Jan. 28, 2024

Una Secta Me Atormentó Historias De Terror - REDE

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Crucifijo al contar esta historia. Mi nombre no importa para que me conozcan un poco. Basta decir que siempre fui un muchacho problemático. No me llevaba bien con mis hermanos ni con mi mamá, mucho menos con mi padrastro. Ahora que ya han pasado los años, sé que ellos en realidad eran buenos. El que miraba todo de manera negativa era yo, al grado de desear no haber nacido. Desde que murió mi papá me volví rebelde e insoportable, y eso que apenas tenía nueve años me cayó como patada de mula. El hecho de que mi mamá se volviera a casar. Eso hizo que algo cambiara dentro de mí. A partir de ahí y con el correr de los años, nunca más fui buen estudiante aborrecía a la escuela. Aparte de eso, no creía en nada ni en Dios ni en el diablo. El futuro no me importaba. Para mí, lo más modo importante era vivir la vida lo mejor que se pudiera. Mis amigos, que puedo decir de ellos, eran iguales que yo, sin oficio ni beneficio. Algunos e incluso habían estado recluidos en el tutelar para menores y otros vivían en la calle. Antes de cumplir la mayoría de edad. Me salí de la casa sin avisarle a nadie, sin llevar nada. Lo único de valor que tenía era un pequeño crucifijo de plata que colgaba de mí cuello, uno que me había regalado mi madrina cuando cumplí los ocho años y que estaba bendito. Me fui a meter a un cuarto que me prestó un conocido. Ahí me reunía con mis amigos, aunque no había para comer. Tenía fiestas que duraban días un tiempo. Me junté con una mujer que conocí en la calle y ahí la llevé a vivir por varios meses. Ella era muy extraña, adoradora de la Santa muerte por las noches, se levantaba dormida y estando así, rezaba muchas cosas que yo no po nía a entender. Había veces que se escuchaban ruidos dentro del cuarto sin haber nadie más ahí que nosotros. Yo me imaginaba que la muerte se aparecía cada madrugada. Lo único que se me ocurría cuando eso pasaba era agarrar mi cruz. Con eso era suficiente de todo aquello desaparecía. Esa muchacha se llamaba Yajaira. Nunca tuvimos una relación estable. Un día se molestó por algo que ya no recuerdo. Se fue y no volvió. Entre todo ese círculo de muchachos había uno con el cual siempre tuve problemas porque nos gustaban las mismas muchachas. Por eso peleábamos todo el tiempo por ellas. Otra cosa que no me gustaba de él era que presumía mucho de pertenecer a una secta satánica. Por eso, cuando discutíamos, me amenazaba con hacerme daño, pero yo lo ignoraba. A él sólo lo conocía como el güero. Ese muchacho siempre vestía de negro. Usaba el pelo largo, unas botas tipo montaña. Estaba muy tatuado en un brazo. Traía al diablo en el otro dos calaveras. Además, tenía la sangre muy pesada. El que lo invitó a asistir a las fiestas decía que el huero hablaba por las noches con el diablo. Nos aseguraba que en una ocasión lo miró vomitar sangre oscura con algunos grillos negros. El güero les dijo que la sangre no era suya. La había bebido de una persona que, al parecer estaba enfermo y le había caído mal. Nadie sabía si eso era verdad. A todos les decía que soñaba con hacerme daño, pero que no podía hacerlo por el crucifijo de plata que yo traía en mi cuello. Por alguna razón, el crucifijo se lo impedía. Según él era muy respetuoso de esas cosas. Por lo mismo, llegó a pedirle a varios que me lo robaran para poder atacarme. Estaba enterado de las cosas que decía sobre mí con tono siniestro. Decía que me odiaba que un día bebería mi sangre y ofrendaría mi alma al demonio para que se alimentara con ella. Aún así, pese a las diferencias que tenía con el güero, él siempre asistía a las fiestas. En ella se la pasaba invitando a todos asistir a sus misas negras o a pertenecer a su secta menos a mí. Muchas veces, cuando tenía una fiesta, no conocía a la gran mayoría de los muchachos que asistían a mi propia casa porque eran invitados de los invitados, eso sí, algunos se miraba a leguas que andaban en muy malos pasos, pero eso a mí era lo que menos me importaba, porque yo nunca fui una blanca paloma. En una de las muchas fiestas por una tontería discutí tan fuerte con el güero que nos fuimos a los golpes. Se hizo una pelea campal de todos contra todos. Fue lo único que recuerdo esa noche me encontraba tan tomado que yo. Creo que perdí el conocimiento porque ya no supe de mí. Al despertar, aún estaba oscuro ya no había nadie en el cuarto, solamente yo con los síntomas de una resaca horrible. Cuando recuperé un poco de conciencia, desconocí el lugar. El cuarto era demasiado grande y el piso polvoroso estaba lleno de basura. Fijándome bien supe que no era mi cuarto. Estaba en una casa abandonada totalmente desconocida para mí. Intentaba levantarme, pero estaba muy adolorido. Me sentía bastante débil y mareado, aunque sentía unas ganas enormes de vomitar, hacía esfuerzos por no hacerlo. Con la poca visión que tenía, me di cuenta que estaba tirado en medio de un dibujo pintado en el piso. Era un círculo grande con una estrella adentro. Además, había algunas veladoras ya quemadas a mi alrededor. Haciendo un esfuerzo mayor, me levanté. Trataba de reconocer el lugar, volteando para todas partes. Me recargué en la pared para agarrar fuerzas porque estuve a punto de caer. No puedo decir que estaba asustado, porque no es verdad, pero sí desconserrs porque no sabía cómo diablos había podido llegar a ese lugar sin darme cuenta. Podía percibir un olor raro. Al dar unos pasos, descubrí en el piso algunos animales muertos. Eran pequeños, Parecían gatos, palomas y gallinas, todos de color negro. No estaban echados a perder. Tal vez tendrían dos días de estar ahí. En ese momento no entendí. Además, no me iba a detener a investigar lo que les pudo haber pasado a esos pobres animales estaban muertos y ya el lugar no se sentía tan frío como si minutos antes hubieran estado muchas personas. Todavía se podía sentir esa sensación de presencia. Al menos ahí donde me encontraba en ese momento Cuando revisé mis manos, tenía unos cordones amarrados en las muñecas como si hubiera estado atado de pies y manos, porque en los tobillos extrañamente también traía con los movimientos que hacía al caminar me dolían varias partes del cuerpo sobre todos los brazos y los costados. Me me quedo revisar, pero todo estaba tan oscuro que me lo impedía. Además, apenas sí tenía fuerzas para mantenerme en pie. Poco a poco fui acostumbrándome más a la oscuridad. Me di cuenta que también había restos de que hubo una fogata, la cual tendría horas apagada porque ya no le salía humo ni olía a quemado tan valeante caminé como pude sin saber a ciencia cierta lo que había pasado. Busqué la salida casi a tientas apoyándome de las paredes frías llenas de grafitis. Avanzaba temeroso porque se me figuraba que algo se movía en medio de toda esa horrible oscuridad. Quizá fue eso el miedo a ver algo diabólico el que me impulsó a encontrar la salida. Minutos después estuve en la calle tratando de reconocer el lugar. Caminé sofocado un rato entre las sombras hasta que por suerte conocí un local así supe que estaba como a siete cuadras de mi casa. No tenía tiempo de pensar cómo había llegado hasta ahí o como me habían llevado hasta ese lugar. Me urgía a llegar. Quince minutos después llegué a mi cuarto, el cual se encontraba abierto. Apenas entré sentí una mala sensación. Parecía que me miraban muchos ojos invisibles. Lo digo así porque adentro no había nadie aparte de mí, pero me sentía fuertemente observado, como si alguien me estuviera esperando, alguien que despedía una mala vibra y que yo no podía ver. Recordé que eso se sentía cuando se aparecía la muerte. Tratando de ignorar todo aquello. Quise prender el foco, pero este no encendió. Hacía a oscuras. Caminé hasta mi cama y me dejé caer porque me sentía muy mal, como si estuviera enfermo. Supuse que durmiendo un poco me reanimaría acostado en mi cama. Tal vez por lo mareado que estaba, veía pasar muchas cosas, sombras grandes y pequeñas. Parecía que danzaban por segundos como si fueran remolinos. Luego desaparecían. A veces se me figuraba ver rostros bastante extraños me hablaban, pero no lograba entender lo. Que querían decirme otros solamente me miraban con unos ojos enormes. En un momento que me toqué el pecho, me di cuenta que no traía. Puesto mi crucifijo de plata. Supuse que lo había perdido el día de la pelea. Quise hacer el intento de levantarme para buscarlo, pero me fue imposible. No sé cuánto tiempo pasó porque me quedé dormido. Estoy seguro que tuve horribles pesadillas, pero no las recordaba. Supongo que dormí todo el día. Cuando desperté estaba oscuro. Otra vez me sorprendí al verme de nuevo en aquella casa abandonada, igual que la madrugada anterior. Tirado en el suelo en medio de aquellos extraños dibujos, llegué a pensar que el haber estado en mi casa pudo ser un sueño. Me quedé en el piso por unos segundos más hasta estar bien seguro de poder levantarme. Me sentía tremendamente mal en esta ocasión. Algunas veladoras estaban prendidas todavía, aunque a punto de consumirse por completo. Además, olía mucho a madera quemada. Aunque me sentía terrible esta vez no salí corriendo de ahí poco a poco, mi mente fue atando cabos. Era evidente que en ese lugar habían realizado un rito satánico, quizá una misa negra o un sacrificio. No podía saberlo porque desconocía esas prácticas. Lo primero que se me vino a la mente fue la secta a la que tanto presumía el huero que pertenecía. Tal vez todo eso era verdad. También recordé las amenazas de ese muchacho. Me daba miedo suponer que yo estaba haciendo una de las víctimas de su llamada secta satánica, aunque de ser cierto, no entendía lo que hacían ahí ni para qué me utilizaban. Recordaba los animales muertos que había visto la noche anterior también que el güero decía que ofrendaría mi vida al diablo. Por lo mismo sentía escalofríos. Además, yo me empecé a imaginar muchas cosas más horribles. La mente es poderosa y traicionera. Me imaginaba atado en el suelo en medio de aquella dibujo, mirando muchas caras deformes iluminadas por la pobre luz de las velas y un diablo enorme que me veía divertido. Me sentía desesperado, pero tan débil que no podría regresar caminando hasta mi cuarto por sí solo mejor busqué un rincón en un pequeño cuarto de aquella construcción. Me acomodé sobre unos cartones para descansar, pero ahí me quedé dormido. Recuerdo haber despertado siendo de día, pero no podía mantenerme despierto menos tenía fuerzas para levantarme. Cerré los ojos para ya no saber de mí sin precisar qué horas serían. Se había hecho de noche. Otra vez desperté porque escuchaba muchas voces con un eco extraño temeroso busqué con la mirada, pero no encontré a nadie. Supuse que tal vez lo estaba imaginando. Cuando comprobé que no era producto de mi imaginación ni estaba dormido, supe que había personas en el otro cuarto, ahí donde creía que hacían los ritos satánicos. Tratando de hacer el menos ruido posible. Me levanté para asomarme y hacía averiguar qué estaba sucediendo en el cuarto contiguo de aquella construcción abandonada. Había movimiento. Al mismo tiempo que me asomé, se levantó una llamarada con su resplandor. Pude darme cuenta que estaban reunidos fácilmente más de diez hombres. Hicieron muchas cosas raras. Tenían una horrible figura a la cual le rezaron. Uno de ellos tomó con sus manos un animal y lo mordió al perecer. Era una gallina, regó la sangre dentro del círculo que estaba en el suelo, y todos hicieron reverencia. Me quedé atónito cuando todos hicieron lo mismo de uno por uno, mordían un animal, regaban su sangre para después aventarlo. Algunas aves al caer todavía aleteaban un poco. Quizá eran mis nervios, pero me parecía que la horrible figura, a la cual veneraban de vez en cuando se movía como extasiada de todo lo que hacían en su honor en voz baja, tal vez para no darse a descubrir. Cantaban o tarareaban una especie de melodía que a mí me parecía macabra. Todos lo hacían al mismo tiempo, pero nunca pude entender lo que decían. Así, estuvieron por largo rato mientras yo los miraba sin comprender cuál era la finalidad de todo aquello. Cuando terminaron, uno de ellos caminó hacia el cuartito donde me encontraba. Pensé que me habían descubierto y venían por mí. Me arrinconé lo más que pude. Me tiré al suelo. Sabía que, por lo oscuro no me mirarían como quiera. Me tapé con lo que encontré para mi buena suerte, sólo venía para hacer una necesidad seguido de otro más. Hablaron unas cuantas palabras. Por eso, al escuchar lo, supe que uno de ellos era el güero. Segundos después se fueron ahí Me quedé sin moverme así me estuve, a pesar que ya no se escuchaba a nadie. Cuando vi que estaba pronto a amanecer, me levanté para intentar salir porque ya no aguantaba un minuto más en ese lugar. Caminé despacio, temeroso de que alguien me vi era. Los treinta o cuarenta segundos que me llevaron recorrer aquel espacio donde habían realizado esas prácticas demoníacas fueron suficientes para tener algunos escalofríos por la mala vibra que se podía sentir. Además, estaban grabadas en mi mente las imágenes de lo que había visto. Volteé a ver los restos que habían quedado gallinas, muertas, velas encendidas, unas maderas humeantes y todo el piso salpicado horrorizado. Ya no quise mirar más. Llegué a mi casa buscando mi crucifijo. Entendí que no estaría seguro sin él. En ese momento creí que sí existía el bien y el mal. Por más que lo busqué no estaba por ninguna parte, aunque me sentía mal. Aún sí barrí, recogí todas las cosas, pero no apareció. Como ya no aguantaba el ardor del cuerpo. Me quité la camisa para checarme Me asusté al ver que tenía pequeñas cortadas y mordidas en diferentes partes, sobre todo en los brazos, así como en las costillas. Era él eso lo que tanto me molestaba ahí Sí, recordé la pesadilla que tuve aquella noche. Soñé que el güero, junto con Yajaira, mi ex novia, me picaban las costillas con algo filoso. Luego comenzaron a morderme, no sólo ellos, otros más que aparecieron de repente en ese momento me entró la duda. Me sentí confundido porque ya no podría asegurar que todo hubiera sido un sueño o un terrible recuerdo de algo que en realidad me había pasado sin contar con otra opción. Pensé en irme a refugiar a la casa de mi mamá. En eso estaba cuando apareció uno de mis amigos. Al verme me dijo que pensó que estaba muerto, porque eso les decía el güero. Platicamos un poco. Así me enteré que el Güero y ya Jaira eran novios. Todos sabían que la secta a la que pertenecían eran bebedores de sangre y adoradores del mal. Le pedí que me contara lo que sucedió esa noche del pleito. Lo único que me quiso decir que después de la pelea, el güero los había corrido a todos quedándose solo conmigo. Le pregunté por mi crucifijo. Me dijo que no sabía. Por precaución. No le comenté que me iría a casa de mi mamá. Minutos después, cuando se retiró tan rápido como pude y sin recoger nada, salí de ese cuarto para no volver. Cuando llegué a casa de mi mamá no me miraron con buenos ojos. Tenían mucho tiempo sin saber de mí. Además, mi aspecto era para tenerme desconfianza. Hablamos por horas sin poder convencer a mi mamá de que me dejara volver. Hasta que llegó mi padrastro y logró convencerla, no podía creer que hubiera hecho eso por mí. Al principio no creían en lo que les contaba hasta que comenzaron a pasar cosas extrañas en la casa. Primero, aquellas siluetas oscuras que danzaban en mi cuarto se hicieron presentes ahí también. Luego voces y sonidos se escuchaban por las noches. Por alguna razón, todo aquello me venía siguiendo, o quizá yo lo traía adentro. Mi mamá, mi padre y mis hermanos ya estaban asustados porque decían que me escuchaban roncar muy fuerte, pero además, muy raro. Era como si varias personas roncaran al mismo tiempo mirarlos así me preocupaba mucho porque corría un riesgo que me pidieran que me fuera de la casa y yo ya no tenía a quien más recurrir por ayuda. Como ya le había dicho a mi mamá y a mi padrastro, que tal vez me habían ofrendado al diablo. Me prometieron ayudarme. Primero buscaron alguna persona que supiera de esas cosas llamadas paranormales, pero no pudieron contactar con ninguna. Pasaron dos noches más escuchando ruidos y voces siniestras. Además, también ellos sentían una presencia. Por eso decidieron llevarme a la Iglesia por primera vez después de muchos años, estuve de acuerdo con ellos. Ahí cuidadosos con las palabras hablaron con el sacerdote. Al principio se mostró sorprendido. Nos preguntó varias veces si no era una broma. Se miraba incrédulo. Aún así, me hizo una oración, me confesó y me dio a comer la hostia consagrada. La consumí sin ningún problema. Por lo mismo, nos dijo el padre que no tenía nada maligno adentro, porque de haberlo tenido, la hubiera vomitado. Como también le dije del crucifijo que había perdido y que yo sentía que me protegió del mal. Mientras lo tuve, me regaló uno que ahí tenía. Me dijo que tuviera mucha fe en él que nunca me lo quitara. Nos dio algunas recomendaciones a mi mamá Le pidió que me diera su bendición y me encomendara a Dios. A mí me dijo que rezara antes de dormir y al despertar, pero sobre todo, que nos acercáramos a la iglesia, nos dijo que al día siguiente iría a bendecir la casa. Mi mamá le suplicó que fuera ese mismo día. Estuvo de acuerdo, pero nos advirtió que sería al atardecer porque no podía más. Temprano llegamos a la casa como a la una de la tarde. Me fui a recostar un rato porque aún no me reponía del todo. Apenas cerré los ojos. Sentí un asco horrible. Algo se quería salir por la boca. Intenté gritarle a mi mamá, pero algo me lo impedía. Lo primero que pensé fue que el demonio quería expulsar la hostia. La quería sacar a como diera lugar. Me aguanté lo más que pude todos los intentos de vómito. Tomé una sábana la puse en mi boca. Luego le di vueltas alrededor de mi cabeza para contenerme. Después apreté el crucifijo que me regaló el sacerdote. Comencé a ver horribles demonios transparentes por todas partes, primero, uno después dos. Así poco a poco se iban multiplicando. No lo podía creer. Cuando me di cuenta que estaban saliendo de mí, sabía que no era mi imaginación. Por eso me puse a rezar con toda mi fe lo poco que sabía. No puedo asegurar cuánto tiempo estuve luchando contra todo aquello. Tal vez horas, porque de pronto se abrió la puerta. Era el padre, acompañado de mi mamá, pude darme cuenta que se asustaron. Al verme el sacer cerdote, le pidió a mi mamá que saliera y cerrara la puerta. Cuando nos quedamos solos. Yo estaba muerto de miedo porque no sabía lo que me podía pasar. Cerré los ojos para que el padre me hiciera una oración que duró un largo rato. Quizá ya no había nada maligno adentro, porque ya nada sucedió. Después que terminó de orar, me hizo en la frente la señal de la cruz con agua bendita. Aunque las ganas de vomitar habían desaparecido, el miedo no se me quitaba. A partir de ese día. Fui a la iglesia durante nueve días seguidos, donde varias personas se reunían alrededor de mí y me imponían las manos para hacerme oración de sanación. Aunque no es el mismo crucifijo que me regaló mi Madrina. Siendo un niño, nunca me he quitado este otro que me regaló el sacerdote, porque traerlo me hace sentir seguro y protegido todo el tiempo. Relato escrito y adaptado por Gato negro