Nov. 15, 2023

Un Íncubo Queria Mi Alma Historias De Terror - REDE

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El reloj del abuelo. Contar algo sobre mi pasado nunca ha sido algo sencillo, tiendo a tener borrones en la memoria, esto a causa de que nací con epilepsia. Quien padezca esta enfermedad sabrá de lo que hablo, aun cuando mis convulsiones no son constantes, menos ahora que soy adulto. Aún así es muy difícil padecer amnesia durante ciertos períodos, períodos en los que incluso llegas a desconocer a tus propios padres y hermanos. Mi abuela paterna solía decirme que mi padecimiento era un don divino, aunque yo nunca logré entender como un padecimiento tan horrible puede ser un don. Lo peor de esto es que siempre he sentido un pánico terrible. Cada vez que veo llegar una crisis. En fin con este padecimiento comienzas a recuperar tus recuerdos, aunque no siempre logras recuperar todos, Siempre hay detalles que se borran para siempre. Por este motivo, ahora que he estado más estable de salud, quiero compartir una historia que me ocurrió siendo adolescente antes de que sea borrada de mi memoria. Mi madre es originaria de ciudad Obregón, Sonora, ciudad donde las temperaturas son extremas. Por suerte, yo no nací ya pues de haber sido así, mi estado de salud se encontraría aún peor, y es que el calor extremo logra detonar en mí una crisis casi de manera inmediata. Mi padre es originario de Guadalajara, ciudad que, si bien no es la más fresca de la República Mexicana, la temperatura no es tan extrema como en Sonora. El caso es que, por temas de salud, solíamos visitar a mis abuelos maternos Sólo en temporada de invierno. Mis abuelos eran divorciados y cada que íbamos de visita nos quedábamos en la casa de mi abuelo, pues esta era de mayor tamaño. Era una casa vieja, llena de cuadros religiosos y objetos antiguos. Mi abuelo tenía gran afición por coleccionar cosas raras y viejas. Lo mismo los muebles mismos, que muchas veces por lo mismo de ser viejos, eran incómodos o se rompían con facilidad. A mí siempre me dio miedo esa casa. Sobre todo le temía un objeto, en particular, un enorme reloj de péndulo que se encontraba en un pasillo donde producía mucho eco cada vez que se balanceaba, pero su sonido era aún más aterrador cuando sonaba al marcar la hora que le programaban. Recuerdo que cada vez que tenía que pasar por ese pasillo lo hacía corriendo. Siempre se me figuraba como un enorme ataúd del que saldría un vampiro o como si detrás del péndulo existiera una entrada al inframundo. Como he dicho, hasta ahora, la casa en sí mismo ocasionaba miedo y si a esto le añadimos que mis hermanas mayores siempre me contaban que en esa casa asustaban, esto ocasionaba que no quisiéramos visitar a mi abuelo o si no había más remedio que viajar, le pedíamos a mi madre o alguna de mis tías que nos llevara de paseo. En una ocasión tuvimos que viajar allá esto debido a que mi abuelo enfermó de gravedad y necesitaba cuidados. Mi abuelo no llevaba buena relación con sus parientes y mis tíos, sus hijos siempre fueron algo desobligados. Mi madre no se animaba a irse, ya que era la única persona que siempre me cuidaba y tampoco quería llevarme a Obregón en verano, ya que el calor me podría poner muy mal. Al final, se decidió por comprar los vuelos y terminamos yendo para allá. Me dijo que de cualquier manera, en la casa de mi abuelo habían instalado aire acondicionado. Aparte, ya no tardaba en comenzar el temporal de lluvias. Esto refrescaría un poco el ambiente. Pues bien, realmente no tuve que ser expuesta al clima extremo. Llegamos de madrugada al aeropuerto y el taxi contaba con aire acondicionado. Una vez estuvimos en la casa. Mis hermanas, quienes sí habían visitado en más ocasiones esa casa, comenzaron a platicarme sobre cómo en diversas ocasiones les ocurrieron cosas extrañas mi hermana la mayor pensaba que la actividad paranormal de la casa se debía a que tal vez la tierra estaba maldita. En cambio, mi otra hermana, Marcela acusaba directamente a mi bisabuela, quien, a pesar de haber sido católica y fanática religiosa, solía guardar libros raros en su ropero libros como el de San Cipriano y otros que son usados como manuales de brujería. Y cuando murió le encontramos mechones de cabello y varias cosas raras en un cajón de la cómoda junto a su cama. Yo, en ese momento, siendo ya casi un adolescente, deseaba hacerme la valiente y les dije a mis hermanas que realizáramos un ritual para preguntarle a los espíritus la razón del por qué la casa estaba poseída. Mis hermanas se me quedaron viendo y en sol en seguida me dijeron que estaba loca. Aparte de que de las tres yo era la más miedosa. Llegó la hora de acostarse. Para esto mi madre se había ido al hospital, donde tenían a mi abuelo, así que nos quedamos solas las tres. Como he dicho, la casa de mi abuelo era lo suficientemente grande como para que cada quien tuviéramos nuestra propia habitación. La mía era la más pequeña de todas y no contaba con puerta. Sólo estaba dividida por una cortina. Esto ocasionaba que todos los ruidos me llegaran con más fuerza. Intenté dormir por algún motivo desconocido. No lograba conciliar mi sueño. Duré varios minutos, dando vueltas de un lado a otro. Escuchaba al fondo el péndulo del reloj aterrador. Primero lo noté a lo lejos y minuto a minuto sonaba como si estuviera más cerca. Al principio, pensé que era mi imaginación que me jugaba una mala pasada. No obstante, pude comprobar que no era así. El péndulo y el mecanismo del reloj sonaba cada vez más cerca hasta el punto de escucharlo afuera de mi habitación. El miedo comenzó a dueñarse de mí y sentí ganas de salir corriendo del cuarto, pero mi cuerpo no respondía. Creí que estaba a punto de tener una crisis, pero no era una sensación distinta. Podía escuchar, podía ver, pero no me podía mover. En eso escuché cómo se abría la vitrina del enorme reloj. Después de algunos minutos en los que sentía mi nivel de desesperación por las nubes, comencé a escuchar pasos arrastrados. Lo único que se me ocurrió hacer fue cerrar los ojos, ya que esto sí me respondían. En eso sentí como alguien se sentó al pie de mi cama. No sé cuánto tiempo habrá durado ese suceso. Sólo recuerdo que cuando logré recuperar los sentidos, me puse en pie gritando y el sonido del reloj volvió a sonar en la lejanía. Mi extraño visitante dejó una marca en el papel tapiz, del cual era una especie de quemadura que formaba un círculo con algunas líneas. Dentro al principio dudé si estas marcas ya habían estado allí o fueron hechas por mi extraño visitante. Fui por mi hermana Estela la mayor, pues ella estuvo conmigo un momento la noche anterior en la habitación. Le mostré la marca en el tapiz y antes de que pudiera preguntarle me acusó de haber sido yo quien realizó esta marca. Esto me permitió confirmar que esa marca no había estado allí antes. Le dije a Estela que yo no había hecho nada. Después le narré los hechos de la noche anterior. Ella se asustó pues de inmediato pensó que había pasado una crisis. Yo le aseguré que no fue así y ella tuvo que aceptarlo, pues de haber sido de esa manera aún tendría secuelas y no estaría así de fresca. Mi hermana me dijo que tenía razón, aparte de que en la noche también escucho algunos ruidos extraños, como el de alguien arrastrándose por el pasillo. No obstante, eso era algo común para ella, estando en la casa de mi abuelo. Para esto llegó marcela y al escuchar nuestra plática, comenzó a bromear con que lo que me había acechado la noche anterior no era otra cosa que el coco no pudimos evitar reírnos y terminamos arrojándonos almohadas entre nosotras. Total que se me pasó el miedo. Intenté convencerme que lo ocurrido la noche anterior no era otra cosa que mi propia percepción, alterada por mi enfermedad y la marca en el muro, ya había estado allí desde antes de que llegáramos desde Niña. Pese a que me daban un temor tremendo esas cosas del tipo paranormal, sentía un enorme gusto por leer cosas relacionadas con el terror. Además, como siempre he tenido que pasar mucho tiempo en casa a causa de mi enfermedad, mis hermanas no me dejaban ver cierto tipo de películas y yo, lejos de enojarme prefería leer. Siempre me ha gustado más leer que ver las películas. No sé por qué motivo, comencé a pensar en el coco el monstruo infantil que usan los adultos para obligar a que los niños duerman temprano. Mi pensamiento se enfocó en preguntarme. Siempre he pensado que toda leyenda urbana tiene su porcentaje de verdad. Tenía varias revistas sobre casos insólitos, pero en ninguna de ellas jamás leí algo acerca de ese ser aún así. A pesar de que el nombre me resultara gracioso, no podía dejar de imaginarme que estuviera basado en algún caso real. En particular, esa tarde fuimos a visitar a mi abuela como el día estaba nublado. Mi madre creyó que podía salir de la casa sin riesgo. Estar en casa de mi abuela fue un verdadero infierno. Era pequeña, poco ventilada y no tenía aire acondicionado. Sólo contaba con algunos abanicos que arrojaban aire caliente. Mi abuela era diez años más joven que mi abuelo y en ese momento gozaba de buena salud. Era una persona jubilada en su juventud. Se dedicó a ser maestra de deportes en un colegio y recibía buen dinero de pensión. Mis hermanas salieron por la tarde iban a visitar a unas amigas que vivían cerca de allí. Yo, en cambio, me quedé con mi abuela, que me pidió ayuda para organizar algunas de sus cosas. Una vez estando a solas, me preguntó acerca de mi estado de salud. Yo le respondí que me encontraba muy estable, pero que me había ocurrido algo extraño en casa de mi abuelo. Le narré los hechos de cómo sentí una parálisis del sueño y como el reloj de mi abuelo sonaba como si se moviera libremente por el pasillo. Mi abuela me miró con esa mirada comprensiva que siempre me daba. Después dijo que a ella nunca le había gustado ese reloj horrible, pero que nunca logró convencer a mi abuelo de venderlo. Siempre que se lo pedía, le contestaba lo mismo que ese reloj había pertenecido a su bisabuela, quien vino a México desde Bulgaria y aquí no habría alguien que le llegara al precio que de ninguna manera malbarataría sus cosas, que mi abuela no sabía nada de negocios. A mi abuela le encantaba hablar mal de la familia de mi abuelo y hasta ese momento ella creía que las historias acerca de la brujería en torno a ellos llevaban muchas verdades enseguida. Comenzó a decirme que ese reloj tenía algo maldito y no es como si fuera simple magia sino que fue fabricado por un alquimista que logró configurar la maquinaria para poder contactar con otros mundos. En ese momento le pregunté a mi abuela si mi abuelo también era practicante de la brujería. Ella me respondió que no y aprovechó para decir que mi abuelo no tenía el intelecto necesario ni la fortaleza espiritual para practicar esas cosas. Su madre, en cambio, acumuló muchos objetos en la casa con un propósito y aunque mi bisabuela duró muchos años realizando este tipo de prácticas, al al final terminó siendo destruida por sus mismos hechizos. Me sentía atrapada por la historia de mi abuela. Sabía que mi bisabuela practicaba un tipo de magia que heredó de sus antepasados europeos, pero no conocía hasta qué punto la habían llevado. Me cruzó por la cabeza la idea de que se había condenado y murió a causa de sus propios hechizos. Le hice varias preguntas a mi abuela, dejando en evidencia mi emoción ante este tema. Ella creyó haber cometido un error, pues de manera inmediata me pidió que no indagara más en el asunto o podía resultar perjudicada. Incluso me pidió quedarme con ella. Yo le respondí a mi abuela que se tranquilizara, que no investigaría nada y, si lo deseaba, podía pasar un par de días con ella. Mi abuela me tomó los hombros con ambas manos y me besó en la frente. No me quedé con mi abuela, pues mi madre no lo permitió. Me dijo que hacía demasiado calor y necesitaba el aire acondicionado de regreso en la casa de mi abuelo. Mis hermanas aún no llegaban. Las habían invitado a una fiesta. Mi abuelo tuvo un lapso de recuperación en el hospital y mi madre pudo pasar la noche conmigo en casa. A ella no le gustaba dejarme sola nunca. Supongo que le tocó presenciar demasiadas veces mis crisis convulsivas, que se temía que me ocurriera lo peor estando sola. Nos quedamos un rato platicando acerca de la salud de mi abuelo. En eso me contó algo que me desanimó mucho. Según mi madre, mi abuelo no duraría más de un par de días y aunque no lo quisiéramos, tendríamos que buscar los papeles de sus propiedades y eso no sería tarea fácil. Me quedé dormida en un sillón de la sala principal. Escuché entre sueños. Cuando entraron mis hermanas me sugirieron en voz baja irme a mi cama, pero me sentía tan fatigada que ni siquiera les respondí. Me giré en el sofá y seguí dormida. Cerca de las tres de la madrugada, comencé a escuchar de nuevo la maquinaria del reloj. No sé cómo explicarlo. Normalmente la maquinaria se escucha todo el día, pero te acostumbras al sonido. Sin embargo, después de esa hora era como si tu sentido del oído. Fuese forzado a escuchar el péndulo, las manecillas y los engranes. Me puse en pie de manera inmediata. Gracias a Dios, no tuve parálisis del sueño en esa ocasión. Me puse en pie y me dirigí a mi habitación. Pensaba estar despierta hasta que pasara. Antes de entrar a mi habitación, escuchaba la respiración de alguien creyendo que tal vez mi mamá o una de mis hermanas se quedaron a dormir allí, pero me encontré con lo más aterrador que jamás he visto algo tan horrible que de sólo verlo me detonó una de las peores crisis convulsivas que he tenido. Recuerdo ver en mi cama una criatura de lo más horrible. A simple vista, parecía un hombre de baja estatura con una enorme mejor oba. Sus ojos estaban vacíos y de su boca salía mucha saliva. El ser parecía buscar algo en mi cama. Lo vi lamer algo en el colchón. Luego se percató de mi presencia y se giró de manera antinatural en mi dirección. Llevaba una especie de pico en la mano. Fue en ese momento que me desvanecí. Desperté en la cama de mi madre. Cada vez que me ocurre una crisis. No recuerdo a nadie de manera inmediata. Tardó algo de tiempo en recuperar el conocimiento. Me dijeron que me dio una crisis y me golpe muy fuerte en la cabeza que intentara recuperarme. Una vez que logré recuperarme, le conté a mi hermana Estela el motivo del porqué me desmayé. Ella pareció no creerme, pues comenzó a cuestionarme si mi visión fue real o fue causado por mi misma epilepsia. Terminó su cuestionamiento diciendo que allí, en la casa de mi abuelo, asustaban, pero no de esa manera que no creía que un ser o o como el que vi existiera. No quise decirle nada. A mi hermana me sentía molesta de que no me creyera, sobre todo que juzgara mi padecimiento. Cuando me encuentro recuperando de una crisis, lo mejor es tranquilizarme y no entrar en pánico, porque podría presentar una réplica convulsiva. Lo que sí apenas me quedé sola, me salí de la habitación. Fuese lo que fuese, esa cosa me estaría buscando allí. La noche anterior cometí el error de volver a mi cama, pero no pensaba cometer de nuevo el mismo error. Realizando una pequeña búsqueda en Internet, me encontré con que, según mi descripción, ese ser que me estaba buscando era íncubo, una especie de demonio vampiro masculino. Me trasladé a la sala. Ya no me sentía mareada, pero mi madre no me dejaba pararme aún así. Esperé a que nadie me viera y caminé en dirección a aquel objeto, que era el foco de mis pesadillas, el maldito reloj. Ahora bien, en este punto, aparte de sentirme aterrada, también me sentía bastante curiosa. Creía que si encontraba el porqué de lo que estaba ocurriendo, seguramente pudiera descubrir una solución al problema. Caminé muy despacio por el pasillo. No sé si estaría paranoica, pero noté algo que no vi antes la alfombra del suelo. Tenía un patrón de formas que cambiaba exactamente en el sitio que había sido colocado el reloj. Me quedé un rato parada frente a él, buscando grabados extraños o algunas letras, pero no vi nada. El reloj lucía normal a excepción de unas manchas bajo sus manecillas. Parecía como si le hubieran mojado y el hierro de su mecanismo gotear óxido. Llevé la sábana con la que me cubría y mi almohada a la sala. Para esto, mi madre iba saliendo de la casa. Al verme allí, me indicó que me regresara a mi cama porque si volvía a tener una convulsión, me podía caer y golpear a regañadientes. Tuve que o ver de serla. Para terminar de convencerme de irme a la cama, le pidió a mi hermana Estela que estuviera conmigo. Mi hermana estuvo la mayor parte del tiempo a mi lado. Me puso películas en una laptop que traía mi madre. Le pidió que durmiera conmigo porque esa noche estaría cuidando a mi abuelo en el hospital, pero Estela no lo hizo. Se fue a su cama cerca de las once para realizar una video llamada con su novio. Yo me quedé leyendo un libro sobre casos de hechicería que encontré en un bazar. Me desperté nuevamente a las tres y media de la madrugada. No podía moverme solo los ojos. Nuevamente allí estaba el sonido del reloj afuera de mi habitación y yo, sin poder gritar ni moverme siento que en el mismo sonido viajaba a ese ser que de alguna forma se materializaba como me contó mi abuela sentí nuevamente como si hundía el colchón. Al pasar el ser justo a un lado de mí y me acarició los pies, yo mantenía los ojos cerrados en un momento de inercia, tuve que abrirlos. Entonces lo volví a ver ese ser estaba sobre mí, la mía mi frente escurriendo una asquerosa saliva de aroma repugnante. Era como si se alimentara de mis sueños. No presenté una crisis, pues de la nada apareció mi hermana Marcela y el ser al verla desapareció. Atravesando la pared mi hermana corrió a abrazarme. Para esto la parálisis del sueño se había ido. Marcela me preguntó qué demonios era. Eso no supe responder. Sólo le dije que esa cosa vivía en el reloj, que era de lo único que estaba segura. Ya no pudimos dormir. Yo me fui a su cuarto. Pensábamos en contarle a mi madre, pero yo pensaba que nos creería. Entonces decidimos ir a visitar a mi abuela y contárselo todo ella nos daría una solución. Ahora bien, mi madre no quiso que visitáramos a mí mi abuela. Según ella, yo aún no estaba cien por ciento recuperada y salir al sol me pondría muy mal. Aparte, dijo mi mamá que tal vez esa misma noche mandarían al abuelo a la casa para que pasara el resto de horas que le quedaran allí. Así ocurrió. Pasé el día en casa investigando en la laptop consejos para poder deshacerme del íncubo, aunque algo me decía que lo mejor que podría hacer era descomponerlos engranajes del reloj y, una vez por todas, de tener esa configuración que rompió la barrera de nuestro mundo y el espacio astral por el que entraban esos seres. Me decidí por intentar hacerlo. Le conté a Marcela mi plan y, aunque estuvo de acuerdo, me sugirió que lo hiciera cuando mi madre no estuviera presente. O me regañaría. Yo le pedí que me ayudara, pero ella se negó. Me dijo que ni de broma se acercaba a esa cosa, sobre todo si la abuela estaba segura de que esa era la fuente de la maldad en esa casa. Aproveché que aún no llegaba mi madre y estela del hospital con mi abuelo para intentar abrir el reloj. Siempre he sido muy torpe con las herramientas y si de mi gusto hubiera sido, hubiera preferido arrojar el enorme y pesado reloj contra el suelo para que se hiciera pedazos. Lo único que logré fue retirarle una tapa de metal que tenía en la parte que daba contra la pared Cuál sería mi sorpresa que me encontré con una bolsa con varias fotografías dentro. Para esto escuché la puerta abrirse Mi madre había regresado. Dejé así el reloj, escondí el desarmador y la bolsa de fotografías en mi mochila. Mi abuelo venía con oxígeno. Según dijeron, no duraría más de cuarenta y ocho horas y su deseo fue morir en su casa. Por eso lo regresaron. Mi madre nos sugirió que nos fuéramos despidiendo de él por turnos antes de que llegaran los parientes, que sólo aparecen en los velorios y nunca más los vuelve saber. Mi abulo lo estaría consciente algunos momentos. Aún a pesar de estar con oxígeno, decía mi madre que le habláramos que nos escucharía. Primero entraron mis hermanas, una después de la otra, luego mi madre de nuevo y al último yo aproveché el tiempo en que entraban con mi abuelo para ver las fotos dentro de las bolsas. Me hubiera gustado haberlas guardado o haberles tomado fotografías a las mismas, pero en ese momento quedé tan impresionada con lo que vi que lo único que se me ocurrió hacer fue tirarlas a la basura. Aún así recuerdo algunas de esas imágenes en una salía mi bisabuela más joven. La foto era blanco y negro, pero se podía apreciar perfectamente como se encontraba frente a un altar oscuro con un cráneo de humano y varios artefactos más parecía estar realizando una especie de ritual. Otra foto mostraba varios fetos de algún animal en frascos. Me atrevo a pensar que alguno uno de ellos era de ser humano, aunque debido a lo antiguo de las fotografías pudiera equivocarme. No se veía muy clara. La imagen que me espantó más por la cual decidí tirar todas de inmediato sin seguir indagando mostraba a la criatura que me había atacado. Parecía estar encerrado en un espacio angosto de muros antiguos. No creo que haya sido posible que lo hayan fotografiado dentro de la casa, pues no reconocí el lugar. La criatura estaba de pie, llevaba una especie de mazo en una mano y esos ojos terribles y vacíos. Esa mirada muerta y llena de lujuria que aún hoy en día no me puedo quitar de la cabeza. Tomé las fotografías, Las amarré fuerte en la misma bolsa y salí de inmediato a dejarla afuera donde estaban los botes de metal. Coloqué las fotografías hasta el fondo. Estuve tentada incluso a prenderle fuego a la basura, pero al final no me atreví. Cuando fue mi turno de entrar con mi abuelo, llegaron varios parientes, tal como dijo mi mamá, aunque sí logré despedirme de mi abuelo, con quien, por cierto, no llevé una relación tan profunda, a diferencia de mi abuela, con quien podía pasar horas enteras platicando de una y otra cosa. Aún así me despedí de él de la mejor manera posible. Al verlo, no podía dejar de imaginar los horrores que pudo haber visto a lo largo de los años y si no fueron estos mismos los que le hicieron prisionera en su hogar y lo fueron drenando hasta llevarlo a la tumba. Pues siempre que intento recordar a mi abuelo, lo recuerdo enfermo y cada vez más delgado. Pero las sensaciones de miedo no son las mismas. Cuando hay muchas personas para esa misma noche, ya estábamos velando a mi abuelo allí en su casa y no pude percibir siquiera el péndulo del reloj. Puede ser por el bullicio de las pláticas de los parientes o sería a causa de que los rosarios mantenían a raya la maldad de ese objeto y toda la casa. El caso fue que ya no tuve oportunidad de intentar estropear el mecanismo del reloj, a menos no de inmediato. Al día siguiente enterramos a mi abuelo y nos quedamos de nuevo solas con mi madre en la casa. Ya sólo pasaríamos un par de días más en lo que se arreglaban unos papeles de herencia. Yo, la verdad, ya estaba cansada de todo esto, la muerte de mi abuelo, el reloj y mi estado de salud. De hecho, mi cuerpo me estaba avisando de nuevo que estaba a punto de llegarme una crisis. Las manos me temblaban. Tuve una última oportunidad de estropear el reloj de mi abuelo. Sé que muchas personas pensarán que lo mejor era dejar el asunto en paz, pero yo, en ese momento estaba convencida que si no destruía el mecanismo del reloj, el ser volvería a salir y me seguiría donde fuera. Un día antes de irnos me dejaron sola con mi hermana Estela, que por aquel entonces andaba saliendo con un jo vecino y como la invitó al cine y mi madre no le dio permiso de salir. Se terminó yendo a escondidas pidiéndome que no dijera nada. Yo no deseaba quedarme sola. En fin, vi en la desgracia una oportunidad y aproveché para nuevamente intentar estropear el reloj. La plaquita de metal estaba en el piso, según yo recordaba haberla vuelto a poner en su lugar. Intenté meter la mano por la rendija donde estaba la placa, pero no alcanzaba a entrar muy profundo, esto a causa de que el reloj estaba prácticamente pegado a la pared Intenté inútilmente mover el pesado mueble, intenté arrancarle el péndulo, pero fue igual de inútil. La cuerda era de cobre o algún otro metal. En eso el reloj comenzó a sonar de una manera distinta a como siempre lo notaba, sonaban como las campanadas de un templo en la lejanía resonaban en mi cabeza, causando un mareo profundo en mí de un segundo a otro vi un flash y de allí todo se me puso oscuro. A partir de allí estuve muy mal. Tuve una severa crisis de amnesia que no entré en conciencia hasta que regresamos a mi casa. Desperté en mi cama. Mi hermana Estela me dijo que tuve amnesia, que no recordaba a ninguna de ellas, ni siquiera a mi madre. Creo que duré así cerca de quince días. Fue una situación de lo más difícil. Era como si me hubieran robado la conciencia. Todo el tiempo que me robaron. Sentía como si estuviera en la habitación. No es que no reconociera a mis hermanas o mi padre los veía como espectros. Yo intentaba hablarles, pero no me era posible Según me contaron, seguía órdenes, pero no establecía conversaciones con nadie. Durante ese tiempo que estuve mal, me llevaron con varios especialistas. Algunos dijeron que volvería a estar bien una vez que mis neuronas se recuperaran, mientras que otros neurólogos dieron un diagnóstico en nada prometedor. Le dijeron a mi madre que jamás me recuperaría y sólo empeoraría. Mi madre se desesperó a tal punto que, por consejo de uno de los médicos, me llevaron con un parapsicólogo. Según mis hermanas, este hombre fue quien me hizo reaccionar. Según supe el parapsicólogo les explicó que mi alma quedó atrapada en un espacio del bajo astral, esto a causa de alguna especie de parásito que fue atraído por mi luz a la fecha me encuentro mucho mejor de salud, tengo más cuidados conmigo y, sobre todo, no me acerco a aquellos objetos que me dan mala espina. Me queda algo de remordimiento al no haber podido destruir ese reloj, pues es muy probable que su maquinaria siga atrayendo a esos seres del bajo astral. Relato escrito y adaptado por Mauricio Farfán