019. Samara y el ruiseñor Cuento con valores

Samara y el ruiseñor la Jaula de Plata, en un lejano paÃs de Oriente, en un palacio de cristal recubierto de piedras preciosas y adornado por majestuosos jardines cientos de manantiales, lagos y fuentes artÃsticamente esculpidas. VivÃa Samara, hija de un rico comerciante de sedas, hermosa y solitaria. HabÃa crecido rodeada de lujo y consentida de todos los caprichos. Tal vez por eso era que ahora no mostraba ilusión por nada y nadie conseguÃa hacerla feliz acostumbrada a que la agasajasen con caros extravagantes y bellos regalos, los desdeñaba sin ni siquiera llegar a abrirlos. Pero un dÃa, mientras Samara paseaba en sà mismada por los jardines de palacio, escuchó el más extraordinario canto que habÃa oÃdo jamás un sonido mágico que llenaba de vida a su corazón. Intrigada por esta música, que pareciera ser de otro mundo, la fue siguiendo hasta llegar a la sala, donde eran depositados los valiosos regalos de caballeros, comerciantes o lugareños que visitaban el palacio. Y allà descubrió su procedencia, una delicadÃsima jaula de plata de lÃneas sencillas, pero muy hermosa, en la que habitaba una pequeña criatura, el pajarillo que interpretaba esa música sublime. Una tarjeta acompañaba el inesperado presente. Este pájaro es un ruiseñor, espero que te deleite con su canto. La joven acogió de muy buena gana el obsequio Qué maravilla de la naturaleza era aquel ave fantástica. Era un placer observarlo y escucharlo, pero con el paso del tiempo, la joven descubrió algo en los ojos del pajarillo que la tenÃa preocupada. ParecÃan esconder una profunda tristeza. Samara cuidó mucho y bien al ruiseñor y llegó a quererlo como nunca habÃa querido a nadie, ni animal ni persona. Ãl la hacÃa muy feliz, pero no parecÃa sentir lo mismo en su situación. Aquella mirada llena de melancolÃa qué te ocurre, querido amigo. Pasaron los dÃas y el ruiseñor comenzó a ponerse enfermo. No comÃa, no conseguÃa cantar, Estaba muy abatido, casi sin vida. La situación empeoraba y, después de consultar a médicos, hechiceros, curanderos y aún sin fin de varios pintos personajes sin obtener un remedio para la enfermedad que padecÃa la joven presa de la más absoluta desesperación ofreció una recompensa a cualquiera que ayudase a recuperar la salud y la alegrÃa a su estimado compañero. Fueron muchos los que allà se acercaron, ofreciendo sus servicios y sus medicinas y potingues, pero ninguno logró resultados. Un dÃa se presentó un hombre mayor, su sucio y de aspecto descuidado, que decÃa poseer la facultad de comunicarse con las aves y también que podrÃa averiguar cuál era el mal que aquejaba al pajarillo. Escéptica, pero con una débil esperanza, la joven lo acompañó a la habitación en la que se encontraba el ruiseñor. Al acercarse, el experto lo miró detenidamente y lanzó un silbido suave, al que de inmediato respondió el pobre animal piando débilmente enseguida. Pareció que conversaban porque Durante varios minutos se sucedieron los gorjeos de un lado para el otro. De repente, el hombre se volvió hacia la joven y le dijo el mal que aqueja al ruiseñor es grave, pero tiene cura siempre que tú estés dispuesta a poner de tu parte. Por supuesto, dime qué tengo que hacer. Debemos actuar cuanto antes le apremió escúchame atentamente, dijo el hombre, tu fiel compañero, te quiere tanto como tú lo quieres a él u n s s durante o tiempo en el que habéis convivido, lo has cuidado y mimado y está muy agradecido. Me ha contado cómo lo cautivaron cuando era joven, todo lo que ha sufrido desde entonces y cuánto te agradece el cariño recibido. Pero echa de menos su hogar y esto ha hecho mella en su pequeño, pero gran corazón. Está aquejado de nostalgia. Añora, a su familia, a sus amigos, su antigua vida, su libertad. No obstante, es tal la nobleza de esta criatura que no te pide que lo liberes, sino que le permitas, aunque sólo sea una vez volar hasta la que fue su casa para reencontrarse con su familia. A cambio, él promete, por el afecto que te tiene regresar y seguir a tu lado para siempre, asà que su curación está en tus manos. Estás dispuesta a dejar volar a tu Ruiseñor, se hizo el silencio. El hombre conocedor de la fama de egoÃsta e insensible de la hija del comerciante d d u duda de su compasión, pero cuando la miró a los ojos y vio las enormes lágrimas que corrÃan por sus mejillas, pensó que tal vez habÃa esperanza, por supuesto, que abriré la puerta de la prisión en la que jamás debiste entrar. Dijo mirando al ruiseñor qué ciega he estado. Sólo pensaba en mà Y lo único que verdaderamente quiero ahora es tu felicidad. Amigo mÃo abrió la puerta de la jaula y le dijo vuela eres libre, libre en todos los sentidos, incluso para no regresar jamás si es lo que deseas. Me has enseñado lo más hermoso que para amar de verdad hay que amar de forma desinteresada. Le quiero Ruiseñor. Hasta siempre el Pajarillo le dedicó una última melodÃa y se alejó volando cuenta un anciano, muy anciano que conoce la historia que el ruiseñor volvió al año siguiente. Un dÃa apareció en la ventana del dormitorio de Samara. Y la despertó con su canto. La alegrÃa fue inmendio por ambas partes. El ruiseñor nunca volvió a vivir Enjaulado y cada año regresaba a visitarla y pasaban tiempo juntos. Aunque vivÃa con su familia. A veces sentÃa unas ganas tremendas de salir a recorrer el mundo, pero finalmente no se alejaba mucho los extrañaba demasiado. Samara y el ruiseñor fueron grandes amigos para siempre. Vivieron muchos años y disfrutaron de la vida, respetándose y sin limitar la libertad del otro colorÃn colorado. Este cuento se ha acabado








