Nov. 20, 2023

Testimonios De Personas Poseídas Y Exorcizadas Historias De Terror - REDE

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Testigos del mal. Tal vez el nombre de Gabriele Amort no le suene a nadie de los que están aquí y es normal. Sin tantos rodeos les digo que Amort fue posiblemente el mejor exorcista que ha tenido el Vaticano, tanto así que el padre Amord, que era italiano, fue la inspiración detrás de una de las películas de terror más icónicas de todos los tiempos. Me refiero a la película El Exorcista. El personaje del padre Carras no es simplemente un personaje ficticio, sino un reflejo de las hazañas y desafíos enfrentados por el padre Amorth. Fue en mil novecientos ochenta y seis, cuando el Papa lo eligió como aprendiz del que en aquel entonces era el mejor exorcista de la época cándido Amantinie bajo su tutela. Amort se sumergió en el estudio de la demonología y el arte del exorcismo. Amantini falleció seis años después. Para ese momento, Amorth ya era un experto en el campo y tomó su lugar. También fundó una prestigiosa asociación internacional de Exorcistas en Roma, dedicada a formar a otros sacerdotes en este rito tan especializado. Pero la película El exorcista no es la única que está inspirada por las hazañas de amort. La reciente película protagonizada por Russell Crow llamada El Exorcista del Papa claro que lo que pueden ver en esa película no ocurrió, tal cual el cine siempre exagera todo. Amort fue toda una leyenda. Se decía que podía realizar hasta veinte exorcismos en un solo día, documentando meticulosamente cada uno y compartiendo sus experiencias en varios libros para poder realizar semejante cantidad de ritos, era necesario que él contara con la ayuda de cuatro asistentes. Se dice que Amort realizó más de cien cero exorcismos. Claro que eso suena hasta ridículo. En realidad, esa cifra corresponde a la cantidad de personas que acudieron a él alegando que estaban poseídos. Pero Amort descartó el noventa y nueve por ciento de todos esos casos y en realidad, lo más probable es que haya realizado entre ochenta y noventa exorcismos, que ciertamente es una cantidad impresionante. De todas maneras, me atrevería a afirmar que todas las cosas que hacen los poseídos en las películas son una escenificación de lo que ocurría en los exorcismos practicados por Amort. Ya saben fuerza sobrehumana, vómitos de colores, objetos, haciendo cosas imposibles poseídos hablando en lenguas antiguas. Todo eso. Amort fue entrevistado en pocas ocasiones, pero cada vez que hablaba causaba revuelo con sus declaraciones. Por dar unos ejemplos, él afirmaba que Stalin y el causante de la Segunda Guerra Mundial él estaban poseídos por el mismo diablo. También decía que los líderes de los gros grupos radicales islámicos estaban bajo la influencia de diferentes demonios. Otra de las cosas más chocantes que afirmó fue que, según Amort, el Yoga tenía vínculos con el infierno. Pero no estamos aquí para hablar de exorcismos. De eso ya se ha dicho todo lo que se podría decir. Yo quise ir un paso más allá. Me costó mucho trabajo, pero logré encontrar dos testimonios de personas que fueron exorcizadas y sanadas por el Padre Amorth y un testimonio de una persona que conoció a un poseído antes de que fuera sanado por el Padre Amorth. Obviamente, ninguno de esos testimonios están en español, ya que los casos vienen de Italia. Lo que yo he traído es una adaptación y traducción de esos testimonios. Les aseguro que nunca antes han escuchado lo que tiene que decir una persona que sobrevivió a un exorcismo, porque sus testimonios no cubren el ritual, ya que son incapaces de recordar lo que ellos cuentan son todo lo que pasaron antes de ser sometidos al exorcismo. Así que aquí les dejo tres testimonios de personas que tuvieron aún demonio dentro de sus cuerpos. Asmodeo nací y crecí en la localidad de San Gregorio Magno, perteneciente a la provincia de Salerno, dentro de la región de campaña. No es una localidad muy importante, si acaso la única persona destacable que ha nacido aquí es el pintor Franco Policastro. Aquí siempre ha habido convento que está dedicado a San Gregorio, pues, como es obvio, se trata del patrono de la localidad. Siempre fue normal ver a monjas gregorianas recorriendo las calles pidiendo limosna y otros donativos que ayudaran a mantener el convento, ya que ahí se les daba hogar a cualquiera que lo necesitara. Las monjas recorrían todas las casas cada dos semanas, todas las casas excepto una la que estaba en el punto más alejado de la localidad. En esa casa vivía un anciano muy malhumorado y también muy peligroso. Estaba armado y era capaz de disparar a cualquiera que se acercara a su casa. Eso incluía a las monjas. Por eso no se acercaban. En una ocasión al convento llegó una nueva monja, una muy joven. La más joven del convento destacaba por su forma de comportarse. Digamos que no era como la típica monja. No había pasado ni una semana desde que la nueva monja había llegado. Cuando una madrugada la vieron entrando a la casa del anciano, al que todos le sacaban la vuelta para empezar, las monjas no podían salir del convento en la noche. Aparte, las monjas no salían solas. Siempre andaban en grupo. Pero lo más extraño de todo era que la monja hubiera podido entrar a la casa del anciano. Pasaron los días, las semanas y entonces algunos se dieron cuenta que el anciano ya no salía de su casa para regar las plantas. El hecho de que las flores en las macetas se estuvieran marchitando. Fue lo que hizo que la gente lo notara. Algunos decían que, de seguro, el anciano estaba enfermo. Otros decían que quizás había muerto, pero nadie estaba dispuesto a acercarse a esa casa para averiguarlo, ya que si el anciano estaba bien, respondería con un disparo, Así que sí estaba enfermo y nadie lo ayudaba, pues él mismo se lo había ganado a pulso. Lo siguiente que pasó fue que algunos adultos estaban preocupados porque sus hijas estaban yendo a las montañas. No todas las chicas, por ejemplo, yo no, pero varias de entre diecisiete y veintidós años sí. Lo curioso fue que esas mismas chicas habían empezado a ir con frecuencia al convento. Decían que iban a platicar con la nueva monja al parecer, como era joven, se había entendido bien con las muchachas de la localidad. Los padres de esas muchachas no hicieron nada al respecto. Lo tomaron como cosas de señoritas. Pero la postura de los adultos cambió cuando una de las muchachas ya no regresó. Todas las chicas que iban a las montañas fueron interrogadas, pero ellas alegaban que no recordaban lo que había pasado. No daba la impresión de que estuvieran intentando ocultar algo. Yo estuve presente cuando una de ellas era interrogada. De verdad parecía que se esforzaba por recordar, pero no lo lograba. Algo les había pasado a esas muchachas y eso que les pasó era la causa de que la otra chica ya no regresara. Por supuesto que los adultos dieron aviso a las autoridades se realizaron búsquedas. Un detalle siniestro es que la policía revisó las casas de todos, incluyéndola de aquel anciano, pues cuando entraron a su casa lo encontraron muerto en el pecho. Tenía grabadas dos palabras, una en vasco y otra en inglés. La palabra en vasco se traducía como intención y la palabra en inglés se traducía como día. Era evidente que aquello no había sido un una muerte natural. Alguien le había quitado la vida al anciano, así que la policía tuvo que iniciar una investigación. Esa investigación afectó un poco a la búsqueda. Ambos trabajos policíacos duraron siete semanas. Al paso de ese tiempo, no se encontró ni un solo rastro de la chica ni se dio con la persona que había acabado con la vida del anciano. Sin embargo, fue en ese momento que un rumor empezó a difundirse en la localidad. La única persona que se había acercado a esa casa había sido la nueva monja. Claro que no había nada que sugiriera que la monja había cometido el crimen, claro que se le interrogó, pero de ahí no pasó, aunque eso no evitó que la gente empezara a desconfiar de ella, sobre todo porque las muchachas que iban a las montañas eran amigas de esa monja. Así que, de una forma o de otra, la monja joven estaba relacionada tanto con la muerte del anciano como con la desaparición de la muchacha en la montaña. Unos tres o cuatro meses después, mis padres tuvieron que ir a visitar a un pariente que estaba enfermo. Yo me quedé en casa sola. La segunda noche de estar sola, alguien tocó a mi puerta. No abrí. Primero me asomé por la ventana era la monja joven. Entonces abrí la puerta para preguntarle qué hacía en mi casa a la medianoche. Ella me dijo que sabía que yo estaba sola y quiso darme una vuelta para asegurarse de que estaba bien. Yo le invité a pasar. Nos sentamos en la sala y fui a servir dos vasos de jugo. Ya estando sentadas, la monja me preguntó si yo creía que los ángeles podían pecar. Yo le respondí que no, que hasta donde yo tenía entendido, los ángeles eran seres perfectos, creados por Dios y, por lo tanto, eran incapaces de cometer pecados. La monja me sonrió y me dijo que mi respuesta no era del todo correcta. Me dijo que, si bien lo que yo entendía como ángel efectivamente no podía pecar, pero había algo que yo estaba omitiendo, pues los de mos eran ángeles y ellos sí que podían cometer pecados. La verdad no entendía por qué la monja me estaba hablando de eso. En aquel momento. Me parecía una conversación fuera del lugar, pero era una monja y yo no podía ser grosera con ella. Entonces le seguí la plática. Lo que le dije fue que, en una misa, el sacerdote había explicado que los ángeles no tenían un cuerpo físico, sino que eran espíritus. Entonces, si los demonios eran ángeles significaba que los demonios tampoco tenían cuerpo físico y a mi poco entender del tema era que los espíritus no podían pecar. La monja volvió a sonreír y me dijo que cuando los demonios fueron expulsados del cielo, adquirieron otra serie de habilidades, entre ellas la de poder tomar cuerpos humanos, lo que es una posesión. Me dijo que los pecados cometidos por un poseído no eran atribuidos a la persona, sino al demonio. Que la finalidad de una posesión era pecar, porque mientras más pecan, los demonios, más poderosos se vuelven. La monja terminó de tomar el jugo que le había servido en el vaso, Se levantó de donde estaba sentada y se sentó al lado mío. En ese momento yo sentí incomodidad. De hecho, traté de apartarme, pero había una energía que retenía mi cuerpo. No podía moverme. Sólo tengo imágenes borrosas de lo que pasó después. El siguiente recuerdo. Nítido que tengo es que desperté en mi cama desnuda. Me dolía mucho el vientre. Cuando llevé mis manos al vientre, me di cuenta que tenía sangre. Fui al baño para verme en el espejo y entonces sí que tenía grabadas. Las mismas palabras que los policías habían encontrado en el cuerpo del anciano. Ya les dije cómo se traducen esas palabras, pero ahora se las dejo tal cual estaban escritas. Una de las palabras era asmo y la otra palabra era day. Me vestí y salí de casa para ir con el doctor a que me revisara. Pero cuando estuve a solas con el doctor o en su consultorio, mi vista se oscureció por completo y no supe de mí. Cuando estuve consciente otra vez el doctor se estaba vistiendo, habíamos intimado y yo no recordaba nada rápido, me puse mi ropa y salí corriendo. De ahí regresé a mi casa y me puse a llorar. Cuando me pude calmar me fui a dar un baño. Después fui al convento. Tenía que hablar con la monja cuando llegué y dije que la estaba buscando. Me preguntaron para qué. Yo muy nerviosa y con lágrimas en los ojos, les expliqué todo y les mostré el vientre para que vieran lo que tenía escrito. Entonces las monjas me dijeron que la más joven había desaparecido y que habían descubierto que no era una monja. Yo no estaba entendiendo nada. Me explicaron que cuando fueron a buscarla temprano por la mañana, no estaba en su habitación. Lo que encontraron fue que todas las paredes estaban marcadas con sangre. La sangre dibujaba cientos de veces un símbolo extraño que tenía una palabra escrita asmodey cuando pregunté qué significaba esa palabra, me respondieron que se trataba de una derivación de un nombre, del nombre de un demonio asmodey era otra forma de decir asmodeo. Empecé a entrar en pánico. Las monjas me pidieron que me tranquilizara, que ellas ya habían avisado al obispo y que la ayuda llegaría en pocos días. Yo no entendía qué se referían con ayuda. Entonces una de las monjas me dijo que era muy probable que, luego de pasar la noche con ese demonio disfrazado de monja, lo más probable era que yo estuviera poseída. Cuando escuché eso me desmayé. Tuve que quedarme con las monjas para que ellas me estuvieran cuidando. Mis padres regresaron a los dos días. Quisieron hablar conmigo, pero las monjas no los dejaron. Lo que argumentaban era que si yo estaba poseída, mis padres no estarían hablando conmigo, sino con Asmodeo, y eso no era conveniente para nadie. Dos semanas después llegó el vino. Padre Amorth habló conmigo y me dijo que él estaba ahí para ayudarme que se tardaría cuatro días en saber si estaba poseída o no, que de no estarlo, podría irme a mi casa y ya pero que sí lo estaba, tendría que someterme a un exorcismo. Yo estaba muerta de miedo. Lo poco que había escuchado de esos ritos. Eran cosas muy feas. En esos cuatro días, el padre estuvo haciendo diferentes cosas. Me hacía preguntas, me pedía que dibujara cosas rezaba, pero recuerdo cuatro momentos en los que yo sentí que algo se apoderaba de mí por segundos. En una ocasión, el padre me empezó a hablar en francés. Yo nunca he sabido francés, pero reconocí a la idioma por el acento y por algunas palabras. Sin embargo, a pesar de que yo no estaba entendiendo lo que él decía, sí le estaba respondiendo y yo le respondía en francés, pero no era yo la que respondía. Es muy difícil de explicar, pero era como si al momento de responder algo o se ap ó apoderara de mi lengua y hablara por mí. Yo sabía que estaba respondiendo, pero las respuestas no las estaba dando. Yo Hubo otro momento en el que el sacerdote hizo un dibujo, pero no me dejó verlo aún así. Me pidió que le describiera el dibujo que él había hecho. Mi respuesta fue que no podía saberlo porque no había visto lo que dibujó, pero el sacerdote insistió y lo hizo de una forma más seria y con un tono de voz firme. Mi respuesta fue la misma. El padre rompió la hoja donde había hecho el dibujo y me ordenó que le describiera lo que él había dibujado. Yo apenas le iba a responder que no sabía. Cuando sentí esa energía apoderándose de mi lengua, entonces le di la respuesta correcta. Recuerdo también que cuando el padre Amord se ponía a rezar ciertas cosas a mí me empezaba a dar como coraje, como enojo y mientras más me enojaba. Sentía que mi cuerpo se llenaba de una fuerza inmensa tanta que yo estaba segura que podría haber levantado la cama con una sola mano. Nunca hice nada. Lograba contener la furia, pero era una sensación muy extraña del cuarto día. Sólo recuerdo una cosa. Cuando el padre entró a la habitación, llevaba puesto un colgante que no había usado los primeros tres días. Ver ese colgante me puso muy mal. Sentía que los ojos me ardían, sentía que la saliva se me salía de la boca, que los dedos de los pies se me torcían y me dormí. Estando dormida, soñé con burros, con carneros, con tigres, con patos y con murciélagos. No era un sueño en particular, sólo eran esos animales apareciendo y desapareciendo todo el tiempo. Cuando desperté de aquel sueño estaba en mi cama, me sentía bien. Ahí estaban mis padres. Yo les pregunté qué era lo que había pasado. Me dijeron que ya no tenía nada, que el padre Amord me había tenido que estar practicando exorcismos durante dos semanas, pero que ya estaba liberada Amón. Durante mucho tiempo me he dedicado a la venta de abarrotes en un mercado municipal, en el municipio de Murialdo, en la provincia de Sabona, en la zona oeste de la región de Liguria, relativamente cerca de la frontera con Francia. Mi abuelo desde su juventud estableció este negocio, creciendo desde una pequeña tienda arrendada hasta poseerla y con el tiempo adquirió otros locales y una bodega donde resguardamos la mercancía. Al ser un negocio familiar, todos contribuimos en la venta y distribución cuando es necesario. Mi labor es encargarme de un puesto de menudeo ofreciendo a granel una variedad de productos. Mientras tanto, mi padre y mi abuelo solían ocuparse de la bodega atendiendo a tenderos y comerciantes locales que adquirían grandes cantidades de mercancía. Un día, mi abuelo, enfermo del corazón, llegó al puesto del mercado con el rostro pálido y sudoroso con gran esfuerzo. Se sentó a mi lado y me dijo llama a una ambulancia. Me siento muy mal alarmado contacté a una ambulancia a través del seguro que teníamos y luego informé a mi padre. Cuando él llegó antes que la ambulancia, se percató del estado grave de mi abuelo este ya yacía en el suelo luchando por respirar. En ese instante, la ambulancia arribó mi padre. Se fue con él. Yo quería acompañarlos, pero mi padre me insistió en quedarme en la bodega por si se necesitaba algo a regañadientes. Cerré el puesto y me dirigí a la bodega con los empleados que ya estaban. Al tanto de lo sucedido, la angustia y la incertidumbre de no saber el estado de mi abuelo me atormentaban. Estaba demasiado tenso frustrado por la situación. Cuando uno de los empleados se me acercó para comentarme que podía hacer buena idea pedirle a Dios por la sala de mi abuelo le respondí de forma brusca que yo no creía en Dios. El trabajador se quedó sorprendido porque en aquella época y sobre todo en Italia, los ateos no eran algo que abundara mucho por el país. Había relativamente pocos y la gran mayoría de los ateos no decían que eran ateos para evitar ser juzgado por la sociedad, en su mayoría católica o protestante. A medida que el atardecer cubría, la zona del mercado se volvía cada vez más desolada. Algunas bodegas aún permanecían abiertas recibiendo mercancía sin saber el estado de mi abuelo. Maldiciendo y renegando de la ansiedad, intentaba obtener noticias de mi familia sin éxito en mis llamadas la impotencia y la incapacidad de marcharme para averiguar lo que sucedía. Por temor a molestar a mi abuelo y a mi padre me sumían en un estado de agobiante inquietud. Casi al anochecer apresuré el cierre del local. En ese preciso momento, una visita inesperada se materializó frente al mostrador. Se trataba de una anciana andrajosa, similar a las que abundaban en la zona, con cabello enmarañado y mugriento, además de un rostro repleto de arrugas. La anciana, con una bolsa desgastada, inspeccionó los sacos con productos en la banqueta que todavía los trabajadores estaban terminando de recoger me acerqué tratando de atenderla rápidamente para que se marchara. Pero ella olía tan mal que dio un par de pasos hacia atrás. La señora me preguntó cuánto costaba el kilo de azúcar, a lo que le contesté que no lo vendíamos por kilo, sino por fiftiquilos, pero ella me pidió que le vendiera un solo kilo. Era evidente que ella no podía pagar un saco de azúcar, pero también era evidente que la mujer iba a seguir de terca hasta que le vendiera algo. Entonces, de un costal que estaba roto, tomé un poco de azúcar en una bolsa. La anciana sacó de sus ropas un monedero mugroso en él ese momento algo llamó mi atención la cantidad de billetes que manejaba un fajo impresionante de dinero en billetes de alta denominación. Tomó uno de esos billetes y me lo dio mi mente bloqueada por la preocupación por la salud de mi abuelo, me hizo contestar molesto e impaciente preguntándole si no tenía cambio, ya que sólo eran cuarenta céntimos y ella me quería pagar con un billete de doscientos euros. La anciana, luego de hacer un gesto, comenzó a buscar en su monedero. Tras unos segundos logró reunir la cantidad exacta con pequeñas monedas, las cuales me entregó. Cuando la anciana se fue, me di cuenta que había dejado un fajo de billetes tirado ahí en la banqueta. Le grité a la señora, pero ya había cruzado la cuadra y no me escuchó. Lo que hice fue tomarlo y me lo guardé. En verdad no tenía la intención de quedármelo. La idea era conservarlo hasta que la mujer regresara por su dinero, cosa que iba a ocurrir, porque nadie ser deja tirado tanto dinero sin intentar buscarlo para recuperarlo. Como desconfiaba un poco de los trabajadores. Decidí que yo guardaría el fajo de billetes conmigo en mi pantalón ya que los trabajadores habían metido toda la mercancía. Cerré el local y me fui al hospital para ver cómo estaba mi abuelo. Cuando llegué, me encontré con la noticia que mi abuelo acababa de fallecer. No tenía ni un minuto de haber muerto. Fue como un balde de agua fría que me puso muy triste, pero al mismo tiempo me dio muchísimo coraje. Lo que pensé en ese momento fue que si yo no hubiera perdido mi tiempo atendiendo a la mujer, hubiera alcanzado a mi abuelo, aunque fuera para despedirme. Llorando y muy molesto, salí del hospital golpeando los muros que me iba encontrando. Me senté en una banca y me puse a fumar. Cuando me terminé el segundo cigarro e iba a encender el tercero. Tuve una idea saqué el fajo de billetes y les prendí fuego con el encendedor. Yo no había podido despedirme de mi abuelo por culpa de la anciana, así que ella no iba a poder recuperar su dinero. Estaba tan metido en lo que estaba haciendo que se me olvidó que estaba fuera de un hospital, así que rápidamente un guardia se me acercó. Me dio un golpe en la mano para que soltara el fajo de billetes en llamas y una vez en el piso empezó a pisotear los billetes hasta que se apagaron. El fajo. No se había reducido a cenizas, pero el fuego causó el suficiente daño como para que todos los billetes quedaran inservibles. Yo titubeando me disculpé con el guardia. Le expliqué que mi abuelo acababa de fallecer y que estaba distraído. El guardia, que en un principio tenía toda la intención de llamarme la atención se suavizó y me dijo que debería tener más cuidado, que ya había perdido un montón de dinero por distraerme. Obviamente, el guardia pensó que esos billetes eran míos, ya que me calmé un poco, regresé al hospital, me encontré con mi padre y ya se podrán imaginar la charla que tuvimos sobre la muerte del abuelo más noche, ya que salimos del hospital para ir a prepararlo del funeral. A mitad de la cuadra, un hombre se me acercó y me tomó fuerte del brazo. El hombre iba vestido con ropa desgastada de tela, no estaba rasurado y tenía el cabello largo. Yo me giré e intenté soltarme, pero la fuerza del hombre era demasiada. Él me miró con unos ojos como de mucha tristeza y me dijo no sabes lo que has hecho. Después me soltó y se alejó. Las palabras de ese hombre me dejaron intranquilo. No sabría explicar por qué Yo seguí mi camino alcancé a mi padre y en su auto nos fuimos a la funeraria. Algunas horas más tarde, yo empecé a sentirme mal, Era un malestar generalizado. Al principio no le presté atención porque estaba con lo de mi abuelo, pero ya después del entierro, estando en mi casa, empecé a vomitar, pero mucho. Creo que estuve como dos o tres horas vomitando cuando ya no tenía nada para sacar. Fui a enjuagarme la cara. Entonces se me cayó una uña de la mano izquierda. También noté que tenía unas erupciones muy raras en el pecho. Otra cosa era que sentía la garganta como si hubiera comido vidrio o agujas. No era por el vómito porque no era dolor lo que sentía. Me cuesta describirlo, pero era otra cosa, algo más allá del dolor. Luego de que se me cayera otra uña, regresé mi mirada hacia el espejo. Entonces el vidrio se reventó y mi cara quedó llena de pedazos de cristal encajados. A pesar de que tenía la cara despedazada, no podía gritar por lo que sentía en la garganta. Traté de ir hacia la puerta para salir y pedir ayuda, pero me desplomé a medio camino. Cuando desperté estaba hincado encima de la mesa, de la cocina delante de mí colocada sobre la mesa estaba una biblia abierta en el salmo veintitrés. Eso no se me olvida, porque fue lo que primero que vi al abrir los ojos. Además, alrededor de la biblia había cuatro velas. Yo había caído entre el baño y la puerta que daba a la calle. No era posible que estuviera encima de la mesa de la cocina. No tenía sentido llevé mis manos a la cara y ya no tenía enterrado ningún pedazo de vidrio, No tenía salpullido en el pecho y mis uñas estaban completas. Al principio opté por no comentarle lo sucedido a nadie. El abuelo literalmente acababa de fallecer, como para yo salir con esas cosas. Sin embargo, me estuvieron pasando situaciones similares durante tres semanas. En esas tres semanas me pasaban cosas como que me sangraban los ojos, se me rompían los huesos, se me caía la piel, luego me desmayaba y al despertar estaba como si nada hubiera pasado. Claro que siempre estaba hincado encima de la mesa, con cuatro velas frente a mí y la biblia abierta en el Salmo veintitrés. Aquello me estaba consumiendo, así que lo conté en la familia. Ellos decidieron llevarme a la iglesia, donde estaba el sacerdote más viejo de la ciudad. Él no supo cómo brindarme ayuda, así que informó a sus superiores y ellos a sus superiores, y así hasta que mi caso llegó al Vaticano y ellos enviaron al padre amort Cuando llegó a visitarme, él conocía mi caso a la perfección. Aún así me pidió que yo se la contara. Con lujo de detalles. Me hizo hincapié en que quería saber no sólo lo sucedido, sino cómo me había sentido yo en cada momento. Al final de la entrevista me dijo que él tenía una idea de lo que me estaba pasando, pero que no me iba a decir nada, porque eso podría empeorar mi situación. Me dijo que se lo comentaría a mi familia y una vez que yo ya estuviera sanado, ellos decidirían si contarme o no. El padre Ammerth aplicó sus métodos para confirmar que yo estaba poseído. Me sometió a varios exorcismos. Mentiría si digo la cantidad, porque no la sé y al final me curó ya. Después de todo eso, yo le pedí a mi familia que me dijeran lo que sabían, porque yo no recuerdo nada de los exorcismos. Esos momentos literalmente los tengo en blanco. Entonces me explicaron que yo había estado poseído por el demonio de nombre Eymon, que el fajo de billetes estaba infestado con la energía del demonio. Entonces, cuando yo quemé los billetes, fue como si le hubiera dado luz verde al demonio para que entrara en mi cuerpo. También me dijeron que el hecho de que yo hubiera renegado de Dios fue lo que hizo que aquella mujer me eligiera para dejarme los billetes infestados de energía demoníaca Belcebú. Hace muchos años trabajé en un hospital psiquiátrico. No tengo ningún estudio sobre medicina. Yo trabajaba como personal de intendencia, así que nunca interactué con ningún paciente, no de forma real. Me refiero a que a veces lo saludaba y así, pero no mucho más. Pero que yo no tuviera contacto con los pacientes no significa que no los conociera, pues me llevaba bastante bien con las enfermeras y como a las mujeres, les encanta el hablar, pues me enteraba de muchas cosas, sobre todo de las cosas que tenían que ver con aquellos pacientes que estaban afectados por padecimientos raros. Claro que había muchos con cosas típicas, como esquizofrenia, pero, por ejemplo, había un paciente que creía que su cuerpo se estaba pudriendo cuando físicamente estaba sano. Otro paciente creía que tenía la enfermedad de huesos de cristal. Entonces, aunque sus huesos eran normales, él sentía que se le quebraban todo el tiempo. También había una muchacha que era como si fuera dos personas. Una de esas personas le controlaba el lado izquierdo del cuerpo y la otra persona le controlaba el lado derecho. Pero entre tantos casos raros había un paciente que padecía de algo tan extre que hasta daba escalofrío sólo de escuchar su caso. Esta persona había nacido en mil novecientos setenta y dos y fue su propia madre la que lo llevó ahí. Al psiquiátrico. Al principio, los doctores se negaban a recibirlo porque lo que la madre decía era que su hijo estaba siendo afectado por una maldición que le había impuesto el mismo diablo. Por eso fue que los doctores le dijeron que en ese caso lo llevar a la iglesia, pero la señora dijo que la Iglesia le había comentado que enviarían a alguien a revisar su caso en cuanto fuera posible. Lo único que la señora quería era que su hijo estuviera encerrado. No estaba esperado que ahí en el hospital lo sanaran. Ella afirmaba que no podía ser curado porque la ciencia no tendría ninguna oportunidad de quitar algo impuesto por el diablo. Los doctores inclusive llegaron a pensar que la que estaba enferma era la madre, pero entonces uno de los médicos le preguntó a la señora cuál era el motivo por el cual creía que su hijo hijo estaba maldito. Ella le respondió que no le iba a creer. A menos que lo viera. Entonces la mujer agarró una engrapadora y se la dio a su hijo. Él abrió la boca y se engulló. La engrapadora se la tragó con una facilidad sorprendente. Mi hijo, cuando no tiene hambre, se comerá cualquier cosa que le ofrezcan, pero cuando le dé hambre, se tragará un edificio entero desde los cimientos con tal de saciarse. Fue lo que dijo la señora mientras los doctores miraban asombrados como el joven eructaba tras haberse comido una engrapadora de quince centímetros que además estaba llena de grapas. Así que, ante una demostración tan espectacular, uno de los doctores aceptó que fuera ingresado, pero le puso una condición. A la señora Le dijo que el joven sería sometido a toda clase de experimentos con tal de estudiar su condición. La mujer aceptó. Creo que es importante decir que el doctor que mostró interés en que ese joven fuera su paciente era un doctor bastante voy a decir peculiar, por no decir sombrío. Era el estereotipo perfecto del científico loco. A él le gustaba tratar pacientes cuya condición no solamente estuviera catalogada como incurable, sino que sus pacientes estaban tan mal que hasta controlar su padecimiento era demasiado complicado. Me guardaré el nombre del doctor por respeto, aunque creo que ya falleció. Pero como no estoy seguro mejor, no hablo de más, pero créanme cuando les digo que ese doctor estaba obsesionado con querer arreglar a los pacientes que nadie más podía arreglar. De hecho, me consta que en varias ocasiones solicitó que pacientes de otros psiquiátricos fueran trasladados para que él pudiera tratarlos. Cuando yo entré a trabajar al hospital, ese paciente ya tenía varios años de haber sido ingresado. Las cosas que las enfermeras platicaban sobre ese paciente eran muy extremas, sobre todo refiriéndose a los experimentos que el doctor hacía con el paciente. Cabe aclarar que esto sucedió en los noventas, hace más de veinticinco años, así que los hospitales psiquiátricos no estaban tan regulados con decirles que ese paciente en particular estaba aislado del resto de pacientes, ni siquiera estaba con los que eran considerados peligrosos. El paciente estaba recluido solo en el sótano. Inclusive me atrevería a decir que, en lugar de habitación, el lugar donde lo tenía el doctor parecía una jaula como si fuera un animal. Algunas de las enfermeras, sobre todo las que ya eran más grandes, decían que ellas sí. Creían que ese paciente había sido maldecido por el diablo, porque las cosas que hacía no debía poder hacerlas ningún ser humano. Decían que hasta el doctor estaba sorprendido de la manera en la que respondía a sus experimentos por dar un ejemplo. Las enfermeras me dijeron que la primer cosa extrema que supieron fue que el doctor le llevó una cantidad exagerada de comida, unos sesenta kilos de diferentes tipos de comida, pues el paciente se terminó todo en cuestión de tres horas y cuando eso pasó, el paciente apenas tenía treinta minutos de haber terminado su desayuno. Por supuesto que a mí me costaba trabajo creer lo que me contaban. Entonces, en una ocasión que el doctor del paciente tuvo que salir de la ciudad para dar una conferencia, le dejó encargado a las enfermeras que cada cuatro horas le llevaran comida al paciente y, como yo, era incrédulo pues una de las enfermeras me llevó al sótano para que viera a ese paciente con mis propios ojos. Debo admitir que me llevé un gran impacto cuando vi al paciente porque su complexión física no concordaba con todo lo que se le daba de comer. El joven era delgado. Yo le calculo que no pesaba más de cincuenta kilos. Su cabello era de color café claro y no debía medir más de un metro. Con setenta centímetros. Su cara era escalofriante a ver si logro darme dar a entender era del tamaño normal que la cara de cualquier persona sólo que toda su cara estaba deformada debido a que su boca era excepcionalmente grande, ocupaba casi el doble de espacio que en una persona normal, así que el resto de los componentes de la cara estaban deformados, lo que viene siendo su nariz ojos y cejas tenían un tamaño reducido, además de estar más juntos entre sí. Su frente también era muy pequeña, a pesar de que su boca era gigante, casi no tenía labios porque, según me comentó la enfermera, el paciente se mordía mucho los labios. Por eso tenía los labios todos cortados, tanto que se le podían ver los dientes, los cuales parecían los dientes de un animal. Mientras la enfermera se preparaba para acercarse a darle la comida. Me dijo que en cuanto empezara a comer, teníamos que salir del sótano, porque el paciente sudaba cuando comía y el sudor era tan fétido que le provocaba vómito a cualquiera que lo oliera que el doctor utilizaba un equipo especial para poder soporta el olor. La imagen del paciente era tan extraña que, a pesar de que me generaba incomodidad, no podía dejar de mirarlo. Así noté que la piel del estómago le colgaba. Sobre eso, la enfermera me dijo que cuando comía su estómago crecía demasiado que por eso la piel le colgaba, porque cuando iba al baño, su estómago volvía a su tamaño normal. Algo que también noté fue que las enfermeras no lo veían como un paciente, sino como un fenómeno de circo, porque esa enfermera antes de darle su comida, le dio al paciente una piedra y un pedazo de metal y le dijo al paciente que primero se comiera esos dos objetos y que luego le daría la comida. La enfermera volteó a verme y preguntó si quería saber si ese joven había sido maldecido por el diablo. Yo no dije nada, sólo le hice un gesto para confirmar que sí quería saber. Entonces la enfermera sacó un crucifijo y se lo acercó al paciente para que se lo comiera. El joven se quedó petrificada, mientras los ojos, poco a poco se le empezaban a poner amarillos. Al mismo tiempo temblaba como si le fuera a dar una convulsión. Cuando la enfermera guardó el crucifijo, el paciente volvió a estar normal. Le dimos la comida y salimos. De ahí. No tengo conocimientos en gente maldita o poseída. Ni siquiera soy muy creyente, pero creo que la lógica es suficiente para entender que si ese paciente se tragaba todo menos los objetos religiosos, era porque algo raro estaba pasando. El tiempo que estuve ahí en el sótano fue muy poco, menos de cinco minutos, pero eso fue suficiente para dejarme tan impactado como para estar pensando en eso durante la siguiente semana que fueron mis vacaciones. Cuando regresé a trabajar al hospital, ya traía una duda que quería que me aclararan en una oportunidad que tuve me acerqué con tres enfermeras que estaban comiendo y les pregunté qué les pasaría si ellas, por accidente, ingirieran un arete que, sin que nadie se diera cuenta, hubiera terminado dentro del puré de Papa. Me respondieron que posiblemente tendrían que ser hospitalizadas y, en el peor de los casos, hasta intervenidas. Quirúrgicamente, con esa respuesta sobre la mesa les pregunté por qué al paciente no le pasaba nada, a pesar de tragar objetos que no eran comestibles, como piedras y pedazos de metal. La enfermera que tenía más tiempo de las tres que estaban ahí me respondió que el paciente debería sufrir de obstrucción intestinal, que debería requerir laxantes, que debería tener el estómago dañado a un nivel inimaginable, pero que de alguna manera inexplicable, el paciente estaba más sano que cualquiera de los otros pacientes del hospital. Otra de las enfermeras susurró que su cuerpo estaba sano, pero que su alma estaba condenada al infierno, cosa que tenía sentido si elegíamos creer que en verdad el diablo le hubiera maldecido, tal como aseguraba su madre. Esa misma enfermera fue más espera pacífica. Dijo que ella creía que el paciente estaba siendo afectado por el demonio Belzebú, porque ese era el demonio que estaba vinculado con el pecado de la gula y como lo que tenía el paciente de anormal era que podía comer de forma infinita sin verse afectado e inclusive podía digerir cosas que matarían a cualquier otra persona, pues para esa enfermera resultaba obvio que el demonio, detrás de las anomalías del paciente, fuera Belcebú. Otra cosa que comentó la enfermera fue que ese demonio era considerado como el amo de las pestilencias, cosa que también encajaba con la situación del paciente, pues cuando se ponía a comer desprendía un olor insoportable. Yo no me atrevería a afirmar que el diablo había enviado a Belcebú para afectar a ese joven, pero sí me consta que tenía algo demoníaco en su interior. Esto lo digo porque tres semanas después de que yo lo viera por primera y única vez llegó gente de la iglesia a llevarse. Traían la autorización firmada por la madre. Por supuesto que el doctor pidió explicaciones. Lo único que le dijeron fue que el joven ahora sería atendido por el padre Amort. Relatos escritos y adaptados por Ramiro contreras