Sept. 7, 2025

Una CURANDERA Puede ENVENENARTE Historias De Terror - REDE

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0:05 En 2016, mi madre decidió acudir con una curandera de un pueblo cercano. Tenía 58 años y arrastraba dolores en el cuerpo que los médicos atribuían a la edad. Ella convencida de que eran cosas del alma y no del cuerpo, buscaba alivio en creencias que yo nunca compartí. Me dijo que había conocido a una mujer que hacía limpias y ceremonias, que sabía preparar remedios con hierbas y que tenía fama de ayudar en problemas espirituales. Yo le respondí que no confiaba en esas prácticas, que lo mejor era seguir su tratamiento médico. Ella no me hizo caso. Una tarde me pidió acompañarla. No quería ir, pero insistió tanto que acepté.

0:48 Llegamos al pueblo después de media hora en taxi. Las calles eran angostas, con casas de adobe y techos de lámina. En la esquina de una plaza pequeña estaba la casa de la curandera, una construcción baja con paredes encaladas. La entrada estaba adornada con plantas secas colgadas en racimos, ramas y botellas de vidrio llenas de líquidos de colores. El olor era fuerte. una mezcla de copal y hierbas quemadas. La curandera salió a recibirnos. Era una mujer de unos 60 años. Llevaba un vestido negro con bordados rojos en el cuello. Apenas me miró, se dirigió directo a mi madre, como si yo no existiera. La tomó del brazo y le dijo que su mal no era físico, que su espíritu estaba cargado de envidia y sombras, y que esa era la razón de sus achaques. Yo quise interrumpir, pero mi madre me pidió en voz baja que no hablara, que la dejara atenderse. Entramos en un cuarto pequeño. Las paredes estaban cubiertas de imágenes religiosas mezcladas con veladoras a medio consumir.

1:55 En una mesa había frascos de vidrio con raíces flotando, figuras de barro ennegrecidas y un mortero con restos de hojas molidas. El aire estaba denso con humo de incienso. Nos pidió sentarnos en dos sillas frente a ella. La curandera comenzó a hablar en voz baja, como en un rezo. Encendió más velas y pasó un ramo de hierbas por el cuerpo de mi madre. Después preparó una infusión en una olla de peltre. Sacó hierbas secas de una bolsa, las echó al agua hirviendo y revolvió con una cuchara de madera. El olor se volvió amargo, penetrante. Sirvió el líquido en una taza y se la ofreció a mi madre.

2:36 Yo me adelanté y le dije que no lo tomara, que no confiaba en lo que había ahí. La curandera me miró con frialdad y dijo que el remedio era para purificar el alma, que yo no entendía porque estaba lleno de incredulidad. Mi madre dudó unos segundos, pero finalmente bebió el té en sorbos lentos, cerrando los ojos como si quisiera convencerse de que sanaba. Al poco rato comenzó a sudar. Su rostro se puso pálido y empezó a quejarse de dolor en el estómago. Yo me levanté de inmediato y le reclamé a la curandera. Ella respondió que era normal, que el cuerpo expulsaba lo malo y que debía dejarla terminar el proceso. Pero mi madre se retorcía en la silla, llevándose las manos al vientre. Le temblaban los labios. La abracé y le pedí que no siguiera tomando nada. Quise llamar un taxi de inmediato. La curandera insistía en que debíamos esperar, que era parte de la limpieza.

3:37 Yo no le hice caso. Saqué a mi madre del cuarto casi a la fuerza. Afuera, ella apenas podía mantenerse en pie. Logré llevarla de regreso a la ciudad. Pasamos toda la noche en urgencias. Los médicos nos dijeron que había ingerido una mezcla tóxica, que su sistema digestivo estaba inflamado y que había signos de envenenamiento. No murió, pero su salud quedó comprometida. tuvo que permanecer hospitalizada varios días con tratamientos para controlar el daño yo no dejaba de pensar en la mujer que la atendió recordaba sus ojos fríos cuando me pidió que la dejara trabajar la seguridad con la que le dio aquel té para mí no era ignorancia ni accidente era un acto deliberado Y lo más doloroso era que mi madre, aún con el suero en el brazo, me decía que tal vez era parte de la purificación y que todo tenía un propósito. Los días siguientes en el hospital fueron pesados. Mi madre apenas podía comer y la mantenían con líquidos por vena. Tenía el estómago inflamado y sufría mareos continuos. Los médicos dijeron que el daño no era irreversible, pero que debía cuidarse mucho porque su organismo había quedado débil. Yo me quedaba con ella en las noches, sentado en una silla de plástico, escuchando los pitidos de las máquinas y observando cómo se dormía de rato en rato con gestos de dolor, cada vez que me preguntaban qué había tomado. Respondí a lo mismo.

5:11 Un té preparado por una curandera de pueblo. La expresión de los doctores era clara. Uno de ellos me dijo que eso no era raro, que cada año llegaban pacientes intoxicados por remedios caseros. Pero para mí no era un simple error. Yo había visto a la mujer preparar la infusión con calma, como si supiera exactamente lo que hacía. Mi madre seguía convencida de que no había sido un envenenamiento, sino un efecto necesario. Decía que los males del alma se expulsaban con dolor y que yo no entendía por qué me faltaba fe. Discutimos varias veces. Le recordaba que casi muere, que si no la hubiera sacado de ahí, tal vez no estaría en esa cama. Ella me respondía que exageraba, que lo importante era que seguía viva. me desesperaba escucharla defender a la misma persona que la había puesto en ese estado cuando le dieron el alta regresamos a casa con una lista de medicamentos y dietas estrictas yo la acompañaba a todas partes temiendo que volviera a caer en lo mismo me prometí no dejarla sola con esas ideas de limpias y rituales pero lo que más me carcomía era la curandera no podía sacarme de la cabeza a esa mujer Una tarde decidí volver al pueblo.

6:32 No le dije nada a mi madre, solo tomé un taxi y pedí que me dejara en la plaza. Caminé hasta la casa de la mujer. La fachada seguía igual, con ramas secas y botellas colgadas. La puerta estaba abierta, pero no se veía a nadie dentro. Me asomé y el mismo olor a hierbas quemadas impregnaba mucho el lugar. En el interior había gente esperando. dos mujeres mayores y un joven con muletas todos estaban sentados en silencio como en una sala de espera improvisada me quedé mirando desde la entrada hasta que apareció ella vestía la misma ropa negra con bordados hablaba en voz baja con una de las mujeres y luego se metió hacia el cuarto del fondo No sabía si entrar a enfrentarla o marcharme. Al final me alejé, pero con la certeza de que seguía atendiendo como si nada hubiera pasado. En el camino de regreso empecé a preguntar en las tienditas y algunos vecinos.

7:31 La mayoría respondía con evasivas. Decían que la conocían de años, que atendía a mucha gente y que no todos quedaban conformes. Una señora me confesó que su cuñado también había terminado en el hospital después de una limpia, pero que nunca lo reconocieron oficialmente porque no quisieron problemas. Otra mencionó que había familias que le tenían miedo, que aseguraban que no solo usaba hierbas, sino otras cosas que no debía. Con cada respuesta, mi coraje crecía. Mi madre no era la primera en salir dañada, y seguramente tampoco sería la última. Quise denunciarla, pero no tenía pruebas suficientes. En casa, mi madre mejoraba despacio. Caminaba con cuidado y seguía con las medicinas.

8:19 Yo trataba de no hablar del tema, pero ella a veces lo sacaba. Pasaron varias semanas desde aquella noche en el hospital. Entre clases, traslados y la vigilancia constante a mi madre, me sentía cansado. Pero no podía dejar de hacerlo. Ella mejoró poco a poco, aunque no del todo. Caminaba más erguida, ya podía cocinar cosas simples y hasta barría el patio despacio. Pero se cansaba rápido. Los médicos habían advertido que sus órganos todavía estaban débiles y que debía tener cuidado. Yo me aferraba a esas palabras para mantenerla lejos de la curandera. La rutina parecía estabilizarse. Por momentos creí que el susto había servido. que no volvería a poner un pie en esa casa. Pero una tarde, al llegar de la universidad, noté un olor extraño en la casa, un humo fuerte que se quedaba en la garganta. Seguí el rastro hasta la habitación de mi madre. La puerta estaba entreabierta. Toqué y entré. Ella estaba sentada en la orilla de la cama, con una hoja doblada en las manos.

9:27 Murmuraba palabras que apenas alcancé a escuchar, un rezo escrito con letra torpe en papel amarillento. Frente a ella, sobre una mesita, ardía un incienso grueso colocado en un frasco de vidrio. El humo salía denso, gris oscuro y llenaba la habitación con un olor insoportable. una mezcla entre plástico quemado y hierba rancia. Le pregunté qué estaba haciendo. Guardó la hoja con rapidez y me respondió que era un rezo de sanación que la curandera le había entregado. Sentí un fuerte enojo. Le pregunté si había vuelto con ella. No quiso responderme al principio, solo bajó la mirada, pero el silencio fue suficiente. Le reclamé que después de todo lo que había pasado, después del hospital y los dolores, se hubiera atrevido a regresar. Ella me contestó que la curandera le había dicho que lo anterior fue una purga incompleta, que necesitaba reforzar el proceso y que este rezo, junto con el incienso, terminaría de limpiar lo que quedaba en su cuerpo. No lo podía creer. Le grité que eso podía ser veneno, que no sabíamos que contenía ese humo y que le estaba haciendo más daño. Ella insistió en que el olor desagradable era señal de que el mal salía de la casa. Me acerqué a la mesita y apagué el incienso con un vaso de agua. El humo subió de golpe y casi nos hizo toser. Le dije que podía matarse sola si seguía obedeciendo a esa mujer.

10:58 Ella se levantó indignada y me dijo que yo no entendía. le recordé la noche en que casi muere el dolor los médicos los sueros todo lo que habíamos pasado ella se quedó callada por unos segundos con la hoja todavía entre las manos y me contestó que ese sufrimiento era parte del proceso de limpieza que la curandera lo había explicado ya no sabía si mi madre hablaba con convicción propia o si estaba bajo la influencia de esa mujer Esa noche la pasé en vela, pensando en qué hacer. Escuchaba a mi madre rezar en voz baja en su habitación, murmurando las mismas palabras de la hoja. El olor del incienso se quedó impregnado en las cortinas y en la ropa, como si no hubiera manera de sacarlo. Cada tanto sentía la urgencia de levantarme y romper esa hoja en pedazos, pero me contuve. Sabía que ella lo vería como un ataque directo y que solo la empujaría más hacia esa mujer.

11:59 Al amanecer, mi madre estaba tranquila, como si nada hubiera pasado. Preparó café y me preguntó por mis clases. Actuaba normal, pero yo no podía dejar de pensar que había vuelto a caer en las manos de la curandera. Entendí que si no hacía algo, todo volvería a repetirse, quizá con consecuencias peores. Guardé el vaso con las cenizas apagadas en una bolsa, junto con la hoja del rezo que conseguí tomar de su buró cuando salió al patio. No quería tocar más esas cosas, pero sabía que necesitaba pruebas de lo que estaba ocurriendo. En mi mente ya tenía una idea, enfrentar directamente a la curandera y exigirle explicaciones, aunque no supiera cómo iba a reaccionar. Esa noche no pude dormir bien.

12:48 Me quedé con la cabeza llena de pensamientos sobre lo que mi madre había hecho y la forma en que volvía a defender a esa mujer. Aun cuando lograba cerrar los ojos, me despertaba a cada rato con la sensación de que algo no estaba bien. Cerca de las 3 de la mañana me pasó lo peor. Me quedé completamente inmóvil en la cama. Sentí como si todo mi cuerpo estuviera sujeto por un peso invisible. Quise mover un dedo o abrir la boca para gritar, pero nada respondía. La respiración se me fue cerrando poco a poco, como si me hundiera en el agua. En el sueño estaba debajo de un río oscuro, flotando hacia abajo mientras mis pulmones se vaciaban.

13:32 Intentaba patalear, pero el cuerpo no me obedecía. Abrí los ojos, pero lo único que veía era mi propio cuarto, con la oscuridad encima, y aún así no podía respirar. El aire me faltaba tanto que sentí que iba a desmayarme. En medio de esa lucha, escuché una risa. No era la voz de mi madre ni de nadie conocido. Era una risa fuerte, masculina, que parecía retumbar en todo el cuarto. Se reía como si disfrutara mi agonía, como si esperara a que yo dejara de moverme. El sonido no era lejano, lo sentía junto a mi oído vibrando en mi cabeza. En un instante logré soltar un quejido. Eso rompió la parálisis y recuperé el control de mis brazos. Me incorporé de golpe, jadeando, tragando aire como si acabara de salir a la superficie. Me quedé sentado en la cama, empapado en sudor. En la mañana, mientras desayunábamos, le conté todo a mi madre. Le expliqué cómo había sentido que me ahogaba, cómo había escuchado esa risa que no pertenecía a nadie conocido.

14:39 Ella se quedó seria, con las manos temblorosas sobre la taza de café. Su reacción no fue de miedo. Bajó la mirada y después de unos segundos confesó algo que me dejó aún más enojado. dijo que la curandera la última vez que la vio le había entregado una bolsa pequeña de unos 15 centímetros envuelta en tela oscura y que le pidió esconderla en la casa no había querido decirme porque según ella era un amuleto de protección Pero ahora, con lo que yo había vivido, admitía que sentía miedo de haberlo aceptado. Le pedí que me mostrara la bolsa. Fue a su cuarto y sacó un envoltorio escondido en el fondo del closet, dentro de una caja de zapatos.

15:23 La tela estaba amarrada con hilo negro y tenía un olor agrio, como tierra húmeda mezclada con algo quemado. La abrí con cuidado. Dentro había cosas que no dejaban duda de que no era un simple amuleto. Había trozos de papel arrugados con nombres escritos a mano, pedazos de uñas, hilos de colores y un muñeco pequeño hecho de tela, con alfileres clavados en el pecho y en la cabeza. La expresión cosida en el muñeco parecía una mueca torcida. era brujería le mostré a mi madre cada objeto y le dije que esto no era sanación que eran malas intenciones que nadie que buscara ayudar escondía cosas así en las casas de los demás ella al ver el muñeco y los alfileres comenzó a llorar por primera vez reconoció que esa mujer podía no ser buena que tal vez había cometido un error confiando en ella Le dije que no volvería a permitir que esa curandera se acercara a nosotros.

16:25 Tomé la bolsa y la guardé en una caja aparte, sin decidir todavía qué hacer con ella. El resto del día lo pasé con un malestar extraño. La sensación de ahogo de la madrugada seguía en mi pecho, y cada vez que cerraba los ojos escuchaba de nuevo esa risa. Pero lo que más me quemaba era pensar en la intención detrás de la bolsa.¿ Cuántas más tendría repartidas en casas de gente que confiaba ciegamente en ella? Mi madre ya no defendió a la curandera. Me dijo que ahora entendía lo que yo trataba de advertirle, que lo que había visto en esa bolsa no podía justificarse como sanación. Guardé la bolsa en una caja metálica y la llevé lejos de la casa. No quise quemarla ni abrirla de nuevo, solo dejarla en un terreno baldío donde no hubiera forma de que alguien la encontrara fácilmente. Regresé con la ropa impregnada de ese olor agrio, convencido de que lo mejor era no volver a tocar nada que viniera de esa mujer.

17:25 Los días siguientes, mi madre se mostró distinta. Ya no mencionó rezos, ni limpias, ni la posibilidad de volver a verla. Se aferró a sus medicinas y a las indicaciones de los doctores. Al principio todavía se le notaba la duda, pero con el paso de las semanas su postura cambió por completo. Me dijo que no volvería a confiar en curanderas, que lo que había visto en la bolsa fue suficiente para entender que no eran remedios ni ayudas, sino todo lo contrario. Yo también cambié mi manera de hablar del tema. No digo que no acudan si tienen fe en esas prácticas, pero sí advierto que nunca deben aceptar nada para beber o comer. La confianza no sirve de escudo contra lo que no conoces. No sabes si te están dando veneno o droga para que sientas un efecto. Lo que pasó con mi madre fue prueba suficiente. En muchos pueblos aún hay quienes se aprovechan de la fe para dañar a otros.