Aug. 28, 2023

Recopilación De Historias De Las Doce Lineas Del Metro Historias De Terror - REDE

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Línea uno. Les voy a contar algunas cosas que me sucedieron durante los muchos años que trabajé en el Palacio de Justicia Federal en San Lázaro. En todos esos años, para poder llegar a mi trabajo, tenía que tomar la línea rosa, que es la línea uno. Normalmente entraba a las diez am por lo que a veces abordaba el metro a eso de las nueve a m y normalmente a esa hora ya no había tanta gente. En una de tantas ocasiones, al llegar a la estación del mercado de la merced al vagón, se subió una señora y se sentó justamente en el asiento frente a mí. Era una señora atractiva, ya se veía como de cuarenta, pero se veía muy bien. La ropa que llevaba la hacía lucir su vestimenta. Se veía algo sucia y desgastada, pero su figura resaltaba. Sin embargo, lo que más nos llamó la atención a todos dos los que íbamos en el vagón no fue su físico, sino la inquietante sonrisa que tuvo durante todo el tiempo que fue sentada en el vagón. No exagero. Cuando les digo que era una sonrisa de oreja a oreja, yo opté por mirar al suelo, porque su sonrisa era algo incómoda de ver. Se bajó a las dos estaciones. Fue entonces que todos intercambiamos comentarios al respecto. Alguien dijo que, por la forma en la que vestía seguro, se trataba de una trabajadora sexual de las que abundan en la merced, pero yo dije que no me parecía eso que a mí me dio la impresión de que esa mujer tenía alguna especie de padecimiento que le afectaba en sus facultades mentales. En eso, una señora de la tercera Edad nos dijo pues sí, parecía loquita, pero no era eso, ni tampoco lo otro que ni siquiera estaba viva. Varios volteamos a verla con una clara confusión y le preguntamos de qué estaba hablando. La señora nos dijo que esa era la mujer sonriente. Prácticamente todos los que usamos el metro sabemos de la leyenda de esa mujer. Por eso, al principio no le hicimos mucho caso a la señora, pero entonces nos dijo otra cosa. Mi difunto esposo fue maquinista en mil novecientos setenta y dos. Él me contó que le tocó ver cómo un hombre estaba dándole una golpiza a una mujer mientras le gritaba que sonriera y que si no lo hacía, le pegaría más fuerte. También nos dijo que nadie le ayudó a esa mujer que el hombre la había matado y que dejó el cuerpo ahí tirado o con una expresión de sonrisa marcada en la cara. Fue después de eso que se empezó a hablar de la mujer sonriente del Metro, lo que nos dijo la señora o por lo menos a mí me sonó demasiado convincente. Yo sí le creí. Varios meses después me llegó el rumor de que había varios vagabundos atacando a personas en las estaciones del metro. Lo que hacían era morder a la gente, no como si fueran zombis queriendo comer. Lo que se decía era que si te pedían dinero y no les dabas, te mordían esos ataques. Según los rumores, estaban sucediendo desde la estación Balderas hasta la estación Candelaria, Como eso me lo llegaron a comentar tres personas diferentes que no se conocían entre sí. Consideré que debía haber algo de verdad. Entonces empecé a cargar con algunas monedas de peso para dárselas a algún indigente que se me acercara a pedirme dinero. En una ocasión que era mi día de descanso y venía de haber visitado a un familiar. Apenas me iba a meter a la estación salto de agua cuando un indigente me abordó y le di las monedas. Sin pensarlo, el indigente ni siquiera me dio las gracias. Solamente se fue me metí en la estación y antes de cruzar los torrinquetes, se me acercó otro indigente para pedirme dinero. Yo le expliqué que se lo acababa de dar a una persona afuera que ya no traía más que para subirme al metro. Entonces me agarró fuertemente del brazo y lo vi con toda la intención de morderme alcancé a reaccionar y jalé mi brazo, brinqué los torniquetes y empecé a correr porque me daba miedo que el vagabundo me fuera a perseguir. Cuando llegué al Andén, ahí estaba el metro muy apenas alcancé a entrar en la segunda estación. Qué espino suárez. Se subió una persona de aspecto raro. Se trataba de un hombre alto de tez, clara, cabello rubio y ojos de diferentes colores, uno amarillo y uno gris. Parecía cualquier cosa menos mexicano. Su ropa estaba visiblemente desgastada, sucia incluso un poco desgarrada. Este individuo se sentó a dos asientos de distancia. De pronto volteó a verme y me preguntó si yo me encontraba bien. No dije nada. Solamente lo miré percibiendo mi desconcierto. Me dijo es has agitado y tu frente brilla por el sudor. Además, tienes un olor peculiar o él es como asustado. Lo que me dijo me desconcertó aún más. Me generó desconfianza, así que le dije que había tenido que correr, porque ya se me hacía tarde. Luego desvíe mi vista y deje de prestarle atención. Sin embargo, te Reojo me pude percatar que él no dejaba de mirarme. Cuando llegamos a la estación merced, el hombre se levantó de su asiento para bajar del vagón, pero antes de descender me dijo que no debería andar por el metro con tanto miedo que podría ser peligroso y podía llamar la atención de la gente equivocada. En eso, otra persona que llevaba prisa lo empujó un poco y eso causó que de sus ropas se cayera una bola de periódico. Él no se dio cuenta, Así que, en cuanto a las puertas se cerraron y el vagón siguió avanzando a l Agarré la bola de periódico y la guardé. Cuando llegué a mi casa, abrí la bola de periódico y descubrí que dentro de ella tenía un ojo línea dos. Yo estuve un tiempo en la Ciudad de México desde el dos mil ocho hasta el dos mil once y estuve rentando a un costado del Museo del Chopo. Por lo tanto, tenía que utilizar la línea azul para trasladarme, que es la línea dos. Una tarde mientras ya venía de regreso de la escuela con un amigo. A eso de las tres fue que nos ocurrió. Veníamos alrededor de quince personas en el vagón. Yo estaba sentado junto a mi amigo y a dos asientos a mi izquierda venía sentado una chica la recuerdo porque era muy linda. Mi amigo hacía el transbordo en la estación Bellas Artes y ahí nos despedimos. Yo venía con un poco de sueño y la verdad, en alguna ocasión ya me había pasado de estación por venir dormitando. Pues bien, saliendo de la estación Bellas Artes, cerré los ojos para descansar, porque ya sólo faltaban dos estaciones para llegar a revolución y bajarme. Pero el sueño me venció y dormité. Reaccioné hasta que la alarma del cerrado de puerta sonó. Entonces miré por las ventanas del vacón y vi que ya nos estábamos yendo de la estación revolución para este punto ya estaba totalmente despierto y listo para bajarme en la siguiente estación. Al llegar me quedé confundido. Estábamos otra vez en revolución. Casi al lado mío venía sentada una chica y la reacción que tuve fue voltear a verla. Y en ese momento ella también volteó hacia mí. Los dos teníamos esa expresión de no saber qué acababa de pasar y lo único que le dije fue ya habíamos pasado. No. Ella sólo asintió con la cabeza. Fue raro como usuario frecuente del metro, específicamente de la línea dos. Ya había escuchado varias cosas raras sobre la línea como por ejemplo, y creo es el rumor más extendido sobre la línea dos es que se supone que después de la estación cuatro caminos, hay otra estación de uso exclusivo para personal autorizado, ya sea militar o político. Hay una anécdota que a mí me hace sospechar que esa estación efectivamente sí existe. Ocurrió en el año dos mil nueve. Yo estaba por abordar el metro en la estación panteones cuando de repente empezó a oler a quemado y de un momento a otro se empezó a ver mucho fuego en el túnel con dirección a cuatro caminos. También se escuchaba ruido como de electricidad. Por eso varios empezamos a comentar que de seguro se estaban quemando. Algunos cables no pasaron ni diez minutos. Empezamos a escuchar ruido movimiento. Sonidos como extinto. Estaban apagando el fuego, lo cual estaba bien, porque, evidentemente, ya no se movió ningún vagón cuando empezó el fuego. Lo raro fue que quienes estaban controlando el fuego se fueron acercando hacia donde estábamos nosotros mientras revisaban con linternas que todo estuviera bien eran militares. Yo me esperaba ver bomberos, policías, protección civil, hasta simples trabajadores del metro, cualquier cosa menos a militares, porque al menos hasta donde yo tengo entendido, el cartel más cercano estaba a cuatro estaciones de distancia Y eso, yendo en la dirección contraria, es decir, rumbo a tasqueña. Esos militares tuvieron que haber estado demasiado cerca como para llegar y controlar la situación en menos de diez minutos. Lo más lógico, aunque no soene del todo sensato, es que estuvieran en una estación que sólo ellos usan, y esa estación tiene que estar pasando la de cuatro caminos. En los años que estuve usando esa línea me pasaron varias cosas pequeñas, pero interesantes. Por ejemplo, en una ocasión se subió un hombre con sombrero. Su ropa era como sucia sin llegar a verse indigente, no dejaba de mirarme. Su mirada era pesada y penetrante. Me incomodó tanto que tuve que salir del vagón en la siguiente estación. En otra ocasión, en el dos mil once, me tocó acompañar a una amiga a la estación Hidalgo. Esa amiga vendía productos por catálogo y se había puesto de acuerdo con una mujer vía mensaje de texto para entregarle unos productos afuera de la estación. Llegamos a la estación y no vimos a nadie que encajara con la descripción que la mujer tenía. Mi amiga le mandó como tres o cuatro mensajes de texto, pero no respondió. Ya estábamos a punto de irnos, pero de repente le tocaron el hombro a mi amiga. Ambos volteamos y era la señora traía un bebé en un rebozo. Mientras ellas hablaban y hacían cuentas, Yo pude ver que el bebé estaba raro. Parecía como un juguete. Aquello pudo haber sido un detalle simplemente curioso. El problema era que todos los productos que esa señora le había comprado a mi amiga eran productos para bebé. Mi amiga y la señora tardaron como cinco minutos en hacer lo suyo. En ese pequeño lapso de tiempo, la señora le habló al bebé de juguete en varias ocasiones. Ella lo trataba como si fuera de verdad, ya que pagó todas las cosas. La señora camino despacio para meterse a la estación y empezó a cantarle. Al bebé. Mi amiga y yo nos dimos la vuelta. Le comenté si se había dado cuenta de que el bebé que llevaba a la mujer no era real ella confundida, volteó rápido para comprobar eso, pero a pesar de que todavía se podía escuchar la voz de la mujer cantando ya no estaba ya. Por último, en otra ocasión que iba a ir a una plaza comercial que está en Naucalpa, tenía que bajarme en la estación Pinosoarias. Cabe aclarar que desde que me tocó agarrar el metro por primera vez me dijeron la que es posiblemente la leyenda más conocida en toda la ciudad de México y también del Estado de México. La rata gigante que vivía en los túneles del metro de regreso se me hizo de noche. Ya estaba esperando el metro ahí en la estación Pino Suárez, cuando vi que habían unas veinte personas amontonadas en una orilla. Siendo un poco curioso, me acerqué al grupo para ver lo que estaba sucediendo. Una señora estaba diciendo con un tono de voz bastante. Tenso que había visto un animal de proporciones muy grandes correr a toda velocidad. Sostenía en su hocico la mano de una persona, un joven. Por tanto, un teléfono no que a que ella tenía linterna, apuntó su luz hacia el oscuro túnel del Metro. Fue en ese instante que todos los presentes pudimos observar un evidente rastro de soda sangre acompañado de fragmentos diminutos de lo que parecía ser carne. Luego, todos los que estábamos ahí pudimos ver una criatura verdaderamente horrenda, la cual corrió adentrándose más en los túneles. Recuerdo muy bien cómo se veía eso era una rata negra de dimensiones como para no creerlas era como del tamaño de un niño de dos años. Su cuerpo estaba muy abultado gordo dándole la apariencia de estar al borde, de estallar. Sin embargo, lo más perturbador de su apariencia era su pelaje. Este estaba cubierto por una multitud de cucarachas y gusanos. Ha sido lo más horripilante que he visto en toda mi vida. Tomando en cuenta el tamaño que tenía esa rata, yo, de verdad creo que todas las historias que se cuentan de ese monstruo son reales. Línea tres. A mí me consta que en la línea tres, des des Tiras Tlatelolco hasta Hospital General se escuchan gritos de dolor, llantos y gritos de súplica. Considero que eso tiene una explicación tanto triste como siniestra. Para eso hay que remontarnos al dos de octubre de mil novecientos sesenta y ocho, la matanza de Tlatelolco en la Plaza de las Tres Culturas. Durante los Juegos Olímpicos de ese año, miles de estudiantes y civiles se habían reunido pacíficamente para protestar contra el gobierno y exigir reformas políticas y sociales. Sin embargo, el ejército y la policía mexicanos llevaron a cabo una violenta represión, abriendo fuego contra la multitud desarmada. La cifra exacta de víctimas es aún discutida. Las cifras oficiales estiman que murieron cientos de personas, incluyendo estudiantes y transeúntes, pero los sobrevivientes de aquel trágico suceso hablan de miles de muertes. Resulta que el ejército y la policía estaban irrumpido en las viviendas para matar estudiantes. Algunas personas que vivan en los alrededores donde se estaban construyendo las estaciones aseguran que el ejército llegó con camiones que llevaban una cantidad incalculable de cuerpos estudiantes para dispersarlos a lo largo de toda la vía que abarcaba la línea que estaba en plena construcción, ya con todos los cuerpos colocados en su lugar, hicieron pasar los pocos vagones que había disponible. Una y otra vez después, los restos fueron limpiados y trasladados hasta las partes de la obra que aún estaban menos avanzadas, y esos restos fueron mezclados con el colado. Esto se puede contrastar con los relatos de algunos estudiantes sobrevivientes que cuentan que, luego de que empezó la masacre, muchos corrieron a refugiarse en lo que en ese entonces eran las obras en construcción de la línea tres del metro, más específicamente en la estación Tlatelolco y que muy temprano la mañana del día siguiente ya ron camiones militares contra ambos. Los militares, en cuanto se percataron de la presencia de estudiantes en el lugar, empezaron a matarlos. Muy pocos lograron escapar. Así que la teoría que yo tengo es que los gritos y llantos que se pueden escuchar en esas estaciones son los fantasmas de aquellos estudiantes que fueron víctimas de aquella masacre. Continuando con mis vivencias en la línea tres del metro, en una ocasión después de las diez de la noche, abordé en la raza con destino a Etiopía. Cuando el vagón paró en Hidalgo, una anciana subió al vagón atrayendo de inmediato la atención por su apariencia singular. Su piel presentaba una tonalidad amarillenta casi grisácea. Su frente era pronunciada debido a la escasez de cabello y su maquillaje rojo estaba aplicado de manera desigual. Vestía ropas antiguas de un tono parecido al vino, Sus orejas eran notoriamente alargadas y su rostro estaba marcado por muchas arrugas. Aunque cada uno de estos rasgos por sí solo hubiera sido suficiente para hacer que las miradas se dirigieran hacia ella, lo que realmente destacaba era el collar de piedras que llevaba, puesto esas piedras parecían ser como cuarzo o algo similar. La cuestión es que las piedras irradiaban un leve brillo. Lo curioso es que el brillo emitido no correspondía al color de las piedras. Tuve tiempo para observarla detenidamente durante el trayecto desde Hidalgo hasta Balderas, ya que estaba parada cerca de ella aproximadamente a cuatro personas de distancia. Posteriormente, debido al constante flujo de personas subiendo y bajando, la anciana se desplazó un poco más lejos. No obstante, en el Hospital General volvía a tener una vista clara de ella. Al llegar a Etiopía, descendí del vagón y noté que le extrañan anciana también lo hizo. La gente la miraba feo, pero parecía que a ella no le importaba. Frente a esa estación, opté por ser cauteloso y permití que la anciana me adelantara. La observé de cerca mientras se alejaba y antes de perderla de vista, vi que se acercó a una mujer embarazada y bloqueó su camino. Inicialmente pensé que ambas podrían conocerse debido a la confianza aparente entre ellas. La anciana colocó su mano en el vientre de la mujer embarazada, pero de la nada, ambas comenzaron a forcejear, mientras que las personas que pasaban a su lado continuaban su camino rápidamente. Me acerqué para intervenir, pero antes de que pudiera llegar, la anciana se retiró apresuradamente. En lugar de seguirla, me quedé junto a la mujer embarazada para brindarle ayuda. Ella me dijo muy asustada que su fuente se había roto y en cuestión de segundos colapsó. Empecé a gritar y se acercaron uno los policías y algunos transeúntes. La situación se volvía cada vez más crítica. La mujer perdió sangre y, lamentablemente, tanto ella como el bebé en su vientre fallecieron antes de que llegaran los paramédicos. Aunque no podría afirmarlo al cien por ciento, no puedo evitar considerar la posibilidad de que la anciana haya sido la culpable de aquella tragedia. Sin embargo, no encuentro una explicación racional. Lo único que creo que pudo pasar es que esa anciana era una bruja línea cuatro. En el pasado, el Río de la Piedad fluía por algunas zonas que ahora son ocupadas por la línea cuatro. Existen relatos que cuentan como en épocas pasadas, numerosas personas perdieron la vida debido a ahogamientos en estas aguas. En la crónica de aquella época, cuando el río fluía se relata la popularidad que alcanzó el comercio de patos cocinados, los cuales eran servidos junto a tortillas y Chile la tarea de vender este exquisito platillo recaía mayoritariamente en las mujeres. Cuando el sol comenzaba a ponerse en el horizonte, ellas recorrían las calles de la ciudad. Una vez que la jornada llegaba a su fin, se congregaban nuevamente en un lugar preestablecido antes de regresar a sus hogares, respetando el toque de queda de la época. Sin embargo, no todas regresaban a sus casas. Ya se podrán imaginar por qué. Por lo tanto, no es sorprendente que en dicha estación se produzcan avistamientos de seres provenientes de la vida después de la muerte. Se ha especulado que los espíritus pudieran estar vinculados a aquellos que perecieron en las aguas del río o cerca de la estación. Se dice que buscan ayuda o alivio en ese lugar, pero sus súplicas parecen quedar sin respuesta. En ocasiones ni siquiera son visibles. Sin embargo, yo, así como muchas personas, estamos de acuerdo en que se percibió una inquietante sensación de ser vigilado, especialmente en la estación candelaria durante las horas de la noche. La leyenda del fantasma de la estación candelaria sostiene que el espíritu dice que el espíritu busca liberarse y que por eso comenzó a manifestarse en la estación y sus alrededores durante las madrugadas. Sus apariciones son recurrentes, no sólo dentro de la estación, sino también en el barrio cercano, donde yo viví hace varios años. Tanto en la estación así como en el barrio se oyen susurros y voces. La gran mayoría afirma que esos ruidos provienen de ese mismo espíritu que aún solicita asistencia para alcanzar su liberación y descanso definitivo. La atmósfera en las inmediaciones de esta estación se vuelve cargada durante las horas nocturnas, se experimenta una sensación pesada y la percepción constante de ser seguido, en especial en el momento del transbordo entre las unidades de la línea uno y la línea cuatro del Metro. Esas manifestaciones y presencias contribuyen a la creación de una experiencia intensa y misteriosa en la estación. Pero la estación Candelaria no es la única en la línea cuatro en la que suceden cosas raras. También ocurren en la estación Martín Carrera, que está en un extremo de la línea. Esa estación ha sido testigo de un notable número de fallecimientos en su entorno. Por lo tanto, no es inusual encontrarse en situaciones inquietantes durante las horas avanzadas de la noche. Tanto en los andenes de la línea seis como en los de la línea cuatro. Personas que buscan auxilio son frecuentemente encontradas en estas circunstancias y se sostiene que algunas de ellas podrían ser espíritus en busca de ayuda. La creencia es que estas almas fueron víctimas de crímenes brutales y violentos y, debido a la abrupta naturaleza de su partida, no logran cruzar completamente hacia el más allá. Como resultado, siguen errando en los andenes de la misma estación, buscando desesperadamente asistencia o incluso aguardando la llegada del tren. Existe el relato de que cuando el tren se aproxima y sus puertas se abren para abordar, estos mismos espíritus desaparecen en un instante. Este fenómeno parece estar vinculado a la idea de que, al momento en que el tren llega, estas almas atormentadas encuentran una especie de liberación momentánea, desvaneciéndose de la realidad terrenal y quizás por un breve lapso de tiempo, accediendo a otro plano de existencia. El aire en esta estación, especialmente durante las horas nocturnas, lleva consigo una sensación de pesadez y misterio. Los eventos trágicos y perturbadores que han tenido lugar aquí han dejado una huella palpable en su amante. La estación consulado, que comparte su línea con la línea cuatro y la línea cinco, se presenta como otro escenario donde se encuentran relatos de actividad paranormal. Yo, así como algunos transeúntes, hemos tenido experiencias relacionadas con fenómenos inexplicables en esa estación. Lo que ocurre es que durante las horas avanzadas de la noche, cuando los vagones y pasillos están prácticamente desiertos, se percibe el llanto desgarrador de un niño. Sin embargo, es importante destacar que, a pesar de los reportes, nadie ha llegado a presenciar visualmente a este supuesto niño. Tengo un amigo Julio, que durante un tiempo trabajó haciendo mantenimiento en esta estación y a él le tocó escuchar los angustiantes llantos del niño. Esto durante la madrugada. Me dijo que cuando eso pasó, él y los demás trabajadores creyeron que se trataba de algún niño que se había quedado en la estación, un niño perdido, así que se pusieron a buscarlo, pero nunca lo encontraron, dejando un poco del ádo lo paranormal. En el año mil novecientos setenta y ocho, mientras todavía se estaban construyendo las primeras estaciones de la línea cuatro, se descubrieron los restos fósiles de un mamut adulto, en donde está ahora la estación Talismán. Se llevaron a cabo arduos trabajos de rescate y recuperación de estos restos. Según estimaciones del Nash y de Linei, este ejemplar de mamut, que alcanzaba una impresionante altura de cuatro metros, falleció alrededor de diez cero a doce cero años sin intervención humana en su deceso desde la apertura de la línea cuatro del metro. El veintinueve de agosto de mil novecientos ochenta y uno, la imponente osamenta de este antiguo mamut se encuentra en exhibición bajo una cúpula en la entrada oriental de la estación Talismán, línea cinco. Hace ya mucho tiempo, en junio del dos mil veintiuno. Lo recuerdo porque es el mes en el que cumplo años y ven un metro de la línea amarilla, que es la línea cinco. Rumbo a politécnico. Era alrededor de las diez y pico de la noche. En el mismo vagón íbamos solo cuatro personas. Llegamos a consulado y pasamos vallegomeas misterios y la siguiente estación debería ser la raza. Sin embargo, de una manera totalmente inexplicable, cuando paramos luego de la raza, estábamos en la estación con su lado otra vez ya la habíamos pasado hace dos estaciones. No era posible que estuviéramos ahí de nuevo. Voltea a ver a las otras tres personas que iban conmigo y éstas estaban dormidas. Yo me quedé desconcertado. En otra ocasión yo había tomado el metro justo al caer la noche, es decir, que aunque ya estaba oscuro, no era tan tarde. Pasábamos dos estas y cuando paramos en oceanía un individuo alto subio al vagón, vestía una gabardina y un sombrero negro. Este último colocado de una manera que ocultaba sus ojos por completo, se abrió paso entre la multitud y se dirigió a la esquina del vagón. No pude evitar mirarlo de reojo lo que les voy a decir. Tal vez puedan pensar que no tiene mucho sentido, pero yo estoy completamente seguro de lo que vi. Cuando fijé mis ojos en él, noté que no se reflejaba en los cristales. Yo no estaba cansado ni distraído. Tampoco tenía sueño. Por eso sé lo que vi. Cuando llegamos en la estación de la raza, ya me iba a bajar del metro antes de descender mi mirada se dirigió involuntariamente hacia la esquina donde estaba aquel hombre. Pero para mi total desconcierto, el individuo ya no se encontraba ahí. No era posible. No bajó antes. Él estaba al final del vagón. Si quería bajar, tenía que haber pasado a mi lado Forzosamente. Habían transcurrido únicamente dos estaciones después de consulado valle gómes y misterios en ese trayecto. Yo no estaba distraído. Me resultaba imposible que ese hombre hubiera salido del vagón sin que yo me diera cuenta. Comencé a caminar hacia la salida de la estación. Cuando iba a cruzar los torniquetes de manera completamente inesperada, me di cuenta de que el hombre aquel estaba del otro lado de los torniquetes, pero venía caminando hacia mi dirección como si apenas fuera a subir al metro, inevitablemente pasamos a un lado del otro. En ese momento pasó algo todavía más extraño. No sé cómo explicarlo, pero él movió su cara para mirarme sin mover su cuello. Fue como si su cara se desplazara del lugar. En ese momento sentí que la sangre se me fue hasta la punta de los dedos, de los pies. Y aunque eso fue definitiva algo muy escalofriante, no es lo peor que me ha tocado ver en una ocasión vi como una mujer saltó a las vías justo cuando estaba pasando el vagón. Esa mujer antes de morir de esa manera tan grotesca, estaba corriendo entre la gente mientras le gritaba algo invisible que la dejara de perseguir. Línea seis. Lo que quiero contar es breve, pero puede resultar fuerte e impactante para algunas personas. No puedo dar muchos detalles ni hablar de más, porque no muchos saben lo que voy a decía, así que si me excedo, podría revelar mi identidad, cosa que en definitiva, no quiero hacer. En el tramo de la línea seis, que abarca desde la estación de Sosomoc hasta la estación Vallejo, es relativamente normal que, al momento de estar realizando revisiones preventivas en las vidas, se encuentran envolturas de frituras con restos humanos en su interior. Y esto se debe a que en las cinco estaciones que cubren ese tramo hay personas que le venden carne humana a los caníbales. Ocurre a la vista de todos línea siete. Se dice que la inauguración de la línea siete del metro, que tuvo lugar el veinte de diciembre de mil novecientos ochenta y cuatro encierra una historia a que va mucho más allá de ser una simple infraestructura de transporte. En realidad, tu origen es mucho más intrigante, ya que yo, como estudiante de historia, pienso que fue concebida y construida como un búnker con un propósito específico proteger al Presidente en turno Miguel de la Madrid y a altos mandos del Gobierno de un posible ataque nuclear durante los tiempos de la Guerra Fría. El relato se centra en el año mil novecientos ochenta y dos, un momento en que la Guerra Fría estaba muy cerca de alcanzar el límite de tensión. Ese fue el año en el que el Presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, pronunció su famoso discurso conocido como el Imperio del Mar, en el que criticaba duramente al bloque comunista liderado por la Unión Soviética. Además, en respuesta a la ocupación soviética de Afganistán en mil novecientos setenta y nueve, Estados Unidos y otros países occidentales continuaron apoyando a los grupos rebeldes afganos en su lucha contra las fuerzas soviéticas. Finalmente, la tensión máxima se alcanzó con el incidente del equilibrio del terror. En septiembre, la Unión Soviética derribó un avión de reconocimiento de la Otán. Ese mismo año, el Presidente Reagan anunció la iniciativa de defensa estratégica, que era un programa de investigación tenía como objetivo desarrollar un sistema de defensa antimisiles para proteger a los Estados Unidos de un ataque nuclear. En mil novecientos ochenta y cuatro, el Presidente Reagan fue reelegido en las elecciones presidenciales de Estados Unidos, lo que aseguró la continuidad de su enfoque político y estratégico hacia la Unión Soviética. Ante este panorama, en el que todo parecía indicar que un ataque nuclear era inminente, el Gobierno de México destina un considerable presupuesto para la construcción de la línea siete, la cual originalmente sólo cubría de la estación Tacubaya hasta la estación auditorio. Un dato engañoso sobre la línea siete es que es la línea más profunda de todo el sistema de metro, llegando casi a los cincuenta metros de profundidad. Este detalle parece dar un punto de credibilidad al hecho de que esa línea estaba pensada para brindar protección en caso de un eventual ataque nuclear. Sin embargo, si se analiza el terreno que cubre la línea, es fácil darse cuenta de que se trata de un terreno montañoso, mucho más elevado que el resto del terreno de la ciudad de México. La línea en realidad está al mismo nivel que las otras líneas, pero quedó más profunda por el terreno sobre el que se construyó. Hay otros detalles que, si se analiza considerando la posibilidad del búnkr nuclear, resulta posible ignorarlo. El primero es que la estación Tacubaya está demasiado cerca de la que en ese entonces era la residencia presidencial, es decir, los pinos. Tomando en cuenta que esa residencia contaba con una serie de niveles subterráneos, no resulta difícil asumir que el nivel más bajo de los pinos daba un túnel que conectaba con el metro. Por otro lado, todo aquel que haya usado la línea siete podrá darse cuenta que las estructuras internas en la construcción son mucho más gruesas que las de todas las demás líneas, como si estuvieran hechas para recibir impactos muy fuertes. En cuanto a los trenes utilizados en esa línea, el m p ochenta y dos se trata del cuarto modelo de trenes sobre el neumáticos del metro de la Ciudad de México. Estos trenes fueron diseñados y fabricados en Francia. Este modelo en particular de trenes ofrece un nivel adicional de protección ante la radiación línea ocho. Muchas personas yo he incluido, hemos visto brujas en la línea ocho, sobre todo en el tramo de la estación iztacalco hasta la estación cerro de la estrella. La mayoría de las veces se disfrazan de mujeres hermosas para enamorar a su víctima y llevársela a su casa, pero en realidad son mujeres viejas con un mal aspecto. Creo que muchos hemos escuchado de esa historia que dice que en un vagón un muchacho fue invitado a la casa de tres mujeres que él veía hermosas, pero que declinó la oferta por x motivo y al final, cuando esas tres mujeres bajaron del metro, varias personas se acercaron con el muchacho para decirles que las mujeres eran brujas y que si se hubiera ido con ellas, habría terminado muerto. Sin embargo, ocurren más cosas en la línea ocho. Dicen que si eres una persona con cualquier tipo de problema y estás en los andenes de la estación chabacano de la línea ocho, existe la probabilidad que un hombre mayor se acercara a ti o te invitará a sentarse junto a él para hablar sobre tus problemas y él escuchará al cabo de unos días después de esa plática con aquel hombre, esos problemas se solucionarán y terminarán sin que en realidad exista alguna explicación lógica. Eso a mí no me ha pasado, pero lo que sí me tocó presenciar en una ocasión fue cuando un chico que subió con una mochila roja muy llamativa y se sentó en la esquina del vagón. Llegamos a salto de agua y muchas personas se bajaron para transbordar hacia la línea uno las puertas se emitieron su pitido para advertir que que se iban a cerrar y cuando estaban a punto de cerrarse, el chico de la mochila roja corrió a la salida. Las puertas se cerraron aplastando su mochila. El chico se la quitó de la espalda e intentó jalarla, pero no pudo. El chico se quedó en el andén y el metro avanzó con su mochila entre las puertas. Si el muchacho no se hubiera quitado la mochila, el metro lo hubiera arrastrado. En fin, yo me sentí mal porque, a pesar de que íbamos pocos en el vagón, ninguno de nosotros hizo nada por ayudar al chico, e incluso el que iba frente a mí se estaba riendo de lo que le pasó. Al muchacho decidí que iba a tomar su mochila. Me iba a bajar en la siguiente estación, que era San Juan de Letrán, e iba a esperarlo en el andén a que agarrara el siguiente tren y entregaría su mochila. Eso hice cuando el siguiente vagón ya iba llegando a la estación. Empecé a mirar entre la gente buscando al muchacho. Lo vi cuando bajó del bao. Solo que ocurrió algo inexplicable. El muchacho traía en su espalda la misma mochila roja. En ese momento me di cuenta que yo no llevaba ninguna mochila en mi mano. No logró entender qué fue lo que sucedió. No existe ninguna manera razonable de explicar cómo fue que el muchacho perdiera su mochila, yo la tomara y luego la mochila desapareciera de mis manos. Línea nueve. Lo que voy a compartir es una historia muy vieja de la que mucha gente ha escuchado hablar, pero no conocen toda la información. Este se remonta al año mil novecientos setenta y dos. Una madre y su hija de ocho años iban en el metro en una hora pico con una saturación espantosa. Cuando el vagón se detiene en la estación Tacubaya, toda la gente se empuja y se amontona para bajar del metro. Eso provoca que la n niña niña suelta la mano de su madre sin que la señora se diera cuenta. Cuando la señora sintió que no llevaba a la niña con ella volteó, pero las puertas ya se habían cerrado. El vagón ya se estaba yendo hacia el lugar donde se resguardaban los trenes. Como no veía a su hija por ninguna parte supuso que la niña, al verse sola, se asustó y se quedó en el interior del vagón. La señora logró movilizar al personal del metro, a policías y a civiles para buscarle en áreas cercanas. No pudo encontrar ni siquiera algo que indicara a que la niña estuviera en el lugar. Pasaron dos semanas y como la señora no dejaba de estar insistiendo, a las autoridades, le asignaron el caso a un policía judicial para que se hiciera cargo. Después de varios días de estar dando recorrido en diferentes áreas de los túneles, ese policía, junto con el personal de vigilancia del metro, encontraron restos de ropa y zapatos. Siguiendo el rastro, encontraron restos humanos carcomidos. En un principio creyeron que se trataba de la niña, pero a pesar de eso, siguieron buscando para ver si encontraban, aunque fuera una parte completa del cuerpo, algo que sirviera para que la madre pudiera identificar los restos. Fue entonces cuando vieron a una niña de aspecto indígena, de pelo largo y desaliñado. Al ver a los hombres intentó huir por los túneles. Sin embargo, el policía logró alcanzarla. La niña fue encontrada el veintidós de septiembre en los rincones más profundos ubicados más allá de la estación del metro Tacubaya llevaron a la niña al hospital más cercano y llamaron a la madre para que corroborara que se trataba de su hija. Y así fue. Por desgracia, las casi tres semanas que la niña había estado en las profundidades de los túneles le habían ocasionado un trauma mental tan fuerte que el pronóstico de los especialistas fue que nunca se iba a recuperar. Fue por eso que pasó el resto de su vida recluida en el Instituto Mexicano de Investigación Psiquiátrica. Su situación mental no afectaba su memoria ni alteraba sus recuerdos, así que pudo contar con lujos de detalles o atroz experiencia de cómo sobrevivió tantos días en las profundidades de las instalaciones del metro. Luego de que el metro se detuvo en el área de mantenimiento. Las puertas se abrieron y entró un hombre. Estaba a dos vagones de distancia. Cuando el hombre vio a la niña, empezó a acercarse a ella, posiblemente con malas intenciones. La niña sintió mucho miedo, así que bajó del vagón y empezó a correr por los pasadizos, sin saber hacia dónde estaba la salida. El hombre la siguió por unos momentos, lo que hizo que la niña se internara mucho en los túneles. Finalmente, la niña se sentó en un rincón sin tener idea que iba a sea. En más de cuatro ocasiones llegó a haber personas a lo lejos, pero ella estaba tan asustada que, en lugar de pedir ayuda, simplemente se escondía y cuando alguien la veía, se alejaba corriendo lo más rápido que podía. Línea una vez estando en la estación los reyes de la línea, estábamos un amigo y yo esperando a otros amigos para ir a una fiesta. Cuando, de repente, en los torquinetes pasó una persona con un aspecto como mínimo normal. Tenía sus orejas picudas y su nariz larga. Además, no medía más de metro y medio meses después, cuando ya estaba haciendo las prácticas en zonas de hospitales un día común y corriente, ya iba de regreso a mi casa, pero antes tenía que ir a recoger unas cosas a chalco. Entonces, obviamente, tenía que irme por la línea morada. Yo antes iba muy constante para esos rumbos. Entonces, de cierta forma, ya me había aprendido de memoria las estaciones. Para esa ocasión llegué a Pantitlán, subí al metro y todo normal, hasta que en un momento me comenzó a dar mucho sueño, pero yo normalmente no duermo en el transporte, aunque en esa ocasión ya no pude aguantar el sueño. Entonces acabábamos de pasarte Palcates y, por lógica íbamos a llegar a Vuelatao yo recuerdo que cerré mis ojos, pero no alcancé nada, porque en la parada subió mucha gente y en lo que se metían, alguien tropezó con mis pies y en ese movimiento me hizo abrir los ojos de alguna manera. La siguiente estación en la que se detuvo el metro era la paz. Bajé del metro. Salí de la estación sin entender qué había pasado. En eso sonó mi teléfono y cuando lo saqué para contestar me di cuenta que ya eran las siete treinta pm. Yo había tomado el metro antes de las cuatro de la tarde. No era posible que me hubiera hecho más de tres horas en llegar a la paz. Contesté era mi madre. Me dijo que llevaba más de dos horas. Llamándome quería saber dónde estaba y si me encontraba bien, le dije lo que me había pasado, pero, por supuesto, no me creyó. En otra ocasión llegué a la estación Pantitlán y tomé el metro de la línea a yo iba hacia la paz. Avanzamos. Cuando llegamos a Peñón Viejo, subió al vagón un hombre con gorra y gafas de sol. Estaba acompañado por dos jóvenes que llevaban uniformes de secundaria. Ellos se bajaron dos estaciones después, en Santa Marta total que así quedó. Una semana después pasó lo mismo dos muchachitas, pero de otra secundaria bajaron del metro acompañadas de un hombre con gorra y lentes. No puedo afirmar que se tratara del mismo hombre. Eso me pareció muy extraño y dudo que haya sido el único en notarlo. No obstante, como es típico de la gente, la indiecita parece prevalecer cuando no se trata de familiares o amigos. Muchos prefieren mirar en silencio y hacer como si no hubieran visto nada. Varias semanas después me topé con un artículo en uno de esos periódicos baratos. El titular anunciaba el macabro hallazgo de los cuerpos de dos estudiantes de secundaria en un callejón cercano a la estación peñón viejo. La nota destacaba algo especialmente inquietante. Ambos cuerpos presentaban mordidas profundas en el cuello y el título decía el vampiro se cobra otras dos vidas. Al mismo tiempo, ya van tres veces no lo sé. Tal vez estoy uniendo cosas que no tienen nada que ver una con la otra, pero a mí me parece por lo menos curioso que aparecieran dos cuerpos en una colonia cercana de la estación del metro línea B. Hace tiempo, junto con un amigo es estábamos esperando el metro para ir a Ciudad Azteca, que es la última estación de la línea B del otro lado del Andén. Vi a una señora con un vestido negro y un tanto viejo como de la época de la Revolución, y pensé que era de algún evento de la temática de la Revolución o algo así. Llegó el metro y me subí, pero me di cuenta que esa mujer no sé cómo lo hizo, pero estaba en el mismo tren, pero en el vagón de al lado la vi por el vidrio de las puertas que hay entre vagones y me dio un sustote. Esa mujer de alguna manera imposible entró al metro estando del otro lado del landean. En otra ocasión, el vagón paró en una estación después, en Netzahualcoyotl y antes de Villa de Aragón, una estación que no existe, porque entre en Etzahuecoyotl y Villa de Aragón solamente hay vías varios. Nos bajamos ahí. Por curiosidad, el lugar se veía normal. Sin embargo, no tenía escaleras para salir a la calle. Todos tuvimos que esperar a que llegara otro vagón para poder irnos de ahí. Nunca ha vuelto a pasar. Línea doce. Yo soy de Tláhuack. Incluso vivo unos cuantos minutos de donde se cayó el metro. Se escuchan muchas cosas de boca en boca de todos los vecinos. Una de las cosas más rebuscadas. Que he escuchado es que lo de la línea doce fue planeado para desprestigiar el Gobierno de Hamlo. Como sabrán, Marcelo Ebrad siempre ha estado ligado al que hoy es Presidente de México. Varios vecinos han llegado a comentar qué vieron cómo personas ponían explosivos en el lugar donde fue el accidente. Es sólo una teoría, pero es muy sonada en la colonia. Relatos escritos y adaptados por Ramiro contreras