Jan. 12, 2024

Relatos Compartidos Por Suscriptores Historias De Terror - REDE

Relatos Compartidos Por Suscriptores Historias De Terror - REDE

¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd

Apple Podcasts podcast player badge
Spotify podcast player badge
Castro podcast player badge
RSS Feed podcast player badge
Apple Podcasts podcast player iconSpotify podcast player iconCastro podcast player iconRSS Feed podcast player icon

¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd

Relato de Patricia Ramírez Flores. Mi nombre es Patricia y soy originaria de Jalisco, específicamente de Guadalajara. Al llegar a la preparatoria me hice novia de Pedro, un chico sensacional que había sido mi amigo durante muchos años. Nos llevábamos de maravilla y éramos la pareja perfecta. Mi familia aprobaba nuestra relación, ya que conocían a Pedro y sabían que era un buen chico. Sin embargo, algunos años después de iniciar nuestra relación, experimenté algunos cambios. Siempre estaba de mal humor, me encerraba en mi cuarto, rechazaba invitaciones y respondía groseramente a Pedro. Nuestra relación, que había sido perfecta durante años, se vio afectada por constantes peleas tontas e incomprensibles. Mis amigas empezaron a distanciarse de mí y pedro. A pesar de quererme decidió poner fin a nuestra relación. Me aparté de las fiestas y me aislé. Mi mamá y mi hermana menor notaron mi cambio y, a pesar de mis momentos oscuros, me apoyaron. Mi mamá con calma, me cuidaba y me acompañaba todo el tiempo. Fue durante esa festividad que mi mamá me sacó de la oscuridad de mi cuarto para disfrutar de unos plátanos fritos. Mientras caminábamos, mi ánimo cambió. Observamos a lo lejos a un señor que llevaba una jaula en el que había cartas y un pájaro. Este hombre, con su jaula llena de cartas, invitaba a la gente a que el pájaro sacara una carta y esa carta de alguna manera revelaría algo sobre su suerte, como si fuera una especie de lectura de tarot pero hecha por un pájaro. Mi mamá, entusiasmada, me convenció de participar. Nos formamos junto a otras personas para que el pájaro eligiera la carta. Justo cuando estábamos a punto de llegar el compañero del pajarero, el otro hombre que estaba allí, se se se acercó directamente a mí, Tomó mi brazo y me pidió que lo acompañara, diciendo que necesitaba decirme algo importante. Acepté sorprendida y nos apartamos unos pocos pasos. Mi mamá, intrigada, nos observaba desde la distancia. El hombre me informó que alguien estaba haciéndome daño, dos mujeres en específico. Me advirtió que estaba en riesgo y que debía ocuparme de la situación, pero él no podía ayudarme. Sólo podía ver el peligro Después de su revelación, regresó a su lugar. Aunque insistí en pagarle. El hombre no aceptó dinero por su consulta. Nos retiramos de allí. Mi mamá sorprendida y, por supuesto, espantada. Mientras esto sucedía, descubrí que mi ex novio estaba saliendo con dos de mis amigas cercanas. Ellas lo invitaban a fiestas todo el tiempo y la gente, que no sabía que habíamos terminado, se preguntaban por qué no iba yo. Se preguntaban por qué. Mis amigas andaban de fiesta en fiesta con él. El tipo estaba feliz, pero yo continuaba hundiéndome en la tristeza. Cuando llegó el momento de ir a la Universidad, nos mudamos a una casa nueva, en un barrio diferente. Afortunadamente, en la Universidad comencé a recuperarme conocí nuevas personas, me relacioné con ellas y un día, durante una charla con amigas, compartí la historia del pajarero. Una de mis nuevas amigas sugirió que fuéramos a ver a una señora que conocía, alguien que podía ayudarme a liberarme de esa extraña oscuridad que aún me dominaba. Aunque dudaba, acepté la propuesta de mi amiga dispuesta a intentar cualquier cosa que pudiera aliviar esa carga en mi interior. Diez después, decidí dar un paseo con mis amigas y visitar a la mujer que supuestamente podría ayudarme al tocarle la mano. La mujer repitió exactamente lo mismo que el compañero del pajarero. Dos mujeres jóvenes estaban causándome daño un conflictos en onda mental relacionado con un hombre. Sin revelarme quiénes eran. Me dijo que necesitaba traerle ciertas cosas para que pudiera ayudarme, ya que el trabajo que me habían hecho era peligroso. En ese momento intenté agradecerle, pero mi mandíbula se trabó, temblaba como si estuviera en un congelador incapaz de pronunciar palabra. La mujer se acercó, me miró, me tocó y dijo que me habían hecho un trabajo para silenciarme. Por eso no podía hablar. Me tranquilizó diciéndome que no me preocupara, pero necesitaba traer lo que ella pedía. Al salir de allí, mis mandíbulas se liberaron y pude hablar. Dejé a mis amigas y continué sola, aunque no estaba realmente interesada en todo esto. Recé en el camino aferrándome a mis creencias religiosas, pidiendo a Dios una señal de que todo estaría bien. Estaba desesperada y había pensado en la muerte muchas veces debido a la oscuridad que me pesaba. Al regresar acá, me encerré en mi habitación sin decirle a nadie lo sucedido. Mi mamá se dio cuenta y tocó la puerta. Me pidió que fuera a comprar unos hilos al mercado. No quería, pero al final sí fui. Me llevé a mi hermana, que en ese entonces tenía unos diez u once años. Caminamos juntas y curiosamente me sentí bien al salir de casa íbamos sonrientes platicando y tomadas de la mano. Doblando la esquina, nos encontramos con un coche viejo, pero muy bien cuidado y bonito, estacionado justo al lado de la acera. De repente, al pasar junto al auto, noté a un anciano en su interior. Era un hombre mayor con su gorra característica de los viejitos traje y corbata vi que abría la puerta y me hizo una señal. Al ser una joven alta, pensé que necesitaba ayuda para bajar del auto. Me acerqué y efectivamente, al abrir un poco más la puerta, le ofrecí mi brazo sin sentir ningún peso, lo saqué del coche. El anciano me miró con una sonrisa encantadora y su fragancia a flores llenó el aire. Tranquilizándome con esa sonrisa, me preguntó cómo estaba y le respondí que bien. Entonces me dijo que yo no estaba bien y que yo lo sabía. Me pidió que tuviera confianza, asegurándome que todo saldría bien, me dijo que él era la señal que había pedido, que hiciera lo que se me pedía y todo estaría bien. En ese momento soltó mi brazo y se quedó parado. Al voltear hacia mi hermana. Ella estaba asustada sin comprender por qué el anciano me había tomado del brazo. Caminé hacia ella, le dije a mi hermana que ya estaba todo bien y al mirar de nuevo, el anciano había desaparecido. No había manera de que un hombre mayor pudiera haberse movido tan rápido. Al regresar, no me sentía mal ni asustada. Al contrario, me sentía bastante bien. Al día siguiente le conté todo a mi mamá. Ella me apoyó y me dijo que volvi a r con aquella mujer que aseguraba que podía ayudarme. Así que compré las cosas que la mujer me pidió y al encontrarme con ella, describió exactamente quiénes eran las personas que me afectaban mis dos amigas. La mujer preparó algo para mí y me explicó cómo detener el malestar. Cuando llegué a casa y seguí sus instrucciones. Fue horrible. Me dolía todo sudaba, pero además, la mujer hizo un señalamiento escalofriante. Debía estar preparada, porque no más de tres días un animal moriría. Me advirtió que necesitaba asegurarme de que hubiera un animal en la casa, ya que, de lo contrario, la que moriría sería yo. Al día siguiente repetí el tratamiento que la mujer me indicó y nuevamente, los dolores fueron intensos. Esa noche, el perro que teníamos de mascota saltó desde la azotea fracturándose los huesos y muriendo posteriormente, exactamente como la mujer lo había predicho. En pocos días, mi ánimo se recuperó de una manera que nunca había experimentado. Me sentía completamente renovada en todos los aspectos, destacando nuevamente en la escuela y superando todas las adversidades. Cabe destacar que, sintiéndome muy bien, decidí ir de compras nuevamente en esa ocasión, como yo iba distraída, choqué con un muchacho. Entonces, como había sido mi culpa para mitigar la vergüenza, decidí hacerle plática. Después de disculparme. Por supuesto, durante la conversación le señalé el coche viejo que estaba estacionado allí, el mismo coche del anciano. Le pregunté si sabía de quién era él. Me respondió que sí, era de un señor que vivía allí y que provenía de una familia conocida en la zona. Le pregunté si lo conocía y me dijo que sí, pero que había fallecido hace unos ocho años. Al escuchar que el anciano dueño del coche había fallecido hacía aproximadamente ocho años. Me quedé estupefacta. Intenté asimilar la información mientras el muchacho continuaba hablándome sobre el señor difunto. Me contó que era muy respetado en la Comunidad, recordado por su amabilidad y generosidad. Además, mencionó que el anciano solía vestir de manera clásica, siempre con su gorra característica y traje impecable, justo como lo describí. Resulta curioso pensar que este hombre había fallecido mucho antes de que yo pasara por ese lugar y lo encontrara. Relato de Juan García Hernández. He tenido la oportunidad de sumergirme en el ámbito de la medicina forense y las autopsias, donde descubrí que muchas historias que circulan en las morgues suelen ser fantasiosas o simplemente malentendidos. La muerte, lejos de ser un evento instantáneo. Es un proceso biológico complejo que sigue diversas etapas. Cuando una persona falla, llece comienza un proceso que culmina con la descomposición de los tejidos y su integración al entorno. Durante las primeras etapas, el cuerpo puede experimentar fenómenos extraños, como la liberación de gases acumulados en el sistema digestivo. Esto se debe a que las bacterias en el órgano digestivo continúan su actividad, incluso después de la muerte, generando gases que, al acumularse provocan la liberación involuntaria de esfínteres, a veces acompañada de sonidos desagradables. En casos menos frecuentes, los cuerpos bien conservados pueden emitir lamentos. Este sonido peculiar surge cuando la presión ejercida por los procesos de descomposición afecta a los pulmones liberando un sonido que se asemeja a un lamento. Es un fenómeno natural y explicado por la ciencia forense. Otro fenómeno conocido como el signo de lázaro, implica movimientos reflejos en el cuerpo de una persona fallecida. Aunque el cerebro haya perdido su función, la médula espinal aún mantiene ciertos reflejos, como contracciones en manos o pies, gestos faciales o incluso movimientos más notables, como una mano que se separa del cuerpo. En mi experiencia, trabajando como profesional en el ámbito forense, he notado que la mayoría de los colegas, como técnicos y médicos forenses, así como analistas, están acostumbrados a lidiar con situaciones que pueden resultar impactantes para la mayoría de las personas. Trabajar con cadáveres implica enfrentarse a olores intensos, ya sea el propio de la sangre o el de la descomposición de los cuerpos. Incluso la simple acción de abrir un cuerpo antes de que comience el proceso de descomposición puede ser sorprendentemente impactante para los sentidos. Como profesional en este campo, he desarrollado una experiencia singular y una manera peculiar de abordar estos fenómenos. Mi labor no es simplemente un trabajo rutinario, sino que tiene un valor significativo. Resolver incógnitas sobre cómo y por qué una persona falleció. Identificar a individuos desconocidos mediante huellas dactilares y proporcionar respuestas a familias que buscan conocer la verdad son aspectos fundamentales de mi trabajo. Es esencial comprender que mi labor no es mecánica en absoluto. No existe la noción de una rutina monótona. Cada caso presenta desafíos únicos que requieren habilidades especializadas y un enfoque meticuloso. La capacidad de quitar el anonimato a una persona fallecida y brindarle un nombre es un acto significativo que va más allá de lo que muchos pueden imaginar. En última instancia, mi labor no sólo implica resolver casos, sino también ofrecer consuelo a aquellos que buscan respuestas en momentos difíciles. Recuerdo durante mis años de estudio una maestra. Nos compartió una sugerencia bastante inusual en torno en cierto ons al recibir un cuerpo listo para la intervención, escuchó un lamento cuando se dio la vuelta para prepararse. Aunque inicialmente pensó en gases acumulados. La situación se repitió de manera inusual, incluso como modulación en el sonido. Ante esto se dirigió al cuerpo solicitando respeto para llevar a cabo su trabajo. Un técnico sorprendido le señaló que estaba regañando al cadáver a, lo que ella respondió afirmativamente continuando con su labor. Pero tengo otra anécdota. Esta vez en el depósito de cuerpos de un centro médico nacional, una instalación impresionante que consta de siete hospitales especializados. A diferencia de la mayoría, este hospital de alta calidad no tiene un amor que tradicional en su lugar. Tienen un área donde colocan temporalmente los cuerpos hasta que la funeraria los recoja. Además, cuentan con una habitación especial llamada de la Dios, un lugar donde los familiares pueden en despedirse de sus seres queridos. En esta ocasión, una persona falleció cerca de la medianoche debido a complicaciones de una enfermedad prolongada. La enfermera y el médico de guardia declararon su muerte como natural, por lo que no era necesario realizar una autopsia. El cuerpo sería llevado al depósito y, como no tenía familiares presentes, los camilleros se encargarían de llevarlo. Mientras los camilleros avanzaban con el cuerpo por los pasillos, uno de ellos se sorprendió al ver a una anciana parada en un lugar inusual. Vestía un delantal de cuadros y un suéter azul, características de la gente humilde del campo. La anciana, con el cabello canoso recogido en una trenza larga, parecía bastante mayor y un poco encorvada. La sorpresa radicaba en que se encontraban en un área sin visitas, sin consultorios, sólo el depósito y más allá el archivo cerrado a esa hora. Después de aquel momento extraño, nos sumergimos de nuevo en nuestras tareas. Estábamos colocando el cuerpo para su procesamiento, cuando de repente, otra persona que también trabajaba allí confirmó haber visto a la anciana. Más tarde, cuando bajó, el doctor de guardia mostró su interés por la mención de la anciana y nos preguntó a los camilleros sobre ella. La presencia de esta figura misteriosa en ese lugar y a esa hora desconcertó a todos. Poco tiempo después, el médico estaba ocupado tomando algunos datos relacionados con el fallecido y otra médica que también estaba al tanto del desso bajó para brindar apoyo ambos estaban ocupados cuando, de repente, en la penumbra de los pasillos, que sólo tenían una tercera parte de las luces encendidas por cuestiones de economía, vieron entrar a la anciana caminando lentamente. Su presencia, que todos habíamos notado, se hizo evidente cuando se detuvo frente a la ventana con cristal destinada a la identificación. La anciana estaba en una habitación separada, algo así como una cámara de identificación policial, mientras el depósito de cuerpos estaba en otra área. Todos la veíamos moverse acercándose hacia nosotros. A medida que se acercaba la atención crecía y aunque el médico la había visto primero, ahora todos éramos testigos de su avance hacia la puerta abierta de nuestra sala. Sin embargo, para nuestra sorpresa nunca llegó la doctora. A pesar de sus numerosos títulos y doctorados, en ese momento era simplemente una doctora de guardia. Cuando notó mi expresión de asombro, le comenté sobre la señora que se acercaba y sugirió que podría ser una familiar del fallecido. Se asomaron, pero el pasillo estaba vacío y la única salida era caminar una considerable distancia a través de cubículos cerrados que servían como depósito. Al día siguiente. Al salir de la guardia, compartimos nuestras experiencias con otras personas del personal. La enfermera que estuvo de guardia esa noche también iba saliendo y al comentarle sobre la anciana, ella confirmó haberla visto en la habitación junto al fallecido. Resultó que varios de nosotros habíamos tenido encuentros con esta figura misteriosa. Una de las enfermeras recordó haberla visto en el pasillo del archivo, mientras que otro médico la describió observándolo desde una esquina. Cuando revisaba historias clínicas, la figura parecía moverse por distintas áreas, siempre en lugares inusuales y a altas horas de la noche. Una historia que nos dejó a todos perplejos fue la de la recepcionista que afirmó haberla visto junto a la puerta principal del hospital. Según su relato, la anciana estaba mirando directamente hacia dentro, como si esperara a alguien. Lo más extraño era que, al revisar las cámaras de seguridad, no se registró ninguna presencia en ese lugar. En ese momento. Estos encuentros continua durante varias noches, creando una atmósfera de inquietud entre el personal Aunque cada uno de nosotros tenía nuestras teorías sobre quién podría ser esa anciana y por qué aparecía en momentos tan singulares, nadie pudo dar una explicación lógica. La anciana que apareció brevemente para despedirse de un hombre mayor fallecido dejó un misterio que nunca logramos resolver. Relato de Ana López Martínez. En el Libro del Éxodo, en el antiguo Testamento, específicamente en el capítulo veintitrés versículo veinte, se encuentra una afirmación intrigante. He aquí que yo voy a enviar un ángel delante de Ti para que te guarde en el camino y te conduzca al lugar que te tengo preparado. Pórtate bien en su presencia y escucha su voz. No le seas rebelde, que no perdonará tus transgresiones, pues en él está minó. Si escuchas atentamente su voz y haces lo que yo diga, tus enemigos serán mis enemigos y tus adversarios, mis adversarios, porque yo soy yave tu Dios. Este pasaje es fascinante, ya que aborda el tema del poder de la protección divina. La referencia a que un ángel será enviado para guiar y proteger en el camino hacia un destino preparado añade un matiz de misterio y cuidado celestial. La condición de comportarse adecuadamente y escuchar la voz del ángel sin revelarse resalta la seriedad de esta conexión divina. El versículo enfatiza la relación simbiótica entre la obediencia y la protección, estableciendo que la atención y la acción diligente ante la guía divina no sólo son una cuestión de devoción, sino también una garantía de seguridad frente a los desafíos y enemigos. El vínculo entre obedecer las instrucciones divinas y la alineación de enemigos y adversarios subraya la relevancia de seguir el camino trazado por la divinidad. Al sumergirse en este versículo, se revela un mensaje de confianza en la guía celestial y una promesa de protección para aquellos que eligen vivir en armonía con las enseñanzas divinas. La noción de que el nombre de Dios está intrínsecamente ligado al ángel enviado refuerza la conexión espiritual y la importancia de esa relación en la vida del creyente. Les comento todo esto porque la historia que quiero compartir es precisamente sobre algo que me pasó con un ángel. Esto ocurrió durante mi infancia, cuando tenía unos tres años, siendo la única hija en mi familia, a menudo me encontraba sola en casa. Papá y mamá trabajaban y el bullicio del día a día. A veces me dejaba en solitario. Sólo cuando visitaba a la abuela encontraba la alegría de la compañía de otros niños en casa. La soledad me rodeaba, especialmente en un edificio lleno de personas mayores. Afuera detrás de una pequeña valla se extendía la carretera con autos, camiones y autobuses que pasaban rápidamente. A pesar del riesgo. A veces salía a jugar en un pequeño patio con mi pelota para disfrutar un poco del sol. Fue entonces cuando conocí a mi amiga imaginaria Mari Sí, como cualquier niño tenía mi amiga imaginaria Marie, platicaba conmigo, se reía y jugaba y cuando la pelota se escapaba a la calle. Corría tras ella como una loca, pero siempre se detenía esperando a que un adulto viniera a traerle la pelota. Mary se convirtió en mi confidente, especialmente en momentos en que estaba de mal humor. En esos momentos, ella me recordaba que obedeciera y me comportara bien hasta sin que mamá me dijera. Me sentaba en mi camita por las noches y hacía mis oraciones con las manitas juntas, repitiendo palabras que ni siquiera sé de dónde las saqué. Incluso en el coche Marin nos acompañaba, le le decía dejábamos un espacio vacío y le decíamos que se sentara ahí en casa. Durante las comidas. Corría a jalar una silla para Marie y si alguien intentaba ocuparla, les detenía, porque ese lugar era para ella un día. Mi madre leyó un artículo sobre amigos imaginarios de niños y cómo son una especie de escape para la soledad y una forma de enfrentar las frustraciones. Resulta que mi juego con Mary era algo importante y mi mamá estaba encantada con ello. Unos días después, durante la visita a la casa de la abuela, volvió a surgir el tema de Mary. En la conversación. Mi mamá le mencionó a la abuela lo que había leído en la revista sobre amigos imaginarios. Luego de que platicaran un rato de eso, fueron a donde estaba yo jugando y mi abuela me preguntó cómo era Mary. Con toda la inocencia de mis tres o cuatro años, le dije que no era una niña, sino una mujer. La abuela, con una mirada de sospecha, me pidió detalles. Intenté decir escribirla, pero para un niño pequeño describir a un adulto es complicado. La abuela me preguntó sobre el color de su pelo y yo nerviosa, le dije que era pelirroja. Lo interesante de esta historia es que Mary no era una amiga imaginaria común. Resulta que mi bisabuela, María del Carmen, a la que todos siempre le habían dicho mar había fallecido tres meses antes de que yo naciera. La bisabuela tenía el cabello pelirrojo. Ella de alguna manera se convirtió en mi ángel guardián. Mari me daba consejos y cuidaba de mí, incluso cuando jugaba y la pelota se iba lejos. Me impedía correr hacia la calle en los momentos difíciles, cuando enfrentaba desafíos en la escuela o me sentía sola. Mary siempre estaba ahí para apoyarme. Recuerdo una ocasión en la que estaba asustada por una tormenta fuerte. Mary me calmó recordándome que las tormentas pasan y que siempre estaría a mi lado para protegerme. Durante las noches cuando tenía pesadillas, sentía su presencia tranquilizadora como si velara mis sueños. Es fascinante pensar que nuestro ángel guardián puede ser alguien que ha partido, pero se le permite quedarse un poco más para cumplir una función especial. A veces pensamos en los ángeles como seres que no tienen un cuerpo físico, pero quizás en ciertas ocasiones nuestro ángel puede ser alguien que ocupó un cuerpo, vivió y sigue cuidándonos desde el más allá. Es increíble pensar que ese ángel guardián que nos envía el señor puede ser alguien que estuvo aquí, que vivió y que sigue presente para cumplir su propósito. Es algo en lo que vale la pena reflexionar para aquellos que buscan creer relato de Isabel Torres Mendoza. Un día, mientras caminaba por la acera se me n nunca encontré con un viejo amigo de la infancia, un compañero de la secundaria y la preparatoria. Decidimos reunir a ambas familias. Presenté a mi esposo y él a su esposa brenda brenda. Era una mujer joven y atractiva y nos llevamos muy bien. Comenzamos a reunirnos de vez en cuando, invitándonos mutuamente, compartiendo cenas y momentos divertidos hasta altas horas de la noche. Todo era elegante y divertido y realmente Disfrutábamos de su compañía. Un día brenda y mi amigo se quedaron sin casa y se vieron en una situación incómoda. Por suerte, un departamento del edificio donde yo vivía acababa de quedar desocupado y como el precio estaba dentro del rango que ellos podían pagar, se mudaron al mismo edificio donde vivimos facilitando las cosas. Al compartir responsabilidades y cuidar de los niños juntos. Brenda se convirtió en una amiga cercana, compartiendo momentos de té café y juegos de cartas. Sin embargo, las cosas comenzaron a cambiar. Mi esposo mostró celos extraños y una ira inexplicable. A pesar de sus reacciones, no entendía la razón. Detrás de su comportamiento, la armonía que teníamos comenzó a desmoronarse y la situación se volvía cada vez más extraña y desconcertante. La situación en casa se volvió caótica y el comportamiento de mi esposo se tornó cruel y agresivo. En una tarde descubrí que él estaba teniendo un romance y cuando lo confronté, ni siquiera se molestó en negarlo. Simplemente se dio la vuelta, tomó sus cosas y se fue de forma demasiado sospechosa. Mi amigo también descubrió que su esposa tenía una aventura y cuando él se enteró ella simplemente empacó y se fue aparentemente contenta de abandonar el departamento. Obviamente se entiende lo que pasó. Las cosas entre mi esposo y yo se volvieron horribles. No venía no quería ver a nuestros hijos y cuando nació nuestro nuevo bebé, ni siquiera mostró interés en conocerlo. Había un distanciamiento absoluto y cuando traté de comunicarme sólo recibí insultos y desprecio caí en una depresión profunda. La amiga en la que confiaba me había traicionado con mi esposo y los errores se acumulaban. Mi aspecto físico también se deterioraba rápidamente. De ser una mujer alegre y simpática, me convertí en un esqueleto. Con los ojos hundidos y el cabello seco, la idea de quitarme la vida rondaba constantemente en mi mente. Luego ocurrió algo inesperado sobre el armario. Encontré una vasija negra llena de fotografías. También encontré un pequeño frasco oculto en el tanque del inodoro que dentro tenía una sustancia amarillenta y fotografías de mi esposo con los ojos y la boca tachados junto con una imagen religiosa. A pesar de lo mal que todo se veía, yo no creía en esas cosas, así que tomé la decisión de tirar todo lo que había encontrado en el departamento, sumiéndome cada vez más en una especie de charca oscura en la que me hundía sin ver la luz. En cierto momento tuve un problema con las tuberías y tuve que llamar a un plomero. Él al revisar las tuberías encontró un manojo de cabello, a modo que tenía la apariencia de ser un amarre porque dentro del manojo de cabello estaba una fotografía de mi esposo, una prenda íntima que no era mía y otras cosas grotescas de las que la verdad no quiero hablar. Mi estado era tan bajo que no tenía la voluntad de hacer algo con aquello, así que sólo lo tiré. Pensé que con eso las cosas quizás mejorarían un poco, pero mi salud seguía deteriorándose y malgastaba el poco dinero que recibía en comprar cajetillas de cigarros, sin importarme que tenía una bebé a mi cargo. Un día, una amiga de muchos años vino a visitarme. Al ver mi situación, me invitó a tomar un café con un amigo suyo. Este hombre, de apariencia agradable, sonriente y de tez clara, insistió en que alguien me estaba haciendo daño y quería que conociera a su padrino. Sin entender bien la situación, acepté subir al automóvil de mi amiga. Llegamos a un lugar que me infundió miedo, una especie de sala con objetos inusuales. Apareció el padrino, un hombre alto y fuerte vestido de forma peculiar. Descubrí que era un sacerdote de paloma, yo hombre, una forma de brujería muy seria y peligrosa. Él sólo de verme me dijo que estaba muy mal, pero que no me preocupara, porque iba a ayudarme sin perder el tiempo. Me pidió que levantara los brazos, cerrara los ojos y comenzó a rociarme con una especie de polvo de algo. Ese hombre me advirtió que iba a escuchar sonidos inusuales y que no debía abrir los ojos. Sin importar lo que sucediera, me roció con aguardiente, aunque me sentía tentada. Resistí la tentación de abrir los ojos. Finalmente me pidió que me sentara y abriera los ojos. El señor me explicó que alguien me había hecho un trabajo muy fuerte. Primero me lo explicó de una manera que para mí fue incomprensible. Luego, para que yo entendiera a lo que se refería, me dijo que hiciera de cuenta que lo que me habían hecho era ponerme cientos de ratas encima del cuerpo, pero no ratas de manera literal, sino ratas espirituales que se estaban comiendo mi aura a mordidas. El padrino me aseguró que, aunque no sería fácil, me iba a ayudar. Así comenzó el tratamiento, tomando estos rituales varias veces, hasta que gradualmente empecé a sentirme mejor. Llegó un momento en el que me preguntaron si quería devolverlo y lo consideré. Aquella mujer que se hizo pasar por mi amiga entró en mi casa confiándole mis secretos y luego me traicionó la decisión. No era fácil, pero sí lo regresé. No fui al funeral relato de José Pérez Sánchez Allá. Por los años ochenta yo trabajaba como conductor en una prestigiosa línea de autobuses que cruzaba el Sureste Mexicano. En aquel entonces daba mis primeros pasos en la empresa. Agradecido por el respaldo de mi padrino, mi padre y mi hermano, todos conductores experimentados con alrededor de treinta años, ya contaba con la experiencia necesaria para ser parte de esta destacada línea de autobuses. Mi primera asignación de autobús no cumplió completamente con mis expectativas. Se trataba de un modelo que había debutado en la década de mil novecientos sesenta y para mil novecientos ochenta y ocho ya se consideraba más bien un vehículo antiguo, aunque se encontraba en buen estado, carecía de ciertas comodidades que los autobuses más modernos ofrecían, como camarote aire acondicionado o incluso un baño a bordo. La ruta asignada México Puebla resultaba agotadora debido a los recorridos cortos de unas dos horas y media durante los cuales debía encargarme de diversas tareas en tierra, como abordar pasajeros y cargar equipaje. Las corridas de la noche, especialmente la última que partí alrededor de las nueve de la noche, era las más tediosas. Al llegar a Puebla, los pasajeros descendían y tras ocuparme de la rutina post viaje, estacionaba el autobús para pasar la noche a la mañana siguiente. Alrededor de las siete o siete y media se repetía la rutina, baño, desayuno y preparación para nuevos viajes hacia distintas ciudades. Las noches de descanso en Puebla se convertían en una pausa necesaria entre las jornadas intensas. Sin embargo, una noche en particular todo tomaría un giro inesperado. Después de cenar regresé al lugar asignado. Cerré la puerta del autobús y ante el calor del verano, habría algunas ventanas antes de prepararme para descansar, acomodando mi equipaje y colocando las sábanas necesarias para pasar la noche. Aunque la noche se presentaba cálida, de repente un frío inusual me envolvió, a pesar de ser verano y que la temperatura exterior rondaba los veintitantos grados. Dentro del autobús experimentaba un escalofrío extraño. Aunque la sensación era peculiar, no le di mayor importancia mientras me ocupaba de cambiar mi camisa ante una presencia inesperada. Al levantar la vista, me percaté de la figura de un hombre en los asientos delanteros. Vestía un pantalón negro y una camisa blanca, claramente un conductor. Me asombré al darme cuenta de que de alguna manera había subido al autobús y cerrado la puerta desde afuera, algo imposible según el mecanismo de cierre. Al interpelar al intruso el hombre, con pelo chino y barba peculiar me miraba con una expresión triste. A medida que me acerca bas, experimenté un frío persistente y una extraña sensación en la piel. Observé detenidamente sus facciones, quedando impactado por la singularidad de su pelo rizado sin previo aviso. El hombre se dio la vuelta y desapareció ante mis ojos. Dejándome perplejo por la extrañeza de la situación. De manera impulsiva, abrí la puerta y me bajé del autobús. Corrí descontroladamente, encontrando a dos colegas fuera. Al ver mi estado, me preguntaron qué sucedía y le relaté mi encuentro inusual. Aunque algunos dudaban de mi historia, otros sugirieron la posibilidad de que me hubieran espantado en un intento por calmar mis nervios. Mis colegas me aconsejaron fumar un cigarro. Pasaron unos tres o cuatro días y decidí aprovechar un día de descanso para visitar a mi padrino y compartirle la extraña experiencia que viví en el autobús. Mi padrino experimentado en la carretera, me tranquilizó diciendo que todos los CONs conductores han tenido encuentros curiosos en la carretera y que no debía asustarme. Sin embargo, mi padrino quería compartirme una historia relacionada con el mismo autobús que yo manejaba. Me adelantó que pronto me quitarían la unidad y que no volvería a manejarla. Al parecer, el vehículo tenía una historia propia que iba más allá de mi experiencia reciente. Resulta que ese autobús había estado involucrado en un accidente algunos años atrás. En ese trágico suceso, el único que perdió la vida fue el conductor de ese mismo autobús. Al parecer, intentó salvar a sus pasajeros al maniobrar para evitar un choque inminente, pero la maniobra terminó con él atrapado entre los fierros, perdiendo la vida en el proceso. Después de este fatal accidente, el viejo autobús fue probablemente vendido a alguna empresa de turismo. Mi padrino me aseguró que la imagen del conductor fallecido era tan clara en su mente que siempre la recordaba. No se trataba de un fantasma aterrador, pero ver esa imagen fue, en cierto sentido, un encuentro paranormal, un bautizo peculiar para un conductor como yo. Al enterarme de la historia detrás de mi antiguo autobús, comprendí que mi encuentro con la figura del conductor fallecido tenía un trasfondo más profundo. La conexión con ese pasado trágico añadía un matiz sobrenatural a mi experiencia, transformándola en algo más que un simple susto nocturno relato de Laura Rodríguez González. La vivienda que habitábamos era una casa antigua, prestada por mis suegros, que se caracterizaba por su peculiar construcción. En la parte trasera se encontraba una edificación a medio hacer, mientras que en el frente se distribuían algunos espacios. La casa tenía una historia y en ella mi cuñada yo y mis dos pequeños, un niño de tres años y otro de apenas año y medio. Por cierto, yo estaba a la espera del tercer bebé. Ya me encontraba en el octavo mes de gestación nuestra habitación. El lugar donde compartíamos los momentos familiares poseía una puerta improvisada. Esta puerta construida con ingenio a partir de madera, nos proporcionaba cierta privacidad. Además, contábamos con una cocina también improvisada, con una puerta de dos hojas que asegurábamos con un simple hilo para evitar que el viento la abriera. En esa particular noche, mi esposo y el niño mayor habían tenido que ir a. No sé dónde. No lo recuerdo. El punto es que no estaban alrededor de las diez de la noche. Tras concluir nuestras labores cotidianas, empezamos a sentir una extraña sensación, como si el ambiente estuviera cargado de algo indescriptible. De repente, el sonido de numerosos ratones corriendo bajo el piso de madera invadió el espacio aunque nunca habíamos visto a estos roedores la mera idea nos inquietó En ese momento decidimos irnos a uno de los cuartos porque el ruido era demasiado fuerte como si fueran miles de ratones. Por supuesto que todos teníamos miedo, así que nos pusimos a rezar. Mientras recitábamos la oración del ángel de la guarda, el sonido de animales correteando bajo el suelo se intensificó. La situación tomó un giro aún más extraño cuando al finalizar la oración, comenzamos a escuchar pasos pesados y el arrastrar de cadenas provenientes de la planta alta de la casa. La ironía de este fenómeno radicaba en que esa área, en teoría, debería estar vacía, porque todavía estaba a medio construir el inconfundible sonido de alguien caminando y arrastrando algo metálico inundó la habitación, generando en nosotras un temor inmenso. Pronto ese ruido se transformó en pasos que descendían las escaleras en dirección a la cocina, incrementando nuestra inquietud. El miedo se apoderó de nosotras. Al considerar la posibilidad de que un intruso hubiera ingresado a la casa. Con los niños escondidos bajo la cama, reaccionamos moviendo un mueble para bloquear la puerta, preparándonos para lo peor. La tensión alcanzó su punto máximo cuando las puertas de la cocina, que previamente asegurábamos con un cordel se abrieron de golpe acompañadas de un estruendo inconfundible. No cabía duda alguien había entrado con los corazones latiendo aceleradamente y la atmósfera cargada de temor canalizando la valentía que sólo las madres pueden conocer. Tomé un machete encontrado en la cercanía mientras que mi cuñada optó por el palo de la escoba. Estábamos dispuestas a enfrentar cualquier amenaza que se presentara. Desde la cocina. Llegaban estruendos ensordecedores, platos se rompían, vasos de vidrio eran lanzados y el caos se desataba con las cazuelas y utensilios. Era evidente que el intruso estaba generando un desorden catastrófico en nuestro hogar. Con los niños resguardados bajo la cama, continuamos fortificando la puerta con muebles, anticipándonos a lo que podría suceder. La temperatura en la habitación cambió repentinamente y un viento extraño se filtró por la puerta, indicándonos que lo que estábamos experimentando no pertenecía a este mundo. En un acto impulsivo, mi cuñada gritó en el punto crítico. Se escuchó un silbido peculiar característico del difunto abuelo. Isaac resonó en el ambiente de manera tan fuerte y nítida que no dejaba lugar a dudas. Era el abuelo el que estaba silbando. Los extraños sonidos que habíamos estado escuchando se retiraron sumiendo la habitación en un silencio expectante. Nosotras nos quedamos observando por él encima de un mueble y constatamos asombradas que la puerta de la cocina estaba cerrada y asegurada con el cordel como si nada hubiera ocurrido con los nervios a una flor de piel. Decidimos salir. Al abrir la puerta de la cocina, nos encontramos con que todo estaba en perfecto orden. Ningún objeto faltaba y nada había sido dañado. Desde aquel momento no volvimos a experimentar ese fenómeno paranormal durante el tiempo que permanecimos en esa casa. Si me preguntan, creo que fuimos testigos de un encuentro con un alma errante de la cual nos salvó el abuelo Isaac relato de Miguel Vargas Reyes merodeando entre los callados pasillos de los cementerios. He sido testigo de los secretos de la brujería. En este lugar, donde se juntan las malas energías, hay una creencia arraigada de que el cementerio agota a quienes lo visitan. Los sepultureros, como yo parecemos no sentir este cansancio, pero la gente común se enfrenta a un agotamiento abrumador. Este cansancio espiritual ha dado lugar a rituales de protección bastante vario. Pintos como mojar los zapatos con agua azucarada, esparcir sal en las suelas o incluso bañarse y frotarse con alcohol luego de salir de un cementerio. Todos esos rituales tienen la finalidad de contrarrestar la influencia negativa que se almacena en los cementerios. Desde mi punto de vista, entre lápidas y mausoleos, las prácticas de brujería que involucran esta tierra se revelan como una mezcla de creencias y rituales. La brujería se manifiesta de diversas formas, desde esparcir la tierra alrededor de una parcela hasta colocarla bajo la cama de alguien. En el amplio espectro de creencias se esconde una realidad inquietante a través de la tierra de panteón. La tierra del cementerio, que, aunque comúnmente usada, esconde dos caras aterradoras. La tierra que enferma y la tierra que quita la vida. Cuando menciono la tierra del cementerio, no me refiero a la tierra en las jardineras, sino a la tierra que cubre el ataúd, que permanece en contacto directo con él durante largos períodos. En México, las costumbres y ciertas leyes ordenan al retiro de restos humanos después de cierto tiempo, permitiendo así la reutilización de las tumbas. Cuando un enterramiento alcanza el tiempo límite, pueden pasar dos cosas. La primera es que el ataúd se traslada a otro lugar o se abre una nueva tumba en la misma fosa, extrayendo el ataúd anterior para depositar los restos en una cripta fresca. El suelo que cubre los ataúdes se vuelve un elemento clave en hechizos y encantamientos, desatando su impacto psicológico en quienes lo rodean, aunque tiene una mala fama. Este es el suelo que enferma, cuya influencia perturba las mentes y siembra confusión. Desde mi punto de vista, entre tumbas y mausoleos. Descifrar los secretos de la brujería se convierte en una tarea inquietante y desagradable, en el que las personas que trabajamos en cementerios nos vemos sin mis cuidos, sin tenerlo planeado. La tierra que enferma, cargada con las emociones variadas del Campo Santo, se convierte en un caldero de tristeza, dolor y la presencia espiritual que alguna vez ocupó un cuerpo. Su malévola influencia se manifiesta en encantamientos que traspasan la barrera psicológica, sumiendo a aquellos que los experimentan en la creencia de estar envueltos en un hechizo. Luego está la otra versión, la que se usa en la magia negra y la hechicería más intensa. La otra tierra la que mata no es tierra como tal me explico. Mientras el cuerpo se descompone, grasas y fluidos se mezclan generando una sustancia aceitosa, pues esa sustancia aceitosa se mezcla con la tierra que enferma. Entonces, ya esa mezcla y con una preparación especial, se crea la tierra que mata. El proceso para obtener la sustancia aceitosa es tan sombrío como el propósito que busca. Obviamente, se necesita abrir el ataúd, pero eso no es todo. Cuando se busca hacer un trabajo demasiado fuerte que involucre la muerte de más de una persona, se tiene que añadir un elemento más a la mezcla, huesos triturados, pero no cualquier persona fallecida sirve Se busca el espíritu de alguien verdaderamente malvado, un criminal o de alguien que haya sufrido una muerte horrenda. Quien acude a una bruja para solicitar un trabajo con tierra de muerto debe estar dispuesto a aceptar las consecuencias, ya que la hechicería negra exige que quien la invoca también pague las consecuencias. La vida es sagrada tanto para lo bueno como para lo malo, Así que el hecho de utilizar cualquier herramienta mística para arrebatar una vida tiene tiene consecuencias, pero no para el que hace el trabajo, sino para el que lo paga. Esas consecuencias pueden variar desde enfermedades graves hasta la propia muerte. Relatos escritos y adaptados por Ramiro contreras