Presidentes Mexicanos Miembros De La CIA Historias De Terror - REDE

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Secreto de Estado. No puedo revelar mi identidad con precisión. Con el paso de los minutos, irán comprendiendo el por qué Mi equipo fue desmantelado y eliminado de los registros veinticuatro horas antes de que el actual Presidente obrador asumiera el poder. Aunque esto sucedió, tanto yo como mis compañeros de equipos seguimos bajo la posibilidad latente de poder recibir nuevas órdenes en cualquier momento. De hecho, hay un nombre para la unidad que operarÃamos en caso de ser requeridos actualmente ante los ojos del Gobierno y de cualquier servicio de inteligencia del mundo. Todos los elementos que pudiéramos ser llamados a operar dentro de esa unidad. Somos simples civiles, pero es importante destacar que la organización a la que mi grupo pertenecÃa tiene una importante semejanza con la CIA es que si trabaja allÃ, incluso después de retirarte, sigues vinculado a ella. Nosotros éramos un equipo reducido de tan sólo nueve personas. Estábamos conformados por individuos provenientes del Departamento de Inteligencia, de la Unidad de Inteligencia Naval, de la Fuerza Especial de Reacción, de las Fuerzas Especiales del Alto Mando y también contábamos con personal que habÃa trabajado en el servicio secreto. Nuestras instrucciones no provenÃan de ninguna institución oficial ni tampoco del presidente. De hecho, a pesar de que el centro de operaciones de la organización que nos coordina estaba debajo de los pinos, Si el presidente en turno no tenÃa el visto bueno del jefe de la organización que nos coordinaba, ni siquiera se le informaba de la existencia de la misma organización que cabe aclarar se supone que la organización al mando nunca ha existido. SÃ, evidentemente, el Presidente sabÃa que esas largas escaleras de caracol den de n la de los pinos, descendÃan a algún lugar, pero no se le permitÃa bajar y cuando preguntaba, no se le respondÃa. La organización que nos coordinaba surgió después de que Estados Unidos lograra que un agente de la CIA se convirtiera en Presidente de México. Me refiero a Adolfo López Mateos. El propósito inicial de la organización era estar en funcionamiento durante el tiempo en que la HACIA tuviera el control sobre México. A pesar de los esfuerzos de la organización, México estuvo bajo el gobierno de agentes de la CIA hasta el año mil novecientos ochenta y dos, cuando echeverrÃa quien también era agente de la CIA, dejó la Presidencia Desde mil novecientos cincuenta y ocho hasta mil novecientos ochenta y dos. Los cuatro presidentes que tuvo México fueron agentes de la CIA. Cuando la CIA dejó de tener total control sobre el Gobierno mexicano, la organización ya tenÃa más de veinte años de existencia. Durante todo ese tiempo se llevaron a cabo numeroso es operaciones secretas con el objetivo de contrarrestar los planes de la CIA y tenÃan en funcionamiento varios equipos similares al que yo pertenecÃa. Cerrar la organización y dejar asuntos inconclusos en México, además de darle la espalda a más de cien elementos en activo. No era una opción viable, por lo que se decidió que la organización siguiera operando. Sin embargo, con la llegada de obrador se sabÃa muy bien que si se llegaba a enterar de la existencia de la organización, él revelarÃa todo. Por esta razón, mi equipo y todos los demás que estaban en funcionamiento fueron desmantelados veinticuatro horas antes de que asumiera la Presidencia para evitar cualquier exposición innecesaria. Todos nos convertimos en civiles y la organización abandonó los pinos para migrar a otra ubicación altamente secreta que ni yo conozco. Quiero aclarar que el equipo al que yo pertenecÃa no fue de los primeros en ser creados. No nosotros nos centramos en funcionamiento en la primera mitad de la década de los ochenta. Antes de eso, yo trabajaba para el Gobierno, pero en un puesto normal, algunas de las cosas que he mencionado pueden ser verificadas con documentos desclasificados del Gobierno de Estados Unidos, los cuales han sido liberados en los últimos cuatro años. En esos documentos se menciona claramente que esos Presidentes de México eran agentes de la CIA. Por esa razón puedo compartir esta información, ya que los datos que pudieran resultar más sensibles están disponibles públicamente en documentos desclasificados que cualquiera de ustedes puede consultar por Internet en el momento que quieran. Sin embargo, es importante señalar que esos documentos desclasificados, muchos nombres, fechas e información están censurados. Lo que voy a compartir aquà solo representa una pequeña parte de toda la historia. Hay muchas cosas que no puedo revelar, no porque esté en peligro de muerte o algo similar, sino simplemente porque, como mencioné antes una vez que eres parte de la organización, incluso después de retirarte, si que es vinculado a ella. Lo único que les voy a contar es un evento que comenzó con un avión. Recibimos información de que el aeropuerto internacional Benito Juárez estaba experimentando una situación inusual, ya que una aeronave no podÃa aterrizar. Lo que nos llamó la atención fue que la misma aeronave, antes de acercarse al aeropuerto, reportó a la torre de control que varios objetos desconocidos habÃan abortado la nave e intentaron tomar el control de ella. Pero cuando nosotros llegamos al lugar, el piloto ya habÃa sido evaluado por un médico, no habÃa consumido sustancias, no mostraba signos de tener algún padecimiento que le hubiera causado alucinaciones. TenÃa cansancio fÃsico, pero no cansancio mental. Nosotros llegamos a interroga. Nos interesaba llegar a él antes de que lo hicieran los otros, porque sabÃamos que ellos se iban a empeñar en intimidarlo para que no hablara al respecto. El piloto nos relató que cuando volaban a una altitud de diez cero pies, fue abordado por un objeto de aproximadamente dos metros de altura. No sabÃa de dónde habÃa surgido ni en qué dirección se habÃa aproximado. Simplemente cuando se dio cuenta el objeto ya estaba allà al lado suyo, a muy escasos metros de una de las alas de la aeronave, el piloto consideró cambiar de dirección y girar hacia el lado opuesto para alejarse del objeto. Pero antes de que pudiera hacerlo, otro de esos objetos llegó y se posicionó al lado de la otra ala dejándolo flanqueado. Subir a una altitud mayor no era viable, ya que la aeronave no tenÃa una cabina presurizada. Si ascendÃa demasiado, el piloto correrÃa el riesgo de sufrir hipoxia, lo cual podrÃa or poner en peligro su vida. La única opción que le quedaba era descender y estuvo a punto de hacerlo. Sin embargo, cuando intentó descender algo en la parte inferior de la aeronave, lo impedÃa el piloto. No supo con certeza si habÃa otro objeto similar debajo de la aeronave, pero cree que sÃ. En ese momento sintió una fuerte descarga eléctrica que lo hizo soltar los controles del panel. Trató de recuperar el control, pero al tocar nuevamente los controles sufrió otra descarga eléctrica. El piloto supone que los objetos que lo tenÃan flanqueado fueron los que causaron esas descargas. En ese instante, todos los medidores comenzaron a comportarse de manera errática. Los indicadores giraban sin control y la brújula dejó de funcionar correctamente. El piloto sabÃa que tenÃa que pedir ayuda. Rápidamente se quitó una prenda de ropa y la utilizó para poder proteger su mano y evitar recibir otra descarga eléctrica. Con cuidado, ajustó la radio para sintonizar la frecuencia de emergencias de la ciudad de México y transmitió la situación que estaba experimentando. Poco después, la torre de control respondió y le informó que no habÃa ninguna otra aeronave cerca de su posición que pudiera brindar asistencia. Lo único que podÃan hacer era otorgarle prioridad de aterrizaje para que pudiera aterrizar de manera segura lo más pronto posible, a pesar de la explicación de que no podÃa descender debido a la situación que enfrentaba la torre de control, lo instó a hacer todo lo posible para dirigirse al aeropuerto. Le aseguraron que, en cuanto lo solicitara, la pista de aterrizaje estarÃa disponible para él. El piloto nos dijo que lo que hizo fue ayudándose de la prenda de ropa para no recibir más descargas eléctricas. Fue aumentar la altitud de la aeronave lo más rápido que le fue posible sin correr el riesgo de ocasionar una falla masiva y, en cuanto aumentó la altura, lo suficiente o la hizo un descenso muy brusco, apuntando directo hacia la dirección del aeropuerto. Durante el descenso tuvo una sensación de impacto en la aeronave, lo que le llevó a creer que uno de los objetos estaba ubicado debajo del fuselaje. Los otros dos objetos continuaron persiguiéndolo mientras las alas de la aeronave se veÃan comprometidas a punto de fracturarse. Sin embargo, finalmente los objetos desistieron y se quedaron atrás. En ese momento empezó a recuperar el control poco a poco hasta lograr estabilizar la aeronave. Comunicándose con la torre de control, les informó que se habÃa liberado de los objetos y que se acercaba rápidamente al aeropuerto. Sin embargo, también les mencionó que no podÃa desplegar el tren de aterrizaje. Al comprender el gran peligro que esto representaba, la torre de control alertó a los aviones que se encontraban a menos de veinte minutos de distancia para que dieran vueltas y esperaran nuevas instruccion tuvo mucha suerte y si logró solucionar el problema con el tren de aterrizaje y concluyó su viaje sin mayores complicaciones, nosotros grabamos toda esa conversación y les dejamos una tarjeta para que nos marcara si necesitaba algo siempre y cuando ese algo estuviera relacionado con su incidente en el aire. Después del interrogatorio que le hicimos al piloto, nos dirigimos al departamento de control de vuelo para obtener más información. Allà confirmamos que si se habÃa detectado la presencia de por lo menos un par de objetos que habÃan estado siguiendo al piloto. Es importante resaltar que, una vez dejaron de seguir al piloto, los objetos tomaron rumbo hacia el volcán POPOCATEPETL. Decidimos también inspeccionar la aeronave para corroborar lo que habÃa relatado el piloto y, efectivamente, encontramos pruebas irrefutables. En la parte inferior muy cerca del tren de aterrizaje habÃa una evidencia clara de una collissa en el aire. Durante el vuelo tomamos muestras de un pequeño fragmento del área del impacto y nos retiramos del aeropuerto. Es crucial mencionar que México, desde siempre ha adoptado un enfoque totalmente distinto al de Estados Unidos en lo que respecta al fenómeno de los objetos voladores no identificados. A diferencia de Estados Unidos, el Gobierno mexicano nunca ha tratado el tema de los OVNIs como un asunto de máxima confidencialidad que ponga en riesgo la seguridad nacional. El Gobierno mexicano tiene una polÃtica de transparencia en cuanto al fenómeno OMNI, aunque su enfoque puede variar dependiendo del lugar especÃfico involucrado. PermÃtanme explicarlo con más detalle. Si un ómnic hay en cualquier pueblo de Veracruz, la prensa tendrá la libertad de informar sobre el incidente sin restricciones. Es posible que el Presidente nacional no emita un comunicado oficial, pero no se intentará silenciar lo sucedido sin emba rno. Si alguien accidentalmente obtiene evidencia que sugiere una posible relación entre un OVNI y las instalaciones secretas de la fuerza aérea en el pico de orizaba, la actitud del Gobierno mexicano cambia en ese caso. Se adopta una postura similar a la de Estados Unidos y se hará todo lo posible para mantener ese asunto en secreto y evitar que salga a la luz. Es importante hacer especial énfasis en que México no oculta ningún fenómeno OMNIA en general, pero puede llegar a hacerlo cuando está en juego la seguridad de un secreto de Estado. Transcurrieron tres horas desde que dejamos el aeropuerto hasta que enviamos nuestro informe y la muestra recolectada a la organización. No se nos proporcionó información sobre el destino final de esa muestra, pero puedo suponer que fue enviada a la base secreta ubicada en el pico de orizaba. Esa ocasión marcó la primera y única vez que mi equipo fue fue asignado a investigar un incidente relacionado con el fenómeno OMNI. Normalmente, este tipo de situaciones son manejadas por el Gobierno, pero en ese caso fuimos enviados por una razón especÃfica. Después de los trágicos sucesos de Tlatelolco y el Halconazo, ambos eventos orquestados por la CIA. La Agencia de Inteligencia estadounidense tenÃa agentes encubiertos operando en nuestro territorio. Es por eso que nos encomendaron la misión de obtener toda la información existente sobre el incidente antes de que los agentes encubiertos de la CIAL, conocidos como hombres de negro, silenciaran al piloto y borraran cualquier evidencia disponible. Nuestro objetivo era actuar rápidamente y recolectar cualquier evidencia tangible antes de que se perdiera para siempre. Pasaron aproximadamente dos semanas. Cuando recibimos una llamada del piloto, no le dimos tiempo para hablar. Simplemente le indicamos que nos encontrarÃamos con él en un lugar y a una hora especÃfica. Una vez estando reunidos con él, nos relató lo sucedido en detalle. Mientras estaba conduciendo por una avenida, dos vehÃculos bloquearon repentinamente su camino y unos hombres se acercaron a él. Los individuos a los que el piloto se refirió como gemelos eran imponentes. Superaban los dos metros de altura y tenÃan una apariencia fÃsica robusta. LucÃan calvos y tenÃan la cara completamente rasurada, incluyendo las cejas. Su vestimenta se asemejaba a la de los empresarios con trajes formales por el tono de su piel parecÃan ser extranjeros. Estos sujetos intimidaron al piloto y le advirtieron enérgicamente que no debÃa revelar lo sucedido con la aeronave. Después de hacerlo, regresaron a los vehÃculos y se marcharon del lugar. Fuimos honestos con el piloto. Le informamos que esa gente podÃa llegar a ser bastante peligrosa si no se obedecÃan sus indicaciones. También le aclaramos que nosotros no lo podÃamos proteger, que no era nuestra labor. Ellos podÃan matarlo si se lo ordenaban. Después de eso, nos asignaron otro objetivo y nos olvidamos el incidente creyendo que ya todo habÃa terminado. Sin embargo, varios meses después recibimos otra llamada del piloto, nos reunimos con él y el motivo por el cual el piloto habÃa querido poder encontrarse con nosotros era para entregarnos una grabación que habÃa hecho luego de que se habÃa reunido con una persona de Estados Unidos que habÃa participado en el proyecto Libro Azul. Sin lugar a dudas era un material muy valioso, pero era evidente que el piloto querÃa algo a cambio, lo que nos pidió fue estar de alguna forma cerca del Gobierno. Ãl sabÃa que no podÃamos darle protección, pero si tenÃa algún tirano trabajo gubernamental, estarÃa un poco más seguro de los hombres en negro. Nos llevamos la grabación y le aseguramos que si el material en verdad resultaba ser de utilidad para nuestros superiores, recibirÃa noticias pronto. Nosotros no escuchamos el contenido de aquella grabación. No era de nuestra incumbencia. Aquella información era para la organización. La entregamos y sé que sà era buen material, porque al poco tiempo ese piloto empezó a trabajar realizando viajes para personal del Gobierno. Esa fue la conclusión del caso. Antes de eso y después hubo muchas operaciones que en verdad serÃan muy interesantes para contar, pero no puedo hablar al respecto. Como dije, esto lo cuento porque hay documentos desclasificados. Por eso sé que no me meto en problemas al hablar. Estoy consciente que todo lo relatado puede ser un poco difÃcil de creer, pero pero les voy a dar una pista. Aquellos que formen parte de la fuerza aérea o con que ahà tengan un familiar o a un amigo pregúntenles si de pura casualidad no han notado que hay personal con el que no tienen permitido hablar, personal que no saben a qué área corresponden, personal del que no tienen ni la más mÃnima idea de qué es lo que hacen, de cuál es su trabajo. Si su conocido ha notado esto, muy probablemente también hayan escuchado hablar sobre un departamento que trabaja con drones. El personal que trabaja en esa unidad no pertenece a la fuerza aérea y la unidad no es una unidad. Se trata de la organización para la que yo trabajo. Están camuflados bajo el cobijo de la fuerza aérea. SÃ, manejan drones, pero la fuerza aérea no tiene jurisdicción sobre ellos. La organización utiliza esos drones para espiar a todo el que quieran. Pegasus, el programa que se utiliza con motivos de espionaje, no se compara en nada con el alcance que tiene la organización utilizando a los drones. Y no soy cuidadoso al decirlo, porque, de todas formas, no hay nada que nadie pueda hacer al respecto. La organización, al estar dentro de la fuerza aérea, pero fuera de su jurisdicción, cay en un limbo jurÃdico que le otorgue inmunidad ante cualquier auditorÃa, investigación consulta nadie puede preguntar al respecto Y aunque pregunten es ilegal que alguien les responda. Y eso si es que alguien supiera responder, porque deben ser muy pocas personas las que están enteradas sobre la existencia de la organización el altar de la hacienda. Ingresé a la PolicÃa Federal de Caminos en el año mil novecientos noventa. Fue en el año mil novecientos noventa y cuatro, durante la Dirección General del Comandante Francisco en Ciso, gracida, cuando se gestó un cambio importante en nuestra organización. La creciente violencia y sofisticación de las organizaciones criminales en México requerÃan una respuesta contundente. Surgió asà la unidad de operaciones especiales de nuestra rama, un grupo selecto de hombres preparados para enfrentar los desafÃos más peligrosos y complejos. Me presenté a la selección con la intención de formar parte de ese grupo élite. Después de un arduo proceso de evaluación, solamente menos de la mitad, superamos las pruebas fÃsicas, mentales y psicológicas necesarias para ser parte de ese selecto grupo. De nuestra unidad de operaciones especiales se desprendió un grupo antiterrorista que, si bien era dirigido por elementos de la unidad de operaciones especiales de la PolicÃa Federal, contaba con la participación de policÃas municipales y estatales. En el año mil novecientos noventa y cinco a varios elementos tanto de nuestra unidad como del grupo antiterrorista, asà como de otras facciones de la defensa. A medida que avanzábamos hacia el nuevo milenio, se llevó a cabo una reestructuración, se nos otorgó una nueva denominación golpes siglas, qué significan grupo de operaciones especiales. En aquellos años, en tiempos de FOX, estábamos en el top diez mundial de las unidades especiales policÃacas de Ãlite. Ãramos los elementos con una de las mejores preparaciones operacionales para afrontar la guerra contra los cárteles. Puedo afirmar con certeza esto, ya que en una ocasión el FBI solicitó autorización al Gobierno mexicano para enviar a varios de sus agentes a entrenarse con nosotros durante un perÃodo de cuatro meses. Gran parte de nuestras actividades se llevaban a cabo en total discreción sin la cobertura mediática. Dado que éramos una unidad de fuerzas especiales, nuestras operaciones generalmente se desarrollaban en el marco de la seguridad nacional, lo que implicaba un alto nivel de confidencialidad y secretismo. En el año dos mil nueve, debido a cuestiones administrativas, nuestra unidad experimentó otro cambio de nombre. Pasamos de ser conocidos como GOPES a ser designados como el grupo especial de operaciones. En esta ocasión, me gustarÃa compartir los detalles de una operación que llevamos a cabo durante el año dos mil diez. A mà y a mi escuadra nos asignaron la misión de obtener la última pista necesaria para lograr una detención de suma importancia. En la escuadra estábamos ocho elementos. Los antecedentes de esa operación era que en el año dos mil siete, en la ciudad de Cuernavaca, tuvo lugar una reunión entre altos mandos de los carteles de Sinaloa, Juárez, p y Colfo. En dicho encuentro, los Beltrán Leiva tomaron la decisión de separarse del cartel de cine, lo que desencadenó una serie de eventos que marcarÃan el rumbo del crimen organizado en los años venideros. A medida que pasaba el tiempo, las cosas se fueron acomodando para que se diera la creación de un nuevo cárter, el cual tomó el control de Acapulco y de gran parte del Estado de Guerrero. Esta poderosa organización estableció alianzas estratégicas con los cárteles de Juárez y Golfo, consolidando asà una fuerza formidable. El lÃder de ese cártel, quien ejercÃa un control absoluto sobre Acapulco, se convirtió en el objetivo principal de nuestra operación. La detención de este individuo representaba un golpe significativo para desarticular la estructura y el poderÃo del cárter y, por ende, para debilitar la influencia del crimen organizado en la región. Por eso recibimos la orden de infiltrarnos y llevar a cabo un cateo en un extenso rancho, utilizando como base operativa por el brazo armado del del s Carno del Golfo. Los de inteligencia nos indicaron que en ese lugar, situado en un estado del norte del paÃs, encontrarÃamos a criminales que poseÃan información crucial para lograr la ansiada detención. El arribo al lugar lo hicimos una tarde que el cielo estaba cubierto de negros nubarrones y el fuerte viento levantaba la tierra de los caminos por los que llevábamos dos vehÃculos Para llegar desde el centro de operaciones del que salimos hasta la hacienda. Tuvimos que atravesar por un pequeño poblado en el que se estaba realizando una feria ganadera. Era evidente que no tardarÃa mucho en comenzar a llover mientras atravesábamos la feria. El integrante más reciente de la escuadra comentó que quizá hubiera sido una mejor idea que el despliegue se hiciera de noche. Lo que le comentamos era que si encontrábamos resistencia en el rancho, la neutralización y la captura de los delincuentes claves podrÃa tomar hora. La extracción de los capturados se harÃa en unos helicópteros de difÃcil identificación nocturna. Por lo tanto, era mejor que se nos hiciera de noche para que los helicópteros pudieran llegar hasta el centro de operaciones, a que fuéramos de noche y nos agarrara la mañana y que se perdiera la ventaja que tenÃan los helicópteros durante la noche. Pasando la feria ganadera, cortamos camino por una brecha que llevaba directo hacia el rancho. Llegó la lluvia y la brecha se convirtió en un camino de lodo que cruzaba varios riachuelos. Finalmente avistamos a lo lejos la siluetas de la hacienda. A medida que nos acercábamos pudimos distinguir las luces intermitentes de algunos vehÃculos estacionados cerca de la entrada. La lluvia nos obstruÃa un poco la vista, pero era evidente la presencia de un grupo armado reducido justo en la entrada ese rancho. El brazo armado del cártel del Golfo no lo utilizaba como casa de seguridad ni como a almacén. Era más bien para ellos un lugar recreativo. Iban ahà a descansar de vez en cuando hacÃan juntas de mayor relevancia. Era muy raro que en el lugar se encontraran más de una personalidad importante al mismo tiempo. Por eso, aunque esa tarde, si habÃa gente importante, como no era lo habitual, no se tomaron muchas molestias con la seguridad. Detuvimos los vehÃculos a una distancia prudente que evitara que fuéramos detectados antes de lanzar el asalto. Era crucial evaluar la situación y determinar la mejor estrategia para neutralizar a los delincuentes. DebÃamos ser sigilosos y rápidos al mismo tiempo, aprovechando el factor sorpresa. A nuestro favor, dividimos la escuadra en dos grupos de cuatro. Uno de los grupos se encargarÃa de asegurar la entrada principal de la hacienda, mientras que el otro avanzarÃa por el costado buscando una entrada alternativa de los vehÃculos y nos adentramos en el lodazal con precaución avanzamos agachados y utilizando la cobertura proporcionada por los arbustos y los árboles dispersos. Yo estaba en el grupo que iba a buscar una segunda entrada. Cuando logramos colocarnos al interior de la hacienda, estuvimos en una posición que nos permitió observar que al exterior sólo estaba ese pequeño grupo armado. Si los neutralizábamos, nadie se darÃa cuenta con un sigilo absoluto. Nos fuimos acercando a los que cuidaban la entrada y cuando estuvimos a la vista del otro grupo, les hicimos una señal y ellos dispararon abatiendo a los de la entrada. El otro grupo corrió hacia nuestra posición para cubrir el área y nosotros fuimos a la puerta más cercana para empezar a asegurar todas las habitaciones del rancho. Cabe destacar que nuestras armas eran silenciosas. Por lo tanto, mientras no nos vieran y nadie viera, los cuerpos tirados en el suelo no podrÃan decir detectarnos. Por supuesto que no todo puede salir bien. Y tras haber asegurado cuatro habitaciones, resultó que alguien que estaba en el otro lado del rancho nos vio a través de la ventana. Rápidamente salió para abrir fuego contra nosotros, pero en cuanto puso un pie afuera de la habitación, el grupo que estaba asegurando la entrada lo abatió. En ese momento se armó la balacera. No podÃamos solamente disparar a diestra y siniestra, porque el objetivo era detener a ciertos criminales. No eran demasiados como mucho. Eran unos treinta. Nosotros sólo éramos ocho, pero con el entrenamiento que tenÃamos treinta enemigos no significaban ningún reto. A medida que pasaban los minutos fuimos neutralizando a los delincuentes uno a uno. Sabemos que pidieron refuerzos, pero como ese rancho no estaba en su lista de prioridades, los elementos criminales más cercanos tardarÃan casi dos horas en llegar hasta el rancho. Además, aunque por cualquier motivo llegaran antes de que concluyéramos las capturas, tenÃamos cobertura aire tierra. Los helicópteros que harÃan la extracción de los detenidos estaban equipados con suficiente arsenal como para detener un convoy entero. En el lapso de ir asegurando a habitación por habitación, encontramos un gran salón que tenÃa el altar más inmenso que se puedan imaginar. Lo ignoramos un poco en lo que el intercambio de bala seguÃa en acción neutralizamos a todos los delincuentes no necesarios y tomamos a los tres que eran importantes. Dimos aviso a los helicópteros y en lo que arribaban a la hacienda, un compañero y yo fuimos a revisar ese salón con el altar. Lo más llamativo de ese altar eran las once figuras de casi dos metros de la Santa muerte. Todas las figuras parecÃan estar hechas de materiales diferentes. Los colores de la vestimenta de las figuras no se repetÃan y cada una poseÃa un objeto que la resaltaba. Además, las once figuras tenÃan a sus pies ofrendas particulares. No pude evitar tener una sensación de inquietud al pararme tan cerca de ese altar. Las exageradas dimensiones que tenÃan las figuras de la muerte resultaban abrumadoras. Sus ojos vacÃos parecÃan seguirme a cada paso que daba. Puedo describir con lujo de detalle cómo se veÃan las once figuras de la muerte, porque tomamos fotografÃas. En el centro del altar se destacaba una figura principal era ligeramente más alta que las demás. La figura estaba vestida con un largo manto de color ámbar que le cubrÃa los pies arrastrándose como un vestido nupcial. Una corona de espinas adornaba su cabeza. Me dio la impresión que era una forma de burlarse de Cristo. En una de sus manos sostenÃa un martillo y en la otra mano sostenÃa un cáliz. Un dije de plata en forma de metralleta colgaba de su cuello, mientras que un puro descansaba en su boca y por más raro que pueda sonar. Daba la impresión de que el puro estaba encendido como si la figura estuviera fumando la figura estaba colocada sobre un lecho de rocas de color naranja. A la derecha de la figura central estaba una figura vestida con un manto resplandeciente de tonalidades doradas. En una de sus manos sostenÃa una guadaña y en la otra mano sostenÃa un mundo. A sus pies descansaban ofrendas frutales que se veÃan muy exóticas. También habÃan piedras preciosas. Justo al lado estaba una figura envuelta en un manto color hueso. En una mano sostenÃa una balanza, mientras que con la otra mano sujetaba un reloj de arena. SabÃamos que los integrantes de los cárteles estaban involucrados con prácticas esotéricas y que realizaban la iconografÃa de la Santa Muerte para captar más miembros. Salimos del salón y nos reunimos con el resto del equipo para decidir qué harÃamos con el altar. No tenÃamos por qué pedir autorización a nadie sobre lo que ocurrÃa en mitad de una operación, porque, como dije al principio, estábamos capacitados y autorizados para la toma de decisiones. En eso los helicópteros llegaron a la hacienda y se procedió con la extracción de los detenidos. Decidimos que harÃamos pedazos el altar antes de subir a nuestros vehÃculos para dejar el rancho. Una vez que nos aseguramos que nada habÃa quedado en pie, nos retiramos del lugar. Eso fue nuestra única participación dentro de aquella gran operación. Conseguimos a los que tenÃan la información necesaria para que la operación concluyera en agosto del dos mil diez de Edgar Valdés Villarreal, mejor conocido como la barbie la confesión. A veces el peso de nuestras acciones puede resultar abrumador, especialmente cuando su impacto se extiende a todos los aspectos de nuestra vida. Hace ya varios años desde que dejé de portar el uniforme pensando que con ello dejarÃa atrás mi dilema moral. Sin embargo, hasta el dÃa de hoy sigo siendo prisionero de mis pensamientos, saturado por un torbellino de reflexiones sin descanso. Cuando llevaba mi arma mi mente se convencÃa de que mi labor era esencial para construir un México mejor, un lugar seguro para todos sus habitantes. Pero desde el instante que derramé sangre por primera vez, surgieron dudas inquietantes sobre la rectitud de nuestras acciones. En aquel momento no sentà que contribuÃa a ser del paÃs un sitio más seguro, sino todo lo contrario. El hombre al que arrebate la vida en aquel instante muy probablemente tenÃa una esposa y unos hijos que lo esperaban en casa. Cada vez que reflexiono sobre aquel primer hombre al que le arrebate la vida me invadió una profunda inquietud. No puedo evitar imaginar las consecuencias devastadoras que mi acción desencadenó en la vida de sus seres queridos. Si la esposa y los hijos eran demasiado jóvenes, la mujer se verÃa obligada a enfrentar la dura realidad de sacar adelante a sus hijos por sà sola en caso de depender completamente del hombre fallecido. No serÃa sorprendente que se viera arrastrada hacia el mundo delictivo en busca de una manera de subsistir. Sin embargo, el problema no se limitarÃa únicamente a ella, sino que se extenderÃa a los hijos. Si fueran niños, la organización criminal para la cual su padre trabajaba tendrÃa una oportunidad fácil de lavarles el cerebro y sembrar en ellos el odio y la sed de venganza. Les dirÃan que nosotros, los militares, éramos los verdaderos villanos y que lo correcto serÃa que ellos siguieran los pasos de su padre para cobrar venganza. AsÃ, la muerte de aquel hombre, mi primera baja habrÃa desatado una reacción en cadena de consecuencias desoladoras. El vacÃo dejado por un criminal serÃa ocupado por dos o más futuros delincuentes, alimentando asà un ciclo interminable de violencia y tragedia. Aquella noche, tras haber neutralizado la vida de otro ser humano, sólo podÃa pensar en las consecuencias de mis actos. Lamentablemente, como soldado durante el Gobierno de Calderón, los enfrentamientos eran el pan de cada dÃa. A pesar de los dilemas morales que me atormentaban. Tras tres años siendo activo militar, ya no podÃa recordar con precisión cuántas vidas habÃa quitado la dureza de la guerra. HabÃa borrado de mi memoria los rostros de aquellos a quienes les habÃan y arrebatado la existencia. Un dÃa, nuestro cabo recibió un par de impactos de bala. Afortunadamente, no lo mataron ni lo dejaron totalmente discapacitado, pero sà lo dejaron sin posibilidades para seguir desempeñando las funciones de su cargo. El coronel reconoció mi esfuerzo y me ascendió a cabo. Pocos meses después, la escasez de sargento se hizo evidente y el mayor decidió enviarme a la Escuela de sargentos a los meses de haberme convertido en sargento como por diciembre. Supe que brincando el año, existirÃa la oportunidad de participar en el curso básico de Paracaidismo, curso que serÃa impartido por los boinas rojas. El poder tomar ese curso representaba para mà una oportunidad para alejarme temporalmente de la desagradable realidad de la muerte y la sangre. Anhelaba un respiro, un descanso de la violencia que habÃa sido mi constante compañera durante tanto tiempo. Mi familia conocÃa bien el conflicto interno que me agobiaba y las luchas morales que me atormentaban cada vez que apretaba el gatillo. Cada Navidad. Sin falta me preguntaban por qué continuaba en el ejército en lugar de buscar una salida. Mi respuesta siempre era la misma. Soy bueno en esto. Además, es lo único que sé hacer. El nuevo año llegó y con él se acercaba el tan esperado curso básico de paracaidismo. En ese momento contaba con veinticuatro años y estaba escasos meses de cumplir los veinticinco. Luego de la transición presidencial, en la época en que Calderón dejó el cargo y Peña nieto asumió la Presidencia, pude percibir ciertos cambios en el escenario de conflicto en el paÃs. Si bien en muchas regiones del territorio los enfrentamientos y la violencia disminuyeron, todavÃa habÃa zonas donde la situación seguÃa siendo extremadamente peligrosa. Para mi desdicha siempre me traÃan esas plazas. Ese también fue uno de los motivos por el cual yo quise tomar el curso. El perÃodo que duró el curso, me sirvió para reflexionar. Llegué a la conclusión de que habÃa llegado el momento de poner fin a mi carrera dentro del ejército. No obstante, al regresar del curso, me enteré de que mi superior directo estaba bajo investigación por violaciones a los derechos humanos relacionados con ciertas acciones llevadas a cabo durante el Gobierno anterior. En vista de esa situación, consideré prudente esperar hasta que el proceso de investigación concluyera antes de solicitar mi vaga. Mientras tanto, continué trabajando normal como si nada. En ese intervalo de tiempo recibimos la orden de intervenir en una operación destinada a infiltrarnos en una vivienda donde se presumÃa que personas estaban siendo retenidas en contra de su voluntad por el cartel que dominaba aquella ciudad. La misión que nos dieron fue neutralizar a todos los individuos que encontráramos dentro del recinto. Cuando arribamos al lugar, la apariencia de la residencia parecÃa confirmar que pertenecÃa al crimen organizado. Nos adentramos en su interior preparados para enfrentar una feroz resistencia. Sin embargo, para nuestra sorpresa, no encontramos ninguna oposición, No se disparó ni un solo proyectil en nuestra contra. Mientras veÃamos caer a todos los que estaban dentro. Realizamos una minuciosa búsqueda en cada rincón de la casa, pero para nuestra consternación, nos descubrimos una sola arma. Peor aún no hallamos a ninguna persona que estuviera siendo retenida ilegalmente. Nos dimos cuenta de que habÃamos irrumpido en el hogar de civiles inocentes y acabábamos de quitarles la vida. La gravedad de la situación se podÃa ver en nuestros rostros antes de que yo diera parte del desastre. Un contingente de efectivos de la marina arribó al lugar de los hechos. Plantaron armas para simular un falso ataque y colocar un cuerpo sin vida para hacer creer que eran las personas supuestamente privadas de su libertad. Oficialmente no tenÃa conocimiento de los motivos detrás de estas acciones, pero de manera extraoficial me enteré de que esa familia habÃa representado una molestia para el Gobierno federal y que, en un acto despreciable, nos habÃan utilizado a nosotros para deshacerse de ese pequeño problema. Aquella situación fue el último golpe a mi conciencia. Fue la gota que derramó el vaso. Tomé la determinación de solicitar mi baja al dÃa siguiente ya no podÃa tener lealtad hacia una institución que actuaba de esa manera. Por supuesto, la autorización no fue de un momento a otro. Tomó su debido tiempo, pero finalmente, un dÃa, a las seis de la tarde, se me informó que mi baja ya era oficial. Entregué lo que tenÃa que entregar en una mochila y la aguardé las pocas cosas personales que tenÃa en el cuartel y salà caminando de las instalaciones. De inmediato fui a tomar un autobús que me llevarÃa a casa. Cuando salió el autobús ya era de noche. Yo miraba por la ventana, el oscuro anochecer de la ciudad, que parecÃa encajar perfectamente con cómo me sentÃa yo en ese momento. De verdad me sentÃa asumido en las sombras de mis propias acciones. HabÃa perdido la fe en mà mismo. Estoy consciente que la muerte de aquellos civiles no fue mi culpa, porque yo solo cumplÃa órdenes. Pero sà fue mi responsabilidad, porque sé que yo pude haber actuado de otra forma y sé que pude haber hecho que los elementos a mi cargo también procedieran de otra forma. Creà que, al estar de vuelta en casa, rodeado de mi familia y de mis amigos, me resultarÃa más fácil superar todo, pero no fue asÃ. Con el pasar de las semanas me fui sintiendo cada vez más frágil, pero no no me refiero a mi cuerpo, sino a mi espÃritu. Creo que eso fue lo que me dejó vulnerable y expuesto en serio. Creo firmemente que esa fragilidad espiritual fue lo que permitió que aquella energÃa oscura se colara dentro de mi ser No fue como si una sombra se arrastrara por el suelo de mi habitación hasta meterse a mi cuerpo. En realidad fue algo más sutil. Al principio podÃa escuchar tenues y lejanos susurros, pero esos susurros cada vez los escuchaba más cerca y más fuertes, hasta que una mañana los susurros ya no provenÃan de afuera, sino que estaban dentro de mi cabeza. Aquello que me hablaba finalmente habÃa logrado entrar a mi cuerpo. Poco a poco, comencé a notar cambios en mi comportamiento, momentos en los que mis acciones no parecÃan ser mÃas. La influencia de aquella voz en mi cabeza se extendÃa más allá de mis pensamientos y se infiltraba en mi conducta. Me encontré haciendo cosas que nunca vi a odo imaginado, pequeños actos de crueldad, cosas que pudiesen parecer insignificantes, pero que a mà me generaban la sensación de que no tenÃa control sobre mi cuerpo. Recuerdo muy bien que una noche salà de mi casa y caminé por las calles, no tenÃa idea de por qué lo hacÃa. Simplemente movÃa mis piernas para ir dando pasos eran como las dos de la mañana. Yo creo al dar la vuelta en una calle vi a un sujeto, era un tipo normal. No recuerdo nada en su apariencia que me hubiera parecido peculiar. Ãl simplemente estaba ahà sentado en la banqueta. En cuanto lo vi la voz de mi cabeza, me empezó a sugerir que me acercara a él, pero no para hacerle plática. Juro por Dios que intenté poner resistencia, pero yo estaba sometido por la voz, asà que simplemente corrà hacia él y cuando estuve bastante cerca solté una patada con todas mis fuerzas como él estaba sentado. La paz impactó directamente en su cabeza. Recuerdo que el cuerpo de aquel hombre golpeó de forma muy brusca contra el suelo. El pobre hombre ya no se levantó. Quiero pensar que no lo maté. Siempre me he dicho a mà mismo que simplemente quedó inconsciente, pero yo no me quedé averiguarlo. Después de patearlo, continué mi camino di un rodeo y luego volvà a mi casa. Eso no fue todo lo malo que hice, pero créanme que me avergüenza mucho hablar de esto, Asà que vamos a dejarlo con que hice varias cosas que no estaban bien nada parecido a lo que les comenté eran otro tipo de cosas. No volvà a agredir a nadie de una forma tan brutal habÃa transcurrido casi un año desde que abandoné mi vida en el ejército. Cuando una noche como me habÃan hablado para cenar y yo no habÃa respondido, mis padres fueron a mi habitación y me encontraron un sujeto a una silla de inmediato. Noté que se pusieron inquietos, se acercaron con la intención de liberarme, pero les pedà que no lo hiciera. Les comenté que sentà un impulso incontrolable de arrebatarle la vida a alguien y que yo me resistÃa a ese impulso, pero que esa siniestra voz en mi cabeza me estaba controlando. Por esa razón, yo mismo me habÃa atado a la silla. Mis padres no supieron qué decir. Cuando mis padres preguntaron qué podÃan hacer para ayudarme, yo les rogué que me trajeran a un sacerdote para confesarme la razón. Tras esta petición radicaba en el hecho de que hasta ese momento no habÃa comentado con nadie los oscuros acontecimientos que habÃan sucedido en la casa de los civiles inocentes. Yo no podÃa soportar el peso de ese secreto sobre mis hombros y necesitaba liberar la carga que me atormentaba. Fue mi madre quien se dirigió hacia el automóvil en busca de de un sacerdote, mientras que mi padre permanecÃa a mi lado. Mi padre vio cómo yo gritaba esa voz que me dejara en paz. No paraba de atormentarme. Mi padre. Lo único que hizo fue a acercarse. Me dio una palmada en un hombro y me dijo tranquilo ya no tarda en llegar el sacerdote. No obstante, en el instante en que mi padre mencionó aquellas palabras, la voz en mi cabeza comenzó a burlarse cruelmente se carcajeaba diciendo que ningún sacerdote iba a llegar porque mi madre chocarÃa con otro automóvil y morirÃa al instante. Esa voz me detallaba las horrendas maneras en que mi madre podrÃa perder la vida antes de lograr llegar a esa casa con el sacerdote. Aquellos minutos de espera se convirtieron en un tormento insoportable. Me hallaba al borde de la locura. De repente, la puerta se abrió y mi madre entró acompañada por el sacerdote. El o o o r o solicitó a mis padres que salieran de la habitación, indicándoles que esperaran afuera. El sacerdote se presentó como el padre efren y me comentó que estaba ahà para brindarme su ayuda. Yo querÃa hablarle, pero por más que me esforzaba en articular palabras. La voz manipulaba mi cuerpo para que no lo hiciera. Aquello hizo que se me secara la garganta, dificultándome enormemente. El simple hecho de pronunciar una palabra me costó demasiado, pero logré decirle al sacerdote que era urgente que me confesara de manera inmediata. El sacerdote captora gravedad de mi situación y percibió que algo andaba terriblemente mal conmigo. De forma perspicaz me cuestionó sobre la razón que motivaba mi urgencia. El poder formular una respuesta completa me costó varios minutos, ya que cada palabra pronunciada se acompañaba de una sensación punzante, como si una aguja desgarrara mi garganta. Con con n mucho esfuerzo logré responder a sus preguntas. El sacerdote sacó de su bolsillo una medalla de San Cristóbal, señalándome que ese santo era el patrono de los viajeros, un poderoso intercesor ante el hijo de Dios, quien habÃa demostrado su inquebrantable devoción a la voluntad divina. El sacerdote continuó explicando que me encontraba inmerso en un viaje que ofrecÃa dos caminos. Uno me acercaba a Dios y otro me alejaba de él. En este crucial momento era imperativo implorar la ayuda de San Cristóbal para que me guiara por el sendero correcto. Mientras escuchaba con atención las palabras del sacerdote, mi cuerpo, en contra de mi voluntad, intentaba con mucha fuerza liberarse de las ataduras. En cada intento de escape podÃa sentir cómo mis heridas sangraban más. El sacerdote me dejó muy en claro que no escucharÃa mi confesión hasta que tomara la decisión de poner fin a mi viaje, siguiendo el camino que me n ró hacia Dios. Además, me comunicó que sólo habÃa una forma de demostrar mi fe. El sacerdote sacó una delgada cadena y ensartó en ella la medalla de San Cristóbal. Luego la colocó alrededor de su cuello como un collar acto seguido, me dijo que me liberarÃa de mis ataduras. Le supliqué con desesperación que no lo hiciera. Le hice saber que en el preciso instante en que mi cuerpo recobrara su libertad lo iba a matar. Sin embargo, el sacerdote firme en su convicción me aseguró que se encontraba en paz con Dios y que si morÃa esa noche, el señor lo acogerÃa en el Reino Celestial. Por lo tanto, la idea de su propia muerte no le producÃa temor alguno. El sacerdote me volvió a repetir que iba a liberarme y me dijo que debÃa implorar de todo corazón la ayuda de San Cristóbal para encontrar el camino correcto. Primero desató mis pies y luego liberó una de mis mas mans de las ataduras. Después retrocedió cinco pasos. En ese instante, mi cuerpo soltó la otra mano y se puso en pie mi mente intentaba tomar el control sobre mi cuerpo, pero resultaba en vano. A pesar de mi resistencia interna, La voz en mi interior obligó a mi cuerpo a dar el primer paso. En eso el sacerdote comenzó a recitar el padre nuestro. Durante un breve momento logré tomar el control de uno de mis brazos y opté por golpearme con todas mis fuerzas en una de mis piernas. Fue un intento desesperado de detener mi avance, pero al momento de dar ese fuerte golpe en mi pierna no sentÃa absolutamente nada. Era como si esa parte de mi cuerpo estuviera desconectada por completo de mi propio ser Entonces di el segundo paso sin que pudiera hacer nada al respecto. La voz interior se adueñó nuevamente de mi brazo, extendiéndolo hacia el sacerdote con toda la intención de alcanzarlo. El sacerdote seguÃa recitando do sus oraciones. Mis fuerzas se agotaban rápidamente y no me quedó más opción que dar el tercer paso. Estaba consciente de que la vida del sacerdote podÃa terminar si mi cuerpo daba un paso más. En un instante de intensa concentración, logré evitar que mi mano tomara el cuello del sacerdote. Lo que hice fue que mis dedos se aferraran a la Medalla de San Cristóbal y la Arranqué de forma violenta del cuello del sacerdote de inmediato caà de rodillas exhausto por la lucha interna que estaba llevando. Mi cuerpo aún ansiaba abrir la mano para soltar la medalla del sacerdote, pero yo me resistà y me aferré a ella con todas mis fuerzas. Finalmente, sentà cómo el control sobre mi cuerpo volvÃa y la voz de mi cabeza desapareció. Mi cuerpo estaba completamente agotado. Cada hueso de mi ser parecÃa arder de dolor. SentÃa una agonÃa indescriptible. Mis fuerzas se desvanecieron por compra incapaz de mantenerme en posición de rodillas, me desplomé sobre el suelo. El sacerdote abrió la puerta y le habló a mis padres. Ellos se preocuparon de verme tirado, pero él les aseguró que yo estaba bien. Les solicitó de favor que me acomodaran en la cama y que salieran de la habitación, dejándome nuevamente a solas con él estando en la cama, el sacerdote se acercó y pronunció las palabras que tanto ansiaba escuchar. Ahora sà puedo otorgarte el sacramento de la confesión. Aquella noche marcó un punto de inflexión en mi vida, un renacimiento en todos los sentidos posibles. Aunque el dilema moral de mis acciones en el ejército todavÃa sigue presente en mi mente como una carga pesada e ineludible, ya no me consume la culpa que antes me atormentaba. Enfrenté a mis demonios y a través de la confesión, hallé la redención. Ese sentimiento de libero es suficiente para mà y me ha permitido seguir adelante con mi vida enigma. Hace un par de años, cuando trabajaba en las fuerzas aéreas, tuve una experiencia inolvidable. En ese entonces yo habÃa iniciado una relación fÃsica con una compañera que formaba parte de la misma unidad en la que estaba yo. Su apellido era RodrÃguez. Una noche, en particular, después de una jornada agotadora, regresé a la habitación donde me tocaba dormir. Apenas iba a abrir la puerta. Cuando me abordó mi sargento, me comentó que durante la semana varios de los que dormÃan en esa habitación se habÃan reportado con el médico solicitando algo que los ayudara a dormir mejor, porque las pesadillas los mantenÃan despiertos. Me preguntó si yo sabÃa alguna situación, en particular que pudiera estar perturbando el sueño de los ojos otros soldados, pero mi respuesta fue negativa. Antes de irse, el sargento me pidió que si a mà me pasaba lo mismo, fuera a hablar con él antes de acudir con el médico. Aquella noche, al intentar conciliar el sueño, me di cuenta que era una tarea inútil por más que cerraba los ojos y vaciaba en mi mente para sólo pensar en la oscuridad de la habitación. No me daba sueño desde que era pequeño. Siempre solÃa ponerme de mal humor cuando intentaba dormir y no podÃa asà que, trayendo amargos recuerdos de mi infancia, decidà sentarme en la orilla de mi cama. Mi intención era buscar algo que hacer desde mi lugar, algo que fuera demasiado aburrido como para hacerme dormir mientras permanecÃa allà inmerso en mis propios pensamientos. Algo extraño ocurrió. Pude sentir claramente un movimiento en la cama detrás de mÃ, como si alguien se hubiera apoyado sobre el colchón. Nadie estaba despierto cuando yo entré, asà que me giré rápidamente para ver quién estaba en mi cama. Sin embargo, lo que vi a continuación me dejó perplejo y lleno de angustia frente a mis ojos como un espejo distorsionado. Se encontraba mi propia imagen durmiendo profundamente. Era como si estuviera viendo una versión idéntica de mà mismo, pero que ya no era yo del todo. Me impactó tanto lo que estaba viendo que sentà miedo y confusión. Al mismo tiempo, intenté mover a mi cuerpo, pero no podÃa ser contacto con él. ParecÃa que yo me habÃa convertido en un fantasma. Entonces, por más, que intentaba tocar mi cuerpo, que estaba dormido en la cama, no podÃa. Entonces caminé a la cama de al lado para intentar despertar al compañero, pero tampoco pude hacer contacto fÃsico. Mis manos lo atravesaron como si yo estuviera hecho de humo. Le grité, pero tampoco me escuchó nadie en esa habitación me escuchó sin importar qué. Tan fuerte te me puse a gritar. Empecé a hiperventilar del pánico. No sabÃa qué hacer para que mi cuerpo fÃsico se volviera a juntar con mi cuerpo no fÃsico. Después de un breve pero interminable el lapso de tiempo, algo igual de inexplicable, sucedió en un abrir y cerrar de ojos. Volvà a estar dentro de mi cuerpo fÃsico. Me sentà aliviado, pero también estaba perplejo por lo que acababa de ocurrir. No tenÃa explicaciones claras ni comprensión plena de lo sucedido. Decidà compartir mi experiencia con unos pocos compañeros con los que tenÃa algo de confianza, inclusive con la chica con la que tenÃa una relación. Pero, como era de esperarse, nadie me creyó. Mis palabras fueron descartadas como meras pesadillas fruto del cansancio. Después de esa noche, intenté restar importancia a lo sucedido, convenciéndome de que, aunque seguÃa tratándose de algo inexplicable, habÃa sido tan sólo un incidente aislado. Transcurrieron unos dÃas aparentemente normales hasta que nuevamente me encontré incapaz de conciliar el sueño. Esa vez, en lugar de sentarme en la cama, decidà pasear por el pasillo en un intento de calmar mi mente agitada que, por cierto, ni siquiera sabÃa por qué me sentÃa asà de agitado. AsÃ, estuve caminando en el pasillo de un extremo al otro. Se me figuró que habÃan pasado unos diez minutos cuando, por fin, empecé a sentir un poco de sueño. Cuando entré a la habitación para recostarme, me di cuenta que los compañeros se estaban levantando para alistarse e iniciar un dÃa más de actividades. Lo que a mà me habÃan parecido tan sólo diez minutos, en realidad habÃan sido muchas horas. Mantuve la calma y oculté mi desconcierto, me alisté y me presenté donde me correspondÃa A medida que avanzaba el dÃa. No podÃa apartar de mi mente la extraña distorsión del tiempo ha que habÃa experimentado. Cuando tuve oportunidad, fui a buscar al sargento. Cuando me vio acercarme, supo que algo tenÃa que decirle me pidió que lo siguiera a otro lugar para hablar con más calma y discreción. Le comenté la experiencia tan rara que habÃa tenido la otra noche y también le conté sobre la increÃble perturbación que tuve con la percepción del paso del tiempo. El sargento me preguntó si habÃa tenido pesadillas y también quiso saber si ya habÃa acudido con el médico. Ambas respuestas fueron negativas. El sargento me pidió que le enlistara por orden todas las rutas de vuelos que habÃa ejecutado en los últimos treinta dÃas. Lo hice. Entonces me comentó que él personalmente habÃa revisado la actividad de todos los soldados que habÃan acudido al médico quejándose de pesadillas, y todos ellos, al igual que yo, en ese lapso de treinta dÃas, habÃamos sobrevolado una ruta. Esa ruta salÃa de la Ceda en la ciudad de Chihuahua y daba una vuelta cruzando la Sierra Tarahumara. Era una ruta nocturna. Ese sargento en especÃfico, tenÃa un trato con nosotros muy diferente al de todos los demás. Llegar a su puesto le costó mucho. Además, creo que era cristiano. Siempre fue muy honesto y directo. De forma muy discreta, me comentó que a él le habÃa tocado estar involucrado en el incidente de Koyame y mencionó que, aunque a él no le habÃa pasado nada, varios de los que en aquel entonces eran sus compañeros estuvieron presentando sÃntomas similares a los mÃos. Le pregunté si habÃa interrogado a alguien más aparte de mÃ. Me contestó que no ya habló con el médico y que el médico le dijo que el medicamento que les habÃa dado era simplemente un placebo y que surtirÃa efecto mientras ellos no hablaran del tema. Por eso el sargento no querÃa que yo fuera a presentarme con el médico, porque después ya no podrÃa solicitar mi info. Me adelantó que el siguiente sÃntoma eran las pesadillas y que, de seguro serÃan pesadillas muy vÃvidas. Casi me ordenó que no fuera con el médico, que todo lo tratara con él y que me autorizarÃa unos dÃas de permiso para que viera un médico por fuera, porque el placebo ya no me harÃa efecto, evidentemente, porque el sargento ya me habÃa dicho que era un placebo. Pasé unas tres o cuatro noches muy tenso, pensando que en cualquier momento tendrÃa las pesadillas de las que me habÃa hablado el sargento, hasta que la pesadilla finalmente llegó en esa pesadilla. Yo estaba volando dentro de un avión cuando de pronto empecé a escuchar como si muchas piedras estuvieran dando vueltas en una tómbola. El sonido que hacÃan las piedras cuando chocaban entre sà se comenzó a distorsionar por momentos, se hacÃa muy agudo y de pronto se volvÃa muy grave. Era un ruido mareante. Después la cabina que da envuelta completamente en una luz roja muy potente. El avión empezaba a sacudirse con fuerza. El motor falló y comencé a caer en picada. Yo trataba de tomar el control, hacer algo cualquier cosa, pero ni siquiera podÃa mover mi cuerpo. Me sentà demasiado desesperado. Cuando ya estaba por caer al océano del agua. Emergió una criatura monstruosa dispuesta a tragarme y en ese momento desperté Cuando abrà los ojos. Lo primero que vi fue a mà mismo flotando en el aire frente a la cama. Ese otro yo estaba intentando tocarme, pero sus manos traspasaban mi cuerpo como si el otro yo estuviera hecho de humo. Algo pasó que sentà como si me hubiera caÃdo desde muy alto y entonces el otro yo se habÃa desvanecido. Me enderecé agitado. Estaba sudando frÃo por la mañana. Quise hablar con el sargento, pero resultó que, por alguna razón que nadie me quiso explicar lo, habÃan trasladado a ir a poato durante tres dÃas seguidos. No pude dormir. TenÃa la misma pesadilla que se repetÃa una y otra vez. Inevitablemente, eso afectó mi rendimiento, lo que, por supuesto, fue notado por mi superior y me mandó al médico. Aquà es donde se puede ver una gran diferencia entre el trato que reciben los soldados de Sedena y el trato que recibimos los soldados de la fuerza aérea, sobre todos los soldados que constantemente estamos haciendo vuelos. Me vi en la obligación de contarle al médico lo que estaba sucediendo y me dio las pastillas, que yo sabÃa eran un placebo. SÃ, me las tomé, pero por supuesto que no me sirvieron de nada. Yo hacÃa de todo para mantenerme activo el sueño como tal no es para tanto. Tengo amigos en cuerpos armados que pueden durar casi una semana sin dormir. Yo no puedo estar tanto tiempo, pero una pestañada de cinco minutos cada dado dos horas durante la noche me bastaba para no quedarme dormido durante el dÃa. Sin embargo, lo que me estaba matando era el cansancio. BebÃa energizantes, mucho café y otros métodos que uno aprende dentro del oficio para el quinto dÃa. Ya no aguantaba más y dormà no porque me hubiera acostumbrado a las pastillas, sino porque mi cuerpo no resistÃa el cansancio. Y eso estuvo peor porque, precisamente debido al cansancio, mi cuerpo no despertaba de la pesadilla. Estar atrapado en ese horrible sueño era una tortura interminable. Tuvieron que pasar casi cuarenta dÃas para que las pesadillas terminaran y asà poder dormir con normalidad. Nunca volvà a ver al sargento. No regresó a la sede hasta el dÃa de hoy. No sé qué pasó con él, pero tengo la corazonada de que tuvo algo que ver con la plática que tuvimos. Testimonio de un suscriptor hola a todos me llamó Bernardo y hoy les contaré la vez que con mis propios ojos pude comprobar que hay cosas imposibles de explicar por aquellos años. Mi edad era de seis y la de mi hermano mayor era de doce. Esto fue a finales del dos mil doce y principios del dos mil trece, el mes exacto la verdad. No lo recuerdo, pero tampoco creo que ese dato sea muy importante. En aquel entonces, mi familia vivÃa en un cuartel militar en la ciudad de Lázaro Cárdenas, en el Estado de Michoacán, debido a que mi padre en ese momento tenÃa el rango de Sargento II y pertenecÃa al cuarto grupo de morteros. Desconozco si este cuartel haya sido remodelado en los últimos diez años, pero al menos cuando nosotros vivÃamos ahÃ, el cuartel estaba conformado de dos edificios principales y, viendo que nos dieron, estaba en la planta baja del edificio que miraba hacia el este. Asà que ahà estábamos nuestra rutina diaria. No era como la de cualquier niño, porque vivir dentro de un cuartel militar cambia muchas cosas. No podÃamos salir a jugar a ningún, parque eso ya es mucho para un niño. No podÃamos ni siquiera salir del departamento por las mañanas. Estaba totalmente prohibido, porque era cuando los militares ocupaban la mayorÃa de las áreas para hacer sus cosas. SalÃamos por las tardes directo a tomar clases, que las tomábamos dentro de las instalaciones militares. Nosotros y todos los niños que vivÃan dentro del cuartear las clases terminaban a las seis de la tarde, justo cuando el sol ya se estaba escondiendo. Y en ese momento, habiendo terminado las clases, tenÃamos permitido estar fuera de nuestros departamentos desde las seis hasta las ocho de la noche, pero estaba la regla que dictaba que después de las ocho de la noche ni un niño podÃa andar por ahà suelto. No sé si está de más aclararlo, pero cuando vives dentro de un cuartel las reglas te las tienes que tomar muy en serio. La mayorÃa de los menores éramos varones si habÃa niñas, pero pocas y la verdad las ignorábamos. Solo tenÃamos dos horas para jugar con los amigos y lo que querÃamos era jugar fútbol y las niñas no sabÃan jugar, asà que las hacÃamos A un lado. Los partidos eran curiosos. Solo habÃa dos equipos, uno por cada edificio y los que éramos de un edificio no hacÃamos amistad con los del otro edificio. No nos odiábamos pero era como si cada edificio fuera una cuadra y en los barrios cada quien se juntaba con los de su cuadra. Yo era de los niños más chicos del edificio. Casi todos eran más grandes que yo, y el más grande de todos nosotros tenÃa catorce años. Una tarde, saliendo de clases, fuimos al lugar donde siempre jugaban, pero los del otro edificio dijeron que no iban a jugar porque el que era su portero no estaba disponible y asà no podÃan. Lo que hicimos nosotros fue ir cada quien a buscar mantas y sábanas. Reunimos piedras y ramas. Armamos una especie de casa de campaña lo suficientemente grande como para que cupiéramos todos en el interior. Nos tomó media hora armar la casa, pero lo bueno era que para desmontarla solo tenÃamos que darle unas buenas patadas y todo se irÃa al suelo en un dos por tres, Asà que nos quedaba como hora y media para hacer algo más. No se nos ocurrió nada para jugar. Entonces dijimos que simplemente comprarÃamos cosas y comerÃamos hasta que se diera la hora de volver a los departamentos. Dentro del Cuartel habÃa una tienda a la que todos le decÃan el casino, pero no era más que una tienda normal. Ahà vendÃan las cosas que no se podÃan conseguir en e comer, es decir, comida, chatarra, refrescos y dulces. Cada quien sacó lo que llevaba en su mochila y decidimos enviar a cuatro a hacer la compra En el casino. La tienda estaba como a cien metros de donde habÃamos armado la casa de campaña. HabÃa un sendero que atravesaba un pasillo de árboles de mango a ambos lados. Cuando el reloj marcaba alrededor de las siete de la noche, la luz del sol empezaba a desvanecerse y las hojas y ramas de los árboles de mangos tapaban lo que quedaba de claridad. El camino se volvió oscuro y un tanto misterioso. El Cuartel, por supuesto que tenÃa sus propias luces, pero no eran muy potentes, iluminaba lo justo y necesario para moverse con precaución por las instalaciones militares. Mi hermano fue uno de a los que les tocó ir a la tienda. También estaba David, un compañero de la misma edad que mi hermano. David. TenÃa una peculiaridad que todos conocÃamos muy bien. E h n ns increÃblemente miedoso le habÃamos dado el apodo de la niña por su temor constante. A cualquier cosa que pudiera asustarlo. Después de unos minutos de espera, uno de los niños que se habÃa quedado con nosotros nos alertó de que los que habÃan ido a la tienda estaban de regreso, pero que estaban tramando algo. Nos dijo que habÃa visto cómo se habÃan escondido entre los árboles de mango de seguro. Con la intención de asustarnos los que estábamos dentro de la casa de campaña salimos a ver y, en efecto, allÃ, entre la penumbra de los árboles, pudimos distinguir las siluetas de varios niños, moviéndose sigilosamente entre risas y comentarios burlones. Uno de los niños dijo en voz alta qué tontos son si piensan que nos van a asustar los. Estuvimos viendo un momento y entonces yo les grité hermano, ya los vimos dejen de jugar y vengan que ya tenemos hambre. Fue entonces cuando nos vimos s cuenta de que habÃa algo extraño. Contamos nuevamente a los niños que se acercaban y notamos que eran cinco en total, pero sólo habÃamos enviado a cuatro a la tienda. HabÃa un niño extra que no tenÃamos ni idea de quién pudiera ser. Fue en ese preciso instante cuando alguien señaló hacia la tienda. Para nuestra sorpresa, mi hermano y los otros tres niños que habÃamos enviado a comprar apenas estaban saliendo cargando las bolsas con lo que acababan de comprar totalmente asombrados. Volvimos nuestras miradas hacia los niños que deberÃan seguir aproximándose lentamente hacia nosotros, pero resultó que estaban quietos. Ya no se ocultaban entre los árboles los podÃamos ver con claridad. Además, estaban ya bastante cerca. De repente, los niños simplemente se desvanecieron en la oscuridad. No quedó rastro de su presencia. Cuando los que habÃan ido a comprar a la tienda regresaron a la casa de campaña, nos preguntaron qué era lo que habÃa pasado. Les contamos al detalle la extraña aparición de los niños entre los árboles de mango, pero parecÃa que nuestra historia no lograba convencerlos por completo. Por una parte, podÃamos entender que no nos creyera. Después de todo, llevábamos meses viviendo en el cuartel militar y nunca antes habÃamos experimentado sucesos extraños. No nos quedó de otra más que aguantarnos y quedarnos ahà hasta que dieron las siete cincuenta desmontamos todo y cada quien nos fuimos para nuestra respectiva casa nada más cruzando la puerta. Mi hermano me hizo burla con mi papá Le contó que unas simples sombras me habÃan asustado mucho. Mi madre ya tenÃa la cena lista, asà que, en lo que nos sentábamos alrededor de la mesa, mi padre me pidió que le explicara bien qué nos habÃa pasado. Cuando le conté él con un tono muy serio, nos dijo que tuviéramos más cuidado porque él ya habÃa visto esas sombras antes cuando le habÃa tocado estar de guardia el paciente cero. Esto ocurrió antes de que entrara la década de los setentas. Ya soy ya alguien mayor y me es imposible recordar la fecha exacta. Lo que les puedo decir era que en aquel entonces yo era soldado y nos habÃan enviado una comunidad que estaba en mitad de la selva allá en Chiapas. TenÃa muy poco que habÃa pasado lo del dos de octubre en Tlatelolco. Por eso nos enviaron para allá. No habÃa información oficial al respecto, pero una de las acciones que tomó el Gobierno de Gustavo DÃaz Ordaz fue que mandó a las periferias del paÃs a todos los soldados cuyo rostro hubiera quedado registrado en algunas de las diversas grabaciones sobre lo sucedido en la Plaza de las Tres Culturas. No quiero hablar de eso. Cada quien vive con su culpa. Todos actuamos como lo marcaba el Protocolo, y al menos para mà ya es un capÃtulo cerrado. A mà y a otros nos tocó que nos mandaran a la selva, a una comunidad rural muy aislada que no tenÃa servicios básicos. En aquella época, la escuela más cercana estaba a decenas de kilómetros. El hospital más cercano estaba casi al triple de distancia. Ahà ni siquiera habÃa una persona con estudios en medicina. La gente se atendÃa con el curandero. Sinceramente, no habÃa ninguna finalidad especÃfica para que nosotros estuviéramos ahÃ. Pero ya estando en el lugar, buscamos cosas por hacer. Los primeros diez dÃas transcurrieron aburridos. Lo normal era estar en medio de la selva sin mucho que hacer, pero entonces los pobladores de la localidad se acercaron con nosotros solicitando nuestro apoyo. Resulta que él, que era el jefe de ahÃ, habÃa sido mordido por un un hil y chill que nadie de nosotros hupo que rayos era eso no era un concepto que se pudiera traducir al español. Ellos sólo seguÃan repitiendo que eso de nombre raro. Lo habÃa mordido. Supusimos que se trataba del nombre que le habÃan puesto a algún jaguar o algún perro, asà que los acompañamos hasta la entrada de una cueva. Allà estaban dos personas cuidando que de la cueva no saliera. Eso de nombre muy raro. El señor que era la autoridad, estaba sentado recargado en un árbol con su mano derecha. CubrÃa su hombro izquierdo que era donde estaba la mordida. Nosotros llevábamos un compañero militar que era médico. Ãl le pidió que se descubriera la herida y aquello no parecÃa la mordida de un animal, sino la de un ser humano. El médico comenzó a tratar la herida para luego en ventarla. Mientras estaba en eso les volvió a preguntar a los lugareños qué era eso que lo habÃa mordido. Ellos sólo repetÃan el mismo nombre. En En En En En En Tonces Entonces yo bastante molesto, les pedà que nos explicaran qué era. A lo poco que les entendà Se referÃan a una persona y como estábamos afuera de una cueva, las cuales suelen ser oscuras y peligrosas. Llegamos a la conclusión de que habÃa humanos que vivÃan en el interior de la cueva y que una de esas personas era la que habÃa mordido al señor que mandaba en la comunidad. Ya con la herida tratada y vendada, comenzamos a caminar de regreso a la comunidad. El compañero médico les aclaró que necesitaba antibióticos, que la mordida sólo estaba tratada, no curada. Ellos dijeron que lo llevarÃan con el curandero y que él se harÃa cargo. Todo esto ocurrió a las cinco de la tarde. Ya en la noche comenzamos a escuchar mucho escándalo. Salimos de nuestras casas de campaña, las tenÃamos afuera de la Comunidad y nos acercamos para ver qué era lo que habÃa sucedido aquel señor Mordido. Lo lo lo llevaban arrastrando de las manos y del cuello. Lo dejaron bien sujeto en un tronco seco que estaba en el centro de la comunidad. Luego clavaron varias ramas alrededor de él en forma de cÃrculo y le prendieron fuego a las ramas. Nosotros vimos todos sin intervenir, ya que hay que respetar las costumbres de la gente. Uno de ellos se nos acercó y nos dijo que el curandero les habÃa dicho que luego del ataque que sufrió, habÃa quedado maldito y tenÃa que permanecer amarrado al tronco hasta que su espÃritu fuera liberado o hasta que muriera. Me dio curiosidad y les pregunté cómo sabrÃan que su espÃritu quedó liberado. En eso llegó el jurandero y me dijo lo sabremos. Cuando lo sepamos, usted no se preocupe. Nosotros no lo vamos a matar. Volvimos a nuestras casas de acampar y transcurrió la noche. Al dÃa siguiente. Fui con una doña que siempre me invitaba el café porque cuando recién llegamos le ayudé con algo yendo con la señora, volteé a mirar al señor que estaba amarrado y se veÃa débil y fatigado. Pudieran pensar que era normal por haber estado amarrado a un tronco toda la noche, pero déjenme les digo que no quizá lo fatigado. SÃ, pero ese señor estaba pálido. No es por sonar feo, pero todo el que sea de México conoce el tono de piel que tiene a la gente del sureste. Este señor se veÃa blanco. Eso no era por estar amarrado. Eso era por la mordida. Mientras tomaba el café, le pregunté a la señora si eso lo habÃan hecho antes. Ella me contó que su abuelo le contaba historias de gente mordida por los de nombre raro, pero que nunca les habÃa tocado ver a uno. Ya estaba volviendo con mis compañeros. Cuando le eché otro vistazo al señor estaba sudando muchÃsimo. La selva es caliente, pero el pobre hombre estaba empapado. Durante el dÃa, hicimos nuestras actividades y regresamos a la comunidad a eso de las cuatro de la tarde. Mientras comÃamos, salió en la conversación lo del señor Amarrado. Uno de los compañeros sugirió que fuéramos a darle la vuelta a la cueva a ver si podÃamos averiguar algo el cabo estuvo de acuerdo y quedamos de ir al dÃa siguiente. Durante la noche, por momentos podÃamos escuchar cómo al hombre le daban muchas arcadas y vomitaba. HacÃa mucho escándalo amaneciendo. Fui por mi café y al ver al señor ya se veÃa peor que el dÃa siguiente. El brazo que le habÃa mordido lo tenÃa rojo como si le hubieran picado miles de hormigas. Hasta hinchado se veÃa fuimos hasta la cueva. Primero revisamos los alrededores sin encontrar nada y luego nos adentramos un poco. No pasaron ni cinco minutos cuando entre la tierra y rocas nos encontramos huesos agarramos uno y lo sacamos de la cueva para que lo viera el médico. Lo que nos dijo era que ese hueso era de una persona. Ese hallazgo sumado a la mordida que habÃa recibido el hombre, parecÃa sugerir que las personas que vivÃan en el interior de la cueva tenÃan cierta predilección por la carne humana. De ahà nos fuimos a hacer lo nuestro y en la tarde regresamos a la comunidad. Ya en la noche, mientras cenábamos, uno de los compañeros comentó que a lo mejor deberÃamos darle tan siquiera un pan y un poco de agua al pobre hombre. Luego, un poco serio y un poco a modo de broma, dijo no se vaya a morir de sed antes de que se cure su espÃritu. Otro compañero y yo estuvimos de acuerdo y los tres fuimos con la intención de aliviarlo un poco. Pero antes de que nos acercáramos demasiado a las ramas encendidas que formaban un cÃrculo a su alrededor, nos gritaron que no diéramos un paso más. Cabe aclarar que no eran las mismas ramas, eran otras. Nosotros nos detuvimos y volteamos. Mientras la gente se acercaba, les comentamos que nuestra única intención era darle un pan y un poco de agua. El curandero nos pidió que volteáramos a ver al hombre amarrado y que le pusiéramos atención, que lo miráramos bien y que si después de eso aún querÃamos acercarnos, podÃamos hacerlo. Esa advertencia nos pareció curiosa, pero luego de ver bien al hombre, notamos que sus ojos estaban inyectados de un lÃquido negro y su pupila se habÃa reducido muchÃsimo. Se le estaba cayendo el cabello y también se le estaba cayendo la piel del brazo mordido. Además, salivaba mucho. Yo les comenté que habÃa que llevarlo con un doctor, pero el curandero dijo que ese hombre ya estaba muerto, que su cuerpo sólo era una vasija, que en su interior guardaba un espÃritu maligno. El pobre hombre no se movÃa, sólo balbuceaba cosas inentendibles como si ese estuviera delirando. El curandero nos explicó que las antorchas estaban ahà porque el espÃritu maligno era intolerante. A la luz. En el dÃa no era un peligro, pero si en la noche no estaba rodeado por el fuego, el espÃritu podrÃa atacarlos. Yo traÃa una linterna. El curandero me pidió que le echara la luz directo en la cara. Le hice caso. Por curiosidad, el hombre se empezó a retorcer y a gritar. Mientras hacÃa ruidos como de perro enojado. Rápidamente apagué la linterna. El curandero pidió que le llevaran agua. Ya con el agua en mano se fue acercando lentamente al hombre amarrado en el tronco. Estando frente a él, le mostró el vaso y le dijo quieres agua. El hombre se puso, igual que cuando le eché la luz de la linterna, retorciéndose con fuerza intentando liberarse el agua. Es un regalo del cielo a los espÃritus malignos. No les gusta, nos dijo el curandero antes de darse la vuelta para irse. El resto de la gente también se alejó. De ahà Regresamos con los demás compañeros y les platicamos lo que habÃa pasado. Eso nos dejó muy pensativos a todos. La siguiente noche, el curandero fue a buscarnos. Nos pidió nuestro apoyo. TenÃan que hacer un ritual para deshacerse del espÃritu maligno, pero existÃa el riesgo que se soltara y atacar a la gente. El cabo no estaba muy seguro, pero, al igual que todos nosotros, tenÃa mucha curiosidad. Fuimos a ser acto de presencia. HabÃan colocado muchas antorchas alrededor del hombre. Toda la gente de la comunidad estaba reunida ahÃ. Todos llevaban machetes. Aquello era algo muy serio. El curandero tenÃa entre sus manos una especie de pedernal, una piedra negra. Estaba caminando alrededor del hombre mientras decÃa unas oraciones en su dialecto nativo. Luego, cuando intentó colocar la piedra negra sobre la frente del hombre. Ãl sacó fuerzas y se liberó de las ataduras en cuestión de segundos. Agarró al curandero y lo mordió del cuello. Cuando lo soltó, corrió a intentar agarrar a otra persona, pero le disparamos hasta que cayó al suelo. El cabo corrió hacia él y para asegurarse que estaba muerto, le dio un tiro en la cabeza. Fuimos con el curandero que se estaba desangrando. Ãl nos pidió que lo matáramos antes de que también se transformara. Nos lo suplicaba a gritos. Nosotros no querÃamos hacerlo. Entonces llegó el cabo y también le dio un tiro en la cabeza. La gente de la comunidad estaba muy asustada, pero eso no evitó que actuaran rápido. Juntaron los cuerpos del mordido y del curandero y les prendieron fuego créanme cuando les digo que no se pueden imaginar la pestilencia tan horrible que desprende un cuerpo humano cuando se está quemando definitivamente. Ese el olor más repulsivo que pudiera existir. Nunca supimos que fue en realidad lo que ocurrió ahÃ, pero cuando varios meses después, por fin nos dieron la orden de dejar la zona el cabo nos hizo una pregunta. Se imagina qué hubiera pasado si nosotros no le disparamos al mordido. Relatos escritos y adaptados por Ramiro Contreras








