Aug. 7, 2025

CADÁVER Aun Se Movía En La MORGUE Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:02 Yo estaba de guardia esa noche en el CEMEFO. La llamada llegó cerca de las 12 desde una clínica psiquiátrica ubicada en la zona norte. Dijeron que tenían un fallecido para traslado inmediato, hombre sin identificación, entre 30 y 40 años. Había sido internado por episodios de agresividad y pérdida de conciencia de sí mismo. Mencionaron que llevaba poco tiempo hospitalizado, que no tenía familiares registrados y que había muerto durante la madrugada. No dieron más detalles. Solo pidieron que se firmara la recepción del cuerpo. Llegaron 20 minutos después en una camioneta blanca. Dos enfermeros bajaron la camilla. El cuerpo venía cubierto con una sábana limpia, doblada hasta el cuello. La piel de los brazos se veía clara, sin hematomas ni raspones. Tenía el rostro algo tenso, los ojos entreabiertos, la boca torcida hacia el lado derecho. A No presentaba señales externas de violencia ni nada que llamara la atención. Recibí el acta.

1:08 La causa anotada era paro respiratorio bajo observación médica. Hora aproximada de muerte, 3 y 26 de la mañana. No había firma de responsables, solo el nombre del psiquiatra a cargo. Firmé en la parte inferior, sellé el folio y tomé la camilla. El personal se fue sin decir mucho. Solo entregaron el cuerpo y se retiraron. Lo llevé al área de examen preliminar. El pasillo estaba en silencio. Todas las puertas cerradas. Dejé la camilla junto a la mesa de inspección. Encendí la lámpara blanca del soporte superior. Me puse los guantes y coloqué los papeles sobre la charola de instrumentos. Saqué la hoja de observaciones y empecé el registro visual. Retiré la sábana por completo. El cuerpo estaba tibio, no recién fallecido, pero sí más cálido de lo habitual para un ingreso con más de tres horas sin signos vitales. Toqué los brazos.

2:07 Tenía rigidez en los dedos, en los hombros y en las piernas. Las pupilas no respondían a la luz. Revisé el abdomen. Sin inflamación ni movimientos intestinales. La piel sin erupciones. Me incliné sobre el tórax y comencé a abrir la cavidad torácica. Fue que vi un estremecimiento. El corazón se movió. No fue una contracción completa ni una serie de espasmos, solo un temblor. Como si una descarga interna lo hubiera sacudido por un instante. Me quedé inmóvil con las pinzas a medio camino. Nunca me había pasado. Pensé en espasmos post-mortem. Aunque eran raros en etapas tan avanzadas del rigor, me acerqué más. Tomé la linterna pequeña de mano y apunté directo al corazón. Esperé unos segundos. No hubo más movimientos.

2:57 La masa muscular estaba quieta, sin impulsos o contracción alguna. Revisé los bordes, busqué rastros de actividad involuntaria. Todo seguía normal. No había líquidos extraños ni restos de fibrilación. Revisé la mesa de acero por si había estática. Toqué los electrodos, verifiqué los cables, la toma de tierra. Todo estaba en orden, sin corriente residual. Registré el evento en mi libreta. Anoté la hora, el lugar, las condiciones. No sabía si incluirlo en el informe oficial. Podía parecer una exageración o un error por cansancio. Aún así lo escribí. Volví a cerrar la cavidad. Puse los órganos en su sitio, lavé la zona, cosí los bordes y cubrí el torso con la sábana.

3:44 Moví la camilla hacia la cámara de refrigeración. Abrí la compuerta de la tercera gaveta, la que usamos para los cuerpos sin nombre. Deslicé la bandeja, acomodé el cuerpo con cuidado y aseguré los seguros de acero. Anoté el número de entrada en la bitácora y el folio correspondiente en la lista de esa semana. Cerré todo, apagué la lámpara, tiré los guantes, limpié el área de trabajo y volví a mi estación. El resto del turno pasó sin novedades, no hubo ingresos nuevos. Antes de salir, revisé que todas las compuertas estuvieran cerradas. Apagué las luces generales, cerré el archivo de registros y coloqué la bitácora en su lugar.

4:27 No hablé con nadie de lo que vi, ni con el médico de guardia, ni con el personal administrativo. Pensé que tal vez me había sugestionado. Era un turno largo, llevaba más de nueve horas, pero nunca había visto ese tipo de movimiento. No con ese tiempo de muerte, no con esa rigidez ya presente. Tomé mi bolsa, crucé el edificio y marqué salida en el reloj del acceso principal. El sol apenas empezaba a levantar luz sobre el patio. Regresé al turno la noche siguiente. El parte anterior no reportaba novedades. No había ingresos nuevos ni movimientos fuera de horario. En cuanto llegué, revisé los registros de temperatura. Todo estaba estable.

5:12 Fui directamente a la sala de refrigeración para verificar el estado de las gavetas. Encendí la lámpara del techo y recorrí una por una. Todas estaban cerradas, pero al llegar a la tercera, la que había usado para el hombre del psiquiátrico, el seguro de acero no estaba completamente ajustado. Estaba apenas girado, como si alguien lo hubiera intentado abrir sin terminar. Me acerqué, sujeté bien la manija y abrí con cuidado. El cuerpo seguía ahí, cubierto hasta el pecho. La sábana estaba en su sitio. La etiqueta de ingreso seguía firme sobre la tela. Revisé el rostro. No había cambios. La mandíbula continuaba rígida. La expresión torcida hacia un lado.

5:57 No vi alteraciones en la piel ni en la posición. Todo parecía exactamente como lo dejé. Volví a cerrar la gaveta y giré el seguro con más fuerza. me quedé unos segundos mirando la superficie de acero intentando recordar si en algún momento había dejado mal cerrada esa compuerta nunca me pasaba siempre revisaba dos veces observé el resto de las estructuras Nada parecía fuera de lugar. Apagué la luz y salí. Crucé el pasillo hasta la estación de trabajo. Abrí la bitácora del turno, pero no pude concentrarme. Tenía la vista fija en el monitor, aunque no escribía nada. Esa compuerta no debía estar mal cerrada. Cerca de la una de la mañana, mientras revisaba papeles, escuché un golpe.

6:44 Venía desde la dirección del refrigerador. Era metálico, pero no muy fuerte. Me levanté de inmediato y avancé hasta la puerta. Me detuve justo antes de entrar. El pasillo estaba en completo silencio. Me quedé quieta, esperando escuchar de nuevo el sonido. Pasaron varios segundos sin que ocurriera nada más, y empujé la puerta. El aire frío me golpeó el rostro. Encendí la lámpara del techo y revisé con cuidado. Las gavetas parecían en orden. Me acerqué otra vez a la tercera. El seguro tenía una ligera variación. No estaba abierto, pero no tenía la firmeza que dejé al asegurarla. Coloqué la mano sobre la manija. Tiré levemente para confirmar. El cuerpo seguía adentro. Abrí con cuidado. La sábana estaba exactamente igual.

7:36 Toqué el borde de la camilla para comprobar si algo había quedado mal colocado. Todo parecía normal. Me quedé ahí unos segundos más. Revisé el techo, los sensores de humedad, los tubos de drenaje. Nada que explicara el golpe que había escuchado. Cerré la compuerta y ajusté de nuevo el seguro, esta vez con más fuerza. Caminé hacia la puerta sin dejar de observar los bordes metálicos de cada unidad. De regreso en la estación, no anoté el incidente. No sabía cómo redactarlo sin que sonara como un error de percepción. Podía poner que el seguro estaba girado. pero no tenía forma de justificar el sonido. Intenté distraerme con el papeleo del día anterior, pero cada cinco minutos giraba la cabeza hacia el pasillo. Esperaba oír algo más. Me puse los audífonos con música instrumental, pero me los quité a los pocos minutos. Prefería mantener los oídos atentos. Cualquier sonido, por leve que fuera, me ponía en alerta. Ya no era solo el recuerdo del estremecimiento en el corazón. Era la certeza de que algo se estaba moviendo. Me limité a cumplir lo básico del turno. No me alejé de la estación.

8:52 No volví a entrar al área de refrigeración el resto de la madrugada. Me quedé sentada, con la libreta sobre las piernas, observando el reloj cada cierto tiempo. Cuando marcaron las seis, cerré los informes. Entregué el turno sin mencionar el golpe ni el seguro. Solo registré la revisión inicial. Caminé hasta la salida. El aire de la mañana no me alivió. Encendí el coche, revisé los espejos y permanecí varios segundos con las manos en el volante antes de arrancar. Ya no me sentía cómoda en ese edificio. Después de lo del seguro, decidí quedarme en la estación el resto del turno. Cerré la puerta del refrigerador con fuerza, pero no volví a entrar. Abrí una carpeta con reportes antiguos e intenté leerlos para mantenerme ocupada. La luz del techo hacía zumbidos intermitentes, así que dejé solo la lámpara de escritorio.

9:49 Me puse los audífonos con una lista instrumental, con el volumen bajo, pero a los pocos minutos me los quité. Sentía que tenía que escuchar todo. No me sentía tranquila dejando los oídos cubiertos. Afuera no se escuchaba nada. El guardia estaba en su caseta como siempre. Adentro el aire acondicionado seguía marcando temperatura estable. Nada parecía fuera de lugar, pero no me relajé. Cerca de las tres de la mañana, escuché el sonido de como si arrastraran algo pesado por el piso. Venía desde la zona del refrigerador hacia el fondo del edificio. Apagué la lámpara del escritorio, tomé la linterna y me acerqué a la puerta con paso lento.

10:33 El pasillo estaba oscuro. Me asomé por el marco de la puerta. La sala del refrigerador estaba oscura. Ninguna luz encendida, no se oía movimiento. Avancé hasta la entrada, empujé la hoja de metal y sentí el cambio de temperatura. El aire estaba más frío que de costumbre. El foco del techo no encendía, así que prendí la linterna y apunté directo a las gavetas. Todas estaban cerradas. Me acerqué despacio, revisando una por una. Al llegar al muro lateral, vi en el acero tres líneas largas, hechas desde el fondo hasta casi la salida. Estaban del lado izquierdo, marcadas en la superficie. Parecían hechas con algo filoso. No eran profundas, pero sí visibles. Me agaché para revisarlas mejor. Pasé los dedos por encima. El metal estaba rayado de forma reciente.

11:27 No tenían polvo ni marcas de óxido. Algunas virutas pequeñas de acero todavía estaban pegadas al borde. Me levanté. Fui directo a la tercera gaveta. El seguro estaba girado otra vez. No estaba suelto, pero no tenía la firmeza que le había dejado. lo ajusté de nuevo con más fuerza me quedé observando esa puerta por varios segundos el cuerpo seguía adentro no tenía dudas de eso comencé a pensar que algo lo estaba manipulando salí de ahí con la garganta apretada Cerré la puerta con ambas manos. Caminé sin apurarme, pero sin detenerme, hasta la estación. Apagué la lámpara del escritorio.

12:08 Me quedé en la silla, sin mover nada. Pasaron varios minutos. Escuché otro sonido. Esta vez fue distinto. Como un quejido muy débil, como de alguien con dolor. Venía desde el fondo, justo en dirección a la pared donde estaba el refrigerador. el foco de la estación parpadeó una vez y luego se estabilizó me quedé mirando la pantalla sin moverme después de unos minutos tomé la libreta y anoté lo que había escuchado puse la hora exacta y la ubicación probable del sonido no puse teoría ni causa solo el evento sentía la espalda tensa y la mandíbula cerrada no quise volver a entrar a la sala me quedé sentada con los ojos abiertos no revisé correo ni bitácora ni pendientes el reloj avanzaba lento cuando sonó la alarma del fin de turno me levanté guardé la libreta cerré el registro de actividad y marqué mi salida caminé hacia la puerta sin voltear Esa mañana, al salir del seméfo, sentí algo distinto en el pecho. Caminé hasta el coche con las llaves apretadas. El guardia me saludó desde la caseta, pero no levanté la mano. Solo abrí la puerta, me senté al volante y encendí el motor sin pensarlo mucho. En el trayecto a casa, iba repasando cada cosa que había visto.

13:34 Las marcas en el acero, el seguro flojo, el quejido desde la pared. estaba pensando mucho en todo eso, al llegar al departamento cerré todas las cortinas, apagué el celular, no contesté ningún mensaje, dejé la bata colgada en la perilla del baño, me acosté con la intención de dormir unas horas, pero no logré hacerlo de inmediato, había tenido noches largas antes, con fallecimientos complicados o reportes confusos, pero nada como esto, me di cuenta de que por primera vez, Me incomodaba la idea de estar sola en la sala de refrigeración. Nunca me había pasado. Cuando regresé esa noche, traté de llegar con la mente limpia. Abrí la bitácora, anoté mi entrada, revisé los registros del día. No habían ingresado cuerpos nuevos. Me senté en la estación, revisé los pendientes, pero el silencio era tan constante que cada clic del teclado me parecía más fuerte de lo normal. Pasó la medianoche sin novedad. Cerca de la una, mientras estaba en la estación, escuché ruidos que venían desde la zona de descanso.

14:45 Sonaban como cosas cayendo, muebles raspando el piso, también como si empujaran una camilla de un lado a otro. El eco rebotaba por el pasillo principal. Me levanté rápido y caminé hasta la esquina, pero al llegar a la curva que conecta con la sala, no vi nada. Aún así, seguía escuchando ese arrastre. Retrocedí sin pensarlo. Crucé la puerta de acceso y salí al exterior. El aire fresco me ayudó a calmar la respiración. El guardia seguía en su caseta. me vio acercarme y se puso de pie le dije que había escuchado ruidos al entrar que no me había sentido cómoda me preguntó si quería que revisara con él pero le respondí que estaba bien que si necesitaba algo le avisaba él asintió y se quedó en su sitio Me quedé afuera unos minutos, respiré hondo varias veces. Luego regresé al edificio. Caminé por todos los pasillos, uno por uno.

15:47 Las luces estaban encendidas, las camillas bien colocadas, las sillas alineadas. Entré a la sala de descanso. Revisé desde la puerta hasta el último rincón. No había nada caído. Ningún indicio de que alguien hubiera estado ahí. Volví a la estación. Me senté, pero no pude seguir con los reportes. Tenía la libreta abierta, el bolígrafo en la mano, pero no escribí. Me quedé así, solo escuchando. Nada sonaba fuera de lugar. Aproximadamente a las dos, pasé por el pasillo que conecta con el quirófano menor. Iba rumbo al baño, sin pensar en otra cosa. Miré algo de reojo. Me giré hacia la puerta del archivo. Por un segundo vi una figura que se ocultaba justo detrás del marco. Estaba agachada, muy cerca del piso. Era más alta que una persona promedio, aunque estaba encorvada. Alcancé a ver el final del movimiento.

16:46 La piel tenía un color gris apagado. Los dedos eran largos. La forma era delgada. Corrí hasta esa área. Encendí la lámpara principal. La puerta del archivo estaba entreabierta. Revisé los estantes uno por uno, sin dejar espacios. Todo estaba en su lugar, las cajas alineadas. Cerré la puerta. Caminé de regreso. Al llegar al escritorio, me senté con las piernas temblando. No intenté buscar explicación. No había gente en el edificio. Nadie más tenía acceso. El guardia estaba afuera. Guardé la libreta en el cajón y miré la hora. Faltaban casi cuatro horas para el amanecer. Me quedé ahí. Cada segundo que pasaba se sentía más largo, y el edificio estaba completamente en silencio. No podía concentrarme en nada. Había intentado revisar los informes de semanas anteriores, buscar inconsistencias en registros de ingreso o actualización de cadáveres, pero el cuerpo no me respondía igual. Cada crujido del sistema de ventilación, cada golpecito contra las paredes del conducto de aire, me hacía levantar la cabeza. Me quedaba escuchando por varios segundos. No era forma de trabajar, pero no lograba ignorarlo. Cerca de las tres, escuché vidrio quebrándose. Me levanté de inmediato. Crucé el pasillo, tomé la ruta más corta hasta el comedor del personal. Al llegar, encendí la lámpara y revisé toda

18:18 la sala desde la entrada. En el piso, junto a la tarja, estaban los pedazos de un vaso, estaban frescos con bordes todavía húmedos no era uno de los que yo había usado ni siquiera lo reconocí revisé los estantes y los gabinetes y no encontré vasos iguales agarré una bolsa para recoger los fragmentos los junté uno por uno desde que llegué el único que vi fue al guardia volví a la estación con los hombros tensos no me senté de pronto se escuchó un empujón fuerte como si una camilla hubiera sido arrastrada hasta chocar contra la pared Venía del pasillo de refrigeración. Apagué la luz de mi escritorio, tomé la linterna de mano y avancé sin hacer ruido.

19:02 Al llegar frente a la puerta metálica, el foco interno estaba encendido, aunque yo recordaba haberlo apagado. Toqué el picaporte con la manga y lo empujé hacia adentro. Las gavetas seguían en su sitio, todas cerradas. La tercera, la del hombre sin identificar, tenía el seguro nuevamente girado. No completamente suelto, pero fuera de la posición en la que yo lo había dejado. Me acerqué con la linterna apuntando hacia la placa. Iba a acomodar el seguro otra vez, pero antes de tocarlo escuché un crujido a mi espalda. Giré la linterna. El haz de luz alcanzó la esquina izquierda, la entrada del área de lavado, el techo, y no mostró nada extraño.

19:46 Cuando di un paso hacia atrás, sentí una mano. Me tocó con fuerza desde el lado derecho. El agarre fue rápido, apretado, como si alguien se hubiera colocado detrás de mí sin hacer ningún ruido. duró solo un segundo pero fue suficiente para que soltara un grito me giré y apunté la linterna en dirección al pasillo no había nadie las puertas estaban cerradas las gavetas no se habían movido salí corriendo no cerré la puerta del refrigerador crucé el edificio por el pasillo principal y empujé la puerta doble de emergencia llegué hasta la entrada el guardia estaba en la caseta me vio llegar con la linterna temblando en la mano se levantó le dije que algo me había tocado le pedí que revisara a él que no podía quedarme sola ahí adentro no quise explicarle más él sacó su lámpara y me dijo que lo iba a revisar todo que si quería me quedara afuera Me senté en la banca junto a la entrada. No volví a entrar. El guardia recorrió los pasillos con la lámpara encendida. Lo vi encender luces, abrir puertas, inspeccionar las salas. Al regresar, me dijo que todo estaba normal, que no había señales de personas dentro, que todo estaba cerrado y en orden. No le respondí nada.

21:10 Me quedé afuera. Faltaban poco más de dos horas para que amaneciera. No me moví del lugar. Esa noche ya no volví a entrar a ninguna sala. Cuando amaneció no volví a entrar al edificio. El guardia me vio desde la caseta. Me acerqué solo para decirle que ya no iba a quedarme esa semana. Me subí al coche y me fui directo a casa. Esa misma tarde escribí la carta. No fue un informe ni una queja. Solo expliqué que los turnos nocturnos me estaban afectando, que necesitaba alejarme por un tiempo. No mencioné lo del refrigerador, ni lo que me tocó la espalda, ni las marcas