Sept. 24, 2023

Traspasando Las Barreras De La Muerte Historias De Terror - REDE

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Traspasando las barreras de la muerte. Alrededor del panteón de Belén se han creado una serie de leyendas que han trascendido en el tiempo hasta las nuevas generaciones. Saben de la leyenda de Nachito el niño que tenía nictofobia un miedo irracional a la oscuridad. En una noche lluviosa, la vela que lo iluminaba se apagó y el pequeño murió a causa de un paro cardiaco que le dio por tanto miedo que tuvo. Según la leyenda, dicen que su miedo a la oscuridad traspasó la muerte porque no pudo estar sepultado debajo de la tierra. Cada noche, el velador encontraba su ataúd fuera de la tumba. Por ese motivo, sus padres decidieron dejarlo en la superficie. Otra leyenda muy famosa es la del Vampiro de Guadalajara. Se dice que un hombre acaudalado de nombre Jorge Vino de Europa a vivir a Guadalajara. Su comportamiento siempre fue extraño. No socializaba con nadie. A partir de que él llegó comenzaron a suceder acontecimientos que antes no pasaban. Encontraban animales muertos como caballos, mulas y gallinas, sin ningún rastro de agresión, pero secos sin sangre. Con el paso de los días, también se llegaron a encontrar a indigentes muertos que se quedaban a dormir en las banquetas de las calles. Una sirvienta de Don Jorge comenzó a sospechar de él porque ella era quien le lavaba sus trajes, aunque los dejaba limpios en su clóset. Al día siguiente los veía con manchas de sangre. Le comentó a los demás trabajadores y lo empezaron a vigilar una noche que él salió. Lo siguieron y vieron. Cuando atacaba a una persona, lo atraparon y como no lo podían matar, un sirviente le clavó una estaca de madera. Después que lo sepultaron de su tumba, salió un árbol a partir de la estaca clavada. En la actualidad aún existe ese árbol conocido como el árbol del vampiro. El panteón de Belén fue inaugurado en el año de mil ochocientos cuarenta y ocho. Fue cerrado en mil novecientos ochenta y seis porque superó su capacidad de recibir más cuerpos. Hay otros panteones en Guadalajara, como son el de Mezquitán y el Panteón de Guadalajara. Todos tienen sus propias leyendas, pero el que más renombre ha tenido es el panteón de Belén. Se encuentra ubicado a un lado del viejo hospital civil en la época que fue construido se encontraba en las orillas de Guadalajara. Los habitantes que morían en ese hospital eran enterrados ahí. Con el paso del tiempo, la gente acaudalada y de más renombre fueron sepultados. Quizás ese fue el motivo por el que se hizo tan popular. Vivía justo enfrente del panteón, así que crecí con esas leyendas, quizás porque desde que era pequeño jugaba fuera del cementerio con mis amigos nos acostumbramos a todo lo que se decía. Sin embargo, nunca vimos nada. Hubo días en los que me quedaba a dormir junto con mis amigos en la casa de uno de ellos o en la mía para ver desde el balcón el cementerio de noche tenía mucha curiosidad por lo que se decía de la tumba de nachito. Muchas personas le llevaban juguetes para que se divirtiera cuando saliera el velador decía que los juguetes amanecían regados alrededor de la tumba, como muestra de que Nachito salía a jugar. Cuando íbamos a su tumba, la veía igual que siempre. Por eso no creía todo lo que se decía conforme crecí y nos olvidamos de estar buscando evidencias. Cada uno nos ocupamos a hacer nuestras cosas. Entré a estudiar a la Facultad de Medicina de la Universidad de Guadalajara. Era cómodo que la escuela me quedaba muy cerca caminando llegaba a ella. Además, a partir del quinto semestre, empe cnr a ir al viejo hospital civil, que también me quedaba muy cerca. Ahí comencé a hacer mis prácticas. Había días en los que entraba muy temprano en la universidad. En otras ocasiones salía muy tarde del hospital por lo que pasaba a distintas horas por el panteón de Belén por la noche. No era sencillo ver hacia el interior porque sus bardas, que lo rodeaban eran muy altas. Sólo a través de la reja era posible ver hacia adentro. Todavía me acordaba de las cosas que hacíamos de niños. En ocasiones me quedaba durante un buen rato a ver por la reja. Si encontraba algo extraño. No puedo mentir que era un poco inquietante asomarme a un mundo de muertos en los que la oscuridad lo hacía un poco tenebroso y más, cuando el viento movía, las ramas de los árboles se escuchaban sonidos, aunque eran de la naturaleza. Nunca vi nada fuera de lo común. Cuando comencé mi servicio social y mis prácticas profesionales, le le les institución me envió al nuevo Hospital civil también quedaba dentro del bloque de ciencias de la salud, por lo que seguía quedándome muy cerca. Había ocasiones en las que salía muy tarde. Llegaba casi a las doce de la noche a mi casa. Una vez venía muy cansado del hospital. Había tenido un día complicado antes de llegar vi a un joven que estaba fuera del cementerio cerca de la reja de entrada al panteón. Vestía de manera casual. No se me hizo extraño verlo parado ahí, porque en ocasiones yo también hacía lo mismo. Pensé que podría ser alguien del barrio que vivía en otra de las calles, porque andar a esas horas afuera del cementerio, solamente alguien que vivía por ahí cerca le levanté la mano para saludarlo. Él respondió de la misma manera. Casi todo el tiempo se me iba en el hospital. Cuando salía muy tarde, caminaba con rapidez para evitar que algún ladrón intentara hacer de las suyas. La colonia no era precisamente el lugar más seguro. Solo alrededor del panteón era el lugar en el que no veía a nadie, a excepción de ese muchacho que cada vez que salía tarde del hospital lo veía afuera asomándose al panteón. Siempre que nos veíamos, nos saludábamos de la misma manera. Entre los dos se había hecho una especie de amistad silenciosa. Hubo una ocasión en la que me acerqué a él. Cuando lo vi de cerca, me di cuenta que era más joven de lo que pensaba. Le pregunté qué hacía ahí y me dijo que él siempre había vivido en ese barrio y estaba un poco familiarizado con el panteón. Él trabajaba en el Hospital Civil como médico. Por eso le quedaba de paso el panteón antes de llegar a su casa. Se quedaba solo. Unos minutos después se marchaba. Le pregunté su nombre. Me dijo que se llamaba José. Ocasionalmente seguí encontrándome con él. Después me cambiaron al viejo hospital civil a la sala de urgencias. Como tenía otro horario, dejé de ver a mi nuevo amigo. Después de poco menos de un año de estar trabajando en urgencias, llegó una mujer de edad avanzada que había sufrido un accidente automovilístico. La habían atropellado, por lo que era urgente realizar una operación de cadera. Además, ella sangraba mucho. Por desgracia, eran fechas navideñas y no había otro médico a cargo con esta especialidad. Me sorprendí de ver a lo lejos a José, Él también estaba atendiendo a otro paciente mayor que se había golpeado en la cabeza. Me acerqué a él y le pregunté si me podría auxiliar en la cirugía. Él accedió de inmediato. Me dijo que también era su especialidad, la geriatría. No analicé en ese momento lo que me dijo por la situación urgente, porque hasta lo que sabía, yo era el único médico a cargo. Así que entramos a la sala de Quirófanos como eran fechas festivas. El personaje que cotidianamente se encontraba en esa sala festejaba la nochebuena. En mi caso era distinto porque no tenía más familia que mis padres y ellos se dormían temprano. En el momento en que ingresamos a la paciente a la sala de quirófano, no había nadie más. Mientras hacíamos los preparativos para la cirugía, una de las mesas de metal que tienen material quirúrgico se movió sola como tiene llantas para facilitar su traslado. Se fue rodando como si alguien la hubiese movido. No dije nada. Continué con los preparativos. Después se escuchó como si movían el material de cirugía. Pude ver con claridad que uno de los bisturíes cambiaba de posición. Le practiqué la cirugía a la señora con éxito. La dejé en recuperación y regresé a la sala de urgencias. Le agradecí a José su apoyo. Más tarde se me ocurrió que podíamos ir a desayunar juntos después de terminar el turno, pero ya no lo volví a ver. Pensé que trató de irse lo más pronto posible para estar un rato con sus seres queridos. Antes de retirarme a mi casa, una de las enfermeras se me acercó para desearme una feliz Navidad. Al mismo tiempo, me dijo que había sido muy valiente al realizar la cirugía. Solo la señora ya era de una edad muy avanzada y con la sangre que perdió, no era sencillo que ella saliera bien de cirugía. Le dije a la enfermera que el mérito no era todo mío también José contribuyó a que todo saliera bien. Ella se me quedó viendo sorprendida. Me preguntó a qué médico me refería si yo era el único con esa especialidad que estaba ahí. Le respondí que no fue así. Hubo otro médico conmigo. Ella me dijo que estaba equivocado. Me dijo que me esperara y fue al checador de tarjetas. Me hizo que fuera hacia allá. La enfermera me mostró las tarjetas, me dijo que no había ninguna otra persona que fuera médico. A excepción mía revisé en varias ocasiones las tarjetas sin lograr encontrarla de José. Le dije a la enfermera que me sentía confundido. No lograba entender lo que había pasado. Ella me dijo que había trabajado más de doce horas. Todo era por el cansancio que me fuera a dormir antes de irme busqué a José sin encontrarlo por ningún lado. Ese día, el cansancio me venció. Ya no pude pensar en la situación tan extraña que tuve en el hospital. Sin embargo, soñé con José, quizás porque mi subconsciente se quedó con esa última idea durante el sueño. Lo vi trabajando como médico en el Hospital Civil Viejo. Aunque las instalaciones se veían distintas. Era un edificio bonito y bien cuidado. José tenía preferencia por atender a las personas de más edad como cualquier sueño extraño. Después lo vi vagando en el panteón de Belén, caminando en el pasillo en el que están las tumbas en la pared me desperté sudando, me levanté y me asomé a la ventana. Desde ahí podía ver el panteón. No sé por qué motivo tuve intención de entrar. Tenía muchos años que no lo hacía, pero sería en otro momento porque estaba cerrado. Cuando era un niño, lo hacía con mucha frecuencia, sobre todo para ver los nuevos juguetes de nachito. Mi mamá me decía que podía ir, pero sin tocarlos ni traerme ningún juguete del niño porque después su espíritu podía venir buscando su juguete, Así que cada vez que entrábamos sólo veíamos su tumba, al igual que la del vampiro. En esa época, en las festividades navideñas, el panteón se mantenía cerrado. Con el paso de los años lo hicieron museo y más turístico. Así las personas que tenían vacaciones o venían de otros lugares pudieran entrar al panteón de Belén. Regresé a mis actividades nocturnas. Los primeros días estuve atento para ver si veía a José. Pregunté por él a la Jefa de enfermeras. Ella no me supo decir nada, ni tampoco en la administración. Después de varios días me olvidé del asunto por la gran carga de trabajo que tenía. En una ocasión llegó una mujer de edad avanzada. Ella estaba en la sala de urgencias por motivos estomacales. Tenía un severo dolor en la parte alta del estómago. Le pregunté si era frecuente esa molestia. Ella me respondió que sí. Le pregunté si había acudido a algún médico. Ella lo negó. Me dijo que no había ido con ninguno. Cuando la cuestioné por qué había dejado tanto tiempo sin atenderse, me dijo que sí, se consultaba con otro médico, pero no quiso decirme más y se quedó callada con una voz más tranquila. Le comenté que me podía decir lo que sea en ningún momento. La juzgaría con lo que le dije. Tuvo un poco más de confianza y me comentó que a ella la atendía el doctor José. Me sorprendió que esa mujer nombrara aquel médico con mayor interés. Le pregunté dónde lo había visto. Ella me respondió que así como verlo, nunca lo había hecho. Ella solamente iba a consultarlo a su tumba. Lo que esa mujer me dijo me pareció una barbaridad. Le dije que no tenía por qué mentir si no se había atendido con ningún médico, no había ningún problema. A partir de ese momento, la pondría en tratamiento y pronto se iba a mejorar. Por lo pronto le mandaría a realizar una serie de estudios para saber a qué tipo de enfermedad nos íbamos a enfrentar. La mujer me dijo que ya sabía lo que tenía. El diagnóstico que le dio el médico fue cáncer de estómago y que lo más probable era que ya no pudiese estar bien. Ella añadió que esta vez la llevaron al hospital por el dolor tan fuerte que le dio, pero había estado controlada porque el doctor José la estaba curando. Sólo que como se cayó y se lastimó un pie, ya no pudo ir a consultar. Por lo regular era muy paciente con los enfermos, pero en esta ocasión no pude entablar una consulta real con esa mujer porque de nuevo me decía que había ido a consulta con el doctor José en el panteón de Belén. Le dije que ningún médico muerto tenía la capacidad de ayudar a los enfermos. En ese momento, pensé que esa mujer necesitaba más bien un psiquiatra, así que la iba a canalizar a esa especialidad. Lo más seguro fue que ella se dio cuenta de mis intenciones, porque me dijo que no la fuera a mandar con el loquero. No era la primera vez que sus familiares trataban de hacerlo. Lo que ella decía era verdad. Si no le creía que fuera a la tumba del doctor para que pudiera ver con mis ojos que muchas personas iban con él a consultarse y que aún después de muerto, él aliviaba a las personas. Ya no quise seguir conversando con esa señora. Le di indicaciones a la enfermera para que le diera algo para calmar su dolor y que le extendiera un pase a la especialidad de gastroenterología y psiquiatría. Aunque me molestó mucho lo que esa mujer me dijo, me sembró la duda. De repente pensaba desde una postura racional. Tenía las pruebas de que nadie lo había visto, pero luego recordaba aquel día en el que José me ayudó en la sala de quirófanos, estaba muy confundido. Me quedé más tiempo de lo normal a terminar mi trabajo. Hice dos cirugías el tiempo que permanecí en el quirófano. De nuevo se volvieron a mover las mesas que contenían los instrumentos quirúrgicos. Incluso hubo una mujer que estaba en recuperación que dijo que un doctor le había puesto la sábana encima porque tenía mucho frío. Le dije que el único médico que estaba en el quirófano era yo. Había enfermeras y camilleros, pero nadie más y no le había puesto ni el foco ni la sábana. Sin embargo, ella siguió diciendo que sí. Cuando salí del hospital, Antes de irme a descansar a la casa, llegué al panteón. Aún no lo habrían. Me quedé parado un rato afuera de la reja de hierro, pensando en todo lo que había ocurrido. Vi que pasó el velador le hablé, pero él me dijo que todavía no era horario de apertura. Le pedí que se acercara un poco sólo para hacerle una pregunta. El hombre amablemente accedió. Le dije que le iba a hacer una pregunta extraña si acaso estaba enterado de que hubiese personas que fueran a visitar la tumba de algún médico. El hombre se sonrió por un momento pensé que se estaba burlando de mí, pero me dijo que, sobre todo las personas de edad avanzada iban a pedirle al doctor José Castro que los ayudara a curar sus males. El hombre continuó diciéndome que en un inicio, las personas que fueron sus pacientes iban a llevarle flores y a mostrarle su respeto porque había sido un doctor que logró curar sus enfermedades. Con el paso del tiempo se convirtió en una leyenda, ya la a y a r todavía la gente va a consultarse con él. Esas personas decían que él desde el más allá los curaba. Incluso había una señora que iba cada viernes muy temprano. Ella vivía sola y decía que cuando no podía venir al panteón, le pedía al doctor que la fuera a ver a su casa. Luego que el velador me contó esa historia, ya no me sentí tan mal. Más bien se me empezó a enchinar la piel, tan sólo de pensar que él se salía por las noches de su tumba y que por la madrugada vagaba fuera del cementerio y en el hospital civil Viejo. El velador vio mi sorpresa en mi rostro. Creo que me puse muy pálido porque me abrió la reja me invitó a sentarme. Después que se me pasó el susto, le pedí que me llevara a la tumba de José. El velador atravesó las tumbas hasta llegar al largo pasillo con pilares en el que se encontraba a la tumba de José Castro. También fue médico de profesión y murió cuando tenía veintinueve años, en el año de mil ochocientos sesenta y uno. En su tumba había obsequios antiguos y nuevos que las personas le llevaban. Me senté en una banca para recuperar el aliento. El velador se sentó a un lado me dijo que no me espantara. Él con frecuencia lo veía rondar afuera del panteón. En ocasiones se encaminaba hacia el hospital civil viejo. Según cuentan las personas, fue un gran doctor que se murió antes de tiempo. Por eso trataba de ayudar desde el más allá. Cuando el velador me dijo que él también lo había visto, ya no tuve dudas. No podía concebir que eso sucediera. Desde mi punto de vista médico, eso era imposible, pero no sólo yo era quien decía haberlo visto también el velador y más personas. Antes de irme del panteón, le pregunté al velador si él sabía con exactitud su fecha de muerte, porque en su lápida sólo está inscrito el año en que murió. Él me dijo que no lo sabía. Había escuchado a algunas personas decir que él murió en el mes de diciembre, pero el día no lo sabía. Después de mi sorpresa me fui a mi casa. No concebía la posibilidad de que este hombre traspasara la muerte a tal punto que hacía labor en el hospital viejo cada vez que tenía guardia en el hospital. Estaba atento por si lo veía. No me volvió a suceder hasta después de un año. Venía muy tarde del hospital, cansado por haber tenido un día abrumador. Venía caminando por la acera del panteón. Cuando lo vi a lo lejos, parado afuera de la reja, mentiría si les dijera que no me dio miedo. Me detuve por unos minutos. Pensaba cruzarme la calle, pero él volteó y me hizo un saludo con la mano. Lo único que pude hacer fue responderle. De la misma manera, me crucé a la otra banqueta y entré a mi casa. O o o o l. Cuando me asomé por la ventana, ya no estaba relato. Escrito y adaptado por Adriana Cuevas