Sacrificios A La Santa Muerte Historias De Terror - REDE

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Ofrenda a la Santa Muerte. Mi nombre es Betty. La historia que les voy a contar no me sucedió a mÃ, sino a mi comadre, Elena, pero estuve muy de cerca en los eventos que le ocurrieron a ella y a su familia. Estaba casada cuando mi esposo se fue a trabajar a los Estados Unidos y es que desde hace más de seis meses no he tenido noticias de él, asà que ya no sé si aún existe una relación. Tengo tres hijos de mi matrimonio, un niño de diez años, otro de ocho y mi pequeña elisa de siete años. Siempre he vivido en la misma colonia. Cuando estuve soltera, viviendo en la casa de mis padres. Luego, cuando me casé, buscamos un terreno para ir construyendo la casa. Poco a poco, La colonia en la que vivÃa era de bajos ingresos. Las personas se pudieron hacer de su espacio de tierra a un precio muy barato, porque era una zona y gil. Todo se encontraba sin fraccionar. Asà la consiguieron mis padres. Con el paso del tiempo, la colonia fue mejorando. Era un lugar tan olvidado y violento que era conocida como el lugar en el que mataban y enterraban a las personas que tenÃan la osadÃa de pasar por esa colonia. Por eso preferà reservarme el nombre del lugar. Nunca me habÃa gustado vivir ahÃ. Cuando crecà y le dije a mis padres que nos fuéramos a vivir a un lugar mejor. Mi madre me dijo que por qué era tan delicada si ahà habÃa nacido. Antes de casarnos, buscamos comprar un terreno en otro lugar, pero nuestro presupuesto no era para vivir en otra colonia, para lo que nos alcanzó fue para un espacio dentro de la misma colonia, en la calle en la que fuimos construyendo mi casa. También se fue a vivir Helena junto con su esposo y sus hijos. Cuando ellos llegaron ahÃ, ellos ya tenÃan cinco hijos muy pequeños. Sus condiciones económicas eran peores que la nuestra. Su esposo era albañil y ella apenas se daba tiempo para cuidar a sus hijos. Mi esposo también era albañil, asà que comenzaron a trabajar juntos mi esposo y el de Elena. Yo buscaba la manera de conseguir más ingresos sin descuidar a mis hijos. Empecé vendiendo bisuterÃa a mis conocidas. Después me fui a vender en el tianguis de la colonia. Al principio no contaba con un lugar propio. Me tenÃa que ir muy temprano para apuntarme en la lista de espera. Me asignaban un lugar de los que no asistÃan. VendÃa mi mercancÃa muy bien. Después los clientes me preguntaban por plata. Asà comencé a vender joyerÃa de plata. Con el paso del tiempo pude comprar un lugar en el tianguis. Asà fue como me fui haciendo de clientela que me permitÃa mejorar mis ingresos para esa época. Yo no conocÃa los dijes de la Santa muerte hasta que varias personas comenzaron a preguntarme por la bonita o la niña blanca. No sabÃa a qué se referÃan, hasta que me dijeron que era a la Santa muerte. No la tenÃa, pero empecé a buscarla y a tenerla. Me sorprendà mucho de que la vendÃa muy bien. HabÃa ocasiones en que me la pedÃan. Lo más grande que se pudiera asÃ. Comencé a ver a las personas que traÃan sus cadenas gruesas con el dije de la Santa muerte. Era algo en lo que yo no creÃa, pero respetaba las creencias de las personas. Además, me dejaba buena ganancia. Con frecuencia mi comadre, Elena, se veÃa en apuros económicos. Me pedÃa prestado para el gas, para completar el gasto o para la medicina de uno de sus hijos. Con mi negocio en el tianguis, yo ya no estaba tan apretada con el dinero porque, como mi esposo también era albañil. A veces tenÃa trabajo, pero en otras ocasiones no ya podÃamos salir adelante con lo que yo percibÃa. Pero la situación de mi comadre era distinta. Ella sólo contaba con los ingresos de su esposo. Ella me contaba que estaba cansada de de tanta miseria. Un dÃa, mi esposo me dijo que un amigo le habÃa dicho de cruzar para los Estados Unidos. Le dije que no era necesario. Cuando él no tenÃa trabajo, podÃamos salir adelante Con lo que yo ganaba. No era una cantidad muy fuerte, pero lo suficiente para cubrir las necesidades básicas. Ãl no estuvo de acuerdo y se fue cuando mi esposo se fue al norte, el marido de Elena se desanimó, ya no buscó trabajo, comenzó a beber de más y sin ningún ingreso. La situación se puso peor para ellos. Yo querÃa ayudar a mi comadre, pero no tenÃa los medios para hacerlo, porque ahora la responsabilidad económica de mi hogar habÃa recaÃdo sobre mÃ. No sabÃa hasta cuándo mi esposo me iba a mandar dinero con lágrimas de desesperación. Mi comadre iba a la casa. Yo le daba de la comida que cocinaba para mis hijos, pero eso no era suficiente. Todos los dÃas iba a mi casa, pero un dÃa ya no fue. Pasaron tres dÃas sin saber de ella. Fui a buscarla a su casa, sin encontrar a nadie. Se me hacÃa de lo más extraño ya hasta iba a reportar a la policÃa para que los buscaran. Iba saliendo de mi casa. Cuando los vi llegar a todos a mis compadres y sus hijos venÃan en un auto. Era un bocho de color blanco. TraÃan varias bolsas. ParecÃa que habÃan ido de compras al supermercado. Sólo lo saludé y me retiré muy extrañada. Hasta lo que sabÃa mi compadre no habÃa conseguido trabajo. Durante dos dÃas más. Mi comadre no fue a visitarme ni yo querÃa ir a su casa a incomodarla, hasta que ella fue a la mÃa. Me sentà sumamente intrigada, pensando que habÃa ocurrido para que ellos hubiesen mejorado sus ingresos económicos. Por supuesto que me daba mucho gusto. Sin embargo, habÃa sucedido muy rápido. Cuando llegó a la casa mi comadre, Elena, me dijo que la suerte les habÃa cambiado. Su su esposa habÃa ido a hacer un trabajo de albañilerÃa a una casa rica y como al patrón, le gustó mucho su trabajo. Lo contrató de manera permanente. Ahora ya tenÃa trabajo todos los dÃas. Además, le pagaba muy bien. Elena continuó diciéndome todas las cosas que habÃa comprado. Asà estuvo durante un rato y se marchó. A partir de ese dÃa, la veÃa muy poco. Ella se iba con sus hijos y regresaba hasta muy tarde. Me dio mucho gusto saber que sus apuros económicos habÃan terminado. En poco tiempo. Mi compadre comenzó a construir su casa, de tener una sola habitación para todos y un baño. Pasó a hacer una vivienda grande y bonita para ese. Entonces mi comadre me visitaba en algunas ocasiones. En pocos meses se notó que habÃan mejorado económicamente porque se deshicieron del bocho y se compraron una camioneta roja de doble cabina. No querÃa pensar mal, pero sospechaba que mi compadre no andaba en buenos pasos hasta Cresà que que se cambiarÃan a una colonia mejor, pero no fue asÃ. Ellos siguieron ahà con su notable progreso durante un tiempo. Para lo único que nos hablábamos mi comadre y yo era para darnos un saludo cordial desde lejos. Sin embargo, un lunes por la madrugada comenzaron a golpear con fuerza a mi puerta. Me levanté muy rápido, agarré un cuchillo de la cocina y pregunté quién era mi comadre. Lena se soltó llorando de inmediato le abrà la puerta. Ella iba descalza con sus cinco hijos también descalzos y somnolientos. Los acosté en el sillón de la sala y en mi cama para que se volvieran a dormir. Le pedà a Helena que se tranquilizara y me contara qué estaba ocurriendo. Apenas me iba a contar cuando escuché que de nuevo tocaban en la puerta muy fuerte. Elena se levantó muy asustada. Me dijo que no le abriera a su esposo tan sólo de verle su cara supuse que algo grave estaba sucediendo. Le dije que se marchara o llamarÃa a la policÃa. Ãl sacó una pistola y amenazante. Me dijo que si no le abrÃa la puerta, la iba a tumbar a balazos. Me retiré de la puerta y de inmediato marqué a los servicios de emergencia. Mientras que mi compadre seguÃa agresivo. Otro de los vecinos salió para tratar de calmarlo. Le dijo que se tranquilizara. Esa no era la forma de solucionar los problemas. Aún no terminaba de hablar. Cuando disparó dos balas al aire, el vecino no tuvo otra opción más que irse ya. Nadie se atrevió a confrontarlo. Enseguida empezó a patear la puerta. Creà que en cualquier momento entrarÃa, pero en eso vi las luces azules y rojas de la policÃa lo sometieron y se lo llevaron sólo hasta que mi comadre escuchó que ya no estaba entre llanto. Comenzó a decirme la manera en que su esposo conseguÃa el dinero. Me dijo que él trabajaba para un narcotraficante. Era él encargado de hacer el trabajo sucio. Por eso llevaba consigo un arma. Pero eso no era todo. Desde que empezó a trabajar ahà comenzó a ser devoto de la Santa. Hasta en su casa. HabÃa hecho un altar en toda una habitación. En ese momento recordé la devoción que muchas personas tenÃan a esa imagen, por lo que querÃan un dije de ella. Mi comadre continuó diciéndome que desde que su esposo se hizo creyente de la Santa, cambió mucho. Ãl se volvió violento hasta el grado de amenazarla con su arma. Pero lo peor no era eso, sino que comenzó a enseñarles a sus hijos que todos los dÃas debÃan besar a la Santa y darle gracias por la vida que ahora tenÃan. Si alguno de sus hijos no lo hacÃa, les daba un golpe muy fuerte. Mi comadre me dijo que ella creÃa que existÃa como un pacto entre él y la Santa, porque ella escuchaba a mi compadre platicar con alguien en la madrugada Se oÃan conversaciones en voz baja para calmar. A Helena le le dijera que sólo era una imagen que no podÃa tener vida. Quizás mi compadre hablaba con alguien por teléfono en alta voz o escuchaba algún tipo de serie que veÃa en el celular, pero de ahà a tener un vÃnculo con la Santa era muy distinto. Helena me dijo que fuera a su casa para comprobarlo. Le dije que ya era muy tarde. Al dÃa siguiente lo harÃamos, pero ella insistió. Me dijo que precisamente en la madrugada era cuando ella se hacÃa presente. Prácticamente me jaló del brazo para que fuéramos. Antes de salir. Fui a revisar a las habitaciones que los niños de mi comadre y los mÃos estuviesen descansando y nos fuimos a su casa, que prácticamente estaba enfrente de la mÃa. Desde el momento en que entramos a la casa antes de que elena encendiera la luz, sentà una atmósfera densa, como si el lugar estuviese invadido de energÃas pesadas. Al instante en el que ella prendió la luz, les puedo asegurar que vi algo negro que corrió hacia la oscuridad. No puedo determinar lo que era, pero habÃa un ente dentro de la casa enseguida que noté a alguien grité. Helena me dijo que ella también lo veÃa. Era como una sombra oscura que habitaba su casa durante el dÃa. No se dejaba ver, pero nada más oscurecÃa. La sombra comenzaba a notarse en las habitaciones, principalmente en la sala del altar de la Santa Muerte. Me sorprendà de ver un altar tan grande. Prácticamente toda la habitación de la entrada estaba dedicada a la Santa. HabÃa una imagen casi a mi tamaño, vestida de negro, con un tul sobre su cabeza alrededor, muchas veladoras encendidas, flores y ofrendas que a diario mi compadre le ponÃa. Helena me dijo que desde que su esposo llevó esa imagen a la casa, fue cuando comenzó a notarse que alguien venÃa con ella. DesconocÃa si era la misma Santa o un demonio, pero tenÃa miedo de que les pudiera suceder algo grave a sus pequeños, porque esa noche se habÃa enojado su esposo porque le dijo que llevarÃa a Paquito, el hijo más pequeño de Helena, a la casa de sus patrones. Ella se negó a que se lo llevara. Le dijo que no se lo iba a permitir. Ãl se enojó porque le explicó que se lo habÃa prometido a la Santa y no podÃa fallarle porque entonces a él le cobrarÃa con su vida. Cuando le preguntó para qué lo iba a llevar, le respondió con evasivas. Nunca le dio un fundamento real del propósito de llevarlo. Además, a las once de la noche no le pareció normal. Ese fue el motivo principal por el que estaba tan molesto y por eso recurrió a mÃ. Las dos siguientes noches. Mi comadre se quedó a dormir en mi casa junto con sus hijos. Al tercer dÃa, cuando mi compadre salió de la procuradurÃa, llegó golpeando la puerta. Por fortuna, ese dÃa habÃa decidido no ir al tianguies porque ya me imaginaba que iba a llegar en un Estado impertinente. Como no le abrà la puerta, mi compadre comenzó a soltar amenaza. Me dijo que no sólo me estaba poniendo en su contra, sino que también al de la Santa y que ella no se quedaba con nada. Siguió diciendo una serie de groserÃas hasta que Elena me dijo que se iba a ir a la casa. Con él. Le supliqué que no hiciera eso, pero ella me dijo que no tenÃa otra opción. Su esposo me podÃa lastimar a mà y eso no era justo. Asà que mi comadre agarró sus pequeños y se fue al lado de su marido. Antes de retirarse el gritó que no me iba a perdonar lo que hice enseguida que se marcharon, Me quedé pensando que mi compadre estaba muy cambiado en los años que llevaba conociéndolo. Era la primera vez que se ponÃa asà de grosero y agresivo. Se llevó a su familia por varios dÃas, ya no supe de mi comadre ni de sus hijos. Sospechaba que los mantenÃa encerrados con llave porque los niños no asistieron ni al kinder ni a la primaria. Me preocupaba la integridad de ellos, pero no tenÃa forma de saber cómo se encontraban. DÃas después me fui a vender al tianguis. No podÃa darme el lujo de faltar muchos dÃas, porque eso implicarÃa que no tuviera ingresos, por lo que dejé de pensar en mi comadre y sus problemas y pensar en resolver los mÃos. Ese dÃa era domingo, llegó mi compadre a mi puesto del tianguis. Se portó amable y decente, como yo lo conocÃa de inmediato. Le pregunté por Helena y sus hijos. Me dijo que ellos se encontraban muy bien. Dudé de su respuesta. Sin embargo, no tuve otra opción más que creerle. Mi compadre buscaba dijes de la Santa Muerte. Le mostré los que tenÃa. Me dijo que los querÃa más grandes, sobre todo el que iba a ser para él. Además, me pidió un dije para Helena y para cada uno de sus hijos. Le dije que no tenÃa, pero que podÃa conseguirlos pronto. Ãl estuvo de acuerdo. Me dijo que en cuanto los tuviera, se los llevará a su casa. Asà de paso, podÃa ver a Helena y a los niños con rapidez le conseguà y todos los dijes que me pidió mi compadre. No sólo me importaba la ganancia que iba a obtener, sino que me interesaba saber cuál era el estado de Helena y sus hijos. Desde el momento en que toqué en la puerta de su casa comencé a sentir un escalofrÃo inusual. No entendÃa lo que me pasaba. Creà que estaba sugestionada por lo que habÃa visto el otro dÃa. Me abrió la puerta. Mi compadre de nuevo estaba muy amable. Me invitó a sentarme en la sala. Le dije que querÃa ver a Helena. Me pidió que tuviese paciencia. Todo a su tiempo. Me quedé viendo alrededor del altar de la Santa y la manera en que estaban acomodadas tantas flores. Además, sentÃa como si alguien me estuviera observando, pero no podÃa determinar de qué se trataba. Luego salió Helena detrás de ella a sus niños. Ellos corrieron a abrazarme muy asustado. Mi compadre se salió asà que pudimos platicar libremente. Helena me dijo que todo se habÃa vuelto peor. Ahora tenÃa la certeza de que su esposo sà platicaba con alguien toda la madrugada. Estuvo sentado a un lado de la Santa. Ãl estaba desquiciado, no sabÃa qué decirle a mi comadre ni cómo la podÃa ayudar. De pronto comencé a sentir la presencia de algo en la habitación. Le pregunté si ella también se daba cuenta de que habÃa una fuerza pesada. Ahà no les puedo describir. La sensación que tuve era como si un espeso o humo negro que consumÃa nuestra energÃa estuviera presente un ser vaporoso que nos hacÃa tener temor. Era siniestro de pronto salà de ese miedo porque comencé a escuchar gritos en la calle. Era un vecino que gritaba mi nombre. Al mismo tiempo oà a mi hija, elisa que lloraba salà despavorida de la casa de Helena. En efecto, mi compadre estaba completamente loco. Llevaba entre sus brazos a mi hija mientras le tapaba la boca para que no gritara. Me dejé ir tras de él. O o o o compadre de inmediato nos atemorizó con su arma. Dijo que lo dejáramos en paz o se llevarÃa entre las patas al que se lo impidiera. Con Lo que no contaba era que otro de los vecinos le llegó por atrás y le dio varios golpes con una tabla en la espalda. Después en la cabeza que hizo que soltara a mi pequeña ella de inmediato corrió a mis brazos. Por un momento, mi compadre quedó atontado. Yo corrà con mi hija a mi casa y me encerré. Ya no quise llamar a la policÃa. SabÃa que sólo lo tendrÃan detenido por tres dÃas antes de que el abogado de su patrón fuera a sacarlo. Todos los vecinos hicieron lo mismo. Se fueron a encerrar a sus casas por temor a la reacción de él, pero ya no hizo nada. Se levantó tambaleándose y se fue a su casa. No quise ni imaginar lo que podrÃa hacerle a mi comadre, pero también entendà que tenÃa que proteger a mis hijos. Ya no volvà a ir a su casa esa noche. Casi no pude descansar pensar. SentÃa que en cualquier momento iba a mi compadre a tocar la puerta de forma agresiva, amenazando con su arma Después que calmé a mis hijos y se pudieron dormir, me fui a la sala. Estuve todo el tiempo con la luz apagada para que mi compadre no se diera cuenta de mi presencia. Desde ahà podÃa ver si él salÃa de su casa. Eran casi las dos de la mañana cuando me estaba quedando dormida en el sillón de la casa. Creà que ya todo se encontraba tranquilo, asà que me iba a acostar en mi habitación. De repente vi a través de la ventana como salió mi compadre sigilosamente, pero no iba solo detrás de él. Iba alguien más por lo oscuro de la calle. Casi no pude distinguir quién era. Sólo vi a una silueta oscura alta y delgada que lo seguÃa ya no supe a dónde iban, porque se fueron lejos de mi alcance. TodavÃa me quedé otra hora más esperando que regresaran, pero no lo hicieron. Ya me sentÃa muy cansada, por lo que me fui a dormir muy temprano. Por la mañana escuché unos gritos de una mujer. Ella gritaba desesperada, pero no alcanzaba a entenderle lo que decÃa. Vi el reloj eran las seis de la mañana me incorporé para ver de qué se trataba. Era mi vecina, Dolores. Ella salió con muy poca ropa. Era tanta su desesperación que gritaba como desquiciada. SalÃa a la calle para ver si la podÃa ayudar en algo. No era la única. Varios de los vecinos salimos en su auxilio. Ella gritaba el nombre de su pequeña ana. DecÃa que habÃa desaparecido de su habitación. De inmediato. Se llamó a los servicios de urgencia primero para que trataran de calmar a Dolores, porque creÃmos que podÃa hacerse daño por el estado en el que se encontraba. Poco a poco se fue serenando con los tranquilizantes que le pusieron llorando entrecortadamente. Nos dijo que anoche todo estaba normal. Acostó a sus hijos junto con su pequeña ana y por la mañana que se levantó para taparlos. Ella ya no se encontraba en su cama. La buscó por toda la casa sin encontrarla. Una de las vecinas le dijo que quizás estaba debajo de una cama. Ella respondió que no estaba en ningún lado. Su pequeña hija habÃa desaparecido. La policÃa buscó en cada rincón de la casa sin encontrarla. Se dio la alerta a Amber para su localización, sin conseguir nada. Hasta la fecha, la niña no apareció. Quizás fue aventurado de mi parte, pero le comenté a la policÃa que sospechaba de mi compadre, porque él primero se quiso llevar a su hijo, después a mi hija. Finalmente logró hacerlo con la hija de dolores. A él le hicieron las investigaciones necesarias sin encontrar lo responsable de la desaparición de la pequeña. Lo que sÃ, me di cuenta que él cada dÃa fue más próspero me alejé de esa familia por temor a que mi compadre tomara represalias en mi contra. No sé mucho sobre la Santa muerte. Mis clientes la han buscado como la milagrosa la Niña blanca, pero yo he creÃdo que era más bien un demonio, al cual si no le cumples sus peticiones, te cobrará con tu propia vida. Relato escrito y adaptado por Adriana Cuevas








