SALMO 35 - Rompe la Brujería, el Vudú, la Envidia por Vecinos y Enemigos Historias De Terror - REDE
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0:03 En 1981 yo tenÃa 34 años. VivÃa con mi esposa y mis dos hijos en un terreno amplio, en una zona tranquila, con más maleza que casas. Nuestra casa era sencilla, de concreto, con techo de lámina reforzada. TenÃa dos cuartos, un baño pequeño y una cocina que apenas acomodaba lo necesario. DormÃamos todos cerca, separados por cortinas que colgaban del techo. Unos meses después de habernos mudado, mi esposa y yo decidimos abrir un pequeño negocio de desayunos en la cochera. Pusimos una mesa larga con una olla para café, otra para leche, una charola con pan, y una plancha donde calentábamos empanadas y burritos. Empezamos vendiendo poco, pero pronto llegaron los trabajadores que pasaban temprano por la zona. Obreros, choferes, maestras. A las seis ya tenÃamos fila. La mañana que pasó todo fue en octubre. Eran las cinco y media cuando salà a barrer el frente. TodavÃa estaba oscuro. Encendà la lámpara del porche y me acerqué al portón. Fue ahà que vi algo colgando del marco de la reja. A primera vista pensé que era una muñeca vieja. Estaba sucia, colgada del cuello con un mecate delgado. ParecÃa que alguien la habÃa dejado ahà en la madrugada. Me acerqué más. La figura no era de tela. El cuerpo estaba hecho de palitos amarrados con hilos, y lo que claramente era cabello humano.
1:35 Las extremidades eran huesos pequeños, de color claro, como de gallina o de algún gato flaco. Estaban atados con nudos gruesos y rÃgidos. El cuello lo tenÃa bien apretado con el mecate. No era algo que uno pudiera confundir. Llamé a mi esposa. Salió con una toalla en la cabeza y se quedó quieta al verla. Se persignó sin decir palabra. Luego me dijo que no la tocara, que mejor la tiráramos lejos o la quemáramos, pero que no se quedara ahÃ. Yo era escéptico, no creÃa en brujerÃas, pero la figura me dio una sensación fea, como si alguien hubiera querido darnos un mensaje sin decir palabra. Tomé una escoba y la bajé sin tocarla con las manos. La llevé directo al fogón donde calentábamos los burritos. La arrojé al fuego sin pensarlo más. Apenas cayó, el cabello comenzó a arder.
2:29 El olor fue espantoso. No olÃa a madera ni a tela vieja. OlÃa a pelo quemado, pero con un fondo más fuerte, como si fuera una rata podrida. El humo era denso, oscuro, y nos provocó tos a los dos. Mi esposa se cubrió la nariz con el delantal. Me dijo que no debÃa haberla metido al fogón, que esas cosas no se quemaban asÃ, que el olor podÃa quedarse. Yo traté de tranquilizarla. Le dije que seguro era una broma de mal gusto, que alguien quiso asustarnos porque habÃamos abierto el negocio muy cerca de otros puestos. No dijimos nada más, abrimos como de costumbre, atendimos a la gente, vendimos bien, pero el humo del fogón tardó en irse, y el olor se quedó, aunque ya no tan fuerte.
3:20 Ese dÃa no volvimos a mencionar la muñeca, solo nos vimos de vez en cuando como si los dos estuviéramos esperando a ver si pasaba algo más. Después de quemar la muñeca, pasaron varios dÃas sin novedades. El negocio seguÃa como si nada hubiera ocurrido. Las ventas no bajaron, al contrario. ParecÃa que cada dÃa llegaban nuevos clientes, hombres en bicicleta, trabajadores del ayuntamiento. Mujeres que pasaban de camino a la primaria con sus hijos. Algunos se quedaban a platicar, otros solo pedÃan café y seguÃan su camino. Una señora mayor de las que pasaban diario por empanadas nos preguntó si no pensábamos vender tamales. Mi esposa sonrió y le dijo que era buena idea. Esa noche preparamos una olla con masa, carne y hojas que habÃamos congelado desde que llegamos. El sábado siguiente los ofrecimos por primera vez y en menos de una hora se acabaron. La gente los pidió con entusiasmo, dijeron que sabÃan a casa, a receta vieja. Por unos dÃas todo fue normal. Trabajábamos desde temprano, cerrábamos antes del mediodÃa, y por la tarde hacÃamos compras o preparábamos el pan del dÃa siguiente. En casa, los niños ayudaban a acomodar el azúcar, a limpiar las charolas, cenábamos temprano y dormÃamos tranquilos.
4:48 Pero una mañana, mientras barrÃa el patio trasero, vi que uno de los árboles de nanche tenÃa una cuerda amarrada en una rama baja. Colgaba como si alguien hubiera intentado hacer un columpio. Era delgada, algo gastada, y el nudo estaba bien hecho. Pregunté a los niños si la habÃan puesto, pero los dos negaron haber tocado ese árbol. Dijeron que no jugaban ahà porque siempre habÃa mosquitos. Mi esposa dijo que tal vez algún vecino pasó y se les ocurrió amarrarla, pero el terreno estaba cercado por los lados. No era fácil que alguien entrara sin que lo notáramos. No le di importancia, corté la cuerda y la tiré en la basura.
5:31 Volvimos a lo nuestro, pero empecé a notar otras cosas. Cada mañana, al salir a barrer el frente, encontraba una hoja seca en el marco de la reja. Siempre era distinta. Algunas eran grandes y quebradizas, otras pequeñas y delgadas. No parecÃan del árbol que tenÃamos cerca, ni del que estaba del otro lado de la calle. Las primeras veces pensé que el viento las arrastraba, pero estaban colocadas justo en el centro del marco, como si alguien las hubiera dejado ahà con cuidado. mi esposa empezó a tener mareos leves en las mañanas se agarraba del marco de la estufa y decÃa que era por levantarse tan temprano por andar de pie tantas horas yo creà que era normal que se estaba esforzando de más le dije que descansara más que yo me encargaba de barrer y preparar el café un dÃa que mi hijo estaba jugando con tierra vino corriendo con una piedra en la mano y me dijo Era pequeña, del tamaño de un botón, y tenÃa una forma casi perfecta de triángulo. Me dijo que la habÃa encontrado cerca del árbol de Nanche. La limpié con un trapo y la revisé. No parecÃa natural, tenÃa marcas en las esquinas como si la hubieran tallado. Me la guardé en el bolsillo. No le dije nada a mi esposa en ese momento, pero me dio mala espina. Aún asÃ, no querÃa sugestionarla. DÃas después, durante una mañana lluviosa, llegó
7:03 al puesto una mujer que no habÃamos visto antes. TraÃa un impermeable gris que le cubrÃa hasta las rodillas. No se le notaba bien la cara, pero se veÃa mayor. Caminaba lento, arrastrando los pies. Pidió un café. Lo bebió sentada, sin hablar con nadie. Luego nos pidió usar el baño. Le señalé el de la casa y fue sin decir palabra. Al salir, dejó el dinero exacto en la mesa y se marchó por la calle hacia el sur. No volteó ni para despedirse. Mi esposa fue a levantar las monedas y se detuvo. Me las mostró. Estaban húmedas, pero no olÃan a agua de lluvia. TenÃan un olor fuerte, como a heces fecales. Las enjuagamos de inmediato. No dijimos nada.
7:49 Solo las dejamos en una taza con vinagre. Esa misma tarde, mientras revisábamos la olla donde se cocÃan los tamales para el siguiente dÃa, mi esposa gritó. HabÃa algo flotando. Me acerqué. Era una ratita muerta, cubierta de tierra negra y lodo pegajoso. TenÃa el cuerpo hinchado y los pelos tiesos. No habÃa manera de que hubiera caÃdo sola. La tapa de la olla estaba cerrada. La habÃamos puesto apenas hacÃa media hora. después de encontrar la rata muerta entre los tamales mi esposa no quiso que nadie se enterara tiramos toda la olla en silencio fingimos con los clientes que se nos habÃa terminado temprano que la lluvia nos habÃa hecho batallar con la leña Algunos preguntaron por qué no abrimos más tarde.
8:37 Les dije que fue cosa del clima. Nadie insistió. La clientela no sospechó. Pero nosotros pasamos el resto del dÃa fregando todo con cloro. Mi esposa vació medio galón solo en las orillas de la cocina. Esa noche dormimos inquietos. No dijimos mucho. Yo me quedé pensando en la mujer del impermeable gris. Recordaba bien que se habÃa ido por el rumbo del puesto de tacos, justo donde se decÃa que vendÃa una señora que no se llevaba con nadie. Nunca habÃa hablado con ella, pero la habÃa visto sentada ahà en ocasiones, sola, seria, mirando la calle sin sonreÃrle a nadie. A la mañana siguiente me levanté antes que de costumbre y revisé todo el local antes de barrer.
9:25 Abrà la olla, movà las charolas, destapé el bote de la masa, pasé la escoba por debajo del mostrador. No encontré nada raro. Asà pasé los dos dÃas siguientes. Todo parecÃa en orden. pero al tercer dÃa cuando levanté la lona del puesto encontré sobre el mostrador algo que no esperaba una huella era una marca de dedos como si alguien hubiera apoyado la mano abierta sobre el metal pero no era de tierra ni de grasa Era como si hubieran marcado la lámina con algo oscuro, como lodo seco mezclado con aceite. La forma de los dedos era delgada, más larga de lo normal. Mi esposa la vio también.
10:08 No dijo nada, solo tomó un trapo húmedo y la limpió en silencio. Esa noche, cuando ya todos dormÃan, escuché un crujido sobre el techo de lámina. Era un sonido leve, pero constante, como si alguien caminara descalzo con cuidado. Me puse los zapatos y salà al patio con la linterna. Iluminé el techo, pero no vi nada. Caminé hasta el fondo. Revisé las bardas, los tambos, los árboles. Todo parecÃa normal, hasta que vi de nuevo el árbol de Nanche. TenÃa algo colgando. Me acerqué. Era una tira de tela como una venda vieja enredada con cabello largo. Colgaba justo donde habÃa estado la cuerda dÃas atrás. ParecÃa un nudo hecho con prisa, pero firme. Me acerqué con cuidado. El cabello era oscuro, largo, húmedo. Lo toqué con un palo y olÃa mal, como si lo hubieran sacado de una cañerÃa.
11:05 Mi esposa se levantó al oÃrme caminar. Se asomó por la ventana y me pidió que lo quemara, que no querÃa ver más cosas en ese árbol. Pero yo, en vez de quemarlo, lo metà en una bolsa de plástico y lo guardé en una caja de herramientas que tenÃa bajo el fregadero. Le dije que querÃa tener pruebas, por si alguien del pueblo nos estaba haciendo daño. Ella no estuvo de acuerdo, pero no discutimos. Solo me dijo que lo sacara si notábamos algo peor. Al dÃa siguiente, dos clientas frecuentes no se presentaron, y para el sábado una de ellas pasó caminando por la banqueta, pero no entró.
11:45 Solo se detuvo un segundo, nos saludó de lejos y dijo en voz baja que por ahà estaban diciendo que nosotros metÃamos cosas raras en la comida. No quiso decir quién lo habÃa dicho, pero su mirada fue clara. Miró hacia la esquina donde estaba el otro puesto de tacos. Ahà fue cuando recordé que la mujer del impermeable gris habÃa salido justamente por ese rumbo. No la volvimos a ver desde aquella mañana. Nunca regresó a pedir café, ni pasó por la banqueta, como si solo hubiera venido a dejar algo. Comencé a fijarme más en las hojas secas que encontraba cada mañana sobre la reja. Ya no eran solo hojas, algunas tenÃan marcas, pequeños cortes, como si alguien les hubiera tallado letras, pero deformadas. Algunas parecÃan sÃmbolos, otras tenÃan lÃneas que se cruzaban como enredaderas. Las guardé en una caja junto con el mechón de cabello, la piedra triangular que habÃa encontrado el niño y una cruz de hilaza que apareció atada al drenaje del fregadero dÃas atrás.
12:53 Una tarde, un cliente conocido, uno que venÃa seguido por café y pan, me preguntó si tenÃamos algún problema con la señora del otro puesto. Le dije que no, que apenas si la conocÃamos. Ãl me dijo que la habÃa oÃdo hablar muy feo de nosotros. Que un dÃa, mientras él comÃa, ella dijo en voz baja que nosotros echábamos porquerÃas en la comida, que ni Dios se atrevÃa a comer lo que hacÃamos. Dijo que no le gustó como lo dijo. que parecÃa que nos estaba maldiciendo desde entonces él habÃa dejado de comprarle y me lo dijo asà sin rodeos porque ya se sentÃa pesado todo lo que estaba pasando El martes, en la mañana, apareció una hoja seca, atravesada con un alfiler oxidado, clavada justo en medio del portón de la reja. Estaba derecha, como si alguien la hubiera puesto con precisión, no arrastrada por el viento ni caÃda por casualidad. Mi esposa la vio primero, pero no quiso tocarla. dijo que esa clase de cosas no se debÃan agarrar con las manos que mejor la quemara la recogà con una bolsa de pan vacÃa y la metà en la caja donde ya tenÃa guardadas otras cosas la piedra triangular los mechones las hojas marcadas la cruz hecha con hilaza Ese mismo dÃa por la tarde, mientras movÃa las mesas del negocio para limpiar la banqueta, noté algo más.
14:21 HabÃa una hilaza roja, delgada, extendida desde la base del poste de luz hasta una de las esquinas del terreno. Estaba floja, colgando con una curva ligera, como si alguien la hubiera tensado sin amarrarla bien. No tenÃa nudos. Caminé hasta el poste, la jalé sin fuerza y se desprendió sin resistencia. La eché dentro de una lata vacÃa de chiles y le prendà fuego con una servilleta encendida. El hilo se retorció lento. No hizo humo. Quedó un olor agrio, parecido al plástico viejo. Los dÃas siguientes fueron peores. La clientela empezó a bajar. Antes, a las seis de la mañana, ya tenÃamos fila. Ahora solo llegaban dos o tres personas, las mismas de siempre. Algunos pasaban de largo, otros cruzaban la calle al vernos, como si nos tuvieran desconfianza. Nadie decÃa nada en voz alta, pero se notaba en las miradas, en los murmullos, en cómo evitaban acercarse. Las ventas se vinieron abajo sin una explicación directa. Mi esposa trataba de animarse, decÃa que era por el clima, que la gente quizá estaba enferma o sin dinero, pero yo sabÃa que era por otra cosa. La tensión en la casa se empezó a notar. DormÃamos mal, hablábamos poco. Mi esposa se veÃa más delgada, con ojeras. Yo me levantaba a las cinco a preparar todo como si nada pasara, pero por dentro
15:51 ya lo sentÃa. Alguien estaba haciendo todo lo posible por destruirnos. El martes por la tarde, mientras lavábamos los trastes del dÃa, mi hija mayor se quejó de dolor de estómago. Era una niña sana, rara vez se enfermaba, pensamos que era en pacho o cansancio. Le dimos té de yerbanÃs y la mandamos a acostar, pero en la madrugada vomitó dos veces. No tenÃa fiebre, solo se quejaba de que le dolÃa la panza y la cabeza, como si algo le revolviera por dentro. Nada la calmaba. el miércoles por la tarde me lo confesó todavÃa débil me dijo que un par de dÃas antes cuando fue sola a la tienda por tortillas se detuvo frente al puesto de tacos la señora estaba ahà sola le regaló dos taquitos envueltos en papel y le dijo que se los comiera rápido que no le contara a nadie la niña obedeció dijo que no sabÃa por qué pero le dio miedo decir que no Me quedé callado. Mi esposa, que estaba en la cocina cuando oyó, no gritó. Solo soltó una exclamación baja, se apoyó en el fregadero y empezó a rezar despacio, como si no quisiera que la escucharan. Sentà que algo se me doblaba por dentro. Hasta ese momento habÃa querido creer que todo era casualidad, que lo de la muñeca, las hojas, los rumores, eran cosas aisladas, pero ahora tenÃa a mi hija enferma y la imagen clara de la mujer del
17:22 impermeable gris, la misma que habÃa entrado a nuestro baño, la que dejó las monedas con olor raro, la que salió caminando hacia el puesto de tacos. Durante la cena no hablamos del tema. Le dimos a la niña arroz hervido con un poco de sal. Solo comió dos cucharadas. Mi esposa la acostó con una toalla tibia en el vientre. Me senté en el borde de la cama a verla respirar. Pensé en ir a buscar a la señora, en encararla, pero no tenÃa pruebas. Nadie me iba a creer si decÃa que esa mujer habÃa enfermado a mi hija con tacos regalados. En la madrugada volvà a salir al patio.
18:03 Llevé una lámpara de mano. Revisé el portón, el árbol de enanche, el fogón, la banqueta. No encontré nada nuevo. Volvà al interior. Vi la caja donde tenÃa todas las cosas guardadas y me quedé mirándola largo rato. No la abrÃ. Pensé en la señora, en su cara, en sus manos arrugadas, y en los ojos de mi hija, cansados, tristes, como si llevara dÃas cargando algo encima. Me acosté sin dormir, esperando a que amaneciera. El negocio seguÃa en picada. El viernes por la mañana solo vendimos tres cafés y un burrito. Mi esposa lloró cuando, al final del dÃa, contó las monedas sobre la mesa del comedor. No alcanzaban ni para reponer lo que habÃamos usado de ingredientes. Tuvimos que tirar pan, empanadas y hasta leche. Era la tercera vez en la semana que no recuperábamos ni lo invertido. Empecé a pensar seriamente en cerrar el puesto unos dÃas. TenÃamos arroz y frijoles en la alacena, algunas verduras que nos dio un vecino, pero no podÃamos seguir cocinando para perder. No podÃamos darnos el lujo de deberle más a la tiendita. No querÃamos endeudarnos ni llegar al punto de pedir ayuda. Ese fin de semana ya no eran solo miradas o indiferencia. Empezamos a escuchar los rumores directamente en la calle. Un hombre que pasaba con su hijo dijo en voz alta frente a nuestra reja que ahà vendÃamos comida con cucarachas. Una
19:35 señora de la otra cuadra que antes saludaba ahora cruzaba la calle apenas nos veÃa. Un joven gritó que ahà lavaban la carne podrida con cloro, que todo olÃa a viejo, que ni los perros querÃan lo que sobraba. Mi esposa y yo tratábamos de responder con calma, aclarando que todo estaba limpio, que tenÃamos higiene, que era mentira. Pero las palabras ya no servÃan. El daño estaba hecho. Un cliente de confianza, un señor mayor que nos visitaba desde los primeros dÃas, nos dijo la verdad sin rodeos. Los rumores venÃan del puesto de tacos. La señora hablaba de nosotros como si nos conociera por dentro. DecÃa que dejábamos la comida afuera por horas, que no lavábamos las tazas, que fregábamos los trastes con el mismo trapo sucio. Ãl no le creyó, pero muchos sÃ. Nos recomendó tener cuidado. Dijo que esa mujer hablaba con rencor, como si tuviera algo personal.
20:36 estábamos agotados dormÃamos mal comÃamos poco mi esposa ya no querÃa hornear mi hija seguÃa débil con el estómago sensible mi hijo menor se mantenÃa en silencio casi no salÃa al patio pero después de dos semanas pesadas la clientela empezó a regresar no fue de golpe primero llegó una señora mayor que siempre pedÃa lo mismo empanada de piña y café con leche Luego volvió un joven repartidor que no hablaba mucho pero siempre dejaba propina. Después regresaron dos señoras que iban juntas caminando lento con bolsas del mandado.
21:17 Eso nos animó. Volvimos a preparar pan con gusto. Volvimos a hervir café desde las cinco. Durante esas dos semanas oscuras no apareció nada extraño. Ni hojas, ni cuerdas, ni muñecas. La reja amanecÃa limpia. La caja de objetos se quedó cerrada. Era como si todo se hubiera detenido. Pero justo cuando la gente volvió a probar nuestra comida, reapareció la señal. Ese miércoles, al amanecer, salà a barrer como siempre. Al llegar al portón, la vi colgando. Era una hilaza negra, delgada, trenzada. No tenÃa nudos, pero estaba enroscada, como si alguien le hubiera dado vueltas con las manos. colgaba de la esquina derecha de la reja apenas moviéndose con el viento la toqué con una ramita y noté que estaba húmeda no era por el rocÃo olÃa a grasa rancia a aceite usado como si la hubieran empapado a propósito No la toqué con las manos, fui por una bolsa, la metà con cuidado y la guardé en la caja junto con lo demás. No le dije nada a mi esposa, no quise preocuparla, pero lo anoté mentalmente. Justo cuando las cosas mejoraban, regresaba la amenaza. Ese dÃa no pasó nada raro. Las ventas fueron decentes. La gente hablaba un poco más. Un cliente incluso comentó que la comida siempre habÃa estado buena.
22:47 Pero yo me mantuve alerta. Ya no era coincidencia. Algo o alguien nos estaba vigilando. En la madrugada desperté con la sensación de que habÃa alguien afuera. No escuché pasos. No hubo ruidos. Me levanté, fui hasta la ventana del frente y me quedé mirando hacia la calle. Volvà a la cama sin decir nada. Cerré los ojos. Ya no aguantaba más. Los rumores, las miradas, los objetos en la reja, el rostro triste de mi esposa cada noche, la falta de dinero, mi hija todavÃa con el estómago débil. Ya no querÃa esperar a que apareciera otra cuerda, otra hoja, otra figura con huesos. QuerÃa ponerle fin. Asà que esa mañana, sin avisarle a nadie, fui directo al puesto de la señora.
23:39 Eran las once y cuarenta, el sol ya estaba alto y picaba fuerte. El puesto de tacos tenÃa tres bancos ocupados, uno con un joven comiendo y los otros dos con hombres mayores que charlaban entre ellos. La señora estaba de pie detrás del comal, usaba el mismo delantal de siempre, gris con manchas oscuras al frente. me acerqué con las manos en los bolsillos la mujer me miró de reojo pero no dijo nada me detuve frente al comal no hablé fuerte pero sà claro le pregunté si tenÃa algo en contra de mi familia no respondió de inmediato Solo meneó el cucharón dentro de la olla y dijo que no hablaba con gente sucia. Le dije que ya sabÃa que habÃa estado hablando mal de nosotros, que sabÃa de los rumores, de la gente que ya no venÃa por lo que ella decÃa. Le hablé de las hojas en la reja, de los hilos, de las cosas raras. Le dije que mi hija habÃa comido de sus tacos y se enfermó. La señora levantó la vista con calma, no se inmutó, apenas sonrió sin mostrar los dientes. Dijo que eso nos pasaba por abrir donde nadie nos habÃa llamado, que no todo terreno era para todos, que hay casas que rechazan a ciertos cuerpos. usó esas palabras exactas. El tono subió. Le pedà que dejara de hacer brujerÃas, que si tenÃa algún problema con nosotros, lo dijera de frente, que nos dejara trabajar, que no era justo. Los clientes
25:10 ya nos miraban. Uno dejó de comer, otro se levantó de la banca y dio un paso hacia atrás. Entonces me dijo que si tanto querÃa saber cómo se hacÃa algo de verdad que me acercara. Que viera cómo se cocinaba lo que se mete al cuerpo. Y antes de que pudiera decir otra cosa, la mujer agarró el cucharón con aceite hirviendo y me lo arrojó directo al brazo. El lÃquido me cayó desde el hombro hasta el antebrazo. Grité en el acto. La piel cambió de color al momento. Rojo intenso. dolor punzante el comal seguÃa chisporroteando el joven que estaba sentado se levantó de golpe los otros hombres no supieron si intervenir o alejarse la señora empezó a decir en voz alta que yo la estaba amenazando que la habÃa querido agredir que se defendió como pudo lo gritaba con voz clara para que todos la oyeran con el brazo ardiendo no discutà Me alejé tambaleando. El dolor era caliente por dentro, como si algo se me hubiera metido bajo la piel. Un señor de un local cercano corrió a ayudarme. Me echó agua en el brazo, me dio un trapo limpio. Me acompañó hasta la farmacia más próxima.
26:26 No quise ir al hospital. No querÃa que mi esposa me viera en camilla. Ese mismo dÃa, después de calmarme un poco, fui a la policÃa. Llevaba el brazo vendado, todavÃa rojo y palpitante. Expliqué todo. No era la primera vez que oÃan el nombre de esa señora. HabÃa denuncias pasadas, pero ninguna tan directa. Esta vez tenÃa testigos. Dos hombres que estaban ahà se presentaron a declarar. Dijeron que yo nunca la toqué, que solo hablaba, que fue ella quien lanzó el aceite. La policÃa actuó rápido, la obligaron a cerrar el puesto, le dieron una orden de comparecencia, la detuvieron por agresión, estuvo encerrada 24 horas, no más, pero fue suficiente para que por fin se hablara de ella abiertamente.
27:17 Los rumores cambiaron de rumbo. Algunos vecinos que antes guardaban silencio empezaron a decir que ya sabÃan que esa mujer no era normal, que hacÃa cosas raras en la noche, que habÃan visto gatos muertos junto a su reja, que oÃan rezos en otro idioma. Una mujer del otro lado de la colonia dijo que ella le vendió un té para que su nuera abortara. El puesto de tacos no volvió a abrir esa semana. La señora no fue vista por dÃas. Con el brazo cubierto y el dolor latente, volvà a casa. No dije mucho, solo le conté lo justo a mi esposa. Ella se persignó, me preparó una infusión y me limpió la herida con agua de alumbre.
28:01 Pasaron varios dÃas sin señales de la señora. Nadie la vio en el puesto, ni en la tienda, ni caminando por las calles como solÃa hacerlo. Era como si se la hubiera tragado la tierra. Algunos decÃan que se habÃa ido por vergüenza. Otros pensaban que solo estaba esperando a que se calmara el escándalo. Mi brazo seguÃa rojo, pero ya no dolÃa como al principio. Se curaba lento, a veces me picaba, a veces se me entumecÃa un poco por la noche, pero era soportable. Empezaron a regresar algunos clientes al puesto de uno en uno en silencio. No preguntaban mucho, compraban, comÃan y se iban. Con eso bastaba.
28:46 Fue al quinto dÃa desde la detención de la señora que mi hijo menor amaneció pálido. No tenÃa fiebre, pero no quiso ni probar el desayuno. Dijo que le dolÃa la cabeza y que no querÃa moverse. Pensamos que era un resfriado. Lo arropamos, le dimos té con limón y lo dejamos descansar. Al dÃa siguiente no se levantó. No tenÃa fuerzas ni para sentarse. DecÃa que se sentÃa pesado, como si tuviera piedras pegadas a la espalda. Mi esposa se preocupó más. Lo llevó al centro de salud. El doctor lo revisó rápido. Dijo que era algo viral, que le diéramos suero y lo mantuviéramos hidratado, que descansara. Pero esa noche el niño empezó a sudar. No tenÃa fiebre, pero temblaba. No comÃa. Todo lo vomitaba. TenÃa los ojos hundidos, como si no hubiera dormido en dÃas. Cuando hablaba, lo hacÃa bajito, lento, con palabras sueltas. Me quedé viéndolo. Noté que respiraba con fuerza. No era jadeo, era como si cada respiración le costara, como si algo dentro del pecho se le estuviera haciendo más grande. Al amanecer me levanté antes que los demás, fui al frente a barrer como siempre, hice el mismo recorrido de todos los dÃas, pero al llegar al marco de la reja justo en el lugar donde meses atrás habÃa encontrado la muñeca, Vi un bulto envuelto en trapo negro. Era un paquete atado con hilo.
30:14 No lo abrà ahÃ. Fui por mi esposa. Le pedà que me acompañara al fondo del terreno, junto al tambo donde quemábamos la basura. Lo colocamos sobre una piedra y lo abrimos con un palo largo. El trapo estaba húmedo. Dentro habÃa tierra seca, cabellos largos y revueltos, un papel manchado con algo oscuro y un zapato viejo de niño, color azul desteñido. no era de mi hijo ninguno de los dos lo reconoció pero estaba gastado sucio y olÃa raro como a cosas enterradas lo eché al tambo y le prendà fuego se hizo un humo espeso mi esposa dijo que eso no podÃa ser coincidencia que alguien estaba apuntando directo al niño, regresamos a la casa, el niño seguÃa en la cama, no lloraba, no pedÃa nada, solo decÃa que tenÃa frÃo, lo tapamos con cobijas, le dimos un poco de agua, la vomitó a los pocos minutos, Mi hija, al verlo asÃ, preguntó si se iba a morir.
31:16 Mi esposa se agachó junto a la cama, le acarició el pelo y le dijo que no, que solo estaba muy débil, que se iba a mejorar. Pero yo no estaba seguro. Ya no pensaba que fuera un virus, ya no creÃa que se tratara de cansancio o comida contaminada. El cuerpo del niño estaba cambiando. Se le marcaban los hombros, los ojos se le veÃan más grandes. Y a ratos decÃa cosas sin sentido, como si hablara dormido. Esa noche, mientras todos dormÃan, me quedé sentado junto a su cama. No podÃa cerrar los ojos. Se me venÃa a la mente todo lo que habÃamos vivido. Lo de la muñeca, la rata en la olla, la hilaza, el aceite, el zapato.
32:01 Todo apuntaba hacia nosotros. Recordé que un cliente viejo, uno que pasaba cada viernes por empanadas, me habÃa contado de un hombre que rezaba fuerte. que no era curandero, que no cobraba, que solo leÃa la Biblia y decÃa oraciones para quitar cosas que no se veÃan. Le decÃan el que quitaba cargas. Era cristiano, pero no se metÃa en iglesias. Iba a casas. solo lo llamaban cuando era muy necesario pensé en eso mientras veÃa al niño dormir o al menos intentarlo respiraba profundo como si arrastrara algo a veces se quejaba bajito cuando mi esposa despertó le hablé de ese hombre le dije que no creÃa mucho en eso pero que no tenÃamos nada que perder Ella me tomó la mano y me dijo que lo buscáramos, que lo trajéramos lo más pronto posible. Lo importante era sacar lo que el niño llevaba encima, porque no era un virus, no era empacho, era otra cosa, y estaba más cerca de lo que creÃamos. Fui al mercado al amanecer. Fui directo a buscar al cliente viejo que, todos los viernes, se llevaba dos empanadas de piña. Lo encontré en una fruterÃa acomodando unas mandarinas en una bolsa. Le pregunté si todavÃa conocÃa al hombre que oraba fuerte, el que ayudaba con cargas. me miró con seriedad no se sorprendió como si ya supiera que en algún momento se lo iba a pedir me dijo que sà que el hombre se
33:33 llamaba silvestre que vivÃa rumbo a la carretera vieja a veinte minutos del pueblo antes de llegar a un rancho abandonado que era viudo callado pero que cuando oraba se le notaba la fuerza en la voz, que no era brujo ni curandero, que lo único que usaba era la Biblia. Me escribió la dirección en un papel de estraza. Me fui directo. Ni siquiera regresé al puesto. La casa de Silvestre era sencilla. Techo de lámina, paredes de bloc sin pintar. TenÃa una hamaca colgada bajo una enramada. él estaba sentado ahà descalzo leyendo una biblia con hojas marcadas ropa de mezclilla piel seca por el sol cabello canoso me saludó sin moverse me hizo una seña para que hablara le conté todo desde la muñeca en la reja hasta el zapato viejo envuelto en trapo negro le hablé del puesto de la señora de los tacos del brazo quemado del niño enfermo silvestre no me interrumpió Ni una sola vez, solo escuchó, mirando al suelo. Cuando terminé, me preguntó si en mi casa habÃa una Biblia. Le dije que sÃ, que la tenÃamos guardada en una caja desde que falleció la madre de mi esposa. No la usábamos, pero ahà estaba.
34:51 me dijo que la sacara que la dejara abierta en el salmo 35 sobre una mesa firme que nadie la tocara que él irÃa esa misma tarde y que si aparecÃa algo en la reja no lo moviéramos ni con un palo ni con la mirada que lo dejáramos ahà regresé corriendo abrà la caja donde guardábamos papeles viejos y encontré la biblia estaba empolvada con una flor seca adentro la puse sobre la mesa del comedor la abrà en la página indicada y la dejé ahà a las 5 y 40 silvestre llegó caminando llevaba una vela blanca en la mano izquierda una botella transparente con agua en la derecha y la biblia bajo el brazo no traÃa bolsa ni cruz ni medallas sólo eso entró al terreno sin saludar se paró frente al portón justo en el mismo lugar donde meses antes habÃa aparecido la muñeca No pidió que nadie saliera, solo dijo que no lo interrumpiéramos, que si el niño hacÃa ruido no lo calláramos, que si algo se escuchaba del monte no saliéramos a ver. Se paró firme frente a la reja, encendió la vela, la colocó en el suelo, abrió su Biblia y empezó a leer el Salmo 35 en voz alta, con fuerza. No gritaba, pero cada palabra retumbaba, como si su voz se metiera entre las láminas, entre las ramas del árbol, entre las paredes. Mi esposa abrazó a mi hija. Estaban en la sala, en silencio. El
36:23 niño seguÃa acostado. Respiraba hondo, como si cada respiro le costara. Cuando Silvestre llegó al verso 10, el niño comenzó a moverse. Al principio solo se agitó. Luego se quejó bajito. Después se retorció. CorrÃa al cuarto. Lo encontré sudando. TenÃa las uñas moradas, la cara pálida, los ojos muy abiertos. Empezó a toser fuerte, como si se estuviera ahogando, como si algo se le hubiera atorado. Silvestre entró al cuarto sin que nadie lo llamara. Caminó directo a la cama. Puso la Biblia a los pies del niño. Luego le puso la mano en la frente. Siguió leyendo, sin levantar la voz, sin cambiar el ritmo. El niño se dobló hacia un lado.
37:09 Empezó a vomitar. Al principio fue solo agua. Después salió algo más espeso, era negro, olor fuerte, como tierra mojada mezclada con cloro. El vómito salÃa sin esfuerzo, como si lo estuvieran exprimiendo. Mi hija lloraba, mi esposa rezaba en voz baja. Silvestre seguÃa leyendo. Cuando el niño terminó de vomitar, se desmayó. El pecho le subÃa y bajaba despacio. Pero ya no tenÃa la cara tensa. Ya no apretaba los puños. La piel le empezó a cambiar de color. Menos pálida. Más parecida a la de siempre. Silvestre se limpió la mano con un trapo. Cerró su biblia. Cuando terminamos de limpiar, Silvestre pidió un plato hondo. Fui por uno a la cocina.
37:58 Lo llenó con el agua que traÃa en su botella. Luego, sacó algo del bolsillo de su pantalón. Era una piedra triangular, de bordes lisos, con un grabado muy tenue. Igual a la que mi hijo habÃa encontrado semanas atrás en la tierra. Nos preguntó si reconocÃamos la forma. No pude contestar de inmediato. Me quedé mirándola. Era idéntica. Mi esposa se me acercó por detrás. También la reconoció. Silvestre nos explicó que esas piedras eran usadas en trabajos viejos, que soltar una en algún rincón del terreno habrÃa paso. No solo a la brujerÃa, sino a todo lo que la acompañaba. Podredumbre, enfermedad, pleitos, chismes, hambre, confusión.
38:44 Dijo que si alguien la encontraba y la guardaba, aunque fuera por curiosidad, aunque no creyera en nada, estaba guardando el canal. Era como dejar la puerta abierta de una casa esperando que algo entrara. Pensé de inmediato en la caja, aquella donde habÃa ido metiendo todo. La cruz de hilaza, el mechón de cabello, la hoja con cortes, la piedra del niño. Se la mostré a Silvestre. Le expliqué que no la habÃamos vuelto a abrir desde que metimos la última hoja marcada. Me pidió la caja y dijo que todo lo que estaba dentro debÃa ser quemado pero no sólo eso que cada uno mi esposa y yo debÃamos copiar a mano el salmo 35 con nuestra letra en papel nuevo esos papeles serÃan puestos encima del fuego Era la única forma de cerrar bien el canal que habÃamos dejado abierto.
39:38 Buscamos dos hojas blancas. Copiamos el salmo con tinta azul. Silvestre nos observaba. No nos apuraba. Cuando terminamos, sacamos la caja al fondo del terreno. La colocamos sobre el tambo viejo de lámina donde quemábamos la basura. Al abrirla, sentà el golpe del olor. Era como a animal muerto mezclado con trapo mojado. Todo adentro estaba húmedo, con una capa de moho verdoso, como si algo hubiera escupido por dentro. Mi esposa se tapó la boca. No pudo evitar soltar una arcada. Colocamos los papeles encima. Silvestre encendió la llama.
40:19 No usó cerillos. Sacó una veladora pequeña del bolsillo y le prendió fuego con su encendedor. Luego acercó la llama al papel. El fuego subió lento, pero estable. La llama no era naranja. Era azul, casi sin humo. ParecÃa moverse sin viento. Mientras ardÃa, Silvestre rezaba. No era el salmo, eran palabras sueltas, en voz baja, pero las decÃa con fuerza, como si hablara con alguien que estaba ahÃ, parado junto al tambo. Al final, cuando todo se redujo a ceniza, salió una bocanada de humo denso. No era gris, era oscuro, y olÃa a pelo mojado y carne vieja. Esa noche, por primera vez en semanas, el niño durmió sin moverse.
41:08 No vomitó, no sudó, no se quejó, parecÃa más liviano, respiraba mejor. A la mañana siguiente pidió agua, luego pan, más tarde un plato de arroz. No volvimos a encontrar hilazas, ni hojas, ni señales en la reja. Durante las siguientes semanas, el negocio se mantuvo estable, con menos clientela, pero sin miedo, sin tensión. La gente volvÃa poco a poco, no como antes, pero lo suficiente para vivir. Silvestre regresó solo una vez más. Fue a las tres de la tarde, un jueves. Saludó con respeto. nos dijo que el terreno ya estaba cerrado que no habÃa paso para lo que habÃan querido soltar ahà pero nos advirtió que si veÃamos de nuevo a la mujer no debÃamos hablarle ni responderle ni mirarla fijo que bastaba con cruzarnos con ella para que el canal se abriera de nuevo aunque fuera solo un poco y se fue Mi hijo tardó varias semanas en recuperar su peso.
42:13 SeguÃa delgado, pero ya comÃa mejor. A veces se quejaba de dolor en los hombros. DecÃa que los sentÃa pesados, como si aún cargara algo, pero se le fue quitando. Mi esposa no volvió a rezar en voz alta, pero dejó la Biblia abierta todo ese tiempo, en la misma página. Nunca la cerró. El negocio siguió. nunca como al principio, pero lo suficiente, ya sin voces extrañas, sin hilazas, sin objetos raros y sin miedo, nunca más volvimos a ver a la señora del puesto de tacos, alguien dijo que se habÃa cambiado de lugar, que vendÃa en otro barrio, más al norte, nunca fui a comprobarlo, nunca pasamos por esa calle.
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