Sept. 8, 2025

CASOS REALES Ocurridos En AIRBNB Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:04 Después de haber sacado el video de Rente un cuarto a un hombre Nahual, recibimos muchos correos de ustedes relatando experiencias que vivieron rentando una casa o apartamento. A continuación, les dejamos los relatos más aterradores que nos mandaron. Sin más, comenzamos. Yo rentaba una casa por Airbnb. No era mi vivienda principal. Era un espacio que había comprado con un crédito y que decidí habilitar para sacar un ingreso extra mientras vivía en otro lado. La casa estaba en buenas condiciones. Tenía una sala amplia con un par de sillones cómodos y una mesa de centro de madera clara. Dos recámaras sencillas pero limpias. y un patio pequeño al fondo donde apenas cabían unas macetas y una mesa plegable. Me había asegurado de dejar la lista. Pintura reciente, colchones nuevos, cocina equipada con lo básico. Al principio todo salió como esperaba. Recibía familias pequeñas o parejas que se hospedaban unos días. Dejaban comentarios positivos, agradecían la ubicación tranquila y el estado de la casa. Yo mantenía un sistema, recibía a los huéspedes en persona, les entregaba las llaves, les explicaba cómo usar el calentador, dónde estaba la llave del gas y la red de internet. Después me despedía y quedaba disponible por mensaje, nada fuera de lo común. Una tarde acepté una nueva reservación,

1:36 eran tres personas, un grupo pequeño que desde el perfil parecían confiables. Buena calificación. Comentarios de otros anfitriones. Fotos normales. El proceso de pago estaba aprobado, así que no lo dudé. Les confirmé la estancia y acordamos la hora de llegada. Llegaron a la hora pactada. Los vi desde la banqueta. Sonreían, cargaban mochilas y una maleta mediana. Me saludaron con educación, me dieron la mano y se mostraron agradecidos de inmediato. No noté nada raro en ellos, se veían como huéspedes comunes, turistas de paso. Les mostré la sala, la cocina, les enseñé el patio y luego las dos habitaciones. Les recordé que debían apagar las luces al salir, mantener cerradas las ventanas y no dejar basura en el patio. Todo normal.

2:27 Era el tipo de interacción que siempre tenía con otros inquilinos. Pasaron dos días sin inconvenientes, pero en la segunda noche las cosas cambiaron. Poco antes de la medianoche me llegó un mensaje distinto. No era cordial, sonaba nervioso. Decían que necesitaban hablar conmigo en persona lo antes posible, que había algo que no podían explicar por chat. Me sorprendió. Les pregunté si había pasado algo con el agua, la luz o algún desperfecto en la casa. Respondieron que no, que no era eso y que por favor los visitara al día siguiente en la mañana. Esa madrugada casi no dormí. Me quedé pensando que podía haber salido mal, repasando mentalmente si había olvidado algo en la entrega. A la mañana siguiente fui a la casa temprano. Ellos ya me esperaban en la entrada, de pie, con las maletas junto a ellos.

3:21 Tenían la cara seria, como si hubieran pasado la noche en vela. Me saludaron apenas con un gesto. Me dijeron que preferían irse antes de lo planeado. Yo pregunté si habían tenido algún problema con los vecinos o si alguien los había molestado. Negaron con la cabeza. Me dijeron que no era eso, que la casa estaba bien cuidada, pero que algo dentro no estaba bien, que no se sentían cómodos ahí y que no pensaban quedarse ni un día más. Me quedé parado frente a ellos sin saber qué responder. Nunca me habían dicho algo así. No eran quejas normales de un huésped. como si hubieran tomado la decisión en medio de una noche difícil. Lo único claro era que no pensaban volver a entrar a la casa. El sol apenas calentaba la calle y ellos ya tenían la ropa arrugada y las ojeras marcadas, como si no hubieran dormido en toda la noche. Yo les pedí que me explicaran con calma. Fue entonces cuando comenzaron a hablar, interrumpiéndose unos a otros con la prisa de quien quiere sacar algo de encima. El hombre contó que la primera noche, apenas pasada la medianoche, escucharon pasos en la sala. Eran pasos lentos que cruzaban de la entrada al pasillo y regresaban hacia la cocina. Al principio pensaron que podía ser algún vecino caminando en el patio contiguo. pero el sonido era dentro de la sala. Salieron de la recámara para revisar.

4:53 Encontraron todo en orden, la puerta cerrada, las ventanas con seguro, nada fuera de lugar. No había nadie, pero juraban que los pasos se escuchaban como si alguien anduviera con calma frente al sillón grande. Me miraron como esperando que les dijera que era normal, que la casa hacía ruidos con la madera o la tubería. No dije nada, solo los escuché. La mujer más joven intervino y agregó que esa misma noche, cuando regresaron a la cama, escucharon un golpe en la mesa de centro. Se levantaron otra vez, revisaron y todo seguía en su sitio. Decidieron dejar la luz encendida para poder dormir. La segunda noche, según contaron, lo que escucharon fueron golpes en la pared, justo detrás del sillón más grande de la sala. Eran tres, bien marcados, como si alguien diera puñetazos desde el otro lado. Se levantaron todos, buscaron la causa, tocaron la pared, empujaron el sillón. No había tuberías ni marcas, nada que explicara el ruido. Los golpes no se repitieron, pero los dejaron tensos el resto de la noche. La mujer mayor fue la que más me impresionó. Con voz baja, casi susurrando, dijo que alrededor de las dos de la mañana vio claramente una sombra parada en la cocina. Describió la figura como la de una persona quieta, alta, sin rasgos. se quedó inmóvil mirándola desde la oscuridad ella intentó hablar pero no le salió

6:25 la voz cuando por fin pudo parpadear la sombra ya no estaba yo me quedé sin palabras nunca había recibido quejas semejantes en las estancias anteriores nadie me mencionó nada parecido ni siquiera insinuaciones les pregunté si estaban seguros de que no era su imaginación por el cansancio me respondieron que no que estaban los tres despiertos cuando escucharon los ruidos y que no pensaban quedarse ni una noche más allí. Me aclararon que no querían devolución ni compensación, que ya habían pagado y que no les importaba perderlo, solo querían salir cuanto antes. Me recomendaron que revisara bien la casa porque, según ellos, ahí había algo raro. El tono con que lo dijeron me dejó inquieto. No parecían inventar nada. Más bien, hablaban como quien advierte de un peligro real. Yo intenté tranquilizarlos.

7:18 Les dije que, tal vez, habían exagerado las cosas por estar en un lugar nuevo. Que las casas viejas suelen hacer ruidos y que los nervios a veces engañan. Ninguno me creyó. La mujer mayor dijo que era mejor no discutirlo más. Que lo importante era marcharse. Cerraron las maletas con prisa, guardaron hasta las botellas de agua a medio tomar y salieron sin volver a entrar. Me devolvieron las llaves y apenas murmuraron un gracias. Cuando caminaron hacia la esquina noté que ninguno volteó a mirar la casa. Yo me quedé en la banqueta con las llaves en la mano y una sensación difícil de describir. En mi cabeza intentaba convencerme de que todo era exageración, que eran huéspedes nerviosos o sugestionados. Me quedé inquieto después de que los inquilinos se marcharon, pero traté de no darle demasiada importancia.

8:14 Pensaba que eran personas nerviosas o que quizá habían tenido un mal sueño y lo habían convertido en una historia. Aún así, algo en la forma en que hablaron, en lo firmes que sonaban, me dejó con una incomodidad. Esa misma tarde entré a la casa para revisarla de arriba a abajo. Caminé por cada habitación con calma, buscando algún desperfecto o algo fuera de lo normal. Revisé las puertas. Todas estaban cerrando bien, con las chapas firmes. Las ventanas estaban intactas, sin vidrios flojos ni seguros forzados. Empujé las paredes con la mano. Golpeé con los nudillos, intentando escuchar si había huecos que pudieran explicar los ruidos. Nada. Todo estaba en orden. Pasé a la cocina, moví las sillas, abrí la alacena y el refrigerador. Nada raro. En la sala, el sillón grande estaba en su sitio, sin marcas en la pared ni en el suelo. Incluso moví el mueble para revisar atrás, pensando en ratones o algún animal escondido, pero no encontré señales. lo único que quedaba era lo que me habían dicho los inquilinos al anochecer pensé en volver a mi casa y dejar el asunto así pero al cerrar la puerta me quedé parado en la banqueta mirando hacia adentro por la ventana de la sala sentí la necesidad de comprobar por mí mismo si lo que decían era cierto si había pasos, golpes o sombras quería ser yo quien lo escuchara de lo contrario nunca me

9:47 lo iba a sacar de la mente decidí quedarme esa noche Encendí la televisión un rato, cené un par de sándwiches que había llevado conmigo y me instalé en la recámara más amplia. Me costó trabajo conciliar el sueño con la expectativa de que algo pudiera pasar. Alrededor de la medianoche me despertó un ruido leve en la sala. No fue un golpe fuerte ni un portazo, sino un sonido suave, como si alguien arrastrara los pies despacio sobre el piso. Me quedé acostado unos segundos, escuchando con atención. El sonido volvió, corto, como pasos pausados. Me levanté, buscando no hacer ruido con la cama. Caminé por el pasillo oscuro hasta la sala y encendí la luz de inmediato. Los sillones en su lugar, la mesa de centro con los mismos objetos. Caminé por la cocina y revisé el patio desde la ventana. Todo estaba vacío. Al regresar a la sala noté algo que me hizo detenerme. El vaso que había dejado sobre la mesa antes de dormir estaba tirado en el suelo. No estaba roto, solo acostado, con un poco de agua esparcida alrededor.

11:00 Lo levanté despacio y lo volví a poner en su sitio. Me quedé unos minutos parado, mirando la mesa como si esperara que el vaso se moviera solo. La incomodidad me recorrió entero, pero traté de convencerme de que había sido yo mismo, que quizá lo dejé cerca del borde y se cayó. No quise darle otra explicación. Apagué la luz y regresé a la recámara. Me costó dormir, pero logré cerrar los ojos con la idea fija de que todo tenía una respuesta lógica, aunque no la encontrara todavía. pasaron algunas semanas sin que hubiera reservaciones no era raro la temporada baja siempre dejaba los calendarios vacíos yo aproveché ese tiempo para limpiar la casa a fondo y ventilarla cada vez que entraba me quedaba observando la sala y el patio con la memoria de aquella noche en que escuché pasos y encontré el vaso en el suelo no volvía a quedarme a dormir pero tampoco conté nada a nadie quería seguir pensando que todo había sido coincidencia. Un lunes por la tarde recibí una nueva solicitud. Era de una pareja con un niño pequeño. Revisé su perfil. Buenas referencias, comentarios de anfitriones que los describían como responsables y cuidadosos.

12:21 Acepté sin dudarlo. Al día siguiente llegaron en un auto compacto con la cajuela llena de maletas y juguetes. Los recibí en la entrada como siempre. El padre me saludó, la madre con una sonrisa cansada. El niño corrió directo al patio y empezó a dar vueltas. Se veían tranquilos, agradecidos de encontrar una casa con suficiente lugar para moverse. Les expliqué todo. La primera noche no tuve contacto con ellos más allá de un mensaje breve en la aplicación. Decían que todo estaba en orden. La segunda noche, cerca de la medianoche, mi celular vibró con un mensaje. Era de la madre. Lo abrió con un tono urgente.« Por favor, venga lo antes posible. Es necesario». El mensaje me puso tenso.

13:09 Respondí de inmediato preguntando si había algún problema con el gas, con la luz o con el agua. Contestó« No».« Venga, por favor». Es urgente. No perdí tiempo. Me subí al coche y manejé hasta la casa. Al llegar, encontré a la pareja afuera, de pie junto a la banqueta. El padre cargaba al niño, que lloraba sin parar, con el rostro enrojecido. La madre caminaba de un lado a otro, nerviosa. Apenas me vieron, se acercaron con prisa. El padre fue directo. Aquí adentro pasan cosas. Yo traté de mantener la calma y les pedí que me explicaran. La madre habló primero. Dijo que después de acostar al niño, ellos se quedaron en la sala conversando. A media charla, escucharon claramente risas en el pasillo. Risas cortas, como de niños jugando. Se levantaron de inmediato para revisar, pensando que el suyo se había levantado, pero lo encontraron profundamente dormido en la cama.

14:08 Mientras me contaban, el niño seguía llorando, aferrado al cuello de su padre. Entonces, él agregó lo que más me inquietó. En la madrugada, la televisión se encendió sola, no con un canal cualquiera, sino con estática, llenando la sala con aquel sonido. No tenían el control remoto en la mano, estaba en la mesa de centro. Apagaron la televisión y minutos después volvió a encenderse sola. La desenchufaron por miedo. Yo me quedé callado, sin saber qué decirles. No era la primera vez que alguien se quejaba de la casa. Pero ahora había detalles concretos, risas, televisión encendida, estática. Los dos hablaban con seriedad y el niño no dejaba de llorar.

14:53 Traté de tranquilizarlos diciendo que quizá había una falla eléctrica que podía mandar un técnico a revisar. El padre se negó.« Esto no es la luz. No queremos seguir aquí». Me entregaron las llaves en la banqueta. La madre me tomó del brazo antes de irse. Quiso explicarme mejor porque no estaban dispuestos a quedarse ni una noche más. Dijo que apenas lograron calmar al niño, él les contó entre sollozos que alguien lo había despertado. no era un ruido ni un sueño afirmó que había visto a un señor sentado en el sillón de la sala mirándolo sin hablar lo describió con palabras sencillas pero claras un señor que no se movía sólo estaba ahí al escuchar eso sentí un escalofrío que preferí disimular Les pedí que esperaran, que me dieran la oportunidad de revisar. Entré a la casa y encendí todas las luces del pasillo y la sala. Caminé despacio, revisando cada rincón, abriendo las puertas y asomándome al patio.

15:55 No había nadie. El sillón estaba en su lugar, con los cojines acomodados como siempre. Traté de mostrarles que todo estaba normal, que tal vez el niño había soñado. Pero el padre no se dejó convencer. Yo intenté responder con lógica. pero se notaba que habían tomado una decisión definitiva el niño lloraba otra vez aferrado a su madre no quisieron esperar ni al amanecer recogieron sus cosas con prisa metiendo la ropa a las maletas sin doblar guardando juguetes a medias y en menos de media hora ya estaban subiendo al coche me entregaron la llave el padre apenas dijo revise bien porque algo hay aquí adentro los vi alejarse con las luces del coche perdiéndose al final de la calle me quedé parado frente a la casa con las llaves en la mano. No era la primera vez que alguien mencionaba lo mismo. Pasos, risas, sombras en la sala.

16:54 Y ahora, un niño hablando de un señor sentado en el sillón. Decidí entrar para cerrar todo y asegurarme de que no hubiera quedado nada encendido. Caminé hasta la sala, apagando una lámpara y acomodando un cojín que había quedado fuera de lugar. Fue entonces cuando escuché un golpe fuerte detrás del sillón grande, un golpe tan claro que me detuve de inmediato. El sonido no era de una rama o de un objeto cayendo, fue como un puñetazo directo contra la pared. El corazón me latía con fuerza, pero reuní valor y moví el sillón hacia adelante con esfuerzo, arrastrándolo por el piso. Revisé el espacio detrás. No había nada, solo polvo y la pared lisa, sin marcas ni grietas.

17:40 Pasé la mano sobre la superficie buscando alguna señal que explicara el ruido. Nada. Me quedé unos segundos ahí, con el sillón a medio mover. Finalmente lo empujé de nuevo a su lugar. Tomé aire y decidí que ya no tenía sentido seguir buscando. Cerré puertas, bajé interruptores y aseguré la entrada con llave. Al salir a la calle, entendí que tenía que pensar seriamente qué hacer con la propiedad. No era normal que más de un huésped me hablara con tanto miedo, ni que yo mismo hubiera escuchado ruidos que no podía explicar. Después de lo que pasó con la pareja y su hijo, no quise dejar el asunto sin atender. No podía seguir recibiendo huéspedes con la idea de que algo raro estaba ocurriendo en la casa. No se trataba solo de quejas, ya eran coincidencias demasiado específicas.

18:31 Todo giraba alrededor de la sala, como si ese espacio concentrara lo extraño. Acudí a una parroquia cercana. Hablé con el sacerdote y le expliqué que tenía una casa en renta donde los inquilinos se sentían incómodos por ruidos y cosas sin explicación. No le conté con detalle solo lo necesario. Él me escuchó en silencio con la calma de alguien acostumbrado a esas consultas. me dijo que no perdía nada con una bendición y aceptó acompañarme. Al día siguiente lo llevé a la casa. Entramos por la sala y él sacó un pequeño frasco con agua bendita. Recorrió cada cuarto despacio, rociando las paredes y murmurando oraciones claras, en voz fuerte.

19:14 En la recámara principal levantó la cruz de mano y repitió un rezo que no reconocí. Pasamos a la cocina y al patio, donde insistió en echar agua en las esquinas y en el desagüe. Terminó en la sala frente al sillón grande. Allí se detuvo unos segundos más, como si pensara en qué palabras decir. Finalmente levantó la voz y pidió paz para el lugar. Yo lo observaba con atención, esperando que ocurriera algo, un ruido, un movimiento, cualquier señal. Pero todo permaneció tranquilo. No hubo murmullos ni sombras, solo el olor del agua y las palabras del sacerdote. Al terminar, me dijo que ya estaba bendecida y que, si lo que pasaba era producto de nervios o sugestión, eso bastaría para darme tranquilidad. Le agradecí y lo acompañé a la puerta.

20:07 Caminó hasta la esquina sin mirar atrás. Me quedé con una sensación de alivio. como si por fin hubiera hecho algo concreto para resolver el problema. Esa misma noche decidí quedarme un rato en la casa para comprobar que todo estuviera bien. Encendí la televisión y traté de distraerme con un programa cualquiera. El ambiente se sentía más ligero, o al menos yo lo percibía así. El silencio ya no parecía tan pesado. Me acosté en la recámara más amplia y apagué la luz. Pasaron un par de horas hasta que comencé a adormecerme. Entonces lo escuché como una voz rezando desde la sala. No era la televisión, estaba desconectada.

20:49 No era la calle porque las ventanas estaban cerradas. El sonido venía del mismo lugar de siempre, del sillón grande. Me levanté de golpe, encendí la lámpara de la recámara y caminé hasta el pasillo con el corazón acelerado. Desde allí todavía se escuchaba, como alguien pronunciando palabras que no se entendían. En cuanto encendí la luz de la sala, el murmullo se detuvo. Revisé detrás del sillón, la mesa, las esquinas, nada. Apagué y encendí varias veces las luces, como si así pudiera comprobar que todo estaba bajo mi control. Pero ya no se escuchó nada. Me quedé parado frente al sillón con la idea de que la bendición no había sido suficiente. Esa casa tenía algo más profundo, algo que no se iría con unas cuantas gotas de agua y un rezo. Me fui de madrugada sin atreverme a volver la vista atrás. Decidí quedarme más noches en la casa, no quería seguir viviendo con la duda de si lo que escuchaba eran ruidos comunes o algo peor. Me llevé comida, ropa y me instalé con la idea de permanecer al menos tres noches seguidas. Pensé que, si no pasaba nada en ese tiempo, podría rentarla otra vez sin problemas. La primera noche no ocurrió nada extraño. Revisé cada cuarto, me acosté en la recámara y traté de dormir temprano. No hubo ningún ruido raro, solo con algún ladrido lejano de perros.

22:20 Me convencí de que los murmullos habían sido producto de mi imaginación después de todo lo que me habían contado. Pero en la segunda madrugada, cuando el reloj del celular marcaba casi las tres, los golpes regresaron. Venían de la sala, de la pared detrás del sillón grande. Al principio fueron leves, tres toques seguidos con pausas. Me quedé quieto. esperando que se detuvieran. En lugar de eso, los golpes se hicieron más fuertes, como si alguien empujara desde adentro con los puños cerrados. Me levanté asustado, caminé hasta la sala y encendí la luz. Los golpes seguían, retumbando en la pared.

23:01 Por un instante, tuve la idea de que alguien estaba atrapado allí dentro, intentando salir. Me acerqué con cuidado y apoyé la mano en el muro. Sentí la vibración clara de cada impacto. retrocedí con miedo y me quedé de pie frente al sillón sin saber qué hacer la intensidad fue bajando poco a poco hasta que todo quedó en silencio me quedé mirando la pared hasta que amaneció sin atreverme a volver a la recámara Esa mañana tuve claro que la casa no podía seguir rentándose. Si yo mismo que trataba de mantenerme sereno había sentido ese miedo, no podía exponer a más huéspedes. Pensé en dejarla vacía, cerrada para siempre, aunque eso significara perder dinero. Durante el día hablé con un amigo de confianza. le conté lo que había pasado y le pedí que me acompañara una noche para comprobar que no estaba loco al principio se rió me dijo que era sugestionarse demasiado que todas las casas hacen ruidos pero aceptó ir conmigo más por curiosidad que por otra cosa esa noche nos preparamos con unas pocas cervezas y unas cuantas papas y nos sentamos en la sala a esperar la primera hora transcurrió en silencio él bromeaba decía que el único ruido extraño era mi respiración tensa yo trataba de no responder concentrado en cada sonido de la casa pasada la medianoche los golpes comenzaron tres impactos resonaron en la pared detrás del sillón mi amigo

24:34 dejó de hablar me miró con los ojos abiertos esperando que yo dijera algo antes de que pudiera hacerlo otros golpes retumbaron más fuertes con la misma fuerza que había escuchado la noche anterior nos quedamos inmóviles observando el sillón como si en cualquier momento fuera a moverse el silencio entre golpe y golpe era igual de pesado ya no había bromas ni explicaciones los ruidos no eran normales cuando por fin se calmaron mi amigo se levantó y dijo que no quería pasar otra hora allí recogió sus cosas y me pidió que lo llevara a su casa de camino no habló nada y al despedirse sólo dijo que no quería volver a pisar ese lugar me quedé solo otra vez con la confirmación de que no era mi imaginación.

25:24 Alguien más había escuchado lo mismo, y aunque ya no estaba solo. Después de lo ocurrido con mi amigo, comprendí que no podía dejar el asunto a medias. Si quería seguir rentando la casa, necesitaba entender qué estaba pasando. Abrí mi cuenta de Airbnb y comencé a revisar los comentarios antiguos de otros huéspedes. Hasta ese momento solo había leído lo positivo, los mensajes visibles en la aplicación. Pero al ver con más atención descubrí que entre las reseñas favorables había frases vagas que nunca tomé en serio. Una pareja de hace meses había escrito que la casa estaba agradable aunque con algunos ruidos raros en la noche. Otra familia mencionaba que el lugar era cómodo, pero que el ambiente se sentía incómodo a veces. Palabras que en su momento pasé por alto, convencido de que eran simples observaciones menores.

26:20 Seguí leyendo. Ninguno de los huéspedes anteriores se había quedado más de tres noches. Todos reservaban por una semana o más, pero pedían salir antes justificando que tenían cambios de planes o que necesitaban moverse de zona. No me había parecido extraño porque siempre pagaban sin reclamar, pero ahora entendía que había algo más detrás de esas salidas apresuradas. Recordé un comentario en particular. Un huésped había escrito que durante su estancia pidió mover los muebles de la sala porque no le gustaba cómo estaban acomodados. Nunca lo pensé como algo importante, pero ahora me hacía sentido. Todos los relatos, los ruidos y las sombras apuntaban al mismo lugar. la sala y sobre todo el sillón grande. Una mañana, con el sol iluminando bien la casa, cerré las cortinas del resto de las habitaciones y me concentré en la sala. Comencé a mover el sillón. Era pesado, con los cojines y el armazón de madera. Lo arrastré poco a poco, levantando polvo del suelo. Al separarlo de la pared, vi telarañas acumuladas y manchas de humedad, Pero lo que llamó mi atención fue un objeto extraño pegado en la parte baja, casi oculto entre el rodapié y la madera del mueble. Estaba envuelto en una cuerda, apretado como si lo hubieran colocado allí para que no se moviera. Me agaché y con cuidado jalé hasta que logré sacarlo. Era una tabla ouija

27:51 de madera, ennegrecida. Tenía marcas en la superficie, letras y símbolos grabados a mano, algunos ilegibles, otros con formas que parecían cruces torcidas y círculos unidos por líneas. El tacto era rasposo y despedía un olor a tierra húmeda mezclada con algo rancio. Me quedé observando la tabla. Alguien lo había colocado allí con intención. y todo apuntaba a que lo que ocurría en esa sala, los ruidos y los murmullos, tenían relación directa con ese pedazo de madera, no era basura olvidada, alguien quiso asegurarse de que permaneciera escondida. De inmediato pensé en los huéspedes anteriores, tal vez alguno de ellos la había traído, y al asustarse con lo que despertó, prefirió abandonarla y cubrirla, o quizá fue alguien antes de mí, alguien que ya sabía lo que podía provocar, por primera vez sentí un miedo real entendí que lo que pasaba en esa casa no era algo que pudiera resolverse con una bendición o con limpiar el lugar estaba frente a un objeto cargado de algo que escapaba de mi control no sabía si quemarla, tirarla o enterrarla ninguna opción me parecía segura Finalmente decidí envolverla. Busqué bolsas de plástico en la cocina. La cubrí con varias capas y até la abertura con cinta adhesiva. No quise dejarla a la vista, así que la guardé en una caja y la dejé

29:21 en la basura. Esa noche no dormí. Me quedé pensando en quién habría jugado con esa tabla, en qué momento la dejaron ahí.¿ Y en qué era exactamente lo que se había quedado dentro de la casa desde entonces? Desde ese día decidí que la casa ya no volvería a rentarse. Cerré el calendario en la aplicación y eliminé la publicación. No di explicaciones ni a la plataforma ni a los vecinos que me preguntaron por qué ya no veía llegar huéspedes. Solo dije que había tenido problemas con el mantenimiento y lo dejé así. Nadie necesitaba saber lo que había encontrado detrás del sillón. Lo peor era no saber quién había traído la ouija, ni cuándo la usaron por última vez.

30:07 No podía rastrear en qué momento exacto apareció en la casa, ni qué personas habían estado jugando con ella antes de dejarla escondida. La pregunta más aterradora era qué habían invocado. porque estaba claro que algo quedó ahí algo que respondía con golpes con murmullos con la sensación constante de no estar solo Viajamos a otra ciudad por el trabajo de mi esposo. Tenía que pasar una semana en una oficina del gobierno, y en lugar de quedarse solo, decidimos acompañarlo. Reservamos una casa en Airbnb porque nos salía más barato que un hotel, y además así los niños tendrían espacio para moverse. Mi madre también vino con nosotros. Decía que quería ayudarnos con los pequeños y conocer otro lugar. La casa estaba en una colonia tranquila, con calles angostas y pocas tiendas cerca. Por fuera se veía sencilla, con portón de lámina y paredes pintadas de blanco. Al entrar, lo primero que encontramos fue una sala pequeña con un sillón en forma de L, una mesa de centro de madera y un televisor viejo sobre un mueble bajo. La cocina quedaba enseguida, equipada con lo justo. Estufa, refrigerador, un par de repisas. Tenía dos recámaras, una con cama matrimonial y un closet amplio, y otra más reducida con solo una litera y un buró. Al fondo estaba el patio, amplio

31:39 pero descuidado, con la barda sin repellar y macetas vacías tiradas en un rincón. En medio del patio había un bulto cubierto con una lona negra. Pensamos que era material de construcción o algo arrumbado, así que no le dimos importancia. Nos repartimos el espacio. Mi esposo dijo que dormiría en la sala para aprovechar la mesa como escritorio y poder trabajar de noche. Yo me quedé en la recámara principal con los niños y mi madre se acomodó con nosotros en un colchón inflable. La otra habitación la usamos para guardar las maletas. La primera noche fue tranquila. Cenamos, vimos un rato la televisión y nos acostamos temprano. Los niños cayeron rendidos después del viaje. Afuera apenas se escuchaban algunos perros y el ruido lejano de un coche. A la mañana siguiente, mientras barría el patio, me acerqué al bulto cubierto con la lona. toqué la tela y noté que debajo no había escombros ni cajas sino algo acomodado con cuidado me agaché y levanté la lona por una esquina debajo estaba un altar lo primero que vi fue la figura de la santa muerte del tamaño de un niño pequeño con túnica blanca manchada de cera y polvo en la base a su alrededor había veladoras apagadas vasos de plástico con líquidos secos pegados al fondo collares de cuentas y un cigarro partido a la mitad todo estaba colocado de manera ordenada como si alguien hubiera usado el altar

33:13 recientemente sentí un miedo como si hubiera destapado algo que no debía llamé a mi madre y a mi esposo cuando llegaron y vieron la reacción fue distinta en cada uno él se encogió de hombros y dijo que seguramente era del dueño de la casa que no tenía caso alterarse trató de minimizarlo mi madre se quedó parada frente al altar con una expresión que no le había visto antes no retrocedió ni se persignó al contrario apartó más la lona y comenzó a observar con detalle las veladoras el polvo y los objetos yo estaba tensa los niños que habían salido detrás de ella se asomaron y enseguida corrieron a esconderse detrás de mí Preguntaban qué era esa figura y yo no sabía qué responder. Tapé otra vez el altar con la lona. Regresamos a la sala en silencio.

34:05 Yo no podía dejar de pensar que íbamos a dormir en una casa donde alguien había dejado un altar de la Santa Muerte en el patio. Desde ese primer día noté que mi madre se había quedado inquieta con lo del altar. Al principio pensé que solo había sido impresión, pero no. La encontré varias veces en el patio, levantando la lona y quedándose de pie frente a la figura. Una mañana, mientras preparaba desayuno, escuché el arrastre de una silla, y cuando salí la vi sentada frente al altar, acomodando veladoras que habían quedado a medio consumir. Tomaba unas con más cera que otras y las ordenaba por tamaños, limpiando con un trapo viejo las que tenían el vidrio manchado.

34:49 Le pregunté qué hacía. Me respondió que no podía dejarlo sucio, que si el altar estaba ahí era por algo. y que lo mínimo era mantenerlo presentable. No supe qué contestar, me enojaba verla actuar así. Esa misma tarde volví a encontrarla murmurando palabras, como rezos improvisados. No eran oraciones completas, solo frases cortas, pero lo hacía con una seriedad que me preocupaba. Discutimos, le dije que no quería problemas, que no era nuestra casa y que no debíamos meternos con esas cosas. Ella me respondió que lo peor sería ignorarlo, que si alguien había dejado ese altar no podíamos descuidarlo porque traeríamos desgracias encima. Mi esposo al enterarse no le dio importancia, dijo que todo era superstición, que no había que perder tiempo con eso. Comentó que si la figura estaba ahí era porque el dueño no la había querido mover, nada más, y que nosotros no debíamos alterarnos por cosas que no creíamos. Él decía que la fe de cada persona era respetable, pero que no tenía por qué afectarnos a nosotros. Yo quise creerle, aunque no estaba tranquila. Los días avanzaron y la actitud de mi madre se volvió más insistente. Cada mañana salía al patio, quitaba la lona y limpiaba alrededor. En una ocasión hasta le pasó la escoba a los bordes recogiendo polvo y hojas secas. Encendió

36:23 una veladora que había encontrado entre las demás y se quedó ahí, observando la flama. Los niños empezaron a preguntarme qué hacía la abuela y yo no sabía qué responder. Les decía que solo estaba ordenando cosas, pero notaba que se sentían incómodos. Ellos evitaban salir al patio, preferían quedarse en la sala o en la recámara. Una noche me levanté a la cocina por un vaso de agua y encontré la alacena abierta. Yo la había cerrado antes de acostarme. En el fregadero había un plato con restos de comida, cuando no habíamos usado ninguno. Pensé que quizás había sido mi madre, pero al preguntarle en la mañana lo negó.

37:08 Dijo que ella no había tocado nada. Ese mismo día, mientras acomodaba la despensa, me di cuenta de que faltaban dos panes de caja. No tenía sentido. Todos aseguraban no haberlos tomado. Mis hijos no mienten con cosas así y mi esposo casi no comía en la casa. El detalle me dejó pensando. Traté de comentarlo con él. Me escuchó, pero de nuevo lo minimizó. Dijo que yo misma debía haber olvidado cerrarla a la cena y que seguramente alguien comió el pan y no lo dijo. Me molestó porque yo estaba segura de lo que había visto. Lo relacioné de inmediato con el altar, hasta pensé que mi madre pudo haberlos puesto como ofrenda, pero al ir a revisar el altar... No había nada nuevo ahí, solo estaba limpio el altar. Sentía que, desde que mi madre lo había empezado a atender, las cosas se estaban moviendo solas en la casa. Cuando se lo dije, ella me miró seria y respondió que no debía hablar mal de la figura, que si pasaban cosas extrañas era porque necesitábamos respeto. Ese día sentí que me quedaba sola en medio de todo.

38:18 Ni mi esposo ni mis hijos querían hablar del tema. Y mi madre estaba cada vez más metida en sus rutinas alrededor del altar. Y yo veía señales en cada rincón. Una puerta mal cerrada. Un vaso fuera de lugar. Los pasos que escuchaba de madrugada en la cocina. Todo parecía apuntar a lo mismo. Esa madrugada me despertaron mis hijos. Escuché un llanto. Me levanté rápido y vi que los dos estaban sentados en el colchón inflable, con la cobija hasta la barbilla. Les pregunté qué pasaba. El mayor me dijo que habían visto una sombra en la esquina del cuarto, justo donde la pared se juntaba con el clóset. yo encendí la lámpara de la mesa y revisé pero no había nada les expliqué que podía ser un reflejo que no se preocuparan ellos insistieron en que era una figura alta que se había quedado parada mirándolos unos segundos antes de desvanecerse Los calmé como pude y traté de que volvieran a dormir, pero yo ya no pude cerrar los ojos.

39:22 Me quedé despierta, mirando la pared que ellos señalaban. No vi nada más. En la mañana, le conté a mi madre lo que habían dicho los niños. Ella, lejos de sorprenderse, me respondió que no debíamos hablar mal del altar, que había que respetarlo. Agregó que, cuando una figura así estaba presente, lo peor era mostrar rechazo. Sus palabras me incomodaron. Sentí que estaba más preocupada por el altar que por sus nietos. Ese día, cada rincón de la casa me parecía sospechoso. El pasillo que llevaba al patio se veía más oscuro, la sala más silenciosa, la cocina desordenada aunque yo acababa de limpiarla. No sabía cómo explicarlo, pero era como si la casa hubiera cambiado desde que descubrimos lo que había bajo la lona. Esa noche, cuando todos se fueron a dormir, me quedé despierta un rato más. Escuché golpes leves en el patio. No eran fuertes ni seguidos, pero sonaban como pisadas lentas, como si alguien caminara alrededor del altar cubierto.

40:28 Me asomé por la ventana con cuidado. El patio estaba oscuro, apenas iluminado por la luz de la calle que entraba por la rendija del portón. No vi a nadie, pero los golpes continuaban, con intervalos, hasta que se detuvieron de repente. Me regresé a la recámara con el corazón acelerado por el miedo. pensé en despertar a mi esposo pero preferí no hacerlo porque él siempre se burlaba de mis preocupaciones me acosté junto a los niños abrazándolos y así me quedé hasta el amanecer cuando salimos al patio a barrer mi madre fue la primera en notarlo una de las velas que el día anterior estaba apagada ahora tenía la mecha negra y derretida como si hubiera estado encendida durante la noche nadie de nosotros la había prendido Yo me quedé mirando la cera corrida en el vidrio, sintiendo un escalofrío.

41:23 Mi madre lo tomó como una señal de que el altar estaba vivo y debía cuidarse más. No respondí, solo me limité a cubrir otra vez la figura con la lona, aunque ya nada podía borrarme de la cabeza lo que había pasado. Mis hijos hablaban en voz baja, decían que no querían dormir en ese cuarto otra vez porque sentían que alguien los observaba. Mi esposo trataba de tranquilizarlos diciendo que eran sueños, que el cambio de casa los ponía nerviosos. Pero yo estaba convencida de que lo que pasaba no era un simple sueño ni una coincidencia. La casa se sentía cargada de algo. Los días siguientes se volvieron más pesados.

42:06 Yo notaba como mi esposo ya no estaba tan tranquilo como al principio. Al inicio se reía de mí y decía que eran ideas mías, pero empezó a cambiar cuando vio el comportamiento de mi madre. cada mañana apenas amanecía ella salía al patio quitaba la lona y se quedaba frente a la figura al principio sólo limpiaba y acomodaba velas pero después comenzó a hablar en voz baja como si mantuviera una conversación movía las manos con gestos lentos y se quedaba minutos enteros sin parpadear fija en la santa muerte mi esposo la observaba desde la cocina fingiendo tomar café pero ya le incomodaba una noche mientras guardábamos los trastes me dijo que algo estaba mal con mi madre que no era normal pasar tanto tiempo en un altar que ni siquiera era suyo. Yo le respondí que lo sabía, pero que no conseguía convencerla de dejar de hacerlo.

43:05 Los niños también cambiaron. Ya no querían dormir en la recámara. Decían que en la oscuridad veían sombras cerca del clóset. terminaban arrinconados en la cama conmigo tapados hasta la cabeza una tarde me rogaron que nos fuéramos que no querían pasar otra noche allí yo los abracé y les prometí que todo iba a estar bien una noche escuchamos pasos en la sala pesados como si alguien caminara de un lado a otro arrastrando los pies Lo extraño era que mi esposo estaba dormido allí, en el sillón. Me quedé paralizada en la cama, esperando que él reaccionara, pero los pasos no se detenían. No sé cuánto tiempo pasó hasta que abrí los ojos y vi la sombra de mi esposo parado frente a la puerta de la recámara. Estaba sentado en una silla, inmóvil, con la vista fija en la entrada. Me levanté despacio y le pregunté qué hacía allí.

44:03 Me dijo que se había despertado porque escuchó cómo abrían la puerta del patio. No un intento, sino el sonido claro de la chapa girando y el portón crujiendo. Había salido al pasillo, pero no encontró a nadie. Desde entonces prefirió quedarse cerca de nosotros porque no quería pasar otra noche solo en la sala. A la mañana siguiente, lo peor fue ver el altar. No estaba como lo habíamos dejado. Tenía ofrendas nuevas, una manzana roja, un paquete de cigarros sin abrir y una vela recién encendida. Nadie de nosotros había puesto esas cosas. Solo mi madre permanecía callada, con los ojos clavados en la figura. Sentí que la casa ya no era solo un lugar rentado, sino un espacio ocupado por algo más. Mi madre parecía cada vez más ausente, como si viviera pendiente solo del altar. Ya casi no hablaba con los niños ni conmigo. Pasaba largas horas en el patio, sentada frente a la figura, como si esperara una respuesta que solo ella escuchaba. Cuando le preguntaba qué hacía, respondía con frases cortas o simplemente se levantaba sin mirarme.

45:16 Una tarde entraron corriendo a la cocina y me dijeron que habían visto a la abuela hablando sola en el patio. Se asomaron por la ventana y la encontraron de pie frente al altar, moviendo los labios, pero no había nadie con ella. Lo describieron con miedo, diciendo que parecía que conversaba con alguien invisible. Cuando ella regresó a la cocina, la enfrenté. Le pedí que dejara de tocar el altar, que no lo limpiara más ni prendiera velas. Le recordé que no era nuestro, que estábamos de paso, y que lo único que estaba logrando era asustar a los niños. Al principio me escuchó en silencio, con los ojos fijos en la mesa. De pronto levantó la voz como nunca lo había hecho conmigo. Me dijo que no entendía nada, que si no lo atendíamos las desgracias caerían sobre todos, que lo peor que podíamos hacer era darle la espalda.

46:14 Discutimos fuerte. Yo le grité que prefería irme de la casa antes de permitir que mis hijos siguieran viendo lo que hacía. Ella golpeó la mesa con la palma abierta y dijo que nadie iba a moverla de ahí. Parecía otra persona defendiendo algo que ni siquiera le pertenecía. Mi esposo intentó calmar las cosas, pero solo empeoró. Ella se fue al patio y se quedó allá hasta tarde, de nuevo frente al altar. Yo me encerré con los niños en la recámara. Esa noche fue imposible dormir. A la medianoche comenzaron los murmullos. Al principio pensé que era mi madre rezando afuera, pero pronto me di cuenta de que no era una sola voz. Eran varias, bajas, mezcladas. Venía de diferentes puntos de la casa, del pasillo, de la sala, incluso de la cocina. Mi esposo se levantó de golpe y se quedó de pie escuchando lo mismo que yo.

47:10 Los niños lloraban tapándose los oídos. El murmullo duró varios minutos, hasta que se fue apagando poco a poco. Cuando todo quedó en silencio, yo ya no podía dejar de temblar. Por primera vez lo que más miedo me dio no fue el altar, sino mi propia madre. Su voz había estado entre esas oraciones, la reconocí, pero no era la única. Y pensar que ella estaba del otro lado de la puerta, participando o escuchando. Me llenó de una desconfianza que jamás había sentido hacia alguien tan cercano. Me desperté de golpe a mitad de la madrugada. No supe qué hora era, pero el silencio en la casa era tan profundo que escuchaba el respiro agitado de los niños a mi lado.

47:57 Me giré apenas y fue entonces cuando vi a mi madre estaba inclinada sobre ellos. Tenía el cuerpo doblado hacia adelante, con el cabello suelto cayéndole sobre el rostro. Estaba tan cerca de los niños que parecía olfatearlos, como si aspirara su aliento mientras dormían. Permanecía quieta, solo con el leve movimiento de su cabeza acercándose a uno y luego al otro. Me asusté mucho. Quise levantarme, pero el miedo me hizo quedarme sentada en la orilla de la cama. Apenas pude hablar. Le dije su nombre en voz baja, temblando. Ella reaccionó. Levantó la cabeza de golpe y volteó hacia mí. Su mirada era extraña. Los ojos muy abiertos, brillando por la luz tenue de la lámpara, y la expresión rígida, sin emoción.

48:47 No dijo nada. se levantó lentamente alisándose el vestido con las manos y sin mirarme volvió la espalda salió de la habitación en silencio con pasos lentos me quedé dudando unos segundos antes de seguirla no quería despertar a los niños ni asustarlos más pero tampoco podía permitir que mi madre anduviera de esa manera por la casa Abrí la puerta apenas lo necesario para no hacer ruido y caminé detrás de ella cuidando que no notara mi presencia. La vi entrar al baño del pasillo y cerrar la puerta con fuerza. Me acerqué y golpeé con los nudillos preguntándole qué hacía a esas horas. No respondió. Insistí diciendo su nombre varias veces. Del otro lado solo se escuchaban golpes suaves, rítmicos, como si diera cabezazos contra la pared o golpeara con las manos la superficie del lavamanos. No eran golpes fuertes, pero sí repetidos, constantes, con un sonido que retumbaba en el pequeño baño. El silencio del pasillo hacía que cada golpe se escuchara más claro. Me quedé pegada a la puerta con la garganta apretada. La llamé otra vez, casi suplicando.

49:59 No obtuve respuesta, solo ese golpeteo. Retrocedí un poco, mirando la rendija de luz que se filtraba bajo la puerta. No tuve el valor de abrir. Me quedé allí, en medio del pasillo, esperando a que saliera o a que el ruido cesara. Los niños amanecieron calientes, con la piel ardiendo al tacto. Primero fue el mayor, Se sentó en la cama con los ojos llorosos y dijo que le dolía el estómago. Antes de que pudiera levantarse, vomitó sobre la cobija. Fui por toallas, por un balde y por agua. Mientras limpiaba, el pequeño empezó a temblar. Le puse la mano en la frente y sentí la fiebre hirviendo. Les di gotas. Intenté que bebieran sorbos de suero y me quedé a su lado. Desde que mi madre lo destapó, desde que lo tocó y le habló, la casa se había llenado de cosas que no sabíamos cómo nombrar. Mi esposo entró apurado, vio a los niños, vio el balde, vio mi cara. No me preguntó nada, dijo que nos íbamos hoy mismo, que buscáramos un hotel, un cuarto, lo que fuera. Asentí, aliviada por primera vez con su decisión.

51:07 Cerramos la maleta sin doblar nada. Mi esposo pidió un taxi y yo vestía a los niños todavía calientes, con chaquetas y gorras. No miré al patio. Pasamos frente a la sala en silencio y al abrir el portón entró aire frío, como si hubiéramos destapado una habitación cerrada por años. En la clínica les bajaron la fiebre y nos recomendaron reposo. Conseguimos habitación por dos noches en un hotel sin ventana y cuando los niños por fin durmieron yo también me dejé caer. No soñé, solo sentí que por dentro me seguía zumbando la casa. Regresamos a nuestra ciudad al día siguiente. Una semana después, cuando los niños ya comían normal y el color les había vuelto a la cara, cité a mi madre en la cocina, puse dos vasos de agua y le pedí que me escuchara sin interrumpir. Le conté todo.

51:59 La madrugada en que la vi inclinada sobre los niños, el cabello tapándole el rostro, acercando la nariz a su aliento como quien busca un olor. Cómo le hablé y volteó con esa mirada dura. Cómo salió sin decir palabra y se encerró en el baño a golpearse despacio contra algo que no quise abrir. Mi madre se llevó la mano a la boca. negó con la cabeza primero como gesto automático y luego se quedó quieta mirando un punto en la mesa no me acuerdo dijo al final me pidió perdón sin levantar la vista desde ese día mi madre fue a la iglesia varias veces no me pidió que la acompañara iba sola por las tardes se sentaba atrás y se quedaba largo rato con las manos juntas habló con el sacerdote No le contó detalles, solo dijo que tenía miedo de haber traído algo a la familia.

52:51 Regresaba callada, con un folleto de oraciones en el bolso y una botellita de agua bendita que roció en las puertas y en las camas de los niños. Guardó en una caja los collares y estampitas que llevaba siempre, y dejó de mencionar altares, promesas o limpiezas. Cuando le pregunté si había vuelto a soñar con la casa, dijo que no quería recordar, que aprendería a callarse antes de destapar lo que no le correspondía. Nosotros hicimos lo mismo. Ya no tomamos casas con patios desconocidos. Revisamos cada habitación al llegar, cada puerta, cada bodega. Mis hijos duermen conmigo cuando viajamos y mi esposo no vuelve a quedarse en la sala.

53:36 Si alguien nos deja algo en un rincón, lo dejamos cubierto y nos vamos. No tocamos. Era un sitio donde alguien dejó puesto algo que no debimos tocar ni mirar. Viajamos un fin de semana a una ciudad mediana para descansar y conocer algunos sitios. Yo reservé un departamento en Airbnb no muy lejos del centro. Las fotos mostraban un lugar sencillo, con sala pequeña, cocina equipada y dos recámaras. El precio era más bajo que otros anuncios, así que lo elegí sin pensarlo demasiado. Al llegar, nos recibió el rentador.

54:19 Era un hombre de unos 40 años, delgado, con barba descuidada. Nos entregó las llaves en la entrada y nos acompañó para mostrarnos el lugar. El edificio era viejo, con paredes descascaradas y un elevador que no funcionaba. Subimos por las escaleras hasta el tercer piso. Al abrir la puerta, el departamento se veía parecido a las fotos. Los muebles eran usados, pero cumplían. Había una mesa redonda de madera con dos sillas, un sillón de tela gastado y un televisor pequeño sobre un mueble bajo. La cocina estaba limpia, con lo necesario para cocinar. Al fondo estaban las dos recámaras. Una tenía la puerta abierta, cama matrimonial, buró, cortinas verdes y un ropero de madera. La otra estaba cerrada con llave. El rentador nos señaló esa puerta y dijo que no debíamos abrirla porque estaba en remodelación. Agregó que guardaba ahí algunas cosas de su familia y que no quería que se movieran.

55:19 Nos instalamos, dejamos las maletas en la habitación principal y salimos a cenar. Esa primera noche todo fue normal. Dormimos bien, sin ruidos molestos, salvo el tráfico lejano de la avenida. La segunda mañana me levanté antes que ella para preparar café. Noté que faltaban dos panes dulces que habíamos comprado la noche anterior. Pensé que quizá los había comido ella en la madrugada. Cuando le pregunté, me dijo que no. Rebusqué en la bolsa, pero solo quedaba uno. Salimos a recorrer la ciudad y volvimos entrada a la tarde. En la cocina había algo raro. La tapa del frasco de café estaba mal puesta, y la cuchara dentro del azucarero tenía restos húmedos. Pregunté si lo había usado ella. Negó con la cabeza.« Yo tampoco lo había hecho». sentimos una incomodidad pero nos convencimos de que tal vez yo había dejado mal las cosas antes de salir esa noche mientras veíamos televisión escuchamos un ruido leve proveniente del pasillo como un roce en la pared Me levanté y revisé, pero no vi nada. La puerta cerrada estaba en silencio, igual que siempre.

56:32 Volví al sillón. Al tercer día desapareció una camiseta mía que había dejado doblada sobre la cama. La buscamos entre la ropa y en la maleta, pero no estaba. Ella dijo que quizás la había dejado en la lavandería de la esquina, donde habíamos ido a dejar algunas prendas, pero yo estaba seguro de que la había tenido en la habitación. A las dos de la madrugada escuchamos pasos lentos en el pasillo. Me levanté con cuidado y encendí la luz de la sala. El departamento estaba vacío, pero al revisar la cocina noté que la puerta del refrigerador estaba mal cerrada y una botella de agua estaba en el piso. Regresé a la habitación y le conté lo que vi, ella se asustó y dijo que llamáramos al rentador, le respondí que no tenía sentido a esa hora, que probablemente él no contestaría, decidimos esperar a la mañana, a la mañana siguiente al revisar el refrigerador faltaba un yogur y unas galletas, los dos estábamos seguros de que no los habíamos comido. Ella me dijo que no quería seguir en ese lugar, que algo no estaba bien. Yo traté de mantener la calma, pero por dentro compartía su miedo. Lo único que se repetía en mi cabeza era la puerta cerrada con llave. El rentador había insistido en que no la abriéramos porque estaba en remodelación. Esa mañana hablamos en serio sobre lo que pasaba. Ella me dijo que no pensaba quedarse otra noche, que prefería perder el dinero de

58:02 la reserva antes que seguir en un sitio donde desaparecían cosas y alguien entraba al refrigerador mientras dormíamos. Yo traté de tranquilizarla, diciendo que podía haber otra explicación. Lo que no podía sacarme de la cabeza era la recámara cerrada. Desde el primer día, esa puerta nos había parecido normal, pero ahora cada detalle parecía sospechoso. Estaba pintada de blanco, con la pintura más gastada que en el resto del departamento. La chapa era vieja, de la tono opaco, y tenía marcas de rayones alrededor. No había ruidos cuando nos instalamos, pero ahora parecía que todo venía de ahí. Antes de tomar cualquier decisión, queríamos comprobar si los ruidos provenían de esa recámara. Ese día salimos como siempre a caminar por la ciudad, pero ya no disfrutamos igual. La conversación giraba en torno al Airbnb, a lo que podía haber detrás de esa puerta, a lo absurdo de quedarnos un día más solo para comprobarlo. Volvimos antes de que oscureciera. En la sala intentamos relajarnos viendo televisión, aunque ninguno prestaba atención.

59:13 Dejamos la cocina ordenada, la puerta del refrigerador bien cerrada y hasta anotamos lo que había adentro. La idea era verificar a la mañana siguiente si algo volvía a faltar. A las 11 apagamos la televisión y nos fuimos a la habitación. Cerramos la puerta con seguro y dejamos una lámpara encendida. Dormimos inquietos, despertando cada hora. Cerca de las 2 de la mañana, un ruido nos hizo abrir los ojos al mismo tiempo. Venía del pasillo. Nos quedamos en silencio. Después se escuchó otro golpe, más bajo, como si algo se arrastrara. Esta vez no había duda. Provenía de la recámara cerrada. Me levanté despacio y acerqué el oído a la puerta de nuestra habitación. Ella me siguió. Del otro lado del pasillo se escuchaba un movimiento rítmico, como de alguien caminando en círculos dentro de ese cuarto. Mi primera reacción fue querer abrir la puerta de inmediato. Pero ella me tomó del brazo y me susurró que no lo hiciera. Me dijo que llamáramos al rentador. Eran las dos y media de la madrugada. Marqué el número que había en la aplicación.

1:00:23 Sonó varias veces antes de que alguien contestara. Era él, con voz adormilada. Le expliqué lo que pasaba. Los ruidos, las cosas faltantes. lo que estábamos escuchando en ese momento. Guardó silencio unos segundos y luego me dijo con calma que no debía preocuparme, que no había nadie más en el departamento y que la recámara seguía en remodelación. Añadió que a veces los muebles acomodados contra la pared se vencían y provocaban ruidos. Le respondí que no eran muebles, que eran pasos. Me dijo que si quería podía pasar en la mañana a revisar, pero que a esas horas no iba a ir. Colgué algo enfadado. Mi esposa me dijo que lo mejor era empacar e irnos, aunque fuera a un hotel. Le dije que no nos podíamos ir a esas horas de la noche. Podía ser peligroso, aunque estar en ese departamento también podía ser peligroso. Nos acostamos otra vez, aunque el ruido continuaba de vez en cuando.

1:01:24 A veces parecía un roce contra la pared, a veces pasos cortos y de pronto silencio. Cada vez que nos atrevíamos a movernos en la cama, el sonido se detenía. Salí al pasillo y esparcí un poco de talco que llevaba conmigo, frente a la puerta cerrada y en la cocina. Si alguien pasaba por ahí, quedaría marcado. Pasamos las horas hablando en voz baja, sin poder concentrarnos en nada más. Cada crujido del edificio nos asustaba. Solo se escuchaba el ruido de los carros. Pasaron casi dos horas sin nada extraño. Pensamos que quizá no ocurriría nada esa noche. Pero volvió el mismo sonido. Pasos lentos en el pasillo. Nos miramos sin hablar. Yo me levanté con cuidado y acerqué el oído a la puerta de la recámara. Los pasos eran claros.

1:02:15 Nos quedamos quietos. Esta vez no nos atrevimos a salir. Dejamos que los sonidos se movieran. El roce de algo arrastrándose. Un golpe leve contra la mesa. La tapa del refrigerador que se cerraba. Todo duró varios minutos. Luego, silencio. Pasaron otros tantos sin ruido alguno. Nos quedamos despiertos hasta que amaneció. Cuando entró la luz del día, abrimos la puerta de la habitación y sobre la harina se marcaban huellas. Eran huellas de pies descalzos, delgados, con los dedos hundidos en la capa blanca. Iban desde la recámara cerrada hasta el refrigerador, y de ahí regresaban al mismo lugar. Alguien había salido durante la noche. Ella se llevó las manos a la boca.

1:03:01 Dijo que ya no aguantaba más, que teníamos que irnos de inmediato. Yo tomé fotos con el celular. Las huellas estaban claras una tras otra, dibujadas en la harina como si fueran la firma de lo que habíamos sospechado desde el principio. Revisamos el refrigerador. Faltaba una manzana y un envase pequeño de yogur. La botella de agua otra vez estaba mal cerrada. En el suelo quedaban restos de harina pegados en gotas húmedas, como si esa persona hubiera bebido y luego regresado a la recámara. El resto del departamento estaba intacto. Ella empacó sus cosas con rapidez. No quería esperar más. Me acerqué directo a la recámara cerrada. La chapa estaba vieja y floja. Ella me suplicaba que no lo hiciera, que era mejor irnos. Con la maleta dura en la mano, le di un golpe seco a la chapa.

1:03:55 El metal crujió, pero no cedió. lo intenté otra vez y esta vez se abrió un poco lo suficiente para que la puerta quedara entreabierta un olor rancio salió de inmediato mezcla de humedad y encierro empujé despacio hasta abrirla lo suficiente para entrar el cuarto era pequeño apenas un rectángulo con piso de loseta gris no había señales de remodelación En lugar de eso, había un colchón en el suelo con una cobija sucia arrugada encima. En la esquina, una caja de cartón llena de envolturas de comida, galletas, panes, botellas de agua vacías. Reconocí varias marcas idénticas a lo que habíamos comprado nosotros. Lo que más me heló fue ver algunas de nuestras cosas ahí dentro. Sobre la cobija estaba mi camiseta desaparecida. Junto a la caja había un cepillo que ella había dejado en el baño. En la esquina había una bolsa con dos yogures idénticos a los que habían faltado del refrigerador. Alguien había estado entrando mientras dormíamos y se llevaba lo que quería a ese cuarto Ella entró detrás de mí y se tapó la boca con la mano No había señales claras de esa persona, solo las pertenencias y el colchón Cerré la puerta como pude y le dije que nos largáramos de inmediato. Tomamos las maletas y salimos del edificio. Envié al rentador las fotos de las huellas. Tardó más de una hora en responder.

1:05:26 Cuando por fin lo hizo, su mensaje fue corto.« Que no podía ser, no hay nadie más en el departamento». Esa respuesta me hizo enojar mucho más. Le escribí de nuevo, insistiendo en que alguien estaba usando el refrigerador y caminando por el pasillo. Contestó con evasivas, repitiendo que la otra recámara estaba en remodelación y que ahí no vivía nadie. Desde la esquina le envié al rentador otro mensaje. Le escribí que habíamos visto todo, que esa recámara no estaba en remodelación y que dentro había pertenencias nuestras. Esta vez no respondió. El chat quedó en visto. Ella me pidió que borrara la reserva en la aplicación y que no volviera a escribirle. Yo guardé las fotos y lo que habíamos visto. Pedimos un taxi hacia un hotel céntrico. Pagamos más de lo que habíamos planeado para esa noche, pero era lo único que nos daba seguridad. alguien había dormido a unos metros de nosotros, escuchándonos moverse, robando comida, guardando nuestras cosas como si fueran suyas.