002. El traje nuevo del emperador Audio cuentos infantiles

El traje nuevo del emperador. Hace algún tiempo hubo un gobernante tan aficionado a presumir de trajes nuevos que gastaba casi todas sus rentas en vestir con la máxima elegancia. No se interesaba por sus súbditos, no le atraÃa el teatro ni le gustaba pasear a menos que fuera para estrenar a alguno de sus flamantes atuendos. Se ponÃa tres o cuatro cada dÃa y del mismo modo que se dice de un rey que se encuentra en el Consejo de Estado, de él se decÃa siempre no se le puede molestar. Su majestad está en el vestidor. La ciudad en que vivÃa estaba llena de entretenimientos y era visitada a diario por numerosos comerciantes y curiosos. Un dÃa se presentaron dos pillos que se hacÃan pasar por sastres, asegurando que fabricaban las telas más extraordinarias que se pudiera imaginar. Los colores eran maravillosos y los dibujos destacaban por su insólita belleza. DecÃan además las prendas, una vez finalizadas, poseÃan la milagrosa virtud de convertirse en invisibles para todos aquellos que no fuesen merecedores de su cargo o que fueran irremediablemente bobos. Deben de ser unos trajes magnÃficos. Pensó el emperador. Si los llevase, podrÃa averiguar qué funcionarios no son adecuados para el puesto que desempeñan. PodrÃa distinguir a los listos de los ineptos. SÃ, debo encargar inmediatamente que me hagan un traje. Asà que entregó una gran suma de dinero a los falsos astres para que comenzasen su labor con toda urgencia. Solicitaron las sedas más finas y el hilo de oro de la mejor calidad. Los pÃcaros instalaron dos telares y simularon que trabajaban en ellos hasta muy entrada la noche, aunque en realidad estaban totalmente vacÃos y las telas lo el olor oro y el dinero a buen recaudo en sus alforjas. Me gustarÃa saber lo que han avanzado con las telas. Pensaba el emperador, aunque le inquietaba el hecho de que el que fuese necio o indigno de su cargo no podrÃa ver lo que estaban tejiendo. No es que tuviera dudas sobre sà mismo, pero por si acaso preferÃa enviar primero a otro para ver cómo andaban las cosas. Todos los habitantes de la ciudad estaban informados de la particular virtud de aquella tela y todos estaban deseosos de verlo listo o bobo que era su vecino. Enviaré a mi viejo Ministro a que visite a los tejedores, pensó el Emperador es un hombre honrado y el más indicado para ver si el trabajo progresa, pues tiene buen juicio y no hay quien cumpla con sus funciones como él. El viejo y digno Ministro se presentó pues en la sala ocupada por los dos bribones, los cuales seguÃan trabajando en los telares vacÃos. Esto, al ver aparecer a Su SeñorÃa, le preguntaron qué opinaba de cómo estaba quedando la confección, en concreto si no encontraba preciosos, el color y los dibujos. Dios me guarde, pero si no veo nada, pensó el viejo Ministro abriendo los ojos como platos. Seré bobo, acaso vaya jamás lo hubiera pensado. Por supuesto, nadie debe saberlo, o creerán que no soy merecedor de mi cargo fabuloso. Respondió el Ministro fingiendo estar muy emocionado qué dibujos, qué colores? Es extraordinario. Desde luego diré al Emperador que me ha gustado mucho cuánto nos complace. Dijeron los tejedores dándole los nombres de los colores y describiéndole minuciosamente el raro dibujo. El viejo Ministro tuvo buen cuidado de quedarse las explicaciones en la memoria para poder repetirlas al Emperador, y asà lo hizo. Los estafadores volvieron a pedir más dinero, más seda y más oro, alegando que lo necesitaba para seguir tejiendo. Lo guardaron todo en sus alforjas y ellos continuaron trabajando en el telar vacÃo. Poco después, el Emperador impaciente envió a otro funcionario de su confianza a inspeccionar la marcha de los trabajos y a informarse de si el traje quedarÃa pronto listo. Al segundo le ocurrió lo que al primero miró y remiró, pero como en el telar no habÃa nada, nada pudo ver y como no querÃa que se rieran de él ni ser destituido de su cargo, se deshizo en elogios hacia la tela y el gran trabajo realizado por los sastres. Informó al Emperador de las maravillas que habÃa visto en el telar y éste envió más dinero para que siguieran tejiendo a los pocos dÃas. Los astres hicieron correr la voz de que el traje estaba casi terminado. Por eso, cuando el Emperador quiso ver personalmente la tela antes de que la sacasen del telar, fue seguido de una mura multitud de personas, además de por todo su séquito, al llegar, se dio cuenta de que no veÃa nada de lo que los astres le mostraban, pero antes de que ninguno de los presentes pudiera pensar que era un inepto y que no merecÃa ser emperador, se apresuró a decir en voz alta y con grandes espavientos, sublime maravilloso. Estoy más que satisfecho con vuestro trabajo en ese momento. Todo el séquito y la multitud de curiosos que se agolpaban en la puerta del telar comenzaron a aplaudir y a comentar lo magnÃfica que era la tela, y alguien sugirió al emperador estrenar el traje en el desfile del próximo domingo. Asà se decidió, y el domingo temprano los astres ayudaron a su majestad a vestirse con el inexistente traje, al tiempo que éste se contoneaba frente al espejo, fingiendo admirar las cualidades de la indumentaria. Es precioso verdad que me queda bien sin duda so digno de su Majestad, Contestaron convencido de que iba a ser la sensación del desfile sin más miramientos. El orgulloso mandatario bajó la escalinata de palacio para dirigirse a la puerta y situarse bajo palio al frente del Cortejo. En cuanto lo divisó la multitud que abarrotaba completamente las calles adyacentes se oyeron vÃctores y alabanzas por todas partes. Aunque nadie podÃa ver las ropas del Emperador mientras avanzaba la comitiva, ninguno querÃa parecer bobo o inepto, Asà que se esforzaron mucho en alabar las vestimentas y aún más, la elegancia natural de su Majestad para lucirlas es magnÃfico. Qué admirables bordados, Los colores son maravillosos, excelente el nuevo traje del Emperador. Qué bien le sienta grandioso? Grandioso? Viva el emperador. La muchedumbre estaba cada vez más enferborizada y su majestad a cada paso más orgulloso y presumido, hasta que de pronto un niño gritó. Pero si va desnudo, ese señor va desnudo, los gritos se transformaron en un incómodo murmullo y poco a poco otros fueron reconociendo la realidad de la situación. Es verdad. El Emperador está completamente desnudo. No hay traje, no lleva nada, Puesto decÃan entre risas, el Emperador de inmediato se dio cuenta de que estaban en lo cierto. HabÃa sido muy arrogante y creyéndose mejor que los demás. HabÃa acabado demostrando que era el más necio de todos, pero decidió que ya era tarde para rectificar y que habÃa que seguir hasta el final. Asà que levantó la cabeza, saludó cortésmente y continuó el desfile como si nada, haciendo un tremendo ridÃculo delante de todos colorado. Este cuento se ha acabado.








