July 5, 2025

Quicieron Curar POSESIÓN DEMONIACA Con BRUJERÍA Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:02 Me llamo Matías López, nací en 1941 y fui vigilante del Panteón Municipal de San Agustín Loxicha, un pueblo enclavado en la Sierra Sur de Oaxaca. Trabajé ahí desde 1969 hasta principios de los 80, en turnos nocturnos. Me tocó ver entierros, velorios, borrachos dormidos sobre las tumbas y hasta ladrones de flores, pero nunca creí en las cosas raras que contaba la gente. Decían que ahí espantaban, que se veían luces en las tumbas, que escuchaban voces. Pero yo nunca vi nada fuera de lo normal. En los años que trabajé ahí, lo más extraño que me tocó ver eran las mentiras que se inventaba la gente para no pasar por el panteón de noche.

0:49 Mi trabajo era sencillo. Llegaba a las seis de la tarde cuando ya el sol comenzaba a esconderse tras los cerros. Caminaba por todo el perímetro del panteón con mi lámpara de mano. Revisaba que no hubiera nadie colado por las rejas del fondo. y luego me sentaba un rato en la oficinita que me habían hecho con lámina y madera cerca de la entrada principal esa caseta tenía una silla vieja una mesa con una lámpara de aceite y un garrafón con agua ahí me quedaba en lo que pasaba la noche salía de vez en cuando a dar otra vuelta y luego regresaba nada fuera de lo común el panteón era tranquilo pero todo comenzó una madrugada de abril de 1975 era una noche como cualquier otra había luna llena y eso ayudaba mucho para ver sin necesidad de usar tanto la lámpara Estaba sentado en la caseta tomándome un café, cuando de reojo vi a alguien dentro del panteón. Primero pensé que era un borracho o alguien que se había metido a dormir entre las tumbas, cosa que a veces pasaba.

1:59 Me levanté, agarré mi lámpara de mano y mi bastón de ocote, y me fui caminando hacia donde lo había visto. La figura estaba agachada, como escarbando algo cerca del ala norte. donde están las tumbas más viejas, esas que ya ni nombre tienen. Me acerqué poco a poco, tratando de hacer ruido con mis pasos para que la persona supiera que no estaba solo. Cuando estuve a unos 5 metros, le grité que no podía estar ahí, que ese lugar no era para andar escarbando. En cuanto escuchó mi voz, el tipo se levantó de golpe y salió corriendo entre las tumbas. Ni siquiera volteó a verme. Llevaba algo envuelto en una tela en los brazos, pero no pude ver bien qué era.

2:44 Intenté seguirlo, pero no lo alcancé. Cuando regresé al lugar donde había estado escarbando, encontré un hoyo pequeño, de unos 30 centímetros de profundidad. La tierra estaba suelta, recién movida. Ahí no había nada enterrado, pero por cómo estaba el hueco me di cuenta de que lo que había hecho ese hombre era sacar tierra. Me quedé pensando unos segundos.¿ Para qué alguien querría llevarse tierra de un panteón? Mi primera suposición fue la brujería. En el pueblo siempre decían que la tierra de los muertos servía para hacer maldiciones. Nunca creí en eso, pero era la única explicación que se me ocurrió. Le eché tierra encima otra vez con mi pie, aplané el hueco con la suela y me regresé a la caseta. Me quedé con la duda toda la noche.

3:35 Pensaba en quién sería ese hombre, si era del pueblo o de otro lado. Nunca le vi la cara, solo su silueta y esa cosa envuelta que llevaba. Al día siguiente conté lo que pasó a mi compadre Hugo, que era policía auxiliar. Me dijo que era mejor no andar de curioso, que si alguien andaba haciendo brujerías no convenía meterse. Me lo dijo medio en broma, pero con esa seriedad con la que a veces se dicen cosas que uno prefiere no averiguar. No volví a ver al hombre, pero la sensación que me dejó esa noche no se me quitó. Y eso que hasta entonces yo era de los que decían que ahí no pasaba nada. Pasaron dos noches sin novedad.

4:18 Volví a hacer mis rondines como siempre, pasando entre las tumbas. Pero aunque trataba de no pensar en eso, no podía quitarme de la cabeza al hombre que había escapado aquella madrugada. En la tercera noche, eran casi las dos de la mañana, el cielo estaba despejado y la luna ya no alumbraba tanto como antes. Yo estaba medio dormitando en la caseta cuando escuché un ruido como si se hubiera quebrado algo de vidrio o cerámica a lo lejos. Me levanté de inmediato, agarré la lámpara y salí rumbo al sonido. Caminé con cuidado pegado al muro de las tumbas viejas y mientras avanzaba me fui dando cuenta de que el ruido venía de la misma zona donde aquella vez vi al hombre agachado.

5:04 No se escuchaba más nada, solo mis pasos sobre la gravilla y algún grillo. Cuando llegué al punto exacto, sentí un vacío en el estómago. Había otra vez un montículo de tierra removida, igual que la vez pasada. Me acerqué, iluminando poco a poco el suelo. La tierra estaba suelta, como si alguien hubiera acabado con las manos. Metí la punta del bastón para revisar. Sentí que topaba con algo. Me agaché con cuidado, usando el mismo palo para mover la tierra con lentitud. No quería tocar nada directamente. Después de unos segundos apareció algo extraño. Era una fotografía. La desenterré por completo. Estaba algo húmeda con manchas de tierra por los bordes. La imagen mostraba a una mujer acostada en una cama. Tendría unos 30 años, quizá más. Su rostro era pálido, con los ojos hundidos, los labios resecos. No parecía dormida. Parecía muy enferma. A un lado de la fotografía se veía una pared blanca con algunas manchas oscuras.

6:11 Nada más. pero al darle vuelta noté que alguien había dibujado símbolos extraños como figuras de picos líneas torcidas y un triángulo encerrado con un círculo todo estaba marcado con lápiz negro como si fuera un tipo de lenguaje que yo no conocía no decía palabras sólo eran formas como si se tratara de una fórmula que alguien más entendía sentí que no debía desenterrarla no por miedo sino por precaución No sabía quién había dejado eso ahí, ni por qué, ni qué significaba, pero si la había enterrado en el panteón con tanto cuidado, no debía ser cualquier cosa. Me levanté, limpié la tierra con el pie y volví a enterrarla tal y como la encontré. La cubrí con calma, dejando la foto boca abajo, y alicé la tierra con la suela.

7:03 Regresé a la caseta sin decir una palabra. Esa noche no me senté a descansar. Me quedé parado, con la lámpara colgada del techo, mirando hacia la oscuridad entre las tumbas. Lo que más me incomodaba no era la foto en sí. Era la insistencia. Alguien había vuelto al mismo sitio para enterrar algo otra vez. Como si aquel pedazo de tierra tuviera un propósito. Pensé en comentarlo a las autoridades del pueblo, pero no tenía pruebas.¿ Qué les iba a decir? Que alguien andaba enterrando papeles raros en el panteón. Me iban a decir que no era de preocuparse. Esa noche terminé mi turno sin más incidentes, pero desde ese momento empecé a estar más atento en los rondines. Ya no me sentaba tanto tiempo en la caseta, caminaba más despacio, más veces, y en especial por esa parte del panteón. Quería ver si volvían. La noche siguiente no pasó nada, ni ruidos, ni sombras, ni señales de nadie, pero eso no me calmó, al contrario, sentía que solo era un descanso breve, como si quien estuviera haciendo esas cosas estuviera esperando el momento justo para volver, y volvió. A la cuarta noche me tocó uno de esos turnos en los que el aire se siente más frío de lo normal, aunque no esté nublado.

8:27 Era medianoche cuando salí de la caseta para hacer el segundo recorrido de rutina. Tenía el quinqué encendido, el bastón en la otra mano. Caminé por el pasillo principal. Pasé por las tumbas hasta llegar a la zona donde siempre había movimiento. al fondo me llamó la atención una luz tenue apenas perceptible brillaba me detuve no era una lámpara ni una linterna era una veladora y no estaba ahí antes estaba sola encendida justo encima de una tumba sin nombre una de esas que ya nadie visita sin cruz sin flor sólo una piedra blanca sin letras no había nadie alrededor mire en todas direcciones pero no había nadie me acerqué con cuidado agarraba con fuerza el palo que siempre tenía conmigo mientras daba pasos lentos hacia la luz la veladora era pequeña de vaso transparente con la cera derretida bajando por un costado la flama apenas se movía con el viento debajo tenía un papel doblado sostenido con un hilo negro que lo amarraba como si fuera una ofrenda no quise tocarlo me agaché solo para observar mejor todo estaba sobre una tumba sin marca yo conocía bien ese espacio había sido enterrado ahí un hombre hace décadas pero ya no quedaban familiares que lo visitaran por eso me llamó tanto la atención¿ Quién encendería una veladora en una tumba abandonada, y más aún, para dejar algo amarrado

10:00 con un hilo negro? Me levanté despacio. Miré otra vez a los lados. Nada. No quise tocar la veladora, ni el papel, porque ya intuía que eso era parte de algo que no me correspondía mover. Si alguien estaba haciendo trabajos, yo no tenía por qué intervenir. Cuando veas cosas raras, no preguntes. Mira y sigue caminando. Y eso hice. Retrocedí paso a paso, dejé la veladora ahí como la encontré y seguí con mi ronda por el otro lado del panteón. Pero no dejé de pensar en eso el resto de la noche. Volví a la caseta, me senté en el banco de madera y traté de calmar la cabeza. Esa noche no regresé a revisar la veladora. Me quedé en la caseta mirando la puerta abierta por si volvía a aparecer alguien. No apareció nadie. Pero al día siguiente me enteré de algo que haría que todo empezara a tomar sentido.

10:58 Algo que hizo que todas esas cosas, la tierra, la foto, la veladora… dejarán de parecer simples actos sin conexión. Esa noche llegué como siempre. Ya me había acomodado en la caseta de vigilancia, con el quinqué encendido y el café aún caliente, cuando vi acercarse una silueta por el camino de entrada. Reconocí al padre sin necesidad de que hablara. Era inconfundible, pero venía distinto. Sin su sotana, con una camisa oscura y el rostro más serio que nunca. Apenas me saludó y con voz firme me pidió que si podía sentarme con él un momento. Acepté, sin entender del todo qué quería a esas horas. Nos sentamos en las sillas viejas de madera dentro de la caseta. Me dijo que necesitaba hablar conmigo con franqueza, que lo que me iba a contar no debía repetirse, que confiaba en mí por los años que llevaba ahí y porque necesitaba ayuda.

12:00 Yo solo asentí. Me acomodé y lo escuché. Me contó que, días atrás, dos hombres, padre e hijo, habían ido a buscarlo al convento. Le dijeron que su hija estaba muy mal y que no sabían qué hacer. Hablaron con desesperación. No querían que nadie del pueblo se enterara. Le rogaron que fuera por la noche, que no hiciera ruido, que no dijera nada. Le pidieron discreción total, como si lo que ocurría dentro de esa casa pudiera desatar algo peor si salía a la luz. El padre me confesó que al principio dudó, que pensó que tal vez era una cuestión médica o emocional, pero aceptó ir más por compromiso que por convicción. me dijo que llegó a la casa cuando ya estaba oscureciendo que los hombres lo esperaban afuera y lo guiaron hacia una habitación al fondo no había luces encendidas salvo una lámpara débil sobre una cómoda y ahí en la cama estaba la muchacha estaba amarrada de brazos y piernas con trapos gruesos y sogas sujetas al cabecero y al pie del mueble No parecía dormida, pero tampoco hablaba, solo lo miraba. Dijo que esa mirada no la iba a olvidar. Era fija, sin parpadeo, sin emoción, solo una ceja levemente fruncida. La familia, mientras tanto, le explicó que no sabían cómo había empezado todo. Dijeron que una noche empezó a decir cosas sin sentido, a mover

13:31 la cabeza como si algo la sacudiera. Luego vino el rechazo a la comida, las crisis, las contorsiones en el piso, los gruñidos, y después los ruidos, golpes en las paredes, jalones en el cabello por las noches, portazos sin viento. Todo eso ocurría cuando ella estaba despierta, o cuando parecía dormida, que era cuando más miedo les daba. El padre dijo que había visto sufrimiento en otras casas. Había acompañado familias en sus duelos. Había rezado por enfermos que ya no se movían, pero nunca había sentido lo que sintió en esa habitación. Un peso extraño en el aire, como si el ambiente estuviera lleno de algo que no debía estar ahí.

14:17 El padre me contó que, después de escuchar la versión de la familia, pidió quedarse unos minutos a solas con la muchacha. Ellos aceptaron, aunque la madre decidió quedarse junto a la puerta. Decía que no podía dejarla sola por más de unos minutos, que a veces empezaba a gritar sin razón o a morderse los labios hasta sacarse sangre. El padre no discutió. Solo se acercó a la cama, se sentó en una silla de madera y le habló con calma. Primero le preguntó su nombre. La muchacha no respondió. La madre desde atrás fue quien dijo cómo se llamaba. El padre intentó otra vez con más suavidad repitiendo su nombre, diciéndole que sólo quería hablar, pero no obtuvo nada. La joven seguía acostada, rígida, con los ojos bien abiertos. Lo miraba fijamente, no parpadeaba, no parecía cansada ni dormida, pero tampoco había un gesto en su rostro que indicara interés o reacción. Solo lo observaba. El padre me dijo que intentó iniciar una conversación más casual. Habló del clima, del calor que hacía esa noche. dijo que venía de la iglesia que había estado rezando por los enfermos mencionó que su madre estaba preocupada pero ella no decía nada seguía mirándolo con esa expresión que no cambiaba respiraba fuerte como si tuviera una especie de congestión pero no se movía ni un centímetro era como si estuviera congelada por dentro

15:49 con los ojos fijos en él como si esperara algo Pasaron varios minutos así. El padre me confesó que llegó a pensar que quizá era un caso médico, tal vez una especie de parálisis o un estado alterado por alguna fiebre alta. Fue entonces que decidió sacar la Biblia. La abrió sobre sus piernas y empezó a leer en voz baja. No era un exorcismo ni una oración especial. Solo pasajes comunes, de esos que se usan en las misas de sanación. Al principio no pasó nada, pero a la mitad del segundo versículo notó que la muchacha torció ligeramente el cuello hacia un lado, no de forma normal, sino como si los músculos se movieran de forma desacompasada. Luego vino un gruñido, bajo al principio pero profundo. como el que hace un perro cuando no quiere que lo molesten. Después, la respiración se volvió más pesada. Me dijo que en ningún momento perdió la calma, pero que empezó a sentirse tenso. La joven seguía inmóvil, pero cada vez que él continuaba leyendo, los gruñidos se hacían más claros. El cuerpo de ella temblaba ligeramente, seguía sin hablar, pero los sonidos que salían de su garganta ya no eran humanos, eran como un ronquido largo entrecortado por la respiración agitada. El padre me contó que no podía quedarse sin hacer nada. Cerró la Biblia.

17:17 Guardó silencio unos segundos, y luego sacó de su bolso pequeño una botellita de agua bendita que siempre cargaba. Se acercó con cuidado, extendió la mano y roció unas gotas sobre la frente de la joven. En cuanto el agua tocó su piel, ella gritó con una voz que no era suya. No era un grito normal, era más grave, como si saliera de una garganta mucho más grande que la de una mujer. Fue un alarido que hizo temblar la ventana, que hizo retroceder al padre de inmediato. La joven se arqueó en la cama, los brazos se le tensaron contra las amarras, los pies se sacudieron con fuerza y la cara se le deformó con una expresión de furia.

17:59 La madre gritó también pensando que se le iban a reventar las correas, pero el padre le pidió que se quedara afuera. La muchacha empezó a escupir al aire, movía la cabeza con fuerza de un lado a otro, respiraba como si le costara trabajo y entre cada jadeo dejaba salir insultos. No se entendían del todo, eran frases mezcladas, algunas en español, otras en palabras que no parecían de este idioma. El padre me dijo que alcanzó a escuchar cómo mencionaba nombres que no conocía y que, en una parte, le dijo claramente que no se acercara más, que si lo hacía iba a matarlo. Él se quedó unos minutos más, solo rezando desde donde estaba. No se atrevió a volver a tocarla. La joven siguió gritando por varios minutos hasta que pareció agotarse. Se quedó mirando el techo, respirando rápido, con los ojos abiertos como platos. No decía nada. Solo se oía su pecho subir y bajar y un ruido leve en su garganta, como si estuviera masticando saliva. El padre salió de la habitación con el rostro cansado. Se sentó con la familia en la cocina y les dijo que no podía hacer más. Les explicó que lo que había hecho no era un exorcismo, que él no estaba autorizado para eso, solo podía realizar oraciones y bendiciones, pero que enfrentarse directamente a una posesión requería un permiso especial de la diócesis, que necesitaban un sacerdote asignado por la iglesia,

19:31 alguien con experiencia en ese tipo de casos. Pero ese trámite no era rápido. Podía tardar días, incluso semanas. La familia no dijo nada al principio, solo lo miraban. El padre les repitió que entendía su dolor, que haría todo lo posible por escribir la solicitud de inmediato y enviarla, pero que mientras tanto él ya no podía hacer nada más con la muchacha. Les propuso bendecirlos a ellos y también bendecir la casa para que sintieran algo de protección mientras esperaban. El padre me dijo que la madre aceptó con un leve movimiento de cabeza, pero no dijo ni una sola palabra. Terminó la bendición sin que nadie hablara.

20:16 Luego le abrieron la puerta y lo dejaron salir. Me dijo que al caminar por el patio rumbo a la calle sintió que algo lo miraba desde la ventana de la habitación. No volteó, solo caminó hasta la reja y no paró hasta llegar de nuevo al convento. El padre me dijo que, desde el momento en que terminó la bendición, notó que algo había cambiado en la actitud de la familia. Ya no lo miraban igual. No lo despidieron con cortesía ni le agradecieron la visita. Simplemente le abrieron la puerta y lo dejaron salir. No hubo reclamos, pero el silencio era más claro que cualquier palabra. Sabía que estaban molestos, que esperaban más de él, que les dolía que después de todo lo que estaban viviendo, lo único que él pudiera ofrecer fuera una oración y una promesa de mandar una carta. Me contó que durante los siguientes cuatro días intentó buscarlos. Fue a su casa dos veces, tocó la puerta, esperó varios minutos, pero nadie abrió. Sabía que había gente adentro, porque alcanzaba a oír pasos, o el sonido leve de una silla moviéndose. Una vez incluso creyó escuchar que alguien miraba desde la rendija de la ventana, pero no salían, no le hablaban. También los cruzó por la calle en una ocasión. La madre y el hijo caminaban cerca de la plaza. El padre los saludó de lejos levantando la mano,

21:47 pero en cuanto lo vieron se giraron y tomaron otra dirección. Era como si ya no quisieran tener nada que ver con él. Pensó que tal vez habían buscado a alguien más, o que habían decidido esperar en silencio. Lo cierto es que no supo nada de ellos hasta el cuarto día. Cuando se apareció el hermano en el convento, solo, con los ojos hinchados y la voz cortada, le dijo que su hermana había muerto. El padre no preguntó nada al principio, solo lo miró en silencio. El joven se lo dijo rápido, como si quisiera soltarlo de una vez. Dijo que su hermana había fallecido en la madrugada, que la encontraron sin respirar, sin moverse, con los ojos abiertos. El padre no se quedó callado. Le preguntó al muchacho cómo había muerto su hermana, qué había pasado exactamente. Fue entonces que el joven con la mirada baja le confesó lo que habían hecho. Dijo que después de que el padre se marchó de su casa sin poder hacer el exorcismo, su padre tomó una decisión.

22:54 Que ya no podían esperar más. Que no sabían cuánto tiempo tardaría la ayuda de la iglesia. Y que la situación en casa se había vuelto insostenible. Las cosas se caían solas. Los perros del vecino no paraban de ladrar en la madrugada. La hermana pasaba noches enteras gritando palabras que no entendían, y en una ocasión, según dijo, su madre apareció con los brazos llenos de moretones, como si alguien la hubiera apretado con fuerza durante el sueño. Fue entonces que el padre de familia se puso en contacto con unas personas de fuera. No quiso dar nombres ni detalles, solo dijo que eran gente que sabía cómo tratar estas cosas.

23:38 Brujería les llamaban algunos, curandería oscura decían otros. Lo cierto es que llegaron una tarde cargando bolsas de tela, frascos de vidrio y ramos de hierbas. No saludaron ni preguntaron nada, solo pidieron que sacaran a todos de la casa y que no interrumpieran lo que iban a hacer. El padre me contó según lo que el muchacho le relató. Los rituales comenzaron esa misma noche en que se pusieron en contacto con esas personas. Le amarraron más fuerte las manos y los pies a la joven. le colocaron algo en la boca y luego empezaron a forzarla a tragar cosas tierra de panteón sal gruesa cenizas de carbón líquidos negros con olor fuerte trozos de piedra machacada la muchacha los escupía al principio pero luego perdía fuerzas terminaba tragando entre arcadas a veces vomitaba a veces quedaba temblando con la mirada ida también le hacían aspirar el humo de hierbas secas quemadas sobre braceros de barro el olor era tan penetrante que los demás en la casa tenían que salir la habitación se llenaba de humo y calor colocaban decenas de veladoras alrededor de la cama algunas con fotografías amarradas con hilo negro otras con símbolos que ni el padre reconocía cuando el muchacho se los describió decían que eso ayudaría a romper el lazo con la entidad cada noche

25:09 esas personas volvían A veces traían cosas distintas. Una vez llevaron lo que parecía ser un huevo cubierto con cera que pasaban por el cuerpo de la joven. Otra noche rociaron un líquido oscuro por las paredes mientras rezaban en un idioma que nadie conocía. El ambiente en la casa era insoportable. Calor, humo, gritos. El muchacho dijo que su hermana se retorcía con una fuerza que no parecía humana, que maldecía en voz alta, que los escupía, les lanzaba insultos y a veces se reía como si todo eso le divirtiera. Le preguntó si en algún momento ella había mostrado alguna mejora, algún cambio. El joven negó con la cabeza.

25:54 Dijo que no, que cada día estaba peor, que dormía menos, que la piel se le ponía pálida, luego roja, luego morada, que la habían escuchado hablar con alguien invisible, que pedía que la dejaran morir y que una noche simplemente se quedó inmóvil, con los ojos abiertos, sin respirar. También le confesó que él mismo había enterrado una fotografía en el panteón, que fue de noche cuando nadie lo veía, que prendió la veladora sobre una tumba vieja, que fue él quien recogió la tierra para mezclarla con las cosas que le hacían tragar. Lo había hecho porque se lo habían ordenado, porque le habían dicho que era parte del proceso, que si no lo hacía la entidad no iba a soltarse jamás.

26:44 El padre lo escuchaba con el corazón apretado. Me dijo que nunca en su vida había oído algo tan fuera de lugar, pero no lo juzgó. Entendía que en la desesperación uno hace lo que puede, aunque esté equivocado, aunque el remedio sea peor que la enfermedad. El padre se quedó callado por unos segundos. Luego me miró directo a los ojos y me dijo que por eso había venido a hablar conmigo. Después de contarme todo, el padre me pidió un favor. Lo hizo con la voz tranquila, pero con una mirada que no le había visto nunca. Me explicó que la familia no quería esperar más, que no deseaban un entierro público ni una misa de cuerpo presente.

27:30 que no querían correr el riesgo de que alguien más supiera lo que había pasado, y que por sobre todo temían lo que pudiera ocurrir si el cuerpo quedaba más tiempo sin sepultar. Me dijo que necesitaban enterrarla esa misma madrugada, sin avisar a nadie, ni rezos, sin gente, solo él, yo y los familiares más cercanos. me pidió permiso para usar una parte del terreno del panteón uno de esos espacios del fondo donde ya casi nadie enterraba me prometió que no habría problemas que él se haría responsable de todo si alguien preguntaba después sólo necesitaban hacerlo rápido Y en silencio. Yo no supe qué decir de inmediato. Me quedé ahí, sentado en la silla de la caseta, con la lámpara apagada en la mano, mirando hacia el suelo.

28:22 Lo que me acababa de contar me tenía revuelto por dentro. Por la muchacha, por el hermano, por la madre. y por el padre que me estaba pidiendo ayuda con la cara cansada y las manos temblorosas. Le dije que sí. Le dije que sí porque confiaba en él, porque lo conocía de años, porque sabía que no era hombre de andar con cuentos ni exageraciones. Si él me decía que era urgente y que era mejor hacerlo así, entonces tenía que ser cierto. A las tres de la madrugada llegaron. Eran cuatro personas. El padre, el muchacho que había ido al convento, la madre, y un hombre mayor, delgado y encorvado que supuse que era el papá. No hablaban, no saludaron.

29:11 Solo llegaron con cuidado, sin hacer ruido, como si temieran que el más leve sonido pudiera despertar algo. El cuerpo venía envuelto en una sábana blanca. Estaba completamente cubierto. Ni los pies ni el rostro se veían. Lo llevaban entre los dos hombres con los brazos tensos. La madre iba detrás, con una veladora encendida entre las manos. Caminaban como si tuvieran miedo de tropezar. Ya habíamos escogido el lugar desde antes. Una esquina apartada del panteón, junto a una barda vieja cubierta de bugambilias. El padre y yo habíamos marcado el sitio con unas piedras, y desde temprano yo había acabado un poco, pero no fue suficiente. Esa tierra era dura, y entre los dos hombres y yo nos tardamos casi dos horas más en terminar el hoyo. Nadie decía nada mientras paleábamos, solo el sonido del metal contra la tierra, el crujido de las ramas al moverse con el viento, y de vez en cuando el murmullo del Padre, que rezaba en voz baja mientras nos ayudaba a despejar el terreno.

30:18 Cuando el hoyo estuvo listo, colocaron el cuerpo con mucho cuidado, no quitaron la sábana, no hicieron ninguna señal religiosa, aparte de unas palabras del Padre, que murmuró con la cabeza inclinada. La madre solo se quedó parada a un lado, con la mirada clavada en la tierra. Tapamos el hoyo poco a poco. Yo fui el último en echar tierra. Al terminar, colocaron una piedra grande encima. Antes de irse, el padre me dio las gracias. No me abrazó ni me dio la mano. Solo me miró un momento, con los ojos cansados, y me dijo que esperaba que todo terminara ahí. Que esa alma, fuera lo que fuera que le había pasado, encontrara descanso. Yo me quedé solo como siempre, en medio del panteón, y por primera vez en muchos años sentí que ese lugar ya no era solo un campo de muertos, que entre esas tumbas, esa madrugada, habíamos enterrado algo más que un cuerpo. Desde entonces nunca me volví a acercar ahí.

31:21 Ya no trabajo ahí desde hace muchos años, pero aún sé dónde está.