Presencié Rituales Echos Con Humanos Historias De Terror - REDE

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El ritual de la muerte. Mi nombre es rosa. Nacà y crecà en un pueblo pequeño del que prefiero reservarme su nombre. Antes de que mis padres murieran, me dejaron vivir en su casa. Me dijeron que esperaban que esa casa nunca se perdiera, que se fuera heredando de generación en generación. En aquel tiempo, antes de que mis padres se fueran, de este mundo solÃa ser un lugar tranquilo donde todos nos conocÃamos y nos ayudábamos mutuamente. Pero hace unos años todo cambió. Comenzaron a llegar personas de otros lugares que se instalaron principalmente en las afueras de pueblo. Construyeron casas grandes y muy bonitas. Como nuestro poblado estaba muy cerca de un lago, Ellos edificaron sus viviendas en las partes más altas para tener una gran vista, esas personas no acostumbraban convivir mucho con los que vivÃamos en el pueblo, porque era un lugar muy austero. No habÃa comercios. La mayorÃa de los que nacimos ahà nos alimentábamos del autoconsumo, de lo que sembrábamos y de la pesca. Por eso los nuevos pobladores hacÃan la compra de sus vÃveres en el otro pueblo que estaba más grande y tenÃa todo lo necesario. Se encontraba como a quince minutos de donde nosotros estábamos. Al principio no sabÃamos a qué se dedicaban estas personas. Sólo veÃamos que tenÃan varios automóviles muy bonitos y una o dos camionetas lujosas. Se nos hacÃa raro que personas con tanto poder adquisitivo habÃan decidido irse a vivir a este lugar. Tan pobre. Lo único que tenÃa era la laguna y una vista magnÃfica con el tiempo, nos dimos cuenta que los nuevos pobladores no se dedicaban a negocios lÃcitos por su manera de vestir y de traer consigo una pistola. CreÃmos que se trataba de gente que se dedicaba a la venta y distribución de drogas. Después nos acostumbramos a su presencia y ellos nos fueron conociendo, Asà que a los que vivÃamos en el pueblo no nos hacÃan nada en el cruce que separa para ir a distintos pueblos aledaños a la laguna. Ellos se ponÃan en sus camionetas cuando oscurecÃa en ese lugar. Ellos decidÃan quién entraba al pueblo si era una persona que no les daba confianza, les decÃan que mejor se fueran del lugar, lo que se nos hacÃa muy raro. Era que encontrábamos en algunas zonas de la siembra rastros de sangre o de que quemaban a algún animal. No comprendÃamos por qué hacÃan eso. La curandera del pueblo fue la que nos dijo que ellos se dedicaban al culto de la Santa Muerte. DecÃan que ella era la única que los podÃa proteger de la violencia y del mal, asà que todo el tiempo traÃan con ellos un dije de la muerte, colgando de su cuello por lo regular era de tamaño muy grande. Llegamos a ver ofrendas y altares en su honor afuera de sus casas o o en el ols camino hacia el pueblo más grande. Traté de mantenerme a salvo y proteger a mi familia, como podÃa sabÃa que no era la única que habÃa notado los cambios en este pueblo, pero a veces pensaba en irme a vivir a otro lugar, pero recordaba la promesa que le hice a mi madre y dejé de pensar en esa posibilidad. Un dÃa por necesidad económica, decidà aceptar un trabajo como empleada doméstica en una de esas casas grandes que estaban en las afueras del pueblo. La casa era hermosa, con un jardÃn lleno de flores y una vista espectacular desde la montaña, pero desde el primer dÃa sentà que algo extraño estaba pasando. Mientras hacÃa el aseo en el área del Comedor, noté un gran altar en una de las esquinas. Era la primera vez que veÃa uno de estos altares de cerca estaba dedicado a la Santa Muerte y tenÃa varias figuras de ella en diferentes tamaños, adornadas con flores de colores y velas. HabÃa incienso encendido y el arron era dulce y penetrante. Quedé fascinada por la belleza de aquel altar, pero también sentà un escalofrÃo recorriendo mi cuerpo. Nunca antes habÃa visto algo asÃ, y aunque sabÃa que muchos de mis vecinos rendÃan culto a la Santa Muerte, nunca imaginé que alguien de esa casa lo hiciera. SeguÃa haciendo mi trabajo, pero no podÃa dejar de pensar en aquel altar y en lo extraño que me parecÃa. Me preguntaba si los dueños de la casa lo tenÃan por algo importante o si simplemente lo tenÃan allà como una decoración más. Al terminar mi jornada laboral, salà de la casa con una sensación extraña en el estómago. SabÃa que debÃa mantener mi distancia con aquellos altares y todo lo relacionado con la Santa muerte. Unas semanas después de entrar a trabajar en esa casa. Recibà una llamada de la patrona pidiéndome que acudiera el próximo domingo por la noche para atender a los invitados de una fiesta. Ofreció un pago extra, asà que acepté sin pensarlo dos veces. Cuando llegué a la casa, me sorprendió ver varios coches estacionados en la entrada. Me recibió uno de los dueños de la casa quien me explicó que la fiesta se llevarÃa a cabo en el jardÃn y que debÃa atender a los invitados con bebidas y comida. Todo parecÃa normal hasta que llegó la noche y la fiesta empezó a tomar un rumbo extraño. Comencé a ver a personas vestidas de negro, con collares de calaveras y rostros pintados de blanco rodeando el altar que habÃa visto dÃas atrás. HabÃa música a todo volumen y la gente parecÃa estar en trance, cantando y bailando alrededor del altar. Uno de los invitados fue a su coche y sacó un cabrito. Lo llevaba con un lazo amarrado en su cuello. Todos los presentes comenzaron a aplaudir en cuanto lo vieron, hicieron un cÃrculo y pusieron al animal al centro de ellos. De repente, una una morra mujer sacó un cuchillo y comenzó a sacrificar al animal, mientras que los demás aplaudÃan y gritaban. Sentà un nudo en mi estómago al ver aquella escena. SabÃa que la gente del pueblo rendÃa culto a la Santa Muerte, pero nunca habÃa visto algo asÃ. De cerca me di cuenta de que aquellos altares no eran simplemente una forma de creencia religiosa, sino algo mucho más oscuro y peligroso. La fiesta continuó hasta altas horas de la noche. Yo seguÃa atendiendo a los invitados tratando de no pensar en lo que estaba sucediendo en el jardÃn. Finalmente, la fiesta terminó y los invitados se fueron uno por uno. Me quedé pensativa intentando procesar todo lo que habÃa visto. Me di cuenta de que, aunque mis patrones ya tenÃan tiempo viviendo en ese pueblo desde hacÃa años, apenas conocÃa la verdadera naturaleza de ellos. Desde ese dÃa supe que tenÃa que alejarme de todo lo relacionado con la Santa Muerte y los nuevos que controlaban el pueblo. Después de que terminó la fiesta, mi patrón me ofreció llevarme a casa, ya que era de madrugada y no era seguro caminar sola a esas horas en el pueblo. Acepté su oferta y subà a su camioneta en el camino. Mi patrón me dijo que no debÃa comentar nada de lo que habÃa visto en su casa. Me advirtió que habÃa gente peligrosa en el pueblo que no dudarÃa en hacerme daño y descubrÃan que habÃa revelado sus secretos. Me asusté un poco al escuchar sus palabras, pero asentà en silencio temerosa. Cuando llegamos a mi casa, mi patrón me dio un pago más grande de lo prometido. Agradecà su generosidad y bajé de la camioneta. Mientras me alejaba y me dirigÃa a mi casa, noté un extraño aroma en la camioneta. Era un olor, un poco dulce y penetrante. Me resultó familiar, pero no podÃa identificar de qué se trataba. No le le le le o irs ortancia y me despedà del patrón antes de irse, él me llamó y me mostró su dije de la Santa muerte. Me dijo que él era un fiel devoto de la Santa y que creÃa que ella lo protegÃa de los peligros que lo rodeaban. Me pidió que considerara convertirme en devota de ella también, ya que me ayudarÃa a tener una vida más próspera y tranquila. Yo acepté por educación, pero por dentro estaba horrorizada por todo lo que habÃa visto esa noche. Después de que mi patrón se fue entré a mi casa y me senté en mi cama pensando en todo lo que habÃa sucedido. Me di cuenta de que la situación en el pueblo era mucho más peligrosa de lo que habÃa imaginado. Pero mientras no me metiera con asuntos del culto de mis patrones, estarÃa bien sabÃa que no era conveniente que continuara yendo a trabajar a esa casa. Sólo lo harÃa en lo que mi esposo conseguÃa empleo. Después me librarÃa de esa gente. Los los los Los s dÃas siguientes a la fiesta en la casa de mi patrón fueron muy tensos para mÃ. Me sentÃa constantemente vigilada, como si alguien estuviera todo el tiempo detrás de mÃ. Volteaba hacia diversos lados de manera intermitente, sin que pudiera ver a nadie, pero la sensación de sentirme observada estuvo presente todo el tiempo. Una noche en particular, superó cualquier cosa que hubiera imaginado. Estaba en mi casa, acostada en la cama tratando de dormir. De repente comencé a escuchar ruidos extraños afuera de mi casa. Eran ruidos suaves, pero persistentes, como si alguien estuviera tratando de abrir la puerta o la ventana. Le dije a mi esposo que se asomara para ver qué estaba sucediendo. Pensando que quizás era algún vecino borracho o algún animal salvaje. Lo que vio fue algo que lo dejó aterrorizado. Cuando volvió a la habitación, estaba temblando y sudando con una expresión de terror en su rostro. Me dijo que habÃa visto a la muerte parada afuera de nuestra casa. La descripción que me dio me hizo sentir escalofrÃos. Dijo que era una figura oscura alta y delgada, con una capa larga que cubrÃa todo su cuerpo. TenÃa una calavera blanca en lugar de una cabeza y sostenÃa una guadaña larga y afilada en una de sus manos. Según mi esposo, la muerte habÃa estado parada allà observando durante unos minutos antes de desaparecer sin dejar rastro, no pude creer lo que estaba escuchando. SabÃa de la existencia de ella, incluso habÃa una imagen que se veneraba, pero nunca la habÃamos visto, ni siquiera cuando estuve en el lecho de muerte de mi padre. Me quedé con él hasta su último aliento y nunca pude ver de frente a la muerte. Aunque se me hizo muy extraño que mi esposo me dijera que la habÃa mirado, le creà por el temor dibujado en su rostro. Nunca lo habÃa visto. Tener tanto miedo, comenzamos a poner varios muebles detrás de las puertas y ventas, tratando de protegernos de lo que fuera que estuviera ahÃ. Pero en mi corazón sabÃa que la verdadera amenaza no era algo que pudiéramos enfrentar con barreras fÃsicas. Era algo mucho más peligroso y misterioso que eso. Desde ese dÃa no pude volver a dormir en paz. Siempre me preguntaba cuándo volverÃa a aparecer la muerte y cuál serÃa nuestro destino. Me di cuenta de que habÃa entrado en un mundo peligroso y oscuro del que no tenÃa idea de cómo salir. Fue entonces cuando empecé a atar cabos. Todo habÃa comenzado con aquella fiesta en la casa de mi patrona, donde habÃa descubierto los secretos del culto a la muerte. A partir de ese dÃa, mi vida habÃa cambiado para siempre. Estaba convencida de que no podÃa seguir trabajando para alguien que estaba involucrado en cosas tan peligrosas, asà que le dije a mi patrona que ya no podÃa seguir trabajando para ella. Sin embargo, ella me respondió que no era posible renunciar. Me dijo que sabÃa demasiado y que sà intentaba irme podrÃa poner en peligro a mi familia y a mà misma. Fue entonces cuando entendà que estaba atrapada en un mundo que no comprendÃa y que me superaba. No sabÃa a quién recurrir ni a quién pedir ayuda. Me sentÃa sola y vulnerable, como si hubiera entrado en un territorio desconocido y hostil. Aunque tenÃa miedo e incertidumbre, sabÃa que tenÃa que hacer algo. No podÃa seguir viviendo asà en la sombra, temiendo por mi vida y la de mi familia. TenÃa que enfrentar lo que estaba pasando y buscar una solución. Después de mucho reflexionar, decidà hablar con mi esposo sobre todo lo que habÃa pasado y pedirle su ayuda. Ãl también tenÃa mucho miedo. Después de lo que vio, me dijo que lo mejor era no involucrarnos, mantenernos al margen. Si las cosas se complicaban más, entonces tomarÃamos la decisión de irnos de ese lugar, aunque le dolÃa mucho hacer, porque le habÃa prometido a mi padre que siempre le cuidarÃa su casa. Decidimos seguir adelante con nuestras actividades y hacer todo lo posible para proteger a nuestra familia y, si se podÃa, también a nuestro pueblo. Otra noche, de nuevo, mi patrona me dijo que la ayudara a atender a los invitados. Era una noche de luna llena. Luego de que le servà la cena, mi patrona me dijo que me podÃa ir a la cocina. Ella se fue, junto con sus invitados al jardÃn. Lo habÃa adornado de una manera especial. De acuerdo como me dijo mi patrona, puse velas encendidas en forma de un gran cÃrculo. Adorné con objetos de color negro. Ella me dijo que sólo el color negro y en ocasiones especiales el color rojo eran los que podÃan utilizar. Me quedé detrás de un pilar ancho escondida tratando de ver lo que ellos hacÃan. Los invitados aplaudÃan y coreaban, algo que no entendÃa. Entonces entró un joven en silla de ruedas. Se se se les ora la miraba que estaba muy enfermo por el color tan pálido de su piel y sus grandes ojeras. Enseguida, una mujer llevaba consigo a una niña pequeña como de tres años, la pusieron dentro del cÃrculo. El joven en silla de ruedas comenzó a convulsionar y a emitir sonidos culturales. La niña, tambaleándose, se acercó al joven. Ãl dejó de moverse y todo quedó en silencio. No podÃa creer lo que estaba viendo, porque la pequeña de pronto cayó al suelo como si se hubiese desmayado nadie hizo nada por ayudarla. Al contrario, los invitados comenzaron a quitarse. Las capuchas comenzaron a hablar y a reÃr entre ellos como si nada hubiera pasado. Algunos aplaudÃan eufóricos. Después de un rato, la patrona me dijo que podÃa irme a casa inmediatamente. Salà corriendo de ahÃ. TenÃa la sensación de que alguien me seguÃa, pero no era nadie, sólo era un temor profundo que me hizo sudar frÃo. Llegué a mi casa su alterada confundida por lo que habÃa visto. Mi esposo me preguntó por qué llegaba en ese estado. Cuando le conté lo que habÃa visto, me dijo que le daba muy mala espina. Ãl me sugirió que le preguntara a Doña Chelo, la curandera del pueblo. Al dÃa siguiente, muy temprano, por la mañana fui a casa de Doña Chelo. Cuando le conté lo que vi ella me dijo que se habÃa tratado de un ritual siniestro, de un sacrificio humano. Cuando ella me dijo eso, no podÃa creer que habÃa estado presente en algo tan macabro y aterrador. No sabÃa qué hacer, porque no podÃa permitir que la situación continuara asÃ, viviendo en constante miedo y trabajando en una casa en la que se realizaban prácticas peligrosas. Pero, por otro lado, tenÃa miedo de las represalias que podrÃan tomar en mà contra mis patrones. Pensaba en mi esposo, en mis hijos, porque si me querÃan dañar, entonces todos estarÃamos en peligro. La vida en el p punto cada vez se volvÃa más difÃcil. Por un momento, pensé en pedirle ayuda a mi comadre, pero creà que si la involucraba también la ponÃa a ella en riesgo. Lo mejor era irme del pueblo sin que nadie se diera cuenta, principalmente mis patrones. Cada dÃa me daba mucho miedo regresar a trabajar a la casa de ellos, pero sabÃa que tenÃa que mantener la calma y seguir adelante por el bien de mi familia. Una noche, mientras dormÃa junto con mi familia, escuché unos golpes en la puerta. Me desperté rápidamente. Mi corazón comenzó a latir muy fuerte. Me incorporé de la cama escuchando atentamente cualquier sonido afuera de la casa. No habÃa luz, al menos en la colonia que yo vivo. TodavÃa no ponÃan alumbrado público. Mi esposo también escuchó los ruidos al exterior porque tocaron con más insistencia. Ãl se levantó para ir a ver de qué se trataba. Cuando abrió la puerta no habÃa nadie. Yo me fui detrás de él con temor. Nos asomamos al no ver nada en absoluto. Nos quedamos por un momento parados en la sala. De repente volvieron a sonar los golpes con mucha más intensidad. Mi esposo de nuevo se asomó sin lograr ver nada en absoluto. Escuchamos un grito ahogado en la oscuridad, proveniente de algún lugar cercano. Mi esposo, sin decirme nada, se armó de valor y salió a investigar a la calle para ver de quién habÃa sido ese grito. Pasaron unos segundos y mi esposo no regresó. Sólo me esperé muy poco tiempo y salà a buscarlo. Caminé por la calle Oscura. Más adelante lo encontré tirado en el suelo. Grité por ayuda sin que nadie saliera lo golpeé en el corazón intentando que le latiera de nuevo, pero fue inútil. Mi esposo estaba muerto. Su rostro quedó marcado por la impresión que tuvo. No sé qué fue lo que vio, pero en sus ojos y su boca abierta quedó plasmada la imagen del horror y el miedo que tuvo antes de morir. Después de unos dÃas de duelo, mi patrona me fue a buscar a la casa. Me dijo que me tomara los dÃas necesarios para superar mi luto, pero me hizo hincapié que tenÃa que regresar. No comprendà su comentario. Pero lo último que me dijo antes de marcharse fue una especie de advertencia. Me dijo que por algo mi esposo habÃa muerto para que me mantuviera alerta, lo mejor era que estuviese callada. Continué trabajando en esa casa, pero mi mente estaba enfocada en encontrar la manera de escapar del pueblo con mis hijos, porque no querÃa que les sucediera nada malo. Aprovechaba cualquier oportunidad que se me presentaba para ahorrar dinero y planificar el irme de ese lugar. Una de las últimas veces que me tocó presenciar un ritual siniestro fue cuando se reunieron gente muy importante. Lo supuse porque la mayorÃa de los presentes trataban de forma muy condescendiente y respetuosa a varios de los invitados. Además, en esa ocasión cambió la forma de hacer el ritual. Se dirigieron a la muerte como la bonita, la preciosa, la reina, la todopoderosa, la única. Lo peor fue cuando alguien con la cabeza cubierta llegó con un bebé llorando. Esa vez me tuve que ir de mi escondite a vomitar. No pude presenciar lo que hacÃan. Esa fue la última vez que estuve en esa casa. Cuando salà de ahÃ, aproveché que estaban ocupados mis patrones. Agarré a mis hijos. Ya tenÃa las maletas hechas y el dinero suficiente para irme de ese lugar. Cuando salà de mi casa, noté que habÃa un extraño silencio en la calle. Miré hacia el altar de la Santa Muerte que se encontraba en la entrada del pueblo de manera inexplicable. Sentà un escalofrÃo recorriendo mi cuerpo. No me permità detenerme por el miedo, con uno de mis hijos en brazos y el otro agarrado de la mano. Me quedé esperando en la carretera que llegara el autobús en el pueblo. No habÃa central camionera. La única manera de salir de él era esperándolo en las afueras del poblado. No tenÃa ningún rumbo. Sólo querÃa irme lejos de ahà antes de que llegara el autobús. Vi un automóvil que venÃa a gran velocidad sobre la curva. Intenté quitarme de ese lugar, pero fue muy tarde. El auto se salió de control y nos atropelló a los tres. En cuanto recuperé el conocimiento, me encontraba en un hospital. No podÃa comprender lo que me habÃa sucedido. Sólo me sentÃa muy lastimada. Pronto recordé los hechos. Pregunté por mis hijos. Uno de los médicos movió su cabeza. Me dijo que el más pequeño de mis hijos no pudo resistir el impacto. Se hizo todo lo posible. Por desgracia, él habÃa muerto. Mi otro pequeño estaba lesionado. Sin embargo, se encontraba en buen estado. No hay palabras para decirles todo el dolor que sentà habÃa perdido en poco tiempo a nero, mi esposo y ahora a mi bebé. Me quedé por más dÃas internada en el hospital, en lo que me recuperaba. La última noche antes de salir del hospital era en la madrugada. Me encontraba despierta porque no podÃa conciliar el sueño al interior de la habitación en la que me encontraba. La luz permanecÃa apagada. En cambio, el pasillo estaba iluminado con una luz blanca destellante. Fue un momento en que no vi a nadie del personal de enfermerÃa. De pronto percibà una sombra que pasó caminando lentamente por el pasillo. Estaba completamente de negro. Me levanté con dificultad alcancé a ver cuando ingresaba a otra habitación. Me fui detrás de ella. No podÃa ser muy rápida porque aún estaba muy lastimada, pero antes de llegar al cuarto escuché que una persona comenzó a gritar y a llorar. Su familiar acababa de morir. Justo en ese instante sentà un viento helado que me atravesó todo el cuerpo, pero pero ya no pude ver a nadie comprendà que era la muerte que se acababa de llevar a una persona. A partir de ese dÃa, cuando alguien cercano a mà iba a morir, empecé a sentir el viento frÃo como signo de que la muerte estaba presente. Creo que es una manera de advertirme que sabe quién soy y que está todo el tiempo presente en mi vida. Relato escrito y adaptado por Adriana Cuevas








