Jan. 17, 2024

Policías Descubren Los Oscuros Secretos De Una Secta Historias De Terror - REDE

Policías Descubren Los Oscuros Secretos De Una Secta Historias De Terror - REDE

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Detrás del caos atravesaba una profunda depresión de manera desgarradora al descubrir que la mujer con la que compartí cuatro años me engañaba con alguien de su trabajo. Me dolió enfrentar la realidad de que mis ilusiones y sueños se esfumaron de manera abrupta. Intentaba mantener mi mente ocupada en el trabajo para evitar pensar en lo que pudo haber sido lidiar con pensamientos destructivos. Era un desafío y al salir del trabajo, me sumía en la bebida en un intento de olvidar las heridas que esa mujer me causó. Así transcurrían los días en mi labor como policía, patrullando una colonia acomodada y cuestionándome por qué esa mujer me pagó de esa manera. Mis compañeros, al enterarse de mi situación, intentaban animarme y ocasionalmente me presentaban a algunas amigas. Sin embargo, en ese momento no tenía el menor deseo de conocer a alguien más. Me sentía humillado y desprovisto de ganas de vivir. Una noche, mi compañero de patrullaje y yo nos detuvimos a cenar cerca de una tienda de autoservicio, estando ahí la risa de una chica con uniforme de la tienda. Me llamó la atención, así que volteé y fue ahí que vi a Perla. No voy a hablar de eso ni voy a dar demasiados detalles, porque, si no, mi historia se haría demasiado larga. El punto es que, por casualidades del destino, al cabo de algunos meses, Perla y yo nos hicimos pareja y a los dos años nos casamos. Yo siempre le insistí en que saliera de trabajar, pero nunca aceptó esa idea, así que ella siguió trabajando en esa misma tienda cercana al restaurante donde mi compañero y yo solíamos llegar a comer. Perla todos los días me mandaba dos mensajes, uno cuando salía de la casa para irse al trabajo y el otro cuando ya llegaba al trabajo, porque a la hora de salida y yo no pasaba por ella. Así que sólo eran esos dos mensajes, pero una tarde, el mensaje de que ya estaba en el trabajo no llegó, lo que me generó inquietud. Mi compañero intentaba tranquilizarme sugiriendo que tal vez su teléfono estaba sin batería, pero yo presentía que algo andaba mal. En una oportunidad que tuve durante el patrullaje, salí de la ruta para ir a la tienda. Si la situación era que sólo se le había descargado el teléfono a Perla, pues ahí estaría en la tienda y yo podría seguir con mi trabajo, pero cuando llegué me informaron que ella no había llegado a trabajar. Llamé a sus padres, pero ellos no sabían nada. Yo no pude continuar con mi turno. Fui hasta la casa de sus padres y desde ahí empecé a hacer llamadas a los amigos que teníamos en común y a los compañeros policías que estaban en su día de descanso para que me apoyaran a empezar la búsqueda. Por supuesto que le avisé a mi jefe, pero yo sabía perfectamente que no podían darme prioridad. Lo que pasaba era que el Gobernador del Estado era de un partido diferente al del alcalde de la ciudad. La gente del Gobernador nos traía bien checados porque estaban esperando cualquier cosa para hacer quedar mal al Alcalde. Por eso, el Alcalde había hablado con el jefe de la policía para decirle que si cualquiera del Departamento se veía en la penosa necesidad de solicitar el apoyo para cualquier cosa, pues sí, se le podía brindar siempre y cuando no hubiera cosas más importantes. Entonces, por supuesto, que se levantó el reporte, pero yo tenía que esperar al menos ocho horas para que, de manera oficial, los compañeros del departamento me brindaran el apoyo. En lo que pasaban esas ocho horas, los compañeros que estaban de descanso me ayudaron recorriendo la ruta que perla seguía para llegar al trabajo. Hablamos con vecinos, visitamos hospitales, no sólo de la ciudad, sino de los alrededores, porque unas cuantas horas son suficientes para que un vehículo atraviese varias ciudades. Entonces, si alguien se la había llevado, podríamos encontrarla en las ciudades cercanas. Pasaron las ocho horas y entonces sí empezó la búsqueda bien llamadas a los departamentos de policía de otras ciudades. Ahora sí que con la pena, yo sé que en aquella época, cuando la gente reportaba a sus familiares desaparecidos, no siempre se actuaba con todos los recursos. Pero pues afortunadamente a mí sí me apoyaron, como se debe. Por supuesto que fue por el hecho de que yo era policía. Al paso de las primeras veinticuatro horas, ya nos habíamos asegurado que no estaba en ningún hospital de las cuatro ciudades más cercanas y que tampoco estaba en ninguna morgue. Entonces, a la casa de los papás de Perla llegó una llamada. La persona que llamó dijo que él había visto a una muchacha con rasgos similares a los de perla que había sido levantada. Dijo que iba caminando cuando un vehículo le cerró el paso, se bajaron dos hombres, uno la tomó del cuello y la subió al vehículo. Específicamente, dijo que era una camioneta gris cerrada de dos puertas con cajuela grande. Lo último que dijo antes de colgar fue la dirección hacia la que se fue la camioneta. Dijo que la camioneta tomó una calle que conectaba con la carretera que llegaba hasta la zona oriente de la ciudad, que es la zona menos urbana. Ya saben calles sin pavimentar. Pocos semáforos son así en alumbrado público. Puras colonias así estaban en la zona oriente de la ciudad, pero a diferencia de lo que se puedan imaginar, no era una zona con presencia de criminales todo lo contrario. Cuando quisieron contratar gente de ahí, ellos se pusieron muy bravos. No se dejaron intimidar por las armas. Eso le llamó mucho la atención al comandante de aquella gente y, por respeto, no se metieron a esas colonias. Por eso, a mí me hacía mucho ruido el hecho de que la camioneta esa de color gris se hubiera ido hacia aquella zona de la ciudad, porque no era un área conflictiva. Los criminales no estaban por allá. Esa llamada llegó como a la una de la mañana de inmediato. Los padres de Perla me llamaron para darme la información y, como ya era tarde, no quise molestar a mi jefe. Lo que hice fue a avisar a unos compañeros nada más a los que yo sabía que me ayudarían, aunque estuvieran en medio de una cena familiar pues entre seis nos quedamos de ver en un oxo que estaba sobre esa carretera y nos fuimos en caravana hacia las colonias de por allá. Obviamente, no íbamos en patrullas. Cada quien se fue en su carro propio. Apenas estábamos entrando en una de esas colonias. Cuando nos rebasó una camioneta gris cerrada de dos puertas con cajuela amplia. Esa camioneta iba como a ciento veinte kilómetros por hora. Entonces esa velocidad a esa hora de la madrugada y, además, con la evidente similitud con la camioneta reportada en la llave, pues nos fuimos detrás de la camioneta. No nos acercamos demasiado, solamente le pisamos hasta tener a la vista las luces traseras de la camioneta. Nos quedamos como a doscientos metros de distancia siguiendo al vehículo cuando notamos que el vehículo empezó a bajar la velocidad. Lo que hicimos fue aumentar nuestra velocidad y lo rebasamos, pero fue con una intención. Si la camioneta redujo su velocidad era porque ya iba a bajar de la carretera, entonces lo que fuimos haciendo nosotros fue bajarnos cada uno en las salidas que íbamos pasando, así que cubrimos seis salidas. En cuanto a la camioneta tomara una de esas salidas, el que estuviera en esa salida le avisaría a los demás y así pasó. La camioneta tomó una de las salidas que teníamos cubiertas. Era una salida que no llevaba ninguna colonia, sino que era una brecha que atravesaba una zona de puro Monte Baldío. El que estaba ahí nos avisó y ya a todos nos fuimos para allá, para cuando llegamos la camioneta ya se había alejado por la brecha, pero eso no nos preocupaba, porque el terreno era muy irregular, así que la camioneta tendría que ir despacio. Dejamos cinco carros medio parados. Los seis nos subimos en un solo vehículo y le dimos por la brecha con las luces apagadas los primeros kilómetros. Si tuvimos que apresurarnos para alcanzar a la camioneta, no nos acercamos ya con ver las luces traseras era suficiente. Esa camioneta se metió a una especie de finca. Nosotros paramos el vehículo como a trescientos metros de la finca. Nos bajamos y fuimos a revisar a pie. Lo que hicimos fue empezar a caminar alrededor de las paredes que encerraban la finca. Estábamos buscando un hueco, aunque fuera pequeño, para poder mirar el interior, pero aunque le dimos toda la vuelta, no encontramos nada. Obviamente, no podíamos ir a asomarnos por el portón. Entonces a alguien se le ocurrió que nos trepáramos a un árbol y aunque fuera de lejos podríamos ver algo. Buscamos un árbol de alto y uno de los compañeros se subió. Estuvo trepado como treinta segundos. Cuando bajó nos dijo que algo muy raro estaba pasando dentro, porque en el patio de la finca estaban unas personas vestidas con túnicas. Además había una especie como de fogata y alrededor de la fogata había muchachas amarradas y con la cara cubierta. Además, estaba el hecho de que notamos a por lo menos nueve personas con armas largas. Nosotros sí traíamos armas, pero eran cortas. Si intentábamos algo, íbamos a terminar fríos. Entonces uno de los compañeros dijo que él tenía un conocido que trabajaba para el comandante de aquella gente y ese conocido le debía un favor que si yo quería, él podía hacer una llamada y con suerte nos echarían la mano. La verdad. Yo no sabía qué hacer, por supuesto que no estaba seguro de que perla fuera una de las muchachas que estaban dentro de la finca, pero pues sí existía, aunque fuera la mínima posibilidad de que estuviera ahí, pues me la tenía que jugar. Todos volvimos al carro. El compañero hizo la llamada y a los veinte minutos llegaron aquellos. Obviamente, no venía el comandante, pero si venía uno que era jefe de rango mediano, ya le explicamos cómo estaba el asunto. Lo que ese jefe nos dijo fue que lo que estuviera pasando allá adentro ellos no tenían conocimiento de nada y, por lo tanto, no podía estar pasando nada bueno, así que iban a reventar todo que nosotros nos quedáramos afuera hasta que eliminaran a todos los que estaban adentro. Yo me esperaba que esa gente rodeara la finca y entraran por todos lados. No tenían ningún tipo de entrenamiento, así que lo que hicieron fue actuar a la brava con una camioneta. Tumbaron el portón de la finca para meterse y luego entraron detrás de las otras dos camionetas. Se escucharon demasiadas detonaciones, pero aquello no duró ni cinco minutos. Uno de ellos nos hizo la señal y fuimos corriendo, sobre todo yo, que me fui directo a donde estaban las muchachas, pero antes de llegar con ellas, dos de esa gente me pararon y me dijeron tú no quieres ver esto, dinos cómo es ella. Nosotros ya las vimos. Te decimos si está o no está. Cuando dijeron eso a mí y la sangre, se me fue hasta los pies porque entendí que las muchachas ya estaban muertas. Los compañeros llegaron conmigo y me vieron que yo estaba muy nervioso. Preguntaron qué pasaba en eso. También se acercó el jefe de aquellos y les dijo que me dejaran ver y sí, ahí estaba perla. Su condición era la misma que la de las otras muchachas. Ya no estaba con vida. Yo quedé destrozado, me tiré al piso grité lloré en eso de debajo de un carro que estaba en la finca. Aquella gente sacó a un señor que estaba escondido apenas le iban a pegar el tiro. Cuando el jefe les ordenó que lo trajeran. El Geoff le puso el arma en la cabeza y le preguntó qué era lo que hacían aquí el tipo ese ya con mucho miedo dijo todo. Voy a ser honesto. Él nunca mencionó la palabra culto, ni tampoco la palabra secta. Él solo dijo que, pues eran un grupo de personas que se reunían para hacer misas en honor a su Dios. Independientemente de que él no lo haya dicho, era obvio que eran una secta. El hombre siguió hablando. Mencionó que la finca no era sólo para sus extrañas misas, sino que también la usaban para otras cosas que no puedo detallar. Luego soltó que no eran sólo ellos que tenían aliados en lugares altos. No sé a qué se refería con eso, pero sonó como si tuvieran conexiones con personas influyentes. Luego dijo otra cosa. No me acuerdo qué fue, pero eso que dijo me molestó demasiado, así que me levanté y me le dejé ir a los golpes. Yo estaba consumido por la rabia. Quería arrebatarle la vida, pero el jefe de aquellos no me dejó. Me aclaró que lo necesitaban vivo para llevarlo con el comandante. Así que, pues, me tuve que controlar. Aunque no pude salvar a perla, al menos pude recuperar su cuerpo y así pudimos darle un entierro. Escapando del infierno. Hace unos cuantos años, mi familia tomó la decisión de ingresarme en un centro de rehabilitación debido a problemas con alcohol y cualquier otro tipo de sustancias. Mis familiares tomaron esta decisión porque me había vuelto incontrolable, ya había tocado fondo varias veces sin mostrar intenciones de cambiar y seguir adelante con mi vida. En verdad quisiera poder decir en qué ciudad ocurrió esto y también me gustaría dar el nombre de ese centro de rehabilitación, pero no puedo hacerlo conforme. Vayan escuchando mi historia, entenderán mis motivos para no revelar esos detalles. Puedo decir que el centro estaba en una antigua casona a las afueras de un pueblo que queda sobre una de las varias carreteras que salen del Estado de México. Desde el principio noté comportamientos extraños entre los pacientes y el personal del centro. Por dar un ejemplo, en las noches se podía escuchar que había varias personas caminando por los pasillos mientras murmuraban. Yo entiendo que en un lugar de semejante naturaleza, siempre hay que estar alerta, sobre todo por las noches, porque los internos pueden idearse cualquier cosa, pero con que hubiera una persona por cada dos habitaciones era suficiente, porque la puerta se cerraba por fuera, así que ningún interno podía salir de las habitaciones durante la noche. Por eso se me hacía tan raro escuchar tanto movimiento en los pasillos durante las noches. Además, una vez al mes se escuchaban cosas muy extrañas que provenían de un una zona del centro al que ningún interno podía acceder. Esos ruidos duraban de la dos treinta a las tres treinta de la madrugada. En un principio me resultaba sumamente difícil poder identificar y diferenciar los sonidos, porque se escuchaban muy en la distancia, pero era como una mezcla de cantos música y hasta podía escuchar como gritos ahogados, como si le estuvieran tapando la boca a alguien que gritaba. Obviamente que las primeras veces que yo notaba cosas raras, preguntaba al personal del centro, pero siempre me daban respuestas ambiguas o de plano. No me respondían. Por eso yo mejor dejé de preguntar otra cosa rara era que los internos que tenían casos más graves. Me refiero a que sus adicciones eran tan fuertes que terminaron yendo al centro para no ir a la cárcel de esas gentes. Casi nadie tenía familia y los que sí tenían no podían regresar con sus familias porque ya los habían hartado. Así que se podría decir que los que están estaban más mal ya no tenían vida fuera del centro, pues ellos tenían una especie de cicatriz en la muñeca izquierda. Parecía una marca hecha como con una navaja. Eso tenía forma de un pequeño triángulo con un punto en el centro. El hecho de que yo tuviera ciertos problemas con las adicciones no significaba que no me girara el ratón en la cabeza. Por eso se me hizo obvio que era demasiado improbable que todos ellos se hubieran conocido desde antes de entrar al centro y que, por alguna razón, se pusieron esa marca. Eso era prácticamente imposible. Por lo tanto, la explicación más lógica era que esa marca se la habían hecho dentro del centro. Yo intenté que me dijeran por qué se habían puesto eso, pero siempre evitaban mis preguntas como si les diera vergüenza, como si significara algo malo y así, pequeños detalles raros que en teoría no estaban conectados, empezaron a ponerme paranoica mi situación y mi comportamiento. Empezó a llamar la atención del personal del centro como que su actitud hacia mí empezó a cambiar poco a poco, de tal forma que hasta yo sentía que eran hostiles conmigo. El momento en que me empecé a sentir agredida fue cuando la comida que me daban tenía un sabor raro. No era algo demasiado exagerado, pero sí lo notaba. No es que tuviera un mal sabor, pero sí tenía un sabor que no correspondía. Lo mismo pasaba con los jugos o las malteadas. La situación se volvió insostenible cuando, en una ocasión, al momento en que me tomé un jugo, perdí el conocimiento al despertar me encontré en una habitación de inmediato me di cuenta que sólo estaba en ropa interior. Apenas estaba medio reaccionando cuando personas con máscaras plásticas de animales ingresaron al cuarto verme rodeada de enmascarados. Ha sido el momento más escalofriante de toda mi vida. De verdad pensé que me iban a hacer algo horrible, sobre todo por el hecho de que estaba en ropa interior, pero gracias a Dios, no pasó nada de lo que yo me estaba imaginando. Lo que hicieron fue sujetarme y con una navaja me pusieron el mismo símbolo que yo había visto en otros internos, el triángulo con el punto en el centro. Después de eso, me sentaron en un sillón que estaba frente a una televisión. Me amarraron para que no pudiera desviar mi mirada de la pantalla y empezaron a reproducir una serie de grabaciones bastante vamos a decir impresionantes, pero no me refiero a que lo que me estaban mostrando era algo muy fuerte. De hecho, en las grabaciones solamente salía un hombre mirando directamente a la pantalla, pero la cuestión eran las cosas que ese hombre decía, porque todo estaba hecho de tal forma que parecía que esa persona me estaba hablando a mí directamente. En verdad. Prefiero no especificar todas las cosas que escuché de ese hombre en la pantalla, porque son muy fuertes. Lo único que deben saber era que, luego de estar más de doce horas con la mirada fija en esa pantalla, sentí que algo se rompió dentro de mi mente. Todas las palabras que ese hombre decía calaron muy hondo en mi cerebro. Supongo que esa era la idea. Supongo que querían quebrarme luego de esa sesión me liberaron, me dieron ropa, me dieron de comer y me dejaron ir a dormir a mi cuarto. Al día siguiente, yo no quise salir para nada de la habitación porque me sentía vulnerable, pero en la madrugada me sacaron por la fuerza y me llevaron a rastras de nuevo a aquel cuarto. No pude gritar porque me taparon la boca mientras me arrastraban. Me fueron rasgando la ropa hasta dejarme solo en ropa interior. Me amarraron al mismo sillón y me volvieron a poner todas las grabaciones y así me tuvieron durante seis semanas. Yo en realidad no recuerdo mucho de lo que sucedió en esas seis semanas, porque me estaban rompiendo la mente. De hecho, el único motivo por el cual yo sé que fueron seis semanas de estarme lavando el cerebro es porque cada que me regresaba al cuarto, luego de estar amarrada en aquel sillón, ponía una marca en la pared para contar las veces que me estaban llevando. En total, me llevaron veintiuno veces y tomando en cuenta que me llevaban un día sí y un día no. Por eso sé que fueron seis semanas. Durante ese mes y medio estuve presenciando muchas cosas que fui recordando poco a poco, pero ya llegaremos a eso. El punto es que, luego de que pasaron esas seis semanas, ocurrió algo. Hubo un incendio en la cocina. Las llamas se propagaron rápidamente devorando las instalaciones. Por supuesto que tanto yo como muchos de los internos supimos que esa era la oportunidad perfecta para escapar de aquel infierno y, en lugar de intentar controlar el fuego o de intentar ayudar a salir a otras personas. Lo que hicimos varios fue abrirnos paso entre el fuego para alargarnos de ahí. Como la mayoría del personal estaba en la parte del frente, nosotros nos fuimos por la parte de atrás, así que al salir del centro, no quedamos en dirección de la carretera, sino en dirección del monte. Por supuesto que lo más lógico hubiera sido que, como ya estábamos afuera, sólo teníamos que darle la vuelta al edificio y correr hacia la carretera. Pero ninguno de nosotros estaba pensando en ese momento, así que corrimos y nos adentramos en el monte. Ese monte llevaba hasta un cerro entre tanto caos, pues todos nos separamos. Desconozco qué sucedió con los demás, pero yo me escondí en una zanja que encontré en el camino, porque no quise irme hasta el cerro. Me quedé allí escondida en la zanja hasta que se puso el sol. Al caer la noche, caminé hasta salir al otro extremo del monte y afortunadamente di con la carretera. Estuve haciendo señas hasta que un matrimonio detuvo su auto y me ofreció ayuda. Ellos no me hicieron ninguna pregunta, como que se dieron cuenta de que yo estaba muy mal y de que lo último que necesitaba era hablar de lo que me había pasado. Les pedí de favor que me llevaran a la casa de mi familia y eso hicieron. Ya estando en casa, conté lo que me habían hecho, bueno lo poco que recordaba, pero claro que no me creyeron. Mi familia creyó lo que salió en las noticias locales en la televisión Dijeron que varios de los internos se habían organizado para prenderle fuego al lugar, pero la verdad lo que menos me importaba era que me creyeran. Lo único importante era que el lugar había quedado totalmente destruido y, por lo mismo, ya no tuve que regresar de nuevo a ese infierno. Pero la pesadilla no terminó ahí, porque con el pasar de los días, yo fui recordando algunas de las cosas que habían pasado durante las seis semanas que estuve siendo sometida a ese lavado de cerebro. Los recuerdos que tengo son escenas sin demasiado contexto. Recuerdo fragmentos de cosas, pero no sé qué ocurrió primero ni por qué yo estaba presenciando esas cosas. Pero aún así podía dar más o menos una idea de lo que había pasado. No puedo dar demasiados detalles de esos recuerdos, porque son cosas muy fuertes, además de que en esos recuerdos aparecen personas que sé perfectamente que no las puedo mencionar porque me metería en problemas. Lo que sí les puedo asegurar es que ese centro de rehabilitación solamente era una fachada para que una secta con mucha influencia pudiera realizar sus actividades turbulentas, como podrán imaginar si había cierto tipo de sacrificios. Pero los miembros de la secta nunca se manchaban las manos de sangre. Necesitaban un chivo expiatorio que hicieran el trabajo sucio por ellos. Ahí es donde cobra relevancia ese símbolo del triángulo con el punto en el centro dentro de la secta. Ese símbolo tiene el significado de algo, así como el permiso de poder corromper las leyes de la naturaleza, Es decir, que los que tienen el símbolo marcado en su piel sí pueden matar. Entonces lo que ellos hacían era elegir a gente, así como me eligieron a mí. Nos rompían la mente. Nos dejaban tan dañados que podían manipularnos a tal grado que obedecíamos sin cuestionar. Yo no entiendo mucho del tema, pero estoy segura que el hecho de tenerme en ropa interior al momento de estarme sometiendo al lavado de cerebro era para que yo me sintiera indefensa y fuera más fácil quebrarme ahora entiendo, porque aquellos que tenían la marca se negaban a hablar sobre eso. Han de haber vivido cosas horribles sin poder oponerse debido a que su voluntad estaba reducida a cenizas revelación demoníaca. Todo empezó cuando un amigo cercano comenzó a mostrar un comportamiento sumamente extraño, aunque siempre había sido un buen amigo, algo estaba cambiando drásticamente en él. Intrigado, decidía abr habla con él para entender qué estaba sucediendo en su vida. Fue en esa conversación que me reveló que estaba involucrado en una secta, lo que explicaba su extraño comportamiento y su falta de descanso nocturno debido a las reuniones frecuentes que sucedían durante la madrugada. A medida que mi amigo compartía más detalles sobre las actividades de la secta, mi curiosidad creció. Me propuso la posibilidad de unirme a ellos y experimentar todo por mí mismo. Siendo una persona extremadamente curiosa, acepté la oferta sin realmente entender completamente. En el hoyo en el que me estaba metiendo, mi amigo me preguntó si estaba seguro y yo le dije que sí. Entonces él tomó el teléfono y le marcó a alguien de la secta para decirles que tenía aún prospecto. A miembro. Intercambiaron algunas palabras y al terminar la llamada mi amigo me dijo que abría una reunión. La noche siguiente nos dirigimos a un lugar que estaba afuera de la ciudad. Hagan de cuenta que íbamos por la casa de carretera. Salimos de la ciudad y antes de llegar a la siguiente ciudad. Ahí, en medio de la nada, tomamos un camino de tierra y recorrimos varios kilómetros hasta llegar a un lugar que me dejó atónito. Era un santuario gigante. Era más ostentoso que la catedral de la ciudad. Entré al lugar y me encontré con imágenes de demonios nombres como Belcebú y Lucifer. Adornaban las paredes me llevaron a una habitación donde me sometieron a lo que sentí como un interrogatorio intenso, preguntas sobre mis motivos para unirme cosas como que sí ya estaba en alguna otra secta, si era devoto de la muerte y muchas más preguntas de las que no puedo especificar demasiado. Respondí con honestidad explicando que mi único motivo era la curiosidad. Después de ese extenso interrogatorio, salí de la habitación y mi amigo continuó mostrándome el lugar era un ambiente tenebroso, imponente y desconcertante. Los miembros se reunieron ns nuevamente y me comunicaron que sería aceptado en la Comunidad o, como ellos preferían, llamarlo en la Iglesia, Pero obvio, eso era una secta. A los pocos minutos comenzaron a llegar vehículos de todo tipo, autos camionetas camiones. Era un panorama extraño para mí. Esperaba ver a personas con capuchas negras y escenas dignas de películas, pero no fue así. Eran personas comunes que venían a participar en el evento. Tuvimos una cena y al finalizar, mi amigo me llevó de regreso a casa y me dijo que habría otra reunión dentro de dos días. Conforme fueron pasando los meses, mi amigo me fue contando detalles sobre la estructura interna y las actividades de la secta. Descubrí que había distintos rangos y que las prácticas estaban divididas por etapas. A lo largo de los años que estuve asistiendo a ese lugar, presencié y viví experiencias que considero insoportables para muchos. Quiero compartir algo, algunas de las más impactantes para no extenderme demasiado comenzaré con rituales que podríamos considerar leves como sacrificios de animales. No entraré en detalles específicos, ya que algunos de estos rituales involucraron prácticas bastantes bizarras. Hubo sacrificios de gallinas, cabras y otras criaturas, formando parte de las actividades que llevábamos a cabo. Ahora seguramente se preguntarán para qué sirve rendir culto a estas entidades oscuras o demonios, y la respuesta es que cada uno tiene su propia forma de adoración. Algunos requieren sacrificios, otros simplemente demandan sangre y algunos aceptan ofrendas más comunes, como el dinero. Por ejemplo, había una figura de la Santa Muerte asociada a la abundancia y la ausencia de mal, donde la gente solía dejar dinero como ofrenda a medida que los años transcurrían ascendía de nivel gradualmente. Cada año aprendí a nuevas prácticas rituales y ganaba sabiduría en la magia negra. El satanismo posee valores que, de hecho, difieren de los mandamientos de muchas iglesias convencionales. A lo largo de mi trayectoria, conocí a maestros que, a diferencia de los líderes, tenían la tarea de enseñar y guiar en una ocasión a varios miembros, como unos cinco o seis, nos dieron la opción de someternos durante un año y medio a ciertos rituales intensivos, con la finalidad de prepararnos para dar un paso más hacia lo que ellos llamaban la gran revelación. Por supuesto que todos dijimos que sí. No puedo hablar sobre esos rituales por dos cosas. La primera es que son cosas muy delicadas que no pueden mencionarse en YouTube. Y la segunda es que la verdad me da vergüenza admitir que yo participé en algo como eso. Entonces ya pasó el año y medio que nos habían dicho y entonces sí nos llevaron a la ceremonia tan importante para la que nos habíamos estado preparando. Fuimos hasta la parte de más atrás dentro del templo. Ahí había una puerta al abrirla. Lo único que encontramos dentro de ese cuarto fue algo tipo escotilla que estaba en el piso. Al levantar esa escotilla, había unas escaleras que nos llevaron hasta una especie de cueva. Luego de caminar por unos tres minutos llegamos a donde había una especie como de arco. Eran dos pilares de madera unidos por huesos. En la parte de arriba no había puerta. Eso fue lo que se me hizo más raro, porque yo entendería que pusieran una decoración de esas en una puerta. Pero así puesto nada más, pues era medio raro, porque tampoco había ninguna diferencia entre estar de un lado o del otro, por lo menos no una diferencia visible. Era una cueva. Lo único que había en ambos lados era roca. Sólo eso llegamos a ese arco. Había otras personas. Ellos nos dieron unas túnicas especiales con ciertos símbolos y entonces sí cruzamos por debajo de la de la del arco. Para ser honesto, sí sentí un cambio de temperatura al pasar de un lado al otro. Fue como si de repente hubiera hecho un poco más de calor. Medio raro. Conforme seguimos caminando. Una de las personas que nos estaba guiando nos aclaró que al llegar al lugar indicado teníamos completamente prohibido hablar, No podíamos hacer ningún ruido con la boca. Entonces llegamos al final de la cueva. Ahí había un trono de oro y huesos sobre el cual estaba sentada una figura de piedra, una figura humanoide que desprendía un olor como a huevo, podrido y sangre. Las personas que nos estaban guiando se dirigieron a esa figura de piedra como gran maestro. Y entonces la figura de piedra habló. Habló utilizando una voz normal, no una voz distorsionada ni gutural. Tenía una voz completamente normal. Creo que eso fue lo que más me impactó. Eso que tenía frente a mí. No era una simple figura de piedra, era un demonio. No tenía cuernos, ni cola ni alas. Tampoco tenía un rostro deformado con colmillos. No sé si era un demonio poseyendo a la figura de piedra o si la figura de piedra era el demonio en persona, no tengo idea. El punto es que, de una manera o de otra, lo que estaba frente a nosotros era un demonio en toda regla. Lo que dijo cuando habló fue de aquí sólo van a salir cuatro. Los que nos habían llevado eran dos. Eso significaba que de nosotros sólo dos saldríamos. De ahí, mi amigo y yo volteamos a vernos sabiendo que las palabras del demonio significaban que los demás se quedarían a modo de sacrificio. Las personas que nos llevaron nos felicitaron a mi amigo y a mí. Luego nos dijeron que el simple hecho de que pudiéramos movernos era porque nosotros éramos los dos que saldríamos. En eso, yo volteé a ver a los otros y me di cuenta que estaban como paralizados ni siquiera parpadeaban. Esto puede sonar un poco cruel, pero me alegré que ellos fueran a morir y que mi amigo y yo pudiéramos salir de aquella cueva. Ya empezamos a irnos de regreso. Con cada paso que daba, yo me iba convenciendo más y más de que yo ya había llegado a mi límite. Mi lado curioso me había llevado al extremo de estar cara a cara con un demonio. Para mí, eso ya era suficiente. Cruzamos de regreso el arco y en ese momento escuché como los que se habían quedado a modo de sacrificio empezaron a gritar de una manera muy desesperada y desgarradora al momento de salir de la cueva y llegar a la sala principal del templo. Cuando llegamos nos estaban esperando los miembros de más alto rango de la secta nos felicitaron cenamos y luego ya cada quien se fue a su casa. Yo no pude dormir durante tres días seguidos de verdad no podía terminar de asimilar lo que había pasado. Imaginen tener a un demonio cara a cara Es una experiencia muy impactante y no se la deseo a nadie. Al estar cara a cara con un demonio, comprendí que la maldad de estos seres es real. Lo más perturbador es que pueden hablar como cualquier persona. Después de aquella inquietante experiencia en la cueva, traté de retomar mi vida cotidiana, pero las imágenes del encuentro con el demonio seguían persiguiéndome. Cada noche revivía las palabras del ser oscuro y los gritos desesperados de aquellos que quedaron atrás. La falta de sueño empezó a afectar mi estado de ánimo y rendimiento diario. Decidí compartir mi experiencia con mi amigo, el único otro testigo que salió ileso de la cueva. Ambos intentamos procesar lo ocurrido, pero nuestras conversaciones sólo generaban más incertidumbre. La curiosidad que nos llevó a explorar la cueva ahora se había convertido en un peso en nuestras mentes. Para poder apartarme por completo de la secta, me tuve que mudar a otro Estado y no fue como que me escondiera para hacerlo lo lo lo lo o o lo or tuve que hacer fue encontrar la manera que los de mi trabajo me enviaran de transferencia y entonces hablé con la secta para decirles que, pues, me iría a vivir y a trabajar a otro Estado. De esa manera no estaba huyendo, porque debo decir que todo el que intentaba huir terminaba muerto ya estando lejos de la secta, tuve que seguir asistiendo al templo durante más de un año, pero lo que hacía era que entre viaje y viaje, cada vez pasaba más tiempo hasta que ya no regresé. No hubo represalias en mi contra porque no abandoné de golpe, sino que fue de forma paulatina, así que no se vio como que yo estuviera intentando huir. Por eso sigo con vida detrás del volante. Me convertí en chofer gracias a una casualidad, o al menos eso pensé al principio. Inicialmente me desempeñaba como el encargado del mantenimiento de una casa de gente de mucho dinero. Un día mientras realizaba mis labores habituales, fui convocado a la Oficina del Patrón. Al entrar me recibió con entusiasmo y me propuso ser su chofer personal con la promesa de un salario adicional. Después de pensarlo y consultar a mi esposa, acepté la oferta, sabiendo que el anterior chofer disfrutaba de un buen sueldo y una vida cómoda. Aunque al principio todo parecía normal, Pronto comencé a pasar menos tiempo con mi familia, ya que las exigencias del trabajo a veces requerían que me quedara a dormir en la casa del patrón. La situación dio un giro inesperado cuando me propuso acompañarlo en un viaje de negocios fuera de la ciudad que duraría doce días. Después de consultarlo con mi esposa, acepté, motivado por la generosa compensación y la promesa de una semana completa de vacaciones. Al regresar. Sin embargo, antes de partir el patrón me hizo una advertencia seria y firme. Me dijo que lo que sucediera en el viaje, debía permanecer en el viaje y cualquier cosa que presenciara no debía divulgarse. Aunque lo sentí como una amenaza, lo interpreté como una precaución ante posibles situaciones comprometedoras durante el viaje, ya que él tenía aspiraciones políticas. En el día del viaje manejé alrededor de ocho o nueve horas hasta llegar a un poblado en la orilla de la sierra. Una vez en ese lugar comenzamos a ascender por las faldas de la sierra. Eso ya a pie. Yo sólo me limitaba a seguir al patrón en más de una ocasión. Parecía que regresábamos por el mismo camino entre árboles y montañas, perdiendo completamente el sentido de la dirección. Finalmente llegamos a nuestro destino. Unas cabañas en medio de la sierra, en un lugar remoto sin señal de teléfono. Antes de bajarme de la camioneta, mi patrón me detuvo y me pidió mi celular, explicando que en ese lugar no permitían dis positivos que pudieran tomar fotos o videos. Para mantener todo en secreto. Aunque me sentí incómodo, tuve que ceder ya que él era el patrón. Después de entregar el teléfono, me sonrió y dijo que no me preocupara que disfrutara del viaje. Al llegar, descubrí que las cabañas estaban divididas en una principal lujosa y grande y cabañas secundarias para choferes y cocineros. En la cabaña asignada compartí habitación con otros siete individuos. Al no haber señal de televisión, nos tenían un repertorio de películas en DVD. Me di cuenta de que algunos de los que estaban ahí no era su primer viaje y que estaban acostumbrados a la rutina. Cada vez que me aburría, salía de la cabaña y me ponía a explorar los alrededores. Encontré un lugar lleno de cenizas, aparentemente utilizado para fogatas. Cuando regresé de explorar, el sol ya se ocultaba. Me indicaron que pasó a recoger mi cena, aunque no estaba acostumbrado a cenar a esa hora. Más tarde, cuando sentí hambre y me dispuse a cenar, noté que en el plato no había cubiertos. Tuve la intención de ir al comedor para buscar, pero en eso uno de los que estaban ahí, del que no diré nombre ni apodo, sólo diré que era al vino, se levantó y me detuvo preguntándome a dónde iba. Le expliqué que iba al comedor en busca de cubiertos y él me dijo que no debía salir porque ya era muy tarde. Aseguró tener algunos y me los ofreció, así que volví a la mesa y cené. Cuando todos se retiraron a dormir, yo no sentía sueño y quise salir a caminar. Al acercarme a la puerta, fui detenido por el que era al vino quien preguntó a dónde iba. Le dije que quería salir a caminar y fumarme un cigarro, pero nuevamente me prohibió salir diciendo que era demasiado tarde. Su tono me molestó y decidí abrir la puerta, pero él me detuvo. Me dio un consejo explicándome que los patrones no toleran a quienes miran y chismean. Me advirtió sobre posibles problemas graves. Sonó tan convincente que cerré la puerta y me acosté. Sin embargo, no podía conciliar el sueño y comencé a escuchar extraños cantos provenientes de la cabaña principal, como si estuvieran teniendo una reunión religiosa. Cuando esos cantos resonaron en la noche, un escalofrío inevitable recorrió mi cuerpo en eso. Uno de los que estaban ahí en la cabaña se levantó y fue hacia la ventana para observar, pero fue detenido por el que era al vino y le dijo lo mismo que a mí, pero el otro como que no quería hacer caso y se pusieron a discutir, yo decidí hacerme el dormido. Esos cánticos persistieron durante toda la noche. Desperté cuando los encargados de la comida se preparaban para sus tareas. Escuché sus susurro sobre lo ocurrido la noche anterior, mencionando esas canciones extrañas y unos son gritos desconcertantes. Uno asintió y el otro parecía temeroso de hablar mal de los patrones. Al levantarme para el desayuno, esperaba que alguien hablara de lo ocurrido, pero nadie mencionó absolutamente nada. De regreso a la cabaña. Noté que el que era el vino ya no estaba. Decidí preguntar a uno de los que estaban ahí si él también había escuchado lo de la noche anterior. Más tarde, cuando salí al patio, vi que el que era el vino salía de la cabaña principal. Todo ese panorama me estaba generando una sensación incómoda, pero me veía obligado a aguantar, ya que necesitaba el trabajo. Lo único que yo estaba esperando era que los días pasaran lo más rápido posible Para mantenerme ocupado, decidí ir a un cuerpo de agua que estaba como a cinco minutos yendo a la parte trasera de la colina caminando hacia allá. A lo lejos, pude distinguir una figura imponente de un hombre con cabeza de chivo y cuernos enormes, con una mano apuntando hacia arriba y otra apuntando hacia abajo. No sé por qué, pero me quedé inmóvil observándola. Incluso juraría que en algún momento la figura giró el cuello para mirarme fijamente, pero quizás eso sólo fuera producto de mi imaginación. De repente sentí que alguien me tomaba del hombro a punto de soltar un grito al girar era el albino, advirtiéndome que esa ya era la segunda advertencia que me daba y que no iba a haber una tercera advertencia. Hizo mucho hincapié en que me limitara a lo mío por mi propio bien asustado y tartamudeando traté de explicar que sólo estaba paseando y que me impresionó la belleza de la colina y la cabaña. Sonrió de manera irónica y me dijo que sabía perfectamente lo que estaba haciendo, advirtiéndome sobre las consecuencias de que me descubriera una tercera vez viendo o haciendo cosas que no me quedé aturdido. Bajé la cabeza y regresé a la cabaña. Estaba temeroso y decidí no salir más. No quería cometer un error y provocar ese tercer aviso del que me habían advertido. Más tarde, uno de los cocineros se acercó intentando hacerme plática y de repente preguntó qué vi cuando fui al río, mencionando que el que era el vino estaba molesto conmigo. Me inventé la respuesta. Los días siguientes preferí no salir de la cabaña. Sólo lo hice para comer. Algunas noches después, los cánticos resonaron nuevamente y esa vez ya estaba tan aterrado que no pude conciliar el sueño. En algún momento de la madrugada empezaron a escucharse gritos desde la cabaña. Habría jurado que estaban torturando a alguien, aunque puede ser que todo sea fruto de mi imaginación, ya que nunca vi nada. Los siguientes días fueron lo mismo. La última noche en la colina fue la más inquietante. Los cánticos alcanzaron un tono más desgarrador y los gritos se intensificaron. Aunque no podía ver lo que ocurría, la atmósfera estaba cargada de una energía perturbadora. Dormir se volvió imposible y esperé ansiosamente la llegada de la mañana para abandonar ese lugar. Sombrío. Finalmente llegó el momento de regresar. Ese día me permitieron acercarme a la cabaña principal para cargar el equipaje de mi patrón. No sé por qué, al aproximarme una sensación incómoda y de temor, me invadió. Pero pues, ni modo que no ayudara al patrón con su equipaje. Al entrar a la cabaña principal involuntariamente levanté la mirada y en el segundo piso pude ver nuevamente la misma figura que había visto cuando quise ir al río. En esa ocasión distinguí claramente un rostro y unas manos manchadas de color rojo. Cargué el equipaje rápidamente y salí. De ahí ya caminamos de regreso. Hasta el verso nos subimos y empecé a conducir de regreso a la ciudad en mitad de la carretera. Mi patrón me preguntó si había estado curioseando ante la pregunta, me puse nervioso y me dijo que estaba al tanto de mi curiosidad, añadiendo que estaba bien, pero advirtiéndome que si divulgaba cualquier cosa vista durante el viaje, yo y mi familia no la pasaríamos bien. Sin embargo, si guardaba el secreto y me comportaba bien, habría recompensas para mí y mi familia. Como podrán imaginar, decidí comportarme bien y mantener el secreto hasta ahora. Y si me atrevo a hablar, es que el patrón tuvo problemas con cierta organización y pues él y su familia terminaron tres metros bajo tierra la raza. En los años noventa corrían varios rumores sobre setas s satánicas. Recuerdo que varios factores, como entrevistas en canales de televisión, divulgaron la existencia de estos grupos alimentando su crecimiento. Hubo individuos que afirmaban haber sido obligados a formar parte de estas sectas y contaban experiencias grotescas, lo cual asustó a muchos, especialmente a aquellos con fuertes convicciones religiosas. En aquellos años, yo, la menor de ocho hermanos, estaba enfocada en mis estudios, pero también preocupada por mis padres, porque estaban enfrentando dificultades debido a problemas de salud. Mi mamá, afectada por la diabetes, ya no podía ver bien y mi papá, arquitecto independiente, lidiaba con dolores de espalda y rodillas. En una ocasión, al regresar de la universidad, encontré a mi mamá en el suelo. Tenía el cuerpo muy caliente y estaba balbuceando. De inmediato corría el teléfono de la casa y llamé a una ambulancia de la Cruz Roja que que tardó unos quince minutos en llegar. En lo que llegaba, utilicé mis conocimientos de enfermería para atender a mi mamá, sólo para asegurarme que no se pusiera peor. Ya llegaron los paramédicos y llevaron a mi madre a la clínica más importante del área metropolitana de la capital del país. A pesar de algunas deficiencias, recibimos una atención aceptable, le administraron intravenosas, realizaron análisis y tomografías y permanecimos allí durante varios días. Durante mi estancia en el hospital, me encontré con compañeras y compañeros de la escuela, incluida una amiga cercana con la que solía compartir momentos en nuestras casas. Al verme, ella mostró preocupación y me acompañó durante un tiempo, cuando mi padre estaba cuidando a mi madre mientras estaba en la entrada del hospital con ella, me contó algo que me pareció increíble, pero también aterrador. Mi amiga, quien estaba dando sus prácticas en ese hospital, me dijo que llevaba dos meses trabajo dejando allí. Sin embargo, ya había solicitado un cambio a otra clínica. Anteriormente, sus palabras me pusieron la piel de gallina. Comenzó a explicarme que cada semana había cambios de jefes de enfermeras que rotaban por distintas áreas para facilitar el aprendizaje. A la tercera semana, en el área de pacientes coronarios presenció un suceso extraño. Un paciente crítico falleció y, siendo parte del personal de enfermería, la jefa de enfermeras se ofreció a trasladar el cuerpo a su camilla. Incluso les pidió a los camilleros que fueran a tomar café y que ella los invitaría, una oferta que aceptaron gustosos. Cuando presenció a la jefa de enfermeras intentando mover el cuerpo de la persona fallecida, una de las camillas comenzó a deslizarse hacia un lado, amenazando con hacer que el cuerpo caiga al suelo. Le ofreció ayuda, pero ella se negó rotundamente. Lo inevitable ocurrió. El cuerpo cayó entre las dos camillas. Al caer el difunto rodó y quedó boca abajo, revelando un símbolo satánico quemado en su espalda una marca fresca de tercer grado, haciendo como si no hubiera visto la marca. La jefa de enfermeras cubrió el cuerpo con sábanas. Cuando llegaron los camilleros, Nadie mencionó el incidente, como si el simple hecho de que el cuerpo se cayera pudiera ser motivo de reprimenda para la jefa y los camilleros. Mi amigo se quedó en silencio y trató de olvidar el incidente. Sin embargo, su inquietud persistió cuando, al trabajar en el área de pacientes de trauma, notó que el médico de guardia tenía tatuado en parte de su cuello, el mismo símbolo satánico que había visto en la quemadura del paciente fallecido. Observó con atención al personal del hospital y no sólo los jefes de enfermería y algunos médicos se comportaban de manera extraña. También algunos camilleros y personal administrativo mostraban comportamientos inusuales, una sensación de incertidumbre y miedo la invadía cada vez que estaba en el hospital, a pesar de solicitar su cambio aún no había recibido autorización. En el área central del hospital, donde el personal se reunía mi amiga escuchó conversaciones extrañas distintos grupos de trabajadores en diferentes áreas. Seguían un patrón similar de comportamiento extraño hacia los pacientes. Por último, me advirtió que tuviera cuidado con mi mamá. No me lo dijo con la intención de alarmarme. Sólo quería que supiera lo que ella había presenciado. Cuando terminé de escuchar las inquietantes palabras de mi amiga, sentí un temor profundo. Me despedí de ella y regresé a la entrada del hospital, donde mi padre me esperaba para poder volver con mi madre. Pasaron algunos días y mi madre ya estaba en la sección de endocrinología. Aún inconsciente, decidí acompañarla llevando conmigo una cobija y una almohada para hacer la estancia más common. En ese momento éramos sólo dos personas quienes estábamos acompañando a nuestros respectivos pacientes en un área con al menos diez camas. Eran alrededor de las dos de la mañana. Cuando estando despierta, observé a un médico acercarse al paciente que estaba en la cama frente a mi madre. Realizó movimientos extraños al destapar la vía intravenosa utilizando una sola mano y de manera errática. Luego sacó algo de su bata y lo colocó bajo la almohada del paciente antes de reemplazar la vía intravenosa de manera hábil y limpia, utilizando sólo una solución salina. Después se fue yo. Ya estaba medio paranoica, por lo que me había dicho mi amigo, Así que me acerqué a ese paciente para revisar lo que el doctor lo había puesto debajo de la almohada. Ahí encontré una especie de amuleto representando al diablo con cabeza de cabra, cuerpo de mujer y patas con pezuñas, con la clásica estrella invertida detrás. Lo arrojé al suelo y regresé al lado de mi madre. La situación en el hospital se volvía cada vez más inquietante. Decidí mantenerme alerta, preocupada por la seguridad de mi madre. A medida que pasaban los días noté que familiares de otros pacientes también percibían la extrañeza en el comportamiento del personal. Susurros y miradas nerviosas se intercambiaban entre los acompañantes de los pacientes, creando un ambiente cargado de tensión. En una ocasión, al entrar al baño, me encontré con una conversación entre dos enfermeras que me puso los pelos de punta. Hablaban en tono bajo sobre procedimientos especiales que se llevaban a cabo en ciertas horas de la noche. En la madrugada le acomodé la almohada a mi madre y cuando lo hice, me di cuenta que ahí también estaba uno de esos amuletos, el ataque de pánico. Me golpeó con fuerza y me dio un ataque de pánico. Necesitaron asistencia para estabilizarme, ya que estaba completamente abrumada. Llamaron a mi padre para que continuara cuidando. A mi madre y cuando llegó le pedí que hablara conmigo antes de tomar cualquier decisión. Le expliqué de manera vaga que una amiga me había alertado sobre posibles malos procedimientos realizados por el personal del hospital últimamente, y eso me inquietaba profundamente. Mi padre accedió a trasladar a mi madre a un hospital general en Ambulancia. Desafortunadamente, ella falleció dos días después de ingresar. Los médicos informaron que tenía insuficiencia renal y líquido en los pulmones. No puedo afirmar que su muerte esté relacionada con algún ritual o oferta al diablo. Mi padre intentó presentar una demanda por mala praxis, pero la falta de pruebas hizo que fuera imposible. Enemigo en casa. Hace algunos años me convertí en propietario de una casa que hasta el momento he destinado para alquiler. Hubo una época en la que tuve una inquilina que desde el principio tuvo comportamiento extraños. Me explico, para poder ocupar la casa, yo solicitaba un depósito de garantía y dos meses por adelantado, pues esa inquilina pagó cuatro meses por adelantado yo no se los pedí. Ella se ofreció, si bien en un principio pudiera parecer que el ofrecimiento de ella hubiera surgido porque tenía esa cantidad de dinero a la mano. La realidad era que no fue. Por eso yo me desentendí del departamento durante esos cuatro meses, ya que me tocó ir a cobrar el quinto mes noté algo inusual. Al ingresar a mi casa. Percibí un fuerte olor a limpiador de piso, como si se hubiera utilizado un detergente extremadamente concentrado. La inquilina estaba ta trapeando el piso que aún estaba húmedo, y en la sala noté varios jarrones de barro ollas, collares y semillas en algunas esquinas de la casa. Esta situación me alertó sobre la posibilidad de que mi inquilina fuera practicante de la santería o de alguna de esas religiones raras a mí no me molestan las creencias de la gente, pero la verdad prefiero mantener la distancia con personas que practican cosas que no son de Dios. Por eso me sentí incómodo al ver esos objetos en mi casa. Sin embargo, decidí mantener la paz y evitar cualquier comentario al respecto, limitándome solo en recibir el pago de la renta. En una ocasión, al ir para cobrar la renta, la inquilina comentó que los vecinos no le permitieron firmar la minuta. Esta situación me generó cierta desconfianza, pero agradecí su tiempo y me dirigí a la encargada del fraccionamiento para entender lo sucedido. Descubrí que la minuta abordaba temas inquietantes como ritos, entrada de personas no deseaba y hallazgo de animales muertos en el área común. Pasó un año sin mayores problemas o al menos eso creía En otra ocasión que regresé. Me encontré nuevamente con el fuerte aroma a productos de limpieza y la inquilina estaba ocupada haciendo cosas que me parecieron medio raras. A pesar de mi incomodidad, le renové el contrato pensando que no habría problemas. La inquilina se dio cuenta que yo la vi raro. Entonces, antes de que me fuera, se me acercó y me dijo quitada de la pena, que era santera, asegurando que no practicaba nada en la casa y que apenas pasaba tiempo allí. Alrededor de diez meses después de esa visita, un domingo por la mañana, mientras me alistaba para ir a la Iglesia, mi vida tomaría un giro inesperado. Debía recoger a mi novia para asistir juntos al segundo servicio de la iglesia. Fue alrededor de las diez de la mañana, cuando recibí una llamada angustiada de la encargada del fraccionamiento, me informó con preocupación que la que la la situación se había vuelto insostenible, que desde que la inquilina llegó a vivir a mi casa había estado introduciendo gente los fines de semana, los vecinos ya no podían soportar la situación y las cosas empeoraban mes a mes. Resulta que la inquilina realizaba ceremonias en las que sacrificaban animales, generando molestias con sus chillidos y los rituales nocturnos. Para mí, todo esto era completamente desconcertante. Nadie me había informado sobre esta situación y me resultaba incomprensible cómo algo así podía ocurrir en mi propiedad sin que nadie me lo dijera. La vecina, que finalmente se atrevió a hablar conmigo, admitió que había preferido no involucrarme para no causarme problemas. Sin embargo, ya estaba inmerso en este problema, ya que había renovado el contrato a alguien que no debía estar allí desde el principio. Ante esta situación, solicité a los vigilantes que negaran la entrada a cualquier persona que no fuera mi familia o yo. Sin embargo, las personas que llegaban con collares, pulseras y vestimentas raras se ponían histéricas. Cuando los vigilantes les negaban el acceso, se molestaban e incluso amenazaban con agredir a los guardias. La situación llegó al punto de involucrar a la policía. Los vecinos me ayudaron a conseguir evidencia de que se llevaban a cabo rituales. En la cochera de mi casa. Incluso se llegó a sacrificar gallinas y en una ocasión un chivo, a pesar de las pruebas tan contundentes. La inquilina continuaba negando los hechos. La inquilina debía irse de inmediato. Sin embargo, se negó a abandonar la propiedad hasta que terminara el contrato. Sobre todo, se negó a que yo le dejara el depósito, prolongando así un mes más su estancia en mi casa. Cuando finalmente pude ingresar a mi casa, me enfrenté a una desagradable realidad. Mi hogar había sido deshabitado y utilizado o exclusivamente para sus rituales. Durante el segundo año de su estadía. Una habitación fue pintada de blanco a negro y el ambiente estaba impregnado con el fuerte olor a animales, muertos, manchas de sangre salpicaban algunas puertas. Semillas, chiles y listones con colores aún permanecían en algunas partes de la casa, dejando un rastro impactante de su presencia. Lo más escalofriante estaba en la cochera una mancha oscura similar al aceite adornaba el suelo al intentar limpiarla para eliminar el persistente olor a animal. Mi padre y hermana notaron que al aplicar agua y bicarbonato, emergía un desagradable olor a animales de corral y desde esa mancha empezaba a brotar el rojo de la sangre. Después de intentar limpiar, durante unas cuantas horas, me quedó claro que entre yo y mi familia no íbamos a ser capaces de volver a dejar todo en orden. Por eso contraté a profesionales para que realizaran una limpieza a fondo y restauraran la pintura dañada. Aunque el proceso fue costoso, era necesario deshacerme de las huellas de los oscuros rituales. Con el tiempo, la casa empezó a recuperar su aspecto original, pero la experiencia me dejó con una sensación de desconfianza. Decidí ser más cauteloso al elegir a futuros inquilinos y solicité referencias detalladas. Pasaron algunos meses sin incidentes, pero la vida me tenía preparada una nueva sorpresa. Un día, al regresar a casa, noté un paquete misterioso en la puerta. Al abrirlo, encontré una serie de objetos extraños y una nota en la que se mencionaban palabras incomprensibles. Al principio pensé que podría ser alguna broma de mal gusto, pero la intriga me llevó a investigar más a fondo. Descubrí que los objetos eran parte de un antiguo ritual esotérico. Creo que en algún momento aquellos miembros de la secta de la inquilina podrían buscarme por haberles sido citado su sitio de reunión rituales oscuros. Hace algunos años mi vida estaba en caos problemas con la bebida, empleos que no duraban y un corazón roto. Una noche me encontraba en un bar ahogando mis penas en alcohol al borde de la embriaguez. En ese momento, un desconocido se acercó notando mi estado tan lamentable. Me preguntó qué me pasaba y en mi estado medio borracho, le solté toda mi historia. Sorprendentemente, me dijo que podía ayudarme, que pertenecía a un grupo que ayudaba a personas como yo. Sólo debía rezar a su Dios y todo se solucionaría. Aunque nunca fui una persona religiosa y dudaba de cómo un dios podría resolver mis problemas, decidí darle una oportunidad. No tenía nada que perder. Le dije que sí, que quería su ayuda. Dispuesto a hacer lo necesario para salir del caos que era mi vida. Quedamos en vernos una semana después para discutir mi caso con su grupo. Una semana pasó y me llamó tenía noticias para mí. Acordamos encontrarnos nuevamente en el mismo lugar. Ya de noche. Llegué ansioso preguntándome qué me diría. Bebimos, cenamos y quedamos en reunirnos al día siguiente en otro lugar. Sin embargo, algo extraño sucedió. Propuso un lugar que no conocía, en un rincón de mi pueblo que parecía desconocido. Nos encontramos a las diez y media de la noche. Empezamos a conducir en su auto, dejando el mío atrás. Le preguntaba a dónde íbamos, pero él me pedía que estuviera tranquilo, que pronto llegaríamos. Condujimos casi media hora más hasta llegar a una casa enorme. Bajamos del auto y entramos una extraña sensación. Me invadió al ver justo en la entrada la la la la r figura de una santa muerte de dos metros de altura. Nunca había visto algo así. La estatua estaba rodeada de ofrendas, dinero y frascos con diferentes líquidos. Lo más inusual que observé fue un frasco lleno de sangre. Quedé impactado al ver todo eso. Si me asusté, no sabía en qué me estaba metiendo. La persona que me llevó notó mi reacción y empezó a tratar de tranquilizarme. Me explicó que no era nada malo, que muchos devotos hacían ofrendas que consideraban apropiadas a modo de agradecimiento. Me dejó en claro que no eran rituales. Luego me presentó a un grupo de no más de diez personas. Conversamos unos minutos y luego entramos a una especie de salón que parecía una iglesia. Los bancos eran largos y rojos y el altar estaba cubierto por una lona negra. Empecé a notar figuras extrañas, demonios y cosas oscuras que desconocía. En ese momento había una persona de pie, pero detrás de ella una figura más intimida que la Santa Muerte. Ese individuo comenzó a hablar mencionando nombres que en ese momento no entendía, Asmodeo y Lilith. Por mencionar a algunos. Ese señor a todas luces era un predicador satánico y su discurso era muy redundante. Afirmaba que adorara la Santa muerte, demonios y cosas siniestras nos daría todo lo que deseáramos en esta vida. Y más me pareció extraño que simplemente alabándolos tendría todo y que mi vida mejorarían. Digo que me pareció raro porque si Dios no podía hacer algo como eso, pues me resultaba raro que otras entidades pudieran hacerlo. Pero, como mencioné, no tenía nada que perder. Y por lo mismo, pues me unía a ese grupo de personas, tenía la esperanza de que al paso de unos meses mi vida podría mejorar. Llegó el inevitable momento en el que podía retirarme o aceptar hacer un pacto, ya fuera con la Santa Muerte o con el Diablo y, como yo, estaba muy mal, pues hice pacto con ambos. Por más increíble que les pueda parecer, mi vida mejoró rápidamente. Conseguí trabajo de un día para otro. Dejé de beber y tenía suficiente dinero. Estuve vinculado a esa secta durante varios años donde conocí a personas de gran importancia en la sociedad, como alcaldes y abogados destacados. Pueden imaginarse la cantidad de personas conocidas y poderosas que forman parte de este tipo de sectas. Claro lo hacen por el poder. Venden sus almas e incluso las de sus familias. Según las ofrendas que realicen en este templo, había individuos que ni siquiera yo podía creer. Lamentablemente, no puedo proporcionar nombres, pero estos lugares albergan a las personas más destacadas. Las conexiones políticas y legales de la secta son más fuertes de lo que se pueden imaginar. Utilizan sus prácticas oscuras para mantener el control en distintos niños. Desde que hice esos pactos ya han pasado varios años. No estoy aquí para hacerme la víctima. La verdad sigo viviendo bastante bien. Ya no estoy en la secta, pero mis pactos siguen vigentes. Yo estoy consciente de que en algún momento, tanto el Diablo como la Santa muerte me van a cobrar todas las cosas buenas que me han estado dando. Y pues aquí los voy a esperar. Sentado el hermano de mi padre, mi tío, estuvo involucrado en una secta sumamente peligrosa. Esta organización operaba en niveles y mi tío estaba a punto de ascender al grado treinta y tres, el más alto y riesgoso. Ya estando en el grado treinta y tres, los miembros renuncian a sus creencias, hacen pactos y promesas con seres oscuros. Mi tía, preocupada por la salvación de su esposo, había estado orando fervientemente a Dios para alejarlo de la secta. Es importante aclarar que, cuando ellos se casaron, mi tío ya estaba dentro de la secta. Por eso mi tío creía en unas cosas y mi tía creía en otras. La situación se volvía cada vez más peligrosa, ya que renunciara a los grados superiores conllevaba amenazas mortales. A pesar de ello, mi tío tomó la valiente decisión de abandonar la secta, respondiendo finalmente a las plegarias de mi tía, no sólo dejó la secta, sino que también se unió a una iglesia y se bautizó como cristiano. Sin embargo, un día mientras se preparaba para trabajar, mi tío colapsó repentinamente en el suelo, aparentemente sin vida. Su piel se volvió pálida y rígida y mi prima, al presenciarlo, ocurrió a buscar ayuda. La hermana de mi tío, enfermera de profesión, llegó rápidamente y constató que su presión arterial y ritmo cardíaco eran prácticamente nulos. Su rostro estaba tomando un tono azul la Cruz Roja lo trasladó de inmediato al hospital, donde diagnosticaron primero una embolia y luego un paro cardíaco. Aunque ya sufría depresión arterial alta, esta vez su presión descendió a cero, indicando un paro cardíaco en lugar de un infarto. El informe médico presentaba inconsistencias y, para complicar aún más las cosas, el director del hospital pertenecía a la misma secta que mi tío y ostentaba el grado treinta y tres, a pesar de que lo se daron para realizarle un cateterismo, procedimiento necesario por su hipertensión. Mi tío sintió dolor agudo debido a la falta de suficiente anestesia. La experiencia fue tan dolorosa que su corazón literalmente se rompió, resultando en un infarto masivo. Su rostro reflejaba una agonía extrema con arrugas y muestras evidentes de sufrimiento. Esa noche, la preocupación se apoderó de mí al darme cuenta de que mi padre no regresó a casa para dormir, aunque sabía que habían llevado a mi tío al hospital debido a un desmayo, Mantenían la información alejada de mí por mi embarazo delicado, intentando no causarme preocupación. La inquietud me privó del sueño y mis emociones se desbordaron al sentir un sobresalto repentino, como si en lo más profundo de mi ser supiera que mi tío había fallecido. Esa misma noche. Cuando mi padre llegó a casa al día siguiente, muy temprano le expresé mi inquietud. No hubo necesidad de que me dijera nada. Con su mirada me confirmó que mi tío sí había muerto. Esto va a sonar algo exagerado. El único de la familia que pudo estar en el funeral de mi tío fue mi padre, porque el funeral lo realizó la secta y mi padre también estaba dentro de esa secta, pero no era de grado alto. Tras la muerte de mi tío, sentí que le había invadido el temor de permanecer en ese entorno. Los miembros que renunciaban en grados menores de diez aparentemente no enfrentaban peligros significativos. Por eso mi padre no la tuvo tan difícil para abandonar esa secta. Después del funeral de mi tío, surgieron varios rumores inquietantes que circulaban entre los miembros de la secta. Aunque mi padre compartió pocos detalles. Los murmullos hablaban de rituales oscuros realizados durante la ceremonia fúnebre. Se decía que algunos líderes de alto rango estuvieron presentes llevando a cabo prácticas misteriosas que mantenían en secreto. Otro rumor que circulaba era que el director del hospital, también miembro de alto rango, desempeñó un papel crucial en la organización del funeral. Se decía que su presencia indicaba un interés particular en el destino final de mi tío. Algunos insinuaban que el fallecimiento podría haber sido más que una simple tragedia médica y estar vinculado a la complicada red de intrigas dentro de la secta, a pesar de la cautela de mi padre, al hablar de estos eventos, que quedaba claras que la muerte de mi tío estaba envuelta en un manto de misterio y secretos. Las sombras de la secta se extendían incluso sobre la despedida final, generando un aura de desconfianza y susurros oscuros entre los miembros, quienes compartían sólo fragmentos de la verdad, dejando mucho más por descubrir la secta de neza. Esta historia se desarrolló en la noche del veinticuatro de mayo de dos mil doce en el Estado de México, con un pequeño llamado Fernandito, de tan sólo cinco años. Todo comenzó mientras él estaba en casa disfrutando de su comida. De repente, su madre irrumpió en la casa de manera frenética, pidiéndole que la acompañara sin darle opción, lo tomó del brazo, causándole dolor y lo llevó a la cocina. Fernandito, naturalmente, empezó a ponerse nerviosa y asustado sin comprender lo que estaba sucediendo y por qué su madre actuaba de esa manera. La situación dio un giro cuando llegaron a la cocina, donde se encontró con más personas familiares suyos, Entre ellos estaban su tía, tíos y abuelos, todos reunidos en un círculo aparentemente rezando y entonando cánticos religiosos. Al llegar a la cocina, le pidieron a Fernandito que cerrara los ojos para unirse a la oración. Sin embargo, el pequeño no lo hizo, lo que desencadenó el horror. Su tía, hermana de su madre, se percató de que sus ojos permanecían abiertos y su madre le ordenó a la tía que lo inmovilizara. Mientras ella agarraba una cuchara en un acto terrorífico. Su madre lo privó de la vista, causándole intensos gritos de dolor y terror. Uno de sus tíos de diecisiete años se percató de la situación y, a pesar de estar privado de su libertad, durante una semana, junto con otros niños en la casa, logró escapar para alertar a los vecinos. Los vecinos, ya inquietados por los aterradores gritos, llamaron a las autoridades. Cuando llegaron se toparon con una escena espeluznante en la cocina de la familia. La situación horrorizó a todos los presentes, revelando un oscuro episodio de fanatismo religioso y violencia en esa familia. Después de este trágico suceso, Fernandito fue llevado de inmediato al hospital, donde los médicos se esforzaron por salvar su vida, ya que había perdido una cantidad significativa de sangre. Afortunadamente, lograron salvarlo, pero lamentablemente, perdió la vista, ya que sus ojos quedaron en la cocina de su casa, víctima de este acto aterrador. Las autoridades, tras llevarse a Fernandito al hospital, se centraron en investigar a los familiares involucrados en este horror. Realizaron análisis para descartar el consumo de sus sustancias ilícitas, que pudieran haber influido en el salvajismo de la madre y la tía de Fernandito. Sin embargo, los resultados revelaron que estaban sobrias, lo que indicó que llevaron a cabo este acto conscientemente. Este acto cruel y macabro refleja el peligro del fanatismo religioso, que puede conducir a acciones extremas, independientemente de la afiliación religiosa específica. La historia continuó con la revelación de que los familiares que presenciaron el acto estaban todos privados de su libertad en la casa, encerrados durante una semana. Durante este tiempo hacían ayunos y rezos continuos. La familia, según se informó, recibió en sus sueños una supuesta señal del fin del mundo, anticipando un temblor catastrófico que acabaría con todo. Este evento, guiado por creencias absurdas, muestra cómo el fanatismo puede llevar a actos extremos y peligro. La familia, con la intención de supuestamente proteger al mundo, llevó a cabo prácticas ritualísticas sin sentido, poniendo en peligro la vida de Fernandito y dejando una cicatriz imborrable en su vida. En el año dos mil doce, muchas personas teorizaban sobre el fin del mundo. Ese año no sólo ocurrió esta tragedia, sino también muchos otros actos aterradores donde personas pensaban que quitarse la vida los absolvería de todo pecado y los llevaría al cielo sin juicio alguno. En este caso particular, la historia refleja cómo el fanatismo religioso puede llevar a acciones extremas y peligrosas. La familia, guiada por supuestas señales divinas en sus sueños, llevó a cabo prácticas ritualísticas absurdas para proteger al mundo. Esta locura culminó en un acto atroz atentando contra la vida de su propio hijo, Fernandito. Después de este horrendo suceso, las autoridades tomaron ns medidas legales contra los familiares involucrados. Fernandito, afortunadamente, fue puesto bajo custodia de sus abuelos. Esta historia destaca la maldad extrema que puede surgir del fanatismo religioso, mostrando cómo una madre estuvo dispuesta a poner en peligro la vida de su propio hijo en un intento absurdo de anticipar el fin del mundo que supuestamente les había sido revelado. Relatos escritos y adaptados por Ramiro contreras