022. El agua de la felicidad Audiocuento con valores y sabiduría

El agua de la felicidad. En cierta ocasión, un mercader, una hechicera y un valiente soldado decidieron asociarse y juntos partir en busca del agua de la felicidad, esperando que, tal como se decÃa, después de beberla, vivirÃan para siempre, alcanzando de ese modo la felicidad plena. El soldado, curtido en mil batallas, creÃa que el agua de la felicidad tendrÃa muchÃsima fuerza. AparecerÃa en forma de torrente o de catarata. Por esa razón iba provisto de una reluciente armadura y de su mejor espada, convencido de que deberÃa enfrentarse a ella para someterla y poder bebérsela. La hechicera siempre habÃa pensado que el agua de la felicidad era mágica y misteriosa. Por tanto, la imaginó como un pequeño lago envuelto en la niebla para controlarla. PrepararÃa un hechizo especial, asà que cargaba con todo tipo de hierbas y ungüentos que habÃa fabricado y vestÃa una larga capa dibujada de estrellas brillantes. El mercader era de la opinión de que el agua de la felicidad debÃa de ser tremendamente costosa y estarÃa rodeada de gran lujo. Sin duda pensaba él hallarÃan una fuente de perlas o de diamantes. El hombre decidió llenarse todos los bolsillos y unos saquitos que llevaba en el cinto con monedas de oro, con la esperanza de tener suficiente para poder comprar el agua. Cuando los viajeros se encontraron por fin el agua de la vida, ésta tenÃa muy poco que ver con lo que se habÃan imaginado. No era un torrente susceptible de ser intimidado por una muestra de fuerza. Ni tampoco era un remolino que pudiera ser encantado por un hechizo y tampoco era una fuente de perlas o de diamantes que pudiera comprarse con dinero. Era simple y llanamente un pequeño arroyo de agua dulce y, según les habÃa dicho una mujer cerca de allÃ, lo único que hacÃa falta para beneficiarse de los poderes mágicos del agua era zambullirse en ella para refrescarse y beber, para calmar la sed del camino. Pero hacer esto resultó mucho más difÃcil de lo que hubieran imaginado. El guerrero, con su armadura, era incapaz de cruzar el barro de las orillas. Por otra parte, la larga capa mágica de la hechicera perdÃa sus poderes en cuanto se manchaba de fango y el mercader con tanto dinero a cuestas, corrÃa el riesgo de que las monedas se le escaparan de los bolsillos y fueran a perderse corriente abajo en el momento en el que se arrodillara, asà que ninguno de los tres de pie como estaban, podÃa beber ni introducirse en el arroyo. Tras reflexionar durante unos minutos, se dieron cuenta de que sólo habÃa una solución posible para cada uno de ellos. El guerrero se despojó de la armadura, la hechicera arrojó al barro la capa y el mercader se quitó la ropa que habÃa llenado de monedas y asÃ, uno a uno se fueron metiendo en el agua, liberados de sus cargas y aunque en aquel momento no conocÃan el motivo, comenzaron a sentirse aliviados, rieron y bromearon entre ellos, olvidando el motivo de su viaje y el duro camino que habÃan recorrido hasta allÃ. Y es que abandonaron en la orilla, la ambición desmedida, los prejuicios, la violencia y todo aquello que les impedÃa avanzar en su búsqueda de la felicidad Y a cambio, encontraron en aquel arroyo alegrÃa, paz interior y dos buenos amigos para cada uno colorÃn colorado. Este cuento se ha acabado.








