Oct. 4, 2023

Una Bruja Quizo Traer De La Muerte A Su Hija A Través De Mi Historias De Terror - REDE

Una Bruja Quizo Traer De La Muerte A Su Hija A Través De Mi Historias De Terror - REDE

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Las apariciones del niño. Comencé a trabajar en el ferrocarril desde que era muy joven. En un principio me quedaba en la estación a asear los vagones, estar en la plataforma o cualquier actividad que tuviese que ver con la limpieza y el orden de los vagones, así como orientar a los pasajeros cuál era el tren que iba a partir y el número de asiento. Después de un tiempo de realizar estas actividades, comencé a salir de viaje. Recuerdo la primera vez que viajé fue a la Ciudad de México. Era un trayecto aproximadamente de doce horas. El tren tenía dormitorios, lo que permitía que los pasajeros descansaran en camas. Las personas tenían su propia habitación. En realidad eran muy estrechas. Sólo cabía una litera individual, pero ideal para poder dormir durante el viaje. Es la primera vez que viajé en el tren. Me pareció fascinante. Consideré que era una gran aventura. Además, percibía un sueldo por hacerlo, aunque implicaba mucho trabajo, cómo ordenar los dormitorios, cambiar las camas, lavar el baño y otras tantas actividades. Después que terminé, mis responsabilidades laborales ya eran como las once de la noche. Fue cuando pude salir a respirar aire fresco de la naturaleza. Otro de los lugares a los que salía de viaje era cuando íbamos a Mexicali. Esa vez estábamos a punto de llegar a la estación con postela. Ya nos encontrábamos muy cerca, a lo lejos alcancé a distinguir a las vendedoras dispuestas a ofrecer sus productos entre la gente que se encontraba en el Andén llamó mi atención una mujer que iba con un niño pequeño como de cuatro años y un burro igual de pequeño. Cuando el tren emitió el pitido de su llegada, el burro se asustó mucho con el sonido, corrió hacia las vías del tren. Detrás de él se fue el niño. Fue cuestión de segundos para que el tren se llevara entre sus rieles, al burrito y al niño. Yo vi todo desde la ventana. No tengo palabras para expresar lo que vi y lo que sentí. La madre del pequeño se desmayó aquella vez. Fue un día terrible. El viaje se suspendió en lo que hacían todas las averiguaciones y se deslindaban de responsabilidades. El acontecimiento ocurrió por la mañana, ya por la tarde, casi cuando estaba a punto de caer la noche. Pudimos salir de nuevo rumbo a nuestro destino el vagón que me correspondía. Las personas no dejaron de hablar de lo ocurrido ya cuando cayó la noche, todo se quedó en silencio. Sin embargo, en el ambiente se sentía la tristeza. Después que terminé mis actividades, me salió un rato a tomar un poco de aire fresco. Me fui a la parte de atrás del tren. El cielo anunciaba una fuerte tormenta, se iluminaba con relámpagos. Pronto comenzó a llover muy fuerte en la parte que me encontraba. Casi no me mojaba. Sólo llegaba la brisa del agua. Aún tenía presente el rostro del pequeño. Creí que si me quedaba dormido, lo iba a soñar del otro lado del vagón. Vi que un pequeño se encaminó hacia el baño, consideré que no era prudente que lo hiciera. Solo con el vaivén del tren podía caerse me fui directo hacia él, pero ya había entrado al baño, así que lo esperé para acompañarlo a su asiento. Pasó el tiempo razonable y el pequeño no salió toqué la puerta. En varias ocasiones, sin obtener respuesta, sin dudarlo, abrí la puerta del baño con mis llaves. Me llevé una gran sorpresa cuando vi que no había nadie dentro. Me fui directamente a los asientos delanteros para preguntarles a sus padres sobre su hijo. Eran dos adultos mayores que me dijeron que ellos iban solos, no llevaban a ningún pequeño con ellos. En los asientos siguientes también pregunté, pero ellos me afirmaron que, al al menos menos de ese lado, no llevaban niños. Por estar preguntando a los pasajeros sobre el niño. El resto de las personas comenzaron a encender sus luces personales y a cuestionarme qué estaba ocurriendo. Fue cuando comprendí que sólo estaba nervioso y estaba alterando a los pasajeros. Me disculpé con las personas y me retiré a mi lugar de descanso. Ahí me puse a pensar que quizás todo había sido producto de mi cansancio y de estar alterado. Me acomodé en el asiento para poder descansar, pero no lo conseguía. Aquella imagen de la cara del pequeño no la podía borrar de mi mente. Aunque hubo un momento en que el cansancio comenzó a vencerme, me fui quedando poco a poco dormido hasta que tuve un sueño en el cual me encontraba jugando con un niño. Ese pequeño me buscaba todo el tiempo. No lo reconocía como parte de mi familia, pero sí se notaba que teníamos un vínculo. No nos encontrábamos srs en un parque festejando el cumpleaños de una niña. De pronto comencé a sentirme angustiado porque no veía por ningún lado al niño. A lo lejos vi que estaba viendo el estanque con los patos. Fui tras él cuando le toqué el hombro para decirle que no se alejara de mi vista. El pequeño volteó y su rostro estaba deforme. Tenía una mueca siniestra. El pequeño me dijo que no me preocupara por él, que nunca se separaría de mí. Desperté sudando frío, aunque al exterior la lluvia no cesaba y se sentía lo fresco de la madrugada. Me quedé por un instante tratando de comprender lo que había soñado. Mi asiento. Se encontraba hasta la parte de atrás del vagón. En realidad eran dos asientos para mí solo de repente comencé a escuchar que alguien me hablaba era un murmullo muy bajo. Sólo alcanzaba a distinguir una voz apagada. Me asomé en el pasillo del vacón, pero no había nadie. Al parecer, todos los pasajeros se encontraban dormidos de nuevo oí que decían ayúdame, pero no lograba comprender de qué lugar venía el llamado era como si el viento lo hubiese traído en forma de eco. Seguí escuchando el murmullo sin lograr entender lo que decía. No podía creer lo que me sucedía. Lo que sí creía era que todo cambió a partir de que vi aquel terrible accidente, porque antes de que sucediera viajé a diferentes lugares de la República sin tener ninguna situación extraña. Me incorporé tratando de despabilarme un poco. Fui a buscar a alguno de mis otros compañeros, a los otros vagones, pero al parecer estaban descansando porque no los vi por ninguna parte. No tuve otra opción que regresarme a mi lugar de trabajo. Justo iba entrando a mi vagón cuando uno de los pasajeros se levantó y me dijo que un niño estaba corriendo por el pasillo. Sus padres se encontraban hasta la parte de atrás. Me fui directo hacia los asientos traseros, pero en ellos no había pasajeros. Estaban vacíos. El señor que me había dicho sobre el niño asomaba su cabeza para indicarme que ahí era el lugar. Le levanté la mano para hacerle la seña de que todo estaba bien, aunque la verdad era que no había nadie en ese asiento. Me fui de nuevo a mi lugar cuando vi con claridad que un niño estaba sentado en el otro asiento. Le dije que ese no era su lugar, que se fuera con sus padres. El niño tenía su rostro volteado hacia la ventana cuando le hablé, él no volteó hasta la segunda vez que le dije que se fuera al asiento que le correspondía. El niño giró su cabeza y me miró con un rostro cadavérico, pálido y huesudo me hice hacia atrás de la impresión que tuve cuando volteé de nuevo. Ya no estaba no supe qué hacer en aquel momento. Solo me limité a sentarme con temor de que en cualquier momento el niño se apareciera de nuevo. Ya no tuve la menor duda. Era el mismo niño del accidente en compostela. No supe en aquel tiempo que sucedió para que el pequeño se quedara adorado en este mundo todo lo que ocurrió con el pequeño fue una manera de decirme que ahí estaba y necesitaba mi ayuda. Sin embargo, no tenía la menor idea de cómo hacerlo. Cuando concluí mi viaje, pensé que también terminarían los sucesos extraños. Limpié todo el vagón. Estaba revisando que no hubiese quedado algún objeto personal de los pasajeros y que todo el lugar quedase en orden. Estaba recogiendo mi maleta cuando escuché que alguien se bajaba por la parte de atrás. Esta vez ya no quise ir a ver quién andaba ahí. Casi tenía la certeza de que era el pequeño. Agarré mis pretendencias, me fui directo con el conductor, le dije las condiciones del vagón y me retiré. En el almacén se encontraban varios de mis compañeros reunidos. Me hicieron una señal para que me quedara con ellos a tomar una cerveza. Me sentía abrumado. Para quedarme les hice una señal de que no lo haría. Uno de mis compañeros se levantó y fue conmigo. Me dijo que ya todos estaban enterados de lo que había ocurrido en Compostela. Le respondí que sí. A mí me había tocado ver la forma en que ese pequeño murió. Sin decir más, Mi compañero Joel me tomó del brazo y me llevó hacia donde se encontraban los demás. Él me dijo que era una razón de más para que me tomara una cerveza. Ya no puse pretextos. Me senté en un pedazo de tronco, de un árbol que servía como asiento. Mis compañeros me pidieron que les contara lo ocurrido. Querían la versión de primera mano de lo que había visto. Sólo les conté generalidades del accidente sin entrar en detalles porque ya no quería hablar de ese asunto. Aún no concluía la conversación. Cuando comenzamos a escuchar el llanto de un niño, me levanté de manera abrupta, volteando hacia todos lados. Mis compañeros se echaron a reír sólo Joel me dijo que me tranquilizara. Me preguntó qué me sucedía. Ya no quise quedarme por más tiempo en la estación. Agarré mi maleta y me fui sin decir nada. Joel se fue detrás de mí. Me acompañó hasta mi casa, ya cuando llegamos lo invité a pasar. Necesitaba hablar con alguien. En cuanto abrí la puerta de mi casa, escuché como si alguien subiera las escaleras, ya que mi casa estaba en la parte alta abajo de ella. Había una tortillería. Le pregunté a mi amigo si él también había escuchado eso, él asintió. Me dijo que quizás alguien me quería dar una sorpresa. Le dije que eso no era posible. Sólo yo tenía la llave de la casa. Ingresamos con cautela. Jo Él venía detrás de mí. En la parte superior se encontraba el apagador. Encendí la luz. Vi con claridad como si alguien se escondiera en el baño. Le hice una señal a Joel. Ambos caminamos despacio al entrar al baño. No había nadie. Buscamos en toda la casa sin conseguir nada. Ya cansados, nos sentamos en el mueble de la sala. Ya no tuve problema en contarle a Joel lo que me había ocurrido durante el viaje. Él me dijo que suponía que no me encontraba bien, pero nunca creyó que era porque algo me hubiese seguido. Aún estábamos conversando. Cuando escuchamos más ruidos en mi habitación, le dije a joel que jamás creí que el pequeño me iba a seguir hasta mi casa. Pensé que él se iba a quedar en la estación del ferrocarril en Compostela, contrario a lo que esperaba Jo. Él resultó ser de gran ayuda. Comenzó a decirme que a su padre, que era taxista, también le pasó lo mismo. Él trabajaba de madrugada, conducía por todas partes de la ciudad. En una ocasión le sucedió que subió a una mujer que estaba muy enferma. Su estado de salud era sumamente grave, por lo que no alcanzó a llegar al hospital. Ella murió en el taxi. Cuando llegó al seguro, no se la quisieron recibir porque estaba muerta. A partir de ese día, la mujer comenzó a aparecerse en el taxi. Hubo una ocasión en que estuvo a punto de morir en un accidente por la impresión que le dio verla a través del espejo retrovisor joel aún no terminaba de contarme lo acontecido. Cuando escuchamos los gritos de un pequeño, ambos nos levantamos y nos fuimos a mi habitación. Ahí estaba la silueta de un pequeño. No se alcanzaba a ver del todo. Se le veía como transparente, solo que su reflejo sí lo pudimos ver de forma clara. En el espejo era el mismo que atropelló el tren. Aún conservaba su camisa a rayas, solo que detrás de él había una sombra oscura siniestra. El pequeño en cuanto nos vio comenzó a llorar. Se notaba que quería decirnos algo, pero la sombra le cubría la boca para que no lo hiciera. Joel y yo no pudimos con eso cerramos la puerta de la habitación. Incluso nos salimos de la casa, aunque ya eran más de las doce de la noche. Nos dio más miedo estar al interior de mi casa. Le comenté a Joel, que creí que sólo era el pequeño el que me había seguido, pero al parecer, algo siniestro lo acompañaba. Le dije a mi amigo que así no podría estar dentro de mi casa. Joel, al verme desesperado, me dijo que por esa noche podría dormir en su casa. Al día siguiente veríamos qué se podría hacer al respecto. Esa noche dormía en la casa de Joel, o lo que pude dormir porque en cuanto comenzaba a tener un sueño profundo despertaba asustado porque veía al niño muerto. En realidad, descansé muy poco. Me sentía sumamente alterado y me cuestionaba por qué el pequeño me había elegido a mí me encontraba en este pensamiento. Cuando entró Joder, él me dijo que iríamos con él mismo hombre que ayudó a su padre. Él le quitó el espíritu de la mujer que lo seguía, así que sin pensarlo, fuimos al otro lado de la ciudad. En búsqueda de esa persona. El señor era de edad avanzada. Se ayudaba con un bastón para tener más movilidad en ese momento. Creí que él no podría hacer la solución a mi problema, pero ya me encontraba ahí y no conocía otra forma de apoyarme en alguien más. El anciano. En cuanto me vio, me preguntó por qué había acudido con él. A mí me daba vergüenza decirle a lo que había ido, porque me parecía inverosímil. Me anduve con rodeo sin decirle con exactitud lo que me ocurría. Él me pidió que me callara. Si no creía que me podría ayudar, entonces no tenía nada que hacer. Ahí, mi amigo intervino por mí. Le dijo todo lo sucedido, pero el hombre le dijo que necesitaba escucharlo de mi voz, así que le relaté todo al anciano. Él me respondió que a los demonios les gusta estar cerca de los niños. Ellos los odian porque saben que son los preferidos de Dios y una manera que tienen de sacar su odio era a través de ellos. El brujo continuó diciéndome que los demonios siempre se encontraban al acecho de los humanos, solo que no teníamos la capacidad de verlos. Pero se sentía su presencia a través de un olor fétido, de una ráfaga de calor o de una sombra siniestra. Me dijo que lo más probable fue que, en el momento que ocurrió el accidente, uno de tantos demonios que se movía en el plano espiritual se quedó con el espíritu del niño. El hombre me dijo que los motivos por los que el demonio tenía el alma del niño podían ser muchos. Lo importante era ayudar a ese pequeño espíritu a encontrar el camino indicado. Me dijo que eso último sería lo más difícil, ya que si era complicado realizar un exorcismo una persona viva, tratar de quitarle un alma a un demonio en el ámbito espiritual era todavía más difícil. El hombre me pidió que le explicara todos los detalles. Después que le conté todo, él se quedó un rato pensativo sin decir nada. Después me explicó que intentaría ayudarme desde su casa, pero si no resultaba, sería necesario ir a la mía y entrar al lugar en el que lo vi. El hombre hizo una serie de rituales, Algunos me parecieron exagerados, como cuando comenzó a danzar alrededor mío con un tambor pequeño diciendo oraciones en lengua náhuatl. Yo miraba a mi amigo con desconfianza. Jo Él me hizo una seña de que me tranquilizara antes de retirarnos. El señor me dijo que me podía ir a descansar a mi casa. Era necesario para saber si había ocurrido algún cambio. Salimos del lugar. Yo me sentía muy confundido. Realmente dudaba de que todo lo que hizo el hombre funcionara. Joel se dio cuenta de mi desconfianza y trató de calmarme. Me dijo que a su padre le había funcionado muy bien. Sólo debía tomar en cuenta de que él era un brujo que había aprendido de sus ancestros. Por eso su manera de hacer su trabajo era diferente. No puedo negar de que tenía miedo de irme a mi casa, pero sabía que no sería posible estar fuera de ella. Mi amigo Joel me dijo que le gustaría acompañarme durante la noche, pero ese día tenía salida a Ciudad de México. En el momento en que entré a mi casa me quedé parado durante un instante en el umbral de la puerta. Tenía miedo de entrar con cautela. Fui subiendo cada uno de los escalones. Todo se encontraba en orden. Poco a poco me fui calmando. Después de un rato. Comencé a creerle al anciano. No puedo decir que me sentí seguro del todo, pero el hecho de ya no escuchar el llanto o los gritos del pequeño me producían mucha calma. Había pasado dos noches muy malas, así que el cansancio me venció. Me quedé dormido en el sofá de la sala. Creo que en el fondo no quise ir a mi habitación porque en ella había visto a ese ser siniestro. Mi sueño duró poco tiempo, ya que de repente sentí como si algo oprimiera mi pecho. Comencé a sentir que no podía respirar. Me encontraba en un Estado catártico. No me podía mover de pronto. Sentí como si algo se quitara de encima pude moverme y respirar. Vi el reloj eran las tres y media de la madrugada. Me quedé sentado durante un rato, como si esperase que algo más sucediera. Lo único que vi fue una imagen plasmada en el cristal de la ventana. Quedó impresa, una mueca y una mano después de unos minutos ya no sucedió nada más, pero ya no me pude dormir. Sentía que en cualquier momento, cuanto me sucedería algo, escuché en mi habitación como si movieran de lugar la cama oí el rechinar de la madera. Ya no me quise quedar por más tiempo ahí, tomé mi chamarra la sombrilla y me salí de la casa. Me encontraba muy cerca de la estación del ferrocarril. Sabía que en el Almacén siempre había compañeros trabajando, así que, sin dudarlo, me fui a ese lugar. En cuanto amaneció, me fui directo con el hombre que me había hecho el ritual De alguna manera. Creí que sí me había protegido porque sentí que el demonio trató de estar cerca de mí de dañarme, pero hubo algo que no se lo permitió. Así que llegué muy temprano a la casa del Anciano. En el momento en que llegué a su casa me detuve frente a la puerta. Me di cuenta que era muy temprano. Apenas comenzaba a amanecer, pero escuché una voz al interior de la casa que me dijo que pasara. El Anciano ya me estaba esperando. Me dijo que me acompañaría a mi casa. Al llegar a la casa encontré un desorden, como si hubiese pasado un remolino. El hombre comenzó a sacar los objetos necesarios para realizar el ritual. Lo hizo durante más de una hora. Después me dijo que, de ser posible, me mantuviera fuera de la casa por una semana. Así, los espíritus se acomodarían en cada uno de sus planos. Me fui a la estación. Hablé con el conductor y le dije que necesitaba salir de viaje. Él me dijo que justo le hacía falta un trabajador andrés. Sí, se había presentado a trabajar, pero no pasó. La revisión médica salió con la presión alta, así que me preparé para irme a Mexicali cuando el tren llevaba un poco de camino recorrido. Después de realizar mis actividades, me salía a tomar un poco de aire fresco con la idea de que a mi regreso todo estaría bien. Por lo oscuro de la noche no se alcanzó distinguir la vegetación, pero sí se percibían sus aromas. Me quedé durante más de una hora en ese lugar. Ya eran casi las doce de la noche cuando alcancé a distinguir un sonido extraño, Aunque el sonido de los rieles era fuerte y la lluvia no me permitía ver con claridad. Puedo asegurarles que vi que algo se movía entre la vegetación. El ruido era tenebroso. Era como si fuese el último intento del demonio de acercarse a mí. No sé explicar qué fue. Lo cierto es que después de que me ocurrió eso me metí al vagón. Todo se quedó en silencio. Sólo continué escuchando el ruido de los rieles después de la semana que estuve ausente por el viaje a Mexicali. Cuando regresé a mi casa, sólo había quedado un olor extraño. No era humedad, era algo que no pude definir. Abrí las ventanas para que ese olor se diluyera. A partir de ese momento, ya no volví a ver al pequeño. Desconozco qué pasó con su espíritu. Sólo espero que su alma se encuentre en paz. Cada vez que pasaba por la estación de compostela me bajaba del tren para colocar en un pequeño rincón de Andén una veladora encendida junto con un obsequio, esperando que ese pequeño se encuentre descansando. Nota de la escritora Adriana Cuevas. Hace varias décadas era común que las personas viajaran a través del ferrocarril. Se convirtió en una manera popular y económica de trasladarse a diferentes puntos de la República Mexicana. Se construyó no sólo una red de vías de ferrocarril, sino también una cadena de historias vivientes que se vivieron cotidianamente a través de las diferentes ciudades y pueblos a los que se dirigía la gente. Era posible conocer nuevos lugares y nuevas culturas. Así fue como comenzaron a crearse historias y leyendas del gigante de hierro, el fantasma sin cabeza. Me vine de mi pueblo. Cuando era muy joven, mi padre y yo teníamos constantes discusiones por la manera en que bebía y la forma como trataba a mi madre. Cuando era pequeño, me asustaba cuando él tomaba y se ponía agresivo. Aún era adolescente, pero había crecido muy pronto. Esa noche, mi padre volvió a beber como de costumbre. No sé por qué motivo comenzó a gritarle a mi madre. Después vino el golpe. No lo pude soportar y me fui tras él y lo golpeé como lo agarré. Desprevenido, trastabilló y cayó al suelo. Se quedó sorprendido y aturdido por mi acción. Mi madre me dijo que me fuera de inmediato del pueblo. Me pidió que tomara lo indispensable y me marchara con su hermana a Guadalajara. Así fue como salí inesperadamente de mi pueblo. Cuando apenas tenía nía diecisiete años, llegué en la madrugada a la casa de mi tía Alicia. Ella vivía muy cerca de la estación del ferrocarril de Guadalajara. Caminábamos escasas dos cuadras y ya llegábamos a la estación. Cuando llegué a casa de mi tía tenía poco dinero para sobrevivir. Unos cuantos días le dije que necesitaba trabajar lo más pronto posible. Ella me dijo que en su trabajo era una fábrica en la que elaboraban pantalones, pero que aún no tenía la edad para entrar. Necesitaba cumplir los dieciocho años. El esposo de mi tía Alicia, el tío Mario, me dijo que él trabajaba en la estación del ferrocarril. Era cierto que no tenía la edad para ingresar, pero que hablaría con su jefe para ver qué podía hacer por mí. Al principio entré como ayudante de todos los trabajadores que salían de viaje. Cada uno de su propia bolsa cooperaba para pagarme. Me iba de viaje con ellos, me ponían a hacer de todo lavar. Traste extender, camas, lavar el baño. Sólo esperaba tener la edad adecuada para tramitar el ingreso formal. Mientras entré en el mundo de los viajes y comencé a ver a los compañeros de trabajo como parte de mi familia, ya que viajaba durante casi una semana cuando iba a Nogales o a Mexicali. En cuanto cumplí los dieciocho años, mi tío Mario hizo los trámites correspondientes para que entrara formalmente como trabajador del ferrocarril. No era tan sencillo hacerlo. Hubo que dar cierta cantidad de dinero para que ese trámite fuese posible, pero logré formar parte de la nómina en la estación de ferrocarril. Había salidas a distintas partes de la República. Cuando tocaba la salida a Ciudad de México, el tren salía por las noches a las nueve. Parte de mi trabajo consistía en usar impecablemente el uniforme para recibir en el pasillo de la entrada a los pasajeros les daba la bienvenida, los orientaba hacia donde se encontraba el anten del tren, así como ubicarlos en el asiento de pasajeros. Cuando realizaba esta actividad, no salía de viaje inmediatamente. En cuanto el tren partía mi trabajo, ese día había concluido. Se le llamaba hacer plataforma, como el tren era muy puntual a las nueve de la noche ya estaba libre para departir con los compañeros del ferrocarril. Aunque era muy joven, ya conocía muy bien a la mayoría de ellos nos quedábamos en el patio. Así les decíamos a toda la zona de la estación Aledaña a las vías debajo de un roble grande. Compartíamos experiencias viajeras y bebíamos en ocasiones. Me iba de ahí ya muy entrada a la madrugada, cuando el patio ya estaba desolado y oscuro. Aquella noche me fui como a la una de la mañana de la estación. Vi una sombra que se movía detrás de un árbol. Iba un poco ebrio y pensé que todo era producto de mi imaginación. Iba rumbo a la salida por la rampa cuando algo me motivó a voltear hacia atrás en el Andén. Vi de nuevo esa sombra que se escurría entre los pilares. Me quedé durante unos instantes atento para ver con más claridad lo que se movía. Esta vez tuve mejor suerte. Algo ocurrió y fue hacia la parte más oscura de la estación. Observé durante un poco más sin lograr verlo. Al día siguiente, después que terminé mi jornada de trabajo, fui con José, el encargado del almacén. Él era la persona que estaba en el día o en la noche según su horario. Él no salía de viaje. Le pregunté si alguna vez había visto algo extraño en el patio de la estación. Él se me quedó viendo sin responder a mi pregunta. Enseguida. Me preguntó si yo también lo había visto. Le respondí que sí. José me dijo que después de que pasaba la medianoche es cuando esa cosa se ve principalmente en la parte de los andenes. Añadió que él también había tratado de investigar si pertenecía algún alma que hubiese muerto ahí, pero hasta ahora no sabía nada. Ese día me preparé porque n tenía o salida a la Ciudad de México. Llegué a la estación a las siete de la noche. Hice todos los protocolos de revisión antes de salir, ya que el médico revisaba la presión de cada trabajador antes de partir. Si la presión arterial no se encontraba bien, el compañero no salía de viaje. Me dispuse a hacer el vagón que me correspondía. Faltaba más de dos horas para que el tren partiera. En cuanto ingresé al vagón, vi con claridad como una persona se metía al baño. Me fui directamente para decirle que no lo podía usar y es que en ocasiones, los indigentes del lugar se metían a hacer sus necesidades. Toqué molesto la puerta. Cuando vi que nadie respondió. Abrí la puerta con mi llave, pero al interior del baño no había nadie. Estaba seguro de haber visto a una persona que corrió hacia ese lugar. Revisé en todo el vagón, pero no encontré a nadie Durante mi trayecto a la Ciudad de México. Después que atendía a cada uno de los pasajeros y realicé mis actividades, me fui un rato a la parte de atrás del vagón a observar el paisaje. Se veía muy poco porque reinaba la oscuridad. Sin embargo, con la poca luz de luna era posible disfrutar de la naturaleza. Se acercó conmigo Juan, mi compañero de viaje. Él me preguntó si había visto algo extraño en el vagón de inmediato. Le respondí que sí. Continuó diciéndome que no era la primera vez que le pasaba. Ya. En otras ocasiones, únicamente cuando tenía viaje a la ciudad de México. Era cuando le sucedía. Me dijo que veía a un hombre de extrema delgadez y color muy pálido que cuando se asomaba al andén antes de partir lo veía fijamente y se despedía de él diciéndole adiós con su mano. Ha preguntado a otros compañeros sobre él, pero nadie dice haberlo visto. Era la primera vez que viajaba con mi compañero Juan. Nos quedamos un rato conversando y nos fuimos a descansar un poco antes de r llegar a la siguiente estación. Me acomodé en el asiento de atrás. Era el que siempre nos asignaban para viajar el frío comenzaba a calar hasta los huesos, así que me tapé por completo con mi cobija. Me fui quedando dormido hasta que hubo un momento en que escuché que alguien pronunciaba mi nombre. Desperté abruptamente. Me quedé por un instante atento tratando de comprender lo sucedido. Creí que uno de los pasajeros había solicitado mi servicio. Me levanté y caminé por el pasillo buscando a esta persona, pero casi todos los pasajeros permanecían dormidos a excepción de uno que otro. Me regresé a mi asiento. Esta vez ya no me dormí. Estuve alerta a cualquier ruido. De pronto escuché con claridad que alguien pronunciaba mi nombre. De nuevo ya no tuve la menor duda que alguien me hablaba. Después de lo ocurrido, no volví a escuchar nada. El tren emitió el clásico pitido de que no se encontraba a punto de llegar a los poblados. Aunque era de noche, los vendedores no faltaban en el Andén ofreciendo los servicios de comida y bebida. Aunque el tren tenía servicio de comedor, a cierta hora se cerraba el servicio de restaurant y no se podía adquirir alimentos, así que los pasajeros aprovechaban para bajar un momento y consumir algo. Me acerqué con una de las vendedoras para comprarme un chocolate caliente. Le estaba pagando. Cuando vi una sombra que caminaba a través de la vía, iba en sentido contrario del rumbo que tenía el tren. Ni siquiera esperé el cambio. Me encaminé hacia esa parte de la vía, pero cuando llegué al lugar, la sombra había desaparecido. El viaje de regreso estuvo sin contratiempos llegamos a Guadalajara por la noche, era necesario esperar a que todos los pasajeros se fueran así. Era como podía limpiar todo el vagón y la limpieza del baño la dejaba al final. Era el lugar que menos me gustaba hasear. Mientras lo hablababa, me cerraron la puerta por fuera. Intenté abrirla sin conseguirlo. Grité muy fuerte hasta que llegó Juan a abrirla. Le dije que no me había gustado que me encerrara en el baño. Él se mostró extrañado. Me dijo que él solo había entrado al vagón para que nos fuéramos juntos. Me quería invitar una cerveza y fue en el momento en que me escuchó gritar. Le comenté a Juan que no tenía la menor idea de quién pudo haberme hecho eso. Por fortuna, él pasó por ahí. Si no me hubiese quedado toda la noche en ese lugar nos fuimos juntos. Mi compañero y yo primero nos encaminamos a firmar nuestra llegada. Mientras cruzábamos las vías. Pude ver de nuevo a esa sombra que se movía con rapidez. Le dije a Juan. Él también me dio una palmada en el hombro y me apuntó hacia la misma dirección. Ya no tuve la menor duda de lo ocurrido. Les mentiría si les dijera que no nos dio miedo, y es que ella eran casi las once de la noche. La estación se encontraba vacía y oscura y con el frío que hacía se alcanzaba a ver como una ligera niebla. Solo al fondo en el almacén se escuchaba la música de Pedro Infante que Félix tenía en la radio. Lo que sea, que estaba en la estación se detuvo lo supe porque dejé de oír el ruido de los pies. Al pisar las piedras sueltas, nos quedamos parados sin saber cómo reaccionar, pero notamos que la sombra comenzó a moverse hacia el lugar que nos encontrábamos. Juan y yo no nos quedamos a averiguar qué sucedía. Corrimos hacia el almacén. Ahí nos metimos con Félix. Cuando él nos vio, nos dijo de broma si habíamos visto al diablo. Le respondimos que quizás sí. Félix cambió su sonrisa al vernos tan asustados. Nos dijo que tuviéramos mucho cuidado. Él llevaba varios años trabajando en el turno de noche y había visto de todo, pero que prefería callar para que no se fueran a burlar de él. Nos sentamos al lado de Félix cuando vio nuestro interés. Comenzó a decirnos que hace varios años conoció a otro compañero de trabajo. Al igual que nosotros, él también salía de viaje. Nos dijo su nombre y sus características físicas se llamaba Rogelio. Le dije que yo no lo conocí. Juan trató de recordarlo. Dijo que quizás a él sí le había tocado salir en algún viaje con Rogelio. Félix continuó diciendo que él había llegado a ser conductor de ferrocarril, y no precisamente porque manejar el tren, sino porque así se les decía a los que alcanzaban un rango más alto en el escalafón del ferrocarril. Él se encargaba de supervisar a los empleados como Juan y yo, de que cumpliéramos con el horario y con el trabajo correspondiente de cierta manera él era responsable de que todo saliera bien. Durante un viaje, Félix nos dijo que Rogelio siempre fue una persona responsable y atenta a su trabajo. El uniforme lo usaba de manera impecable hasta que en una ocasión tuvo una situación familiar que lo llevó al borde de la locura. Félix nos dijo que no sabía con exactitud si realmente lo que lo desquició fue porque su esposa lo dejó, o quizás hubo otra razón más fuerte. Eso no lo supo con certeza. El asunto es que, al perder la cordura, él descuidó por completo su imagen y su trabajo. Fue necesario darlo de baja. Cuando eso ocurrió, el sindicato trató de hacer algo por él, pero Félix no supo lo que lograron solucionar. A los pocos días se le comenzó a ver en la estación como un indigente. Cada día llegaba a la misma hora a las siete de la mañana, como si en su mente aún quedase un poco de conciencia respecto a su trabajo, porque esa era su hora de entrada. Caminaba de un lado hacia el otro por las vías del tren. Cuando uno de los trenes llegaba se se se se ponía en el andén y se quedaba parado. Todo el tiempo en el que los pasajeros subían o bajaban. Era una manera de creer que aún continuaba trabajando. Mi compañero Félix, continuó diciendo que todos se acostumbraron a verlo cotidianamente. No sabía dónde se iba por las noches, porque Félix trabajaba de noche y no lo veía una mañana muy temprano. Uno de los trabajadores que realizaba su labor en uno de los vagones se encontró con la escalofriante escena. Había un cadáver a un lado del vagón, pero sólo estaba su cuerpo, no tenía cabeza. Las autoridades llegaron y le hicieron los análisis pertinentes. Fue cuando se supo que se trataba de rogelio. Buscaron minuciosamente por toda la estación su cabeza sin lograr encontrarla. Con el paso de los días, alguien reportó que en la estación de Tequila habían encontrado una cabeza, era la de Rogelio. Por más indicaciones que se hicieron, no fue posible determinar cómo sucedieron los hechos, por qué su cabeza había aparecido tan lejos y cuál había sido el motivo del asesinato. Félix nos dijo que la primera vez que él comenzó a ver los hechos extraños en el patio de la estación fue una noche que había llegado mercancía. Se encontraba junto con otro compañero, descargando los insumos. Habían pasado sólo dos días de aquel encuentro. Triste del cadáver, él vio una sombra que se movía entre la oscuridad. Esa ocasión eran después de las once de la noche. Félix detuvo un poco su relato. Se le notaba que aún le afectaba. Yo no lo sabía, pero Rogelio fue un gran amigo de él. Después de la pausa, prosiguió diciendo que a partir de ese día vio a alguien que se escurría entre la oscuridad. Nunca pudo verlo bajo la luz. Por eso no supo de quién se trataba, pero casi tiene la certeza de que era él Félix, diciendo que aún su espíritu vagaba en la estación. Sólo se le veía por las noches. A él nunca le ha hecho nada. Sin embargo, otros compañeros dicen que cuando se encontraban con la sombra en la oscuridad, sentían como si algo en sus cuellos comenzara a asfixiarlos luchaban contra lo que sentían sin poder quitarse esa sensación. Mi compañero concluyó diciendo que era mejor alejarnos de esa sombra, porque a otros compañeros ya les había sucedido eso. Por fortuna, en todas las ocasiones hubo alguien más que los pudo auxiliar. Le pregunté a Félix qué sucedió con la cabeza de Rogelio. Él me dijo que cuando la encontraron en otra estación, trataron de juntarla con su cuerpo, pero no supo explicarme cuál fue el motivo por el cual no se logró. Se ha corrido el rumor de que su alma no ha descansado por la manera en que lo mataron y porque su cadáver quedó sin su cabeza. Para terminar, Felix nos dijo que era mejor alejarnos de su alma errante, porque si no había logrado lastimar a nadie, eso no significaba que nunca fuese a ocurrir algo. Lo más seguro era alejarse inmediatamente del espíritu. Incluso dijo que quizás ni siquiera pudiese tratarse de él, sino de algún demonio que tomó su alma. Felix bajó un poco el tono de su voz para decirnos que quizás ya ni siquiera era el espíritu de Rogelio. Por eso era mejor que tuviéramos cuidado y si ya lo estábamos viendo con frecuencia, era mejor llevar con nosotros un rosario o un crucifijo. Nos despedimos de Félix José y yo íbamos sorprendidos por todo lo que nos había contado. No teníamos la menor idea de lo que había ocurrido. No salimos de la estación por el lado de la rampa. No puedo negar que teníamos un poco de miedo. Ya pasaba de la medianoche. Los dos volteábamos a todos lados con miedo de que la sombra nos fuera a seguir. No habíamos dado más de algunos pasos. Cuando escuché un ruido como el sonido de pies que pisan la grava, la evidencia de que alguien rondaba por ahí era clara, pero no lográbamos ver a nadie. José y yo avanzamos con más rapidez. Estábamos a punto de llegar a la salida de la rampa de la estación cuando vi que mi amigo cayó al suelo y de pronto comenzó a arrastrarlo. Una fuerza. Se lo llevó hasta la parte oscura de la estación. En ese lugar había varios árboles frondosos que impedían el paso de la luz de la luna. José gritaba desesperado. Me pedía ayuda. Yo no sabía qué hacer. Sentía que si me acercaba al lugar, a mí también me pasaría lo mismo. Corrí hacia el almacén. Le dije a Félix que me apoyara a auxiliar a mi amigo. Él no lo dudó, aunque ya era un hombre de edad avanzada. Tomó su cuchillo y me fui detrás de él. José aún continuaba luchando contra ese ser siniestro. Se escuchaban sus gritos desesperados. En cuanto llegamos al lugar, Félix alumbró el espacio con una lámpara de mano. Fue la primera vez que veía a este ente. Su cuerpo se veía fornido. Era de gran estatura, pero no tenía cabeza. Estaba ahorcando a mi amigo con una cuerda. Él luchaba con sus manos tratando de quitársela, pero la fuerza de este ser era más que la de cualquier ser humano. Yo me quedé paralizado sin saber qué hacer. Tenía miedo de que me sucediera lo mismo que a José. Él imploraba que lo rescatáramos. No me di cuenta cuando Félix se dejó ir sobre él tratando de cortarle la mano que sujetaba. A José sólo pudo hacerle un rasguño porque el ente tomó a Félix con la otra mano, lo sujetó y lo levantó. Tenía una fuerza descomunal. No sé cómo pude recordar las palabras de Félix cuando nos habló de un rosario o de un cristo busqué entre mi mochila y ahí tenía un rosario tejido que me habían dado durante el viaje lo saqué y se lo mostré al lente, pero a él pareció no Importarle fueron unos instantes inquietantes. Me acerqué y recogí el cuchillo que Félix había tirado y sin pensarlo, lo clavé en el lugar que podría estar el corazón. El ser se desvaneció. Sólo sentí como una ráfaga de viento helado. Mis amigos quedaron tirados en el suelo, me acerqué para auxiliarlos. Por fortuna aún tenían vida. José era el que se encontraba muy mal. Fue necesario llevarlo con el médico de la estación, con las atenciones que le dieron. Pudo estar bien. Sin embargo, en su cuello quedó la marca de la soga que lo estaba ahorcando. Quedé con mucho temor con lo ocurrido. Creo que ese ser siniestro que vimos no sólo era el alma errante de Rogelio, sino que su cuerpo era utilizado por un demonio. Otros compañeros dicen que ellos escuchaban o veían las sombras sin que los lastimara, pero yo ya no me confío. Trato de salir por la entrada principal de la estación de ferrocarril. Creo que es más seguro. Todavía Hay compañeros que dicen que ese ser ronda en el patio de la estación, entre los vagones y entre las vías del tren. En ocasiones escucho y crujir de las ramas secas cuando las pisa, así como movimiento entre la oscuridad. Pero salgo de inmediato. Dicen que hasta en la actualidad todavía ronda el espíritu del decapitado. Una bruja me persigue. Mi nombre es ana. Hace tiempo, cuando aún funcionaba el tren de pasajeros, me pasó una situación sumamente extraña. En aquella época era muy joven, pero habíamos empezado mi madre y yo un negocio de ropa nueva y usada. Les comparto que en ese tiempo la globalización no existía, por lo que todas las cosas que provenían del país vecino Estados Unidos eran muy solicitadas. No resultaba tan fácil tener un artículo extranjero. Así que íbamos mi mamá y yo a surtirnos a Mexicali íbamos con cierta frecuencia a surtirnos conforme. Fuimos conociendo del negocio, pudimos relacionarnos con gente que nos llegó a ayudar a ingresar al otro país, ya que los habitantes de esa ciudad conocían la manera de ingresar sin papeles. En varias ocasiones lo hicimos y como estaba muy cerca Caléxico, era muy sencillo llegar caminando. Esa era la manera en que obtuvimos ingresos mi madre y yo, y como en el ferrocarril, no era como en el aeropuerto podíamos subir con muchos bultos sin que s s s s bran tarifa extra. Así que en aquel momento fue un buen negocio el que teníamos. Además, se prestaba para que nos paseáramos un poco. Hubo una ocasión en que mi madre se enfermó y teníamos muchos pedidos. Le dije que sin ningún problema podría ir yo sola. Ya sabía cómo hacerlo. Además, ya habíamos hecho amistad con algunas personas de aquel lugar. Mi mamá me dijo que le preocupaba mucho que viajar sola, que me esperara un poco más para que ella me pudiese acompañar. No sucedió. Así, fue necesario irme sin ella. Recuerdo que ese día me preparé con todo lo indispensable para viajar, ya que al día siguiente salía el tren a las nueve de la mañana. A mi mamá no le quedó otra opción que aceptar que me fuera por la mañana. Entré a su habitación para despedirme de ella. Me preocupó un poco verla tan decaída, ya la había visto el médico y había dicho que se iba a r mejorar. Apenas le habían hecho análisis y estudios para determinar qué le ocurría, Así que no tuve opción. Salí de la casa muy temprano para llegar a tiempo a la estación del ferrocarril. Era temporada de lluvias y toda la noche había estado lloviendo, así que cuando salí de casa se sentía frío y el ambiente se encontraba con un poco de neblina. No me importó que durante el trayecto estuviese lloviendo. No era la primera vez que lo hacíamos y nunca habíamos tenido un accidente. Al llegar a la estación y realizar los trámites requeridos para abordar el tren, me asignaron un asiento hasta la parte de atrás del vagón. Durante el trayecto me gustaba ir viendo por la ventana. Los paisajes eran notorios los cambios de vegetación que ocurrían a través de los distintos Estados que cruzábamos. Cuando llegamos a una estación, me bajé para comprarle algo a los vendedores. En los andenes. Me encontraba entretenida la buscando qué comer Alcancé a distinguir a una mujer vestida completamente de negro. Ella me miraba atenta. En ese momento no era común ver vestidas a las mujeres completamente de negro sólo lo hacían cuando un familiar muy cercano había fallecido. Creí que tal vez acababa de perder a su esposo. En cuanto compré algo para comer, me subí de inmediato al tren. Cuando me acomodé en mi asiento, vi a la mujer de negro que también subía. Ella ingresó por el pasillo y se sentó en un asiento delante de mí. Se escuchó la voz del portero que anunciaba la salida. De nuevo durante el trayecto. Vi cómo se fue ocultando el sol hasta que la noche cubrió por completo las vías del ferrocarril. En ese momento comenzó a caer una fuerte lluvia. Se confundía el sonido de los rieles con lo fuerte de la tormenta en el cielo se veía iluminar repentinamente por los relámpagos. Lo intenso de la lluvia me generaba un poco de miedo creía que en cualquier momento el tren se pudiese descarrilar. De pronto me di cuenta que el tren disminuía poco a poco su velocidad. Me acerqué con el portero para preguntarle qué estaba sucediendo. Él me respondió que todo era por precaución. Pronto llegaríamos a un puente que era atravesado por un río y no sabían en qué condiciones se encontraba, ya que estaba lloviendo muy fuerte. Me calmé un poco con lo que me dijo. Me fui de nuevo a mi asiento antes de llegar pude ver con dificultad a través el cristal de la ventana a un animal que corría al lado de las vías. No pude distinguir más. Fue en un momento en que hubo un destello de relámpago. Después todo quedó en completa oscuridad. Le dije a la señora que estaba cercana a mí si había visto ese enorme animal que iba corriendo entre la vegetación. Ella lo negó. Dijo que no había visto nada en absoluto. De hecho, me dijo que era prácticamente imposible ver algo a través de tanta oscuridad. Al sentarme me quedé atenta viendo hacia fuera del tren. No sé decirlo con certeza, pero pude ver de nuevo algo que se movía entre la vegetación sin pensarlo toqué. El hombro de la mujer de adelante, la que estaba vestida de negro, le dije que viera hacia afuera. Ella se negó. Me respondió que no podía ver nada. Me quedé sentada viendo todo el tiempo hacia afuera. Ya me había hecho a la idea de que todo había sido producto de mi imaginación. Cuando de repente, una mano quedó plasmada en la ventana. Fue cuando comprendí que no había sido mi imaginación. Ya no quise comentarle a los demás pasajeros por lo visto no me iban a creer, Así que traté de calmarme y esperar a llegar a mi destino. Cuando pasamos cerca de un pueblo, el río se encontraba muy alto. Llegaba hasta las vías. El conductor cruzó el puente con mucha precaución para evitar un accidente. Poco a poco fuimos avanzando hasta que logramos pasar el camino inundado. Durante la noche fue difícil poder descansar. Lo único que queríamos era llegar a una estación y tomar una bebida caliente. En una de las estaciones nos bajamos a calentarnos un poco. La señora Vestida de Negro se acercó a mí y comenzó a platicar. Me dijo que hacía tiempo que había muerto su hija en un accidente automovilístico. Esa era la razón por la que vestía de luto. Comenzó a darme por menores de la manera en que su hija había muerto. Se le notaba a la mujer que estaba en una etapa de duelo. Le dolía mucho hablar del asunto. Dieron el aviso de que el tren iba a partir. La mujer de nombre María me preguntó si alguien ocupaba el asiento de al lado. Le respondí que no. Ella, sin decir nada, tomó sus pertendencias y se sentó junto a mí Durante ella el camino. Continuó hablando de su hija. Parecía que era una manera en la que ella trataba de mantenerla viva. En el momento en que llegamos a nuestro destino a Mexicali, me despedí de María. Ella me preguntó si no había problema que nos hospedáramos en el mismo hotel. Yo le dije que no. Ella me confió que era la primera vez que iba a esa ciudad. Su intención era cruzar hacia Caléxico, porque ahí conocí a unos familiares que le ayudaría. Yo creí que ella tenía la documentación necesaria para cruzar la frontera, pero María me dijo que entraría de forma ilegal. Ya había personas que la iban a apoyar. Nos fuimos directamente al hotel que ya conocía. Ahora que les cuento lo que me pasó, no sé cómo pude ser tan familiar con una persona desconocida. Creo que en aquel momento fue la juventud lo que no me hizo pensar en las consecuencias. María y yo nos instalamos en habitaciones contiguas. No quise dormir con ella en cuanto dejamos nuestras pertenencias. Nos fuimos a los lugares en los que adquiría la mercancía mientras caminábamos por las distintas calles de Mexicali. Me pareció ver a alguien que nos estaba siguiendo. Le dije a María que nunca me había sucedido eso, pero era mejor que nos metiéramos a un lugar público. Nos sentamos dentro del establecimiento. De repente vi pasar a un hombre vestido completamente de negro. No le pude ver la cara, ni tampoco si de verdad nos estaba siguiendo. Sin embargo, sí me dio miedo, ya no quise continuar con las compras. Nos fuimos al hotel a descansar. Cada una nos fuimos a nuestras respectivas habitaciones. Le dije que más tarde iría por ella para salir a cenar. Me quedé durante un rato descansando. Cuando me dio hambre, caminé hacia la habitación de María. Iba a tocar la puerta cuando escuché la voz de un hombre al interior del cuarto. Pensé que podría ser de las personas que la iban a ayudar a cruzar la frontera. Me queté durante un momento afuera de la habitación, como no salía nadie toqué. La puerta de inmediato salió. María le dije que había escuchado que alguien estaba dentro. Ella lo negó. Me dijo que no había nadie. En cambio, yo estaba convencida de haber escuchado la voz de un hombre, pero no quise desmentirla. Finalmente, ella sabía a quién metía a su cuarto. Mientras caminamos unas cuadras, percibí la presencia de alguien como si nos fuera siguiendo. Le dije a María que de nuevo alguien estaba detrás de nosotras. Ella miró hacia atrás. Me dijo que nadie nos seguía. Cuando volté. En efecto, no había nadie. Sin embargo, comencé a sentirme como si el aire me faltara. Me detuve. Me sentía muy mal. Le dije a María que no sabía lo que me estaba sucediendo. Ella me me dijo que se me había subido el muerto. Le dije que no comprendía qué era eso. María me explicó que ella sabía de energías y de esoterismo y que todo lo que me estaba ocurriendo era un muerto que me estaba siguiendo poco a poco. Comencé a sentir que recuperaba el aliento. Cuando me sentí un poco mejor, le pregunté cómo era que sabía eso. María me dijo que desde el primer momento en que me vio, vio detrás de mí una sombra oscura que no se separaba. Me sentí muy confundida. No comprendía cómo había sucedido eso y menos cómo ella era capaz de verla. Regresamos a Otea. A mí se me había ido el apetito. Sólo compramos de regreso en una tienda, un pan y leche, también unos cuantos inciensos y unas veladoras. Me fui a la habitación de María para que me hiciera una limpia según ella. Con eso tendría para que la sombra me dejara de seguir. Ella comenzó con el ritual, hizo una serie de oraciones. Al mismo tiempo pasaba sus manos por todo mi cuerpo y simulaba como que sacudía la energía de mi cuerpo enseguida. Prendió varias varitas de incienso de un mismo color. Las distribuyó por toda la habitación. También encendió varias veladoras que había comprado y las acomodó en forma de círculo. Ella continuaba con las oraciones en un lenguaje que no comprendía. Me acomodó dentro del círculo. Así estuve durante unos minutos. Luego me roció de un líquido. Quise pensar que era agua bendita, pero me di cuenta de que no era porque comencé a oler algo extraño. Cuando María terminó de hacer todo el ritual, me preguntó cómo me sentía. Le dije la verdad. Me sentía igual. No experimenté ningún cambio. A María no le importó. Me dijo que más tarde me daría cuenta de que sí había servido. No comprendí la intención de sus palabras, pero tampoco quise discutirlo. Me quedé durante un rato más conversando con ella. María siempre hablaba de su hija que había muerto. Le pregunté si había tenido más hijos. Ella me respondió que sólo a ella. Para la época en la que vivíamos era poco común que las mujeres sólo tuviesen un hijo. Conforme pasó el tiempo. Me empecé a sentir mal eran como náuseas con un poco de mareo. Era extraño, porque yo no era una persona que me mareaba. Me incorporé y le dije a María que me iría a descansar a mi habitación. Ella sonrió y me acompañó hasta mi cuarto en cuanto entré me fui directo a la cama y me quedé profundamente dormida. Un ruido muy fuerte me sacó del sueño. Me sentí aún somnolienta, así que me costaba trabajo ser consciente de lo que sucedía a mi alrededor. Por unos segundos vi dos figuras borrosas a mi lado. Poco a poco fui recobrando la lucidez. Era cierto de de dentro de la de mi habitación se encontraba María. Al lado de ella estaba un hombre corpulento, vestido de negro. Me levanté de inmediato diciéndole a María que no tenía derecho de estar dentro de la habitación molesta. Los corrí les grité que se marcharan, pero ellos permanecieron inmóviles haciendo caso omiso de mis reclamos. En ese momento, las piernas no me respondieron. No conseguía moverlas ni un centímetro. Le reclamé a María la cuestioné por qué me hacía eso si yo sólo la había ayudado todo el tiempo. Ella se acercó a mí me dijo que tenía razón. Yo no tenía la culpa de nada. Mi único problema era que tenía la misma edad de su hija, incluso había nacido el mismo día que ella. No comprendía lo que María trataba de decirme. Ella continuó diciendo que ahora su hija iba a venir en mí. Por eso me había buscado durante tanto tiempo. Me dijo que yo era la persona indicada. En ese momento comencé a sentir mucho miedo. Ella había planeado todo, incluso creo que también hizo lo necesario para que mi madre no pudiese acompañarme al viaje. Se acercó a mí el hombre corpulento. No sé si fue el temor lo que me hizo verlo con rasgos de animal hasta le vi como una especie de colmillos que se alcanzaban a distinguir entre sus labios. Tus ojos eran de un color amarillo. Él nunca emitió palabra alguna, sólo se limitaba a hacer lo que María les decía, así que comenzó a amarrarme de los extremos de la cama. Por alguna razón no podía gritar. Creo que María me había dado una especie de droga para que me mantuviera tranquila. María se cubrió la cabeza con un velo negro y comenzó a poner veladoras en cada una de las esquinas de la cama. Conforme avanzaba el ritual. La habitación se fue llenando de un humo negro. Ella apagó la luz de pronto vi como la cara de ella y del hombre. Se transformaba en una mueca siniestra. Casi estaba segura de que todo estaba perdido, así que ella no continué luchando. De repente vi como una silueta vaporosa comenzaba a flotar en la habitación. Cuando volteé a ver el rostro de María, ella había cambiado por completo. Su mueca siniestra se transformó al ver a su hija. Fue en ese instante cuando comprendí lo que intentaban hacer. María quería mi cuerpo para que su hija viviera en Él hice de todo para poder liberarme, pero no fue posible. Con mucho temor me resigné. Creo que el ritual comenzó a ser efecto, porque hubo un momento en que perdí la conciencia y me veía caminando por un túnel sumamente oscuro. No puedo expresar el miedo que tenía hasta que de repente comencé Pasaron a tocar la puerta de la habitación. Eso fue lo que me hizo regresar del lugar oscuro en el que me encontraba. Fue cuando vi el rostro enfurecido de María. El hombre emitió una especie de rugido o un sonido bastante raro. Los golpes a la puerta fueron cada vez más fuertes. Incluso escuchaba una voz alterada afuera de la habitación y de un momento a otro la abrieron abruptamente. Al entrar la luz externa. De inmediato se disipó el espíritu de la hija. Ella trató de lastimar al hombre y a la mujer que entraron a la habitación. No tardó en llegar el personal de seguridad del hotel. Fueron los que lograron calmar la situación de María y del hombre. No supe nada. En cambio, el hombre y la mujer que entraron a mi habitación los identifiqué después de un rato. Eran gente cercana a mí, ya que ellos eran mis proveedores principales de mercancía. Lo que se me hizo bastante raro fue como ellos su pon vieron dónde me encontraba y también cómo se enteraron del peligro en el que me encontraba. Ya que estuve más tranquila, comencé a platicar con ellos. Les pregunté cómo supieron lo que pasaba. La mujer me dijo que mi madre la había llamado por teléfono porque ella sabía que me encontraba en peligro. Eso me resultó más desconcertante. Cómo era posible que mi madre supiera lo que me estaba ocurriendo. La mujer dijo que a mi madre también le sucedieron cosas extrañas. Fue por lo que comenzó a dudar de mi seguridad. Me asusté pensando que mi madre no se encontraba bien. Ella me pidió que me tranquilizara de las cosas más graves que le ocurrieron a mi mamá. Fue que la primer noche en la que yo me vine hacia Mexicali, ella tuvo un encuentro con un ser extraño, un ente siniestro que parecía que buscaba algo entre mis pertenencias. A mi madre no le hizo nada, pero ella se dio cuenta de que quería algo específico. M mío fue cuando mi madre se comunicó con los proveedores. No fue sencillo hacerlo, porque en ese tiempo, realizar una llamada de larga distancia no era fácil. Así que demoró en hacerlo, pero finalmente ellos llegaron a tiempo esa noche de manera amable. Se quedaron conmigo esas dos personas por la mañana tenía el boleto del tren para mi regreso a Guadalajara, así que me preparé para irme de Mexicali. No me sentía del todo bien, pero creo que lo peor ya había pasado. Me encontraba en el Andén esperando a que dieran la señal de que ya podíamos subir a ocupar nuestros asientos. Mientras esperaba alcancé a distinguir entre las personas, a una mujer que vestía de negro, pero ella, en cuanto me vio, se movió entre la gente. Por un momento pensé que podía ser María, pero ya no volvió a aparecer. Lo extraño fue que cuando veníamos de regreso y cayó la noche, yo mantenía mi mirada fija al exterior del tren. En ese instante vi un animal grande. No les puedo describir el tipo de bestia que era de lo que casi estoy segura era que tenía el mismo rostro del hombre que acompañó a María. No sé si era un hual, un demonio o un tipo de ser que no pertenecía a este mundo. Me levanté buscando entre los pasajeros. A María no la pude ver. Sin embargo, sabía que si ese ente venía siguiendo el tren, ella debía estar muy cerca. Por fortuna, no tuve ningún contratiempo a mi regreso. Pude volver a ver de nuevo a mi madre. Con todo lo que sucedió, no descarto la posibilidad de que en cualquier momento María y su acompañante aparezcan de nuevo alma sin descanso. Era empleado de ferrocarriles nacionales de México. Comencé a trabajar en esta empresa de manera fortuita antes de entrar al mundo de los viajes en ferrocarril, me dedicaba a trabajar como ayudante de cocina en un comedor industrial. Mis primeros años de juventud los dejé en estos trabajos. Con el paso de los años aspiraba un mejor empleo, que tuviese buenas prestaciones y un mejor salario. En una ocasión, mientras servía los alimentos a los trabajadores de la empresa, me encontré con mi amigo Juan. Él era ingeniero que prestaba en ocasiones sus servicios en diversas empresas, pero su empleo principal era trabajar en el ferrocarril. Él fue quien me dijo que ahí tendría la posibilidad de tener un mejor trabajo. Además, el tren también ofrecía servicio de comedor, así que podría realizar la misma labor con la diferencia que tendría que salir de viaje su propuesta era lo que yo esperaba. Comenzamos con los trámites pertinentes para conseguir este empleo. No era sencillo entrar a laborar a esta empresa, pero después de cierto tiempo logré ingresar como empleado del ferrocarril. Al principio, mi puesto era de los más bajos, pero con el paso del tiempo fui subiendo hasta que logré ser conductor. Yo no era quien manejaba el tren. Mi trabajo consistía en que los trabajadores responsables de cada vagón llegaran a tiempo, realizaran su chequeo médico para saber si estaban en condiciones de viajar, revisar, que los vagones estuvieran limpios, que los empleados portaran correctamente su uniforme, entre otras cosas. Otra de mis responsabilidades era que durante el trayecto todo estuviese en orden, así como tomar decisiones en situaciones extraordinarias. Los primeros años que logré conseguir el puesto de conductor lo realicé sin ningún contratiempo. Por fortuna, todo salió bien, a excepción de que hubo ocasiones en que los soldados realizaban operativos de revisión para saber si el tren traía droga oculta. Cuando se hacía este tipo de acciones, se detenía el tren sin previo aviso. Los soldados se subían con perros entrenados para que olfatearan cada uno de los vagones como responsable del viaje. Cualquier situación anormal era remitida. A mí sólo hubo una ocasión en que los soldados encontraron droga oculta en el techo del vagón. Nunca se supo quién había sido el responsable y pude resolver esa situación de la mejor manera. Viaje durante muchos años a Mexicali Manzanillo, Ciudad de México, Nogales. Esos fueron los destinos a los que nos dirigíamos cada vez. Los viajes largos sólo eran dos a Mexicali y Nogales. Duraba casi una semana fuera, ya que eran dos días para llegar a uno de esos lugares, un día para descansar y otros dos días de regreso. Llevaba más de cinco años laborando en este puesto cuando sucedió una tragedia. Recuerdo que aquella vez el tren iba hacia Mexicali. En ese tiempo era temporal de lluvia. Desde que llegué a la estación en Guadalajara estaba lloviendo. No era fuerte, pero sí persistente. Parecía que no se iba a terminar. Salimos de la ciudad a las nueve. En punto, en todo el camino no cesó. La lluvia no representó ningún problema durante el trayecto. Hubo momentos en que era una suave llovizna en otros una precipitación muy fuerte. Cuando se hizo de noche, se convirtió en una gran tormenta que no permitía tener buena visibilidad. El tren disminuyó la velocidad durante más de una hora. Antes de llegar a la estación de Bamoa. Había un puente debajo de él cruzaba un río caudaloso. Lo pasamos lentamente y sin contratiempos llegamos a la estación de Bamoa a las once de la noche. El tren se detuvo por unos minutos a que los pasajeros pudiesen comprar alimentos. Antes de partir recibió una llamada telefónica. En la oficina de control me dijeron que era necesario suspender el viaje. El tren se quedaría parado por tiempo indeterminado, ya que el tren que venía detrás de nosotros se había descarrilado en el puente. Le avisé a mis compañeros y a los pasajeros que era necesario suspender el viaje. Nos quedaríamos en ese pueblo. Les comenté a los empleados que no sabía la dimensión del siniestro, pero que una cuadrilla de protección civil estaba a punto de partir a nadie. Obligué a que me acompañara a apoyar a los heridos, pero les dije que cualquier ayuda era valiosa. Casi todos mis compañeros aceptaron ir a apoyar. Cuando llegamos al lugar, se escuchaban los gritos de ayuda de las personas. Cuando llegamos al lugar, se escuchaban los gritos de ayuda. Otra se las había llevado la corriente del río. No tengo palabras para describirles la situación del accidente. Yo me fui directamente con una joven que se encontraba muy cerca de mí parecía que estaba sin vida, pero alcancé a ver que aún respiraba la cargué para llevarla lejos del agua, no alcancé a que le dieran los primeros auxilios antes de llegar con los paramédicos. Ella murió. Fue la noche más larga y amarga de mi vida. Hubo un momento en que el cansancio me venció. Habían acondicionado en una de las casas del poblado como lugar emergente. Cuando me sentí muy cansado, me acomodé en un tapete que estaba en el piso. Inmediatamente me quedé profundamente dormido. Tuve sueños con el accidente. En él veía el rostro de la joven que había muerto. Yo no la reconocía, pero sabía que era ella, pero hubo un momento en que su rostro se tornó maléfico. Fue en ese instante cuando desperté sobresaltado tratando de ubicarme volví a la realidad al escuchar los gritos de la gente ya había amanecido. Cuando terminamos las labores de rescate, no fue posible rescatar a todos. Lo más probable es que muchos de los cadáveres se los llevó el río. El apoyo fue por varios días. A todos los que íbamos en el tren nos dijeron que no sería posible continuar hasta que disminuyera la lluvia y los ríos bajaran un poco su corriente, por lo que nos quedamos estacionados en ese lugar. Por fortuna, los mismos pobladores nos apoyaban con comida y con agua. Ya en la noche nos sentamos en las piedras cerca del río y noté que del otro lado había una mujer que caminaba entre la maleza. Le dije a mi compañero si la veía, él me dijo que no, que lo más probable era que había visto un animal silvestre. Por ese rumbo apuntaban los jabalíes. Por un momento quise pensar que era un animal, pero más tarde volví a ver a alguien que se movía entre los árboles. Me levanté de la piedra en la que me encontraba me acerqué un poco más a la orilla del río. Desde ahí alcancé a distinguir que se trataba de una mujer. Lo supe por su cabello. Largo de inmediato. Creí que se trataba de alguna persona que se había perdido por el accidente. Comencé a hacerle señas con los brazos, pero parecía no Verme siguió caminando sin voltear me. Fui con un encargado de protección civil. Le dije que una mujer estaba extraviada del otro lado del río. Al parecer, no se encontraba del todo consciente de inmediato, varios trabajadores salieron para poder auxiliar a la mujer. El encargado de protección civil me dijo que no era posible ayudarle. Era ponerse en riesgo si se trataba de cruzar el río, que a lo mejor era hablar por radio para avisar del otro lado del río para que fuesen en su ayuda. Me quedé más tranquilo. Sin embargo, no sabía si en realidad la iban a ayudar. Me quedé durante un rato más sentado observando hacia aquel lado. De repente vi que de nuevo caminaba hacia el lado contrario. Ahí fue cuando me di cuenta que ella no se encontraba bien, porque caminaba de forma vaga hacia cualquier parte. De nuevo le volví a hablar. Uno de mis compañeros. Cuando me escuchó se acercó para ver qué sucedía. Le apunté con el dedo y le dije que de nuevo estaba la mujer. Ahí, mi compañero me dijo que me tranquilizara que del otro lado del río no había ninguna mujer. Yo le dije que sí. Él de nuevo me dijo que no había nadie, que lo mejor era que me fuera a comer y a descansar. Ya habíamos tenido una jornada muy pesada durante el día. Quizás por eso ya imaginando a ver a alguien le hice caso a mi compañero y fui a descansar, pero con la idea de que había visto a esa mujer que nada había sido producto de mi imaginación, Así que más tarde saldría a revisar de nuevo para poder ayudarla, ya que ellos no lo iban a hacer. Así que, cuando se hizo más tarde y todos se encontraban dormidos, me levanté con sigilo y fui a la orilla del río. Me quedé durante unos minutos mirando hacia el otro lado. De nuevo vi a la mujer, pero en esta ocasión estaba parada, mirando hacia donde yo me encontraba. Esta vez no hice ninguna señal ni traté de comunicarme con ella. Solo me quedé parado viendo cómo ella reaccionaba ante mi presencia. Vi que ella comenzó a caminar hacia el río. Yo pensé que se iba a ahogar. Mi sorpresa fue grande. Cuando ella comenzó a caminar sobre el agua, se dirigía hacia donde yo me encontraba. Por un instante me quedé petrificado. Enseguida, reaccioné y me fui corriendo hacia la casa en la que estaba hospedado. Me metí entre mis cobijas. Estaba casi seguro que aquella cosa me estaba buscando. Al día siguiente pregunté si ya era posible continuar con el viaje junto con mis otros compañeros de trabajo. Pretendí incorporarme a mi trabajo o, al menos alejarme de ese lugar. Por desgracia, me dijeron que las vías aún se encontraban en reparación. Todavía faltaban varios días para que eso sucediera. Resignado. Seguí con las labores de ayuda. Hubo un momento en que ya no pude callarme. Hablé con un compañero. Le dije lo que había sucedido la noche anterior, contrario a lo que esperaba. Él ni siquiera se sorprendió. Me dijo que también estaba viendo a un niño que se aparecía a la orilla del río. Cuando los demás compañeros se escucharon, intervinieron diciendo que también a ellos les estaba pasando situaciones paranormales. No sabían si era por la impresión del accidente o si en verdad esas personas aún estaban en este plano. La mayoría de los compañeros coincidimos en que por la noche era cuando había manifestaciones, así que decidimos estar juntos esa noche. En cuanto el sol se ocultó, comencé a escuchar lamentos y gritos se oían alejados de forma vaga. Sin embargo, me daba cierto temor pensar que el alma de las personas que habían muerto aún se encontraban entre nosotros. Me acerqué con uno de mis compañeros. Él me dijo que también escuchaba el sonido de las voces que se mezclaba entre el agua del río. Esa noche confirmamos que nada era producto de nuestra imaginación. Cada uno de nosotros veía diferentes almas que estaban detenidas en este mundo. Esa noche no podíamos dormir. Nos quedamos conversando durante un rato más. Yo fui el primero que comenzó a escuchar ruidos con cautela salí para ver de qué se trataba. Fue la primera vez que vi su rostro de cerca. Era ella la misma muchacha que murió entre mis brazos. Sólo que tenía un aspecto cadavérico. Me quedé helado sin saber qué hacer. Ella se limitó a extender su brazo derecho y señalar un punto hacia el otro lado del río. Después desapareció. Yo no sabía qué hacer. Cuando regresé, uno de mis compañeros me dijo que me veía muy pálido. Les conté lo sucedido. Ellos también se pusieron muy nerviosos en cuanto amaneció. Fuimos a buscar al curandero del pueblo. Él vivía en una choza pequeña. Era un hombre de estatura baja, sumamente bronceado por el sol tenía bastantes años. En cuanto nos vio, nos hizo una seña con su mano de que nos detuviéramos. Nos dijo que no veníamos solos. Algunos seres que no pertenecían a este mundo estaban con nosotros, así que era mejor tomar distancia para que ningún espíritu se quedara con él. Él se fue acercando poco a poco hacia nosotros. Llevaba consigo en una mano, una veladora encendida en la otra, un ramo de hierbas olorosas y frescas. Nos hizo una señal de que nos quedáramos parados. Él caminó hacia el frente y nos hizo una señal para que camináramos detrás de él. Se dirigió directo al río el Jurandero, se arremangó sus pantalones y metió sus pies desnudos al agua. Comenzó su ritual diciendo unas palabras que no comprendí mojaba el manojo de hierbas con el agua del río enseguida nos roció a cada uno de nosotros con esa agua. En ese momento se comenzaron a escuchar gritos y lamentos. Voltea a ver a mis compañeros. Al parecer, ellos también lo escuchaban. Después de que el hombre terminó salió del río. Nos dijo que esperaba que las almas de los muertos pudiesen descansar, pero que era necesario de que cada uno de nosotros recordara qué fue lo que hablamos con las personas que alcanzamos a sacar del río antes de morir o ya muertos, porque aunque un ser humano esté muerto, lo último que muere es su sentido del oído. Y si le habíamos prometido algo, lo más seguro era que estuviesen esperando que en verdad cumpliéramos con lo prometido. En ese momento traté de recordar que fue lo último que le dije a la joven. Le había dicho que no se preocupara. Yo le ayudaría en todo lo que necesitara e iba a estar todo bien. Me acerqué con el hombre y le pregunté si acaso la mujer intentaba decirme algo. Él me dijo que sí. Lo más seguro era que necesitaba de mi ayuda. El hombre nos dejó unos collares que servían como mono protectores. Se retiró y nos dijo que estuviésemos al pendiente de esas almas por la noche. De acuerdo a lo que había dicho el señor en cuanto oscureció, estuvimos a la orilla del río. Pronto pude ver a lo lejos la silueta de una mujer me acerqué un poco a ella mentiría si les dijera que no tenía miedo. Me aferraba al objeto que el hombre nos dio la mujer en vez de caminar hacia mí, lo hizo del lado opuesto como esperando que la siguiera así lo hice. Enseguida la perdí de vista, volteé hacia todos lados sin conseguir verla de nuevo. De pronto sentí algo duro sobre mis pies. Entre la hierba silvestre se encontraba el cuerpo de un niño. Estaba lleno de lodo y cubierto por la maleza. Llevaba varios días en descomposición. Entendí que quizá la mujer podría ser la madre del pequeño. Rápidamente di aviso los días posteriores que estuve vimos en Bamoa, recogía flores y las dejaba en el lugar en el que encontré el cadáver del pequeño. No sé si en realidad funcionó lo que hice, pero dejé de ver a la mujer a los tres días siguientes nos dijeron que las vías estaban listas. Podríamos continuar con el viaje. Pudimos continuar hasta Mexicali al regreso. Cuando volvimos a pasar por Bamoa, no pude ver hacia el lado del río. Prefería ser que no existía. Sin embargo, los demás compañeros que han cruzado por la noche el puente del pueblo dicen que se escuchan lamentos y gritos de las personas que murieron en el accidente. Relatos escritos y adaptados por Adriana Cuevas