July 10, 2023

Presidentes Mexicanos Miembros De La CIA Historias De Terror - REDE

Presidentes Mexicanos Miembros De La CIA Historias De Terror - REDE

¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd

Apple Podcasts podcast player badge
Spotify podcast player badge
Castro podcast player badge
RSS Feed podcast player badge
Apple Podcasts podcast player iconSpotify podcast player iconCastro podcast player iconRSS Feed podcast player icon
¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd

Secreto de Estado. No puedo revelar mi identidad con precisión. Con el paso de los minutos, irán comprendiendo el por qué Mi equipo fue desmantelado y eliminado de los registros veinticuatro horas antes de que el actual Presidente obrador asumiera el poder. Aunque esto sucedió, tanto yo como mis compañeros de equipos seguimos bajo la posibilidad latente de poder recibir nuevas órdenes en cualquier momento. De hecho, hay un nombre para la unidad que operaríamos en caso de ser requeridos actualmente ante los ojos del Gobierno y de cualquier servicio de inteligencia del mundo. Todos los elementos que pudiéramos ser llamados a operar dentro de esa unidad. Somos simples civiles, pero es importante destacar que la organización a la que mi grupo pertenecía tiene una importante semejanza con la CIA es que si trabaja allí, incluso después de retirarte, sigues vinculado a ella. Nosotros éramos un equipo reducido de tan sólo nueve personas. Estábamos conformados por individuos provenientes del Departamento de Inteligencia, de la Unidad de Inteligencia Naval, de la Fuerza Especial de Reacción, de las Fuerzas Especiales del Alto Mando y también contábamos con personal que había trabajado en el servicio secreto. Nuestras instrucciones no provenían de ninguna institución oficial ni tampoco del presidente. De hecho, a pesar de que el centro de operaciones de la organización que nos coordina estaba debajo de los pinos, Si el presidente en turno no tenía el visto bueno del jefe de la organización que nos coordinaba, ni siquiera se le informaba de la existencia de la misma organización que cabe aclarar se supone que la organización al mando nunca ha existido. Sí, evidentemente, el Presidente sabía que esas largas escaleras de caracol den de n la de los pinos, descendían a algún lugar, pero no se le permitía bajar y cuando preguntaba, no se le respondía. La organización que nos coordinaba surgió después de que Estados Unidos lograra que un agente de la CIA se convirtiera en Presidente de México. Me refiero a Adolfo López Mateos. El propósito inicial de la organización era estar en funcionamiento durante el tiempo en que la HACIA tuviera el control sobre México. A pesar de los esfuerzos de la organización, México estuvo bajo el gobierno de agentes de la CIA hasta el año mil novecientos ochenta y dos, cuando echeverría quien también era agente de la CIA, dejó la Presidencia Desde mil novecientos cincuenta y ocho hasta mil novecientos ochenta y dos. Los cuatro presidentes que tuvo México fueron agentes de la CIA. Cuando la CIA dejó de tener total control sobre el Gobierno mexicano, la organización ya tenía más de veinte años de existencia. Durante todo ese tiempo se llevaron a cabo numeroso es operaciones secretas con el objetivo de contrarrestar los planes de la CIA y tenían en funcionamiento varios equipos similares al que yo pertenecía. Cerrar la organización y dejar asuntos inconclusos en México, además de darle la espalda a más de cien elementos en activo. No era una opción viable, por lo que se decidió que la organización siguiera operando. Sin embargo, con la llegada de obrador se sabía muy bien que si se llegaba a enterar de la existencia de la organización, él revelaría todo. Por esta razón, mi equipo y todos los demás que estaban en funcionamiento fueron desmantelados veinticuatro horas antes de que asumiera la Presidencia para evitar cualquier exposición innecesaria. Todos nos convertimos en civiles y la organización abandonó los pinos para migrar a otra ubicación altamente secreta que ni yo conozco. Quiero aclarar que el equipo al que yo pertenecía no fue de los primeros en ser creados. No nosotros nos centramos en funcionamiento en la primera mitad de la década de los ochenta. Antes de eso, yo trabajaba para el Gobierno, pero en un puesto normal, algunas de las cosas que he mencionado pueden ser verificadas con documentos desclasificados del Gobierno de Estados Unidos, los cuales han sido liberados en los últimos cuatro años. En esos documentos se menciona claramente que esos Presidentes de México eran agentes de la CIA. Por esa razón puedo compartir esta información, ya que los datos que pudieran resultar más sensibles están disponibles públicamente en documentos desclasificados que cualquiera de ustedes puede consultar por Internet en el momento que quieran. Sin embargo, es importante señalar que esos documentos desclasificados, muchos nombres, fechas e información están censurados. Lo que voy a compartir aquí solo representa una pequeña parte de toda la historia. Hay muchas cosas que no puedo revelar, no porque esté en peligro de muerte o algo similar, sino simplemente porque, como mencioné antes una vez que eres parte de la organización, incluso después de retirarte, si que es vinculado a ella. Lo único que les voy a contar es un evento que comenzó con un avión. Recibimos información de que el aeropuerto internacional Benito Juárez estaba experimentando una situación inusual, ya que una aeronave no podía aterrizar. Lo que nos llamó la atención fue que la misma aeronave, antes de acercarse al aeropuerto, reportó a la torre de control que varios objetos desconocidos habían abortado la nave e intentaron tomar el control de ella. Pero cuando nosotros llegamos al lugar, el piloto ya había sido evaluado por un médico, no había consumido sustancias, no mostraba signos de tener algún padecimiento que le hubiera causado alucinaciones. Tenía cansancio físico, pero no cansancio mental. Nosotros llegamos a interroga. Nos interesaba llegar a él antes de que lo hicieran los otros, porque sabíamos que ellos se iban a empeñar en intimidarlo para que no hablara al respecto. El piloto nos relató que cuando volaban a una altitud de diez cero pies, fue abordado por un objeto de aproximadamente dos metros de altura. No sabía de dónde había surgido ni en qué dirección se había aproximado. Simplemente cuando se dio cuenta el objeto ya estaba allí al lado suyo, a muy escasos metros de una de las alas de la aeronave, el piloto consideró cambiar de dirección y girar hacia el lado opuesto para alejarse del objeto. Pero antes de que pudiera hacerlo, otro de esos objetos llegó y se posicionó al lado de la otra ala dejándolo flanqueado. Subir a una altitud mayor no era viable, ya que la aeronave no tenía una cabina presurizada. Si ascendía demasiado, el piloto correría el riesgo de sufrir hipoxia, lo cual podría or poner en peligro su vida. La única opción que le quedaba era descender y estuvo a punto de hacerlo. Sin embargo, cuando intentó descender algo en la parte inferior de la aeronave, lo impedía el piloto. No supo con certeza si había otro objeto similar debajo de la aeronave, pero cree que sí. En ese momento sintió una fuerte descarga eléctrica que lo hizo soltar los controles del panel. Trató de recuperar el control, pero al tocar nuevamente los controles sufrió otra descarga eléctrica. El piloto supone que los objetos que lo tenían flanqueado fueron los que causaron esas descargas. En ese instante, todos los medidores comenzaron a comportarse de manera errática. Los indicadores giraban sin control y la brújula dejó de funcionar correctamente. El piloto sabía que tenía que pedir ayuda. Rápidamente se quitó una prenda de ropa y la utilizó para poder proteger su mano y evitar recibir otra descarga eléctrica. Con cuidado, ajustó la radio para sintonizar la frecuencia de emergencias de la ciudad de México y transmitió la situación que estaba experimentando. Poco después, la torre de control respondió y le informó que no había ninguna otra aeronave cerca de su posición que pudiera brindar asistencia. Lo único que podían hacer era otorgarle prioridad de aterrizaje para que pudiera aterrizar de manera segura lo más pronto posible, a pesar de la explicación de que no podía descender debido a la situación que enfrentaba la torre de control, lo instó a hacer todo lo posible para dirigirse al aeropuerto. Le aseguraron que, en cuanto lo solicitara, la pista de aterrizaje estaría disponible para él. El piloto nos dijo que lo que hizo fue ayudándose de la prenda de ropa para no recibir más descargas eléctricas. Fue aumentar la altitud de la aeronave lo más rápido que le fue posible sin correr el riesgo de ocasionar una falla masiva y, en cuanto aumentó la altura, lo suficiente o la hizo un descenso muy brusco, apuntando directo hacia la dirección del aeropuerto. Durante el descenso tuvo una sensación de impacto en la aeronave, lo que le llevó a creer que uno de los objetos estaba ubicado debajo del fuselaje. Los otros dos objetos continuaron persiguiéndolo mientras las alas de la aeronave se veían comprometidas a punto de fracturarse. Sin embargo, finalmente los objetos desistieron y se quedaron atrás. En ese momento empezó a recuperar el control poco a poco hasta lograr estabilizar la aeronave. Comunicándose con la torre de control, les informó que se había liberado de los objetos y que se acercaba rápidamente al aeropuerto. Sin embargo, también les mencionó que no podía desplegar el tren de aterrizaje. Al comprender el gran peligro que esto representaba, la torre de control alertó a los aviones que se encontraban a menos de veinte minutos de distancia para que dieran vueltas y esperaran nuevas instruccion tuvo mucha suerte y si logró solucionar el problema con el tren de aterrizaje y concluyó su viaje sin mayores complicaciones, nosotros grabamos toda esa conversación y les dejamos una tarjeta para que nos marcara si necesitaba algo siempre y cuando ese algo estuviera relacionado con su incidente en el aire. Después del interrogatorio que le hicimos al piloto, nos dirigimos al departamento de control de vuelo para obtener más información. Allí confirmamos que si se había detectado la presencia de por lo menos un par de objetos que habían estado siguiendo al piloto. Es importante resaltar que, una vez dejaron de seguir al piloto, los objetos tomaron rumbo hacia el volcán POPOCATEPETL. Decidimos también inspeccionar la aeronave para corroborar lo que había relatado el piloto y, efectivamente, encontramos pruebas irrefutables. En la parte inferior muy cerca del tren de aterrizaje había una evidencia clara de una collissa en el aire. Durante el vuelo tomamos muestras de un pequeño fragmento del área del impacto y nos retiramos del aeropuerto. Es crucial mencionar que México, desde siempre ha adoptado un enfoque totalmente distinto al de Estados Unidos en lo que respecta al fenómeno de los objetos voladores no identificados. A diferencia de Estados Unidos, el Gobierno mexicano nunca ha tratado el tema de los OVNIs como un asunto de máxima confidencialidad que ponga en riesgo la seguridad nacional. El Gobierno mexicano tiene una política de transparencia en cuanto al fenómeno OMNI, aunque su enfoque puede variar dependiendo del lugar específico involucrado. Permítanme explicarlo con más detalle. Si un ómnic hay en cualquier pueblo de Veracruz, la prensa tendrá la libertad de informar sobre el incidente sin restricciones. Es posible que el Presidente nacional no emita un comunicado oficial, pero no se intentará silenciar lo sucedido sin emba rno. Si alguien accidentalmente obtiene evidencia que sugiere una posible relación entre un OVNI y las instalaciones secretas de la fuerza aérea en el pico de orizaba, la actitud del Gobierno mexicano cambia en ese caso. Se adopta una postura similar a la de Estados Unidos y se hará todo lo posible para mantener ese asunto en secreto y evitar que salga a la luz. Es importante hacer especial énfasis en que México no oculta ningún fenómeno OMNIA en general, pero puede llegar a hacerlo cuando está en juego la seguridad de un secreto de Estado. Transcurrieron tres horas desde que dejamos el aeropuerto hasta que enviamos nuestro informe y la muestra recolectada a la organización. No se nos proporcionó información sobre el destino final de esa muestra, pero puedo suponer que fue enviada a la base secreta ubicada en el pico de orizaba. Esa ocasión marcó la primera y única vez que mi equipo fue fue asignado a investigar un incidente relacionado con el fenómeno OMNI. Normalmente, este tipo de situaciones son manejadas por el Gobierno, pero en ese caso fuimos enviados por una razón específica. Después de los trágicos sucesos de Tlatelolco y el Halconazo, ambos eventos orquestados por la CIA. La Agencia de Inteligencia estadounidense tenía agentes encubiertos operando en nuestro territorio. Es por eso que nos encomendaron la misión de obtener toda la información existente sobre el incidente antes de que los agentes encubiertos de la CIAL, conocidos como hombres de negro, silenciaran al piloto y borraran cualquier evidencia disponible. Nuestro objetivo era actuar rápidamente y recolectar cualquier evidencia tangible antes de que se perdiera para siempre. Pasaron aproximadamente dos semanas. Cuando recibimos una llamada del piloto, no le dimos tiempo para hablar. Simplemente le indicamos que nos encontraríamos con él en un lugar y a una hora específica. Una vez estando reunidos con él, nos relató lo sucedido en detalle. Mientras estaba conduciendo por una avenida, dos vehículos bloquearon repentinamente su camino y unos hombres se acercaron a él. Los individuos a los que el piloto se refirió como gemelos eran imponentes. Superaban los dos metros de altura y tenían una apariencia física robusta. Lucían calvos y tenían la cara completamente rasurada, incluyendo las cejas. Su vestimenta se asemejaba a la de los empresarios con trajes formales por el tono de su piel parecían ser extranjeros. Estos sujetos intimidaron al piloto y le advirtieron enérgicamente que no debía revelar lo sucedido con la aeronave. Después de hacerlo, regresaron a los vehículos y se marcharon del lugar. Fuimos honestos con el piloto. Le informamos que esa gente podía llegar a ser bastante peligrosa si no se obedecían sus indicaciones. También le aclaramos que nosotros no lo podíamos proteger, que no era nuestra labor. Ellos podían matarlo si se lo ordenaban. Después de eso, nos asignaron otro objetivo y nos olvidamos el incidente creyendo que ya todo había terminado. Sin embargo, varios meses después recibimos otra llamada del piloto, nos reunimos con él y el motivo por el cual el piloto había querido poder encontrarse con nosotros era para entregarnos una grabación que había hecho luego de que se había reunido con una persona de Estados Unidos que había participado en el proyecto Libro Azul. Sin lugar a dudas era un material muy valioso, pero era evidente que el piloto quería algo a cambio, lo que nos pidió fue estar de alguna forma cerca del Gobierno. Él sabía que no podíamos darle protección, pero si tenía algún tirano trabajo gubernamental, estaría un poco más seguro de los hombres en negro. Nos llevamos la grabación y le aseguramos que si el material en verdad resultaba ser de utilidad para nuestros superiores, recibiría noticias pronto. Nosotros no escuchamos el contenido de aquella grabación. No era de nuestra incumbencia. Aquella información era para la organización. La entregamos y sé que sí era buen material, porque al poco tiempo ese piloto empezó a trabajar realizando viajes para personal del Gobierno. Esa fue la conclusión del caso. Antes de eso y después hubo muchas operaciones que en verdad serían muy interesantes para contar, pero no puedo hablar al respecto. Como dije, esto lo cuento porque hay documentos desclasificados. Por eso sé que no me meto en problemas al hablar. Estoy consciente que todo lo relatado puede ser un poco difícil de creer, pero pero les voy a dar una pista. Aquellos que formen parte de la fuerza aérea o con que ahí tengan un familiar o a un amigo pregúntenles si de pura casualidad no han notado que hay personal con el que no tienen permitido hablar, personal que no saben a qué área corresponden, personal del que no tienen ni la más mínima idea de qué es lo que hacen, de cuál es su trabajo. Si su conocido ha notado esto, muy probablemente también hayan escuchado hablar sobre un departamento que trabaja con drones. El personal que trabaja en esa unidad no pertenece a la fuerza aérea y la unidad no es una unidad. Se trata de la organización para la que yo trabajo. Están camuflados bajo el cobijo de la fuerza aérea. Sí, manejan drones, pero la fuerza aérea no tiene jurisdicción sobre ellos. La organización utiliza esos drones para espiar a todo el que quieran. Pegasus, el programa que se utiliza con motivos de espionaje, no se compara en nada con el alcance que tiene la organización utilizando a los drones. Y no soy cuidadoso al decirlo, porque, de todas formas, no hay nada que nadie pueda hacer al respecto. La organización, al estar dentro de la fuerza aérea, pero fuera de su jurisdicción, cay en un limbo jurídico que le otorgue inmunidad ante cualquier auditoría, investigación consulta nadie puede preguntar al respecto Y aunque pregunten es ilegal que alguien les responda. Y eso si es que alguien supiera responder, porque deben ser muy pocas personas las que están enteradas sobre la existencia de la organización el altar de la hacienda. Ingresé a la Policía Federal de Caminos en el año mil novecientos noventa. Fue en el año mil novecientos noventa y cuatro, durante la Dirección General del Comandante Francisco en Ciso, gracida, cuando se gestó un cambio importante en nuestra organización. La creciente violencia y sofisticación de las organizaciones criminales en México requerían una respuesta contundente. Surgió así la unidad de operaciones especiales de nuestra rama, un grupo selecto de hombres preparados para enfrentar los desafíos más peligrosos y complejos. Me presenté a la selección con la intención de formar parte de ese grupo élite. Después de un arduo proceso de evaluación, solamente menos de la mitad, superamos las pruebas físicas, mentales y psicológicas necesarias para ser parte de ese selecto grupo. De nuestra unidad de operaciones especiales se desprendió un grupo antiterrorista que, si bien era dirigido por elementos de la unidad de operaciones especiales de la Policía Federal, contaba con la participación de policías municipales y estatales. En el año mil novecientos noventa y cinco a varios elementos tanto de nuestra unidad como del grupo antiterrorista, así como de otras facciones de la defensa. A medida que avanzábamos hacia el nuevo milenio, se llevó a cabo una reestructuración, se nos otorgó una nueva denominación golpes siglas, qué significan grupo de operaciones especiales. En aquellos años, en tiempos de FOX, estábamos en el top diez mundial de las unidades especiales policíacas de Élite. Éramos los elementos con una de las mejores preparaciones operacionales para afrontar la guerra contra los cárteles. Puedo afirmar con certeza esto, ya que en una ocasión el FBI solicitó autorización al Gobierno mexicano para enviar a varios de sus agentes a entrenarse con nosotros durante un período de cuatro meses. Gran parte de nuestras actividades se llevaban a cabo en total discreción sin la cobertura mediática. Dado que éramos una unidad de fuerzas especiales, nuestras operaciones generalmente se desarrollaban en el marco de la seguridad nacional, lo que implicaba un alto nivel de confidencialidad y secretismo. En el año dos mil nueve, debido a cuestiones administrativas, nuestra unidad experimentó otro cambio de nombre. Pasamos de ser conocidos como GOPES a ser designados como el grupo especial de operaciones. En esta ocasión, me gustaría compartir los detalles de una operación que llevamos a cabo durante el año dos mil diez. A mí y a mi escuadra nos asignaron la misión de obtener la última pista necesaria para lograr una detención de suma importancia. En la escuadra estábamos ocho elementos. Los antecedentes de esa operación era que en el año dos mil siete, en la ciudad de Cuernavaca, tuvo lugar una reunión entre altos mandos de los carteles de Sinaloa, Juárez, p y Colfo. En dicho encuentro, los Beltrán Leiva tomaron la decisión de separarse del cartel de cine, lo que desencadenó una serie de eventos que marcarían el rumbo del crimen organizado en los años venideros. A medida que pasaba el tiempo, las cosas se fueron acomodando para que se diera la creación de un nuevo cárter, el cual tomó el control de Acapulco y de gran parte del Estado de Guerrero. Esta poderosa organización estableció alianzas estratégicas con los cárteles de Juárez y Golfo, consolidando así una fuerza formidable. El líder de ese cártel, quien ejercía un control absoluto sobre Acapulco, se convirtió en el objetivo principal de nuestra operación. La detención de este individuo representaba un golpe significativo para desarticular la estructura y el poderío del cárter y, por ende, para debilitar la influencia del crimen organizado en la región. Por eso recibimos la orden de infiltrarnos y llevar a cabo un cateo en un extenso rancho, utilizando como base operativa por el brazo armado del del s Carno del Golfo. Los de inteligencia nos indicaron que en ese lugar, situado en un estado del norte del país, encontraríamos a criminales que poseían información crucial para lograr la ansiada detención. El arribo al lugar lo hicimos una tarde que el cielo estaba cubierto de negros nubarrones y el fuerte viento levantaba la tierra de los caminos por los que llevábamos dos vehículos Para llegar desde el centro de operaciones del que salimos hasta la hacienda. Tuvimos que atravesar por un pequeño poblado en el que se estaba realizando una feria ganadera. Era evidente que no tardaría mucho en comenzar a llover mientras atravesábamos la feria. El integrante más reciente de la escuadra comentó que quizá hubiera sido una mejor idea que el despliegue se hiciera de noche. Lo que le comentamos era que si encontrábamos resistencia en el rancho, la neutralización y la captura de los delincuentes claves podría tomar hora. La extracción de los capturados se haría en unos helicópteros de difícil identificación nocturna. Por lo tanto, era mejor que se nos hiciera de noche para que los helicópteros pudieran llegar hasta el centro de operaciones, a que fuéramos de noche y nos agarrara la mañana y que se perdiera la ventaja que tenían los helicópteros durante la noche. Pasando la feria ganadera, cortamos camino por una brecha que llevaba directo hacia el rancho. Llegó la lluvia y la brecha se convirtió en un camino de lodo que cruzaba varios riachuelos. Finalmente avistamos a lo lejos la siluetas de la hacienda. A medida que nos acercábamos pudimos distinguir las luces intermitentes de algunos vehículos estacionados cerca de la entrada. La lluvia nos obstruía un poco la vista, pero era evidente la presencia de un grupo armado reducido justo en la entrada ese rancho. El brazo armado del cártel del Golfo no lo utilizaba como casa de seguridad ni como a almacén. Era más bien para ellos un lugar recreativo. Iban ahí a descansar de vez en cuando hacían juntas de mayor relevancia. Era muy raro que en el lugar se encontraran más de una personalidad importante al mismo tiempo. Por eso, aunque esa tarde, si había gente importante, como no era lo habitual, no se tomaron muchas molestias con la seguridad. Detuvimos los vehículos a una distancia prudente que evitara que fuéramos detectados antes de lanzar el asalto. Era crucial evaluar la situación y determinar la mejor estrategia para neutralizar a los delincuentes. Debíamos ser sigilosos y rápidos al mismo tiempo, aprovechando el factor sorpresa. A nuestro favor, dividimos la escuadra en dos grupos de cuatro. Uno de los grupos se encargaría de asegurar la entrada principal de la hacienda, mientras que el otro avanzaría por el costado buscando una entrada alternativa de los vehículos y nos adentramos en el lodazal con precaución avanzamos agachados y utilizando la cobertura proporcionada por los arbustos y los árboles dispersos. Yo estaba en el grupo que iba a buscar una segunda entrada. Cuando logramos colocarnos al interior de la hacienda, estuvimos en una posición que nos permitió observar que al exterior sólo estaba ese pequeño grupo armado. Si los neutralizábamos, nadie se daría cuenta con un sigilo absoluto. Nos fuimos acercando a los que cuidaban la entrada y cuando estuvimos a la vista del otro grupo, les hicimos una señal y ellos dispararon abatiendo a los de la entrada. El otro grupo corrió hacia nuestra posición para cubrir el área y nosotros fuimos a la puerta más cercana para empezar a asegurar todas las habitaciones del rancho. Cabe destacar que nuestras armas eran silenciosas. Por lo tanto, mientras no nos vieran y nadie viera, los cuerpos tirados en el suelo no podrían decir detectarnos. Por supuesto que no todo puede salir bien. Y tras haber asegurado cuatro habitaciones, resultó que alguien que estaba en el otro lado del rancho nos vio a través de la ventana. Rápidamente salió para abrir fuego contra nosotros, pero en cuanto puso un pie afuera de la habitación, el grupo que estaba asegurando la entrada lo abatió. En ese momento se armó la balacera. No podíamos solamente disparar a diestra y siniestra, porque el objetivo era detener a ciertos criminales. No eran demasiados como mucho. Eran unos treinta. Nosotros sólo éramos ocho, pero con el entrenamiento que teníamos treinta enemigos no significaban ningún reto. A medida que pasaban los minutos fuimos neutralizando a los delincuentes uno a uno. Sabemos que pidieron refuerzos, pero como ese rancho no estaba en su lista de prioridades, los elementos criminales más cercanos tardarían casi dos horas en llegar hasta el rancho. Además, aunque por cualquier motivo llegaran antes de que concluyéramos las capturas, teníamos cobertura aire tierra. Los helicópteros que harían la extracción de los detenidos estaban equipados con suficiente arsenal como para detener un convoy entero. En el lapso de ir asegurando a habitación por habitación, encontramos un gran salón que tenía el altar más inmenso que se puedan imaginar. Lo ignoramos un poco en lo que el intercambio de bala seguía en acción neutralizamos a todos los delincuentes no necesarios y tomamos a los tres que eran importantes. Dimos aviso a los helicópteros y en lo que arribaban a la hacienda, un compañero y yo fuimos a revisar ese salón con el altar. Lo más llamativo de ese altar eran las once figuras de casi dos metros de la Santa muerte. Todas las figuras parecían estar hechas de materiales diferentes. Los colores de la vestimenta de las figuras no se repetían y cada una poseía un objeto que la resaltaba. Además, las once figuras tenían a sus pies ofrendas particulares. No pude evitar tener una sensación de inquietud al pararme tan cerca de ese altar. Las exageradas dimensiones que tenían las figuras de la muerte resultaban abrumadoras. Sus ojos vacíos parecían seguirme a cada paso que daba. Puedo describir con lujo de detalle cómo se veían las once figuras de la muerte, porque tomamos fotografías. En el centro del altar se destacaba una figura principal era ligeramente más alta que las demás. La figura estaba vestida con un largo manto de color ámbar que le cubría los pies arrastrándose como un vestido nupcial. Una corona de espinas adornaba su cabeza. Me dio la impresión que era una forma de burlarse de Cristo. En una de sus manos sostenía un martillo y en la otra mano sostenía un cáliz. Un dije de plata en forma de metralleta colgaba de su cuello, mientras que un puro descansaba en su boca y por más raro que pueda sonar. Daba la impresión de que el puro estaba encendido como si la figura estuviera fumando la figura estaba colocada sobre un lecho de rocas de color naranja. A la derecha de la figura central estaba una figura vestida con un manto resplandeciente de tonalidades doradas. En una de sus manos sostenía una guadaña y en la otra mano sostenía un mundo. A sus pies descansaban ofrendas frutales que se veían muy exóticas. También habían piedras preciosas. Justo al lado estaba una figura envuelta en un manto color hueso. En una mano sostenía una balanza, mientras que con la otra mano sujetaba un reloj de arena. Sabíamos que los integrantes de los cárteles estaban involucrados con prácticas esotéricas y que realizaban la iconografía de la Santa Muerte para captar más miembros. Salimos del salón y nos reunimos con el resto del equipo para decidir qué haríamos con el altar. No teníamos por qué pedir autorización a nadie sobre lo que ocurría en mitad de una operación, porque, como dije al principio, estábamos capacitados y autorizados para la toma de decisiones. En eso los helicópteros llegaron a la hacienda y se procedió con la extracción de los detenidos. Decidimos que haríamos pedazos el altar antes de subir a nuestros vehículos para dejar el rancho. Una vez que nos aseguramos que nada había quedado en pie, nos retiramos del lugar. Eso fue nuestra única participación dentro de aquella gran operación. Conseguimos a los que tenían la información necesaria para que la operación concluyera en agosto del dos mil diez de Edgar Valdés Villarreal, mejor conocido como la barbie la confesión. A veces el peso de nuestras acciones puede resultar abrumador, especialmente cuando su impacto se extiende a todos los aspectos de nuestra vida. Hace ya varios años desde que dejé de portar el uniforme pensando que con ello dejaría atrás mi dilema moral. Sin embargo, hasta el día de hoy sigo siendo prisionero de mis pensamientos, saturado por un torbellino de reflexiones sin descanso. Cuando llevaba mi arma mi mente se convencía de que mi labor era esencial para construir un México mejor, un lugar seguro para todos sus habitantes. Pero desde el instante que derramé sangre por primera vez, surgieron dudas inquietantes sobre la rectitud de nuestras acciones. En aquel momento no sentí que contribuía a ser del país un sitio más seguro, sino todo lo contrario. El hombre al que arrebate la vida en aquel instante muy probablemente tenía una esposa y unos hijos que lo esperaban en casa. Cada vez que reflexiono sobre aquel primer hombre al que le arrebate la vida me invadió una profunda inquietud. No puedo evitar imaginar las consecuencias devastadoras que mi acción desencadenó en la vida de sus seres queridos. Si la esposa y los hijos eran demasiado jóvenes, la mujer se vería obligada a enfrentar la dura realidad de sacar adelante a sus hijos por sí sola en caso de depender completamente del hombre fallecido. No sería sorprendente que se viera arrastrada hacia el mundo delictivo en busca de una manera de subsistir. Sin embargo, el problema no se limitaría únicamente a ella, sino que se extendería a los hijos. Si fueran niños, la organización criminal para la cual su padre trabajaba tendría una oportunidad fácil de lavarles el cerebro y sembrar en ellos el odio y la sed de venganza. Les dirían que nosotros, los militares, éramos los verdaderos villanos y que lo correcto sería que ellos siguieran los pasos de su padre para cobrar venganza. Así, la muerte de aquel hombre, mi primera baja habría desatado una reacción en cadena de consecuencias desoladoras. El vacío dejado por un criminal sería ocupado por dos o más futuros delincuentes, alimentando así un ciclo interminable de violencia y tragedia. Aquella noche, tras haber neutralizado la vida de otro ser humano, sólo podía pensar en las consecuencias de mis actos. Lamentablemente, como soldado durante el Gobierno de Calderón, los enfrentamientos eran el pan de cada día. A pesar de los dilemas morales que me atormentaban. Tras tres años siendo activo militar, ya no podía recordar con precisión cuántas vidas había quitado la dureza de la guerra. Había borrado de mi memoria los rostros de aquellos a quienes les habían y arrebatado la existencia. Un día, nuestro cabo recibió un par de impactos de bala. Afortunadamente, no lo mataron ni lo dejaron totalmente discapacitado, pero sí lo dejaron sin posibilidades para seguir desempeñando las funciones de su cargo. El coronel reconoció mi esfuerzo y me ascendió a cabo. Pocos meses después, la escasez de sargento se hizo evidente y el mayor decidió enviarme a la Escuela de sargentos a los meses de haberme convertido en sargento como por diciembre. Supe que brincando el año, existiría la oportunidad de participar en el curso básico de Paracaidismo, curso que sería impartido por los boinas rojas. El poder tomar ese curso representaba para mí una oportunidad para alejarme temporalmente de la desagradable realidad de la muerte y la sangre. Anhelaba un respiro, un descanso de la violencia que había sido mi constante compañera durante tanto tiempo. Mi familia conocía bien el conflicto interno que me agobiaba y las luchas morales que me atormentaban cada vez que apretaba el gatillo. Cada Navidad. Sin falta me preguntaban por qué continuaba en el ejército en lugar de buscar una salida. Mi respuesta siempre era la misma. Soy bueno en esto. Además, es lo único que sé hacer. El nuevo año llegó y con él se acercaba el tan esperado curso básico de paracaidismo. En ese momento contaba con veinticuatro años y estaba escasos meses de cumplir los veinticinco. Luego de la transición presidencial, en la época en que Calderón dejó el cargo y Peña nieto asumió la Presidencia, pude percibir ciertos cambios en el escenario de conflicto en el país. Si bien en muchas regiones del territorio los enfrentamientos y la violencia disminuyeron, todavía había zonas donde la situación seguía siendo extremadamente peligrosa. Para mi desdicha siempre me traían esas plazas. Ese también fue uno de los motivos por el cual yo quise tomar el curso. El período que duró el curso, me sirvió para reflexionar. Llegué a la conclusión de que había llegado el momento de poner fin a mi carrera dentro del ejército. No obstante, al regresar del curso, me enteré de que mi superior directo estaba bajo investigación por violaciones a los derechos humanos relacionados con ciertas acciones llevadas a cabo durante el Gobierno anterior. En vista de esa situación, consideré prudente esperar hasta que el proceso de investigación concluyera antes de solicitar mi vaga. Mientras tanto, continué trabajando normal como si nada. En ese intervalo de tiempo recibimos la orden de intervenir en una operación destinada a infiltrarnos en una vivienda donde se presumía que personas estaban siendo retenidas en contra de su voluntad por el cartel que dominaba aquella ciudad. La misión que nos dieron fue neutralizar a todos los individuos que encontráramos dentro del recinto. Cuando arribamos al lugar, la apariencia de la residencia parecía confirmar que pertenecía al crimen organizado. Nos adentramos en su interior preparados para enfrentar una feroz resistencia. Sin embargo, para nuestra sorpresa, no encontramos ninguna oposición, No se disparó ni un solo proyectil en nuestra contra. Mientras veíamos caer a todos los que estaban dentro. Realizamos una minuciosa búsqueda en cada rincón de la casa, pero para nuestra consternación, nos descubrimos una sola arma. Peor aún no hallamos a ninguna persona que estuviera siendo retenida ilegalmente. Nos dimos cuenta de que habíamos irrumpido en el hogar de civiles inocentes y acabábamos de quitarles la vida. La gravedad de la situación se podía ver en nuestros rostros antes de que yo diera parte del desastre. Un contingente de efectivos de la marina arribó al lugar de los hechos. Plantaron armas para simular un falso ataque y colocar un cuerpo sin vida para hacer creer que eran las personas supuestamente privadas de su libertad. Oficialmente no tenía conocimiento de los motivos detrás de estas acciones, pero de manera extraoficial me enteré de que esa familia había representado una molestia para el Gobierno federal y que, en un acto despreciable, nos habían utilizado a nosotros para deshacerse de ese pequeño problema. Aquella situación fue el último golpe a mi conciencia. Fue la gota que derramó el vaso. Tomé la determinación de solicitar mi baja al día siguiente ya no podía tener lealtad hacia una institución que actuaba de esa manera. Por supuesto, la autorización no fue de un momento a otro. Tomó su debido tiempo, pero finalmente, un día, a las seis de la tarde, se me informó que mi baja ya era oficial. Entregué lo que tenía que entregar en una mochila y la aguardé las pocas cosas personales que tenía en el cuartel y salí caminando de las instalaciones. De inmediato fui a tomar un autobús que me llevaría a casa. Cuando salió el autobús ya era de noche. Yo miraba por la ventana, el oscuro anochecer de la ciudad, que parecía encajar perfectamente con cómo me sentía yo en ese momento. De verdad me sentía asumido en las sombras de mis propias acciones. Había perdido la fe en mí mismo. Estoy consciente que la muerte de aquellos civiles no fue mi culpa, porque yo solo cumplía órdenes. Pero sí fue mi responsabilidad, porque sé que yo pude haber actuado de otra forma y sé que pude haber hecho que los elementos a mi cargo también procedieran de otra forma. Creí que, al estar de vuelta en casa, rodeado de mi familia y de mis amigos, me resultaría más fácil superar todo, pero no fue así. Con el pasar de las semanas me fui sintiendo cada vez más frágil, pero no no me refiero a mi cuerpo, sino a mi espíritu. Creo que eso fue lo que me dejó vulnerable y expuesto en serio. Creo firmemente que esa fragilidad espiritual fue lo que permitió que aquella energía oscura se colara dentro de mi ser No fue como si una sombra se arrastrara por el suelo de mi habitación hasta meterse a mi cuerpo. En realidad fue algo más sutil. Al principio podía escuchar tenues y lejanos susurros, pero esos susurros cada vez los escuchaba más cerca y más fuertes, hasta que una mañana los susurros ya no provenían de afuera, sino que estaban dentro de mi cabeza. Aquello que me hablaba finalmente había logrado entrar a mi cuerpo. Poco a poco, comencé a notar cambios en mi comportamiento, momentos en los que mis acciones no parecían ser mías. La influencia de aquella voz en mi cabeza se extendía más allá de mis pensamientos y se infiltraba en mi conducta. Me encontré haciendo cosas que nunca vi a odo imaginado, pequeños actos de crueldad, cosas que pudiesen parecer insignificantes, pero que a mí me generaban la sensación de que no tenía control sobre mi cuerpo. Recuerdo muy bien que una noche salí de mi casa y caminé por las calles, no tenía idea de por qué lo hacía. Simplemente movía mis piernas para ir dando pasos eran como las dos de la mañana. Yo creo al dar la vuelta en una calle vi a un sujeto, era un tipo normal. No recuerdo nada en su apariencia que me hubiera parecido peculiar. Él simplemente estaba ahí sentado en la banqueta. En cuanto lo vi la voz de mi cabeza, me empezó a sugerir que me acercara a él, pero no para hacerle plática. Juro por Dios que intenté poner resistencia, pero yo estaba sometido por la voz, así que simplemente corrí hacia él y cuando estuve bastante cerca solté una patada con todas mis fuerzas como él estaba sentado. La paz impactó directamente en su cabeza. Recuerdo que el cuerpo de aquel hombre golpeó de forma muy brusca contra el suelo. El pobre hombre ya no se levantó. Quiero pensar que no lo maté. Siempre me he dicho a mí mismo que simplemente quedó inconsciente, pero yo no me quedé averiguarlo. Después de patearlo, continué mi camino di un rodeo y luego volví a mi casa. Eso no fue todo lo malo que hice, pero créanme que me avergüenza mucho hablar de esto, Así que vamos a dejarlo con que hice varias cosas que no estaban bien nada parecido a lo que les comenté eran otro tipo de cosas. No volví a agredir a nadie de una forma tan brutal había transcurrido casi un año desde que abandoné mi vida en el ejército. Cuando una noche como me habían hablado para cenar y yo no había respondido, mis padres fueron a mi habitación y me encontraron un sujeto a una silla de inmediato. Noté que se pusieron inquietos, se acercaron con la intención de liberarme, pero les pedí que no lo hiciera. Les comenté que sentí un impulso incontrolable de arrebatarle la vida a alguien y que yo me resistía a ese impulso, pero que esa siniestra voz en mi cabeza me estaba controlando. Por esa razón, yo mismo me había atado a la silla. Mis padres no supieron qué decir. Cuando mis padres preguntaron qué podían hacer para ayudarme, yo les rogué que me trajeran a un sacerdote para confesarme la razón. Tras esta petición radicaba en el hecho de que hasta ese momento no había comentado con nadie los oscuros acontecimientos que habían sucedido en la casa de los civiles inocentes. Yo no podía soportar el peso de ese secreto sobre mis hombros y necesitaba liberar la carga que me atormentaba. Fue mi madre quien se dirigió hacia el automóvil en busca de de un sacerdote, mientras que mi padre permanecía a mi lado. Mi padre vio cómo yo gritaba esa voz que me dejara en paz. No paraba de atormentarme. Mi padre. Lo único que hizo fue a acercarse. Me dio una palmada en un hombro y me dijo tranquilo ya no tarda en llegar el sacerdote. No obstante, en el instante en que mi padre mencionó aquellas palabras, la voz en mi cabeza comenzó a burlarse cruelmente se carcajeaba diciendo que ningún sacerdote iba a llegar porque mi madre chocaría con otro automóvil y moriría al instante. Esa voz me detallaba las horrendas maneras en que mi madre podría perder la vida antes de lograr llegar a esa casa con el sacerdote. Aquellos minutos de espera se convirtieron en un tormento insoportable. Me hallaba al borde de la locura. De repente, la puerta se abrió y mi madre entró acompañada por el sacerdote. El o o o r o solicitó a mis padres que salieran de la habitación, indicándoles que esperaran afuera. El sacerdote se presentó como el padre efren y me comentó que estaba ahí para brindarme su ayuda. Yo quería hablarle, pero por más que me esforzaba en articular palabras. La voz manipulaba mi cuerpo para que no lo hiciera. Aquello hizo que se me secara la garganta, dificultándome enormemente. El simple hecho de pronunciar una palabra me costó demasiado, pero logré decirle al sacerdote que era urgente que me confesara de manera inmediata. El sacerdote captora gravedad de mi situación y percibió que algo andaba terriblemente mal conmigo. De forma perspicaz me cuestionó sobre la razón que motivaba mi urgencia. El poder formular una respuesta completa me costó varios minutos, ya que cada palabra pronunciada se acompañaba de una sensación punzante, como si una aguja desgarrara mi garganta. Con con n mucho esfuerzo logré responder a sus preguntas. El sacerdote sacó de su bolsillo una medalla de San Cristóbal, señalándome que ese santo era el patrono de los viajeros, un poderoso intercesor ante el hijo de Dios, quien había demostrado su inquebrantable devoción a la voluntad divina. El sacerdote continuó explicando que me encontraba inmerso en un viaje que ofrecía dos caminos. Uno me acercaba a Dios y otro me alejaba de él. En este crucial momento era imperativo implorar la ayuda de San Cristóbal para que me guiara por el sendero correcto. Mientras escuchaba con atención las palabras del sacerdote, mi cuerpo, en contra de mi voluntad, intentaba con mucha fuerza liberarse de las ataduras. En cada intento de escape podía sentir cómo mis heridas sangraban más. El sacerdote me dejó muy en claro que no escucharía mi confesión hasta que tomara la decisión de poner fin a mi viaje, siguiendo el camino que me n ró hacia Dios. Además, me comunicó que sólo había una forma de demostrar mi fe. El sacerdote sacó una delgada cadena y ensartó en ella la medalla de San Cristóbal. Luego la colocó alrededor de su cuello como un collar acto seguido, me dijo que me liberaría de mis ataduras. Le supliqué con desesperación que no lo hiciera. Le hice saber que en el preciso instante en que mi cuerpo recobrara su libertad lo iba a matar. Sin embargo, el sacerdote firme en su convicción me aseguró que se encontraba en paz con Dios y que si moría esa noche, el señor lo acogería en el Reino Celestial. Por lo tanto, la idea de su propia muerte no le producía temor alguno. El sacerdote me volvió a repetir que iba a liberarme y me dijo que debía implorar de todo corazón la ayuda de San Cristóbal para encontrar el camino correcto. Primero desató mis pies y luego liberó una de mis mas mans de las ataduras. Después retrocedió cinco pasos. En ese instante, mi cuerpo soltó la otra mano y se puso en pie mi mente intentaba tomar el control sobre mi cuerpo, pero resultaba en vano. A pesar de mi resistencia interna, La voz en mi interior obligó a mi cuerpo a dar el primer paso. En eso el sacerdote comenzó a recitar el padre nuestro. Durante un breve momento logré tomar el control de uno de mis brazos y opté por golpearme con todas mis fuerzas en una de mis piernas. Fue un intento desesperado de detener mi avance, pero al momento de dar ese fuerte golpe en mi pierna no sentía absolutamente nada. Era como si esa parte de mi cuerpo estuviera desconectada por completo de mi propio ser Entonces di el segundo paso sin que pudiera hacer nada al respecto. La voz interior se adueñó nuevamente de mi brazo, extendiéndolo hacia el sacerdote con toda la intención de alcanzarlo. El sacerdote seguía recitando do sus oraciones. Mis fuerzas se agotaban rápidamente y no me quedó más opción que dar el tercer paso. Estaba consciente de que la vida del sacerdote podía terminar si mi cuerpo daba un paso más. En un instante de intensa concentración, logré evitar que mi mano tomara el cuello del sacerdote. Lo que hice fue que mis dedos se aferraran a la Medalla de San Cristóbal y la Arranqué de forma violenta del cuello del sacerdote de inmediato caí de rodillas exhausto por la lucha interna que estaba llevando. Mi cuerpo aún ansiaba abrir la mano para soltar la medalla del sacerdote, pero yo me resistí y me aferré a ella con todas mis fuerzas. Finalmente, sentí cómo el control sobre mi cuerpo volvía y la voz de mi cabeza desapareció. Mi cuerpo estaba completamente agotado. Cada hueso de mi ser parecía arder de dolor. Sentía una agonía indescriptible. Mis fuerzas se desvanecieron por compra incapaz de mantenerme en posición de rodillas, me desplomé sobre el suelo. El sacerdote abrió la puerta y le habló a mis padres. Ellos se preocuparon de verme tirado, pero él les aseguró que yo estaba bien. Les solicitó de favor que me acomodaran en la cama y que salieran de la habitación, dejándome nuevamente a solas con él estando en la cama, el sacerdote se acercó y pronunció las palabras que tanto ansiaba escuchar. Ahora sí puedo otorgarte el sacramento de la confesión. Aquella noche marcó un punto de inflexión en mi vida, un renacimiento en todos los sentidos posibles. Aunque el dilema moral de mis acciones en el ejército todavía sigue presente en mi mente como una carga pesada e ineludible, ya no me consume la culpa que antes me atormentaba. Enfrenté a mis demonios y a través de la confesión, hallé la redención. Ese sentimiento de libero es suficiente para mí y me ha permitido seguir adelante con mi vida enigma. Hace un par de años, cuando trabajaba en las fuerzas aéreas, tuve una experiencia inolvidable. En ese entonces yo había iniciado una relación física con una compañera que formaba parte de la misma unidad en la que estaba yo. Su apellido era Rodríguez. Una noche, en particular, después de una jornada agotadora, regresé a la habitación donde me tocaba dormir. Apenas iba a abrir la puerta. Cuando me abordó mi sargento, me comentó que durante la semana varios de los que dormían en esa habitación se habían reportado con el médico solicitando algo que los ayudara a dormir mejor, porque las pesadillas los mantenían despiertos. Me preguntó si yo sabía alguna situación, en particular que pudiera estar perturbando el sueño de los ojos otros soldados, pero mi respuesta fue negativa. Antes de irse, el sargento me pidió que si a mí me pasaba lo mismo, fuera a hablar con él antes de acudir con el médico. Aquella noche, al intentar conciliar el sueño, me di cuenta que era una tarea inútil por más que cerraba los ojos y vaciaba en mi mente para sólo pensar en la oscuridad de la habitación. No me daba sueño desde que era pequeño. Siempre solía ponerme de mal humor cuando intentaba dormir y no podía así que, trayendo amargos recuerdos de mi infancia, decidí sentarme en la orilla de mi cama. Mi intención era buscar algo que hacer desde mi lugar, algo que fuera demasiado aburrido como para hacerme dormir mientras permanecía allí inmerso en mis propios pensamientos. Algo extraño ocurrió. Pude sentir claramente un movimiento en la cama detrás de mí, como si alguien se hubiera apoyado sobre el colchón. Nadie estaba despierto cuando yo entré, así que me giré rápidamente para ver quién estaba en mi cama. Sin embargo, lo que vi a continuación me dejó perplejo y lleno de angustia frente a mis ojos como un espejo distorsionado. Se encontraba mi propia imagen durmiendo profundamente. Era como si estuviera viendo una versión idéntica de mí mismo, pero que ya no era yo del todo. Me impactó tanto lo que estaba viendo que sentí miedo y confusión. Al mismo tiempo, intenté mover a mi cuerpo, pero no podía ser contacto con él. Parecía que yo me había convertido en un fantasma. Entonces, por más, que intentaba tocar mi cuerpo, que estaba dormido en la cama, no podía. Entonces caminé a la cama de al lado para intentar despertar al compañero, pero tampoco pude hacer contacto físico. Mis manos lo atravesaron como si yo estuviera hecho de humo. Le grité, pero tampoco me escuchó nadie en esa habitación me escuchó sin importar qué. Tan fuerte te me puse a gritar. Empecé a hiperventilar del pánico. No sabía qué hacer para que mi cuerpo físico se volviera a juntar con mi cuerpo no físico. Después de un breve pero interminable el lapso de tiempo, algo igual de inexplicable, sucedió en un abrir y cerrar de ojos. Volví a estar dentro de mi cuerpo físico. Me sentí aliviado, pero también estaba perplejo por lo que acababa de ocurrir. No tenía explicaciones claras ni comprensión plena de lo sucedido. Decidí compartir mi experiencia con unos pocos compañeros con los que tenía algo de confianza, inclusive con la chica con la que tenía una relación. Pero, como era de esperarse, nadie me creyó. Mis palabras fueron descartadas como meras pesadillas fruto del cansancio. Después de esa noche, intenté restar importancia a lo sucedido, convenciéndome de que, aunque seguía tratándose de algo inexplicable, había sido tan sólo un incidente aislado. Transcurrieron unos días aparentemente normales hasta que nuevamente me encontré incapaz de conciliar el sueño. Esa vez, en lugar de sentarme en la cama, decidí pasear por el pasillo en un intento de calmar mi mente agitada que, por cierto, ni siquiera sabía por qué me sentía así de agitado. Así, estuve caminando en el pasillo de un extremo al otro. Se me figuró que habían pasado unos diez minutos cuando, por fin, empecé a sentir un poco de sueño. Cuando entré a la habitación para recostarme, me di cuenta que los compañeros se estaban levantando para alistarse e iniciar un día más de actividades. Lo que a mí me habían parecido tan sólo diez minutos, en realidad habían sido muchas horas. Mantuve la calma y oculté mi desconcierto, me alisté y me presenté donde me correspondía A medida que avanzaba el día. No podía apartar de mi mente la extraña distorsión del tiempo ha que había experimentado. Cuando tuve oportunidad, fui a buscar al sargento. Cuando me vio acercarme, supo que algo tenía que decirle me pidió que lo siguiera a otro lugar para hablar con más calma y discreción. Le comenté la experiencia tan rara que había tenido la otra noche y también le conté sobre la increíble perturbación que tuve con la percepción del paso del tiempo. El sargento me preguntó si había tenido pesadillas y también quiso saber si ya había acudido con el médico. Ambas respuestas fueron negativas. El sargento me pidió que le enlistara por orden todas las rutas de vuelos que había ejecutado en los últimos treinta días. Lo hice. Entonces me comentó que él personalmente había revisado la actividad de todos los soldados que habían acudido al médico quejándose de pesadillas, y todos ellos, al igual que yo, en ese lapso de treinta días, habíamos sobrevolado una ruta. Esa ruta salía de la Ceda en la ciudad de Chihuahua y daba una vuelta cruzando la Sierra Tarahumara. Era una ruta nocturna. Ese sargento en específico, tenía un trato con nosotros muy diferente al de todos los demás. Llegar a su puesto le costó mucho. Además, creo que era cristiano. Siempre fue muy honesto y directo. De forma muy discreta, me comentó que a él le había tocado estar involucrado en el incidente de Koyame y mencionó que, aunque a él no le había pasado nada, varios de los que en aquel entonces eran sus compañeros estuvieron presentando síntomas similares a los míos. Le pregunté si había interrogado a alguien más aparte de mí. Me contestó que no ya habló con el médico y que el médico le dijo que el medicamento que les había dado era simplemente un placebo y que surtiría efecto mientras ellos no hablaran del tema. Por eso el sargento no quería que yo fuera a presentarme con el médico, porque después ya no podría solicitar mi info. Me adelantó que el siguiente síntoma eran las pesadillas y que, de seguro serían pesadillas muy vívidas. Casi me ordenó que no fuera con el médico, que todo lo tratara con él y que me autorizaría unos días de permiso para que viera un médico por fuera, porque el placebo ya no me haría efecto, evidentemente, porque el sargento ya me había dicho que era un placebo. Pasé unas tres o cuatro noches muy tenso, pensando que en cualquier momento tendría las pesadillas de las que me había hablado el sargento, hasta que la pesadilla finalmente llegó en esa pesadilla. Yo estaba volando dentro de un avión cuando de pronto empecé a escuchar como si muchas piedras estuvieran dando vueltas en una tómbola. El sonido que hacían las piedras cuando chocaban entre sí se comenzó a distorsionar por momentos, se hacía muy agudo y de pronto se volvía muy grave. Era un ruido mareante. Después la cabina que da envuelta completamente en una luz roja muy potente. El avión empezaba a sacudirse con fuerza. El motor falló y comencé a caer en picada. Yo trataba de tomar el control, hacer algo cualquier cosa, pero ni siquiera podía mover mi cuerpo. Me sentí demasiado desesperado. Cuando ya estaba por caer al océano del agua. Emergió una criatura monstruosa dispuesta a tragarme y en ese momento desperté Cuando abrí los ojos. Lo primero que vi fue a mí mismo flotando en el aire frente a la cama. Ese otro yo estaba intentando tocarme, pero sus manos traspasaban mi cuerpo como si el otro yo estuviera hecho de humo. Algo pasó que sentí como si me hubiera caído desde muy alto y entonces el otro yo se había desvanecido. Me enderecé agitado. Estaba sudando frío por la mañana. Quise hablar con el sargento, pero resultó que, por alguna razón que nadie me quiso explicar lo, habían trasladado a ir a poato durante tres días seguidos. No pude dormir. Tenía la misma pesadilla que se repetía una y otra vez. Inevitablemente, eso afectó mi rendimiento, lo que, por supuesto, fue notado por mi superior y me mandó al médico. Aquí es donde se puede ver una gran diferencia entre el trato que reciben los soldados de Sedena y el trato que recibimos los soldados de la fuerza aérea, sobre todos los soldados que constantemente estamos haciendo vuelos. Me vi en la obligación de contarle al médico lo que estaba sucediendo y me dio las pastillas, que yo sabía eran un placebo. Sí, me las tomé, pero por supuesto que no me sirvieron de nada. Yo hacía de todo para mantenerme activo el sueño como tal no es para tanto. Tengo amigos en cuerpos armados que pueden durar casi una semana sin dormir. Yo no puedo estar tanto tiempo, pero una pestañada de cinco minutos cada dado dos horas durante la noche me bastaba para no quedarme dormido durante el día. Sin embargo, lo que me estaba matando era el cansancio. Bebía energizantes, mucho café y otros métodos que uno aprende dentro del oficio para el quinto día. Ya no aguantaba más y dormí no porque me hubiera acostumbrado a las pastillas, sino porque mi cuerpo no resistía el cansancio. Y eso estuvo peor porque, precisamente debido al cansancio, mi cuerpo no despertaba de la pesadilla. Estar atrapado en ese horrible sueño era una tortura interminable. Tuvieron que pasar casi cuarenta días para que las pesadillas terminaran y así poder dormir con normalidad. Nunca volví a ver al sargento. No regresó a la sede hasta el día de hoy. No sé qué pasó con él, pero tengo la corazonada de que tuvo algo que ver con la plática que tuvimos. Testimonio de un suscriptor hola a todos me llamó Bernardo y hoy les contaré la vez que con mis propios ojos pude comprobar que hay cosas imposibles de explicar por aquellos años. Mi edad era de seis y la de mi hermano mayor era de doce. Esto fue a finales del dos mil doce y principios del dos mil trece, el mes exacto la verdad. No lo recuerdo, pero tampoco creo que ese dato sea muy importante. En aquel entonces, mi familia vivía en un cuartel militar en la ciudad de Lázaro Cárdenas, en el Estado de Michoacán, debido a que mi padre en ese momento tenía el rango de Sargento II y pertenecía al cuarto grupo de morteros. Desconozco si este cuartel haya sido remodelado en los últimos diez años, pero al menos cuando nosotros vivíamos ahí, el cuartel estaba conformado de dos edificios principales y, viendo que nos dieron, estaba en la planta baja del edificio que miraba hacia el este. Así que ahí estábamos nuestra rutina diaria. No era como la de cualquier niño, porque vivir dentro de un cuartel militar cambia muchas cosas. No podíamos salir a jugar a ningún, parque eso ya es mucho para un niño. No podíamos ni siquiera salir del departamento por las mañanas. Estaba totalmente prohibido, porque era cuando los militares ocupaban la mayoría de las áreas para hacer sus cosas. Salíamos por las tardes directo a tomar clases, que las tomábamos dentro de las instalaciones militares. Nosotros y todos los niños que vivían dentro del cuartear las clases terminaban a las seis de la tarde, justo cuando el sol ya se estaba escondiendo. Y en ese momento, habiendo terminado las clases, teníamos permitido estar fuera de nuestros departamentos desde las seis hasta las ocho de la noche, pero estaba la regla que dictaba que después de las ocho de la noche ni un niño podía andar por ahí suelto. No sé si está de más aclararlo, pero cuando vives dentro de un cuartel las reglas te las tienes que tomar muy en serio. La mayoría de los menores éramos varones si había niñas, pero pocas y la verdad las ignorábamos. Solo teníamos dos horas para jugar con los amigos y lo que queríamos era jugar fútbol y las niñas no sabían jugar, así que las hacíamos A un lado. Los partidos eran curiosos. Solo había dos equipos, uno por cada edificio y los que éramos de un edificio no hacíamos amistad con los del otro edificio. No nos odiábamos pero era como si cada edificio fuera una cuadra y en los barrios cada quien se juntaba con los de su cuadra. Yo era de los niños más chicos del edificio. Casi todos eran más grandes que yo, y el más grande de todos nosotros tenía catorce años. Una tarde, saliendo de clases, fuimos al lugar donde siempre jugaban, pero los del otro edificio dijeron que no iban a jugar porque el que era su portero no estaba disponible y así no podían. Lo que hicimos nosotros fue ir cada quien a buscar mantas y sábanas. Reunimos piedras y ramas. Armamos una especie de casa de campaña lo suficientemente grande como para que cupiéramos todos en el interior. Nos tomó media hora armar la casa, pero lo bueno era que para desmontarla solo teníamos que darle unas buenas patadas y todo se iría al suelo en un dos por tres, Así que nos quedaba como hora y media para hacer algo más. No se nos ocurrió nada para jugar. Entonces dijimos que simplemente compraríamos cosas y comeríamos hasta que se diera la hora de volver a los departamentos. Dentro del Cuartel había una tienda a la que todos le decían el casino, pero no era más que una tienda normal. Ahí vendían las cosas que no se podían conseguir en e comer, es decir, comida, chatarra, refrescos y dulces. Cada quien sacó lo que llevaba en su mochila y decidimos enviar a cuatro a hacer la compra En el casino. La tienda estaba como a cien metros de donde habíamos armado la casa de campaña. Había un sendero que atravesaba un pasillo de árboles de mango a ambos lados. Cuando el reloj marcaba alrededor de las siete de la noche, la luz del sol empezaba a desvanecerse y las hojas y ramas de los árboles de mangos tapaban lo que quedaba de claridad. El camino se volvió oscuro y un tanto misterioso. El Cuartel, por supuesto que tenía sus propias luces, pero no eran muy potentes, iluminaba lo justo y necesario para moverse con precaución por las instalaciones militares. Mi hermano fue uno de a los que les tocó ir a la tienda. También estaba David, un compañero de la misma edad que mi hermano. David. Tenía una peculiaridad que todos conocíamos muy bien. E h n ns increíblemente miedoso le habíamos dado el apodo de la niña por su temor constante. A cualquier cosa que pudiera asustarlo. Después de unos minutos de espera, uno de los niños que se había quedado con nosotros nos alertó de que los que habían ido a la tienda estaban de regreso, pero que estaban tramando algo. Nos dijo que había visto cómo se habían escondido entre los árboles de mango de seguro. Con la intención de asustarnos los que estábamos dentro de la casa de campaña salimos a ver y, en efecto, allí, entre la penumbra de los árboles, pudimos distinguir las siluetas de varios niños, moviéndose sigilosamente entre risas y comentarios burlones. Uno de los niños dijo en voz alta qué tontos son si piensan que nos van a asustar los. Estuvimos viendo un momento y entonces yo les grité hermano, ya los vimos dejen de jugar y vengan que ya tenemos hambre. Fue entonces cuando nos vimos s cuenta de que había algo extraño. Contamos nuevamente a los niños que se acercaban y notamos que eran cinco en total, pero sólo habíamos enviado a cuatro a la tienda. Había un niño extra que no teníamos ni idea de quién pudiera ser. Fue en ese preciso instante cuando alguien señaló hacia la tienda. Para nuestra sorpresa, mi hermano y los otros tres niños que habíamos enviado a comprar apenas estaban saliendo cargando las bolsas con lo que acababan de comprar totalmente asombrados. Volvimos nuestras miradas hacia los niños que deberían seguir aproximándose lentamente hacia nosotros, pero resultó que estaban quietos. Ya no se ocultaban entre los árboles los podíamos ver con claridad. Además, estaban ya bastante cerca. De repente, los niños simplemente se desvanecieron en la oscuridad. No quedó rastro de su presencia. Cuando los que habían ido a comprar a la tienda regresaron a la casa de campaña, nos preguntaron qué era lo que había pasado. Les contamos al detalle la extraña aparición de los niños entre los árboles de mango, pero parecía que nuestra historia no lograba convencerlos por completo. Por una parte, podíamos entender que no nos creyera. Después de todo, llevábamos meses viviendo en el cuartel militar y nunca antes habíamos experimentado sucesos extraños. No nos quedó de otra más que aguantarnos y quedarnos ahí hasta que dieron las siete cincuenta desmontamos todo y cada quien nos fuimos para nuestra respectiva casa nada más cruzando la puerta. Mi hermano me hizo burla con mi papá Le contó que unas simples sombras me habían asustado mucho. Mi madre ya tenía la cena lista, así que, en lo que nos sentábamos alrededor de la mesa, mi padre me pidió que le explicara bien qué nos había pasado. Cuando le conté él con un tono muy serio, nos dijo que tuviéramos más cuidado porque él ya había visto esas sombras antes cuando le había tocado estar de guardia el paciente cero. Esto ocurrió antes de que entrara la década de los setentas. Ya soy ya alguien mayor y me es imposible recordar la fecha exacta. Lo que les puedo decir era que en aquel entonces yo era soldado y nos habían enviado una comunidad que estaba en mitad de la selva allá en Chiapas. Tenía muy poco que había pasado lo del dos de octubre en Tlatelolco. Por eso nos enviaron para allá. No había información oficial al respecto, pero una de las acciones que tomó el Gobierno de Gustavo Díaz Ordaz fue que mandó a las periferias del país a todos los soldados cuyo rostro hubiera quedado registrado en algunas de las diversas grabaciones sobre lo sucedido en la Plaza de las Tres Culturas. No quiero hablar de eso. Cada quien vive con su culpa. Todos actuamos como lo marcaba el Protocolo, y al menos para mí ya es un capítulo cerrado. A mí y a otros nos tocó que nos mandaran a la selva, a una comunidad rural muy aislada que no tenía servicios básicos. En aquella época, la escuela más cercana estaba a decenas de kilómetros. El hospital más cercano estaba casi al triple de distancia. Ahí ni siquiera había una persona con estudios en medicina. La gente se atendía con el curandero. Sinceramente, no había ninguna finalidad específica para que nosotros estuviéramos ahí. Pero ya estando en el lugar, buscamos cosas por hacer. Los primeros diez días transcurrieron aburridos. Lo normal era estar en medio de la selva sin mucho que hacer, pero entonces los pobladores de la localidad se acercaron con nosotros solicitando nuestro apoyo. Resulta que él, que era el jefe de ahí, había sido mordido por un un hil y chill que nadie de nosotros hupo que rayos era eso no era un concepto que se pudiera traducir al español. Ellos sólo seguían repitiendo que eso de nombre raro. Lo había mordido. Supusimos que se trataba del nombre que le habían puesto a algún jaguar o algún perro, así que los acompañamos hasta la entrada de una cueva. Allí estaban dos personas cuidando que de la cueva no saliera. Eso de nombre muy raro. El señor que era la autoridad, estaba sentado recargado en un árbol con su mano derecha. Cubría su hombro izquierdo que era donde estaba la mordida. Nosotros llevábamos un compañero militar que era médico. Él le pidió que se descubriera la herida y aquello no parecía la mordida de un animal, sino la de un ser humano. El médico comenzó a tratar la herida para luego en ventarla. Mientras estaba en eso les volvió a preguntar a los lugareños qué era eso que lo había mordido. Ellos sólo repetían el mismo nombre. En En En En En En Tonces Entonces yo bastante molesto, les pedí que nos explicaran qué era. A lo poco que les entendí Se referían a una persona y como estábamos afuera de una cueva, las cuales suelen ser oscuras y peligrosas. Llegamos a la conclusión de que había humanos que vivían en el interior de la cueva y que una de esas personas era la que había mordido al señor que mandaba en la comunidad. Ya con la herida tratada y vendada, comenzamos a caminar de regreso a la comunidad. El compañero médico les aclaró que necesitaba antibióticos, que la mordida sólo estaba tratada, no curada. Ellos dijeron que lo llevarían con el curandero y que él se haría cargo. Todo esto ocurrió a las cinco de la tarde. Ya en la noche comenzamos a escuchar mucho escándalo. Salimos de nuestras casas de campaña, las teníamos afuera de la Comunidad y nos acercamos para ver qué era lo que había sucedido aquel señor Mordido. Lo lo lo llevaban arrastrando de las manos y del cuello. Lo dejaron bien sujeto en un tronco seco que estaba en el centro de la comunidad. Luego clavaron varias ramas alrededor de él en forma de círculo y le prendieron fuego a las ramas. Nosotros vimos todos sin intervenir, ya que hay que respetar las costumbres de la gente. Uno de ellos se nos acercó y nos dijo que el curandero les había dicho que luego del ataque que sufrió, había quedado maldito y tenía que permanecer amarrado al tronco hasta que su espíritu fuera liberado o hasta que muriera. Me dio curiosidad y les pregunté cómo sabrían que su espíritu quedó liberado. En eso llegó el jurandero y me dijo lo sabremos. Cuando lo sepamos, usted no se preocupe. Nosotros no lo vamos a matar. Volvimos a nuestras casas de acampar y transcurrió la noche. Al día siguiente. Fui con una doña que siempre me invitaba el café porque cuando recién llegamos le ayudé con algo yendo con la señora, volteé a mirar al señor que estaba amarrado y se veía débil y fatigado. Pudieran pensar que era normal por haber estado amarrado a un tronco toda la noche, pero déjenme les digo que no quizá lo fatigado. Sí, pero ese señor estaba pálido. No es por sonar feo, pero todo el que sea de México conoce el tono de piel que tiene a la gente del sureste. Este señor se veía blanco. Eso no era por estar amarrado. Eso era por la mordida. Mientras tomaba el café, le pregunté a la señora si eso lo habían hecho antes. Ella me contó que su abuelo le contaba historias de gente mordida por los de nombre raro, pero que nunca les había tocado ver a uno. Ya estaba volviendo con mis compañeros. Cuando le eché otro vistazo al señor estaba sudando muchísimo. La selva es caliente, pero el pobre hombre estaba empapado. Durante el día, hicimos nuestras actividades y regresamos a la comunidad a eso de las cuatro de la tarde. Mientras comíamos, salió en la conversación lo del señor Amarrado. Uno de los compañeros sugirió que fuéramos a darle la vuelta a la cueva a ver si podíamos averiguar algo el cabo estuvo de acuerdo y quedamos de ir al día siguiente. Durante la noche, por momentos podíamos escuchar cómo al hombre le daban muchas arcadas y vomitaba. Hacía mucho escándalo amaneciendo. Fui por mi café y al ver al señor ya se veía peor que el día siguiente. El brazo que le había mordido lo tenía rojo como si le hubieran picado miles de hormigas. Hasta hinchado se veía fuimos hasta la cueva. Primero revisamos los alrededores sin encontrar nada y luego nos adentramos un poco. No pasaron ni cinco minutos cuando entre la tierra y rocas nos encontramos huesos agarramos uno y lo sacamos de la cueva para que lo viera el médico. Lo que nos dijo era que ese hueso era de una persona. Ese hallazgo sumado a la mordida que había recibido el hombre, parecía sugerir que las personas que vivían en el interior de la cueva tenían cierta predilección por la carne humana. De ahí nos fuimos a hacer lo nuestro y en la tarde regresamos a la comunidad. Ya en la noche, mientras cenábamos, uno de los compañeros comentó que a lo mejor deberíamos darle tan siquiera un pan y un poco de agua al pobre hombre. Luego, un poco serio y un poco a modo de broma, dijo no se vaya a morir de sed antes de que se cure su espíritu. Otro compañero y yo estuvimos de acuerdo y los tres fuimos con la intención de aliviarlo un poco. Pero antes de que nos acercáramos demasiado a las ramas encendidas que formaban un círculo a su alrededor, nos gritaron que no diéramos un paso más. Cabe aclarar que no eran las mismas ramas, eran otras. Nosotros nos detuvimos y volteamos. Mientras la gente se acercaba, les comentamos que nuestra única intención era darle un pan y un poco de agua. El curandero nos pidió que volteáramos a ver al hombre amarrado y que le pusiéramos atención, que lo miráramos bien y que si después de eso aún queríamos acercarnos, podíamos hacerlo. Esa advertencia nos pareció curiosa, pero luego de ver bien al hombre, notamos que sus ojos estaban inyectados de un líquido negro y su pupila se había reducido muchísimo. Se le estaba cayendo el cabello y también se le estaba cayendo la piel del brazo mordido. Además, salivaba mucho. Yo les comenté que había que llevarlo con un doctor, pero el curandero dijo que ese hombre ya estaba muerto, que su cuerpo sólo era una vasija, que en su interior guardaba un espíritu maligno. El pobre hombre no se movía, sólo balbuceaba cosas inentendibles como si ese estuviera delirando. El curandero nos explicó que las antorchas estaban ahí porque el espíritu maligno era intolerante. A la luz. En el día no era un peligro, pero si en la noche no estaba rodeado por el fuego, el espíritu podría atacarlos. Yo traía una linterna. El curandero me pidió que le echara la luz directo en la cara. Le hice caso. Por curiosidad, el hombre se empezó a retorcer y a gritar. Mientras hacía ruidos como de perro enojado. Rápidamente apagué la linterna. El curandero pidió que le llevaran agua. Ya con el agua en mano se fue acercando lentamente al hombre amarrado en el tronco. Estando frente a él, le mostró el vaso y le dijo quieres agua. El hombre se puso, igual que cuando le eché la luz de la linterna, retorciéndose con fuerza intentando liberarse el agua. Es un regalo del cielo a los espíritus malignos. No les gusta, nos dijo el curandero antes de darse la vuelta para irse. El resto de la gente también se alejó. De ahí Regresamos con los demás compañeros y les platicamos lo que había pasado. Eso nos dejó muy pensativos a todos. La siguiente noche, el curandero fue a buscarnos. Nos pidió nuestro apoyo. Tenían que hacer un ritual para deshacerse del espíritu maligno, pero existía el riesgo que se soltara y atacar a la gente. El cabo no estaba muy seguro, pero, al igual que todos nosotros, tenía mucha curiosidad. Fuimos a ser acto de presencia. Habían colocado muchas antorchas alrededor del hombre. Toda la gente de la comunidad estaba reunida ahí. Todos llevaban machetes. Aquello era algo muy serio. El curandero tenía entre sus manos una especie de pedernal, una piedra negra. Estaba caminando alrededor del hombre mientras decía unas oraciones en su dialecto nativo. Luego, cuando intentó colocar la piedra negra sobre la frente del hombre. Él sacó fuerzas y se liberó de las ataduras en cuestión de segundos. Agarró al curandero y lo mordió del cuello. Cuando lo soltó, corrió a intentar agarrar a otra persona, pero le disparamos hasta que cayó al suelo. El cabo corrió hacia él y para asegurarse que estaba muerto, le dio un tiro en la cabeza. Fuimos con el curandero que se estaba desangrando. Él nos pidió que lo matáramos antes de que también se transformara. Nos lo suplicaba a gritos. Nosotros no queríamos hacerlo. Entonces llegó el cabo y también le dio un tiro en la cabeza. La gente de la comunidad estaba muy asustada, pero eso no evitó que actuaran rápido. Juntaron los cuerpos del mordido y del curandero y les prendieron fuego créanme cuando les digo que no se pueden imaginar la pestilencia tan horrible que desprende un cuerpo humano cuando se está quemando definitivamente. Ese el olor más repulsivo que pudiera existir. Nunca supimos que fue en realidad lo que ocurrió ahí, pero cuando varios meses después, por fin nos dieron la orden de dejar la zona el cabo nos hizo una pregunta. Se imagina qué hubiera pasado si nosotros no le disparamos al mordido. Relatos escritos y adaptados por Ramiro Contreras