El Pacto Que Solo Podía Pagarse Con Sangre De Mi Familia - Historias De Terror - REDE
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0:05 Me llamo Renato RÃos y durante muchos años trabajé en la compra y venta de ganado. Cuando recuerdo lo ocurrido, vuelvo a la época en que tenÃa 28 años y estaba seguro de que nunca tendrÃa esposa ni hijos. Mi vida se reducÃa al trabajo, las deudas y el deseo de salir de la situación que habÃa dejado mi padre. No buscaba una relación estable, tampoco pensaba en formar una familia. Esa certeza fue la razón. por la que acepté un trato que, después, destruyó todo lo que llegué a tener. Una noche regresaba de visitar un rancho cuando mi camioneta dejó de funcionar en un camino apartado. Intenté encenderla y revisé la baterÃa, pero el motor no respondió. Conocà a la zona y sabÃa que podÃa encontrar ayuda, si seguÃa una de las veredas hasta una casa cercana, asà que dejé la camioneta y comencé a caminar. HabÃa avanzado poco, Cuando vi a un hombre montado a caballo, estaba detenido en medio del camino, vestÃa de negro y llevaba ropa de charro. Me acerqué y le pedà ayuda. Antes de que terminara de explicarle lo ocurrido, el hombre dijo mi nombre completo. También mencionó a mi madre, las deudas que yo tenÃa y la propiedad que habÃamos perdido. Le pregunté quién le habÃa dado esa información, pero no respondió. Dijo que conocÃa mi situación y sabÃa cuánto deseaba cambiar de vida.
1:34 Después habló del dinero que podÃa darme, de las tierras que podrÃa comprar y de la autoridad que tendrÃa sobre otros hombres. Aseguró que mis negocios prosperarÃan, que nadie volverÃa a rechazarme y que podrÃa obtener todo lo que me habÃa faltado. Le pregunté qué querÃa a cambio. Respondió que tendrÃa que entregarle a mi primer hijo cuando llegara el momento. La condición no me preocupó. Yo evitaba las relaciones serias y habÃa decidido no tener familia. Por eso pensé que el trato nunca podrÃa cobrarse. El hombre sacó una hoja doblada y me la entregó. Mi nombre aparecÃa en la parte superior, seguido por las promesas que acababa de escuchar.
2:19 Al final se establecÃa que si yo tenÃa un hijo y me negaba a entregarlo, la deuda alcanzarÃa a toda mi familia. Le pregunté qué significaba esa última parte. Dijo que lo entenderÃa cuando fuera necesario y añadió que todavÃa podÃa marcharme sin firmar. Yo pensé en las deudas, en los años de trabajo mal pagado y en todo lo que deseaba comprar. Tomé la pluma y firmé. El hombre guardó el contrato, me indicó por dónde debÃa continuar y me recordó que nunca olvidaba un acuerdo. Luego avanzó por la vereda y desapareció. Encontré la casa que buscaba, regresé con un trabajador y logramos encender la camioneta. Durante los primeros dÃas creà que todo habÃa sido una broma, pero poco después un ganadero me ofreció trabajo como encargado de compras.
3:11 Desde entonces surgieron oportunidades que antes no habÃa tenido. Compré animales a buen precio, cerré ventas importantes y conseguà dinero para adquirir un terreno. Los hombres que antes ignoraban mis propuestas empezaron a buscarme. En pocos años pagué las deudas, compré una casa para mi madre y amplié mis negocios. SabÃa que ese cambio habÃa comenzado después de la firma, pero preferÃa atribuirlo a mi esfuerzo. Con el tiempo dejé de pensar en el contrato. SeguÃa soltero y no tenÃa intención de cambiar, por lo que consideraba imposible que el hombre regresara a cobrar. Pero años después conocà a Marina en una oficina donde compraba medicamentos para el ganado. Nos vimos varias veces por asuntos de trabajo. Comenzamos a conversar y después iniciamos una relación. Marina era directa, trabajadora y cuidadosa con sus decisiones. Desde el principio le dije que no querÃa tener hijos y nunca le hablé del pacto.
4:14 Para entonces lo habÃa apartado de mi memoria. Después de dos años nos casamos. VivÃamos tranquilos, mi madre estaba cerca y Marina se llevaba bien con ella. El embarazo ocurrió sin que lo planeáramos. Marina me dio la noticia después de confirmarlo con un médico. Ella estaba contenta y comenzó a hablar de los cambios que tendrÃamos que hacer. Mientras yo recordaba la vereda, el caballo y el contrato, no le dije nada. La abracé y pasé el resto del dÃa pensando en el hombre de negro. Esa noche casi no dormà y me repetà que el documento no tenÃa valor, que habÃan pasado muchos años y que aquel hombre podÃa estar muerto. Ninguna de esas razones eliminó el miedo. El embarazo avanzó. Marina preparó lo necesario para el niño y eligió el nombre de Carlos. Yo la acompañaba a sus consultas, pero cada semana esperaba que el charro regresara. Durante los últimos meses empecé a revisar las puertas antes de dormir.
5:18 Evitaba dejar sola a Marina. y prestaba atención a cualquier ruido del camino. Ella notó el cambio, aunque yo seguÃa negándome a contarle la verdad. Una noche escuché el paso de un caballo cerca de la casa. Me levanté, salà y encontré al mismo hombre junto a la entrada. Conservaba el mismo aspecto y habló con la misma seguridad. Dijo que el momento de cumplir se acercaba y que después del nacimiento me indicarÃa cuándo debÃa llevarle al niño. Le respondà que el acuerdo habÃa sido un error y que no pensaba entregar a mi hijo. Me recordó que yo habÃa firmado por voluntad propia. Mencionó a Marina y a mi madre, y señaló que la deuda podÃa cobrarse con toda mi familia si trataba de romper el contrato. Me acerqué para exigirle la hoja, pero movió el caballo y se mantuvo fuera de mi alcance. Le ofrecà devolver el dinero, las tierras y todo lo que habÃa conseguido desde aquella noche.
6:17 Respondió que esos bienes ya eran mÃos y que el pago no podÃa cambiarse. Antes de marcharse, dijo que no volverÃa a discutir el trato y que debÃa prepararme para cumplir. Cuando entré, Marina estaba despierta y me preguntó con quién habÃa hablado. Le dije que un hombre se habÃa detenido cerca de la casa, pero ella siguió preguntando por qué notó mi estado, pero evité responder. Después de esa visita, dormà poco. Cualquier ruido me hacÃa levantarme. Revisaba las puertas varias veces y acompañaba a Marina incluso cuando ella preferÃa salir sola. Mi conducta terminó por cansarla. Una noche me preguntó si estaba arrepentido del embarazo y le aseguré que querÃa a nuestro hijo, aunque no pude explicarle por qué temÃa su nacimiento. Semanas después el charro regresó y dijo que Carlos debÃa ser llevado a la misma vereda donde habÃamos firmado. esperarÃa hasta que cumpliera 30 dÃas pero no aceptarÃa retrasos ni cambios volvà a ofrecerle todo lo que poseÃa y le pedà que tomara mi vida respondió que mi vida no era el pago y que yo habÃa tenido años para evitar una familia cuando se marchó entendà que ya no podÃa seguir ocultando la verdad entré en la casa desperté a marina y me senté frente a ella TodavÃa recuerdo su expresión cuando le dije que todo habÃa comenzado mucho antes de conocerla. Entonces le conté lo ocurrido
7:48 en la vereda, el dinero, el contrato y la condición que yo habÃa aceptado. No intenté justificarme pues sabÃa que ninguna explicación podÃa corregir lo que habÃa afirmado. Marina no dijo nada mientras yo terminaba de hablar. Se quedó frente a mÃ, con la mirada fija en la mesa. Cuando levantó la vista, me preguntó si habÃa comprometido la vida de nuestro hijo por dinero. Le respondà que firmé porque estaba convencido de que nunca tendrÃa familia, pero esa explicación no la calmó. Dijo que yo habÃa decidido por alguien que aún no nacÃa y que ahora ella cargaba con las consecuencias. Después le mostré la copia del contrato que habÃa aparecido sobre la mesa. Yo no la habÃa puesto ahÃ.
8:33 La hoja tenÃa mi nombre, mi firma y la condición, y al final se indicaba que el niño debÃa ser entregado cuando cumpliera 30 dÃas. Marina leyó todo, dejó el papel sobre la mesa y me dijo que ya no confiaba en mÃ. Durante los dÃas siguientes casi no hablamos. Marina permanecÃa cerca pero evitaba quedarse sola conmigo. Mi madre notó la distancia y preguntó qué pasaba. Marina me pidió que no le contara nada todavÃa. pues temÃa alterarla. Cuando Carlos nació, lo sostuve y entendà que no podrÃa llevarlo a la vereda. Era mi hijo, dependÃa de nosotros y no tenÃa responsabilidad por lo que yo habÃa firmado. Me quedé cerca de él y de Marina. Lo cargaba cuando lloraba y revisaba que respirara bien. El miedo ya tenÃa un rostro, pues habÃa escuchado su llanto, sentido su cuerpo en mis brazos y sabÃa que el charro vendrÃa a cobrar. El hombre regresó, lo vi junto a la ventana y salà antes de que Marina despertara y me recordó que el plazo seguÃa corriendo.
9:42 Le dije que no cumplirÃa y que podÃa quedarse con las tierras, el dinero y lo recibido. Respondió que el contrato no permitÃa cambios y luego preguntó si estaba dispuesto a perder a Marina, a mi madre y a cualquiera que protegiera al niño. Añadió que la siguiente visita tendrÃa consecuencias. No le conté a Marina que habÃa vuelto, pues pensé en marcharnos, vender las propiedades y empezar lejos. Pero él habÃa encontrado mi casa y la distancia no garantizaba nada. DÃas después, mi madre sintió un dolor fuerte en el pecho y tuvimos que llevarla a una clÃnica. Marina se quedó con Carlos mientras yo acompañaba a mi madre. Mi madre me preguntó qué me ocurrÃa, pues reconocÃa el miedo en mi voz. Ya no pude sostener la mentira. Le conté desde la firma hasta la amenaza. Escuchó sin interrumpirme y dijo que yo habÃa cometido una irresponsabilidad, pero que entregar al niño no corregirÃa nada. Me pidió proteger a Carlos aunque tuviera que perder mis propiedades. Le respondà que el charro no aceptaba otro pago. Ella recordó que tampoco tenÃa razones para confiar en su palabra. Si era capaz de exigir a un niño, podÃa seguir dañándonos después de recibirlo.
10:59 Y esa idea me acompañó al regresar a casa. Le dije a Marina que debÃamos irnos apenas mi madre mejorara. Ella respondió que se marcharÃa con Carlos, pero que yo no los acompañarÃa hasta demostrar que podÃa protegerlos sin ocultar decisiones. No discutà porque entendÃa su desconfianza. El estado de mi madre empeoró y al mismo tiempo Carlos tuvo fiebre y dejó de alimentarse bien. Marina lo llevó a revisión. La fiebre bajaba y volvÃa después. Yo relacioné las dos enfermedades con la amenaza. Marina insistÃa en seguir las indicaciones médicas y mantener la calma, aunque su voz cambiaba cuando escuchábamos un caballo. La última visita ocurrió la noche anterior a que Carlos cumpliera 30 dÃas. El charro me esperaba fuera de la casa y dijo que debÃa llevar al niño a la vereda antes de terminar la noche siguiente. Le pregunté qué pasarÃa si iba solo Respondió que la deuda seguirÃa pendiente, que mi madre morirÃa primero y Marina serÃa la siguiente.
12:07 Intenté acercarme, pero se apartó y me recordó que la violencia no anulaba lo firmado y que cualquier intento aumentarÃa el costo para mi familia. Cuando regresé, Marina estaba junto a la cuna. HabÃa escuchado la conversación y me preguntó qué pensaba hacer. Le dije que no lo sabÃa. Ella tomó a Carlos y anunció que se marcharÃa. Le pedà que esperara, pues el niño seguÃa enfermo y mi madre estaba internada. Discutimos hasta que Marina se encerró con él. Yo me quedé en la sala, pensando en la amenaza, en la fiebre de Carlos y en mi madre. También recordé que el charro habÃa cumplido todo lo relacionado con el dinero y el poder. Por eso creà que cumplirÃa la amenaza. Antes del amanecer, Marina salió para preparar un biberón.
12:58 Entré al cuarto, tomé a Carlos y lo envolvÃ. El niño despertó, pero apenas lloró. Marina me vio cerca de la puerta, comprendió lo que hacÃa y se metió. Me exigió que le entregara al bebé, pero le respondà que si no cumplÃa, el charro acabarÃa con todos. Marina dijo que Carlos también era nuestra familia y que entregarlo significaba obedecer al hombre que nos estaba destruyendo. Intentó quitarme al niño, pero yo la aparté y salÃ. Escuché que me seguÃa y repetÃa mi nombre, pero subà a la camioneta y conduje hasta la vereda. El charro estaba ahÃ. HabÃa extendido una manta y me pidió que dejara al niño sobre ella.
13:42 Le pregunté si dejarÃa en paz a Marina y a mi madre. Respondió que el contrato quedarÃa pagado y no volverÃa por ellas. Y no explicó qué harÃa con Carlos. Permanecà inmóvil con mi hijo en brazos, mientras su respiración seguÃa débil. Pensé en regresar, pero también pensé que mi madre podÃa morir y Marina podÃa ser la siguiente. Al final dejé a Carlos sobre la manta. El charro desmontó, lo levantó y me entregó el contrato. AparecÃa una frase que confirmaba que la deuda estaba pagada. Le pregunté si podrÃa recuperar a mi hijo, pero me respondió que yo habÃa renunciado a ese derecho al firmar. Luego montó con Carlos en brazos y se alejó por la vereda. Regresé a la casa con el contrato, pero sin el niño.
14:33 Marina seguÃa en la entrada y al verme solo entendió lo ocurrido. Me preguntó dónde estaba Carlos. Le dije que el charro se lo habÃa llevado y que el pacto habÃa terminado. Ella tomó el contrato. Lo rompió y respondió que ningún papel justificaba lo que acababa de hacer. Se marchó ese dÃa y nunca volvió a vivir conmigo. Mi madre murió poco después. La entrega no cambió su estado ni salvó a nadie. El charro no volvió a visitarme. Los negocios continuaron y conservé las tierras, el dinero y la casa. Marina nunca me perdonó y yo no volvà a saber de Carlos. Han pasado años desde aquella noche y todavÃa recuerdo el peso de su cuerpo cuando lo llevé a la vereda, su respiración débil y el momento en que lo dejé sobre la manta. Firmé porque estaba seguro de que jamás tendrÃa una familia, pero cuando la tuve, comprendà lo que habÃa prometido, pero ya era tarde. Intenté salvar a todos, entregando al único que no participó en el acuerdo. Conservé lo que el charro me dio y perdà a las tres personas que daban sentido a mi vida.
15:46 Desde entonces sé que él no necesitó obligarme. Le bastó con esperar a que el miedo decidiera por mÃ.
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