Oct. 25, 2023

Sacrificios A La Santa Muerte Historias De Terror - REDE

Sacrificios A La Santa Muerte Historias De Terror - REDE

¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd

Apple Podcasts podcast player badge
Spotify podcast player badge
Castro podcast player badge
RSS Feed podcast player badge
Apple Podcasts podcast player iconSpotify podcast player iconCastro podcast player iconRSS Feed podcast player icon

¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd

Ofrenda a la Santa Muerte. Mi nombre es Betty. La historia que les voy a contar no me sucedió a mí, sino a mi comadre, Elena, pero estuve muy de cerca en los eventos que le ocurrieron a ella y a su familia. Estaba casada cuando mi esposo se fue a trabajar a los Estados Unidos y es que desde hace más de seis meses no he tenido noticias de él, así que ya no sé si aún existe una relación. Tengo tres hijos de mi matrimonio, un niño de diez años, otro de ocho y mi pequeña elisa de siete años. Siempre he vivido en la misma colonia. Cuando estuve soltera, viviendo en la casa de mis padres. Luego, cuando me casé, buscamos un terreno para ir construyendo la casa. Poco a poco, La colonia en la que vivía era de bajos ingresos. Las personas se pudieron hacer de su espacio de tierra a un precio muy barato, porque era una zona y gil. Todo se encontraba sin fraccionar. Así la consiguieron mis padres. Con el paso del tiempo, la colonia fue mejorando. Era un lugar tan olvidado y violento que era conocida como el lugar en el que mataban y enterraban a las personas que tenían la osadía de pasar por esa colonia. Por eso preferí reservarme el nombre del lugar. Nunca me había gustado vivir ahí. Cuando crecí y le dije a mis padres que nos fuéramos a vivir a un lugar mejor. Mi madre me dijo que por qué era tan delicada si ahí había nacido. Antes de casarnos, buscamos comprar un terreno en otro lugar, pero nuestro presupuesto no era para vivir en otra colonia, para lo que nos alcanzó fue para un espacio dentro de la misma colonia, en la calle en la que fuimos construyendo mi casa. También se fue a vivir Helena junto con su esposo y sus hijos. Cuando ellos llegaron ahí, ellos ya tenían cinco hijos muy pequeños. Sus condiciones económicas eran peores que la nuestra. Su esposo era albañil y ella apenas se daba tiempo para cuidar a sus hijos. Mi esposo también era albañil, así que comenzaron a trabajar juntos mi esposo y el de Elena. Yo buscaba la manera de conseguir más ingresos sin descuidar a mis hijos. Empecé vendiendo bisutería a mis conocidas. Después me fui a vender en el tianguis de la colonia. Al principio no contaba con un lugar propio. Me tenía que ir muy temprano para apuntarme en la lista de espera. Me asignaban un lugar de los que no asistían. Vendía mi mercancía muy bien. Después los clientes me preguntaban por plata. Así comencé a vender joyería de plata. Con el paso del tiempo pude comprar un lugar en el tianguis. Así fue como me fui haciendo de clientela que me permitía mejorar mis ingresos para esa época. Yo no conocía los dijes de la Santa muerte hasta que varias personas comenzaron a preguntarme por la bonita o la niña blanca. No sabía a qué se referían, hasta que me dijeron que era a la Santa muerte. No la tenía, pero empecé a buscarla y a tenerla. Me sorprendí mucho de que la vendía muy bien. Había ocasiones en que me la pedían. Lo más grande que se pudiera así. Comencé a ver a las personas que traían sus cadenas gruesas con el dije de la Santa muerte. Era algo en lo que yo no creía, pero respetaba las creencias de las personas. Además, me dejaba buena ganancia. Con frecuencia mi comadre, Elena, se veía en apuros económicos. Me pedía prestado para el gas, para completar el gasto o para la medicina de uno de sus hijos. Con mi negocio en el tianguis, yo ya no estaba tan apretada con el dinero porque, como mi esposo también era albañil. A veces tenía trabajo, pero en otras ocasiones no ya podíamos salir adelante con lo que yo percibía. Pero la situación de mi comadre era distinta. Ella sólo contaba con los ingresos de su esposo. Ella me contaba que estaba cansada de de tanta miseria. Un día, mi esposo me dijo que un amigo le había dicho de cruzar para los Estados Unidos. Le dije que no era necesario. Cuando él no tenía trabajo, podíamos salir adelante Con lo que yo ganaba. No era una cantidad muy fuerte, pero lo suficiente para cubrir las necesidades básicas. Él no estuvo de acuerdo y se fue cuando mi esposo se fue al norte, el marido de Elena se desanimó, ya no buscó trabajo, comenzó a beber de más y sin ningún ingreso. La situación se puso peor para ellos. Yo quería ayudar a mi comadre, pero no tenía los medios para hacerlo, porque ahora la responsabilidad económica de mi hogar había recaído sobre mí. No sabía hasta cuándo mi esposo me iba a mandar dinero con lágrimas de desesperación. Mi comadre iba a la casa. Yo le daba de la comida que cocinaba para mis hijos, pero eso no era suficiente. Todos los días iba a mi casa, pero un día ya no fue. Pasaron tres días sin saber de ella. Fui a buscarla a su casa, sin encontrar a nadie. Se me hacía de lo más extraño ya hasta iba a reportar a la policía para que los buscaran. Iba saliendo de mi casa. Cuando los vi llegar a todos a mis compadres y sus hijos venían en un auto. Era un bocho de color blanco. Traían varias bolsas. Parecía que habían ido de compras al supermercado. Sólo lo saludé y me retiré muy extrañada. Hasta lo que sabía mi compadre no había conseguido trabajo. Durante dos días más. Mi comadre no fue a visitarme ni yo quería ir a su casa a incomodarla, hasta que ella fue a la mía. Me sentí sumamente intrigada, pensando que había ocurrido para que ellos hubiesen mejorado sus ingresos económicos. Por supuesto que me daba mucho gusto. Sin embargo, había sucedido muy rápido. Cuando llegó a la casa mi comadre, Elena, me dijo que la suerte les había cambiado. Su su esposa había ido a hacer un trabajo de albañilería a una casa rica y como al patrón, le gustó mucho su trabajo. Lo contrató de manera permanente. Ahora ya tenía trabajo todos los días. Además, le pagaba muy bien. Elena continuó diciéndome todas las cosas que había comprado. Así estuvo durante un rato y se marchó. A partir de ese día, la veía muy poco. Ella se iba con sus hijos y regresaba hasta muy tarde. Me dio mucho gusto saber que sus apuros económicos habían terminado. En poco tiempo. Mi compadre comenzó a construir su casa, de tener una sola habitación para todos y un baño. Pasó a hacer una vivienda grande y bonita para ese. Entonces mi comadre me visitaba en algunas ocasiones. En pocos meses se notó que habían mejorado económicamente porque se deshicieron del bocho y se compraron una camioneta roja de doble cabina. No quería pensar mal, pero sospechaba que mi compadre no andaba en buenos pasos hasta Cresí que que se cambiarían a una colonia mejor, pero no fue así. Ellos siguieron ahí con su notable progreso durante un tiempo. Para lo único que nos hablábamos mi comadre y yo era para darnos un saludo cordial desde lejos. Sin embargo, un lunes por la madrugada comenzaron a golpear con fuerza a mi puerta. Me levanté muy rápido, agarré un cuchillo de la cocina y pregunté quién era mi comadre. Lena se soltó llorando de inmediato le abrí la puerta. Ella iba descalza con sus cinco hijos también descalzos y somnolientos. Los acosté en el sillón de la sala y en mi cama para que se volvieran a dormir. Le pedí a Helena que se tranquilizara y me contara qué estaba ocurriendo. Apenas me iba a contar cuando escuché que de nuevo tocaban en la puerta muy fuerte. Elena se levantó muy asustada. Me dijo que no le abriera a su esposo tan sólo de verle su cara supuse que algo grave estaba sucediendo. Le dije que se marchara o llamaría a la policía. Él sacó una pistola y amenazante. Me dijo que si no le abría la puerta, la iba a tumbar a balazos. Me retiré de la puerta y de inmediato marqué a los servicios de emergencia. Mientras que mi compadre seguía agresivo. Otro de los vecinos salió para tratar de calmarlo. Le dijo que se tranquilizara. Esa no era la forma de solucionar los problemas. Aún no terminaba de hablar. Cuando disparó dos balas al aire, el vecino no tuvo otra opción más que irse ya. Nadie se atrevió a confrontarlo. Enseguida empezó a patear la puerta. Creí que en cualquier momento entraría, pero en eso vi las luces azules y rojas de la policía lo sometieron y se lo llevaron sólo hasta que mi comadre escuchó que ya no estaba entre llanto. Comenzó a decirme la manera en que su esposo conseguía el dinero. Me dijo que él trabajaba para un narcotraficante. Era él encargado de hacer el trabajo sucio. Por eso llevaba consigo un arma. Pero eso no era todo. Desde que empezó a trabajar ahí comenzó a ser devoto de la Santa. Hasta en su casa. Había hecho un altar en toda una habitación. En ese momento recordé la devoción que muchas personas tenían a esa imagen, por lo que querían un dije de ella. Mi comadre continuó diciéndome que desde que su esposo se hizo creyente de la Santa, cambió mucho. Él se volvió violento hasta el grado de amenazarla con su arma. Pero lo peor no era eso, sino que comenzó a enseñarles a sus hijos que todos los días debían besar a la Santa y darle gracias por la vida que ahora tenían. Si alguno de sus hijos no lo hacía, les daba un golpe muy fuerte. Mi comadre me dijo que ella creía que existía como un pacto entre él y la Santa, porque ella escuchaba a mi compadre platicar con alguien en la madrugada Se oían conversaciones en voz baja para calmar. A Helena le le dijera que sólo era una imagen que no podía tener vida. Quizás mi compadre hablaba con alguien por teléfono en alta voz o escuchaba algún tipo de serie que veía en el celular, pero de ahí a tener un vínculo con la Santa era muy distinto. Helena me dijo que fuera a su casa para comprobarlo. Le dije que ya era muy tarde. Al día siguiente lo haríamos, pero ella insistió. Me dijo que precisamente en la madrugada era cuando ella se hacía presente. Prácticamente me jaló del brazo para que fuéramos. Antes de salir. Fui a revisar a las habitaciones que los niños de mi comadre y los míos estuviesen descansando y nos fuimos a su casa, que prácticamente estaba enfrente de la mía. Desde el momento en que entramos a la casa antes de que elena encendiera la luz, sentí una atmósfera densa, como si el lugar estuviese invadido de energías pesadas. Al instante en el que ella prendió la luz, les puedo asegurar que vi algo negro que corrió hacia la oscuridad. No puedo determinar lo que era, pero había un ente dentro de la casa enseguida que noté a alguien grité. Helena me dijo que ella también lo veía. Era como una sombra oscura que habitaba su casa durante el día. No se dejaba ver, pero nada más oscurecía. La sombra comenzaba a notarse en las habitaciones, principalmente en la sala del altar de la Santa Muerte. Me sorprendí de ver un altar tan grande. Prácticamente toda la habitación de la entrada estaba dedicada a la Santa. Había una imagen casi a mi tamaño, vestida de negro, con un tul sobre su cabeza alrededor, muchas veladoras encendidas, flores y ofrendas que a diario mi compadre le ponía. Helena me dijo que desde que su esposo llevó esa imagen a la casa, fue cuando comenzó a notarse que alguien venía con ella. Desconocía si era la misma Santa o un demonio, pero tenía miedo de que les pudiera suceder algo grave a sus pequeños, porque esa noche se había enojado su esposo porque le dijo que llevaría a Paquito, el hijo más pequeño de Helena, a la casa de sus patrones. Ella se negó a que se lo llevara. Le dijo que no se lo iba a permitir. Él se enojó porque le explicó que se lo había prometido a la Santa y no podía fallarle porque entonces a él le cobraría con su vida. Cuando le preguntó para qué lo iba a llevar, le respondió con evasivas. Nunca le dio un fundamento real del propósito de llevarlo. Además, a las once de la noche no le pareció normal. Ese fue el motivo principal por el que estaba tan molesto y por eso recurrió a mí. Las dos siguientes noches. Mi comadre se quedó a dormir en mi casa junto con sus hijos. Al tercer día, cuando mi compadre salió de la procuraduría, llegó golpeando la puerta. Por fortuna, ese día había decidido no ir al tianguies porque ya me imaginaba que iba a llegar en un Estado impertinente. Como no le abrí la puerta, mi compadre comenzó a soltar amenaza. Me dijo que no sólo me estaba poniendo en su contra, sino que también al de la Santa y que ella no se quedaba con nada. Siguió diciendo una serie de groserías hasta que Elena me dijo que se iba a ir a la casa. Con él. Le supliqué que no hiciera eso, pero ella me dijo que no tenía otra opción. Su esposo me podía lastimar a mí y eso no era justo. Así que mi comadre agarró sus pequeños y se fue al lado de su marido. Antes de retirarse el gritó que no me iba a perdonar lo que hice enseguida que se marcharon, Me quedé pensando que mi compadre estaba muy cambiado en los años que llevaba conociéndolo. Era la primera vez que se ponía así de grosero y agresivo. Se llevó a su familia por varios días, ya no supe de mi comadre ni de sus hijos. Sospechaba que los mantenía encerrados con llave porque los niños no asistieron ni al kinder ni a la primaria. Me preocupaba la integridad de ellos, pero no tenía forma de saber cómo se encontraban. Días después me fui a vender al tianguis. No podía darme el lujo de faltar muchos días, porque eso implicaría que no tuviera ingresos, por lo que dejé de pensar en mi comadre y sus problemas y pensar en resolver los míos. Ese día era domingo, llegó mi compadre a mi puesto del tianguis. Se portó amable y decente, como yo lo conocía de inmediato. Le pregunté por Helena y sus hijos. Me dijo que ellos se encontraban muy bien. Dudé de su respuesta. Sin embargo, no tuve otra opción más que creerle. Mi compadre buscaba dijes de la Santa Muerte. Le mostré los que tenía. Me dijo que los quería más grandes, sobre todo el que iba a ser para él. Además, me pidió un dije para Helena y para cada uno de sus hijos. Le dije que no tenía, pero que podía conseguirlos pronto. Él estuvo de acuerdo. Me dijo que en cuanto los tuviera, se los llevará a su casa. Así de paso, podía ver a Helena y a los niños con rapidez le conseguí y todos los dijes que me pidió mi compadre. No sólo me importaba la ganancia que iba a obtener, sino que me interesaba saber cuál era el estado de Helena y sus hijos. Desde el momento en que toqué en la puerta de su casa comencé a sentir un escalofrío inusual. No entendía lo que me pasaba. Creí que estaba sugestionada por lo que había visto el otro día. Me abrió la puerta. Mi compadre de nuevo estaba muy amable. Me invitó a sentarme en la sala. Le dije que quería ver a Helena. Me pidió que tuviese paciencia. Todo a su tiempo. Me quedé viendo alrededor del altar de la Santa y la manera en que estaban acomodadas tantas flores. Además, sentía como si alguien me estuviera observando, pero no podía determinar de qué se trataba. Luego salió Helena detrás de ella a sus niños. Ellos corrieron a abrazarme muy asustado. Mi compadre se salió así que pudimos platicar libremente. Helena me dijo que todo se había vuelto peor. Ahora tenía la certeza de que su esposo sí platicaba con alguien toda la madrugada. Estuvo sentado a un lado de la Santa. Él estaba desquiciado, no sabía qué decirle a mi comadre ni cómo la podía ayudar. De pronto comencé a sentir la presencia de algo en la habitación. Le pregunté si ella también se daba cuenta de que había una fuerza pesada. Ahí no les puedo describir. La sensación que tuve era como si un espeso o humo negro que consumía nuestra energía estuviera presente un ser vaporoso que nos hacía tener temor. Era siniestro de pronto salí de ese miedo porque comencé a escuchar gritos en la calle. Era un vecino que gritaba mi nombre. Al mismo tiempo oí a mi hija, elisa que lloraba salí despavorida de la casa de Helena. En efecto, mi compadre estaba completamente loco. Llevaba entre sus brazos a mi hija mientras le tapaba la boca para que no gritara. Me dejé ir tras de él. O o o o compadre de inmediato nos atemorizó con su arma. Dijo que lo dejáramos en paz o se llevaría entre las patas al que se lo impidiera. Con Lo que no contaba era que otro de los vecinos le llegó por atrás y le dio varios golpes con una tabla en la espalda. Después en la cabeza que hizo que soltara a mi pequeña ella de inmediato corrió a mis brazos. Por un momento, mi compadre quedó atontado. Yo corrí con mi hija a mi casa y me encerré. Ya no quise llamar a la policía. Sabía que sólo lo tendrían detenido por tres días antes de que el abogado de su patrón fuera a sacarlo. Todos los vecinos hicieron lo mismo. Se fueron a encerrar a sus casas por temor a la reacción de él, pero ya no hizo nada. Se levantó tambaleándose y se fue a su casa. No quise ni imaginar lo que podría hacerle a mi comadre, pero también entendí que tenía que proteger a mis hijos. Ya no volví a ir a su casa esa noche. Casi no pude descansar pensar. Sentía que en cualquier momento iba a mi compadre a tocar la puerta de forma agresiva, amenazando con su arma Después que calmé a mis hijos y se pudieron dormir, me fui a la sala. Estuve todo el tiempo con la luz apagada para que mi compadre no se diera cuenta de mi presencia. Desde ahí podía ver si él salía de su casa. Eran casi las dos de la mañana cuando me estaba quedando dormida en el sillón de la casa. Creí que ya todo se encontraba tranquilo, así que me iba a acostar en mi habitación. De repente vi a través de la ventana como salió mi compadre sigilosamente, pero no iba solo detrás de él. Iba alguien más por lo oscuro de la calle. Casi no pude distinguir quién era. Sólo vi a una silueta oscura alta y delgada que lo seguía ya no supe a dónde iban, porque se fueron lejos de mi alcance. Todavía me quedé otra hora más esperando que regresaran, pero no lo hicieron. Ya me sentía muy cansada, por lo que me fui a dormir muy temprano. Por la mañana escuché unos gritos de una mujer. Ella gritaba desesperada, pero no alcanzaba a entenderle lo que decía. Vi el reloj eran las seis de la mañana me incorporé para ver de qué se trataba. Era mi vecina, Dolores. Ella salió con muy poca ropa. Era tanta su desesperación que gritaba como desquiciada. Salía a la calle para ver si la podía ayudar en algo. No era la única. Varios de los vecinos salimos en su auxilio. Ella gritaba el nombre de su pequeña ana. Decía que había desaparecido de su habitación. De inmediato. Se llamó a los servicios de urgencia primero para que trataran de calmar a Dolores, porque creímos que podía hacerse daño por el estado en el que se encontraba. Poco a poco se fue serenando con los tranquilizantes que le pusieron llorando entrecortadamente. Nos dijo que anoche todo estaba normal. Acostó a sus hijos junto con su pequeña ana y por la mañana que se levantó para taparlos. Ella ya no se encontraba en su cama. La buscó por toda la casa sin encontrarla. Una de las vecinas le dijo que quizás estaba debajo de una cama. Ella respondió que no estaba en ningún lado. Su pequeña hija había desaparecido. La policía buscó en cada rincón de la casa sin encontrarla. Se dio la alerta a Amber para su localización, sin conseguir nada. Hasta la fecha, la niña no apareció. Quizás fue aventurado de mi parte, pero le comenté a la policía que sospechaba de mi compadre, porque él primero se quiso llevar a su hijo, después a mi hija. Finalmente logró hacerlo con la hija de dolores. A él le hicieron las investigaciones necesarias sin encontrar lo responsable de la desaparición de la pequeña. Lo que sí, me di cuenta que él cada día fue más próspero me alejé de esa familia por temor a que mi compadre tomara represalias en mi contra. No sé mucho sobre la Santa muerte. Mis clientes la han buscado como la milagrosa la Niña blanca, pero yo he creído que era más bien un demonio, al cual si no le cumples sus peticiones, te cobrará con tu propia vida. Relato escrito y adaptado por Adriana Cuevas