Dec. 17, 2023

Una Bruja Quizo El Alma De Mi Hija Fallecida Historias De Terror - REDE

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Déjenme ir contar esta historia. Me ha significado vivir cosas aterradoras que nunca imaginé. La comparto porque eso me ha ayudado a sanar las heridas que han desgarrado mi alma durante años. En mil novecientos ochenta y ocho sufrimos de una tragedia. Una mañana. Como cualquier otra, mi esposa y mi hija Rosario intentaban cruzar una carretera para tomar un camión que las llevaría al centro de la ciudad. Con tan mala suerte que un auto que corría a gran velocidad embistió a mi hija arrancándola de la mano de su madre, haciéndola volar por el aire un tramo de veinte metros o más, quedando en el lugar del impacto solamente sus zapatos rosas. El auto se fue dejando no sólo a mi hija, deshecha también a toda la familia. Por tan lamentable pérdida. No tengo las s s NS para narrar nuestro sufrimiento. No encontrábamos consuelo en nada. Mi esposa tuvo que ir a terapia porque no podía quitarse de la memoria, la espantosa imagen de mi hija, dando vueltas en el aire por el impacto recibido, el verla caer al pavimento de una manera grotesca. Eso sin duda la traumó. Nadie espera una situación así tan inesperada como horrorosa. Por lo mismo, se negaba a aceptar la realidad. Dormía en el cuarto de mi hija, abrazada a sus muñecas. En ocasiones la llegué a escuchar, cantar canciones de cuna y lloraba casi hasta quedarse sin lágrimas. Por mi parte, obviamente, no estaba preparado para una cosa semejante. Ver cómo enterraban la pequeña caja blanca con los restos de mi adorada princesa me hizo llorar como nunca, pero yo me escondía para que mi esposa no me mirara. El tiempo siguió su curso. Nosotros vivíamos luchando día a día por superar todo ese dolor, aunque había pasado más de una semana. Mi esposa le lloraba a mi hija como el primer día de su muerte. En ocasiones le gritaba para que viniera a comer. Luego reaccionaba llorando al recordar que nuestra hija ya no estaba con nosotros. A veces a la hora de cenar por descuido servía tres platos. Además, siempre estaba muy pensativa o recordando las travesuras que hacía rosario. En ocasiones le contaba los cuentos favoritos de mi hija a uno de sus peluches. Fuera de eso, dentro de lo que cabe, empezábamos a tranquilizarnos, pero una noche comenzaron a pasar cosas raras. Al pasar por el cuarto de mi niña, que se había quedado solo porque era hija única, escuché que alguien lloraba. Pensé que era mi esposa, porque en ocasiones se metía a ver las fotos y las cosas que ahí quedaron de mi hija. Me iba a pasar de largo para que estuviera sola un rato con sus recuerdos. Cuando miré que mi esposa estaba en la cocina, sentí un escalofrío muy fuerte. Gr crecé confundido para escuchar de nuevo aún así, sabiendo que no era el llanto de mi esposa lo que escuchaba, tomé la perilla de la puerta, la giré lentamente y abrí. El cuarto estaba solo y oscuro. No pude meterme a mirar adentro porque me ganaron los nervios. Me temblaba la mano. Cuando prendí el foco, recorrí con la mirada a cada rincón hasta que me convencí que la habitación estaba vacía. Quizá me vinieron los recuerdos de mi niña porque comencé a sentir su presencia. Tuve la intención de asomarme debajo de la cama, donde se escondía a mi hija. Mejor retrocedí y cerré con cuidado. Caminé pensando que había escuchado mal. Mi esposa me miró de una manera rara, pero no me dijo nada. Yo tampoco le comenté lo que había escuchado para no inquietarla. A partir de ahí había noches que despertaba y mi esposa no estaba conmigo de primero. No le di tanta importancia hasta que una madrugada me levanté a buscarla porque se escuchaban voces dentro de nuestra casa. No fue necesario buscarla. Estaba en el cuarto de nuestra hija con la luz apagada, abrazada a un peluche Le decía muchas cosas. Cuando entré todo se quedó en silencio. Al preguntarle si se encontraba bien, ni siquiera se movió. Luego en un tono de disgusto, me dijo que nos fuéramos a acostar todo. Eso me parecía raro. A partir de ahí, mi esposa comenzó a hablar sola. Platicaba con ese peluche y en ocasiones con alguien que yo no podía ver si se daba cuenta que la estaba mirando. Se quedaba en silencio. Al correr de los días, eso comenzó a Inquietarme Me extrañó más el hecho que al regresar de mi trabajo, comencé a ver las paredes rayadas con grayones, así como lo hacía mi hija. Le pregunté a mi esposa quién había hecho eso. Su respuesta me sorprendió todavía más. Fue rosario. Me dijo pensé varias cosas Quizá esas rayas en la pared que eran intentos de escribir palabras ya estaban ahí y yo no la había visto. Otra era que mi propia esposa las estuviera pintando, aunque no entendería para qué Mi esposa estaba en terapia. Por lo mismo, no le quise alegar nada para no entrar en polémicas, pero había algo que no terminaba de Convencerme sabía que tenía que ponerle más atención a todo aquello. Pasaron unos días más para entonces las cosas paranormales eran evidentes. Además del llanto que se seguía escuchando en el cuarto de mi hija, las cosas se cambiaban solas de lugar. Con frecuencia hubo algunas noches que se escuchaba que se abría una puerta. Luego el sonido de unos pequeños pies descalzos caminaban hasta pararse frente a nuestro cuarto. No me levantaba a investigar por temor. Al siguiente día no había huellas de nada. Yo me levantaba a las cinco de la mañana para alistarme e irme a trabajar todas las veces que chequé el cuarto de mi niña. La cama estaba desatendida y con algunos peluches entre las colchas, como siempre la dejaba a mi pequeña hija. Parecía como si no se hubiera ido. Además, olía a ella. En una ocasión desperté por la noche porque me pareció escuchar que dijeron papá abrí los ojos. Al lado mío estaba mi esposa dormida como quiera. Me levanté para averiguar. Cuando salí del cuarto se escuchaban pequeños murmullos que apenas podía distinguir. Podía asegurar que decían papá Esos sonidos. Me llevaron frente a la puerta del cuarto de mi hija. Abrí con temor de encontrar algo sobrenatural, como un fantasma o un espíritu o lo que era peor, ver a mi hija sabiendo que ya estaba muerta. Para mi sorpresa, el cuarto estaba vacío entré a revisar porque estaba seguro que de ahí salían los murmullos. Me llenaba de preocupación comprobar que mi hija estuviera intentando comunicarse con nosotros, pero quizá no sabría cómo hacerlo. En ocasiones ya había visto sombras que corrían por la casa, no sólo en la noche, también en el día se manifestaban. Esas sombras eran pequeñas y siempre terminaban metiéndose en el cuarto de Rosario. Claro que al revisarlo nunca había nadie. Nunca se me vino a la mente bendecir el lugar al día siguiente, sin decirle una palabra a mi esposa, fui al panteón. Ahí, frente a la tumba de mi hija, nervioso, le pregunté si quería decirnos algo. El panteón estaba solitario y silencioso. No sé por qué, tal vez, en mi ignorancia o en mi inconsciencia, esperaba que algo se moviera o escuchar su voz como respuesta, pero nada raro pasó. Llegué a dudar que esa presencia que rondaba en nuestra casa, específicamente el cuarto de Rosario, fuera real, porque en la tumba de mi hija no se sentía ninguna sensación sobrenatural. Atravesé el panteón pensativo. Si no era mi hija la que se quería manifestar, quién podría ser supuse que tal vez era un demonio intentando engañarnos, haciéndose pasar por mí í hija, aprovechándose de nuestra debilidad, de nuestra necesidad de verla. Regresé a mi casa sin saber qué hacer, Como no podíamos seguir así, decidí hablarlo con mi esposa. Cuidando mis palabras, le pedí que me explicara lo que estaba sucediendo. De primero estuvo renuente. Le dije que estaba preocupado, no sólo por lo que se escuchaba, también por lo que podría hacer. Le rogué que accediera a hablar y aceptó. Comenzó diciendo que nuestra hija no estaba del todo muerta porque la podía ver y hablar con ella por las noches. Me dijo que estaba ahí en la casa con nosotros Cuando se salía de nuestro cuarto era porque la niña me llamaba a mí, pero yo no la escuchaba. Por eso ella se iba a consolar a nuestra hija, que tenía mucho miedo de estar sola. Me aseguró que se acostaba con ella, la abrazaba y le cantaba. Mientras la niña se dormía. Mi esposa le pedía que no se fuera, que se quedara para siempre con nosotros la interrumpí. Le pedí, por favor, que no jugara con eso, porque me pareció algo desquiciado con la mirada fija puesta en mis ojos. Su respuesta fue tajante. Me dijo que no estaba jugando esa noche. Parecía que alguien estuviera rasguñando la puerta de nuestra habitación. En ese tiempo teníamos una perra de regular tamaño llamada Hasley. Lo primero que pensé fue que se había quedado adentro y era ella la que rasguñaba. Cuando abrí la puerta, no miré a nadie. Busqué a la perra para sacarla, pensando que se podía ensuciar adentro, pero en la casa no estaba e incluso todo se encontraba bien cerrado. Cuando regresaba para mi cuarto por una de las ventanas, miré a Hasley pasar caminando en dos patas. Me asusté porque nunca la había visto hacer eso. Me metí a mi cuarto y atranqué, aunque ya no escuché nada fuera de lo normal, esa noche no pude conciliar el sueño. Al contrario de mi esposa, que no despertó en toda la noche. A las cinco de la mañana que me levanté, mi esposa andaba limpio ndo la puerta de nuestro cuarto como tratando de ocultar algo. No le pregunté al respecto ni le conté lo sucedido esa noche. Por la tarde que regresé del trabajo, la perra seguía con ese extraño comportamiento. Estaba parada en sus dos patas traseras frente al portón. Esperándome dudando un poco, entré mirándola sólo de reojo. Ella no hizo ningún intento de moverse nada más. Me siguió con la mirada. Entré pronto a la casa. Teniendo un escalofrío en un descuido de mi esposa, me puse a checar la puerta de nuestra recámara. Las marcas de los rasguños parecían formar unas palabras que con dificultad traté de adivinar. Decían déjenme ir. Mil cosas se me vinieron a la mente. Entre todas ellas pensé que mi esposa le lloraba tanto a mi hija que no la dejaba partir. Por eso se manifestaba como podía tratándome de hablar. Otra cosa que me ponía los pelos de punta era que Hasley durante ese día, cuando me miraba en mr sonidos raros como si quisiera hablar si en ese momento se encontraba mi esposa conmigo, la espantaba con la escoba. Por mi parte, le agarré miedo a la perra hasta llegué a pensar que podría estar poseída las noches siguientes. La perra se paraba en dos patas. Hacía el intento de meterse a la casa. Lloraba rasguñaba las puertas y en ocasiones se asomaba por las ventanas. Mirarla actuar así era perturbador. Mi esposa cada vez estaba peor. Se empezó a descuidar mucho. Además me miraba con recelo. Parecía que lo mejor para ella era que yo me desesperara y me fuera de la casa aturdido por la situación que estábamos viviendo. Una noche salí a caminar un poco cerca de la casa. Había un parque. Ahí me senté en una banca pensativo y a punto de llorar por la desesperación a los días. Cuando llegaba a casa después de trabajar, no supe de dónde salió una señora ya mayor que me dijo ya no le lloren tanto. Déjenla ir Si la retienen por más tiempo. Aquí se quedará penando para siempre. La señora me miraba con insistencia. Su tono de voz parecía suplicante. Decía le están haciendo daño. Es su hija. Déjenla ir. Se me hizo un nudo en la garganta. Sabía que se refería a mi hija, aunque no conocía a la señora quería decirle mis miedos y mis dudas. Algo traía yo en las manos que se me cayó. Me agaché para recogerlo. Al voltear de nuevo, aquella persona había desaparecido. Ni siquiera me asusté, Me levanté sorprendido buscándola por todas partes. No había donde se podía esconder. Estaba alterado, pero pensaba que no importaba lo que hubiera sido. Esa señora tenía razón en todo lo que me dijo. Creo que en ese momento abrí los ojos y me di cuenta que tenía que hacer algo. Regresé a la casa para hablar con mi esposa. Cuando abrí la puerta alcancé a ver, al igual que en otras ocasiones, una pequeña figura que se metió rápidamente al cuarto de mi hija de ese tiempo. Al día de hoy puedo asegurar que era ella. No sé por qué, pero en esa ocasión sí me dio miedo. Titubeando entré buscando a mi esposa, la escuché que estaba en el cuarto de mi hija. Le pedí a mi hija de manera insistente que no se fuera, que no la dejara sola porque no lo soportaría. Mientras mi esposa le suplicaba que se quedara, podía escuchar el llanto de mi hija. Se me puso la piel chinita. Mi conciencia me decía que eso no podía ser, pero yo no podía hablar. Me sentía trabado el escuchar todo eso me llenaba de miedo. Me imaginaba ver a mi esposa hablando con mi hija muerta. Eso me impedía entrar. Lo único que pude hacer fue agarrar valor y, desde afuera, gritarle a mi esposa que ya era suficiente que dejara ir a la niña. Me gritó que no y con malas palabras me ordenaba que me largara. Entonces yo comencé a decirle a mi hija que se fuera en paz. Le dije que nosotros estaríamos bien. Mi esposa gritaba enojada que me callara y que no me metiera. Mientras se escuchaba que se caían las cosas. Yo no podía moverme ni para entrar ni para alejarme. Algo horrible se apoderó de mí. No puedo explicarlo bien, pero le tenía más miedo al comportamiento de mi esposa que a mi hija, que ya estaba muerta la perra aullaba de una manera horrible y rasguñaba la puerta con los nervios alterados. Me puse a rezar todo lo que pude. No sé por cuánto. Tiempo después de un rato y sin esperarlo, todo se puso en calma. Los ruidos cesaron. Mi esposa dejó de gritar a mí. Se me quitó esa angustia y ese miedo que me impedía moverme temeroso. Entré al cuarto de mi hija. Todo era un desastre. Ahí estaba mi esposa sola en shock, con su mirada perdida, repitiendo que por mi culpa se iba a ir temeroso a que reaccionara de manera violenta labra y rompimos en llanto. Le expliqué que le estábamos haciendo daño a la niña. Lo mejor para nuestra hija era irse con Dios. Seguramente él la convertiría en un ángel que nos cuidaría desde el cielo. No sé cuántas horas estuvimos así. Hablamos hasta calmarnos al salir del cuarto de mi hija, ya estábamos más tranquilos. Todo estaba en calma tanto que parecía sospechoso. A partir de ese momento, todas las cosas paranormales disminuyeron, pero nunca cesaron por completo. Arreglamos el cuarto y procuramos no abrirlo muy seguido. En caso de hacerlo, entraríamos los dos. Mi esposa siguió en terapia con claras intenciones de recuperarse del todo. Después de aceptar la muerte de mi hija y resignarse a verla sólo en fotos o en sus recuerdos, tuvo el valor de platicarme todo lo que había pasado con mi hija. Con vergüenza. Me confesó que era tanto su dolor que maldijo a Dios el día del entierro habló con una extraña mujer que se hizo prescio. Esa persona al ver el sufrimiento en el que nos encontrábamos, le ofreció su ayuda para retener el alma de nuestra hija. Le dijo llórale mucho para que se quede contigo. Luego le pidió algo que le perteneciera a la niña. Mi esposa, en su desesperación, le dio algunos cabellos que guardaba de mi hija. La señora los amarró con un hilo negro y le sopló. Después, mi señora fue al cuarto de la niña y los metió dentro de uno de sus peluches, asegurándole que el alma de mi hija estaría ahí para siempre. También hizo lo que esa mujer le dijo durante el velorio, sin que nadie se diera cuenta, agarró tierra de su sepulcro cuando regresamos del panteón. Mientras yo despedía a unos familiares, se metió al cuarto de la niña y esparció la tierra por todas partes mientras rezaba algunas cosas. Además, le pedía a mi hija que se hiciera presente por última vez. Ella me aseguraba que mi hija se le apareció de manera de fantasma y así como le había dicho. Esa señora de la cual nunca me dijo su nombre, le comenzó a llorar porque sabía que era cierto. Si se le llora de más a los difuntos, no los dejan marcharse. Y funcionó, pero eso no era todo. Además, por decisión propia, le hizo plegarias a la muerte para que no se llevara el alma de nuestra hija. Su intención era prometerle venerarla hasta el día de su muerte y ponerle un gran altar donde siempre tendría una veladora encendida, pero me aclaró que ya no alcanzó a hacer nada de eso. Aún así se sentía en deuda con ella. Confieso que no sabíamos qué hacer lo mejor era buscar ayuda con alguien que supiera de esas cosas y así liberar a mi esposa de sus culpas y también el alma de nuestra hija. Por lo pronto fuimos a un altar de la Santa muerte para que mi esposa pidiera perdón. Sin embargo, el alma de nuestra hija no se podía ir, lo sabíamos, porque se sentía su presencia en la casa estaba retenida por algo que esa mujer le había hecho no y nosotros no teníamos ni idea de que más podíamos hacer. Platicando con unos conocidos, nos sugirieron que regresáramos la tierra a su tumba y que buscáramos como liberar el peluche. Tal vez eso ayudaría. Así lo hicimos. Nos contactamos con una persona que se dedicaba a eso de lo paranormal. Al sentirse atrapada, nuestra hija trataba de comunicarse conmigo como ella podía escribiendo en las paredes o hablándome por las noches, me dijo que yo tenía que hacer el trabajo de llevar la tierra al panteón y así liberarla. Aunque estaba espantado por todo lo que se había atrevido a ser mi esposa, no era el momento de discutir, sino de actuar para liberar del todo a nuestra hija. Cuando regresamos a la casa, no perdí el tiempo dominando mi nerviosismo. Entré al cuarto. Recogí la tierra que mi esposa había escondido en el clóset. Luego saqué el mechón de cabellos de mi hija, que estaba dentro del peluche. La r cerrarlos. Me vino la sensación aquella que sentía cada vez que cargaba a mi niña después de ponerlo dentro de una bolsa, nos fuimos los dos al panteón, nos paramos frente a su tumba. Mi esposa lloraba arrepentida. Cabé un pozo mientras le hablaba a mi hija pidiéndole perdón por la actitud que tuvimos ante su muerte. Luego enterré lo más hondo que pude la bolsa. Con las cosas rezamos mucho. Nos retiramos del panteón, esperando que todo aquello terminara con el sufrimiento que estábamos viviendo y con la esperanza que mi hija por fin volara al cielo. Como no sabíamos si la mujer que aconsejó a mi esposa era una bruja. Decidimos que era necesario buscar ayuda de Dios, el sacerdote de la Iglesia Católica a donde acudimos, nos escuchó con atención y accedió a bendecir la casa. Después de eso las cosas cesaron. No sé si sea castigo, pero no pudimos tener más hijos a pesar de tener tratamiento médico, aunque el remordimiento de de todo lo que hicimos nos torturó por años el saber que pudimos liberar el alma de mi hija. Siempre ha sido un consuelo relato, escrito y adaptado por gato negro