Una CURANDERA Puede ENVENENARTE Historias De Terror - REDE
¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd
0:05 En 2016, mi madre decidió acudir con una curandera de un pueblo cercano. TenÃa 58 años y arrastraba dolores en el cuerpo que los médicos atribuÃan a la edad. Ella convencida de que eran cosas del alma y no del cuerpo, buscaba alivio en creencias que yo nunca compartÃ. Me dijo que habÃa conocido a una mujer que hacÃa limpias y ceremonias, que sabÃa preparar remedios con hierbas y que tenÃa fama de ayudar en problemas espirituales. Yo le respondà que no confiaba en esas prácticas, que lo mejor era seguir su tratamiento médico. Ella no me hizo caso. Una tarde me pidió acompañarla. No querÃa ir, pero insistió tanto que acepté.
0:48 Llegamos al pueblo después de media hora en taxi. Las calles eran angostas, con casas de adobe y techos de lámina. En la esquina de una plaza pequeña estaba la casa de la curandera, una construcción baja con paredes encaladas. La entrada estaba adornada con plantas secas colgadas en racimos, ramas y botellas de vidrio llenas de lÃquidos de colores. El olor era fuerte. una mezcla de copal y hierbas quemadas. La curandera salió a recibirnos. Era una mujer de unos 60 años. Llevaba un vestido negro con bordados rojos en el cuello. Apenas me miró, se dirigió directo a mi madre, como si yo no existiera. La tomó del brazo y le dijo que su mal no era fÃsico, que su espÃritu estaba cargado de envidia y sombras, y que esa era la razón de sus achaques. Yo quise interrumpir, pero mi madre me pidió en voz baja que no hablara, que la dejara atenderse. Entramos en un cuarto pequeño. Las paredes estaban cubiertas de imágenes religiosas mezcladas con veladoras a medio consumir.
1:55 En una mesa habÃa frascos de vidrio con raÃces flotando, figuras de barro ennegrecidas y un mortero con restos de hojas molidas. El aire estaba denso con humo de incienso. Nos pidió sentarnos en dos sillas frente a ella. La curandera comenzó a hablar en voz baja, como en un rezo. Encendió más velas y pasó un ramo de hierbas por el cuerpo de mi madre. Después preparó una infusión en una olla de peltre. Sacó hierbas secas de una bolsa, las echó al agua hirviendo y revolvió con una cuchara de madera. El olor se volvió amargo, penetrante. Sirvió el lÃquido en una taza y se la ofreció a mi madre.
2:36 Yo me adelanté y le dije que no lo tomara, que no confiaba en lo que habÃa ahÃ. La curandera me miró con frialdad y dijo que el remedio era para purificar el alma, que yo no entendÃa porque estaba lleno de incredulidad. Mi madre dudó unos segundos, pero finalmente bebió el té en sorbos lentos, cerrando los ojos como si quisiera convencerse de que sanaba. Al poco rato comenzó a sudar. Su rostro se puso pálido y empezó a quejarse de dolor en el estómago. Yo me levanté de inmediato y le reclamé a la curandera. Ella respondió que era normal, que el cuerpo expulsaba lo malo y que debÃa dejarla terminar el proceso. Pero mi madre se retorcÃa en la silla, llevándose las manos al vientre. Le temblaban los labios. La abracé y le pedà que no siguiera tomando nada. Quise llamar un taxi de inmediato. La curandera insistÃa en que debÃamos esperar, que era parte de la limpieza.
3:37 Yo no le hice caso. Saqué a mi madre del cuarto casi a la fuerza. Afuera, ella apenas podÃa mantenerse en pie. Logré llevarla de regreso a la ciudad. Pasamos toda la noche en urgencias. Los médicos nos dijeron que habÃa ingerido una mezcla tóxica, que su sistema digestivo estaba inflamado y que habÃa signos de envenenamiento. No murió, pero su salud quedó comprometida. tuvo que permanecer hospitalizada varios dÃas con tratamientos para controlar el daño yo no dejaba de pensar en la mujer que la atendió recordaba sus ojos frÃos cuando me pidió que la dejara trabajar la seguridad con la que le dio aquel té para mà no era ignorancia ni accidente era un acto deliberado Y lo más doloroso era que mi madre, aún con el suero en el brazo, me decÃa que tal vez era parte de la purificación y que todo tenÃa un propósito. Los dÃas siguientes en el hospital fueron pesados. Mi madre apenas podÃa comer y la mantenÃan con lÃquidos por vena. TenÃa el estómago inflamado y sufrÃa mareos continuos. Los médicos dijeron que el daño no era irreversible, pero que debÃa cuidarse mucho porque su organismo habÃa quedado débil. Yo me quedaba con ella en las noches, sentado en una silla de plástico, escuchando los pitidos de las máquinas y observando cómo se dormÃa de rato en rato con gestos de dolor, cada vez que me preguntaban qué habÃa tomado. Respondà a lo mismo.
5:11 Un té preparado por una curandera de pueblo. La expresión de los doctores era clara. Uno de ellos me dijo que eso no era raro, que cada año llegaban pacientes intoxicados por remedios caseros. Pero para mà no era un simple error. Yo habÃa visto a la mujer preparar la infusión con calma, como si supiera exactamente lo que hacÃa. Mi madre seguÃa convencida de que no habÃa sido un envenenamiento, sino un efecto necesario. DecÃa que los males del alma se expulsaban con dolor y que yo no entendÃa por qué me faltaba fe. Discutimos varias veces. Le recordaba que casi muere, que si no la hubiera sacado de ahÃ, tal vez no estarÃa en esa cama. Ella me respondÃa que exageraba, que lo importante era que seguÃa viva. me desesperaba escucharla defender a la misma persona que la habÃa puesto en ese estado cuando le dieron el alta regresamos a casa con una lista de medicamentos y dietas estrictas yo la acompañaba a todas partes temiendo que volviera a caer en lo mismo me prometà no dejarla sola con esas ideas de limpias y rituales pero lo que más me carcomÃa era la curandera no podÃa sacarme de la cabeza a esa mujer Una tarde decidà volver al pueblo.
6:32 No le dije nada a mi madre, solo tomé un taxi y pedà que me dejara en la plaza. Caminé hasta la casa de la mujer. La fachada seguÃa igual, con ramas secas y botellas colgadas. La puerta estaba abierta, pero no se veÃa a nadie dentro. Me asomé y el mismo olor a hierbas quemadas impregnaba mucho el lugar. En el interior habÃa gente esperando. dos mujeres mayores y un joven con muletas todos estaban sentados en silencio como en una sala de espera improvisada me quedé mirando desde la entrada hasta que apareció ella vestÃa la misma ropa negra con bordados hablaba en voz baja con una de las mujeres y luego se metió hacia el cuarto del fondo No sabÃa si entrar a enfrentarla o marcharme. Al final me alejé, pero con la certeza de que seguÃa atendiendo como si nada hubiera pasado. En el camino de regreso empecé a preguntar en las tienditas y algunos vecinos.
7:31 La mayorÃa respondÃa con evasivas. DecÃan que la conocÃan de años, que atendÃa a mucha gente y que no todos quedaban conformes. Una señora me confesó que su cuñado también habÃa terminado en el hospital después de una limpia, pero que nunca lo reconocieron oficialmente porque no quisieron problemas. Otra mencionó que habÃa familias que le tenÃan miedo, que aseguraban que no solo usaba hierbas, sino otras cosas que no debÃa. Con cada respuesta, mi coraje crecÃa. Mi madre no era la primera en salir dañada, y seguramente tampoco serÃa la última. Quise denunciarla, pero no tenÃa pruebas suficientes. En casa, mi madre mejoraba despacio. Caminaba con cuidado y seguÃa con las medicinas.
8:19 Yo trataba de no hablar del tema, pero ella a veces lo sacaba. Pasaron varias semanas desde aquella noche en el hospital. Entre clases, traslados y la vigilancia constante a mi madre, me sentÃa cansado. Pero no podÃa dejar de hacerlo. Ella mejoró poco a poco, aunque no del todo. Caminaba más erguida, ya podÃa cocinar cosas simples y hasta barrÃa el patio despacio. Pero se cansaba rápido. Los médicos habÃan advertido que sus órganos todavÃa estaban débiles y que debÃa tener cuidado. Yo me aferraba a esas palabras para mantenerla lejos de la curandera. La rutina parecÃa estabilizarse. Por momentos creà que el susto habÃa servido. que no volverÃa a poner un pie en esa casa. Pero una tarde, al llegar de la universidad, noté un olor extraño en la casa, un humo fuerte que se quedaba en la garganta. Seguà el rastro hasta la habitación de mi madre. La puerta estaba entreabierta. Toqué y entré. Ella estaba sentada en la orilla de la cama, con una hoja doblada en las manos.
9:27 Murmuraba palabras que apenas alcancé a escuchar, un rezo escrito con letra torpe en papel amarillento. Frente a ella, sobre una mesita, ardÃa un incienso grueso colocado en un frasco de vidrio. El humo salÃa denso, gris oscuro y llenaba la habitación con un olor insoportable. una mezcla entre plástico quemado y hierba rancia. Le pregunté qué estaba haciendo. Guardó la hoja con rapidez y me respondió que era un rezo de sanación que la curandera le habÃa entregado. Sentà un fuerte enojo. Le pregunté si habÃa vuelto con ella. No quiso responderme al principio, solo bajó la mirada, pero el silencio fue suficiente. Le reclamé que después de todo lo que habÃa pasado, después del hospital y los dolores, se hubiera atrevido a regresar. Ella me contestó que la curandera le habÃa dicho que lo anterior fue una purga incompleta, que necesitaba reforzar el proceso y que este rezo, junto con el incienso, terminarÃa de limpiar lo que quedaba en su cuerpo. No lo podÃa creer. Le grité que eso podÃa ser veneno, que no sabÃamos que contenÃa ese humo y que le estaba haciendo más daño. Ella insistió en que el olor desagradable era señal de que el mal salÃa de la casa. Me acerqué a la mesita y apagué el incienso con un vaso de agua. El humo subió de golpe y casi nos hizo toser. Le dije que podÃa matarse sola si seguÃa obedeciendo a esa mujer.
10:58 Ella se levantó indignada y me dijo que yo no entendÃa. le recordé la noche en que casi muere el dolor los médicos los sueros todo lo que habÃamos pasado ella se quedó callada por unos segundos con la hoja todavÃa entre las manos y me contestó que ese sufrimiento era parte del proceso de limpieza que la curandera lo habÃa explicado ya no sabÃa si mi madre hablaba con convicción propia o si estaba bajo la influencia de esa mujer Esa noche la pasé en vela, pensando en qué hacer. Escuchaba a mi madre rezar en voz baja en su habitación, murmurando las mismas palabras de la hoja. El olor del incienso se quedó impregnado en las cortinas y en la ropa, como si no hubiera manera de sacarlo. Cada tanto sentÃa la urgencia de levantarme y romper esa hoja en pedazos, pero me contuve. SabÃa que ella lo verÃa como un ataque directo y que solo la empujarÃa más hacia esa mujer.
11:59 Al amanecer, mi madre estaba tranquila, como si nada hubiera pasado. Preparó café y me preguntó por mis clases. Actuaba normal, pero yo no podÃa dejar de pensar que habÃa vuelto a caer en las manos de la curandera. Entendà que si no hacÃa algo, todo volverÃa a repetirse, quizá con consecuencias peores. Guardé el vaso con las cenizas apagadas en una bolsa, junto con la hoja del rezo que conseguà tomar de su buró cuando salió al patio. No querÃa tocar más esas cosas, pero sabÃa que necesitaba pruebas de lo que estaba ocurriendo. En mi mente ya tenÃa una idea, enfrentar directamente a la curandera y exigirle explicaciones, aunque no supiera cómo iba a reaccionar. Esa noche no pude dormir bien.
12:48 Me quedé con la cabeza llena de pensamientos sobre lo que mi madre habÃa hecho y la forma en que volvÃa a defender a esa mujer. Aun cuando lograba cerrar los ojos, me despertaba a cada rato con la sensación de que algo no estaba bien. Cerca de las 3 de la mañana me pasó lo peor. Me quedé completamente inmóvil en la cama. Sentà como si todo mi cuerpo estuviera sujeto por un peso invisible. Quise mover un dedo o abrir la boca para gritar, pero nada respondÃa. La respiración se me fue cerrando poco a poco, como si me hundiera en el agua. En el sueño estaba debajo de un rÃo oscuro, flotando hacia abajo mientras mis pulmones se vaciaban.
13:32 Intentaba patalear, pero el cuerpo no me obedecÃa. Abrà los ojos, pero lo único que veÃa era mi propio cuarto, con la oscuridad encima, y aún asà no podÃa respirar. El aire me faltaba tanto que sentà que iba a desmayarme. En medio de esa lucha, escuché una risa. No era la voz de mi madre ni de nadie conocido. Era una risa fuerte, masculina, que parecÃa retumbar en todo el cuarto. Se reÃa como si disfrutara mi agonÃa, como si esperara a que yo dejara de moverme. El sonido no era lejano, lo sentÃa junto a mi oÃdo vibrando en mi cabeza. En un instante logré soltar un quejido. Eso rompió la parálisis y recuperé el control de mis brazos. Me incorporé de golpe, jadeando, tragando aire como si acabara de salir a la superficie. Me quedé sentado en la cama, empapado en sudor. En la mañana, mientras desayunábamos, le conté todo a mi madre. Le expliqué cómo habÃa sentido que me ahogaba, cómo habÃa escuchado esa risa que no pertenecÃa a nadie conocido.
14:39 Ella se quedó seria, con las manos temblorosas sobre la taza de café. Su reacción no fue de miedo. Bajó la mirada y después de unos segundos confesó algo que me dejó aún más enojado. dijo que la curandera la última vez que la vio le habÃa entregado una bolsa pequeña de unos 15 centÃmetros envuelta en tela oscura y que le pidió esconderla en la casa no habÃa querido decirme porque según ella era un amuleto de protección Pero ahora, con lo que yo habÃa vivido, admitÃa que sentÃa miedo de haberlo aceptado. Le pedà que me mostrara la bolsa. Fue a su cuarto y sacó un envoltorio escondido en el fondo del closet, dentro de una caja de zapatos.
15:23 La tela estaba amarrada con hilo negro y tenÃa un olor agrio, como tierra húmeda mezclada con algo quemado. La abrà con cuidado. Dentro habÃa cosas que no dejaban duda de que no era un simple amuleto. HabÃa trozos de papel arrugados con nombres escritos a mano, pedazos de uñas, hilos de colores y un muñeco pequeño hecho de tela, con alfileres clavados en el pecho y en la cabeza. La expresión cosida en el muñeco parecÃa una mueca torcida. era brujerÃa le mostré a mi madre cada objeto y le dije que esto no era sanación que eran malas intenciones que nadie que buscara ayudar escondÃa cosas asà en las casas de los demás ella al ver el muñeco y los alfileres comenzó a llorar por primera vez reconoció que esa mujer podÃa no ser buena que tal vez habÃa cometido un error confiando en ella Le dije que no volverÃa a permitir que esa curandera se acercara a nosotros.
16:25 Tomé la bolsa y la guardé en una caja aparte, sin decidir todavÃa qué hacer con ella. El resto del dÃa lo pasé con un malestar extraño. La sensación de ahogo de la madrugada seguÃa en mi pecho, y cada vez que cerraba los ojos escuchaba de nuevo esa risa. Pero lo que más me quemaba era pensar en la intención detrás de la bolsa.¿ Cuántas más tendrÃa repartidas en casas de gente que confiaba ciegamente en ella? Mi madre ya no defendió a la curandera. Me dijo que ahora entendÃa lo que yo trataba de advertirle, que lo que habÃa visto en esa bolsa no podÃa justificarse como sanación. Guardé la bolsa en una caja metálica y la llevé lejos de la casa. No quise quemarla ni abrirla de nuevo, solo dejarla en un terreno baldÃo donde no hubiera forma de que alguien la encontrara fácilmente. Regresé con la ropa impregnada de ese olor agrio, convencido de que lo mejor era no volver a tocar nada que viniera de esa mujer.
17:25 Los dÃas siguientes, mi madre se mostró distinta. Ya no mencionó rezos, ni limpias, ni la posibilidad de volver a verla. Se aferró a sus medicinas y a las indicaciones de los doctores. Al principio todavÃa se le notaba la duda, pero con el paso de las semanas su postura cambió por completo. Me dijo que no volverÃa a confiar en curanderas, que lo que habÃa visto en la bolsa fue suficiente para entender que no eran remedios ni ayudas, sino todo lo contrario. Yo también cambié mi manera de hablar del tema. No digo que no acudan si tienen fe en esas prácticas, pero sà advierto que nunca deben aceptar nada para beber o comer. La confianza no sirve de escudo contra lo que no conoces. No sabes si te están dando veneno o droga para que sientas un efecto. Lo que pasó con mi madre fue prueba suficiente. En muchos pueblos aún hay quienes se aprovechan de la fe para dañar a otros.
Apple Podcasts
Spotify
Castro
RSS Feed