Feb. 17, 2024

Un Demonio Trata De Robar Mi Alma Historias De Terror - REDE

Un Demonio Trata De Robar Mi Alma Historias De Terror - REDE

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El demonio del panteón israelita. Mi nombre es Mateo. Desde que era pequeño viví en la misma colonia, en Atemajac del Valle, en la calle Aldama. La historia que les voy a contar me sucedió cuando era un niño, apenas tenía diez años. Me pasó en la casa de mis padres, ya que enfrente de ella había un panteón, pero no era uno común, sino un cementerio israelita. El cementerio era muy peculiar porque era distinto a los panteones tradicionales, ya que en los lugares de reposo tradicionales se ha acostumbrado a poner en la tumba una lápida con una inscripción, una cruz, un santo o la Virgen de Guadalupe, con un rosario y flores frescas o de plástico. En cambio, en el cementerio que les digo era distinto. En vez de cruces, en las tumbas estaba la Cruz de David sin otro adorno más que ese y teniendo alrededor de ellas árboles frondos que proveían de una gran sombra a las tumbas. El lugar no era muy grande, así que era posible recorrerlo rápidamente. Estaba rodeado de bardas pequeñas con una reja muy alta. Sólo tenía una entrada por ser vecinos. Sabíamos la forma de entrar a cualquier hora. En aquel tiempo salía a jugar con mis amigos por la tarde. Incluso se hacía de noche y no había ningún problema en quedarnos en la calle, aunque mis amigos y yo estábamos familiarizados con el lugar. Había ocasiones en las que veíamos movimientos extraños al interior del cementerio. Cuando nos acercábamos alcanzaba a escuchar ruidos. Mis amigos decían que era porque el aire movía las hojas secas y que las ramas de los árboles también producían ese sonido extraño, pero yo percibía algo más. Ellos me decían que estaba loco, así que prefería ya no decirles nada. Recuerdo que una noche después de cenar, uno de mis amigos me invitó a jugar. Nos fuimos frente al puerto del cementerio, donde hay un pequeño parque con columpios y un arenero. Mientras jugábamos, empecé a ver que algo extraño estaba sucediendo. Adentro del panteón. Vi una figura oscura moviéndose entre las tumbas. Pensé que era uno de mis amigos jugando una broma, así que me acerqué corriendo. Pero cuando llegué allí no había nadie. Ellos estaban ocupados jugando en el parque y no habían visto nada. Un poco asustado, decidí volver con ellos y tratar de olvidar lo sucedido. Sin embargo, cada vez que miraba hacia el panteón sentía una sensación extraña en mi estómago. Era como si alguien o algo estuviera observando desde adentro. Más tarde, cuando estábamos a punto de irnos a casa, vi algo que me dio temor. Era una mujer vestida de blanco flotando en el aire sobre una tumba. No podía creer lo que estaba ocurriendo. Mis amigos también la vieron y gritamos todos juntos. La mujer nos miró fijamente con unos ojos negros y vacíos y desapareció en la oscuridad. Los días siguientes no pude sacarme de la cabeza la imagen de esa mujer. Sentía que estaba en peligro, que algo malo iba a pasar. Cuando le conté a mis padres lo que había visto, ellos me dijeron que probablemente había sido mi imaginación y que no me preocupara tanto por cosas sin importancia. Sin embargo, yo sabía que algo extraño estaba sucediendo en el cementerio. A veces, mientras hacía la tarea en mi habitación, podía ver sombras moviéndose a través de las ventanas de mi casa. Otras ocasiones escuchaba ruidos extraños en la noche, como si algo estuviera moviendo la reja del cementerio y quisiera salir de ahí. Un día, mientras caminaba hacia la escuela, vi a un hombre mayor saliendo del cementerio. Tenía la piel pálida y una mirada fría A la vez entrecerró los ojos como si acabara de salir de un lugar muy oscuro. Se detuvo frente a mí y me miró fijamente. Sentí un escalofrío que recorría a mi espalda. Me apresuré para alejarme de allí. Esa noche, mientras estaba acostado en mi cama, vi algo que me dejó sin aliento por la ventana. Apareció la mujer vestida de blanco, flotando sobre mi ventana. Supuse que flotaba porque mi cuarto se encontraba en el segundo piso. Quedaba justo enfrente del cementerio. Esta vez ella me miró directamente y dijo algo en un idioma que no entendí. Creí que no le había alcanzado a escuchar. Por eso me pareció que hablaba un idioma distinto o que tuve tanto miedo que lo había imaginado. Los días pasaron y mi obsesión por lo que vi en el cementerio no me dejaba en paz. A pesar de que mis padres intentaban tranquilizarme, yo no podía dejar de sentir que algo malo estaba sucediendo allí. Un día comencé a sentirme mal con fiebre y dolor de cabeza. Mi madre pensó que sólo era un resfriado, así que me dio unos remedios caseros, pero la fiebre no cedió. Al contrario, Cada día iba en aumento al grado que tenía que bañarme con agua tibia para evitar que convulsionara. Era la única manera de controlar la fiebre por un rato. Cada día comencé a sentirme más débil y cansado. Fue entonces cuando mi madre decidió llevarme al médico. El doctor me hizo algunos exámenes y descubrió que tenía una infección muy fuerte en los pulmones. Me recetó algunos medicamentos y me dijo que debía descansar para recuperarme, por lo que dejé de ir a la escuela. Aunque tomaba varios medicamentos, mi salud siguió empeorando, Me costaba trabajo respirar y sentía que me faltaba el aire mis padres, al ver que respiraba con mucha dificultad, me llevaron al hospital cercano. Allí los médicos me hicieron de nuevo los análisis pertinentes. Les dijeron a mis padres que tenía una enfermedad grave. Nunca dijeron cuál era su nombre, sólo que me encontraba muy delicado, por lo que era necesario quedarme en el hospital por más tiempo para recibir tratamiento y mantenerme en observación. Durante el tiempo que estuve en el hospital, recuerdo que con frecuencia tenía sueños extraños en los que aparecía esa mujer parada a los pies de la cama que en ocasiones me susurraba en el oído palabras incomprensibles. Me despertaba sudando y temblando. Ya no quería hablar de mis sueños con nadie, porque me daba cuenta que no me creían. Me decían que todo era por la fiebre tan alta o por efecto secundario de algún medicamento. Poco a poco, mi salud se fue deteriorando. Mis padres se preocupaban cada vez más porque los médicos les decían que no sabían qué podía ocurrir. Cuando escuchaba a los doctores, ellos pensaban que yo no me daba cuenta, pero sabía que algo malo estaba sucediendo. Sentía que mi vida se estaba apagando lentamente, como si algo me estuviera consumiendo desde adentro un día. Me desperté con una extraña sensación en el pecho se n n n n n ns, como si algo se hubiera roto por dentro. Le dije a mi madre que estaba muy mal. Ella llamó a los doctores de inmediato, pero cuando lo hicieron ya era muy tarde. Mi corazón había dejado de latir aún conservo la memoria de que todo se volvió oscuro y sentí que ya no respiraba. De repente vi una luz extraña que se acercaba a mí me acerqué a ella y vi a la mujer del cementerio. Estaba allí frente a mí, mirándome fijamente a los ojos. Intenté alejarme de ella, pero me tomó de la mano. Sentí un escalofrío recorriendo todo mi cuerpo. Entonces la mujer me llevó consigo y todo se volvió aún más oscuro. No sé cuánto tiempo pasó, pero después me desperté en el hospital. Los médicos me explicaron que había muerto por unos segundos, pero que habían logrado traerme de vuelta a la vida con un desfibrilador. Yo aún estaba temblando y no podía creer lo que había vivido. Cuando mis padres me preguntaron qué había pasado, porque me vieron muy nervioso. Les hablé sobre la mujer del cementerio y como ella me había llevado a un lugar que no conocía. Sin embargo, ellos pensaron que todo había sido un sueño, una alucinación causada por la falta de oxígeno en mi cerebro, pero yo sabía que lo que había visto era real. La mujer del cementerio me había hablado y me había llevado con ella. No sabía por qué quería llevarme, pero algo me decía que no era algo bueno. Desde entonces empecé a tener pesadillas con la mujer del cementerio. Soñaba que ella me llevaba de vuelta al otro mundo y que yo no podía hacer nada para detenerla. Me despertaba sudando y temblando. Después de mi experiencia cercana a la muerte, algo cambió en mí. Ya no era el mismo niño que solía ser Empecé a sentir una extraña conexión con el cementerio y los muertos que allí descansaban. Empecé a tener sueños cada vez más vívidos y extraños. Soñaba que caminaba entre las tumbas hablando con los muertos y sintiendo su presencia a mi alrededor. Al principio me asustaba, pero luego me di cuenta de que no era una sensación de miedo, sino más bien una sensación de familiaridad. También comencé a ver cosas que los demás no podían ver. A veces veía sombras moviéndose en la oscuridad y en otras ocasiones veía a personas que habían fallecido. Hacía mucho tiempo caminando por las calles de la ciudad. Al principio intenté ignorar estas visiones y pensé que estaba perdiendo la razón, pero luego me di cuenta de que esto era algo real. Yo podía ver a los muertos y ellos podían verme a mí. Yo era como un puente entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos. Podía sentir su presencia a mi alrededor todo el tiempo, aunque en ocasiones tenía miedo. Poco a poco, me fui acostumbrando a verlos en varias veces Había intentado confiarle esto que me pasaba a mis padres, después a mis amigos, pero no me creyeron, así que tomé el decisión de no hacerlo. Tenía que aprender a convivir con los muertos sin que nadie lo supiera, ya que lo más probable era que no me creyeran y que me estaba volviendo loco. Así que aprendí a mantener lo que me sucedía en secreto y a vivir una vida normal durante el día, mientras que por la noche veía a los muertos en el cementerio. Esta vida dual no era fácil, pero era la única forma en que podía seguir adelante. Me encontraba solo en mi habitación porque me había alejado mucho de mis amigos. Ya no era como antes. No me llamaba mucho la atención jugar con ellos, porque todo el tiempo me encontraba entre los dos mundos. En una ocasión en la que mis padres habían salido fuera, no había nadie en la casa. Me quedé profundamente dormido en mi mente creí que dormía, pero después mis padres me dijeron que había estado en coma. En esta ocasión ya no sólo vi a los muertos. Me hallaba en una habitación oscura y fría. No sabía cuánto tiempo había pasado ni cómo había llegado ahí. Empecé a sentir una presencia siniestra cerca de mí, sin saber el motivo. Tuve miedo enseguida. Entendí el motivo. A un lado de mí estaba una presencia maligna. No tenía la certeza de quién era, pero sabía que no era buena. Alrededor de esa habitación, todo estaba lleno de humo y sombras. Intenté salir de ese lugar, pero no lo conseguí Me sentía atrapado en un lugar desconocido. De pronto escuché una voz familiar. No sabía el motivo por el cual me parecía conocida, pero el hecho de escuchar el sonido de esas palabras me hacía sentir bien. Con el tiempo. Supe que era mi abuelo, un pariente que no había conocido porque murió antes de que yo naciera. Mi abuelo me dijo que no tuviera miedo que confiara en mis habilidades, las cuales eran sobrenaturales, ya que podrían ser un regalo o una maldición. Mi abuelo me contó cosas que nunca había sabido sobre nuestra familia y nuestras raíces. Al lado de ese hombre me sentía en un estado de tranquilidad, pero de pronto entró una fuerza oscura y siniestra que intentaba robar mi espíritu. Traté de resistirme con todas mis fuerzas sin lograr nada. Mi abuelo se interpuso entre el ente y yo y comenzó a luchar contra él. Pude ver la energía que emitían ambos, la de lente siniestro oscura y fría y la de mi abuelo cálida y brillante. Así estuvieron durante unos instantes hasta que el ente siniestro me tocó el corazón con su mano helada. Fue cuando pude reaccionar y moverme. Cuando abrí los ojos. Estaba rodeado de médicos. Mis padres estaban llorando detrás de la ventana de cristal. No comprendía lo que había ocurrido. Hasta que un doctor, al verme tan confundido, se acercó a mí y me dijo que me tranquilizara. Acababa de salir de un estado de coma que había durado quince días. No comprendí cómo había ocurrido él en qué momento estuve tanto tiempo dormido. Si sólo había sentido que habían pasado unas cuantas horas después que estuve dos días más en observación, me dieron de alta en el hospital. Salí sintiéndome distinto. Cuando llegué a mi casa y me pude ver en el espejo, me veía igual, pero me sentía diferente. Mi madre entró a mi cuarto me dijo que le hablara de lo que sentí mientras estuve en coma. Le dije que había visto a mi abuelo. Ella abrió los ojos muy grandes. Le dije cosas de él que ella también conocía. Me abrazó muy fuerte. Me dijo que, en efecto, él era mi abuelo y había estado con él la primera noche que estuve en mi casa. Después que salí del hospital en la medianoche, sentí mucho frío. Me levanté para ponerme una cobija afuera. Estaba lloviendo y la calle estaba fría y desolada. De pronto sentí la mirada de alguien. Ahí estaba la mujer vestida de blanco inerte en una esquina de mi habitación. Caminé hacia atrás con miedo de que ella se acercara a mí de pronto como si estuviese volando. Se acercó a mí rápidamente, Me susurró unas palabras. Después se marchó. Me quedé aterrado durante toda la noche. Quería asomarme por la ventana para ver hacia el cementerio, pero tenía miedo. Me quedé acostado, pero como no me pude dormir, me levanté y me asomé en la ventana. Ahí estaba la mujer de blanco caminando entre las tumbas. Se quedó parada sobre una en específico. No sé por cuánto tiempo estuve en la ventana viéndola que se quedaba estática sobre una tumba. Ya pronto estaba por amanecer. Cuando me sentí muy cansado, la mujer había desaparecido. Me acosté a dormir. Le dije a mi madre lo que había presenciado durante la noche. Esta vez sí me creyó. Me pidió detalles de la mujer. Cuando se la describí, ella se quedó pensativa. Me dijo que quizás era un alma que necesita de mi auxilio. Le dije que no creía que buscar ayuda. Quería algo más de mí. Me dijo que buscaría información para hacer algo al respecto. Ya era mucho tiempo en que ella me buscaba. Esperaba que fuese un alma buena que no me quisiera dañar. Así lo hizo. Mi madre acudió con una vidente para que nos orientara. Ella le pidió que me llevara. Era la única forma en que me podía ayudar. En cuanto me fue posible caminar. Acudí con ella. Mientras tanto, cada noche veía a esa mujer vagar entre las tumbas verla desde mi casa. Ya no me daba mucho miedo, pero saber que en cualquier momento podría entrar a mi cuarto. Eso sí, me producía terror. Cuando entré con la vidente. No era una mujer anciana como me la había imaginado. Era joven y amable. Me explicó que en el mundo de los espíritus hay seres buenos y seres malos. En este caso, ella creía que el espíritu de esa mujer no era muy buen. Bueno porque alcanzaba a percibir una energía extraña. Le respondí que ella, en una ocasión había tratado de comunicarse conmigo, pero no la había comprendido. La vidente. Le dijo a mi madre que era mejor investigar quién fue esa mujer y hacer un ritual para que ella se alejara de mí, porque, de acuerdo a lo que mi madre le contó, ella quería obtener algo. Desconocía qué podía ser, pero sus intenciones no habían sido del todo buenas. Los más seguro era alejarla de mí. Quizás por eso me había enfermado. La mujer explicó que en ocasiones las enfermedades son provocadas por los mismos espíritus y cuando eso sucede, era porque nos querían dañar. No fue complicado para mi mamá encontrar esa información. El panteón no era muy grande y, como vecinos del lugar. Los empleados del cementerio ya nos conocían un poco, así que más o menos le dijeron cuál podría ser la tumba de esa mujer. Le explicaron a mi mamá que no era la primera vez que alguien llegaba a preguntar por ella. Mi mamá fue a ver la tumba. Yo me quedé en mi cuarto. Desde ahí le apunté con mi dedo cuál era la tumba en la que yo la veía. Ella se paró en una en específico. Le grité que sí era esa. Le tomó unas fotos con su celular y se regresó. Me mostró la fotografía. Lo extraordinario fue que, cuando la vimos en ella estaba plasmado un ente blanco. No se alcanzaba a distinguir con claridad, pero le dije a mi madre que era ella. Creo que, en vez de darme miedo, me dio gusto de que por fin hubiese evidencia de lo que yo veía. Después de que ocurrió lo de la fotografía, ella seguía mostrándose en el cementerio. Mi madre no tenía la capacidad de verla, pero yo sí le decía en qué parte estaba. Por la noche de nuevo se apareció en la ventana, viéndome fijamente. Les mentiría si les dijera que no le tenía miedo. No era algo a lo que me pudiese acostumbrar, pero en en esta ocasión ella no iba sola un ser oscuro. Iba con ella. No comprendí el motivo por el que ella lo había llevado. Esa noche pasó algo muy extraño. Traté de gritar y de pedir apoyo a mi mamá, pero no pude. Creo que el miedo me paralizó. Esa sombra oscura me envolvió y caí como en una especie de remolino descendiente en el que estuve sostenido por un instante después estuve en un pozo completamente oscuro Durante un rato me quedé en la completa oscuridad. Sin embargo, hubo un momento en que se apareció la mujer vestida con su túnica blanca, pero se veía diferente con una mirada maléfica y una sonrisa siniestra, como si dentro de ella estuviese el demonio. Comenzó a hablar. Lo único que le pude entender fue cuando dijo Lilith se acercó a mí y comenzó a quitarme el aliento. En ese momento creí que ya no iba a sobrevivir. De nuevo pude ver a un ser de luz que me ayudó en ese momento crucial, en el que creía que iba a perder la vida. En ese momento en que me encontraba en trance, no pude comprender que de nuevo era mi abuelo el que trataba de protegerme. De lo que sí me di cuenta era que se trataba de un demonio vestido de mujer. Ella trataba a toda costa de absorber mi alma o mi espíritu, pero no le fue posible, por lo que regresé a mi mundo. Con el paso de los años, no sé si me acostumbré a vivir entre los dos mundos, o poco a poco fui perdiendo la capacidad de comunicarme con los espíritus. De lo que sí estuve convencido fue que en la época que fui pequeño, hubo un ente que todo el tiempo estuvo detrás de mí. Creo que jamás me acostumbré a mirar a esa mujer caminar entre las tumbas del panteón israelita. Pero la última vez que intentó quedarse con mi espon entendí que se trataba de uno de los demonios judíos. Aunque tenía una figura femenina, no dejaba de serlo. Relato escrito y adaptado por Adriana Cuevas