July 30, 2026

Las Tres Brujas Querían Recuperar La Caja Oculta En Nuestra Casa - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Vivo en esta casa desde marzo de 2023. La renté porque quedaba cerca de mi trabajo y podía pagarla sola. Mi hermana Laura se mudó conmigo unas semanas después cuando empezó a trabajar desde casa. Ella tomó una recámara y yo la otra. Durante el primer mes no pasó nada fuera de lo común. Entrábamos y salíamos a distintas horas. Dormíamos bien y apenas hablábamos de la casa. La primera señal llegó una madrugada. Me despertaron tres golpes en la puerta principal, firmes y separados. Laura salió al pasillo al mismo tiempo que yo. Bajamos juntas, encendimos la luz de la sala y miramos por la ventana. Pero no había nadie en la entrada ni en la calle. El portón seguía cerrado y la puerta tenía puestos los dos seguros. Esperamos antes de abrir, luego revisamos la banqueta y el espacio entre la reja y la puerta. No encontramos huellas ni objetos fuera de lugar, así que cerramos de nuevo y subimos, aunque ninguna logró dormir bien el resto de la noche.

1:14 Durante los días siguientes empezamos a escuchar pasos en la planta baja. Comenzaban en la cocina, cruzaban la sala y se detenían al pie de la escalera. El sonido era claro, un paso detrás de otro, con una pausa breve antes del último. La primera vez bajamos creyendo que alguien había entrado. pero las puertas seguían cerradas y las ventanas tenían seguro. La segunda vez encendimos las luces desde arriba y esperamos. Los pasos avanzaron hasta la escalera y cesaron. A la mañana siguiente encontramos tierra húmeda en el piso de la cocina y marcas de pies descalzos. Los dedos eran largos, delgados y estaban muy separados. Laura tomó fotografías antes de que yo limpiara. Desde esa noche revisábamos la casa antes de acostarnos. Primero la puerta del patio, luego las ventanas, el portón y la entrada principal. Dejábamos una lámpara encendida abajo y los teléfonos cargados junto a la cama. Laura anotaba los ruidos en una libreta. En una semana registró golpes en la cocina, un arrastre junto a la mesa y pasos en el pasillo del segundo piso. Cada vez que salíamos a revisar, el ruido se detenía. Nunca hallamos una puerta abierta ni un mueble fuera de lugar, solo tierra cerca de la escalera, aún después de limpiar. Una mañana hablé con la vecina de enfrente y le pregunté si había visto personas rondando la casa de noche. Me

2:46 dijo que no, pero recordó haber escuchado golpes cuando la vivienda estaba vacía. También contó que los inquilinos anteriores se fueron de un día para otro y dejaron varias cosas dentro. Otro vecino confirmó que la mudanza fue rápida y ninguno quiso seguir hablando. Regresé a casa y se lo conté a Laura. Ella propuso llamar al dueño, pero decidimos esperar hasta tener algo concreto. La primera vez que vimos a la anciana fue a principios de mayo. Yo estaba despierta porque había escuchado un roce en el patio. Me acerqué a la ventana, abrí la cortina y vi a una mujer junto al lavadero. Era muy delgada, tenía el cabello blanco suelto y llevaba un vestido oscuro. Permanecía inclinada con las manos apoyadas en el borde. Encendí la luz exterior, levantó la cabeza y miró hacia mi cuarto. Sus ojos eran rojos desde el centro hasta los bordes. Llamé a Laura en voz baja. llegó antes de que la mujer se moviera y se quedó a mi lado, las dos la vimos apartarse del lavadero, bajar las manos al suelo y avanzar hacia la pared del fondo, sus uñas eran largas, oscuras y curvas, apoyaba primero los dedos y luego las palmas, mientras los pies seguían el mismo ritmo, al llegar a la barda trepó sin detenerse, pasó al otro lado y desapareció, Laura cerró la cortina. Yo llamé a la policía para

4:19 dejar constancia. Dos agentes revisaron el patio y la calle. Vieron las marcas en la parte alta de la pared y dijeron que no podían saber quién había entrado. Se fueron poco después. El dueño llegó esa tarde. Escuchó mi relato sin interrumpirme, pero cambió de expresión cuando mencioné los ojos rojos y las uñas. Antes de que terminara, me preguntó si la mujer caminaba apoyando las manos. Laura y yo no habíamos dicho ese detalle. Le pedí que explicara cómo lo sabía. Primero respondió que lo había supuesto. Luego admitió que una inquilina anterior había hablado de una anciana en el patio. Añadió que nadie había podido probar nada y que la mujer podía entrar desde otra casa. Le recordé que había subido la pared usando manos y pies.

5:13 Bajó la mirada y evitó responder. A partir de esa noche, dormimos en la misma recámara. Movimos un escritorio contra la puerta y dejamos una lámpara encendida en el pasillo. Dos noches después, un roce en la ventana nos despertó. Eran uñas arrastrándose sobre el vidrio, despacio, desde arriba hasta abajo. Laura tomó el teléfono y yo me acerqué desde un costado. El roce se detuvo. Luego hubo tres golpes. Abrí la cortina y la anciana estaba pegada a la ventana por fuera. Era la misma del patio. Una mano se aferraba al marco superior y la otra raspaba el vidrio. Y sus ojos seguían rojos. No había balcón, tubería ni borde donde pudiera sostenerse. Laura retrocedió hasta la cama y me pidió que no me acercara más. Entonces escuchamos un golpe dentro de la casa. seguido de un roce en el primer escalón.

6:12 La mujer de la ventana dejó de mover la mano. Las dos miramos hacia la puerta, y del otro lado comenzó a subir alguien, despacio, apoyando las uñas sobre cada escalón. El sonido llegó al pasillo y se detuvo frente a nuestro cuarto. Mientras la anciana seguía mirándonos desde el vidrio, otra mano pasó por debajo de la puerta y buscó el borde del escritorio. La mano avanzó hasta tocar una pata del escritorio. Los dedos eran largos, las uñas rozaron la madera y buscaron espacio para empujar. Laura se quedó junto a la cama con el teléfono en la mano. Yo apoyé todo mi peso contra el mueble y sentí el primer golpe desde el pasillo. El escritorio se movió lo suficiente para que una pata rechinara sobre el piso.

6:59 La anciana de la ventana empezó a golpear el vidrio con la frente, siempre en el mismo punto, y del otro lado de la puerta. La mano se retiró y la manija bajó tres veces. Después llegó otro empujón más fuerte. Laura dijo que una patrulla iba hacia la casa, así que le pedí que se alejara de la ventana y tomara la lámpara de metal que estaba junto a la cama. Los ruidos se detuvieron de golpe. pero la anciana seguía afuera con la cara pegada al vidrio y los ojos abiertos. Luego giró la cabeza hacia el pasillo. En ese momento sonó un golpe abajo, seguido por una voz que anunció la llegada de la policía. La anciana soltó el marco y bajó por la pared, y del pasillo llegó un roce rápido, después un golpe en la escalera y nada más.

7:51 Cuando los agentes subieron, encontraron el escritorio movido, la puerta marcada y tierra en varios escalones. La salida del patio estaba abierta y el seguro había quedado doblado. Revisaron la casa y no encontraron a nadie. Nos dijeron que saliéramos de ahí esa noche, así que recogimos ropa, documentos y los teléfonos. Dormimos en casa de una compañera de Laura. Por la mañana llamé al dueño y le exigí que fuera a la casa. Llegó después del mediodía. Vio los cortes en la puerta y el seguro del patio, pero mantuvo la misma actitud del día anterior. Dijo que podía permitirnos terminar el contrato, aunque no pensaba devolver el depósito.

8:34 Le respondí que ya sabía de las ancianas y que nos había rentado la casa sin advertirnos. Entonces, admitió que otras familias habían hablado de mujeres viejas dentro de la propiedad. Contó que una tía suya, Elvira, había vivido ahí con dos hermanas mayores. Las tres dejaron la casa a finales de los años 80 y murieron tiempo después. También dijo que una familia había llamado a un sacerdote por los ruidos, aunque evitó explicar qué ocurrió durante esa visita. Le pregunté por qué sabía que las mujeres caminaban apoyando las manos. Tardó en responder. Al final dijo que una antigua inquilina lo había descrito de esa manera, pero se negó a darnos su nombre. Añadió que esas historias habían mantenido la casa vacía durante meses. Antes de irse, miró hacia la escalera y nos pidió que no moviéramos nada del closet de la recámara principal. Era la primera vez que mencionaba ese lugar. Laura le preguntó qué había ahí. Contestó que solo guardaba tablas y herramientas. Luego salió sin esperar otra pregunta.

9:45 Decidimos vaciar la casa ese mismo fin de semana. Mi primo Daniel aceptó ayudarnos y contratamos a dos trabajadores. También fue un cerrajero porque queríamos cambiar el seguro del patio antes de pasar varias horas dentro. Llegamos por la tarde, revisamos las habitaciones y comenzamos a sacar muebles. Trabajamos sin separarnos y dejamos las puertas abiertas para mover las cosas con rapidez. Mientras los trabajadores bajaban una cama, Daniel revisó el closet que el dueño había mencionado. Una tabla del fondo estaba suelta. La retiró y encontró un espacio estrecho entre los muros. El cerrajero quitó otra tabla y alumbró el interior. Había tres cajas de madera apiladas al fondo.

10:29 Las abrimos en el piso. Dentro había ropa de mujer, mechones de cabello blanco, fotografías, papeles doblados y varios frascos con uñas largas. Algunas estaban enteras, otras partidas, pero todas sujetas con hilo oscuro. En una fotografía aparecían tres ancianas junto al lavadero y reconocía al dueño entre ellas. Era joven, pero tenía la misma cicatriz sobre la ceja. Detrás de la imagen había una fecha de 1994. Eso contradecía su relato, porque había dicho que las hermanas dejaron la casa varios años antes. En otras fotografías aparecía una mujer más joven.

11:12 Primero estaba sentada en la cocina, luego dentro del espacio oculto, con las muñecas atadas y la boca cubierta. Mi primo llamó al investigador que había tomado el reporte. le explicó lo que encontramos y recibió la orden de no tocar nada más guardamos las fotografías que ya teníamos en las manos y seguimos sacando muebles porque el dueño podía regresar y no queríamos dejar nuestras cosas ahí la tarde se convirtió en noche antes de que termináramos los trabajadores cargaron las últimas cajas el cerrajero revisó el portón y Daniel se quedó junto a la entrada Laura y yo volvimos a la recámara por la bolsa con las fotografías Entonces escuchamos un golpe dentro del muro. El segundo sonó arriba, cerca del techo, y el tercero llegó desde las escaleras.

12:03 Laura tomó la bolsa y me señaló la puerta, y salimos de la recámara. La anciana de la ventana estaba en el descanso del segundo piso, con una mano sobre el barandal y los ojos rojos fijos en nosotras. A su lado apareció la mujer que había subido la noche anterior. y detrás de ellas salió una tercera anciana, más alta, con el cabello recogido y las uñas apoyadas en la pared. Ninguna habló, solo empezaron a bajar juntas. Mi primo gritó que saliéramos. Los trabajadores dejaron lo que cargaban y corrieron al patio, y el cerrajero abrió el portón. Laura avanzó primero con la bolsa. Yo fui detrás, y Daniel cerró la puerta que separaba la sala de las escaleras. Las tres mujeres llegaron al primer tramo antes de que él alcanzara la salida. La puerta recibió un golpe, luego otro, y la madera se abrió cerca de la cerradura. Mi primo sostuvo la manija con ambas manos mientras nos ordenaba seguir.

13:09 Yo ya estaba en el patio cuando escuché que la puerta se rompía. La puerta se abrió de golpe y Daniel salió hacia el patio, pero una de las ancianas lo alcanzó antes de que cruzara. Lo sujetó de la camisa y lo hizo caer de rodillas. Intentó soltarse. Levantó un brazo para cubrirse y recibió las uñas en el hombro. Vi cómo la tela se abría y la sangre bajaba por su espalda. Regresé. Tomé un palo que estaba junto a la pared y golpeé la mano de la anciana. Una de sus uñas se quebró. La parte más grande cayó al piso y ella la recogió con rapidez, mientras un fragmento quedó atrapado en la camisa de mi primo.

13:51 Laura me gritó que saliera. Entre las dos logramos levantarlo, cruzamos el portón y lo cerramos desde afuera. Las tres ancianas se quedaron dentro de la sala. Una apoyó la frente contra el vidrio, otra miró la bolsa con las fotografías y la tercera permaneció junto a la escalera. No golpearon la puerta ni intentaron abrirla. Mi primo respiraba con dificultad y mantenía una mano sobre el hombro. Los trabajadores llamaron a una ambulancia mientras el cerrajero sostenía el portón cerrado. Cuando llegó la ayuda, las mujeres ya no estaban a la vista. Dos agentes entraron, revisaron la casa y salieron sin encontrarlas. Las otras cajas habían desaparecido y en el piso quedaron tierra, madera rota y marcas profundas cerca de la escalera. Daniel pasó la noche en el hospital, pues las heridas necesitaron varias suturas y durante semanas no pudo mover bien el brazo. El fragmento que quedó en su camisa fue entregado junto con las fotografías y los frascos de la caja. Después nos informaron que era parte de una uña humana, aunque no pudieron identificar a quién pertenecía.

15:04 La caja contenía ropa, cabello, papeles doblados y varias imágenes de las tres hermanas. En algunas aparecía el dueño cuando era joven y en otras estaba la mujer que vimos atada dentro del espacio oculto. Una fotografía la mostraba en la cocina con las manos sujetas detrás de la espalda y otra la mostraba acostada en el piso, junto al lavadero. El dueño cambió su versión cuando le enseñaron las imágenes. Primero dijo que la mujer era amiga de su tía, luego reconoció que era su madre. Aseguró que ella había discutido con las tres hermanas y había salido de la casa esa misma noche. El problema fue que, cuando la reportaron como desaparecida, él declaró que nunca había entrado en la propiedad. Esa contradicción permitió revisar el lugar con más cuidado.

15:55 Levantaron parte del piso de la cocina y excavaron junto al lavadero. Bajo una capa de cemento encontraron restos humanos. Meses después confirmaron que el cuerpo principal pertenecía a la madre del dueño. También hallaron huesos de otras personas, pero no pudieron identificarlos. La casa quedó cerrada y el dueño fue detenido mientras investigaban su participación. No se estableció la causa exacta de la muerte ni se demostró quién enterró el cuerpo. Laura y yo cancelamos el contrato. Dejamos los muebles en una bodega y nos mudamos a un departamento. Durante las primeras semanas no ocurrió nada. Daniel se recuperó, aunque perdió sensibilidad en una parte del hombro. Nosotras volvimos al trabajo y tratamos de dormir sin revisar cada puerta varias veces. Yo guardé copias de las fotografías en una carpeta, porque temía que también desaparecieran. Una madrugada escuché un roce en la cocina. y Laura también estaba despierta. Salimos juntas y encontramos un frasco sobre la mesa. Era igual a los que estaban dentro de la caja. En su interior había una uña larga, quebrada cerca de la punta. Nadie había forzado la puerta y las ventanas seguían cerradas. Entregamos el frasco y días después nos dijeron que la parte rota encajaba con el fragmento sacado de la camisa del primo.

17:23 Era la misma uña que había visto partirse en la casa. La anciana había recogido la pieza grande, por eso nunca entendí cómo llegó hasta nuestra cocina. Poco después recibí una llamada del antiguo dueño. Preguntó por la caja y me dijo que debía regresar a la casa. Le respondí que ya no estaba con nosotras. Entonces habló de sus tías y dijo que buscaban sus cosas y que no iban a detenerse hasta recuperarlas. Le pregunté qué había dentro de las otras dos cajas, pero guardó silencio unos segundos y colgó. Entregué el registro de la llamada, aunque no aportó información nueva. Desde esa noche empezaron los ruidos en el departamento. Primero fueron pasos en la cocina, luego golpes en la puerta y después uñas sobre las ventanas. Ocurrían de madrugada y cesaban cuando encendíamos las luces. Revisábamos las habitaciones juntas, pero nunca encontrábamos a nadie. Tampoco aparecían daños en las cerraduras.

18:23 Los ruidos cambiaban de lugar cada noche. A veces comenzaban junto a la entrada, avanzaban por la sala y terminaban frente a mi cuarto. Otras veces llegaban desde el armario o desde el espacio bajo la cama. Dejamos de abrir las puertas durante la madrugada y cuando escuchábamos algo encendíamos la luz. Nos quedábamos juntas y esperábamos hasta que amaneciera. Una noche oímos una voz en el pasillo. Dijo mi nombre y pidió que devolviéramos la caja. Laura estaba conmigo y escuchó las mismas palabras Cerramos la puerta de la recámara Empujamos una cómoda contra ella y guardamos silencio La voz repitió mi nombre, esta vez más cerca Después una mano raspó la madera desde afuera El sonido bajó hasta el piso y permaneció ahí durante varios minutos Cuando cesó, no movimos la cómoda Esperamos hasta que entró la luz por la ventana Al abrir, encontramos cinco cortes en la parte interior de la puerta Las marcas comenzaban cerca de la manija y terminaban a pocos centímetros del suelo. Desde entonces dormíamos en la misma habitación. La caja seguía bajo resguardo y la casa permanecía cerrada, por lo que no teníamos nada que devolver. Pensamos en mudarnos otra vez, pero ya habíamos dejado una vivienda y los ruidos nos habían seguido.

19:45 Aún así, comenzamos a empacar. la última noche dejamos varias bolsas junto a la entrada y dormimos vestidas listas para salir al amanecer me despertaron tres golpes en la puerta principal laura se incorporó a mi lado y buscó el teléfono antes de que alcanzara a levantarse escuché un roce debajo de mi cama miré hacia el piso y vi una mano larga salir despacio los dedos se apoyaron sobre la madera las uñas avanzaron hasta tocar mi pie y desde el pasillo la voz volvió a decir mi nombre Laura encendió la luz y las dos corrimos hacia la puerta. No miré debajo de la cama, solo sentí las uñas rozar mi tobillo mientras salíamos. Bajamos las escaleras, cruzamos la sala y abrimos la entrada sin detenernos. Detrás de nosotras escuchamos pasos, golpes y la voz repitiendo mi nombre. Llegamos a la calle y seguimos corriendo hasta la casa de un vecino. Esa misma mañana recogimos lo indispensable, acompañadas por varias personas. Dejamos muebles, ropa y cajas. Nunca volvimos a entrar.

20:52 Desde entonces, ningún ruido ha vuelto a seguirnos. Y esperamos que así siga.