuidado con la lámpara fija en el bulto que reposaba sobre la superficie. La sábana blanca estaba húmeda como si alguien la hubiera rociado con agua. Toqué con el guante y estaba mojada. Sentà un escalofrÃo recorrerme la espalda. Decidà destapar el cadáver para comprobar. Retiré la tela con cuidado y lo que vi me dejó muy asustado. En la piel pálida del hombre habÃa gotas que se deslizaban lentamente, como si sudara. Eran gotas claras, resbalando por el pecho y los brazos, acumulándose en los pliegues de la piel. Pero yo sabÃa que eso era imposible. Los cuerpos no transpiran, no generan humedad propia. de pronto la lámpara de la sala parpadeó la luz se encendió y apagó varias veces hasta que todo quedó a oscuras durante unos segundos cuando volvió a encenderse mis ojos estaban fijos en el cadáver y juro que vi como su pecho subÃa y bajaba una sola vez lento como el inicio de una respiración Me hice para atrás con las manos temblando, sin quitar la vista de la mesa. Cubrà de nuevo el cuerpo con la sábana húmeda y salà de la sala, cerrando con llave detrás de mÃ. Estaba muy asustado. Volvà al escritorio e intenté enfocarme en terminar los informes. EscribÃa con torpeza, mirando a cada rato hacia la puerta de la sala de autopsias, como si en cualquier momento algo pudiera salir de ahÃ. Esa noche solo deseaba que el turno terminara cuanto antes. El tercer dÃa
42:59 llegué con una decisión tomada, comprobar por mà mismo si estaba perdiendo la razón o si realmente algo ocurrÃa con ese cuerpo. No podÃa seguir dependiendo de suposiciones. Lo primero que hice fue revisar el registro del fallecido. Nombre, edad, causa de muerte. TenÃa 34 años. El acta describÃa traumatismo craneoencefálico severo producto de un accidente automovilÃstico. HabÃa sido declarado sin vida en el hospital y trasladado a la morgue sin posibilidad de error médico. Ninguna duda. Ningún vacÃo en el informe. Con el expediente en la mano, confirmé que no habÃa cabida para equivocaciones. Aún asÃ, me sentÃa desconfiado. Esa noche, decidà mantener el cuerpo fuera de la cámara, sobre la mesa de autopsias, con una lámpara fija apuntando directo hacia él.
43:52 Me quedé en el escritorio desde donde podÃa observarlo parcialmente, anotando en mi libreta cada hora y cualquier detalle que se presentara. Las primeras horas fueron tranquilas. Nada se movió. La sábana permanecÃa en su sitio, la lámpara alumbraba constante y la morgue tenÃa ese silencio pesado de siempre. A una de la madrugada pasó sin novedad. Comenzaba a pensar si tal vez de verdad habÃa exagerado, si todo lo que habÃa visto no eran más que ilusiones provocadas por el cansancio. Pero poco después de las dos de la mañana lo escuché. El mismo suspiro que dÃas atrás me habÃa congelado, pero esta vez más claro, más cercano. ProvenÃa de la mesa, del cuerpo que estaba bajo la lámpara.
44:38 Me levanté de golpe con la libreta cayéndose al suelo. Caminé hacia la sala de autopsias y apenas crucé la puerta vi el cristal de la lámpara estaba empañado, cubierto de vapor fresco. Me acerqué un poco más y entonces noté el detalle que me heló la sangre. El cadáver tenÃa la boca entreabierta y de las comisuras caÃan pequeñas gotas, escurriendo lentamente sobre la piel pálida, como si acabara de exhalar con fuerza. Me quedé quieto en el suelo, con la linterna en la mano, pero sin atreverme a apuntar directamente al rostro. El cuerpo seguÃa inmóvil, rÃgido, pero era obvio que algo habÃa salido de esa boca. Retrocedà un par de pasos, incapaz de acercarme más. La respiración se me agitó y por primera vez desde que empecé a trabajar en la morgue, sentà miedo real de estar frente a algo que escapaba de cualquier explicación médica. Decidà no dejarlo solo, aunque estaba aterrado. Arrastré una silla hasta un rincón de la sala de autopsias y me senté con la linterna apoyada en las rodillas, observando cada detalle. No podÃa quitar la mirada del cuerpo como si en el momento en que lo hiciera algo fuera a cambiar. El silencio era tan denso que cualquier ruido me hacÃa brincar en el asiento. Pasaron unos minutos que parecieron eternos hasta que escuché un sonido grave, metálico, que me hizo erizar la piel. Era el ruido de uñas arañando la superficie
46:10 de la mesa. un chirrido lento, prolongado, que se repetÃa con pausas cortas. Sentà un vacÃo en el estómago y apunté la linterna. Las manos del cadáver seguÃan rÃgidas, los dedos agarrotados, pero en la mesa de acero habÃa marcas frescas, rayas delgadas y recientes, como si alguien hubiera pasado las uñas con fuerza. Acerqué la luz para confirmar eso, y esas marcas no estaban ahà antes. El ambiente se volvió sofocante de pronto. Sentà que el aire era pesado, que me costaba respirar. El frÃo de la sala habÃa desaparecido, sustituido por una sensación asfixiante. Me llevé la mano al cuello intentando tomar aire y tuve que salir de la sala.
46:56 Caminé rápido hacia el pasillo, apoyándome en la pared, buscando tranquilizarme. Me quedé unos minutos afuera, respirando profundo, con el corazón golpeando fuerte en el pecho. Pensé en irme, en dejar todo asà y esperar a que llegara el siguiente turno. Pero la idea de dejar el cuerpo solo en la mesa me carcomÃa, como si algo peor pudiera pasar si lo abandonaba. Tomé algo de aire para entrar de nuevo. Abrà la puerta con la linterna en alto y lo primero que vi, la sábana blanca estaba en el suelo, hecha un bulto cerca de la mesa. El cadáver seguÃa en su lugar, rÃgido, pero la cabeza ya no estaba mirando hacia el techo. Ahora estaba girada hacia la puerta, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, apuntando justo hacia donde yo me encontraba. como si me hubiera estado observando mientras huÃa. Me quedé paralizado, sin poder dar un paso dentro. Esa fue la primera vez que pensé seriamente en abandonar mi puesto, en renunciar, porque entendà que lo que estaba enfrentando no tenÃa nada que ver con la medicina ni con mi trabajo. Era otra cosa. Esa madrugada ya no pude seguir trabajando. Cerré los expedientes a medias y me quedé sentado en el escritorio, mirando fijamente la puerta de la sala de autopsias, esperando que no volviera a escucharse ningún ruido. Los minutos los sentÃa lentos con una lentitud insoportable. Lo único que deseaba era que amaneciera
48:28 y llegara mi relevo. Cuando por fin escuché los pasos del siguiente turno, salà casi sin despedirme, con la ropa húmeda de sudor. Al dÃa siguiente dudé en regresar. Pasé la mañana inventando excusas en mi cabeza. pensando en la manera de renunciar sin dar explicaciones. Pero la rutina y la necesidad me obligaban. El trabajo en la morgue era lo único estable que tenÃa en ese momento, y aunque la idea de volver me revolvÃa el estómago, sabÃa que no podÃa dejarlo asà de golpe. Mi última noche. Llegué más tarde de lo habitual, con paso lento, como si el retraso me protegiera. Lo primero que hice fue revisar las cámaras. Para mi sorpresa, el cadáver estaba en su lugar, dentro del compartimiento, cubierto por la sábana, aparentemente tranquilo. Me quedé observando un rato, como esperando algún movimiento. Nada ocurrió.
49:24 Cerré la puerta metálica y decidà no acercarme más de lo necesario. La noche avanzó con calma. Me concentré en los informes, tratando de ignorar las sombras que se movÃan al ritmo de las lámparas. Pero, justo a la medianoche, mientras escribÃa, escuché un golpe que retumbó en la cámara de refrigeración. El mismo sonido de metal que tantas veces habÃa escuchado en esas madrugadas. Tomé la linterna con manos temblorosas y caminé hacia la cámara. Empujé la puerta y miré uno por uno los compartimientos. Todos estaban cerrados, en silencio absoluto, excepto uno. El mismo. El del cadáver. El compartimiento estaba abierto. La bandeja metálica sobresalÃa, vacÃa. La sábana estaba arrugada en el suelo, hecha un montón en la esquina.
50:14 Me quedé inmóvil, con la luz fija en el espacio vacÃo. Del miedo que tenÃa, sentÃa que no podÃa respirar bien. Mi primer pensamiento fue que alguien habÃa movido el cuerpo sin autorización, pero yo sabÃa que nadie más tenÃa acceso. Y aún más, yo lo habÃa visto dentro apenas unas horas antes. El vacÃo en esa bandeja me hizo sentir que ya no estaba frente a un trabajo de morgue, sino frente a algo que no podÃa explicar ni controlar. Con la linterna en una mano y el arma corta que formaba parte del equipo de seguridad en la otra, Comencé a recorrer la morgue. Revisé sala por sala, abriendo puertas, iluminando rincones, tratando de encontrar el cuerpo que faltaba. Cuando llegué al pasillo más alejado, la luz de la linterna se detuvo sobre algo que me hizo apretar con más fuerza la empuñadura del arma. Eran gotas de agua, pequeñas, pero frescas, que formaban un rastro a lo largo del suelo.
51:15 ParecÃa el mismo sudor imposible que habÃa visto en la piel del cadáver. El rastro avanzaba recto, perdiéndose en la oscuridad al fondo del pasillo. Caminé despacio, siguiendo el rastro, escuchando el latido en mis propios oÃdos. Cada gota brillaba bajo la luz como si acabara de caer. Cuando estaba a mitad del pasillo, escuché otra vez un suspiro fuerte, claro, que salió justo detrás de mÃ. Giré de golpe, apuntando con la linterna y el arma, pero no habÃa nadie, solo el pasillo vacÃo. Lo único que vi fueron las huellas húmedas que se extendÃan delante de mÃ, avanzando hacia otra de las cámaras cerradas. El metal de la puerta brillaba con la misma humedad, como si algo se hubiera refugiado ahà dentro. No tuve valor para seguir. Retrocedà paso a paso, sin darle la espalda al pasillo, hasta que alcancé la salida. Aseguré todas las puertas con candados, incluso las que nunca se cerraban, y me atrincheré en la oficina, con la linterna a un lado y el arma sobre el escritorio. Esa noche no volvà a sentarme a trabajar.
52:25 Solo esperé, viendo el reloj avanzar, deseando que amaneciera. Cada ruido me hacÃa brincar, cada sombra parecÃa moverse más de lo normal. Ese cuerpo fue reclamado fuera de mi turno. Desde que ya no estuvo en la morgue, mi trabajo se comenzó a sentir normal. No he experimentado ningún suceso aterrador como ese. Lo que voy a contar no me ocurrió a mà directamente. Fue una historia que escuché de uno de los trabajadores de la morgue, alguien que me lo narró con tanto detalle y con tal peso en la voz que jamás pude olvidarlo. Ãl juraba que todo sucedió en el transcurso de una sola noche, una guardia marcada por un apagón que afectó varias cuadras de la ciudad.
53:18 Aquella noche estaban de turno dos trabajadores de la morgue. Era una guardia tranquila hasta cierto punto, de esas en las que el silencio se siente más largo que las horas mismas. Se dedicaban a lo de siempre, papeleo, registros y la atención a un cuerpo recién llegado. Era un hombre joven de unos veintitantos años con múltiples heridas de arma blanca que cruzaban su torso y su abdomen. El cuerpo habÃa ingresado con los reportes de los peritos que lo levantaron en la calle. A simple vista se podÃa saber que la muerte habÃa sido violenta. TenÃa cortes en los brazos y en la espalda, pero lo más grave estaba en la zona abdominal, donde la sangre habÃa corrido en exceso. Tras la revisión preliminar, concluyeron que la causa de muerte era una hemorragia masiva provocada por esas heridas profundas.
54:11 Todo marchaba con esa rutina macabra a la que con los años uno se acostumbra. Los dos trabajadores anotaban los detalles en las fichas, revisaban las pertenencias y preparaban la mesa de autopsias. En ese momento no habÃa nada raro, nada fuera de lo normal en comparación con otras noches. Fue entonces cuando la electricidad se cortó de golpe. La morgue, como el resto de las cuadras cercanas, quedó sumida en la oscuridad. No hubo aviso previo ni parpadeo de focos, solo un apagón súbito que los dejó ambos de pie. El trabajador me contó que en un principio se quedaron quietos, esperando que la planta auxiliar arrancara como solÃa ocurrir. Pero pasaron los segundos y el generador no se encendió. La sala permaneció inmóvil. El único punto de luz era la lámpara de mano que uno de ellos alcanzó a encender.
55:05 Su as era débil y apenas iluminaba la mesa donde yacÃa el cuerpo del joven. El resto del cuarto estaba sumido en sombras, con los refrigeradores al fondo apenas visibles. El trabajador decÃa que nunca habÃa sentido un ambiente igual. El apagón lo volvió todo distinto. Cada rincón parecÃa más cercano, cada sombra más densa. El silencio se volvÃa insoportable, interrumpido solo por el zumbido lejano de la ciudad apagada. Ahà empezó lo verdaderamente extraño. Según él, en cuanto se hizo la oscuridad, los dos percibieron la sensación de que no estaban solos. No fue un ruido en particular, ni un movimiento.
55:47 fue un instinto compartido como si una presencia invisible hubiera entrado en la sala junto con la oscuridad miraron hacia la mesa y se encontraron con la visión del cadáver bajo la luz de la lámpara su piel pálida resaltaba y la sangre seca alrededor de las heridas parecÃa más oscura de lo normal El trabajador me juró que en ese momento se arrepintió de no haber terminado rápido con el papeleo, porque lo único que querÃa era cerrar la bolsa negra y meterlo en la cámara. Esa noche sin electricidad y con un muerto fresco en medio de la sala, lo primero que hicieron fue encender las lámparas portátiles que guardaban en un estante. La luz era débil, amarillenta y apenas servÃa para iluminar la mesa principal. También sacaron los celulares y activaron las linternas, aunque la baterÃa de ambos no estaba al 100%. La morgue quedó con un par de haces de luz cruzando el aire, proyectando sombras largas sobre las paredes y alargando las figuras de todo lo que habÃa en la sala. El compañero de Juan intentó bromear, dijo que no era la primera vez que se iba la luz en esa zona, que ya lo habÃan vivido otras noches, aunque nunca en plena autopsia. Juan le respondió que aún asà era distinto. El apagón no le preocupaba en sÃ, sino el hecho de estar con un cuerpo fresco abierto frente a ellos, con la sala tan silenciosa que hasta el crujido del metal bajo sus pasos se
57:18 sentÃa demasiado fuerte. Trataron de continuar con lo suyo, revisando pertenencias y llenando las fichas. Aunque el registro se hacÃa más torpe con tan poca luz, Juan describÃa que el ambiente se habÃa vuelto extraño. El frÃo de la cámara, que siempre estaba presente, ahora se sentÃa distinto. como si se mezclara con el calor que emanaban las lámparas el contraste lo hacÃa todo incómodo a eso se añadÃa el zumbido lejano de algún generador de la calle apenas audible en medio de ese ambiente comenzó a sentir algo más decÃa que mientras revisaba los documentos y acomodaba la lámpara Tuvo la clara impresión de que habÃa más movimiento del normal en la sala. No se referÃa a sonidos claros, sino a esa sensación de que alguien caminaba cerca, como si hubiese otra presencia desplazándose lentamente alrededor de ellos. Al principio pensó que era la sombra del compañero, que se movÃa con la luz del celular, pero pronto notó que las siluetas no coincidÃan. HabÃa sombras que cruzaban por las paredes en dirección contraria a la luz que ellos mismos emitÃan, sombras que aparecÃan y desaparecÃan como si estuvieran dentro de la sala, entre los refrigeradores y las mesas de acero.
58:39 No lo dijo para no parecer nervioso, pero el miedo empezó a apretar desde ese instante, porque no era la primera vez que trabajaba en un apagón, pero sà la primera en la que sintió que alguien estaba junto a ellos sin que hubiera nadie más dentro. Pasó casi una hora y la electricidad no regresaba. Para los trabajadores de la morgue, el tiempo se hizo más pesado de lo normal. En medio de esa calma forzada, se escuchó el ruido de una patrulla y luego golpes en la puerta. Los peritos llegaron con tres cuerpos más. HabÃan sido levantados de un accidente automovilÃstico ocurrido en la carretera. Los dos trabajadores se miraron entre sÃ. No podÃan detener el flujo de trabajo aunque la morgue estuviera a oscuras. Recibieron las bolsas negras y las abrieron para verificar. Adentro habÃa tres hombres de mediana edad. La escena era distinta a la del joven apuñalado, pero no menos macabra. Los cuerpos estaban llenos de quemaduras, la piel desprendida en varias zonas, con fracturas visibles en brazos y piernas. A simple vista se notaba que la colisión habÃa sido brutal, y el incendio posterior les habÃa dejado un estado difÃcil de reconocer. Los colocaron sobre planchas distintas, alineadas en la sala. No habÃa suficiente luz para un examen completo, asà que solo hicieron la verificación mÃnima para registrar sus ingresos. El resto del trabajo lo dejarÃan para cuando volviera la electricidad. Mientras tanto, los
1:00:12 tres cuerpos quedaron extendidos, cubiertos con sábanas blancas que resaltaban bajo la poca luz, como manchas de espectros flotando en la oscuridad. Juan dijo que fue en ese momento cuando lo aterrador comenzó de verdad. Hasta entonces solo habÃa sido un apagón incómodo, con un ambiente extraño, pero con la llegada de esos tres cuerpos, algo cambió en la morgue. La sensación de que habÃa movimiento en la sala se volvió más intensa, más palpable, como si las sombras hubieran cobrado fuerza con esa nueva presencia. El trabajador aseguraba que nunca olvidó la imagen. Cinco cuerpos en total, cuatro sobre las planchas y uno en la mesa de autopsias, iluminados apenas por la luz amarillenta. Con las lámparas apuntando hacia las planchas, el cuarto parecÃa un escenario congelado. Los cinco cuerpos extendidos, las sombras largas proyectadas en las paredes y el zumbido lejano de la ciudad apagada eran lo único que acompañaba a los dos trabajadores. Todo transcurrÃa en un silencio espeso hasta que de pronto se escuchó un ruido metálico.
1:01:22 Era un golpe leve, como cuando algo pesado toca la superficie de acero. Ambos levantaron la mirada al mismo tiempo. La lámpara iluminaba justo el centro de la sala, y por un segundo pensaron que quizá alguno de los instrumentos habÃa quedado mal colocado y se habÃa movido. No le dieron importancia, hasta que notaron lo evidente. Uno de los brazos de un cuerpo recién ingresado estaba fuera de lugar. ParecÃa haberse deslizado hacia el borde de la plancha, como si hubiera cedido a su propio peso. El detalle no hubiera sido extraño, de no ser porque, minutos antes, cuando lo colocaron, el brazo estaba rÃgido, pegado al torso, producto del rigor mortis. Los dos se miraron nerviosos. Cada uno estaba convencido de haberlo visto en la posición correcta al momento de recibirlo. No habÃa manera de que el brazo hubiera caÃdo solo, mucho menos con la rigidez que mostraba cuando lo bajaron de la bolsa. Uno de ellos se acercó con cuidado, tomó el brazo frÃo y lo acomodó de nuevo sobre el pecho. El otro lo observaba en silencio, con la lámpara en su mano. Fingieron que era un simple descuido, un movimiento accidental al momento de colocarlo. Aún asÃ, el ambiente cambió desde ese instante. La tensión creció como si la sala se hubiera estrechado. El trabajador que me contó la historia aseguró que fue en ese momento cuando el miedo se instaló en ambos. Ya no era solo
1:02:54 un apagón incómodo ni un silencio extraño. Era la sensación de que los cuerpos, aunque muertos, estaban reaccionando a la oscuridad que los rodeaba. Minutos después de haber acomodado el brazo y de quedarse en completo silencio, escucharon un crujido que no venÃa de ninguno de ellos. Fue un sonido raro proveniente del fondo de la sala, como si el metal de una plancha se estuviera doblando bajo un peso que no debÃa moverse. Ambos voltearon de inmediato y con la lámpara en mano, enfocaron hacia ese punto. Uno de los cuerpos estaba sentado sobre la plancha. El cadáver, cubierto parcialmente con la sábana, estaba inclinado hacia adelante, con la cabeza caÃda y el torso erguido, como si se hubiera incorporado por su propia fuerza. El trabajador que me contó la historia juró que en ese momento se quedó helado, con la piel erizada y los músculos inmóviles. DecÃa que no podÃa mover un solo dedo, ni siquiera retroceder. Solo podÃa mirar mientras el cadáver mantenÃa esa postura imposible. El compañero reaccionó peor. En shock, soltó la lámpara de golpe.
1:04:04 La linterna rodó por el suelo y quedó a unos metros, girando y proyectando un haz de luz irregular que se movÃa como un péndulo por toda la sala. El parpadeo iluminaba la escena de forma distorsionada. A ratos el cuerpo parecÃa aún más erguido. A ratos apenas se veÃa entre sombras. El cadáver cayó de golpe al piso con un ruido metálico que retumbó en las paredes. El sonido del impacto de la carne muerta contra el acero y luego contra las baldosas fue tan fuerte que los aturdió. El cuerpo quedó extendido boca arriba, con los brazos abiertos y la sábana a un lado. Por un momento ninguno se atrevió a moverse. Juan decÃa que sentÃa las piernas convertidas en piedra.
1:04:49 El otro respiraba agitado, con los ojos fijos en el cadáver en el suelo, esperando que se levantara de nuevo. Ya no habÃa forma de convencerse de que se trataba de un movimiento reflejo o de un error en la manipulación. Juan me dijo que, tras el golpe del cadáver contra el piso, se quedaron congelados. Ninguno se movÃa, como si el simple hecho de hacerlo pudiera provocar que los demás cuerpos también reaccionaran. El silencio era tan profundo que hasta el eco de sus propias respiraciones se sentÃa demasiado fuerte. Pasaron unos segundos eternos antes de que uno de ellos, temblando, decidiera ir hacia donde habÃa quedado la lámpara. Con la mano temblorosa la levantó del suelo y dirigió el haz de luz hacia las planchas. Fue entonces cuando lo vieron con claridad. Otro de los cuerpos, uno de los hombres quemados del accidente, tenÃa la mano descubierta. Bajo la luz, los dedos parecÃan moverse. Era un movimiento mÃnimo, lento, casi imperceptible, pero suficiente para aterrorizar a ambos. No era un espasmo, de esos que a veces quedan después de la muerte.
1:06:03 Juan insistió en que era distinto. Los dedos se doblaban como si alguien tratara de hacer un gesto, una especie de respuesta. Me juró que nunca en su vida habÃa sentido un miedo tan fÃsico. No era solo un pensamiento o una sospecha, era el cuerpo mismo reaccionando, el estómago encogiéndose, el corazón golpeando, los músculos tensos a punto de ceder. DecÃa que el terror lo recorrÃa como una corriente eléctrica. helada y dolorosa. Su compañero estaba igual, con los ojos fijos en aquella mano, incapaz de desviar la vista. Los cuerpos parecÃan responder a ellos, como si el simple hecho de estar ahÃ, mirando, les hubiera dado algún tipo de energÃa para moverse. Juan lo repitió, no habÃa explicación lógica.
1:06:52 PodÃa ser que sus mentes estuvieran cansadas, que la penumbra y las sombras les jugaran malas pasadas, pero lo que vieron no dejaba margen de duda. aquello fue real los dedos se movieron despacio conscientes de que estaban siendo observados pensaron en salir en correr hacia la puerta y dejar todo atrás pero la salida estaba demasiado cerca de las planchas para alcanzarla tenÃan que pasar justo al lado de los cuerpos y esa idea los clavó en el suelo porque si con la distancia ya se movÃan,¿ qué pasarÃa si cruzaban junto a ellos? Asà permanecieron, atrapados entre el instinto de huir y el terror de acercarse más. La lámpara seguÃa iluminando, temblando en las manos del compañero, proyectando sombras que parecÃan moverse con vida propia sobre las paredes.
1:07:45 Juan me dijo que lo que ocurrió después no duró más de unos minutos, pero a ellos les parecieron horas completas. La lámpara temblaba en la mano de su compañero, y con cada titileo la sala se llenaba de sombras que parecÃan moverse por su cuenta. No era un reflejo cualquiera, eran figuras alargadas que se deslizaban sobre las paredes como si tuvieran vida propia. Con cada parpadeo de la luz, las siluetas de los cadáveres cambiaban de posición. Primero parecÃan más erguidos, luego inclinados hacia adelante, hasta que uno de ellos, el mismo que habÃa caÃdo al suelo minutos antes, movió la cabeza. Fue un gesto lento, pausado, pero tan claro como si un hombre vivo los estuviera observando. La inclinó hacia un lado, directo hacia donde ellos estaban. Juan dijo que nunca habÃa corrido tanto riesgo de perder el control del miedo. SentÃa las piernas a punto de ceder, la garganta cerrada, los ojos ardiendo por no atreverse a parpadear.
1:08:48 Su compañero estaba igual, sudando con los labios apretados, temblando sin poder soltar la lámpara. el miedo era tan grande que los mantenÃa clavados en su sitio de golpe la electricidad regresó las luces de la morgue parpadearon una vez y luego se encendieron todas juntas inundando la sala con un blanco frÃo y uniforme el zumbido de los refrigeradores volvió a escucharse con normalidad Al mirar de nuevo hacia las planchas, los cuerpos estaban otra vez inmóviles, cada uno en su sitio, rÃgido, cubierto por las sábanas como al inicio. El que habÃa caÃdo seguÃa en el suelo. Los dedos que antes parecÃan moverse estaban quietos, sin rastro de aquel gesto imposible. Juan decÃa que en ese momento no sintió alivio, sino un peso mayor. Era como si la luz hubiera devuelto la apariencia de normalidad, ocultando todo lo que habÃa pasado en la oscuridad. Y eso, aseguraba, era lo más aterrador de todo. La certeza de que lo que habÃan visto no era un delirio, sino algo real que se escondÃa en cuanto regresaba la electricidad. El trabajador me dijo que, cuando las luces volvieron, ninguno de los dos pudo hablar.
1:10:04 Se quedaron de pie, respirando fuerte, con la mirada fija en los cuerpos inmóviles. Pasaron varios minutos mirándose en silencio, sin necesidad de palabras. SabÃan que habÃan vivido lo mismo, que no era imaginación de uno solo. Cuando por fin lograron moverse, acordaron en voz baja que todo lo ocurrido quedarÃa entre ellos. Lo único que pondrÃan en el registro oficial serÃa el apagón que afectó la zona, nada más. Ninguno se atrevió a escribir que un cadáver se habÃa sentado, que otro habÃa caÃdo al suelo o que los dedos de un tercero se habÃan movido. Era demasiado peligroso. Si alguien leÃa eso, lo mÃnimo que les pasarÃa serÃa perder el trabajo, y lo más seguro es que los tacharan de locos. Asà quedó en el papel. Corte eléctrico. Se pospuso la autopsia de tres cuerpos recibidos. Ni una sola palabra de lo que de verdad vieron. Guardaron silencio, convencidos de que no habÃa otra salida. El siguiente relato es de una prima que falleció ya hace algunos años, esto que le pasó fue por 2007. TenÃa 23 años recién cumplidos cuando consiguió el trabajo en la morgue, apenas habÃa salido de la universidad y ya tenÃa un empleo fijo. Algo que muchos de sus compañeros aún buscaban sin éxito. DecÃa que
1:11:34 habÃa tenido suerte, que la oportunidad le llegó rápido y por eso no dudó en aceptar, aunque varias personas le comentaron que no era un lugar para cualquiera. Sus conocidos le advirtieron que el ambiente era pesado, lleno de cosas que podÃan impresionar. Pero ella no lo veÃa de esa forma. Estaba emocionada por empezar. Las primeras semanas fueron tranquilas y rutinarias. Le asignaban tareas sencillas porque todavÃa no tenÃa la experiencia suficiente para trabajos complejos. se encargaba de anotar registros organizar papeles ayudar en la preparación de cuerpos y limpiar los espacios cuando terminaban los procedimientos pasaba muchas horas de pie y con olor a desinfectante pegado en la ropa pero lo aceptaba como parte de la profesión pensaba que con el tiempo la costumbre borrarÃa cualquier incomodidad los turnos nocturnos eran lo más difÃcil el cansancio aparecÃa con rapidez sobre todo en los primeros dÃas cuando todavÃa no se acostumbraba a pasar la madrugada entera despierta aún asà lo veÃa normal parte del proceso de adaptación no se quejaba al contrario estaba orgullosa de sà misma de soportar y no darse por vencida Recordaba lo que le decÃan sus amigas, que jamás soportarÃan un lugar asÃ, que preferÃan cualquier otro empleo antes que pasar horas rodeadas de cadáveres. Ella lo repetÃa como un logro personal, que no era miedosa. que
1:13:10 estaba hecha para ese trabajo. Pero una noche, al regresar a su casa después de uno de esos turnos largos, algo le quitó el sueño. Apenas se acomodó en su cuarto, escuchó un golpeteo leve en la pared, como si alguien diera pequeños toques desde el otro lado. No le prestó mucha atención. Pensó en los vecinos que podÃan estar moviendo muebles, o en las tuberÃas que a veces hacÃan ruidos extraños cuando pasaba el agua. Cerró los ojos con la idea de descansar, convencida de que era cualquier cosa común y sin importancia. Con el paso de los dÃas, aquel golpeteo que al principio habÃa tomado como algo sin importancia, comenzó a repetirse cada vez que regresaba de la morgue. No era diario, pero sà lo suficiente como para incomodarla. A veces eran golpes cortos, otras un sonido más prolongado, como si alguien arrastrara los nudillos contra la pared. Lo curioso era que casi siempre sucedÃa cuando ya estaba acostada, justo antes de quedarse dormida. Pronto los ruidos dejaron de limitarse a la pared. En más de una ocasión creyó escuchar pasos en el pasillo que conectaba su cuarto con la sala.
1:14:23 Eran pasos suaves, no apresurados, que se detenÃan justo cuando ella contenÃa la respiración para escuchar mejor. Lo extraño era que vivÃa sola, y eso lo tenÃa muy claro. Revisaba la puerta principal antes de dormir, se aseguraba de dejarla bien cerrada, y aún asà las pisadas se escuchaban como si alguien caminara con calma dentro de la casa. Una madrugada el miedo se le hizo más fuerte que el cansancio. Estaba recostada con los ojos cerrados cuando escuchó una respiración cerca de su cama. Era un aire pesado, constante, demasiado próximo a su oÃdo. El impulso la obligó a encender la lámpara del buró y la luz iluminó la habitación por completo. No habÃa nadie, las paredes estaban vacÃas, la puerta seguÃa cerrada, y lo único que se movÃa era la cortina ligera con la corriente del ventilador. Desde esa noche, el descanso dejó de ser igual. Empezó a temer volver sola después de los turnos, porque la idea de llegar a su casa ya no le daba tranquilidad, sino inquietud.
1:15:32 El lugar que debÃa servirle de refugio se le habÃa vuelto incierto. Se repetÃa a sà misma que era el cansancio, que los desvelos podÃan jugarle malas pasadas, pero en el fondo no lograba convencerse. Recordaba las bromas de algunos compañeros en la morgue. cuando hablaban de los que se pegan a los trabajadores nuevos. Lo decÃan entre risas, como si fueran simples supersticiones de pasillo, historias para asustar al recién llegado. Ahora esas palabras regresaban a su mente y le costaba trabajo verlas como chistes. Esa noche, al volver de su turno, dejó todo en orden como siempre hacÃa. Cerró la puerta con llave, se cambió de ropa y preparó algo ligero para cenar. El cansancio la empujaba directo a la cama, pero antes de acostarse se levantó a tomar agua. Fue entonces cuando notó que la puerta principal estaba entreabierta. La llave seguÃa puesta, pero girada hacia afuera, como si alguien la hubiera manipulado desde dentro. El corazón me golpeó con fuerza, aunque traté de mantener la calma. Me armé de valor y tomé un objeto pesado de la cocina para recorrer la casa. Revisé cuarto por cuarto, abrà closets, corrà cortinas y miré debajo de la cama, convencida de que tal vez un ladrón se habÃa metido. Al terminar la revisión, todo seguÃa en su lugar. No faltaba dinero, ni su computadora, ni nada de valor. La sensación no se disipó, pero
1:17:03 la razón le decÃa que estaba sola. Mientras regresaba a la sala, un escalofrÃo le recorrió la espalda. La piel se le erizó al mismo tiempo que juró ver algo moverse rápido, una sombra que se deslizaba hacia su cuarto. Se quedó quieta con la respiración contenida, sin fuerzas para seguirla. la atención la obligó a encender la televisión y quedarse en la sala con la luz de la pantalla alumbrando el espacio hasta que salió el sol al dÃa siguiente con ojeras marcadas y la voz cansada le contó todo a su madre Ella la escuchó en silencio y luego respondió sin sorpresa. Le dijo que esas cosas pasaban por andar trabajando entre muertos, que no era raro que algo se le hubiera pegado. Quiso reÃrse para quitarle importancia, pero las palabras le quedaron clavadas y no pudo apartarlas de su mente en todo el dÃa. Decidió intentar ignorar lo que ocurrÃa en su casa. convenciéndose de que todo eran coincidencias o cansancio acumulado, pero el trabajo en la morgue tampoco le daba tregua. Una tarde, mientras limpiaba el instrumental después de un procedimiento, escuchó claramente un suspiro detrás de ella.
1:18:18 Era un sonido largo, profundo, imposible de confundir. Volteó de inmediato, pero la sala estaba vacÃa. Nadie habÃa entrado ni salido en ese momento y las puertas permanecÃan cerradas. trató de continuar con su tarea aunque la inquietud le impidió concentrarse cada tanto miraba por encima del hombro esperando que algo apareciera pero lo único que encontraba era la habitación silenciosa y el brillo metálico de las herramientas sobre la mesa dÃas después mientras revisaba los refrigeradores notó que una de las puertas estaba entreabierta Dentro habÃa un cuerpo que, según el registro, no debÃa haberse movido de su lugar. Ella estaba segura de haberlo dejado cerrado, y al preguntar a los demás, ninguno reconoció haberlo tocado. El detalle la dejó con un nudo en el estómago. Un compañero más antiguo, al verla nerviosa, se le acercó y le dijo que no se asustara. Comentó que a muchos les pasaba lo mismo al inicio, que parecÃa como si los espÃritus probaran su miedo antes de dejarlos en paz. Lo dijo con naturalidad como si hablara de una costumbre conocida. Eso no la tranquilizó, al contrario, le hizo pensar que lo suyo podÃa no ser simple casualidad. Esa misma noche, al llegar a su casa, creyó que todo seguirÃa igual de tenso.
1:19:42 Apenas intentaba dormir cuando escuchó un golpe fuerte en la cocina, como si un plato hubiera caÃdo al suelo. Saltó de la cama y corrió a revisar. Encendió la luz esperando encontrar pedazos de losa regados por el piso, pero todo estaba intacto. Los platos seguÃan en su sitio, las tazas acomodadas y la mesa sin un solo cambio. La duda volvió a quedarse con ella hasta la madrugada. Con el tiempo, los sucesos comenzaron a intensificarse, hasta el punto en que ya no podÃa engañarse a sà misma. Una tarde, mientras se bañaba, escuchó tres golpes suaves en la puerta del baño. Se apresuró a preguntar quién era, pero no recibió respuesta.
1:20:25 El ruido volvió a repetirse, esta vez más marcados. Con el cuerpo todavÃa cubierto de agua, abrió de golpe, convencida de que alguien le estaba jugando una broma, pero no habÃa nadie en el pasillo. La casa estaba en silencio absoluto. Las noches también se le hicieron más pesadas. Comenzó a soñar con cadáveres que, recostados en planchas, giraban lentamente la cabeza para mirarla. En el sueño se quedaban con los ojos fijos en ella sin parpadear. Lo inquietante era que, al despertar, la sensación de estar observada continuaba, como si aquella mirada persistiera en su cuarto oscuro. Un dÃa, después de salir de la regadera, notó algo que la dejó helada.
1:21:10 El espejo del baño tenÃa marcas de manos húmedas, como si alguien hubiera apoyado las palmas justo después de que ella terminara de bañarse. El problema era que no habÃa nadie más en la casa y las marcas no podÃan ser suyas. Eran más grandes, los dedos más largos, y estaban a la altura de un rostro que no coincidÃa con el suyo. Intentaba mantenerse tranquila, pero el miedo ya comenzaba a pesarle más que el propio cansancio de los turnos nocturnos. Pensó en renunciar. TenÃa claro que no podÃa darse el lujo de dejarlo tan pronto, no después de haber conseguido lo que tanto habÃa buscado al salir de la universidad. Eso la obligaba a resistir, a intentar adaptarse aunque las noches fueran cada vez más pesadas. finalmente tomó una decisión para no enfrentarlo sola se mudó con una tÃa que vivÃa a pocos minutos de la morgue con su compañÃa podÃa dormir con un poco más de tranquilidad aunque el problema no desapareció del todo de vez en cuando seguÃan apareciendo ruidos inexplicables en la cocina o sombras que cruzaban el pasillo pero no con la misma intensidad que antes saber que no estaba sola le daba la fuerza suficiente para sobrellevarlo
Apple Podcasts
Spotify
Castro
RSS Feed